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(Publicado en Cuadernos Hispanoamericanos, Madrid, núm. 229, 1969, pp. 64-77).

 

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Rafael Altamira y Crevea nació en Alicante el 10 de febrero de 1866. Se licenció en Derecho Civil y Canónico por la Universidad de Valencia en 1886. Pasó después a Madrid, donde se doctoró e hizo amistad con F. Giner de los Ríos. Obtuvo por oposición el puesto de secretario del Museo Pedagógico (Madrid), y en 1897, también por oposición, la cátedra de «Historia del Derecho español» en la Universidad de Oviedo. Era el momento áureo de ésta, y Altamira, compañero en su claustro de Leopoldo Alas, Buylla, Canella, Posada, Sela, Aramburu, ayudó eficazmente a tal esplendor («¡qué Universidad -microscópica, sí, señor, pero Universidad- están ustedes haciendo poco a poco!», exclamaba Giner en carta a Alas). Fue precisamente el discurso leído por Altamira en la apertura del año académico 1898-1899, acerca de la misión que incumbía a la Universidad en las graves horas que por entonces atravesaba España, lo que motivó la obra de Extensión Universitaria, tan ejemplarmente cumplida por la escuela ovetense, con la ayuda de otras entidades y personas, a lo largo de varios cursos; era necesario salir, comunicarse y -pensaba Rafael Altamira- «¡cuánto prestigio no ganaría con esto la Universidad, mezclada directamente a lo más positivo de la vida social moderna, en vez de encastillarse en su recinto académico, que la indiferencia de los demás, causada por la incomunicación, aísla cada día más y con mayor daño para todos! La extensión universitaria no sólo destruiría esa indiferencia, sino que propagaría rápidamente el amor al estudio, mostrando prácticamente su utilidad ligada a los más esenciales intereses de la vida y contribuyendo a desvanecer muchos prejuicios, muchas leyendas y supersticiones del vulgo, ora contrarios, ora idolátricos y torcidos, respecto de la ciencia moderna».

En 1911, luego de un triunfal viaje a Hispanoamérica enviado por su Universidad, Altamira fue nombrado Director General de Primera Enseñanza, y en junio de 1914 ocupaba la cátedra de «Historia de las instituciones políticas y civiles de América», en la Universidad de Madrid, al tiempo que dirigía en el Centro de Estudios Históricos un seminario de «Historia de América y contemporánea de España». En 1921 fue designado juez permanente en el Tribunal de Justicia Internacional de La Haya, y, posteriormente, reelegido, Murió en Méjico el 1 de junio de 1951.

En 1936, al jubilarse en la cátedra, Altamira fue objeto de un homenaje plasmado en la Colección de Estudios ofrecidos a R. A., publicada en Madrid. Diez años más tarde vio la luz en Méjico, Ediciones Mediterráneas, el volumen Biografía y Bibliografía de don R. A. y C. En ocasión de su primer centenario -año 1966-, Altamira fue emotivamente recordado en Alicante y por la Universidad de Oviedo; en algunos periódicos y revistas nacionales -(Revista de Occidente, Madrid, núm. 46)- y extranjeras -(Bulletin Hispanique, Bordeaux, tomo LXVII)- se publicaron artículos de homenaje. El estudioso alicantino Vicente Ramos prepara una extensa y documentada biografía de Rafael Altamira, que verá la luz de mano de Ediciones Alfaguara, Madrid.

 

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Desde 1898, y durante varios años, Altamira ofreció en la prestigiosa revista inglesa The Athenoeum noticiosos resúmenes anuales de la marcha de nuestra literatura.

Ya en 1896 había cumplido la misma tarea para el Anuario de la Prensa (Madrid), y su resumen muestra que está al día y que es crítico ponderado. Llama la atención el hecho de que el apartado acerca de «estudios históricos españoles» ocupe más espacio que el de «amena literatura»; en éste se refiere al volumen de «Clarín» Cuentos morales, estimándolo «interesante y rico en ideas y en originalidad». Un último apartado se dedica a revistas, ya que «tienen tal importancia en el movimiento literario moderno [...] que no sería justo pasarlas en silencio».

 

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En la muy nutrida y no poco variada obra completa de Rafael Altamira, su labor de crítico literario quedaría recogida en los volúmenes siguientes: 1) El realismo y la literatura contemporánea; 2) Estudios de crítica literaria y artística (agrupa: De historia y arte, 1898; Psicología y literatura, 1905, y Cosas del día, 1907); 3) Escritores españoles e hispanoamericanos, y 4) Literaturas extranjeras.

 

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En el capítulo II de dicho libro (Madrid, Gredos, 1966), «La crítica del realismo y del naturalismo», se ocupa la autora de: Valera, «Clarín», la Pardo Bazán y Manuel de la Revilla, cuatro figuras máximas a las que añade, dentro de la crítica inmediata, y con mención mucho más modesta, los nombres de: Cañete, Valbuena, Ixart, Emilio Bobadilla y Luis Bonafoux.

 

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La relación literaria y amistosa entre Leopoldo Alas y Rafael Altamira, de la que en el presente artículo ofrezco alguna breve muestra, será estudiada por mí en un trabajo destinado al tomo XVIII (1968) de la revista Archivum (Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Oviedo).

 

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La opinión del futuro «Azorín» en su folleto Literatura, 1896 (págs. 222-225, tomo I de O. C.), contiene reparos y elogios a la tarea crítica desarrollada hasta entonces por Altamira, así leemos: «Aparte de esta inseguridad en las ideas, que el tiempo irá destruyendo, como destruirá cierta rigidez de estilo, puramente pegadiza [...]; aparte de esto, se observa en la labor de A. cultura fresca y extensa, aunque excesivamente modernista; preocupación seria del arte, laboriosidad».

 

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A. González Blanco habla (pág. 66 de su Historia de la novela en España desde el Romanticismo a nuestros días, Madrid, 1909) del «cultísimo A., que a sus aptitudes críticas y a su enorme cantidad de información sobre literatura novísima une sus talentos de científico y su sagacidad de historiador».

 

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Artículo «La literatura española durante la Regencia», 1902, revista Nuestro tiempo, página 158 del volumen Psicología y literatura.

 

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Página 160 del volumen Psicología y literatura.