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Perspectiva petrarquista de «El rayo que no cesa»

José María Balcells

Uno de los enfoques posibles de El rayo que no cesa pudiera consistir en una lectura del poemario desde la perspectiva de la poética del petrarquismo, una poética que se utiliza muy ocasionalmente como metodología para la interpretación de poetas contemporáneos. En raras ocasiones, en efecto, se ha empleado dicho método de acercamiento a escritores del siglo XX, hasta el punto de que solo recordamos dos estudios ad hoc, el de Andrew A. Anderson sobre García Lorca y el de Rober Havard sobre Pedro Salinas1. En cambio, las alusiones de pasada a la gravitación de Petrarca y de la tradición petrarquista en la poesía de nuestro tiempo no resultan tan ocasionales. Existe, así pues, un contraste entre las referencias frecuentes a elementos petrarquianos en los poetas de las distintas promociones del siglo actual, y la escasísima dedicación a sistematizar este petrarchism en autores que permiten que se abunde en esta veta.

Como entendemos que Miguel Hernández es uno de los líricos en los que caben especulaciones acerca de sus posibles vínculos con Petrarca, dedicamos estas notas al tema. Con todo, antes daremos cuenta de las alusiones que, al respecto, ha propiciado la poesía hernandiana, no sin adelantar que son escasísimas y a veces poco relevantes. Esta parquedad y falta de relieve no implican que los investigadores minusvaloren el petrarquismo hernandiano, sino que sin duda lo dan por supuesto en el seno de la impronta de Garcilaso, Lope de Vega, Quevedo, y otros líricos renacentistas y barrocos, en El rayo que no cesa. No hacer hincapié en las reverberaciones de Petrarca en este poemario no contradeciría, por tanto, el petrarchism del mismo. Y acaso no se insiste en el particular precisamente por considerarlo obvio. En síntesis, anotamos que el petrarquismo de Miguel Hernández ha sido invocado a propósito de diversos aspectos formales y de contenido, pero siempre en puntos muy concretos y sin una perspectiva global. Pero repasemos ya cuanto se ha advertido en torno a la cuestión que nos ocupa.

Resonancias formales

La estructura de los sonetos de El rayo que no cesa cabe remitirla a la configuración técnica de Petrarca. Así lo indicaba Rafael Azúar, agregando que, pese a su quevedismo sustancial, Hernández acentuó el sello petrarquista de tales poemas: «Si la estructura de los sonetos de Miguel es petrarquista, en Quevedo es dantesca, es decir, prefiere la rima alternada cd cd cd. Por lo tanto, de Quevedo asimiló más bien la reciedumbre espiritual, su exasperación por la verdad, su dolor seco español, pero no -desde luego- la arquitectura del soneto»2. Manuel Ruiz-Funes Fernández no se hizo eco de la tradición petrarquesca en sus notas en torno a El rayo que no cesa. Sin embargo, menciona a Petrarca para recordar que la simetría del endecasílabo hernandiano se inspiraba mayormente en Góngora, quien hubo de tener presente este proceder constructivo en el lírico del XIV3.

Al estudiar El rayo que no cesa, Dario Puccini señaló que la tradición de Petrarca no se evidencia de modo tan ostensible en la versión final de la obra como en la fase conocida como El silbo vulnerado, en la que hay reminiscencias petrarquianas mediatizadas por poetas como Lope de Vega: «Un eco del Lope petrarquista, por ejemplo el Lope del soneto "Desmayarse, atreverse, estar furioso", se advierte en el comienzo y en la estructura del soneto hernandiano "Gozar y no morirse de contento"»4. Siguiendo el conocido trabajo de Bousoño sobre las correlaciones, Cano Ballesta mencionaba a Petrarca como el poeta que impulsó la generalización del procedimiento en las letras occidentales, y por ende en las de la Edad de Oro española. Dado que el uso de la correlación en nuestra literatura moderna y contemporánea tiene no poco que ver con el ejemplo de su utilización en los grandes poetas españoles de los siglos XVI y XVII, se deduce que las estructuras correlativas hernandianas remiten al parámetro petrarquiano, asumido desde la lectura de los clásicos españoles áureos5.

Por mi parte, puse en relación indirecta a Petrarca y a Hernández al subrayar la presencia de Quevedo en El rayo, una presencia que remite al código amatorio de los provenzales, pero singularmente a través del petrarquismo. También aduje el origen quevediano -«relámpagos de risa carmesíes»- de las metáforas de Hernández «relámpagos de fuego sanguinario» y «besos que la constelan de relámpagos». La primera aparece en el soneto «A Raúl González Tuñón» y la segunda en «Hijo de la luz y de la sombra»6. Se trata de dos muestras de una reelaboración metafórica que arranca de Dante y que, con precedencia a Quevedo, fue elaborada por Petrarca y Poliziano7. Y resonancias del tópico petrarquista lampo di risa fueron apuntadas, asimismo, por José Carlos Rovira en distintos contextos léxicos de Miguel Hernández8.

Ecos en los contenidos

Se preguntaba Antonio Gracia, en un interesantísimo artículo, si El rayo que no cesa no habría de ser ubicado en la serie literaria que pudiera denominarse la «voz a ti debida», serie, en la que se inscribe la poética de Petrarca con relación a Laura, la de Garcilaso dedicada a Isabel Freyre, y las composiciones de Quevedo a Lisi. Y más adelante, pero en esta línea de vincular El rayo que no cesa al petrarquismo, apuntaba que «Un carnívoro cuchillo», texto con el que se abre el poemario de Hernández, admite el parangón con el poema-prólogo de los petrarquistas, ya que anuncia un contenido esencial del libro: «"Un carnívoro cuchillo", escrito probablemente como consciente prólogo a su libro, contiene ese concepto del amor como servicio para escribir y eternizar: "... el dolor / me hará a mi pesar eterno. [...] Algún día / se pondrá el tiempo amarillo / sobre mi fotografía". Y bajo esa conciencia literaria de que es preciso sufrir-amar para escribir se asume el trovadorismo petrarquizante en el que se bruñe el hernandismo»9. Finalmente, procede añadir que Puccini señalaba que en la «pena» que aflora en el conjunto El rayo que no cesa, pese a ser indicio de «raíces profundas y sufridas, aún se advierte algo mediato y literario; algo que viene de la tradición petrarquesca antes que de la experiencia vivida»10. El ascendiente petrarquiano sería, en otras palabras, más decisivo que la dimensión personal en aquel tema tan insistente y característico.

A la luz de cuanto antecede, nos percatamos de que, a la hora de relacionar a Hernández con Petrarca, se han aducido más resonancias técnicas y estilísticas que de contenido. Y nos percatamos también de que no se han realizado intentos de enfoque de El rayo que no cesa desde un ángulo petrarquista, si exceptuamos las dos observaciones de Antonio Gracia en este sentido, observaciones que son pioneras en una línea investigadora no transitada todavía.

¿Atisbos de Canzoniere?

El problema de la incidencia del petrarquismo en El rayo que no cesa requiere un espacio más extenso que el de un artículo, y en consecuencia no es factible desarrollarlo aquí. No obstante, sí indicaré determinadas pautas que, seguramente, habrán de tenerse en cuenta cuando se aborde el tema con más demora. Y un criterio cardinal será entonces preguntarse hasta qué punto permite El rayo ser considerado en alguna medida como un cancionero petrarquista, naturalmente con funciones y polisemias muy diferenciadas dentro de aquella poética secular. Para responder a tal demanda, indudablemente convendrá no entretenerse en rastreos concretos de textos de Petrarca, sino que atendamos a rasgos del petrarchism de más enjundia, entre ellos los que se citan a continuación.

Es indudable que El rayo que no cesa gira en torno a un eje amoroso, y no resulta improcedente asegurar que este eje acepta una lectura biográfica semejante a la de los cancioneros concebidos a la manera petrarquiana. Tampoco me parece inapropiado decir que en este poemario aflora una unidad de significado que se produciría entre el poema inicial y el último. A mi entender, no invalida la hipótesis del diseño petrarquizante el que El rayo no principie con un soneto-prólogo, sino con una composición en redondillas de rima alterna, porque este texto, como sostuvo Antonio Gracia, ejerce función prologal. Lo que añado es que este proemio tal vez configure, con el poema 30, es decir con el titulado «Soneto final», un arco de sesgo petrarquista en el que se teje un discurso amoroso enhebrado a través de una significación de conjunto. Ahora no contrastaré el tipo de ejemplaridad de Petrarca con el de Hernández. Queda, pues, para otra ocasión discurrir acerca de la clase de tensiones internas que vertebran El rayo que no cesa.

Y excúsenme por no glosar tampoco las variaciones hernandianas en torno al amor irrealizado, variaciones a las que sería de aplicación el calificado, con todas las salvedades y cautelas que deban concederse, de rerum vulgarium fragmenta, y cuya dispositio en el libro podría traer a nuestra memoria la alternancia de sonetos y canciones, ciertamente menos inflexible, que se combina en los cancioneros petrarquistas. Y puestos a traer a colación cómo se construyó el Canzoniere, no se olvide que Hernández también efectúa una consciente selección del corpus amoroso que integraría El rayo, en el que se unifican circunstancias temporales distintas y distantes.

El recuento de similitudes podría proseguir, porque el tema ofrece muchas posibilidades. Pero finalizaré con la evidencia de que Laura no protagoniza el Canzoniere, y Josefina probablemente no encarne el centro de El rayo que no cesa. En ambos discursos, en ambas historias, la medieval y la contemporánea, el poeta se averigua a sí mismo a través de un lenguaje amoroso dedicado a la amada. Y es palmario que la cuestión de la mujer amada en El rayo es un tanto compleja, exige más páginas, y por ende recuperaré el hilo en tiempo oportuno.