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Segunda parte

Cantares





I


¿No escuchas esos suspiros
que el viento poblando van?...
Son los débiles acentos
¡ay! de mi triste cantar.




II


Es la vida del hombre
como un arroyo
que al mar va descendiendo
poquito a poco,
y que entre flores,
o entre zarzas y espinos
el campo corre.




III


En el jardín de la vida
flores son las esperanzas:
el desengaño es el viento
que las seca y las abrasa.




IV


Al árbol de la experiencia
le fecundizan los años,
¡ay! y a medida que crece
se va el corazón secando.




V


Cuando vas al campo, niña,
se alzan del tallo las flores
porque quieren saludar
al ángel de los amores.




VI


Tus grandes y ardientes ojos
son para mí dos estrellas
a quien llorando pregunto
si hallaré fin a mis penas.




VII


La nave de la esperanza
es un pequeño bajel:
¡ay pobre esperanza mía
si te llegas a perder!




VIII


Es el placer tan sólo
rápida sombra
que en nuestra mente vaga
y al fin se borra...
Es como nube
que el huracán empuja
y veloz huye.




IX


Dime si sabes
A dónde huyeron mis ilusiones...
¡Cuál vaga nube
las llevó el viento de tus amores!




X


Cual águila real que sube al cielo,
así voló también mi fantasía;
mas, aún aquella remontaba el vuelo
cuando ésta ya, sin alas, descendía.




XI


Es para el alma del hombre
mezquina cárcel el cuerpo;
por eso quiere volar
a otros espacios inmensos.




XII


Cuando aparece la aurora
y la saludan las flores,
mi pecho doliente llora,
porque no ve los fulgores
de tu vista seductora.




XIII


Dicen que ya es primavera,
y que todo amor respira;
pero el campo, yerto, helado,
siempre contempla mi vista.




XIV


Ya la lóbrega noche
tiende su manto,
velando con sus sombras
montes y prados.
Prados y montes
forman también la vida
triste del hombre.

El sol de la esperanza
los ilumina,
hasta que el desengaño
su luz disipa;
mas... ¡torna el alba,
y la luz jamás vuelve,
de la esperanza!




XV


¡Ah! Yo soy la tierra,
y tú eres el sol:
si no brillas de frío me muero;
si brillas... de amor.




XVI


Déjame que en tus labios
mi sed apague;
si ves que amando vivo,
¡ay! no me mates...
¿Por qué, alma mía,
al que tanto te adora
no das la vida?




XVII


Bien haces, niña, en poner
esa flor en tu cabeza:
en sus hojas puedes ver
lo que dura la belleza.




XVIII


Es la virtud humana
cual fuerte roca
que, con roncos bramidos,
la mar azota.
Siempre invencible
junto a la hermosa playa
se eleva firme.

Sin virtud es el hombre
débil barquilla
sin brújula en los mares,
sola y perdida,
que al primer viento
el inmenso océano
hunde en su seno.




XIX


¿Que por qué te miro, dices?
No preguntes eso, niña.
¿A dónde mira el mortal
sino al cielo de su dicha?




XX


Perdióseme el corazón
de la vida en el camino;
pero luego, niña, vi
que tú le habías cogido.




XXI


De sed ardiendo, en tu boca
fui mis ansias a apagar,
y apenas me acerqué a ella
se cerró a mi loco afán.

Mas después huir no pude;
que cuando quise marchar...
dirigiste a mí tus ojos
y mi alma encendiste más.




XXII


Pintan ciego a Cupido,
prenda del alma,
porque tú le cegaste
con tu mirada...
¡Mírame, niña,
aunque ciego me dejes
con tus pupilas!




XXIII


Ya llegan las golondrinas
poblando de amor los aires;
ya anuncian la primavera
por los montes y los valles.

Salid al campo, pastoras;
salid al campo, zagales;
y veréis crecer las flores;
veréis florecer los árboles.




XXIV


Vas por el campo
cortando rosas...
Si tú eres rosa, flor de mi vida,
¿por qué las cortas?




XXV


Como las hojas del árbol,
amarillas, caen al suelo,
así nuestras ilusiones,
poco a poco, van cayendo.




XXVI


Soy pájaro perdido
que, entre las ramas,
suspiros y lamentos
de amor exhala...
Tórtola errante
que cantando sus penas
cruza este valle.




XXVII


Un peregrino a tu puerta
un socorro, triste, implora...
¡Ay, niña, si eres cristiana
sal y dale una limosna!




XXVIII


Lo que es el sol a las flores,
eso eres tú para mí:
o las quema con sus rayos,
o las hace revivir.




XXIX


Tus lágrimas, niña,
tu faz embellecen...
Las lágrimas tristes que caen por mi rostro
le queman ardientes.




XXX


En mi corazón, hermosa,
grabada siempre llevo tu imagen:
es mi mejor compañera
del mundo en las tempestades.




XXXI


He soñado, vida mía,
que me hallaba junto a ti
e imprimía un dulce beso
en tus labios de carmín.

Mas, al sentir que tu aliento
me tocaba, desperté,
y dije triste: -He gozado;
que es sólo un sueño el placer.




XXXII


Dime si eres una hada
que en este valle
haces con tus encantos
cesar mis males...
¿Eres tú, dime,
la que mis dulces sueños
de amor preside?




XXXIII


Niña, ¿no te dicen nada
las hojas que caen del árbol?...
¿No las ves cuál se desprenden?...
¿No las ves cuál van volando?




XXXIV


Bella flor que de mi vida
has nacido en el sendero,
déjame aspirar tu aroma;
pues en él la dicha encuentro.




XXXV


¡Ay! Es la esperanza un árbol,
un árbol de muchas ramas;
pero ramas que se secan
según los instantes pasan.




XXXVI


¿Por qué vas a verte
al claro arroyuelo?
Si quieres ver, niña, tus dulces encantos
contempla los cielos.




XXXVII


Tu camino es de flores;
y el mío es ¡ay! de espinas:
¿Por qué extrañas que llore mi infortunio?
Di, ¿por qué extrañas que penando viva?

¡Si tú cuál yo sufrieras,
valor para llorar te faltaría!




XXXVIII


En el mísero mundo
errante vivo,
y entre profundas simas
vago perdido,
y por más que ando,
tan sólo precipicios
inmensos hallo.




XXXIX


Tú eres nido de amores;
pájaro errante, yo:
dame un albergue en tu amoroso seno,
que destrozado llevo el corazón.




XL


Cuando vas por la orilla
de la mar pura,
a verte se levanta
la blanca espuma;
mas se retira
al ver que aún
es más bella
tu faz divina.




XLI


¡Ay! Mi ardiente fantasía
te ve, niña, en todas partes:
en la colina... en el prado...
en el jardín... en el valle...




XLII


Las glorias de este mundo
son leves auras
que al principio seducen
y luego cansan;
y los aplausos
que con ellas van siempre
son viento vano.




XLIII


La virtud andaba siempre
unida con la modestia,
y desde que la una falta
la otra tampoco se encuentra.




XLIV


¿No entiendes, dime, el gorjeo
de las tiernas avecillas?
Pues no tienes corazón,
permite que te lo diga.




XLV


En este mísero mundo,
¿qué mayor dicha hallar puedo
que mi querido laúd
y tus lindos ojos negros?




XLVI


Dicen que, siglos atrás,
era Cupidillo ciego;
mas, en este de las luces
ha ido los ojos abriendo.




XLVII


Niña, cuando eras pobre
¡qué hermosa estabas!
Hoy que envuelves tu cuerpo
con ricas galas
no estás tan bella.
La virtud has cambiado
por la riqueza.




XLVIII


Son las lágrimas la lluvia
que el corazón fecundiza,
pues a su contacto brota,
de la virtud la semilla.




XLIX


Yo vi una flor marchita
renacer al primer rayo de sol...
Vuelve hacia mí tus ojos
si quieres ¡ay! que resucite yo.




L


Te di un día una rosa
pura y fragante,
y en tus húmedos labios
la colocaste...
Quizá por eso,
del color de la rosa
se están volviendo.




LI


El amor es una fuente:
ilusiones son sus aguas;
sus céfiros son placeres;
sus orillas, esperanzas...




LII


Ya no quiero tocar más
las rosas del huerto, niña;
porque al tocarlas hallé,
en vez de flores, espinas.




LIII


Cuando veas que de lágrimas
inundado el rostro tengo,
si quieres secar mi llanto
vuelve a mí tus ojos negros.




LIV


Hasta que tuve celos
no supe amar:
desde entonces, bien mío,
sé idolatrar.




LV


Lágrimas junto al río
triste vertías
y es dulce su corriente
desde aquel día...
Por eso al valle
bajo a beber del agua
que tú endulzaste.




LVI


Ya sé por qué las flores
cierran sus hojas:
porque al ver tus colores
¡ay! se sonrojan.




LVII


Mi ardiente fantasía
tendió sus alas,
y altiva hacia el empíreo
las remontaba...
Mas con sus rayos
el sol, poquito a poco,
las fue quemando.




LVIII


Con tu mirada me matas,
y con ella me das vida;
mas cuando estoy junto a ti,
¿estoy vivo o muerto, niña?




LIX


Ligera avecilla
de plácidos trinos,
lleva, lleva a mi reina adorada
el ay de un cautivo.




LX


Ese luto, morenita,
no te lo agradece Dios;
que Dios tan sólo agradece
el luto del corazón.




LXI


¿Qué son los placeres?..
estrellitas blancas
que brillan un punto,
y luego se apagan.

Aquél que los crea
eternos, se engaña
y crudos dolores
herirán su alma.




LXII


Ilusiones venturosas,
¿a dónde queréis volar?...
¿No veis que el mundo es pequeño
a vuestro ardoroso afán?




LXIII


¿Qué me importaban las flores?
¿Qué me importaban céfiro y brisas,
si un te adoro pronunciabas
que me colmaba de dicha?




LXIV


Son las esperanzas
gotas de rocío:
de lejos hechiza
y encanta su brillo;
mas, luego, al tocarlas
su luz han perdido.




LXV


Niña, tú eres la misma
con quien soñaba:
ojos negros y ardientes,
labios de grana.




LXVI


Si yo fuera cisne
y tú fueras ola
¡cuántos besos y cuántos abrazos
me dieras, hermosa!




LXVII


Que en flor cambie mi existencia
solamente a Dios le pido,
para que siempre me lleves
sobre tu pecho prendido.




LXVIII


Imagen de mis sueños,
astro de mi ilusión
aurora de mi dicha,
estrella de mi amor,
¿do estás, que no te encuentro?
¿do estás, que nunca te halla el corazón?




LXIX


En las aguas de tu fuente
deja que sacie mi anhelo;
déjame beber, hermosa,
mira que de sed me muero.




LXX


A un convento te han llevado
porque me quieres, morena;
yo en una cárcel estoy,
que estoy solito en la tierra.




LXXI


Este estrecho calabozo
a que suelen llamar mundo,
es para volar, pequeño,
y para ver muy oscuro.




LXXII


¿No ves esas aves
que cruzan el bosque?
Son almas que adoran, y pechos que sienten
y cantan amores.




LXXIII


Por pobre me despreciaste...
¿Pobre me llamas? ¿Tan poco tengo?...
¿Quizá es pobre un corazón
lleno de grandes ensueños?




LXXIV


Que no te admita en el cielo
diré a San Pedro, morena;
puesto que a mi amor, la entrada
en tu corazón le niegas.




LXXV


Rizo de blanca espuma,
puro fanal,
¿por qué te desvaneces
cuando apenas te llego yo a tocar?




LXXVI


Si me miras esquiva
¡ay! me mareas.
También si cariñosa,
niña, te muestras...
¡Siempre a tu lado
he de estar, morenita,
yo mareado!




LXXVII


A esa Virgen que te ampara
no regales sólo flores:
las flores que más le gustan
son niña, las oraciones.




LXXVIII


Es tu aliento la brisa
de la mañana;
la lumbre de tus ojos
es luz del alba...
El día nace;
¡ay! Dios quiera que nunca
llegue la tarde.




LXXIX


Un pensamiento me diste,
y pronto se marchitó...
¿Si al morir el pensamiento,
niña, habrá muerto tu amor?




LXXX


Nube que jamás se alcanza,
eso eres tú, porvenir;
misterio que más te ocultas
cuanto más se piensa en ti.




LXXXI


Yo no entiendo lo que dicen
las brisas cuando murmuran:
tan sólo sé que arrebatan
mis suspiros de amargura.




LXXXII


¿A dónde vas, pastora,
por esos valles
sin llevar a tu lado
quien te acompañe?...
Yo iré contigo,
y hallarás en mí un eco
de tus suspiros.




LXXXIII


Olas que corréis veloces
gimiendo sobre la playa,
¿lloráis, acaso, las penas
que mi corazón traspasan?




LXXXIV


Las lágrimas que se vierten,
penas terminadas son;
y las que están dentro,
espinas que hieren el corazón.




LXXXV


Quisiera que las estrellas
fuesen, niña, tu corona;
el firmamento, tu trono;
y las nubes, tus alfombras.




LXXXVI


¿Por qué extendéis placenteras,
vuestras hojas, lindas flores?...
¿Es para exhalar perfumes,
o es para llorar amores?




LXXXVII


Ya comprendo por qué ocultas
con un velo tu semblante:
porque temes, niña, al sol
su claro fulgor quitarle.




LXXXVIII


Toma, bella zagala,
toma estas flores:
mira cuál van perdiendo
ya sus olores:
ve que mi aliento
las abrasa al tocarlas,
respira fuego.

Cuídalas con dulzura
y verás, niña
cuál se alzan sus corolas
llenas de vida;
y de tu alma
préstales el perfume
que me embriaga.




LXXXIX


Es tu deliciosa boca
límpido y puro fanal;
tus dientes son ricas perlas,
y tus labios son coral.




XC


Sal a tu balcón, muchacha;
mira que se pone el sol...
mira que sin luz quedamos...
mira que me hielo yo...




XCI


Cuando estoy lejos de ti
se cubre el cielo de luto,
el sol esconde sus rayos,
y más triste veo el mundo.




XCII


Porque digan que sientes
estás siempre llorando:
cuando es grande el dolor salir impide
a los ojos el llanto.




XCIII


¡Ay de la flor solitaria,
juguete del huracán!
¡Ay del triste que a este mundo
vino tan sólo a llorar!




XCIV


No digas en tu infortunio
que ha muerto ya tu esperanza;
que es lo único que al hombre
hasta la tumba acompaña.




XCV


La bella alborada
los campos alegra...
¡Ay! ¡Por qué, juventud de mi vida,
no alivias mis penas!




XCVI


Una mirada tuya
me mató, niña;
otra mirada luego
me dio la vida.




XCVII


Es el alma del hombre
jardín de rosas
en donde unas perecen
cuando otras brotan...
¡Ay de mi alma
que no tiene una rosa
que la complazca!




XCVIII


Baja pronto a los prados,
reina de amores;
que de pena marchitas
mueren las flores,
y tu hermosura
en placer cambiaría
su desventura.




XCIX


Yo veo en tus ojos
cuál nace la vida;
mas ¡ay! tu contemplas, hermosa del alma,
morirse la mía.




C


Me preguntas por la flor
que me diste hace ya tiempo,
y yo niña, te respondo:
-Está guardada en mi pecho.




CI


Besaste en el prado un día
un clavel enamorado,
y sus purpurinas hojas
con tu aliento se abrasaron.




CII


Pajarillo que en las ramas
suspiras con triste afán,
yo tus dolores envidio,
que, al fin, puedes suspirar.




CIII


¿No oyes el leve murmullo
que forma la suave brisa?...
Pues aún es, niña, más dulce
de tu voz la melodía.




CIV


Cual nave combatida
del océano
el corazón del hombre
va navegando...
¡Ay si le vencen
los duros temporales
que le acometen!




CV


He de poner en tu frente,
cuando venga primavera,
una corona en que diga:
-Ésta es del abril la reina.




CVI


¿A dónde vas, hermosa,
por esa playa,
apenas en Oriente
la aurora raya?...
¡Es que las flores
siempre, del día, se hallan
a los albores!




CVII


Cefirillo que el bosque
cruzas ligero,
no desdeñes mis cuitas;
oye un momento.
Ve al dueño mío,
y tráeme de sus labios
sólo un suspiro.




CVIII


¿Ves las encendidas rosas
que nacen en tu jardín?
Pues ninguna igualar
puede a tus labios de carmín.




CIX


Quisiera tener alas
como las aves,
para tender el vuelo,
cruzar los aires,
y en tu cabeza
posarme, dulce encanto,
sin que me vieras.




CX


El eco de la campana
es de los cielos la voz;
por eso cuando la escucho
palpita mi corazón.




CXI


Yo te di mi corazón
porque me dieras el tuyo,
y sin los dos me he quedado...
¡Ay del que fía en el mundo!




CXII


Tus ojos, prenda querida,
copiando están a mis penas:
son negros, como ellas son;
son grandes, como son ellas.




CXIII


Eres sombra y nunca te hallo;
eres luz, y no te veo;
eres aura, y no te aspiro;
eres brisa, y no te siento.

¿Qué eres tú, pues, alma mía?
¿Qué eres pues?... Yo no te entiendo;
que cuanto más pienso en ti
más oscuro es tu misterio.




CXIV


Quiso el Rey de los cielos
darme un arcángel,
y vi hermosa del alma,
que tú bajaste.
¿Quién no da, niña,
a un ángel de los cielos
su amor, su vida?




CXV


¿Qué es una fuente sin agua?...
¿Qué es sin flores un jardín?...
¿Qué es la brisa sin aromas?...
¡Lo que mi vida sin ti!




CXVI


El ronco vendaval que el campo tala
arrastra por doquier plantas y flores:
¡así el fiero huracán del desengaño
deja desierto el corazón del hombre!




CXVII


Jamás de oro ni diamantes
circundes tu frente bella;
que sin ellos aún resalta
más hermosa su pureza.

Cíñela sólo de rosas;
adórnala con claveles;
que las flores, entre flores
es justo que vivan siempre.




CXVIII


Tras la verdad voy corriendo
con loco ardoroso afán;
y tiemblo cuando me dicen
que está cerca la verdad.




CXIX


¡Al pobre que se te acerque
no le niegues un socorro!
¡No le niegues a mi alma
la pura luz de tus ojos!




CXX


Por el ramo que me diste
una rosa te di yo...
Yo en mi pecho guardo el ramo:
¿dónde tienes tú la flor?




CXXI


No vayas a la fuente
tan tempranito,
porque perderte puedes
en el camino...
No vayas sola;
que no faltan milanos
donde hay palomas.




CXXII


Hoy riendo estás de gozo,
y ayer llorabas de pena:
mezcla de llanto y de risa:
¡eso es ¡ay! nuestra existencia!




CXXVII


Si es verdad, hermosa niña
que amor con amor se paga...
Di, ¿con qué le has de pagar
al que tanto te idolatra?




CXXIV


Las gotas de rocío de la aurora
deshácense al primer rayo de sol.
Mis ilusiones todas perecieron
cuando la luz de la verdad brilló.




CXXV


Las lágrimas que vertía
en mi niñez, eran agua;
y las que ahora vierto son
fuego que brota del alma.




CXXVI


¡Ay, corazón! Tus cantares
hacen al mundo reír...
Mas, ¿qué te importa que él ría,
si te consuelan a ti?




CXXVII


A oscuras queda la tierra
si el sol esconde su luz;
a oscuras quedan mis ojos
cuando no me miras tú.




CXXVIII


Todo, por bello que sea,
en el mundo acabará:
por eso al mirar tu rostro
me dan ganas de llorar.




CXXVX


Flechas tus desdenes son
que mi corazón traspasan...
¿Quieres calmar mis heridas?
Vuelve hacia ellas la mirada.




CXXX


Blanca es la luz de la luna;
blancas son las azucenas;
blanca es la espuma del mar;
pero más lo es tu inocencia.




CXXXI


Siempre que un reloj contemplo
llanto de mis ojos salta...
¡Cómo la muerte se acerca!
¡Cómo las horas se pasan!




CXXXII


La verdad dicen que es fea:
si eso es así, hermosa niña,
¿es ese dicho engañoso,
o es tu belleza mentira?




CXXXIII


Cuando en este mundo sufras
torna tu mirada al cielo;
que es la morada que, al triste
le guarda Dios, como premio.




CXXXIV


Corre al amor la mujer;
corre a la gloria el artista;
tras del oro corre el hombre,
y el joven, tras de la dicha.

Y, sin ninguno pensarlo,
el mismo camino tienen...
Que, al fin, todos van corriendo
hacia el hoyo de la muerte.




CXXXV


Al ver caer esos rizos
sobre tu frente,
ver oculta la luna
mis ojos creen;
pues son tan negros
como blanca es la frente
que van cubriendo.




CXXXVI


Como es tan breve el gozar
quiero pararme, y veloz
viéneme el tiempo a turbar:
-Anda -me dice su voz-;
¡no nos podemos parar!




CXXXVII


Si alzarte quieres niña,
con raudo vuelo,
y, dejando la tierra,
subir al cielo,
el mundo deja,
y elévate en las alas
de la pureza.




CXXXVIII


Ayer tarde, en la pradera,
lágrimas tristes vertías;
pero el aura cariñosa
las secaba compasiva.




CXXXIX


Tu corazón y el mío
son sólo uno:
cuando el mío suspira,
suspira el tuyo;
si el mío llora
lágrimas tristes, perlas
el tuyo brota.




CXL


Separa, niña, esos rizos
que cubren tu blanco cuello...
¿Necesita el marfil bello,
del ébano los hechizos?




CXLI


Cuando el sol muere en ocaso,
la luna aparece clara,
cuando el placer me abandona,
me consuela la esperanza.




CXLII


Cual ondas azules de pobre arroyuelo,
que cruzan el valle, que bajan al mar;
así van los hombres corriendo a la muerte;
así nuestras horas también pasarán.




CXLIII


Déjame que en tus hojas,
do el placer hallo,
imprima un dulce beso,
clavel amado;
pues en tus hojas,
ven mis ojos los labios
de la que adoran.




CXLIV


Ya vienen las mañanas
de primavera;
ya esmaltan de mil flores
prados y vegas...
Frescas mañanas,
¿no traéis flor alguna
para mi alma?




CXLV


Cuando el dolor me aflige
con saña fiera,
una idea me halaga
que me consuela...
¡Es ¡ay! que pienso
que dolores y dichas
terminan presto!




CXLVI


Tú eres la flor que, leve, vagarosa,
abre su cáliz al rayar el día;
yo soy la solitaria mariposa
que en tu corola a descansar se posa
en busca de un placer, de una alegría.




CXLVII


Color azul de cielo
tienen tus ojos:
cuando hacia mí los tornas
me vuelves loco.
No los separes;
que estando loco
olvido yo mis pesares.

Cuando dulce me miras,
yo, niña, creo
que se vuelve piadoso
para mí el cielo;
y cuando esquiva,
sólo das amarguras
al alma mía.

Si de ti estoy ausente,
a oscuras me hallo,
y do quiera la noche
tiende su manto,
y sólo anhelo
ver niña, tus ojitos
color de cielo.

Niña de mis ensueños,
te adoro tanto
que tú muy bien no sabes
cuál te idolatro...
Haz ¡ay! que luego
tenga un lugar tu amante
niña, en el cielo.




CXLVIII


Cuando brilla en oriente
la blanca aurora,
creo ver tu faz bella
y encantadora,
que sonriendo
los más dulces amores
me está diciendo.




CXLIX


No es el canto del poeta
música y palabras vanas:
es eco de dicha o pena
que se escapa de su alma.




CL


Al ver en el espejo
tu cara linda
se dibuja en tus labios
dulce sonrisa...
¡Cómo lloraras
si en vez de ver tu rostro
vieras tu alma!




CLI


A las olas del mar, niña,
se parecen tus palabras:
de la nada salen, crecen,
y al fin, se quedan en nada.




CLII


Rápidas vuelan las aves
al ver el cielo nublado;
así huyen las ilusiones
cuando llega el desengaño.




CLIII


Negra, muy negra es mi suerte
desde que tus ojos veo,
que son mi suerte tus ojos,
y son tus ojos muy negros.




CLIV


Las flores que ayer murieron
vivificar puede el sol,
mas ¿quién volver a la vida
puede, niña, a mi ilusión?




CLV


De la noche entre las nieblas
brillar las estrellas suelen,
¡y en la noche de mi pecho
ni una sola brillar puede!




CLVI


Dicen tus admiradores
que son rubíes tus labios;
será verdad, pero creo
que esos rubíes son falsos.




CLVII


En las aguas del olvido
saciar el alma quisiera,
pues me devora el recuerdo
de mis esperanzas muertas.




Conclusión


-¿Quién eres, voz que al corazón llamaste?
¿Qué quieres, di?
-Triste recuerdo soy de lo que amaste.
-Huye de mí.

-¿Qué quieres, eco que despierta al alma?
¿Quién puedes ser,
que así perturbas mi tranquila calma?
-Soy el placer.

-¡Huid, huid; mi corazón dormido
en dulce paz no quiere percibir,
ni el eco triste del placer perdido,
ni la rosada luz del porvenir!





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