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ArribaAbajoActo segundo

 

Sala. Puertas laterales y otra en el foro. Un retrato al óleo de don Juan de Villarroel, con la cruz de Calatrava y la banda de Carlos III.

 

Escena primera

 

DON VICENTE, un criado, un lacayo, tapiceros, que se ocupan en poner colgaduras en las puertas; ebanistas y mozos, que entran y salen, llevándose los muebles que hay en la escena y trayendo y colocando otros nuevos de mucho lujo; después, TOMÁS.

 

DON VICENTE.-  ¡Qué batahola! No sé dónde tengo la cabeza. Más de prisa, muchachos. A esta hora  (Mirando el reloj.)  quería el señor que estuviese ya todo listo. Y a fe que el niño es blando de genio.  (Para sí.)   (A los mozos que salen trayendo un sofá, indicándoles el sitio en que han de colocarle.)  ¡Eh!, el sofá en este lado... Así... Y vosotros  (A los tapiceros.) , ¿no acabáis todavía? ¡Aquél si que era un señor!  (Señalando al retrato de don Juan de Villarroel.)  Un señor a carta cabal. ¡Ay, Jesús!, entre éste y aquél, ¡qué diferencia!

TOMÁS.-   (Saliendo por la puerta de la derecha de primer término.)  ¿Han acabado ya?

DON VICENTE.-  Sí, señor. ¿Traéis las cuentas?  (Un tapicero y un ebanista hacen una señal afirmativa.)  Pues vengan acá y tomad el portante.  (Recibiendo los papeles que le dan un tapicero y mi ebanista. Vanse los tapiceros, los ebanistas y los mozos.)  Tú, anda corriendo a casa de Lhardy y tráete el faisán  (Al criado, que se va.)  Tú, con Miguel, ve poniendo la mesa. Ya sabéis: para servir la comida, frac y corbata blanca.  (Vase el lacayo.) 

TOMÁS.-  ¡Válgame Dios! Todo este trajín para dar de comer a una persona.

DON VICENTE.-  Se empeñó el señor en que hoy mismo se había de alhajar de nuevo esta sala; y como en diciendo él melón hay que ponerle la tajada en la mano...

TOMÁS.-  Va a perder la chaveta.

DON VICENTE.-  ¿Que la va a perder? No, señor; ya la tiene perdida,

TOMÁS.-  ¡Eh! ¿Cómo se entiende? ¿Usted se atreve a murmurar de su amo?

DON VICENTE.-  ¡Ay, señorito, si don Leandro fuera como usted!...

TOMÁS.-  Es mejor que yo, ¿estamos? Mil veces mejor.

DON VICENTE.-  Bien, corriente, será un ángel del cielo...; pero ¡qué genio tiene! ¡Ay, qué genio tan pícaro!

TOMÁS.-  Se enfada pronto, no lo niego, pero en seguida se le pasa.

DON VICENTE.-  Y se vuelve a enfadar. Ni se enfada sólo conmigo, sino también con usted, y hasta con la señorita Gabriela, que esto sí que no merece disculpa. Y note usted cómo la pobrecilla anda siempre escondiéndose por los rincones para llorar sin que le vean.

TOMÁS.-  (Empieza a conocerle.)

DON VICENTE.-  Pues se me antoja a mí que la señorita no hará muy buen casamiento casándose con su señor primo.

TOMÁS.-  ¿Y a usted quién le mete?...

DON VICENTE.-  Cierto. Y sabe Dios si luego mi señor don Leandro será un marido a pedir de boca... Aunque pienso yo que no se muere por su prima.

TOMÁS.-  Pues se engaña usted, amiguito: la ama, la adora.

DON VICENTE.-  Bueno, convenido. Pero ya se ve cómo ella es una malva y él un cardo borriqueño; cómo ella peca de humilde y él tiene más orgullo que don Rodrigo en la horca...

TOMÁS.-  ¡Don Vicente! Cuidado con la lengua. Ya va de dos.

DON VICENTE.-  No; si no lo decía yo por ofenderle. ¿Quién está libre de defectos? Sólo que observo que cuanto más señor es un señor, con más sencillez y benevolencia trata a los demás, y que no hay diablo que resista al que no es señor y quiere parecerlo. Su excelencia, mi amo... El otro..., aquél...  (Señalando el retrato.) , tenía una prosapia de las buenas, y era caballero calatravo y gran cruz de Carlos III-véalo usted- (Señalando de nuevo el retrato.) , y senador del reino, y ¿qué sé yo? Pues no se puede usted figurar un señor más llano y más amable con todo el mundo. Y no hubiese miedo de que ningún inferior se le subiera nunca a las barbas. Ca: nada de eso. Sin vanas exterioridades sabía él hacerse respetar, porque él-entiéndame usted-, él era un señor por de dentro, así como otros..., pues..., no lo son más que por de fuera.

TOMÁS.-   (Con enojo.)  ¿Y qué? ¿Quiere usted dar a entender que Leandro?...

DON VICENTE.-  No, señorito; yo no quiero dar a entender nada contra mi señor don Leandro. Y eso que a veces manda cosas que a mí-clarito-no me parecen bien. Ayer, sin ir más lejos, mandó subir los alquileres de las casas y el arrendamiento de las tierras, y poner por justicia a los pobres que no puedan pagar los atrasos inmediatamente.

TOMÁS.-  ¡Cómo! Usted ya chochea, buen hombre. Oiría usted mal.

DON VICENTE.-  Vaya, que también usted me echa unos requiebros... No oí sino muy bien. Su excelencia, mi amo, pensaba muy de otra manera. Cuando algún metomentodo le decía que los alquileres y arrendamientos de las fincas estaban muy bajos, respondía él con mucha calma, tomando así un polvo  (Sacando una caja de rapé y tomando un polvo) : «No quiero ser yo más rico haciendo que otros sean más pobres.»

TOMÁS.-  Algún metomentodo de esos de que habla usted habrá aconsejado mal a su nuevo amo.

DON VICENTE.-  Y ya me figuro yo quien habrá sido.

TOMÁS.-  ¿El señor Aguilar?

DON VICENTE.-  El mismo que viste y calza.

TOMÁS.-  ¿Qué pájaro es ése?

DON VICENTE.-  Es un pájaro que canta en la mano; un viejo verde, un calavera incorregible. En viajes y en vicios de todo género ha derrochado el bendito señor un caudal muy considerable, y aun dicen malas lenguas que se ha comido los bienes de su pupila. Viéndose ahora entrampado y lleno de deudas, quería pescar la herencia de mi amo con el achaque de ser pariente suyo. Un parentesco que no le alcanza un galgo.

Pero su excelencia, mi amo, solía decir, arreglándose así el cuello de la camisa: «Con mi dinero no hará tonterías ese tonto.»

TOMÁS.-  ¿Con que tiene deudas?

DON VICENTE.-  Debe hasta el modo de andar.

TOMÁS.-  Y entonces, ¿cómo vive tan bien? ¿Cómo gasta ese lujo?

DON VICENTE.-  Pidiendo y no pagando, que es cosa muy cómoda.

TOMÁS.-  Pero, ¿cómo halla quien le dé si no paga?

DON VICENTE.-  Por eso mismo. En Madrid los tramposos tienen mucho crédito. De algún tiempo a esta parte bebe los vientos buscando un marido millonario para su pupila, porque la tal marquesita de Torregalindo es otra que bien baila. Para novio no le parece mal un don Federiquito Vilches. teniente de Estado Mayor, buen mozo, pero pobre; para marido, quiere a todo trance un quídam con mucho dinero.

TOMÁS.-  ¡Ay don Vicente, y qué malicioso es usted!

DON VICENTE.-  Lo que su excelencia, mi amo, solía decir, atusándose así el poco pelo que le había quedado: «Malicioso me llaman porque no me dejo engañar.»  (Con sonrisa placentera.) 



Escena II

 

DICHOS y LEANDRO. Éste sale por la puerta de la izquierda.

 

LEANDRO.-  ¿Qué tengo yo mandado?  (A DON VICENTE, con ira.) 

DON VICENTE.-  Ay, señor, ¿qué sé yo? ¡Tantas cosas tiene usted mandadas!...

LEANDRO.-  ¿Qué orden le di a usted esta mañana en el comedor?

DON VICENTE.-  No recuerdo.

LEANDRO.-  Si usted no recuerda nada... Si es usted un pazguato...

DON VICENTE.-  Nunca me injurió así el difunto en treinta y cinco años, seis meses y veinte días que tuve el gusto de servirle; y una vez, sabedor de que yo había llamado bruto a un pinche de cocina, me dijo, dándome golpecitos en el hombro: «Vicente: injuriar a los iguales es malo, y mil veces peor injuriar a los inferiores.»

LEANDRO.-  Ya estoy harto de oírle a usted referir las cosas que decía el difunto. ¿No mandé esta mañana que se atase al perro?

DON VICENTE.-  Sí, señor, y el lacayo le ató delante de mí.

LEANDRO.-  Pues ¿cómo anda suelto?

TOMÁS.-  Porque le he desatado yo.

LEANDRO.-  Ah... Bueno: eso es distinto.  (Disimulando su enojo.) 

DON VICENTE.-  ¿Qué le parece a usted esta sala?

LEANDRO.-  Pchs, regular.

DON VICENTE.-  Pues sesenta y cinco mil reales han importado los muebles, las colgaduras y la alfombra. Aquí están las cuentas.  (Enseñándole los papeles que antes le dieron el tapicero y el ebanista.) 

LEANDRO.-  Bien, páguelas usted. ¿Han traído ya el faisán?

DON VICENTE.-  Ya han ido a buscarlo.

LEANDRO.-  Enséñemelo usted cuando lo traigan. La comida será buena, ¿eh?

DON VICENTE.-  Con probar un poco no más de cada plato, habrá para reventar de una indigestión.

LEANDRO.-  ¿Se han traído los vinos que le dije?

DON VICENTE.-  Sí, señor: Burdeos, blanco y tinto; Borgoña, Oporto, Rin, Champagne...

LEANDRO.-  Que no falte nada. Usted me responde de todo, y ¡cuidado conmigo!... ¿Qué hace usted ahí todavía? Váyase usted.

DON VICENTE.-  (¡Es un déspota! ¡Es un tirano! ¡Ay, Jesús!; entre éste y aquél, ¡qué diferencia!)  (Vase por la puerta del foro.) 



Escena III

 

TOMÁS y LEANDRO. LEANDRO se sienta a la derecha, dando la espalda a TOMÁS.

 
 

Pausa.

 

TOMÁS.-  ¿Te enojas porque he dado suelta a Leal?

LEANDRO.-  ¿Pues no he de enojarme?  (Levantándose.)  Ahora se iba a tumbar en el sofá de ese otro salón. Todo lo ensucia, todo lo rompe.

TOMÁS.-  Quiere seguir su antigua costumbre de estar siempre a tu lado. En cuanto le atan, da unos aullidos tan lastimeros que me parten el corazón. Ya sabes que Leal fue durante mucho tiempo mi solo camarada, y que le tengo afecto de amigo. No me avergüenzo de confesarlo. ¿Por qué no le he de querer, si él me quiere a mí? Y a ti también te quiere mucho el pobre animalejo, a pesar de que ahora le tratas tan mal. Seguro estoy de que dirá allá para sus adentros: «Pues señor, con la mudanza de fortuna de los señores no he salido yo ganancioso: antes era pobre, pero libre; ahora soy rico, pero esclavo.» Para los perros, como para los hombres, las riquezas no son tan estimables como la libertad.

LEANDRO.-  Si no hiciera más que ensuciar y romper... Pero esto de ladrar y ponerse como una furia en cuanto ve al señor Aguilar...

TOMÁS.-  ¡Sus razones tendrá. para ello el animalito! Ese señor nos carga a Leal y a mí.

LEANDRO.-  ¡Te carga!... Acostúmbrate a hablar con finura. ¡Luego sueltas delante de gente unas expresiones!...

TOMÁS.-  Ya procuro irme afinando, y hasta me he puesto futraque para darte gusto; que no es mala mortificación esto de verse uno con cola; pero la cabra siempre tira al monte.

LEANDRO.-  ¿Y por qué te carga un caballero a quien debo tantas atenciones?

TOMÁS.-  Por eso mismo. No es natural que un señor tan encopetado esté a partir un piñón con el hijo de un zapatero.

LEANDRO.-  Te he dicho que no hay necesidad de sacar a colación si mi padre fue un zapatero o no lo fue.

TOMÁS.-  El señor Aguilar confiaba en heredar a su pariente, y no debe mirar con buenos ojos a quien le ha birlado la herencia.

LEANDRO.-  No tienen tan ruines sentimientos las personas de cierta clase.

TOMÁS.-  Antes decías que las personas de cierta clase eran vanidosas y egoístas, y qué sé yo cuántas cosas más.

LEANDRO.-  Entonces era pobre, y los pobres piensan mal de los ricos porque los ciega la envidia y el rencor.

TOMÁS.-  Antes decías que los pobres eran unas palomitas sin piel.

LEANDRO.-  Mira: antes decía lo que estimaba oportuno y ahora digo lo que me da la gana.

TOMÁS.-  ¡Lo que te da la gana!... Pues tampoco ese modo de hablar es muy fino, que digamos. El maestro Ciruela, que no sabía leer y ponía escuela.

LEANDRO.-  Si no te empeñases en sacarme de mis casillas...

TOMÁS.-  Yo he de hablarte siempre con sinceridad. Ese hombre te está dando malos consejos.

LEANDRO.-  ¿De qué lo infieres?

TOMÁS.-  Por consejo suyo quieres subir los alquileres de las casas y los arrendamientos de las tierras, y poner por justicia a los pobres que no pueden pagar.

LEANDRO.-  ¿Te lo ha dicho don Vicente, eh? Yo le aseguro...

TOMÁS.-  Y a fe que tratas muy mal a ese anciano.

LEANDRO.-  ¡Si no hay paciencia para aguantarle! ¡Siempre recordando lo que decía el señor don Juan!

TOMÁS.-  Bien hicieras tú en no olvidar lo que te encarga en su testamento. Que emplees bien el caudal que te lega; que te contentes con sacarle una ganancia moderada; que tengas caridad con los pobres...

LEANDRO.-  Era un maniático.

TOMÁS.-  Y aun por eso tuvo la manía de regalarte ocho millones.

LEANDRO.-  Modérate. Bien sabes que soy poco sufrido. No parece sino que es alguna picardía querer arreglar la administración de mis bienes. Un capital que apenas produce un tres por ciento.

TOMÁS.-  Así y todo, tienes una renta de doce mil duros, limpios de polvo y paja.

LEANDRO.-  Y eso, ¿Qué es?

TOMÁS.-  En toda tierra de castañas, doce mil duros son doce mil duros.

LEANDRO.-  Otros tienen más.

TOMÁS.-  Sí, y otros tienen menos.

LEANDRO.-  Tú no has visto el mundo: tú ignoras cómo viven los ricos, Si hubieras estado, como yo, en el baile que dieron anoche los duques de Renedo... ¡Qué lujo aquél! ¡Qué magnificencia! Una escalera de mármol llena de luces y flores, y en cada tramo dos lacayos con libreas verdes y amarillas y pelucas blancas.

TOMÁS.-  ¡Estarían preciosos!

LEANDRO.-  Y luego, ¡qué buffet!

TOMÁS.-  Bu... ¿qué?

LEANDRO.-  La cena, hombre.

TOMÁS.-  ¡Ah, ya! ¡Como le ponen ustedes a las cosas unos nombres tan raros!...

LEANDRO.-  El duque es la persona más notable de todo Madrid. Ya sabes que hoy come conmigo.  (Con júbilo.)  Vergüenza me dará recibirle en esta casa.

TOMÁS.-  ¿Pues no te parecía un palacio?

LEANDRO.-  Un palacio es comparada con nuestra guardilla; una guardilla comparada con el palacio del duque. Esta pieza no ha quedado muy mal. Pero, ¡qué!, si en Madrid no se encuentra nada. Ya se ha escrito a París encargando muebles dorados, espejos, bronces, arañas, carruajes...

TOMÁS.-  Decías bien, Leandro; doce mil duros son muy poco.

LEANDRO.-  Las cinco y media.  (Mirando el reloj.)  Me ofreció venir a las cinco. ¿Cómo tardará tanto?  (Con mucha impaciencia.) 



Escena IV

 

DICHOS, DON VICENTE y un CRIADO.

 

LEANDRO.-  ¿El señor duque de Renedo, eh?  (Al ver a DON VICENTE.)  Que pase, que pase en seguida.

DON VICENTE.-  Si no es el duque.

LEANDRO.-  ¿Pues quién es?

DON VICENTE.-  El faisán.  (Señalando a un criado, que aparecerá en este momento con una fuente, en que habrá un faisán en galantina, adornado con el cuello, la cabeza, las alas y la cola.) 

TOMÁS.-  ¡Ja... ja... ja...!  (Riendo.) 

LEANDRO.-  Podía usted haberle dicho antes.

DON VICENTE.-  Si usted no me ha dejado hablar.

LEANDRO.-  ¡Silencio! Llega tú.  (Al criado, que se acerca con la fuente en las manos. LEANDRO examina el faisán.) 

TOMÁS.-  ¡Canario! ¿Está vivo?  (Viendo al faisán y danda un respingo.)  Leandro, ¿se comen vivos estos animaluchos?

LEANDRO.-  No disparates. Está muerto y guisado.

TOMÁS.-  Vamos, ya entiendo. Es que ahora se comen las plumas también. ¡Pícaro gusto!

LEANDRO.-  No, hombre, no; eso no es más que un adorno.

TOMÁS.-  Ya, ya... ¡Qué diablos de ocurrencia!

LEANDRO.-  Está bien. Vete.  (Vase el criado.)  Creo que llaman.  (A DON VICENTE.)  Cuidado; que le haga usted mil cortesías y que le dé tratamiento de excelencia.

DON VICENTE.-  ¿A quién? ¿Al faisán?

LEANDRO.-  Al duque, señor mío, al duque.

TOMÁS.-  ¡Ja... ja... ja...!  (Riendo.) 

DON VICENTE.-  Como usted no se explica...

LEANDRO.-  Como usted es un majadero... Que entre aquí, Pero, ¿no va usted?

DON VICENTE.-  Ya Voy..., ya voy... Al que no está hecho a bragas...  (Vase por la puerta del foro.) 



Escena V

 

TOMÁS, LEANDRO, y después, DON VICENTE.

 

LEANDRO.-  Mira lo que dices delante del duque: mira que no se te escape alguna sandez.

TOMÁS.-  Maldita la necesidad que tengo de verle. Puesto que no he de comer hoy en la mesa...

LEANDRO.-  El otro día me dijiste que no te gusta comer con personas de cumplimiento; y yo, por hacerte un favor, he mandado...

TOMÁS.-  Has hecho muy bien.

DON VICENTE.-  Señor...  (Saliendo por la puerta del foro.) 

LEANDRO.-  ¿No le he dicho a usted que pase en seguida? ¿Por qué no entra?

DON VICENTE.-  Pero, ¿quién?

LEANDRO.-  ¿Quién ha de ser? El duque.

DON VICENTE.-  ¡Señor, por las once mil vírgenes, que no es el duque!

LEANDRO.-  ¡Ah!

DON VICENTE.-  Es uno que dice que se llama Pablo Ortiz.

LEANDRO.-   (Manifestando disgusto.)  ¡Ortiz!

TOMÁS.-  ¿No te alegras de que haya venido?

LEANDRO.-  El otro día le vi en la calle hecho un Adán,

TOMÁS.-  Como que el pobre no ha heredado ocho millones.

LEANDRO.-  Pero yendo con aquella facha y yo acompañado, bien pudo comprender que no debía saludarme.

TOMÁS.-  ¡Ay, Leandro; a verte el corazón, quizá no te hubiera conocido!

LEANDRO.-  ¡Tomás!

TOMÁS.-  No te alteres, que es de mal tono.

LEANDRO.-  ¿Le ha dejado usted entrar?

DON VICENTE.-  Sí, señor.

LEANDRO.-  ¡Qué torpeza! ¿No conoció usted por su traje que era un pobre?

DON VICENTE.-  Pues por eso le abrí la puerta. Porque su excelencia, mi amo, dijo una vez, levantando así el dedo, que un rico podía cerrar a otro rico la puerta, pero que al pobre debía abrírsela siempre de par en par.

LEANDRO.-  En canal le abriría yo a usted de mejor gana que lo digo.

DON VICENTE.-  (¡Aprieta!)

LEANDRO.-  Ya sabes que aguardo a ese caballero. Recibe tú a Pablo.

TOMÁS.-  Corriente; ése no trae sucia más que la ropa. (¡Desdichada Gabriela!)  (Vase por la puerta del foro.) 

DON VICENTE.-  El hábito no hace al monje, y por eso mi amo solía decir, estirando así el chaleco...

LEANDRO.-  ¡Vayase usted, porque si no!...

DON VICENTE.-  ¡Ay, Jesús!; entre éste y aquél, ¡qué diferencia!  (Vase por la puerta del foro.) 



Escena VI

 

LEANDRO.

 

  Al fin y al cabo tendré que tarifar con Tomás. Se empeña en fiscalizar todas mis acciones, y esto no lo puedo consentir. ¡Qué ruin es! Aunque la mona se vista de seda... Por culpa suya estoy continuamente con el alma en un hilo. Ese afán de recordar lo pasado... Cuando yo era pobre, podía tener cierto género de amistades. Ahora..., ¿qué remedio? Hay distintas esferas sociales. Cada uno debe vivir en la suya. Las seis menos cuarto  (Mirando al reloj.) , y no viene aún. Me enoja la tardanza. ¿Se habrá vestido bien Gabricia?... ¡Es tan corta de genio.... tan humilde..., tan poco aficionada a lucir!... Yo la quiero... Eso sí.... la quiero bastante... Será una buena esposa, pero... ¡Qué bien cantó anoche la marquesita de Torregalindo! ¡Qué traje llevaba tan precioso! Era la señora que llamaba más la atención en el baile. ¡Ya se ve..., conoce tanto mundo!... Para hacer los honores de una casa, no creo que haya mujer más a propósito... ¿Cómo no se habrá casado ya?... Es muy seductora. mucho. ¡Y conmigo está siempre tan fina!... ¡Su tutor me ha cobrado tal cariño!... ¡Casarse con una marquesa!... Si no hubiera dado a Gabriela palabra de casamiento... ¡Maldito compromiso!



Escena VII

 

LEANDRO y GABRIELA.

 

GABRIELA.-   (Saliendo por la puerta de la izquierda.)  ¿No ha venido aún ese caballero que ha de comer hoy con nosotros?

LEANDRO.-  Aún no. Tal vez le haya ocurrido algo que hacer.

GABRIELA.-  ¡Ojalá no viniera!

LEANDRO.-  Sí; vendrá ¿No ha de venir? ¡Pues! De los tres vestidos que te acabó ayer la modista has elegido el menos vistoso.

GABRIELA.-  Es el que más me gusta.

LEANDRO.-  Dime, Gabriela. ¿No te parece que Tomás no se encuentra a gusto a nuestro lado?

GABRIELA.-  ¿Quieres que te hable con franqueza?

LEANDRO.-  Sí.

GABRIELA.-  Pues lo que a mí me parece es que tú no te encuentras a gusto al lado de Tomás,

LEANDRO.-  Él Y tú os habéis propuesto llevarme siempre la contraria.

GABRIELA.-  ¡Mal genio vas echando desde que eres rico!

LEANDRO.-  Tomás desea irse; y por bien suyo, es preciso que entre los dos le demos a entender poco a poco que no tomaríamos a mal que se fuese; que estoy pronto a regalarle cuatro mil..., diez mil reales.... para que con este dinero ponga un taller de ebanistería y se haga hombre. ¿Lloras? Ya te he dicho que esas pamemas no me divierten.

GABRIELA.-  De algún tiempo a esta parte, raras son las veces que puedo oírte sin llorar.

LEANDRO.-  (¡Si pudiera librarme de ella tan fácilmente!)

GABRIELA.-  (¿Por qué me figuraría yo que le amaba?)



Escena VIII

 

DICHOS y TOMÁS.

 

LEANDRO.-   (Viendo salir a TOMÁS.)  ¿Qué? ¿Ha venido ya el duque?

TOMÁS.-  Anda, alma mía, anda; pregúntalo otra vez; duquea otro poquito más. A todos nos tienes ya de duque hasta la punta de los pelos. No ha venido nadie; se ha ido Ortiz.

LEANDRO.-  ¿Qué quería?

TOMÁS.-  Verte.

LEANDRO.-  ¿Nada más?

TOMÁS.-  Nada más.

LEANDRO.-  Milagro, porque los pobres sólo saben pedir.

TOMÁS.-  Está peor, mucho peor: sus manos queman; sus ojos parecen de vidrio. Es bueno, y la muerte para los buenos tiene cara de pascua; pero si él muere, aquella viejecita baldada, que es su madre, se quedará a pedir limosna. Los médicos dicen que hallaría algún alivio tomando las aguas de Panticosa, unas aguas que están muy lejos. Para el viaje y para que su madre coma, durante su ausencia, necesitará unos dos mil reales. Él nada ha pedido, pero yo le he dicho que tú le adelantarás ese dinero.

LEANDRO.-  ¿Te burlas?

TOMÁS.-  Pero, hombre, ¿qué has de hacer sino adelantárselos?

LEANDRO.-  Dos mil reales. ¡Una limosna de dos mil reales!

TOMÁS.-  Ya te los devolverá cuando pueda.

LEANDRO.-  ¿Y si no puede nunca?

TOMÁS.-  Te los pagará Dios, que es el fiador de los pobres.

LEANDRO.-  Déjame en paz. ¡Pues me ha hecho gracia la ocurrencia! ¡Dos mil reales! Como si fuera yo algún Creso. Cerca de la seis...  (Mirando al reloj.)  Ya no sé qué pensar.  (Con gran impaciencia. Vase por la puerta de la derecha de segundo término.) 



Escena IX

 

TOMÁS y GABRIELA.

 

TOMÁS.-  (¡Delante de ella!... ) ¿Ves lo que ha dicho? Pues no lo dudes: antes de quince minutos envía a Pablo ese dinero.

GABRIELA.-  Sí, de fijo se lo enviará...  (Haciéndose los dos violencia para fingir.)  Opino como tú.

TOMÁS.-  Ahora le ha dado por echarla de picarón; pero en el fondo es siempre el mismo. Créelo; te lo aseguro...

GABRIELA.-  Sí, lo creo...

TOMÁS.-  Toma, claro está. ¿Cómo no habías de creerlo...? ¡Vaya! Leandro tiene un corazón... de oro, como suele decirse. ¿Verdad que sí?

GABRIELA.-  Sí..., con efecto... ¡Un corazón!

TOMÁS.-  Echas la cabeza atrás para impedir que se viertan las lágrimas detenidas en tus párpados. Estás reventando por llorar.

GABRIELA.-  No; te engañas. Como no sea que me haya caído algo a los ojos...

TOMÁS.-  En los ojos no te ha caído nada. Dime si te ha caído algo en el corazón; dime si Leandro te ha dado alguna pena; dímelo.  (Sin poderlo reprimir.) 

GABRIELA.-  ¿A mí darme penas Leandro? No...; ni por pienso... ¿De dónde sacas?...

TOMÁS.-  Sí... sí... es verdad  (reprimiéndose) , no sé lo que me pesco. ¿Darte él penas a ti? ¡Queriéndote como te quiere!... Soy un borrico. ¡Pues te querrá poco Leandro! Ahora hemos estado solos un rato aquí mismo y me ha puesto la cabeza... Dale con que eres un ángel...

GABRIELA.-  (¡Qué mentir!)

TOMÁS.-  ¡Dale con que te adora!...

GABRIELA.-  (¡Qué doble mentir!)

TOMÁS.-  ¡Vuelta con que no ve el instante de casarse contigo!

GABRIELA.-  (¡Leandro mi esposo!...)

TOMÁS.-  También yo deseo que se verifique pronto la boda, porque.... la verdad.... en cuanto os vea casados... pienso tomar las de Villadiego. Me hallo más a gusto con la chaqueta que con la levita; la holganza me cansa más que el trabajo.

GABRIELA.-  Tomás, no me abandones.

TOMÁS.-  Tú sentirás que me vaya. Bien lo conozco. Y también Leandro lo sentirá..., lo sentirá mucho. ¡Es tan buen amigo!... Yo, en cambio, soy un egoísta, y por satisfacer el antojo de vivir a mis anchas voy a darle un disgusto. Ya vendré a veros alguna vez... Cuando estéis solos... Cuando no haya visitas... Un artesano haría muy triste figura entre personas de calidad... Dime cuando te vea que eres feliz, y yo, te lo juro, yo lo seré también.

GABRIELA.-  Pero vamos a ver: tú, ¿por qué no te casas? Tomás.-¡Toma!, porque me falta lo principal.

GABRIELA.-  ¿Qué te falta?

TOMÁS.-  La novia.

GABRIELA.-  Cuando me dijiste que Leandro me quería, dijo él que tú también estabas enamorado.

TOMÁS.-  Sí; por broma; por hacerme rabiar.

GABRIELA.-  Tú no quisiste confesar entonces quién era ella.

TOMÁS.-  ¿No oyes que Leandro se chanceaba?

GABRIELA.-  Leandro, a quien se lo he preguntado después, me ha respondido que era la hija del portero de la otra casa, la jorobadita.

TOMÁS.-  ¿Sí?

GABRIELA.-  ¿Y sabes lo que digo?

TOMÁS.-  ¿Qué?

GABRIELA.-  Que no lo creo.

TOMÁS.-  ¿Pues sabes lo que digo yo?

GABRIELA.-  ¿Qué?

TOMÁS.-  Que haces muy bien.

GABRIELA.-  Pero ello es lo cierto que tú le aseguraste a Leandro que sentías amor; que lo sentías por la... ¿Eh?  (Remedando a una jorobada.)  Ya me entiendes.

TOMÁS.-  Le engañé como a un chino.

GABRIELA.-  En lo segundo, si; en lo primero me parece que no.

TOMÁS.-  En lo primero, y en lo segundo, y en todo.

GABRIELA.-  Alza los pies.

TOMÁS.-  ¿Para qué?

GABRIELA.-  Para que pase la bola.

TOMÁS.-  ¿Te empeñas en creer que miento?

GABRIELA.-  ¡Qué disparate! Me empeño en creer que no dices verdad.

TOMÁS.-  Muchas gracias.

GABRIELA.-  ¿Por qué se lo callaste a Leandro? ¿Por qué me lo callas a mí?

TOMÁS.-  Repito que no hay tales carneros.

GABRIELA.-  Ya comprendo la causa. Te dará vergüenza confesarlo, porque te habrás enamorado de una mala mujer.

TOMÁS.-  ¡Eso sí que no!  (Con mucho calor, irreflexiva y espontáneamente.)  En todo el mundo hay mujer más...

GABRIELA.-  ¡Hola, hola!  (Riéndose.) 

TOMÁS.-  ¡Tonto de mí!

GABRIELA.-  ¿Lo ves? Es más fácil engañar a un chino que a una china.

TOMÁS.-  Pues bien, sí; estoy enamorado de una muchacha más linda que una flor y más buena que el pan; pero no como yo veo que se enamoran algunos, sino de otro modo muy diferente. Ni a mirarla me atrevo. Tentaciones me dan a veces-perdónemelo Dios-de encomendarme a ella como a una santa. La quiero contra mi voluntad; preferiría que me odiase a que me quisiera. No me preguntes quién es, porque a nadie puedo decírselo, a nadie. Si mi madre viviera, ni a mi madre se lo diría.  (Óyese ladrar fuertemente al perro.)  ¡Santa Bárbara! De fijo está ahí Aguilar. ¡Bueno se va a poner Leandro! ¡Pícaro Leal! ¡Aquí, Leal, aquí!  (Vase corriendo por la puerta del foro.) 



Escena X

 

GABRIELA y LEANDRO.

 

GABRIELA.-  ¿Qué mujer será la que ha merecido su cariño? ¿Seré yo?  (Muy turbada.) 

LEANDRO.-  ¡Maldito sea el perro y su amo!  (Saliendo por la puerta de la derecha. El perro sigue ladrando.) 

GABRIELA.-  ¿A quién maldices?  (Con enérgica indignación.)  No; no soy yo. ¡Una mujer que amó a éste no puede ser amada por aquél!  (Vase por la puerta de la izquierda.) 



Escena XI

 

LEANDRO; después, AGUILAR y TOMÁS.

 

LEANDRO.-  Contento quedará el duque del recibimiento, que se le hace en mi casa. Ya está aquí...  (Como disponiéndose a recibir al duque.) 

AGUILAR.-  Francamente, ese perro me asusta.

LEANDRO.-  (No es él.)

TOMÁS.-  Ladra, pero no muerde.

LEANDRO.-  Mil perdones, amigo mío.

AGUILAR.-  Dígole a usted que es gusto tener una fiera dentro de casa.

LEANDRO.-   (Bajo, a TOMÁS, en tono de reconvención.)  (¿Lo estás viendo?)

TOMÁS.-  (¡Por vida de Leal!)

LEANDRO.-  ¿Sabe usted que el duque no ha venido aún?

AGUILAR.-  Por eso vengo yo. (Tenemos que hablar.)  (Bajo, a LEANDRO.) 

TOMÁS.-  (¡Secretitos!)

LEANDRO.-  ¿Le ha visto usted?

AGUILAR.-  Me ha escrito.

LEANDRO.-  ¿Y qué?

AGUILAR.-  Que no vendrá.

TOMÁS.-  ¡Toma! ¿Ahora salimos con eso?

LEANDRO.-  Calla.  (A TOMÁS.)  ¿Por qué motivo?  (A AGUILAR.) 

AGUILAR.-  (Haga usted que se vaya Tomás)

TOMÁS.-  (¡Y el faisán que estaba allí, tan serio, esperándole!)

LEANDRO.-  Di que preparen la comida para dentro de media hora.

TOMÁS.-   (Se quieren quedar solos.) 

LEANDRO.-  ¿No oyes?

TOMÁS.-  Sí... Diré a tu prima que está aquí este caballero.

AGUILAR.-  No, no la moleste usted. Yo pasaré a su habitación.

LEANDRO.-  Pero, ¿no vas?

TOMÁS.-  Ya voy. (¿Qué traerán entre manos estos dos angelitos?)  (Vase por la puerta de la derecha de primer término.) 



Escena XII

 

LEANDRO y AGUILAR.

 

LEANDRO.-  Ya estamos solos. ¿Por qué no viene el duque?

AGUILAR.-  No debo ocultárselo a usted. Esta es la carta que me ha enviado poco ha.  (Dando a LEANDRO una carta.)  ¡Estoy furioso!

LEANDRO.-  «Mi querido Aguilar  (Leyendo la carta.) : Por recomendación de usted he recibido en mi casa al señor Jiménez, y le ofrecí anoche comer hoy en la suya, Casualmente acabo de saber que su padre calzaba a mi ayuda de cámara. Tenga usted la bondad de disculparme con su recomendado según le parezca mejor. Suyo afectísimo... «¡Qué vergüenza! ¡Qué rabia!

AGUILAR.-  ¡Es un gran señor del siglo pasado!

LEANDRO.-  No siento el desaire por mí; lo siento por usted.

AGUILAR.-  ¡Oh! Yo haré entender a ese caballero...  (Paseándose rápidamente a lo ancho de la escena.)  Se me enciende la sangre cuando veo a personas que no tienen mérito alguno propio darse tono con hombres como usted. La verdadera nobleza no está en los pergaminos; está aquí, aquí.  (Dándose golpes en el pecho.) 

LEANDRO.-  Es inútil luchar con las preocupaciones sociales. Yo salgo mañana de Madrid, y me voy al último rincón del mundo.

AGUILAR.-  No faltaba más. El duque es una excepción de la regla. Adonde quiera que usted vaya será bien recibido. Y si no fuera por Gabrielita, yo le aconsejaría a usted una cosa.

LEANDRO.-  ¿Cuál?

AGUILAR.-  Que procurase usted emparentar con la nobleza por medio de un casamiento.

LEANDRO.-  ¿Y eso sería posible?

AGUILAR.-  Así se quitaba usted de ruidos, tomando de pronto en la sociedad el puesto que le corresponde.

LEANDRO.-  Pero...

AGUILAR.-  Así podría usted tratar como a igual a ese altivo duque, y devolverle tal vez un día el desaire que le acaba de hacer.

LEANDRO.-  Por conseguir eso diera parte de mi vida.

AGUILAR.-  ¿De veras? Pues desde hoy mismo empiezo a buscarle a usted una novia que le convenga.

LEANDRO.-  ¿Querría una señora ilustre darme su mano?...

AGUILAR.-  ¡Seguramente!

LEANDRO.-  ¿A que no?

AGUILAR.-  ¿A que sí?

LEANDRO.-  Una prueba.

AGUILAR.-  Veamos.

LEANDRO.-  ¿Qué haría usted si yo le pidiera la mano de su sobrina?

AGUILAR.-  ¡Ay qué suposición tan graciosa! ¡Ja, ja, ja! (Tragó el anzuelo.)

LEANDRO.-  Respóndame usted.

AGUILAR.-  No sé qué responder. ¡Me coge usted tan de nuevas!

LEANDRO.-  Diga usted que me tiene en menos. Ya lo sabía yo.

AGUILAR.-  Usted no me conoce. Usted ignora cuánto le estimo. Nunca olvidaré que usted salvó la vida a mi pariente, el señor don Juan, un pariente a quien quería yo con delirio. Pero, ¿habla usted con formalidad?

LEANDRO.-  Con toda formalidad.

AGUILAR.-  ¿Quién había de imaginarse?... Lo pensaré.. Un tutor debe pensar mucho estas cosas.

LEANDRO.-  Comprendo... Una negativa cortés.

AGUILAR.-  No, señor, no hay tal negativa.

LEANDRO.-  ¿Teme usted que ella se niegue?...

AGUILAR.-  Lo que es en cuanto a eso, he creído notar...

LEANDRO.-  ¿Qué?

AGUILAR.-  Que no le mira a usted con malos ojos.

LEANDRO.-  ¿Será tan grande mi ventura?... Resuélvase usted: una palabra.

AGUILAR.-  ¡Qué carácter tan impetuoso!... Pues, señor, corriente: se casará usted con mi sobrina.

LEANDRO.-  ¡Oh! ¡Gracias, gracias! No sabe usted el bien que me hace. Y dígame usted: ¿la boda se verificará pronto?...

AGUILAR.-  Sí; dentro de unos dos o tres años.

LEANDRO.-  ¿Cómo?

AGUILAR.-  Le confesaré a usted aquí, en confianza, que de algún tiempo a esta parte, por desgracias que contaré a usted despacio, he perdido casi todo mi patrimonio. En uno de mis apuros tuve que echar mano de los bienes de mi pupila, y hasta que logre reunir algún dinero...

LEANDRO.-  ¿Qué caudal es el de la marquesa?

AGUILAR.-  Cosa corta: unos dos millones y pico.

LEANDRO.-  La boda puede verificarse en seguida. Yo daré por recibidos los bienes de mi esposa.

AGUILAR.-  ¿Qué me propone usted?

LEANDRO.-  Nadie se enteraría...

AGUILAR.-  ¡Usted me ofende! ¡Yo soy un caballero!

LEANDRO.-  ¡Pero si no se trata más que de una demora!

AGUILAR.-  ¿Una demora? Explíquese usted.

LEANDRO.-  Ahora, en los documentos oficiales, se hará constar que yo recibo ese caudal; y cuando usted pueda buenamente, me lo entregará por bajo de cuerda.

AGUILAR.-  ¿Con que se lo entregaré a usted cuando pueda buenamente?

LEANDRO.-  Sí. señor.

AGUILAR.-  Eso tiene otro ver...

LEANDRO.-  Consiente usted, ¿no es cierto?

AGUILAR.-  Porque no diga usted que soy testarudo.

LEANDRO.-  ¡Qué felicidad la mía!... ¡Señor Aguilar!...  (Queriendo estrecharle la mano.) 

AGUILAR.-  Llámeme usted tío, y venga un abrazo.  (Se abrazan.) 

LEANDRO.-  ¡Con. mil amores!

AGUILAR.-  Saludaré a su prima de usted por el bien parecer.

LEANDRO.-  Vamos allá.

AGUILAR.-  (¡Salí de apuros!)

LEANDRO.-  (Dos millones me cuesta. No importa. ¡Seré marqués!)  (Vanse por la puerta de la izquierda. A poco óyese ladrar al perro.) 



Escena XIII

 

TOMÁS, que sale de detrás de las colgaduras de la puerta de la derecha de primer término, pálido y desencajado.

 

TOMÁS.-  ¡Qué par de bribones! ¿Cuál será más bribón de los dos? No estoy en mí; no sé qué me sucede. No; si no puede ser. Me habré dormido detrás de las cortinas; habré soñado... Todo es más creíble que la maldad de ese tunante. ¡Abandonar a Gabriela! ¡Casarse con otra! ¿Y qué será de la infeliz? ¡No ha de salirse con la suya! ¿Para qué estoy yo aquí? Le hablaré, y si no me hace caso... ¡Líbrele Dios de no hacerme caso! ¡Digo, el que se pasaba la vida echando sermones contra los ricos! ¡El que quería arreglar el mundo! Todos los vicios que censuraba en los demás, todos los tiene él aumentados en tercio y quinto.  (Óyese ruido de gente que corre.)  Es malo y-claro está-fué malo como pobre, y como rico es malo también.



Escena XIV

 

TOMÁS y GABRIELA.

 

GABRIELA.-  Corre, Tomás, corre.  (Saliendo precipitadamente y muy asustada por la puerta de la izquierda.)  Le quieren matar.

TOMÁS.-  ¡Matar! ¿A quién?

GABRIELA.-  Al perro.

TOMÁS.-  ¡Matar a Leal!  (Óyense quejidos del perro.) 

GABRIELA.-  Se ha tirado al señor Aguilar, y le ha rasgado el pantalón.

TOMÁS.-  ¿El pantalón no más?

GABRIELA.-  Hacia el comedor van corriendo tras él.

TOMÁS.-  ¡Ay del que se atreva a tocarle!  (Vase corriendo por el foro izquierda.) 



Escena XV

 

GABRIELA; a poco, LEANDRO y AGUILAR; después, TOMÁS, DON VICENTE y dos lacayos.

 

GABRIELA.-  Matadle en seguida, matadle, decía Leandro a los criados  (Con expresión de terror.) ; matadle o mato yo a uno. ¡Y cómo lo decía!... ¡Echando fuego por los ojos, trémulo de rabia!... Ese hombre me da miedo... ¿Quién me librará de ese hombre?

LEANDRO.-   (Saliendo por la puerta de la izquierda. AGUILAR viene apoyado en su brazo, y trae roto el pantalón.)  Serénese usted.

AGUILAR.-  ¡Qué horror! Creí que me hacía pedazos.

LEANDRO.-   (Con saña.)  Ya habrá llevado su merecido.

DON VICENTE.-   (Dentro.)  ¡Favor! ¡Socorro! ¡Socorro!

TOMÁS.-   (Dentro.)  ¡No huyáis, cobardes!  (Salen corriendo dos lacayos por la puerta del foro. Al llegar a ella DON VICENTE, le alcanza TOMÁS y le ase por el pescuezo.) 

DON VICENTE.-  ¡Que me ahoga! ¡Favor!

TOMÁS.-  Te ahogaré, te mataré.

DON VICENTE.-  Yo no he sido; al contrario. Su excelencia, mi amo, decía que el que hace daño a los animales...

TOMÁS.-   (Soltando a DON VICENTE y dirigiéndose a los lacayos, que corren a ponerse detrás de LEANDRO.)  ¿Han sido aquéllos?

LEANDRO.-   (Con tono imperioso y severo.)  ¡Tomás!

AGUILAR.-  (¡No me llega la camisa al cuerpo!)

GABRIELA.-  ¿Le han hecho algo?

TOMÁS.-  Le han atravesado con un estoque de bastón, ¡Han matado a Leal!  (Con rabia.)  Allí está el animalito caído en el suelo y respirando por la herida...:¡Mi perro! ¡Mi Leal!  (Con acento de desesperación.) 

LEANDRO.-  Modérate; hay gente delante.

TOMÁS.-  ¿Y qué me importa a mí la gente? ¡Malvados!...  (A los lacayos, dirigiéndose a ellos otra vez.) 

LEANDRO.-   (Deteniéndole.)  ¡Basta!

GABRIELA.-  ¡Sosiégate!... ¡Escucha!...

TOMÁS.-   (Encarándose con AGUILAR.)  Ya sabía Leal por qué le enseñaba a usted los dientes.

LEANDRO.-   (Interponiéndose.)  Mira lo que dices.

TOMÁS.-  ¡Bien mirado lo tengo! ¡Aparta!

GABRIELA.-  ¡Por piedad!

TOMÁS.-   (A los lacayos.)  ¿Os ha mandado alguien que le matéis? ¿Os lo ha mandado este viejo?

AGUILAR.-   (Con susto, retrocediendo.)  ¡Canario!...

LEANDRO.-  Se lo he mandado yo.

TOMÁS.-  ¡Tú!... ¡Tú!... ¡Sí! ¿Qué mucho que mates a un perro? De mayor hazaña eres capaz. Muere tú.  (Cogiendo una silla y levantándola en alto con ambas manos.) 

GABRIELA, AGUILAR y DON VICENTE.-   (Dando un grito. GABRIELA detiene a TOMÁS, que al verla deja la silla y baja la cabeza.)  ¡Oh!

AGUILAR.-   (Con susto y ansiedad.)  Vámonos de aquí.

LEANDRO.-  Sí, dejémosle por loco.  (Dirígense hacia el foro LEANDRO, AGUILAR, DON VICENTE y los lacayos.) 

GABRIELA.-   (Con energía.)  ¡Es un infame, Tomás!

TOMÁS.-   (Levantando la cabeza y con mucha fuerza de expresión.)  ¡Gabriela, es un infame!



 
 
FIN DEL ACTO SEGUNDO