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La Alhambra se estremeció en sus hondos cimientos cuando unas golondrinas africanas trajeron del otro lado del Estrecho la noticia de que 20.000 kabilas querían ser súbditos españoles, renunciar a la vida del desierto, arrojar la espingarda, esa arma que llamó Dumas «el telescopio de la muerte», rasgar el alquicel que flota sobre los recios hombros, soltar en la llanura el caballo, echar en el agua los últimos granos de pólvora que quedan en su bolsa de guerra y las postreras miradas de amor a la costa sinuosa que borda sus sábanas de arena con encajes de espuma... y ¡venir a España! ¡venir a España!... ¡Pobre enjambre de golondrinas que emigran del país de la primavera, porque no hay en él ni un grano de trigo, ni un día de paz!
-62-¡Marruecos!... Es un país de triste presente y de porvenir espantoso. Sus aldeas son montones de chozas, hacinamientos de edificios mal construidos, filas de huecos abiertos en la tierra -nidos de grillos donde duermen escorpiones-. Su vivir es luchar, Las tribus se disputan el campo como el sol y la sombra se le disputan, palmo a palmo, línea a línea. Lo que unos han levantado es destruido por los otros. Pasan como torrentes de lava, llevándose delante el amor de las mujeres, los rebaños y las joyas. La tierra es fecunda, echa de sí abundantes cosechas. La mazorca de oro del maíz nace hoy donde ayer oleadas de sangre humana humedecieron la arena, y el mismo caballo que condujo, al kabila cubierto con su kusman de lana rayada, por cuyo principal pliegue asoma el rostro feroz, la nariz chata, el bozo áspero y brusco que cubre las mejillas negras como una rala sembradura de azafrán rojizo -ese mismo caballo que pateó el cuerpo del vencido enemigo-, tira del arado tosco hecho de una raíz de palmera y un pedernal agudo. El agricultor levanta allí sus cánticos sobre el campo de batalla. La paz sonríe.
Las mujeres van a los pozos abiertos sobre la abrasada arena, y abrazando los ventrudos cacharros que rezuman el fresco contenido en perlas de cristal, traen al hogar improvisado, con la dulzura del agua cárdena, la tranquilidad eterna de aquellos hondos depósitos colocados bajo el polvo lumínico -63- y encendido del desierto. La tienda de pieles de camello surge y se levanta en el arenal -lo ha dicho en bella frase Alphonse Daudet-, como «una vela quieta en un mar inmóvil» . Los hijos -ángeles negros- corren por entre los cañaverales como pollos de perdiz alegres, vocingleros, gustando las frutas verdes, cazando cigarras y culebras. Van desnudos y sus cabezas rudas, abundantes en crespa cabellera, parecen flores de cardo. Es la generación engendrada en el período de paz, pero que en el nido de la alondra presiente el tugurio del buitre... y el buitre se acuerda un día de su pico y de sus garras. ¡Pobres mujeres! ¡Pobres ancianos! ¡Pobres enfermos y tullidos! La debilidad es allí un crimen. El que no puede seguir la palpitante y ansiosa vida de la tribu es olvidado sobre un peñasco calcinado y árido, y el suelo ardiente, y el sol vibrante desecan sus fauces, cauterizan sus ojos, queman sus músculos... ¡Cuando llega el enemigo, en el aduar sólo quedan chozas hundidas y cadáveres carbonizados, negros, tiesos y rígidos... una familia de momias dormidas en la gran sábana luminosa del sol... ¡Y allí, a lo lejos, donde el cielo se une a la tierra besándola con los labios dorados de un horizonte curvo en que palpitan y se mueven en la atmósfera inundada de luz, polvoreda inquieta e insectos de élitros metálicos, una caravana huye y solo se ven de ella los relucientes cascos herrados de los caballos que -64- galopan y los alquiceles flotantes de sus jinetes!
La mujer... la mujer no es en Marruecos la madre... Es la manceba. El placer perfuma su estancia. La maternidad no decora su rostro con esa sonrisa grave y serena de las madonas que pintó el Veronés. La servidumbre hace del amor la más vil de las sumisiones, y cuando delante del espejo de plata bruñida la esclava adorna su garganta de marfil ahumado con hilillos de menudas perlas, sus manos tiemblan, sus ojos -en que el cristal negro de la niña muere con resplandores de luz cambiante sobre el azulado globo- desprenden una lágrima... ¿Quién sabe si el amo hará vil mancilla de su amor, de aquel amor que tienen presa las cadenas de la servidumbre?
Navarrete refiere en sus Acuarelas de la guerra de África, que algunos señores marroquíes se complacen en abofetear a sus amadas para gozar viéndolas llorar. ¡Oh vileza! ¡Si las lágrimas embellecen su rostro, después de ellas queda su alma estremecida y turbia como un estanque donde se echó un puñado de arena al pasar!
-65-
(Retazos de un cuento)
Parecía Eladia la representación de la generosidad, con ambas manos llenas de trigo que echaba sobre el inquieto y voraz averío de aquellos corrales.
Vestía de negro; falda de merino, que iba rozando con el suelo; pañuelo de seda, del mismo color, con lunares blancos; cuerpo ajustado, que delataba la suave y poco desarrollada curva del seno, y el talle sutil y derecho como un álamo joven. Su rostro era blanco-mate; sus labios finos, y su nariz, ligeramente aguileña, presentaba en el promedio de su delgada línea una pequeña prominencia, que prestaba a todo el conjunto de las facciones sello de dignidad y nobleza. Sus ojos eran pardos; los dientes ebúrneos; las pestañas, largas, diseñaban la figura del arco, moviéndose con gracioso mariposeo al parpadear. Así era Eladia.
-66--¡Vamos, hambrientos! -dijo dirigiéndose a media docena de palomas que frente a ella movíanse torpemente y arrastraban sobre el suelo el plumoso buche- ¿Cuándo os cansaréis de comer?
Las palomas contestaron con un arrullo, como manifestando esta idea:
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«Dame pan y llámame hambriento». |
Y la señorita Eladia metió las manos en los bolsillos de su delantal de lana y las sacó llenas otra vez de trigo. Alborotose el averío; las gallinas quisieron tomar a picotazos las primeras posiciones; un capón -que así se le llama- enderezando sobre una pata su inútil vida, meneó la cresta, hízola caer a un lado y a otro, y lanzó de su pecho un cacareo ministerial, que podía traducirse: «¡A mí, que soy tan obediente y pacífico, no me olvidará usted!» . Los gansos reclamaron también su parte, y hasta los pavos hicieron la rueda, como hombres que piden algo.
-¡Ea! Se acabó. Ya no hay más -afirmó Eladia, dando resueltamente algunos pasos hacia la puerta.
Luego volviose a las bardas del corral más cercanas, y asomando su rostro por encima de una de ellas, miró al camino.
Era una faja polvorienta, que serpeando en ondulante línea, perdíase a lo lejos en los altibajos del montuoso paisaje. No se veía un árbol ni una mata. Rastrojos agostados por la derecha; prados sin verdor por la izquierda, y allá, a lo último -67- del horizonte, una cumbre nevada que hundía su cabeza en las nubes grises de un celaje torvo y amenazador.
-Ya son las cinco -pensó Eladia, mientras sus manos arrancaban del lomo del bardal unos hierbajos parásitos que allí crecían-. A las tres salió de Casanueva. A las cuatro habrá pasado por la Galianilla, donde le esperaba mi padre... ¡Poco tardarán!
Después miró al suelo con atención profunda. Así se mira cuando se medita.
-¡Qué tonta soy! -exclamó casi casi con la boca- ¡Qué impaciencia la mía! Si mi padre penetrase lo recóndito de mi ser, se quedaría absorto y asombrado. ¿Qué es lo que aguardo con tanta ansia? ¿Qué es lo que espero?... ¡Calma, calma, calma! ¿Qué adelanto con mirar una y otra vez?
¡Veremos quién puede más, si mi voluntad o mi corazón! Ahora me entro en mi cuarto, llamo a mi hermana, y me pongo a bordar. Aun cuando tarden una y cien horas, no he de dar señales de mi paciencia... ¿Qué señales? ¡Ni he de sentirla tampoco!
Hízolo como lo pensaba la simpática señorita, y, atravesando el corral, subió una escalerilla de piedra que conducía a la casa, en cuyo aspecto exterior observábanse todos los rasgos de la vivienda de un hacendado rural. Había en ella dos pisos un tejado invadido por hueste trepadora de jaramagos -68- y parietarias, mucha ventana de diversos tamaños y anárquica distribución, balcones corridos de mohoso hierro, dos corrales y un jardín, único paraje frondoso en aquellas diez leguas a la redonda.
Por el interior advertíase en las habitaciones mucha desigualdad en él mueblaje y adorno. En unas salas veíanse muebles de última moda, piano vertical de siete octavas co n su musiquero de palo santo; arañas de cristal y butacas enfundadas. En otras partes, desnudez completa en las paredes, bancos de pino sin pintar, viejos arcones, cuyas bisagras chirriaban al abrirse, y aquí y allá, pendientes de las paredes, collerones de malas, montones de varas, azuelas, palas y utensilios agrícolas.
Eladia anduvo por el largo pasillo que llevaba a su alcoba, y al entrar en ella, dijo con entonación cariñosa:
-¿Dónde está esa perdida? Me dejas sola, Narcisa, y me desespero esperando.
-¡Ja, ja, ja! ¿Estás impaciente? -repuso la voz dulcísima de otra señorita.
-¿Yo?... ¡por papá! -entonces Eladia echando una furtiva mirada al espejo, donde se retrató su faz, teñida súbitamente de carmín.
-¡Por papá... por papá! ¡Picarilla! ¡Qué poca confianza tienes en tu hermana!... ¿Y ese señor don Ángel Garrido, no te inspira interés ninguno?
-69--¡Vaya! ¡Fuera una solemne bobada! ¿Le conozco acaso?
-Le conoces de nombre, de referencias... y de fotografía, que es conocerle poco menos de vista. Sabes que es un señor promotor fiscal de mucho talento, que tiene ojos negros, barba negra y traje negro; aquello, porque Dios quiso dárselo; esto, porque acaba de morir su madre, buenísima señora, que está, sin duda, donde la nuestra: en el cielo... Todo esto sabes... y algo más que me callo... Sabes que viene a vistas con el intento de que le conozcas personalmente y le trates... ¡en suma, para casarse contigo!
-¡Calla, calla, charlatana! ¡Qué suelta tienes la lengua! ¡Has venido del colegio hecha una oradora! -replicó Eladia, sentándose en las rodillas de su vivaracha interlocutora.
-¡Quieres que siga hablando y me dices que calle! Comprendo tu modestia, tu temor, tus ruborcillos... cuando hay gente delante. ¡Pero ahora, cuando estamos solas, yo sentada en mi silla y tú sentadita en mi falda... cuando están nuestras caras tan juntas!...
Así era verdad: los rostros de ambas muchachas tocábanse casi, y sin casi, se tocaron cuando Eladia, para poner fin al discurso de su hermana, posó sus labios en los de la habladora, imponiéndoles silencio con aquella dulce mordaza. Fue el beso de la rosa y el coral que nos refiere la fábula -70- árabe. La boquita pequeña, levemente coloreada de Eladia, selló una vez y otra vez los labios rojos de Narcisa, y durante un breve rato, sólo se escuchó en la estancia ruido de besos.
-¿Quieres que vayamos al jardín? Sí -dijo Narcisa-. Subiremos al mirador, y desde él podremos dominar toda la campiña... En cuanto veamos el polvo de los caballos, bajaremos a nuestro cuarto, y allí nos pondremos a bordar, a coser, a regar los rosales, a limpiar las jaulas de los canarios, a... a cualquier cosa, a fin de, que no se figure ese prodigio, ese Séneca, ese Adonis... pues de prodigio, de Adonis y de Séneca tiene don Ángel... a fin de que no se figure que le aguardamos con impaciencia... ¡Quiérele mucho, pero no se lo demuestres!
-¡Muchacha! Tú sabes más de la cuenta... No es bueno el disimulo... sobre que no hace falta, pues no hay en mí tal amor, ni tal...
-¿Volvemos a las andadas? Eres incorregible. No disimules, no finjas.
-Tú eres quien me propone el fingimiento.
-Sí, ¡para ocultar el amor que finges no sentir!... ¡En marcha!
Levantáronse las dos señoritas, y tomando dos pañuelos de seda, echáronselos sobre las gentiles cabezas. La de Narcisa era pequeña y no ofrecía facción notablemente hermosa, porque si sus ojos eran vivísimos, negros, fulgurantes, en cambio no -71- tenían grandor extraordinario; si su nariz era bella, fina, de ventanas nacaradas y movibles, en cambio parecía harto chica para armonizar con la anchura y despejo de la frente; si su pelo era negro como el de Cloe, no tenía aquel brillo de grano de mirto que Longo atribuye a la amante de Daphnis. A pesar de esto, mirar a Narcisa y sentir el influjo magnético de la simpatía, era obra del mismo instante. ¿Debía atribuirse este hechizo al fuego de sus ojos, o al de sus labios? ¿Era la luz de su mirar inteligente, límpido, sereno y claro, o alguna fuerza misteriosa y desconocida, especie de electricidad del alma, que descargaba sus corrientes alrededor de sí, colocándola en una atmósfera de atracción inevitable? Por ahora no sabemos decidir el caso. Tal vez los sucesos de esta historia nos entreguen la clave del secreto.
Narcisa y Eladia entraron en el jardín, que era grande, y se perdieron en las numerosas oscuridades de su alameda, donde mil pájaros piaban, cantaban y reñían entre los árboles.
-¡Eh, señores pajarillos! -dijo Narcisa mirando a lo alto de los árboles- ¡Casta endiablada de murguistas, Apolos con alas, tunantuelos holgazanes, guardad silencio!
Cuatro o cinco de los interpelados salieron de la copa de un plátano y fueron a esconderse en la elevada cima de un álamo blanco, cuyas hojas bicolores agitábanse mansamente, mostrando, ora la -72- carita blanca, ora la oscura, al modo de niña coqueta, que ya nos enseña su rostro enojado y sombrío, ya sonriente, luminoso y sembrado de dulces hoyuelos por la sonrisa. Desde su nueva orquesta reanudaron la inarmónica sinfonía de pitidos, gorjeos, trinos y arrullos. Tórtolas, verderones, pitirrojos, calandrias y mirlos andaban por allí en graciosa bandada. También el romántico, el poeta, melenudo, el galán... ¡el ruiseñor digo! hacía arpegios, modestamente escondido en lo más intrincado del follaje, y el gorrión procaz, y la abubilla de largo pico y ojuelos de señorita, y la orgullosa oropéndola, que busca las soledades, andaban por allí desparramados... Todos sonaban sus instrumentos músicos, y parecía que estaban enredando una madeja musical, o poniendo en cifra los delirios de Paganini. Ya se podía creer que disputaban, haciendo acudir al pico las razones; ya que, agotadas éstas, se insultaban retándose a singular batalla; ya que hablaban de amores, y entonces era de ver cómo, del grupo más, numeroso salían volando, por distintos lados, dos pájaros, para ir a decirse en secreto algo que está mal de decir coram populo.
-Hija mía -dijo Narcisa, parándose delante de Eladia, después de haber andado algunos pasas.
-Aquí no se puede vivir. Si no fuese por nuestro pedazo de jardín, verdadero oasis de este Sahara, a que llamamos La Mancha, ¡yo me ahogaba, me moría!
-¡Qué exageraciones! ¿No he pasado yo mi vida en este pueblo? ¿No he vivido, durante los cinco años que estuviste en el colegio, sola, completamente sola, sin compañía de nadie, sin distracción de ninguna clase? -repuso Eladia.
-Es que tú eres de la madera de los mártires. Todo lo encuentras bueno... No comprendo la vida en este lugarón. Voy a hacerte la pintura de las felicidades que puede proporcionarnos... Pero andemos y hablemos al mismo tiempo.
-Vamos donde gustes -repuso Eladia sonriendo, y echándose aire con un abanico.
-Primera, distracción: -continúa Narcisa contando las distracciones por los dedos - pasear por el jardín. Segunda distracción: sentarse en el jardín. Tercera distracción: volver a pasear por el jardín susodicho... Y así sucesivamente... ¡Ah!, se me olvidaba. Además, se puede gozar mucho, muchísimo, recorriendo los barbechos y destrozándose los pies en sus endurecidos surcos, cegar con el reflejo de un sol que echa lluvia de rescoldo sobre la tierra, respirar el ambiente polvoroso, y morirse de tedio después de disfrutar estos encantos de la bella Naturaleza.
-Pero, Narcisa; prescindes de uno de los principales placeres nuestros.
-¿Cuál?
-74--El de la vida de la familia.
-¡Como si la vida de la familia no fuese igualmente agradable en La Mancha que en Madrid! ¡Como si fuesen incompatibles la vida del hogar, el cariño de mi excelente, de mi excelentísima hermana, y el de mi papaíto, con los encantos de las grandes ciudades!
-Tanto como incompatibles, no digo; pero confiesa que... un poco reñidillos sí están. Si se vive mucho fuera de casa, algo hay dentro de ella que se queda frío. El tizón que arde en la calle no calienta el hogar.
-¡Filosofía! Yo estoy por las cosas prácticas. Puede arder la mitad del tizón en la calle y la mitad dentro de casa... Me parece que te he vuelto bien la pelota.
Habían llegado al sitio del jardín que se llamaba el Mirador, y que no era otra cosa que una elevación del terreno que formaba un a modo de montículo, sobre el que estaba un banco de hierro. Rodeábanle diversas plantas de flor olorosa, que, mustias y marchitas por el calor del día, exhalaban su aroma en el aire quieto y pesado de la bochornosa tarde.
-¿Ves el camino? -dijo Narcisa- No viene nadie.
-¡Aún no! -repuso Eladia.
-Ahora se levanta un poco de aire... Mira cómo se menean las grandes aspas de los molinos de viento.
-75-Meneábanse, en efecto, las ruedas de tres molinos que en la lejanía más remota se columbraban, y con sus brazos extendidos y su montera de plomo inclinada hacia la derecha, por el batir de los temporales, parecían una cuadrilla de matones embravecidos, puestos allí para amedrentar al mundo, retando a riña a todos los valientes. Más abajo extendíase el campo infinito, abierto igual, y sus tonos rojos y pardos no se veían alterados sino por algún manchón blancuzco de peñascos, o por la oscuridad de tal cual zarza silvestre.
-Ni viene ni asoma -dijo Narcisa con tono humorístico.
-Hacia los Cabezuelos veo un caballo que corre.
-¿Serán ellos?
-No, porque han de venir tres caballos: uno el de mi papá, otro el de don Ángel, y además el que trae Toñuelo con los equipajes.
-Entonces, ¿quién es ese jinete?
-Sin duda es don Melitón, el diputado provincial, que viene de Rionegro.
-¡Uf! ¡qué hombre más cargante!... Él es, sí... Ahora distingo su caballo blanco y su gran sombrero de paja.
Los Cabezuelos eran tres grandes peñascos de forma esférica que había a la derecha del camino, sobre una pequeña altura; y cerca de ellos venía un jinete, de desgarbado talle, flaco y huesudo -76- como don Quijote, cuyo Rocinante, peludo y trotón, hacía sonar, andando, el hierro del freno. Traía el jinete polainas de cuero, espuelas viejas y herrumbrosas, borceguíes blancos llenos de barro, y un gabán, que llenándose de aire, a manera de vela latina, con el andar del caballo, aumentaba la extraña apariencia del señor Diputado.
Eladia le veía avanzar, y cuando estuvo cerca de la tapia del jardín, púsose en pie para saludarle.
-¡Hola, buenas mozas! ¿Cómo estáis? ¿No ha venido vuestro padre? -preguntó don Melitón refrenando el feo jaco.
-Aún no. Y ya esperamos con impaciencia.
-Ha sido una locura ir hasta la Galianilla sin llevar gente armada -afirmó el Diputado.
-¿Hay algún peligro? -preguntó Narcisa con gran anhelo, mientras que Eladia daba a entender en su semblante la ansiedad con que esperaba la respuesta.
-Si he de hablaros con franqueza, le hay... Esos secuestradores... Esa compañía de muchachos de temple que capitanea Luisillo Cien-reales.
-¿Y andan por aquí hoy? -preguntó Eladia.
-¿Quién sabe dónde andan? -dijo el Diputado, acariciando con una mano el cuello del Rocinante.
-Esos pájaros, de un vuelo se van de esta provincia a la de Ciudad-Real, y de otro vuelo se vuelven. Pueden más que el diablo.
-77--¡Dios mío! -exclamó Eladia- ¡Que no los hayan encontrado!
-Pero, señor, ¿no hay autoridades?, ¡no hay Guardia civil? -interrogó con indignada voz Narcisa.
-¡Ta, ta, ta! -repuso don Melitón- ¿No te he dicho que pueden más que el diablo? Gracias que los chicos son gente de buen sentido, y a las autoridades nos permiten circular libremente. ¡Si no fuese por su condescendencia, llegaría a Villar-Don-Lucas el correo una vez al año.
-Pero esa es una infamia -balbuceó Narcisa-. Eso es vivir gobernada por bandidos.
-No tanto, no tanto, señorita... No os llenéis de temor anticipadamente. Aún no es tarde. Acaso hayan ido los viajeros por la colada real, y entonces no sería extraño que tardasen más. ¿Queréis algo?
-Que usted descanse -dijo Narcisa.
-Adiós -añadió Eladia sin apartar sus ojos del camino.
-Si ocurre algo, llamadme -repuso el Diputado, a tiempo que su caballo, herido por la espuela, partió trotando, con cuyo violento arranque las palabras de su señor salieron completamente dislocadas.
-¡Oh, qué horror! -dijo Narcisa juntando con piadoso ademán las manos- ¿Habrán caído en poder de los bandoleros?
-78--No... Dios los habrá libertado de tanta desgracia... Enviaremos a Bonifa para que los busque... Salgamos al menos de esta incertidumbre. Me asustan, menos que la duda, todas las desdichas del mundo juntas.
-¡Bonifa! ¡Bonifa! -gritó Narcisa.
Su voz resonó en lo último del jardín, de donde respondió otra voz menos dulce:
-¡Voy allá, señorita, voy allá!
Escuchose el ruido de unos pies que pisaban la arena del sendero, rozar de ropas en los bojes y rosales de la vecina calle, y después apareció sobre el mirador la figura del mayoral de la labranza, del señor Pantoja.
-¿Ocurre algo, señorita? -dijo aquel rudo hombre llevando su mano a la cabeza para quitarse a medias el sombrero.
-Ocurre, ocurre... -balbuceó impaciente Eladia- ¡Dios sabe lo que ocurre! Papá tarda mucho. Tememos que le haya ocurrido algo... Monta a caballo, recorre el camino hasta Galianilla, y averigua dónde están... dónde está mi padre.
-¡Qué, señoritas! No tengan ustedes miedo. Vendrán más despacio, pero no hay nada que temer.
-¿Y esa partida de Luisillo Cien-reales?
-Por ahí anda -replicó el mayoral señalando al campo con ademán torpe-. Esos tunos se meten con la gente floja; pero con el señorito... ¡Vamos! -79- ¿adónde irían a parar ellos? ¡Buenos humos gastan los Pantojas! Díganlo aquellos pillastres de la partida carlista de Lirones, que quisieron acoquinar una noche a su abuelo de usted... y ¡vamos!, ¡que aún deben estar corriendo! Déjenle a mi señor don Sandalio, que teniendo a mano una herramienta, así huirá él como mi padre, que está en el cementerio... A más de que don Sandalio va armado.
Ni un momento siquiera prestaron las dos jóvenes atención a las palabras del viejo mayoral. Lejanos rumores que llegaban confusamente hasta ellos las tenían preocupadas, con las pupilas fijas en lo más remoto del camino, y el rostro dilatado por el ansía de oír y ver. Eran algo como galopes de caballos, ruidos secos, que parecían aproximarse a veces y huir poco después.
-¿Serán ellos? -preguntó Eladia.
-¿Vendrán ya? -dijo también Narcisa.
-Claro es que son ellos -afirmó el mayoral.
-Bonifa. Allí aparece un jinete.
-¿Papá? -exclamó Narcisa,
-¿Ángel? -dijo Eladia.
Viose gran polvareda en un ángulo del camino, y, envuelto en ella, un jinete que corría, corría con desenfrenado galope. Detrás venía otro jinete, y otro detrás.
-¡Ahí están! gritó alegremente Narcisa.
-¡Por fin! -exclamó Eladia.
-80-El verano oficial había venido diez días antes, pero el verano del sol aún no se había dignado asomar su ruborosa faz por los horizontes manchegos. Las violetas habían muerto, es verdad, pero las azucenas aún no habían salido del capullo en que encierran modestamente su aroma, como perfumistas que no quieren pagar contribución. Las lilas eran las dueñas del jardín, y a un lado y a otro del enarenado sendero se saludaban cual buenas vecinas con sus manos moradas, dándose felices tardes; claveles rojos se pavoneaban en los arriates desafiándose unos a otros con orgullo de bravucón jacarandoso, y la obesa petunia se arreglaba él voluminoso volante de su sangriento vestido, quitándose el polvo con que el viento arisco la ensució.
¡Grandísimo tuno es el viento! Él es quien hace girar en fantástica ronda el polvo y los papeles que andan por el suelo, como si una misteriosa fuerza los impulsara a moverse, y los pedazos de periódicos vuelan cual si tuviesen alas, que el genio hubiera prestado a la imprenta. El viento fue la causa de que aquella misma tarde en que llegó a Villar-Don-Lucas Ángel Garrido no comiese la familia de Pantoja en el cenador del jardín, como solía, sino en el salón del piso bajo, donde estaban los muebles más antiguos de la casa, recios asientos de nogal labrado, ancha mesa de encina, con patas de hierro, llenas en su base de hojas de acanto -81- repujadas, y un reloj monumental, en cuyo horario algún artista ignoto había pintado el retrato de un hombre, que meneaba los ojos al oscilar el péndulo.
-¡Famosa tarde! -dijo don Sandalio, entrando en el comedor precedido de Ángel- Yo pensaba que hubiéramos comido en el jardín; pero, sí, sí... ¡Bueno está el tiempo!
-Hemos traído la tormenta con nosotros -dijo humorísticamente Garrido.
Era éste un caballero como de veintiocho años de edad, moreno, pálido y con ojos tan grandes, que constituían la facción más notable de su rostro. Hablando, riendo, y aún callado, aquellos ojos decían siempre algo, y hasta al perderse en la contemplación abstracta de lo indeterminado, estaban echando discursos y haciendo preguntas.
-¿Cuándo vienen esas chicas? -dijo don Sandalio, no porque le respondieran, sino por expresar que, en su concepto, tardaban demasiado.
-Aquí están -dijo Narcisa desde la puerta.
-¿Os ha detenido el tocador? -interrogó don Sandalio.
-Es claro -afirmó Narcisa con graciosa prosopopeya y cómica ironía-. A la mujer no la puede ocupar otro motivo. El tocador es su único pensamiento.
A pesar de las protestas de Narcisa, en su cabello y en el de su hermana advertíanse muestras -82- de que el peine había hecho poco antes su oficio en aquellas cabezas. Frescas rosas, medio escondidas entre el pelo, debajo de la nacarada orejita, adornaban a Narcisa. Eladia no había querido tal adorno.
Sentáronse en torno a la mesa y circularon las viandas. El sustancioso cocido castellano anduvo en rueda, invadiendo la atmósfera del salón el caliente vaho de la sopa. Sobre la mesa descubríanse los entremeses gustosos, la plata de los cuchillos y tenedores, la cristalería fina y la loza de lujo, que, reflejando su limpieza en el mantel, producían un grato efecto aperitivo.
-Prueba el vino, Angelillo -manifestó don Sandalio escanciando de una botella; al promotor fiscal-. Es de casa. Come de esas aceitunas. De casa son... ¿No comes otra vez garbanzos?..., también son de casa... Come ternera... De eso has de tomar... Esta mañana la mató Bonifa... Es de casa.
Allí todo era de casa, y si el ser de casa hubiese sido razón para que Ángel comiese cuanto deseaba don Sandalio, habría necesitado un estómago como el de Lúculo y un hambre como la de tres Salamancas estudiantiles. Comió, a pesar de todo, cuanto le pusieron, porque en tales casos es preciso apurar con la munificencia obsequiosa del anfitrión la copa de la paciencia. Cuantos guisos puede condimentar la cocinera rústica salieron a plaza -83- en aquella tarde. Don Sandalio era hombre que sabía hacer las cosas, y para honrar la llegada del promotor fiscal lo dispuso todo en grande. Un cochinillo entero sustituyó en su gran fuente al asado; vino después la liebre, y más tarde el jamón, al que siguieron las perdices.
-¿Cuándo piensas tomar posesión de tu promotoria? -manifestó don Sandalio mientras trinchaba una gallina.
-Pienso tomarla mañana -repuso Garrido.
-El juez me ha dicho que vendrá a verte luego... Es una excelente persona. ¿Verdad, Eladia?
-Sí, lo es -dijo Eladia-. Sumamente amable.
-¿Casado? -preguntó Garrido mirando a Eladia.
-Casado y con hijos -contestó ella.
-Lleva veinte años sentenciando causas.
-También vendrá luego a verte don Melitón, el Diputado.
-Y el escribano Pajares.
-Y el notario Rosales.
-Y los dos procuradores... don Damián y Ansualdo.
-Y... toda la curia del pueblo, digan ustedes de una vez -exclamó riendo el promotor-. Deben ustedes ser muy desdichados con tanto golilla.
-¡No faltan quebraderos de cabeza! -afirmó don Sandalio, apelando al primitivo tenedor de los dedos para sujetar entre los dientes un sabroso -84- muslo de ave. Pero a bien que ahora vamos a tener la justicia en casa...
Detúvose, porque creyó haber dicho demasiado, y observando que Eladia bajaba sus ojos y que el promotor mostraba cierto embarazo en contestar, añadió:
-Ea, señores: yo no puedo hablar las cosas a medias. Siento una cosa, y la digo. La verdad me hace borbotones en el cuerpo y he de echarla fuera... He dicho que vamos a tener la justicia en casa... Pues está bien dicho. ¿No te vas a casar, tú, Angelillo, con mi Eladia?
-¡Ah!, don Sandalio -interrumpió Ángel-. Si yo fuese tan afortunado que mereciese su confianza, su amistad...
El promotor fiscal se puso colorado. Él, si venía decidido a casarse. Al obtener, no sin afanes y recomendaciones de diputados y ex-ministros una promotoria, tuvo presentes añejas indicaciones de don Sandalio respecto a matrimonio. Sabía que le estaba destinada la mano de Eladia, pero aquella ocasión le parecía extemporánea para hablar de ello, y algo sin nombre e inexplicable le repugnaba en el apresuramiento con que el buen señor quería consumar los planes aún no bien iniciados.
Habían sido grandes amigos el padre de Ángel y don Sandalio. Juntos estudiaron la carrera de leyes, y si luego les separó la diversa inclinación de cada uno, pues mientras Garrido se dedicó al noble -85- ejercicio de la magistratura, Pantoja vivió en Villar-Don-Lucas consagrado a la dirección de su labor, jamás dejaron de conservar dulces recuerdos de aquella juvenil amistad, que con frecuentes correspondencias alimentaban. Hay quien dice que más de una vez acudió la bolsa escueta y chupada del juez a la gaveta ancha y bien provista del labrador, y aún alguno añade que en estos casos jamás dejó Garrido de hallar en Pantoja al amigo cariñoso y entusiasta de la juventud; mas de tales pormenores secretos nada sabe quien nos contó los detalles todos de esta historia, y habremos de prescindir de ellos. No prescindiremos en cambio de decir que al acabar el padre de Ángel su trabajosa existencia, no pudo dejar a su heredero ni medios materiales de felicidad, ni una carrera en que abrirse paso. Fue obra personal de Ángel todo lo que ahora poseía. Él trabajó con incansable afán hasta obtener la licenciatura en derecho, y en sus ansias de ser algo, rompiendo esa sombría línea, al lado de allá de la cual queda la juventud desventurada, ejército glorioso de la miseria, que perece de hambre o de tisis -¡esa hambre de los pulmones!- soñando con laureles, apoteosis, triunfos y glorias, había no sabemos qué de heroico y meritorio que despertaba simpatías en todo pecho generoso. ¡Lucha cuyo campo es la vida, y en la cual es el mayor enemigo el desaliento, y la fe sinónimo de victoria! Muchas veces -86- durante esta época de combate y amarguras, recibió noticias y hasta cartas de don Sandalio. Contestolas éstas y agradeció sus ofrendas de protección, sin aceptarlas. Cierta fiebre orgullosa vibraba en su ser con enérgica nota que dominaba a todos sus demás impulsos y sentimientos.
Cuando terminó la carrera, no acabó la de su martirio, porque ser abogado constituye en España tan grande título para ganar dinero como ser español. Siguieron los apuros, y muchas noches durmió con el estómago vacío y el bolsillo desierto de monedas. Pero conseguido su primer propósito por esfuerzo suyo, en que nadie le ayudara, no juzgó que desdoraba su dignidad solicitando el apoyo de los amigos de su padre, y éstos le recomendaron al Ministerio de Gracia y Justicia. Más de diez veces entró en el negociado del personal de aquel departamento un volante en que se había escrito el nombre de don Ángel Garrido, con algunas líneas debajo, en las que se consignaban, no los méritos del recomendado, sino el nombre del recomendante, que es en tales materias la verdadera hoja de servicios que se consulta. No es preciso puntualizar cuándo consiguió don Ángel su anhelada promotoria, sino que al fin la consiguió, y que entonces el acaso le hizo encontrarse con Pantoja. Hablole éste de matrimonio, de su hija Eladia, y con la ruda franqueza que caracterizaba al labrador le planteó el asunto como si se tratara -87- de un contrato. Ángel no dijo que sí ni que no. No conocía a Eladia sino por retrato y por referencias de su padre; pero como los retratos de la fotografía y los de los padres suelen favorecer mucho, pareciole aventurado e indiscreto todo compromiso. Pocos días después supo que le habían trasladado desde la promotoria fiscal de Albuérniga, de que aun no había tomado posesión, a la de Villar-Don-Lucas. Vio en ello la mano de don Sandalio Pantoja, y no supo si agradecérselo o sentirlo. Aquel juzgado era, aunque de entrada, de mayores ventajas para él, y, por este lado, se hallaba ganancioso en el cambio. Aceptó, pues, la traslación y emprendió el viaje sin demora. Pantoja le escribió anticipadamente, para que se alojara en su casa, y con Pantoja no había más remedio que aceptar o morir.
-¡Su amistad! -dijo don Sandalio contestando a la modesta duda del promotor- ¡Su amor, hombre, su amor!
-¡Qué cosas tiene usted, papá! -dijo con airado acento Narcisa- Eso no se dice de esta manera. No hablemos, más de ello.
-Pero... -quiso objetar el padre.
-Suspenda usted esta conversación. Se continuará cuando se continúe -afirmó Narcisa.
Eladia callaba. ¿Qué podía decir que fuese oportuno y digno de su difícil situación? Con las manos doblaba y desdoblaba la servilleta puesta -88- sobre su falda, tejiendo, como Penélope, una fantástica tela.
El promotor fiscal, en tanto, daba pequeños golpecitos sobre un pedazo de pan con su cuchillo, como llevando el compás a alguna música que sonara dentro de su alma. Quiso cambiar el tema del coloquio, y como comprendió, con penetración dichosa, que esto era una de las cosas más difíciles de hacer tratándose de don Sandalio, el cual se aferraba a la conversación tirando de ella hasta que no quedaba nada que decir, fuera bueno o malo, en aquel asunto, apeló al único nervio sensible del alma del buen hombre: la curiosidad.
-¿Conque mañana empiezan las obras del ferrocarril? -dijo.
-¿Tan pronto? -respondió Pantoja- Así debe de ser, porque hoy he visto en el pueblo mucha gente desconocida, mucho jornalero francés, con su gorra de seda y su corbata al cuello.
-Ya han llegado los ingenieros -añadió Narcisa.
-Pues, creedme, es para mí una contrariedad terrible esto del ferrocarril. ¡Invento del diablo!
-¿No es usted partidario de tan grande progreso?
-No, y no, y cien veces no... ¿Qué he de ser? Calcula tú si lo seré, cuando el pícaro que ha hecho el trazado ha puesto los raíles dentro de la Galianilla, y con ellos me ha partido mi mejor finca -89- por la mitad. Soy antiferro-carrilista decidido. ¡Muera el vapor!
-¡Reaccionario! -dijo en tono de amistosa censura y burla don Ángel.
-Eso no, caramba. Siempre fui liberal y progresista. En Cádiz comí una vez con el Duque, y cuando se marchó desterrado, yo, yo fui uno de los pocos que le escribieron a Londres ofreciéndole dinero.
-Pues a pesar de todas esas hazañas, es usted reaccionario.
-¡Gran cosa debe ser el ferrocarril para los pueblos! -exclamó Narcisa- Los une y hace vecinos a pesar de las distancias y de las montañas.
-A mí me da miedo ir dentro de un coche que va arrastrado por una fuerza bruta -afirmó Pantoja-. Los árboles, los campos, las casas, pasan volando junto a la ventanilla, como aristas de hierba seca que el huracán mueve en las eras... No se puede gozar de la vista del paisaje, ni casi respirar, porque la celeridad vertiginosa del viaje quita a los pulmones el fácil uso del aire...
-¡Qué cosas más raras le pasan a usted en el ferrocarril! -dijo Garrido.
-He podido observarlo recientemente, cuando traje del colegio a Narcisa. Vinimos, porque ella se empeñó, en el ferrocarril de Aranjuez... Y os lo aseguro, bajé del wagon mareado...
-Llueve -exclamó Eladia, por decir algo, mirando -90- al balcón, sobre cuyos cristales sonaba el ruido de las gotas de agua que el viento impelía.
-Se nos aguó la fiesta, se nos desbarató el paseo -repuso con mal humor don Sandalio-. Bien decía Bonifa esta mañana contemplando el cielo...
-¿Es un astrónomo ese Bonifa? -interrogó Ángel.
-Es el mayoral de la labranza, pero sabe más de cosas del cielo que, el mismo que inventó los telescopios... En el campo todos sabemos poco o mucho de astronomía.
-Yo misma sé predecir la lluvia -dijo Narcisa.
-¿Cómo la predice usted? -preguntó Ángel.
-Miro el Pico de Alerce, que es un monte que hay más allá del río, y si está arrebujado entre nubes, es cosa decidida.
-El refrán lo declara: «Alerce embozado, el prado mojado» -añadió Pantoja.
-Es una ciencia curiosa la de usted, en verso y todo.
Eladia era la más silenciosa de todos los comensales. Estaba pensativa y ruborizada. Quería hablar, y cuantas ideas acudían a su mente, eran luego desechadas por vulgares y sandias. Iba arrancando flores del jardín de su modestísima inteligencia, y luego que tenía formado un ramo, arrojábalo lejos de sí por feo, pobre y mal oliente.
Había arreciado la lluvia, y al caer en el follaje del jardín, producía ruido seco, sobre el que se -91- destacaban las notas cristalinas que el agua sonaba chocando con el vidrio del balcón.
-¡Ay, el mirlo se está mojando! -gritó Narcisa. Y alzándose bruscamente, tanto que hizo temblar la mesa con la sacudida, acercose al balcón y abriole al punto.
Notábase en sus movimientos algo de la ligereza infantil, recuerdos de una edad aún no bien terminada, y en sus arranques, de caprichoso origen, no sé qué impremeditación encantadora.
Allí fuera estaba el pobre mirlo calado hasta los huesos y tristemente encogido sobre sus patas.
-¡Adentro, caballerito! -dijo Narcisa metiendo su dedo índice por entre las cañas de la jaula para acariciar al pájaro-. Esta lluvia durará poco.
-Ni cinco minutos -afirmó Pantoja-. Ya sale el sol.
Era verdad, que el sol salía entonces, asomando media cara entre los nubarrones grises, y echando miradas bizcas a la tierra.
-Aun podremos pasear -dijo Eladia.
-Un paseo por el jardín después de la lluvia -añadió don Sandalio- es la cosa más bonita que puede imaginarse. Todo esta allí lavadito y nuevo. La lluvia es la modista de las flores... ¿Tomarás café, Ángel?... ¡No faltaba más! Aquí no le tomamos porque nos quita el sueño y nos pone nerviosos; pero le tenemos guardado en su bote para cuando viene gente de Madrid... Allí es el -92- café como el maná en el desierto cuando los israelitas le atravesaron. Un sevillano se mantiene con una naranjita, y un madrileño con una taza de esa agua negruzca traída de Oriente.
Sirvieron el café a Garrido, y no hubo pequeñas dificultades para hacerlo. Dos máquinas tenían y ninguna se hallaba servible; una de ellas con el tubo de cristal roto, otra con el colador obturado, del no uso, fueron declaradas inútiles para el servicio, siendo preciso apelar a un puchero de barro, vidriado a trechos, el cual, puesto al fuego, hirvió, coció, borboteó y dio de sí, no el café deseado, sino el agua negruzca traída de Oriente de que hablaba don Sandalio.
Cesó la lluvia, y un grato vientecillo agitó las ramas de los árboles, haciéndoles doblarse levemente con suaves oscilaciones; más despejado el cielo, permitió ver toda la noble cara del sol, el cual dibujaba sobre la tierra las sombras de las nubes, viajeras celestiales, verdaderos judíos errantes de la atmósfera.
Los comensales abrieron la puerta del comedor que daba al jardín, y un agradable aroma de tierra mojada llenó el aire.
-Paseemos -dijo Pantoja-. Quiero enseñarte la noria de nuevo sistema... Una noria americana, que da vueltas ella sola... Para que veas que soy amigo del progreso, del verdadero progreso.
Iba delante Eladia y a su lado Ángel; detrás seguía Narcisa con una sombrilla apoyada graciosamente en el hombro, y por último, cerraba la marcha don Sandalio, con un sombrero inmenso de castor flexible y su caña de Indias en la mano. Según costumbre suya, echó ambas manos atrás, y juntándolas con fuerza, oprimió entre ellas el bastón, haciéndole girar rápidamente. El andar torpe y cansado de Pantoja, la fatigosa respiración de su pecho y aquel movimiento mareante del bastón, dábanle risible semejanza con un vapor de hélice, que nada soplando y agitando su tornillo de acero.
-Vea usted, Eladia -dijo Ángel a su compañera de paseo-. Vea usted qué hermoso está el jardín.
-¡Ah, sí! Muy hermoso.
-Veo en él la mano de usted. Aquí hay una mujer que dirige la vida de estas flores; una mujer que ha hecho de un jardín un poema.
-No, pues se ha equivocado usted... No soy yo; es mi hermana, es Narcisa quien lo dispone todo aquí y quien manda en jefe en esos ejércitos de tiestecillos, que están formados, como reclutas, a derecha e izquierda.
-Yo creía que era usted -dijo Ángel.
Y miró a Narcisa, que, con una sonrisa de candoroso orgullo, exclamó:
-No quiera usted arrebatarme glorias que me corresponden... Durante mi ausencia, y en todo el tiempo que permanecí en el colegio, escribí a Eladia -94- dándole instrucciones para el gobierno de esta ínsula, habitada por tribus de rosas, legiones de árboles y escuadrones de magnolias. Eladia fue la regente de estos reinos mientras no viví yo en Villar-Don-Lucas.
-¡Dispénseme usted que me ría, Narcisa! -manifestó Ángel- No es por burla, es por admiración mi risa. Tiene usted indudablemente el genio del mando. Mandar en los hombres no es fácil, pero mandar en flores y por el correo...
-Nada hay tan obediente como las flores -dijo Narcisa, alzándose con la mano derecha la falda para saltar dentro de un arriate-. Ejemplo al canto: ¿Ve usted esta rosa encarnadita, que se esconde entre hojas porque no la descubramos? Pues bien; la mando yo que se me entregue y... aquí la tiene usted cortada y en mis manos... La mando ahora que busque un sitio bueno donde estar, y... mire usted, mire usted, mire usted cómo se va derecha, derecha, derecha al ojal de su americana de usted. ¿Qué tal?
Lo había hecho como indican sus palabras, sólo que la rosa no llevó a cabo aquel viaje por su voluntad semoviente, sino prisionera entre los dedos de Narcisa.
-¿Qué tal? -dijo don Ángel mirando la rosa y la mano que se la prendía- La flor obediente, usted encantadora.
-Ésas son dos flores, amigo; la de usted y la mía.
Una u otra sobran -exclamó Narcisa.
-95-Alguien ha dicho que la frivolidad forma en la mujer parte de la gracia. De aquí, sin duda, el secreto de la gracia hechicera de aquella criatura. No tenía ni el aplomo y supremo reposo propio del augusto linaje de las mujeres hermosas, ni esa seriedad grave y reconcentrada bajo la cual arde el apasionamiento; y sin embargo, en sus vacilaciones injustificadas, en sus decisiones repentinas había un atractivo ciego y poderoso.
Pasearon arriba y abajo, vieron la noria americana, el pequeño invernadero, la glorieta y el cenador. Después una criada les vino a avisar la llegada del juez. Regresaron a la casa. Era tiempo ya, porque el cielo habíase de nuevo tapado y proseguía la lluvia.
| Villar-Don-Lucas, 15 de julio. | ||
| Collado Viejo, 18 de julio. | ||
| Villar-Don-Lucas, 7 de agosto. | ||
| Villar-Don-Lucas, 10 de agosto. | ||
-103-
Pasado mañana salgo, querido Ángel. A las cinco de la mañana cabalgaré emprendiendo mi viaje a Villar-Don-Lucas. He recibido tres cartas tuyas, una de las cuales tengo abierta ante mis ojos al escribir ésta. Es aquella esquelita en que precipitadamente trazaste cuatro renglones, contestando a mi recomendación sobre esa causa criminal seguida al guarda-aguja Morquecho. Cogiste, sin duda, de tu mesa un papel cualquiera, escribiste en él unas cuantas palabras de respuesta a mi carta, y metiendo la tuya en un sobre, se la diste al mismo recomendado que aguardaba contestación. Este recomendado trae a mis manos la carta, yo la abro, y al comenzar su leerla me asombro y lleno de curiosidad. ¿Qué es esto? ¿Se ha vuelto loco Garrido? ¿Qué me dice a mí de citas, de señas hechas con el pañuelo, de huertos a las doce de la noche?... Pero después encuentro, entre este logogrifo, un nombre que me saca de dudas. ¡Ah tunante! Esto te lo digo muy serio. ¿No me negabas tener la más pequeña inclinación hacia Narcisa? ¿No me asegurabas que te era indiferente? No persistirás en tu hipócrita negativa después que una casualidad, en que Pantoja, con su ciega fe primitiva, vería la mano de la Providencia, ha -104- puesto en mi poder una carta que tú escribías a Narcisa dándole una cita para las doce de la noche en el jardín, junto al huerto. Quiero que vuelvas a leer esta carta, que tú tendrás por perdida, y habrás buscado inútilmente entre tus papeles. Dice así:
-105- ¡Ángel! Eso te parecerá a ti. ¡Demonio, demonio, y de los más empecatados y perversos, si es que hay grados de maldad en el infierno: eso eres tú! ¿Cómo has podido dar acceso en tu alma al amor de Narcisa, olvidando las esperanzas que hiciste nacer en Eladia? Te advierto que mi reprimenda será terrible. Cuando nos veamos no vengas a abrazarme. Yo no abrazo a pícaros de tu redomada condición. CLAUDIO CASTILLO. |
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Coged el pincel y describid sobre el lienzo un círculo, tomad una de arena y otra de cal y edificad en torno a ese círculo una fila de casas microscópicas. Pobladlas de un hormiguero humano, que se mueve, sube, baja y corre; llenad el aire de ruidos, de músicas, de cantares castizos, de tacos castizos, de palabrotas castizas también, y podréis contemplar a vista de pájaro el plano moral de Villar-Don-Lucas el día de la Virgen de Agosto, cuando el religioso sentimiento de sus vecinos conmemoraba el glorioso nombre de la patrona, con cohetes, toros y puñaladas.
Era un día caluroso y apacible, la atmósfera pesada, el cielo nublado a trechos, sin que el más leve movimiento de los céfiros agitase las flores que en las ventanas del pueblo exhalaban su aroma -106- en honor a la Virgen. En las calles apartadas, el silencio era completo. Parecía que en aquel pueblo, como en el cuerpo de un paralítico, se había refugiado la vida en el corazón. Pero en el corazón, en la plaza, ¡qué baraúnda, qué mareo!
Aplicad la pupila al vidrio de un kaleidoscopo y haced girar sobre sí mismo el tubo de aquel instrumento. No veréis allí dentro, en aquella combinación de colores, en aquel caos de luz que nace y se tiñe de cambiantes matices, nada que no veáis en la plaza de Villar-Don-Lucas en el momento en que nos plugo ponerla delante de vosotros.
Confúndense en pintoresco revoltillo las telas blancas de las camisas de los que van en mangas de ella, con los chaquetones pardos; el sombrero de anchas alas, que poco a poco se apodera de las cabezas rústicas con las ideas de la civilización, y el gorro de piel de oveja, vulgarmente nombrado pasamontañas; las capas de paño oscuro -especie de frac de la aldea -con las airosas chaquetillas de terciopelo que cubre las gallardas formas de un mocetón entre patán y chulo. Pañuelos de seda de abigarrada coloración agitan sus picos sobre las cabezas, como mariposas que van a alzar su vuelo; mantillas de casco, tan olvidadas en las grandes ciudades con notoria injusticia, sirven de marco negro a rostros de marfil, naciendo entre su calada sombra flores que contrastan sobre el pelo de azabache, -107- cual grano de nieve en el ala de un cuervo.
Sobre este indefinible motín de colores y contrastes álzanse, como el humo sobre la llama, un vaho de aroma campesino; olas de bullanga estrepitosa; vibrar de cornetines, que apaga y domina a veces el ruido de la multitud; el seco estampido del bombo, que heroicamente manejado por aquel muchacho que desempeña en la música del hospicio de la ciudad vecina tan trascendentales funciones, corta con el ritmo enojoso de una enorme péndola tal concierto de armonías.
Ya nos vamos acercando. Ya distinguimos los balcones, en cuyo barandaje de madera flotan las percalinas. Ya se descubren completamente la agitación de la muchedumbre y aquellas filas de hermoso mujerío que asoma por las ventanas, rejas y tragaluces, como enjambre de rosas trepadoras que va en busca del horizonte libre. Destácanse, a la manera de figuras sueltas que avanzan hasta ocupar el primer término del cuadro, hombres de ruda complexión, muchachos vestidos con aquel traje grosero y tosco que les da apariencia de muñecos... Corren, corren hacia un edificio grande, destartalado, en cuyo balcón de hierro brilla, esgrimido por una mano morena, el bastón autoritario, y a su orden, aquella multitud se agolpa frente a una puerta que, al abrirse, pone en dispersión a todo el mundo. El gentío experimenta oscilaciones concéntricas, como las que causa en -108- el agua la caída de una piedra, y que van ensanchándose rápidamente.
Es que ha saltado a la plaza un novillo, berrendo en colorao, de gran romana, el cual trae pendiente del cuello un desaforado cencerro, con el que mete mucha bulla y mucho miedo al correr. Suenan mil silbidos, y un cohete sube al cielo silbando para estallar en lo alto con seca detonación. Mas no se alzan los ojos a ver aquella lluvia de flores doradas, sino que fijos todos en la imponente fiera, delatan la ansiedad, el temor y el anhelo de buscar un peligro para salvarse luego de él, que constituye el fondo de nuestro nacional carácter. Vuelan las mantas por el aire, los capotillos de encarnada percalina ábrense como inmensos abanicos de la muerte; el sombrero de terciopelo pasa de la cabeza a la mano y de la mano al suelo, donde rueda entre las pezuñas de la res, que se encabrita y piafa, haciendo polvo y mosqueando el rabo; parte el novillo sonando su cencerro, y en aquella aglomeración de toreros se abre un camino limpio y derecho como tirado a cordel, por el cual se precipita el ingeniero armado que le hizo. Gritos en los balcones, vociferaciones abajo, el novillo ha dado el primer revolcón.
Era en aquel balcón grandísimo y voleado, cuyos hierros adornaban palmas rubias y hojarasca de olivo, donde la flor y nata del lugar asistía al heroico espectáculo de la lidia. Estaban delante -109- los hombres, y de cuando en cuando abríase paso por entre ellos un rostro femenino, el cual iba a esconderse poco después, haciendo gestos de miedo. Quienes con más ahínco palmoteaban, asomando medio cuerpo fuera del balcón, como si fueran a echarse a la plaza, eran aquellos dos muchachuelos, rubio el uno y moreno el otro, que apenas frisarían en los ocho años. El rubio tenía unos ojos azules muy pálidos y como sin vida, y su cabeza, adornada de bucles de oro, parecía demasiado grande para las proporciones menudas de su enteca persona. Su compañero de balcón y alegría era un chiquillo de tostada faz y ojillos pequeños, que con el pelo cortado al rape, con su inquietud y su charla, traía a la memoria la figura, movilidad y picolera condición de la urraca. Vestía el primero un trajecillo negro, con mucho adorno de azabache, y el otro un pequeño redingote verde, de antigua moda, y cargado de botones de acero.
-Bernardín -gritó desde dentro del balcón la voz de Narcisa- entra ahora mismo. Te está dando el sol en la cabeza... Tú no quieres cuidarte, y a los niños malos Dios los castiga.
No hizo maldito el caso Bernardín de tal promesa de la divina cólera con que Narcisa lo amenazaba, sino que formando un puchero lastimoso con la boca, se aferró más y más al balaustre del balcón, dando a entender que sólo la fuerza podría arrancarle de la vista de aquel drama, que en la -110- plaza se había trabado. Fue preciso que unos brazos, más robustos que hermosos, asomasen como humana tenaza por entre la fila de espectadores masculinos, y cogiendo el enano cuerpo de Bernardín, le metieran prontamente adentro, mientras él pataleaba furioso.
Anselmillo, su compañero de balcón, no dio muestra de sentimiento, y ni se dignó apartar sus ojos de la fiera, que entonces se había parado en el promedio de la plaza, y allí escarbaba el polvo, bajando y subiendo la cabeza y husmeando el aire. El hombre se acostumbra desde niño a la indiferencia.
-Bernardín -dijo una voz gutural y ronca-. Que te calles... Es mucho chico éste.
-Déjele usted que vea la fiesta -repuso Narcisa.
Era su interlocutora una mujer que bien podría haber cumplido los cincuenta años; de complexión hombruna y robusta, de macizo cuerpo, en que había más hueso que carne. Vestía un traje de lana negra, y adornaba sus sienes con dos pequeños rosetones de pelo atravesados por sendas horquillas de alambre.
-Mejor será -respondió sosteniendo entre sus brazos al inquieto Bernardín- que le dejemos tomar el sol... Narcisica, créeme a mí... El que quiera saber que compre un viejo... Si permites a este muchacho todos sus gustos, mañana te pedirá la luna.
-111-La sala en que esto sucedía era ancha y destartalada. De puro aljofifado, era el suelo un encarnado espejo, en que se reflejaban las figuras de los muebles y las personas, confundiéndose las líneas de una mesa de pino humildísimo, alarde del lujo lugareño, con los zapatos de Narcisa, y el dorado trespiés en que la entonces olvidada copa del suelo se sustentaba, con la caña de Indias que el señor juez movía entre sus manos, mientras repantigado cómodamente en el viejo sillón de cuero, fumaba un papelillo.
-¡Pobre niño mío! -exclamó Narcisa mirando con amor al chiquillo enfermo- ¿Quieres venirte conmigo?
Dijo Bernardín que sí, bajando la cabeza, y dejándola caer sobre el pecho, púsose a mirar de hito en hito a la linda muchacha.
Tomole ella en sus brazos, sentole sobre sus rodillas, cogió con su mano blanca el desencajado y anémico rostro de Bernardín, y le obligó a que recostara la cabecita sobre su seno. ¡Oh dulce almohada! Allí se quedó medio dormido el muchacho. ¡Ocho años, inocencia! ¡Qué bien dormís en el regazo de la juventud! Era bello aquel conjunto de hermosura y marchitez, de lozanía y enfermedad; era el grupo bucólico de la espiguilla de trigo moreno junto a la pomposa amapola, una alegoría de lo hermoso protegiendo a lo débil.
También estaba en aquella habitación el buen -112- ingeniero, a quien sólo conocemos por el desenfadado estilo de sus cartas, y que departía amistosamente y en jocoso tono con el juez, cuya enorme boca reía sin cesar, y cuyos ojos pequeños, guarnecidos de grandes cristaleras con aro de oro, cerrábanse fuertemente a los impulsos de la risa. El señor don Claudio Castillo usaba de festiva crítica en su conversación, y sin poseer aquella ruda franqueza que Galdós puso por divina manera en el simpático Pepe Rey de Doña Perfecta, gustaba de zaherir irónicamente con las finas agujas de su burla las preocupaciones religiosas, sociales y políticas de la burda gente de Villar-Don-Lucas.
Alzose don Claudio del asiento y fue a mirar a una ventana del salón que caía al patio. Veíase allí un emparrado, que con su abundante follaje ocultaba el piso; pero aquí y allá, había algunos agujeros por los que podía desguindarse un alma tocada del deseo de saber; y haciéndolo, como lo hacía el alma de Claudio Castillo, podía divisarse un sillón ancho y cómodo, en cuyo respaldo, y sobre una almohada blanca, veíase una cabeza pálida, densamente pálida, cuya enmarañada y larga cabellera formaba una modo de nimbo negro en torno a aquellas facciones. Podía verse a más, sentada en una silla baja, a la modesta Eladilla, que deshacía entre sus dedos un pedazo de lienzo para luego distribuirle en pequeños haces de hilas. Podía verse, por fin, una urraca de larga cola, que -113- ora venía andando con un paso duro, que sonaba en las losas, como si fueran de alambre aquellas zancas negras; ora en un vuelo se ponía en el respaldo de la silla de Eladia-, ya picoteando en el suelo perseguía a una familia descarriada de hormigas. Filtrábanse a través de la hojarasca algunos rayos del sol, que dibujando movibles festones de oro en las piedras, ensanchaba o disminuía los focos de su luz, según el aire agitaba más o menos las hojas de la parra. Llegaban hasta allí, desvanecidos y confusos, los ruidos mil de la plaza y el vocerío de la multitud, la bullanga musical de los hospicianos, el palmoteo del pueblo, o bien, la discorde algarabía de los chiquillos, rumores que parecían a veces perfectamente separados como en el arco iris los colores, o a veces se mezclaban y revolvían en confusa y sonoro trueno.
Dijo la cabeza pálida:
-Eladia, ¡cuánto siento que por mi causa deje usted de ver la corrida!
-¡Qué! -replicó ella mirando fijamente a Garrido, pues éste era su interlocutor- A mí no me gusta ese jaleo insoportable de la plaza. Me asustan los toros y me marea el ruido... Además, ya ve usted, Ángel, que mi hermana y yo nos relevamos de hora en hora.
-¡Qué dos ángeles! ¡Cuidan ustedes de mí con un esmero!
-Pronto se cumple el plazo de mi guardia... -114- ¿Oye usted?... Da las tres el reloj de la iglesia... Ahora vendrá Narcisa y...
Dejó cortada su frase Eladia, y como si hubiera ocurrido algún grave suceso imprevisto en el lienzo que deshilaba, reconcentró en él toda su atención y bajó la cabeza sobre sus manos para ver mejor lo que hacían sus dedos.
-Pero, ¿por qué no me dejan ustedes solo? Yo estoy violento y malhumorado al considerar que privo a ustedes de un placer que, aquí no se repite mucho... Al fin y al cabo esta inusitada animación de un pueblo muerto, que vive sólo una vez, al año, no debe perderse. No es preciso que ustedes se molesten, ni que lleven este caritativo turno de guardias para acompañarme... Aquí tengo unos cuantos libros... Novelas escogidas, otras obras de, gustoso entretenimiento... Con ellas procuraré endulzar las amarguras de mi larga convalecencia.
-¿Cómo se siente usted ahora?
-Ahora lo me siento peor... Alguna punzada me da el dolorcillo en la pierna... pero pasa pronto.
-¡Cuánto tarda Narcisa! -exclamó Eladia, casi antes de que acabase de hablar Garrido.
Garrido, que estaba inmóvil en el sillón, sin poderse volver hacia la puerta, miró con el rabo del ojo a aquel lado, y prestó oído a la conversación que en el balcón del principal se -115- sostenía. Estaba demasiado alto para que ni una sola palabra pudiese llegar cabal e inteligible hasta los oídos del promotor fiscal, quien sólo oía las notas agudas de quien hablaba como un siseo, y las notas guturales como el hervor de una cacerola puesta al fuego con agua.
Hablaban allí Claudio Castillo y Narcisa. Hallábase ésta sentada en una banquetilla con Bernardín, dormido entre los brazos. El ingeniero permanecía de pie y apoyado en la baranda del balcón.
-Así es mi hermana, señor Castillo. No exagero.
-Pero ¿es que ella se complace en sacrificar sus deseos?
-¡Ah! No diré a usted que goce con este bárbaro asesinato de sus caprichos. Eso no. Yo pienso que cada sacrificio suyo le cuesta un esfuerzo cruelísimo de voluntad; lo que sí afirmo es que le lleva a cabo sin vacilación, sin miedo.
-¡Qué heroísmo!... ¿Y usted?...
-Yo he querido imitar mil veces su conducta, pero no he podido. Francamente, perder aquello que se tiene en la mano porque a uno le da la gana perderlo, me parece, no sólo horrible, sino tonto además.
-De manera que en este... asunto... porque así debemos llamarle... En este asunto usted no quiere, sacrificarse.
-116--Mire usted, señor Castillo... Yo no sé por qué me inspira usted tanta confianza. Ocho o nueve veces he hablado con usted, y parece que te conozco desde antes de nacer.
-¡Amiguita! -dijo él en broma- Es que las almas felices y las almas insensibles vienen al mundo del mismo país. Usted y yo en ese país hemos vivido juntos.
-No sé si esa fábula es, verdad... Lo que sí es verdad es que yo le hablo a usted con franqueza, y que me parece que al decírselo a usted me lo digo a mí misma.
-Gracias.
-No es galantería. Es franqueza, lo repito, franqueza sólo.
-Bueno; pues dígame usted con esa franqueza que a mí me gusta tanto, si usted se ha propuesto apelar al heroísmo del sacrificio.
-Quiero apelar... pero...
-Pero no quiero. ¿Es eso? ¡Ah, grandísima egoísta!
-Ése es el calificativo que me corresponde... Mire usted -exclamó Narcisa alzando de improviso la cabeza para mirar al ingeniero, como quien tras breve vacilación decide lanzarse a algo importante-. A mí me parece más natural que mi hermana deje de amar a Ángel, que no dejar yo de quererle.
-¡Bravo! Siga usted diciendo verdades.
-117--Ella tiene educada su alma para el sacrificio.
-Y usted la tiene educada para el egoísmo. ¿Es eso?
-No... ¡si es que desde pequeñita se acostumbró a ceder!
-¡Muy mal hecho! Quien cede una vez, cede siempre. Eladia le cedió a usted el primer muñeco, y usted se empeña en que también le ceda el último..., porque un marido es el último muñeco de la niña, y no otra cosa.
Narcisa se quedó pensativa, más aún de lo que antes lo estaba, y bajó de nuevo la frente. Castillo separó sus manos del balaustre de hierro, y las introdujo en los bolsillos del chaleco, mientras fijando la mirada en la cabeza rabia de Bernardín, exclamó:
-Usted dirá que yo soy uno de esos Quijotes inaguantables, para quienes la vida es un puerto Lápice, en el que buscan doncellas perseguidas que amparar, desventuras a que prestar consuelo y empresas sandias en que comprometer el poderío de su espada... No lo negaré... Yo soy algo Quijote. Admírame aquel loco que tomaba tan a pecho los males ajenos; y cuando le veo llenarse de congoja por la desgracia de la destronada Micomicona, me dan ganas de cogerme a su cuello y llenarle de besos «las estrechas quijadas»... Pero aun cuando tengo este principio de locura, no es -118- completa aún... Limítase a no poder contemplar con indiferencia el mal ajeno... y eso de pensar que yo no procure remediarle, y que después de ver que van a pegar un pisotón a uno, me aleje sin decirle: «Levante usted ese pie, hombre, que se le van a destrozar», es pensar lo imposible.
-A mí tan bien me duele lo que pasa... Es una cosa atroz...
-Sí. Todos nos dolemos en abstracto del mal ajeno; pero ¿quién procura remediarle?
-Yo bien quiero...
-Quiere usted y no quiere. A todos nos pasa lo mismo... Diré a usted mi pensamiento enterito. Acaso este predicador practicara menos moral de lo que dice. Acaso yo no me sintiera con bastante fuerza de ánimo para realizar lo que aconsejo a usted que realice...
-Pero yo creo que Eladia, no quiere mucho a Ángel.
-¿Usted cree eso, o quiere usted creerlo?
-Lo creo... Más bien lo demuestra indiferencia y temor... diría que hasta prevención... Cuando está con él apenas habla. En su presencia hay que sacarle las palabras del cuerpo con tirabuzón, como los corchos de las botellas.
-¡Ay, Narcisa! ¡Qué desgraciada es Eladia!... Sí, es muy desgraciada, porque lleva a cabo sacrificios que los demás no ven... Lo que hace esa criatura es ir echando pedacitos del alma al ave -119- negra de la indiferencia, y se los echa cuando ninguna pupila humana puede divisar su acción.
-¿Qué dice usted? No entiendo esas comparaciones. Es un lenguaje helado el de usted que me hace la misma impresión que la vista de la nieve.
-Eladia sabe que usted quiere a su novio.
-¡Lo sabe! -balbuceó Narcisa, a tiempo que su cara se sentía arder con un fuego que coloreó súbito las mejillas.
-¿Lo sabe, pero no lo dice! Acaso no conoce ningún hecho determinado. De fijo que no ha visto una carta como aquélla que me puso a mí, a un amigo de ayer, a hombre un hombre para usted indiferente, en posesión del secreto, dando ocasión a que yo, Quijote de la modestia vencida, y caballero andante de la debilidad tronchada hablara con usted de este modo y le autorizase a que, cansada de escucharme tan enojoso sermoneo, me prohíba dirigirle otra reconvención más...
-No haré yo tal... Aun cuando usted me dijese cosas más fuertes... Usted tiene la razón. Además, yo no sé qué influencia ejercen esas palabras sobre mí.
La gente que hallaba en el balcón lanzó un grito de horror, y mientras las mujeres se retiraban, aproximáronse más a la barandilla los hombres.
-¡Le ha matado! -gritaba uno.
-¡Tres veces le introdujo el asta!
-120--¡Y en el lugar donde la herida no tiene cura!
Afuera el vocerío, que por un momento se convirtió, de lejano y sordo rumor, en chilladiza aguda y en gritar desesperado, calmose luego de repente, y un solemne y trágico silencio dominó el tumulto. Era que el toro había enganchado por la faja a un mozo, y revolcándole en la tierra, después de darle varías feroces embestidas con la testuz, habíalo levantado con espantable velocidad sobre uno de sus cuernos, haciéndole girar en aquel aparato cruel de muerte. Todos los alientos se hallaban suspendidos. El mismo aire había dejado de moverse, como una respiración enorme que espera el desenlace de algo para exhalar su aliento, de nuevo.
Narcisa se quedó silenciosa, pálida y sin acción. Alargó la cabeza hacia la ventana y dijo:
-¡Alguna horrenda desgracia!
-Sí -le contestó la mujer que había arrancado, del balcón a Bernardín, y cuyo nombre era Quiteria-. Ese bruto de Poco-pelo que ha ido a echar una suerte al toro, y claro está, la borrachera le ha entregado a los cuernos.
-¿Y le ha matado?
-No se sabe, pero abajo dicen que es sólo una herida de poca monta.
-¡Dios mío, qué atrocidad! -exclamó Narcisa sintiendo que corría por su epidermis un calo frío de horror.
-121--Cuarenta años -añadió Quiteria sentándose con mucho cuidado por no ajar ni descomponer los pomposos pliegues de su falda- cuarenta años hace que presencio estas corridas. Ni una sola vez ha dejado de haber que sentir. Eso consiste en que los que aquí torean no entienden de capa y salen a probar ventura como unos bárbaros que son.
El señor juez entró en la sala entonces, retirándose del balcón, y dijo:
-Esto debía prohibirse. Comprendo las corridas dadas por los toreros de oficio; pero de ningún modo estos brutales alardes de ferocidad. ¡Estas gentes desprecian la vida!
Había dejado de mover la caña, y sus lentes no servían ya de escaparate a aquella perpetua risa con que el representante de la más tremenda autoridad decoraba sus facciones. Un leve reflejo del sol en los cristales de los citados lentes parecía una huella visible de la risa de sus ojos, que sólo en las grandes ocasiones de su profesión se suspendía.
-Señor juez -dijo Quiteria-. Hablando de otra cosa. ¿Sabe usted algo de mi pleito?
-Doña Quiteria -repuso él- aún no me ha contestado el amigo de la Audiencia a quien escribí.
-¿Y usted qué cree?
-Doña Quiteria, mil veces se lo tengo dicho. Su negocio de usted es seguro; aun cuando esos parientes -122- mal nacidos que su esposo de usted, que gloria haya, dejó en este mundo, son unos enredadores insoportables.
-¡Tunantes! -exclamó ella con calor, sin acordarse más de lo que en la plaza había ocurrido- Esos parientes son todos una mentira detrás de una mata, como el otro que dije... ¡Propalar que yo había falsificado el testamento de mi difunto don Dimas! ¡Infamia igual!
Aquella buena vieja había sido durante treinta años ama de llaves, criada y compañera, todo en una pieza, de don Dimas Bermejo, a quien llamaba el vulgo maldiciente don Dimas el mal ladrón, a causa de que aumentó su hacienda prestando a premio, y con uno nada desmedrado ni equitativo. Nadie sabe por qué pasó su vida en virginal celibato, aunque se supone que fue por economía.. como nadie sabe tampoco por qué una mañana de las últimas de su vida, se le antojó casarse con su ama de llaves, con la virtuosa Quiteria, que había paseado su cuerpecito por el mundo durante cincuenta años con toda su doncellez a cuestas, como la condesa Trifaldi. Capricho fue aquél que dio mucho que reír al pueblo, y en los corros de desocupados que se congregaban en la plaza de diez a doce de la mañana, o a la puerta de la iglesia, si había maitines, por la tarde, se inventaron mil chuscas historias para justificar una injustificable.
-123-Ello es que don Dimas el mal ladrón y la santa Quiteria unieron sus arrugadas manos en dulce coyunda de amor ante el sacro Evangelio de san Marcos.
Lo peor del caso fue para unos sobrinos que tenía el mal ladrón, en quienes quiso la negra ventura reunir todas las plagas sociales que abruman a esos señoritos de pueblo, pobres como las ratas, holgazanes como el gorrión, y presuntuosos como el mono. Aguardaban la herencia del tío para salir de trampas, y en tanto se pasaban la vida de casa en casa, de visita en visita, de la tertulia del boticario, donde se jugaba al tresillo, a la del confitero y cerero, donde se jugaba al mus ilustrado, y aderezando sus pláticas con la pimienta picante de la murmuración. ¡Cuál no sería su sorpresa al saber el matrimonio de Quiteria y don Dimas! Puede calcularse con el dato de que aún fue mayor el que les produjo la noticia de que Quiteria se hallaba en cinta. Si les hubieran asegurado que el pico de Alerce había dado a luz un toro, no les hubiese sorprendido más que aquella mueca burlona y epigramática de la naturaleza que reservaba para la edad caduca de Quiteria la facultad maternal, que parece signo y emblema de la juventud robusta y poderosa. Murmurose en el pueblo que aquello era obra de brujería, y no faltó comadre parlanchina que jurase «por ésta» (la señal de la cruz hecha con los dedos grueso e índice de la -124- mano derecha), haber visto a Quiteria salir por la chimenea de su casa, caballera en una escoba para ir a un aquelarre donde el diablo la otorgó, a cambio del alma de don Dimas, aquel hijo que llevaba en el seno. Cuando dio a luz, creció más el rumor, porque el niño salió, según era presumible, encanijado y mísero, y con una idiosincrasia débil y enfermiza. Bien es verdad que su cara era lindísima, y que sus ojillos azules parecían dos espejitos de los ángeles; mas con tener aquella criatura, hijo de la necedad y la vejez, medio cielo en la enferma carita, no pudo apartar de sí la fama fabulosa y brutal de su fantástica generación. Con tan negra fortuna vino a este mundo Bernardín, aquel niño cuyo padre murió el mismo día de su bautizo, créese que del disgusto que lo causara el verse obligado a aflojar lindamente la bolsa para las ceremonias eclesiásticas de rúbrica en casos tales. Morir el mal ladrón y caer sobre la casa mortuoria un enjambre de ladrones, peores que el que acababa de cerrar el ojo, fue obra del mismo instante. Manos irreverentes anduvieron registrando los cofres del finado, las cómodas de la ropa blanca, la alacena de la loza, el arcón del pan, las candioteras vacías y hasta las sábanas mismas del lecho donde reposaba con el sueño escultural sin fin aquel cadáver amarillo, cuyas entreabiertas pupilas y cuyos labios, contraídos por una como feroz sonrisa, parecían enviar despreciativa e iracunda maldición a los malvados descendientes que así profanaban sus restos.
Quiso la justicia que no encontraran ni un doblón, ni una peseta. Era previsor don Dimas, y todo lo tenía dispuesto en forma: el dinero alzado, el testamento hecho, las alhajas en manos de Quiteria, y hasta el reloj de plata sobredorada que solía usar, entregado, como único regalo de su vida, al cura don Froilán Malaparte, que le ayudó en la hora postrera a trepar con sus patas de cuervo pecador los peldaños de esa escalera, que es de palo aquí, donde empieza, y es de rayos de sol allá arriba junto al trono celestial del que todo la puede.
Los anteriores sucesos, noticias, retratos e impresiones nos fueron remitidos desde Villar-Don-Lucas por un amigo nuestro que en aquel pueblo reside de temporada. Enviónoslos, y en la carta con que los acompañaba nos decía así:
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«No sería del todo falta de interés la historia de unos amores raros que aquí sienten dos hermanas por un abogadillo. Yo procuraré tener a usted al corriente de estos amores que han trascendido al pueblo y son objeto de la conversación. Hacen notar las gentes cómo, naciendo dentro de una misma familia, seres de tan diversa condición moral como Narcisa y Eladia, una ley fatal, dura y terrible -126- obliga a ésta a ser sacrificada en aras del bien de los otros; y con filosofía vulgar, de muy buen sentido, afirman que quien principalmente podía impedir tan injusta e irritante lógica de los caracteres, es el padre, educándolos de modo que, enderezados en sus torceduras, remediados en sus defectos, corregidos en sus hierros, limitados en sus demasías y alentados en sus desmayos, cada uno adquiriría aquello que le faltase y le fuera más necesario para la lucha de la vida. Pero yo creo, no sé si usted pensará como yo, que los padres no tienen obligación de ser filósofos, y que su mismo cariño les ciega la razón natural, no viendo claro, como es preciso, para imponer la medicación espiritual que el vulgo quiere, a sus hijos y hechuras. Por otra parte, y en lo que al caso concreto de Eladia y Narcisa atañe, aún no puede decirse que sea aquélla la sacrificada, por más que es presumible. Sobre ello escribiré a usted cuando y como pudiere». |
Más de un mes se pasó después de recibida la anterior carta, y una tarde llegó a nuestras manos esta otra:
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«¡Albricias, dirá usted, albricias! Al fin puedo -127- terminar este cuento, pues mi amigo me manda los datos que me faltan para poner fin a estas comenzadas o inconexas cuartillas. -Desgracia, señor, desgracia -respondo yo a su imaginada albricia de alborozo-. No sólo no le envío esas cuartillas que le faltan, sino que me es absolutamente imposible el cumplir mi compromiso de remitírselas. Los sucesos han venido tan aprisa que, nadie se los explica. He procurado buscar una causa, razonarlos, ponerlos en orden o irlos enhebrando en el hilo de lo verosímil. ¡Inútil faena!, ¡tiempo perdido! Los sucesos se resisten a la lógica, como vasallos insurgentes a ley marcial, y se quejan cuando se les aplica para juzgarlos. Sepa usted lo que se dice, y saque de ello lo que buenamente pudiere. Narcisa, perdida toda esperanza de conseguir el logro de sus deseos, y viendo que don Sandalio disponía el matrimonio del promotor y Eladia, cayó enferma. Tuvo calenturas nerviosas y viose a las puertas del sepulcro. No se sabe qué papel jugó don Claudio Castillo en el asunto, ni cómo influyó en el ánimo del promotor, el cual, convencido sin duda de que era una infamia arrancar a Eladia las ilusiones ya marchitas de su amor, accedió resignado al matrimonio después de una explicación dramática habida entre él y Narcisa. Advierto a usted que todos estos incidentes del negocio -128- pasaron desapercibidos absolutamente para Pantoja, mientras que el pueblo de mil encontradas maneras los comentaba. Es el caso que la enfermedad de Narcisa iba de mal en peor, que las mejillas, enardecidas por la fiebre en los primeros días, viéronse después pálidas y amarillentas como secas hojas de Magnolia; que enflaqueció rápida y visiblemente; que, sus labios, en que antes anidaba la mariposa de la sonrisa, enmudecieron escondiendo aquel paraíso de alegrías tras el severo gesto de la taciturnidad, y que sus ojos adquirieron súbitamente la opaca negrura del terciopelo. El promotor fiscal, a quien la caída de un caballo, según comuniqué a usted, había fracturado una pierna, tampoco adelantaba gran cosa en su curación, y en las aburridas soledades de su cuarto, con la cabeza apoyada en el respaldo del sillón y entablerada el alma entre los duros maderos de un deber ingrato, como lo estaba su tibia rota entre los tablajes de un apósito quirúrgico, largas horas de negra meditación pasaba. Eladia vio todo esto, comprendió el motivo de aquellas desgracias, que ella inocentemente causaba; asustose de su obra, llenose de horror pensando que no podría dormir jamás el sueño tranquilo de las conciencias limpias si no trataba de impedir la desventura de sus semejantes, y olvidándose de que para llevar a cabo tan noble pensamiento -129- de abnegación tenía antes que asesinar su dicha, sus esperanzas, sus ilusiones, habló con don Sandalio reservadamente y largo rato. Qué cosas diría Eladia a su papá son presumibles, si se lleva cuenta del número de veces que Pantoja se santiguó, que era el modo con que él expresaba su asombro. Parece que Eladia dijo que ella no quería a Ángel, que sería desgraciada casándose con él, y que por nada de este mundo se sacrificaría. Don Sandalio trató de convencerla de que su resolución era un grandísimo dislate, y ella, con una postiza sonrisa en los labios, que Dios sólo sabe cuánto trabajo le costaría fingir; con una alegre carcajada que vino a reflejarse sobre el oscuro lago de su silencioso e ignorado llanto, como la luz del sol sobre un mar negro, repuso: -Antes me dejaré matar que casarme con Ángel. -Pero, ¿y mi palabra empeñada con ese excelente joven? -preguntó don Sandalio apelando al último recurso que su menguado magín le ofrecía. -Casémosle con Narcisa -repuso Eladia. -Eso es una atrocidad... ¿Quiere ella?... ¿Querrá él? ¡Que si querían los dos le preguntaban a Eladia! ¡A Eladia, que sacrificaba en el altar de aquel amor el suyo! A punto estuvo Eladia de soltar la presa de su llanto. La sonrisa que fingían sus labios -130- oscurecería un punto como estrella que tiembla al hundirse detrás de una nube; pero reapareció serena y tranquila poco después. -Yo respondo de eso -contestó. Ella respondía del amor de Narcisa y Ángel; ella respondía de un amor que la arrancaba el alma. Era como decir: 'Esté usted tranquilo, yo respondo de mi desgracia'. Tres días después corrió por el pueblo el rumor de que don Ángel y Narcisa se casaban. El rumor era exacto. Don Sandalio le confirmó en la plaza un domingo, después de misa... Ayer se ha llevado a cabo el matrimonio... Así de repente, como quien suelta un tiro, así es como vienen las desgracias a los seres débiles, y así es como se consumó la de Eladia. Como por ensalmo se ha restablecido los enamorados enfermos. Fuéronse noramala aquellas palideces, aquellas tristezas de ojos, aquella penita sin fin de los ánimos. Están alegres, dichosos y contentos, y esta noche creo que salen para Madrid y París. Me han asegurado que Ángel tuvo una desgarradora escena con Eladia, en la que se echó a sus pies, besó sus manos, llamola santa, diosa, mártir, y en que tras mil palabrejas de letanía, él aseguró que jamás olvidaría aquella abnegación sin ejemplo; pero acaso luego de dicho este discurso hubo de acometerla la modestia, y añadió que sin duda Eladia no le había amado -131- nunca, y que renunciaba a su mano con menos heroísmo que gusto. Ella no supo qué contestar a estas palabras. ¿Qué podía haber dicho? ¿Que le amaba con toda su alma, que el sacrificio de su amor era infinitamente doloroso, que su corazón quedaba hecho trizas después de someterle a aquel machaqueo horrible de sus sentimientos en el duro yunque de la voluntad? Se hubiese muerto de vergüenza antes que declarar los secretos de su alma delante de un hombre, del hombre que inspiraba aquel hondo y arraigado afecto. Prefirió callar, sacrificando el diezmo del agradecimiento que su cuñado debía pagarle, en aras del pudor. Don Sandalio dice que Eladia es un ser excepcional, y que desconfía de casarla. -Miren Vusted que lo que ahora me ha pasado con ella no tiene nombre. Concertele la boda con un muchacho buen mozo, listo, de excelente familia, de porvenir. Estaba todo arreglado, la boda se disponía, y de la noche a la mañana me dice mi señora hija que antes que casarse se dejará matar... ¿Tiene esto el más pequeño grado de lógica... de lógica, señores, que es la razón de las cosas, la filosofía de la vida? Yo digo que no, una y cien veces. Eladia oye estas crueles burlas, y al ver que nadie la comprende, que su heroísmo ha sido simiente echada en la arena improductiva de la ingratitud, una tristísima sonrisa se abre en sus labios -132- como una flor amarilla sobre la fosa sepulcral. Largos ratos permanece quieta, muda, absorta, silenciosa, con las manos cruzadas, la labor de crochet abandonada en el cesto sobre cuyos mimbres la urraca anda picoteando y arrojando de su metálico gargüero duros chirridos. Su actividad ha disminuido, y a veces pasa días enteros sin ocuparse, como antes solía, de los menesteres de la casa, que anda desde hace días en poder de los criados. Don Sandalio se halla muy disgustado con tal motivo». |
Anteayer nos remitió nuestro amigo esta otra carta:
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«Una noticia final. Don Sandalio se casa... se casa con doña Quiteria. ¡Quién lo diría! Refieren que últimamente el abandono en que Eladia tenía a la casa era completo; que ha perdido la salud y que las mil atenciones de la labranza no se hallan dirigidas con la acucia que han menester, Don Sandalio, que había hecho varias indicaciones sobre esto a Eladia, como viese que ella perseveraba en su retiro a las últimas habitaciones de la casa, en sus soledades, en su mutismo y en su -133- encerramiento en la capilla, y como, según él dice, no quiere contrariarla en lo más mínimo, ha buscado un medio de conciliar su bienestar y el de su casa con el capricho de su hija; el medio consiste en casarse con doña Quiteria, la cual correrá con el manejo de la labor, con el trato de los criados y con el gobierno absoluto de la cocina. -Quiteria y yo -dice don Sandalio- nos completamos mutuamente. Yo necesito una mujer que supla a Eladia. Ella necesita un hombre que mire por el buen desenlace de su pleito y espante a la turba de negros golillas que vienen sobre él como tupida bandada de mosquitos chupones. Aquí tiene usted, pues, reducida a Eladia a un papel secundario dentro de casa de su padre. Cada día está más delgada. Yo creo que acabará por enfermar. Las gentes que conocen la verdad del caso se dividen en dos partidos al apreciar el sacrificio de Eladia. Dicen unos que es una mártir sublime. Dicen los otros que ha procedido como una grandísima tonta. Este segundo partido está en mayoría». |