Veinticinco años de Oriani
Juan Ramón Masoliver
Cuando en mis primeros contactos con estas tierras llegó un día a mis manos una efigie de Oriani, no pude menos de quedar asombrado ante el enorme parecido físico del Matt d' e' Cardell -el chiflado del Cardelo, como decían sus contemporáneos- con nuestro León de Graus. Semejanza tanto más chocante, cuando uno y otro, el romañolo y el aragonés, representaban lo mismo, en iguales condiciones históricas y actualidad política de sus países respectivos, en Italia y en España. Y cuando, más delante, tuve ocasión de acercarme a la obra de Alfredo Oriani, no pude menos de confirmar para mí, más y mejor, sus afinidades con la obra nacionalista de nuestro Joaquín Costa. Como Costa, fue, además, Oriani combatido y despreciado en su tiempo; como Costa fue ensalzado a su muerte, y sólo entonces ganó fama de vidente y patriota quien en vida la tuviera de energúmeno y chiflado; como Costa, en fin, su nombre es pronunciado en las escuelas, puesto como ejemplo, pronunciado doquiera: mas pocos o nadie se acercan a sus obras y sacan enseñanzas de lo que uno y otro escribieron en libros ejemplares.
Venía Costa al palenque en un momento crítico de la vida española, a la caída de las últimas posesiones de Ultramar, y aparecía el romañolo (lo que de Oriani importa, no sus primeras novelas en que aparece el petrolero, el espantajo de burgueses embebido de Baudelaire, Lasalle y Proudhon, que presto había de dar paso al Oriani nacionalista) en las horas aciagas de Dógali, en vísperas de la matanza de Adua, cuando el incipiente sueño colonial de Italia parecía quedar sepultado definitivamente. Italia y España cerrábanse en sus confines, alejábanse de la vida europea para sumirse en una política derrotista: de la amargura de la vida nacional surgieron, a pocos años de distancia, un Costa y un Oriani, en España e Italia, que con sus libros habían de anunciar una revancha, un renacimiento nacional de ambas penínsulas. A las voces de los patriotas en los momentos de nuestra decadencia -un Quevedo, un Gracián, un Padre Isla, un Cadabalso- uníase en aquella fecha la de Costa y la de la generación del 98; de paso que en Italia, recogía la vena de los Maquiavelos, de los Alfieris, de los Fóscolos, Mazzinis y Carduccis, un Alfredo Oriani. Oriani, como De Sanctus, supo dar con la ley de la Historia, buscó y halló la misión de su patria, mientras Francesco Crispi, otro patriota, abría los caminos de expansión de Italia; y mientras Spencer, Nordau y Zola eran legisladores indiscutidos de Filosofía, Sociología y Letras.
Mas si la obra de Costa no ha sido más que un sermón en el desierto y no ha parecido hasta hoy político que pusiere en práctica los principios del maestro, tuvo Oriani la ventura de perorar en un momento histórico de la vida de su país. No hay que olvidar, en efecto, que nacía entonces el Reino de Italia y que la unidad italiana era más política que espiritual, más obra de una dinastía y de un puñado de patriotas, que movimiento de un pueblo entero. El Reino de nuevo cuño nacía con un déficit espantoso, eternizábase la lucha política egoísta en torno a la conquista del Poder, caían los sueños de expansión de la nueva Italia; e Italia halló, en aquel trance, su hombre: ignorado y desventurado, mientras los espíritus estaban alicaídos; ensalzado y seguido cuando el país embocó el camino de la reconstrucción nacional.
Sólo el romañolo, estudiando la historia de su gente, comprendió en su tiempo la razón de ser de la vida de Italia por los siglos de los siglos. Y en su Lucha política en Italia fue discriminando la razón única que en todo tiempo movió a los italianos y que tantas concausas contribuyeron a desviar y ocultar en más de una ocasión: la conciencia nacional, que se afirma en las luchas de las democracias comunales contra el Imperio, en los duelos sangrientos entre las señorías y ante las invasiones extranjeras; y que ha de afirmarse definitivamente al surgir el humanismo y la ciencia nueva, con la emancipación política y económica, de fines del XVIII a la mitad del siglo pasado, y con la formación del Reino de Italia.
Oriani, que había desentrañado el sentido de la historia italiana, había de señalar igualmente el camino de Italia en lo por venir, si ésta había de mantenerse fiel a su pasado: la conciencia nacional perdida con la larga sumisión al extranjero había renacido entre humanistas y políticos, mas no era aún sentida por el pueblo; había que hacer sentir al italiano el orgullo de su pasado, recordarle las regiones irredentas que existían aún allende las fronteras políticas. Y los hechos ulteriores han convertido en profecía lo que Oriani escribiera: «el porvenir de Italia está en la guerra que, devolviéndole sus naturales límites, cimiente en el país, con la tragedia del peligro común, la unidad del sentimiento nacional»
. Así sucedió, y en 1915 los italianos corrían al frente con los nombres de Trento y Trieste a flor de labios. Y cuando, a la vuelta del frente, toparon con un país desalentado e indisciplinado como en los días de Adna, perdido en las rencillas de las mil y una facciones, los combatientes -que habían luchado por la unidad territorial y espiritual de Italia y los italianos- agrupáronse en haces, adueñáronse de Roma y coronaron, desde arriba, la unificación que el secretario Maquiavelo suspirara ya cinco siglos atrás, y por la que los mismos combatientes habían luchado en el Carso y el Piave.
La figura de Oriani aparece, por lo tanto, como un escalón necesario en la historia del desarrollo de la conciencia nacional italiana; así como el fascismo es el más moderno estadio de esa marcha. Y no es posible concebir el fascismo sino como consecuencia de la guerra, de esa misma guerra que Alfredo Oriani, precursor inmediato y necesario del movimiento de las camisas negras, predijera y deseara como espaldarazo que había de conferir a los italianos su conciencia nacional. Por demás lógico resulta, por lo tanto, que el fascismo, movimiento nacionalista en sus orígenes, haya reconocido en Oriani su heraldo y a él haya acudido para reforzar sus tesis y programas: a un año de la Marcha sobre Roma aparecían las obras completas de Alfredo Oriani, bajo el patrocinio de Benito Mussolini, y el Duce en persona dirigíase pocos meses más tarde, a la cabeza de un manípulo de camisas negras, en peregrinación al Cardillo -el eremitorio en que vivió retirado el gran romañolo- y pronunciaba ante la tumba de Oriani un discurso famoso, en que se decía discípulo del pensador de su tierra.
Basta, en efecto, acudir a los libros más famosos de Oriani para dar con el germen de los ulteriores programas del fascismo. Allí la defensa de la familia, base del Estado, de la tradición y del espíritu nacional; allí la afirmación de la espiritualidad del Estado, cuyo interés es inmutable a través de la sucesión contradictoria de las generaciones, y las mudanzas de la política de los gobiernos, necesariamente contingentes y tangible; allí, por último, la necesidad del imperialismo, derecho y deber de la patria ante las rivalidades de las naciones, y la exaltación consiguiente de la autoridad a costa de la libertad.
«Para que el vulgo itálico se reduzca a la mera larva de ciudadano, y se convierta en el pueblo digno de la acción que ha de desarrollar en el mundo, ha de superarse y reconocerse soberano, sacrificando su egoísmo en aras del Estado; y así será»
. No son palabras de un fascista, mas palabras de Oriani escritas cuando Mussolini era un simple colegial. «Ser fuertes para ser grandes, ¡he aquí el deber! Extenderse, conquistar espiritualmente, materialmente, con la emigración, con el comercio, con la industria, por medio de la ciencia, del arte, de la religión y de la guerra. Retirarse de la contienda no es posible; hay que triunfar a toda costa»
. ¿Qué mejores palabras para definir la política fascista?
Como más adelante había de hacer Mussolini, no repugnó a Oriani abandonar sus ideas republicanas, cuando la monarquía identificase con la idea de la unidad y no escatimó su apoyo a Crispi, el primero que dictó medidas encaminadas a crear un imperialismo italiano. Como el Duce más tarde, renegó todo provincialismo y sintió antes que nadie el valor imperial y el hechizo de Roma. Y en el fondo de su ideario imperialista, nacionalista, adivínase la idea de añadir una tercera Roma a la Ciudad de los Césares y a la Roma papal. Bajo el signo de Roma habían de abrirse nuevamente para Italia los caminos del Mediterráneo y de África y había de instaurarse una nueva era, porque «todas las épocas históricas ábrense en el Capitolio»
. De esta colina parten hoy, otra vez, las antiguas vías consulares, y Roma, tras doce años de fascismo, es indiscutiblemente el corazón de Italia, la pupila del Duce.
Y se alza aquí la barrera que separa a Joaquín Costa de Oriani, los dos solitarios que allá por los mismos años y en momentos amargos de sus países respectivos voceaban en el desierto. Pues el mismo temperamento, la misma actitud e idéntica semilla caían en tierras diametralmente distintas: una nación había de nacer, después de la crisis; la otra, en cambio, desangrada y colmada de pergaminos, la decana de las naciones, posaba el arma en su armero y cerraba «bajo siete llaves el sepulcro del Cid»
.
Italia va ya consiguiendo lo que Oriani predicara: la unidad se ha afirmado y Roma es su símbolo; y el católico italiano no se encuentra ya ante el dilema de servir a Italia o a la Santa Sede. Mas, ya, problemas de otra índole preocupan a Mussolini; problemas de orden social y económico que al Maestro del Cardillo no era dado imaginar, y ante los cuales va cediendo el espíritu nacionalista, como cosa ya lograda.