Debajo de la cama
Mabel Pedrozo Cibilis

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a Víctor T.
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Es sabido que es el cuento, en el arduo ejercicio de la narrativa, la disciplina que supone un esfuerzo mayor de concentración para su creación, pues conlleva la obligación de resumir sus tres ejes -introito, nudo y colofón- en una extensión que, a lo más, puede concederle dos marbetes que no obstan para su ubicación en el género: cuento corto o cuento largo.
En el caso de estos cuentos de Mabel Pedrozo, reunidos bajo el título Debajo de la cama, puede el lector sorprenderse con resoluciones narrativas muy, pero muy cortas, como el caso de Casa materna (o de El peñasco y la enredadera), en el que la autora logra una síntesis tal que la escritura no es otra cosa que un poema (sí, poema) en prosa, acaso por la sumisión a la poesía que ella aceptara -y que tal vez acepta todavía- desde los primeros tiempos en que accediera al arte de escribir. O, por otro lado, demorarse en la lectura de las trece narraciones restantes para hallar, al final, los elementos que conforman su respiración axial: la cotidianidad1 de una sociedad mórbida, impiadosa y desbarrancada en la que sus integrantes nacen, viven y mueren como víctimas y verdugos entre sí y situaciones que transitan por el hilo conductor de algunas creencias populares que continúan vivas en esa misma sociedad.
—12→Con todo, hasta el lector menos avezado podrá colegir que la fuerza de estos textos no descansa2 solamente en el aliento citado, pues está claro que están sustentados, además, por el arte de contar de la autora, así como por su inagotable capacidad de fabulación que nos conduce a territorios oníricos no exentos de estremecedoras descripciones, aquellas que, al final de su lectura, crean sensaciones de espanto y alucinación.
Y son estos estadios del espíritu los que nos señalan los perfiles kafkianos de los cuentos de Mabel, tal el que le da título al libro, narración cuyo singular tramado nos retrotrae a aquellos pasajes terribles de La metamorfosis, de Franz Kafka. Sin embargo, el pico mayor del espanto que sabe generar con sus narraciones esta joven autora está en Dejale lavar a mamá, cuento que convulsiona al lector hasta el susto que deviene en náusea y que está muy emparentado -aunque, ciertamente, Mabel Pedrozo no lo sabe- con el relato La boa, del gran poeta y narrador español Carlos Murciano.
En este último tramo finisecular, reconforta la aparición de un renovado género -como el de Mabel Pedrozo- que podrá, sin lugar a dudas, alimentar la ya crecida corriente de la narrativa paraguaya que está cobrando un corpus cualitativo y cuantitativo merced, precisamente, a las mujeres que escriben. Por tanto, debemos insistir en la necesidad de que esta autora asuma su innegable condición de escritora y que, en tal carácter, dedique sus afanes para la consecución de su ubicación exacta en ese corpus. Con ello, su pródiga capacidad de crear se nutrirá con el proceso de maduración que conlleva todo ejercicio sostenido y ha de contribuir a la consolidación de su calidad de narradora, en particular, y en general a la apertura de un nuevo cauce en el crecido río de la literatura paraguaya.
Víctor Casartelli
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Lucio Grondola dejó la casa el 17 de julio para irse a vivir con la mujer que esperaba un hijo suyo. El otro, el hijo que ya tenía, preguntó por él dos días después, cuando abrió el placard y encontró las perchas vacías. Mamá, dónde está papá. Se fue. Dónde. No sé. Cuándo va avenir. Ya te dije que no sé.
También se llamaba Lucio, como él. Tenía sus ojos, su pelo desteñido, su andar vacilante. Era un niño de 8 años silencioso, apegado únicamente al aparato de televisión que le instalaron en su dormitorio cuando cumplió cinco años. No volvió a preguntar por su padre hasta que escuchó su voz en el teléfono. Voy a pasar a buscarte. Bueno. Vamos a irnos al parque. Bueno. ¿Y mamá? No está. Y después ella preguntando: Qué quería. Llevarme el sábado al parque. Y qué le dijiste. Que bueno. ¿Te preguntó por mí? Sí. Qué le dijiste. Que no estabas.
Lucio Hijo extrañaba a su padre pero no lo decía. Ni siquiera cuando él le preguntó (el primer sábado que salieron juntos) habló de eso. Se quedó callado, viendo con esos ojos que eran idénticos, al hombre que amaba. Estaban en la camioneta, frente a un semáforo. Lucio Padre le pasó la mano por el hombro y él se retiró con un gesto de desagrado. —14→ No me tengas rabia, hijo, yo nunca voy a dejar de ser tu papá. ¿Me escuchás? Sí. ¿Querés decirme algo? No. ¿No? No.
Fueron salidas de dos a seis de la tarde, un helado, una película, un shopping, el hastío pero también la alegría del niño cuando veía a Lucio Padre desde la ventana, llamándolo con la bocina para no tener que entrar a la casa y encontrarse con los ojos amargos de su ex mujer. Y luego ella, a la noche, interrogándolo como si no le importase, como si le hablase de eso como podía hacerlo de cualquier otra cosa, esforzándose por apretar las lágrimas hasta que alguna se le escapaba y le mojaba el rímel de las pestañas. ¿Pero qué más te dijo, habló de mí, de la casa, te dijo si iba a venir a dejar la mensualidad? Y él, vencido por el sueño y el aburrimiento, queriendo irse de una vez a la cama para dejarla llorar en paz.
La vida cambió para todos en el verano, cuando nació el otro hijo, el que se llevó a papá de la casa. No hubo paseo ese sábado. Una llamada telefónica sirvió para pedir disculpas, para escuchar la voz emocionada de papá contándole que nació su hermanito, que también se llamaría Lucio, como ellos. Quedaron para el sábado próximo, pero nunca volvió a ser como antes.
Se arregló que Lucio Hijo visite la casa nueva de papá porque de todas formas ya era tarde para esperar una reconciliación. Además, la sicóloga de la escuela lo recomendaba para que el niño acepte su nueva situación familiar. Mamá le dio un beso en la puerta como si lo fuese a perder, aquella tarde de enero.
Fue la primera vez que Lucio Hijo vio a Teresa, la mujer de papá que no era su mamá. No la podía querer, eso lo sabía, aunque de no ser tan fiel a mamá a lo mejor le hubiese gustado su pelo almendrado que le caía en ondas sobre los hombros. A la orilla de una cuna cubierta de tules, papá sonreía mostrándole el bulto colorado que dormía. Es tu —15→ hermano, hijo. Bueno. Crees que se parece a mí. No sé. Pero acercate, vení que no te va a morder. Bueno. ¿Y, se parece a papá? No sé.
A veces papá reincidía en los sábados sólo de ellos, en las caminatas silenciosas por el parque y los palitos de helados de chirimoya. Eran los momentos más felices en la vida de Lucio Hijo. Sentía la mano enorme de papá sosteniéndole, no porque hiciese falta, sino porque era una manera de estar lo más cerca posible. Cómo te va en la escuela. Bien. Y las calificaciones. Bien. Querés irte ya a casa. No, quiero otro helado. Y papá sabía que aunque le doliese el estómago seguiría pidiendo helados para quedarse un poquito más a su lado, ellos dos, solos, en el parque.
La ausencia de papá se sintió aún más en la casa cuando mamá comenzó a olvidarlo. El niño lo notó antes de que le cuente nada, antes de que ella le diga que también tenía derecho, que su vida no era vida y que ya era hora de que Dios se acuerde de ella. Un día dejó de preguntarle qué le dijo papá, cómo iba vestido, si seguía mascando chicles de anís y arrastrando los pies cuando caminaba.
Luego vino la confesión. Mamá está saliendo con una persona muy especial. Él va a venir a conocerte, a conversar contigo, a que le muestres tus juegos de combate. Vas a ser bueno con él, porque mamá quiere que sean amigos. Y después él, su olor a cigarrillo ensuciando la sala, sus manos de extraño tocando la rodilla de mamá, el ruido de besos cuando el niño se hundía en la cama para no escuchar lo que siempre terminaba escuchando.
Pasaron cuatro años para que Lucio Papá se preocupe en serio. Al principio pensó que el tiempo lo arreglaría todo, y así fue con algunas cosas, pero no con aquélla. Claro que entendía que a Lucio Hijo no le agrade el novio de mamá o Teresa, pero ¿por qué rechazaba a su hermano? El pequeño lo adoraba. Los sábados lo esperaba sentado en —16→ su sillita de plástico y cuando lo veía llegar con papá él abría los brazos pidiendo upa. Siempre era papá el que lo alzaba, de lástima, para no dejarlo de balde, para que Teresa no comience a protestar.
¿Acaso podía obligarlo a querer al pequeño? Intentó hablarle pero cuando comenzaba no sabía qué decirle. A sus 12 años Lucio Hijo ya había sufrido mucho en la vida (por culpa de él, en buena medida) de manera que costaba imaginar hasta dónde valía la pena amargarle las pocas horas que pasaban juntos reprochándole su conducta. Por eso se le ocurrió una manera de acercar a sus hijos sin decir una palabra.
Era un luminoso sábado de setiembre cuando papá llevó a Lucio Hijo a una ferretería. Compraron un rociador de insecticida, un frasco de veneno para hormigas, abono natural, una azadita para el pequeño, sobrecitos de semillas y dos rastrillos. Papá quería un jardín cultivado por los tres Lucios. Dijo que sería el más hermoso de todos, y esa misma tarde se pusieron en campaña.
Lucio Hijo aprendió a mezclar y a cargar el insecticida en el depósito de metal. Papá le pidió que rocíe los linderos del jardín mientras él y el pequeño descargaban las semillas en un recipiente. También ayudó Teresa, que después trajo jugo de naranja en vasitos de plástico y se sentó en el regazo de papá haciéndole cosquillas con la lengua mientras él no dejaba de mirar a Lucio Hijo como si se sintiese culpable.
A las cinco llamó mamá. Dice que internaron a tu abuela y que te quedes a dormir; dice que quiere hablar contigo. Papá le pasó el tubo. Mi amor, es sólo esta noche. Está bien. ¿No estás enojado con mamá? No. ¿Te vas a portar bien? Sí. Papá tiene el teléfono del hospital por si algo pasa. Bueno. Que duermas bien, tesoro. Bueno.
A Teresa no le cayó bien la noticia, pero se calló porque papá le miró con esa cara de que no le perdonaría si decía algo en presencia de —17→ su hijo. Por eso se fueron a discutir en la pieza, tan tontos los dos, olvidando que Lucio Hijo estaba del otro lado de la ventana, matando las hormigas con el rociado de insecticida.
Por qué tenemos que cuidarlo nosotros; no es nuestro problema. No es tu problema, Teresa, pero el mío sí si te acordás que estamos hablando de mi hijo. «Tu» hijo, como si sólo tuvieses uno. ¿Viste cómo sos, cómo torcés las cosas para hacerme sentir mal? Yo sé que tengo dos hijos, pero en este caso estoy hablando de uno de ellos, no de los dos.
Perdoname Lucio, pero no me trago ese cuento de la abuela enferma, y si te digo la verdad creo que tu ex hace eso para amargarme la vida, porque nunca me perdonó que te saque de su lado. No comiences, Teresa; ¿sabés qué cansado estoy de esa cantinela?
Lucio Hijo se puso en puntas de pie para ver dentro de la pasta claroscura del dormitorio. Ya habían dejado de discutir. Teresa se levantó la solera para sentir la boca húmeda de Lucio Padre en el pecho, para arrastrarlo encima de ella aunque él miraba hacia la puerta, aunque demoraba los cierres y los botones porque no es el momento Teresa, pero ella insistiendo, pero si nadie nos ve, pero si están jugando en el patio, pero si te deseo ahora.
En el bulto gimiente papá ya no era papá, era una cosa volteándose dentro de las piernas de Teresa, perdido en un mundo de sábanas, de uñas arañando la espalda, un mundo que no tenía nada que ver con los otros dos Lucios que estarían en el jardín tratando de quererse porque no tenían más remedio.
Papá los encontró como los dejó, al pequeño haciendo agujeros con la azada y a Lucio Hijo rociando el lindero que faltaba. Papá olía a camisa limpia y a champú. ¿Querés acompañarme, hijo? No. ¿Seguro? Sí. Bueno, después que termines con eso entrá a bañarte y esperame, que voy a traer las hamburguesas para ponerlas en la parrilla. El chico lo —18→ veía a su lado aunque jamás apartó los ojos del caño azul por donde el veneno salía en chorros cristalinos. Lucio Padre subió a la camioneta y se fue.
Detrás suyo, Teresa apareció por la puerta de la cocina. Traía en la mano una caja de fósforos que dejó sobre la mesita, al lado de los vasos de plástico, cuando vio a su hijo embadurnándose con la tierra. Le dijo algo, regañándole, le sacó las ropas y con la manguerilla de regar plantas le tiró un chorro de agua. Le ordenó que no se mueva de allí mientras traía un jabón y volvió a desaparecer por la puerta de la cocina.
Lucio Hijo acomodó en su espalda el reservorio del insecticida, ajustó la cinta que iba unida al rociador y caminó, sin apartar el dedo pulgar del disparador. Pisó dos o tres montoncitos de tierra, obra de los juegos del pequeño, sin detenerse.
La tarde comenzaba a mancharse de colores pasteles. El niño lo vio frente a él y levantó los brazos. No sintió la diferencia, excepto el olor agrio, entre el agua de la manguerilla que le derramó mamá y el líquido con que su hermano de padre le humedeció la cintura, el sexo, las piernas. El niño todavía tenía los brazos en alto, pidiendo que lo levanten, cuando Lucio Hijo fue hasta la mesita, buscó los fósforos y volvió. Acercó la cerilla prendida a la piel del pequeño y casi vio los ojos de Lucio Padre en él, antes de que el fuego tome contacto con el insecticida impregnado en su piel.
Después pasaron muchas cosas. Teresa gritando. Un vecino corriendo hacia la casa. Alguien hablando de pedir una ambulancia. Lucio Hijo se escondió en el zaguán con la vista pegada a la calle. Pronto vendría papá. Pronto sabría si después de todo se quedaría a dormir en esa casa, o si tal vez le dejarían llamar a mamá para pedirle que lo venga a buscar.
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-Son las ocho y treinta y mientras la mañana se pone caliente en la ciento dos punto cinco del dial, nosotros les preguntamos: ¿Están ahí? -un sonido de tambores quiebra la voz-. Vamos, con más entusiasmo: ¿Están ahí...?
-...
-¿Saben lo que les tenemos preparado?
-...
-Díganlo, díganlo con nosotros...
-Amor...
-¡Amor pirata! El temón de la semana. Trepó al número uno después de bajar desde el décimo lugar. Ahí va, porque ustedes se lo merecen...
Las puntillas blancas de la cortina se inflan sobre el radiorreceptor que recupera su volumen cuando la tela vuelve a su sitio. La luz de la mañana es un foco encendido en la ventana.
Al lado del aparato que chilla con las notas agudas de la melodía, un almanaque triangular marcado en el 28 de marzo tambalea con la nueva embestida de la cortina. Esta vez el ventarrón no viene solo. —20→ Impulsada por la brisa, una mariposa blanca se mete en el aposento. Sus alas transparentes marcan círculos pequeños que descienden en espiral hasta el piso cubierto con una alfombra de color marrón.
Una cama de dos plazas cubierta con una colcha a cuadros, un ropero de dos puertas, una silla, una cocinita y la mesa donde una voz de hombre todavía canta su «Amor Pirata» desde el receptor, componen el mobiliario. Hay zapatos de mujer amontonados en un rincón. Perfume, también de mujer, descompuesto en el aire.
Un sonido tosco interrumpe la quietud. La mariposa, atrapada por la mano que se ahueca para no lastimarla, es arrastrada bajo la colcha. Los bordes terminados en punto cruz ondulan hasta que recuperan su inmovilidad.
-¿Les gustó? Claro que sí. Ustedes lo eligieron. Ahora vamos al número dos de la preferencia...
En declinaciones esmeradas, los tonos de la luz se turnan en el cuarto. El dorado de la siesta palidece en un amarillo que se consume hasta que un rubor al principio tímido y más tarde encarnado, precede a la noche que se cierra cuando el último colectivo llega al barrio. Detrás del rechinar de las llantas sobre el empedrado, una cohorte de grillos resucita en los rincones.
-Dublín: Una bomba estalló en un edificio de departamentos causando la muerte a 31 personas. La comunidad internacional fue conmovida por la noticia a las 18:30 de hoy...
Un «clap» enmudece el aparato. La lámpara de flecos rojos de la mesita de luz se enciende, y una claridad triste mancha el aire. Son las diez de la noche. Rosa jamás se demora.
—21→Sus zapatos de tacones caminan hasta la cocina. Hay un hombre con ella. Alguien que tiene prisa. Alguien que no le deja preparar el café. Sólo la desviste y la somete encima de la colcha de bordes de hilo. Cuando se va, Rosa se saca los zapatos y calienta el agua.
El aroma dulzón del café con leche anticipa la madrugada. Las aspas de un puñado de estrellas se agitan en la porción de cielo que cabe en la ventana.
Rosa abre unos tarros, mezcla su contenido en una jarra de aluminio y se acerca a la cama. Un temblor levísimo trastorna sus labios lastimados. Dobla las rodillas maldiciendo con la estrechez de la falda. Sabe dónde buscar. Palpa con los dedos debajo de la colcha y trae hacia ella la bandeja de metal donde cuatro biberones vacíos resbalan sobre el resto de un líquido espeso y azucarado.
(Fue el mismo día que a Rosa se le cayó una hebilla en el piso. Se agachó furiosa, como solía ponerse a veces. Su pelo se deshizo sobre la alfombra. El sol, que en ese momento se afirmaba en la ventana, coló sus tintes almendrados sobre la cabellera. Destellos charolados atravesaron el aire.
Ella tuvo que irse, el sonido de sus pasos marchitándose en la puerta, y aún así dolían los ojos insolados. El niño colocó los codos sobre el borde, se empujó con ellos y, hechizado, cruzó los bordes puntiagudos de la colcha. Así conoció la luz.
Se tendió, con la placidez de quien se expone a la vida o a lo que de ella resulte, sobre la alfombra, y dejó que aquella abundancia dorada lo atraviese con sus puntas de oro.)
Rosa Aguirre llegó un domingo de julio. Un taxi la dejó en la avenida. Recorrió la callecita desierta hasta la casa que una vez dejó. —22→ Tenía 15 años cuando se fue. Su abuela murió sin despedirse de ella. Le dejó la casita. Le dejó los muebles.
Rosa traía una bolsa de ropas y una caja. Esa misma noche comenzó a cavar. Encontró una pala detrás de la puerta. Apartó la cama, arrancó las baldosas podridas con sus manos y hundió la cuchilla en el suelo. Calculó medio metro de profundidad y un metro cuadrado de ancho.
Amanecía cuando terminó de acarrear la tierra sobrante hasta el patio trasero. A medida que llenaba el saco de arpillera, lo arrastraba bajo la llovizna que no cedió hasta el mediodía. El frío amorataba sus manos.
Dolorida y cubierta de barro retiró el resto de polvo con una escoba, forró el agujero con plástico y usó la vieja frazada desfelpada de la difunta para entibiar el hoyo. Recién entonces se acercó a la caja de cartón.
Envuelto en unos trapos, un niño recién parido dormía. Temerosa de recibir castigos terribles si atentaba contra su vida, lo tuvo fuera de su voluntad. Nada le dolió tanto como traerlo al mundo. Cuando miraba al niño recordaba ese dolor.
Rosa jamás escuchó su voz. No lloraba. No emitía más sonido que el de sus manos buscando los tarros de leche que ella le acercaba todas las noches. Ni siquiera el vuelo de su respiración en las madrugadas, cuando insomne lo espiaba en la oscuridad. Ese silencio hizo posible la vida entre ellos.
(Conocía la noche en su vastedad. Desde las primeras penumbras hasta las sombras finales. Podía olerla apenas se apagaba la ventana, podía sentirla rodeando la casa, podía verla arrojándose al cuarto con su cara estrellada y su ruido de bichos desconocidos.
—23→El niño se movía sin que ella lo sepa. Rodaba encima de su cuerpo en busca del círculo azafranado que la luna delineaba sobre la alfombra. Pero no se metía dentro. Se quedaba con la boca pegada al contorno pálido hasta que la última partícula de luz abandonaba el cuarto. Entonces le quedaban las estrellas.
Las agrupaba maravillándose de las figuras que formaban con sólo mover un milímetro su punto de mira. Se torcía a un lado, se arrojaba boca arriba, probaba a balancear la cabeza y entonces formaba una línea encendida bajo sus ojos finalmente ganados por el sueño.)
¿Desde cuándo le tuvo miedo?
Al principio pensó que no era nada. Simplemente no le gustaban sus ojos. No le gustaba tocarlo. Los sábados al mediodía metía la latona de plástico en el dormitorio, entibiaba agua, empujaba la cama y se quedaba paralizada de su propio asco cuando metía los brazos en el hoyo para cargarlo.
Muchas veces se deshizo en llantos al sentir aquella cosa viva en sus manos.
¿Por qué jamás lo dejó?
Se cansó de hacerlo. Y si todas las veces volvió no fue por él sino porque no tenía adónde ir. Cuando salía temprano del trabajo iba a una plaza, buscaba un banco y se sentaba horas por el solo gusto de mirar a la gente que pasaba a su lado. Se imaginaba sus nombres, el sonido de sus ropas cayendo ante el apremio del amor. Quería sentir ese escote de seda en su espalda, esos pies acariciados por una vida tibia. Tenía tantas ganas de ser otras mujeres.
Pero estaba hablando acerca del miedo, ¿no? Bueno, llevaban dos inviernos en aquel lugar cuando ocurrió. Rosa no se percató de nada —24→ hasta que buscó su bolso de hacer compras. Solía dejarlo debajo de la mesa. Estuvo media hora revolviendo el cuarto y nada. Aquella noche, cuando regresó, lo encontró cerca de la puerta.
El incidente hubiese sido olvidado de no haber perdido sus aretes dos días después. Sabiendo que los había buscado por toda la casa, cuando volvió del trabajo los encontró sobre su almohada. Su espanto no le impidió darse cuenta de que fue el niño quien los puso allí.
¿Por qué lo hacía? Sabía que ella le temía, que los únicos momentos de felicidad que tuvo desde que él nació eran cuando lograba olvidar que existía. ¿Por qué no la dejaba en paz?
Sin embargo, pensaba, no podía ser él. A excepción de las manos, no se movía. Sus piernas sufrieron un proceso de atrofia desde su cuarto mes de vida. Tenía las rodillas deformes y por debajo de ellas, todo estaba muerto. Rosa pensó que podía deberse a alguna enfermedad causada por la falta de vacunas, así que lo dejó a la buena de Dios. Pero, además del aspecto asqueroso de sus extremidades, el niño gozó siempre de buena salud.
La radio llegó en la primavera. Rosa la ganó en una rifa. Como el barrio comenzó a poblarse (aunque los terrenos contiguos a la casa seguían vacíos) dejaba el artefacto encendido por si acaso sucedía algo con el niño. Ya no estaba en condiciones de arriesgarse.
No pensó, claro, en la posibilidad de que alguien entre a la casa. ¿Qué podían buscar en ella? Antecedida de un jardincito donde crecían las malezas y abundaban los nidos de avispas, la construcción era tan vieja que las paredes descascaradas le daban el aspecto sombrío que en realidad tenía por dentro.
—25→Una salita fría y el único dormitorio eran todo lo que había allí. Afuera, un pequeño lavadero al aire libre y un bañito, además de latas y botellas que servían de guarida a las alimañas.
Salvador Castillo lo imaginó, pero de todas formas ya tenía decidido entrar a la casa de Rosa. Era un ladronzuelo sin demasiadas pretensiones en la vida, que muchas veces actuó con el único fin de satisfacer su curiosidad. (Quería saber cómo vivía la gente que no era él.) En este caso eligió una mañana igual a las que le precedieron, empujó la ventanita que para su sorpresa estaba abierta y casi tumbó todo cuando sus pies chocaron con la mesa.
Una vez adentro, sus zapatos deportivos recorrieron la estancia con cautela. Un escalofrío lo paralizó. Acostumbrado a meterse en las casas y a llevarse lo que podía, por primera vez se sintió afectado por algo que no entendía.
Miró en torno suyo.
Por encima de la radio que no dejaba de chillar, el silencio lo sofocó.
Su mirada capturó el único movimiento que en una décima de segundo cruzó el aire. ¿Qué fue?
Un perro no. Lo hubiese atacado. Animado por la curiosidad el hombre grueso de hombros, grandes manos peludas, rostro cuadrado y una dentadura postiza que le agrandaba un poco la boca, decidió saber de qué se trataba. Empujó la cama y, arrinconado por su propio gemido, se desplomó contra el ropero. Un hervidero de mariposas blancas le explotó en la cara. Envuelto en una frazada gastada por las polillas, algo que resultó ser un niño extraño incluso para él, acostumbrado a las infrecuencias de la vida, lo miraba con los ojos muy abiertos.
—26→(Se quedaba a veces de tal modo precipitado en sí mismo, que las horas zumbaban en círculos incapaces de incorporarlo.
El recuerdo de su rostro lo perseguía.
Ocurrió el mismo día que conoció la lluvia.
Alterado por el rumor sibilante de la garúa sobre las planchas de ladrillo del techo, gateó buscando a su alrededor el origen del ruido. Miró enfrente. Esquirlas traslúcidas cruzaban la ventana.
En aquel momento, la luz de un relámpago detonó en la habitación. Cegado de horror, buscó la pared. No vio el espejo. No lo conocía, en realidad. La última contracción lo lanzó contra la hoja plateada. Como un animal herido, un trueno rugió en el aire.
Desprotegido en aquel espacio donde no había de dónde asirse, cuando se incorporó lo hizo sobre su propia imagen que el espejo le devolvió en proporciones engrandecidas. Era él.
Lo supo cuando descubrió sus ojos.
Si hubiese podido imaginarlos antes de ese momento, habrían sido así. Vivos y encerrados en su propio espanto. Esa visión lo tumbó boca abajo, los brazos arrastrando el cuerpo desmayado. Buscó el hueco de la cama. Lo último que sintió fue el ardor de sus muslos quemados en la fricción. Desde aquel día soñó con su rostro. Le temía, por encima de saber que se trataba de él.)
Salvador Castillo volvió. Entró por el mismo lugar, ahora preparado para no salir corriendo como la primera vez. No lo vio el tiempo necesario para recordar con precisión su rostro, pero en las semanas en que no pensó en otra cosa dedujo que se trataba de una especie de engendro. —27→ ¿Qué más, si no? Tenía el torso cadavérico, las piernas hinchadas y la piel de una palidez verdosa. ¿Cuántos años? Cuatro, o cinco. Notó erupciones purulentas en sus brazos y pies, magulladuras en los brazos, costras rosadas en la cabeza pelada y ese tufo a orín que aún en el recuerdo lo mareaba.
Tratándose de un hombre tranquilo y solitario, alguien que no se metía en la vida de nadie (más que nada porque ninguna le interesaba), Salvador no entendía por qué no lograba olvidar el asunto. Pero era así.
Después que descubrió que Rosa Aguirre tenía un niño guardado bajo su cama, pasó cuatro días observando sus movimientos.
Averiguó que trabajaba en el mercado del centro atendiendo un comedor de donde solía volver a la casa acompañada de algún cliente zalamero.
Se acostaba con ellos por dinero, pero jamás ninguno presumió de haber amanecido a su lado.
La única ventana de la vivienda se encendía con su llegada -a las diez de la noche- y así permanecía hasta la madrugada. Salvador sabía que se iba a las cinco de la mañana, por lo que cuando decidió volver a meterse a la casa, supo cuándo hacerlo.
Con la tranquilidad de saber dónde estaba cada cosa, esta vez no hubo tropiezos ni amagues peligrosos.
Salvador no quería espantar a la criatura.
Sus sentimientos eran tan incomprensibles para él que evitó considerarlos en el momento en que se acercaba a la cama. No la empujó, como pensó hacerlo en un principio. Se echó en el piso, y habló.
—28→(Fue en el último verano. El calor aumentó a mitad de mes -era enero- y la atmósfera se llenó de vapores malsanos. Rosa entornó la ventana. También retiró la colcha de la cama de manera que el aire pudiese llegarle sin dificultades, pero nada se comparaba a tener los vidrios abiertos y la cortina corrida.
Echado en cruz, el pie derecho enganchado a una de las patas de la cama, sonidos hermosos llenaron su alma. El niño no conocía a los pájaros, lo que no le impedía disfrutar de sus ruidos. Aquella mañana, una sombra se agitó en la ventana. La negrura creció conforme sucedían los minutos, hasta que algo entró a la habitación batiendo sus alas con furia.
Guarecido en donde sabía, nada podía pasarle, sacó la cabeza fuera del ruedo de la colcha con la intención de dar marcha atrás apenas supiese de qué se trataba. Su mirada dio con lo que cambió su vida para siempre: una mariposa. Montado en nervaduras que sólo la luz permitía notar, sus alas tiritaban en oleajes vaporosos. Una línea negra separaba las membranas nevadas; ojos impalpables vigilaban desde su espacio diminuto.
Con los pulmones hinchados de aire que la respiración amenazaba disparar en cualquier momento, avanzó hacia ella. Llegó, incluso, pero sus manos groseras desmembraron el hálito de vida que tanto le maravilló.
Con la segunda no pasó igual. Aprendió a hinchar la mano de manera que no pudiese tocarla por ningún lado, pero con la firmeza necesaria para hacerla cruzar con él el travesaño de la cama.
Recordó el episodio la tarde que escuchó los pasos de Salvador Castillo en la pieza. Acababa el invierno. Amaneció dolorido y afiebrado por un resfrío al que Rosa no le dio importancia, aunque lo sintió inquietarse —29→ en la madrugada. Tenía las mejillas abrasadas y el pecho agitado por un chillido desagradable.
Siguió el recorrido de sus botas hasta el instante en que la cama se movió y el hombre de osamenta desproporcionada fijó sus ojos de intruso en los suyos. Todo duró tan poco que cuando la cama volvió a su lugar y la penumbra retomó su cuadratura, lo que acabó de ocurrir pareció ser obra de un desvarío. Otro, de los muchos que tuvo hasta que la fiebre desapareció.)
No resultaba fácil decir algo. ¿Él lo escuchaba? No se movía. Le preguntó su nombre. Debía tener alguno. Todo el mundo lo tiene. Le preguntó si sabía hablar. Si sabía que él no le haría daño. No tenía motivos, y él nunca hacía nada sin uno.
¿Cómo lograba retener las mariposas bajo la cama? De chico, él las mataba porque no sabía qué hacer con ellas, aunque tampoco podía permanecer indiferente. Su padre le quemaba las manos para que no lo hiciera. Logró su odio, pero no su arrepentimiento.
Él no quería a nadie, por otra parte. Ni siquiera a las mujeres. Una lo metió a la cárcel. Si sobrevivió en medio de la inmundicia fue para maldecir ese amor.
Alternando su monólogo con silencios cada vez más frecuentes, Salvador Castillo se puso tan triste con sus palabras que se fue sin decir nada más, pero ya sabiendo que iba a volver.
Por miedo a ser notado, resolvió alternar sus visitas. Nada tocaba, nada sacaba ni llevaba cosa alguna que pudiese delatarlo. Como la primera vez, se tiraba al lado de la cama y hablaba. Muchas veces con la sensación de que nadie lo escuchaba. Otras, advirtiendo el vuelo de una mano, un parpadeo, el desperezamiento del cuerpo amoldado a la noche fraguada.
—30→Una mañana le trajo un frasco. Lo empujó debajo de la cama. Le dijo que lo cubra con algo. Le dijo que no vendría por unos días. Se fue. Detrás de él, las llamaradas del mediodía se agrandaron.
Salvador Castillo apartó los hilos multicolores de la cortina. Una penumbra agradable lo rescató de la calle. Buscó una mesa libre. Casi todas lo estaban. Se ubicó al lado de una ventana desde donde se veía el tránsito congestionado del mercado. Más allá, la plaza donde Rosa solía soñar con vidas ajenas.
Era un lugar de mala muerte que olía a cebo de vela. Detrás del mostrador, una mujer obesa lo saludó con un mohín que delató sus dientes descompuestos. En una pequeña fiambrera cubierta con tela metálica, se apilaban empanadas deslucidas cuyos precios figuraban en cartelitos escritos con pinceles.
Rosa Aguirre acudió al llamado de la mujer. Se sacudió la falda diminuta y se acercó bamboleando sus caderas hasta encontrar la mirada de Salvador. Anunció con voz desganada que el asado a la olla venía con guarniciones de papas y un vaso de cerveza.
Veinte años. Pómulos duros. Ojos achinados; pelo castaño. Delgada. Marcas de acné en el rostro. Salvador conoció mujeres de peor aspecto. No dudó un instante cuando se puso de pie, y propuso: «Quiero compañía».
Rosa Aguirre volvió la vista hacia la mujer que observaba la escena. Dudó un instante. «No será aquí que la vaya a encontrar», le dijo y desapareció por el mismo lugar de donde había salido. Tenía voz de no haber pasado buena noche.
Rosa lo vio llegar todos los mediodías que transcurrieron desde esa primera vez, hasta que decidió hablar con él. Sentado en la misma mesa, —31→ la boca chapuceando en los caldos baratos que le servían, no dejó de venir ni siquiera en el feriado que cayó ese 16 de agosto en que ella lo enfrentó.
-¿Qué quiere de mí? -preguntó con los brazos cruzados de tal forma que la redondez de sus senos le marcaron la remera provocativamente.
-Usted me gusta -respondió él sin levantar la vista de la cuchara que en ese momento se llevaba a la boca.
-¿Por qué no se va a molestarle a otra?
Pese a lo que dijo, la voz de Rosa se había suavizado.
-Me gusta usted.
Acordaron que él la esperaría a las nueve y media en la puerta del copetín. Él estuvo allí cuando ella salió. Sin dirigirse la palabra más que para el saludo, se sumaron a la multitud sombreada por la noche que buscaba con los brazos en alto el número de colectivo que los llevaría a casa.
Nunca había sido así. Hombres como él se acostaban con una mujer como podían hacerlo con cualquiera. Él la quería a ella, sin conocerla. ¿Por qué? ¿Y si era uno de esos dementes que asesinan prostitutas? Parecía inofensivo, sin embargo, la vista perdida en las esquinas que corrían por la ventanilla.
-Es aquí -dijo Rosa dirigiéndose a la puerta de salida. Salvador ya sabía. Le dio paso y luego la siguió.
(Escrutó el recipiente cubierto con un paño adherido a la boca del envase con una vuelta de alambre fino. Bichos. Un poco diferentes a los que vagaban a su alrededor. Cuando Rosa llegó, escondió el frasco y no volvió a verlo hasta después que la luz se apagó.
—32→La lluvia de la tarde lo tenía hundido en una especie de modorra que le estuvo causando sueños interrumpidos y molestos. No se podía perdonar desperdiciar de esa manera la noche, pero sus miembros se aletargaban a medida que pasaban las horas.
Volvió a dormirse, y si esta vez despertó fue por causa de la luz entrecortada que desde alguna parte agujereaba la pulcritud de las sombras.
Se levantó sobre los codos y casi estaba sentado cuando cuatro linternas de esmeralda le dieron a la cara.
Columpiadas en el reducido espacio del frasco, costó identificar en aquella nube fluorescente a los gusarapos que le diera Salvador Castillo. Eran luciérnagas.
Derrotado por el sueño, sin apartar la vista del recipiente chispeante, cayó en una especie de ensoñación donde las imágenes se le dispararon con tal agilidad que, para verlas, tuvo que andar un buen rato detrás de ellas. Cuando por fin se durmió, soñó con las luciérnagas.)
Rosa abrió la puerta. «Hay goteras en el techo», explicó al sentir el tufo húmedo del cuarto encerrado. Aquella tarde había llovido. Buscó con la mano el botón de la luz. En la estancia, sombría y desamoblada, el ruido del radiorreceptor del cuarto contiguo lastimaba los oídos. Salvador Castillo esperó donde ella le indicó. La vio desaparecer, luego de aceptar la taza de café que le trajo. «¿Por qué tiene la cocina en el dormitorio?», le preguntó. No tenía el valor de tutearle.
-Porque así me gusta -fue la respuesta que ella le dio, la mitad del cuerpo tragada por la puerta entornada.
No le importaba esperar por ella. La sintió caminar descalza, revolver algo que imaginó era la leche destinada al niño. Lo quería hacer dormir antes de meterlo a él a la pieza.
—33→Dieron las once cuando la puerta se abrió. Rosa seguía descalza y caminaba con tanta gracia que Salvador sintió un peso en la barriga que solía tener antes, cuando todavía podía amar.
También se mudó de ropa. Ahora llevaba una solerita con tiras flojas que le dejaban al descubierto los hombros huesudos. Parecía avergonzada. «Vení», le dijo.
Salvador Castillo metió la mano en el bolsillo de la campera antes de entrar al dormitorio.
Su imagen rebotó desde la hoja del espejo.
Tanto sabía de aquel lugar que le daba miedo moverse con la soltura que podía. Rosa sonrió con malicia cuando vio que observaba la cama.
-¿Cuánto dinero tenés? -preguntó.
-Cuanto quiera -dijo.
Las puntas de la colcha se movían sin que Rosa se percate. Salvador Castillo no se sacó la ropa. Se destrabó los zapatos, pero se dejó las medias y así se acomodó al lado de la mujer. Carajo, se reprochó. Había apagado la luz sin pedir permiso. Menos mal, Rosa no interpretó aquel gesto como propio de alguien que conocía su casa.
-¿No querés hacer nada? -preguntó la mujer sintiendo el cuerpo inmóvil de Salvador pegado al suyo.
-Sólo quiero dormir con usted -susurró él, consciente de que sus palabras eran oídas en las profundidades del cuarto.
Rosa amagó decir algo, pero probablemente no se le ocurrió qué. Cerró los ojos y se quedó dormida, el cuerpo de Salvador flanqueando sus costillas.
—34→El hermetismo de la noche cerraba su círculo conforme las estrellas se afirmaban en la ventana. Salvador estiró el brazo derecho. Buscó detrás de la lámpara. Sus dedos arrastraron la botellita que Rosa no le vio sacar del bolsillo de la campera.
Levantó la tapa con cuidado. Sabía que cualquier desacierto lo delataría. Retiró la cubierta y metió el dedo índice en el líquido espeso.
Descolgó el brazo sobre el travesaño de la cama. El dedo goteó su líquido viscoso. Pasaron dos, tres minutos. Salvador escuchó al niño.
Ya vio el dedo. Ya olió el aire azucarado y se acercó, los miembros contraídos en el gateo sigiloso. Dudó. Se colocó debajo del dedo. La lengua caliente probó la poción que goteaba desde la uña desaseada.
Algo dentro suyo se estremeció.
Abrió la boca y chupó el jarabe mientras en la ventana las estrellas comenzaban a velarse. Salvador recordó las palabras de Rosa. «Volverá a llover», le dijo. Era verdad. El cielo volvía a empañarse.
El dedo le cosquilleaba. Lo retiró por un momento para cubrir con la frazada a Rosa que, a su lado, comenzó a temblar. Metió de nuevo el dedo en el jarabe.
La boca lo esperaba.
En la etiqueta del recipiente se leía «Miel de abeja» en letras de imprenta. La lluvia se desató. En el cuarto, una sensación de ingenua felicidad recibió a la madrugada.
(Marzo de 1997)
—35→
Fue difícil al principio, cuando no sabía que bastaba con encaramarse a sus hombros afilados para que él la deje quedarse.
Pasó noches larguísimas imaginando que él desenredaba sus dedos de los suyos, que apartaba las flores de su pelo y la miraba como un desconocido. Ése sería el día del fin. Después estaba la muerte.
Jamás lo quiso para sí. Le bastaba con acurrucarse en su espalda prestando oídos al rumor agresivo de su pecho. Lo llamaba «el susurro de Luciano Both». Él no se llamaba Luciano, claro, pero dado que en su situación un roce de pelo bastaba para reconocerse, los nombres pasaron a cumplir funciones hasta si se quiere disparatadas.
Muchas veces le preguntó de dónde vino, a quien amó antes que a ella, qué ojos muertos dentro suyo lo veían desde sus lugares eternos. «Nunca fui el que soy ahora. No hay nada que decir, puesto que no me reconozco en esos que ya no soy», decía él. De manera que nunca supo nada que ya no le conociese.
Él la subió a sus hombros una noche y le mostró el universo. Una boca invisible soplaba las luces hundidas en una nada ilimitada y negra. —36→ «Se llaman estrellas», le dijo. Estremecidas en su tintineo de puntas de hielo, las luces resistían, giraban sobre sí y volvían a recobrar su brillo de lámparas eternas.
Nada había más hermoso, sin embargo, que estar en él cuando esa negrura se diluía en el caldo liláceo que antecedía al amanecer. Ella dormía revuelta en su espalda, con el pelo echado al vacío que se abría a partir de ellos. Los hombros cuadrados de él custodiaban su sueño. Ella, todavía somnolienta, metía los ojos en la esquina que formaban esos hombros con el cielo, metía el mentón, se sostenía como si fuese a caer y entonces se ahogaba en los paneles rosas y aguamarinas, en los grises azulados, en los celestes terrosos que velaban el firmamento traspasando el espacio con sus tonos sucesivos.
La roca, que jamás dormía (su condición eterna no le dejaba), se sentía verdaderamente triste en aquellas ocasiones. Pobre enramada, decía. ¿Cuánto tiempo le queda? ¿Hasta la próxima tempestad, hasta el retorno de los vientos fríos, hasta que sol de enero le derrita el alma? Lo único que le consolaba era saber que la pobre, mortal como era, vivía en una ignorancia absoluta de su naturaleza y de la naturaleza de las cosas que la rodeaban. Era lo único.
—37→
«Hubo un tiempo en que las estrellas eran nuestras. Y el destino también.» |
| C. Chemei, líder indígena. | ||
Arnold Verhoeven y Joel Álvarez, catedráticos de la Universidad de Pensilvania especializados en lenguas indígenas muertas y relatos orales, llegaron a Asunción en una calurosa noche de febrero. Los esperaba en el aeropuerto un miembro de la embajada norteamericana y un caballero que se presentó con el nombre de Chemei. Era un indígena cobrizo y de gran estatura, de edad indeterminada y de profundos ojos hundidos en un rostro anguloso y duro. Más tarde, en la puerta del hotel, los investigadores recibieron de manos del funcionario de la embajada una grabadora y un casete.
-La traducción está en esta carpeta -explicó el funcionario. No volvieron a ver a Chemei hasta dos días antes de su partida del país. Lo encontraron en un barcito de la zona del puerto, bebiendo caña y mascando pedazos de mandioca frita que aceptaron compartir con él.
—38→La reunión no duró mucho. Chemei dijo, en perfecto español, que lo que escucharon en la grabación era la letanía de su bisabuela, quien la recordaba de haberla escuchado de su madre y ésta la tomó a su vez de la suya.
Ya no había nadie que pudiese repetir la letanía, ni siquiera él, que trabajaba de estibador y tenía una mujer cristiana viviendo a su lado. Además, era hombre, y la letanía sólo podía ser pronunciada por una mujer.
Chemei dijo que el canto tuvo su origen en los laiana, parcialidad desaparecida después de la colonización. La traducción hecha por él es la que se pasa a transcribir. Está en primera persona.
Respecto de la voz de la anciana que escucharon los investigadores de Pennsylvania en la grabación, sirvió para que vuelvan a Paraguay a visitar la cordillera de Los Altos, ubicada en el departamento de Paraguarí. Nunca dijeron qué fueron a buscar allí, o qué encontraron.
Principio del conjuro
Soy yo. Carrayán. La que ve en la oscuridad. Estoy en cautiverio por encargo de mi madre, quien también fue Carrayán y también estuvo en cautiverio.
Pertenecemos a un pueblo atormentado por el miedo. Por eso estoy aquí. Para apaciguar a las sombras y recibir a las ánimas que antes que contaminar el territorio donde la gente a la que pertenezco duerme bajo la luz de los astros, vienen a mí.
Las cosas que voy a contar las sé no porque me esté permitido salir de mi confinamiento, lo que no es posible, sino por mi fiel Yanacuá, la mujer que me vio nacer. Hubo un tiempo mejor para nosotros. La tierra —39→ daba frutos inofensivos y el cielo cumplía su destino generosamente. Todo cambió cuando nació Madimón, nieto de Yanacuá, mi padre.
Él no fue bueno con nadie. Yanacuá lo apartó de la comunidad y lo llevó con ella convencida de que podía doblegar su espíritu. Madimón conoció, sin que haya debido, los secretos de las hierbas que dan vida y que la quitan, habló con los vientos, caminó en los dominios de la oscuridad y también conoció la luz (aunque se apartó de ella), sabiduría toda reservada para el sucesor de Yanacuá que no era él sino mi madre, la primera Carrayán.
Madimón desapareció el día que Yanacuá consagró a su elegida con los rayos de la luna recién nacida, la primera que inicia las lunaciones en el valle de los laiana, que así se llama nuestro pueblo.
No lo volvieron a ver, aunque muchos interpretaron las pesadillas que desolaron a la primera Carrayán como obra suya.
La leyenda dice que las familias dormían sobre la frescura de las hojas de banano en la terrible madrugada en que un grito los despertó. Los hombres acudieron frente a Yanacuá. Las mujeres se cubrieron el rostro con las cenizas de las fogatas muertas. Fue mi madre la que gritó.
Ella jamás dijo qué sueño horrible la asustó pero yo lo sé, porque vine con ese recuerdo.
La historia de mi madre
A la primera Carrayán la trajeron al cerro de las ánimas (mi casa) demasiado tarde, cuando ya Madimón colocó en ella su simiente. Con el vientre inflado y el convencimiento de que se iba a morir, le consolaba saber que yo tomaría su lugar y que haría las cosas a las que ella estuvo destinada.
—40→No pudiendo acercarse a ella porque el poder de Yanacuá no se lo permitía, Madimón tuvo tratos con las hierbas que crecen en el bosque de las ortigas, el lugar prohibido de los laiana. Dicen que probó tanto y de maneras tales que tomó formas tan repulsivas que los animales que en la zona rondan y que también son repulsivos, se espantaron. Pero los dones de Yanacuá todavía protegían a la doncella.
Sólo él sabe qué cosas realizó o con cuáles espíritus tuvo tratos para conseguir lo que nadie se imaginó: se hizo invisible. Sabía que no volvería a recuperar su imagen una vez que la dejase, pero no le importó.
Por entonces se esperaba el día de la maduración de Carrayán, que era el mismo dispuesto para consagrarla con los dones de la luz. Se prepararon las infusiones con que se pinta3 el cuerpo de la iniciada, las hojas que arrojadas a las brasas limpian el aire con el perfume de sus nervaduras, el líquido con que se purifica la tierra preparada para la ceremonia.
Todo parecía tan en su lugar que lo único que inquietó a Yanacuá por esos días era el ramito de ruda que, como yo, Carrayán ponía sobre su pecho antes de dormirse (para que los espíritus del bosque la protejan de la noche). Éstos amanecieron marchitos durante una semana.
¿Cómo podía alguien imaginarse que Madimón, que también esperaba con ansias que la sangre de Carrayán fuese derramada, estaba detrás de esta señal? Él fue el primero que supo cuando eso ocurrió.
Yanacuá dormía. El aire estaba quieto. Madimón se acercó a Carrayán. Su lengua repulsiva y deforme bebió la sangre que manchaba las piernas de la virgen. Cuando terminó de profanarla se marchó, pero en lo sucesivo atormentó a las mujeres que para protegerse de su malignidad cubrieron sus partes íntimas con bodoques de ruda humedecidas en salvia, antes de que el sueño las ponga a disposición de tan despreciable ser.
—41→Esa es la historia de mi madre, la primera Carrayán, que me dio los dones de la luz. Madimón es mi padre y de él recibí los dones de la oscuridad. Todo lo que sé es para el bien del pueblo que en su perfidia el hombre que me dio la vida sueña destruir.
Mi historia
Una vez nacida Yanacuá confinó mis ojos a las sombras. Cuando me llevó a la luz, el día y las tinieblas eran para mí un solo elemento. Había olores diferentes. Había sonidos diferentes. Pero yo distinguía todo sin que nada me cause temor o sorpresa.
Jamás puse un pie fuera del cerro de las ánimas. Yanacuá no lo permitía. Decía que Madimón no podía entrar aquí, pero deambulaba por los alrededores silbando mi nombre para recordarme que él era mi padre, que yo le pertenecía y que su odio un día sería el mío.
Mi corazón, sin embargo, no es como el suyo.
En el mío tiemblan los diamelos y las aves encuentran reposo.
Cuando Yanacuá comenzó a morirse los laiana supieron que no sobrevivirían al espanto si alguien no se hacía cargo de sus difuntos. Por eso esperaron por mí.
Yo los escuché bailar la noche que Yanacuá pintó mi cuerpo con colores hermosos, recogió en una vasija la sangre que mi cuerpo expulsaba y consagró el líquido encendido a los vientos que controlan la vida (el sur) y la muerte (el norte).
Yanacuá dijo que a partir de ese momento dos ancianas traerían al cerro los cuerpos de los acabados de morir. Yo debía conducir el alma desprendida hasta el valle de la luz, uno de los lugares de los que sólo ella, y ahora yo, podía volver con vida.
—42→Yanacuá me enseñó a no hablar durante la travesía. A no mirar de frente al alma desprendida, a no rozar el halo que lo envuelve o dejarme tocar por él. Después de dejarlo en su sitio definitivo, yo debía volver para ocuparme del cuerpo tendido a la entrada del cerro.
-Rostros y manos se tiñen con arcilla roja para que la tierra, pensando que es ella misma, lo acepte. La piel se humedece con yerba dulce y se perfuma con azucenas para que su aroma ocupe en los corazones de quienes lo amaron, el lugar que el desaparecido dejó -me explicó Yanacuá y agregó-. Las ancianas volverán para llevarse el cuerpo y enterrarlo en la puerta de la casa que, aún después de muerto, pertenece a quien en ella recostó sus ojos.
Una mañana los pasos se aproximaron. Sentí la frescura de las sombras apoyadas en las paredes del cerro. Atemorizadas ante mi proximidad, las ancianas laiana se detuvieron en el umbral del último acceso permitido. Antes de ver lo que allí dejaron supe que se trataba de Yanacuá. Esperé en mi escondite hasta que el último sonido dejó de moverse en el aire, y entonces avancé sobre las rocas. Envuelta en pétalos de flores y cubierto su cuerpo con tintes sagrados, la vieja madre de mi pueblo aguardaba por mí.
Mis manos sobaron sus cabellos. El sabor de su alma recorrió mi boca. Cuando la llevé a su destino, el aroma de las azucenas me inundó. Pero ése no fue el día en que terminó mi felicidad sino otro. Uno que me condena y que condena a los laiana, el pueblo al cual debo responder con mi vida. O con mi muerte.
Los hombres laiana
Tuve un sueño en la luna nueva. Una tempestad se aproximaba. Arrojándole astillas prendidas corrí de cara a ella. Sin destino, los vientos se entrelazaban en los bosques.
—43→No recordaba más, pero cuando desperté pronuncié un nombre: Isaú. A la mañana soñé con la misma tempestad. A mi lado un hombre laiana andaba.
Sus ojos se encendían como el cielo que en ese momento resplandecía y hacía resplandecer las cosas que tocaba. Sus manos resguardaban de la lluvia. Sus pies caían sobre las flores sin hacerles daño y el agua que bajaba de su cuerpo alimentaba la tierra.
Tuve miedo de ese sueño y no lo repetí. Sentimientos sobre los que no tenía memoria me molestaron. De ellos me refugié en el lugar de mi infancia, un rincón del cerro llamado el valle de las avispas.
Hay allí un lago formado con el hilo de agua que baja de una pendiente resbalosa. El sol, tamizado entre las junturas de las rocas, pincha con sus rayos la superficie arrugada renovando los tonos rojos en cobre, castaño y pardo. A su vista, las cosas reposan. Yanacuá decía que algo en su interior también lo hacía.
Ella me habló de los hombres laiana.
Agacé, el primero de nuestra estirpe, fue el más bello de todos. Hijo de los bosques, conoció el poder de las cosas vivientes. Sus hijos, los nacidos de mujer, poblaron los montes laiana con la anuencia del cielo, pero a disgusto de la tierra. Temeroso de su autoridad, Agacé educó a los laiana en el silencio. Por eso mi pueblo no ríe, ni llora, ni canta, ni se queja del dolor ni de la muerte, ni dice plegarias ni las maldice.
Las palabras se guardan (espectros deformes duermen en ellas, ay de quien los desvela). Los laiana no perturban el sonido del universo. Sus pasos se ahuecan sobre el llantén, la yerbabuena y la ruda. A su alrededor las aves murmuran y la brisa se desata sin que ellos la distraigan.
—44→Están la siesta y sus espíritus engañosos. Están la noche y sus ánimas perversas (entre ellos Madimón, mi padre). Ambos quisieron destruir a los laiana, pero Agacé los combatió con algo que no esperaban: una anciana. Yanacuá fue la última. Yo, el ocaso.
Las ancianas fueron escogidas para tratar con los muertos, para echar de los cuerpos el dolor, para custodiar con su insomnio el sueño de los laiana. Ni vivas, ni muertas, ni hijas de Agacé ni conocedoras de él, ellas hicieron posible el reposo.
Eso dijo Yanacuá sobre los hombres laiana.
Recordé sus palabras echada sobre las rocas, sintiendo el rumor del agua que, como mi espíritu, se estremecía en el cerro de las ánimas. El nombre volvió entonces. Isaú. Isaú. Isaú.
-No me llames, espíritu innombrable.
-Isaú.
-Madimón, los cielos me protegen de ti.
-No soy Madimón.
-¿Quién si no puede hablarme en sueños?
-Yo, Carrayán.
-Carrayán es la anciana de la gruta consagrada.
-No, yo soy Carrayán. Y no soy una anciana.
-Madimón, tu impostura no me engaña.
-Soy yo, la cautiva.
-Mientes. Ella me protege de ti.
Isaú. Isaú. Isaú.
Arrebujada en la noche, desperté. La verdad había sido develada. Isaú existía. Era su voz la que escuché. Era suya la respiración que, como un pájaro, se cobijó en mi boca. Los sudores de su cuerpo humedecían mis manos.
—45→Vinieron otros sueños. Isaú en ellos. Su cabellera revuelta en los pajonales. Sus ojos de niño viéndome sin reconocerme. Su cuerpo de hombre laiana caminando entre mi pueblo.
Dormí de día para velar en la oscuridad. Temía de mis poderes. Un movimiento inadecuado podía desordenar el destino de los laiana. El mío.
La luz traía sosiego. La noche no. Para mí, que escuchaba el rumor de los astros cruzando el cielo eterno, la noche era el tormento.
-Carrayán.
-Shhh... No te escucho.
-Carrayán...
-No te escucho, Isaú. No debo escucharte.
Le mentí. Yo notaba su pensamiento antes de que a él le fuesen revelados. Pero era la primera vez. Nunca después de la muerte de Yanacuá me acerqué en cuerpo o espíritu (como hacía ahora) a hombre o mujer laiana que estuviese vivo. Y lo peor. Estas conversaciones ya no se daban en sueños sino en desvelo, a puros ojos abiertos.
Tenía que huir, pero adónde, si no podía salir del cerro de las ánimas. Y cada vez venía más clara la imagen, la voz. Hasta podía ver a Isaú bajo el enrejado de varas encorvadas cubiertas con paja donde duermen los laiana. A su lado, su padre soñaba con lunas muertas, pero él no, él me miraba a los ojos y repetía mi nombre, como yo el suyo.
Autorretrato
En una de las tantas noches de insomnio que tuve por esos días, pensé en mí, mujer laiana marcada por una memoria condenada a desaparecer. El sol inicial (el primero que tuvimos), la danza de las bestias bajo el firmamento, el espíritu sin proporción de las fogatas, el rumor de —46→ la lluvia trasponiendo la hierba, el movimiento en punta de las aves. (Todo morirá conmigo, Isaú, y tú no sabrás que existieron porque yo no te hablaré de ellas.)
Tuve tanto frío aquella noche. Mis piernas, endurecidas por la inmovilidad, me dolieron suavemente. Un presentimiento me hizo escrutar la oscuridad. Un hombre laiana acababa de morir. El olor de sus cabellos flotaba en el aire.
Me quedé esperando por las ancianas que no tardarían en subir al cerro trayéndome al difunto. Las escuché, las dejé entrar y salir y todavía esperé antes de recorrer el camino que me separaba de quien esperaba por mí. Estaba tan cansada. Hacía demasiado que no dormía.
Me fui acercando al cuerpo sin poder descifrar mis sentimientos. ¿Tenía miedo? No. ¿La falta de sueño me embotaba? Pero estaba despierta. ¿Era Madimón, molestándome con sus cosas? En el cerro de las ánimas él no tenía poder sobre mí. Pero temblaba y el aire que me entraba al cuerpo, como un filo congelado, me abría la carne.
Seguí caminando hasta encontrar el cuerpo tendido sobre las rocas. Entonces supe de quién se trataba, no sólo porque nada podía ocultarme un laiana, sino porque reconocí a aquel que, con los ojos cerrados, escuchaba mis pasos. Era Isaú.
Yo, Carrayán, pude en aquel momento ordenarle al impostor que llegó a mí fingiéndose muerto, que se retire y no vuelva, y él me hubiese obedecido. Pude marcharme y él no hubiese ido detrás de mí. Pude pedir a los elementos que con sus poderes arrojen a aquel muchacho fuera y que no permitan que vuelva. Pero nada hice.
Vi sus piernas quemadas por el sol. Su torso del color de la arcilla. Sus cabellos echados sobre los hombros, su boca. Todo como lo supe antes de ese momento.
—47→Me acerqué. Doblé mis rodillas encima de su pecho, pasé mis dedos sobre sus párpados. En ese momento, como en una fuente, sus ojos se desbordaron en los míos. El muchacho laiana se arrastró sobre el suelo retrocediendo. Temeroso, se cubrió el rostro con las manos.
-No tengas miedo, Isaú.
-Usted es la madre de mi pueblo.
-Sí, soy yo, Carrayán.
-Que el cielo me proteja.
-No voy a hacerte daño, Isaú.
-Usted no es como en el sueño. Usted no era así.
-¿Y cómo era, Isaú?
-Terribles desgracias caerán sobre los laiana.
-¿Cómo era en tu sueño, Isaú? ¿Cómo?
Quise tocarlo, una única vez, pero no me dejó. Él, que simuló la muerte para llegar hasta mí, ¿por qué no me dejó? En sus ojos no había amor, como en los míos, sino espanto. Quise acercarme, pero Isaú se arrojó sobre las rocas escondiéndose de mí. Extendí la mano para dar sosiego a su alma y, por fin, la suya amagó levantarse del suelo.
Algo en la pared me alarmó. El dibujo encorvado de una zarpa tiritaba en las rocas, suspendido en el aire. Seguí la proyección hasta darme cuenta de que aquella era la sombra de la mano que yo tenía extendida hacia el muchacho laiana. Las manos que él no quería tocar.
Corrí a la gruta sin volver la vista, sin detenerme hasta que caí al borde de la pantalla transparente del lago del valle de las avispas. Yanacuá me dijo que jamás me mire en él. «Las imágenes persiguen a su origen hasta darle muerte», me advirtió.
Yo, Carrayán, la que ve en la oscuridad, era la anciana del cerro de las ánimas, no la muchacha que Isaú vio en sus sueños y que yo pensé —48→ hasta ese momento que era. Mis ojos hundidos, mi boca asquerosa, mi cabellera despintada, mis arrugas. Eso era yo.
En la noche que comenzaba a cercarme, reconocí el silbido de Madimón anunciando el atardecer.
—49→
Una vez Cornelio lo echó en el piso. Pudo haberlo mordido, pero no lo hizo. Se quedó babeando sobre su cara hasta que el tío le pasó una piola por el cuello y a estirones lo sacó de la casa.
Su madre solía enojarse cuando recordaba la historia. Vos tuviste la culpa, Joaquín, le decía. El perro estaba comiendo y te fuiste a molestarle. ¿Te acordás que por eso tu papá lo regaló? Lloré mucho, Joaquín, ¿te acordás? Se acordaba de lo que ella decía, no de lo que pasó realmente, pero se callaba.
Después de todo era su madre la que reclamaba esos recuerdos. Era ella, entristecida por aquella vida donde hasta los sueños palidecían en el sopor de las interminables siestas de Santa Rosa, quien lo atormentaba con su memoria.
Él no era malo, Joaquín. Antes, cuando vos no estabas, él era lo único que yo tenía. Fue mi regalo de bodas, Joaquín, el mejor regalo que me dieron cuando me casé con el padre de usted, insistía.
El primer aullido lo escuchó cuando la luz comenzó a irse del cielo. Fue con el segundo que recordó a Cornelio. Tu madrina lo vio un día, —50→ Joaquín. Al perro lo mandaron a la frontera, un lugar bueno para nadie. El perro se acercó y le lamió la mano. Tu madrina dijo que le miró a los ojos, Joaquín, y desde entonces no puede dejar de soñar con él. ¿Te das cuenta? Después de tantos años todavía la reconoció.
Nadie notó su desaparición hasta las seis de la tarde, cuando Ramón Elizalde, el encargado de la única cabina telefónica del pueblo, llegó a su casa. Acostumbrado a su desamor, no esperaba encontrar a su mujer esperándolo en la puerta, pero le extrañó que el niño no venga a alcanzarle. ¿Y Joaquín?, preguntó. El olor a cebollas de la cocina le hizo lagrimear. No sé, debe estar por allí, le respondió su mujer sin mirarlo a la cara. ¿A qué hora llegó de la escuela?, quiso saber. La mujer espantaba con una mano el humo blanco que flotaba sobre la cacerola. Frente a ella, en el hueco de la ventana, un sol ya muerto caía detrás de la calle.
Dejame de embromar, Ramón, que estoy sacando la espuma del puchero. No sé qué te extraña si tu hijo cuando se queda jugando con sus amigos se olvida de todo. ¿Pero no averiguaste?, quiso preguntar, aunque no lo hizo. Salió a la calle todavía con la ropa del trabajo y caminó hasta la despensa.
-Buenas tardes. ¿No vino mi hijo por aquí? -interrogó-. No. Tampoco lo vio el vecino, cuyo niño era compañero de Joaquín y estaba en la despensa cuando Ramón entró.
Cuando tuvo edad para el primer grado y su papá hizo los papeleos para inscribirle, se lamentó de que en Santa Rosa no hubiese escuela.
-Y qué esperabas de un lugar como éste -le dijo su mujer cuando lo escuchó quejarse.
A veinte minutos de allí, en Santa María, estaba la escuela más próxima. Los padres pagaban un transporte escolar para que sus niños —51→ no hiciesen a pie el camino de ida y vuelta. Mediodía la salida, cinco y media de la tarde el retorno. Ésos eran los horarios que Joaquín sabía, tenía que cumplir, por eso estaba tan preocupado. Por eso y por los ladridos que parecían acercarse.
¿Cuánto tiempo estuvo de pie, los dedos ahogándose en los zapatos acordonados, el guardapolvos empapado en sudor, las mangas almidonadas que, sabía de sobra, no podía ensuciar sin disgustar a su madre?
El portafolios le pesaba en la mano. Se lo pasó a la otra, aunque hizo eso varias veces y siempre terminaba doliendo, quemando, picando. Todavía no lo quiso bajar. No había dónde, tampoco. Metió una mano dentro. Sus cuadernos, colocados en hileras, le dieron esa tranquilidad de las cosas que permanecen en su sitio cuando nada más lo está.
Podía buscar una sombra si salía del camino, cosa que descartó enseguida porque no podía arriesgarse a que su papá no le vea. Pero ahora que el sol había desaparecido ya no era el calor lo que lo atormentaba, sino el cansancio.
Convencido de que no podría mantenerse de pie mucho tiempo más, volvió a meter la mano en el portafolios, sacó el cuaderno de doble raya y arrancó una hoja. Cerró los ojos antes de hacerlo, convencido de que estaba cometiendo un sacrilegio.
Empujó con el mocasín una piedra, la cubrió con la hoja y puso encima el portafolios. Sus manos adormecidas se desperezaron causándole un dolor suave. Joaquín suspiró, miró el cielo. Las últimas luces de la tarde disgustaban a su madre. Me hacen doler la cabeza, le decía.
Los sábados, cuando se quedaban juntos en la casa, le mandaba bajar la persiana de la sala para tirarse con él sobre el piso embaldosado. Ella cerraba los ojos y los dejaba así mientras hablaba de su vida en la capital, antes, cuando no estaba casada ni Ramón tenía que ver con ella.
—52→Nació en un barrio adornado de luces de colores cada 15 de agosto, día de Nuestra Señora de la Asunción. Las casas abrían sus puertas, le contaba, se colocaban manteles de encajes sobre una mesa donde la imagen de la santa, llevada en procesión, visitaba los hogares cristianos.
Ella juntaba las manos en esos momentos y le enseñaba las oraciones que recordaba de aquellos tiempos. Esas escenas, tan queridas por él, terminaban cuando, antes de ordenarle que prenda las luces, la mujer le decía con voz amarga que todo acabó el día que Ramón Elizalde la arrancó de su hogar para llevarla a aquel pueblo donde ni los atardeceres tenían sentido.
Cuando la primera estrella apareció en el fondo del camino, Joaquín bebió el último sorbo de agua que quedaba en el termo del merendero. Envuelta en una servilleta de papel, todavía le quedaba una de las dos medialunas que su papá le metía en la cajita de plástico antes de mandarlo a la escuela.
Sus piernas desfallecían. Volvió a meter la mano en el portafolios, sacó de nuevo el cuaderno de doble raya, arrancó otra hoja, buscó otra piedra y, luego de forrarla con el papel, se sentó. Se sacó un mocasín, la media, luego el resto. ¿Dónde estaba su papá? Se le pasó por la cabeza hacer el camino de regreso a su casa de una vez, pero si él le mandó decir que lo espere allí no podía desobedecerlo.
Ramón Elizalde pasó por la casa para sacarse la ropa del trabajo y sin dirigirle la palabra a su mujer fue a buscar al chofer del transporte escolar para preguntarle por su hijo. Lo conocía como a todos en el pueblo, pero no tenía intimidad con él.
Se trataba de un hombre obeso, de unos 40 años, a quien encontró sentado en la mesa para la cena. Dónde está mi hijo, le preguntó. Lo dejé donde usted dijo, don Elizalde. Dónde es eso, que yo no sé nada de lo que —53→ me está hablando. En el cruce, don Elizalde, como usted dejó dicho, insistió, tratando de sacarse la responsabilidad de encima. Ramón Elizalde miró sus zapatillas, sucias de polvo, mientras sentía cómo el corazón comenzaba a temblarle en el pecho. Eran las ocho de la noche cuando él y el chofer golpearon la mano en casa del niño que recibió el supuesto recado.
«Él me suele tentar también, señor, por eso le hice la broma, pero pensé que se iba a dar cuenta y que iba a venir caminando». El chiquillo no miraba a nadie mientras hablaba. A su lado, su padre lo tenía prendido del brazo y de tanto en tanto le recordaba que era mejor que cuente todo si no quería aumentar los latigazos que ya se ganó.
Los perros, pensó Ramón mientras fue a su casa a buscar su rifle. El camino entre Santa María y Santa Rosa estaba atestado de ellos. La gente del pueblo arrojaba en el camino a los cachorros que sobraban en la casa, los abandonaban a su suerte, se olvidaban de ellos y cuando alguien hablaba de un ataque en el camino, nadie recordaba que algunas de esas bestias vagabundas podían ser aquellas que tiraron alguna vez.
Cuando asaltaban las casas de los linderos del pueblo eran esparcidos a fuego de escopeta, lo que hizo que aprendieran a mantener su distancia. Cuando el hambre los atormentaba destrozaban los terrenos baldíos que servían de depósitos de basura, y cada tanto arrasaban gallineros y huertas, pero se cuidaban de estar lejos de la vista de los habitantes.
Cuando la pequeña comitiva salía del pueblo para ir por fin a buscarlo, Joaquín, en mitad del camino, sentado sobre la hoja del cuaderno de doble raya, dejó de mordisquear su segunda medialuna. Algo se movía en torno suyo. Guardó las medias en el portafolios y se puso los mocasines. Una luna blanca iluminaba el camino. Tengo que volver a casa, dijo levantando el portafolios. Y entonces recordó, por tercera vez en aquel día, a Cornelio.
—54→Su madre le mintió. Si aquella tarde su tío no se lo sacaba de encima, Cornelio lo hubiese destrozado. Cornelio sólo quería a su madre, y ella sólo lo quería a él. No caminó demasiado. Los perros lo tenían cercado desde hacía rato. Sólo que ahora estaban frente a él.
—55→
Marie Giezmar entró a la sala en medio del vuelo acampanado de su solera de motas rojas. Era una mujer mayor, pero su piel bronceada y su pelo levemente dorado le daban ese aire de sensualidad que el Gordo le ponderaba cuando hablaba de ella.
Fue para verla que decidieron partir a la estancia desde allí (festejaban el egreso del secundario). Querían conocer a la mujer que obligaba a su nieto a orinarle entre las piernas.
Marie Giezmar era la abuela de Pablo Giezmar («el Gordo» para los chicos del colegio español). Vivían solos en el número 472 de una casa con fachada de madera y grandes árboles de tarumá echados sobre la entrada principal. En un garaje de dos puertas, un Mercedes antiguo y la camioneta que por seis años dejó al Gordo frente a la puerta del colegio vigilaban, inmóviles, la elegante avenida de Los Portales.
Sebastián Barros incorporó sus 1 metro 90 (era el capitán del equipo de básquet) del sillón.
-Un placer -dijo, conteniendo la risa.
—56→Cuentas de pulseras de oro y una cadena terminada en cruz completaban el vestuario de la mujer.
Los demás chicos corearon un «buen día» forzado.
-Les mandé preparar bocadillos. No olviden el botiquín y cuídenme a este hombrecito -dijo y desapareció con paso sinuoso, no sin antes achatar las mejillas regordetas de su nieto con un beso.
Tenían 14 años cuando el Gordo les hizo la confesión. Era noche de San Juan y por tradición, frente a una fogata que desafiaba la noche helada, los chicos acampaban en el patio del colegio.
Cuando le tocó el turno al Gordo (hacían una confesión por año) sus enormes mejillas quemadas por el resuello de las llamas adquirieron una severidad extraña. «No sé si debo hablar de eso», dijo. El juramento de fidelidad de la concurrencia lo alentó. Y entonces contó que Marie Giezmar, su abuela, lo despertaba a las cinco de la mañana desde que tenía cuatro años, lo llevaba casi dormido al cuarto de baño, lo subía sobre un taburete, le bajaba el pijama y, después de ubicar sus blancuzcas sentaderas sobre el water, le pedía que la rocíe con su orín.
La primera vez el Gordo se asustó y comenzó a lloriquear, no tanto por lo que se veía en la obligación de hacer sino por la impresión de estar frente a los genitales de su abuela.
-No me salió ni una gota, pero al día siguiente le di el gusto -confesó.
Dejó de hacerlo cuando entró en la pubertad. Ya no sos mi nene, le reprochó entonces Marie Giezmar, y lo dejó dormir en paz.
Si esperaron hasta este momento para conocerla no fue por falta de interés, sino por culpa de ella. Cuando no estaba de viaje repartía sus —57→ horas de tal manera que jamás la encontraban en casa. En seis años de secundario no asistió a reuniones de padres, actos conmemorativos o entrega de calificaciones, y si los chicos no forzaban las cosas posiblemente hubiesen terminado el colegio sin conocerla, lo que, teniendo en cuenta la impresión que el relato les causó, no podían permitir.
Cuando el ruido del auto de Marie Giezmar se diluyó en el aire, el jolgorio fue total. «Todavía tiene las nalgas duras», dijo el Gordo disfrutando del mal gusto de la frase.
El Gordo llegó recién en la secundaria, pero los demás se conocían desde el kinder.
Sebastián Barros comandaba el grupo. (Las chicas decían que tenía ojos angelicales.) Desde sus años de escuela se distinguió por sus centímetros exagerados y aquel tonito afónico que se le pegó mucho antes que a cualquiera. Quería estudiar ingeniería civil y desde que preparó un ensayo sobre los años 60 y los hippies, cambió sus zapatos deportivos por unas sandalias de cuero y su portafolios sansonite por una mochila de lona.
Él fue quien adoptó al Gordo.
José Valderrama era diferente. A los nueve años ganó fama al llegar a una especie de coma alcohólico sin que nadie se explique cómo (los chicos se encargaron de esconder las evidencias). Le gustaban las fiestas, las chicas y coleccionar revistas sucias. Tenía una cicatriz que le cruzaba la palma de la mano, consecuencia de una cortadura de navaja:
-Nadie es hombre antes de ver su propia sangre -declaraba con orgullo cuando le preguntaban por qué se hizo la herida.
Más pegado a los libros y menos a las juergas, Germán Varela ocultaba sus lecturas de biografías (le interesaban sobre todo las4 de los —58→ presidentes norteamericanos) desde que aprendió que aquellas actitudes no eran propias de su generación. Quería ser veterinario porque amaba a los perros, y soñaba con un postgrado en el extranjero.
Después estaba el Gordo.
Una melena enrulada (de color castaño) le cubría la nuca. A sus 17 años pasó la barrera de los 115 kilos, los que se le notaban sobre todo en su vientre fofo y en los pómulos redondeados. Eternamente vestido con jeans, remera y calzados deportivos, se ganó el aprecio de los muchachos cuando los salvó de un aplazo seguro.
Llegó en abril. Se mudó con su abuela después del período de inscripción, lo que hizo suponer alguna recomendación de peso detrás de su cara de recién llegado.
Hubo prueba sorpresa de Estudios Sociales aquel día. «Vamos a leer vuestras genialidades en voz alta», amenazó la bigotuda de turno (cada año había una). Veinte minutos antes del tope de entrega, Sebastián recibió, pulcramente copiadas en un papel minúsculo, las respuestas de manos del desconocido.
A la salida se hicieron las presentaciones y a partir de ese momento nadie se burló del Gordo sin recibir una golpiza a cambio. «Es nuestro amigo», decía Sebastián para poner en aviso a los osados.
Fue él quien sacó el tema después que se fue la abuela. (Nadie dudó que lo haría, pero hubiesen deseado que esperase más):
-Nosotros, Gordo, tenemos una deuda contigo. ¿Te acordás...?
¿Cómo podía olvidarlo? Fue la noche que Sebastián Barros propuso aprovechar la ausencia de la abuela del Gordo, para beber las últimas cervezas de la fiesta de primavera en la casa Giezmar.
—59→José Valderrama dio la idea. «Quitate los pantalones», le dijo. Los demás festejaron la ocurrencia con una risotada. «Vos nunca te bañás con nosotros, Gordo. Nunca te vestís ni desvestís. Es hora de que te la veamos. O qué, ¿acaso tenés algo que esconder?»
El silencio del Gordo encendió el entusiasmo. Cuando hizo el gesto de huir (estaban tendidos sobre la alfombra) las manos huesudas de José trabaron sus tobillos.
-Hicimos mal, Gordo. Vos nos perdonaste porque sos bueno, pero no queremos terminar el cole sin pedirte disculpas.
-No, los perros, ya ni me acuerdo. Además, estábamos en pedo.
-Vos sos bueno, Gordo. A vos no te importa lo que pasó. Pero la pasaste mal por culpa nuestra. ¿Te acordás, Gordo? Es nuestra responsabilidad, boludo.
Cayó de espaldas. Alguien le atajó las manos. Alguien más se encargó de los pies. Y después aquello. El cinto destrabado con violencia. El cierre corrido. La vergüenza.
-Perdonanos, Gordo. Vos sos un tipo formidable. Mirá que no decir nada después de lo que te hicimos...
No se quedaron para ver sus lágrimas. Sorprendidos de su propia violencia, huyeron en la camioneta de Sebastián. Cuando amaneció buscaron al Gordo en la fila del colegio. No estaba. No apareció ni siquiera para la partida de ajedrez en casa de Germán, después de clases.
-Si pudiésemos borrar lo que hicimos, Gordo.
-Déjense de boludeces y ayúdenme de una vez a sacar del garaje las lámparas, que adonde vamos nada se enciende sin ayuda -dijo dando por terminada la conversación.
—60→Partieron al mediodía.
Llevaron la doble cabina de Sebastián además de un carrito donde amarraron provisiones y mochilas.
El Gordo dejó en claro desde que decidieron pasar unos días (antes de la ceremonia de graduación) en la estancia que pertenecía a su abuela, que él se encargaría de las bebidas. Los demás pusieron lo que faltaba.
Tenían seis horas de viaje hasta el desvío Zanjita, lugar desde donde todavía quedaban dos horas hasta la estancia. El Gordo contó que «Los Naranjos» (así se llamaba la propiedad) fue abandonada por la peonada después de la última inundación (los terrenos tocaban el río), así que no serían más que ellos, el bosque y lo que pudiesen encontrar allí.
Hubo turnos de una hora y media en el volante, paradas improvisadas (los líquidos llevados al cuerpo lo exigían) y enormes horizontes tendidos por donde la vista se asomaba.
Aquella madrugada, hacía dos años, Sebastián vomitó. ¿Cómo fueron capaces de atacar al Gordo? José le sostuvo la cabeza como sólo un amigo sería capaz de hacer.
Descubrieron el secreto de Pablo Giezmar. (Jamás supieron que tuviese uno.) Si él les hubiese dicho todo sería distinto. Germán seguramente ofrecería a su padre, el doctor Varela, para que lo viese. «Muchos adolescentes tardan en desarrollar sus órganos sexuales, Gordo, y nadie muere por eso», lo hubiese consolado.
Pero él no les dijo nada. Lo ocultó y seguramente contuvo a solas su angustia, mirándose en el espejo del baño sin entender por qué —61→ aquella carnecita rosada seguía siendo la que tuvo de niño, mientras el resto de su cuerpo lo iba convirtiendo en un hombre.
-No teníamos derecho, hermano. Siento casi como...
-No exageres, Seba. ¿Cómo podíamos saber que él la tenía así? Me dio asco verle el gusanito, como si tuviese siete años. Está enfermo, Seba y nosotros no tenemos la culpa de eso -dijo aquella madrugada José Valderrama para consolar a su amigo, después de limpiarle el vómito de las ropas. Lo recostó en el asiento trasero de su camioneta y lo llevó a su casa.
Al día siguiente un velo de silencio alivió la culpa. Y cuando el Gordo finalmente apareció, asumió la actitud que a todos conformó: Hizo de cuenta que nada pasó.
Sebastián miró su reloj. Eran las seis de la tarde. El cielo estaba en carne viva y, además de los bichos aplastados contra el parabrisas, no hubo más novedad que el relevo de luces del atardecer y la resolana picando en los brazos.
El Gordo dormía y los muchachos canturreaban un tema de Freddy Mercury.
-Gordo, despertate que ya te toca -dijo Sebastián en el momento en que estacionaba la camioneta en el desvío. A partir de allí el camino de tierra obligó a levantar ventanillas y encender el aire acondicionado.
«Amigos son los amigos». Así se llamaba el tema. Sebastián entrecerró los ojos. La pantalla colada de luces de sus hermosos párpados de adolescente le dieron una sensación de reposo.
-Estamos llegando -anunció el Gordo.
—62→Un enorme portón de madera cortaba el paso. Sostenido por argollas oxidadas, el cartel «Los Naranjos» crujía con los arrebatos de la brisa. Pasaban de las ocho.
Siguieron una senda mal iluminada por las luces de la camioneta. El Gordo apagó la radio. Sonidos secretos llenaron el aire.
-No se asusten, señoritas. Son sólo ranas -se burló.
Detrás de las ventanillas del vehículo, la oscuridad se espesaba. Cruzaron un puentecito de madera que servía de acceso a un descampado. Allí, recortada bajo la luz de la luna, la mole indeterminada de un caserón anunció el fin del viaje.
El Gordo buscó las lámparas cargadas al tope con kerosene y a medida que las fue prendiendo se despegaron de las sombras el galpón protegido por barandales de madera, las planchas de tela metálica que cubrían las ventanas delanteras, el piso de ladrillo, los sillones abandonados, la enorme puerta asegurada con doble candado.
-Hace frío -observó Sebastián mientras prestaba oídos a lo que, terminó concluyendo, no era sino el silencio en una intensidad que desconocía.
Decidieron instalarse en la sala principal (ahora un recinto desamoblado) cubierta de polvo y olores antiguos. Bajaron las bolsas de dormir, los víveres y las bebidas y se ubicaron alrededor de una de las lámparas. Las otras dos se reservaron, por indicación del Gordo, para la madrugada y la noche siguiente.
En medio de aquellos pisos que chasqueaban bajo la mínima presión, no se animaron a buscar el baño. Para salir del apuro decidieron usar el galpón (dejaron caer los chorros de orín sobre una plancha de zinc), parados en un último escalón tragado por la oscuridad).
—63→-Esto es vida, carajo -dijo José al tiempo que lanzaba un eructo.
-Y eso que todavía ni comenzamos la fiesta -dijo el Gordo chocando la mano con su amigo que no terminaba de levantarse el cierre.
Después que acabaron sus raciones de atún y arvejas, el Gordo abrió las conservadoras. Eran dos, herméticamente cerradas, y una tercera que les proveyó de cerveza durante el viaje.
-¿Qué es? -preguntó Germán.
-Una combinación del diablo. Si no tenés estómago, amigo, es mejor que te retires ahora -advirtió el Gordo mientras volcaba el líquido dorado en vasitos de plástico.
-Venga, boludo, que la noche se presta -se apuró José.
Sebastián esperó un poco, pero el entusiasmo de los muchachos terminó por animarlo.
El Gordo se esmeró tanto en llenar los vasos una y otra vez que cualquiera diría que no tuvo tiempo de llevarse el líquido dulzón a la boca. En la radiograbadora portátil sonaba un tema de Rod Stewart.
-Che, no seas cerdo, Gordo. Dejá las arvejas que mañana nos vamos a morir de hambre -bromeó Sebastián mientras se servía del termo que, con cada chorro, levantaba un vaporcillo congelado.
-A ver, muchachos, ¿qué es lo que vamos a extrañar más del colegio? -interrogó Germán. La llama de la lámpara copiaba sus formas anaranjadas en los ojos de los jóvenes.
-Los pechos de la cincuentona de inglés -dijo José haciendo el gesto de lamerse los labios.
-Contigo no hay caso, Valderrama. Siempre con las narices húmedas -le reprochó Sebastián-. Yo los voy a extrañar a ustedes, mis amigos, mis hermanos... Ay, ay...
—64→-¿Qué te pasa, Seba? ¿Te sentís mal?
José quiso correr al auxilio de su amigo. Empujó con la mano el cobertor acolchado que lo envolvía, pero un dolor en las piernas lo tumbó boca abajo. «Gordo, vení Gordo», dijo. La cabeza le daba vueltas. Un zumbido dentro suyo lo hundió en una ceguera pegajosa. Todo parecía flotar en un caldo confuso donde había ganas de vomitar, ganas de sacarse del cuerpo ese dolor extraño, esa punzada lastimando sus entrañas. Quiso gritar, pero un gemido mudo se le atoró en la garganta. Entonces se desmayó.
Cuando recobró la conciencia (no supo cuánto tiempo después) el dolor no se había ido. Tenía la frente caliente y un sudor enfermo humedecía su cuerpo. Tumbado sobre su bolsa de dormir, pudo sin embargo mover los párpados. Imágenes desatinadas le detonaron en las pupilas. Bultos sin forma, salpicados de colores intensos. Había sonidos que en vano quiso reconocer. Murmullos que no se parecían a nada que hubiese escuchado en la vida. Algo que se le antojó podía ser el soplido de un animal.
Cerró varias veces los ojos hasta que, con pesadez, la visión se le fue ajustando. Vio a Germán tendido cerca suyo. Estaba revuelto en su bolsa de dormir, con la cara echada sobre el piso. Como el dolor le impidió mover la cabeza, tuvo que hacer un último esfuerzo para distinguir detrás de la lámpara. De allí venía el quejido que ahora parecía más firme. Más intenso.
La cara desfallecida de Sebastián fue lo primero que reconoció. Con los ojos cerrados y la boca abierta, temblaba sobre un líquido que, aún en medio de su mareo, José5 reconoció. Era vómito. Tenía el brazo derecho (el único que podía ver) extendido a un lado y los dedos amoratados.
—65→José bajó la vista con cuidado (temía perderse de nuevo en su inconsciencia).
Entonces lo vio.
Mientras extendía con una mano el líquido que brotaba de las nalgas de Sebastián Barrios, el Gordo empujaba. Una y otra vez. Montado sobre su amigo como un animal, con el pantalón por debajo de las rodillas, murmuraba entre sollozos: «Perdoname Seba. Ay Seba, perdoname».
Antes de rendirse a la intoxicación, José todavía creyó ver el sexo hinchado del Gordo hundiéndose entre las piernas de su amigo.
—66→ —67→
Con su inapelable inclinación a la tristeza, la sombra corva de sus pájaros, la humedad de plástico de sus jardines. Con la marea perpetua de los gatos sobre sus murallas, el gancho aterciopelado de sus lunas menguantes, su ruido de sapos, sus madrugadas blancas. Ella, la casa de la infancia, desdobla sus esquinas y termina ocupando a quienes la habitaron, enteramente, invirtiendo los sitios.
—68→ —69→
Puede quedarse la tarde entera siguiendo los círculos que la brasa, ya apagada, dibuja en el recipiente de acero inoxidable. Se llama Paola Urzúa y en aquel momento termina de preparar el cocido quemado para la merienda del abuelo.
Una sombra cruza el corredor.
Paola descubre el movimiento detrás de la ventana. Se saca las zapatillas, da unos pasos, se acerca a la puerta y corre la tranquilla de metal. Un sonido seco tiembla en el aire.
-Paola, abrime -le suplica Rafa desde el otro lado.
Es lo que más le gusta. Atrapar con la espumadera el bulto deforme del carbón. Acercarse a la jarra con los ojos cerrados y aspirar ese aroma verde mate que le recuerda cosas sobre las que no tiene memoria. Cosas que son ella, en algún lugar de su ser. Busca la taza de porcelana blanca en la gaveta adornada con rosetas de madera y se siente feliz de que por fin la llovizna caiga.
—70→Desde la mañana (es su cumpleaños) estuvo pendiente de las hojas de mamón, de ese colorcito oscuro que toman cuando los aires son del sur. Las nervaduras hinchadas, vigilantes, cada poro abierto al cielo como quien espera el cumplimiento de una promesa. Después vino el choque de las persianas sobre los vidrios, pero es recién ahora, a la hora en que el abuelo ocupa su lugar en el comedor, que comienza a llover.
El olor a tierra mojada no tardaría en levantarse. El cabeceo del jardín bajo el peso de una oscuridad sobredimensionada por la vastedad de la lluvia. Por segunda vez aquella tarde, la muchacha suspira. Cumple diecisiete y, de no ser por el sonido de la llovizna rozándola con su pulso antiguo, casi diría que está triste. Coloca la vajilla en una bandeja donde su pelo ondulante encuentra refugio, ubica el pan y camina, suavemente, hacia la puerta.
Recuerda la luz de los autos cruzando la avenida. La calle empedrada y el atardecer, pero el rostro de su madre se le escapa dejándole sólo el trazo, la línea de unos pómulos parecidos a los suyos. Tenía seis años. Antes de soltar su mano la mujer le dijo que empuje el timbre y se quede esperando. Después, corrió. Su sobretodo oscuro dobló la esquina. Recordaba la sensación de abandono agigantando las sombras que comenzaban a encerrarla.
Si el abuelo no hubiese salido a ver los crotos aquella tarde, nadie sabría que estaba allí. Agachada detrás del portón de hierro. La cabeza metida en el vestidito a cuadros. La certeza de que quien la había dejado jamás volvería por ella.
Rafa es el nieto del abuelo. Tiene dieciocho años y un retardo mental del que nadie en aquella casa, excepto ella, parece darse cuenta.
Alguna vez le tuvo miedo. A él y a Nenucha, su madre. Cosa extraña que se lo haya perdido la noche que despertó y lo encontró a la orilla —71→ de su cama, con el pantalón a la altura de las rodillas y su cara de enfermo. No gritó por miedo aquella vez, sino para que el abuelo lo viese.
-También llovía, entonces.
Para evitar desgracias el abuelo mudó a Paola en el dormitorio contiguo al suyo. Rafa protestó. Juró que no lo volvería a hacer (quería conservar a la criada cerca suyo) y hasta recurrió a su madre, pero el viejo dueño de casa ya lo decidió. Para reforzar su determinación, colocó soportes de hierro a media altura de la puerta y enseñó a Paola a pasar los travesaños por él. Entonces dio por terminado el asunto.
Fue por esa época que el muchacho tomó la costumbre de vagar en la oscuridad. A veces arrastrando los pies como el abuelo contaba que hacían las ánimas. O rasgando con sus uñas de nene consentido la ventanita de vidrio del cuarto de Paola. Cuando se cansaba, cuando sabía que hiciese lo que hiciese ella no le abriría porque no le tenía confianza, se dejaba caer detrás de la puerta y gemía, como un crío.
-Te voy a cortar. Vos sabés que te voy a cortar -amenazaba. Muchas veces lo hizo. Tenía fijación con los extremos filosos, con las tijeras, con los cuchillos pequeños, con los bordes de los vidrios. Siempre dejaba en punta lo que tocaba y hasta el abuelo alguna vez fue víctima de su anormalidad.
-Andate de acá, pendejo de porquería -le retaba Paola. Luego buscaba en el aire el soplo acatarrado del abuelo y recién cuando lo encontraba, con una irreal sensación de seguridad, se acurrucaba en la cama.
Nenucha no necesitó apartar la vista del ruedo del mantel que reforzaba con punto de cadeneta, para adivinar a la criada. Su paso regular llevando la merienda hasta el comedor.
—72→Nunca entendió el apego de su padre a esa muchacha. Ni siquiera con Rafa, su único nieto, tuvo la mitad de atención que la6 que le daba a ella. Y ahora cumplía diecisiete y andaba por la casa con aquel pelo castaño, aquellos hombros puntiagudos, aquella cintura que para nada bueno se había arqueado.
Su altivez, por encima de todo, era lo que le molestaba. ¿Altiva por qué? Si por lo menos hubiese querido a su Rafa, aunque no hubiese sido de verdad. ¿Acaso le pedía que fuese de verdad? Pero ella no. Y aquella figura espigada. Aquella cadera redonda desapareciendo detrás del ruido de la lluvia. Aquellas piernas acariciadas por el vuelo de la faldita almidonada.
Sentado en la punta de la mesa, el abuelo se dejó servir. Tenía la vista perdida en algún punto cuyo acceso era sólo conocido por él. (Los años inventan esos espacios excluyentes.) Paola cortó en pedazos el primer bollo de pan y se los fue echando en la taza. Había un silencio blando. Un silencio apenas tocado por el chapuceo del anciano en la taza de loza.
Paola levantó el rostro; su gesto era de hastío. Detrás de los ventanales enrejados que daban al jardín, la sombra de Rafael tiritó. Se estaría mojando con las ráfagas de agua que, esparcidas por el viento, rompían sus puntas en el corredor. Pero seguía allí, vigilándola.
Todavía tenía seis años. El abuelo la tomó de la mano, le limpió las hojas pegadas a su vestido y la metió en la casa. Había una lámpara de flecos en un estarcito tibio. La fotografía de una mujer -la abuela, supo después- adornada con flores de tul. Hubo preguntas. Un llamado telefónico. «La dejaron en mi portón. No sé qué hacer», dijo el abuelo.
-Nenucha, traeme el catre -gritó después.
—73→Hubo una discusión. Un «¿estás loco, papá? Llevala a la comisaría y listo». El abuelo extendiendo el catre. Envolviéndola con sus enormes manos de hombre bueno. El fomento de mentol en su frente, antes de que el sueño la ponga a salvo.
Al día siguiente conoció a Rafa. Después del desayuno, se dejó llevar por él hasta el gallinero.
-Hacé lo que te digo -le ordenó.
Aquel niño, que todavía era un extraño en su vida, le pidió que meta el dedo índice en el recto de la gallina que tenía en los brazos. Ella no quiso. Él tenía un cortaplumas en la mano.
-Si no le metés el dedo, yo le meto el puñal -amenazó.
Paola se quedó frente a él sin saber qué hacer.
Sosteniéndole la mirada, Rafael se arrodilló, apretó a la gallina contra el suelo y le hundió la hoja de metal en el trasero.
-Vos tenés la culpa. Te dije que me hagas caso -acusó mientras abandonaba a su víctima en el lodo.
-Ahora vení -insistió-. Tenemos que saber si van a poner huevos. Vení y hacé lo que te digo.
Paola desmenuzó el último bollo de pan.
-Con su permiso, abuelo -dijo y se fue a encender las luces del pasillo.
El barrio creció alrededor de la casa sin tocar su enrejado de jazmines, su paseo de crotos, sus ventanales de estilo colonial (largos y —74→ con paneles de vidrio), su puerta de quebracho por donde se accedía al corredor que separaba en dos la construcción. En el ala derecha, los dormitorios del abuelo y de Paola. En el izquierdo, la salita de costura de la tía Nenucha y los cuartos de dormir y de aseo.
Había un patio interior cubierto de verde pelusa donde crecían mamones y rosas. Allí, una vez instaladas las sombras, se daban cita las estrellas y el aire se llenaba de fragancias inocentes. Enfrentados, los corredores por los que se accedía a la cocina por un lado y al comedor por el otro, cerraban en U achatada la antigua edificación.
Paola jamás dijo que aquellas ventanas cubiertas con cortinas de encaje antiguo y dobladillos bordados en hilo blanco, el cielorraso altísimo, las persianas que cubrían los espacios entre pilares del corredor, la eterna penumbra de las habitaciones, el encendido silencio de la siesta, todo allí, hasta el abuelo, le daban una tristeza tan grande que cuando nadie la veía se ponía a llorar. Una vez Rafa la vio.
-Sos una lela -le dijo.
Cuando volvió de prender los focos, el abuelo todavía estaba en la mesa.
-¿Qué pasa, abuelo? ¿No va a leer sus diarios?
-Tengo un regalo para vos, muchacha.
-Abuelo, no tenía por qué...
-Anda, abrí la puerta que están llamando.
El tobogán se quedó en el pasillo central de la casa esperando que la lluvia ceda.
Era una única pieza caída en declive y adornada a los costados con barandillas. La rampa estaba construida con dos pedazos de madera —75→ unidos entre sí por una especie de cemento que el lustre disimulaba. Por detrás, una serie de gradas finamente pulidas, a los lados, soportes de 5 centímetros para sostenerse.
-Es mejor que no lo saque, señorita. El lustre se hincha con la humedad -le dijo el hijo del carpintero que fue quien lo llevó a la casa. Se llamaba Ricardo.
Paola lo recordaba de haberlo visto en sus caminatas con el abuelo, los sábados a la tarde, a la vuelta de misa. Muchas veces sintió cómo el taladro enmudecía mientras cruzaban frente al tallercito. En medio de una nube de aserrín, Paola descubrió alguna vez los ojos del joven. Los mismos que en aquel momento se fijaban a los suyos.
-Cumple diecisiete, ¿verdad, señorita?
Le dijo que sí adivinando alguna conversación entre aquel joven y el abuelo, pero se negó a probar el tobogán porque le daba vergüenza arrojarse frente a un extraño.
-Se acuerda de mí, ¿verdad? Yo siempre le quise hablar, pero usted es tan seriecita que no me animé. En el barrio le respetan mucho, señorita, y eso está muy bien.
Se fue, pero prometió volver para colocar el tobogán en el jardín. Cuando cerró la puerta, Paola tocó sus mejillas. ¿Y ese calorcito suave?
No escampó, pero Ricardo volvió para dejar un tarrito de lustre que, dijo, podía ayudar contra la humedad. Era sábado y pasado el mediodía, así que Paola preguntó al abuelo si podía recibirlo.
-Vaya, mi hija, pero despida pronto al mozo que Nenucha se va a enojar -advirtió.
—76→Cuando el hijo del carpintero se fue, la llovizna se espesó y los focos tuvieron que encenderse antes de tiempo. Faltaba poco para la cena. El abuelo arrastró su sillón hasta la ventana del dormitorio, se cubrió las piernas con un chal de franela y se abandonó al espectáculo de la intemperie. Paola apareció de la nada. Sostenía en una mano el agua de limón que le daba antes de la cena.
-¿Qué piensa, abuelo?
-Nada, mi hija.
-Eso no es verdad. ¿Por qué no me quiere contar?
-Las palabras ya no le sirven de nada a un viejo como yo, Paola.
La chica se acercó a la ventana, bajó sus labios hasta una mejilla del anciano y le rozó con un beso.
-Tengo que preparar la mesa -le dijo. Por la puerta entreabierta el abuelo vio cómo la luz del pasillo caía encima de la muchacha. Algo dolió en su interior. Años atrás, ese mismo ritual cuya importancia notaba ahora fue cumplido incansablemente por la mujer que amó.
Fue bien entrada la tarde (era domingo) que la lluvia dejó de caer. En su lugar, un cielo todavía cargado de nubes dejaba ver (de tanto en tanto) el hueco sin fondo del universo. Paola dejó la ventana, volvió a enchufar la plancha y se sentó en medio de las ropas que amontonó sobre la cama. Estaba sola y agradecida de que el abuelo no la obligue a ir a esas visitas de parientes que Rafa odiaba tanto.
-Si usted no quiere, no tiene por qué acompañarnos -le dijo el abuelo la primera vez. Y ella nunca fue. Y se quedaba con toda aquella casa para ella sola, en ese silencio del que se sentía parte, pieza, partícula. Diecisiete años. Y nunca tuvo en la boca el milagro de un beso, o sometió su alma al movimiento circular de unos ojos cerrados sobre los suyos. Sí, los imaginaba así. Dando vueltas como un girasol en trompo —77→ hacia la luz encendida de sus pupilas, hacia ella, que seguramente tendría miedo y que otra vez vería el sobretodo oscuro de su madre doblando la esquina, como le pasaba siempre que se emocionaba.
Pero nunca hubo nadie. Sólo aquel muchacho. El de la carpintería. El recuerdo de sus manos en la última despedida.
Aprovechó las compras de la mañana para cruzar enfrente. Él la vio. Se limpió las manos con algo que arrojó a un lado y la vino a saludar.
-Ya podemos sacar el tobogán -le dijo. Tenía que pedirle permiso al abuelo.
-Si quiere, vamos juntos -se precipitó el joven. Pero ella no sabía, aunque él ya estaba caminando a su lado con esa sonrisa, esos labios que la miraban desde algún lugar apartado, desde una tibieza a la que Paola, sin dejar de desear, le tenía miedo.
Lo dejó en el recibidor y cuando volvió, el abuelo la acompañaba.
-Gracias por su gentileza, muchacho. Dígale a su padre que no esperaba menos de un hijo suyo.
Lo llevaron a empujones hasta el patio. Señalado por el abuelo, el tobogán ocupó la esquina norte del jardín. «Ahí no va a molestar a las rosas», explicó. Haciendo de cuenta que no lo veía, Paola encontró la mirada de Rafa espiando detrás de una ventana.
Por supuesto, se negó a probar el tobogán. El abuelo insistió tanto que para librarla del compromiso Ricardo se ofreció. Era perfecto. Ni una astilla. La caída tan suave. Ricardo avergonzado pero feliz, demorando el resbalón para enseñar cómo se hacía.
-Acompañe al joven hasta la puerta -ordenó el abuelo que también vio a su nieto escondido detrás de la ventana.
—78→-Paola -llamó el muchacho.
Eran las ocho de la noche de ese mismo día. La voz se escurrió desde el jardín de la entrada, traspasó el corredor principal y llegó hasta ella, que en aquel momento se disponía a hundir las trancas de la puerta en la abertura del piso.
Hubo un momento de vacilación, un segundo de duda, pero la voz volvió a sonar y entonces la muchacha se asomó a la oscuridad.
-Soy yo, Ricardo. Vení que quiero hablarte -dijo sin dejarse distinguir.
Paola miró hacia el interior del caserón. No había nadie. Cruzó el pasillo clareado por la luz escasa de una luna cuya posición no tuvo tiempo de fijar, sintió la frescura del aire y oyó crepitar a los crotos, las rosas, las madreselvas, mientras se arrimaba al cercado.
-¿Qué hacés acá? Si el abuelo te ve...
Primero sintió la boca de Ricardo como un peso tibio sobre los suyos. Después el líquido pegajoso en sus dientes, en su lengua.
-Te quiero -le dijo Ricardo detrás del tejido de alambre. Ella no respondió. En ese momento escuchó que la llamaban. Era Rafa. ¿Acaso la vio? Paola cruzó a su lado tratando de disimular su arrebato. Algo siniestro llenaba al aire.
El accidente se produjo a primeras horas de la mañana. El abuelo encontró a Paola al pie del tobogán, casi muerta. Estaba cubierta de heridas sangrantes cuya ubicación o naturaleza no se pudieron precisar hasta que los médicos le abrieron las ropas con una tijera.
—79→Tenía un corte profundo a lo largo de la espalda, incluyendo cuello, parte de la cabeza y las nalgas. La incisión abrió tejidos, dejó al descubierto una parte del omóplato izquierdo y cortó en tiras los músculos que fue tocando. Cuando una enfermera cortó la goma de la ropa interior, el recto apareció destrozado, con un tajo que se hundía entre las piernas.
El abuelo pasó la mañana en el hospital, hasta que el médico le recomendó que fuese a su casa a descansar. El anciano le hizo caso. Ricardo, que apareció en el sanatorio apenas corrió la noticia en el barrio, se ofreció a acompañarlo.
-Le voy a calentar un poco de leche -le dijo cuando llegaron.
El abuelo no lo escuchó. Movido por pensamientos largamente repasados caminó hasta el lugar donde aquella mañana encontró a Paola. Alguien había limpiado la sangre. Todo estaba mojado, incluso las rosas, pero el chorro de la manguera no pudo diluir los coágulos que se formaron incluso antes de que la ambulancia llegue.
-Mire, don Urzúa -dijo Ricardo que siguió al anciano sin hacerse notar.
Al principio el abuelo sólo vio el dedo del muchacho palpando algo que sobresalía en el lugar en que las dos planchas del tobogán se unían. Se acercó. Puso el dedo y algo filoso le abrió la piel.
-Cuidado. Son hojas de afeitar -notó Ricardo.
Tenía razón. Encontraron dos más antes de que entendiesen lo que pasó.
Esa noche, cuando Paola recibía su primer beso de amor entre las matas de jazmines, Rafa la vio.
—80→Esperó la madrugada, cuando las luces del cielo comenzaron a languidecer. Entonces dejó la cama, buscó las alpargatas, se agachó y cuando se incorporó caminó por el cuarto apretando una caja de cartón sobre su pecho. La caja donde guardaba los tesoros de su infancia.
Pensó que no daría con el lugar indicado para colocar las hojas de afeitar que sacó en un puño. Probó la hendidura que unía las dos láminas del tobogán y el cemento fijó la filosa placa que, puesta en serie, una seguida de la otra, se convirtió en una sola cuchilla extendida de extremo a extremo y que Paola no pudo notar aquella mañana, cuando decidió inaugurar su regalo.
El primer corte vino como un relámpago. La muchacha quiso esquivarse, volverse atrás, arrojarse a un costado, pero el declive resbaloso la fue trayendo por encima de su dolor, de su desesperación. La caída duró para ella una eternidad donde las cosas se le iban escurriendo en el lodo de sangre que le brotaba de entre las piernas. Cuando llegó al suelo, hacía mucho había dejado de sentir. De tratar de saber qué pasaba. De mover los labios para llamar al abuelo. De pedir la ayuda que le llegó después del desmayo.
Cuando el cuerpo inconsciente quedó al lado del tobogán, Rafa7 volvió a la cama. Le pareció que su madre estaba despierta, pero no le importó. Sólo quería volver a dormirse, y lo hizo cuando la ambulancia dejó de zumbar y la casa recobró su mudez acostumbrada.