Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Indice


Abajo

Tocando el fondo de los cuentos

Antonio Rodríguez Almodóvar





Pocas veces, en esta ardua tarea, se tiene la sensación de estar tocando el fondo. La maraña de historias orales que el devenir de la humanidad ha ido arrojando a las playas de la imaginación es de tal calibre, que lo raro es no morir en el intento. El de ordenar un poco al menos la urdimbre de los sueños oscuros, los más remotos, aquellos en que el ser humano se hizo a sí mismo como narrador. En nuestro ámbito cultural, que en esta materia se extiende hasta los remotos orígenes de la sociedad agraria indoeuropea, de vez en cuando surge la chispa alumbradora. Ese fogonazo de verdad profunda que dormía en los pliegues de la memoria. La de esa viejecita a la que, por obstinada voluntad, llegan alguna vez los buscadores de esta clase de tesoros. Otras, por la reedición de alguna joya olvidada.

Esto último es lo que ocurre con Babayaga, un álbum espléndido con el que Edelvives nos ha zarandeado las fibras más íntimas del más lejano contar. Para los no iniciados, Baba-Yaga es el nombre universal de las brujas de los cuentos populares rusos; un ser diabólico que vive en las profundidades del bosque, en una cabaña que se apoya en cuatro grandes patas de gallina y que puede girar sobre ellas. Allí van los descarriados de toda desdicha, los niños perdidos, abandonados, las niñas que huyen de la madrastra cruel o del padre incestuoso, todos las criaturas, en fin, que buscan inútilmente la redención del bosque, la vuelta feliz a la naturaleza. Pues es allí donde Baba-Yaga los espera para comérselos. Y de allí escaparán milagrosamente, ayudados por unos auxiliares del héroe, de unos objetos mágicos, de un peine que se volverá un bosque de espinas, de una toalla que un río.

Así es el fondo inextricable de los primeros cuentos, una matriz primordial donde laten los motivos básicos de Cenicienta, de Caperucita, de Blancanieves, de Blancaflor... Los lectores españoles conocen a esta bruja proteica desde que en 1923 se editaron en castellano los cuentos populares rusos de Afanasiev. Pero los oidores niños la conocen desde mucho antes. Pues esta malvada del subconsciente colectivo ya dormía en los abstrusos repliegues de la tradición oral campesina, con nombres diversos: Curuja, Coruja, o simplemente Bruja. Por ejemplo, en Los tres toritos, un cuento que hasta no hace mucho tiempo se sabían de memoria, de agitada y tenebrosa memoria, todos los niños andaluces. Y que a punto estuvo de perderse también. Pero el verdadero hallazgo luminoso de esta crónica es Leyendas y cuentos de encantamiento, de Juan Ignacio Pérez y Ana María Martínez. Un muy documentado trabajo de recopilación y ordenación de materiales narrativos, tomados de la viva fuente oral de narradores populares del Campo de Gibraltar. Se suma a otros trabajos igualmente meritorios de estos investigadores privados, como Cien cuentos populares andaluces, Debajo del puente (Adivinanzas tradicionales), Juegos infantiles... (Dado que se trata de un editor particular, hay que solicitarlos por Internet a asociacionlitoral@ hotmail.com). Un trabajo modélico que, lamentablemente, no sale de ninguna de nuestras universidades, y ni siquiera cuenta con ayuda oficial alguna. Pero ahí están, brillando en bruto como el diamante puro, auténticas versiones populares de Juan el Oso, de Blancaflor, del Príncipe Lagarto, de Las tres toronjas... Una introducción igualmente acertada y un prólogo de J. Manuel de Prada Samper, uno de los folcloristas más reputados de la nueva hornada, autor de un inolvidable La niña que creó las estrellas (cuentos orales de los bosquimanos xam).

Y una reflexión final, reconfortante, aunque amarga: como quiera que sea, y aunque a trancas y barrancas, este quehacer no muere. Sólo falta que algún día, alguna vez, las instancias oficiales de la cultura se enteren de algo.





Indice