Un viejo amor latinoamericano
Carlos Franz
A un año del 11 de septiembre de 2001, si algo es posible asegurar es que el anti y el pro americanismo serán también un tema del siglo XXI. Millones en el mundo han redescubierto esa misma ambigüedad, que venía inscrita como un poema secreto en el nombre de Osama. Os-ama os odia. Gringos, tantos os aman y tantos quisieran mandaros al infierno. Ese amor-odio muchos lo han pensado y sentido otra vez -tantas veces- en estos meses.
¡Pero los iberoamericanos lo hicimos primero! Y entonces, a partir del 11 de septiembre de 2001, una vieja tradición nuestra de pronto coincidió con el mundo. Ironía cruel, hizo falta ese terror para que el pensamiento latinoamericano dejara de ser por rara vez ese oxímoron: «o es pensamiento o es latinoamericano, no me jodas». Pero no es joda, porque desde que pensamos por nuestra cuenta, Estados Unidos ha sido nuestra quimera y nuestra esfinge, amor y odio para nosotros. Por supuesto, enfrentados al tema la mayoría no hemos escapado al destino manifiesto de nuestra raza cósmica: la grosería rupestre, la simplificación estridente, el alarido en lugar del silogismo. Sin embargo, lo raro del asunto es que no siempre ha sido así, con más frecuencia que en otros temas hemos logrado descuidar nuestra violencia y dejar asomar algo de sapiencia. Rehuyendo las simplificaciones del anti y el pro americanismo, lo mejor de nuestro pensamiento ha sido por una vez ricamente ambiguo, leal a sus contradicciones, honesto en sus tensiones...
No me creo mejor que los peores latinoamericanos. No sé si sería capaz de evitar el alarido antinorteamericano, o si por hacerlo, caería en el lugar común de la «yanquimanía». Para preguntarme por el tema, en este aniversario, prefiero hacer el mutis borgiano: dejar que otros mejores respondan por mí. Y para ello visitar -al azar de mi memoria y mi portátil biblioteca- esos raros lugares donde nuestra inteligencia optó por la pincelada antes que por el brochazo, por el matiz antes que por el machetazo. Por lo demás, no creo lo que andan diciendo, que el mundo haya cambiado después del 11 de septiembre de 2001; lo que pasa es que ignorábamos lo que sabíamos y continuaremos probablemente sin aprenderlo.
La ambigüedad
de nuestro sentimiento hacia los estadounidenses la sabía,
hace ya un siglo, aquel inefable latinoamericano par excellence (tan suyo, tan
propio, tan latinoamericano el afrancesamiento) que fue José
Enrique Rodó. «Aunque no les amo,
les admiro»
, dijo de los gringos el gran charrúa
en su Ariel, exactamente en 1900. Tierno, sincero, ingenuo
él. Los admiraba y no los quería por lo mismo que hoy
miles de millones los veneran y los odian: por prácticos,
por fuertes, por épicos en su indomable voluntad de hacer su
real gana.
El amor-odio por
los Estados Unidos es uno de los primeros conflictos identitarios
de nuestras patrias. Y los mejores entre nosotros lo han pensado,
antes que gritarlo. Otro José, Martí, latinoamericano
insospechable de tibieza, lo sostenía -desde Nueva York,
naturalmente- diez años antes que Rodó. Sobre ese
«pueblo emprendedor y pujante»
,
decía Martí, «se ha de tener
fe en lo mejor y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar
ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo
peor. Si no, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota
para quien les azuza a odios inútiles. Y otra para quien no
les dice a tiempo la verdad»
. Cómo se echan de
menos estas picotas para tantos desgreñados anti o pro
norteamericanos simplistas, de hoy día.
Nuestros padres fundadores fundaron sobre esa admiración transida, preñada de esperanza y amenaza. Habría que releer sus libros viejos, releer el Facundo, por ejemplo. Como tantos, Domingo Faustino Sarmiento adoraba a los Estados Unidos. No había mejor destino para la América española que botar el adjetivo hispano -ensotanado y chipironesco- para parecerse a la otra América. Y hacer a nuestros ríos navegables, como el Mississippi. El viejo Domingo Faustino (faustiano en su ambición de saber sin doler) tenía esa fijación, vaya uno a saber por qué: la razón de nuestro atraso está en que no navegamos nuestros ríos. Como sí lo hacían los huckleberrys americanos. ¡Barcos de palas, gabarras, balseo nos falta, la civilización será fluvial o no será! Quizá tenía razón. Aún no le hacemos caso, no navegamos nuestros cauces y veamos donde hemos llegado. Lo importante es que la angustia de don Domingo ante nuestra incapacidad de fluir anunciaba y precavía el odio, el resentimiento al que podría conducirnos ver cómo fluyen los otros, los del Norte.
Un siglo
después, Octavio Paz inicia su deambular por el laberinto de
la soledad mexicana, latinoamericana, ¿por dónde? Por
los Estados Unidos, naturalmente. «... La
soledad del mexicano bajo la gran noche de piedra de la
Altiplanicie, poblada todavía de dioses insaciables, es
diversa a la del norteamericano, extraviado en un mundo abstracto
de máquinas, conciudadanos y preceptos morales»
.
Siempre me ha dado un poco de risa esa extravagancia solitaria que
Paz atribuye a lo mexicano (la lombriz solitaria de nuestra
diferencia). No sé si Paz tenía razón en su
patético esfuerzo por hacer interesante, especial, nuestra
indiana soledad. Pero no importa, me importa más el que la
soledad de Paz incluya a los norteamericanos desde un comienzo:
«En todos lados el hombre está
solo»
. Y que su libro parta de la relación con
ellos, para pensarnos a nosotros.
Y Borges. Ya que
he adoptado la estrategia borgiana de hacer a otros decir lo que
pienso, no puedo dejar de citarlo a él: «... entre dos mares hay una nación de
hombres tan fuerte que nadie suele recordar que es de hombres. De
hombres de humana condición»
.
Se me acaban las líneas, la memoria y la portátil biblioteca. Detengámonos acá. Los mejores entre nosotros han pensado el conflicto con Estados Unidos en su ambigüedad, en su riqueza paradójica, antes que gritar simplificaciones. Y lo han sufrido como dilema encarnado, en lugar de apuntar el dedo hacia el Norte.
Ahora el mundo entero ama-odia a los Estados Unidos. ¡Pero nosotros lo hicimos primero! Al fin primeros en algo. Quizá sólo el terror podía lograrlo. Osama puso al pensamiento latinoamericano por escasa -¿única?- vez como precedente y no como derivado. Porque si alguna summa de un siglo y medio de nuestros desvelos «antinorteamericanos» puede hacerse es que no podemos pensarnos sin ellos. Y si algo debiéramos ya haber aprendido del asunto, es que no valen las sencilleces simiescas del asimilado, ni las simplificaciones airadas del resentido. Del mismo modo que odiarlos es amarlos, por otros medios.
Gabriela Mistral
-que murió allá: «¿Odio al yanqui?... ¿Por
qué odiarlo?... Odiemos lo que en nosotros nos hace
vulnerables a su clavo de acero y de oro, a su voluntad y a su
opulencia»
.