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89. Como quiera que sea, oigamos lo que sobre el mismo libro dicen Sancho y Don Quijote122: «Yo apostaré, dijo Sancho, que antes de mucho tiempo no ha de haber bodegón, venta, ni mesón, o tienda de barbero, donde no ande pintada la historia de nuestras hazañas, pero querría yo que la pintasen manos de otro mejor pintor que el que ha pintado a éstas. Tienes razón, Sancho, dijo Don Quijote, porque este pintor es como Orbaneja, un pintor que estaba en Úbeda que, cuando le preguntaban qué pintaba, respondía: lo que saliere. Y si, por ventura, pintara un gallo escribía debajo: éste es gallo, porque no pensasen que era zorra. Desta manera me parece a mí, Sancho, que debe de ser el pintor o escritor, que todo es uno, que sacó a luz la historia deste nuevo Don Quijote que ha salido, que pintó o escribió lo que saliere; o habrá sido como un poeta que andaba los años pasados en la corte, llamado Mauleón, el cual respondía de repente a cuanto le preguntaban y, preguntándole uno qué quería decir Deum de Deo, respondió: de donde diere».

90. El mismo Don Quijote, hablando en otra ocasión con don Álvaro Tarfe (que en la historia del aragonés hace mucho papel), tuvo este coloquio123: «Dígame V. M., señor don Álvaro. ¿Parezco yo en algo a ese tal Don Quijote que V. M. dice? No, por cierto, respondió el huésped, en ninguna manera. Y ese Don Quijote, dijo el nuestro, ¿traía consigo a un escudero llamado Sancho Panza? Sí traía, respondió don Álvaro, y aunque tenía fama de muy gracioso, nunca le oí decir gracia que la tuviese. Eso creo yo muy bien, dijo a esta sazón Sancho, porque el decir gracias no es para todos, y ese Sancho que V. M. dice, señor gentilhombre, debe de ser algún grandísimo bellaco, frión y ladrón juntamente, que el verdadero Sancho Panza soy yo que tengo más gracias que llovidas y, si no, haga V. M. la experiencia y ándese tras de mí por lo menos un año y verá que se me caen a cada paso, y tales y tantas que, sin saber yo las más veces lo que me digo, hago reír a cuantos me escuchan; y el verdadero Don Quijote de la Mancha, el famoso, el valiente, y el discreto, el enamorado, el desfacedor de agravios, el tutor de pupilos y huérfanos, el amparo de las viudas, el mantenedor de las doncellas, el que tiene por única señora a la sin par Dulcinea del Toboso, es este señor que está presente que es mi amo. Todo cualquier otro Don Quijote, y cualquier otro Sancho Panza, es burlería y cosa de sueño. Por Dios que lo creo, respondió don Álvaro, porque más gracia habéis dicho vos, amigo, en cuatro razones que habéis hablado que el otro Sancho Panza en cuantas yo le oí hablar que fueron muchas; más tenía de comilón que de bien hablado, y más de tonto que de gracioso. Y tengo por sin duda que los encantadores, que persiguen a Don Quijote el bueno, han querido perseguirme a mí con Don Quijote el malo, pero no sé qué me diga, que osaré yo jurar que le dejo metido en la casa del nuncio en Toledo para que le curen124, y ahora remanece aquí otro Don Quijote aunque bien diferente del mío. Yo, dijo Don Quijote, no sé si soy bueno, pero sé decir que no soy el malo. Para prueba de lo cual quiero que sepa vuesa merced, mi señor don Álvaro Tarfe, que en todos los días de mi vida no he estado en Zaragoza, antes por haberme dicho que ese Don Quijote fantástico se había hallado en las justas desa ciudad no quise yo entrar en ella, por sacar a las barbas del mundo su mentira. Y así me pasé de claro a Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única. Y aunque los sucesos que en ella me han sucedido no son de mucho gusto sino de mucha pesadumbre, los llevo sin ella sólo por haberla visto. Finalmente, señor don Álvaro Tarfe, yo soy Don Quijote de la Mancha, el mismo que dice la fama, y no ese desventurado que ha querido usurpar mi nombre y honrarse con mis pensamientos. A vuesa merced suplico por lo que debe a ser caballero, sea servido de hacer una declaración, ante el alcalde deste lugar, de que vuesa merced no me ha visto en todos los días de su vida hasta agora y de que yo no soy el Don Quijote impreso en la segunda parte125, ni este Sancho Panza mi escudero es aquel que vuesa merced conoció. Eso haré yo de muy buena gana, respondió don Álvaro, puesto que causa admiración ver dos Don Quijotes y dos Sanchos a un mismo tiempo, tan conformes en los nombres, como diferentes en las acciones. Y vuelvo a decir, y me afirmo, que no he visto lo que he visto, ni ha pasado por mí lo que ha pasado... Entró acaso el alcalde del pueblo en el mesón con un escribano, ante el cual alcalde pidió Don Quijote por una petición, de que a su derecho convenía, de que don Álvaro Tarfe, aquel caballero que allí estaba presente, declarase ante su merced cómo no conocía a Don Quijote de la Mancha, que asimismo estaba allí presente, y que no era aquel que andaba impreso en una historia intitulada Segunda parte de Don Quijote de la Mancha, compuesta por un tal de Avellaneda, natural de Tordesillas. Finalmente, el alcalde proveyó jurídicamente. La declaración se hizo con todas las fuerzas que en tales casos debían hacerse, con lo que quedaron Don Quijote y Sancho muy alegres, como si les importara mucho semejante declaración y no mostrara claro la diferencia de los dos Don Quijotes y la de los dos Sanchos sus obras y sus palabras. Muchas cortesías y ofrecimientos pasaron entre don Álvaro y Don Quijote, en las cuales mostró el gran manchego su discreción de modo que desengañó a don Álvaro del error en que estaba, el cual se dio a entender que debía de estar encantado, pues tocaba con la mano dos tan contrarios Don Quijotes.»

91. Últimamente, el mismo Don Quijote de la Mancha o, por mejor decir, Alonso Quijano el bueno, restituido ya a su entero juicio, en una de las cláusulas de su testamento, ordenó lo siguiente126: «Ítem suplico a los dichos señores mis albaceas -el señor cura Pero Pérez y el señor bachiller Sansón Carrasco, que estaban presentes- que si la buena suerte los trujere a conocer al autor que dicen que compuso una historia que anda por ahí con el título de Segunda parte de las Hazañas de Don Quijote de la Mancha, de mi parte le pidan, cuan encarecidamente se pueda, perdone la ocasión que sin yo pensarlo le di de haber escrito tantos y tan grandes disparates como en ella escribe, porque parto desta vida con escrúpulo de haberle dado motivo para escribirlos».

92. Mucha razón, pues, tuvo Miguel de Cervantes Saavedra para juzgar y decir que la gloria de continuar con felicidad la Historia de Don Quijote de la Mancha sólo quedaba reservada a su pluma. Y para que esto no sonase a jactancia, puso este discreto razonamiento en boca de Cide Hamete Ben-Engeli, hablando éste con su propia pluma. Dice, pues, Cervantes127: «Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma: Aquí quedarás colgada desta espetera y deste hilo de alambre, no sé si bien cortada o mal tajada, péñola mía, a donde vivirás luengos siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte. Pero, antes que a ti lleguen, les puedes advertir y decirles en el mejor modo que pudieres128: Tate, tate, folloncitos, de ninguno sea tocada, porque esta impresa, buen rey, para mí estaba guardada. Para mí sola nació Don Quijote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir; solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió, o se ha de atrever, a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi valeroso caballero, porque no es carga de sus hombros ni asunto de su resfriado ingenio. A quien advertirás (si acaso llegas129 a conocerle) que deje reposar en la sepultura los cansados y ya podridos huesos de Don Quijote y no le quiera llevar contra todos los fueros de la muerte a Castilla la Vieja130, haciéndole salir de la fuesa donde real y verdaderamente yace tendido de largo a largo, imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva, que para hacer burla de tantas como hicieron tantos andantes caballeros bastan las dos que él hizo131, tan a gusto y beneplácito de las gentes a cuya noticia llegaron así en estos como en los extraños reinos; y, con esto, cumplirás con tu cristiana profesión, aconsejando bien a quien mal te quiere, y yo132 quedaré satisfecho y ufano de haber sido el primero que gozó el fruto de sus escritos enteramente, como deseaba, pues no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que por las de mi verdadero Don Quijote van ya tropezando y han de caer del todo, sin duda alguna. Vale.» En efeto, luego que salió el primer tomo de la Historia de Don Quijote, este caballero andante empezó a arrinconar a todos los demás y, después que salió el segundo tomo, en el año 1615, fue tan grande y tan universal el aplauso que mereció esta obra, que muy pocas han logrado en el mundo tanta, tan general y tan constante aprobación. Porque hay libros que sólo se estiman porque su estilo es texto para las lenguas muertas; otros, a quienes hicieron célebres las circunstancias del tiempo y, pasadas aquéllas, cesó su aplauso; otros, que siempre se aprecian por la grandeza del asunto. Y los de Cervantes, teniéndole ridículo, siendo ahora menos extendido el dominio español y estando escritos en lengua viva reducida a ciertos límites, viven y triunfan a pesar del olvido, y son hoy en el mundo tan necesarios como cuando salieran a luz la primera vez; porque, después que Francia con la feliz protección de Luis XIV llegó a la cumbre del saber, empezó a descaecer y, faltando letrados semejantes a Sirmondo, Bossuet, Huet y a otros varones como ellos de inmortal memoria, comenzó a prevalecer el espíritu novelero, y ha cundido de manera la afición a las fábulas que sus diarios literarios están rellenos de ellas y de Francia apenas nos vienen otros libros. El daño que causaron en otro tiempo semejantes fábulas fue tan grande que se puede llamar universal. Por eso, aquel juiciosísimo censor de la república literaria Juan Luis Vives, quejándose gravísimamente de las corrompidas costumbres de su tiempo, decía133: «¿Qué manera de vivir es ésta que no se tenga por canción la que no sea torpe? Conviene, pues, que las leyes y los magistrados den providencia contra esto, y también contra los libros pestilenciales cuales son en España, Amadís, Esplandián, Florisando, Tirante, Tristán, a cuyos despropósitos no se pone término; cada día salen de nuevo más y más como Celestina, alcahueta, madre de maldades, Cárcel de amores. En Francia, Lanzarote del Lago, París y Viena, Punto y Sidonia, Pedro Proenzal y Magalona, Melisendra, dueña inexorable. Aquí en Flandes -escribía Vives en Brujas, año 1523-, Florián y Blanca Flor, Leonela y Canamor, Curias y Floreta, Píramo y Tisbe. Hay algunos libros traducidos de latín en lenguas vulgares, como las desgraciadísimas gracias de Pogio, Eurialo y Lucrecia134, las cien novelas de Bocacio. Todos los cuales libros escribieron unos hombres ociosos, mal empleados, imperitos, entregados a los vicios y a la porquería. En los cuales me maravillo que haya cosa que deleite. Pero las cosas malas nos halagan mucho». Medicina, pues, muy eficaz fue la que aplicó el ingeniosísimo Cervantes, pues purgó los ánimos de toda Europa de tan envejecida afición a semejantes libros tan pegajosos. Vuelva, pues, a salir Don Quijote de la Mancha y desengañe un loco a muchos locos voluntarios, divierta un discreto como Cervantes a tantos ociosos y melancólicos con la entretenida y apacible letura de sus artificiosos y graciosísimos libros. Sobre los cuales suele haber duda cuál de los tomos es mejor, el que contiene la primera y segunda salida de Don Quijote o la tercera.

93. Yo quiero que la decisión de esta cuestión tan crítica no sea mía sino del mismo Cervantes, el cual, habiendo oído el juicio que algunos anticipadamente habían hecho, introdujo este coloquio entre Don Quijote de la Mancha, el bachiller Sansón Carrasco, y Sancho Panza135: «¿Por ventura, dijo Don Quijote, promete el autor -esto es, Cide Hamete Ben-Engeli- segunda parte? Sí promete, respondió Sansón, pero dice136 que no ha hallado ni sabe quién la tiene, y así estamos en duda si saldrá o no. Y así por esto, como porque algunos dicen: nunca segundas partes fueron buenas, y otros: de las cosas de Don Quijote bastan las escritas, se duda que no ha de haber segunda parte. Aunque algunos, que son más joviales que saturninos, dicen: vengan más quijotadas, embista Don Quijote y hable Sancho Panza, y sea lo que fuere que con eso nos contentamos. Y ¿a qué se atiene el autor?, dijo Don Quijote. A que, respondió Sansón, en hallando que halle la historia, que él va buscando con extraordinarias diligencias, la dará luego a la estampa llevado más del interés que de darla se le sigue que de otra alabanza alguna. A lo que dijo Sancho: ¿Al dinero y al interés mira el autor? Maravilla será que acierte porque no hará sino harbar harbar, como sastre en vísperas de pascuas, y las obras que se hacen apriesa nunca se acaban con la perfeción que requieren. Atienda ese señor moro, o lo que es, a mirar lo que hace, que yo, y mi señor le daremos tanto ripio a la mano en materia de aventuras y de sucesos diferentes que pueda componer no sólo segunda parte, sino ciento. Debe de pensar el buen hombre, sin duda, que nos dormimos aquí en las pajas: pues ténganos el pie al errar y verá del que cosqueamos. Lo que yo sé decir es que, si mi señor tomase mi consejo, ya habíamos de estar en esas campañas deshaciendo agravios y enderezando tuertos, como es uso y costumbre de los buenos andantes caballeros». En cuyo coloquio quiso Cervantes darnos a entender que tenía ingenio para la invención, no sólo de uno, sino de cien Quijotes. La del segundo tomo no es menos agradable que la del primero, y la enseñanza es mucho mayor. Fuera de esto, en la narración principal no entremetió novela alguna totalmente separada del asunto, lo cual es muy contra el arte de fabular, sino que diestramente ingirió muchos episodios muy bien enlazados con el principal asunto, cosa que pide gran ingenio y singular habilidad. Oigamos otra vez al mismo Cervantes137: «Dicen que en el propio original desta historia se lee que, llegando Cide Hamete a escribir este capítulo, no le tradujo su intérprete como él le había escrito, que fue un modo de queja que tuvo el moro de sí mismo por haber tomado entre manos una historia tan seca y tan limitada como esta de Don Quijote, por parecerle que siempre había de hablar dél y de Sancho sin osar extenderse a otras digresiones y episodios más graves y más entretenidos; y decía que el ir siempre atenido el entendimiento, la mano y la pluma, a escribir de un solo sujeto y hablar por las bocas de pocas personas era un trabajo incomportable, cuyo fruto no redundaba en el de su autor, y, que por huir deste inconveniente, había usado en la primera parte del artificio de algunas novelas, como fueron la del Curioso impertinente y la del Capitán cautivo, que están como separadas de la historia, puesto que las demás que allí se cuentan son casos sucedidos al mismo Don Quijote que no podían dejar de escribirse. También pensó, como él dice, que muchos, llevados de la atención que piden las hazañas de Don Quijote, no la darían a las novelas y pasarían por ellas, o con priesa o con enfado, sin advertir la gala y artificio que en sí contienen, el cual se mostrara bien al descubierto cuando por sí solas, sin arrimarse a las locuras de Don Quijote ni a las sandeces de Sancho, salieran a luz. Y así en esta segunda parte no quiso injerir novelas sueltas ni pegadizas, sino algunos episodios que lo pareciesen138 nacidos de los mismos sucesos que la verdad ofrece, y aun éstos limitadamente y con solas las palabras que bastan a declararlos. Y, pues, se contiene y cierra en los estrechos límites de la narración, teniendo habilidad, suficiencia y entendimiento para tratar del universo todo, pide no se desprecie su trabajo y se le den alabanzas, no por lo que escribe, sino por lo que ha dejado de escribir». Los que dicen, pues, que Cervantes en su segunda parte no se igualó a sí mismo, sepan que su opinión nace, o de la tradición de los que, enamorados de la primera, pensaron que no podía tener segunda, o de su poca inteligencia, y pues echan menos en ésta los que el mismo Cervantes confesó que en la otra habían sido defetos del arte, o licencias del artífice, para desahogo de su imaginación y divertimiento de la del letor.

94. En medio de tantas y tan justas alabanzas, así de la admirable invención de Cervantes como de su prudente disposición y singular elocuencia, como el que escribe es uno y los que leen muchos, y la atención del autor, ocupada en inventar, tal vez se deja transportar de la viveza de su imaginación, y, siendo ésta demasiadamente fecunda, la misma multitud de circunstancias suele hacer que éstas no se conformen entre sí, o no convengan al tiempo o al lugar en que se fingen, no es mucho que Miguel de Cervantes Saavedra tropezase algunas veces con la inverosimilitud y falsedad, en lo cual tiene Cervantes por compañeros a cuantos han escrito hasta hoy obras en que la invención haya sido dilatada, pues en todas ellas se hallan semejantes descuidos. Bien lo conoció el mismo Cervantes, pues, habiéndole censurado algunas cosas de las que había escrito en su tomo primero, confesó sus descuidos en los capítulos tercero, cuarto y cuarenta y tres de su tomo segundo, donde borró muchos de sus yerros con la misma ingenuidad de tenerlos por tales y procuró dorar algunos dellos con tan graciosas disculpas que la misma defensa es un nuevo y glorioso género de confesión. Tan generoso, pues, era su genio que si viviese hoy y le propusieran nuevas censuras, como fuesen justas, ciertamente se daría por bien advertido.

95. Con la confianza, pues, que me da el ser yo uno de sus más apasionados, me atreveré a decir que, en algunos casos, excedió los límites de la verosimilitud y, tal vez, tocó en los de una manifiesta falsedad. Porque en la célebre pendencia que tuvo con el vizcaíno don Sancho de Aspeitia, en suposición de que Don Quijote le arremetió con determinación de quitarle la vida, es inverosímil que el vizcaíno, que tendría ocupada la mano siniestra con las riendas de su mula, no sólo tuviese tiempo para sacar la espada con la derecha, sino también para tomar una almohada del coche que le sirvió de escudo, pues los que iban en el coche, naturalmente, estarían sentados sobre ella y, cuando así no fuese, siempre tiene su dificultad que pudiese el vizcaíno tomarla tan aprisa, dando lugar a todo esto la furia de un loco.

96. También me parece inverosímil que Camila, que en la Novela del curioso impertinente se finge que hablaba a solas y consigo mismo, hablase tanto y de manera que Anselmo, que estaba escondido, pudiese oír un tan largo soliloquio. Pues, si los cómicos de mayor arte introdujeron en sus comedias algunos soliloquios, fue para que los mirones se instruyesen en los ocultos pensamientos de las personas de la fábula, pero no para que las personas introducidas escuchasen tan prolijas arengas.

97. El razonamiento que hizo Sancho Panza a su amo Don Quijote, referido en el cap. VIII del segundo tomo, ciertamente excede la capacidad de un hombre tan sencillo como Panza. No haré cargo a Cervantes de la poca verosimilitud con que escribió lo que se sigue139: «Este Ginés de Pasamonte, a quien Don Quijote llamaba Ginesillo de Parapilla, fue el que hurtó a Sancho Panza el Rucio que, por no haberse puesto el cómo ni el cuándo en la primera parte por culpa de los impresores, ha dado en qué entender a muchos que atribuían a poca memoria del autor la falta de la emprenta. Pero, en resolución, Ginés le hurtó estando sobre él durmiendo Sancho Panza, usando de la traza y modo que usó Brunelo, cuando, estando Sacripante sobre Albraca, le sacó el caballo de entre las piernas, y después le cobró Sancho como se ha contado». Digo que no haré cargo a Cervantes de que esta invención tiene más de posible que de verosímil, porque se ve que Cervantes tiró en esto a reprehender a los autores que suelen disculpar sus errores en los descuidos de los impresores, sin advertir que los de éstos sólo suelen reducirse a trocar letras o palabras, y a omitir tal vez algunas cláusulas. Y en lo que toca a la salida del modo y tiempo en que Ginesillo de Pasamonte hurtó el Rucio parece, si no conozco mal el genio de Cervantes, que su fin sólo fue reírse de la invención del modo de hurtar el caballo de Sacripante.

98. Pero no sé yo cómo poder disculpar la ficción140 de que en un lugar de Aragón de más de mil vecinos durase ocho o diez días141 la publicidad de tener un gobernador de burlas. Si esto es verosímil, los aragoneses lo digan. Lo que yo sé es que no habiendo en Aragón caverna alguna que tenga de largo media legua, es contra toda verdad haber fingido que Sancho Panza anduvo por ella todo ese trecho hasta parar en un lugar donde Don Quijote, desde arriba, oyó sus lamentos142.

99. Tampoco sé cómo poder disculpar el que habiendo dicho Cervantes143 que la fama había guardado en las memorias de la Mancha que Don Quijote la tercera vez que salió de su casa fue a Zaragoza, donde se halló en unas famosas justas que en aquella ciudad hicieron y allí le pasaron cosas dignas de su valor y buen entendimiento, después Cervantes en su continuación dice144 que Don Quijote no pondría los pies en Zaragoza por sacar mentiroso al historiador moderno, siendo así que en hacerle ir a las justas de Zaragoza hubiera seguido a la fama.

100. Menos disculpa tiene haber llamado Cervantes Juana Gutiérrez a la mujer de Sancho Panza145 o Juana Panza, que es lo mismo porque se usa en la Mancha tomar las mujeres el apellido de sus maridos146, y reprehender al continuador aragonés147 porque no sin alguna razón148 la llamó Mari-Gutiérrez, y llamarla después el mismo Cervantes en todo su segundo tomo Teresa Panza. Aunque yo creo que esto picó en historia verdadera149.

101. Fuera de todo esto, cualquiera que se entretenga en formar un diario de las salidas de Don Quijote, hallará la cuenta de Cervantes muy errada y nada conforme a los sucesos referidos.

102. En una cosa debe ser tratado Cervantes con algún rigor, y es en los anacronismos o retrocedimientos de tiempo, porque, habiéndolos reprehendido tan justamente en sus contemporáneos cómicos150, también en él deben ser censurados. Señalaré algunos de estos defetos.

103. Pero para que se entienda mejor lo que voy a decir, es menester suponer que ha sido costumbre de muchos que han publicado libros de caballerías querer autorizarlos diciendo que se habían hallado en alguna parte, escritos con letras muy antiguas difíciles de leer. Así Garci-Ordóñez de Montalvo, regidor de Medina del Campo, después de haber dicho que había corregido Los tres libros de Amadís, que por falta de los malos escritores o componedores se leían muy corruptos y viciosos, inmediatamente añadió que publicaba aquellos libros «trasladando y emendando El libro cuarto con Las sergas de Esplandián su hijo, que hasta aquí no es en memoria de ninguno ser visto, que por gran dicha pareció en una tumba de piedra que debajo de la tierra en una ermita cerca de Constantinopla fue hallado y traído por un húngaro mercader a estas partes de España en la letra y pergamino tan antiguo que con mucho trabajo se pudo leer por aquellos que la lengua sabían». Imitando en esto Cervantes a Garci-Ordóñez de Montalvo, dijo151: «Que la buena suerte le deparó un antiguo médico que tenía en su poder una caja de plomo que, según él dijo, se había hallado en los cimientos derribados de una antigua ermita que se renovaba, en la cual caja se habían hallado unos pergaminos escritos con letras góticas, pero en versos castellanos, que contenían muchas de sus hazañas -esto es, de Don Quijote-, y daban noticia de la hermosura de Dulcinea del Toboso, de la figura de Rocinante, de la fidelidad de Sancho Panza, y de la sepultura del mesmo Don Quijote con diferentes epitafios y elogios de su vida y costumbres». Escribía esto Cervantes en el año mil seiscientos y cuatro, y lo imprimió en el siguiente. Dejo al arbitrio del juicioso letor determinar la edad en que, según las referidas circunstancias, se finge que vivió Don Quijote de la Mancha. Referir un antiguo médico el hallazgo de los pergaminos donde estaban los epitafios de Don Quijote, haberse hallado en los cimientos derribados de una antigua ermita, y estar escritos en letras góticas, cuyo uso se prohibió en España en tiempo del rey don Alonso el Sexto152, todas son circunstancias que arguyen el pasaje de algunos siglos. Y esto mismo supone un discurso de Don Quijote, tan ocultamente erudito como graciosamente disparatado153: «¿No han vuestras mercedes leído, respondió Don Quijote, los anales e historias de Inglaterra donde se tratan las famosas fazañas del rey Arturo, que continuamente en nuestro romance castellano llamamos el rey Artús, de quien es tradición antigua y común en todo aquel reino de la Gran Bretaña que este rey no murió, sino que por arte de encantamento se convirtió en cuervo y que, andando los tiempos, ha de volver a reinar y a cobrar su reino y cetro? A cuya causa no se probará que desde aquel tiempo a éste haya ningún inglés muerto cuervo alguno. Pues en tiempo deste buen rey fue instituida aquella famosa Orden de caballería de los Caballeros de la Tabla Redonda, y pasaron sin faltar un punto los amores que allí se cuentan de don Lanzarote del Lago con la reina Ginebra, siendo medianera dellos y sabidor a aquella tan honrada dueña Quintañona, de donde nació aquel tan sabido romance y tan decantado en nuestra España de


Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido
como fuera Lanzarote
cuando de Bretaña vino.



Con aquel progreso tan dulce y tan suave de sus amorosos y fuertes fechos. Pues desde entonces de mano en mano fue aquella Orden de caballería extendiéndose y dilatándose por muchas y diversas partes del mundo. Y en ella fueron famosos y conocidos por sus fechos el valiente Amadís de Gaula con todos sus hijos y nietos hasta la quinta generación, y el valeroso Félix Marte de Hircania, y el nunca como se debe alabado Tirante el Blanco154.

Y casi que en nuestros días vimos y comunicamos y oímos al invencible y valeroso caballero don Belianís de Grecia. Esto, pues, señores, es ser caballero andante, y la que he dicho es la Orden de su caballería». Si Don Quijote, pues, fue tan vecino al tiempo en que se fingió haber vivido don Belianís de Grecia y la demás caterva de caballeros andantes, habiéndose referido éstos a los siglos inmediatos al origen del cristianismo, como lo observó y censuró el erudito autor del Diálogo de las Lenguas155, es consiguiente que Don Quijote de la Mancha se finja haber vivido muchos siglos ha. ¿Cómo, pues, Cervantes supone introducido ya en tiempo de Don Quijote el uso de los coches?156, siendo así que Gonzalo Fernández de Oviedo, en su Adición o segunda parte a los oficios de la casa real, título del caballerizo de las andas, dice que la princesa Margarita, cuando vino a casar con el príncipe don Juan, trajo el uso de los carros de cuatro ruedas y que, habiéndose vuelto viuda a Flandes, cesaron tales carros y quedaron las literas que antes se usaban. Aun en Francia, de donde nos vino esta moda como casi todas las demás, no es muy antiguo el uso de los coches, porque Juan de Laval Boisdausín de la casa Memoransi fue el primero que, a lo último del reinado de Francisco Primero, se sirvió de un coche por causa de su corpulencia, que era tal que no le permitía ir a caballo. Debajo del reinado de Enrique Segundo sólo había en la corte de Francia dos coches, uno para la reina su mujer y otro para Diana, hija natural del rey. En la ciudad de París, habiendo sido nombrado primer presidente Cristóbal de Thou fue el primero que tuvo coche, pero nunca se sirvió dél para ir a la casa real. Estos ejemplos que introdujo la grandeza o necesidad fueron luego tan perniciosos que llegó la vanidad al último grado. Por lo que toca a España, escribiendo desto don Lorenzo Vander Hamen y Leon en el Libro primero de la vida de don Juan de Austria, dijo estas bien sentidas palabras: «Venía -Charles Pubest, criado del rey emperador Carlos Quinto- en un coche o carrocilla de las que en aquellas provincias se usaban. Cosa raras veces vista en estos reinos. Salían las ciudades enteras a verla con admiración. Tan corta noticia se tenía por entonces deste género de deleite. Sólo lo que se usaban eran carretas de bueyes y en ellas andaban las personas más graves tal vez. Don Juan (porque no traigamos ejemplos de fuera de casa) fue muchas a visitar el templo de Nuestra Señora de Regla (Loreto de Andalucía) en una déstas en compañía de la duquesa de Medina. Esto se usaba en aquel tiempo. Pero dentro de pocos años (el de setenta y siete) fue necesario prohibir los coches por pragmática. Tan introducido se hallaba ya este vicio infernal que tanto daño ha causado a Castilla». Para pintar este abuso, Miguel de Cervantes hizo que Teresa Panza, mujer de un pobre labrador, manifestase deseos de servirse de coche sólo por imaginar que su marido era gobernador de la ínsula Barataria; así como, para reírse de algunos grados de dotor que se daban en su tiempo y que debían suponer pero no hacían a los hombres doctos, hizo mención de algunos licenciados graduados en las universidades de Sigüenza157 y Osuna158 en tiempo de Don Quijote, siendo así que por consejo del cardenal Jiménez de Cisneros erigió la de Sigüenza don Juan López de Medina, consejero de Enrique Cuarto y su enviado en Roma, arcediano de Almazán, dignidad de la catedral de Sigüenza y canónigo de Toledo; y más adelante, en el año 1548, fundó la de Osuna, con aprobación de Carlos Quinto y Paulo Tercero, don Juan Téllez de Girón, conde de Ureña. Si Cervantes viviese hoy, sobre este punto de los grados diría algo más. Pero sea su comentador don Diego de Saavedra en su República literaria.

104. Fue también falta de atención aludir, en el supuesto tiempo de Don Quijote, al Concilio de Trento159 que empezó a celebrarse año 1544, siendo pontífice Paulo III, y se acabó en tiempo de Pío IV.

105. También Cervantes hizo mención de la América en boca del cura160 antes que Américo Vespucio, florentín, el año 1497 hubiese puesto los pies en ella dándole su nombre, siendo en esto más feliz que Cristóbal Colón, ginovés, que fue su primer descubridor, año 1592.

106. Ni debía haber hecho mención de Fernán Cortés161, ni de la destreza de los jinetes mejicanos162 antes que en el mundo hubiese Cortés, conquistador de Méjico, y que en tal ciudad hubiese habido caballos. Nombró también el famoso cerro del Potosí163 antes que descubriese sus prodigiosas venas de plata aquel bárbaro cazador164. Y la voz cacique165, venida de la isla Española166, no debía ponerse en boca de Sancho Panza167.

107. Fuera de esto, siendo tan reciente la impresión, no había de suponer su uso en tiempo de Don Quijote168, ni hacer mención de tantos autores modernos, así extranjeros como españoles. Extranjeros como Ariosto169, Miguel Verino170, Jacobo Sannazaro171, Antonio de Lofraso, poeta sardo172, Polidoro Virgilio173 y otros. Españoles como Garci-Laso de la Vega, a quien unas veces alaba expresamente174, otras alega sus versos sin nombrarle175, y otras alude a él claramente176. De Juan Boscán, poeta contemporáneo y muy amigo de Garci-Laso, dice Don Quijote177: «El antiguo Boscán se llamó Nemoroso», en lo cual erró de muchas maneras, llamando antiguo a Boscán, y aludiendo a la primera écloga de Garci-Laso de la Vega.

108. El mismo Don Quijote, hablando muy discretamente de la común disgracia de las traducciones, dice178: «Fuera desta cuenta van los dos famosos traductores, el uno el dotor Cristóbal de Figueroa en su Pastor Fido, y el otro don Juan de Jáuregui en su Aminta, donde felizmente ponen en duda cuál es la tradución o cuál el original». Y se ha de advertir que el dotor Suárez de Figueroa publicó El pastor Fido, tragi-comedia pastoral de Bautista Guarini, en Valencia, año 1609, en la oficina de Pedro Patricio Mei; y don Juan de Jáuregui El Aminta, comedia pastoril de Torcuato Tasso, en Sevilla, por Francisco Lira, año 1618, en 4.

109. También una pastora, hablando con Don Quijote, nombró con anticipación de tiempo a Camoes, celebrándole como poeta excelentísimo en su misma lengua portuguesa179. Que fue lo mismo que reprehender las traducciones castellanas de Luis Gómez de Tapia, de Benito Caldera, y de Enrique Garcez para que se vea la dificultad que tienen las traducciones, pues dos tan semejantes dialectos de una misma lengua no son iguales en la expresión y harmonía.

110. En el celebrado capítulo sexto del tomo primero, suponiéndose el escrutinio en tiempo de Don Quijote, se hacen críticas de las obras de Jorge de Montemayor, Gil Polo, López Maldonado, don Alonso de Ercilla, Juan Rufo, Cristóbal de Virués, y aun de La Galatea del mismo Cervantes.

111. También hace éste mención180 de las obras del obispo de Ávila, don Alonso Tostado181, natural de Madrigal, de donde quiso llamarse, el cual nació cerca de los años del Señor mil cuatrocientos y murió en Bonilla de la Sierra, a tres de setiembre de 1455182. Cita el Dioscórides, ilustrado por el dotor Laguna, impreso en Salamanca, año 1586, y los refranes del Comendador Griego183, publicados en la misma ciudad, año 1555. También las Súmulas de Villalpando184, siendo así que el dotor Gaspar Cardillo de Villalpando las imprimió en Alcalá, año 1599.

112. Las obras que censuró Cervantes sin nombrar sus autores, casi todos coetáneos suyos, son muchísimas. Me contentaré con apuntar algunos ejemplos.

113. Hablando de la traducción que hizo de Ludovico Ariosto, don Jerónimo de Urrea, la cual salió a luz en León de Francia impresa en 4 por Guillermo Roville, año 1556, dice en nombre del cura185: «Le perdonáramos al señor capitán que no le hubiera traído a España y hecho castellano, que le quitó mucho de su natural valor. Y lo mesmo harán todos aquellos que los libros de verso quisieren volver en otra lengua que, por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento». De donde puede inferirse cuánto más insípidas serán las dos traducciones que hicieron en prosa y publicaron dos toledanos: el uno Fernando de Alcocer, año 1510, el otro Diego Vázquez de Contreras, año 1585. Entrambos tan malos como fieles intérpretes de la letra de Ariosto. Más adelante, hablando el cura de las tres Dianas, es a saber: de la de Jorge de Montemayor que tiene primera y segunda parte, publicada en Madrid por Luis Sánchez, año 1545, en 12; de la de Alfonso Pérez, dotor en medecina conocido por el nombre de Salmantino, la cual salió a luz en Alcalá, año 1564, en 8; y la de Gaspar Gil Polo, impresa en Valencia, año 1564. Hablando, digo, el cura de las tres Dianas, dice así: «Y pues comenzamos por La Diana de Montemayor, soy de parecer que no se queme, sino que se le quite todo aquello que trata de la sabia Felicia y de la agua encantada, y casi todos los versos mayores, y quédesele enhorabuena la prosa y la honra de ser primero en semejantes libros. Este que se sigue, dijo el barbero, es La Diana, llamada segunda del Salmantino, y este otro que tiene el mismo nombre, cuyo autor es Gil Polo. Pues la del Salmantino, respondió el cura, acompañe y acreciente el número de los condenados al corral, y la de Gil Polo se guarde como si fuera del mismo Apolo». Poco más adelante, prosiguió el barbero diciendo: «Estos que se siguen son El pastor de Iberia, Ninfas de Henares, y Desengaños de celos. Pues no hay más que hacer, dijo el cura, sino entregarlos al brazo seglar del ama; y no se me pregunte el por qué, que sería nunca acabar». El autor de Desengaños de celos no sé quién fue. De El pastor de Iberia lo fue Bernardo de la Vega, natural de Madrid, canónigo de Tucumán en la América Meridional, y le imprimió año 1591, en 8. Bernardo Pérez de Bobadilla fue el que escribió la novela Ninfas y pastores de Henares y la publicó año 1587, en 8. Aludiendo Cervantes a estas dos censuras, y queriendo dar a entender que en el Viaje del Parnaso (en el cual fingió que concurrieron casi todos los poetas de España) había alabado a muchos según la fama popular, introdujo un poeta descontento, haciéndole cargo por la omisión de estos dos poetas y la censura que les hizo. Reprehende dicho poeta a Cervantes deste modo186:


Yo te confieso, ¡oh bárbaro!, y no niego
      que algunos de los muchos que escogiste
      (sin que el respeto te forzase, o ruego)
en el debido punto los pusiste.
      Pero con los demás, sin duda alguna,
      pródigo de alabanzas anduviste.
Has alzado a los cielos la fortuna
       de muchos que en el cuerno del olvido
      (sin ver la luz del sol ni de la luna)
yacían. Ni llamado ni escogido
      fue el gran Pastor de Iberia, el gran Bernardo
      que de la Vega tiene el apellido.
Fuiste envidioso, descuidado y tardo,
      y a las ninfas de Henares y pastores
      como a enemigos les tiraste un dardo.



Más adelante puso Cervantes entre los poetas del Viaje del Parnaso a Bernardo de la Vega, pero entre los malos poetas, diciendo así:


Llegó el Pastor de Iberia, aunque algo tarde,
      y derribó catorce de los nuestros
      haciendo de su ingenio y fuerza alarde.



114. Continuándose el escrutinio de los libros de Don Quijote, dijo el barbero: «Este que viene es El pastor de Filida. No es ése pastor, dijo el cura, sino muy discreto cortesano. -Habla de Luis Gálvez de Montalvo, que publicó su Pastor de Filida en Madrid, año 1582.- Guárdese como joya preciosa. Este grande que aquí viene se intitula, dijo el barbero, Tesoro de varias poesías. Como ellas no fueran tantas, dijo el cura, fueran más estimadas. Menester es que este libro se escarde y limpie de algunas bajezas que entre sus grandezas tiene. Guárdese porque su autor es amigo mío, y por respeto de otras más heroicas y levantadas obras que ha escrito». Éste es Fr. Pedro Padilla, natural de Linares, religioso carmelita, y antes, según dicen, caballero de la Orden de Santiago. Entre otras muchas obras poéticas publicó un Cancionero, en el cual se contienen algunos sucesos de los españoles en la jornada de Flandes. Imprimiose en Madrid en casa de Francisco Sánchez, año 1583, en 8. Y Miguel de Cervantes escribió un soneto en alabanza del autor.

115. Últimamente, por acabar su escrutinio, dice Cervantes: «Cansose el cura de ver más libros y así, a carga cerrada, quiso que todos los demás se quemasen, pero ya tenía abierto uno el barbero que se llamaba Las lágrimas de Angélica. Lloráralas yo, dijo el cura en oyendo el nombre, si tal libro hubiera mandado quemar, porque su autor fue uno de los famosos poetas del mundo, no sólo de España, y fue felicísimo en la tradución de algunas fábulas de Ovidio». Entiendo yo que habla aquí del capitán Francisco de Aldana, alcaide de San Sebastián, que murió gloriosamente en África peleando con los moros, cuya gloriosa muerte celebró en octavas rimas su hermano Cosme de Aldana, gentilhombre de Felipe II, al principio de sus sonetos y octavas que se imprimieron en Milán, año 1587, en 8. Este Cosme de Aldana imprimió todas las obras que pudo hallar de su hermano Francisco, en Madrid, en la imprenta de Luis Sánchez, año 1593, en 8, y, habiendo recogido después otras muchas, publicó segunda parte en Madrid, en la imprenta de P. Madrigal, año 1591, en 8. De Francisco de Aldana, dice su hermano Cosme, que tradujo en verso suelto Las epístolas de Ovidio y que compuso una obra De Angélica y Medoro, de inumerables octavas; y, si bien no se imprimieron porque no se hallaron, por estas dos obras venimos en conocimiento de que Cervantes habló de Francisco de Aldana y no de Luis Barahona de Soto, de quien tenemos doce cantos de La Angélica prosiguiendo la invención de Ariosto. De cuyo poema dijo don Diego de Saavedra Fajardo en su admirable República Literaria: «Ya con más luz nació Luis de Barahona, varón docto y de levantado espíritu. Pero sucediole lo que a Ausonio, que no halló con quien consultarse. Y así dejó correr libre su vena sin tiento ni arte». Juicio que también arguye ser otro el poeta a quien alabó sin medida Miguel de Cervantes Saavedra, el cual añade en el capítulo siguiente: «Se cree que fueron al fuego, sin ser vistos ni oídos, La Carolea y León de España con Los Hechos del Emperador compuestos por don Luis de Ávila, que sin duda debían de estar entre los que quedaban. y quizá, si el cura los viera, no pasaran por tan rigurosa sentencia». La Carolea de que Cervantes hace mención, puede ser la que Hierónimo Sempere imprimió en Valencia, año 1560, en 8. Pero más me inclino a que sea la que publicó en Lisboa, año 1585, Juan Ochoa de Lasalde, porque, hablando Cervantes en su Viaje del Parnaso de la lista de poetas que le dio Mercurio, dice así:


Miré la lista y vi que era el primero
      el licenciado Juan de Ochoa, amigo,
      por poeta, y cristiano verdadero.



116. El autor de El león de España fue Pedro de la Vecilla Castellanos, natural de León, el cual publicó su poema y otras obras en Salamanca, año 1586, en 8. Los Comentarios de la guerra de Alemania, hecha por Carlos Quinto, los escribió don Luis de Ávila y Zúñiga, comendador mayor de Alcántara, persona a quien el césar estimó muchísimo y a quien dieron grandes elogios los primeros escritores de aquella edad.

117. Estos anacronismos basten en orden a las personas de letras. Otros muchos cometió Cervantes hablando de las que fueron ilustres en las armas, pues ya supone escrita en tiempo de Don Quijote187 la historia del Gran Capitán Gonzalo Hernández de Córdoba, con la vida de Diego García de Paredes, siendo así que aquél murió en Granada, día dos de deciembre del año 1515, agravado de una cuartana (para él infausta), de edad de 62 años, y éste murió de 64 años en el de 1533, y las crónicas de ambos se imprimieron en Alcalá de Henares por Hernán Ramírez, año 1584, en fol.

118. También introduce a un cautivo refiriendo188 que el gran duque de Alba, don Fernando de Toledo, pasaba a Flandes.

119. El mismo cautivo dice que le sirvió en las jornadas que hizo, que se halló en la muerte de los condes de Eguemón y de Hornos, que alcanzó a ser alférez de un famoso capitán de Guadalajara llamado Diego de Urbina. Habla de la pérdida de la famosa isla de Chipre que ganó Selim II, año 1571, de la liga del Santo Pontífice Pío V con España contra el enemigo común, del general de aquella sagrada liga don Juan de Austria, hermano natural del rey don Felipe II. Dice que se halló en aquella felicísima jornada ya hecho capitán de infantiría, que se halló en la memorable batalla de Lepanto, la cual dieron y ganaron los cristianos día siete de octubre del año 1572. Allí mismo refiere cómo yendo en la capitana de Juan Andrea de Oria, por haber querido faltar en la galera de Uchali, rey de Argel, desviándose ésta, quedó cautivo. Pondera su desgracia según se ha referido en otra parte. Algo más adelante celebra a don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, y al invictísimo Carlos Quinto. Cuenta muy despacio la pérdida de la Goleta y de un pequeño fuerte o torre que estaba en mitad del estaño a cargo de don Juan de Zanoguera, caballero valenciano y famoso soldado. Dice que cautivaron a don Pedro Puerto Carrero, general de la Goleta, y a Gabrio Cervellón, general del fuerte; que murieron en estas dos fuerzas muchas personas de cuenta, como Pagán de Oria, hermano del famoso Juan de Andrea de Oria, y don Pedro de Aguilar, caballero andaluz, el cual había sido alférez en el fuerte, soldado de mucha cuenta y de raro entendimiento y que especialmente tenía mucha gracia en la poesía.

120. En otra parte189 celebra los puñales de Ramón de Hoces, el sevillano. Acuerda el cuento del licenciado Torralba190. Hace también mención del fullero Andradilla191. Y a este tenor, de otros muchos cuya memoria era muy reciente. ¡Hay igual ensarte de anacronismos!

121. Pues no paran aquí. Dice Cervantes192 que encontró Don Quijote unos recitantes de la compañía de Angulo el Malo, los cuales habían hecho aquella mañana, que era la octava del Corpus, el auto De las cortes de la muerte y le habían de repetir aquella tarde en otro lugar; donde es digno de censura que suponga introducidos en España en tiempo de Don Quijote los autos sacramentales, siendo así que la gente de farza no se conocía antes en España ni era conforme a la gravedad de las antiguas costumbres.

122. También supone el uso de enfriar el agua con nieve193, siendo cierto que Pablo Jarquíes fue el primero que en tiempo de Felipe III fue el inventor del tributo de los pozos de la nieve, habiendo introducido antes en España el modo de guardarla y de usar de ella don Luis de Castelví, gentilhombre de la boca del emperador Carlos Quinto, de quien Gaspar Escolano, explicándose de la manera que suele, escribió así194: «A este caballero le debe España el uso de guardar la nieve en casas -por casas entiende los pozos- en las sierras donde cae, y el modo de enfriar el agua con ella. Porque no conociendo generalmente otro medio para eso que el del salmitre, fue el primero que puso en plática en la ciudad de Valencia el manejo de la nieve, que ha sido (demás de único regalo) singular ahorro de modorrias, tabardillos, calenturas pestilentes, y de otras gravísimas dolencias que nos daban en los calores del verano, y como tal se comunicó poco a poco a lo restante de España el uso della; de donde nos quedó a los valencianos llamarle a este caballero don Luis de la Nieve».

123. San Diego de Alcalá y San Salvador de Orta se beatificaron en tiempo de Felipe Tercero, y, aludiendo a eso, dice Sancho a Don Quijote195: «Advierta, señor, que ayer o antes de ayer, que según ha poco se puede decir desta manera, canonizaron o beatificaron dos frailecitos descalzos, cuyas cadenas de hierro con que ceñían y atormentaban sus cuerpos se tiene agora a gran ventura el besarlas y tocarlas, y están en más veneración que está, según dije, la espada de Roldán en la armería del rey nuestro señor».

124. En el reinado de Felipe III fue general de las galeras de la carrera de Indias don Pedro Vich, caballero valenciano a quien alabó Cervantes en la Novela de las dos doncellas, y, señalando a éste con ocasión de referir que Don Quijote entró en una galera, dice196: «Diole la mano el general, que con este nombre le llamaremos, que era un principal caballero valenciano; abrazó a Don Quijote».

125. El edicto último de la expulsión de los moriscos de España se publicó en el año 1611, y Cervantes introduce a un morisco llamado Ricote197 alabando a don Bernardino de Velasco, conde de Salazar, a quien dio Felipe Tercero cargo de la expulsión de los moriscos.

126. Pero ¿qué me detengo yo en amontonar anacronismos cuando toda la Historia de Don Quijote está llena de ellos? Baste decir que Sancho Panza puso la fecha de su carta escrita a Teresa Panza su mujer a veinte de julio de 1614198, que quizá sería el mismo día en que Cervantes la escribió.

127. Mas con todo esto quiero disculpar cuanto pueda a Miguel de Cervantes Saavedra diciendo que, como al principio de su historia dijo que Don Quijote no había mucho tiempo que vivía en un lugar de la Mancha, siguió después el hilo desta primera ficción y, olvidado della en el fin de su historia, se propuso imitar a Garci-Ordóñez de Montalvo en el lugar citado y anticipó el tiempo de Don Quijote. Y así sólo incurrió en este descuido. O para decirlo mejor, Don Quijote es hombre de todos tiempos y verdadera idea de los que ha habido, hay y habrá; y así se acomoda bien a todos tiempos y lugares. Y cuando los más severos críticos no admitan esta disculpa, a lo menos no me negarán que estos descuidos y los demás que fuera fácil añadir de falsas alusiones y equivocaciones, que suelen ser muy frecuentes en una mente algo abstraída por la demasiada atención al principal asunto, por otra parte se recompensan con mil perfecciones, pudiéndose decir con verdad que toda la obra es una sátira, la más feliz que hasta hoy se ha escrito contra todo género de gentes.

128. Porque, si atendemos al asunto, ¿quién había de pensar que por medio de unos libros de caballerías se habían de desterrar los demás? El caso fue que, escribiendo con invención y estilo de todas maneras agradables, se hizo único en este género de escritos, como quien tenía bien conocido en qué habían pecado los demás escritores y cómo podrían evitarse aquellos desaciertos cumpliendo al mismo tiempo con el gusto de los letores; y nunca manifestó mejor su grande idea que cuando, en boca del canónigo de Toledo, habló desta manera199: «Verdaderamente, señor cura, yo hallo por mi cuenta que son perjudiciales en la república estos que llaman libros de caballerías. Y, aunque he leído, llevado de un ocioso y falso gusto, casi el principio de todos los más que hay impresos, jamás me he podido acomodar a leer ninguno del principio al cabo. Porque me parece que, cual más cual menos, todos ellos son una mesma cosa, y no tiene más éste que aquél ni estotro que el otro. Y, según a mí me parece, este género de escritura y composición200 cae debajo de aquel de las fábulas que llaman milesias, que son cuentos disparatados que atienden solamente a deleitar y no a enseñar. Al contrario de lo que hacen las fábulas apólogas, que deleitan y enseñan juntamente. Y, puesto que el principal intento de semejantes libros sea el deleitar, no sé yo cómo puedan conseguirle yendo llenos de tantos y tan desaforados disparates. Que el deleite que en el alma se concibe ha de ser de la hermosura y concordancia que ve o contempla en las cosas que la vista o la imaginación le ponen delante, y toda cosa que tiene en sí fealdad y descompostura no nos puede causar contento alguno. Pues ¿qué hermosura puede haber o qué proporción de partes con el todo y del todo con las partes en un libro o fábula donde un mozo de diez y seis años da una cuchillada a un gigante como una torre y le divide en dos mitades, como si fuera de alfeñique? ¿Y qué, cuando nos quieren pintar una batalla después de haber dicho que hay de la parte de los enemigos un millón de combatientes, como sea contra ellos el señor del libro, forzosamente, mal que nos pese, habemos de entender que el tal caballero alcanzó la vitoria por sólo el valor de su fuerte brazo? Pues ¿qué diremos de la facilidad con que una reina o emperatriz heredera se conduce en los brazos de un andante y no conocido caballero? ¿Qué ingenio, si no es del todo bárbaro e inculto, podrá contentarse leyendo que una gran torre llena de caballeros va por la mar adelante como nave con próspero viento, y hoy anochece en Lombardía y mañana amanezca en tierras del Preste Juan de las Indias, o en otras, que ni las descubrió Tolomeo ni las vio Marco Polo? Y si a esto se me respondiese que los que tales libros componen los escriben como cosas de mentira y que así no están obligados a mirar en delicadezas ni verdades, responderles hía yo que tanto la mentira es mejor -habla de la mentira parabólica, que por el fin del que la dice no lo es- cuanto tiene más de los dudoso y posible. Hanse de casar las fábulas mentirosas con el entendimiento de los que las leyeren, escribiéndose de suerte que, facilitando los imposibles, allanando las grandezas, suspendiendo los ánimos, admiren, suspendan, alborocen y entretengan, de modo que anden a un mismo paso la admiración y la alegría juntas; y todas estas cosas no podrá hacer el que huyere de la verisimilitud y de la imitación, en quien consiste la perfeción de lo que se escribe. No he visto ningún libro de caballerías que haga un cuerpo de fábula entero con todos sus miembros, de manera que el medio corresponda al principio y el fin al principio y al medio, sino que los componen con tantos miembros que más parece que llevan intención a formar una quimera o un monstruo que hacer una figura proporcionada. Fuera desto, son en el estilo duros, en las hazañas increíbles, en los amores lascivos, en las cortesías mal mirados, largos en las batallas, necios en las razones, disparatados en los viajes, y finalmente ajenos de todo discreto artificio y por esto dignos de ser desterrados de la república cristiana como a gente inútil». ¿Se podía hacer sátira más fuerte y discreta contra los escritores caballerescos?

129. Pues las críticas particulares que hizo de las obras de ellos fueron exactísimas y graciosísimas, como se puede ver en el capítulo VI de su primero tomo y en otros muchos201. Con cuánto disimulo reprehendió el estilo de los que le habían precedido en este género de composición, diciendo en persona de Don Quijote que el sabio que escribiese sus hechos, llegando a contar su primera salida tan de mañana, pondría desta manera202: «Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus harpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua harmonía la venida de la rosada aurora que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero Don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel».

130. También nos pintó Cervantes tan al vivo los vicios, así de los ánimos como de las obras de los demás escritores, que no hay más que desear. En el prólogo de su primera parte, que leído muchas veces, siempre causa novedad; con gran disimulo reprehende aquellos que, faltos de dotrina, afectan erudición en las márgenes de sus libros reventando por parecer eruditos, como si la variedad de citas arguyese otra cosa que una tumultuaria lección o manejo de alguna poliantea. Otros, muy fuera de propósito, encajan las citas dentro de la obra pareciéndoles que, si alegan a Platón o Aristóteles, serán tan simples los letores que se persuadan que los han leído. Otros, habiendo apenas saludado la lengua latina, se precian mucho de afectar su culta latini-parla. A éstos reprehendió Don Quijote, pues, en una ocasión203 en que hablando con Sancho Panza le dijo «que no tuviese pena del desamparo de aquellos animales, que el que los llevaría a ellos por tan longincuos caminos y regiones tendría cuenta de sustentarlos. No entiendo esto de longincuos, dijo Sancho, no he oído tal vocablo en todos los días de mi vida. Longinquos, respondió Don Quijote, quiere decir apartados. Y no es maravilla que no lo entiendas, que no estas tú obligado a saber latín, como algunos que presumen que lo saben, y lo ignoran». Por eso, Cervantes, que se preciaba de saber la lengua castellana, pero no la latina (que esto pide una aplicación y ejercicio de muchos años), introdujo a Urganda la Desconocida, hablando con su libro desta suerte:


Pues al cielo no le plu-
      que salieses tan ladi-
      como el negro Juan Lati-
      hablar latines rehu-



131. Este Juan Latino fue un etiope, primeramente esclavo, y condicípulo en la gramática de Gonzalo Fernández de Córdoba, duque de Sesa, nieto del Gran Capitán, y después liberto suyo y maestro de lengua latina en la escuela de la iglesia de Granada.

132. También reprehendió Cervantes las frioleras de los intérpretes, cuando escribió así204: «Entra Cide Hamete, coronista desta grande historia, con estas palabras en este capítulo: Juro como católico cristiano. A lo que su traductor dice que el jurar Cide Hamete como católico cristiano, siendo él moro, como sin duda lo era, no quiso decir otra cosa sino que así como el católico cristiano cuando jura, jura o debe jurar verdad y decirla en lo que dijere, así él la decía como si jurara como cristiano católico en lo que quería escribir de Don Quijote».

133. En otra parte205, tratando de Don Quijote, dice: «Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben, aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Quejana». En lo cual, en mi juicio, quiso Cervantes reprehender la ociosidad de muchos vanamente solícitos en amontonar varias lecciones a fin de manifestarse ingeniosos con frívolas conjeturas.

134. Estos, pues, y semejantes escritores son aquellos de quienes hace burla Cervantes, diciendo en su prólogo que solicitan aprobaciones hechas por sus amigos o por ellos mismos para satisfacer mejor a la propia ambición de granjear aplausos. Bien que algunos escritores cuerdos, que saben lo que puede con los necios la autoridad extrínseca, tal vez se dejan llevar o del apetito de gloria o condecendiendo en los ruegos y cortesanía de sus amigos, son los propios fabricadores de sus alabanzas, como sospecho yo que lo practicó el padre Juan de Mariana en casi todas sus obras, y el mismo Cervantes en su tomo segundo de Don Quijote de la Mancha.

135. Los letores no se libraron de la censura de nuestro autor. Entre otras muchas me parece muy graciosa aquella que hizo de los que a las márgenes de los libros ponen notas muy ridículas, cual era la que dice que tenía la historia arábiga de Don Quijote, que traducida en castellano dice así206: «Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos, que otra mujer de toda la Mancha».

136. No solamente los que escriben y leen tuvieron sus justas reprehensiones, sino también los que hablan con poca enmienda. Y a esto me parece que alude lo que dijo el vizcaíno207: «Anda, caballero, que mal andes; por el Dios que criome que, si no dejas coche, así te matas como estás ahí, vizcaíno. Entendiole muy bien Don Quijote, y con mucho sosiego le respondió: Si fueras caballero, como no lo eres, ya yo hubiera castigado tu sandez y atrevimiento, cautiva criatura. A lo cual replicó el vizcaíno: ¡Yo no, caballero! Juro a Dios tan mientes como cristiano. Si lanza arrojas y espada sacas, el agua cuán presto verás que al gato llevas. Vizcaíno por tierra, hidalgo por mar, hidalgo por el diablo, y mientes que mira si otra dices cosa». Aquí se ve claramente cuánto desfigura el lenguaje y trastorna el sentido la colocación perturbada, vicio de los libros antiguos escritos en romance como más inmediatos al origen latino, y vicio también del mismo Cervantes en su Galatea, el cual se evita siguiendo la costumbre de hablar; pero, como ésta no está fundada en una perfeta analogía, sino que tiene por reglas muchas irregularidades, de aquí nace que no se puede hablar ni escribir con enmienda sin haber estudiado bien la gramática de la propia lengua como lo practicaron los griegos y romanos, naciones las que mejor han hablado en todo el mundo. Y porque en España no se usa esto han sido poquísimos los que han escrito con enmienda.

137. Omito que Cervantes también nos quiso enseñar en boca de Don Quijote que puede muy bien una provincia ser privilegiada y exenta de tributos sin distinción de personas, pero que la verdadera nobleza, en opinión de todas las gentes, siempre será aquella en que los hombres se hagan ilustres por sus hazañas y empleos, y sean honrados de sus repúblicas o príncipes. Sobre lo cual hizo Don Quijote en otra parte un excelente razonamiento explicando la diferencia de caballeros y de linajes208. Y Cide Hamete se ríe de la hidalguía de Maritornes, moza de una venta, diciendo209: «Cuéntase desta buena moza que jamás dio semejantes palabras -como la que había dado a un arriero de Arévalo- que no las cumpliese, aunque las diese en un monte y sin testigo alguno. Porque presumía muy de hidalga y no tenía por afrenta estar en aquel ejercicio de servir en la venta. Porque decía ella que desgracias y malos sucesos la habían traído a aquel estado».

138. También tuvieron su oculta pero fuerte reprehensión los señores del tiempo de Cervantes, por no apreciar como debían las obras de ingenio. Esta sátira fue agudísima y pide muy particular atención. Pintó Cervantes admirablemente a un falso humanista al cual solemos llamar pedante y, después de habernos dejado dos graciosísimos retratos suyos210 en que manifestó la ridícula idea de sus obras, hizo que Don Quijote, prosiguiendo su discretísima conversación, le dijese esto: «Quería yo saber, ya que Dios le haga merced de que se le dé licencia para imprimir esos sus libros (que lo dudo), ¿a quién piensa dirigirlos? Señores, y grandes, hay en España a quien puedan dirigirse, dijo el primo. No muchos, respondió Don Quijote. Y no porque no lo merezcan, sino que no quieren admitirlos por no obligarse a la satisfación que parece se debe al trabajo y cortesía de sus autores. Un príncipe conozco yo -discreta lisonja a don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos- que puede suplir la falta de los demás con tantas ventajas que, si me atreviera a decirlas, quizá despertara la invidia en más de cuatro generosos pechos». Antigua, pues, y como heredada es en España esta falta de conocimiento y aprecio de los grandes escritores. Por eso ha habido quien fuera de ella ha buscado mecenas. Y preguntado otro, por qué se mostraba arrepentido de haber honrado la memoria de tantos, respondió211: «Porque piensan ellos que el celebrarlos es deuda y así no hacen mérito del obsequio. Creen que procede de justicia, cuando no es sino muy de gracia. Por lo tanto, anduvo discretamente donoso aquel autor que, en la segunda impresión de sus obras, puso entre las erratas la dedicatoria primera».

139. No anduvo Cervantes menos discreto en las cosas que pertenecen al trato civil y político. En la persona de Sancho Panza nos pintó los habladores muy al vivo, haciéndole contar un cuento sumamente apropiado para representar la idea de un importuno hablista semejante a los que tratamos cada día212. Y, porque en el trato civil no hay mayor impertinencia que la de un ceremonioso, remató el cuento contra la mal fundada presunción de los que ponen el ser en la rigurosa observancia de las leyes de la etiqueta muy fuera del caso.

140. No le pareció bien a Cervantes que algunos frailes mandasen a algunos señores, y contra esto hizo un fuerte sermón213.

141. Reprehendió el favor de los farsantes214 que entonces iban tomando cuerpo y llegó a ser escándalo.

142. No se libró de su censura la distribución de los premios de justicia. Y así, en boca de Don Quijote (que tales cosas solamente los locos o simples suelen atreverse a decirlas), habló desta manera215: «Ya por muchas experiencias sabemos que no es menester ni mucha habilidad ni muchas letras para ser uno gobernador, pues hay por ahí ciento que apenas saben leer y gobiernan como unos girifaltes. El toque está en que tengan buena intención y deseen acertar en todo, que nunca les faltará quien les aconseje y encamine en lo que han de hacer, como los gobernadores caballeros y no letrados que sentencian con asesor. Aconsejaríale yo que ni tome cohecho ni pierda derecho y otras cosillas que me quedan en el estómago, que saldrán a su tiempo para utilidad de Sancho y provecho de la ínsula que gobernare». Aludió en esto Don Quijote a las dos instrucciones que pensaba dar y dio después a Sancho Panza, una política, para el buen gobierno de su ínsula216, y otra económica217, entrambas dignísimas de ser leídas y practicadas de todo buen gobernador y padre de familias. Al propósito de los mismos gobernadores, dijo Sancho Panza218 cuando trataba de ir a su gobierno y de llevar su rucio: «Yo he visto ir más de dos asnos a los gobiernos, y que llevase yo el mío no sería cosa nueva». El mismo Sancho anduvo sumamente discreto cuando, hablando del uso de la caza respeto de los que tienen por oficio gobernar, fue de contrario dictamen que su amo Don Quijote, alegando su refrancico y confirmándolo con la razón natural, que fue la que movió a decir al sabio rey don Alonso219 «que non deve -el rey- meter tanta costa que mengüe en lo que ha de complir, nin use tanto dello -esto es, de la caza- que le embargue los otros fechos».

143. Sería menester hacer un libro muy crecido si en todo se hubiese de manifestar el alma verdadera desta fingida historia, y más si hubiésemos de hablar de algunas personas que se creen caracterizadas en las de esta misteriosa historia. Pero, pues Cervantes anduvo tan cauto que encubrió su idea con el velo de la ficción, dejemos estas interpretaciones a la curiosa observación de los letores y sigamos el consejo de Urganda la Desconocida:


No te metas en dibu-
      ni en saber vidas age-
      que en lo que no va ni vie-
      pasar de largo es cordu-



144. Solamente en lo que toca a Don Quijote, no quiero pasar en silencio que se engañan mucho los que piensan que Don Quijote de la Mancha es una representación de Carlos Quinto, sin más fundamento que antojárseles así. Cervantes apreciaba como debía la memoria de un príncipe y señor suyo de tanto valor y de tan heroicas virtudes, y muchas veces le nombró con la mayor veneración. También se engañan los que piensan que pintó en Don Quijote a don Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, entonces duque de Lerma, después cardenal presbítero con el título de San Sixto, por elección de Paulo V, en 26 de marzo de 1618. Pero este pensamiento de ningún modo es creíble porque, mandando a España el duque de Lerma, no se atrevería Cervantes a hacerle una burla tan infame que le podía salir muy cara, ni dedicaría la continuación de dicha obra al conde de Lemos, íntimo amigo del duque.

145. Querer hablar de las traducciones que se han hecho de la Historia de Don Quijote sería alargarnos demasiado. Solamente diré, para satisfacer de algún modo a la curiosidad de los letores, que Lorenzo Franciosini, florentín, hombre muy amante y benemérito de la lengua española, dentro de muy pocos años la tradujo en italiano y la publicó en Venecia, año 1622, omitiendo los versos, pero, habiéndoselos traducido después Alejandro Adimaro, también florentín, publicó segunda vez la misma traducción en Venecia, año 1625, en 8 siendo el impresor Andrés Baba. Debo esta noticia a don Nicolás Antonio, y la he leído en sus Apuntamientos manuscritos, donde dice que así se lo había escrito desde Florencia su amigo Antonio Magliabequi. La misma historia se tradujo en francés y se publicó en París, año 1678, en 2 vol. en 12. Después en inglés y en otras lenguas. Pero hay tanta diferencia del original a las traducciones como de lo vivo a lo pintado. Decía Don Quijote, y no decía mal220: «que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés, que aunque se ven las figuras, son llenas de hilos que las escurecen y no se ven con la lisura y tez de la haz, y el traducir de lenguas fáciles ni arguye ingenio ni elocución, como no le arguye el que traslada ni el que copia un papel de otro papel». Pero esto debe entenderse de aquellos libros cuya gran parte de perfección no consiste en el estilo, porque, donde tanto reina la gracia de decir como en este de Don Quijote, la traducción no es posible que corresponda al original. No será fuera de propósito un cuento. Bien notorio es cuán ingenioso fue monsieur Row, célebre poeta inglés. Procuraba éste obsequiar al conde de Oxford, gran tesorero de Inglaterra, el cual un día le preguntó si entendía bien la lengua española. Respondiole que no, y persuadiéndose a que pensaría enviarle a España con alguna honrosa comisión, añadió que dentro de poco tiempo esperaba entenderla y hablarla. Aprobolo el conde, retirose monsieur Row a una quinta y, como era tan hábil, dentro de pocos meses aprendió la lengua española y fue a dar cuenta de su buena diligencia. El conde exclamó: «Dichoso vuesa merced, que puede tener el gusto de leer y entender el original de la Historia de Don Quijote». Quedó el poeta tan frío como honrada la memoria de Miguel de Cervantes Saavedra.

146. El cual, mientras estaba trabajando la continuación de la Historia de Don Quijote, se divertía en escribir algunas novelas que salieron a luz con este título: Novelas ejemplares de Miguel de Cervantes Saavedra. En Madrid, por Juan de la Cuesta, año 1613, en 4.

147. Las novelas son doce, y sus títulos éstos: La Gitanilla. El amante liberal. Rinconete y Cortadillo. La española inglesa. El licenciado Vidriera. La fuerza de la sangre. El celoso extremeño. La ilustre fregona. Las dos doncellas. La señora Cornelia. El casamiento engañoso. Los perros, Cipión y Berganza.

148. Estaba Cervantes tan justamente satisfecho de estas Novelas (algunas de las cuales, como Rinconete y Cortadillo y otras, años había221 que las tenía compuestas) que, dedicándolas al conde de Lemos, llegó a decirle: «Advierta vuestra excelencia que le envío, como quien no dice nada, doce cuentos que, a no haberse labrado en la oficina de mi entendimiento, presumieran ponerse al lado de los más pintados». Pero es muy del caso referir aquí cuál fue la idea de Cervantes, para que se haga mejor juicio de la censura que le hizo el escritor aragonés.

149. Después de haber dicho Cervantes que, si en la Historia de Don Quijote hubiera solicitado ambiciosas alabanzas, le hubiera ido mejor, prosigue así: «En fin, pues ya esta ocasión se pasó y yo he quedado en blanco y sin figura, será forzoso valerme por mi pico que, aunque tartamudo, no lo será para decir verdades que, dichas por señas, suelen ser entendidas. Y así te digo (otra vez, letor amable) que destas Novelas que te ofrezco en ningún modo podrás hacer pepitoria, porque no tienen pies, ni cabeza, ni entrañas, ni cosa que les parezca. Quiero decir, que los requiebros amorosos que en algunas hallarás son tan honestos y tan medidos con la razón y discurso cristiano que no podrán mover a mal pensamiento al descuidado o cuidadoso que las leyere. Heles dado nombre de Ejemplares y, si bien lo miras, no hay ninguna de quien no se pueda sacar algún ejemplo provechoso. Y, si no fuera por no alargar este sujeto, quizá te mostrara el sabroso y honesto fruto que se podría sacar, así de todas juntas como de cada una de por sí. Mi intento ha sido poner en la plaza de nuestra república una mesa de trucos donde cada uno pueda llegar a entretenerse sin daño de barras, digo, sin daño del alma ni del cuerpo, porque los ejercicios honestos y agradables antes aprovechan que dañan. Sí, que no siempre se está en los templos. No siempre se ocupan los oratorios. No siempre se asiste a los negocios por calificados que sean. Horas hay de recreación donde el afligido espíritu descanse. Para este efeto se plantan las alamedas, se buscan las fuentes, se allanan las cuestas y se cultivan con curiosidad los jardines. Una cosa me atreveré a decirte: que si por algún modo alcanzara que la lección destas Novelas pudiera inducir a quien las leyere algún mal deseo o pensamiento, antes me cortara la mano con que las escribí que sacarlas en público. Mi edad no está ya para burlarse con la otra vida, que al cincuenta y cinco de los años gano por nueve más y por la mano. A esto se aplicó mi ingenio, por aquí me lleva mi inclinación, y más que me doy a entender (y es así) que soy el primero que he novelado en lengua castellana; que las muchas novelas que en ella andan impresas todas son traducidas de lenguas extranjeras, y éstas son mías propias, no imitadas ni hurtadas. Mi ingenio las engendró y las parió mi pluma, y van creciendo en los brazos de la estampa... Sólo esto quiero que consideres: que pues yo he tenido osadía de dirigir estas Novelas al gran conde de Lemos, algún misterio tienen escondido que las levanta». Este misterio lo es para mí. Declárelo quien lo entienda. En lo demás, claramente entendemos el motivo que tuvo Cervantes para llamar ejemplares a sus novelas. Con todo esto, el maldiciente aragonés empezó su prólogo desta manera: «Como casi es comedia toda la Historia de Don Quijote de la Mancha, no puede ni debe ir sin prólogo; y así sale al principio desta segunda parte de sus hazañas éste, menos cacareado y agresor de sus letores, que el que a su primera parte puso Miguel de Cervantes Saavedra, y más humilde que el que segundó en sus novelas, más satíricas que ejemplares, si bien no poco ingeniosas».

150. No hagamos caso de que por burla llama cacareado a un prólogo tan justamente celebrado, queriendo parear sus necedades con aquellas incomparables discreciones. Ni nos detengamos en que llame agresor de los letores a un prólogo en el cual nada se dice contra éstos. Lo que a este satírico, como a envidioso, le dolía era el que Cervantes hubiese dicho haber sido el primero que, valiéndose de su propia invención, noveló en la lengua castellana. Oigamos a Luis Gaitán de Vozmediano, el cual en el prólogo de la tradución que hizo de la Primera parte de las cien novelas de M. Juan Bautista Giraldo Cinthio, impresa en Toledo por Pedro Rodríguez, año 1590, en 4, hablando de las novelas rigurosamente tales, y entendiendo por ellas, a mi ver, unas ficciones de sucesos amorosos escritas en prosa artificiosamente para divertir e instruir a los letores, según las definió el eruditísimo Huet, dice así: «Ya que hasta ahora se ha usado poco en España este género de libros por no haber comenzado a traducir los de Italia y Francia, no sólo habrá de aquí adelante quien por su gusto los traduzga, pero será por ventura parte el ver que se estima esto tanto en los extranjeros para que los naturales hagan lo que nunca han hecho que es componer novela. Lo cual entendido, harán mejor que todos ellos, y más en tan venturosa edad cual la presente». Así sucedió, porque Cervantes escribió algunas novelas con tanto ingenio, discreción y elegancia que pueden competir con las mejores, no coartando el nombre de novela a las fábulas amorosas, sino haciendo sujeto de ella cualquier asunto capaz de divirtir honestamente a los letores. Lope de Vega estuvo tan ajeno de contradecirlo que, antes bien, alabó la invención, gracia y estilo de Cervantes cuando, en la dedicatoria de su primera novela, dijo: «También hay -en España- libros de novelas, dellas traducidas de italianos, y dellas propias, en que no faltó gracia y estilo a Miguel Cervantes». Pero, porque esto mismo dicho con sencillez por Cervantes causó envidia al detractor, notó éste su prólogo de poco humilde y a sus novelas de más satíricas que ejemplares, aludiendo sin duda a las dos novelas del Licenciado Vidriera y de Los Perros Cipión y Berganza, de las cuales ésta mereció la aprobación de Pedro Daniel Huecio222, hombre el más erudito que ha tenido la Francia, y aquélla juzgo yo que es el texto donde Quevedo tomaba puntos para formar después sus lecciones satíricas contra todo género de gentes.

151. Últimamente, por lo que toca a intitular ejemplares a las novelas, yo, hablando con ingenuidad, no las hubiera llamado así, y en esto no me aparto del juicio de Lope de Vega; el cual, acabando de alabar las novelas de Cervantes, añade223: «Confieso que son libros de grande entretenimiento y que podrían ser ejemplares, como algunas de las historias de Valdelo, pero habían de escribirlos hombres científicos o por lo menos grandes cortesanos, gente que halla en los desengaños notables sentencias y aforismos». Pero para censurar el título que dio Cervantes a sus Novelas era menester probar que no le convenía. Mas ésta no era empresa para el censurador aragonés, el cual debía haber observado la explicación de Cervantes y tomado esta breve leción del maestro Alexio Venegas224: «Resumiendo -dice- todas estas tres especies de fábulas, digo que la fábula mitológica es una habla que, con palabras de admiración, significa algún secreto natural o cuenta de historia. La apológica es una ejemplar figura de habla, de cuya certeza se entiende la intención del fabulador que es componer las buenas costumbres. La fábula milesia es un desvarío vano sin meollo de virtud ni ciencia, urdido para embebecer a los simples». Dejando, pues, Cervantes la fábula mitológica a los poetas antiguos y la milesia a los escritores desvergonzados, antiguos y modernos, escogió para sí la apológica o ejemplar. Y, para que esto se acabe de entender, oigamos de nuevo aquel necio reprehensor, que por ventura nos dará ocasión para defender a Cervantes con alguna novedad. «Conténtese», dice225, «con su Galatea y comedias en prosa, que eso son las más de sus novelas. No nos canse». Que las comedias sean escritas en prosa no es maravilla, pues las griegas y latinas, casi todas, están compuestas en versos y ambos tan semejantes a la prosa que muchas veces apenas se distinguen de ella. Y las mejores comedias que tenemos en español, que son La Celestina y Eufrosina, están escritas en prosa. De La Celestina dijo el docto autor del Diálogo de las Lenguas que, quitándole algunos vocablos fuera de propósito y algunos otros latinos, era de opinión «que ningún libro hay escrito en castellano adonde la lengua esté más natural, más propia, ni más elegante». Y, después dél, dijo Cervantes226 que era «libro en su opinión divino si encubriera más lo humano»; juicios que, según el mío, totalmente cuadran también a La Eufrosina. Pero no puedo disimular que en medio de la pureza de estilo de ésta hay frecuentísimas alusiones pedantescas, las cuales empalagan mucho el delicado gusto de los letores.

152. Que las novelas sean comedias no es mucho, pues, siendo la novela una fábula, es necesario que sea alguna de las especies de la fábula, y en mi juicio puede ser cualquiera de ellas, como se puede observar en esta inducción; en la cual me valdré de los ejemplos de Cervantes, en cuanto ellos alcancen, para que se vea que fue diestrísimo en casi todas las especies de composición fabulosa.

153. Toda fábula es ficción, y toda ficción es narración, o de cosas que no sucedieron pero fueron posibles, o de cosas que ni sucedieron ni fueron posibles. Si la narración es de cosas meramente posibles y se atiende la semejanza y proporción que tiene lo fingido con lo que se quiere persuadir, se llama parábola, de que están llenos los Sagrados Libros, y el que compuso el infante don Juan Manuel en su discretísimo Conde Lucanor. Y, si atendemos la invención, se llama novela, nombre que en este significado no es muy antiguo en España. Pero si la narración es de cosas imposibles se llama apólogo, como Las fábulas de Isopo y de Fedro. En cuyo género de composición se debe observar que aunque sea la hipótesis imposible, una vez que sus partes se suponen existentes, se deben guardar con verosimilitud la propiedad y costumbres de las personas fingidas, siguiendo en todo la naturaleza de las cosas. Es de tanto provecho esta invención, que se halla practicada en las Divinas Letras, pues en el Libro de los Jueces227 leemos que los árboles de la montaña tuvieron sus cortes para alzar por rey uno de ellos. Algunos de los cuales no quisieron acetar el reinado. La oliva, por no dejar su grosura; la higuera, la dulzura de sus frutos; la vid, el vino regocijador, y, viniendo la cambronera, no sólo acetó el cetro, sino que, a no dárselo, amenazó con pena de fuego a los cedros del Líbano. También leemos en el Libro Cuarto de los Reyes228 que Joaz, rey de Israel, envió a decir a Amasías, rey de Judá, que se contentase con las vitorias que había alcanzado, sin querer habérselas consigo, guardándose no le aconteciese lo que al cepacaballo (que es el que dicen cardo corredor), el cual envió a decir al cedro del monte Líbano que diese su hija para casarla con su hijo, y, al tiempo que hacía esta propuesta, pasaron las bestias del Líbano y atropellaron y maltrataron al cardo, cuando con tanta arrogancia aspiraba a ser consuegro del cedro. Esto supuesto, se debe tener por apólogo La novela de los perros, donde introdujo Cervantes un agradable coloquio entre Cipión y Berganza, perros del Hospital de la Resurrección de Valladolid.

154. En lo que toca a las Novelas, dichas así especialmente, su ficción se compone o de partes meramente posibles, como casi todas las que hay escritas, o de sucesos verdaderos, pero que no tuvieron el enlace y consecuencia que dice el autor, porque si no, sería historia o relación verdadera, como lo es en gran parte La novela del cautivo, advirtiéndolo el mismo Cervantes229, pero no lo es el enredo y desenredo en que consiste la novela o fábula.

155. La ficción de cosas posibles, o propone la imitación de una idea perfeta, la mejor que pueda imaginarse según las acciones ilustres que se han de engrandecer, o una idea de la vida civil que sea más practicable, o los defetos de la naturaleza o del ánimo, ahora sea para reprehenderlos, ahora para incitar a su burla o imitación, que a tanto como esto llega la malignidad del entendimiento humano.

156. Si la fábula propone una idea muy perfeta se llama epopeya, la cual representa con gallardía las acciones ilustres de personas insignes en las artes de la paz o de la guerra con el fin de excitar los ánimos de los letores a la admiración, y de moverlos a la imitación de tan heroicas virtudes. Tales son la Iliada y Ulisea de Homero.

157. Antonio Diógenes, que, según conjetura Focio230, patriarca de Constantinopla, vivió poco después de Alejandro Magno, escribió una Novela de las peregrinaciones y amores de Dinias y Dercilis, donde se ve una manifiesta imitación de las peregrinaciones de Ulises y amores de Calipso. La novela que compuso De las cosas de Etiopia Heliodoro, obispo de Trica en Tesalia, también está escrita a imitación de la Ulisea de Homero; asimismo, la De los amores de Clitofón y Leucippes, menos honesta que la otra; su autor, Aquiles Tacio, que, si creemos a Suidas, también fue obispo. Y para que a nuestra edad no faltase otro también novelista a lo de Homero, monsieur Fenelón, arzobispo de Cambrai, ingeniosamente escribió con estilo poético Las aventuras de Telémaco. Últimamente (por no apartarme de Cervantes), Los trabajos de Persiles y Sigismunda son una clara imitación de la Ulisea de Homero y Etiópica de Heliodoro, con quien Cervantes intentó competir y en mi juicio le hubiera aventajado si, con la fecundidad de su ingenio, no hubiera entremezclado tantos episodios que desfiguran y desaparecen la constitución y proporción de los miembros de la fábula principal. Pero este mismo descuido tiene una singular prerogativa, y es que muchos destos episodios son otras tantas tragedias donde la acción es una y de persona ilustre y el estilo correspondiente a la grandeza de la acción, sin que falte otra cosa para la composición de una perfeta tragedia sino la disposición dramática, coro y aparato sénico.

158. La Fábula de Don Quijote de la Mancha imita la Iliada. Quiero decir que, si la ira es una especie de furor, yo no diferencio a Aquiles airado de Don Quijote loco. Si la Iliada es una fábula heroica escrita en verso, la Novela de Don Quijote lo es en prosa, que la épica (como dijo231 el mismo Cervantes) «tan bien puede escribirse en prosa como en verso».

159. Si la novela propone una idea de la vida civil con su artificioso enredo e ingeniosa solución, es comedia. Y por tales tengo yo casi todas las novelas de Cervantes, y como comedias se han representado muchas dellas sólo con haberlas dispuesto en forma dramática.

160. Si la vida que representa la novela es pastoril, se llamará égloga con toda propiedad. Y así llamó Cervantes a su Galatea232. Veamos, pues, ahora cuán bien cuadra lo que dijo el ignorante aragonés: «Conténtese con su Galatea y comedias en prosa, que eso son las más de sus novelas. No nos canse». A fe que no diría esto Lope de Vega, su oráculo, pues en su Novela del desdichado por la honra dijo233: «Yo he pensado que tienen las novelas los mismos preceptos que las comedias.

161. Si las costumbres se reprehenden con acrimonia descubierta y severidad de ánimo, la novela será sátira como La gitanilla, Rinconete y Cortadillo, El licenciado Vidriera y Los perros Cipión y Berganza, que son cuatro ingeniosísimas sátiras semejantes, según podemos conjeturar, a las que compuso Marco Varrón intitulándolas menipeas, aludiendo a que Menipo, filósofo cínico, trató cosas muy graves con estilo gracioso. La gitanilla es una reprehensión de las costumbres de los gitanos, salteadores siempre perseguidos y nunca acabados. Rinconete y Cortadillo es una satírica representación de la vida ladronesca y, especialmente, de la de los cortabolsas que llamamos gatuna. El licenciado Vidriera es una censura general de todos los vicios. La novela de los perros, una invectiva contra los abusos que hay en la profesión de varios ejercicios y empleos.

162. Si las costumbres o acciones se representan ridículas, la novela es entremés, de cuya composición, como diré en su lugar y tiempo, nos dejó Cervantes ocho ideas, y en las cuatro novelas recién alabadas hay mucho de eso, y aun en la de Don Quijote.

163. De las ideas torpes de los vicios, representándolos agradables, como dicen que lo hacían las antiguas y bien perdidas novelas sibaríticas y se ve hoy en las milesias, no quiso Cervantes dejarnos ejemplo por no darle malo.

164. Pero para que no nos faltase alguna idea de la fábula sáltica, si es que debe llamarse así la que se dice que inventó o a lo menos compuso nuestro español Lucano, nos le dejó en La gitanilla y en La ilustre fregona, como también de la psáltica que podemos llamar cantar o romance, de cuya especie compuso, según él dice, infinitos234, entre los cuales habría muchos ciertamente correspondientes a la grandeza de su ingenio, y yo (aunque por conjetura) pudiera aquí señalar algunos y especialmente el que empieza En la corte está cortés, que me agrada mucho.

165. El diestro inventor, como Cervantes, sabe hacer una agradable mezcla de todas estas especies de fábulas, así en lo que toca a los caracteres de las personas y costumbres como al estilo, apropiándole al sujeto de que se trata. Y a esto aludió el canónigo de Toledo, esto es, el mismo Cervantes, cuando dijo235: «Que con todo cuanto mal había dicho de tales libros -esto es, de los noveleros- hallaba en ellos una cosa buena que era el sujeto que ofrecían para que un buen entendimiento pudiese mostrarse en ellos, porque daban largo y espacioso campo por donde sin empacho alguno pudiese correr la pluma describiendo naufragios, tormentas, reencuentros y batallas; pintando un capitán valeroso con todas las partes que para ser tal se requieren, mostrándose prudente, previniendo las astucias de sus enemigos, y elocuente orador, persuadiendo o disuadiendo a sus soldados, maduro en el consejo, presto en lo determinado, tan valiente en el esperar como en el acometer; pintando ahora un lamentable y trágico suceso, ahora un alegre y no pensado acontecimiento, allí una hermosísima dama, honesta, discreta y recatada, aquí un caballero cristiano valiente y comedido, acullá un desaforado bárbaro fanfarrón, acá un príncipe cortés, valeroso y bien mirado, representando bondad y lealtad de vasallos, grandezas y mercedes de señores. Ya puede mostrarse astrólogo, ya cosmógrafo excelente, ya músico, ya inteligente en las materias de estado. Y tal vez le vendrá ocasión de mostrarse nigromante, si quisiere. Puede mostrar las astucias de Ulises, la piedad de Eneas, la valentía de Aquiles, las disgracias de Héctor, las traiciones de Sinón, la amistad de Eurialo, la liberalidad de Alejandro, el valor de César, la clemencia y verdad de Trajano, la fidelidad de Zopiro, la prudencia de Catón, y, finalmente, todas aquellas acciones que pueden hacer perfeto a un varón ilustre, ahora poniéndolas en uno solo, ahora dividiéndolas en muchos; y siendo esto hecho con apacibilidad de estilo y con ingeniosa invención, que tire lo más que fuere posible a la verdad, sin duda compondrá una tela de varios y hermosos lazos tejida que, después de acabada, tal perfeción y hermosura muestre que consiga el fin mejor que se pretende en los escritos, que es enseñar y deleitar juntamente, como ya tengo dicho. Porque la escritura desatada destos libros da lugar a que el autor pueda mostrarse épico, lírico, trágico, cómico, con todas aquellas partes que encierran en sí las dulcísimas y agradables ciencias de la poesía y de la oratoria, que la épica también puede escribirse en prosa como en verso. Así es como V. M. dice, señor canónigo, dijo el cura, y por esta causa son más dignos de reprehensión los que hasta aquí han compuesto semejantes libros sin tener advertencia a ningún buen discurso, ni al arte y reglas, por donde pudieran guiarse y hacerse famosos en prosa, como lo son en verso los dos príncipes de la poesía griega y latina. Yo a lo menos, replicó el canónigo -el cual ya he dicho que es Cervantes-, he tenido cierta tentación de hacer un libro de caballerías guardando en él todos los puntos que he significado y, si he de confesar la verdad, tengo escritas más de cien hojas y, para hacer la experiencia de si correspondían a mi estimación, las he comunicado con hombres apasionados desta leyenda, dotos y discretos, y con otros ignorantes que sólo atienden al gusto de oír disparates, y de todos he hallado una agradable aprobación». Entre estos ignorantes no debió consultar al censurador aragonés, el cual debía haber hecho reflexión de que quien así sabía los preceptos del arte de novelar, tomando la pluma, procuraría ajustarse a ellos. En mi juicio, las novelas de Cervantes son las mejores que se han escrito en España, así por la agudeza de su invención y honestidad de costumbres, como por el arte con que se dispusieron y la propiedad y dulzura de estilo con que están escritas.

166. Un año después que publicó las Novelas, dio a luz un libro que intituló Viaje del Parnaso, compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra, dirigido a don Rodrigo de Tapia, caballero del hábito de Santiago, hijo del señor Pedro de Tapia, oidor del Concejo Real y consultor del Santo Oficio de la Inquisición Suprema. En Madrid, por la viuda de Alonso Martín. Año 1614, en 8.

167. Cervantes se preció mucho de la invención deste libro. Yo juzgo que es más ingeniosa que agradable. Pero no por eso me atreveré a llamar a su autor mal poeta como don Esteban Manuel de Villegas dijo que lo era, escribiendo al dotor Bartolomé Leonardo de Argensola236:


Irás del Helicón a la conquista
      mejor que el mal poeta de Cervantes,
      donde no le valdrá ser quijotista.



En cuyo terceto aludió a lo que había dicho Cervantes237 que los dos hermanos Leonardos, Lupercio y Bartolomé, no habían ido al Parnaso a dar la batalla a los malos poetas porque estaban ocupados en Nápoles en el obsequio debido al conde de Lemos. Villegas, pues, torció el sentido de Cervantes convirtiendo en sátira de aquellos grandes ingenios el no haber ido al Parnaso, cuando ellos se alegrarían de que cediese eso en gloria del conde su protector, y más sabiendo que Cervantes hacía de sí el justo aprecio, pues, aun siendo mozos, los alabó muchísimo en su Galatea238 y, después, en el mismo Viaje del Parnaso, llegando a decir239 en el lance más apretado de la batalla:


Quiso Apolo indignado echar el resto
      de su poder y de su fuerza sola,
      y dar al enemigo fin molesto.
Y una sacra canción, donde acrisola
      su ingenio, gala, estilo y bizarría
      Bartolomé Leonardo de Argensola.
Cual si fuera un Petrarte, Apolo envía
      adonde está el tesón más apretado,
       más dura y más furiosa la porfía.
«Cuando me paro a contemplar mi estado»
       comienza la canción240 que Apolo pone
       en el lugar más noble y levantado.



168. Y lo que más es de admirar (en prueba de la rectitud del juicio de Cervantes) es que alababa a los Leonardos, hallándose quejoso de ellos porque no hacían con el conde de Lemos los buenos oficios que le habían prometido241. Don Esteban Manuel de Villegas, que sabía esto, por lisonjear a Bartolomé Leonardo, torció el pensamiento de Cervantes y, haciendo comparación de uno y otro, prefirió a Bartolomé. De cuya censura no se puede hacer buen juicio si no se habla con distinción según las especies de poesías. Porque en las coplas de arte menor es maravilloso el juicio y gravedad de Hernán Pérez de Guzmán y de don Jorge Manrique, como también el ingenio, discreción y gracia de don Juan Manuel, Hernán Megía, Gómez Manrique, Luis Bivero, Suárez, el comendador Ávila, don Diego de Mendoza, y de otros muchísimos cuyos pensamientos fueron agudísimos y sus expresiones tan graciosas como nobles. Es admirable la festividad de Castillejo, la urbanidad de Luis Gálvez de Montalvo, el natural decir de todos éstos, castizo, intelligible y de todas maneras agradable. Garci-Laso de la Vega es el único maestro de las éclogas. De la comedia y tragedia hablo yo en otra parte. De la poesía lírica es príncipe el que lo fue de Esquilache don Francisco de Borja, a quien aventajó en erudición don Luis de Góngora, pero, aunque hizo versos felicísimos e inimitables, no supo igualarle en la observación del arte y pureza del estilo. La sátira y poesía heroica empezaron tarde en España. El dotor Bartolomé Leonardo de Argensola guardó en aquélla el rigor del arte, como hombre versadísimo en los tres satíricos latinos, Horacio, Juvenal y Persio, a quienes más copió que imitó. Don Francisco de Quevedo observó menos el arte y fue más libre en la reprehensión. En todo manifestó su gran ingenio, pero en la Espístola satírica y censoria contra las costumbres presentes de los castellanos, escrita a don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares en su valimiento, nos dio a entender que, si no hubiera querido dejarse llevar de su genio, hubiera excedido a los mayores satíricos que ha tenido el mundo. Respeto de la poesía heroica, más quiero que se lea el juicio de Cervantes que el mío. Introduce al bachiller Sansón Carrasco hablando de los famosos poetas que había en España, y refiere242 «que decían que no eran sino tres y medio». El mismo Cervantes nos dirá cuáles son éstos. Haciendo el cura y el barbero el escrutinio de los libros, dijo el barbero243: «Aquí vienen tres todos juntos: La Araucana de don Alonso de Ercilla, La Austriada de Juan Rufo, jurado de Córdoba, y El Monserrate de Cristóbal de Virués, poeta valenciano. Todos esos tres libros, dijo el cura, son los mejores que en verso heroico en lengua castellana están escritos y pueden competir con los más famosos de Italia. Guárdense como las más ricas prendas de poesía que tiene España». El medio poeta entiendo yo que era el mismo Cervantes, pues, en boca de Don Quijote, dijo de sí mismo244: «A fe que debe de ser razonable poeta, o yo sé poco del arte». Y con razón porque, según el testimonio del mismo Mercurio245, fue raro inventor y la invención es la parte que anima la poesía. En aquello mismo que inventa suele guardar la debida puntualidad y el común decoro246. Pero como no tenía ni la profunda erudición que requiere la poesía heroica, ni su genio festivo podía atarse a los rigurosos preceptos de una arte tan seria, con cuerda modestia, no se atrevió a llamarse poeta entero. Y, en efeto, no dio muestras de serlo ni en el Canto de Calíope247, ni en el Viaje del Parnaso.

169. En este último libro (escrito a imitación de César Caporal), a primera vista parece una laudatoria de los poetas de su tiempo, pero realmente es una sátira contra ellos. Y por eso está escrito en tercetos. El intento del autor se descubre en varias partes. En una dice248:


Desta manera andaba la poesía
      de uno en otro, haciendo que hablase,
      éste latín, aquél algarabía.



En otra parte249 introduce a un poeta malcontento reprehendiendo al nuestro, porque sin mérito había canonizado a tantos. Las palabras del poetastro son éstas:


Oh tú (dijo), traidor, que los poetas
      canonizaste de la larga lista
      por causas y por vías indiretas,
      ¿dónde tenías, Magancés, la vista
      aguda de tu ingenio, que así ciego
      fuiste tan mentiroso coronista?
Yo te confieso, o bárbaro, y no niego
      que algunos de los muchos que escogiste
      (sin que el respeto te forzase o ruego)
en el debido punto los pusiste.
      Pero con los demás, sin duda alguna,
      pródigo de alabanzas anduviste.



170. A cuyo cargo satisfizo con decir que Mercurio le había dado aquella lista, y que tocaba a Apolo, como a dios de la poesía, darles los puestos que pedían sus ingenios y habilidad.

171. También es este Viaje un memorial de Miguel de Cervantes Saavedra y, como los hombres desvalidos, aunque modestos, se ven obligados a referir sus méritos porque no tienen otros que los cuenten, introduce dos coloquios suyos, uno con Mercurio, a quien fingió la mitología mensajero de los dioses, y otro con Apolo, soberano protector de las ciencias; y en uno y otro dijo Cervantes lo que convenía que supiese y premiase el rey de España por medio de su privado, que los que lo son tienen obligación de referir a sus amos los que merecen premio o castigo, so pena de condenarse a sí propios a una infamia perpetua. El primer coloquio, con Mercurio, dice así:


Mandome el dios parlero luego alzarme
      y, con medidos versos y sonantes,
      desta manera comenzó a hablarme:
Oh Adán de los poetas, o Cervantes,
      ¿qué alforjas y qué traje es éste, amigo?,
      que así muestra discursos ignorantes.
Yo, respondiendo a su demanda, digo:
      Señor, voy al Parnaso y, como pobre,
      con este aliño mi jornada sigo.
Y él a mí dijo: Oh sobrehumano y sobre
      espíritu cilenio levantado,
      toda abundancia y todo honor te sobre,
que en fin has respondido a ser soldado
      antiguo y valeroso, cual lo muestra
      la mano de que estás estropeado.
Bien sé que en la naval dura palestra
      perdiste el movimiento de la mano
      izquierda para gloria de la diestra.
Y sé que aquel instinto sobrehumano,
      que de raro inventor tu pecho encierra,
      no te le ha dado el padre Apolo en vano.
Tus obras los rincones de la tierra
      (llevándolas en grupa Rocinante)
      descubren ya la envidia, mueven guerra.
Pasa, raro inventor, pasa adelante
      con tu sotil desinio y presta ayuda
      a Apolo, que la tuya es importante.
Antes que el escuadrón vulgar acuda
      de más de veinte mil sietemesinos
      poetas, que de serlo están en duda.
Llenas van ya las sendas y caminos
      desta canalla inútil contra el monte,
      que aun de estar a su sombra no son dinos.
Ármate de sus versos luego y ponte
      a punto de seguir este viaje
      conmigo y a la gran obra disponte.
Conmigo segurísimo pasaje
      tendrás sin que te empaches, ni procures
      lo que suelen llamar matalotaje.



172. El razonamiento que Cervantes hizo a Apolo fue con ocasión de verse en el Parnaso, siendo el único que no tenía asiento en él, aludiendo a la desestimación que se hacía de su ingenio, habiendo sido el que en su tiempo empezó a levantar la poesía. Como en este razonamiento dijo Cervantes de sí propio muchas cosas, es preciso copiarlo. Dice así250:


Suele la indignación componer versos,
      pero, si el indignado es algún tonto,
      ellos tendrán su todo de perversos.
De mí yo no sé más, sino que pronto
      me hallé para decir en tercia rima
      lo que no dijo el desterrado a Ponto.
Y así le dije a Delio: «No se estima,
      señor, del vulgo vano el que te sigue
      y al árbol sacro del laurel se arrima,
la envidia y la ignorancia le persigue.
      Y así, envidiado siempre y perseguido,
      el bien que espera por jamás consigue.
Yo corté con mi ingenio aquel vestido
      con que al mundo la hermosa Galatea
      salió para librarse del olvido.
Soy por quien La Confusa nada fea
       pareció en los teatros admirable.
      (Si esto a su fama es justo se le crea.)
Yo con estilo en parte razonable
      he compuesto comedias, que en su tiempo
       tuvieron de lo grave y de lo afable.
Yo he dado en Don Quijote pasatiempo
      al pecho melancólico y mohíno
       en cualquiera sazón, en todo tiempo.
Yo he abierto en mis novelas un camino
      por do la lengua castellana puede
      mostrar con propiedad un desatino.
Yo soy aquel que en la invención excede
      a muchos, y al que falta en esta parte
      es fuerza que a su fama falta quede.
Desde mis tiernos años amé el arte
      dulce de la agradable poesía,
      y en ella procuré siempre agradarte.
Nunca voló la pluma humilde mía
      por la región satírica, bajeza
      que a infames premios y desgracias guía.
Yo el soneto compuse, que así empieza,
      por honra principal de mis escritos:
      «Voto a Dios que me espanta esta grandeza».
Yo he compuesto romances infinitos
      y el De los celos es aquel que estimo;
       entre otros que los tengo por malditos.
Por esto me congojo y me lastimo
      de verme solo en pie, sin que se aplique
      árbol que me conceda algún arrimo.
Yo estoy (cual decir suelen), puesto a pique
      para dar a la estampa el gran Persiles
      con que mi nombre y obras multiplique.
Yo, en pensamientos castos y sotiles
      (dispuestos en soneto de a docena),
      he honrado tres sujetos fregoniles.
También, al par de Filis, mi Filena
      resonó por las selvas, que escucharon
      más de una y otra alegre cantilena.
Y en dulces varias rimas se llevaron
      mis esperanzas los ligeros vientos,
      que en ellos y en la arena se sembraron.
Tuve, tengo y tendré los pensamientos
      (merced al cielo que a tal bien me inclina)
      de toda adulación libres y exentos.
Nunca pongo los pies por do camina
      la mentira, la fraude y el engaño,
      de la santa virtud total ruina.
Con mi corta fortuna no me ensaño,
      aunque por verme en pie, como me veo,
      y en tal lugar, pondero así mi daño.
Con poco me contento aunque deseo
      mucho». A cuyas razones enojadas
      con estas blandas respondió Timbreo:
«Vienen las malas suertes atrasadas
      y toman tan de lejos la corriente
      que son temidas pero no escusadas.
El bien les viene a algunos de repente,
      a otros poco a poco sin pensallo,
      y el mal no guarda estilo diferente.
El bien que está adquirido, conservallo
      con maña, diligencia y con cordura
      es no menor virtud que el granjeallo.
Tú mismo te has forjado tu ventura,
      y yo te he visto alguna vez con ella,
      pero en el imprudente poco dura.
Mas, si quieres salir de tu querella,
       alegre y no confuso y consolado,
      dobla tu capa y siéntate sobre ella.
Que tal vez suele un venturoso estado,
      cuando le niega sin razón la suerte,
      honrar más merecido que alcanzado».
«Bien parece, señor, que no se advierte»
      (le respondí) «que yo no tengo capa».
      Él dijo: «Aunque sea así, gusto de verte.
La virtud es un manto con que tapa
      y cubre su indecencia la estrecheza
      que exenta y libre de la envidia escapa».
Incliné al gran consejo la cabeza.
      Quedeme en pie; que no hay asiento bueno
      si el favor no le labra o la riqueza.
Alguno murmuró viéndome ajeno
       del honor que pensó se me debía,
      del planeta, de luz y virtud lleno.



173. Miguel de Cervantes Saavedra dice en este memorial que su pluma nunca voló por la región satírica, queriendo decir que nunca hizo libelos infamatorios. Pero ésta es una sátira muy penetrante que, en cualquiera pecho que no sea inhumano, excita la misericordia de ver desvalido un ingenio, de quien hizo juicio el sabio crítico Pedro Daniel Huet251, que debe contarse entre los ingenios más aventajados que ha tenido España; y comueve al mismo tiempo la indignación contra los que, teniendo a vista su mérito, no le premiaron según debían. Yo no lo extraño, porque el padre Juan de Mariana, honra inmortal de la compañía de Jesús, escribiendo a Miguel Juan Vimbodí252, natural de la villa de Ontiniente en el reino de Valencia, que a la sazón se hallaba en la corte romana sirviendo de secretario al cardenal don Agustín de Espínola, arzobispo de San-Tiago, le dice: «Aquí se echa menos a cada paso la cultura de las letras humanas. Como no se ofrecen por ellas premios algunos, ni tampoco honra, están abatidas miserablemente. Las que dan que ganar, se estiman. Esto es lo que pasa entre nosotros. Y es que, como casi todos valoran las artes por la utilidad y ganancia, tienen por inútiles las que no reditúan». No era el padre Mariana uno de aquellos lisonjeros en todos tiempos tan frecuentes, que sólo secreteando y con grandes misterios dicen las verdades. Quejándose de lo mismo, no menos que con Felipe Tercero, le dijo a vista de todo el mundo253: «Mas ¿qué maravilla, pues ninguno por este camino se adelanta? Ningún premio hay en el reino para estas letras. Ninguna honra, que es la madre de las artes». Algunos ánimos viles que, reconociendo las virtudes ajenas, se atormentan envidiándolas y se enfurecen de que los mismos que las tienen las acuerden para ser remunerados, interpretarán como arrogancia aquellas justísimas quejas en que prorrumpió Cervantes. Pero él pudiera decir lo que en ocasión semejante el igualmente desfavorecido que erudito don Josef Pellicer254: «Y no sin justificación. Porque no se debe negar al estudioso lo que es lícito al militar. A cualquier soldado le es permitido recapitular con verdad los servicios, ocasiones y trances en que intervino, y ésta fue virtud, no soberbia, cuando en Roma se merecían los anillos militares y las guirnaldas murales y cívicas, los trofeos y triunfos públicos. Ansí no se debe atribuir a elación que yo haga alarde de operaciones y de honores, cuando la ignorancia y la maledicencia dan motivo a ello con injurias y calumnias, también públicas. Si yo mintiese en ello, fuera crimen. Pero, por mi verdad, sería ligereza, siendo yo vivo, permitir la relación de lo que he llegado a obtener, a otra pluma». Así lo practicaron los mayores hombres de España, don Antonio Agustín, Jerónimo de Zurita, el dotor Benito Arias Montano, el maestro Fray Luis de León, el padre Juan de Mariana, don Nicolás Antonio, don Juan Lucas Cortés. Y, por decirlo en una palabra, ¿qué hombre grande no lo ha practicado así en su caso y lugar? Mengua del saber llamó San Pablo255 a las alabanzas de sí propio, pero mengua a que tal vez suele obligar la injusticia ajena. En Cervantes eran desahogo del justo sentimiento de su disfavor, y muy tolerables, atendido su genio, pues, como dijo él mismo256:


Jamás me contenté, ni satisfice,
      de hipócritos melindres. Llanamente
      quise alabanzas de lo que bien hice.



Pero como no las encontraba en otros por la envidia que le tenían, les dio ocasión de tenérsela mayor, no con fin de aumentarla, sino de manifestar la satisfación de su propia conciencia, refrescando la memoria de lo que había trabajado en beneficio público. Por eso, en el gracioso coloquio que tuvo con Pancracio de Roncesvalles, el cual puede servir de comento al razonamiento de Cervantes con Apolo, introdujo al dicho Pancracio, figura de un remislado poeta de aquellos tiempos, preguntándole257: «Y V. M. señor Cervantes (dijo él), ¿ha sido aficionado a la carátula?, ¿ha compuesto alguna comedia? Sí, dije yo. Muchas. Y, a no ser mías, me parecieran dignas de alabanza, como lo fueron Los tratos de Argel258, La Numancia, La gran turquesa, La batalla naval, La Jerusalén, La amaranta o la del mayo, El bosque amoroso, La única, y La bizarra Arsinda, y otras muchas de que no me acuerdo. Mas la que yo más estimo y de la que más me precio fue, y es, de una llamada La confusa, la cual (con paz sea dicho de cuantas comedias de capa y espada hasta hoy se han representado) bien puede tener lugar señalado por buena entre las mejores. Pancracio. Y agora ¿tiene V. M. algunas? Miguel Seis tengo con otros seis entremeses. Pancracio. Pues ¿por qué no se representan? Miguel. Porque ni los autores me buscan, ni yo los voy a buscar a ellos. Pancracio. No deben de saber que V. M. las tiene. Miguel. Sí saben, pero como tienen sus poetas paniaguados y les va bien con ellos, no buscan pan de trastrigo. Pero yo pienso darlas a la estampa para que se vea despacio lo que pasa apriesa y se disimula, o no se entiende, cuando las representan. Y las comedias tienen sus sazones y tiempos como los cantares». Hasta aquí Cervantes, cuyo coloquio fue como un prólogo echadizo que anticipó al libro que publicó el año siguiente con este título: Ocho comedias y ocho entremeses nuevos, nunca representados, compuestas por Miguel de Cervantes Saavedra. En Madrid, por la viuda de Alonso Martín. Año 1615, en 4.

174. Llegó Cervantes a tan miserable estado de pobreza que, por no tener caudal para imprimir este libro, le vendió a Juan Villarroel, a cuyas costas se imprimió.

Los nombres destas comedias son los siguientes:

El gallardo español

La casa de los celos

Los baños de Argel

El rufián dichoso

La gran sultana

El laberinto de amor

La entretenida

Pedro de Urdemalas

Entremeses:

El juez de los divorcios

El rufián viudo

Elección de los alcaldes de Daganzo

La guarda cuidadosa

El vizcaíno fingido

El retablo de las maravillas

La cueva de Salamanca

El viejo celoso

El entremés segundo y tercero están escritos en verso, los demás en prosa. Como esta especie de composición es una viva representación de cualesquiera acciones, remedadas de suerte que parezcan ridículas, siempre los entremeses parecen mejor representados que leídos. Y así, Lope de Rueda, que, viviendo embelesaba a los mirones, leído en los entremeses que publicó Juan de Timoneda, famoso valenciano y escritor plausible en su tiempo, da poquísimo gusto.

175. Las comedias de Cervantes, comparadas con otras más antiguas, son mucho mejores, exceptuando siempre la de Calisto y Melibea conocida por el nombre de Celestina, alcahueta tan infame como famosa, porque el incierto autor que primero la ideó y empezó a dibujar y colorir, por el bachiller Fernando de Rojas, que le dio fin, no pudo igualar al primer inventor. Después de Cervantes se han compuesto comedias de mayor invención que las griegas (porque los cómicos latinos Plauto y Terencio sólo imitaron), pero de arte mucho inferior. El que dudare esto, infórmese primero de la suma dificultad que tiene el arte cómica leyendo a Aristóteles en su Poética, y, si no puede entenderla, a don Jusepe Antonio González de Salas en su eruditísima Ilustración de la Poética de Aristóteles. Pero para que el letor quede más bien informado de lo que deben a Cervantes los teatros de España, oigámosle a él como a cronista único de los progresos de la cómica en estos reinos. En el prólogo que hizo a sus comedias, dice así:

«No puedo dejar (letor carísimo) de suplicarte me perdones, si vieres que en este prólogo salgo algún tanto de mi acostumbrada modestia. Los días pasados me hallé en una conversación de amigos donde se trató de comedias y de las cosas a ellas concernientes, y de tal manera las sutilizaron y atildaron que a mi parecer vinieron a quedar en un punto de toda perfeción. Tratose también de quién fue el primero que en España las sacó de mantillas y las puso en toldo y vistió de gala y apariencia. Yo, como el más viejo que allí estaba, dije que me acordaba de haber visto representar al gran Lope de Rueda, varón insigne en la representación y en el entendimiento. Fue natural de Sevilla y de oficio batihoja, que quiere decir, de los que hacen panes de oro. Fue admirable en la poesía pastoril y, en este modo, ni entonces, ni después acá, ninguno le ha llevado ventaja y, aunque, por ser muchacho, yo entonces no podía hacer juicio firme de la bondad de sus versos, por algunos que me quedaron en la memoria, vistos agora en la edad madura que tengo, hallo ser verdad lo que he dicho. Y, si no fuera por no salir del propósito de prólogo, pusiera aquí algunos que acreditaran esta verdad. En el tiempo deste célebre español todos los aparatos de un autor de comedias se encerraban en un costal, y se cifraban en cuatro pellicos blancos guarnecidos de guadamecí dorado y en cuatro barbas y cabelleras y cuatro cayados, poco más o menos. Las comedias eran unos coloquios como églogas entre dos o tres pastores y alguna pastora. Aderezábanlas y dilatábanlas con dos o tres entremeses, ya de negra, ya de rufián, ya de bobo, y ya de vizcaíno, que todas estas cuatro figuras y otras muchas hacía el tal Lope con la mayor excelencia y propiedad que pudiera imaginarse. No había en aquel tiempo tramoyas, ni desafíos de moros y cristianos, a pie ni a caballo. No había figura que saliese, o pareciese salir, del centro de la tierra por lo hueco del teatro, al cual componían cuatro bancos en cuadro y cuatro o seis tablas encima con que se levantaba del suelo cuatro palmos. Ni menos bajaban del cielo nubes con ángeles o con almas. El adorno del teatro era una manta vieja tirada con dos cordeles de una parte a otra, que hacía lo que llaman vestuario, detrás de la cual estaban los músicos cantando sin guitarra algún romance antiguo. Murió Lope de Rueda y, por hombre excelente y famoso, le enterraron en la iglesia mayor de Córdoba (donde murió) entre los dos coros, donde también está enterrado aquel famoso loco Luis López. Sucedió a Lope de Rueda, Naharro, natural de Toledo, el cual fue famoso en hacer la figura de un rufián cobarde. Éste levantó algún tanto más el adorno de las comedias, y mudó el costal de vestidos en cofres y en baúles. Sacó la música que antes cantaba detrás de la manta al teatro público, quitó las barbas de los farsantes, que hasta entonces ninguno representaba sin barba postiza, y hizo que todos representasen a cureña rasa, si no era los que habían de representar los viejos o otras figuras que pidiesen mudanza de rostro. Inventó tramoyas, nubes, truenos y relámpagos, desafíos y batallas, pero esto no llegó al sublime punto en que está agora; y esto es verdad que no se me puede contradecir (y aquí entra el salir yo de los límites de mi llaneza) que se vieron en los teatros de Madrid representar Los tratos de Argel, que yo compuse, La destruición de Numancia y La batalla naval, donde me atreví a reducir las comedias a tres jornadas, de cinco que tenían. Mostré (o, por mejor decir), fui el primero que representase las imaginaciones y los pensamientos escondidos del alma, sacando figuras morales al teatro, con general y gustoso aplauso de los oyentes. Compuse en este tiempo hasta veinte comedias, o treinta, que todas ellas se recitaron sin que se les ofreciese ofrenda de pepinos ni de otra cosa arrojadiza. Corrieron su carrera sin silbos, gritas, ni barahúndas. Tuve otras cosas en qué ocuparme. Dejé la pluma y las comedias. Y entró luego el monstruo de naturaleza, el gran Lope de Vega, y alzose con la monarquía cómica, avasalló y puso debajo de su jurisdición a todos los farsantes, llenó el mundo de comedias propias, felices y bien razonadas, ¡tantas, que pasan de diez mil pliegos los que tiene escritos, y todas (que es una de las mayores cosas que puede decirse) las ha visto representar o oído decir (por lo menos) que se han representado. Y si algunos (que hay muchos) han querido entrar a la parte y gloria de sus trabajos, todos juntos no llegan en lo que han escrito a la mitad de lo que él solo. Pero no por esto (pues no lo concede Dios a todos) dejen de tenerse en precio los trabajos del dotor Ramón, que fueron los más después de los del gran Lope. Estímense las trazas artificiosas en todo extremo del licenciado Miguel Sánchez; la gravedad del doctor Mira de Mescua, honra singular de nuestra nación; la discreción e inumerables conceptos del canónigo Tárraga; la suavidad y dulzura de don Guillén de Castro; la agudeza de Aguilar; el tropel, el boato, la grandeza de las comedias de Luis Vélez de Guevara; y las que agora están en jerga del agudo ingenio de don Antonio de Galarza; y las que prometen las fullerías de amor de Gaspar de Ávila; que todos estos y otros algunos han ayudado a llevar esta gran máquina al gran Lope. Algunos años ha que volví yo a mi antigua ociosidad, y, pensando que aún duraban los siglos donde corrían mis alabanzas, volví a componer algunas comedias, pero no hallé pájaros en los nidos de antaño. Quiero decir que no hallé autor que me las pidiese, puesto que sabían que las tenía. Y así las arrinconé en un cofre y las consagré y condené al perpetuo silencio. En esta sazón me dijo un librero que él me las comprara, si un autor de título no le hubiera dicho que de mi prosa se podía esperar mucho, pero que del verso, nada. Y, si va a decir la verdad, cierto que me dio pesadumbre el oírlo, y dije entre mí: O yo me he mudado en otro, o los tiempos se han mejorado mucho, sucediendo siempre al revés, pues siempre se alaban los pasados tiempos. Torné a pasar los ojos por mis comedias y por algunos entremeses míos que con ellas estaban arrinconados, y vi no ser tan malas ni tan malos que no mereciesen salir de las tinieblas del ingenio de aquel autor a la luz de otros autores menos escrupulosos y más entendidos. Aburrime y vendíselas al tal librero, que las ha puesto en estampa como aquí te las ofrece. Él me las pagó razonablemente. Yo cogí mi dinero con suavidad, sin tener cuenta con dimes ni diretes de recitantes. Querría que fuesen las mejores del mundo o, a lo menos, razonables. Tú lo verás (letor mío) y, si hallares que tienen alguna cosa buena, en topando a aquel mi maldiciente autor, dile que se emiende, pues yo no ofendo a nadie; y que advierta que no tienen necedades patentes y descubiertas; y que el verso es el mismo que piden las comedias, que ha de ser de los tres estilos el ínfimo; y que el lenguaje de los entremeses es propio de las figuras que en ellos se introducen; y que, para enmienda de todo esto, le ofrezco una comedia que estoy componiendo y la intitulo El engaño a los ojos, que (si no me engaño) le ha de dar contento. Y, con esto, Dios te dé salud y a mí, paciencia.»

176. Ésta es la historia de los progresos de la cómica española. Había sido Cervantes el que más la había adelantado, y, para perficionarla más, quiso darnos un ejemplo de una gran tragicomedia escrita en prosa. Muchos años había que estaba meditando y escribiendo Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Habíalos ofrecido en varias ocasiones. En el Prólogo de sus Novelas, hablando destas, dijo: «Tras ellas, si la vida no me deja, te ofrezco Los trabajos de Persiles; libro que se atreve a competir con Heliodoro, si ya por atrevido no sale con las manos en la cabeza. Y primero verás, y con brevedad, dilatadas las hazañas de Don Quijote y donaires de Sancho Panza. Y luego, Las semanas del jardín. Mucho prometo, con fuerzas tan pocas como las mías. Pero ¿quién pondrá rienda a los deseos?» La continuación de la Historia de Don Quijote salió, como vimos, el año 1616. En su dedicatoria al conde de Lemos, fecha en Madrid, último de otubre de mil seiscientos y quince, llegó Cervantes a decir esto: «Con esto me despido, ofreciendo a V. Excelencia Los trabajos de Persiles y Sigismunda, libro a quien daré fin dentro de cuatro meses, Deo volente, el cual ha de ser o el más malo o el mejor que en nuestra lengua se haya compuesto; quiero decir de los de entretenimiento. Y digo que me arrepiento de haber dicho el más malo, porque, según la opinión de mis amigos, ha de llegar al extremo de bondad posible. Venga V. Excelencia con la salud259 que es deseado, que ya estará Persiles para besarle las manos, y yo los pies, como criado que soy de V. Exc.». En efeto, Cervantes acabó de escribir Los trabajos de Persiles y Sigismunda, pero, antes que saliesen a luz, acabó la muerte con él.

177. Su enfermedad fue tal, que él mismo pudo ser y fue su historiador. Y, porque no tenemos otro y refiere todas las cosas con tanta gracia, veamos lo que dejó escrito en el fin del Prólogo que pensaba hacer, o sea, prólogo entero empezado ex abrupto, donde dice así: «Sucedió, pues, letor amantísimo, que viniendo otros dos amigos y yo del famoso lugar de Esquivias, por mil causas famoso, una por sus ilustres linajes y otra por sus ilustrísimos vinos, sentí que a mis espaldas venía picando con gran priesa uno que, al parecer, traía deseo de alcanzarnos, y aun lo mostró dándonos voces que no picásemos tanto. Esperámosle y llegó sobre una borrica un estudiante pardal, porque todo venía vestido de pardo, antiparas, zapato redondo y espada con contera, valona bruñida y con trenzas iguales. Verdad es, no traía más de dos, porque se le venía a un lado la valona por momentos y él traía sumo trabajo y cuenta de enderezarla. Llegando a nosotros, dijo: Vuesas mercedes ¿van a alcanzar algún oficio o prebenda a la corte?, pues allá está su ilustrísima de Toledo y su majestad, ni más ni menos, según la priesa con que caminan; que, en verdad, a mi burra se le ha cantado el vítor de caminante más de una vez. A lo cual respondió uno de mis compañeros: El rocín del señor Miguel de Cervantes tiene la culpa desto, porque es algo pasilargo. Apenas hubo oído el estudiante el nombre de Cervantes cuando, apeándose de su cabalgadura, cayéndosele aquí el cojín y allí el portamanteo (que con toda esta autoridad caminaba), arremetió a mí y, acudiendo a asirme de la mano izquierda, dijo: Sí, sí. ¡Éste es el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre, y, finalmente, el regocijo de las musas! Yo, que en tan poco espacio vi el grande encomio de mis alabanzas, pareciome ser descortesía no corresponder a ellas, y así, abrazándole por el cuello donde le eché a perder de todo punto la valona, le dije: Ése es un error donde han caído muchos aficionados ignorantes. Yo, señor, soy Cervantes, pero no el regocijo de las musas ni ninguna de las demás baratijas que ha dicho vuesa merced. Vuelva a cobrar su burra y suba, y caminemos en buena conversación lo poco que nos falta del camino. Hízolo así el comedido estudiante. Tuvimos algún tanto más las riendas, y con paso asentado seguimos nuestro camino, en el cual se trató de mi enfermedad, y el buen estudiante me desahució al momento diciendo: Esta enfermedad es de hidropesía que no la sanara toda el agua del mar Océano que dulcemente se bebiese. Vuesa merced, señor Cervantes, ponga tasa al beber no olvidándose de comer, que con esto sanará sin otra medicina alguna. Eso me han dicho muchos, respondí yo. Pero así puedo dejar de beber a todo mi beneplácito, como si para sólo eso hubiera nacido. Mi vida se va acabando y, al paso de las efeméridas de mis pulsos que a más tardar acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida. En fuerte punto ha llegado vuesa merced a conocerme, pues no me queda espacio para mostrarme agradecido a la voluntad que vuesa merced me ha mostrado. En esto llegamos a la puente de Toledo y yo entré por ella y él se apartó a entrar por la de Segovia. Lo que se dirá de mi suceso tendrá la fama cuidado, mis amigos gana de decillo, y yo mayor gana de escuchallo. Tornele a abrazar. Volvióseme a ofrecer. Picó a su burra y dejome tan mal dispuesto como él iba caballero en su burra, a quien había dado gran ocasión a mi pluma para escribir donaires. A Dios, regocijados amigos, que yo me voy muriendo y deseando veros presto contentos en la otra vida.» La de Cervantes estaba ya en el confín de la muerte. La hidropesía se le agravó. Pero cuanto más le debilitaba el cuerpo tanto más procuraba él fortalecer su ánimo, y, habiendo recibido la extrema unción para salir vitorioso como atleta cristiano en la última lucha, esperaba la muerte con ánimo tan sereno que parece no la temía, y, lo que es más de admirar, aún estaba para decir y escribir donaires de suerte que, habiendo recibido el último sacramento día 18 de abril del año 1616, el día siguiente escribió o dictó la Dedicatoria de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, citando coplas, a su patrón el conde de Lemos, para quien dejó escrita la siguiente dedicatoria:

«Aquellas coplas antiguas, que fueron en su tiempo celebradas, que comienzan Puesto ya el pie en el estribo quisiera yo no vinieran tan a pelo en mi epístola, porque casi con las mismas palabras las puedo comenzar diciendo:


Puesto ya el pie en el estribo
con las ansias de la muerte,
gran señor, ésta te estribo.

Ayer me dieron la extrema unción y hoy escribo ésta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir, y quisiera yo ponerle coto hasta besar los pies de V. Exc., que podría ser fuese tanto el contento de ver a V. Exc. bueno en España que me volviese a dar la vida; pero, si está decretado que la haya de perder, cúmplase la voluntad de los cielos; y, por lo menos, sepa V. Exc. este mi deseo, y sepa que tuvo en mí un tan aficionado criado de servirle que quiso pasar aún más allá de la muerte mostrando su intención. Con todo esto, como en profecía, me alegro de la llegada de V. Exc. Regocíjome de verle señalar con el dedo, y realégrome de que salieron verdaderas mis esperanzas dilatadas en la fama de las bondades de V. Exc. Todavía me quedan en el alma ciertas reliquias y asomos de Las semanas del jardín y del famoso Bernardo. Si a dicha, por buena ventura mía, que ya no sería ventura sino milagro, me diese el cielo vida, las verá, y con ellas fin de La Galatea, de quien sé está aficionado V. Exc. y con estas obras, continuando mi deseo, guarde Dios a V. Excelencia como puede. De Madrid, a diez y nueve de abril, de mil y seiscientos y diez y seis años.

Criado de V. Exc.
Miguel de Cervantes.»



178. Según indica esta carta, es creíble que muriese de allí a poco tiempo. El día fijo no se sabe, ni aun el mes. Lo cierto es que no llegó a poder ver impresos sus Trabajos; porque día 24 de setiembre del año 1616, en San Lorenzo el Real, se concedió licencia a doña Catalina de Salazar, viuda de Miguel de Cervantes Saavedra, para imprimirlos, y salieron a luz con este título: Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia setentrional, por Miguel de Cervantes Saavedra. En Madrid, por Juan de la Cuesta. Año 1617, en 4. Dentro de pocos años los tradujo en italiano Francisco Elio, milanés, y salieron impresos en Venecia de la oficina de Bartolomé Fontana, año 1626, en 8.

179. En la primera impresión hay dos epitafios, tales que, para su duración, merecían gravarse en bien ligero corcho. El uno es un soneto de Luis Francisco Calderón, que no contiene cosa particular. El otro es una décima que, por el raro pensamiento de quien la hizo, se trasladará aquí al pie de la letra.

180. «De don Francisco de Urbina a Miguel de Cervantes, insigne y cristiano ingenio de nuestros tiempos, a quien llevaron los terceros de S. Francisco a enterrar con la cara descubierta como a tercero que era.




Epitafio


Caminante, el peregrino
Cervantes aquí se encierra.
Su cuerpo cubre la tierra,
no su nombre que es divino.
En fin hizo su camino,  5
pero su fama no es muerta
ni sus obras. Prenda cierta
de que pudo a la partida
desde ésta a la eterna vida
ir la cara descubierta.  10



181. Este epitafio dio ocasión al autor de la Bibliotheca Franciscana para poner en ella a Cervantes como uno de los escritores que fueron hermanos de la cofradía de la tercera orden, biblioteca que, si los ha de comprehender a todos, será ciertamente la más copiosa de todas.

182. Cervantes dijo que su Persiles y Sigismunda se atrevía a competir con Heliodoro. La mayor alabanza que podemos darle es decir que es cierto. Los amores que refieren son castísimos, la fecundidad de la invención, maravillosa en tanto grado que, pródigo su ingenio, excedió en la multitud de episodios. Los sucesos son muchos y muy varios. En unos se descubre la imitación de Heliodoro, y de otros muy mejorada; en los demás, campea la novedad. Todos están dispuestos con arte y bien explicados, con circunstancias casi siempre verosímiles. Cuanto más se interna el letor en esta obra tanto es mayor el gusto de leerla, siendo el tercero y cuarto libro mucho mejores que el primero y segundo. Los continuos trabajos llevados en paciencia acaban en descanso sin máquina alguna, porque un hombre como Cervantes sería milagro que acabase con algún milagro para manifestar la felicidad de su raro ingenio. En las descripciones excedió a Heliodoro. Las déste suelen ser sobrado frecuentes y muy pomposas. Las de Cervantes, a su tiempo y muy naturales. Aventajole también en el estilo porque, aunque el de Heliodoro es elegantísimo, es algo afectado, demasiadamente figurado y más poético de lo que permite la prosa. Defeto en que cayó también el discreto Fenelón. Pero el de Cervantes es propio, proporcionadamente sublime, modestamente figurado y templadamente poético en tal cual descripción. En suma, esta obra es de mayor invención, artificio y de estilo más sublime que la de Don Quijote de la Mancha. Pero no ha tenido igual acetación, porque la invención de la Historia de Don Quijote es más popular y contiene personas más graciosas y, como son menos en número, el letor retiene mejor la memoria de las costumbres, hechos y caracteres de cada una. Fuera de eso, el estilo es más natural y tanto más descansado cuanto menos sublime. Sepan, pues, los que escriben que poner término a la invención y levantar la mano de la obra, si es a su tiempo, es la última diligencia y mano. Y esto mismo me amonesta de que ya es hora de que yo no moleste más a mi letor, a quien suplico me perdone muchas impertinencias que aquí ha leído, pues mi fin sólo ha sido obedecer a quien debía el obsequio de recoger algunos apuntamientos para que otro los ordene y escriba con la felicidad de estilo que merece el sujeto de que tratan. Entre tanto, yo daré ahora una fidelísima copia del mismo original, procurando acabar con aquellas mismas palabras con que Miguel de Cervantes Saavedra dio principio al Prólogo de sus Novelas.

183. «Quisiera yo, si fuera posible (letor amantísimo), escusarme de escribir este prólogo, porque no me fue tan bien con el que puse en mi Don Quijote que quedase con gana de segundar con éste. Desto tiene la culpa algún amigo260 de los muchos que en el discurso de mi vida he granjeado, antes con mi condición que con mi ingenio; el cual amigo bien pudiera, como es uso y costumbre, grabarme y esculpirme en la primera hoja deste libro, pues le diera mi retrato el famoso don Juan de Jáuregui, y con esto quedara mi ambición satisfecha y el deseo de algunos, que querrían saber qué rostro y talle tiene quien se atreve a salir con tantas invenciones en la plaza del mundo a los ojos de las gentes, poniendo debajo del retrato: Este que veis aquí, de rostro aguileño; de cabello castaño; frente lisa y desembarazada; de alegres ojos y de nariz corva aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro; los bigotes grandes; la boca pequeña; los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y esos mal acondicionados y peor puestos porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño; la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso, a imitación del de César Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas y quizá sin el nombre de su dueño. Llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del Hijo del Rayo de la Guerra Carlos Quinto, de felice memoria.»