Según la nota de la Real Academia Española, a la edición facsímil de 1936, el ejemplar reproducido está falto de 103 páginas. Cabe suponer, pues, que han sido varias las farsas o comedias incluidas en la Turiana que se han perdido.
H. Merimée, op. cit., pág. 157.
Todo parece indicar que Timoneda vendía sueltas las comedias. De hecho, tanto en la Turiana como en Las tres Comedias, cada pieza ocupa pliegos enteros, y lleva fecha y privilegio propios. Además, según se observa en el inventario de su librería, todos los libros publicados por Timoneda estaban sin encuadernar; lo que facilitaría la venta independiente de las diversas obras contenidas en los volúmenes. Prueba de ello es que al realizarse este inventario, en 1583, no se citan Las tres comedias como libro de conjunto y sí la existencia de treinta ejemplares de Los Menennos y catorce de Amphitrión (la tercera, Carmelia, estaría agotada).
Y no sólo en pliegos sueltos. En 1556, Timoneda obtuvo licencia para publicar un libro titulado Flor de enamorats, dividido en dos volúmenes, en el que se contenían «cançons, villanciscos, romanços, chistes, endeches, lamentaciones, epistoles, sonetos, comedies...». No sabemos si llegó a hacer uso del privilegio, pero no hay que descartar esa posibilidad. En la primera edición conocida del cancionero Flor de enamorados (Barcelona, 1562), que los eruditos atribuyen al escritor valenciano, se percibe la huella de una división en dos tomos. Véase al respecto: Josep Romeu i Figueras, Joan Timoneda i la «Flor de enamorados», Barcelona, 1972. Por otra parte, el hecho de que al publicar en 1573 sus romances Timoneda confesara al «discreto lector» que «ver infinitissimos Romances propios mios antiguamente trobados, y agora de nueuo peridos que se hallauan, con algunos modernos, me fue forçado a disponerme de hazer recogimiento de ellos...», corrobora nuestra hipótesis.
El cuidado con que Timoneda edita Las tres Comedias, o las piezas de Rueda y Alonso de la Vega, desaparece en el caso de la Turiana. La desidia se evidencia no sólo en la calma con que publica las obras (el privilegio es de 1563, pero los textos llevan fecha de 1564 y 1565), sino también en ciertos detalles de composición, que patentizan la representación previa de las farsas y comedias, pero que dificultan su entendimiento al lector. Y esto es algo imperdonable en un hombre como Timoneda que sabía distinguir perfectamente, como veremos más adelante, las diferencias entre la lectura y la representación.
Ya en 1886 había notado A. F. Schack en su Historia de la Literatura y del Arte Dramático en España, Madrid, pp. 373-377, que la mayor parte de las piezas dramáticas de Timoneda habían sido escritas «bajo el influjo de Torres Naharro, y probablemente antes de la aparición de Lope de Rueda». La aguda observación de Schack cayó en saco roto, nadie la recogería. Únicamente Eugenio Asensio (op. cit.), al analizar los pasos y entremeses de la Turiana, llamó la atención sobre el carácter arcaizante de los mismos, aunque sin advertir que no eran arcaicos sino, simplemente, antiguos. No obstante, nuestra afirmación tropieza con un obstáculo. Una de las comedias de la Turiana, la llamada Aurelia, fue datada por Merimée (op. cit.), a partir de una evidencia interna del texto, en 1560. Sin embargo, la datación parece poco creíble. En la obra, los personajes hablan de la guerra con Turquía y de una posible alianza entre Venecia y España. El investigador galo pensó que esos comentarios podían referirse al sitio de Djerba, ocurrido exactamente en 1560, y en el que combatieron fuerzas españolas e italianas conjuntamente. Pero, Venecia no tomó parte en ese asalto. Las tropas italianas que intervinieron era aquellas sujetas al dominio imperial de Carlos V, es decir, las de Nápoles, Milán y Sicilia. Habrá que buscar otra fecha para la comedia.
Merimée, el primer investigador que se ocupó del teatro de Timoneda con una cierta extensión (op. cit.), estaba firmemente empeñado en hacer depender al librero valenciano de Lope de Rueda y del teatro castellano en general. Este prejuicio le llevó a considerar la Carmelia como una segunda versión, una adaptación, de un texto castellano previo, hoy perdido. Este interpretación se basaba, precisamente, en las alusiones geográficas que hemos mencionado, y en la utilización, en la obra, del sistema monetario castellano. Resulta poco probable que Timoneda adapte un texto foráneo para el público valenciano y deje sin modificar estos aspectos tan nimios; sobre todo cuando el texto está en prosa y la transformación de escudos y coronas en sueldos y libras no afectaría a la rima. Por otra parte, pensar que pueda tratarse de un defecto motivado por error o ignorancia, es inconsecuente; Timoneda era comerciante y sabía bastante de los pesos, medidas y sistemas monetarios de los distintos reinos españoles, como lo demostró en su Timón de tratantes.
En la presentación del libro a los lectores dice Timoneda: «...quise hazer Comedias en prosa, de tal manera que fuessen breues y representables: y hechas como paresciessen muy bien, assi a los representantes, como a los auditores rogaronme muy encarescidamente que las imprimiesse...».
«El teatro parece ser en él una actividad iniciada en las postrimerías de su vida», opina Arróniz, op. cit., p. 137.
En la Epístola al considerado lector, que Timoneda escribe para justificar su edición de las obras de Lope de Rueda, dice el escritor valenciano: «El trabajo que a mi se me ha puesto de sacar a luz y emprimir las presentes comedias del excelente poeta y gracioso representante Lope de Rueda, no te des a entender que ha sido uno, sino muchos y de harto quilate. El primero fue escribir cada una dellas dos veces y escribiendolas como su autor no pensase imprimirlas, por hallar algunos descuidos, o gracias, por mejor decir, en poder de simples, negras o lacayos reiterados, tuve necesidad de quitar lo que estaba dicho dos veces en alguna dellas y poner otros en su lugar». Esta advertencia ha provocado un sinfín de especulaciones entre los eruditos en orden a dilucidar cuál pudo ser la labor exacta de Timoneda en la edición de los textos de Rueda; véase al respecto la edición de Fernando González Ollé y Vicente Tusón de los Pasos de Lope de Rueda, Madrid, 1981, pp. 18-23.