Santiago de Chile, 18 de enero de 1896.
Señor Presidente de la Sociedad «Unión Americana».
Señor:
He recibido y agradecido el nombramiento de Socio Honorario con que esa en buenhora restablecida asociación ha querido quizá reconocer los esfuerzos que estoy haciendo de antiguo, aquí mismo, y en compañía de hombres cuya desaparición me tiene hoy desorientado en Chile.
Diciendo la verdad, que es mi deber, en el primer momento consideré inútil, e inoportuno el restablecimiento de la «Unión»: inútil, porque, si para Cuba, ya Cuba está en el último eslabón de su cadena; inoportuna, porque este es el momento de mayor desunión que ha conocido la «familia desunida». Mas como el pesimismo es corto y el optimismo es largo en las conciencias honradas, estoy pensando que si la intención de bien no es nunca inútil, siempre es oportuno el propósito de ayudar a los pueblos a ser buenos.
Para guiarlos a ese término no hay objetivo más lejano, pero tampoco lo hay más seguro que la unión.
Si empezamos por establecerla entre nosotros mismos, y trabajando con inteligencia conseguimos fundar una verdadera unión nacional en todos nuestros pueblos americanos, sobre ella podría al fin fabricarse la unión americana.
Con doctrina de Monroe, o sin ella, ayudando a los norteamericanos o dejándose ayudar de ellos, como precaución contra Europa o como afirmación de una personalidad internacional que es capaz de impedir la traten como a colonia africana u oceánica, la unión americana será la política que la necesidad imponga al porvenir.
Como tendrá que empezar por ser política nacional para que llegue a ser política internacional, bien pueden ustedes ser los precursores.
De todos modos, languideciendo en el abandono o prosperando en la opinión, la Sociedad que aspira a defender ideas y propósitos de unión, debe resistir a la muerte, y conservarse para el día inopinado, que, de seguro, llegará a deslumbrar miopes, a despertar dormidos y a galvanizar paralíticos.
E. M. Hostos.
Santiago, Ch., 1, 20, 96.
Señor T. Estrada Palma.
Nueva York.
Estimado amigo y benemérito compatriota:
Como no he tenido una sola carta de Ud., desde que el señor Agüero me entregó dos, a su llegada, limitaré ésta a acusarle recibo del opúsculo que contiene el discurso del señor Sanguily y la cariñosa dedicatoria de Ud., y a incluirle el último de los artículos que aquí se ha publicado acerca de los trabajos y pruebas del Liceo que dirijo, y con los cuales se prueba que no hay necesidad de estar en el campo de batalla para batallar contra injusticias, torpezas y maldades.
Las noticias de Cuba que aquí llegan por telégrafo me tienen complacidísimo: la del reemplazo de Martínez Campos por Weyler, que es el reemplazo de la moderación por la violencia, me parece una nueva, sobre las mil proclamaciones de victoria que han estado trayendo los telegramas.
De lo poco que aquí se puede hacer ya estará Ud. informado por el Agente: el pueblo, aunque tibio, cada vez más amigo; el Gobierno, aunque sin sentirlo, cada vez más enemigo.
Como estoy seguro de que nada de lo que hagan estos débiles, contra o pro, influirá en nuestro destino, le envío mil expresiones de júbilo por la próxima terminación de la obra.
Con expresiones de consideración y afecto.
E. M. Hostos.
Santiago de Chile, febrero 26 de 1896.
Señor D. Eloy Alfaro,
Presidente del Ecuador,
Quito.
Señor:
En septiembre, al reencargárseme la delegación por el numeroso grupo de venezolanos, cubanos, puertorriqueños y otros latinoamericanos que componen el Centro Propagandista Cubano de Caracas, uno de sus miembros más decididos, el general Próspero María Barrios, me escribía:
No habiéndose presentado antes de ahora el caso necesario para que yo me decidiera a distraer de sus atenciones de Estado al Presidente del Ecuador sobre quien más habrán ellas pesado, consideré de simple discreción no hacerlo. Mas desde la carta del Jefe del Ecuador al de España, en solicitud de solución para el problema de Cuba, asunto e interés de Estado para el Ecuador son el asunto y el interés de vida o muerte que es para todos Cuba.
En consecuencia, al utilizar la recomendación del general Barrios, no cometo ya una indiscreción; y quizá, al contrario, puedo cooperar de algún modo al fin que, con tan noble solicitud y tan honrosa iniciativa, se encamina el bien guiado Gobierno del Ecuador.
Las circunstancias son adversas en Chile para todo propósito en favor de Cuba. El pueblo lo quiere todo; pero el Gobierno cree que no puede nada, ojo avizor como vive a la actitud de la Argentina, y temeroso como está de que los doscientos mil españoles de la Argentina influyeran en su contra.
Prudencia laudable o condenable obcecación es impolítico intentar disuadir de ellas al Gobierno chileno.
Mas como el Gobierno chileno observa esa conducta no porque quiere, sino porque cree que debe observarla, y en ese caso, es la conducta del patriotismo la que sigue, se puede contar con él para cuanto, siendo favorable al americanismo, no sea contrario al chilenismo.
Sólo el Gobierno ecuatoriano, que ha tomado la delantera en este asunto, podría hoy tomar una iniciativa diplomática que favoreciera sus laudabilísimos propósitos y satisficiera las necesidades de Cuba. He aquí:
- Primero, proponiendo una conferencia internacional americana; segundo, conviniendo con el Brasil el modo mejor de reconocer la beligerancia (?)
[Perdido el resto del original.]
Santiago de Chile, julio 12, 96.
Sr. Fco. Sellén.
Nueva York.
Querido amigo antiguo:
Recibí y leí con alborozo su carta del 9 de mayo, que sólo puedo hoy contestar.
A mí también me gusta mucho que sus cartas sean largas, y que las mías me den tiempo para hablar un poco tendido con Ud.
Así como, según me dice, no ha podido Ud. olvidar por un momento la situación de Tántalo o de Prometeo en que me tiene mi lejanía de la Revolución, así no puedo yo, cuando pienso en lo que me ha costado mi cariño a la América del Sur, en la noche aquella en que me despedí, en Madison Square, de Uds. todos, mis amigos, los fieles, los secuaces de aquella corta, pero áspera campaña de 1870, en que tanto combatimos por la Independencia, sin tener que poner el pie en los campos de batalla.
En aquella despedida, que está hoy siendo mi pesadilla, me despedí sin saberlo y sin quererlo, de la lucha, las responsabilidades, las alegrías apasionadas y las vehementes ansias de la Revolución que con tan altos designios y tan absoluta abnegación he vivido evocando desde mi adolescencia.
Pero, dejemos a un lado mi asendereada persona, y vamos a Cuba y Puerto Rico.
Vista la fuerza natural del movimiento separatista en Cuba, y reflexionando en el desarrollo y tendencia actual del Derecho Público Internacional, desearía que el voto del Congreso y del pueblo de la Unión Americana se ahogara en las tibiezas, tardanzas y transacciones de que viven los Ejecutivos en sus mutuas contemplaciones, condescendencias y cesiones.
Mientras más libre de trabas internacionales nazca Cuba, tanto mejor para su futura independencia. La mayor desgracia de nuestros pueblos, después del funesto tutorado de España, es tener que deber el fondo y forma de la civilización a los pueblos ya formados. La oligarquía es tan funesta para la autonomía de las naciones nuevas o débiles, en el gobierno internacional, como lo es en el régimen nacional el gobierno de familias. Y desgraciadamente, la fatalidad misma de la constitución del Derecho de Gentes está haciendo que éste, para arraigarse, sostenerse e imponerse, haya instituido una oligarquía de naciones que se han apropiado la dirección internacional del mundo, porque según lo ha mostrado el pacto de paz entre China y Japón, hasta a Oriente llega ya esa influencia oligárquica de Occidente.
Los Estados Unidos, por su fuerza y su potencia, forman un miembro natural de esa oligarquía de naciones. Nacer bajo su égida es nacer bajo su dependencia: a Cuba, a las Antillas, a América, al porvenir de la Civilización no conviene que Cuba y las Antillas pasen del lado del poder más positivo que habrá pronto en el mundo. A todos y a todo conviene que el noble Archipiélago, haciéndose digno de su destino, sea el fiel de la balanza: ni norte ni sudamericanos, antillanos: ésa nuestra divisa, y sea ése el propósito de nuestra lucha, tanto de la de hoy por la Independencia, cuanto la de mañana por la libertad.
Esto, saliendo de mi pluma, no es nuevo para Ud. ni para los compañeros de esfuerzos, que tantas veces, y en momentos tan críticos como los de 1870, han oído salir de mis labios, y vieron afianzar por mi conducta, declaraciones aún más categóricas.
Mas como ha habido momentos en que la declaración de beligerancia por los Estados Unidos llegó a ser el único medio probable de aumentar nuestros recursos bélicos, llegué a desear ardientemente esa declaración, y hoy mismo la celebraría como un bien para la guerra, siempre que no estableciera obligaciones para la paz.
Lo que Ud. me dice de Puerto Rico, está en armonía con lo que pienso y sé por otros. Hay, sin embargo, una tendencia a arrostrar lo desconocido, que no condenaría, si alguna probabilidad la amparara.
Mi esposa y mi hijita mayor, que han compartido conmigo la piadosa simpatía que inspira la animosa compañera de Ud., se sienten hoy, como yo, aun más atraídos al leer las palabras de Ud. que nos la presentan amiga tan ardorosa de Cuba.
Saludos y respetos de todos para ella.
Todavía no he podido pasar del hojeo de sus poesías. No tiene que perdonármelo, porque es una mortificación para mí. Sin embargo, las poesías patrióticas, y el principio, grave y solemne, del Hatuey, me han complacido mucho.
Ya Ud. sabe, por lo que me dice de sus gestiones en La Equitativa, que no puedo salir por ahora de aquí.
Aquí o allí, siempre affmo. y verdadero amigo de usted,
E. M. Hostos.
Santiago de Chile, 20 de julio de 189656.
A Federico Henríquez y Carvajal,
Santo Domingo.
Querido amigo:
Celebro la reapertura del Instituto de Señoritas. Celebro en el alma que arraigue ahí la dirección e instrucción racionales, que aquí, con todo el germanismo que alucina a los mismos de Europa, no se tiene.
Si yo, no siendo alemán, puedo ser voto en la materia, ya he votado en contra de la postiza enseñanza racional de aquí... La enseñanza de los futuros ciudadanos no va mejor que la de las matronas de lo futuro.
Aquello que yo improvisé ahí, sin más que mi intuición y la ayuda inteligente de los Henríquez, Prud'homme, Dubeau, Zafra, Castro y otros, no logra arraigarse aquí ni con el nombre deslumbrante de «sistema concéntrico», ni con la ayuda de muchos profesores alemanes. Y es, en primer lugar, porque los que dirigen la enseñanza no saben en realidad el porqué, el cómo y lo que han de hacer; en segundo lugar, porque ya el país tenía una tradición de enseñanza y era mala y es muy resistente; en tercer lugar, porque los germanos son buenos especialistas, pero pésimos generalizadores.
Da pena ver a Chile, la primera de nuestras repúblicas y la que más concienzudos esfuerzos ha hecho por salvar de la ignorancia a la clase que renueva la oligarquía directiva, así dirigido por el germanismo en cuanto atañe a la instrucción pública.
La faz política no puede ser en este momento más digna de atención y de estudio.
Ya usted sabe que se disputan el poder los partidos que se llaman históricos, y que los liberales de toda designación han proclamado candidato a don Vicente Reyes, y los conservadores, solicitados por Errázuriz y por fragmentos del liberalismo, han consentido en darse por candidato a Errázuriz, don Federico, hijo del gran Presidente que ha tenido Chile57.
Aunque los preparativos de la elección no han sido tan ordenados como era de esperarse de la libertad oficial de que gozan los partidos en lucha, el hecho es que las coacciones, los vejámenes, los fraudes que se han cometido por unos y otros, no han sido obra y resultado de la intervención gubernativa, sino obra y resultado de la falta de educación y moralidad de los partidos, o mejor, de la clase directiva.
Estamos, por tanto, a distancia de la meta; pero hasta ahora no hay ni en América, ni en Europa, ningún país de nuestro origen que haya adelantado tanto como Chile en la senda de la libertad electoral. Es más: si por la libertad electoral hubiéramos de entender la libertad de los partidos políticos para ejercer sus funciones electorales, sin presión, ni coacción, ni intervención oficial, ya ésta habría sido una conquista definitiva, porque el Ejecutivo no ha intervenido, ni podido intervenir, ni tenido interés en intervenir.
Otro hecho ha ratificado estas elecciones, y ha sido la docilidad del pueblo. En la víspera, todo fue peligro de brutalidades y desgracias; pero bastó que los partidos y los funcionarios públicos rogasen moderación y coadyuvasen a ella, haciendo cerrar los expendios de licores, para que la turba procediera como un cuerpo disciplinado: nueva y buena prueba, aquí como en todas partes, de que los daños que las turbas hacen al derecho electoral y al orden político y social, es culpa exclusiva de sus guías.
Es prueba de lo libre de las elecciones lo reñido de ellas. ¡Un candidato no triunfará sobre el otro sino por seis o siete votos! Y ni aun eso se sabe hoy (el 20 de julio), cuatro días después de la elección de electores.
Santiago, Ch., mayo 4 de 1897.
Señor don Tomás Estrada Palma.
Nueva York.
Muy estimado compatriota:
Vencido por la insistencia con que, desde el año pasado, me ruega el ex-subteniente del ejército de Chile, don Carlos Buonocore, que lo provea de una presentación para poder ir a Cuba, me decido al fin a hacerlo, tanto porque el solicitante va por su cuenta y riesgo, cuanto por parecerme antipatriótico y contrario a los intereses de la revolución el privarse de estos servidores desinteresados: muéveme también a recomendarlo a la atención de Ud. los excelentes informes que él lleva, y el hecho de ser Chile la tierra sudamericana de donde mayor número de voluntarios para el Ejército de Cuba han salido.
Al subteniente Buonocore acompaña el señor Luis Ahumada del Canto, también subteniente retirado de este ejército, y que también es recomendado por personas de valimiento.
Esperando que ambos sirvan a su nueva patria y honren a la antigua, me alegro de poder hacer que caiga sobre Ud. el agradecimiento a que puedan hacerse acreedores estos dos jóvenes.
Muy de Ud. compatriota y amigo,
E. M. Hostos.
Santiago de Chile, 31 de mayo de 189758.
A Federico Henríquez y Carvajal,
Santo Domingo.
Malos días querido amigo, éstos que llevan ya tantos años sin pasar; pero entre todos, estos días oscuros y siniestros en que, postrada en el lecho del peligro la hija amada59, llega en puntillas hasta mí la santa madre, y ahogando la voz con el aliento, apenas se deja oír, cuando me dice: «¡Mira qué horror!, cuando no puede saberlo, ella que la amaba tanto; mira qué noticia: ¡Salomé ha muerto!».
Me pareció un horror; me pareció que el golpe que me daban, lo recibía yo en el corazón de mi hija enferma, y por ella, por mí, me puse a sentir hondamente una de las pocas muertes que pueden sentirse en este mundo.
Toda otra vida, cuando no es un dolor, es un fastidio; pero aquella vida de mujer buena, inteligente, culta, apasionada de la patria, enamorada de lo bueno, de lo bello, de lo verdadero y de lo justo, que pudo sentir tanto, pensar tanto, hacer tanto, y que no encontró en su camino más obstáculos que los que sirven para hacer más amable y más amado un gran propósito, es una vida interrumpida, no acabada, que deja el vacío de lo suspenso, lo inconcluso, lo inopinadamente terminado, que no debió terminar ni suspenderse ni interrumpirse.
¡Hay que llorarla! Son muchos los que estaban interesados en su vida: la patria, que no tuvo corazón más devoto; su discipulado, que no tuvo mejor luz; la mujer quisqueyana, que no ha tenido reformadora más concienzuda de la educación de la mujer; su familia, que no tenía mejor ambiente que el de aquellas virtudes morales y sociales tan sencillas; sus coetáneos, que no pudieron tener centro mejor en donde confluyeran tantas admiraciones motivadas, como en aquel cuerpo débil y alma fuerte, que era a la vez una sacerdotisa en el aula, una pitonisa en el arte, un mentor en el hogar.
¡Y no haberla oído, y no haberme quedado a continuar mi obra, y a verla triunfante en la suya! Somos ciegos que andamos a tanteo: mientras nos movemos de un lado a otro, siguiendo espejismos o esquivando egoísmos, todo lo aventuramos; y a veces, todo lo perdemos; hasta el espectáculo consolador de una vida reposada, y útil y brillante, cien mil veces más digna de la Historia que la de todos juntos, los medianos que monopolizan el goce y representación de su medio y los grandes, que avasallan con la magnitud de su ambición o su egoísmo, la insensata admiración de contemporáneos y posteridades.
Ahora que ella se fue, ayudar a las que quedan, para que puedan continuar la obra inacabable que ella empezó con tan noble esfuerzo, con tan digno auxiliar como el digno compañero de su vida60, y con tan pasmosa eficacia, según muestra la nueva generación femenina de Santo Domingo, ayudar a las que quedan con la gloriosa herencia de su obra, será tributar el debido tributo de respeto a la inmortal dominicana.
Después del entierro, manifestación cívica del carácter más noble y patético que he visto en nuestros días, la sociedad entera de Quisqueya, pero muy más la de la ciudad capital, está obligada a probar que el solemne acompañamiento a la sepultura no fue un acto de teatro, sino un acto de vida nacional: pues si con él mostró la nación todo el conocimiento de su pérdida, que con actos ulteriores muestre todo el reconocimiento de sus méritos.
El primer homenaje, para la educadora: una suscripción nacional para un Instituto Salomé Ureña; el segundo homenaje, la publicación de todas sus poesías; el tercer homenaje, una patria como la que soñaba ella.
Aegri somnia? Así ha pasado toda su vida el amigo de Salomé y de usted...
Santiago de Chile, 31 de mayo de 189761.
A José Joaquín Pérez,
Santo Domingo.
Mi querido amigo:
Para convencerme de que no voy a ceder a una impresión, sino a una razón, he vuelto ahora mismo a releer la composición píndaro-elegíaca que enlaza el nombre de usted con el de la insigne poetisa-maestra, en cuya tumba la recitó usted.
En nombre de los sentimientos y principios que siempre me han movido y moverán a contribuir cuanto pueda y como pueda a estimular en nuestros hombres y pueblos lo que es alto, lo que es bueno y lo que es justo, doy a usted mil expresiones de congratulación por la digna manera de llorar a quien tanto merece ser llorada.
La hermosísima composición de usted, cuando leída por quienes ignoren quién fue Salomé Ureña de Henríquez, bastará para estimularlos a conocerla, pues sólo de quien es capaz de inspirar conceptos tan bellos se puede creer que los merece.
A usted, a los señores Galván, Horta, Garrido, Pellerano Castro, acompañados de la pléyade de jóvenes que han ido levantándose, y acompañando al amigo, hermano y compañero de tareas de Salomé, el buen don Federico Henríquez y Carvajal, a ustedes toca hacer que acaben de conocer a Salomé los que empiezan a conocerla en la elegía pindárica de usted. El cómo es manifiesto: publicando las poesías de la patriota, la educadora y la madre, con una biografía, sobria, sencilla, sin frases, digna de ella.
Y dándole por su elocuente tributo de dolor un apretón de manos, se llama suyo...
Santiago, Ch., agosto 17, 97.
Señor Fco. Sellén.
Nueva York.
Mi querido amigo:
Tendré que ser muy breve, al contestar su última grata carta.
Y así no podré hacer más que manifestarle el júbilo de que hoy, precisamente, estoy poseído por las últimas noticias telegráficas. Según ellas, el sustituto de Cánovas, vista la inminencia de la llegada del Embajador americano, provisto de instrucciones categóricamente favorables al reconocimiento de la Independencia, urge al general Weyler para que ofrezca la autonomía.
Ese nuevo signo de ceguera, a estas horas, después de la muerte de Cánovas, después de la batalla del Aguacate o de Matanzas, manifiesta patentemente la proximidad del desenlace de esta lucha, pues esa tentativa de aparecer concediendo, aunque sea una nonada, en el momento de ser efectiva la necesidad de ceder, es característica de la soberbia, y ésa es la pasión histórica de España colonial.
Cierto que, desde el anuncio de la salida del primer Embajador de McKinley arbitraron ese subterfugio para oponerlo al reclamo de Independencia; pero también es cierto que el afortunado (tanto lo fue Cánovas, que hasta ha muerto a manos de un anarquista, para así tener toda la popularidad póstuma que el miedo al anarquismo da a sus víctimas en Europa y en estos trasuntos símicos de Europa) no se atrevió a dar la orden de autonomía, sino la de pacificación.
Pero, ¿a qué ocuparse de esa gente? Lo que me tiene jubiloso no es que los enemigos den señales de que están agonizando, sino que los Independientes den muestras y pruebas de que pronto nos darán patria, ya que hay que resignarse a recibirla sin haber hecho por ella más que desesperarse, como yo, de haber hecho tan poco por lo que tanto he trabajado desde que nací.
A fuerza de querer ser extenso, he logrado escribir más de lo que pensaba.
Así le muestra su afecto
el siempre amigo
E. M. Hostos.
Mil afectos a la señora.
Santiago de Chile, 1.º de octubre de 1897.
Señor Presidente de la Asociación de la Prensa,
Presente.
Señor Presidente de la Asociación:
En nuestro Continente, parte integrante de él, hay una Isla que tiene fama de bella, rica, hospitalaria, y que, si llega a ser independiente, justificará su representación, recibiendo con los brazos abiertos a sus hermanos, sus productos y sus obras de ingenio y reflexión.
Como no veo que la Prensa Asociada (fuerza que se conoce a sí misma lo bastante, para mostrarse inerte cuando puede ser activa) manifieste en los diarios y periódicos de Chile la unidad de pensamiento y la uniformidad de acción que conviene a su destino, me tomo la libertad de pensar que tal vez no sepa la Prensa, como entidad, que Cuba está en armas contra la injusticia, que hace ya cerca de tres años que lucha por su independencia; que es la segunda guerra por la independencia que sostiene denodadamente; que hace hoy lo que todos los pueblos sus hermanos hicieron de 1809 a 1826; que lo hace con sacrificio de su sangre, de su riqueza, de su prosperidad, hasta de su civilización; y que, en la historia de las guerras coloniales, no hay una sola en que haya sido tan formidable la desigualdad de recursos entre los combatientes; ni más patente, por lo tanto, la superioridad moral e intelectual del débil que, aun abrumado por fuerzas que acaso serían incontrastables para un pueblo dueño de todos sus recursos, resiste victoriosamente.
Me atrevo a hacer estas insinuaciones, no como amigo de Cuba, sino como amigo de la gloria de la prensa, y con el derecho de antiguo periodista, que acaso ha prestado algún servicio con su pluma a Chile.
Siendo, o pareciéndome, imposible que, conociendo la Prensa Asociada la situación de un pueblo hermano, y funcionando ella en un país que, como Chile, tiene deberes para con la gloria, pues que ha sido libertador de pueblos; y derechos de gratitud para con Cuba, pues fue el segundo pueblo latinoamericano que aclamó con entusiasmo a Cuba, me ha parecido improbable que esa bien fundada Asociación tuviera, como entidad, noticia del hecho que me he creído en el deber de venir a comunicarle.
Esperando que, conociendo el hecho, la Prensa Asociada proceda con unanimidad de tal; y seguro de que el proceder así le dará gloria y poder eficaces para sus altos fines, tengo el honor de saludar a la Asociación y a su digno Presidente.
E. M. Hostos.
Santiago, 19 de noviembre de 1897.
Señor don Guillermo Matta, Senador de la República.-
Presente.
Mi querido amigo:
Contesto a las preguntas de Ud., aunque tampoco creo que nadie quiera ni pueda desmentirlo; pero complaciéndome, de todos modos, en poder contribuir así a hacer indiscutible la palabra de uno de los hombres que más honran a su país por sus largos servicios y por su larguísima celebridad.
A la primera pregunta: Efectivamente fui llamado a Chile por su noble presidente Balmaceda, en dos cablegramas: uno de mayo y otro de septiembre u octubre de 1888. El primero lo firmaba el señor Lastarria, como Ministro de Relaciones Exteriores; y creyendo yo que fuera don Victorino, le contesté a él.
No encuentro esos cablegramas: pero he encontrado una carta del cónsul de Chile en Panamá, que lo era entonces el señor E. Arias F., por cuyo conducto se me había telegrafiado, y de quien me valí para contestar telegráficamente. Vea de esta carta lo que dice al caso:
Habiendo habido impedimento para salir en julio, escribí al Presidente Balmaceda, rogándole me hiciera saber cuál era el plazo extremo de que podía yo disponer. En contestación, recibí el despacho cablegráfico de no recuerdo si octubre o septiembre, o antes o después, en que se me fijaba el mes de febrero. Firmaba como Ministro de Instrucción Pública mi recto y digno amigo don Federico Puga Borne.
Contesto a la segunda pregunta, que consta de dos: Cuál era mi posición en Santo Domingo. La mejor posible para un hombre; la mejor que he ocupado en mi vida, porque estaba seguro de estar haciendo un bien.
Cuál era la importancia de esa posición; Fundador y director de la Escuela Normal de la capital de la República; catedrático del Instituto Profesional; independiente del centavo y de autoridades administrativas o docentes, porque mis puestos se consideraban servicios y no empleos; respetado hasta en mi consuetudinario desdén por apariencias, exigencias y posiciones sociales: en suma, una posición de la que sólo se cambia por error.
A la tercera pregunta: No pedí esa visitación; pero, según parece, y a fin de favorecer mis deseos de volver a Chile, se aprovechó o vacante o fundación de ese cargo para nombrarme; mas no lo sé a punto fijo. Lo que sé es que nuestro amigo Villanueva, don Augusto, me escribió con ese motivo, y que yo le contesté diciéndole que de ningún modo aceptaría tal puesto.
A la cuarta pregunta:
Recuerdo que recibí una carta en que Ud. me indicaba, con previsora y leal amistad, que me precaviera con un contrato.
Y recuerdo haberle contestado con el motivo que tenía para no usar de esa precaución. Me hubiera parecido ultrajante para la absoluta confianza que yo tenía y tengo en el Gobierno de Chile. Tanto, que cuando en la lucha electoral de 1886, me preguntaban por allá, ¿quién sería el Presidente aquí?; yo contestaba: «No sé; pero de seguro que será un caballero». Hoy no tengo motivos para pensar de distinto modo: al contrario, debo al Presidente actual muestras de caballerosidad que tengo el deber de afirmar enérgicamente.
Ya satisfecho con haberlo complacido, sigo asegurándole la vivísima amistad, el cariño y el respeto de su verdadero amigo,
Eugenio M. Hostos.
Santiago, hoy 22 de enero de 1898.
Señor J. Miguel Tagle A.,
Presente.
Muy estimado señor:
Con el mayor gusto, por complacer a usted, contestaría a las preguntas de su carta y coadyuvaría al que me parece su propósito si el amor a la justicia, que usted me reconoce, y yo a usted, no impusiera a entrambos un punto de vista más alto, más extenso y más dominante que el escogido por los que, en la peligrosa disidencia entre Chile y la República Argentina, por atender a la justicia parcial, se desentienden de la total.
En pleitos de individuos o de pueblos, el objetivo es el predominio, fundado en la interpretación de los hechos consumados y en la ponderación de los derechos estatuidos: justicia parcial. Si con ella se llegara al reconocimiento del derecho en quien lo hubiera, laudable y benéfico sería el concurrir a esclarecerlo: mas cuando todo induce a creer y a temer que esto no es defensa de un derecho, sino propugna de primacía, lo que nos pide la justicia es que pongamos el pensamiento, la voluntad, el sentimiento y la conciencia en el deber de evitar el mal de la guerra, en salvar de sus consecuencias a Chile y la Argentina, en salvaguardar con la paz el porvenir de nuestro Continente.
A tal meta no se va por el camino que siguen los de allende y los de aquende el Tupungato. Si a ella se encaminaran, el litigio que en herencia les dejó España terminaría gloriosamente en beneficio de la verdad, de la libertad y de la civilización: en beneficio de la verdad, porque el procedimiento para llegar al ajuste de los deslindes es el de común acuerdo aconsejado por la teoría y la práctica del Derecho de Gentes, y la geografía de los continentes, y daría por resultado el conocimiento de esa sublime esfinge de basalto y de granito que no puede ser hito mejor para dos pueblos: en beneficio de la libertad, porque, cuanto mejor se estudien las relaciones por crear entre Argentina y Chile, tanto más de lo hondo de las cosas resaltará la necesidad de fundar en la doble hegemonía de estos dos pueblos libres todas las demás del continente del sur para la difusión de los principios y la práctica de las libertades jurídicas: en beneficio de la civilización, porque una de dos: o estos pueblos están condenados a seguir remedando a Europa, y entonces (perdone usted) que se los lleve el diablo, o están predestinadas a organizar según necesidades nuevas una industria, un Estado, una Iglesia, una Universidad, un Ejército, que sirvan, no para repetir la fastidiosa historia de los siglos antehistóricos y de los siglos medios, sino para dar tiempo y espacio a una vida más racional, y por ende, más digna, de la especie humana.
Una disidencia que así cooperara a los fines ideales del mundo nuevo que los antropoides están haciendo viejo antes de tiempo sería una de las más venturosas coincidencias entre los intereses parciales de dos sociedades y los intereses totales de la justicia.
Y lo repito, hasta con indignación, a eso no se va. Se va a una guerra que nadie quiere por absurda, pero que todos provocan por irreflexivos.
Y, ¿a qué bueno, si a eso van, el mostrarles que unos y otros tienen razón a medias; que ni unos ni otros la tienen por entero; que unos afirmaban (?) más en esto, otros en aquello; los unos en el modo de fundar el deslinde, los otros en el de precisarlo, unos y otros en la adopción del principio de arbitraje, y que nadie tiene razón en apelar a subterfugios, apelando al testimonio de los hechos prehistóricos, o negándose al testimonio de los hechos jurídicos?
La trayectoria general de un continente es el eje mayor del continente mismo; y cualesquiera que sean sus desvíos, sus ramificaciones, sus bifurcaciones, las más altas cumbres son siempre los puntos dominantes de la línea trayectoria. Tan segura es esa sucesión de puntos, que yo he sido tal vez el primero que la he considerado como base firme de delimitación, cuando, en 1875 en estudio de la República Argentina, decía que quien trazara una línea ideal por las más altas cumbres de los Andes habría trazado la línea divisoria entre Chile y su vecina. Esto no era negar que algunas cumbres predominantes podían no ser del eje que llamamos sistema de los Andes, ni que, parcialmente, en más de un caso, no se efectuara por ellas la división de aguas. Cuando, pues, los argentinos adoptaron el principio de «las más altas cumbres», y los chilenos le agregaron el complemento «que dividen agua», entre todos enunciaron una verdad fundamental completa que no puede dividirse en dos verdades, haciendo servir a la una mitad para hacer la guerra a la otra mitad de la verdad.
[Incompleto el original.]
Santiago, Chile, 6 de febrero de 189862.
A Federico Henríquez y Carvajal,
Santo Domingo.
¡Feliz año nuevo, querido amigo! ¡Feliz para usted, para sus hijos, para la patria, para las Antillas!
Probablemente iré a pasarlo a Costa Rica o a Caracas: tal vez prefiera la primera, no obstante lo cansado que estoy ya de conocer pueblos nuestros, que siempre son los mismos.
Las dos últimas cartas de usted, que, por ocupado, habré de contestar con el mero anuncio de su recibo, llegaron cada una a su tiempo. Mil gracias por la indicación que me hace en la primera de ellas, al disuadirme, como tantos otros amigos, de mi deseada vuelta a esa tierra no olvidada: y otras mil gracias por el generoso empeño que, en su última carta, muestra por compilar en folleto o en hoja anexa a Letras y Ciencias, las cartas de Cuba. Aquí se aguó con los rumores de guerra la idea de publicar en opúsculo esas cartas.
Con los rumores de guerra han acabado de disgustarme estos países, que no tienen ojo más que para sus rivalidades insensatas. Y como tengo la casi completa seguridad de que no habrá tal guerra, y ese alardeo y cacareo de patriotismo es, en ambos pueblos, lo que el patriotismo en casi todos, un desvío del deber, doy por colmada la copa de la amargura.
Pensé salir de aquí en los ya pasados primeros días de este mes; pero es tanto lo que se ha hecho por gente amiga para impedir o siquiera detener mi salida, que la he aplazado para mediados de marzo.
Si para entonces hubiera dado frutos la esperanza que nos trajo un cablegrama de Panamá, con noticias de ahí, ya se sabe cuál sería la meta de mi viaje.
Un cablegrama directo, fechado en Puerto Plata, pero muy atrasado, trajo la noticia de un terremoto en el Cibao, que nos apesadumbró de veras.
Mil afectos de todos para todos. Mil de su amigo para usted.
E. M. H.
P. S.- Se me olvidaba devolver al Sr. Peña y R. sus saludos63.
Justicia no es favor: él la merece, porque aquella obra suya fue dígnísima de loa, aunque ahora pienso que ha habido otros muchísimo más culpables de gobierno liberticida que el buen González, a quien tal vez no habría sido difícil inducir a buen gobierno.
Santiago de Chile, 14 de febrero de 1898.
Señor don Francisco Valdés Vergara,
Viña del Mar.
Señor y amigo estimado:
Es muy posible que, en mi próxima salida de Chile, no tenga tiempo ni ocasión de ver a usted, y quiero aprovechar la estancia de mi hijo Eugenio Carlos en esa residencia momentánea de la Escuela Militar, de que él es alumno, para que salude a usted en mi nombre, le pida órdenes que cumplirá con gusto, y tenga la alegría de conocer, aunque sea de paso, a uno de los hombres que con más razón estima su padre.
Cuanto en este sentido diga el hijo, tanto abona el padre.
Y repitiéndole de nuevo mis afectos, le saluda
E. M. Hostos.
Santiago, Chile, 15 de febrero de 1898.
Señor don Ambrosio Montt,
Viña del Mar.
Mi estimado y antiguo amigo:
Siendo muy probable nuestra salida del país en marzo próximo y temiendo no poder despedirme personalmente de usted, he encargado a mi hijo mayor, Eugenio Carlos, que aproveche su estancia ahí como cadete de la Escuela Militar, para representar a su padre en la grata expresión de afectos que de mi parte lleva para usted, y con el fin, también, de procurarse la satisfacción de conocer a uno de los hombres más notables y de más sólida notoriedad que tiene Chile.
Cuando usted no agradeciera a su antiguo amigo sus recuerdos, todavía estoy seguro de que aplaudiría al padre que busca para su hijo la ocasión de conocer a hombres tan dignos de ser conocidos como usted: el contacto con hombres ilustres es uno de los más preciosos recursos de la verdadera educación.
Y por lo mismo que mi hijo se irá con nosotros, quiero utilizar para él ese recurso.
Sírvase saludar respetuosamente en mi nombre a la señora, y esté seguro de que hoy, como ayer, sigue siendo su concienzudo estimador y adicto amigo
E. M. Hostos.
Santiago de Chile, marzo 5 de 1898.
Señor don Julio Bañados Espinosa,
Ministro de Obras Públicas,
Valparaíso.
Querido amigo:
A la carta de mediados del último febrero, en que me ofrece usted sus buenos oficios para que su colega de Instrucción Pública hiciera despachar mis pasajes, no podría contestarle, por estar pendiente de la venta del ajuar de mi casa, que parece cosa lenta y dudosa; pero ya que, según carta que me ha comunicado nuestro amigo don Guillermo Matta, usted se manifiesta ansioso por saber si me voy o no voy, contestaré.
Como yo he sido amigo de usted y su familia, a prueba de malos tiempos e infortunios, no me extraña que usted se interese tanto por mí; pero si no me extraña, lo agradezco. Y creyendo que no me engaño al atribuir su ansiedad a impulsos amistosos, le diré que usted puede satisfacerlos, con poco esfuerzo.
Muchos de mis amigos desean que yo no salga del país. Entre ellos, Guillermo Matta, quien, sabiendo que no son los agravios sino la salud alterada de dos de los míos, lo que me obliga a buscar mejor clima, ha ideado el modo de que cumpla yo con ese deber, pero que vuelva. El modo de conciliario le pareció sencillo: una licencia con el sueldo de ley y el uso de los pasajes.
No siendo esto contrario a ley ninguna, yo no he tenido objeción que hacer; y siendo una tan fácil como Guillermo dice, nada podrá ser prueba mejor de la amistad que el contribuir a conseguirlo.
Rogándole que me conteste directamente, le agradece sus atenciones y cuidados amistosos,
El siempre amigo de usted y los suyos,
Hostos.
Santiago de Chile, marzo 19 de 1898.
Señor don Francisco de Arredondo y Miranda,
Caracas.
Queridísimo amigo:
Como usted lo preveía, la noticia dolorosa de estar desahuciada mi suegra (noticia que usted me comunicaba en las dos palabras que para sólo eso me escribió en 23 de enero último), produjo penosísimos efectos. Mas como la esperanza tiene tan hondos asideros; y como, por otra parte, usted no ha vuelto a escribirme o no me ha llegado la carta que me haya escrito, aun se espera ansiosamente la confirmación de la noticia. A punto se estuvo de pedir a usted por cable las noticias anheladas; pero hubo que desistir: el cable no está al alcance de expatriados.
Como dije a usted, a fin de que se lo comunicara a mi pobre suegra, nos disponíamos a ir a reunimos con ella; pero, ¿a qué iríamos ahora a Venezuela?
Tampoco podemos ir a Santo Domingo. Y es el caso que necesitamos de más blando clima, y que estoy resuelto a ir a buscarlo. Aunque todavía no he fijado el día de la partida (pues amigos y familias amigas hacen cuanto pueden por retardarla, y hasta por impedirla), creo que saldremos muy pronto para Panamá. Con tal que el clima nativo restituya salud y contento a mis enfermitos, daré por bien empleada esta nueva peregrinación, que emprenderé contra el deseo de no moverme sino para irme a descansar para siempre en las Antillas.
Pero esto, ¿cuándo podremos hacerlo, viejo compañero de expatriación? Hoy me parece menos claro que ayer el inmediato porvenir de Cuba, porque, una de dos: o hay guerra de Estados Unidos con España, y entonces estaremos a los azares de una guerra, o no la hay, y entonces arreglarán Estados Unidos y España lo que a ellos convenga. En cuanto a Puerto Rico, más vale no entristecerse pensando que ni aun podrá uno irse a morir allí. En cuanto a Quisqueya, ¿qué esperanza da de vida apacible? Y así todos: no hay un pedazo de tierra en que un antillano concienzudo pueda ir a buscar hospitalidad serena y placentera.
No he recibido de usted ni cartas ni periódicos, y no sé a qué atenerme respecto a mi suegra, aunque no tengo las esperanzas que aun acarician mi esposa y mis hijos mayores.
Con afectos de todos para todos,
Un abrazo de
E. M. Hostos.
Caracas, junio, 189864.
A Federico Henríquez y Carvajal,
Santo Domingo.
Mi querido amigo:
Por falta de tiempo no le he comunicado aún mi arribo a esta ciudad de Caracas. A Peynado, a quien hube de hacerlo en breves términos, encargué que lo participara a usted y a mis amigos todos.
Aunque innecesario, pues no se puede dar eficacia y puntualidad superiores a las con que usted me ha complacido en mi lejanía de Chile, ruégole que me atienda a la correspondencia que de allí pueda venirme, ya al cuidado de usted, ya al de la sola Administración de Correos.
Como pensaba ir a ésa, según anuncié a usted con el propósito de ver si conseguía llevar de Puerto Rico al lado mío a mi buenísima hermana Rosa, a varios dije en Chile que me escribieran a ésa. La imposibilidad que hubo de cambiar de itinerario, y el hecho de no haber vapores de Colón a Quisqueya, tanto como el traer yo pasaje forzado para La Guayra, me obligaron a venir.
Aquí estoy mirando con nuevo asombro las perdurables vejeces de la herencia española, tan útiles de analizar para los que van por primera vez a tener patria, cuanto dolorosas de sufrir cuando se experimenta en carne viva sus efectos.
Muy urgentemente le ruego que me envíe los paquetes de periódicos dominicanos y los ejemplares de Letras y Ciencias que corresponden al tiempo en que no los he recibido.
Es muy posible que asuntos patrios me lleven por tiempo dado a Nueva York; pero, como aquí se quedaría la familia, considéreme aquí para los fines del envío de cartas y periódicos.
Dígale a Peynado, por si no ha recibido mi carta, que tenga la bondad de apresurar el envío de los fondos que ahí haya para mi señora. Con mil afectos de todos para todos, y especialmente de Luisa Amelia para Flor, y de mí para usted, un abrazo de su amigo
E. M. H.
Caracas, 6 de julio de 189865.
A Federico Henríquez y Carvajal,
Santo Domingo.
Querido amigo:
Su grata carta última, tan grata por llegar en días de privación de noticias suyas, cuanto por el contenido interesante, la recibí y leí. Yo me hubiera anticipado a ella, y le hubiera escrito desde mi llegada a ésta, si la situación penosa en que encontré a este país, y que a mí también me ha afectado penosamente, me hubiera dejado actividad para nada que no haya sido buscar trabajo.
Aunque uno de mis móviles, al hacer el sacrificio de salir de Chile, fue acercarme a las Antillas y trabajar por ellas, no pensaba en que tendría que hacerles el sacrificio que mañana empezaré a imponerme, dejando por primera vez a mi familia. Con efecto: comisionado por cubanos y puertorriqueños (sólo usted y Peynado que lo sepan), saldré mañana para Nueva York. A usted, a quien tanto debe en nobles esfuerzos y simpatías la causa de la Independencia, le toca ahora hacer votos eficaces por conseguir que su amigo salga bien de su propósito.
Peynado le dirá lo que acerca de mi correspondencia de Chile le digo para usted.
Con esperanzas patrióticas, y con tristeza profunda por alejarme de aquellos de quienes jamás pude alejarme, afectos para usted de su amigo
E. M. H.
Dirección: E. M. H., care of Mr. A. Molina, Scientific American, Broadway, corner Franklin St.
Washington, 27 de julio de 1898.
Sr. Matías Vidal,
Caracas.
Querido compatriota:
Haga saber a los presidentes y personal de los clubs que me comisionaron:
Que es imposible conseguir de la Delegación cubana el que incluya a Puerto Rico en las negociaciones para el definitivo arreglo de los asuntos de Cuba, porque el Delegado, como el Encargado de Negocios, como el Vicepresidente de Cuba, como los periodistas cubanos (comenzando por Varona), creen que los Estados Unidos se anexionarán a Puerto Rico.
Que es también imposible conseguir ahora del Gobierno americano que haga declaración alguna respecto al futuro gobierno de Puerto Rico. Para eso estoy en Washington; pero tendré que irme sin haber obtenido nada, pues con la invasión a Puerto Rico, que es el objetivo actual de los E. U., es imprudente y contraproducente toda gestión que se refiera a lo futuro. Lo único que se me presenta como seguro es que el Gobierno americano, al resolver, tomará en cuenta la voluntad de la Isla.
Diga Ud. a los representantes de clubs y emigración que, considerando cumplido mi cometido, lo daré por terminado, en cuanto me retire de esta ciudad. Pronto me parece que regresaré a Venezuela.
Con afectos,
E. M. Hostos.
Washington, D. C., julio 27 de 1898.
Señor Francisco de Arredondo y Miranda,
Presidente del Centro Propagandista Cubano de Caracas.
Querido amigo:
En ausencia del señor Mario Mercado, que firma en primer lugar los poderes y credenciales de que he usado, vuelvo a dar a usted cuenta de las gestiones de que me encargaron la emigración política de Cuba y la de Puerto Rico representadas por los presidentes y secretarios de sus clubs.
En mi primera comunicación, fecha en Nueva York, dije con qué dificultades casi insuperables me había encontrado. Ahora, desde Washington, digo a usted a fin de que expresa y oficialmente lo comunique a quien haya lugar, que la invasión de Puerto Rico por las armas norteamericanas tiene por confeso objeto la anexión de la Isla; que en los preliminares de paz se fija por los Estados Unidos la cesión incondicional de la Isla como condición sine qua non de la paz; que todo lo que de mis gestiones aquí puedo esperar, es que la anexión no se realice sino mediante un plebiscito; que, para prepararse a él, debe ir restituyéndose a su país la emigración de Puerto Rico.
Por mi parte, cumplida mi comisión, decidiré de mi conducta ulterior, según mi deber.
De usted,
E. M. Hostos.
Nueva York, 4 de septiembre de 189866.
A Federico Henríquez y Carvajal,
Santo Domingo.
Querido amigo:
Por haber estado un tanto enfermo, muy ocupado, muy preocupado con la situación de Puerto Rico, Cuba, Santo Domingo y las Antillas todas, no he contestado su carta: la única que de usted he recibido aquí.
Ahora, al regresar a Venezuela en busca de mi familia, para enseguida irme a Mayagüez, deseo anunciárselo, no sólo para que sepa usted y sepan nuestros amigos en dónde residiré en lo sucesivo, sino para que me ayuden en mi obra.
De ella le dará cuenta el manifiesto que adjunto; los Estatutos de la Liga que he fundado, y la buena noticia que, para la publicidad he redactado, y le incluyo.
Si ardua era antes la tarea, más ardua es ahora. Se trata, en primer lugar, de hacer ver a un pueblo sojuzgado por un Gobierno deprimente, que tiene el deber de pedir a su nuevo gobierno el derecho de plebiscito para declarar su voluntad: así, cuando vote por la anexión, si es lo que quiere, será digno; cuando contra ella, si no la quiere, será digno.
Se trata, en segundo lugar, de conseguir de los poderes públicos, de la Prensa y del pueblo norteamericano, que Puerto Rico entre en su nueva vida, no como parte de nadie, que así no servirá de nada, sino como entidad de iniciativa propia, que así podría servir al verdadero porvenir de América.
Se trata, en fin, y de un modo eminente, de educar a aquel pueblo, tan postrado, tan enfermo, tan lastimado por España. ¡Y si usted supiera con qué dificultades voy a empezar la obra...!
Como quien, muerto del cansancio de una tarea, tiene que despertarse para otra, así su
Hostos.
Hoy, 7 de septiembre de 1898.
Señor T. Estrada Palma.
Estimado compatriota y amigo:
Ausente unos días, enfermo otros, ocupadísimo después, inválido aún para largas caminatas, no he podido volver a ver a Ud.; pero no podría alejarme de aquí sin saludar a Ud., aunque sea de lejos.
Así lo hago ahora, expresándole mi cordial afecto y asegurándole que si la fuerza de las armas, que me obliga a ir a defender con la abogacía del derecho los que mi patria inmediata tiene a ser tratada como pueblo y no como cosa, fuera fuerza menos coactiva, y Puerto Rico hubiera podido seguir por el camino que mi ideal le había señalado, mi despedida sería menos penosa, porque no sería la despedida de Cuba y Puerto Rico, que, si el poder del derecho no lo remedia, irán por caminos muy divergentes.
Pero, aun así, quedará siempre en la memoria de los que, como yo, han recibido como servicios personales los hechos a Cuba y Puerto Rico, el recuerdo de los hombres como Ud.
Téngame a sus órdenes en Mayagüez, a donde iré a residir, tan pronto como vuelva de Venezuela a allí con mi familia.
Suyo cordialmente
E. M. Hostos.
Juana Díaz, diciembre 15 de 1898.
Señor José Contreras Ramos,
Ponce.
Mi verdadero compatriota:
Para mostrarle mi estimación basta el vocativo. Compatriota es cualquiera; verdadero, el que comparta conmigo, y sólo ése, las angustias de la triste patria en este instante. El querido Eugenio Astol, usted, Eugenio Deschamps, dos veces compatriotas; algunos de aquí, otros de allá y de acullá, pocos, pero fieles a las doctrinas del bien, esos los compatriotas, porque esos los copartícipes de ideas y principios.
Es seguro que el número es mucho mayor del que aparece, y seguro es también que nos asombraríamos de que, a pesar del régimen del coloniaje, hayan podido sobrevivir tantos hombres de bien; pero, aparentemente, tomando a nuestros compatriotas como en el primer momento se nos presentan, ni de la patria ni de sus deberes para con ella tienen la firme noción que algún día los capacitará para llamarse compatriotas verdaderos de los que miran a la patria por el prisma del deber, no por el de egoísmos o pueriles o seniles.
Corto número de hombres de su deber son hoy indispensables a la patria.
Por aparecerme en muchos de sus trabajos de El Correo como uno del corto número, me creo obligado a usted.
Decirle todo eso es decirle que cuenta con usted el con quien usted puede contar para todo bien.
Compatriota y amigo afectísimo,
E. M. Hostos.
CIRCULAR
Juana Díaz (?), 1898.
Señor:
La Comisión directiva de la Liga de Patriotas Puertorriqueños acordó en su reunión del día 2 de los corrientes:
Que se dirija al país un manifiesto en que se demuestre la urgente necesidad de unión entre las personalidades representativas de la Isla, patentizando que esa unión sólo es posible si se toma como base el espíritu que ha inspirado la organización de la Liga.
Que se invite a firmar el manifiesto a todos aquellos puertorriqueños que de algún modo puedan influir en la resolución de los problemas de que pende la concordia en la actualidad, y la libertad en el porvenir de nuestra patria.
Completamente seguro de que hombre tan dignamente guiado como usted por altos móviles no puede rehusar a su patria el servicio que en nombre de ella pido a usted, le ruego se sirva decirme por escrito si conviene en dar al manifiesto de la Liga de Patriotas la autoridad que su nombre ha de prestarle.
Si usted temiere que el manifiesto lo ha de compro meter a ulterior conducta que usted considere ahora como inconveniente para sí, esté seguro de que el documento de la Liga no contendrá, como la Comisión Directiva de Juana Díaz acordó más que los ya mencionados puntos:
- Primero, llamamiento a la unión;
- Segundo, indicación de que sólo por medio de doctrina y organización como las de la Liga se puede asegurar la unión de hombres de conciencia.
Esperando que esas declaraciones se vigoricen con el valioso concurso de su nombre, tengo el mayor placer en saludar a usted como
Su afectísimo compatriota,
Eugenio M. Hostos.
Ponce, this 28th of February 1899.
General Henry:
We think it is our duty to bring before you the sad condition of the country. One of the undersigned speaks as a friend of yours; the other, as a recent Commissioner from Puerto Rico who personally knows that the best wishes and hopes move the President as well as the people of the United States in behalf of Puerto Rico.
This being so, we can not but have the most disinterested aimes in plainly expressing to you our opinion about the present condition of our country.
We think the present condition of the Island is not what the President and people of the United States would wish.
You have undoubtedly seen by yourself that the intervention of the army in civil affairs is the cause of continous friction -which may develop into serious trouble. You can see that labour is restless and dispairing. You can see also that the grievances against the continuation of Spanish proceedings are genuine, as it is wrong to deprive us of the enjoyment of full American liberties. That such a combination of evils could lead to trouble, is possible. How to avoid it? It is plain, Mr. Governor. We think it is better soldiers be confined to do their military duties; that your Secretaries be instructed to carefully and rightfully execute the functions of government; that the exercise by the people of the rights and liberties granted by the American Constitution be expressly enforced in the name of American justice; and finally we believe that if you applied your authority as Commanding General to the benefit of agriculture and labour in general, we would avoid the evils present condition may bring on us, and would produce the best economical and political results.
In corroboration of the above statements, we must bring to your recollection the recent action of the soldiers in Caguas.
Also the recent attempt to disregard the judicial authority in Ponce, in violation of American principies, specially those refering to the freedom of the press, consacrated by the first Amendment to the Constitution.
In order to better show you our devotion to American principies, General, we ernestly request you to employ all of your authority, activities, and best wishes towards us, in correcting the evils afore mentioned, and in favoring the formation of trades unions, commercial syndicates, and agricultural banks to save our island from disaster.
Sincerely yours,
Eugenio M. Hostos.
Rosendo Matienzo Cintrón.
To:
General Guy V. Henry,
Governor of Puerto Rico.
Mayagüez, abril 24 de 1899.
Señores doctores Julio Henna y Manuel Zeno Gandía,
Nueva York.
Queridos compatriotas y colegas:
Si ustedes quieren que subsista el entusiasmo despertado en favor de ustedes por el telegrama en que anuncian el próximo gobierno civil, ayúdenme a cumplir con nuestra Comisión, pidiendo al Presidente de los Estados Unidos el indulto de todos los puertorriqueños, que, so color de incendiarios sufren hoy persecuciones por la justicia que quisieron hacer en las postrimerías del Gobierno español. En mi calidad de Comisionado de Puerto Rico me dirijo hoy mismo a Mr. Mc Kinley pidiéndole ese indulto en nombre de la inocencia pisoteada y en nombre también del interés de los Estados Unidos en Puerto Rico.
Consta la inocencia de muchos de los puertorriqueños perseguidos; pero ninguna como la de los señores Moreno, Esteves y Babilonia, de esta jurisdicción, jóvenes de gran mérito político y social, según parece, pues yo no los conozco. Propietarios muy acomodados, en tiempo de los españoles habían concitado el odio de la administración española y el de los españoles de la jurisdicción, por su desafecto al Gobierno español y por sus esfuerzos en pro de la independencia, cuando no había probabilidades de invasión americana y de anexionismo después de ella.
Aunque estos jóvenes merecen por sí mismos y por las muchas personas fidedignas que los recomiendan, todo cuanto en pro de ellos puede hacerse, creo que lo más procedente y lo más honroso para el Gobierno americano es que el Presidente expida un decreto de indulto en favor de todos los puertorriqueños detenidos en las cárceles a quienes no se haya probado el delito de que se les acusa. A los jóvenes Moreno, Esteves y Babilonia, lejos de probárseles el delito, se los indultó por un tribunal militar, no obstante lo cual siguen presos.
Yo estoy muy lejos de creer, como ustedes, por el contexto de su telegrama parece que creen, próximo el gobierno civil. Tanto menos lo creo, cuanto que conjuntamente con el de ustedes, ha llegado en La Democracia otro telegrama del señor Muñoz Rivera, que dice cosa parecida. Si han trabajado juntos, en lo que habrán hecho bien, menos me extrañaría y dudaría; pero que ustedes hayan logrado lo que él también debe a sus gestiones, me extraña en extremo. Como quiera que sea, manténganse ustedes en su puesto, a lo que tienen derecho mientras no se revoque el poder de que usamos al proceder como Comisionados. A propósito no he pedido yo la revocación, pues creo que en el Congreso de diciembre se necesitará nuestra presencia en Washington, a menos que antes se establezca el sencillo régimen civil que, fundándome en la letra de la Constitución y en el espíritu de las instituciones americanas, he pedido ahí y aquí.
Volviendo a instarlos para que me ayuden en la solicitud de indulto, contribuyendo así a su buen nombre y a hacer un servicio a muchísimas familias que lloran en la indigencia la persecución de sus deudos, los saluda afectuosamente,
Su compatriota y colega
E. M. Hostos.
Mayagüez, 29 de abril de 1899.
General Máximo Gómez,
Habana.
Querido Libertador:
Le doy las gracias por haberme hecho testigo del espectáculo más consolador que ha dado un pueblo a los hijos del siglo XIX. Es la primera vez, en cuanto he alcanzado de él, que veo a un pueblo corregir en masa la injusticia, la ingratitud de los que usan de su nombre para cometerla.
Este hecho, que es sumamente glorioso para usted, porque resulta de la fuerza de conciencia que usted ha desplegado en sus años de sacrificio por el bien de la patria nueva que virtuosamente ha contribuido a formar, es un hecho honroso para Cuba. Hacer justicia es una honra que las moles sociales no conocen. Cuando una de esas moles se mueve en dirección a la justicia, ¡hosanna, amigo querido!, bien podemos ya seguir trabajando por el bien. Reconfortado, como supongo a usted, por la consoladora actitud del pueblo cubano, en justicia a usted, ya no puede quedarle duda del apoyo que de él recibirá en cuantos intentos de bien público lo animen: y estoy seguro de que, si usted elige bien los medios, el fin se alcanzará ahí mejor que en parte alguna:
- Primero, porque la actitud de los cubanos, al reprimir su justo deseo de celebrar el abandono de Cuba por España, y su actitud de justicia al protestar contra injusticia hecha al más meritorio de sus libertadores, demuestra que es un embrión de pueblo fuerte: por fuerte entiendo digno; y por digno entiendo capaz de ejercitar sus derechos y cumplir con sus deberes.
- Segundo, porque la fusión de elementos sociales a que se debe, por obra del derecho, la formación de un pueblo, se ha adelantado en Cuba por obra de la fuerza puesta al servicio de la independencia.
- Tercero, porque el medio geográfico, el económico y el político (atendiéndose a la lucha que ahí han sostenido y seguirán sosteniendo las tradiciones españolas con las influencias americanas) han de antiguo decidido del porvenir de Cuba como del más seguro que habrá de tocar a una sociedad de nuestro origen.
- Cuarto, porque el cubano, de suyo tan inteligente está probado que también es reflexivo.
Con su reflexión dará a sus guías un punto de apoyo para la reconstrucción; con su ya adelantada formación social, dará base y cimiento a toda obra de reforma; con su ya demostrado amor a la justicia, dará alientos y confianza a los capaces de encaminarlo hacia un alto propósito ideal.
Uno de esos capaces es usted que es además uno de los más comprometidos a contribuir a la consumación de la obra de la independencia con la obra de la libertad.
Como he visto a usted empeñado en las agitaciones de estos días, he creído inútil enviar a usted los estatutos de la sociedad patriótica, que tengo por indispensable para formar el pueblo en Puerto Rico, y que considero conveniente para el desarrollo del pueblo en Quisqueya y Cuba, a donde irán algún día los propósitos y buenas intenciones de la Liga de Patriotas a despertar la idea de una organización metódica de la civilización.
En cuanto considere tranquilo el ánimo de usted irán los estatutos. Hoy le envío el Alegato en pro del gobierno civil, que escribí con objeto de que los Ayuntamientos de la Isla se adhiriesen al de Juana Díaz, que lo prohijó, a fin de así mostrar que el país, representado por sus municipios, quiere la enseñanza de las instituciones y del Gobierno americano: pero no el gobierno indefinido ni la anexión incondicional.
Tal vez convendría dar a conocer ahí ese documento. Así lo hará usted si así le fuese oportuno.
Mi familia, alborozada con las que han debido ser vivas alegrías de usted, lo saluda con afecto. Yo le aprieto ambas manos como triple expresión de afecto a la justicia, a Cuba y a usted.
Mayagüez, mayo 7 de 1899.
Señor Antonio Aracil,
Juana Díaz.
Querido señor Aracil, amigo bueno:
Me apresuro a contestar la carta suya de abril 30, que ahora mismo he recibido, para subsanar el olvidó que cometí en mi última.
No me he ocupado de la recomendación de usted en favor de su amigo, porque he tenido que hacer uso de franqueza un poco desdeñosa que no ha complacido, y ya no tengo acceso al poder sino por vía de Washington, que es vía larga e incierta. Conténtese con decir a su recomendado que en cuanto yo pueda, haré por él; pero que no se ponga a esperar lo que él mismo puede hacer mejor que nadie.
Su carta me ha gustado y disgustado al mismo tiempo; lo primero, por las noticias que contiene y por lo bien que expresa la situación moral del país y la de usted, honrosa ésta; lo segundo, porque ya es mucho lo que pesa sobre mí el hondo malestar de pueblo e individuos en la triste tierra que tan largas, lejanas y cercanas vigilias me ha costado.
Si he de abandonarme por un solo momento a la confianza que usted merece, ¿podré decirle en verdad y en realidad que nunca he sufrido tanto, yo, que tanto he sufrido, como desde que estoy en Puerto Rico? Y no, a fe, porque me sorprenda ni me hiera descuidado la torpeza que se demuestra al rehuir a la Liga de Patriotas, pues ya usted sabe cómo nació ella en Nueva York, y sabe también que peino canas, sino por el modo de rehuirla.
Pero ya sabe usted que me está prohibida por mi deber toda acusación, toda protesta y aún toda indignación. Por mucho que el ver de lejos y el prever intelectual sean un incompleto ver y prever, visto y previsto estaba todo esto.
Y ya que usted desea tanto conocer al pormenor la marcha de las cosas de la Liga en este hogar de mis primeros días, abreviaré y al par agravaré las tristezas de esta carta, relatando en pocas palabras lo que tiene de ingrato y lo grato que tiene para mí el lugar en donde nadie es profeta.
Al principio querían bulla; pero al verme la cara, desistieron, y hasta de los aplausos han desistido, porque yo les he dicho en las Conferencias en el Ayuntamiento que los aplausos son sobornos.
Como a los tres días de mi llegada dije en una reunión de padres de familia que yo establecería desde el lunes subsiguiente el Instituto municipal, que está funcionando hace mañana un mes exacto. Funciona porque mis hijos quieren que funcione, pues Eugenio Carlos y hasta Bayoán me ayudan, siendo imposible, como sería, que yo solo diera clase a dos secciones. No se alarme: esas dos secciones no constan más que de catorce alumnos, cinco de ellos gratuitos, pues la gente se ha empeñado en que el Instituto está muy lejos y en que los débiles hijos de puertorriqueños no pueden pasar aquende el puente Balboa (para ir a la antigua estación agronómica), por más que les hago saber que eso es lo que conviene al Instituto, a su enseñanza y a débiles hijos de débiles.
Habrá que mudarse al centro de la ciudad, porque el suburbio fresco, risueño y espacioso que se me cedió y en que ahora actúa el Instituto es precisamente lo que conviene. Es como con la Liga de Patriotas: precisamente por ser lo que conviene...
Como les prometí Instituto, y enseguida lo tuvieron, así les prometí conferencias y enseguida las tuvieron. Primero di dos por semana, y desde ayer doy una sola, cada sábado. Son muy concurridas y empiezan damas a asistir a ellas; pero la gente que dirige, despechadas o empachadas de partido y de poder, hace cuanto puede para hacerme notar que está ausente. Pero yo no lo noto: yo no he venido a Puerto Rico a notar que falta patriotismo entre los deberes, y sentido común en los procederes. Sin notar ausencias, sigo en mis predicaciones, y a veces me lisonjea la esperanza de que no predico en el desierto. Por una parte la juventud, y por otra parte la gente de trabajo, parece como que están asombradas de ver a un hombre que no representa comedias al hablar y actuar, y a eso, tal vez, se deba la asiduidad y la ecuanimidad con que me oyen.
Y se acabó. Tiempo falta y papel.
De todos y para todos, afectos.
Su amigo,
E. M. Hostos67.
Mayagüez, 18 de junio de 189968.
A Fed. Henríquez y Carvajal,
Santo Domingo.
Querido amigo:
Aunque sin tiempo mucho para espaciarme, le escribo a poco de recibir su deseada carta, porque no quiero que se vuelva a dormir la correspondencia, con quien tan fiel, durante tantos años, ha sido a ella.
Ante todo, una rectificación en honor a la patria y a la verdad. Mi pobre patria no victoreó a sus conquistadores: no hizo otra cosa que saludar alborozada a sus libertadores, porque los creyó libertadores. Aquí no hubo conquista: hubo ocupación tranquila de un territorio que su legítimo dueño convino imprudentemente en ofrecer sin condiciones al enemigo armado del violento ocupante tradicional. Ni los americanos vinieron como conquistadores ni lo fueron en verdad y en realidad. Mejor podría decirse que los puertorriqueños fueron conquistadores de los yanquis, porque los dominaron por el afecto y la estimación que les mostraron. Por lo demás, cuando se mire al fondo de la Historia, se verá que el golpe más severo recibido por España en los cien días de expiación, lo recibió de la mansa Puerto Rico, pues que, al entregarse la isla al invasor, con su alegría condenó inapelablemente el régimen odioso que sufría. Y si se buscara la causa de la mortal debilidad que aflige a mi país, y que efectivamente me tiene en soledad luctuosa, no se tardaría en descubrir en todas y en cada una de ellas, la huella de aquella ominosa dominación que nada hubiera hecho con pesar tanto sobre el cuerpo, si no hubiera pesado de tal modo sobre el alma de Puerto Rico, que la ha dejado inánime. A reanimarlo, a tratar de reanimarlo, vine yo; y a costa de tristezas invisibles, que ni siquiera tienen el incentivo de la ambición ni la esperanza de la gloria, resisto el alud de podredumbre que hacinó aquí el coloniaje.
Para dar a usted una idea del propósito de mi repatriación, le envié los Estatutos de la Liga de Patriotas. No me dice usted que los haya recibido. Voy a rogar a Eugenio Carlos que vuelva a remitírselos. Si usted los recibe, comuníquelos: quizá no falte quien quiera para Quisqueya lo que yo intento para bien de Puerto Rico y de todas las Antillas.
Letras y Ciencias fue remitida a las direcciones que dos de los tres ejemplares traían: el tercero lo propondré en canje a El Imparcial, en donde se da cuenta semanal de las conferencias que he establecido.
Mucho celebro el restablecimiento de Carmita. A todos salud y paz. Iguales deseos para usted y los suyos manifiestan los míos.
Siempre su afectísimo.
Mayagüez, junio 25 de 1899.
Señores doctores Julio Henna y Manuel Zeno Gandía,
Nueva York.
Queridos compatriotas:
Ayer he leído las declaraciones hechas por ustedes a The Herald. Sentí entonces la necesidad que ahora satisfago de manifestarles completa conformidad con ellas.
Estaba asombrándome de que mis compañeros de Comisión se desentendieran de las instrucciones que con su asentimiento, y previa correspondencia de opiniones, habían aceptado. Aunque es movediza la política, y pudo algún movimiento inopinado sobrevenir en mi ausencia, no lograba explicarme la causa que hubiera podido decidir un cambio tan repentino y tan contradictorio de miras y propósitos. Sin embargo, lo respeté, temiendo que llegara un momento en que los hechos mostraran que la única conducta por seguir era la aconsejada por mí. Así, desgraciadamente para Puerto Rico (que es lo único que me importa) ha sucedido indudablemente, puesto que ustedes se ven compelidos por la indiferencia del Gobierno americano, a protestar en la prensa contra esa conducta.
A juzgar por lo que dice The Herald, ustedes han llegado en su indignación hasta el extremo de hablar de independencia, y han hecho bien; pero si desde el principio, y ateniéndose a mis instrucciones, se hubieran consagrado a influir en la prensa y en el ánimo de Senadores y Representantes a conseguir para Puerto Rico la declaración de gobierno temporal que el Gobierno americano se verá compelido a aceptar, como ya se ha visto obligado a ofrecer de nuevo, no habría habido necesidad de hablar de independencia.
Aquí, como es natural, ha escandalizado a la gente que ustedes, después de sus cablegramas anunciadores de victoria, se declaren vencidos en esa entrevista con The Herald. Yo, por el contrario, me he lastimado de haber sido tan exacto previsor de lo que había de acontecer; y ya que no he podido evitarlo, a pesar de mis esfuerzos por evitarlo, celebro cordialmente la actitud de ustedes, siempre que ella corresponda a una meditada resolución de representar de una manera más esforzada al desventuradísimo país que no tiene más que la minoría de un solo hombre para opinar exactamente lo que a su presente, a su porvenir y a su dignidad conviene. A su presente conviene la dirección americana; a su porvenir conviene la influencia americana; a su dignidad conviene el ejercicio de su voluntad para optar entre el gobierno temporal americano y su entrada definitiva en la Federación americana.
La dirección y la influencia americanas convienen hoy, porque es urgente americanizar esta sociedad, física y moralmente más enferma de lo que diagnostica el autor de La Charca; conviene la reserva del plebiscito, porque, siendo improbable, tal vez imposible, que la población puertorriqueña sea absorbida por la americana, será también imposible la fusión de modos de ser y de pensar que parece indispensable requisito de la Federación.
En todo caso, y si para bien de la especie humana, el principio federativo tiene la virtud de actuar aún a través del mar, y a pesar de las diferencias físicas, psíquicas e históricas, siempre será un acto de dignidad colectiva, que nadie sabrá apreciar tanto como el pueblo americano, la reserva del derecho de plebiscito, virtualmente ha sido reservado por la Constitución a todas las entidades federales, en las enmiendas IX y X, pues que derechos no enumerados y poderes no delegados conservan toda su fuerza natural. Por eso las incluí en la primera de las Peticiones que hicimos al Ejecutivo Federal.
Independientemente del apoyo que el cuerpo general de la legislación política y el Common Law ofrecen a los sostenedores del clarísimo derecho de Puerto Rico, ustedes tienen un auxiliar poderosísimo en donde ustedes mismos concluyeron por verlo, cuando, en la segunda reunión de la Comisión en mis habitaciones del Westminster Hotel, discutimos las proposiciones presentadas en la primera junta. Ante la patente necesidad que les mostré de tomar en cuenta el desarrollo de la política antiexpansionista en los Estados Unidos, hubieron de convenir conmigo en la improcedencia de una petición de Territorio y en la oportunidad de una demanda de gobierno civil tal como el que entonces tracé y se adoptó como base de nuestras gestiones.
Pues bien: los motivos que tuvimos en enero subsisten en junio y subsistirán hasta las futuras elecciones. Puerto Rico es un simple interés político de los partidos que se dividen la opinión en los Estados Unidos. ¿Qué se ha de hacer para que los interesados convengan en dar lo que reclama la justicia?
Por de pronto, se ve que no dan resultado las gestiones ante el Presidente Mc Kinley. Importa, como se convino, en que se hagan también ante el pueblo americano, por medio de la Prensa, y ante el Congreso, tan pronto como se reúna. Pero no ya atemperando las gestiones a lo que parezca conveniente a los Estados Unidos, sino a lo que conviene realmente a Puerto Rico y a la Unión Americana.
Estas gestiones basadas en intereses, que ustedes pueden entablar con más fruto que cualesquiera que no tengan la larga residencia del doctor Henna en Nueva York, deberán comenzar por demostrar la incompatibilidad de intereses comerciales que hay entre Puerto Rico y los Estados Unidos. A éstos conviene el libre cambio con la Isla ya la Isla también; pero no limitado a los Estados Unidos, quienes, cohibidos en su política económica por la diversidad de intereses entre los Estados Federales, querrán siempre limitar el open door al comercio de Puerto Rico con los Estados Unidos, y nada más. Como los opuestos a la expansión territorial son, con las gloriosas excepciones de los hombres de doctrina, los mismos que se han opuesto siempre a las restricciones fiscales del comercio, no es muy difícil hacer comprender a la oposición parlamentaria de los Estados Unidos, que indefectiblemente llegará un día en que las necesidades comerciales de Puerto Rico le harán desear romper el vínculo federal, si por acaso llegue a anudarse; y que, por lo tanto, mejor es evitar el rompimiento, reduciendo a quince o a veinticinco años el gobierno temporal de los Estados Unidos en la Isla, que provocar una lucha innecesaria. A ustedes les costará menos hacer completamente suya esta idea del gobierno temporal, pensando en que es la idea dominante en el Senado, en que la ha expresado Mc Kinley antes que nadie, y meditando en la disparidad inevitable de intereses económicos de una isla y un continente.
Para que la obra de ustedes sea más eficaz, y para ver si así produzco la unión, o por lo menos, la reunión de las personas que aquí encabezan banderías, propuse que se les agregara a dos de los puertorriqueños que hoy tienen alguna delegación ahí y a Antonio M. Molina, que es un entendimiento y una actividad que se hace muy mal en mantener aislada.
Si se adopta, que es dudoso, el temperamento será útil para ustedes. Si no, bastará que les den una delegación más amplia para que el esfuerzo de ustedes sea más efectivo.
Les incluyo un documento que les hará formar idea de las pasiones que aquí llaman políticas; del estado de la administración de justicia, y de la necesidad de que ustedes gestionen y consigan un indulto, que tal vez libertará a muchos culpables, pero que de seguro devolverá libertad, bienes y vida a muchos inocentes. Esto les dará mucha influencia en el país.
Con verdaderos deseos de que sean ustedes útiles a nuestra pobre patria,
Su afectísimo compatriota,
P. D.- El documento y la carta a él adjunto se servirán ustedes devolvérmelos, una vez utilizados.
Mayagüez, julio 22 de 1899.
Señor Manuel Zeno Gandía,
Nueva York.
Querido compatriota:
La adjunta carta dirá a usted cuánto vale y cuánto merece el dignísimo puertorriqueño que ella me recomienda y que yo, por directa petición del interesado, recomiendo a usted.
Prestar servicio a un hombre así es servirse a sí mismo, pues no hay servicio mejor que el sentirse capaz de hacer justicia a un hombre bueno.
Confiado en eso, estaría seguro de que usted haría por el señor Terreforte y Arroyo cuanto él desea, que es la Administración de Correos de Aguadilla; pero como yo dudo de que en el Ministerio de la Guerra miren hoy con buenos ojos a los que tan bien han cumplido su deber de protestar, he hecho saber a los interesados que no tengo por eficaz esta recomendación, sino en lo que ella patentiza la confianza en el patriotismo de usted que tiene
Su afectísimo compatriota.
Mayagüez, 2 de agosto de 189969.
A Federico Henríquez y C.
Santo Domingo.
Querido compatriota y amigo:
Se nos va Porfirio, que nos ha traído el recuerdo de usted, a quien tanto se parece, y el de aquellos plácidos días en que todos creíamos en la exultación de la buena Quisqueya. El simpático mozo ha sido tratado por mí tan paternalmente como usted en su carta lo pedía: supóngase que hasta por su nombre bautismal me acostumbré desde el primer momento a llamarlo, y tendrá la medida de la cariñosa familiaridad con que lo he tratado. Espero que con los nuevos tiempos que comienzan para Quisqueya, su primogénito tendrá medios y modos de ser digno de su padre y de su patria. ¡Qué así sea!
Los nuevos tiempos se han abierto como era de prever que se abrirían. Cuando la tiranía se consustancia con un individuo, que vive de ella y para ella al modo que otros viven para la libertad y de ella, el tirano, que domina por el terror a todo el mundo, es secretamente dominado por el guarda-corps, que concluye por saber que es un hombre vulnerable, y por el fanático, que empieza por ignorar los obstáculos que la realidad opone a todo.
Ya hayan caído a manos del cómplice doméstico, ya bajo la pesadumbre de un ciego vengador de la dignidad nacional y de la justicia humana, Lilís es ya otra prueba histórica de que la tiranía no es inmortal.
Pero, ¡ay!, los tentáculos del tiranizador de honras, vidas, derechos y haciendas se extienden tan hondamente por el subsuelo y la sub-alma de la sociedad que ha personificado representativamente, delegado efectivo de poder, de carácter, de cultura, de estado social, que hay necesidad de tener confianza suma en la virtud de la libertad para no ponerse a temblar de miedo y horror a una secuela de tiranuelos.
Por de pronto, los lugartenientes siguen ahí, y habrá necesidad de un movimiento social para arrebatarles el poder de seguir haciendo mal. ¿Se promoverá ese esperado alzamiento de la sociedad dominicana para el recobro de su personalidad, de su poder y de su soberanía? Ansiosamente estoy esperándolo. Y como siempre que se espera con ansia, estoy dispuesto a acoger cuantas noticias, como la de ayer, me den. Corría en bocas dominicanas la noticia de un levantamiento por el Sur, y ya le he dado crédito; pero lo que me inspira más confianza es el juego de antecedentes históricos que opera a manera de causa obligatoria de sucesos en circunstancias semejantes a las que ya se han dado en cualesquiera otros tiempos y lugares. Y en tiempos todos y en los lugares más lejanos entre sí ha sido historia contemporánea, media, antigua, municipal, nacional, universal, que toda tiranía arraigada por conjunta acción de los malvados y del tiempo, los herederos de la tiranía se disputan a sangre y fuego la herencia. Si la postración del pueblo llega a tanto, que ni aun ahora se mueve; si la magnanimidad de Máximo Gómez no llega hasta sacrificar su paz personal a su país70, los herederos del horror de los últimos diez años se debilitarán por contiendas entre sí, que bien pueden empezar por un pacto voluntario de alguno de los sostenedores de la tiranía pasada con alguno de los que representen la protesta contra la tiranía.
Como quiera que sea, deseo lo mejor para esa querida tierra que tanto domina en mi pensamiento, que me ha costado suspiros, ayes y tristezas, cuando ya no cabían los dolores por mi patria en mi corazón atribulado.
¡Que salga el sol! Que lo saluden los viejos y los nuevos; que las nuevas generaciones lo contemplen como aurora sagrada que sucede a una de las noches más oscuras que en todo el transcurso de la historia ha contemplado la triste especie humana.
De todos para todos afectos, y de mí para usted un abrazo silencioso.
Mayagüez, 12 de agosto de 1899.
Señor General Comandante:
Como todos, nosotros hemos buscado remedios a nuestra desastrosa situación pública. No hemos encontrado otro que el ya descubierto por aquellos de nuestros compatriotas que han ido a conferenciar con Ud. acerca de la necesidad de un empréstito insular.
Cuatro beneficios inmediatos tenemos en mira al adherirnos a ese proyecto: primero, el empuje del trabajo y la energía social; segundo, la ejecución de tales obras públicas cuya imperecedera utilidad justificaría por siempre el empréstito; tercero, la reproductividad del capital tomado a préstamo; cuarto, el aprovechamiento de una necesidad económica para realizar un progreso político. Así el empréstito habría de servir como efectiva ayuda a la clase obrera; como instrumento de adelanto general; como un primer paso en la creación del crédito; como una lección práctica de self-government municipal.
El empréstito habrá de ser a la vez insular y departamental. Cada uno de nuestros siete departamentos Bayamón, Arecibo, Aguadilla, Mayagüez, Ponce, Guayama, Humacao, responderían de mancomún et insolidum, con sus rentas locales de la totalidad del empréstito; cada uno de ellos dispondría de parte del empréstito para sus necesidades particulares; cada uno de ellos respondería con sus entradas del séptimo del capital prestado.
Eso, en cuanto al ensayo de política financiera realizable por el gobierno municipal. Ahora, en cuanto a la justificación del empréstito, serían benéficas por siempre, y para siempre agradecidas, obras tales como la mensura de tierras baldías para preparar una ley de Homestead o de tierras solariegas, y una más justa y científica tributación; el lanzamiento del Toa sobre el llano de Guayama; la desecación de las marismas de Guánica y Tortuguero o su utilización como puertos interiores; la limpia de ríos y de puertos; la construcción o subvención de ferrocarriles de costa y de montaña.
El empréstito ascendería a $21,000,000; de modo que pudiera distribuirse por séptimos de a tres millones cada uno para cada departamento. De la suma total del empréstito se separarán siete millones para la fundación de siete bancos agrícolas y comerciales.
Resumiendo: un empréstito insular de 21 millones de dólares con la garantía del Gobierno y de las municipalidades, que se contratará en cualquiera plaza comercial de los Estados Unidos, el empréstito se distribuirá por séptimas partes, a razón de tres millones de dólares para cada uno de nuestros siete departamentos.
Se aplicaría exclusivamente a: primero, la institución de siete bancos agrícolas y comerciales en cada cabecera de departamento, con un millón de dólares cada uno, deducidos del total del empréstito; segundo, el establecimiento de siete escuelas normales de agricultura y artes manuales, una para cada uno de los siete departamentos; tercero, la construcción o subvención de líneas férreas desde cada cabecera de departamento al interior o al punto extremo de su jurisdicción; cuarto, la mensura de las tierras baldías; quinto, la conversión de radas en puertos; sexto, la canalización de los ríos Mayagüez, Yauco, Guayanilla, Portugués, Jacaguas, Bayamón y Arecibo, en las proximidades de las poblaciones y desembocaduras; séptimo, la desecación de terrenos pantanosos en las alturas, Guayama deberá iniciar la obra de regar su llano con las aguas del Toa y Plata.
A ser posible, se condonarán las contribuciones durante dos ejercicios económicos.
De la posibilidad del empréstito responden la abundancia de los mercados monetarios de la Unión; la solvencia de nuestros tesoros insular y municipales, y el hecho de no tener deuda ninguna que los grave.
En cuanto al honor para el Gobierno de la Isla, si de ese modo convirtiera en próspera una situación desastrosa, ninguno sería más de desear. De la gratitud que reportaría a los Estados Unidos, no se diga. Dígase tan solo, señor General Comandante, que siendo para todos un deber el contribuir a salvar de sus desastres a nuestra patria, el fácil deber, que es el del Gobierno, será el que mayores reconocimientos hallará.
Respetuosamente,
Eugenio M. Hostos71.
Al General
George W. Davis,
Gobernador de Puerto Rico,
San Juan.
Sr. Marcelino Torres,
Senil (Juana Díaz).
Querido amigo:
Ayer por la mañana, temeroso de que se me enfermara Mariíta, como ha sucedido, atribuía la inmunidad de que hasta ahora hemos gozado a los días de aclimatación en el Senil. De ahí, naturalmente, renuevos de gratitud para el Senil y para la familia hospitalaria y buena.
Imagine usted el efecto que pocas horas después, me causarían las tristísimas noticias que la buenísima Mercedes da en su carta a Inda. Según ella, la tormenta ha arrasado a ese pedazo de paraíso, precisamente cuando más lleno de primores estaba.
Quien, como yo, parece que no ha regresado a su país sino para ver males, no puede ser indiferente a los de personas tan queridas como ustedes, cuando no lo es al de indiferentes y aún adversarios. Lo cierto es que las desgracias de la patria, que antes me afectaban en la razón, ahora me afectan en el corazón. Antes, como cosas contrarias a la razón, me producían escándalo; ahora, como cosas contrarias a la clemencia me producen tristeza. Casi arrepentido de haber vuelto a la patria, en donde tan ilusamente creí que podría no estar de más un patriota, casi estoy avergonzado de tener tan poco que dar a los menesterosos de toda la Isla.
Soy breve, porque me apremia el tiempo; pero estén usted y Mercedes bien seguros de que todos nosotros participamos de las graves preocupaciones de ánimo que a ustedes agitan en estos momentos tristes.
De todos para todos, mil afectos. Los míos, en particular, tan vivos como de quien aprecia en toda su extensión el daño que quisiera y no puedo reparar.
Su amigo72.