Cuentos californianos
Adolfo Carrillo
La mañana del 5 de enero de 1849, nevó copiosamente en el vallecito de los Madroños, situado entre las montañas de Iolo y Tolomé, que le cierran el paso de occidente a poniente, encerrándolo en un nicho de esmeralda y grana. El arroyo del Pájaro, que serpenteando lo cruza, aparecía congelado y silencioso, deslizándose muy quedo, bajo las densas capas de nieve que le visten en nívea blancura. Las avecillas selváticas, atareadas en sacudir de su plumaje los blancos copos, se olvidan de saludar al sol naciente con sus trinos acostumbrados, y las que no agitan las alas del polvo glacial, buscan en los troncos de la arboleda las gordas larvas que inviernan en las raíces.
Los únicos signos de vida en el escueto valle son dos columnatas de humo que ascienden retorciéndose en el espacio: la una, la del centro, sale del molino de Sutter, a las márgenes del riachuelo; la otra, despréndese de la chimenea de una casuquilla blanca, a medio ocultar entre un bosquecillo de viejos sicomoros, cuyo deshojado ramaje besa la húmeda tierra.
De la casita blanca surge una linda muchacha, y al salir, mira furtivamente en todas direcciones, cual temerosa de que alguien la viera. Luego, encaminándose presurosa a un apartado seto, saca de un montoncillo de hojas secas varios objetos que relumbran a la débil y temblorosa luz solar, poniéndolos en su delantal; y arremangándose graciosamente las faldas, la muchacha dirígese hacia el molino. Ya casi a las puertas vuélvese a detener, vese en un espejito, y arreglándose la rubia cabellera, llama resueltamente a la puerta, recibiéndola en los dinteles un joven de mediana estatura, ojos verdes y color bronceado.
-¡John, John! -gritó la joven alborozada-. Aquí te traigo lo que te prometí anoche. Ya nos podemos casar ahora. ¡Mira, mira!
Al extender el delantal, Altagracia dejó caer pepitas y tejos de oro de todas formas y tamaños. Uno, el más grande, simulaba un corazón dorado, clareado de parte a parte con un agujerillo áurico.
John Marshall -así se llamaba el mancebo- abalanzose sobre el oro atropellando a la muchacha, que retrocedió amedrentada, al verle transfigurado. Y mientras él manoseaba y besaba las pepitas, ora agarrándolas, ora soltándolas en convulsivas manos y ojos saltones, cual si fueran a escapar de las órbitas. Altagracia entristecida miraba y remiraba a su amante con más asombro y estupor, maravillada de que unas cuantas piezas de relumbrosa materia, de frío metal, tuvieran ante los ojos de su novio mayores fascinaciones que sus frescos labios, sus ardientes ojos y sus mejillas de rosa.
Y espantada de lo que había presenciado, o tal vez desilusionada, quiso huir, alejarse para siempre, o morir allí en su camita de blanco pino, junto al retrato de su madre doña Jesusita, que dormía el sueño eterno bajo la sombra de dos melancólicos abedules. Mas la mano brusca de John la detuvo asiéndola con fiereza y diciéndole:
-¡Ah!, se me había olvidado besarte. ¡Venga un beso! -Mas ella esquivó la faz, forcejeando por alejarse. ¡El amor había muerto para siempre jamás en su alma! El contacto con John, el roce de sus carnes con las suyas, su voz misma le eran ya repulsivos; y esa reacción de una psicología para ella ignota, impidió que sus grandes y zarcos ojos se arrasaran de lágrimas.
Marshall la hizo entrar a las habitaciones del molino. Sutter, su dueño, había ido a invernar a Monterey, y John vivía solo, con dos chinos que le servían de criados. Sentados ambos en la gran sala, John mandó a los mongoles que pusieran más leña en la chimenea y sirvieran el desayuno. Un pobrecito canario, con el amarillento plumaje henchido de frío, languidecía en su jaula colgada en la ventana, en tanto que un gran perro danés, atado de una cadena, aullaba de cuando en cuando, causando estremecimientos de pavura a la muchacha, que había declinado el desayuno.
Entre tanto, John jugueteaba con el oro, lo apretaba y lo frotaba, un tejo con el otro, una pepita con la otra, aventándolas, soplándoles la arena de la opaca superficie. Por fin, sacó un lápiz y se puso a hacer anotaciones con la abstracción de un químico que analiza diversos componentes de un cuerpo físico. Altagracia se levantó queriendo salir; mas él la volvió a retener, interceptándole el paso.
-Sabes, my dear girl, ¿cuánto vale este oro que me has traído? -dijo John, con voz metálica y silbante. Y sin dar tiempo a que la muchacha respondiera, prosiguió:
-¡Mil dólares! Me vas a decir ahora dónde los hallaste. No hay que perder un solo momento. Si otros saben los tesoros que hay por aquí, vendrán por millares de millares. Después de la guerra con México, California se está llenando. ¿Y qué sucederá cuando sepan que hay oro a montones?
-¡John!, yo te amaba con toda el alma, con todo el corazón, y por ti hubiera dado gustosa la vida. ¡Mas ahora te desprecio y doy gracias a Dios de que no hubiera permitido el unirme a ti, a ti que perteneces a otra raza que prefiere el oro al amor, la riqueza a la dicha, los dólares a los besos!
Y quitándose colérica el anillo que John en una ocasión le diera, lo arrojó por el suelo, yendo a rodar a las patas del gran sabueso danés, que de nuevo se echó a aullar, atronando la gran sala con sus aullidos.
Marshall se adelantó, y avanzando furioso sobre la muchacha, amenazándola con los puños, vociferó:
-Dime dónde están las minas y mañana mismo nos casamos. Apresúrate antes que alguien llegue. Hoy espero al señor Sutler.
Luego, cambiando de tono, dio a su ronca voz un timbre meloso, acariciante, suplicatorio, cayendo de hinojos ante ella.
-For God's sake!, ¡por la memoria de tu madre!, dime dónde está el oro. Después de casados nos iremos a Europa, a Nueva York, donde tú quieras. ¡Habla, Altagracia, habla!
El perro seguía aullando y los copos de nieve cayendo. De repente, el canario cayó al fondo de la jaula, moribundo. La muchacha corrió hacia el pajarillo, y sacándolo de su dorada prisión se lo echó al seno para calentarlo, sollozando:
-¡Pobrecillo! Has perdido a tu amante como yo al mío. En seguida, tornándose a Marshall, díjole, con esa exquisita ironía de la que sólo es capaz una mujer burlada y decepcionada:
-¡No, John! Todo ha terminado entre nosotros. El oro que quieres, que es tu Dios y lo fue de tus padres, lo hallarás a la margen derecha del arroyo. Escarba y encontrarás los tejos. ¡Qué digo!, aquí mismo, bajo el molino, todo se halla empedrado con oro. Déjame ir ahora. Ya sabes que mi padre está muy enfermo. ¡Adiós!
Silencioso, John la había escuchado, sin perder una sílaba. En su alma habíase entablado fiera lucha: la del amor contra el oro, la del corazón contra el cerebro. Y en la contienda salió victorioso aquél. Pero fue demasiado tarde. Afrodita habíase transfigurado en Galatea.
Y viendo que sus súplicas y sus ruegos no hacían mella en la muchacha, y en momento enajenativo y delirante, diole muerte de un pistolazo, enterrándola bajo los cimientos del molino. Cerca de éste, elévase ahora la estatua de John Marshall, el descubridor del oro, teniendo como bajo relieve en bronce un sabueso danés...
Todo ese día el anciano don Julián, padre de Altagracia, esperó en vano el regreso de la muchacha, que era todo su querer y único amparo. La mañana siguiente se levantó como pudo, y casi arrastrándose, dirigiose hacia el molino. Marshall salió a recibirle; había en los ojos de éste un fuego extraño, y siniestra lividez en su semblante. ¿Era el mismo joven de ayer o había envejecido en veinticuatro horas?
-¿Qué busca usted, don Julián? -preguntó al anciano con voz ronca e imperiosa.
-Pues ando en busca de mi muchacha, don Juan. ¿No la ha visto usted por aquí?
-¡No! Yo creo que se fugó con algún mexicano. ¡Váyase!, ni con ella ni con usted quiero tener nada. ¡Váyase!
Y esto diciendo, Marshall cerró estrepitosamente la puerta, dejando al señor Estudillo afuera, perplejo y lloroso. De repente, éste se inclinó recogiendo una pepita de oro que brillaba al pie de un rosal. Al tocarla y esconderla en su blusa, las facciones del vejete se iluminaron, endureciéndose en crispaciones de odio y de venganza. En seguida, cojeando y resbalando en la escarcha, volvió a entrar a su humilde casuquita. Una vez en ella, abrió un baúl apolillado, en cuyo fondo yacían pólvora y balas. Después de cargar la carabina, que se hallaba a las espaldas de su catre, arrodillose ante un crucifijo que pendía de las paredes, murmurando fervorosas plegarias. Y desde entonces veíasele vagar por el solitario valle, o bien pasando las horas, escopeta en mano, agazapado en los matorrales.
E invisible en el boscaje, el viejo Estudillo presenció, siempre en acecho, la primera invasión de los gambusinos y buscadores de oro, que llegaban a pie o cabalgando en mulas y caballos. En su mayoría hombres barbudos y güeros de colosal estatura y rufianesco talante, armados todos con rifles y cuchillos de monte, y todos cargando picas y azadones. Deteníanse de trecho en trecho, y sentándose en círculos, prendían fogatas cocinando y hablando en todos los idiomas. Otros cortaban árboles construyendo pequeñas habitaciones, escarbando la tierra en todas direcciones en busca del precioso metal. Con frecuencia reñían unos con otros, cayendo sin vida no pocos, que eran sepultados precipitadamente con un réquiem de juramentos y risotadas. El valle tranquilo y seráfico de ayer, era hoy un pandemónium, un infierno de pasiones desencadenadas y bestiales, donde los más fuertes y codiciosos aplastaban a los más débiles, exhibiendo como trofeos pepitas de oro y corazones que chorreaban sangre. Pavoridos, los pájaros habían huido volando hacia el sur, en tanto que las ardillas, no menos amedrentadas, brincaban de pino en pino, correteando veloces hacia los lejanos cerros coronados de nieves eternas.
¡Paso al hombre! ¡Paso a la imagen de Dios!
Noche por noche, cuando las sombras apagaban los ruidos y las fogatas chisporroteaban, escuchábase el detonar de un arma de fuego, y al amanecer algún gambusino aparecía muerto, víctima de misteriosa y certera bala. Al principio, creyose que fuera efecto de reyertas nocturnas, de duelos mortales entre uno y otro rufián. Mas en vista de que los cadáveres no eran robados, dio pábulo en los campamentos a conjeturas diversas. En vano fue que los gambusinos organizaran un comité de vigilantes: los asesinatos nocturnos continuaban humedeciendo con su sangre las auríferas vetas.
Es que la escopeta de don Julián Estudillo no descansaba nunca, siempre fiel a manos del vejezuelo. Cada vez que apretaba el gatillo, sus sanguinolentos ojillos chispeaban, y cuando el tiro daba en el blanco, exclamaba jubiloso:
-¡En memoria tuya, Altagracia! ¡Ya van treinta! ¡El último cartucho lo dejo para Marshall! ¡No escapará, duerme en paz, hija mía!
Una vez, empero, don Julián fue sorprendido en el acto, y en menos de diez minutos su cadáver se columpiaba del mismo sicomoro donde se había mecido la cuna de Altagracia. El último vástago de la familia Estudillo, había desaparecido de la faz dorada y ensangrentada de California.
Con el transcurso del tiempo John Marshall había llegado a ser un millonario, fincándose un suntuoso palacio en la calle de Polk, del puerto de San Francisco. Y en sus dorados recintos, condujo triunfalmente a su encantadora mujer, una inglesita rubia, esbelta y sentimental. Algo como la rapsodia viviente de un Tom Moore. Ella tenía 18 años; su marido 52. Y por eso la luna de miel fue borrascosa y breve: Helen encontró un amante; John, una querida. Y entre la querida y la esposa, los millones se fueron yendo, y con ellos los dos únicos afectos del millonario Marshall.
Un día su mansión fue rematada en pública subasta: un lienzo de Rembrandt, por el cual había pagado en Londres doscientos mil dólares, fue vendido en cinco mil a madama Gabriela Dubois, la sensual Mesalina del Chat Noir del barrio latino, y los costosos bibelots, traídos desde Tokio, Bruselas y París, rematáronse en irrisoria cantidad al israelita Cohn de la avenida Van Ness.
De pie, ebrio de whisky y abrumado de negros recuerdos, John Marshall contempló el vacío que el destino había hecho en su torno, atropellándose en su mente las evocaciones de un pasado sin presente, de un presente sin futuro, de un futuro sin esperanzas ni ilusiones. Y fue entonces cuando sus cansados ojos hubieron de arrasarse en lágrimas, apareciendo allá, en lontananzas de luz crepuscular, la imagen tierna y dulce de Altagracia, esperándole con un ramo de flores, bajo la sombra del copudo madroño donde se citaban, se veían y se besaban.
Ella resurgía en nimbo angelical, con purezas de rosa que abre su corola, contenidas y perdidas en exquisitas melancolías.
¿Imaginose que una de sus manos goteaba sangre, o de hecho caían las gotas -¡chis, chis, chis!- en el desnudo y terso entarimado de caoba?
Presa de esa terrible obsesión, sacó la pistola con la mano izquierda, disparando a quemarropa sobre la diestra...
El valle de Iolo tornó a recobrar su pastoril reposo, mas la cicatriz había sido tan honda, que no era ya ni la sombra de lo que un tiempo fuera. Los árboles habían desaparecido y el arroyo, que piadoso había ocultado en blando lecho, por siglos de siglos los tesoros del mundo, aparecía reseco y cuajado de espinosas matas, albergue de grillos y viborillas. Los cerros mismos desnudos de arboledas, perfilábanse agobiados en siluetas graníticas, rajadas aquí y allá por la dinamita de los mineros y buscadores de oro.
La profanación de la obra plástica y bella de la Madre Naturaleza había sido completa: el cazador y el viajero, al pasar por esa desolada región, apresuraban el paso temerosos del piquete de un áspid, o de uno de tantos venenosos insectos que anublan la atmósfera en sus sempiternos vuelos.
Del molino Sutter solamente queda un montón de escombros, por entre cuyas derruidas paredes, escabúllense presurosos los zorrillos, saturando el ambiente de pestíferas y azufrosas emanaciones.
Y en ese yermo trágico, dejado de la mano de Dios, vagó cual alma en pena, de 1856 a 1869, habitante en mísera choza, John Marshall, el descubridor del oro en California en 1849. Habíase dejado crecer la barba y el cabello, andurriando vestido de piel de oso y sin sombrero. Frente a su choza había plantado un jardín y un huerto, con agua traída desde las cumbres de Iolo. Con nadie hablaba, a nadie pedía nada. Muchas veces, y al pardear de la tarde, veíasele arrodillado al pie de las ruinas del molino, levantando los brazos al cielo en convulsivas plegarias. Volvía luego a su jardincillo, y antes de tenderse en la dura tabla que le sirviera de lecho, cortaba una rosa de la mata que en 1848 plantara Altagracia, y con ella dormía acercada a los labios, cubierto el semblante de un velo de canas y de lágrimas, interrumpido en pulsaciones lacerantes de remordimientos. Y fue enterrado con la flor que tanto amara: es decir, ¡con el recuerdo purísimo del amor de sus amores!
Corría el mes de julio de 1824, año llamado terrible para la provincia de la Alta California. Las cosechas habíanse perdido, víctimas de una prolongada sequía; en los mustios campos blanqueaban los esqueletos de las reses o sus abotagadas formas en la quemada grama, envenenando el ambiente con putrefactas exhalaciones. Y por cima del desolado paisaje, apercibíanse parvadas de voraces zopilotes, que descendían y ascendían en fétidas comilonas. Y de no haber sido por los naranjos y limoneros, que dejaban asomar su dorada fruta entre el verdinegro ramaje, uno creería hallarse en un mundo de muerte, en un lugar reservado a los eternos castigos.
El único oasis en esa trágica desolación, parecía ser la misión de San Juan Capistrano, cuyo umbroso huerto surgía en tonos de esmeralda, aprisionada en un estuche de agrietada polvorencia. A la izquierda chispeaban las aguas del golfo de Santa Catalina, y más cerca, el tumultuoso oleaje de punta de San Juan, venía a morir palpitante en la nívea playa de Laguna.
Era ese día, el de la víspera del domingo 5 de julio y, por ser sábado, el prior de la misión, reverendo Isidro Fonseca, había convocado a sus feligreses a plegarias penitenciarias, a fin de implorar de Dios misericordia por la horrenda aflicción que asolaba en esos momentos aciagos a California. Desde Camulos, Gavilán y San Diego, llegaban presurosos indígenas y californianos, unos a caballo, en su mayor parte pie a tierra. En todos los semblantes refléjase la angustia y el hambre, pues no pocas familias habían venido subsistiendo del yerbaje y frutas silvestres. Fue ese desfile algo como una procesión de momias apergaminadas, sin más luz espiritual que la proyectada de sus ojos hundidos y febricitantes.
A la cabeza de todos ellos, descollaba la figurilla enjuta y haraposa de una vieja, asiendo una cruz de madera en las huesosas y sucias manos. Su cabellera de un cano ceniciento, cubría sus desnudas espaldas -un pincelazo de Goya trazado en las ondulaciones de un sudario-. De cuando en cuando, la vieja se detenía arengando a las multitudes, silbando por entre las desdentadas encías:
-Esto de la sequía es un castigo de Dios, merecido de todos nosotros. Pero eso no es nada. Acuérdense ustedes de mí, de Juana, a quien ustedes llaman la Loca. ¿Ven ese sol que arde y esos pájaros negros que vuelan sobre nuestras cabezas? ¡Ja, ja, ja! Pues mañana, antes de que la luna resplandezca en las montañas de Gavilán, esas aves estarán hartas de nuestra carne. ¡Arrodíllense, puercos de Lucifer, ahora que es todavía tiempo!
Los indios posternábanse de hinojos, lanzando lamentos las mujeres, mas las gentes llamadas de razón, recibieron con rechifla y estrepitosas carcajadas, las profecías macabras de la pitonisa, que seguía clamando y manoteando.
Terminados los rezos al aire libre, los romeros se pusieron en moción, entonando discordantes letanías, reminiscentes de peregrinaciones idólatras y barbáricas, arribando a la misión precedidos de nubes de polvo, gritería y ensordecedor tamborilleo.
De los ocho misioneros que componían la Hermandad de San Juan Capistrano, todos ellos peninsulares, el más joven y menos apegado al hábito era fray Bautista Rincón, perteneciente a una distinguida familia asturiana. Su padre, debido a las calaveradas y amoríos del mancebo, habíale condenado a vestir el hábito, viniendo a California ya revestido con las órdenes sacerdotales. En España había llevado una vida muy borrascosa, y en Madrid fue ayudante y queridito de José Bonaparte, apodado por los madrileños Pepe Botella. Bautista acompañó siempre al monarca en sus nocturnas excursiones amorosas, y a semejanza del don Juan, de Byron, tendía su capa a los pies de las hembras más guapas de Aranjuez y de la Puerta del Sol. Al restablecerse la monarquía, Bautista estuvo a punto de ser ahorcado como traidor, salvándole del patíbulo una manola que fue querida de Moratín.
Lo primero que hizo fray Rincón al llegar a Capistrano, fue el cultivar amistad con las familias comarcanas, haciéndoles visitas no solicitadas, con un pretexto o el otro. Así fue como conociera a Manuelita Agra, hija del hacendado don Librado, dueño del rancho del Gavilán. Ella era alta, blanca y esbelta, de ojos azules, de ese azul de mar, tan comunes en Vizcaya, los que, al mirar, reflejan encantos de dichas anticipadas. Él era de mediana estatura, con músculos de acero y ojos moriscos y meridionales, y tempestuosas voluptuosidades. Poco a poco, sutil y hábilmente, el don Juan de hábito gris y corazón de hiena, hubo de cautivar a la muchacha, refiriéndole historietas más o menos imaginativas, de su azarosa juventud.
-El Santo Padre -díjole una vez, refiriéndose al Sumo Pontífice-, me concederá el colgar los hábitos y entonces podremos casarnos. Porque mi familia es muy influyente y poderosa en la Corte de Madrid.
Manuelita, nacida en el rancho y ajena a intrigas cortesanas, no vaciló en caer en sus brazos, y desde ese día veíanse con frecuencia, en clandestinas citas. Mas la vieja Juana la Loca, que era una mendiga ambulante y a todos conocía, los sorprendió más de una vez en amorosos deliquios, esparciendo la voz de escándalo por todos los andurriales. Y bien luego todo el mundo conoció el secreto, llegando a oídos de don Librado, que lo puso en conocimiento del prior Fonseca. Y mientras se debatía en la misión lo que debería hacerse para evitar el escándalo, Juana la Loca vociferaba en los cuatro vientos:
-¡Ya no hay vírgenes en Capistrano! Los padres de la misión están chupando su sangre y devorando como lobos su tierna carne. Yo he visto a uno de ellos, a fray Bautista, besando y abrazando a Manuelita Agra. Por eso la Providencia nos está flagelando con la sequía. Todo el ganado se ha muerto, menos los burros que andan en líos con el diablo. Espérense un poquito, un poquito más, y verán lo que nos pasa. ¡El mar bañará la tierra y la tierra se hundirá!
Y al emitir los apocalípticos vaticinios, Juana se alejaba carcajeando, desgarrando con sus secas manos, las marchitas hojas de los sicomoros.
-¡Pobrecita! -murmuraban los campesinos-. ¡El hambre ha empeorado su locura!
Y al brindarle con alimentos, ella los repudiaba, escupiendo y bailando en el terregal. A veces, desplomábase exhausta en el camino, entretenida en cazar de su cuerpo las miríadas de insectos que la atormentaban. Y era en esa actitud y esos momentos cuando el prior Fonseca la exorcizaba, salpicando su rostro y sus andrajos con agua bendita.
La mañana del domingo 5 -el día del terremoto de 1824- fue de un alborear luminoso y candente. Los rayos de un sol esplendoroso besaban en caricias de riego las corrientes del golfo de Catalina, mientras que allá a lo lejos, en la cinta de plata que se llamaba playa de La Laguna, bandadas inquietas de pelícanos y gaviotas, sacudían alborozadas el pardo plumaje, picoteando en las olas en busca de peces. En vez de despertar, la tierra languidecía en somnolencia de tedio, no habiendo en los yermos páramos una sola avecilla, una sola flor, un árbol de fronda. Al mediodía había comenzado en la misión la misa cantada. La muchedumbre apenas cabía en la anchurosa nave. El calor era asfixiante y no pocos de los feligreses doblegaban las rodillas desmayados por el hambre. Terminando el sacrificio, fray Rincón ascendió lentamente las gradas del púlpito. Iba vestido de sobrepelliz, pendiendo de su cuello una cruz de oro, rematada en amatistas. Su presencia fue saludada con murmullos, con cuchicheos y suspiros. Ofrecía, en verdad, un aspecto arrogante, el de un dios griego arropado en traje sacerdotal. Sus grandes ojos fulguraban, en tanto que sus labios de Narciso nostálgico, movíanse en besos de anticipadas ternuras. La congregación femenina no le perdía de vista, siguiendo fascinada sus más leves movimientos. Por allá en el rincón de la nave, Manuelita en clásica mantilla, con el rosario de cuentas de oro jugueteando en las manos, no apartaba un instante su mirada de la faz adónica del joven predicador.
Éste, emocionado al distinguir el perfil angelical de Manuelita, principió el sermón, tomando como texto un verso de la Eneida de Virgilio y con voz bien modulada y de graduales inflexiones, principió diciendo:
-Si los santos y los mártires son grandes ante Dios, a iguales alturas se encuentran los poetas y los soñadores. Ellos también son mártires, ¡mártires del amor! Si Juan el Bautista hubiera amado, si nuestro padre San Antonio hubiera querido, nunca habrían muerto. Vivirían ahora en los hijos de sus hijos. Dante descendió al infierno -descensus averni- porque él quiso o impulsado por decepción amorosa. Para mí...
-¡Blasfemia! ¡Blasfemia! -gritaron en coro los misioneros que atónitos le escuchaban.
Y al avanzar en grupo hacia el púlpito, leve sacudimiento hízose sentir en la nave y en el cielo raso, acompañado de sordos y lejanos truenos, que parecían surgir de las entrañas de la tierra. De súbito, la voz estridente de Juana la Loca rompió el momentáneo silencio: trepada en un taburete de cuero en los dinteles de la puerta, desgreñada y haraposa, Danaide de invisibles castigos e inexorables venganzas, la diabólica vieja aparecía transfigurada y centellante, y más bien chillaba que decía:
-¡Afuera! ¡Afuera! ¡La tierra abre la boca para tragárselos! ¡También tiene hambre! ¡Pobrecita!
Luego, viendo que todos se atropellaban por salir y nadie podía lograrlo, cayendo hacinados en manoteo de brazos y pernadas, Juana se echó a reír jubilosa, vociferando:
-¿Y dónde esta fray Rincón, Rincón el galante, el buen mozo, el novio de Manuelita?... ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Ven a mis brazos, Rinconcito mío. Y aunque mis dientes se han caído y mis pechos se han secado, todavía puedo amar y besar. ¡Ah! Ya vienes, ya te veo venir. ¡Sígueme, sígueme, no tengo enaguas que me impidan correr!
Es que la Loca, viendo desde el atrio que las paredes caían hundiéndose con las techumbres, y que la tierra danzaba, abriéndose y cerrándose a trechos, dejando aperturas de abismo por todos lados, volaba, más bien que corría con dirección a la punta de San Juan, cercana a la cual tenía su guarida. Mas una colosal marejada habíale cerrado el paso y engolfado su cueva. La reventazón del mar había hecho desaparecer las playas e invadía las colinas, formando estruendosos torbellinos con las aguas del golfo de Catalina, que se adelantaban en negras trombas sobre San Juan Capistrano, que era ya un montón de ruinas. La fragorosa locura de los desencadenados elementos parecía divertir a las gaviotas que de propósito desafiaban sus cóleras, ora rozando con sus graciosas alas la temblorosa tierra, ora bien posándose, majestuosamente altivas e indiferentes, en las espumeantes crestas del oleaje.
-¡Oh! ¡Si yo fuera gaviota! -murmuró Juana en un instante de lucidez. Es que el terror le había devuelto la razón. ¿Cuántos años había estado loca, loca por causas de amor? Y en su mente penetró un rayo de luz. Evocó entonces su niñez en el convento, su desastrado noviazgo, el llanto de un niño, de su hijito. ¿Qué había sido de él?
Y arrodillada, la sorprendió el oleaje, arrastrándola, empujándola amorosamente en su abismal seno, purificando en abluciones salobres, el jirón de materia, iluminado por un átomo de inmortalidad. Antes de que las tormentosas aguas anublaran su vista, elevó los ojos hacia las estrellas, que ya cintilaban en el infinito espacio, sonriendo al murmurar:
-¡Jesús, María y José!
Nadie escapó con vida en San Juan Capistrano y duró dos meses la exhumación de los cadáveres, que ascendieron a novecientos. El padre Saldívar, que hasta fines de 1915 tenía a su cargo la misión, me refirió lo acontecido a fray Rincón y a Manuelita Agra, cuyos restos fueron descubiertos estrechamente abrazados. Un testigo ocular lo contó así:
«Yo escapé por puro milagro, tomando refugio en uno de los sótanos. Era yo muy muchacho y delgadito, y pude deslizarme bajo el quicio. Mas antes de escabullirme, presencié la muerte del padre Rincón y de la señorita Agra. A las primeras trepidaciones, la confusión fue espantosa, y entre ellos, pude ver a fray Bautista asir por la cintura a Manuelita, llevándosela en las espaldas. Era un diablo ese fraile. ¿Qué cree usted que hizo para abrirse paso? Pues desenvainó su navaja catalana y principió a cortar a cuantos estorbaban a su paso. La sangre había teñido en rojo su blanco sobrepelliz, y de sus mangas chorreaba la sangre. Y así se abrió una brecha de muerte en la compacta multitud. De no haber sido por el prior Fonseca habría escapado, pues se hallaba ya muy cercano a la puerta, cuando éste le disparó un pistoletazo a quemarropa, dejándole muerto en el acto. El prior le seguía con la tenacidad del gato al ratón: vile poner la chispa en la pistola, apuntarle y disparar. Fonseca arrojó el arma y se inclinaba para levantar a Manuelita, cuando ocurrió otro sacudimiento, abriéndose el suelo y tragándose a muchos. Más muerto que vivo, bajé al sótano, y al día siguiente, cuando todo aparecía quieto, salí al aire libre, escapando sin tardanza para el rancho de Camulos. ¿Y sabe usted lo que me salvó la vida? ¡Pues un escapulario heredado de mi madre y que bendijera fray Junípero Serra! Pero si yo debo la vida al escapulario, ¿a quién se la debe mi perrito, que estuvo conmigo en Capistrano y aún no se muere?»
Era un día de septiembre de 1827. Desde el albear, la misión de San Gabriel Arcángel, surgía engalanada de las claridades matutinas, ostentando por fuera gallardetes, imágenes de santos y santas, y allá abajo, cercando el silencioso recinto, esparcían enramadas de donde colgaban farolillos de papel chillón, matizando el lugar en caleidoscopio de orientales y barbáricos efectos.
El lego Pichegrú, subía en esos momentos las tortuosas escaleras del campanario, chascando las sandalias de escalón en escalón, y al llegar junto a la esquila, atose el cordón que ceñía el hábito franciscano, y colocando su carnosa mano a guisa de visera, púsose a contemplar el soberbio paisaje que se extendía a su vista, en todas direcciones. Las cuencas de las colinas que calladamente descienden al risueño valle; los montículos de Palo Santo -Hollywood- cuyas cimas el sol ya besa; los huertos verdinegros que en oleaje de verdura invaden las blancas y polvorosas veredas que culebrean hacia el pueblo de Nuestra Señora de Los Ángeles. Y allá en lontananza grupos de jinetes y carricoches que avanzan, levantando nubecillas de brillante polvo.
La esquila tañe llamando a los fieles a la primera misa. Pero es misa de nupciales, pues va a casarse en la iglesia María de la Concepción Echave, hija única del alcalde de Monterey, con don Ignacio Domínguez y Bobadilla, dueño de la hacienda de Playa del Rey, ocho leguas distante de San Gabriel.
Después de tocar, el sacristán acarició el badajo, murmurando al frotarse regocijado las manos:
-¡Caracoles!, ¡si hubiera bodas todos los días! Gracias a la Virgen que hoy vamos a comer pavo real, pescado de la bahía de Redondo, gallinas del rancho de doña Eduwiges, y todo rociado con vinillo de Sonoma, y un poco de amontillado de ese que tenemos en la bodega.
Y apretándose la barriga, que amenazaba saltar cual pelota, continuó cavilando:
-¡San Francisco de Asís me valga!, creo que estoy enflaqueciendo y no es maravilla. Chocolate y blanquillos por desayuno; sopa y puchero como almuerzo, y gallina, siempre gallina y jalea, en la comida. ¡Si no fuera por las dos botellas de vino que apuro todas las noches, mi pecaminoso espíritu estaría ya en las manos del Creador!
Al descender el último escalón, ya el gran patio de la misión hormigueaba en gentes que se apeaban de los caballos o bajaban de los coches. En esos instantes hizo su aparición la novia: venía ataviada en túnica de blanca seda, vaporoso y luengo velo y la simbólica corona de azahar en la frente. Su padre, el señor Echave, dábale el brazo. Era ella de pequeña estatura, tez aterciopelada y ojos luminosos y negros, que veían con timidez a la congregada muchedumbre. El prior de la misión, fray Lupercio de Revilla, seguido de acólitos en vestimentas de sacristía, salió a su encuentro conduciendo ceremoniosamente a la comitiva al interior del templo. Las campanas se echaron a volar vibrando en el ambiente de la diáfana mañana, las notas musicales de la orquesta de los franciscanos, que retozonas escapaban del naranjal del huerto. Mas entre el alboroto y la algazara, muchos se preguntaban:
-¿Dónde está el novio? ¡No lo hemos visto!
La esquila tocó la última llamada a la misa, y los minutos siguieron corriendo sin que se presentara el ansiado señor Bobadilla. Por último, un vaquero salió por órdenes del prior en busca del tardo novio, en tanto que Concha, de rodillas frente al altar y al lado de su anciano padre, volvía de cuando en cuando la encantadora cabecita, brillando en sus pupilas una luz de opalescentes fulgores. En las penumbras claustrales, los grandes cirios chisporroteaban a las tenues ráfagas del viento matinal, tal como si presagiaran el advenimiento de una tragedia. ¿En qué pensaba María de la Concepción Echave, cuando todo en su torno parecía mofarse de su congoja y de su atavío? Las esculturas de los nichos parecen moverse y gesticular, haciéndole horribles muecas; la imagen de Nuestra Señora de Los Ángeles le saca la lengua apuntándole con el dedo; un Santo Niño de Atocha hace una pirueta y le vuelve la espalda, y el mismo arcángel Gabriel, desde su pedestal del altar mayor, parece parpadear y reír socarronamente tal como si dijera: «Ángeles, diablos y hombres, todos somos lo mismo. Nos gusta jugar con las mujeres como juegan los gatos con los ratones. ¡Pobrecilla!, ¡vuelve a tu hogar, quema tu velo de desposada, apaga los fuegos de tu corazón y entrégate a Dios en cuerpo y alma!»
Con los santos y esculturas moviéronse las paredes, rompiendo el espectral silencio el toque de la esquila que tañía a muertos. Concha se desplomó entonces desmayada en los brazos enervados de su padre, ¡flor que se marchita antes de abrir su perfumada corola!
Cerca de la rada de playa del Rey, erguíase en aquella época el caserón de la hacienda de don Ignacio Domínguez y Bobadilla, en la cumbre de un despeñadero que se levanta en línea perpendicular al pie de la solitaria playa. Había sido construido en el cascajo amarillento del promontorio, desde cuyas ventanas dominábase el mar a la izquierda y dilatadas praderas que se extendían a la derecha, pobladas de ganados y gritos estridentes de aves marinas. Con don Ignacio vivían un ama de llaves y tres sirvientes. Era el señor Domínguez un hombre como de 30 años de edad, alto y esbelto, color blanco, ojos cafés y amplia y despejada frente, que recedía abrupta en cabellos copiosos y ensortijados. No obstante ofrecer sus facciones una corrección helénica y un corte aristocrático, un buen fisonomista sorprendería en ellas algo de malévolo y de siniestro, especialmente en sus ojos, que, al mirar, herían con las pupilas, dejando resabios de inquietud y antipatía. Las huellas de la disipación y el libertinaje marcaban su semblante en escabrosidades de repulsión, pues era la faz de un sátiro, pincelada por un Velázquez. Había vivido mucho en breves años: lo denotaba el cansancio de su mirada austera y taciturna; el fruncimiento amargo de sus delgados labios; la risa sardónica que deformaba su bien cincelada boca, y al verlo, uno no podía menos de exclamar: ¡he ahí una ruina que se deshace en podredumbres!
En su corral, don Nacho tenía los mejores caballos de California, y su favorito era el Cuervo, precioso animal de gran alzada y estampa andaluza, el que montaba cuando iba a los coleaderos de los ranchos vecinos, o en sus excursiones nocturnas para San Gabriel o Nuestra Señora de Los Ángeles, donde los hermanos Sepúlveda solían dar los mejores fandangos. Los campesinos le llamaban el Hechizado, y algunos decían que tenía pacto secreto con el diablo, pues un día se le vio entrar al mar con todo y caballo, y en vez de ahogarse, reapareció chorreando llamas en la barranca de Topango del Río. Había enviudado a los tres meses de casarse, y los murmuradores le acusaban de haber matado a su mujer como resultados de una orgía. Y aún se decía que su caserón espantaba, pues que a la medianoche se escuchaban lamentos de alma en pena, y la figura borrosa de una mujer, deslizándose furtiva por los aleros. Mas sea como fuere, don Ignacio tenía irresistible fascinación entre el bello sexo, pues además de rico y garboso, era bien parecido. Nunca asistía a la iglesia, mas para tener contentos a los misioneros, colmaba a las misiones de valiosos presentes y regias ofrendas.
Tal era, según versiones del vulgo, don Ignacio Domínguez y Bobadilla, cuyas posesiones rústicas partían de la Sierra Madre, en el norte, hasta descender al mar en las playas de Redondo y de San Pedro.
¿Qué había sucedido el día de su proyectado matrimonio en San Gabriel?
Oigamos lo que esa misma noche decía doña Juanita Peralta, platicando en la cocina con las dos criadas, Petrita, gorda y amoratada, y Jacinta, una indita de Zaboba, de tez cobriza y mirada de águila.
-¡Ay, Jesús mío! Don Nacho está embrujado. ¿A quién se le ocurre encerrarse a piedra y cal en su dormitorio el día de su casamiento?
-¿Llamó usted a su puerta, Juanita? -preguntó en tono resuelto, tornando el asador en las brasas.
-¡Yo toqué! -exclamó Petrita, pasando las cebollas de un platillo al otro-, y al descorrerse el cerrojo, ¿saben ustedes lo que vi? ¡Pues a un chivo negro con cabeza de mujer! Por eso llegué corriendo hasta la cocina. ¡Jesús, María y José!
Al decir esto Jacinta se santiguó y, acercándose a Petrita, díjole en voz queda:
-¡Vámonos de este lugar maldito!
Y cuando estaban en esos coloquios, sonó un aldabonazo en la puerta, entrando en seguida fray Pichegrú, que andaba forrajeando por esos rumbos.
-¡Ave María! Dios sea con ustedes, buenas mujeres. Llego sediento y hambriento. Primero una jarra de vino de Sonoma para remojar el polvo del gaznate. Después... una pechuga de gallina con salsita de jitomate y cebollita no me sentaría mal -y entre trago y bocado, fray Pichegrú les explicó el misterio de la ausencia de don Ignacio el día de sus proyectadas bodas.
En una palabra, él se había casado ya por la segunda vez y, temeroso de las consecuencias, creyó prudente el ausentarse.
-¿Y qué ha sido de la pobrecita doña Concha? -interrogó, arrasados los ojos en lágrimas el ama de llaves.
-Pues la infeliz muchacha está loca por atar. Cuando pienso en ella, pienso en el vino-vino veritas. Doña Juanita, otra jarra, que ésta ya toca fondos.
Y una hora después Pichegrú se encontraba tan bien comido y achispado que se echó a bailar con Petrita, besuqueando al pasar las mejillas de doña Juanita, y la nariz interrogativamente aguileña de Jacinta, y, en la gresca cocinal, no observaron que un nuevo personaje entraba como protagonista en uno de los más intensos dramas pasionales que se hubieren registrado en los anales de la provincia de la Alta California.
Concha, jinete en brioso caballo tordillo y seguida de Pedro, montado en potro cerrero, habían llegado a Playa del Rey cuando el sol poniente comenzaba a perderse hundiéndose en las anchurosas aguas del océano Pacífico, tiñendo las crestas del oleaje en resplandores boreales. Las gaviotas volaban en parvadas hacia sus nidos de Catalina, deteniéndose a veces en el infinito espacio, suspendidas entre océano y cielo. La noche cerraba en indecisas opacidades, besando al moribundo día en siderales tristezas.
Escudero y doncella treparon por la colina cuyas veredas culebreaban hasta el caserón y entrando sin que nadie los viera, detuviéronse en los dinteles de la sala.
-¡No te muevas de aquí, Pedro! -dijo imperiosamente Concha a su sirviente. Y haciendo a un lado su velo azul, penetró en la habitación, altiva y trágica. Don Ignacio, sentado entre dos mujeres, frente a una mesa cargada de licores, levantó la cabeza al ver la airada aparición, en tanto que las cortesanas, poniéndose de pie, miráronse mutuamente, cubriendo la desnudez impúdica de sus voluptuosas formas con el mantel de la mesa. Silenciosa, apretando con los blancos dientes los carmíneos labios, Concha exclamó con voz trémula y extendiendo el brazo:
-¡Don Ignacio!, quiero hablar con usted a solas.
-Más tarde... -murmuró Domínguez, levantándose y sacudiendo la pechera de la camisa, confuso a la vez que irritado.
Sin decir palabra, las dos desvergonzadas mujerzuelas abandonaron pacíficamente la sala, cerrando con estrépito la maciza puerta, haciendo temblar los candelabros que colgaban del centro del cielo raso, pintado con alegorías de caza y pesca.
-¡Aquí me tiene usted, don Ignacio! -exclamó la muchacha adelantándose, y sonriendo con sarcasmo y amargura-. ¡Ni una sola palabra! -continuó ella, viendo que don Ignacio pretendía balbucear algo incoherente-. Me ha herido usted en lo más íntimo: ¿por qué no me dijo usted que era casado, que su nombre y su persona pertenecían a otra? ¿Por qué?
Y más y más encolerizada, Concha golpeando el duro suelo con su zapatito de raso blanco, prosiguió:
-Ahora soy el ludibrio de todo California. Mis amigos se ríen de mí. Las familias que conocía ahora me desconocen. Si tuviera hermanos ya me hubieran vengado. Pero estoy sola, sola y desamparada. Dígame, don Ignacio, ¿qué merece un hombre como usted? Dicen que estoy loca de amor, esto no es verdad, ¡gracias a Dios!
-¡Concha! ¡Concha! -gritó don Ignacio, cayendo de hinojos ante la Medea californiana, que con implacable lógica, ahondaba la herida de su alevoso pecho-. ¡Perdóname, te amo y te amaré siempre! ¡Vente conmigo para México, sé mi ángel una vez más, Conchita de mi alma!
Poco a poco, ella fuese acercando a él, repitiendo en voz sollozante:
-Vuelvo a preguntar, ¿qué merece un hombre como usted?
-¡Merece la muerte señorita! -afirmó don Ignacio, que permanecía aún de rodillas.
-¡Tú lo has dicho! -gritó la delicada muchacha en paroxismo de furia, clavando una daga en el corazón de su amante.
Éste, que no esperaba el golpe y tendía los suplicantes brazos para abrazarla, abrió los ojos aterrorizado, desplomándose inerte bajo la mesa, en los instantes en que fray Pichegrú, entonaba, en voz aguardentosa, un salmo cuya letrilla comenzaba así:
En los escabrosos montículos de Oleta, en la jurisdicción de lo que hoy se llama condado de Amador, a las cinco leguas del caudaloso río de Sacramento, se levantaba en 1850 humilde choza, habitada por una familia mexicana que había emigrado a California procedente de Sonora. La familia consistía en Joaquín Murrieta, joven de veintidós años de edad, de su madre Juanita y de su hermana Dorotea, de quince abriles. De mediana estatura, ojos vivos y relampagueantes, color moreno y expresión inquieta y alerta, Joaquín era, lo que nosotros llamamos personalidad simpática, así para las mujeres como para los hombres. En Sonora había sido vaquero, y por eso como jinete no había quien le igualara.
Atraído por el descubrimiento del oro en la Alta California, emigró para acá con todo y familia, formando parte de las densas caravanas que audazmente cruzaran los desolados arenales de Arizona, infestados de apaches y de comanches. Y siempre sonriente, con la carabina al través del fuste, logró llegar a su incierto destino, pasando las aguas del Sacramento, en canoa, sentando sus lares y penantes en los montículos adyacentes a los minerales de El Dorado, donde hordas de gambusinos merodeaban en busca de oro.
Al principio, el joven sonorense subsistió de la caza y de la pesca; mas un día descubrió una veta de oro, la denunció y se puso a trabajarla. Mas no le duró mucho la bonanza, pues al saberlo, un grupo de gambusinos de Missouri se posesionó del mineral, atando y azotando a Joaquín, por el solo hecho de ser mexicano. Su hermana Dorotea acudió a desatarle, conduciéndole sangrando al mísero hogar.
Desde entonces, la faz alegre de Joaquín endureció, y de festivo, tornose su carácter en taciturno y sombrío, gustoso de la soledad y el silencio. En ocasiones, tendido bajo la fronda de secular encina, oía el vocerío de las chusmas que al pasar cantaban:
Y luego la algazara de los gringos:
Mas un día en que Joaquín volvió a su quieta morada, su madre Juanita salió a encontrarle, enclavijando las callosas manos y llorando a mares. Dorotea, la encantadora y virginal hermana que él cuidaba como las niñas de sus ojos, había sido violada brutalmente por media docena de aventureros y gambusinos, capitaneados por un ex presidiario irlandés llamado Pat King, escapado de los calabozos de Australia. La muchacha deliraba, y esa misma noche entregó su alma al Creador, siendo sepultada a la sombra de un pino solitario, que aún hoy día yergue en las nubes su verdinegro penacho, escueto a la par que majestuoso. Y cercana a su tronco, levántase una crucecita de piedra, medio perdida en el bellotal y la hojarasca. Es ahí donde descansa Dorotea Murrieta, y arrodillado en la húmeda tierra, ¡Joaquín juró vengar a su desdichada hermana!
Desde esa fecha, para él luctuosa, piérdese en las brumas de un doloroso y trágico pasado el Joaquín del guitarreo y los fandangos, renaciendo el Joaquín de las diabólicas venganzas, lo mismo que por su inaudito valor, que hubo de esculpir su nombre en los anales de la inmortalidad, evocándose aún hoy mismo, con estremecimientos de pavura.
Al salir de Amador, Murrieta descendió por las márgenes del anchuroso Sacramento, torciendo luego para Solano, y pernoctando en Elmira, donde había una ranchería de mexicanos, dio a conocer sus propósitos a un cuatrero y abigeo llamado Jaime Rivera, conocido más tarde en las crónicas rojizas de California con el apodo de Three Fingers Jack, lugarteniente de Joaquín. Y ambos, jinetes en los mejores caballos de la región, fuéronse en busca de Pat King y el grupo de rufianes que habían consumado el estupro de la infeliz Dorotea.
Veinticuatro horas después y al anochecer, Joaquín y Jack ataron sus cabalgaduras en un espeso matorral, y adelantándose cautelosamente hacia una fogata, en la cual preparaban la cena unos mineros, los bandidos, apuntando las carabinas, ordenaron a éstos que se rindieran; y mientras que aquél los maniataba uno por uno, Tres Dedos los tenía a merced de sus armas.
Y de las penumbrosidades tronó la voz de Joaquín diciendo:
-¿Quién de ustedes es Pat King?
-¡Yo ser! -respondió el irlandés, no sin cierto orgullo, pues que gozaba fama de matón.
Murrieta se estremeció perceptiblemente, y adelantándose, ya ciego de furor, exclamó, dándole un puntapié:
-¡Ah!, ¿eres tú, perro? Por haber deshonrado a mi hermana, voy a darte la muerte. ¡No una muerte, pero mil muertes! ¡Ya lo verás, ya verás de lo que es capaz Joaquín Murrieta!
Y entre él y Tres Dedos, procedieron a la mutilación de King, cortándole por donde más había pecado. Luego le amputaron la lengua, y después de sacarle los ojos, suspendiéronle de brazos y pies en las llamas, que lamían alborozadas las espaldas de la víctima, cuyos lamentos y blasfemias rasgaban el aire tibio de la sosegada noche. Cuando éste desmayaba, retirábanle de la hambrienta lumbre, tornándole a colocar en la parrilla tan pronto como revivía. Los mineros fueron apuñalados, haciendo sarta macabra de sus palpitantes corazones. Y en cada uno de los desmembrados cadáveres, Joaquín dejó clavado su nombre, galopando en seguida con rumbo a Sonoma y amaneciendo en Pajaritos, a diez millas de Olema, deteniéndose en la cumbre para saludar, quitándose los galoneados sombreros, al anchuroso mar Pacífico, cuyo oleaje chispeaba a los rayos de un sol naciente.
Diez días después, Joaquín y Tres Dedos permanecieron ocultos en Pajaritos organizando una cuadrilla reclutada entre los mexicanos de la localidad, yéndose en seguida para el valle de San Joaquín, caminando a marchas forzadas hasta llegar a la ranchería de Fresno, donde hoy se encuentra la ciudad del mismo nombre. Todos iban en excelentes caballos, y entre los más osados de la banda hallábanse Three Fingers Jack, Mateo Riestra, alias el Tecolote, de quien se dice jamás dormía; Pedro Morales, el Chato, de una ferocidad tigresca y una puntería mortífera; Pablo Escontría, alias el Madrugador, que mataba con su cuchillo de monte sin apearse del caballo. Mas desalmados como todos eran, temían y obedecían a Murrieta, siguiéndole a las aventuras más descabelladas.
Habían escogido, en verdad, un lugar estratégico para sus correrías vandálicas. Es un valle de colosales proporciones, dividido en ángulos rectos por el río de Merced, y ceñido al noroeste por los espolones azulados de la sierra Nevada. Por sus empinadas vertientes descendían en 1852 los centenares de gambusinos que se dirigían para San Francisco y los placeres de El Dorado.
Murrieta y los suyos, desde su boscoso divisadero de Fresno, sorprendían y desvalijaban a los viajeros, robando y asesinando a los hombres y dejando en libertad a las mujeres y los niños.
-¡No den cuartel a los gringos! -habían sido las órdenes perentorias de Joaquín, y el que solía desobedecerlas, era colgado sin misericordia.
Bien pronto, el nombre de Murrieta corrió de boca en boca en pulsaciones de pavura, y nadie se aventuraba por esos caminos sin ir bien armado y acompañado. El Gobernador del Estado ofreció un premio de cincuenta mil dólares por la cabeza del audaz bandolero, y los alguaciles de todas las municipalidades -condados- organizaron acordadas a objeto de capturarlo vivo o muerto.
Precisamente a eso aspiraba Murrieta: a medir sus armas con gentes armadas, sable a sable, mano a mano, reata a todos los cuellos. Y fue en los combates contra los sheriffs, en los albazos y las celadas nocturnas, en los que Joaquín asombró a California por su arrojadiza temeridad y generalato.
Su primer encuentro a campo raso fue con las acordadas del sheriff Medon, que al frente de doscientos jinetes, quiso envolver a Joaquín en su guarida de Fresno. Medon y los suyos cruzaron en pontones el río Merced, al anochecer del 27 de julio de 1852, vivaqueando a sus márgenes con centinelas avanzados. A las primeras horas de la mañana, -serían como las tres- Murrieta, con cuarenta hombres divididos en pelotones de diez, sorprendió a los americanos desarrollándose épica lucha mano a mano, iluminada la túrgida escena por la luz cárdena de los fogonazos. Three Fingers Jack en duelo personal con Medon, abriole el vientre en tremenda cuchillada, cortándole la cabeza y presentándosela a Joaquín como trofeo de guerra, entre las risotadas de los victoriosos merodeadores. Algunos, escaparon a nado a la orilla opuesta, y los más, empaparon con su sangre los zacatales del escueto valle, escuchándose por encima de las diafanidades matinales, el aletear de parvadas de zopilotes cuyo plumaje brillaba a los rayos del sol naciente...
La cuadrilla, que había dejado en el campo de acción cinco muertos, internose luego en las escabrosidades de la municipalidad de Calaveras, campeando en una cueva protegida por desfiladeros y precipicios graníticos.
Como resultado de esa hecatombe, los habitantes de San Francisco creyéronse amenazados, organizando comités de vigilancia. Era por aquel entonces una ciudad embrionaria, pues apenas si eran diseñadas las calles de Market, Kearny, Montgomery y otras, a lo largo de las cuales habíanse construido casas de madera provisionales, tiendas de campaña entoldadas, extensas ramadas en cuyos recintos barbáricos, flotaban hampas cosmopolitas, mujeres pintadas de todas nacionalidades, también de tipos abigarrados y patibularios, en los que se escuchaba el retintín del oro, a los acordes de músicas discordantes. De cuando en cuando, detonaban armas de fuego, desplomándose aquí y allá un jugador cuyo cadáver era arrastrado sin ceremonias para las afueras.
Los gambusinos, pistola en mano, vaciaban talegas de polvo de oro en el tapete verde, alternándose los albures y los juramentos, con los cánticos destemplados de las impúdicas mujeres.
Afuera, todo era también bullicio, movimiento, vida febricitante. En las esquinas de las calles Kearny, Market y Montgomery, apareció una proclama del Gobernador, ofreciendo cuantioso premio por la captura de Murrieta. Grupos de mineros, en botas de montar y blusas coloradas, agrupábanse frente al cartel gubernamental, leyéndolo y comentándolo, diciendo uno de ellos a otro:
-¡Oh, si yo tuviera frente a frente a ese Joaquín por un solo momento!
Y al decir esto, acarició significativamente su pistoletón.
De pronto, dos gallardos jinetes hicieron su aparición iban bien montados y armados. Uno de ellos, el más joven, y esbelto, abriose paso con su corcel, y lápiz en mano, escribió estas líneas en el cartelón:
«Yo doblo el premio por la cabeza de Murrieta. Ofrezco por ella cien mil. Joaquín Murrieta».
Y picando espuelas a su caballo, Joaquín y Three Fingers Jack partieron a galope tendido a lo largo de la calle Market, dejando polvorosa estela, al desaparecer por el camino de la Mission y de Dos Picos.
Los curiosos quedáronse asombrados, y uno de ellos, que era un californiano y leía español, vociferó aterrado:
-¡Ése es Murrieta! ¡Síganlo, allá va!
Mas ninguno osó moverse, permaneciendo atónitos y mirándose unos a otros.
Joaquín y su cuadrilla reaparecieron en Colusa, diseminando el terror y la muerte en los campos mineros. En Zamarra, Murrieta conoció a su primer amor, y fue el beso de su amante, Lina Solano, el que sellara su sentencia de muerte, por decirlo así. Una noche, el bandido asistió a un baile que las muchachas del villorrio organizaron para celebrar el matrimonio de una de ellas, María Vallejo, sobrina carnal del general don Guadalupe. Sin ser invitados, Joaquín y Three Fingers Jack asistieron a la danza, sin quitarse las espuelas ni las dragonas pistolas. Joaquín, que era un excelente bailador, bailó con Lina, enamorándose de ella al instante. A partir de esa noche, los dos amantes veíanse con frecuencia, si bien en lugares clandestinos y apartados. ¿Le quería ella con la intensa emoción con que él la adoraba? Jack, el de los tres dedos, que estimaba a su jefe con el cariño de hermano, dijo a éste una y otra vez:
-Mira, Joaquín, te diré con franqueza que no me gusta tu novia. Hay en ella mucho de reservado, frío y calculador. Lo he notado cuando la abrazas y la besas. ¿Sabes lo que hace ella cuando le das un beso? Pues se limpia los labios con el pañuelo, y eso me disgusta e indica que no te quiere como tú la quieres. Yo he sido mujeriego y conozco bien a las mujeres: me gustan las que son francas, las que saborean mis besos, las que corresponden mis caricias, las que estrechan amorosas mi mano, no obstante faltarle tres dedos.
-Es que tú no la has tratado como yo. ¡Lina daría la vida por mí! -replicaba Murrieta, tragando emocionado al enunciarlo.
-Además -continuó Jack-, ella pertenece a una familia de renegados. ¿Acaso ignoras que su tío, el señor Vallejo, fue uno de los que entregaron California a los gringos? No, decididamente, yo no quiero a los poches, denme mejor un gringo hecho y derecho, que una de esas viborillas de charco. Ten presente que hay un gran precio por tu cabeza o la mía. Y yo no quiero perder la mía ni que tú pierdas la tuya. Olvídala y regresemos a México. Muchos de los nuestros ya empiezan a murmurar, y si no fuera por mi vigilancia, ya te habrían apuñalado cuando duermes.
Pero el bandido, como todos los enamorados, desoyó los consejos de Three Fingers Jack, acudiendo puntualmente a las citas, acompañado siempre de éste. Una ocasión, sin embargo, estuvo a punto de ser aprehendido al dejarla, teniendo que matar a dos alguaciles para escapar.
Y esa circunstancia le hizo abandonar Colusa, yéndose con su cuadrilla para las municipalidades de Mendocino. Mas antes de partir, fuese a despedir de Lina, revelándole sus planes. Y aconteció lo inevitable: el padre de la muchacha, interesado en la recompensa, remitía informes detallados al Gobernador de los planes de Murrieta, así que al cruzar para Mendocino, y en los llanos de La Mora, al desembocar por uno de los desfiladeros que forman la barranca del Sapo, fue sorprendido por una columna de milicias fuerte de trescientos hombres de caballería. Joaquín y su banda fueron cercados y atacados, dispersándose en todas direcciones. Joaquín y Jack, que montaban en los mejores caballos, lograron adelantarse, galopando velozmente, disparando sus carabinas al correr. De súbito, otro pelotón de caballería que se hallaba en emboscada les cerró el paso, desplomándose muerto el caballo de Murrieta. Jack detuvo el suyo, y apeándose, asió por la cintura a su jefe, gritando al sheriff Lewis Hamlin, que les ordenaba su rendición:
-¡Los mexicanos no se rinden! ¡Mueren!
Y para que Joaquín no cayera vivo en manos de sus enemigos, le disparó un tiro en la frente, dándose él mismo un pistoletazo. Y así, estrechamente abrazados, fueron conducidos hasta Colusa, donde al cadáver de Murrieta fuele cortada la cabeza, que después fue exhibida en uno de los museos de San Francisco. ¡Todavía se encuentra allí, en urna de dorado vidrio, la inanimada reliquia de época tormentosa y siniestra, símbolo mudo de una rebeldía sanguinariamente sublime!
Los promontorios que miran las tumultuosas aguas de la bahía de Monterey son de una grandiosidad incomparable, diríase que sublime. El oleaje revienta de continuo en las basálticas rocas, dejando al retirarse torbellinos de espuma. La vista del mar piérdese en lontananzas de bruma, rasgada aquí y allá con el vuelo de las gaviotas. Los vientos marítimos sacuden de continuo los madroños y cipreses, que escalonados en todas direcciones, doblegan rumorosos su ramaje, revistiendo el paisaje en hondas melancolías. Cerca de esas florestas, de tinte de bronce y esmeralda, asoma en una de las cuencas de la montaña el pueblecillo de Monterey, que en una época fuera la cabecera de la provincia de la Alta California.
En una de las vertientes, que descienden caracoleando hacia el Pacífico, había en 1828 un pequeño santuario llamado El Carmelo, erigido veinte años antes por don Antonio Peralta en memoria de su hija Carmen Peralta, y de ahí su nombre La Virgen del Carmelo.
En 1906, cuando estuve de paso en Monterey, visité la biblioteca pública, buscando inútilmente en sus polvorosos archivos, la historia del santuario. Conocedor de mis gestiones, el bibliotecario don Juan Armida, informome de que en las inmediaciones de El Carmelo había una mujer, tenida en reputación de bruja, que conocía a fondo la historia de todas las familias de Monterey, y que ella me proporcionaría los datos que yo deseara.
Diome al efecto una tarjeta y con ella en el bolsillo, encaminé mis pasos hacia el santuario. Declinaba el día en fulgores de ocaso; el sol, colosal bola de lumbre, descendía al tormentoso océano, besando tierra y mar, en pulsaciones de fuego, cobijando la arboleda en silenciosas quietudes. Las cóleras sibilantes de los vientos habían cesado, y en los nidos, las aves canoras saludaban el crepúsculo vespertino en trinos dolientes y arrulladores.
Un postrimero rayo solar acariciaba en pincelada de oro la torrecilla de El Carmelo, iluminando más allá la techumbre de una casuquilla en ruinas. En el jardincillo, cuajado de rosas y amapolas silvestres, aparecía una vejezuela, acurrucada en un equipal de cuero. Un grupo de enormes gatos la rodeaban, yacientes en su torno. Al apercibirme, llevó una de sus manos al blanco cabello, arreglándolo con femenina coquetería en la rugosa frente.
-Dispense usted que no me levante, señor, pero estas piernas mías ya no quieren ayudarme. ¡Pase usted, pase usted! ¿Viene a que le diga su fortuna? Arrime usted ese banquito y siéntese. ¡Bienvenido sea!
Al verme, los felinos esponjaron la cola y el lomo, maullando en lúgubre coro. De pronto, temí que se me echaran encima, mas ella les aquietó golpeando colérica el equipal, volviendo a tenderse sosegados en la hojarasca de las plantas.
-No, doña Paula, no vengo a que me diga mi buena o mala fortuna -díjele poniendo en su regazo una moneda-. A lo que he venido es a que me cuente la historia de El Carmelo y de la señorita Carmen Peralta -y le pasé entonces la tarjeta del señor Armida.
Ella besó el dólar, haciéndolo desaparecer de vista en un abrir y cerrar de ojos. Luego sonrió mostrando amarillentas encías, bajo cuyos portales un moscardón forcejeaba por entrar. Después, pasando y repasando la descarnada mano por su enagua de mugroso percal, inclinó de un lado la cabeza, en la actitud de un pájaro que escucha lejano ruido. Tal como si hubiera querido decir «¡Alerta!»
¿Cuántos años tenía doña Paula? Ella me confesó que peinaba los 120, y esperaba completar los dos siglos. Era un montoncito de huesos y pergamino, y lo único humano en ella eran los ojos y el cabello, que le daban aspecto de pitonisa. Nariz y labios habíanse perdido en masas de arrugas, revistiendo su semblante en perfiles de momia. Mas bajo esas capas de pellejo, surgían aún chispas de inteligencia, efluvios de una retrospectiva intelectualidad. Era algo así como la síntesis petrificada de una página histórica escrita en pergamino animado.
-¡Ah!, ¿quiere usted saber la historia de Carmen y de El Carmelo? ¡Virgen Santísima! Todavía me acuerdo como si lo estuviera viendo.
Interpretadas fielmente las reminiscencias seniles de doña Paula, la historia es así:
Era una noche de octubre de 1812. La guarnición del pueblo de Monterey, provincia de la Alta California, celebraba los triunfos de las armas realistas sobre los insurgentes de México. En la plaza había fuegos artificiales y en la casa de don Antonio Peralta, opulento ranchero, se daba un baile a la oficialidad del fuerte. A la luz de las linternas chinas veíanse a guapas mujeres y a gallardos mancebos, bailando cuadrillas, el minuet, y en ocasiones la jota aragonesa. En su mayoría, las muchachas vestían de manolas, con grandes peinetas, chales de Manila y medias de Canarias.
El huerto de don Antonio descendía hasta la playa, salpicado aquí y allá en setos de arbustos o grupos de pinos marítimos. Bajo el tupido ramaje de uno de estos últimos una pareja, reclinada en un jirón de roca, departía en la umbra. Eran dos amantes: el teniente de marina Ramón Llanos, y la encantadora Carmen, hija del anfitrión y joven de veinte años. De su cuello alabastrino pendía un collar de perlas, y de sus orejitas de nacarada concha, arracadas de brillantes cintilaban en iridiscentes matices. Sus piececitos, calzados con zapatos de raso, retozaban nerviosos al herir el vacío, levantándose o descendiendo a los besos del amante.
-Sí -le decía él, apretándola en sus brazos-, mañana pediré tu mano. ¡Eres mía, mía, mía!
Y en ansias de amor, llovían los besos en su linda boca. Mas la muchacha se defendía exclamando:
-¡Espera!, ¡espera!, aún no soy tuya, Ramiro. ¡No me atormentes! ¡Me estoy muriendo de amor! ¡Apiádate de mí! ¡Por la Virgen del Rosario, déjame!
En esos instantes, un búho aleteó en el ramaje, y asustada, ella ciñó en sus palpitantes brazos, adornados de encajes, la cintura del teniente... Una estrella fugaz desprendiose del firmamento; una mariposa nocturna, perseguida por el tecolote, cayó en el seno de Carmen, buscando abrigo y amparo. Ella y él tornaron al sarao: Adán y Eva arrojados de un momentáneo paraíso.
Al día siguiente, el Carlos V, de cuya tripulación formaba parte el teniente Ramón Llanos, se hizo a la vela para Acapulco, dejando en la costa californiana, una víctima sacrificada en el altar de Venus Afrodita.
Informada de esa cruel deserción, Carmen entró resueltamente a la habitación de su padre, diciéndole:
-¡Padre mío! ¿Es el amor un crimen?
Don Antonio la miró fijamente exclamando:
-¡Nunca! Es decir, cuando dos personas se aman deben hacer mutuos sacrificios. Si un hombre quiere a una mujer, aun hasta al infierno van juntos. Pero el amante que roba de su castidad...
-¡Basta! -gritó ella sollozando, y de rodillas, contó a su padre el epílogo de una pasión ilícita. E implorando la clemencia del viejo, Carmen balbuceó sollozando:
-De usted, yo heredé el fuego que consume; de mi madre, la hipocresía y la negación de todos los placeres. ¿Quién es más de culparse entre los dos?
A partir de ese día, Carmen desapareció de Monterey, informando la familia, a los que preguntaban por su paradero, que había entrado como monja carmelita en uno de los conventos de México.
Sin embargo, la bruja doña Paula afirma que después del episodio referido, Carmen fue recluida en la casa de su padre, sometiéndola a castigos inquisitoriales. Mas para dar a entender que nunca había perdido su virginidad, ocurriósele a éste, al ver en el paisaje dos cipreses, cuyos ramajes entrelazados movíanse al soplo de la brisa, edificar en lo alto de la colina un santuario a la Virgen del Carmelo.
Visto de lejos, remeda en sus contornos las misiones californianas; mas contemplado de cerca, asombra por sus rasgos arquitectónicos, mitad helénicos, mitad bizantinos. La nave, de amplitudes claustrales, amortigua el día en indecisas sombras. En el altar, soportado por escalinatas marmóreas, surge la estatuilla de la Virgen del Carmelo, es decir, Carmen Peralta, esculpida por el artista napolitano Pietri di Gloria, un ex jesuita refugiado en California.
En verdad, el escultor había idealizado las facciones de la supuesta virgen, imprimiendo en ellas la beatitud angélica de un lienzo de Cavestany; y solamente en los labios, de líneas sensuales, podía adivinarse a la pecadora.
Con el transcurso del tiempo, el episodio amoroso de Carmencita transformose en leyenda, pasando de ésta a ser dogma obligado. De todos los villorrios circunvecinos salían romeros a visitar El Carmelo, y el día primero de cada mes, llamado Día de las vírgenes, las muchachas casaderas de los alrededores visitaban el santuario vestidas de blanco y conduciendo ramilletes de flores y otras ofrendas. Y a El Carmelo iban también los jóvenes aspirantes a matrimonio, jinetes en blancos caballos.
Al terminar los religiosos servicios, poníanse a bailar todos bajo la fronda de los pinos marítimos, baile que fenecía al toque de oraciones.
Mas todos esos rituales habían acabado, y en el lugar solamente quedaban las ruinas de El Carmelo y la bruja Paula, en cuya alma la noche había caído.
-Más de una ocasión -díjome la vejezuela suspirando y sobando uno de los gatos que esponjaban la cola en su regazo-, yo bailé bajo las ramas de ese ciprés, pero por más que bailé, nunca pude atrapar un marido.
Antes de decir «¡Adiós!» a doña Paulita, ella me llamó a su lado y acercándose a mi oído, murmuró en diabólica sonrisa:
-¡Ah!, se me olvidaba decirle. ¡La nietecita de Carmen Peralta todavía vive! ¿Ella virgen? No, caballero, ¡yo soy la única virgen que hay en California!
La hija del contrabandista
Donde es hoy Punta Fermín, que domina las aguas del puerto de San Pedro, se erguía en 1819 una solitaria casa de adobe y teja habitada por el contrabandista Onofre Galena y su hija Lupe. Frente a ella había un corral de mulas y bajo sus cimientos un extenso sótano en el cual Galena mantenía atesoradas diferentes mercancías, especialmente tercios de seda y vinos y licores de Francia e Italia, los cuales vendía en California, el contrabandista, dejándole provechosas utilidades.
Apodábanle las gentes Onofre el Enano, pues era un hombre de menos de cinco pies de estatura, de anchas y cuadradas espaldas y piernas cortísimas. Era enorme su cabeza y en su faz redonda y picada de viruelas, solamente asomaba un ojo de amenazantes relampagueos, que daban a su expresión siniestra malevolencia. De ordinario, vestía camisa y pantalones de burda lana, con botas de cuero de cerdo que le llegaban hasta las rodillas.
Su hija Lupe, por otra parte, era una exquisita beldad, algo como la miniatura en marfil de un carneo de Lorenzano, que por aquella época estaba muy de moda en la Corte de Madrid. En sus perfiles de Madonna, palpitaba algo del espíritu de una Magdalena precoz, de una voluptuosidad anticipada. De sus límpidas pupilas, de borrascosa negrura, emanaban efluvios de infinitas ternuras, de amores nunca satisfechos, de emociones que se agolpaban impacientes a las puertas de su corazón de ex virgen.
Era alta, blanca y espigada, y cuando iba a la misión de San Gabriel o a Los Ángeles, realzaba sus encantos un tápalo de Manila y enaguas cortas de seda, cintilando en sus carmíneas orejitas arracadas de oro, que le daban aspecto de maja o de manola.
Acostumbrada desde la niñez a los ejercicios varoniles, manejaba en el mar un bote con la misma destreza que un caballo en tierra, y en sus maniobras de contrabandista nadie le aventajaba. Una ocasión en que su padre fue herido por los aduaneros, ella condujo felizmente a contrabando y herido a las rocas de Punta Fermín, mereciendo por esto la admiración de los demás contrabandistas.
Si bien no existían afinidades ningunas, bajo el concepto fisiológico, entre padre e hija, sí las había en lo espiritual, pues el amor del Enano por Lupe pasaba los dinteles de la adoración llegando hasta lo inverosímil. No menos intenso era el afecto de ella para con él, no obstante que algunos lo juzgaban un tanto cuanto autoritario y despótico. Además del Enano y su hija, habitaban la casa dos sirvientes: Cipriano el arriero y Ronda, una indita de Santa Inés, que hacía las veces de ama de llaves y cocinera.
Tal es el cuadro de familia que surge en el lienzo de esta reseña histórica la noche del 5 de noviembre de 1819.
Después de la cena, vemos sentados esa noche, en la salita que mira hacia el mar, a Lupe y a su padre. Viento glacial, precursor del invierno, cuélase por los aleros de la casa, desparramando en su furia, las brasas que arden en el gran brasero.
-Padre, cierre la ventana -exclamó la muchacha, arreglando la almohadilla de su bordado.
Mas antes de que el Enano obsequiara su mandato, la luz de un cohete fulguró allá en el mar, iluminando la sala en fugaces resplandores.
-¡Ah!, es Rivera que llega antes de tiempo -se apresuró a decir en voz queda Galena-. ¡Maldito sea! ¿Qué le pasa? Una lancha guardacosta vino ayer de Monterey, pues alguien dio informes de que estábamos en espera de un cargamento de sedas. ¿Quién o quiénes son por aquí los espías?
Al decir esto, Onofre miró fijamente a su hija, con mirada ceñuda y escudriñadora, tal como si hubiera querido decirle:
-¿Estás segura de no haberle comunicado a nadie nuestro secreto?
Antes de responder, la muchacha vaciló un instante, y luego replicó, ruborizándose:
-El único que sabe algo es fray Yorba, que es amigo íntimo de nosotros -repuso Lupe, no sin vacilaciones ni titubeos.
Oído lo cual el Enano púsose furioso, y avanzando hacia Lupe, asiola con ambas manos del cuello, vociferando más y más encolerizado:
-¿Estás loca, mujer? ¿Ignoras que Juan Yorba es de los guardas fiscales de Monterey?
Y asomándose luego a la ventana, y adelantándose al centro de la habitación, ordenó a la muchacha que le siguiera sin perder un solo instante. Mas antes de abandonar el caserón, Lupe y el Enano se armaron, deslizándose para las afueras con dirección a San Gabriel, siguiendo la línea de la costa.
Y no bien hubieron desaparecido tragados por las tinieblas, cuando los guardas abordaron atropelladamente la guarida, descendiendo al sótano con encendidos hachones. Y ahí, en presencia de los vinos, abandonáronse a una orgía que duró hasta el amanecer, prendiendo fuego a la casa al retirarse. En seguida, pusiéronse algunos de ellos en seguimiento de los fugitivos, que en esos mismos instantes llegaban al ranchito de Miraflores, cercano una legua de la misión de San Gabriel Arcángel. Y desde ese lugar Lupe envió un recado a fray Yorba, rogándole fuera a verla por hallarse gravemente enferma.
Juan Nepomuceno Yorba había nacido en el pueblecillo de San José, provincia de la Alta California, entrando a servir como misionero en San Gabriel, después de haber pasado el noviciado en San Juan Capistrano. Y en uno de sus andurriales entre el valle y las playas, conoció a Lupe, cuyos encantos le hicieron perder la chaveta. En esos amores sacrílegos, repitiose la fábula del pájaro y la serpiente: hipnotizada, ella se desplomó en sus brazos, tornándose de manceba en esclava. Hombre sin conciencia y sin escrúpulos, obligó a su amante a que le revelara sus más íntimos secretos; y al saber que el padre de ella era el famoso contrabandista Galena, proyectó el explotar el secreto en beneficio propio, comunicándose desde luego con los aduaneros que habían ofrecido un premio al que sorprendiera al contrabandista o el sitio donde escondiera el contrabando. Con ese objeto Yorba estuvo en Monterey, conferenciando con el coronel realista Brambila Núñez, de guarnición en Presidio, quien le prometió a Yorba obtener para él un priorato y tierras en California, si lograba que el célebre Enano fuera capturado con el cuerpo del delito. Y ya con el contrato en su poder, Yorba logró sacar de la confiada muchacha, todas las informaciones relativas a Galena.
Fueron pues las revelaciones de Yorba las que precipitaron la sorpresa de Punta Fermín. Cuando el mensajero del Enano y de Lupe llegó a San Gabriel en busca de fray Yorba, éste acababa de decir misa, y paseaba muy satisfecho por el frondoso huerto. Palpitante en avariciosas anticipaciones, enterose del mensaje de Lupe, y mandando ensillar su mula favorita dirigiose al lugar de la cita, azotando impaciente con su chicote las ancas de la tordilla cabalgadura.
El Enano y su hija le esperaban bajo la fronda de una secular encina que todavía hoy sacude su ramaje a los vientos del mar. Lupe tuvo que confesar a su padre todas las peripecias de sus ilícitos amores, llegando a convencerse ambos de que Yorba había sido el delator. El contrabandista se resolvió entonces a matarle, con el asentimiento de su hija, cuya desilusión había tornado su amor en odio profundo.
Al asomar por el remoto sendero la mula de fray Yorba, el sol llegaba a su cenit, y árboles, plantas y flores sonreían a sus caricias. La lluvia nocturna había purificado el ambiente, y las solitarias llanuras y colinas reflejaban opalescencias en la diafanidad atmosférica. Al ver a Lupe en presencia de su padre, el misionero quiso volver grupas, arrepentido de asistir a la cita sin escolta; mas cambiando luego de parecer, apeose de la mula, acercándose a la pareja, con la sonrisa leve en los carmíneos labios.
-¡Ave María, señor Galena! ¡Buenos días, señorita Lupe! -exclamó Yorba, extendiendo las dos manos.
Y al extenderlas, la reata del Enano enredole las muñecas, dejándole inerme. Alarmado, el misionero quiso protestar, diciendo que en breves momentos tendría a su lado la escolta que le acompañaba.
Haciendo caso omiso de sus vehementes protestas, el feroz contrabandista, cuyo semblante dislocaba el odio y la sed de venganza, ató a Yorba del tronco de la encina, procediendo a registrarle, encontrando en su hábito los documentos acusadores que buscaba. Llamando entonces a Lupe, díjole en tono zumbón:
-Mira, hija, tú que sabes leer, lee esta carta de tu amante. Y luego pronuncia la sentencia. Deja para mí la ejecución.
Con temblorosa mano, la muchacha leyó, sílaba por sílaba, el contrato escrito por Brambila Núñez y Yorba, en sus más negros e infamantes detalles. Al finalizar, la faz sonrosada y tierna de Lupe tornose en lividez cadavérica, emanando de sus ojos fulgores de homicida, rayos de furia druídica.
-¡Lupe, Lupe! ¿Qué es esto? ¿Dejarás que el bruto de tu padre ponga en mí sus sacrílegas manos? La carta que acabas de leer no es mía. Debe haber en esto un sortilegio y hechicería. ¡Dile que me desate cuanto antes!
Ella le miró con infinito desprecio, mezclado de compasión y de tristeza, y sofocada por las palpitaciones de su corazón, balbuceó más bien que dijo:
-¡Juan! Yo me entregué a ti sacrificando mi honor de mujer. ¿Qué te pedí en cambio de ese sacrificio? Un poco de amor, un poco de lealtad, un beso hoy, una caricia mañana. Cuando me diste palabra de matrimonio y supe después que me engañabas siendo tú un sacerdote, cerré los ojos ante el abismo y te perdoné. ¿No es así? -continuó la muchacha reprimiendo los sollozos.
-Soy un malvado, lo conozco, lo confieso, y me arrepiento. Por el recuerdo del pasado, perdóname, Lupe. Tú eres buena, tú eres...
-¡Cállese! -interpuso el Enano dándole una bofetada. Interponiendo su cuerpo a los golpes airados del contrabandista.
La señorita Galena continuó:
-Y cuando yo a solas lloraba, ¿qué hacías tú, Juan? Pues andar en tratos con los enemigos de mi padre, que son los míos. Tratabas de adquirir poder y riquezas a expensas mías. ¿Qué habría sido de mí de no haberse descubierto tu negra traición? Probablemente, después de matar a mi padre, me habrías matado a mí. Confiésalo, ¿acaso no eran esas tus benévolas intenciones?
Ante esa flagelación labial el misionero se retorcía, mirando espantado por todas partes, esperanzado en algún milagroso auxilio que nunca venía.
Inexorable, Lupe prosiguió en tono cortante:
-¡Oh! Cuando tú hacías cálculos de engrandecimiento, la casa de la mujer que tú habías jurado amar y amparar era saqueada e incendiada gracias a tus desalmadas maquinaciones, que en nada ni por nadie se han detenido. ¿Dime qué es lo que mereces en castigo de tus horrendos crímenes?
-¡La muerte! -replicó lacónicamente don Juan, inclinando la cabeza.
-¡Tú lo has dicho! -repuso Lupe estremeciéndose-. Tornole en seguida la espalda, y encarándose con el Enano, dijo en voz firme y vibrante:
-¡Padre! Ya lo oye. Él ha pronunciado su propia sentencia de muerte. Yo no quiero presenciar la expiación. Lo espero, padre mío, en Palos Verdes.
Y sin mirar al sentenciado, montó en la mula que le había llevado al patíbulo inesperado, alejándose al trote para el sureste.
Lo que después aconteció, hubo de referirlo más tarde un testigo presencial, el pastorcillo Pedro, que oculto en el boscaje, devoraba con los ojos la terrible escena.
Cuando su hija se perdió de vista, tragada en las sinuosidades de las colinas, el Enano desenvainó un cuchillo de monte, y acercándose al misionero, con demoníaca sonrisa, cortole el hábito en jirones, dejándole al desnudo. En seguida, comenzó a darle piquetes en las desnudas espaldas con el cuchillo. Los lamentos del atormentado eran desgarradores, repercutiendo en las montañas los doloridos ecos. A los piquetes sucedieron las puñaladas, bailando el Enano alrededor de su víctima, y aspirando con fruición el olor de la fresca sangre que chorreaba del cuerpo martirizado.
-¿Por qué te quejas? -gritaba el contrabandista en carcajadas de monomaniaco-. De haber muerto en tu cama con todos los pecados que tienes encima, habrías ido a dar al infierno. Te estoy abriendo las puertas del cielo. ¡Deberías agradecérmelo! Soy bondadoso, soy humano. ¿Creías escapar después de haber robado el honor de mi hija y destruido mi casa?
Y antes de darle la puñalada de gracia, arrancole la cruz que pendía de su pecho. Por un instante contempló en sus manos la reliquia, y ya se disponía a tirarla lejos de sí, cuando de súbito vínole un impulso de besarla, y reverente le dio un beso.
Fray Yorba agonizaba, y al presenciar la actitud devota del Enano, creyó escapar con vida. Mas éste, avanzando con puñal en mano, diole un golpe en el corazón murmurando al oído del misionero:
-Yo soy más misericordioso que tú sin ser fraile. No quiero que emprendas a solas el camino de la eternidad. Voy a acompañarte para que espantes los diablos a nuestro paso. ¡Hasta luego, su reverencia!
Y dando un paso atrás, se suicidó desgarrándose las entrañas.
Y hasta la fecha, no hay leñador que ose cortar la siniestra encina del Enano, cuya sombra tiene la virtud de matar el amor de los enamorados. Y por eso le llaman ahora Loveless oak. A veces una que otra doncella albérgase pensativa bajo su quieta sombra.