Revista Canadiense de Estudios Hispánicos, vol. 15, núm. 3 (primavera 1991). Introducción
Ignacio Soldevilla-Durante
Université Laval
En la organización de esta sesión hemos querido proponer algunas respuestas y establecer un diálogo en torno a la cuestión de las relaciones entre la narración de Historia y la narración de ficción. Darío Villanueva, en su ponencia, nos plantea el problema abarcándolo en sus más amplias perspectivas, que van desde los orígenes discutidos del género novelesco hasta las más recientes teorías sobre éste para culminar, desde presupuestos pragmáticos y fenomenológicos, en una luminosa propuesta sobre las relaciones entre ambas narrativas.
Tres monografías seguirán a esta primera, en las que, uno tras otro, tomando texto, más que pretexto, en tres variedades narrativas muy distintas tanto por su distancia en el tiempo histórico -las Crónicas de Indias, la novela histórica romántica, los cuentos de Cortázar- ilustrarán, con rara unanimidad, lo que Darío Villanueva viene a decirnos en su proposición: que las marcas distintivas que nos permiten discriminar entre relato de ficción y relato histórico no son de nivel textual, sino que se encontrarán, sobre todo, en el acto de recepción de los textos por sus lectores. Nos satisface pensar que se confirman así las intuiciones que nuestro grupo de investigación sobre la narrativa fantástica desarrolló aquí en Laval, hace ya más de una década. Precisamente el ejemplo del Lazarillo, que en fecha muy reciente ha calificado Francisco Rico de apócrifo más que de anónimo, en la intención de su redactor, y que cita Villanueva en su ponencia, me servía a mí en 1976, en nuestro seminario sobre teoría de la novela, para ejemplificar nuestro rechazo de las tesis de Martínez Bonati, afirmando que si, por un feliz hallazgo de archivo, se descubriese hoy que Lázaro de Tormes no era un ente de ficción, sino una persona real, el libro que hoy se considera por algunos como la protonovela realista sería, en su origen, un texto histórico, un auténtico memorial de descargo, y ni siquiera esa parodia del documento inquisitorial que nos había propuesto sagazmente Antonio Gómez Moriana. Que el texto en cuestión haya sido recibido desde que se hace Historia con los avatares de la Literatura, como «protonovela» o «prenovela» y no como «memorial» o como «apócrifo», indica, como viene a decirnos Villanueva, que la carrera de los textos depende primariamente de cómo se los recibe colectivamente y no de cómo los concibió su emisor.
Como colofón de las anteriores aportaciones, tenemos el privilegio de acoger las páginas de un admirable novelista español contemporáneo, Luis Goytisolo, cuya presencia entre nosotros nos alegra particularmente. Va a darnos fe de un hecho incontrovertible en la historia del género narrativo que aún ayer estaba en el centro de los intereses de lectores y detentaba el cetro de la literatura. El hecho, (que algunos observadores venimos detectando en los últimos años) es, en otras palabras, que la novela, como especie histórica (es decir, que tuvo un principio y, por consiguiente, está llamada a tener un fin), se ha unido ya a sus predecesoras que detentaron el cetro de la Literatura, (es decir, la poesía lírica y el teatro dramático), en la zona de los géneros minoritarios y «pasados». Cede así el paso, como los otros antes, a los géneros que utilizan, como soporte de creación y como vehículo de difusión, lo audiovisual. Que nos lo afirme, no un estudioso u observador de la historia literaria, sino uno de los más prestigiados y exitosos novelistas españoles de la generación del 50, confirma lo bien fundado de aquellas observaciones. Las de Goytisolo están hechas desde la perspectiva propia del creador a la vez desengañado del alcance de la recepción de sus textos y consciente de su valor como fragmentos supremos del «canto del cisne» de la novela. Esta es la mejor prueba de la veracidad de un diagnóstico que (en nuestra opinión, por razones no pertinentes, y, por consiguiente, de modo intuitivo) había anunciado antes de tiempo José Ortega y Gasset en sus Ideas sobre la novela.
Pero si ésta, género de su tiempo (o de su «galaxia», por seguir la metáfora propuesta por McLuhan), ha pasado a la Historia, no así su protogénero, la narración, que prosigue fructuosamente su carrera, larga como la historia de nuestra especie, en sus cinematográficas especies de la película y el video1. El término que servía para identificar sus anteriores avatares históricos deja de servir para designar estas nuevas especies, y, por un fenómeno característico de la historia del léxico, la sensación de no-continuidad entre relato novelesco y relato cinematográfico que domina la conciencia colectiva de estos cambios culturales, (nacida de la coexistencia de ambas especies) queda apuntalada con esta solución de continuidad en las relaciones entre las formas y los contenidos léxicos. ¿Quién, sino los historiadores del léxico, recuerdan hoy que los términos novela, «novel», «romanzo», «román», nacieron como simples adjetivos para determinar una especie nueva del género designado por el nombre de «historia»? Si Hegel hubiera estado más atento a las marcas y rastros que la historia cultural deja en la historia del léxico, su teoría sobre los orígenes de la novela como desprendimiento o secuela de la epopeya no se habría desarrollado nunca. La vía por la que transitan las mitificaciones y glorificaciones del pasado remoto y colectivo es una, y aquella por la que se documenta, racionaliza o se hace verosímil, otra, aunque sería ingenuo olvidar que en las posadas de todos los tiempos se sirven al apetente lector tanto gatos por liebres y liebres por gatos como estofados en que, en varia proporción, se guisan y mezclan sabrosamente unos con otros.