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Segundo Serrano Poncela y la crónica del desarraigo: «Habitación para hombre solo»

Andrés Cáceres Milnes

Preliminar

La historia de la literatura española del siglo veinte manifiesta de inmediato la influencia que la Guerra Civil ejerció sobre las obras escritas en el período de 1936. Resulta inevitable no tomar en cuenta las causas y consecuencias de la guerra si se incursiona en la producción literaria española en el período contemporáneo. Por ejemplo, la división de España entre tradición y modernidad alcanzó su punto culminante cuando un sector de la población se vio forzada a salir de la tierra natal.

La Guerra Civil originó no solo la fragmentación de la sociedad española, sino también repercutió en la producción intelectual debido a que la mayoría se refugió en el exilio, especialmente los que participaban de la causa republicana. Esta diáspora de los escritores expatriados produjo la llamada literatura del exilio. Los casos de Francisco Ayala, Rafael Alberti, Max Aub, Ramón Sender, Segundo Serrano Poncela, son algunos de ellos. La fuente de inspiración de esta nueva literatura es España, la tierra perdida. Este tipo de narración procura encontrar una solución a lo sucedido mediante la ficcionalización de la realidad.

En este sentido, la búsqueda de una respuesta a la problemática de la España del exilio presenta en este trabajo dos líneas de reflexión: a) la exteriorización de una eterna melancolía por reencontrarse con el lugar de origen; b) la búsqueda de una nueva identidad. Ambos aspectos se presentan a través de la novela Habitación para hombre solo de Segundo Serrano Poncela. Esta novela aborda el problema del destierro desde una perspectiva personal y psicológica donde el recuerdo y la tristeza, la soledad y el desarraigo son sentimientos que estructuran el temple de ánimo del narrador, la interioridad del protagonista y le da el carácter testimonial a la historia narrada.

El destierro

El tema del exilio nace con la historia del hombre. Sus raíces la podemos encontrar en dos hechos: a) la expulsión de Adán y Eva del Paraíso Terrenal; b) la estadía transitoria del hombre en la Tierra, que lo convierte en un exiliado de su verdadero hogar. Este hecho hace necesario definir el término exilio. Los diccionarios hablan de separación forzada de un individuo de su país natal o la expulsión de su hogar. Vale decir, expatriar, extrañar, relegar y desterrar son términos que aluden a un abandono obligado del lugar de origen. En este sentido, el problema de la identidad es lo que el exiliado va a perder. Siente que es un sujeto extranjero, solo está de paso en la tierra que lo acoge, pero su meta es volver a su tierra natal. Desde el momento que es un desterrado, se ha convertido en un hombre ignorado y sin proyecciones. Más aún, vive en dos tiempos a la vez. En el pasado mediante el recuerdo del Paraíso de la infancia y en el presente melancólico y aciago a través de una sensación de pérdida de las raíces. Por esto es que este trabajo propone un concepto de exilio que compatibilice los aspectos físicos, psicológicos y espirituales que caracterizan al ser humano. El exiliado es aquel que está obligado a dejar su país natal. Por lo tanto, es separado violentamente de su ambiente natural en forma temporal. Esto lo obliga a vivir una etapa de readaptación en un lugar diferente. Este exilio no deseado provoca un estado de melancolía y una pérdida de la identidad del sujeto expulsado.

El español es un hombre arraigado a su tierra. Su ubicación geográfica que lo separa del resto de Europa; el sentimiento nacionalista que proviene del Romanticismo donde se valora el Siglo de Oro; el afán de volver sobre sí mismo en una suerte de aislamiento cultural va a originar una segregación espiritual que tiene como resultado el vivir intramuros. Entonces, el salir de España se transforma en un hecho trágico para los republicanos. El dolor y la marginación que caracteriza el exilio español posguerra civil termina con la ilusión de permanecer en el verdadero Hogar y trae como consecuencia un sentimiento de melancolía y abandono.

La soledad del expatriado repercute en su identidad cultural. Partir al exilio significó la pérdida de su propia homogeneidad. Como señaló León Felipe «Español del éxodo de ayer / y español del éxodo de hoy... / Allí no queda nada. / Haz un hoyo en la puerta de tu exilio, / planta un árbol, / riégalo con tus lágrimas / y aguarda»1. En consecuencia, la incertidumbre de los destinos humanos da paso a personajes marginados que son seres aislados, tristes y en permanente tensión con el mundo. Segundo Serrano Poncela no es ajeno a esta situación, pues emigró de España en 1939 a raíz de la Guerra Civil.

Segundo Serrano Poncela2

Los relatos de ficción solo aparecieron después de su salida de España. Por este motivo sus obras no fueron muy conocidas en su verdadero Hogar. Sin embargo, se ha dicho de él que es «uno de los más consumados y certeros narradores de todo el exilio»3. Se advierte en sus obras un esfuerzo por superar los resentimientos de la guerra, debido a su tardía entrada en el campo de la narración. Según Marra-López es un escritor que ha madurado en el exilio. Una madurez de pensamiento que tiene un claro espíritu de superación del partidismo ideológico4.

El mundo narrativo de este escritor se va formando en dramática lucha con la soledad del desarraigo. Esto lo impulsa a la búsqueda retrospectiva del pasado, la evocación del Hogar perdido como la ensoñación del espacio edénico. Junto al dolor del exilio se encuentra el presente que testimonia la expatriación a través de la necesidad de sobrevivir en la melancolía de un mundo en ruina. Por eso, los personajes de Serrano Poncela propenden a una introspección, mezcla de angustia y añoranza, invención y recreación de una España idealizada.

Habitación para hombre solo5 es la historia de un hombre innominado que está condenado a experimentar la transitoriedad de la vida. A través de una existencia determinada por la dimensión del tiempo, se percibe su propia huida. Huir es empezar una vida nueva, pero que en él siempre termina igual, vale decir, como emigrante que no deja huella reconocible.

La estructura externa de la novela se presenta dividida en tres partes. La primera, aparece sin título ni división en capítulos, abarcando 126 páginas de las 176 que la componen. La secuencia de los hechos no tiene un orden cronológico. La segunda, es de menor extensión y lleva por nombre «Numina rerum» que corresponden a tres poemas amorosos: Helena, Marina y The banks of Hudson. Y, la tercera parte, se llama «Paralipómena» y se subdivide en cinco capítulos.

Esta novela se adscribe al tema del exilio republicano de 1939. El protagonista es un exiliado, un desplazado que ha sido afectado por los sucesos de su patria. Lo obligaron «a ser un vagabundo, un desarraigado, un inconforme.» (p. 22), producto de hechos históricos que arrastran a los individuos a tomar posiciones ideológicas. Él había abandonado España «a causa de una aventura bárbara y colectiva; una especie de suicidio general que ahora no entendías. Pero entonces eras joven y el mundo se extendía ante tus ojos como una golosina, una tarta donde se podían meter a gusto los dedos.» (p. 22). El protagonista empieza a verse en su nueva condición de exiliado y en situaciones de marginalidad e incertidumbre debido a la soledad social en que se encuentra. En consecuencia, la guerra como memoria ineludible está presente en el personaje de la novela.

El personaje de «Habitación para hombre solo»: crónica del desarraigo

El protagonista se presenta ante el lector a través de una reflexión sobre su propia existencia. La vida pasada es vista como la triste evocación del hogar perdido. Esta capacidad de autorreflexión posee la técnica narrativa de la segunda persona (en la tercera parte de la novela se encuentra la omnisciencia del narrador). El narrador utiliza un tú, pero con un desdoblamiento reflejo hacia un yo personal. Vale decir, hay alguien a quien se le narrará su propia historia. El personaje desconoce algo, por lo tanto, es inducido a realizar una reflexión sobre su propio ser, situando a nivel de la escritura los hechos más relevantes de su vida con el propósito de darle un nuevo orden.

La narración propende al autoanálisis mediante el flujo de la conciencia. En ella se encuentran pensamientos yuxtapuestos y desordenados, fragmentos desmembrados que se corresponde con la disposición del material narrativo.

La característica del personaje principal es su condición de exiliado español. De él no se entregan mayores detalles, por ejemplo, aparece sin un físico definido, tiene alrededor de 40 años, usa vestimenta pobre y se ignora su nombre. Pero, el estar en una situación en ruina prevalece por sobre el nombre y su descripción exterior. El lector percibe que vive en una habitación para hombre solo, en un barrio pobre de Nueva York y que ha ingresado a Estados Unidos en forma ilegal, después de haber estado en diversos lugares de África y Centroamérica. El motivo del peregrinaje lo distingue.

Sin embargo, la caracterización psicológica del personaje se corresponde con la intención narrativa de Serrano Poncela, es decir, seres «que obran de manera existencial, acosados en un mundo que se derrumba y de ahí la profunda carga de verdad que los hace seres vivos, no creaciones literarias»6. Cada palabra es la resultante de una ansiedad situada entre la melancolía y la pérdida de identidad. Coexisten la añoranza del Hogar perdido y el presente en ruina. Lo que Serrano Poncela narra es la sombra del pasado español: el retorno al lugar de origen (España) desde el encuentro con el lugar extraño. El protagonista vive el hoy en función del ayer como una línea continua de la guerra civil. Testimonio de esperanza y desilusión en una lucha que busca una afirmación de la identidad a partir de la condición de desarraigado.

Desde la primera línea de la novela, se presenta un sujeto con el tiempo detenido porque «cada cierto tiempo te encuentras, de pronto, viviendo a la deriva porque la desgana se presenta súbita, ablanda tu ánimo, te enflaquece y te hunde un poco más, sólo un poco, lo suficiente para que sigas respirando» (p. 18). El tiempo carece de futuro, el pasado es devorador y el presente posee una delgada línea temporal. El tiempo marca su infancia. Primero con los fracasos y luego con la abortada posibilidad de haber sido miembro de una orden eclesiástica. Víctima de los hechos es un hombre que se acostumbra a la derrota. Como dice el narrador, «has cultivado tu natural irritable» (p. 31), «Tú eres una raíz podrida que el viento se lleva.» (p. 35). Todo el relato es un largo peregrinaje en la soledad del exilio. El personaje auto-reflexiona sobre la pérdida de la tierra primigenia en un contrapunto presente-pasado. La fragilidad temporal expresa la transitoriedad de la vida propio de un sujeto escéptico, crítico e idealista metafísico, que vive ilegalmente en un país extranjero. El exilio lo convierte en un hombre ignorado.

Las categorías que definen a este hombre desterrado son la exteriorización de una eterna melancolía evocadora de un pasado primigenio y la búsqueda de la identidad desde la marginalidad social. Esto sucede con los recuerdos. Por eso, estos personajes «escapan hacia el pasado violentos y aulladores; destruyen la compostura y retornan a vivir.» (p. 56). Sujeto bifronte: vive en el presente, pero mirando hacia el pasado. La mirada melancólica hacia el ayer es testimonio de esperanza y desesperación en la búsqueda de un pedazo del Hogar perdido. El plano del recuerdo permite el arraigo por la patria añorada: «Todo el secreto está en no perder la fe. Basta con mantener los ojos cerrados y esperar. Un día llega lo que nos propusimos que llegara.» (p. 23). El presente posee continuos saltos hacia el pasado, lugar donde está la raíz de los acontecimientos.

Por un lado, el sujeto de la narración es un ser situado en el pretérito como dimensión temporal que le permite vivir en su tierra natal; pero, por otro lado, procura olvidar ese pasado porque «ama y odia a la vez estos recuerdos aunque no podría prescindir de ellos. Pero están definitivamente muertos» (p. 149). Vale decir, el protagonista en esta contradicción de amor y odio, padece el mal que afecta a los exiliados: el problema de la pérdida de la identidad. En el largo peregrinaje ha perdido el sentido de la vida. No sabe si aún mantiene la condición de ser español. En consecuencia, hay un desconocimiento de la propia identidad. Por ello, se encuentra en una búsqueda constante. Sin embargo, para recuperar la identidad perdida el narrador plantea dos caminos:

a) El amor y su relación con tres mujeres distintas, todas cumpliendo el mismo objetivo, poder salvar al protagonista de la soledad en que se encuentra. Pero, también ellas limitan la libertad del sujeto. «Todas las mujeres pretenden salvarte» (p. 70); «De pronto habías sentido la necesidad de cambiar de postura y su maternalismo te asustaba como un incesto. -Porque -te dijo- te pareces a los niños y pienso que aún te sobresaltas como ellos.» (p. 68). Entonces, la novela presenta una imagen dual de la mujer: salvación y condenación. Este aspecto se representa en tres mundos distintos. Marina y el mundo primario y elemental, simboliza la primera etapa de la vida del protagonista, es decir, la infancia. Helena y el mundo intelectual y el mundo lírico, representa la etapa de la adolescencia. Y, Myra, el mundo de los marginados en su etapa de adultez y de exilio.

b) La recuperación de sí mismo por medio del relato de su propia historia. Este acto de novelar su vida, como una forma de dar testimonio de su situación personal, le permitirá seguir viviendo. Por lo tanto, se puede señalar que el tema del exilio es un elemento catalizador de la escritura.

El amor como vía de solución a la melancolía y la pérdida de la identidad, se desarrollará en la primera parte de la novela. El protagonista se encuentra en El Caribe en un intento de encontrar el Paraíso Perdido. Se interna en un poblado buscando la tierra primigenia. Allí encontrará la primera mujer, una mestiza llamada Marina, «Tenía una mirada animal, sin domar y muy joven. Los pechos acusaban sus redondas ciruelas debajo de la blusa. Descubriste que no era una blusa sino una camisa. Una camisa de hombre. Una camisa de hombre blanco y pensaste: -Es del portugués.» (p. 32). Es un amor compartido con otro hombre, un tal Gamboa, el dueño de la hacienda. El encuentro con la segunda mujer se realizará en la ciudad de Nueva York, «al regresar al mundo desde las soledades primigenias no ignorabas que entre los hombres agrupados todo se comparte a la larga. Y se comparte casi siempre con la mujer. La mujer tiene una cuna preparada, un hueco, una suave mucosa acogedora en el fondo de la vagina, en el fondo del espíritu, en la palma de la mano.» (p. 48). Ahora la mujer es Helena, una estudiante adolescente que escribía poemas. Ella intenta salvarlo con la frescura y desenfado de la juventud. Sin embargo, él siente que la felicidad se estropea porque ella no está preparada para el encuentro. Helena lo obliga a vivir una etapa de involución porque ella reconstruye su vida con historias de amor y odio, no cree en las guerras ni experiencias tristes y melancólicas. En el fondo, son los recuerdos que pesan en la conciencia del sujeto. Una vez que termina esta relación amorosa, busca una «habitación para hombre solo». Así, conocerá a la tercera mujer -Myra- en el barrio de Christie Street, una prostituta de 30 años, de rostro afilado y expresión fatigada. Un alma vacía que siente hambre de caridad y amor. Con ella compartirá su habitación. Ambos pertenecen a la misma especie de los desamparados. A diferencia de las dos mujeres anteriores con las cuales termina por voluntad y decisión personal, aquí interviene el azar o el destino. Como testigo de un asesinato debe concurrir a declarar. No posee la documentación legal que acredite su estadía en el país y la sentencia es la deportación. Huye a México con Myra. La esperanza de una aurora de paz se tiñe con el engaño de un policía, que al advertir el ingreso ilegal, pretende obtener una ganancia. Ellos al no poder pagar la cantidad de dinero exigido son delatados y puestos en la frontera. Pero, solamente Myra puede regresar a Estados Unidos. El oficial norteamericano dirá «Él no es american citizen» (p. 124). La imagen de la separación forzada cierra la primera parte de la novela.

La escritura como vía de solución del personaje se desarrolla principalmente en la tercera parte de la novela y lleva por nombre «Paralipómena». Este título remite a «Los libros de los Paralipómenos», expresión que se traduce como «lo que se omitió en la antigua traducción»7. Entonces, la última parte de la narración se construye con el relato de trozos de la vida del protagonista que no fueron incluidos en la primera parte o, si lo fueron, aquí se ampliarán, entregándose desde una perspectiva diferente.

Después que ha reflexionado sobre su situación vital y ponerla en el plano de la escritura y del conocimiento, puede tomar cierta distancia de los hechos narrados y hablarnos desde la omnisciencia de la tercera persona. El relato adquiere la forma del fragmento porque se da cuenta de la vida pasada del protagonista en forma de retazos. Hechos que no se contaron en la primer parte de la novela y que aluden a recuerdos del Hogar abandonado hasta el presente en ruina. Desde el presente el narrador intenta escribir la novela como testimonio de su vida y de su vocación literaria: «Se escribe. Se hace por necesidad ya que no por deseo. Quizá para vivir, simplemente; para seguir viviendo de algún modo. Y escribe sobre sí mismo, sobre su vida que enriquecen los otros sin saberlo; arrastrando por una irresistible catarsis aun sabiendo que la historia propia, por pasada, es dolorosamente intraducible.» (p. 145). La inquietud literaria surgió en la adolescencia. Así descubre la poesía y entra en el campo de la lírica. Como todo joven, piensa que la vida le tiene reservado un futuro brillante, pero con el paso del tiempo, descubre que no era más que un sueño. Por eso, desde el presente, intenta escribir el pasado porque «el presente es memoria; nada sucede, todo es recuerdo, filtro, agua por las cañerías de la imaginación.» (p. 143). Sin embargo, en la escritura del recuerdo la palabra muere porque no se puede dar forma literaria a un mundo tan disperso: «imposible enajenar, traspasar aquello a un personaje imaginario, vivir en otro, fuera de sí.» (p. 144).

La melancolía y el prurito de identidad están en la dimensión temporal de la novela. Los primeros recuerdos corresponden a la vida en España, pero desde un nivel espacial que se sitúa en el Caribe, África, Estados Unidos y México, verdaderos escenarios en que transcurren los hechos en el nivel de lo narrado. También hay un paisaje interior. España está arraigada en el corazón del protagonista, la evoca y la siente suya, pero a través de imágenes sueltas. Por ejemplo, el recuerdo vago del rostro de su madre. Por consiguiente, la historia del personaje convertida en escritura intenta recuperar el pasado a través de la memoria. De esta vocación literaria solamente le quedan retazos poéticos de la adolescencia. Este sentimiento lírico se entrega en la segunda parte de la novela, «Numina rerum», donde se da cuenta de la divinidad de la creación poética. Tres poemas dedicados a dos de las mujeres: Marina y Helena.

En síntesis, el intento por parte del protagonista de plantear el problema de la exteriorización de la melancolía y la búsqueda de una identidad perdida a través de un proyecto de reencontrarse a sí mismo mediante la escritura ha fracasado de igual forma que el plan amoroso. Revivir el pasado es una ilusión. El narrador plantea este fracaso en el sentido de que los recuerdos no se comparten ni en el plano literario ni en el plano vivencial. Los recuerdos se viven en soledad y en la incertidumbre del destino.

Conclusión

Segundo Serrano Poncela presenta el problema que caracteriza a las novelas del exilio republicano: la historia de un hombre que vive la experiencia del desarraigo a través de la transitoriedad de la vida. Sujeto, que en su condición de emigrante, se encuentra a la deriva e inmerso en un mundo en ruina. La nostalgia y melancolía por el Hogar abandonado -tierra primigenia- se aprecia durante toda la obra.

La peripecia temporal del protagonista origina el eterno peregrinaje, que significa lo siguiente: a) la ausencia de un lugar para vivir; b) fuera de España solamente se sobrevive; c) el reencuentro consigo mismo tiene que ver con el regreso a la tierra natal. Aquí se presenta el encuentro con su propia identidad que ha perdido en su condición de exiliado. Sin embargo, el exilio ha dejado en él un huella indeleble.

Por otra parte, esta novela del exilio expresa el grado de autorreflexión del personaje central, que se caracteriza por haber perdido el vínculo fundamental entre la tierra nativa y el alma. Esto se percibe en los viajes del protagonista. Sujeto peregrino que evoca la pérdida del hogar en un estado de soledad y escepticismo, dos estados del alma que se encuentran enraizadas en la noción de la España peregrina. Vale decir, el tema del viaje sin rumbo, pero con la utopía de retornar a casa.

En esta peregrinación el personaje conoce el amor a través de tres mujeres en un juego de salvación y condenación. Pero, también intenta purificar la melancolía de su alma mediante la escritura. El arte de novelar posee la predisposición del testimonio. La consecuencia es la introspección como una técnica del narrador que permite el juego temporal entre el presente y el pasado. Por eso, el relato presenta una ambivalencia que define la experiencia de la historia personal como una crónica del desarraigo: literatura y vida, es decir, poesía y prosa.

Bibliografía

  • Felipe, León, Español del éxodo y del llanto, Madrid, Editorial Visor, 1981.
  • Marra-López, José Ramón, Narrativa española fuera de España (1939 -1961), Madrid, Ediciones Guadarrama, 1963.
  • Sanz Villanueva, Santos, La narrativa en el exilio. En: El exilio español de 1939, José Luis Abellán ed., vol. IV, Madrid, Taurus, 1976.
  • Serrano Poncela, Segundo, Habitación para hombre solo, Barcelona, Seix Barral, 1963.
  • Ugarte, Michael, Literatura española en el exilio, Madrid, Siglo XXI editores, 1999.