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Prólogo a «El pensamiento de Echeverría»

Roberto Fernando Giusti





La vida, el pensamiento, la obra y la acción política de Echeverría han suscitado desde la generación romántica que lo consideró guía y maestro, una extensa literatura histórica y crítica, por lo común no meramente informativa o doctrinal sino de carácter pragmático, vinculada a las ideas e ideales de los que esa obra ha sido venero fecundo para varias generaciones argentinas. Este año, el del centenario de la muerte del poeta, esa literatura, bajo las dos formas apologética y crítica, se ha enriquecido con valiosas contribuciones, abonadas algunas de ellas, en el libro, en la conferencia y en el artículo, por la autoridad de nombres ilustres y la notoria competencia. En esta tenaz exégesis el breve ensayo de Tulio Halperín Donghi, que me complazco en ahijar, no representa una repetición de enfoques conocidos, de investigaciones antes realizadas, de conceptos ya elaborados o de dilucidaciones divulgadas. En la vasta bibliografía echeverriana es un aporte nuevo. El autor es un joven publicista -tiene veinticuatro años-, que junta a una seria información jurídica, histórica y literaria, no de mero origen escolar, aunque sellada en nuestra universidad y en las de Roma y Turín, un talento crítico anticipadamente maduro, en el cual tienen su parte la agudeza y el vigor. Él se ha propuesto excavar, sin preconceptos políticos, filosóficos o sentimentales, el pensamiento de Echeverría, para sacar a luz todo cuanto hubo en éste de genuinamente personal en el campo especulativo, así como en la adecuación de ese pensamiento a la realidad social que intentaba redimir. No relata una historia muy conocida ni vuelve a deshilar la trama de las ideas filosóficas y políticas de que está tejida la obra del pensador argentino, tarea poco menos que llevada a término por los investigadores precedentes. No anda por los caminos trillados. Con rigor que nada concede al lugar común, encadenando estrechamente las razones por nexos que sacrifican en ocasiones la elegancia de la elocución a la lógica, desmonta el pensamiento del autor del Dogma Socialista, lo encuadra en las filosofías europeas, a veces diferentes o contrarias en que aquél se inspiró, lo atarea al de su generación, lo contrasta con el de la unitaria, y señala sus debilidades, sus contradicciones íntimas o patentes, sus defectos de estimación y la dispersión de las tendencias en que se encarna. Si juzga innecesario rehacer por menudo la genealogía de las ideas del maestro argentino, pone en cambio el más firme empeño en trazar el itinerario de ese pensamiento, indicando en la carta su errar incierto, sus desviaciones y los escollos con que chocó en la realidad viva, al descender del cielo de las abstracciones.

El crítico no es indulgente con el autor estudiado -cosa nada reprochable en una historiografía como la nuestra que resbala demasiadas veces hacia la hagiografía-; pero su objetividad está a cubierto de la sospecha de que le mueva otro interés ideológico que no sea la indagación de la verdad. La mentalidad dogmática de Echeverría es sometida al ácido de una crítica, no propiamente corrosiva pero sí fijadora de su exacto perfil. Aun las doctrinas carentes de cualquier posibilidad de trascender al plano de la acción, cuando son significativas del rumbo de un pensamiento generosamente inspirado, merecen la atención de la crítica. Tal es la posición del autor de este ensayo, quien empieza por declarar que «la más breve, la más sumaria de las historias del pensamiento argentino sería inconcebible sin el nombre de Echeverría», y se inclina al final ante la misión que el animador de la generación de 1837 hizo suya y dio sentido a su existencia dolorida.