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Plagios y plagios

Manuel Ugarte





A propósito de la nueva obra de Pierre Benoit, Mademoiselle de la Ferté, resurge la vieja querella de los plagios. Un crítico serio, M. Pierre Mille, ha señalado en la novela reminiscencias claras de Atar Gull, de Eugenio Sue, y hasta de Rouge et Noir, de Stendhal.

De más está decir que en ciertos centros se subraya el hallazgo con la animosidad que despiertan los éxitos de librería. Los eruditos sacan a relucir sus conocimientos. Los irónicos evocan anécdotas célebres. Y las voluntades se movilizan una vez más alrededor del tema eterno, que ha hecho correr tanta tinta en todas las épocas de la literatura.

¿Dónde empieza el plagio? ¿Cuál es el límite en que cesa la reminiscencia, la coincidencia, la involuntaria percepción isócrona de los espíritus? ¿Hay que catalogar como plagio el parentesco de los asuntos? ¿Reside, por el contrario, en los procedimientos? ¿Estriba en el carácter de los personajes? ¿En las ideas? ¿En el estilo?

Descartada la copia o la traducción dolosa, puesto de lado el calco servil que debe ser asimilado a un hurto vulgar, queda el problema de saber, dentro del arte honrado, cuáles son las distintivas que caracterizan el plagio y permiten reconocerle.

Por el pronto, asoman dos formas que es fácil clasificar: la coincidencia involuntaria con un autor que no se ha leído, y la inspiración que nace de una lectura.

La primera es accidente fortuito, que hace saltar a los ojos, al mismo tiempo que la similitud, la buena fe del autor, porque el mismo punto de contacto acentúa las líneas diferentes y autónomas del pensamiento y la realización.

La segunda es más nebulosa y reviste modalidades que conviene distinguir.

Hay, en primer término, la inspiración confesada o la rectificación de concepciones al tratar el mismo asunto. Los modernos han rehecho, con fortuna diversa, todo el Teatro antiguo, abordando temas idénticos, a sabiendas de todos y con independencia absoluta. Basta citar la Andrómaca de Eurípides y la Andrómaca de Racine, sacadas ambas de la Iliada; y mencionar el caso de Phèdre, del mismo Racine, reconstruida con materiales propios, hace algunos meses, por D'Annunzio. De lo cual se deduce que la personalidad y el talento de los autores puede sobreponerse a la acción y realizar obras igualmente originales, dentro del mismo argumento consagrado.

En segundo término, vemos surgir la inspiración no confesada. El autor aprovecha siluetas, paisajes, conflictos que halló en obras poco difundidas o ya olvidadas, y hace pasar el empréstito como capital propio, confiado en la indiferencia de la crítica y en fe ingenuidad del lector. Aunque parcial y transitorio, el daño existe, porque no se trata ya de vestir diversamente a los personajes de la fábula o de hacer revivir con inspiración nueva un mito clásico, sino de acelerar o mejorar una labor, intercalando trozos concebidos o ejecutados anteriormente.

La forma más alevosa, porque afirma la falta con el engaño, es la que induce a algunos a las raterías múltiples y disimuladas, que consisten en sacar de una obra los caracteres, de otra el argumento, de otra el ambiente, borrando el origen y despistando con la presentación, como ciertos malhechores confunden y engarzan las piedras preciosas en alhajas diferentes para que sea más difícil reconocerlas. Pero no tarda en caer el estigma sobre estos procedimientos, y con él la sanción moral irremediable.

En el caso que comentamos no hay reconstrucción, ni empréstito parcial, ni saqueo, aunque indudablemente asome cierta ingeniosidad para aprovechar las complicaciones y los efectos dramáticos que en su tiempo hicieron la gloria de Eugenio Sue. La acción, el medio, el estilo, la atmósfera general, son completamente diferentes. Por otra parte, el escritor prestigioso que acaba de formar conjuntamente con Paul Bourget, Gerard d'Hourville y Henry Duvernois el Roman des Quatre, tiene una capacidad creadora que le pone a cubierto de toda sospecha.

La algarada sólo traduce, en realidad, un suplemento de reclamo. Y acaso Benoit mismo la ha preparado en la sombra, porque el autor de L'Atlantide es también un maestro de publicidad. Nadie ha olvidado que hace un año desapareció misteriosamente, mixtificando al público con la quimera de una conspiración en que intervenían torvos e imaginarios personajes de la Rusia soviética. El escándalo actual puede ser una nueva fórmula de llamar la atención sobre la obra que luce su cubierta nueva en los escaparates. Porque dentro de la incredulidad de París, son a menudo los incidentes de menor cuantía los que regulan el termómetro de la celebridad.





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