Vlassis Caniaris, esculturas en éxodo
Sergio Ramírez
Gastarbeiter, Fremdarbeiter. Por allí andan, por las calles de Neuköln, por los barrios de altos y sombríos edificios de ladrillo, sobrevivientes de los bombardeos de la segunda guerra en Wedding y Kreuzberg, distritos proletarios; viejas escaleras, destartaladas habitaciones, patios enclaustrados en los que juegan niños, el colorido de su lengua extranjera en el fondo del pozo, escondites mágicos entre los tachos de basura. Calles bulliciosas en el verano, que se pueblan de colores y de voces cuando se improvisan los mercados en las aceras tan desoladas de la periferia obrera de Berlín.
Esos son, los Gastarbeiter, Fremdarbeiter, los trabajadores-invitados (siempre la finura contractual de elegir nombres inofensivos y hasta cordiales), los obreros extranjeros llamados a Europa Central desde Grecia, Turquía, Yugoeslavia, del sur de Italia, de Andalucía, para cubrir los déficits de mano de obra no especializada en los poderosos países industriales. Millones en la década pasada, cada vez menos en la presente, a medida que la crisis económica mundial se acentúa. Las «cuotas» se reducen drásticamente y ya casi no se les importa; importaciones masivas en trenes, o en aviones fletados. Se establecen en las ciudades atraídos por la promesa de los salarios en pesos fuertes, pesos de verdad, junto con sus familias, tan numerosas las más de las veces; y son los recogedores de basura, los cargadores, los que pueden aportar a la sociedad industrial la fuerza única de sus manos. Hasta Berlín llegan los campesinos turcos y yugoeslavos, como en el sur de Alemania se quedan los andaluces y los italianos, como a Francia llegan, invitados también, los argelinos y marroquíes. En los barrios sórdidos establecen su afincamiento provisional, improvisado, nunca fijo, todo volandero como para deshacerlo mañana. Porque solo están aquí para ahorrar lo suficiente y regresarse. La discriminación en el trabajo -por muy invitados no dejan de ser obreros de segunda clase- el aislamiento social de que son víctimas, no es más que un mal provisional también. De este éxodo masivo, de esta vida en aislamiento surge toda una cultura, la cultura de los trabajadores-invitados, en casa de sus huéspedes.
Un escultor griego toma los elementos de esta cultura para reproducir, a través de figuras cuyo sello permanente es el de esa desolada provisionalidad, ese mundo del que hasta ahora solo se habían ocupado los sociólogos y demás científicos de encuestas. La exposición de Vassilis Caniaris -nacido en 1928 en Atenas, 5 años estudiante de Medicina, estudios de escultura en su país, en Italia y en Francia- se ha abierto el pasado mes de enero en la antigua Galería del Siglo XX frente a la estación del Zoo en Berlín. Para sus esculturas, Caniaris ha elegido exclusivamente los materiales que en distintas formas son parte del mundo de los obreros extranjeros en sus habitaciones: cajas de cartón, mallas de alambre, madera pretensada, cuerdas de tender ropa, latas de conservas, envases, y a partir de la modelación de esos materiales consigue sus figuras, figuras de niños en juego, hombres en las paradas de buses, mujeres frente a las vitrinas de las tiendas, todos vestidos con sus propios atuendos, ropa de segunda clase de la que siempre está en rebaja en las tiendas (hay cadenas comerciales creadas solo para los trabajadores-invitados, puestas en lugares estratégicos de sus barrios). Y restos de juguetes, juguetes improvisados por los padres para sus hijos, paredes forradas con periódicos, viejas valijas y zapatos, lámparas, aglomerado desorden en el reducido espacio de los cuchitriles. Las esculturas, decapitadas las de los hombres en espera del tren, con alas las de los niños en juego, un torso que es una malla florecida de claveles rojos, logran expresar poéticamente ese mundo que es ya de por sí, traumático y surreal; con sus toques de fantasía recogidos de la pobreza de los materiales, Caniaris consigue elevar la calidad representativa de sus figuras hasta dar un impacto de conjunto, que el simple ajuste a un realismo radical no habría podido lograr. El sueño, la inseguridad de un pueblo errante, la surrealidad del éxodo. Las esculturas hablan por él.
Caniaris, aún ya abierta al público la exposición, trabaja en terminarla porque -no podía faltar la improvisación- las fechas le fueron adelantadas. En un cuarto abierto al visitante y rodeado de pegamentos, tablas, alambres, ropa vieja, decora, cuelga, ajusta. Un clavel rojo aprisionado en yeso como un hueso fracturado, fue el símbolo de una de sus exposiciones en Atenas, en tiempo de los coroneles. Salió exiliado, por supuesto. Y para que no falte el surrealismo, su exposición de Berlín solo está abierta en horas de trabajo y cerrada los domingos. Se queja pues de algo muy importante: los trabajadores extranjeros en Berlín, no la podrán ver. Pero así es el arte. Nadie sabe para quién trabaja.
Berlín, febrero de 1975.