Antonio Machado
Jesús Ferrer Solá
En estos últimos años ha ido cobrando fuerza la figura de «otro» Antonio Machado que, más allá de su neta personalidad poética, supo adentrarse en la expresión ensayística de un modo original e irrepetible. A través de obras como Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo (1936), el conjunto misceláneo de Los complementarios o sus colaboraciones en la prensa de la época, Machado nos ha legado un denso cuerpo especulativo sobre la realidad y sobre su propia poética, ofreciendo una faceta de agudo divagante, implacable crítico de un definido entorno sociocultural. Con este tipo de prosa el autor de Soledades cuestiona, en su innegable modernidad, el propio noventayochismo, exorciza los demonios personales de un modernismo «de formación», ironiza sobre la condición del intelectual y filosofa a su manera sobre lo divino y lo humano, en un ambicioso ejercicio estilístico que sabe combinar con acierto razón e intuición, formantes ambos clave de la más característica obra machadiana.
Esta mirada ensayística parte de la pugna entre razonamiento estético y estilística del sentimiento, al tiempo que se reduce este combate a un enfoque preliminarista y apriorístico de la realidad, «fundacional» en los orígenes mismos del planteamiento de la existencia: «Pensar el mundo es como hacerlo nuevo»,
leemos en Campos de Castilla (Obras completas, Espasa Calpe, Madrid, 1988, II, p. 782), en un claro deseo de reinicio creativo de lo existente. Como igual de obsesivo resulta en Machado (al igual que en Unamuno, aunque de otra manera) el discurso de la otredad, con los heterónimos al fondo. El poeta es él mismo y además, de modo continuado, otro. Cínico, ambivalente, retórico, su humanidad se desdobla en una figuración pensante y meditativa, en una suerte de alter ego quimérico y esteticista. En el fondo de todo este entramado intelectual se encuentra un distante escepticismo de raíz filosófica, inserto en la propia individualidad -o individualismo, sin problema- del poeta, que considera la duda como un mundano y superior principio ético. Cuestionando tendencias, gustos y modas, Machado relativiza el valor de la mirada única o el juicio adocenado y convencional. En una directa y precisa descripción de Juan de Mairena hallamos la clave, la enjundia y la luminosidad de este desdoblamiento: «Juan de Mairena es un filósofo amable, un poco poeta y un poco escéptico, que tiene para todas las debilidades humanas una benévola sonrisa de comprensión y de indulgencia. Le gusta combatir el snob de las modas en todas las materias. Mira las cosas con su criterio libre-pensador, un poco influenciado por su época de fines del siglo pasado, lo cual no obsta para que ese juicio de hace veinte o treinta años pueda seguir siendo completamente actual dentro de otros tantos años»
(Obras completas, IV p. 2280). Todo un modelo de configuración autorrefleja de un prototipo intelectual.
Para Machado la argumentación silogística, el discurrir escolástico o el discurso racionalista pueden atentar contra la espontaneidad del texto literario; de ahí su admiración por la filosofía vulgar, la teorización lúdica y el sentimiento popular expresado en la sencillez extrema y contradictoria de unos versos como estos: «En mi soledad / he visto cosas muy claras, / que no son verdad»
(Nuevas canciones, 1917-1930, Obras completas, II, p. 629). El guiño intrascendente relaja el sentido profundo de la idea -el engaño de los sentidos en este caso- y desde esta aparente inconsciencia Mairena establece un particular saber del devenir cotidiano, elemental y sentencioso. Con idéntica simplicidad Machado enjuicia la literatura de sus contemporáneos y sus opiniones sobre, por ejemplo, la poesía pura -«es lo que resta -dice con perogrullesco sarcasmo- después de quitar a la poesía todas sus impurezas»-
, la bohemia modernista -«lombrices de caño sucio»-
, la poesía realista finisecular o la novela de la deshumanización estética muestran el rechazo hacia cualquier artificio expresivo de tono pretencioso o amanerado, quizá porque su propio sistema conceptual del arte se encuentre ya ajeno a cualquier otro modernismo del porvenir. Y es que la visión machadiana de una realidad poética anclada en un tiempo y un lugar fija la relación entre lírica e intelecto, poesía y ensayo desde el ángulo de los géneros literarios; en sus propias palabras: «El intelecto no ha cantado jamás, no es su misión. Sirve, no obstante, a la poesía, señalándole el imperativo de su esencialidad. Porque tampoco hay poesía sin ideas, sin visiones de lo esencial. Pero las ideas del poeta no son categorías formales, cápsulas lógicas, sino directas intuiciones del ser que deviene, de su propio existir; son, pues, temporales, nunca elementos cronos, puramente lógicos»
(Gerardo Diego, Poesía española contemporánea, Taurus, Madrid, 1970, p. 150). En definitiva, la consabida palabra en el tiempo, una vez más.
La diversidad de temas y formas que la estética machadiana aborda desde una óptica ensayística requeriría una mayor dedicación. La entrega de Machado al género especulativo conforma la trabazón de un sistema de pensamiento aparentemente simple, fingidamente próximo e inmediato, pero que oculta en realidad una sólida teorización estética, amaga agudas reflexiones sobre una forma de vida progresista y liberal, esboza en suma la propuesta conceptual de una lírica del sentimiento y del testimonio a la vez. Encontramos «otro» Antonio Machado, en definitiva, cuyo ensayismo refuerza, entre otras cosas, esa voluntad diferenciadora de las voces y de los ecos, asunto clave en el mundo del inolvidable poeta.