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Una condición excepcional

Homero Aridjis





Todos habían envejecido.

Después de esa lluvia de cenizas verdes bajo un cielo totalmente despejado, todos habían envejecido.

Mujeres y niños, hombres maduros y ancianos, a todos se les puso el pelo blanco, se volvieron calvos y los dientes se les aflojaron o se les cayeron. A unos más, a otros menos.

El paisaje humano era desolador, en los bancos de los parques y en los sofás de los vestíbulos de los hoteles, y hasta en las sillas de los dentistas, algunas personas se habían quedado sentadas en una extraña inmovilidad, sin revelar si estaban muertas, descansando la edad avanzada o solamente tomando una larga siesta.

Lo más curioso para mí fue ver a hombres y mujeres al volante de un coche, un autobús o un camión de carga sin poder oprimir el acelerador o sin poder accionar el freno: los brazos flácidos, las manos manchadas, vencidos por la debilidad o por la falta de ejercicio físico. Aunque algunos, miopes o con cataratas, senectos de los pies a la cabeza, simplemente no podían discernir lo que estaba delante de ellos. Ni siquiera el semáforo en siga. Cho-cho-chochez parecía ser la voz uniforme en los vehículos.

Un vocabulario de ancianidad vino a mi mente, palabras como vejarrón, carcamal y cotorrón se me pusieron en la punta de la lengua. Ochentón, noventón y centenario me salieron al paso, no sólo como adjetivos sino como ejemplos vivientes, inmediatos; deplorables.

Una arrugada inercia recorría la ciudad de Buenos Aires, de Villa Devoto a La Boca, de San Martín a Lomas de Zamora, de la Ciudad Universitaria al Cementerio de Flores, pasando por el Parque Chabuco a través de los clubes atlétlcos, los cuarteles y los campos hípicos. Dije arrugada inercia, pero bien pude haber dicho una amarga nostalgia, una tristeza ciega, una desazón provecta.

En el momento de la lluvia yo estaba en el estudio de mi casa. Por la ventana vi esos goterones verdes caer del cielo profundamente azul. Cuando salí a la calle me encontré en una ciudad de viejos.

Me di cuenta de ello en la esquina de mi calle, porque esperando el cambio de luz del semáforo descubrí que todos los peatones, absolutamente todos, se me quedaron viendo, asombrados por mi condición privilegiada. No sólo eso, varios de ellos, con pasos lentos y movimientos torpes, se me acercaron para observarme de cerca y para palparme. Querían cerciorarse de que no estaban soñando.

Comprobé este hecho extraordinario en una confitería de la Recoleta, cuando me miré de cuerpo entero en el espejo. Allí me di cuenta que yo, solamente yo, Luis Mario Andino, yo, pintor sin nombre y sin éxito, residente en un edificio sin número, muros descarapelados y techos decadentes, yo, el hombre sin futuro económico, yo, el pretendiente no correspondido de muchísimas mujeres, yo, yo entre todos, me había quedado joven, bello y deslumbrante. Al apreciarme en el espejo colegí los setenta y siete recovecos de la mirada.

Tenía razón en admirarme, aunque, por modestia, pretendí ignorar la enorme diferencia que existía entre esa generación caduca y mi persona, así como los ricos tratan de disimular su riqueza ante una legión de pobres y muertos de hambre.

En la Plazoleta me crucé con docenas de mujeres bien quemaditas por el verano rijoso. En la cara llevaban el gesto de la juventud defraudada. O sea, esa estafa de la esperanza que crece sintiéndose lo mejor del mundo y poco a poco se da cuenta de que nadie reconoce su superioridad, excepto la propia persona. Luego, frente a los cines y los restaurantes de la Recoleta, presencié una alucinante concentración, casi eclosión, de Lolitas en flor. Intimaba con ellas un calor impertinente.

En ese acervo de valores carnales localicé a la más atractiva: Ana Mora, la bija de una actriz famosa en Madrid y en Buenos Aires, en México y en Santo Domingo, y una de esas mujeres que uno lamenta perder sin nunca haber tenido. Andaba con Osvaldo Ruggiero, un actor alto y simpático, rico y mujeriego, la estrella masculina de la Compañía Recuerdos son Recuerdos.

Como este individuo había sido un cacho de mala suerte en mi vida, aunque ahora estaba hecho un cascajo y era más viejo que la sarna, sus ojos náufragos en órbitas aguadas no me conmovieron. Su mueca me tuvo sin cuidado, y también su cara de huevo hervido. A disgusto consigo, tal vez me odiaba. Por sus celos percibí que estaba enamorado de ella. Me abajó los ojos, con una expresión en la que se mezclaban la rabia, el fervor y la impotencia.

Ana estaba mortificada por tener la carne flácida, el pelo color cebolla y el rostro ajado. Llevaba pulseras de plata, pantalones apretados sin nada debajo, sandalias blancas y peinado a la última moda. Esforzándose por tapar con los labios sus dientes podridos, apenas sonrió. Coqueta hasta la muerte, me miró con complicidad. A su amigo, en cambio, le arrojó una mirada altanera. Tenía fama de no ocultar sus emociones.

Cansada siguió adelante, con el falso entusiasmo de una veinteañera que se dirige a un lugar donde no se encuentra lo que espera. Mas al reparar yo en sus pupilas agoreras, apenas pude creer que hasta el día de ayer ella era el epítome de la belleza en la tierra, la rosa carnosa de Avenida Caseros, con esa forma de tanguear andando. Porque con su compás sensual, a pesar de sus veinte años, Ana Mora ya había sacado de quicio a más de un hombre maduro y provocado divorcios, suicidios, como el de aquel profesor ruso que se había echado por la ventana de un quinto piso en Avenida del Libertador.

Lo lamentable es que Ana Mora pasó a mi lado tan ensimismada en sus pesares que no se dio cuenta de que yo me hallaba a diez metros de distancia de su ex adorable persona, ahora un vejestorio de pechos caídos, piernas flacas y caderas escurridas.

Otra cosa, nunca antes se me había ocurrido preguntarme si ella había asistido a la exhibición privada de la película Por la Avenida Corrientes, donde pasé tres segundos de espaldas a la cámara en medio de la multitud sabatina. No se me ve el cuerpo ni la cara, pues bajo la llovizna me cubren un impermeable y un sombrero. En la escena parezco una sombra parada, qué digo, un recuerdo.

El triunfo sobre mis rivales, incluido Osvaldo Ruggiero, y sobre miembros oscuros de mi generación y de la posterior era evidente. Y hasta me había resultado fácil. Qué competencia podían representarme galanes color piñón y vejetes apolillados. El estado de gracia con que me habían beneficiado los dioses, tanto los cristianos como los paganos, gracias a mi personalidad irresistible y mi talento genial, era cierto.

La pareja formada por esos individuos de cabellos blancos y párpados cansados se internó en la decrepitud colectiva hasta perderse en ella. Ni siquiera reparó en mi mano que les dijo adiós. En particular a él, a quien hubiera querido borrar mágicamente del momento y de la calle. La multitud huérfana los cubrió con su múltiple espalda. Me sentí dueño de la situación.

Con toda seguridad, desde hace tiempo los dioses de la excepción tenían sus antenas solares dirigidas a mi frente, sus baterías cargadas de genes volcadas hacia mí. Así que sin dificultad inferí que yo, sólo yo, sería el más grande tema de estudio de mi época. Mi único problema sería que no se me subieran los humos, que no me convirtiera en un pagado de sí mismo y me durmiera en mis laureles. Me prometí modestia y jalarme cada mañana el pelo frente al espejo, diciendo me: «Sos mortal».

Poco después me topé con un escuadrón de hombres decrépitos con cabeza de pavo. Entre ellos se encontraba el pintor Arnulfo Arnolfini Mendoza, un vejestorio descolorido, un artista mediano apocado por la vida, un malévolo mirón de mandíbulas maltratadas por los malos dentistas. Tres meses atrás había hecho un retrato de grupo de los hombres con cabeza de pavo sin sospechar que un día él también tendría cabeza de pavo.

Detrás del escuadrón de gallináceas emergió Francisco Marinelli, un vendedor de juguetes antiguos, un abuelo sin nietos, un optimista con los ojos tan cercanos uno al otro que parecía cíclope. Ya no necesitaba reírse, de aquí en adelante llevaría la boca abierta. Brillaban cosas en los dedos de sus manos. A imprudente distancia, me espetó:

-¿Sabes por qué traigo tantos anillos? Porque soy una loca.

Aquí descansan quienes nos precedieron en el

camino de la vida.

Es un lugar respetable que debe ser respetado.

No fije carteles ni inscriba leyendas.



Ese aviso dirigido a los vivos estaba escrito por alguien ahora muerto sobre un muro del cementerio de la Recoleta. Su pórtico de estilo dórico me pareció indigno de mi atención. Sus cruces negras en la reja negra, sus mausoleos y sus tumbas, sus muertos ilustres (Domingo Faustino Sarmiento y Eva Duarte de Perón) me resultaron tan triviales como las mesas de plástico embrocadas una sobre otra en el pasillo de la cafetería. En principio, para contradecir al escritor Jorge Luis Borges, no se me hizo hermosa la serenidad de las tumbas, ni las que encerraban a doctores y a militares, ni aquellas más costosas que sepultaban a solemnes desconocidos de la burguesía reinante. Requiescant in pace. Detrás del ajetreo no hay más que muerte.

Un mendigo se recargaba en la blanca pared de la iglesia. Extendía la mano hacia la noche esperando que le cayeran pastillas psicotrópicas dispensadas por un sanco alucinado. Mi mendigo no vestía harapos ni calzaba zapatos. Era pura fachada; debajo de los pantalones y la camisa (que no envolvían ni sus piernas ni sus brazos) estaba limpiecito, portaba cueros. Mi ojo morboso inútilmente buscó reacciones en su rostro: halló clavijas desvencijadas, órbitas sin ojos, oídos sin orejas.

Seguí caminando, pero cuando volteé la cara para ver a mi mendigo, éste se había desvanecido. «¿Cómo es eso?», pensé. «Si hace unos segundos el muerto estaba allí. No cabe duda que de un tiempo para acá los difuntos son unos bólidos arrojados hacia el espacio por fuerzas de propulsión extraterrestre».

Era verano en Buenos Aires, el calor bajaba hasta las manos y gotas de sudor bailaban en los ojos bajo la radiante luz del sol. A lo largo de la vereda, el bochorno abatía a los árboles y éstos arrojaban su sombra al suelo.

Yo anduve pegado a las paredes, yo me fijé en las calles que no me fuera a caer un objeto del espacio o que me fuera a asaltar un malandrín. Ahora, como objeto valioso, tenía que cuidarme mucho.

Un policía anciano en uniforme nuevo me examinó a unos metros de distancia. Pero no tuvo fuerzas para venir a interrogarme. Seguro que yo tenía cara de criminal camino de cometer un crimen.

Parapetado detrás de su volante, un taxista estaba escuchando mi presencia. Sin atreverse a entrar de lleno en la observación, fijaba las pupilas en el espejo retrovisor. Pretendía mirar otra cosa. Le palmeteé el hombro.

-No debió permitirse hacer eso, interrumpió el flujo de mi imaginación, en ese momento bailaba una milonga con mi pareja. No la había cogido del torso en diez años y teníamos el cuerpo enredado. Le estaba haciendo el amor -me dijo, con voz quebrada.

-Disculpe, ¿puedo hacerme oír?

-Qué impertinencia. Primero debió haberse percatado de la situación, después debió haberse entregado un minuto a la reflexión y luego tocar la ventana con mano tonta.

Me alejé de ese taxista maldiciente, de ese copulado r mental de carros de alquiler. Hacía unos meses que no frecuentaba ese barrio y me encontré relativamente perdido. Las paredes de las casas no me reconocieron. Las empleadas de la tienda departamental no me saludaron. Mi vestir distinguido no despertó el interés del populacho. Habrá que admitirlo, en ese lugar todo había cambiado relativamente. La tienda de flores que estaba allá estaba aquí, la confitería que estaba allí estaba acá. Mi apariencia misma se había transformado un poco. A los sesenta años uno no puede estar usando las camisas ajustadas que cuando tenía treinta.

Hay barrios de los que se recuerda ninguna calle, hay parques de los que se tiene memoria de ningún árbol, hay multitudes de las que se conserva ningún rostro: barrios, parques y multitudes parecen desvanecerse en un sueño, en términos de solvencia material son como cheques sin fondos. Ese barrio era uno de ellos.

Me di el lujo de seguir a dos mujeres de exactamente las mismas facciones. Eran madre e hija, diferenciadas sólo por su indumentaria conservadora y juvenil. A sabiendas de que no me interesaba seguirlas, las seguí. Falto de interés en el grupo social al que pertenecían, acerté en decir que eran amantes del tango y habituales del Café Tortoni. Por no más de tres minutos anduve detrás, adelante y a su costado tratando de calcular la edad que habían tenido el día de ayer y la que ahora tenían. Se fueron por la calle de Riobamba hasta llegar al Palacio de las Aguas Corrientes. Cada una con un paraguas rojo, aunque no estaba lloviendo.

-Aquí yace el Depósito de Distribución de Agua Filtrada. Imagínate su túnel de toma, su casa de bombas y sus kilómetros de cañerías. Añade a eso tres pisos de tanques metálicos soportados por columnas de hierro fundido y podrás irte a dormir -dijo la indumentaria conservadora.

-No me lo imagino, madre.

-Agrégale ciento setenta mil piezas cerámicas y ciento treinta mil ladrillos fabricados por la compañía inglesa Royal Doulton y te quedarás turulata.

-Puras macanas, madre, puras macanas -replicó la supuesta joven, sintiendo de repente dolor en la espalda.

Al cruzarme con ellas me arrojaron una mirada llena de reproches, pues habían oído y visto que con mano zurda yo jugaba con unas monedas devaluadas en el bolsillo del pantalón derecho. Esto era obsceno.

Desemboqué en un parque, emblema de la noche porteña. Todos los que estaban sentados en los bancos parecían contemporáneos: ser padres, hijos o hermanos uno de otro. Incluso los abuelos y los bebés, que distinguía sólo la ropa. A todos los presentes los abarcaba un pequeño letrero:

ESTE GRUPO ESTÁ FUERA DE SERVICIO,

PORQUE HA QUEDADO OBSOLETO.



Como podrá suponerse, en esa muchedumbre en desuso el único fuera de serie era yo.

Pero sentí hambre. Hambre de bife y de ravioles, hambre de agua mineral y de chocolates italianos, hambre de pizzas y de lomos, hambre de comer mi hambre. Este opíparo apetito creció a medida que me di cuenta de que sólo yo tenía apetito.

La cachuza humanidad estaba descalificada por falta de dentadura. En esa feria de dientes flojos y de dientes fuera de lugar pocos cumplían con los requisitos de lo que un esteta hubiera podido llamar una arquitectura de la boca. No por nada, allí en la esquina un tanguero con chambergo y bandoneón que solía cantar Adiós muchachos escupía más dientes que palabras. Una nubecilla de polvo verde le cayó en los ojos.

En una funeraria, contigua a una pizzería con horno de leña y mesas con manteles blancos, abierta de par en par pero sin clientes, cogí un trozo de azúcar. En la capilla ardiente los cirios consumidos, excepto uno, honraban a un general encerrado en un féretro metálico. Nadie lo acompañaba en su descenso al reino de los ejércitos difuntos. Encendí mi cigarrillo en la llama del cirio mortecino.

Al agacharme a atar mis agujetas me di cuenta de que el taxista maldiciente me estaba siguiendo en su coche, de que al detenerme él se detenía, de que sentado en un cojín se campaneaba. Quizás era un espía al servicio de inteligencias extranjeras buscando adueñarse del secreto de mi edad. Pero él no vio que yo lo vi y que podía decretarle muerte súbita.

-Lo invito a que me vea bailar el tango La cumparsita con mi esposa -pensé que me dijo, antes de que prorrumpiera en un lunfardo incomprensible.

Echando mano a mí ingenio, me recargué en un muro y me rasqué la mejilla derecha. Eso lo despistó. Luego me fui por una calle peatonal en dirección opuesta a su coche.

El sol se estaba poniendo en todas las ventanas que daban al poniente: señal de que la noche rondaba a Buenos Aires.

Anduve con el crepúsculo a mi mano izquierda y la Luna naciente a mi derecha. El remoto, el invisible Río de la Plata fluía en el sentido que yo llevaba.

Por allí, consideré prudente cambiar de domicilio, mudarme a un departamento que estuviera a mi nivel social, correspondiera a mi fama. El problema es que no tenía siquiera para pagar la mensualidad de mi cotorro.

De todas maneras visualmente visité hoteles, albergues y edificios de lujo. No me fue necesario entrar, todo sin prisa, me bastó con vislumbrar las fachadas y arañar los vidrios de las ventanas y las puertas. Con esos movimientos básicos pude imaginarme el interior. Lo que sí llegué a preguntarme fue cómo sería vivir de este o del otro lado de la calle. Fuerte desazón me entró al enterarme de que radios y televisores daban aquí y allá información de última hora sobre los acontecimientos que habían tenido lugar en Argentina.

No pude oír con claridad las noticias, así que me coloqué a la puerta de un restaurante de bifes, estorbando el paso. El aparato de televisión, sobre una repisa, mostraba escenas del envejecimiento colectivo. No necesité saber más, el espejo de pared reflejó una sola sonrisa satisfecha.

Una reportera desmejorada informaba con voz afligida que una gran cantidad de ancianos se había ido derechito a la muerte (sin pasaporte, sin seguro médico y sin ingresar en las salas de emergencia) a causa de un empujón final de senectud.

No sólo eso, un canal mostró imágenes de un ex joven campeón de ciclismo tambaleándose sobre su bicicleta, incapaz de controlar no sólo los pedales, sino sus propios pies. Considero que lo atrajo hacia el piso la fuerza de gravedad del pavimento de Avenida de Mayo, un pavimento magnético y chicloso. El hecho fue observado por una párvula con cara de flor ajada.

Dos científicos desdentados de la Universidad de Buenos Aires, llevando mascarilla y bata blancas, infirieron que se trataba de una epidemia de progeria, enfermedad que hace que el cuerpo se deteriore rápidamente. Este raro padecimiento atacó a niños de Puebla, México, a fines del siglo veinte. Los menores de edad mexicanos presentaron síntomas de decrepitud, ceguera, encogimiento de huesos y caída de dientes. Víctimas de un raro envejecimiento prematuro, los poblanos anduvieron todavía un tiempo con bastón y muletas hasta convertirse en cadáveres.

Para apoyar su hipótesis, los genios desconocidos de la Facultad de Ciencias Médicas prometieron investigar de inmediato esa epidemia de senilidad masiva que había azotado a la Argentina sin causa alguna. No fijaron fecha para dar resultados. Pura masturbación, los dichos doctores eran más vetustos que los raquíticos objetos de su estudio y en esta vida, con la mejor de las intenciones, no podrían terminar sus investigaciones. Si al menos hubieran sufrido de agerasia, ancianidad robusta, pero eran pellejos solemnes.

Era un sábado de febrero y el clásico Boca Juniors versus River Plate, disputándose la copa de futbol soccer de las Américas, no tuvo público. Por lo demás, los jugadores no se presentaron en el estadio, demasiado extenuados para correr, chutar el balón y hasta para levantar el pie. El entrenador no apareció. Más tarde se le encontró descansando en el pasto.

En realidad, el paisaje del ejercicio, el deporte y el juego fue desolador, las máquinas, las pelotas, las bicicletas y los triciclos fueron abandonados en los gimnasios, los campos y los parques. Los teatros, tanto el Colón como el San Martín y otros, estuvieron desiertos. Lo mismo sucedió con los cines, las salas de concierto, las discotecas y los centros nocturnos, no hubo asistencia. Dígame usted, ¿a quién le gusta bailar danzón, tango o bolero con una anciana de boca desdentada y peluca floja al ritmo de una orquesta de matusalenes?

En el Café Tortoni, en Avenida de Mayo, no se pararon ni las moscas. A sus mesas solía yo venir a beber la tarde en una taza de café con crema y a leer el diario gratis, en particular los obituarios de personalidades famosas que me caían mal. Entre sorbo y sorbo miraba por la ventana el paso de la gente hasta que un mesero me traía la cuenta, anunciándome con los ojos que ya había estado demasiado tiempo.

En el interior del Café Tortoni despilfarré las horas, leí a mis autores favoritos, observé a mis vecinos de mesa, se me adelgazaron los pantalones de tanto estar sentado y me salieron canas. Pero, sobre todo, bailé, como dijo alguien, elevado del suelo y prendido a unas pupilas febriles de mujer, mientras un pianista ciego con lentes negros daba teclazos a la oscuridad como un escarabajo entusiasta. La tanguera vocingleaba: «Y sos tristeza de vida que se clava en un puñal». Mas qué digo que bailaba, la muerte bailó conmigo: el cuerpo de la mujer que cogí de la cintura fue puro olvido y la niña que me admiró cruda nostalgia.

En la Cafetería La Giralda, adonde se engaña al chocolate caliente mezclándolo con alcohol, no entraron ni los canillitas. En la Confitería Richmond, cuyos espejos repiten las sillas infinitas por un salón sin fin, no se sentó una mina esa noche.

En otros restaurantes no hubo ni cuatro gatos. Los cocineros y los meseros se declararon enfermos. Los clientes de pelo blanco y dentadura móvil ni siquiera cancelaron reservas. Sólo uno, un propietario, mostró la mano vencida por el peso de una cuchara.

Nadie holló las veredas de esa postal descolorida que es el Parque Lezama. Ni contempló su cielo alucinante color jacinto. La ruidosa Avenida del Libertador, en cambio, se permitió soñar... sólo silencio.

Los autobuses con salidas al Mar del Plata y Córdoba partieron vacíos, conducidos por choferes estropeados que aquí o allá se quedaron dormidos en las carreteras.

Los trenes del subte no partieron vacíos, porque nunca abandonaron las estaciones. En el aeropuerto todos los vuelos estuvieron demorados y los equipajes de los aviones que habían llegado con antelación no fueron reclamados, las maletas dieron vueltas y vueltas sin que nadie las recogiera. Cuando el sol se metió y el horizonte se tornó sangriento, la espalda vidriada de los edificios reflejó una luz póstuma.

Para no sentirme solo me integré al público que emergía de un cine. Pero la multitud duró poco, luego se disolvió. Así que, ¿a mí me van a hablar de vida nocturna en Buenos Aires? ¿Quién podría hacerlo? La ciudad duerme temprano y los letreros de los comercios inútilmente parpadean en las calles desiertas.

Lo notable sucedió en el barrio de Belgrano. De una casona ahogada por la oscuridad emergió una prostituta de mala facha. Momentos antes, en el salón de paredes forradas con terciopelo rojo de un grupo de hombres del mundo de las finanzas, del crimen organizado y de la política, todos chupatones, ella había cantado el himno sentimental argentino, Caminito. Al despojarse de la ropa, los ojos del público provecto se clavaron en un vientre carcomido y unos senos flácidos, por completo fuera de programa. Bostezo general y parpadeo consternado, ella desapareció del salón y apareció en la calle. De un vehículo estacionado en la esquina, fumando espero, salió el taxista maldiciente y la cogió del brazo con una ansia fiera en la manera de querer, como diría el tango.

Los seguí con la vista hasta que se metieron en el taxi. Prendió el radio y se oyó El choclo: «con este tango nació el tango y como un grito / salió del sórdido barrial buscando el cielo». Al evocar las formas de ella lamenté haber desperdiciado mis fines de semana manoseando revistas con mujeres extranjeras desnudas, ignorante de que es mucho más interesante tener a las nacionales en carne viva.

Yo caminé, caminé, con pasos rápidos, la camisa empapada de sudor, queriendo alcanzar en unos cuantos minutos toda una vida despilfarrada en pintar cuadros invendibles y en trabajos mal renumerados, y en abrir y cerrar puertas de edificios que no eran de mi propiedad.

En la mente cansada de mis contemporáneos el triunfo máximo es entrar de gorra a un lugar caro, filtrarse sin pagar en un teatro o viajar sin billete en un tren; el mío ha sido escapar de las leyes del tiempo y forjarme una personalidad propia. He amado la desolación que recorría, siendo la desolación parte de mi alma.

Ingresé a mi edificio como quien entra a un saco por la manga. En esa ruina alquilaba una penumbra desde hacía cinco lustros. En el vestíbulo un sofá se recargaba contra un espejo. Más para ser visto que para ser usado. Más por abandono del inquilino X que por utilidad pública.

Entre el segundo y el tercer pisos me topé con Fernanda, la hija adolescente del farmacéutico José Martínez Dorantes y de la bióloga Dolores Duarte Padierna. Por falta de aliento había abandonado su cuerpo en el intento de subir la escalera.

-No estoy en forma, debo ponerme a dieta -balbuceó, como si yo fuera el inspector de su estado físico.

Quién me iba a decir a mí que sería testigo de sus piernas enclenques y de sus dedos tembleques; que me la iba a encontrar en la vereda de la vida en ese estado lamentable. Su cintura, dicho sea de paso, mostraba todavía una acariciable condición de avispa.

Según recordé, mis sábados de ventana para Fernanda eran sábados deportivos. Según tuve presente, mis domingos de estar tumbado leyendo diarios para Fernanda eran tiempos de jugar a la pelota, a la rayuela o al fútbol en un club exclusivo. Siempre celada por papá, ahora era una cierva bañada de polvo.

Como en mí edificio no se conocía la palabra ascensor, la nueva anciana se había quedado sin aliento subiendo las escaleras para llegar al quinto piso, donde se encontraba su morada. Mas antes de que yo hubiera vislumbrado su figura ella ya había vislumbrado la mía, sus ojillos perdidos en la masa arrugada de su rostro se habían emocionado al verme.

En otros tiempos, sus ojillos de rendija me habían sugerido cosas, habían tenido un enorme poder de evocación. Pero ahora eran pobres círculos de melancolía. Su cara, antes no me había atrevido siquiera a mirarla de tanto que me fascinaba, pero ahora... Zapatos al lado, Fernanda se había recostado sobre el barandal de la escalera exhibiendo sus piernas flácidas y sus pies hinchados. ¿Cómo describir sus callos? No veo la necesidad de hacerlo.

Envidiosa me vio pasar: ágil, esbelto y en plenos poderes de la flor de la edad. Intentó levantarse, animada por mi ejemplo, pero se desplomó. Alcanzando el último piso a zancadas, devorando tres escalones a la vez, la vi desde arriba, mirándome, deseándome.

A punto de abrir la puerta de mi estudio evité toparme con María Estela, mí vecina. A partir de las tres de la tarde ya estaba borracha. No se diga a las nueve de la noche. Ebria, esta solterona se convertía en una metralleta de palabras no sólo en el pasillo, sino en la soledad de su cuarto, hablando sin parar con su imagen en el espejo o con interlocutores invisibles. Pasé de largo, sordo a sus embates y sin recoger el diario del sábado, no obstante que en la primera plana venía una foto de mi rostro. Cerré la puerta, decidido a no darme por enterado de la presencia de ese espectro necio vestido de azul marino.

Lo primero que hice fue limpiarme la ciudad de las manos, lavármela con jabón de almendras y cepillarme los dientes con pasta sabor a menta. Arrojé a María Estela de mi mente, no fueran a materializarse mis pensamientos. Miré hacia abajo, hacia la calle, descansando mi codo en la repisa del balcón. Una caída a la banqueta no sería grave y la rama de ese árbol, bien asida, y yo bien colgado, me podría servir de columpio para llegar al suelo. En caso de que perdiera el equilibrio, me fracturaría dos costillas. En eso, sonó el teléfono.

-¿Está Luis Mario Andino? -preguntó su voz.

-No, está en descanso, pero la escucha -respondí, fingiendo ser otra persona.

-¿Allí mismo?

-En otro lugar.

-Dígale que nos vemos hoy.

-No va a ser posible.

-¿Por qué? Tenemos una cita.

-Nada más le digo que no va a ser posible -colgué.

Durante dos largos minutos me quedé cazando sonidos provenientes del cuarto de la vecina, en especial el susurro de pantuflas arrastrándose por un suelo sin tapete.

Mi estudio era un Frankenstein de parches: una puerta había sido extraída de una casa en ruinas, una ventana tenía vidrios de distinto color, el mobiliario había sido recogido en las aceras o donado en la esquina por vecinos anónimos. Mi alfombra era de gato siamés, amarillenta y manchada de negro. Aunque desde hacía un año no pintaba por el costo de los lienzos y de los tubos de colores, allí estaban los veinticinco dibujos que había hecho en un arranque de inspiración; una inspiración que me había dejado casi sin comer una semana. Oí voces violentas, risas locas, gemidos de amor y un cuerpo que caía al suelo, o era arrojado contra la pared por una criatura de fuerza descomunal. Luego se hizo el silencio.

Imaginé a María Estela descompuesta como un objeto: el mentón sobre las rodillas, un pie en la cabeza, las orejas sobre el estómago, los brazos en la espalda, los senos en rotación.

Abrí mi puerta, empujé la suya, me asomé a su recámara. Atravesé la penumbra esperando hallar un cuerpo desconyuntado de risa. Pero sólo estaba nadie. Las voces provenían de la televisión prendida. Bajé el volumen, para oír sólo las imágenes. Y escuchar la nostalgia.

Regresé a mi estudio, me senté en la cama de faquir que era mi sillón. Recargué mi cabeza en las manos, mientras los resortes sádicos se me metían en el trasero. Me levanté de un salto, estiré los brazos satisfechos y me tendí en la cama. En el techo discerní una isla habitada por mujeres sin edad y sin muerte. Todas mías. En una orgía de corta duración.

Boca arriba, recorrí mi Buenos Aires querido. Me fui por calles nuevas, me crucé con peatones desconocidos. Los comercios eran otros. La niña vástaga de la panadera recién casada tenía cuarenta años. En el país había otro presidente, otro general. Sólo los árboles en las avenidas eran los mismos. Mas, ¿los perros y los gatos habían envejecido tanto que sus amos? No me lo había preguntado. Mis ojos derramaron lágrimas de melancolía. Solamente dos, una por los hombres y otra por las mujeres de mis tiempos. No hubo una tercera por los mal llamados amigos. Aunque debo confesar aquí que al término de mi repaso no encontré mucha gente de cabellos grises por la cual condolerme. Empecé a redactar mentalmente una carta a Ana Mora:

Querida Ana,

Quiero que seas la primera en saberlo. Mi secreto...



Dejé de pensar. Tiré las palabras al cesto. Me levanté de la cama para aplastar de un manotazo a un mosquito que me molestaba. De la criatura salió una gota de sangre mía. Luminosa.

En el cuarto contiguo los ruidos cesaron, como si una mano trémula hubiera apagado la televisión. La noche. Todos los espantos. Cerré los ojos y me adentré en la oscuridad como aquel que navega por un mar de posibilidades inéditas y deseos realizables. Por primera vez el anuncio de gas neón que intermitente encendía mi cama no me molestó. Sentí impaciencia por ver los colores del amanecer, la aurora de rosados dedos iluminando los edificios de enfrente. Algunas personas habían dejado la luz de las ventanas prendida para llamar la atención del geriatra que venía en camino. En los interiores, el agua guardaba sospechoso silencio.

Esa noche dormí a pierna suelta, como no había dormido en años en este mundo de mentes menguadas y de mensos truhanes, quienes escapan de los restaurantes evadiendo la cuenta, diciéndole a uno: «Voy al baño». Estaba seguro de que esa tarde al cruzarse conmigo la rosa carnosa de Avenida Caseros, la muy coqueta se iba a echar a mis pies como ante un Adonis; ante mí, el guapo entre los guapos, el simpático entre los simpáticos, el inteligente entre los inteligentes, el soltero más codiciado de Buenos Aires.

En sueños me dije que muchos filósofos han formulado la negación de la identidad del «yo», pero nadie ha podido poner en duda la existencia del ego argentino. Por eso saqué la conclusión de que nadie sería capaz de negar la supremacía del mío.

Las horas en brazos de Morfeo me fueron leves, pero tan cortas que intenté estirarlas hasta lo máximo, a la manera del hambriento que sabe que al final del ayuno lo espera espléndido festín. Dicho sea de paso, las horas nocturnas no me parecieron oscuras sino nítidas y risueñas, y alentadas por las tres madames que conforman la alegría del deseo: imagen de Ana Mora, ascensión a Ana Mora, satisfacción de Ana Mora.

El fulgor matutino hirió mis párpados y me desperté desbordante de una euforia semejante a la que experimenté cuando le di un beso a mi primera novia. A Clara Dominga Sarmiento, arrojada a las barrancas del olvido desde la mañana aquella en que habiéndonos citado en la Estación Once, para casarnos luego en el Santuario Medalla Milagrosa, me dejó plantado.

Esa tarde de junio arribé a la terminal ferroviaria media hora antes de lo acordado y me quedé esperándola tres horas. No sé por qué me la había imaginado viniendo por los andenes vestida de seda verde, el corazón en una valija. Partidos los trenes, bajo una lluvia pertinaz y vestido de novio me fui andando sobre un tendido de vía: Clara Dominga Sarmiento se había escapado con un rival.

Demoré el momento de levantarme del lecho, refocilándome en mis fantasías como un puerco en sus bellotas. Imaginé que en mi condición excepcional podía ser todo: presidente de la República Argentina, director del Instituto de Anatomía, jugador del River Plate, propietario del Cine Teatro Gran Rex, jefe de información de La Prensa, dueño del Edificio Sanco o del Banco Provincial de Buenos Aires, detective de thrillers o cantante de tangos. Ese era mi halago. De repente me extrañó ver en la pared la gota de mi sangre, ennegrecida.

Bañé mi cuerpo con jabón de almendras, cuidando ajustar la boca de la regadera para que cayera el agua sobre mi cabeza y no afuera, sobre el piso. Qué reguero hacía esa cosa destartalada. Adrede el chorro de agua se burlaba de la cortina y de los agujeros en la pared.

Del ropero de tercera mano, que tenía temporalmente, saqué la camisa blanca, el traje azul marino y la corbata roja que había comprado para el día de mi boda. Aventé en un rincón el overol con que había manchado mis lienzos en los últimos veinte años. La ropa usada la guardaría en una caja de cartón, la nueva en camino de Europa, con mi ajuar.

Estaba en forma para el gran evento de mi aparición en público. Lo único que me turbaba es que no decidía si dirigirme primero a la Casa Rosada o visitar el canal 7 de televisión. Tal vez me mostraría un minuto en la Avenida Corrientes. Ansiaba ver desde temprano a mis congéneres con ojos cegatones y manos temblorosas nadar en ropa holgada, en zapatos que no eran de su número. Qué hilaridad me causaría el espectáculo de esas piernas flacas en pantalones gordos y esa humanidad moviéndose en silla de ruedas. Solamente quería ver eso.

Por distracción me puse el zapato izquierdo en el pie derecho. Los culos de vaso que eran mis lentes los metí en el bolsillo de un saco viejo que no me iba a poner. Ahora mis ojos tenían la visión prístina de un niño. El bisoñé color paja con que (en)cubro mi calvicie lo arrojé al cesto, ya no lo necesitaba. Tampoco incrusté en mi boca la dentadura postiza ni me lavé los dientes. Mi aliento olía a naranjo en flor.

Fue lunes. Nunca sabré qué pasó con el domingo y por qué el tiempo se había saltado un día. Fue lunes. Empezaba la vida, la vida del yo supremo. Por la mañana conduciría al sol por el cielo. Al atardecer dirigiría mi cara hacia el poniente para meterlo. Entonces sacaría a las estrellas de las catacumbas del pasado. Todo eso haría con el poder de mis ojos. Para protegerme de los rayos solares, llevaría sobre la frente un trapo negro. De esta manera las esquinas soleadas de mi frente no serían afectadas.

Dispuesto a caminar kilómetros para conocer el tamaño de mis dóminos bonaerenses, me puse vendas blancas en los tobillos. Las aceras de la ciudad eran demasiado toscas y anchas para mi gusto. Algunas puertas eran delgadas como filos.

Pasé al baño. Me hice la raya exacta, ni más alta ni más baja, ni más a la derecha ni más a la izquierda, exactamente en medio del pelo negro lacio natural. A lo Carlos Gardel. Aunque sin echarme mucha brillantina, ya que él abusaba tanto de ese producto que llevaba el pelo pegado al cuero cabelludo como una capa de cerdas.

Mas cuál sería mi sorpresa que al limpiar el espejo con una toallita verde me miré viejo, terriblemente viejo, viejo como los otros, viejo como la sarna, viejo como uno de los vejetes hediondos que había hallado ayer en la tarde aquí y allá.

No, no era posible que mi privilegio hubiera durado tan pocas horas y que rápidamente me precipitara en la condición ajena. No, no estaba viendo bien, mi imagen estaba borrosa y el espejo empañado; debía ponerme los lentes y examinarme de cerca. Sin duda, mi vista estaba perdiendo lucidez. Busqué en el botiquín gotas para los ojos y pastillas contra la ansiedad. Pero no encontré goteros, frascos ni pomadas. Se me habían perdido.

Mi rostro se estaba poniendo asquerosamente ajado y mi piel se cubría de manchas negras. Mi papada era un buche de pavo. Mi cuerpo resentía el frío del verano, que sube por los pies y se mete debajo de los pantalones invadiendo todo el cuerpo.

Sin cerrar la puerta bajé las escaleras, casi perdiendo el equilibrio. No por premura sino por debilidad de las piernas. Salí a la calle. Mis ojos borrachos de oscuridad resintieron la luz.

Con pasos locos y los pelos blancos flotando ralos en una calvicie que parecía de calavera, alcancé la esquina, temeroso de convertirme en un montón de cenizas.

Ana Mora apenas me miró. Llevaba la cara alegre, las mejillas tibias como amapolas encendidas, los dientes blancos, la carne lozana, los ojos y el pelo castaños. Como de costumbre, vestía pantalones apretados e iba peinada a la última moda. Al buscar sus pupilas agoreras, comprendí que ya nunca se fijaría en mí.

La multitud de hombres pavo había recobrado su andar eficiente. Detenidos por la luz roja, cientos de zapatos relucieron bajo el sol. Ufana de sí misma, elegantemente vestida, la turba de caballeros me pareció feroz.

Detrás de Ana y de los hombres pavo vino tanteando el aire el pianista ciego del Café Tortoni, aquel que con lentes negros daba teclazos a las sombras como un escarabajo feliz. Al sentirme cerca ladeó el rostro como un saurio atento.

Luz verde. Quise tomar un taxi hacia Amsterdam, hacia Calcuta, hacia Minas Gerais, desaparecer del lugar y de mí mismo. Pero el taxista maldiciente no se detuvo, embelesado por un tango que escuchaba en la radio.

Mi sonrisa de ego caído no lo conmovió. Fríamente observó mis facciones y mis ropas, sacudió la cabeza y arrancó. Los cristales de mis gafas se habían salido de la montura al rozarse con las monedas y el llavero en el bolsillo del saco, y por causa del taxista los perdí.

En la esquina de ayer, junto al mismo semáforo, sin retroceder ni avanzar, no obstante los cambios de luz, descubrí que todos los peatones, absolutamente todos, rebosantes de juventud, gozosos de verano, se me quedaban viendo asombrados por mi condición excepcional, porque el único viejo era yo.





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