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ArribaAbajo- XV -

La educación que me daban los estudiantes mis paisanos era, como se habrá visto por alguna muestra ya exhibida, muy diferente de la que recibía del extremeño.

La cátedra de café, en el de La Esmeralda, era diaria, y desde que acabábamos de comer hasta la hora de ir a otra parte, o hasta que se disolvía la tertulia por cansancio. La asistencia al café era entonces, y creo que continué y continúa siéndolo, una verdadera necesidad para la gente madrileña: no he visto pueblo más aficionado a cocerse en el baño de María; que no otra cosa es un salón de aquéllos, donde el aire se corta, por lo espeso, el calor asfixia, y el rumor de voces y cuchareteos y el bullir de entrantes y salientes aturden y marean.

Por lo común, no se habla en los cafés, sino que se disputa, o, por lo menos, se grita, pues de otro modo no podrían entenderse los interlocutores. Sin duda por esto no se trata allí cuestión que valga dos cominos, y se echa la lengua sobre nimiedades que se presten a la zumba, o sobre temas que, por su propia naturaleza, traigan aparejada la pasión con todas sus legítimas intolerancias y voceríos. Hay quien da como causa de esto la calidad de los asistentes a esos concursos: estudiantes, artistas, empleados de poco sueldo, jubilados y cesantes, haraganes empedernidos, gentes, en fin, alejadas, por hábito y por necesidad, de los estudios serios y de los negocios graves.

Sea lo que fuere, es lo cierto que hay hombres para quienes esas tertulias son la primera necesidad de la vida, por la taza de café, por las luces, por la bulla, por la concurrencia, por el periódico, por el olor de la atmósfera avinagrada y pegajosa, por el piloncito, o caramelo, o terrón sobrante, según el uso, por cada una de estas cosas y por todas ellas juntas. De estos hombres era un tal Agamenón, que se arrimaba algunas noches a nuestra mesa. Era grandote y áspero, áspero de todo: de voz, de genio, de pelos, de cutis, de palabras y de meollo. Había sido teniente de movilizados, contaría a la sazón medio siglo, era manchego y solterón, y llevaba veinte años en Madrid comiéndose descansadamente el escaso producto de unos censos o cargas de justicia, o no sé qué. Con un periódico en la mano y otro debajo de las posaderas «para después», la taza de café y la copa de ron delante, tan pronto sorbía, como leía, como estornudaba, como metía cucharada en la conversación, o la manaza libre en el platillo de acá o de allá, donde hubiera terrones de azúcar sobrantes. «Hágame»... decía en tales casos, y cuando ya tenía la zarpa en la presa, y lo mismo decía después de quitarnos el cigarro de la boca para encender el suyo, o el vaso de agua, de la bandeja correspondiente, o de tumbar con los hombros al más descuidado de los colaterales, mientras arrastraba la banqueta hacia aquel lado para hacerse más ancho lugar. «Hágame» era, pues, una abreviación de «hágame usted el obsequio», y tanto la repetía, que le pusieron Agamenón.

Pues este Agamenón, amante bestial de Madrid, pero de Madrid por fuerza, es decir, de sus casas, de sus calles, de sus plazuelas y letrinas y mercados, en suma, de cuanto se ve, se palpa y se huele andando todo el santo día de Dios a pata y a la intemperie, como andaba él, tenía la singularísima gracia de creer y afirmar que la culpa de que no fuera Madrid la primera maravilla del universo, pues del mundo sublunar ya lo era en su opinión, la tenía «las infames provincias que la esquilmaban sin caridad con subvenciones para esto y sueldos para lo de más allá, carreteras por aquí y puertos por el otro lado». Es texto suyo, que le oí soltar muchas veces. Para aquel hombre singular, el dinero del Erario era del manantial de Madrid. Si, por ejemplo, se secaba un árbol de los pocos y malos que había y tenía él muy contados, exclamaba al relatar el suceso:

-Yo lo creo, ¡barraganes! En cambio, vaya usted por esas infames provincias, y verá bosques enteros de árboles como navíos... Para ésas nunca falta dinero en el Tesoro de Madrid... Ya les daría yo... ¡barraganes!

Cuando nuestra tertulia se deshacía, o cualquiera de las varias a que él se arrimaba, porque se arrimaba a muchas, íbase con los suyos, que eran cuatro o cinco originales por el estilo, que se acomodaban en la mesa más cercana al mostrador. ¡Barraganes, y qué peloteras se armaban allí en cuanto Agamenón llegaba!

Como mis amigos le tenían bien estudiado, sacaban gran partido de él buscándole las cosquillas, que bien a la vista estaban.

Uno de ellos le dijo, la primera vez que yo lo tuve delante:

-Presento a usted este caballero que acaba de llegar de provincias.

-Ya se le conoce -respondió el hombrazo, mirándome con mal gesto, y añadió-: Vendrá a lo que todos los de esa banda: ¡a medrar aquí a nuestra costa!

Cargáronme soberanamente la grosería, la voz, la cara, el gesto; el hombre, en fin, de pies a cabeza; tomé la cosa por lo serio, y le solté tal andanada, y tan de corazón, que yo mismo, que no recordaba haberme enfadado jamás, me asombré de lo mucho que se me ocurría y de lo elocuente que estuve. Aplaudiéronme los estudiantes con el piadoso fin de echar más leña al fuego en que se quemaba el otro, y lo lograron, porque Agamenón se puso hecho un jabalí, y solamente se le bajaron las cerdas y escondió los colmillos cuando me vio dispuesto a pegarle un botellazo, si él por su parte trataba de acudir a razones de parecido calibre. Después revolvió la banqueta sin levantarse de ella, tumbando con las patas otras dos desocupadas; y se fue gruñendo, con un periódico en cada mano y el bastón debajo del brazo.

Explicáronme entonces mis amigos lo que era aquel animal que parecía un hombre, y me pesó lo que había hecho; pero Matica, que estaba presente, aprobó en serio mi conducta y me saludó en broma como al Cicerón abrumador de aquel estúpido Catilina. ¡Y vaya si me dio cierta consideración entre las mesas circunvecinas aquel lance! y aun cierta soltura y como un poquillo de afición a la frase oratoria, para las sucesivas, pero amistosas controversias, en que tomaba yo parte muy activa con mis compañeros y paisanos. a estos lances se refería Matica, sin duda alguna, cuando ponderaba mis «pompas de jabón».

En cuanto al hombrazo aquél, volvió a la noche siguiente a nuestra mesa, tan fresco como si nada hubiera pasado entre nosotros, de lo que me alegré mucho, porque, sabiendo lo que era, me divertían sus originalidades.

Uno de mis amigos (el de la montera asturiana) tenía una novia. Comenzaron por hacerse gestos detrás de las vidrieras, siguieron las cartitas por debajo de la puerta, y concluyó la novia por franquear las suyas a mi amigo. Encarecíame éste los ratos que pasaba adentro, y yo no lo ponía en duda. Según él, todo era allí patriarcal y amoroso como una égloga de Garcilaso, todo sencillez, todo familia, en el sentido más dulce de la palabra. La novia, Trinis, era un ángel intus et foris; su hermana mayor, Luz, un tipo de vestal romana, con las virtudes y el arreglo de una monja paulista; la madre, una santita de Dios, y su padre, un patriarca bíblico. Además, solían bajar algunas noches las del cuarto piso y subir las del segundo; y como había un pianejo regular en la sala, se bailaba los domingos, y en las noches de entre semana cantaba Luz tres melodías a cual mejor; en fin, que se pasaba allí muy bien el tiempo. Mi amigo se había tomado la libertad de anunciar mi presentación en aquella casa, a título de mayorazgo rico y soltero, que había ido a Madrid a ver el mundo, y ellas, que me conocían ya por haberme visto en la calle con él, esperaban mi visita con vivísimos deseos. De manera que con este solo motivo (sigue discurriendo mi amigo) yo no podía, decentemente, dejar de entrar en la casa. Además me convenía, para ver y aprender un poco de todo, e irme instruyendo y soltando en los usos y procedimientos del trato social. Las reuniones eran de entera confianza; podía ir con lo puesto, sin gastar un ochavo: a lo sumo, un par de guantes de medio color, no por la casa precisamente, sino por mi propio lustre.

¡Grandísimo tuno! Lo que en mí iba buscando era un cirineo que cargara en la tertulia con la cruz de toda la familia, para dedicarse él, con mayor fruto y sosiego, a la empresa que le llevaba allí. Pero me dejé presentar de buena gana, porque también yo pensaba que me convenía saber de todo, si estaba a mis alcances.

Si las hubiera habido en la casa, me hubieran recibido con volteo de campanas; y lo afirmo porque, a faltas de ese agasajo, me hicieron cuantos podían hacerme aquellas excelentes personas. «¡Tenemos tantísimo gusto!... ¡Pase usted!... ¡Más adentro!... ¡Aquí, en la butaca!... ¡No, en el sofá!... ¡Deje usted el sombrero!... ¡Trae esa luz al velador, Trinis!... digo, si no ofende a la vista... ¡La pantalla verde!... ¿Por qué se ha quitado usted el abrigo?...» Y yo, a todo esto, cabezada va y encorvadura viene, apretón de manos aquí, cumplido allá, sin saber a quién, porque toda la familia me rodeaba y se movía y hablaba a un tiempo; y en el sitio en que empezaba una de las hijas, concluía su papá: parecía que estábamos jugando a las cuatro esquinas.

Al fin se calmó aquello y nos sentamos todos: Trinis junto a mi amigo, en el rincón de la derecha; Luz a mi izquierda; su mamá al otro lado, y junto a ésta; en una butaca su papá. Y empezó la sesión con todas las majaderías y vulgaridades de costumbre, sobre si me gustaba Madrid, y cuánto tiempo hacía que había llegado; si le veía por primera vez; si echaba de menos a mi país; si tenía buenas noticias de mi casa...

El señor de la en que me hallaba (y comienzo por él por tenerlo enfrente), don Magín de los Trucos, era bajito y regordete, y muy corto de vista, de brazos y de cuello; tenía peluca y unos asomos de patilla rala y entrecana, recortada a la altura de los oídos. De allí para abajo, todo era moflete limpio.

-¡Conque de las Montañas de Santander! -exclamó con voz algo atiplada, enfilándome los anteojos y restregándose las manezuelas.

-Para lo que ustedes me manden -respondí yo, muy fino, golpeándome suavemente la boca con el puño del bastón.

Por cierto -añadió don Magín cambiando de postura en la butaca y buscando con la voz los puntos más graves que podía alcanzar-, que la última vez que yo hablé de ese país, fue ocho años hace con mi pobre amigo Trigales, con motivo de necesitar éste una nodriza para su sobrina. ¡Qué coincidencias tan extrañas se ven en la vida! Tal como hoy hablamos de la Montaña, y quince días después se moría mi amigo de una pulmonía. ¡Vea usted qué casualidad!

No la veía yo tal; pero asentí a la exclamación con otra parecida; y saltó la señora de don Magín, y dijo:

-El año pasado me regalaron unas amigas mantequilla de las Montañas de Santander. ¡Qué rica era con el chocolate! Abundará mucho allí, ¿no es verdad?

Volvíme para responder a esta señora, y entonces reparé en que era el vivo retrato físico de su marido; y más que su mujer, parecía su hermana mayor, porque representaba más años que él, y aun era más barriguda y fuerte de voz, y quizá de barba.

-Es lástima -continuó-, que esa tierra no sea más conocida, porque me han dicho que es muy pintoresca, y está toda llena de pasiegas... y de peñascos espantosos.

Advierto que por entonces, «todo Madrid», incluso los literatos, tenían de la Montaña la misma idea que la señora de don Magín de los Trucos; el cual, sin darme tiempo para responder a lo expuesto por doña Arcángeles (que así se llamaba su mujer), díjome:

-Y de política, ¿qué tal se anda por allá? Mal, supongo yo; porque ustedes, atentos a sus rebaños, a sus boronas y a sus besugos... Hombre, ¡qué casualidad!, el mismo día que comí yo besugo la última vez, ahora por Navidad va a hacer un año, me tocaron cuarenta y dos reales a la lotería primitiva. Mire usted que es raro, ¿verdad? Pues como decía, aquí, en cambio, hallará usted los ánimos hechos una pólvora con eso de las economías de Bravo Murillo: unos, porque si no sabe lo que se trae entre manos; otros, porque si lo sabe con exceso, y que zurra y que dale... ¡y vea usted qué casualidad más rara!, el mismo día en que fue nombrado Bravo Murillo presidente del Consejo, cumplí yo sesenta y dos años y perdí la última muela que me quedaba en la boca... Por lo demás, caballero, aquí hallará usted una pobreza, si se quiere; pero confianza y buen deseo, como sabe muy bien su amigo de usted desde que nos honra con su presencia. Luego vendrán las chicas de la vecindad; y con éstas, que son también animadas de por sí... en fin, se pasa tal cual el rato.

Uno bien largo duró todavía este sabroso tiroteo del apreciable matrimonio, sin dejarme meter baza, siquiera con unos cuantos monosílabos de cortesía, mientras Trinis y su novio no daban paz a la lengua (muy bajito), ni a los ojos, y jurara que ni a las rodillas, y Luz se entretenía a mi lado jugueteando con los colgantes del cinturón de su vestido.

Al fin se marchó con mi venia don Magín, pretextando ocupaciones urgentes en su despacho, y poco después, con parecida excusa, su dignísima señora. Quedéme solo con Luz. Solo digo, porque Trinis y el estudiante se conceptuaban a solas también. Miróme Luz entonces, como diciéndome: «a ti te toca empezar», y respondí yo con otra mirada, sin ocurrírseme cosa mejor que decirle,

No era tan «vestal» como me había pintado mi amigo; pero sí resto muy agradable de algo parecido a ello. Estaba un tanto marchita y como trabajada por largos y malogrados deseos de cambiar de vida; pero aún eran bellos e insinuantes sus ojos, blanca y apretada su dentadura, y esbelto y bien contorneado su talle. En cambio, su hermana rebosaba de juventud y frescura. Era toda una guapa moza, quizá con exceso metida en carnes, por ser de talla menos que regular. Para ángel, como la había llamado su novio, me pareció demasiado maciza. Lo que era, sí, muy pegajosa; y eso bien a la vista estaba.

Como yo no rompía a hablar, lo hizo Luz con las generales de la ley; y en esto estábamos candorosamente entretenidos, cuando comenzaron a llegar los contertulios del cuarto y del segundo: entre todos, diez personas por el estilo de las de la casa, en cuanto a pelaje y flaccidez del atavío; pues en lo que toca a nutrición, si se exceptúa a Luz que no pecaba de rolliza, la familia de don Magín era mucho más lucida que las otras, que se descomponían en cuatro papás (dos matrimonios, se entiende), cuatro señoritas y dos muchachones deslavazados, zanquilargos, orejudos y narigones, de voz bronca y desentonada, y algo cortos de mangas y perneras, como que estaban en el período de muda. Eran estudiantes de San Isidro, con ánimos de ir para boticario el uno, y para ingeniero el otro, y comenzaban entonces a bailar en familia, para irse haciendo a la buena sociedad. En este punto, lo mismo que yo. Entre tanto, habían vuelto también a la sala don Magín y su señora, y me fueron presentando a todos y a cada uno de los recién llegados, a título de «caballero principal de las Montañas de Santander, soltero, que viajaba por recreo».

Y ya la tertulia en pleno, y sin dejar que se sentaran los que aún estaban de pie, comenzó don Magín a dar recias palmadas y grandes voces para imponerse a la algarabía que reinaba allí; y empujando a éste y apercibiendo a aquél y haciendo que se sentara al piano una de las señoritas del segundo.

-¡Ea! -gritó cuanto pudo-. ¡A bailar se va!

Después metió el velador del centro en el gabinete, y fue arrimando a la pared las butacas y cuanto estorbaba en la sala, que no era grande. Cubría su suelo embaldosado una estera de cordelillo, y colgaban de las paredes dos grandes cuadros bordados con felpilla (un Divino Pastor con su borrego, y un Bautismo del Salvador en el Jordán), obras ambas de las niña. cuando iban al colegio; un espejo de trapo, un reloj de centro y dos pastores de cascaritas, cosa muy estimado, entonces en Madrid; un grupo al daguerreotipo, de toda la familia, y un tirador de campanilla, ancha cinta de seda terminada en un anillo de latón dorado; la sillería era de caoba vieja y damasco de lana verde marchito, como la cinta y como el papel de las paredes, en cuyos ángulos había rinconeras con tazas y platillos de porcelana, toreros de barro y otras baratijas.

Rompimos el baile Luz y yo, por todo lo fino, y Trinis y su novio, que parecían el papel y la oblea por lo pegados que iban. Los demás se arreglaron como pudieron. Y así, con ligeros descansos Y trocando las parejas (menos mi amigo, que no soltó la suya un momento) y con dos melodías cantadas por Luz, bastante mal, hasta las once de la noche.

Al despedirme, empeñada ya mi palabra de volver «a menudo», díjome Luz:

-Sé que es usted poeta, y me va usted a hacer un favor.

Asombréme de que tal supiera, y díjome que lo sabía por mi amigo. El tal amigo se había despachado a su gusto.

-Suponiendo que lo fuera -respondí yo-, ¿qué favor puedo hacer a usted con serlo?

-Honrar mi álbum escribiendo algo en él.

¡Su álbum! En aquel tiempo estaba el álbum en todo su auge y en la fuerza de su esplendor. Todo el mundo tenía álbum, y al hombre más inofensivo se lo enviaban a su casa para que «pusiera algo» en él, cuando no se lo metían por los ojos, de sopetón, para que en el acto escribiera «alguna cosa bonita». Sin embargo, como la oferta del álbum era una patente de capacidad, había hombres que se pagaban mucho de esas ofertas y hasta las solicitaban con intrigas. En descargo de mi conciencia, declaro que en aquella ocasión me infló un poco la vanidad la oferta del álbum de Luz a título de poeta, aunque me constaba que me había levantado ese falso testimonio el novio de su hermana. Acepté, pues (no sin remilgos y protestas de fingida modestia), y Luz me entregó el libro, o mejor, el estuche que lo encerraba.

Lleváronme casi en volandas hasta la puerta, donde puede decirse que se despegaron Trinis y mi amigo; y pregunté a éste en cuanto nos vimos en la calle:

-Pero, alma de Dios, ¿adónde piensas llegar (me tuteaba ya con todos mis compañeros de posada) por ese camino?

-¿Por cuál? -preguntó, a su vez, mi amigo.

-Por ese en que te he visto toda la noche con tu novia.

-Pues nos dejamos conducir tan guapamente.

-Ya; pero ¿hasta dónde?

-Hombre... pues todo lo más allá que yo pueda. -Y añadió, arrimándose mucho a mí-: ¡Ay, Pedro Sánchez de mi alma! no me dejes, no me abandones. ¡Si vieras qué beneficio nos has hecho! ¡Sin ti no soy hombre: tengo que atender a todo; estar en todo, especialmente cuando no es noche de tertulia; ser joven atento y fino con los papás, y, al mismo tiempo, apasionado galán de mi novia; y como la familia ya sabe que lo soy, y en tal concepto me abrió las puertas, tendré que hablar de mis honestos fines, y apuntar propósitos para mañana, y deslizar noticias de mi familia y bienes; y esto no puede ser, porque me reiría yo de mí mismo...! Pero estando tú... ¡oh!, tú lo llenas todo: todos te miman, todos te escuchan y casi te adoran; y al amparo tuyo... ya la has visto... ¡Ay, qué noche, Pedro Sánchez!

-¡Cáspita! -exclamé, apartando de un codazo al fogoso novio de Trinis, ¡pues me honras con el oficio que me das!

-¿Por qué no haces tú lo mismo con Luz? -preguntóme, volviendo a arrimarse a mí-. Pues yo contaba con eso, porque ella está deseándolo... ¡Y mira que es guapa...!, y hasta un poco sentimental, como a ti te gustan... ¡Y digo!, al ver ella que un mozo de tu estampa..., porque, sin adularte, la tienes de primera; y que, además, es mayorazgo rico que viaja para ver mundo, y quizá casarse a su placer... Vamos, que será las puras mieles. ¡Te digo que no merecerás perdón si desaprovechar la ganga...! Mira qué pronto se largaron los papás en cuanto te vieron arrimado a ella.

-Pero ¿en qué casa me ha metido? -pregunté con la mayor ingenuidad a mi amigo, al oírle hablar así.

-Pues en una casa muy honrada -me contestó.

-¡Mucho, cuando se consienten y hasta se preparan esas cosas!

-Así y todo. Óyeme. Del tipo de esta familia las hay a centenares en Madrid: viven de una jubilación, de un destinillo, de una renta mezquina..., de cualquier cosa; pero viven, y no deben nada a nadie, y son buenas y hasta devotas. Pero tienen la manía de los novios para «las chicas»; y llega uno de éstos, y se va, y no vuelve; y no escarmientan; y reciben otro, o le buscan, y se larga también, y aun se dan casos de llevarse algo que no tiene vuelta posible; y tampoco escarmientan: a otro enseguida; ¿es un estudiante?, él acabará la carrera; ¿es un desdichado sin empleo?, él mejorará de posición; ¿es un cadete?, él llegará a general. Lo primero es que haya novio; ¡novio a todo trance! Aquí donde me ves, hago el número cuatro de los que ha tenido Trinis a las barbas de sus adorados papás. ¡Sabe Dios el que harás tú en la larga lista de los de Luz, si te decides a requebrarla...!, que sí te decidirás, por la cuenta que nos tiene.

El demonio me lleve si no me entraron ganas de estrellar el álbum que conservaba bajo el brazo, contra los adoquines de la calle, al oír al pícaro estudiante. No me había forjado yo grandes ilusiones con el recibimiento que debí a la familia de don Magín de los Trucos, puesto que sabía que fueron causa principal de él los falsos informes de mi riqueza dados por mi amigo; pero ¡tanto como escribir coplas por lo fino a una mujer así...!

-Pues tómala como se te presenta, bobo -dijo mi acompañante respondiendo a estos reparos-; y ¡a vivir! Después de todo, ¿qué te importa si no te has de casar con ella? ¡Cuando te digo que te resiente, mucho del país...!

Y era verdad que me chocaban extraordinariamente aquellas costumbres nunca por mí vistas ni soñadas.

Cuando llegamos a casa y me encerré en mi dormitorio, mi primer cuidado fue abrir el estuche para ver el álbum. Tenía tapas forradas de terciopelo azul, con esquineros y el rótulo del centro dorados. Le abrí, y, arrimándome al velón, comencé a hojearle. Me asombré. Estaba lleno de todos los imaginables artificios poéticos. Había acrósticos hacia arriba, hacia abajo, de través, en diagonal, a la derecha y a la izquierda; estrofas en forma de cáliz, de guitarra, de cruz, de pirámide y de reloj de arena; sonetos encerrados en orlas de pichones con guirnaldas en el pico; seguidillas encestadas... ¡qué sé yo!, y el nombre de Luz en cada copla; y Luz cantada por todas partes: por los dientes, por los ojos, por el pelo, por el talle, por la voz y por cuanto a la vista estaba y mucho más. Las firmas eran de Eduardo López, Arturo Díaz, Santos Perales, Alfredo Granzones, y así por el estilo. Yo elegí el cuello por estar casi intacto en el álbum; y en cuanto me hube acostado, «discurrí» materiales para dos décimas, sin que se me quedara perdido en la memoria un solo voquible del catálogo usual y pertinente al caso: tornátil, ebúrneo, alabastrino, mórbido, níveo..., nada se me olvidó. Al día siguiente escribí, a pulso y pareadas, las dos décimas; las separé con una flecha punta arriba, y firmé con mi nombre y apellido completos; que bien podían estar tranquilamente allí donde había tantos que no valían más que ellos, ni sonaban mucho mejor. Encima de todo escribí, en gruesa francesilla, que sabía yo hacer muy bien: Al cuello de Luz; y se lo llevé por la noche.

Ahora querrán saber ustedes en qué paró aquella historia. Pues paró en que, al cabo, «me declaré» (como decíamos entonces) a la hija mayor de don Magín de los Trucos. Pero ¿cómo no hacerlo, si me echaba unos ojos, y se arrimaba tanto, y me respondía de un modo...! Luego, aquellos estúpidos papás, lo mismo era vernos juntos, que nos dejaban solos, enteramente solos; porque la otra pareja, cada día estaba más distraída y apartada.

Y una noche, saliendo, me dijo mi amigo sonriéndose:

-¿Piensas tú volver?

-¿Y tú? -preguntéle yo a mi vez, y también algo risueño.

-Yo no -me respondió.

-Pues yo tampoco.

Y no volvimos más.




ArribaAbajo- XVI -

Dejóme aquella aventura como niño con zapatos nuevos; y tan engolosinado a la sociedad, que aún piqué en otras dos por el estilo, si bien un poco mas serias, en las cuales me presentaron, respectivamente, el mismo estudiante que me llevó a casa de don Magín de los Trucos, y otro, su compañero, y mío también, de posada: por más señas, aquel que se llegó a la mesa disfrazado de caballero grave con frac de botón dorado.

No tomé tan a pecho estas empresas como la otra, quizá porque las circunstancias no me empujaron; pero cobré con ellas algún apego mayor que el que tenía al adorno exterior de mi persona; y pareciéndome que «en sociedad» saltaba demasiado a la vista el corte provinciano del sastre que me había vestido, atrevíme a reformar un poco mi equipaje con prendas de más autorizada tijera; lo cual me obligó a dar un buen pellizco a mi bolsa, sobre los varios que le iba dando.

Como me vio Matica tan metido en estos trotes y con tan buena vocación, díjome un día, lamentándose de que un buen juicio como el mío se diera con tal ansia a placeres de tan mal gusto:

-Bien que una vez... o dos, y por variar y saber de todo, pero a pasto y sin conocer otra cosa... vamos, eso no se compagina bien con sus nobles aficiones de otro género.

-Ya ve usted que persevero en ellas -repliqué en el mismo tono medio de chanza que él empleaba conmigo.

-Sí, pero con intermitencias: sobre todo, mientras duró la campaña de los Trucos... Me lo van a echar a usted a perder, señor Sánchez.

-Pues usted no es un santo, señor Mata, ni los que me han enseñado esos caminos.

-Cierto, pero esos amigos y yo podemos andar por ellos, porque llevamos armas que le faltan a usted, y no se ofenda, recién llegado de la patriarcal inocencia de su lugar. Yo no quiero hacer de usted un santo: ¡tomáralo para mí!, pero deseo que, ya que el diablo le lleve, sea con su cuenta y razón, es decir, que no me pesa verle tan ágil y bien dispuesto para el mundo, sino que no sepa sacar partido de él, ya que el mundo le tira y le seduce... Vamos a ver, ¿cómo andamos de ropero?

-Pues... tal cual -respondí a tientas, ignorando los fines de la pregunta-. Ya ve usted...

-Sí, para la calle no está usted mal, y para los salones de don Magín de los Trucos, pero ¿no hay más que eso?

-Y otro poco por el estilo... Pero ¿qué pretende usted?

-Hacerle subir dos escalones.

-¡Demonio! -exclamó entre el placer y el espanto.

-Nada de etiqueta. Si la hubiera, no le llevara yo a usted ni fuera yo tampoco. Lo que se llama de confianza: toda la que puede haber a ciertas alturas. Es una dama de buen gusto que recibe en familia algunas noches a las personas de su intimidad... y a otras que no lo son. Se baila poco, a veces nada, pero se habla mucho y hasta se canta y se lee. Salones lujosos, eso sí, tal cual dama indigesta y algún que otro caballero insufrible... ¿Se estremece usted? Es natural, pero mal hecho. A mucho menos está usted obligado allí que en casa de don Magín de los Trucos. En ésta se llevaba usted las atenciones... y los comentarios de todos, en la otra nadie se fijará en usted, incluso la señora, que, después de responder a la presentación que yo le haré de usted con cuatro frases de pura cortesía, le dejará dueño de andarse por donde se le antoje y de arrimarse a quien más le agrade. ¡Y si fuera usted solo el que no sabrá qué hacerse allí...! Pero muchos habrá de tercera fila en este alféizar y en aquel rincón, o a la sombra de los demás, retorciéndose el mostacho o jugueteando con la leontina, sin que se les ocurra cosa mejor en toda la noche, si no es mirarse a menudo en los espejos, hacer cuatro cabriolas si tocan a bailar, ojear a las chicas guapas y oír lo que les agrade, no dejando allí más rastro ni más huella que los pájaros en el aire... Conque nos haremos una levitilla, con otros ligerísimos accesorios...

-¡No iré! -dije resueltamente, por el sinnúmero de razones que en un instante se me pusieron por delante de los ojos.

-¡Pues hemos de ir! -insistió Matica-, porque ha de saber usted que la principal golosina de esos salones es la presencia en ellos de una parte muy considerable del estado mayor de nuestros literatos y políticos. Tendrá usted, pues, ocasión allí de verlos, de palparlos y de oírlos, y hasta de convencerse de que los más de ellos, mientras no ejercen, son tan inofensivos y sencillotes ciudadanos como usted y como yo.

Estaría escrito o no lo estaría, pero es lo cierto que tentándome Matica por un lado, y por otro mis flaquezas y debilidades, desmoronóse aquella mi fortaleza de cuerdas reflexiones, e hízose todo como mi amigo quería, y una noche me desconocía a mí propio, reflejándome en el espejo de la salita de la posada, embutido en la intachable librea que se exige a los hombres de «buena sociedad» en una tertulia que no es «de etiqueta». Mi cabeza estaba hecha una escarola de rizos (especialmente por el lado derecho, prescripción de la moda reinante a la sazón), y obra eran del mismo peluquero que tal me había emperejilado la cabellera después de raparme la barba hasta sacar lustre al pellejo, las descomunales guías en que terminaban, a diestro y a siniestro, mis negros y lustrosos bigotes.

Matica envuelto en ancho gabán, las manos en los bolsillos y el sombrero puesto, se hallaba a mi lado, viendo cómo yo me calzaba los guantes de color de fila, sin dejar de mirarme al espejo y dando a menudo pataditas en la estera para acomodar los pies en las flamantes botas de charol que los oprimían. Haciendo estaba los últimos contoneos, puestos ya los guantes y estirados los pliegues de la levita, cuando me dijo mi amigo:

-En verdad te repito, Pedro Sánchez, que eres el más gallardo mozo que ha pisado madrileños salones, y te añado que provoca la ira de Dios quien, manejándose con la libertad y la gracia que tú debajo de las prensas de la moda, se queja todavía de timidez y apocamiento.

Hablaría el amigo con el corazón en la lengua, aunque no en justicia, pero yo sudaba de miedo y de zozobra. Púseme el sombrero, me cubrí con la capa y salimos. Las diez menos cuarto marcaba el reloj del Buen Suceso cuando atravesábamos la Puerta del Sol. Qué calle tomamos ni en qué portal nos detuvimos, no he de declararlo, porque no es de necesidad, amén de que, si este relato ha de ser fiel reflejo de la pura realidad, no debo ser aquí muy minucioso en detalles de que apenas me daba cuenta en aquella ocasión. Creí observar en la penumbra de mi razón calenturienta, desorientada, como cuando se está entre la vigilia y el sueño, que subíamos por una ancha y bien alumbrada escalera, que la puerta del primer piso se nos abría sola y sin necesidad de que llamáramos a ella, que alguien nos despojó de la capa a mí y del gabán a mi guía, que éste me condujo, casi a remolque, hacia unos cortinones, por entre los cuales se veían mucha luz y los dibujos de una alfombra y gente que se movía, que una vez dentro de aquello que me deslumbró por los colores y los reflejos y el rumor y el movimiento, vi señoras y caballeros en caprichoso revoltijo, unas sentadas, otros de pie, éstos hablando, aquéllas riendo, que Matica hizo unas reverencias medio maquinales, y que yo le imité con otras tantas, que pasamos a otra estancia, donde cerca de una chimenea había otros grupos y una dama entre ellos, gentil y apuesta matrona, la cual nos salió al encuentro, que mi conductor le dijo de mí yo no sé qué, y que ella, tendiéndome una mano cual no la cincelara en alabastro el mismo Miguel Ángel, me dijo, descubriendo al decirlo, con una sonrisa de pecado mortal, una dentadura de tentaciones, algo que sonaba muy bien y parecía muy al caso, a lo cual respondí yo, ciego y balbuciente, una sarta de majaderías, que la dama habló algo más, y muy familiarmente, con Matica, y que éste, después que la dama nos dejó, saludó a muchas personas que parecían muy complacidas de verle allí, que en estas exploraciones del terreno me iba yo rezagando poco a poco, y que, al fin, volvió a cogerme el amigo por su cuenta, y me llevó a paraje donde el aire parecía más respirable, la luz menos deslumbradora y el peso de la fascinación más llevadero.

Estábamos, como quien dice, fuera de escena, aunque sin perderla de vista. Convencíme de que nadie me miraba, y como en esto se revolvió todo el concurso, porque se puso a cantar, acompañándose al piano, un galancete muy acaramelado, que se las echaba de tenor, llevóse este los ojos y hasta las maldiciones de la tertulia en masa, y acabé yo de tranquilizarme. Limpiéme el sudor que copiosamente corría por mi faz, me arreglé el vestido a mi gusto, y por entonces me creí orientado en el terreno. Lo observó Matica y me dijo, tan pronto como el seudo-tenor acabó su romanza y el público de aplaudírsela:

-Ya ve usted que aquí no se come a nadie, mientras no se hagan majaderías, como ese desdichado que acaba de cantar. ¡Qué cosas dirán ahora los mismos que le aplauden, de su voz, de su estampa y hasta de su desfachatez!, y él, en tanto, ¡véale usted cómo se pavonea! Se juzga más tenor que Mario y Tamberlick. Pues no faltará alguna Alboni de doublé, que dentro de un rato nos dé un nuevo disgusto por el estilo... y tan satisfecha y ufana, y usted, que en nada se mete, porque tiene sentido común, temblando de miedo a una mirada y a una crítica que han de cebarse en otros, por ser harto merecedores de ellas.

Juzgábame yo en aquel instante completamente sereno, y así se lo dije a Matica, el cual me preguntó dándome una palmadita en el hombro:

-¿Puedo fiarme de esa serenidad?

-Respondo de ella -contesté- mientras me halle en este sitio.

-Pues aprovechémosla antes que se pierda para examinar el cuadro. Por de pronto, ya usted ve que aquí hay de todo, como en botica: algunas mujeres hermosas, otras que quieren aparentarlo y no lo consiguen, aunque se lo figuran, hombres de varias cataduras, más o menos simpáticas..., lo mismo que le había pronosticado a usted. No quiero hacerle una revista minuciosa de las mujeres, porque no me diga usted, al hablarle de algunas, que me complazco en arrancarle las cándidas ilusiones que acaricia sobre el sexo en general, ni tampoco de sus cómplices del otro sexo por la misma razón caritativa. Voy a lo que nos importa y por lo cual hemos venido aquí esta noche. ¿Ve usted, junto a la puerta de aquel gabinete, un hombre no muy alto, bastante grueso, de pecho prominente, imperiosa mirada, y con un bigotazo negro que le cubre media barbilla? González Bravo, el famoso orador que tan fiera tormenta desencadenó esta tarde en el Congreso con su candente palabra. De los dos que hablan con él, el pequeñito y enjuto, bien hecho y elegante, de frente espaciosa, acentuada nariz, ojos algo saltones, negra patilla casi unida al bigote, es Ventura de la Vega.

-¡El autor de El hombre de mundo! -exclamé devorándole con la vista.

-El mismo. Pues fíjese usted ahora en aquel grupo de damas en íntima y, al parecer, agradable conversación con dos caballeros. El anciano de blanca, rizosa y muy poblada cabeza, altísima frente, alongada faz, a la cual sirven de adorno unas patillas tan blancas y espesas como el cabello, pulcro y atildado en el vestido, y que aún mira a las señoras como los lechuguinos de sus buenos tiempos, con lentes de oro, cuyas cinceladas cachas no suelta de su diestra, es Martínez de la Rosa. No quiero ofender la ilustración de usted ponderándole sus muchos, grandes y ya gloriosos talentos. El que con él comparte la tarea de entretener el corrillo, hombre afable, malicioso y risueño si los hay, que parece hablar tanto con los fruncidos ojuelos como con la boca que más bien se adivina que se ve bajo sus rubios y desmayados bigotes, Patricio Escosura, el hombre que brilla lo mismo cultivando la política, que el teatro, que la historia, que la novela. Tiene indudablemente mucho talento, pero, salvo mejor parecer, picando en tantas cosas a la vez, no le hallo verdaderamente completo en ninguna de ellas. Repare usted en estos dos personajes que, vienen hacia nosotros en íntima conversación. El menos joven de ellos y de más modesta apariencia, pero atractivo y simpático, aunque para hermoso le falta mucho, es Rubí.

-¡El autor de La trenza de sus cabello! -exclamé.

-Sí, y de Borrascas del corazón -añadió Matica con picaresca sorna-, pero, sobre todo, de El arte de hacer fortuna, una de las más lindas y mejor cortadas comedias del teatro moderno. No confundamos en esas otras dos el talento de la actriz que las ha popularizado con el escaso valer de ellas. El que viene con Rubí...

Cortó aquí bruscamente su discurso Matica, porque se le llevó consigo, asiéndole por la cintura al pasar, el que venía con Rubí, mozo que ya me había llamado la atención por lo gentil de su cabeza, que estaba pidiendo los hombros, la ropilla y los gregüescos de un poeta contemporáneo de Quevedo y Villamediana.

Quedéme, pues, solo, y volví a tener miedo, ¡mucho miedo!, porque no bastaba a tranquilizarme el ver algunas estatuas de carne y hueso, como yo, en otros apartados términos del cuadro. Al fin tendría que salir a la luz, y en saliendo, era hombre perdido. Claro que allí no se comía a nadie, como decía Matica; pero eso no obstaba para que a mí me devorara una gusanera de pensamientos que me habían acometido de pronto. «Todas esas gentes -reflexionaba yo-, sin contar los hombres ilustres que acabo de conocer de vista, valen, tienen y servirán para algo; y estando aquí, están en su natural elemento, siquiera por su educación y trato frecuente de unos con otros; pero yo, ¡ánimas benditas...! ¡Si supierais, elengantísimas damas y distinguidos caballeros, y, sobre todo, vosotros, ilustres personajes, príncipes del talento, que este mozo tan emperejilado que os contempla desde aquí es un mísero hidalguete montañés que anda en Madrid a caza de un destinillo que le ofrecieron en su lugar; que gasta en lujos ridículos el puñado de pesetas que le echó su padre en el bolsillo para que no se muriera de hambre en la corte mientras perseguía la limosna del destino; que ésta es la segunda vez en su vida que huellan sus pies, hechos a trepar ásperos breñales, la velluda alfombra de los salones de tono; que este sudorcillo que baña su rostro y este azoramiento de su mirada son de miedo a que te pongáis en la necesidad de hacer algo para justificar su presencia entre vosotros, porque no sabe nada, absolutamente nada de lo que hay que hacer aquí, ni nunca las vio más gordas!...»

Felizmente nadie me conocía en aquel concurso, y si no me delataban mis propias imaginaciones... En esto, oí a mi derecha un rumorcillo, un charrasqueo, el sonar de una cosa que, sin saber por qué, cuajó la sangre en mis venas. Volví los ojos hacia allá... ¡Virgen de las Angustias!, ¡cuáles no serían las mías al ver que aquello era un abanico que entraba; y detrás de él, Pilita; y con Pilita, Clara; y con las dos, Manolo; y los tres me vieron, y los tres se asombraron, cada cual a su modo; y yo no me morí entonces de repente, porque la señora de la casa, que salió a su encuentro, los distrajo; y con esta tregua me repuse un tantico. Pero no podía tener ya sosiego completo con aquellas nuevas gentes en escena; las únicas que, por saber quién yo era, tenían derecho para reírse de mí y para hacer que me dieran una corrida en pelo los demás.

Resolví largarme cuanto antes; y discurriendo estaba el modo de hacerlo sin dar con ello un nuevo testimonio de mi agreste encogimiento, cuando volvió Matica.

-Perdone usted -me dijo- que le haya abandonado unos instantes (¡yo los reputaba siglos!). Este doncel que me llevó consigo es mi paisano y amigo de la infancia, Adelardo Ayala, el autor de Un hombre de Estado y de Los dos Guzmanes; todo un ingenio de la Corte del Buen Retiro, conservado de milagro desde el siglo diez y siete para honra y gloria del muy prosaico en que usted y yo vivimos.

Atrevíme todavía a buscar con los ojos al insigne poeta que tanto ruido hizo después en el teatro español, y más tarde en el de la política; y sin dejar de contemplarle, cuando hube dado con él, dije a Matica con entera resolución:

-No me siento bien aquí, y voy a marcharme a casa.

-¡Qué oportunidad! -respondió el amigo-. Precisamente cuando venía a darle a usted una gran noticia... Pero, en fin, si usted no quiere oírle, váyase bendito de Dios.

-¿Oír a quién? -pregunté con un poco de curiosidad.

-No hace un cuarto de hora que ha llegado, mírele usted.

Y me señalaba un hombre ya maduro, macizo, vulgar, tipo de mayordomo bien acomodado, y, por apéndice, tuerto.

-¿Y quién es ese señor? -torné a preguntar.

-Pues ese señor es el mismísimo Bretón de los Herreros.

-¡Ave María Purísima! -exclamé, haciéndome cruces-. Jamás me lo hubiera imaginado así. ¿Y dice usted que le vamos a oír?...

-Justamente: los que nos quedemos.

-¡Es que yo no me iré sin oírle!

-Demasiado lo sabía yo -dijo entonces, riéndose, mi amigo.

En esto comenzó a rebullir la gente de la tertulia, por acomodarse más a su gusto cada cual; y cuantos había en gabinetes y escondrijos salieron al salón, arrastrados de la misma curiosidad. Nosotros dos salimos también, y, por lo que a mí respecta, curado en aquel instante de todo linaje de aprensiones y sobresaltos. ¡Tal ansia tenía de ver y oír de cerca al celebrado autor de Marcela!

Hallábase ya éste arrimado a uno de los candelabros que sostenía una elegante y rica consola, y cuyas luces, multiplicadas en el limpio cristal del espejo, envolvían la cabeza del poeta en una aureola que por lo resplandeciente deslumbraba. ¡Poder de la imaginación exaltada! Desde que yo sabía que aquel personaje era Bretón de los Herreros, y le vi, radiante de luz, excitando la curiosidad de tan distinguido concurso, no comprendía que se pudiera ser hombre de altísimo ingenio sin aquella faz ramplona y aquel ojo tuerto.

Nos leyó dos cantos de La desvergüenza, poema en el cual derramó a oleadas el ilustre dramaturgo los donaires de su musa retozona y los primores de la lengua castellana. Jamás me he explicado la razón de que apenas sea conocida en España esta regocijadísima obra del perínclito poeta riojano. ¡Con qué ganas le aplaudí, y qué fervorosamente le admiré! Y aun dije para mí:

-Esto, entre otras ventajas, tiene la de justificar mi presencia en estos encopetados salones: me parece, remilgadas damiselas y caballeretes indigestos, que bien vale el placer de oír tales estrofas, recitadas por su mismo autor, el sacrificio que me cuesta.

Con lo cual y el movimiento y los rumores que volvieron a notarse entre los tertuliantes apenas acabada la lectura, me sentí muy confortado y animoso; tanto, que habiéndome colocado la casualidad casi en contacto con Clara, me atreví a saludarla: y ¡fíese nadie de atolondramientos!, merecí la más afectuosa de las acogidas de la hija de la insufrible Pilita, que, felizmente, esgrimía su diabólico abanico en el extremo opuesto del salón, entre dos cotorronas muy emperifolladas... Y hasta hablamos un poquito de los versos leídos, y aun de las obras de Bretón; y hablando, hablando tan de cerca, y yo en pleno dominio de mi serenidad, pude notar, con gusto, que la encanijada madrileña de mi lugar se iba reformando poco a poco; que sus vacíos se llenaban y que se redondeaban sus ángulos; que las curvas imperaban ya entre las líneas de su talle esbelto, y que el color de la salud iba insinuándose en su fino y transparente cutis; con todo lo cual y aquellos ojos negros, dominantes y casi feroces, se apuntaba en Clara el peligroso tipo de una singular belleza. «¡Qué ocasión -pensaba yo, viéndola relativamente tan afable-, para recomendarme a la benevolencia de su papá, si no fuera ridículo y estúpido pedir una limosna, vestido de media etiqueta en unos salones como éstos!...» Y dicho está que no te hablé de tal cosa; ni ella a mí tampoco, acaso por idénticas razones. Pero, en cambio, se trató de bailar después; y continuando yo a su lado todavía, me permití invitarla; y aceptó, y bailé con ella, eso sí, con un miedo de mil demonios a que se me conociera el estilo de la escuela de Capellanes y Paúl, únicas en que yo había cursado la danza, sin contar la de los salones de don Magín de los Trucos, y otras tales, que allá se iban con aquéllas; pero creo que lo hice bastante bien, porque Clara se dejó conducir sin protesta; antes me dijo por despedida al ir a sentarse:

-Veo con gusto que se aclimata usted muy bien a los aires de la corte.

¿Por qué me lo diría? Sin duda porque me veía allí tan apuesto y campante, apenas salido de la obscuridad de mi aldea. Pero ¿se burlaba de mis vanidades aunque aparentaba cosa muy distinta? ¿Y a qué devanarme los sesos para descifrarlo en la impasible faz y en el extraño acento de aquella esfinge en miniatura? Lo importante era que con aquel feliz tanteo de fuerzas con lo más temible que había para mí en la tertulia, acabé de envalentonarme. Tanto, que después me complacía en exhibirme y en mirar a todo el mundo a la cara: hasta creo que hubiera cantado allí a tener siquiera la voz y el arte del tenor de marras, o de Lola Quiñones, señorita anémica que cantó después unas malagueñas en falsete.

Pero Matica, que no me perdía de vista, vino a mí y se colgó de mi brazo, y leyéndome en la cara todos los pensamientos, me dijo, acompañándose con una sonrisa de todos los demonios:

-Mira, Pedro Sánchez: tan malo es pasarse como no llegar; pero en la duda y en sitios como éste, preferible es lo último. Te veo ahora como en mesa de bodas los niños cortos, luego que, merced al barullo, pierden la vergüenza: al principio no catan bocado; después hasta meten los dedos en las natillas.

Lo cierto es que así andaba yo a la sazón, y que me vino de perlas la compañía de mi amigo, que me volvió a mi centro, y ya no se apartó de mi lado hasta que, muy a deshora y después de habérsenos servido un té, con todos los requilorios del caso, en el cual trance me porté heroicamente, despedímonos de la gran señora y nos fuimos a la calle.

Ancha era y bien solitaria estaba a aquellas horas; pero así y todo, no bastaba a contener mi vanidad. ¡Tan inflada me la puso el triunfo que yo me imaginaba haber alcanzado aquella noche!




ArribaAbajo- XVII -

La curiosidad, llevada a la pasión, tiene una fuerza irresistible; y no solamente arrastra a los hombres, sino que los ciega o los enloquece. El afán de registrar los misterios que encierra el fondo de un abismo hace que el temerario estudie solamente los medios de bajar, y baja; pero ya en el fondo y satisfecha la curiosidad, y quizá desvanecido el encanto, hay que pensar en subir... ¿Cómo?... ¿por dónde? Y allí es el temblar de la voz y el crujir de los dientes...

Yo fui uno de estos insensatos, dejándome arrastrar de mis vanidades, que son punto más fuertes que la curiosidad de los sabios indiscretos. Embriagóme el aura de aquellas regiones, que para mí tenían el doble encanto del esplendor y de la novedad, y sólo pensé en el modo de penetrar en ellas. Después, muy poco después, la embriaguez fue disipándose, llegó el momento de despertar... ¡y qué despertar tan amargo! La extenuación de mi bolsillo, comenzada en teatros, librerías, bailes y cafés, y continuada en tertulias de poco más o menos, estaba a punto de consumarse con la última pluma que adquirí para las alas que me subieron adonde no debí haber subido, puesto que maldita la falta hacía allá. Mis reservas para los trances de apuro estaban expirando, consumidas en vanas superfluidades, y yo en Madrid, tan desvalido y desamparado como el día en que llegué; mi padre descansando tranquilo en mi cordura, y muy cercana la hora en que... ¡Dios eterno, qué tempestad se desencadenó de pronto en mi corazón y en mi cabeza, y con qué claridad tan desesperante vi en un momento lo que mucho antes no quise examinar al columbrarlo entre la bruma de mis intemperancias! Era, pues, mi situación de las que no dan respiro ni tregua. Y la culpa de todo, bien examinados los términos del conflicto, la tenía el aparatoso personaje que con reiteradas promesas me había sacado de mi lugar, dejándome luego solo y olvidado en aquel infierno de asechanzas y malas tentaciones. Pues a ese personaje debía yo pedir inmediatamente cuentas de su incomprensible conducta conmigo, aunque para llegar a él tuviera que atropellar al cancerbero que le guardaba la puerta, y todas las puertas y todos los obstáculos del camino de su oficina.

Resuelto a ponerlo por obra, salí de casa apresurado y con fiebre. Llegué; y cual si el adusto guardián me hubiera leído los propósitos en la cara, me dejó libre el paso, libre hallé también, por fortuna, la puerta del encantado aposento que buscaba. Entré. El hombre ostentoso estaba solo y leyendo unos papelotes, como la otra vez. Hícele un saludo, doblando el espinazo, y no reparó en mí, o no me hizo caso maldito. Aguantéme a pie firme y resuelto a todo.

Tosí dos veces, y el hombre leyendo. Al fin me dijo, sin soltar los papeles:

-La impaciencia, señor Sánchez, es el peor enemigo de los necesitados.

¡La impaciencia! ¿No era esta palabra el colmo de la burla que estaba haciendo de mí aquel hombre? a responder comenzaba, no sé qué cosas, de oportunidad, aunque estudiando mucho las palabras antes de emplearlas para elegir las más inofensivas, cuando me atajó con estas otras:

-Todos los pretendientes dicen ustedes lo mismo, como si aquí tuviéramos los bolsillos repletos de credenciales, sin hacerse cargo jamás de los gravísimos que pesan sobre uno, especialmente en días tan azarosos como los que corren.

Verdaderamente había sobrado motivo para descalabrar de un tinterazo a aquel farsante que tales cosas me decía, después de haberme sacado de mi casa brindándome con una protección que jamás había solicitado yo.

-Ruego a Vuecencia -repliqué, tragando a borbotones la saliva-, y se lo ruego por el amor de Dios, que no olvide que Vuecencia mismo fue quien se empeñó en que yo viniera a Madrid para recordarle de palabra la oferta que tuvo a bien hacerme espontánea y generosamente en mi pueblo, Tres meses llevo aquí, llamando casi todos los días a esa puerta, hasta por reciente encargo de Vuecencia, y ésta es la segunda vez que tengo la honra de ser recibido.

-Y eso ¿es un cargo que me hace el señor Sánchez? -me preguntó el señor Valenzuela, mirándome a la cara con una sonrisilla burlona.

-Es una razón que me permito exponer a Vuecencia -respondí, insistiendo en el tratamiento, por lo mismo que el hinchado personaje no pensaba en apeármele-, para demostrarle que todo cabe en mí, pobre montañés sin experiencia, menos el propósito de ser molesto a nadie.

-Por cierto -añadió Valenzuela entre severo y sarcástico-, que nadie le creería a usted con esa comezón de empleo, al verle matar los ocios en Madrid tan alegre y descuidado.

Lo decía, sin duda, por las noticias que le habría dado Clara de mis exhibiciones mundanas. Alentóme esta sospecha, por la cola de recuerdos que traía consigo, y respondí con entereza:

-Razón de más, señor don Augusto, para que me aguijonee el deseo de hallar lo que vine buscando. Madrid está lleno de atractivos que yo desconocía; soy joven, tengo libertad completa, me sobra todo el tiempo y no soy un santo... Póngase Vuecencia en mi lugar.

Parecióme que estas mis palabras, dichas, de propio intento, con cierta acentuación quejumbrosa, suavizaban algo las asperezas del rollizo manchego; y no me equivoqué, pues que me dijo, trocando el aire desdeñoso de su fisonomía en otro que tiraba un poco a dolorido y amargo.

-No le extrañen a usted, amigo Sánchez, ciertos desabrimientos que parecen inconveniencias de carácter, en hombres como yo y en determinados momentos de la vida. Todo lo que usted alega es cierto; tan cierto como leal y sincero fue cuanto yo le dije y le prometí poco tiempo hace en la Montaña; pero los acontecimientos son más fuertes que la voluntad y los propósitos de los hombres; lo que es ahora una nubecilla tenue, dos horas más tarde llega a ser tempestad formidable sobre el horizonte; los grandes conflictos absorben la atención y las fuerzas, y borran en uno hasta el recuerdo de las cosas pequeñas, como el destino para usted; los altos intereses de la patria, amenazados por la ambición insensata de un enemigo criminal y alevoso... ¡hasta el instinto de propia conservación!...; en fin, deje usted que pasen estos días de prueba, y yo le prometo que habrá para todos. Entre tanto, y para que usted no se moleste yendo y viniendo, déjeme su nombre y las señas de su casa: yo cuidaré de avisarle tan pronto como tenga algo bueno que decirle.

Que el reluciente manchego se refería en las altisonancias de su discurso a la borrasca que a la sazón reinaba en el mar de la política española, borrasca cuyos bramidos trascendían al público, harto evidente era; que al pedirme mi nombre por escrito y las señas de mi casa se proponía quitarme todo pretexto de volver a molestarle con mis visitas, también me pareció notorio... Pero, en este caso, ¿para qué me sacó de mi lugar el grandísimo...? ¡Oh, qué heroicamente rechacé el tropel de pensamientos que por este lado me asaltaban! Temí que el exceso de razones me arrastrara a cometer allí una imprudencia que echara a perder lo poco que había ganado, y me despedí del personaje con la mayor cortesía que pude, dejándole una tarjeta, en la cual constaban todos los pormenores que él decía necesitar; y con esta tarjeta, la última esperanza de que las puertas de mis apuros se abrieran por donde me lo había hecho creer en mi lugar el repolludo y pomposo don Augusto Valenzuela.

Al llegar a mi posada, después de esta memorable entrevista, halló sobre la mesa de mi cuarto una carta de mi padre.

El cual, entre otras cosas, me decía:

«Hijo del alma: cada día me persuado más de la buena ley del afecto que has logrado arraigar en el corazón del señor don Augusto. La misma lentitud con que camina en el asunto de tu colocación, muestra bien a las claras el deseo que tiene de ofrecerte cosa que te honre a la vez que te aproveche, pues nada le sería más fácil, si sólo de cubrir el expediente se tratara, que despacharte, en un quítame esas pajas, con un destinillo de tres al cuarto, que fuera, como el otro que dice, pan para hoy y hambre para mañana. Persevera, pues, hijo mío, en esos tus buenos propósitos, que a menudo me manifiestas, de no mostrarte impaciente ni desconfiado con ese buen señor y su dignísima familia, a quienes tantas, tan frecuentes y tan señaladas finezas debes desde que estás ahí, según me refieres en casi todas tus cartas; finezas y atenciones que no me sorprenden, pues este mi ojo, tan ducho en el conocimiento de los hombres, no podía engañarme cuando, no bien hubimos saludado aquí a tu excelso protector, le reputé por una gran persona, modelo de caballeros y de corazones sin hiel ni dobleces ni falsías, campechano y noblote; alma privilegiada a quien no desvanece el vértigo de las alturas.

»Procura, en fin, hijo de mi corazón, a fuerza de economía (sin que se entienda que quiero que te prives de lo necesario), ajustar tus recursos pecuniarios al rigor de las inevitables dilaciones, que nunca serán tan largas que lleguen más allá que el amparo de aquéllos; porque la Providencia divina no te sacó de esta apacible soledad para abandonarte luego en medio de esas extrañas muchedumbres, que son la más horrible de las soledades...»

¡Ojo ducho en conocer a los hombres...! ¡Santo varón! ¡Modelo de caballeros, campechano y noblote el señor de Valenzuela...!

Esta carta, testimonio vivo de la honrada sencillez del pobre viejo autor de mis días, acabó de indignarme contra el farsante manchego que así jugaba, no ya con mi credulidad, sino con la de mi padre, en quien un desengaño como el que estaba a pique de sufrir, tras de las ilusiones que se había forjado, podía costarle hasta la vida.

Sentí que la comezón febril antes crecía que se me aplacaba, y volvíme a la calle, sin saber por qué ni para qué. En la Carrera de San Jerónimo me fijé en un caballo largo, largo y anguloso que venía de hacia el Prado, dando zancadas con las cuatro estacas que le servían de extremidades, gacho y muy estirado el cuello, empinadas las orejas y tieso, casi horizontal el medio rabo en que terminaba por atrás aquella desgarbada máquina viviente. Desde que llegué a Madrid me llamaron mucho la atención esos cuadrúpedos desmazalados y exóticos con que el extravagante capricho de la moda sustituyó, en calles y paseos, al gallardo potro cordobés. Sobre el penco mencionado se desparrancaba un jinete no más repolludo ni lozano que él, con las zancas encogidas, el estribo engargantado, el cuerpo muy echado hacia adelante, y el cuello y la cabeza en la misma dirección que los del caballo; no cesaba de dar culadas encima de éste, a modo de conatos de brinco, y parecióme en su dejadez y desencuadernamiento, quebrantado y fatigoso del rudo ejercicio que traía el infeliz; el cual resultó ser, cuando le vi más de cerca, el mismísimo Manolo Valenzuela.

Estando próximos a cruzarnos en las Cuatro Calles, una joven, que salió de la del Príncipe para atravesar la Carrera, se vio de pronto casi entre las aspas delanteras del bucéfalo. Aunque hubo los chillidos y sobresaltos de costumbre, y la joven cayó hecha un ovillo a media vara del animal, éste siguió inalterable la recta que llevaba, porque su jinete pareció no reparar siquiera en el percance. Entre tanto, avancé yo de un brinco hasta la joven, y la levanté del suelo. Júzguese de mi sorpresa al reconocer en ella a Carmen, por fortuna ilesa aunque muy asustada. Que se sobrecogió algo al conocerme a mí, no necesito decirlo, ni tampoco que me extrañó grandemente ver a la hija de don Serafín sola, en aquel sitio y a tales horas (empezaba a anochecer).

-¿Y Quica? -le preguntó cuando los curiosos se dispersaron y volvimos a ser Carmen y yo dos simples transeúntes.

-En la cama dos días hace, aunque no de cuidado -me respondió al punto; y aun añadió anticipándose a mis deseos de saber algo más-: y mi padre en su tarea, que no puede dejar hoy hasta las nueve de la noche. Urgía entregar la labor que llevo en este pañuelo, y me arriesgué a hacerlo yo misma. ¡De buena me he librado... gracias a usted!

-Cierto que en peores manos pudo usted haber caído -dije, creo que con doble intención-; pero a nadie más que a su ligereza debe agradecer el haber salido ilesa de tan grave peligro.

-¡Si parece castigo de Dios...!, es decir, no, ¡porque si yo le dijera a usted lo urgente que me era entregar esta misma tarde la obra que llevo aquí...

-¿Va usted muy lejos? -preguntéla sin querer saber más.

-Ahí enfrente -me respondió-. A ese piso donde dice, en letras doradas, Utrilla.

-Pues suba usted -repliqué-, que aquí le aguardo para acompañarla de vuelta a su casa.

Fuese, y volvió muy pronto. Yo la esperaba en el portal del famoso sastre.

Mientras caminábamos por la calle del Príncipe, me dijo Carmen, con los mismos escalofríos de gusto con que lo manifiesta el que se arrima al calor de la lumbre después de atravesar un páramo cubierto de nieve:

-¡Qué bien se va así...

-¿Qué entiende usted por «así»? -le pregunté, acentuando lo mismo que ella el adverbio.

-Acompañada como voy ahora -respondió volviendo a estremecerse un poquitín-. ¡Si viera usted qué miedo da andar sola por estas calles, cuando no hay costumbre de eso...! Pensaba yo que tanto daba llegar hasta aquí como hasta los ultramarinos de enfrente de mi casa, o al pasamanero de la esquina... ¡Cada vez que pienso lo que pudo haberme sucedido si doy dos pasos más!

-¿Sabe usted, Carmencita, lo que reflexionaba yo mientras la esperaba en el portal de Utrilla? -díjela de pronto.

-¿A ver? -exclamó la joven, picada de la más viva curiosidad.

-Pues reflexionaba, yo que pudo usted muy bien, cuando menos, haberse descalabrado entre las patas de aquel animalazo; y que si tal hubiera acontecido...

-¡Qué horror!

-Pues no, señora; y acaso, acaso me hubiera alegrado de ello.

-Muchas gracias.

-Déjeme usted concluir. Si usted se hubiera hecho tanto así de daño -y señalé la punta de la uña del dedo meñique-, hubiera tenido yo derecho para lanzarme sobre el cuadrúpedo; apear al jinete de un bastonazo, y solfearle después la cara a bofetones...

-¡Justo! -exclamó Carmen estremecida de espanto-, y enseguida el corro de gentes desocupadas, y los guardias municipales, y yo a la botica entre brazos, y usted a la prevención; y mi padre notando mi falta en casa, corriendo en mi busca por esas calles de Dios... y los periódicos dando al otro día cuenta del suceso; y mi nombre... y el de usted, sabe Dios en dónde... y de qué modo. ¡Virgen María...! Pero ¿está usted loco...?

-Creo que tiene usted razón -respondí con la mayor formalidad-. Pero como no todos los días se parecen entre sí, y el condenado temperamento suele también contagiarse de los trastornos meteorológicos, en ocasiones se siente uno más batallador, pongo por caso, que lo de costumbre.

-Vamos -dijo Carmen sonriéndose-, a usted le ha pasado hoy algo grave.

-¿Por qué lo cree usted?

-Porque, o yo me engaño mucho, o se halla usted sobreexcitado y caviloso..., digo, si desde que yo no le veo le han hecho cambiar de temperamento los aires de Madrid.

-Ni lo uno ni lo otro, Carmencita, sino que somos así los hombres, créame usted... y hágame el favor de no correr tanto por el amor de Dios... ¿o es que ni conmigo se cree usted segura ya?

-Lo que hay es que tengo muchas ganas de llegar a mi casa.

-Justo, porque le molesta a usted la compañía... Muchas gracias, Carmen.

-Lo dicho, hoy no está usted en sus cabales.

-Ni usted tampoco, si a juzgar vamos por las apariencias.

-¿Qué apariencias?

-Ese sobresalto y esa...

-Me parece que después de lo que me ha sucedido, y, sobre todo, de lo que pudo sucederme...

-Pero ahora va usted conmigo, y no hay razón para que tema usted cosa alguna: ¡pues le caía el premio gordo al que se permitiera...! ¿Ve usted...?, ya corremos otra vez... Es que parece mentira que con esos piececines se pueda andar tan de prisa... ¡Caramba si son menudos y primorosos...! ¡No, pues las manos...!

-¿Lo ve usted, señor Sánchez?

-Pues porque lo veo lo digo.

-No es eso lo que yo quiero que usted vea, sino que con razón le decía yo que, o no está usted hoy bueno, o ha variado mucho en pocos días. Antes no era usted así tan reparón y tan... ¿me deja usted que se lo llame?

-¡Pues no he de dejarla!

-Tan atrevido.

-¿Atrevido... porque pondero su pie... y su mano?

-Por eso mismo... Antes no se fijaba usted en esas pequeñeces o, por lo menos, no lo decía.

-¿Y usted prefiere lo de antes?

-Le sentaba a usted mucho mejor. Eso que usted me dice ahora se le ocurre a cualquier estudiantillo desatento.

-Dura es la lección por ser de usted, Carmen; pero sepa usted que la acepto, aun cuando puedo jurar que no la merezco si me la dio por descortés y atrevido a sabiendas; y a lo mío me vuelvo con muchísimo gusto; sobre todo, si así le inspiro a usted más confianza.

-Con ello y sin ello me la inspira usted siempre; sólo que como en materia de gustos es permitido escoger, yo le prefiero a usted tal y como le conocí viniendo de la Montaña... y algunos días después.

-Pues ése soy, y pelillos a la mar; ese mismo con su insipidez...

-No hay nada insípido ni sabroso: todo depende del paladar.

-Con tal que al de usted le supiera yo a mieles...

-¿Otra vez, señor Sánchez?

-¿También por aquí peco, hija mía? Pues esto no es hablar de los pies ni de las manos de usted.

-Pero al fin son chicoleos de mal gusto, tan impropios de usted como de la ocasión.

Y en esto apretaba más el paso, y yo no sabía ya si dejarla sola o si acompañarla; si hablarla o callarme la boca; en fin, cómo la servía mejor. Pero ¿por qué se mostraba Carmen tan escrupulosa en materia de tenias de conversación, y tan rigurosa conmigo? La verdad es que meterse uno a protector de una desvalida y comenzar por galantearla no concordaba gran cosa que digamos. De todas estas y otras incongruencias tenía la culpa el fachendoso Valenzuela, cuyo recuerdo me crispaba los nervios; pero de este asunto no debía hablar con Carmen; y cabalmente era el único de que a la sazón me era posible hablar con oportunidad, abundancia y hasta brillantez. Tan repleto de él estaba.

Sin nuevas discrepancias, llegamos al fin de nuestra breve jornada. En el portal de la casa se detuvo Carmen; volvióse hacia mí, que no había pasado de los umbrales de la puerta, y me dijo:

-Muchas gracias; mil perdones por las reprimendas que le he echado a usted en el camino, y que no sirvan éstas de excusa para dejar de visitarnos a menudo: ¡cuidado si se vende usted caro de un tiempo acá! ¡Ah!, no cuente usted el suceso a mi padre.

Respondí lo que podrá verse en cualquier tratado de urbanidad y buenas costumbres, y, en señal de despedida, me tendió Carmen la mano. Tal se la apreté con la mía, que si la hija de don Serafín Balduque no vio en aquel momento las estrellas, no debió de faltarle el canto de una peseta.

Mientras caminaba hacia mi casa se me agarraron al pensamiento el encuentro con Carmen, su soledad, su azoramiento mientras yo la acompañaba, sus remilgos en los temas de mi conversación con ella, su encargo de que no supiera su padre que había salido sola...

-Y si todo esto fuera una comedia -díjeme de pronto-, ¿qué papel ha sido el mío?

Pero como el asunto no me llegaba muy adentro, volví a llenar la memoria con el señor de Valenzuela, y así llegue a casa.

Después de comer poco y de hacer la oposición más tenaz en cuantas conversaciones se apuntaron en la mesa, volvíme a la calle solo y resuelto a pasar la noche a mi gusto. No había que pensar en las dulces y ordenadas emociones del arte escénico: me faltaba hasta la paciencia necesaria para estar sentado media hora seguida entre gentes de buena educación. Aun el salón de Capellanes que, en su género, era de lo más ordenado y bien regido, me pareció insoportable; por lo cual me fui a Paúl, donde me pasé cuatro horas largas bailando como una bestia, y dando codazos y pisotones a diestro y siniestro.

Acostéme rendido a la una, y me dormí soñando que desde la peña más saliente de la costa vecina a mi lugar arrojaba de un puntapié a los abismos del mar al señor de Valenzuela y a toda su distinguida familia.




ArribaAbajo- XVIII -

Me abrumaba la carga de tristes presentimientos, y era harto crítica mi situación en aquellos días para no sentir, con la necesidad de un consejo desapasionado, la más apremiante de un desahogo de pesadumbres.

La casualidad me presentó una coyuntura favorable, y la aproveché. Hallándome a solas con Matica le pregunté en crudo:

-¿Qué juicio le merece a usted el señor don Augusto Valenzuela?

-Téngole -me respondió al punto- por un grandísimo bribón.

-¿Así como suena? -repuse.

-Así como suena -insistió.

-Por supuesto -añadí sin maldito el propósito de disculpar al personaje manchego-, usted se refiere al estadista, al político, no al...

-¡Qué estadista ni qué niño muerto! -atajóme Matica con su natural desenfado-; me refiero al hombre: yo no admito esos distingos que han inventado los retóricos al uso para legitimar el socorrido oficio de vivir sobre el país. El que hace una pillada política es un pillo como todos los pillos; quien no es honrado en su vida pública tampoco puede serlo en su vida privada. ¡Ni que fuera la honra prenda de dos caras, o mueble de varios usos! Mas aunque admitiéramos como excusa de buena ley para todos los crímenes oficiales esa peregrina distinción, insisto en el calificativo por lo que respecta al encopetado manchego de que tratamos. El señor de Valenzuela es un caballero que si el Código penal rigiera en España por igual para todos los españoles, estaría años hace arrastrando treinta libras de cadena en un presidio, con otros muchos personajes que también gastan coche a expensas del Estado.

-¿Quitamos de esa pintura siquiera los toques de estilo del pintor?

-Hombre, puede usted borrar el cuadro entero, si tal como ha salido le disgusta por conexiones que pueda haber entre usted y el original...

-Ninguna que valga dos cominos.

-Pues lo dicho, dicho, señor Sánchez... Pero ¿dónde mil demonios ha estado usted metido para que le suenen a nuevas estas cosas que yo le digo ahora de ese famoso personaje?

-No le extrañe a usted esta ignorancia mía -respondí con entera ingenuidad-: la política me interesa muy poco; y es tan frecuente el hablar mal de los gobernantes, que todas las maldiciones me suenan ya lo mismo, y por un oído me entran y por otro me salen. Pero ahora es distinto el caso... Conque siga usted, amigo Mata, y dígame por qué debía estar en presidio el señor de Valenzuela.

-Por muchas razones. En primer lugar, por ladrón.

-¡Ave María Purísima!

-Y lo pruebo. Los gastos visibles de ese personaje, sus trenes, sus fiestas, sus lujosos aposentos, sus palcos en los principales teatros, sus viajes de recreo, su ostentación escandalosa, los vicios de su hijo, los caprichos de su mujer y cuanto de estos dispendios se sigue y se completa, no me comprometería a pagarlos yo con diez mil duros al año... Pues no pasa de sesenta mil reales lo que vale su destino. ¿De dónde sale lo demás?

-Del caudal que habrá ido acumulando -dije por decir algo.

-¡Acumulando! -exclamó Matica imperturbable-. ¿Sobre qué? Desde que es personaje gasta lo mismo, aun ganando menos que hoy: luego no ha habido ahorros; luego hay manos sucias, agios, escamoteos..., porque no hemos de creer que a ese señor, por raro y singular privilegio, todos le sirven y todo se le da de balde.

-Estaría bien por su casa, y vivirá de sus rentas -añadí todavía.

-Conozco al dedillo la historia de Valenzuela desde que salió de la Mancha -replicó Matica-. Su padre era secretario de ayuntamiento en un pueblecillo cercano a Ciudad Real. a su lado aprendió a leer y a escribir, y probablemente los rudimentos del oficio en que después se ha ejercitado con singular disposición y notorio aprovechamiento. Imberbe aún, por manejos de su padre consiguió una plaza de escribiente, dotada con cuatro mil reales, en el gobierno de aquella provincia. Años andando, fue nombrado auxiliar de no sé qué, en una Aduana de Andalucía. Allí se casó con Pilita, que, por entonces, según reza la fama, era un manojito de gracias, aun entre las de su tierra. Supuesta esta verdad, hay que convenir en que ha variado mucho la hija del desbravador Pedro Jigos (que ésta es la alcurnia de la indigesta consorte de nuestro personaje). Otro que lo era ya entonces y ha continuado siéndolo hasta hoy en la política española, aunque con la varia suerte de todos los de su calaña, hombre famoso por sus despilfarros, y más aún por su insaciable afición a las hijas y mujeres del vecino, conoció a Valenzuela recién casado, y se le trajo a Madrid con un morrocotudo empleo. De aquella fecha datan las grandezas y pomposidades del insigne manchego, las lujosas exhibiciones de su mujer en teatros y paseos, sus lejanas excursiones de verano...

-Pues ahí tiene usted explicado el misterio -dije interrumpiendo a Matica-. Tales pueden ser las larguezas de ese protector, que ellas solas basten a satisfacer las necesidades de la casa de Valenzuela.

-No hay tal protección, pues ésta concluyó mucho antes que empezaran a marchitarse las gracias de la andaluza, y se notaba la falta del filón en las cesantías de Valenzuela, no obstante los grandes ascensos que había tenido en su carrera; lo cual prueba que el verdadero platal de ese hombre está en la entraña del destino que desempeña. Luego de los diez o doce mil duros en que yo presupongo el gasto anual de esa familia cuando está en candelero, siete o nueve mil son mal adquiridos; es decir, estafados a la Hacienda pública, o a los particulares que se dejan robar por ignorancia... o por malicia.

-Suponiendo -repuse- que esas conclusiones de usted sean el puro Evangelio, sabemos de dónde sale el dinero que gasta y malgasta nuestro hombre; pero ¿y su importancia?... porque ésta no se roba ni se presta.

-Cierto -dijo Matica-; pero este caso le probará a usted que se puede ser hombre importante sin chispa de entendimiento. Basta con ser mal inclinado y tener poca vergüenza; añada usted, si quiere, cierta travesura., buena fachada, mucho énfasis, algo de abnegación, criminal, por supuesto, y hete a Valenzuela. El único talento que posee este hombre es el de saber para qué sirve, sin querer pasar de allí. Sabe que nació para raposo, y prefiere serio de verdad a representar falsos papeles de lobo. Trabajando a la sombra en segunda o tercera fila, la misma obscuridad ampara sus asechanzas y estimula su escaso valor. Si le miraran los ojos de las gentes, era hombre perdido. Como no repara en medios, las arma pronto y muy gordas; y una vez armadas y con el jugo ya entre los dientes, le importa un bledo que el mundo se le venga encima. «Échenme a mí la culpa», dice al ministro. Y he aquí por qué, apenas se descubre un gatuperio gordo en las regiones gubernamentales, Valenzuela es el yunque sobre el cual descargan los golpes de sus iras las oposiciones del Congreso, la prensa de todos los matices y los maldicientes de todos los corrillos. El ministro del ramo no le defiende, aunque remeda intentarlo, y los periódicos ministeriales le abandonan, como si dijéramos, en medio de la vía pública... Y Valenzuela impávido y calladito, porque contaba con ello; y además, sabe que en España no hay escándalo que interese más de ocho días, ni criminal de copete que no se imponga «al país» que se lo llama, con una salida a tiempo, humos de gran señor y cara sin rastro de vergüenza. Hombres de tal temple y de tal abnegación no tienen precio para los gobernantes en estos gloriosos días en que el poder es un campo de batalla donde no hay hora de reposo ni instante seguro para la vida... Pero (y usted perdone la pregunta si la juzga impertinente) ¿de dónde nace su repentino deseo de conocer la casta de ese pajarraco?

Aquí, vencido el último de mis pueriles escrúpulos, se lo conté todo a Matica. Me miró con cara de lástima, y me dijo, después de oírme:

-Pero, hombre, ¿es posible que, con su buen entendimiento, no haya conocido usted hasta ahora que fiar su porvenir de un hombre como ése es punto peor que tirarse al estanque del Retiro con un canto al pescuezo? ¿En dónde está la proverbial malicia montañesa?

Por aquí siguió Matica despachándose a su gusto; y entre ponerme a mí de inocente y majadero, y al otro de pillo y de ladrón, se pasé un buen rato, hasta que le dije:

-¿Y qué hago yo en este conflicto?

-Una de dos cosas -respondió Matica inmediatamente-: buscárselas por otra parte o volverse a su lugar.

Aquí me fue necesaria otra declaración aún más penosa que la anterior. No tenía en el mundo otro valedor que Valenzuela; y para adquirirlos por mi propia virtud necesitaba continuar viviendo en Madrid; para vivir en Madrid era indispensable el dinero, y mis reservas estaban a punto de acabarse, porque las había malgastado en la confianza de que el farsante manchego me libraría de apuros dándome lo prometido.

Matica se atusaba la barba mientras iba yo desembuchando con grandes repugnancias estas cosas, y me dijo, tomando el discurso donde yo le dejé:

-Además, ya no estamos en los tiempos de Gil Blas de Santillana, ni los humos de usted le permitirían acomodarse a todos los servicios por donde fue pasando aquel famoso semicoterráneo suyo para hacer carrera, ni daría usted al remate de ella con un caballero que te regalara fincas en Valencia. Ya no se estila eso. Ahora, con buenos asideros, se toman per saltum las grandes prebendas, o se muere uno de hambre...; lo probable es morirse de hambre, porque hay, hablando mal y pronto, quinientos burros para cada pesebre. a veces suele soplar la fortuna por donde menos se espera, y sin contar, con los casamientos ventajosos con que tanto sueñan los galanes pobres (y no aludo a ningún montañés en particular), hay huracanes de sucesos que arrollan al más descuidado, y de la noche a la mañana, me lo plantan en lo más alto de la rueda. Bien pudiera usted ser uno de estos venturosos mortales...

-Dejemos la broma, amigo Mata -le dije, interrumpiéndole-, y hablemos en serio, que bien lo merece mi apurada situación.

-Pues qué, ¿piensa usted -me replicó el cáustico extremeño- que no es serio lo que le digo porque no lo hago en el tono campanudo y pomposo de su amigo Valenzuela, prototipo y cuño de los hombres serios de día? Este error en que usted vive es otro resabio aldeano de que debe usted corregirse, si no está resuelto a volverse a su pueblo a esperar sosegadamente a que, andando los años, le den la administración de las fincas del Infantado y la secretaría del ayuntamiento... ¿Qué tal?... ¡Mala cara pone el amigo Sánchez!... ¿Se cree usted todavía con virtud bastante para conformarse con eso solo después de haber conocido lo grande que es el mundo y el ruido que hacen las gentes en él?

-¡No! -respondí sin titubear, por las razones que se le ocurrían a Matica y por otras muchas que me carcomían tanto como ellas, por lo mismo que eran miseriucas del amor propio.

-Pues he ahí por qué no le he aconsejado a usted en serio y en seco que se volviera a la Montaña; consejo que, de seguro, le hubieran dado, después de oírle a usted como yo le he oído, todos los letrados que nunca se sonríen. Pero yo veo en usted algo más que un pobre secretario de ayuntamiento de aldea; y mientras no le crea repleto otra vez de esa vieja y patriarcal vocación, me guardaré muy bien de decirle «por ahí se va», aunque ése sea uno de los caminos que le mostré para huir del apremiante conflicto que me expuso.

-¿Y si el señor de Valenzuela llegara a cumplirme su palabra? -me atreví a apuntar.

-¡Inocente de Dios! -exclamó Matica mirandome con lástima-. ¡Todavía tiene usted esperanzas!... Pero, aunque éstas se realizaran, ¿de qué le serviría a usted?... ¿Usted no sabe que los días de Valenzuela están contados, porque los gobernantes, a cuyo amparo vive y medra, se tambalean ya? ¿No tiene usted ojos ni oídos? ¿No lee usted periódicos? ¿No oye a las gentes? ¿No siente usted, por dondequiera que va, un rumor extraño y persistente, y no sabe que eso es el estertor de los gobiernos impopulares y aborrecidos? Y cuando Valenzuela caiga, ¿de qué le serviría a usted la credencial que deba a su munificencia, si caerá usted al mismo tiempo que él, como una de sus hechuras?

-Pues no hablemos más del asunto -dije viéndome sin salida entre aquellas reflexiones, cuya fuerza consistía, precisamente, en ser idénticas a las que yo me había hecho más de una vez, por lo mismo que no era tan sordo ni tan ciego como Matica me juzgaba.

Y no se habló más.




ArribaAbajo- XIX -

Pero el malhadado pleito no se apartaba un punto de mi imaginación; y en ella se multiplicaban con asombrosa fecundidad, como toda mala semilla, y crecían y se esponjaban los sombríos pensamientos sin hora de verdadero reposo para mí.

Pasé de este modo una semana bien cumplida; y cuando ya comenzaba a acostumbrarme a la carga, y aun intentaba aligerarla un poco con el recurso de ciertas esperanzas que la triste necesidad me fingía en lo más obscuro de la mente, entró muy de mañana en mi cuarto el ínclito don Serafín Balduque, con el sombrero en la mano, chispeantes los ojuelos, torcido el corbatín, desabrochado medio chaleco y la capa arrastrando.

-¡Mueran los pillos! -gritó por todo saludo, mientras me tendía la mano.

Creí que se había vuelto loco, y le miré con asombro sin decir una palabra.

-¡Choque usted, señor don Pedro! -continuó, oprimiendo mi diestra con la suya trémula y ardorosa-: ¡la patria está de enhorabuena, y usted y yo también, y todos los españoles honrados!

-Pero ¿por qué, hombre de Dios? -le pregunté, lleno de curiosidad.

-Pues ¿por qué ha de ser sino porque cayeron los viles, los tiranos, los ladrones, los...?

-¿Quiénes son esos tiranos y esos...?

-¡El Gobierno, calabaza!

¡Yo sí que caí entonces despeñado en el más triste de los desalientos!

-Y no dirá usted -continuó el hombrecillo que el egoísmo enciende mi entusiasmo, pues allá se van en ideas los nuevos con los caídos, y nada espero de ellos; pero, al cabo, son otros hombres; no los infames que me quitaron a mí el pan y trataban de dar un puntapié a la Constitución... Porque ya sabrá usted que intentaba un golpe de Estado el Ministerio de las economías... Aquí está, calentito, El Clarín de la Patria, que lo reza punto por punto, con la lista de los nuevos ministros. Todos me parecen peores, y de ninguno de ellos espero cosa mayor; pero no importa: ya he dicho que no son los otros; los que me dejaron cesante y no han querido reponerme, ¡repillos...! ¡Y que esos hombres caigan en blando como las gentes honradas... ¡Mueran los ladrones...! Pero, hombre, ¡qué cosas dice Él Clarín al dar cuenta del suceso! No sé cómo se lo consienten, porque, al fin y al cabo, todos son lobos de una misma camada... Verdad que lo dice a medias palabras y entre renglones. ¡Cuidado si es caliente de boca el tal periódico... También trae la lista de los altos funcionarios que han presentado sus dimisiones al caer el ministerio. Excuso decir que el primerito está su amigote Valenzuela... Supongo que le tendrá a usted sin cuidado, ¿no es verdad? ¡Para el caso que le ha hecho a usted cuando me ha recomendado a él...! Por cierto que si no fueran ustedes tan íntimos, quizá me atreviera...

-¿A decir algo malo de él? -pregunté al cesante ¡interrumpiéndole nervioso-. Pues si es eso, diga cuanto guste, que más merece la muy serrana partida que me ha jugado.

-¿También a usted...? ¡Ah, tunante manchego...! Pues digo de él que es el capitán de la cuadrilla; y que me asombra que haya tardado usted tanto en oírlo y en conocerlo. Muchas y muy gordas ha hecho; mucho ha podido, y quizá pueda mañana más que ayer, porque en España somos así..., pero, por de pronto, está boca abajo, nada le debo, y ¡mal rayo le parta!

Lo que don Serafín despotricó con este motivo, no cabe en papeles. Por conclusión me dijo:

-¿Usted no será hombre de echarse a la calle enseguida?

Excuséme con ocupaciones perentorias y con las poquísimas ganas que tenía de moverme de casa, en nada de lo cual mentía, y díjome Balduque calándose el sombrero:

-Pues yo, señor don Pedro, la corro hoy, aunque me cueste otra cesantía; necesito aire y movimiento, mucha noticia y mucho comentario, ¡sobre todo, los comentarios!, ¡parece que me nutren y me regeneran! De paso, se informa uno; se inquiere, se indaga; y como por lo más obscuro amanece... Ya procuraré verle a usted para comunicarle las impresiones recibidas... Conque repito la enhorabuena, y... ¡hasta siempre, amigo mío!

Tendióme la mano, y salió de mi casa tan nervioso y desconcertado como había entrado en ella.

Entre tanto, desvanecidas del todo mis débiles esperanzas con la noticia que me trajo don Serafín, había formado yo una resolución irrevocable. Escribiría a mi padre sin pérdida de tiempo dándole cuenta del fracaso de nuestros proyectos, no por culpa de Valenzuela, pues esto equivaldría a una puñalada en el honrado corazón del pobre hombre, tan pagado de las hidalguías y larguezas del personaje, sino por razón del reciente cambio político que, por entonces, hacía inútiles los buenos deseos de mi generoso protector, y le anunciaría mi próxima vuelta a la Montaña a esperar tiempos mejores. Con el poco dinero que me quedara después de liquidar mis cuentas con la posadera, tomaría el rincón más barato de la diligencia; y si ni para esto me alcanzaban los sobrantes, haría el viaje en galera acelerada, o séase carromato de cuatro ruedas, que tardaba diez o doce días de Madrid a Santander. Una vez en mi casa, ya hallaría yo modo de ir informando a mi padre poco a poco de la verdad, y de explicarle, sin que le doliera mucho, la inversión de mis reservas a tanta costa adquiridas; armaríame de valor para sufrir la, rechifla que me esperaba de los Garcías y de otros que no eran Garcías, al verme tornar con el moco lacio, pobre y desvalido, al mísero hogar del cual me vieron salir tres meses antes entre los resplandores de los prestados rayos del manchego sol que había deslumbrado a todo el pueblo; establecido ya en él, iría borrando de la memoria, con la fuerza de la necesidad, las golosinas del mundo que había catado, y tornaría a pretender la secretaría del ayuntamiento, y hasta sería capaz, si no me la daban, de labrar la tierra con mis propias manos, con tal que así lograra satisfacer las primeras necesidades de la vida y servir de amparo y de consuelo a la honrada vejez de mi padre.

Bajo estas impresiones me puse a escribirle; y escribiendo estaba todavía, cuando se me presentó delante Matica.

-¿Qué se hace? -me preguntó sin saludarme.

-Ya usted lo ve -respondíle señalando a la carta.

-¿Para quién es...?, y usted dispense la franqueza.

-Para mi padre.

-Lo suponía. Le dará usted cuenta de la caída del ministerio.

-Justamente.

-Y acaso, acaso, y con este motivo, le anuncie usted propósitos de volver a la tierra...

-Cabal. ¿En qué lo ha conocido usted?

-Después de lo que hablamos el otro día, eso es lo que procede en un hijo tan honradote y concienzudo como usted.

-Me falta media carilla, y no quisiera perder el correo. ¿Me da usted su permiso para concluirla?

-No, señor: antes le mando que suspenda la tarea; óigame, y continúela después si le parece.

Dejé la pluma, sentóse Matica, pusímonos frente a frente, y me habló así:

-¿Le conviene a usted un empleo en Madrid, con veinticinco duros mensuales, pagados a tocateja, duradero, de poco trabajo y no precisamente antipático?

Parecióme la oferta una canonjía llovida del cielo de repente.

-¿Y si yo dijera que sí?

-Sería para usted.

-¿Desde luego?

-Desde hoy mismo.

-¡Demonio! -exclamé en el colmo de la sorpresa-. Hágame usted el favor de explicarme eso.

-Está vacante la administración de un periódico de importancia; lo he sabido anoche; hablé con el director (propietario a la vez), gran persona y amigo mío; le ofrecí un administrador de las condiciones y señas de usted, una por una... y un poquito más, por si acaso... siempre a reserva de que te convenga a usted la plaza, que yo creo que le conviene, y por eso me acordé de usted; aceptó la oferta el amigo, que me sirve siempre que puede, a reserva también de que usted le convenga a él; y como esto acontecía cuando ya era por filo la media noche, he madrugado hoy para enterarle del caso, ganando todo el tiempo posible, porque en Madrid abunda el hambre, los buenos bocados se huelen de lejos, y no hay que fiar demasiado en palabras de los hombres.

Oyendo esto, di media vuelta sobre la silla, soltó las chinelas de dos pernadas vigorosas, y comencé a calzarme las botas, que estaban al alcance de mi mano. Matica se sonreía y me dejaba hacer. Después cogí la capa, luego el sombrero, y, por último, rasgué la carta que había empezado a escribir a mi padre.

-Estoy a las órdenes de usted -dije a Matica, conmovido y acelerado.

Celebró el tal con grandes risotadas el desconcierto en que me veía; y yo exclamé, temiendo que se burlara de mí en todo cuanto me había referido:

-¿No dice usted que hay que aprovechar los instantes?

-Sí que lo dije; pero no hemos de tomar los dichos tan al pie de la letra. ¡Estos caballeros rurales tienen una virginidad de impresiones...! Considere usted, amigo Sánchez, que el periódico es matutino, por lo cual sus redactores velan hasta muy tarde, y es posible que, a la hora presente, no encontremos todavía con quien entendernos en aquella casa. Demos, pues, tiempo al tiempo, y entre tanto, hablemos un poco del asunto. Todavía no sabe usted de qué periódico se trata.

-Cierto -respondí-. Pero ¿qué más da?

-Creo haberle oído a usted manifestar cierta ranciedad de ideas en política.

-La impresión de la lectura del periódico de mi padre -dije, con escaso respeto a las tradiciones de familia-. Pero, de todas maneras, yo no he de predicar allí en ningún sentido.

-Es verdad -replicó Matica-; pero como en esto de malas ideas, en opinión de ustedes los apegados a lo de antaño, tanto peca el que tiene la oveja como el que la desuella, yo quiero descargar mi conciencia de toda responsabilidad, advirtiéndole que el periódico de que tratamos es batallador, irreconciliable, por sistema, con todo lo actual y cuanto pueda venir a su semejanza, alarmista, reñidor; en fin, revolucionario.

-Que lo sea.

-Puede haber palos allí alguna vez...

-Que los haya...

-Pues ante tan heroica resolución, no tengo más que decirle sino que el periódico se titula El Clarín de la Patria.

-Le conozco.

-Periódico muy arraigado -continuó Matica-, de gran circulación y de mucha autoridad en la política revolucionaria. Paga bien y a tiempo..., ¡cosa rara! Buenas gentes las que le redactan..., demasiado levantiscas quizá.

-Y no está mal escrito, en lo que yo recuerdo.

-Todo lo bien que puede escribirse al son del himno de Riego, que no es gran cosa. En lo puramente literario está mejor vestido: suena mucho su aplauso y es muy codiciado de las gentes literatas. Sus sátiras tienen justa fama, y el Gobierno las teme de lumbre... En fin, que tiene grandes elementos de vida, y no hay temor de que fenezca con ella, de la noche a la mañana, el cargo de administrador.

-¡Aunque no me dure una semana! -dije lleno de convicción-; esa tregua iré ganando, después, Dios dirá.

-Por lo demás -continuó mi amigo-, el empleo es cómodo y llevadero. No es la oficina que le hubiera ofrecido Valenzuela, con su papel de barbas, sus legajos polvorientos, su uniformidad de mesas, de gorros de terciopelo y de manguitos de percalina. Verdad que no son poéticos los casilleros, el talonario de bonos, la lista de suscriptores, el libro de caja y tantos otros útiles que pondrán bajo la inmediata responsabilidad de usted en esa administración; pero sobre no haber que temblar por los cambios súbitos de situación, las veleidades de un superior jerárquico, las traslaciones forzosas de residencia, etc., para las aficiones de usted, educación patriarcal y prendas de carácter, no puede hallarse empleo más a propósito en las circunstancias que actualmente le rodean. No va usted a esgrimir la pluma en el agitado campo de la literatura y de la política; pero si a vivir en sus fronteras, a contemplar sus horizontes, a conocer sus gentes y su modo de ser, a presenciar sus batallas, a oír sus gritos de combate y admirar sus bríos indomables, sus fervorosas y apasionadas luchas sin hora de descanso. El incesante gemir de las prensas vomitando proyectiles de ideas arrullará sus oídos, y el tufillo diabólico de la pringosa tinta que ha transformado el mundo producirán en usted misteriosos, invencibles cosquilleos que pondrán en loca ebullición su sosegadamente, y harán que en su diestra se agite la pluma y corran sus puntos sobre el papel, solicitados de una fuerza que no estará seguramente en los encasillados del libro Mayor. No nacerán allí, porque es campo revuelto y agitado, los frutos intelectuales que necesitan, para su gestación y desarrollo, largas meditaciones y ardorosa inspiración; pero, puerto franco y abierto, llegará a él la riqueza de todos sus similares, muestra peregrina de la varia actividad del pensamiento humano en esta castiza tierra de los garbanzos y de los motines. El folleto insulso, con aires de diatriba venenosa contra el ministro del ramo o del partido político que cometieron la injusticia de desoír y desatender al autor; el tomito de versos, en variedad de tonos y para todos los gustos; la lujosa Memoria repleta de guarismos, en la cual la gerencia manifiesta a los señores socios que en el ejercicio próximo aquello será un platal, si dejan que los recursos naturales y legítimos de la sociedad se desenvuelvan dentro de la esfera del crédito, a faltas de moneda de mejor ley; el drama tremebundo, impreso en justo desagravio de la silba con que le recibió un público alevoso; la obra del erudito, fárrago interminable enderezado a fijar la naturaleza de la argamasa invertida en la construcción de la Cloaca Máxima, llamada por Catón Cloacale flumen; el Ramillete oloroso de advertencias morales, «que una madre piadosa dedica a la educación de la tierna infancia»; Las pesquisiciones históricas a través de los siglos más remotos, opúsculo de un dómine rural, que entretiene así sus largos ocios... y su hambre; El despertar de la modorra del pueblo, centón de máximas políticas, glosadas por un patriota, mártir de la santa causa de la libertad: el Tratado de partos; la novela de costumbres, la histórica, la científica, la teológica, la, marítima; el Prontuario de cambios; el Canto épico, modesto ensayo de un joven alumno de veterinaria; el Manuale rusticorum, fechoría de un humanista empedernido... hasta el ejemplar de la nueva edición del Breviario, o del Misal; en fin, de todo lo imaginable habrá sobre aquellas mesas, y debajo de aquellas mesas, y sobre las sillas, y debajo de las sillas, y en el pasadizo, y en los rincones, y detrás de los armarios, y en los cestos, y en el montón de la basura; y cada cosa habrá ido allí por el correo, o a la mano, con el autógrafo correspondiente en la anteportada, recomendándose humildemente a la indulgencia del periódico, pero con el propósito de que éste ponga la obra sobre los mismos cuernos de la Luna... Pues ¿qué le diré a usted del entrar y salir de gentes de tan varios temperamentos y cataduras como los asuntos que les mueven, y las conversaciones que entablan, y las porfías que suscitan, y los planes que exponen, y las sospechas que apuntan o las noticias que dan? ¿Qué de los donaires de este redactor; de las cosas del otro, de las aprensiones de aquél; de los resabios del de más allá; de los alientos, de las esperanzas o del desánimo de todos, según corran los aires de la política, y los suyos se aproximen o se alejen? Pero no quiero quitarle a usted el interés de la sorpresa, anticipándole, informes que han de ser sabroso cebo de su curiosidad... Hágame usted el favor de darme un aplauso por este parrafejo, que, para soltado de pronto, no me ha salido del todo mal; y... el señor Sánchez tiene la palabra.

No un aplauso, sino un abrazo muy estrecho fue lo que yo di entonces al agudo extremeño; la mejor moneda con que podía pagarle allí el cariño que me demostraba y el grandísimo favor que me había hecho.

Y hablando, hablando, pasó una hora más, y juntos y charlando todavía, salimos a la calle.




ArribaAbajo- XX -

Era el tal empleo una verdadera ganga, si no por el estipendio, que no pecaba de pingüe, aunque a mí me lo parecía, por lo llevadero del trabajo, lo cómodo de las heras y la índole de las gentes a quienes servía yo. Algo me costó convencer a mi padre de que tanto daba estar empleado allí como en otra parte, porque el buen señor, aun sin la instintiva repugnancia que sentía hacia un periódico de las ideas de El Clarín de la Patria, hubiera preferido mi vuelta a la aldea mientras la nueva tortilla ministerial se volcaba, y tornaba a estar en candelero Valenzuela, de cuya paternal solicitud por mí esperaba torres y montones; pero al fin se convenció, y creo que de buena fe, y con ello me descargué del único pesar que entonces me afligía.

Por encarecimientos y recomendaciones de Matica, que era niño raimado en aquella redacción, fui considerado en ella desde el primer día bastante más que como un simple empleado de la casa; pero recientes escarmientos me habían enseñado los riesgos de salirme de mis quicios, y me guardé mucho de abusar de estas ventajas, lo cual se tradujo allí en rasgo de modestia, y con ello me afirmé un tantico más en la estimación de todos los redactores.

Eran éstos, los que podían llamarse de plantilla, cinco con el director, porque los colaboradores, amigos y aficionados de todas especies, no tenían número. El director, a quien daré el nombre, por no dejarle sin alguno, para mayor facilidad del relato, de Redondo, tenía toda la fe, todo el entusiasmo y todo el tesón de un verdadero sectario. Era de la Rioja, patria de los grandes progresistas, y rico. Olózaga era su Minerva, Espartero su Marte, la Milicia Nacional el sustentáculo del Olimpo, y la Constitución del 37, con las liberales reformas reclamadas por las necesidades de los tiempos que corrían, su libro santo. A esta empresa había consagrado, con heroico desinterés, cuatro años hacía, fundando aquel periódico, su caudal, su poco talento, su reposo y aun el de toda su casta. Jurara yo que no cabían en aquel hombre otras aspiraciones que las de arrojar de España «la tiranía», descargar el presupuesto nacional del «ominoso renglón del culto y clero», y restablecer, por ende, el imperio de la libertad al son del himno de Riego y al amparo del Duque de la Victoria. A lo sumo, a lo sumo, la de sentarse en los escaños del Congreso, proclamado el sufragio universal, por el voto libre de un distrito de su provincia; y no por míseras vanidades ni con lucrativas intenciones, sino por velar así más de cerca contra las asechanzas de «la mano oculta de la reacción».

Era vehemente, nervioso; y con esto y la fe que tenía en sus principios políticos, la práctica de tratar de ellos a todas horas y en todas partes, lo saturado que estaba de la idea, y el horror que sentía por todo gobierno reaccionario, y periódico, libro o folleto que los amparase, era una verdadera máquina de escribir artículos de fondo; pero muy al caso y buenos: al caso, porque al entusiasta riojano no le dolían prendas, y siempre peleaba en terreno firme, aunque con la escasa libertad de movimientos a que le sujetaban los preceptos de la ley; buenos, porque por tales se reputaban los que, como aquéllos, abundaban en hinchazones rimbombantes y en ese fraseo pomposo y descomunal de lugares comunes y vocablos hechos; brillo de talco y estruendo de hojarasca, que han venido siendo (y no digo que son aún, porque algo noc hemos enmendado los españoles en ese resabio, de entonces acá) el ritmo de las batallas periodísticas, en las cuales pagaba siempre los vidrios rotos, y, a las veces, los paga todavía, saliendo descalabrada y maltrecha, la inocente lengua castellana. En este género de faenas era todo una especialidad el progresista Redondo; y en virtud de ello, excusado es decir que se le reputaba por uno de los más valientes, ilustrados, hábiles y temibles periodistas de aquel entonces.

Pero ¡qué vida la suya! Me estremecía su actividad incansable, siempre con el mismo tema y enderezada a un solo fui. Lo de menos era, con ser mucho y penoso, el trabajo que tenía en la redacción. Fuera de ella no sosegaba un punto: el salón de Conferencias y los pasillos del Congreso; el café de La Iberia; la visita a algún prohombre del partido; la cita con el emisario del círculo patriótico de aquí; la respuesta al mensaje de los liberales de allí; el asedio al ministro de la Gobernación por el zapatero preso o el excedente perseguido... ¡y qué sé yo! Todo lo recorría, y en todas partes estaba empujado por la misma fuerza, hablando del mismo asunto y sirviendo la misma causa. Su mujer y sus hijos eran los que menos le veían. Llegaba tarde a las horas de comer; comía poco y de prisa, y vuelta a la calle. Trasnochaba. y al buscar en el lecho algún descanso, asaltábanle las pesadillas en cuanto le rendía el sueño. A todo esto, esperando cada hora que el Gobierno le enviara a Cádiz, y desde allí, bajo partida de registro, a comer el amargo pan de la emigración a los quintos infiernos. ¡Y tan satisfecho!

No tenía cincuenta años, y era bastante bien parecido; y aunque se preciaba de esmerado en el ornamento y atavío de su persona, atrasaba mucho, pero mucho, en el reloj de la moda imperante. Achaque era éste muy común en los hombres de sus mismas ideas. ¡Y si atrasaran sólo en el vestir y el afeitarse...! Pero no es de extrañar: ocupados en predicar el progreso se olvidan de practicarlo.

Parecíame a mí que los dos redactores que le ayudaban en la parte puramente política del periódico no tomaban el asunto tan a pechos como él; y eso que rayaban más alto en ideales, palabreja que ya comenzaba a sonar entre los atisbos democráticos que centelleaban a ratos al choque de las ideas. El uno era madrileño; andaluz el otro; jóvenes ambos y muy duchos ya en el oficio, al cual, en sus lucubraciones periodísticas, llamaban sacerdocio. El cuarto redactor tenía a su cargo la gacetilla y otras menudencias. Parecía de pronto lo más insignificante de la casa; y, sin embargo, de aquel rinconcito salían los tiros más certeros, los proyectiles más envenenados, los golpes más contundentes, lo que daba, en fin, verdadero interés al periódico; porque a nadie le disgusta ver crucificado a un ministro en un soneto, o narrada la vida de otro en unas aleluyas chispeantes, o achicharradas las flaquezas del lucero del alba en una letrilla de rescoldo; y todo eso lo hacía a maravilla aquel endiablado mozo, que me recordaba a Matica, cuando Matica se conformaba con ser mordaz sin ser obsceno.

Me consta que algunas veces le ayudó éste con gran éxito en su «misión» corrosiva y demoledora.

Las revistas literarias semanales estaban encomendadas a un colaborador que se firmaba Segismundo, y que, como este famoso personaje, no se mordía la lengua, para cantar las verdades al más guapo, ni se olvidaba de que tenía en su desfachatez fuerzas bastantes para arrojarle por el balcón al mar de todos los oprobios, si llegaba el caso, como llegaba a menudo, porque lo malo abunda, desgraciadamente.

Estos hombres, más otro inofensivo redactor de tijera, a cuyo cargo estaban las noticias de provincia y del extranjero, con tal cual insulso y ñoño comentario, eran los que de ordinario alimentaban de materia legible a El Clarín de la Patria; pues las correspondencias de medio mundo que se publicaban en él eran escritas, casi siempre, en la misma redacción.

Ocupaba ésta lo mejor del piso bajo de la casa en que estaban instaladas todas las oficinas. La mía se hallaba cerca de la puerta de entrada, y tenía otra de escape que comunicaba con la redacción, espaciosa sala con un gabinetito de respeto donde se recibía a los visitantes muy esperados, y se trataban los asuntos de mayor cuantía. El resto de la casa lo ocupaba la imprenta. Todos los sirvientes, de redacción abajo, estaban a mis órdenes, dos de los cuales me ayudaban en la oficina de mi cargo: y como eran antiguos en ella y muy duchos en aquellas incumbencias, no solamente me aliviaban de una gran parte de mi trabajo, sino que en pocos días me pusieron al corriente en todo cuanto abarcaba mi jurisdicción administrativa. Entonces pude ver, con mucho gusto mío, que El Clarín de la Patria tenía grandísima suscripción y comenzaba a ganar no poco dinero.

Cuantas noticias me había anticipado Matica referentes a aquella casa eran la pura verdad: los libros y los folletos andaban en ella por los suelos; y de periódicos nada se diga, porque cambiaban con El Clarín casi todos los de España y muchos extranjeros; así es que me faltaba tiempo para engullir fárrago y más fárrago; pues es de notarse que mi voracidad era tanto más insaciable cuanto mayor era el acopio en que se cebaba. Solamente uno de mis subalternos de oficina poseía cerca de treinta novelas recortadas por él de folletines; pues todas me las leí en semana y media; y como la redacción tenía butaca gratis, cuando no dos, en cada teatro, siempre había alguna de sobra, de la cual disponía yo por especial obsequio del director, que conocía mis aficiones. De manera que en estos dos vicios, que tanto dinero me habían costado antes, podía hasta encenagarme sin gastar un maravedí; lo cual representaba un sobresueldo de mucha consideración. Aprendí un poquillo de francés con un perdulario que entraba mucho en la redacción a título de agente de los liberales de allá, y me daba una lección diaria por treinta reales al mes. Bastante más le sacaba al inocente director, a quien tenía sorbido el seso trazándole planes y encajándole estupendas bolas sobre «socorros mutuos de progresismo internacional», como decía Matica cuando el candoroso Redondo le contaba los milagros que podían obrarse por mediación de aquel sinvergüenza, que apestaba a cognac desde el vestíbulo.

La ordinaria concurrencia de extraños a la redacción podía clasificarse en tres grupos: ociosos pegotones que iban a darse allí un hartazgo de periódicos de todos colores; liberales vehementes que, no contentos con lo poco que podía publicar la prensa y lo contradictorio de los rumores de café, buscaban con avidez noticias gordas en buenas fuentes, y amigos e iniciados en los secretos del partido. a los primeros de este grupo pertenecía Matica, que me visitaba muy a menudo; a los segundos «un honrado hijo del pueblo», carretero de oficio, con taller en la plaza de la Cebada, y que se llamaba Godos (a) Bujes; el cual Bujes era un hombre de «cierta edad», rehecho, bien aplomado y muy belludo; morenote, sereno de faz, algo cuadrada ésta y rigorosamente inscrita en un marco negro como el cisco, marco formado por las patillas, sin bigotes, unidas por delante de los oídos al pelo de la cabeza, recortado en medio punto a dos dedos escasos sobre las cejas hirsutas. Vestía pantalón y blusa corta de mahón azul muy obscuro, sobre burdo traje de paño, y gastaba en la cabeza barretina morada, caída hacia el hombro derecho. Hablaba poco y no mal, en voz reposada y muy sonora; y cuando se enardecía algo, era hasta un poquillo elocuente. Pues este Bujes tenía mucho influjo entre los hombres de su barrio, y era, gran propagandista de las ideas de El Clarín. Había sido sargento 1º de la 4ª compañía del 1º de Ligeros de la Milicia Nacional disuelta el 43; y estuvo muy metido en el ajo del 48, creyendo que sólo se trataba de restablecer aquella benemérita institución, por cuya vida estaba él siempre dispuesto a dar la suya y otras ciento que tuviera. Cuando advirtió la equivocación era tarde para y por un milagro de Dios, tras de haber expuesto la vida en el negro trance, se libró de ir ensartado a Filipinas. Esto de la Milicia Nacional era el eje sobre que giraba toda la máquina de las ideas políticas del buen Godos; y aun, apurando un poco la materia, no la Milicia como «institución salvadora de los sacrosantos intereses de la libertad», sino el 1º de Ligeros, o quizá, quizá, el empleo de sargento de la 4ª compañía. Por supuesto que él no lo creía así, y antes se tenía, y lo era en rigor, por el más consecuente liberal de la Constitución del 37, sin restricciones ni reservas, de cuantos se paseaban por las calles de Madrid, y se paseaban de éstos a millares. Pero quiero yo decir (y sin ofensa de la honrada memoria de aquel benemérito progresista), que sin haber vestido los marciales arreos de miliciano ni conocido al general Espartero, tal vez no se hubiera consagrado con alma y vida, como lo estaba, al servicio de todas las cosas cuyo triunfo era de necesidad para que volviera Espartero, y se restableciera la Milicia Nacional, y, por consiguiente, la 4ª compañía del 1º de Ligeros. Después de todo, aun afirmando lo que pongo en duda con relación a Bujes, tampoco sería caso raro este ejemplar, como podían atestiguarlo, si fueran un poco dados a sutilizar conceptos y desenmarañar ideas mal digeridas tantos y tantos honradísimos representantes del comercio de aquende y de allende, ejemplares y hasta heroicos padres de familia, incansables contribuyentes por lo urbano, y miles y miles de ciudadanos pudientes, sin mácula ni tilde, que fueron honra, esplendor y sustentáculo del partido en sus mejores tiempos... ¡Y es natural, qué diablo! El uniforme guerrero tiene mucho atractivo, no vistiéndole a la fuerza, y al más panzudo y estevado le cae a maravilla; y el centellear del acero desenvainado, y la carrillera del morrión entre los dientes, y el batir de las cajas y sonar de las trompetas en esta parada y en aquel desfile enfrente de la honrada esposa y de los pequeñuelos asombrados, o delante de la novia emperejilada... Vamos, que es para que el más tibio arrime el hombro a cualquier pronunciamiento que lo traiga, por lo mismo que la «mano de la reacción» se lo lleva siempre que se le antoja.

Volviendo a Bujes, añado que era el agente preferido de Redondo, por activo, de confianza y valiente si los había. Podría ser inconsciente efecto de un escondido impulso de amor a la «benemérita»; pero ninguno servía a la causa entera y verdadera con mejor voluntad ni más abnegación que él. Esto lo sabían todos en aquella casa, y por ello era de todos muy cordialmente estimado.

Iba muy a menudo a hablar con el director, y casi siempre le recibía en el gabinete reservado, señal de que se trataba de asuntos de contrabando.

Allí se vivía en perpetua conspiración. Y, en verdad, que con sobrados motivos. Desde que imperaban los hombres que habían sucedido al tirano Bravo Murillo (copio el estilo de Redondo), estábamos todos los buenos liberales trinando de indignación: a un atentado seguía otro atentado; a un atropello, otro atropello; a una iniquidad, otra iniquidad. Al abrigo de su misma insignificancia personal, consumaban ¡cobardes! la obra infame que sus predecesores solamente se habían atrevido a iniciar. Nos habían aherrojado el pensamiento, apretando los tornillos que los otros pusieran a la prensa; habían atacado la inviolabilidad senatorial, destituyendo senadores por el pecado de votar, conforme a sus conciencias, desempeñando cargos oficiales; en fin, hasta habían devuelto los bienes a Godoy, ¡al amigo de María Luisa! ¿Se podía hacer más? ¡Y todo por cierta influencia oculta, a la cual se debió también que, al cabo, y cuando ya la luz iba a hacerse en el seno de la representación nacional, se declarara, de real orden, terminada aquella legislatura! ¡Por entonces sí que hubo movimiento en la redacción! Bujes ardía y chirriaba, como una manga sin engrasar dentro de su apellido, y Redondo no comprendía, ya que el partido yacía en letargo embrutecedor, cómo los adoquines de la calle de las Rejas no se levantaban solos para vengar de tanta afrenta al pueblo esquilmado y oprimido. De modo que en aquellos días, rebosándonos la indignación por encima de los estorbos de la ley, tuvimos tres recogidas y otras tantas causas criminales, que nos costaron mucho dinero y grandísimos disgustos.

Mi padre, que recibía el periódico regalado desde que yo andaba en su administración, no cesaba de conjurarme, por todos los santos de la corte celestial, a que no me dejara inficionar de aquellas endiabladas políticas que podían dar al traste conmigo, y aun con cosa más alta y respetable. Y vean ustedes: yo, que entre las gentes y los fervores de El Clarín de la Patria vivía tan fresco, indiferente y descuidado, me las echaba de terne con mi padre, y le hablaba de «las corrientes del siglo», de «vendas en los ojos», de la «necesidad de transigir y de andar para no ser atropellado», del «viejo obscurantismo», de «la luz de las nuevas ideas»... Nada, pura fatuidad.

En esto había llegado el verano, seco y achicharrador en aquella Libia desconsoladora, sin agua y sin árboles; los teatros estaban cerrados, y mis compañeros de posada y Matica se habían ido a pasar las vacaciones con sus respectivas familias. ¡Cuánto envidié a los primeros, que estarían recreando la vista en los verdes y frescos paisajes de mi tierra, al arrullo del espeso follaje mecido por las auras refrigerantes del Cantábrico, mientras a mí me ahogaba el tibio y espeso ambiente de las calles, que parecía salir de la boca de un horno de fundición!

Valenzuela se quedó también en Madrid, como un simple mortal; pero, a mi ver, en expectativa de los acontecimientos políticos que se sucedían con inusitada frecuencia. Por de pronto, el ministerio había caído al día siguiente de obtener el decreto de clausura de las Cortes, y el incoloro que le había sucedido tras una larguísima y trabajosa crisis no era viable, según el dictamen de expertos doctores en la materia. Se esperaba una situación más vigorosa y acentuada; y se esperaba con tal fe, que el mismo don Serafín renunció a gestionar en favor de su reposición, persuadido de la poca consistencia de aquel Gobierno.

-Pero ¿qué idea le ha dado a usted de meterse en estos líos? -me dijo en mi oficina al día siguiente de haber tomado yo posesión de ella.

Y como me asaltara cierto ruborcillo de decir la verdad a un hombre que me había tenido, y acaso me tenía aún, por un pudiente montañés,

-¡Qué quiere usted! -le respondí-: caprichos de los hombres; compromisos de amistad, y luego, que hay que saber de todo; y como a nadie le amarga un dulce, y éste lo es por muchas razones...

-Ya, ya. Pues, calabaza, me alegro de veras. Me gusta a mí este periódico por lo frescas que las canta. ¡Pues como pusiera yo en él la pluma, Santo Cristo del Amparo, con el saco de bilis que yo tengo!... Pero si no la pongo, ya le daré a usted ocasión de ponerla de modo que levante en vilo a algún pillo desorejado...

Y desde entonces iba a verme tres o cuatro veces a la semana. No con tanta frecuencia visitaba yo a su hija, pero la visitaba. Desde la noche que la hallé sola en la calle y la acompañé a su casa parecía haberme perdido el respetillo que antes me tenía: verdad que tampoco estaba yo a su lado, desde entonces, tan respetable y formalote como de recién llegado a Madrid. Sin embargo, siempre propendía un poquillo a lo sentimental la hija del buen Balduque. Sabiendo que le gustaban mucho las novelas, le di algunas, y observé que prefería siempre las más empalagosas por lo tiernamente tristes. ¡Pero qué monísima estaba, y cómo le rebosaba la frescura a medida que apretaban los calores del verano!

¡Como donde menos me abrumaban éstos era en las oficinas del periódico, bastante frescas, relativamente, en ellas me pasaba la mayor parte del día y de la noche; y sobrándome el tiempo hasta para leer, escribía y escribía... ¡Cuánto escribí en aquel verano, y cuánto oculté, como si fuera pecado, o rompí teniéndolo a crimen imperdonable! Porque la profecía de Matica se cumplió: el olor de la tinta de imprenta me embriagaba, y el ejemplo de los redactores me seducía. Escribí en verso y en prosa, serio y alegre; en fin, escribí de todo y sobre todo; porque, según ya lo he declarado otra vez, con una memoria descomunal y gran facilidad para asimilarme asuntos y estilos ajenos, en poniéndome a escribir no acababa, y daba un chasco al más pintado. Algo de lo escondido se vio, sin embargo, porque mi trato con la gente de la redacción iba siendo ya bastante íntimo y muy continuo. Aplaudiéronmelo, y, que quieras que no, lo enviaron a las cajas. Era a modo de reseña humorística de los acontecimientos político-sociales de la semana, que no valía dos ochavos; pero se imprimió, y alea jacta est.

Ni César se vio más resuelto y decidido al otro lado del Rubicón, que yo ufano cuando leí conmovido en la sección de Variedades de El Clarín de la Patria, el primer parto de mi ingenio que había merecido los honores de la imprenta.

Aquel mismo día cayó el ministerio. ¡Cosa más rara!, como diría don Magín de los Trucos. Murmurábase que le había derribado la misma oculta influencia que lo trastornaba todo en aquellos tiempos. Sucedióle otro presidido por el conde de San Luis, y volvió Valenzuela a gustar las dulzuras del presupuesto. El Clarín de la Patria saludó el acontecimiento con un botasilla que le costó un disgusto de los gordos. Pocos días después me escribía mi padre:

«¡Ahí le tienes ya, hijo mío! ¡Acude a su amparo, que no te lo negará ahora que puede y está agarrado en firme; y deja esas interinidades, tan peligrosas para el cuerpo como para el alma!...»

¡Para dejarlas estaba yo, después de haber catado la tinta de imprenta, y teniendo en casa la manera de arrimar una paliza diaria al pícaro manchego!




ArribaAbajo- XXI -

Comenzaba el otoño; tornaban a sus hogares los expedicionarios veraniegos de Madrid, que entonces no eran tantos ni tan varios como ahora; inauguraban sus campañas, de invierno los teatros; despolvoreábanse los aristocráticos salones; comenzaba, en fin, a palpitar la vida de invierno en el corazón del adormilado Madrid del estío, y El Clarín de la Patria aún tenía echada la llave a la sección de revistas semanales, crónica razonada del movimiento literario de España, con entretenidas excursiones, a veces, hasta por la elegante indumentaria de salón. ¿Y cómo abrirse aquellas puertas si el que vivía dentro se había mudado de casa? Es de saberse que Segismundo había cambiado su pluma de revistero por la de oficinista en el ministerio de la Gobernación, adonde le había llevado el conde de San Luis, gran protector de literatos, si es que puede llamarse protegerlos el colocarlos de modo que o tengan que dejar de escribir, o que descuidar los asuntos de su cargo. Y que no amengüe en nada la franca exposición de este mi leal parecer la buena memoria de aquel rumboso prócer, en lo que atañe a su incansable deseo de amparar a los hombres de talento; pues bien sabe Dios que si desapruebo el modo, estoy muy lejos de no aplaudir la intención.

El caso es que como no era decente que Segismundo cobrara con una mano la respetable nómina de su destino, y con otra escribiera en el periódico de más rabiosa oposición de cuantos se publicaban en España, se despidió muy cortésmente de Redondo, con expresiones para todos los demás de la casa; y habiendo acontecido esto, un día me llamó el director a su gabinete, donde estaba con los demás redactores, y después de poner a Segismundo de pancista, de liberal de pega y de otros tales primores, que no había por dónde cogerle, me dijo:

-Hemos acordado ahora mismo que se encargue usted de hacer las revistas literarias.

Necesité que me repitieran a coro todos los presentes estas palabras, para convencerme de que estaba despierto y de que no se burlaban de mí aquellos señores, cada uno de los cuales podía desempeñar el cargo muy gallardamente, al paso que yo...

-No hay excusa que valga -me decían, atajando uno a uno mis reparos-. Es cosa resuelta. Ninguno de nosotros puede dedicarse a eso por falta de tiempo, y aun de dotes que abundan en usted.

Me asustó el piropo, y quise sacudirme de él. Me lo volvieron a echar encima. Expuse mi ignorancia, mi inexperiencia...

-Le hemos oído a usted muchas veces -dijo el gacetillero- atinadísimas observaciones sobre las obras dramática s que conoce, y en lo que lleva publicado en El Clarín hay muestras de todo lo que se necesita para ser un revistero en regla...

-No es lo mismo -repliqué- emitir una opinión hablando familiarmente que escribir un juicio razonado, que ha de leerse y criticarse...

-¡Qué juicio ni qué calabaza, hombre! -replicó el redactor madrileño, que escribía hasta de teología sin haberla saludado-. ¡Medrados estábamos si tuviéramos que conocer a fondo todos los asuntos que ventilamos en la prensa! ¿Para qué es el ingenio, para qué las callejuelas y puertas falsas del arte, de la lengua y del estilo, sino para entrar donde se nos antoje y salir cuando nos acomode, sin temor de que nadie nos cierre el paso ni nos sorprenda ni nos corte la retirada? Es natural -continuó-, por lo mismo que es usted modesto, que le asuste un poco la idea de lanzarse de golpe y porrazo a fallar en última instancia pleitos de tan especial naturaleza; pero si usted reflexiona que, por de pronto, no es de necesidad absoluta que esos fallos sean tan claros que todo el mundo los entienda, ni siquiera que sean fallos, la cuestión cambia de aspecto. Vea usted un plan. Mientras examina usted el terreno y toma posiciones y se acostumbra a mirar cara a cara al enemigo, y al olor de la pólvora y al estruendo de las primeras embestidas; en una palabra, mientras no sea dueño absoluto del campo (que no tardará en serlo) no suelte usted prenda alguna allí donde vacile siquiera, despáchese con un poco de pirotecnia que deslumbre y haga ruido; donde se considere algo más firme y mejor pertrechado hunda el arma hasta la empuñadura, o sacuda el incensario hasta que se acabe el humo. Para hacer esto con valentía y desparpajo, y sobre todo con acierto, comience usted por dividir las obras que examine en dos grandes grupos: las de nuestros amigos y las de los otros. Entiendo por obras de nuestros amigos las comedias, las novelas, los folletos, cuanto publiquen los hombres de nuestras ideas o de nuestra amistad íntima, o aquellos a quienes siquiera hablemos u oigamos hablar en el café, o nos merezcan alguna estimación en cualquier concepto simpático; y entiendo por obras de los otros las que publiquen los enemigos de la libertad y no nos saluden en la calle. Pues bien: supongamos que en una obra de nuestros amigos anda muy descuidada la forma; que es una comedia con cual se duermen los espectadores, o silban y patean; o un libro que se cae de las manos y afrenta a la lengua castellana. «Cierto -diremos- que hay algunos desaliños de lenguaje, y algunas contradicciones de carácter, y si se quiere, también algunos descuidos de monta en la trabazón de la fábula; descuidos, contradicciones y desaliños que no significan nada, absolutamente nada, en las obras de arte, por lo mismo que son de fácil y mecánico remedio, siempre que el autor se digne descender de las altas esferas de su inspiración desbordada para ocuparse en prosaicas maniobras de taracea. Pero el fin objetivo, pero la idea, pero los cauces que allí se abren a las corrientes de la nueva civilización; pero el altísimo criterio con que se expone y se desenvuelve esto y lo otro y lo de más allá...» Y aquí derrama usted el talego de todas las ponderaciones hasta sacar en consecuencia que en la tal obra lo bueno es de lo mejor, y lo malo no pasa de ligeros lunares. No hay para qué decir que cuando las obras de nuestros amigos son siquiera medianas en la forma y en el fondo, se voltean todas las campanas de la crítica. Pues supongamos las mejores condiciones de bondad en las obras de los otros. «No puede negarse -diremos- que está bastante bien escrita, que tiene cierta gracia, y que interesa hasta cierto punto; pero ¿cómo ha de ser bello lo que está concebido en la obscuridad y el frío de los sepulcros, y en la lobreguez de las ruinas? ¿A qué fin artístico responde el propósito fundamental de este libro o de esta comedia o de este drama? ¿Quién le ha dicho al autor que el arte, que es la belleza, puede hermanarse nunca con horribles ideas que pugnan con las corrientes de las modernas sociedades: el frío mortal del invierno con el calor vivificante del estío; la luz con las tinieblas?» Y así le va usted abrumando poco a poco, hasta que le mata, demostrando que la obra que analiza es una verdadera abominación. Si además de lo malo del fondo, por no ser de nuestras ideas, tiene flojilla la forma, cuatro despreciativos garrotazos, y a otro asunto... Desengáñese usted, no hay oficio más cómodo.

¡Ay Matica de mi alma! ¿Por qué retrasaste tu vuelta a Madrid? ¿Por qué no sanaste primero del prosaico romadizo que fue la causa de ello? ¿Por qué no estuviste a mi lado en aquellos infaustos días en que la serpiente me tentó con fruta tan de mi gusto? ¡Tú, con tu buen seso y parecer tan distinto del de aquellas empecatadas gentes, no me hubieras dejado caer en la tentación!... Porque caí, sí, caí sin que me valieran razones ni alegatos que se desvanecían en el humo del incienso con que me trastornaban el juicio mis interlocutores. Llegué a creerlos y a creerme a mí, por ende, capaz de las más altas empresas crítico-literarias; y cuando volvió Matica, muy cerca de fin de octubre, ya era tarde para retroceder. Ya había probado dos veces los deleites de aquel apetitoso magisterio, que a tantos mortales, tan firmes de mollera como yo, ha hechos unos pobres mentecatos antes y después acá. ¡Buenas cosas me dijo! ¡Grandes verdades me cantó palmoteando sobre los mismos testimonios de mi delincuencia!; pero ni Matica ni el Preste Juan eran capaces de convencerme de que no debía continuar la empresa que traía entre manos, desde que yo había leído en todos los periódicos liberales de Madrid estas palabras, remitidas, como supe andando los meses, por el gacetillero de El Clarín: «Están llamando la atención de todos los literatos las revistas críticas que publica en El Clarín de la Patria el distinguido escritor que oculta su verdadero nombre tras el modesto seudónimo de Pedro Sánchez. No tiene nuestro colega por qué sentir la deserción del famoso Segismundo al campo enemigo.»

He de decir cuatro palabras acerca del estado en que se hallaban mis dominios al empuñar yo el cetro de la crítica. En la novela imperaban las traducciones del francés, y eran los autores preferidos V. Hugo, Dumas, J. Sand, Sué, Paul de Kock y Soulié. La española tenía pocos cultivadores, y no abundaban los lectores que preguntaran por ella. Sabíase, creo que de oídas, que Villoslada había escrito Doña Blanca de Navarra, y que era ésta una novela excelentísima al modo de las de Walter Scott; alguna de Fernández y González era bastante más leída y celebrada. Fernán Caballero acababa de publicar Clemencia, después de haber adquirido fama con La gaviota, en 1849; pero es de advertir que, por resabios románticos que quedaban aún en el gusto del público, éste prefería el amor empalagoso e inverosímil de aquella sensible y lacrimosa heroína, al ridículo y extravagante inglés, y las inaguantables escenas a que este punto da lugar, a los sabrosos pasajes y cuadros llenos de color y de verdad, en los cuales entran, como figuras de primer término, don Martín, don Galo Pando, la Marquesa, la Coronela y la tía Latrana. Esto se desechaba por vulgar y poco elegante; y, sin embargo, era la miga del ingenio de Fernán; lo que ha hecho que viva y no muera jamás esa novela, como no morirán La gaviota ni otras muchas de la misma ilustre autora, precisamente por estar llenas de «vulgaridades» por el estilo. Como efecto de aquella misma causa, gozaban de cuanta boga podían gozar entonces libros en España, Jarilla y La Sigea, dos novelas románticas de Carolina Coronado, y El... (no recuerdo qué) de Monjaucon, otra que tal de la Avellaneda; en la cual novela andaba la heroína con la cabeza de su amante colgada del pescuezo, por medio de una cadena de plata, suplicio a que le había condenado el bárbaro castellano su marido. Antonio Flores había dado a luz otra de costumbres contemporáneas, con el título de Fe, Esperanza y Caridad abundante en cuadros curiosos y no mal pintados: pero atestado de lugares comunes de novelón por entregas. Vale mucho más que esto su galería de cuadros, Ayer, Hoy y Mañana, comenzada a exhibir en 1854, y terminada por completo años después. Reciente estaba también la publicación de El libro de los Cantares, de Antonio de Trueba, el mejor y más fecundo cuentista de cuantos se pasean en España, y el autor español más traducido a extrañas lenguas. Ayguals de Izco se había propuesto ser el Eugenio Sué de acá, y no quiero decir cómo lo lograba. De Antonio Hurtado se conocía una novela, Cosas del mundo, premiada recientemente por la Academia de la Lengua. Otra circulaba bastante, de Patricio Escosura, El Patriarca del Valle, y se elogiaban una de Juan de Ariza, Un viaje al infierno, sátira del Madrid de entonces, en que había muchos anagramas demasiado trasparentes, y otra, La dama del Conde Duque, bien pergeñada y con mucho sabor de época, de Diego Luque, a la sazón casi un muchacho.

El Curioso parlante había cerrado su cartera de apuntes literarios, y se entretenía en escribir de vez en cuando sobre Mejoras de Madrid, mientras saboreaba la gloria del renombre que le habían dado sus Escenas matritenses.

En el Museo de las familias, de Mellado; la mísera y casi andrajosa Ilustración, de Fernández de los Ríos, y El Semanario Pintoresco, no recuerdo de quién, pero sí que andaba en sus postrimerías, dábanse a luz, entre muchas traducciones, algunos trabajillos sueltos con las firmas precedentes que no han de inmortalizarse allí, y otras tantas que se han olvidado ya, o que, de seguro, estarán en Los españoles pintados por sí mismos, mamotreto célebre en que se declara todo menos lo que el editor se propuso; porque entiendo que en España hay algo más, como color nacional y distintivo, que zapateros de portal, beatas, canónigos, toreros, mozos de cordel y cuanto se inventaría en aquel catálogo de excepciones singularísimas; lo cual no quiere decir que cada figura de por sí no sea digna obra del pincel que la trazó; pero sí que el rótulo del álbum fue mal aplicado, o no se ajustaron a su sentido los pintores que iban llenando las hojas.

Y esto, salvo alguna insignificante omisión en que pueda haber incurrido mi memoria, es cuanto daba de sí el género, aunque parezca mentira.

El duque de Rivas, Zorrilla, Villergas y otros poetas de nota, andaban fuera de la patria, o calladitos en su pueblo o a la sombra de un destino. La Avellaneda, la Coronado y García de Quevedo, publicaban tal cual lucubración romántica, de tarde en tarde. El surtido de poesías de los pocos y malos periódicos literarios que existían, corría de cuenta de los Larrañaga, Vila y Goyri, Ribot y otros de quienes ya no me acuerdo o no quiero acordarme.

El teatro, ya que no por la cantidad por la calidad de los poetas, tenía más lozana vida que la novela. Bretón de los Herreros, aunque en el crepúsculo de la tarde, iluminaba todavía la escena en que tantos lauros había ganado, con frescas y agradables luces de su inagotable ingenio. Hartzenbusch escribía comedias tan delicadas como Un sí y un no; García Gutiérrez, aunque muy tentado demonio de la zarzuela, no olvidaba del todo a la musa que le inspiró El Trovador y tantas obras coronadas por el aplauso y la admiración del público de su tiempo; Tamayo trepaba a la más alta jerarquía del ingenio dramático con su tragedia Virginia; Ventura de la Vega, trabajando también a destajo para la zarzuela, saboreaba los aplausos que le valía El hombre de mundo, que aún no había perdido la novedad en los carteles, igual que acontecía con Don Francisco de Quevedo, lo único bueno que supo hacer para el teatro el ingenioso bohemio, haragán impenitente, Florentino Sanz; de Ayala se estrenaba Rioja con mediano éxito, y de Rubí De potencia a potencia y algo más que no recuerdo; Eguilaz había aparecido el invierno anterior con Verdades amargas, comedia ruidosamente aplaudida, y que no por estar plagada de incorrecciones de lengua, y hasta de arte, dejaba de anunciar un poeta dramático de buena cepa; inmediatamente después obtuvo otro gran éxito su drama Alarcón; y en la temporada de mi advenimiento a la crítica, su obra El caballero del milagro no fue menos afortunada que las anteriores; Serra emulaba los donaires de Bretón en humoradas tan lindas como La boda de Quevedo; Juan de Ariza escribía comedias muy agradables; y, en fin, y sin contar otras producciones más efímeras ni mencionar otros poetas de menor cuantía, se representaban traducciones tan importantes como Adriana y Sullivan, drama este último que valió a Julián Romea los mayores triunfos de su ya entonces larga y gloriosa carrera de actor.

Este hombre insigne, con la Palma y el viejo Guzmán, representaban aquel invierno en el teatro de los Basilios; en el del Príncipe, Arjona con Teodora, Lamadrid, Calvo y los Osorios; en la Cruz, Variedades o Instituto, compañías de poco más o menos entreteniendo con melodramas, magia y hasta cuadros disolventes, el escaso público de que podían disponer.

Aún se representaba de vez en cuando algo del género andaluz, puesto de moda años antes por el actor Dardalla y sus imitadores. Yo alcancé a ver todavía El corazón de un bandido en el teatro del Instituto, y el Tío Caniyitas en el del Circo, drama romántico muy afamado la primera de estas obras, y popularísima zarzuela la segunda, de Franquelo y Sanz Pérez, respectivamente, como casi todo lo que se representaba y se había representado del mismo abominable género.

El teatro de moda era el Circo de la Plaza del Rey, donde Salas y Caltañazor habían encontrado una mina de oro con la zarzuela, que comenzaba a volar muy alto, y se estrenaron, entre otras que no recuerdo, en aquella sola temporada, obras tan importantes como El Marqués de Caravaca, de Ventura de la Vega y Barbieri; El Grumete, de García Gutiérrez y Arrieta: El Valle de Andorra, de Olona y Gaztambide, y El dominó azul, de Camprodón y Arrieta.

Para juzgar de todas estas y aquellas cosas y de cuanto con ellas se relacionara, según los fueros de su bien ganada autoridad, estaban el ya entonces sabio y respetado Fernández Guerra (don Aurelio), que se firmaba Pipí, y Ochoa (don Eugenio), en La España: y en El Heraldo, Cañete.

Hecho este ligero croquis del campo de mis hazañas, declaro que, para mantener mi absoluto dominio dentro de él, no contaba yo con otras fuerzas ni más caudal de saber que el fárrago de novelas y de toda clase de libracos que había engullido, y de cuya mala digestión conservaba en la memoria, juntamente con lo atrapado en periódicos, corrillos y cafés, montones de parrafadas retumbantes, tumultos de hueca palabrería, apotegmas lamentables que yo sabía zurcir en el aire tomando del almacén tres de aquí y una de allá, y algunos latinajos de calamo currente, muy usados en la prensa política, como ¿risum teneatis?; ¿quare causa?; donec eri felix...; amicus Plato, sed magis amica veritas; fiat justitia et ruat coelum; timeo Danaos et dona ferentes... y otros tales. Sabía también, por habérselo oído a Matica, y por haberlo leído, que hubo un Boileau que escribió un Arte poética, reflejo de otra de Horacio, conocida con el nombre de Epístola a los Pisones; la cual Epístola, a su vez, estaba inspirada en la Poética de Aristóteles; sabía llamar preceptiva a cada uno de estos cuerpos de doctrina: preceptiva de Aristóteles... preceptiva de Horacio... ¡Sonaba muy bien! Después mucho de delinear caracteres, fluidez de lenguaje, estilo ameno, catástrofe, dualismo, unidades, razones estéticas, y sobre todo, el conflicto, el problema, los ideales. Estas palabrejas no las soltaba yo de la pluma en cuanto me caía una novela por la banda. «¿Cuál es el problema...?» «¿Dónde está aquí el conflicto...?» «¿Qué ideales se persiguen...?» Sabía algo sobre Moliére: que algunas de sus mejores obras eran arreglos de otras de Plauto, y llamaba tartuffe a todo gazmoño, y no ignoraba que Moratín había imitado y hasta traducido a aquel insigne francés. También habían llegado a mis oídos, como modelos de arranque sublimemente enérgico, los famosos Quos ego, de Virgilio en boca de Neptuno, para apaciguar una tempestad, y ¡Qui'l morût! del viejo Horacio en la tragedia de Corneille. ¡Mucho juego me dieron estas palabrotas!

Pues bien: con todo esto y con los nombres de los poetas y muchas comedias de nuestro teatro antiguo, y un poco más a su semejanza, y un compendio de Retórica y Poética, de Araujo, en preguntas y respuestas, que compré, para estar al tanto del tecnicismo del arte, y saber lo que es peripecia, anagnórisis, hipálaje, metonimia, hipotiposis y similicadencia, y la escasa luz que podía darme aquel mi buen sentido educado en los teatros por Matica, pero trastornado por el vértigo de la altura en que me había puesto a predicar sobre lo que apenas sabía discernir, me lancé a la brecha.

Recuerdo que me costó un poquillo tomar la embocadura a la tarea, pero con unos preludios de falsa modestia, un sahumerio discreto al talento de mi predecesor, y unas excursiones, eruditas a mi modo, por los cerros del arte, fuese templando el horno. Comencé entonces a barajar nombres y metafísicas y latinajos, y la política, imperante y la moral de los estoicos y los fríos de la estación, con el carácter distintivo de la dramática moderna y cuanto se me iba ocurriendo de sopetón, y aquello era volar, porque el meollo me ardía. me devoraba la fiebre estética, que dijo un doctor de fama, y de mi pluma caían, entre mares de tinta, borbotones de frases caldeadas. Nada tenía que ver todo ello con el asunto de que se trataba; pero la verdad es que abultaba mucho y que sonaba mucho más. Parecía una función de fuegos artificiales terminada con la explosión de una caja de cohetes.

Leíselo a mis compañeros, y lo aplaudieron; se publicó después, y gustó a los lectores. Esto acabó de cegarme; y desde aquel día, proclamándome señor y dueño del campo, comencé, con inaudita desvergüenza, a tratar al arte de tú y a mirar por encima del hombro a poetas, novelistas y comediantes. Declaréme, por supuesto, sprit fort, para estar en consonancia con el periódico en que escribía; y vi que era de necesidad aplicar a los escritores la ley de razas, tal como me la había explicado el madrileño. Recuerdo que la primera justicia que hizo fue en Fernán Caballero, con motivo de su flamante novela Clemencia. Yo no podía hablar bien de este autor (cuyo sexo verdadero me era aún desconocido), por ser un pertinaz propagandista de ideas reaccionarias (lo cual iba con El Clarín más que conmigo), y no saber dar interés laberíntico, ni unidad ni fondo a sus libros, repletos de charranadas andaluzas (y esto era de mi particular iniciativa y de mi especial incumbencia). Además, era de los de afuera, otra casta de escritores que había descubierto yo; porque es de saberse que casi iba persuadiéndome de que no se podía tener talento en España más que en Madrid. Para estas pobres gentes usaba yo un procedimiento particularísimo, de mi exclusiva propiedad: una ironía zumbona, sobre la cual retozaba una sonrisa de protectora compasión; tal, que no parecía sino que la mención aquélla era un mendrugo arrojado de caridad al hambriento de mis elogios. Pues con esta sorna cargante me fui sobre el libro; y, por si era poco y no me entendía el autor, convencido de que con ello le mataba para las letras, adelantándome treinta años a los pedantes de ahora, le asesté estas puñaladas, que, en mi opinión, no tenían cura: «¿Dónde está el argumento? ¿Qué problema se plantea en él? ¿Qué conflicto se resuelve? ¿Qué ideales se persiguen...? ¿No hay ideales? ¿No hay conflicto? ¿No hay problema? ¿El argumento es pobre? Luego no hay novela.» Y ya, puesto a matar, lancéme sobre Ochoa y Eguilaz, que acababan de publicar sendos artículos poniendo a Clemencia en los cuernos de la luna, cosa que yo no podía consentir. Por fortuna nadie me hizo caso; pero muchos jóvenes sabios, que no conocían ni de oídas a Fernán y se tuteaban con Cúchares y el Regatero, me colmaron de elogios.

Así crecía mi fama, y se acreditaba mi autoridad, y me temían ciertos cómicos, y me saludaban desde lejos determinados autores, y me tuteaban muchos periodistas; y tanto llegué a inflarme, que esquivaba la compañía de Matica, cuyas sinceridades eran mi castigo, y abandoné la tertulia del modesto café de La Esmeralda y la sociedad de mis paisanos, y me hice concurrente al Suizo entre la bohemia de la gacetilla y de la dramática al menudeo; y allí cobré afición a la disputa, y llegué a distinguirme por una facilidad de palabra verdaderamente espantosa.

A todo esto, mi padre estaba aturdido. «Hombre -me escribía una vez-: no entiendo bien esas cosas que plumeas; pero no quiero ocultarte que revelan mucho saber; y me asombra lo pronto que lo has adquirido y lo gallardamente que lo derramas. Estos Garcías, a quienes he hecho que lean algo de ello por medio del señor cura, están que trinan, y sostienen que el que lo firma es otro Sánchez, que nada tiene que ver con los Sánchez de mi casa. ¡Qué burros!»

En idéntico sentido me hablaba el cura, y de paso me enmendaba la ortografía de algunos latines usados por mí malamente. De mis cuñados, a quienes enviaba gratis el periódico, solamente el procurador se dio por entendido, y aun por entusiasmado. Me lo demostró en una décima, en estilo curial, que tenía que ver.

En fin, que adonde quiera que miraba y por donde quiera que iba, hallaba el camino sembrado de flores.




ArribaAbajo- XXII -

No me conformé con esto solo: había otro campo en que espigar nuevos y muy sabrosos triunfos, y nadie en mejores condiciones que yo entonces para colarme en él. Este campo era el mundo, la buena sociedad. Quería seguir las huellas que me dejó trazadas mi predecesor; y cuando lo consiguiera, mis revistas tendrían doble atractivo, y mi imperio se dilataría en casi otro tanto por las regiones del buen tono. Ya no era yo el apocado y meticuloso provinciano recién llegado a Madrid a pretender un destinillo que nunca se me daba; que estudiaba en los transeúntes el modo de andar y de vestir a la moda, y, estrujando los bolsillos para sacar un puñado de pesetas que no eran mías, adquiría con ellas un contrahecho arreo con que presentarme, tropezón y balbuciente, entre las gentes elegantes; ya no temía encontrarme con la familia Valenzuela, porque Clara respondía muy atenta a mis saludos, cuando de lejos se los hacía, y a los demás no quería saludarlos yo; vestía a la moda, porque mi sueldo, casi doblado desde que me había metido a crítico, daba para ello; era yo, en fin, un publicista que tenía un nombre que sonaba mucho en tertulias y cafés, y amigos y admiradores, y trato de gentes, y soltura y desembarazo para andar por Madrid como por mi casa... ¿Quién, pues, como yo para entrar con planta firme en los empingorotados salones, y aspirar a ser el mimado cronista de sus fiestas y ornamentos?

Y entré, comenzando por aquellos en que me había presentado Matica meses atrás. Pero me engañaba algo el pensamiento. Delante de los hombres me desenvolvía tal cual; mas delante de las damas desconocidas continuaba siendo un pobre babieca: me faltaba el pertrecho de ingeniosas frivolidades con que los chicos de mundo improvisan un tiroteo de galantes agudezas con una mujer, tan pronto como se acercan a ella; pertrecho que, por lo común, no se adquiere comenzando a buscarle cuando se tiene ya la cara llena de barbas, y se ha pasado el tiempo que queda atrás en los jarales de una aldea. Por fortuna mía, estaba allí Clara aquella noche; y viéndome perplejo y desorientado, a Clara me acerqué, como de escala en puerto conocido. No me pesó de ello.

¡Singular naturaleza la de esta joven! Siempre me hacía el efecto de una estatua con voz y movimiento. Costábame trabajo persuadirme de que detrás de aquella piel tersa, mate, verdaderamente marmórea, hubiera nervios sensibles, y arterias con sangre caliente, y un corazón que palpitara como el mío, y un alma que se asomara a aquellos ojos duros, imperiosos, negros, tan negros, que tizne de su negrura parecían las cárdenas ojeras que los circundaban. ¡Qué labios aquéllos, aunque húmedos y finos, pálidos, y, en la apariencia, yertos; y aquellos dientes menudos, blancos, cual si fueran tallados en una pieza de porcelana, y no nacidos uno a uno... y la voz, cadenciosa y hombruna, que, por una fascinación ejercida por este conjunto de singularidades plásticas, más me parecía efecto inmediato de la luz de los ojos que formada al modo de todas las voces humanas...!

Pero estatua o no, la hija de don Augusto Valenzuela había llegado ya a un grado de morbidez tan simpático, que se estaba uno a su lado muy a gusto. Ni ¿cómo era posible que yo, que la había conocido un año antes tan angulosa y enfermiza en la Montaña, contemplara las ronchas que le hacían los guantes en las rollizas muñecas, la redondez de su cuello y turgencia de sus hombros, mal velados por la transparente gasa de su ondulante y parlero camisolín, sin un sentimiento, cuando menos, de lícita vanidad, por ser hijo de la tierruca cuyos aires tales maravillas habían obrado en tan poco tiempo?

Creo que hablamos algo de ella, es decir, de mi tierra; pero ni una palabra de mis empresas literarias. O no las conocía Clara, o las estimaba en poco: de todas maneras, no era la omisión para envanecerme. Después bailamos juntos; y cuando descansaba de la fatiga del vals apoyándose en mi brazo, un poquillo jadeante y con un amago de sonrisa y una mirada rápida me explicaba la razón de su lícito abandono, entrábanme como deseos de decirla: «cánsese usted mas, señora, que aquí hay brazo para todo.» Pero me conformaba con admirar otra vez, en conjunto y en detalle, mientras hablábamos de cosas bien distintas, la obra regeneradora y escultural de las brisas de mi pueblo.

Apenas se hubo sentado, llegóse el fachendoso Barrientos a saludarla, y yo me separé de ella.

Mis subsiguientes empresas, aunque no a todo mi gusto, como tanteo de bríos no me dejaron descontento. Al otro día, que lo era de revista para el periódico, escribí algo de aquella soirée consta que la mención fue del gusto de las damas aludidas.

Me animó el éxito del ensayo y lancéme a otros salones: hízose en ellos ancho lugar el ruido de mis lisonjas; prestóme la osadía la travesura que me faltaba, y se colmaron mis ambiciones de ser el rey de la crítica literaria y el primer cronista, del mundo elegante. ¡Poder de cuatro dones aparatosos de la madre naturaleza, y de una desfachatez imperturbable!

Entre tanto, el gobierno de los polacos nos daba un disgusto cada día, y estaba poniendo en el disparadero la paciencia de la gente liberal. Hablábase de tropelías, de concusiones, de vandalismos; en fin, de todo linaje de desafueros cometidos por el poder; protestaba la prensa contra la opresión en que vivía, en un manifiesto al público, y eran encarcelados los repartidores y encausados y multados los firmantes; adheríanse a este manifiesto los periodistas y escritores de todas castas; uníanse estrechamente progresistas y moderados, y manifestábanse también contra la tiranía del Gobierno...; hasta «la juventud» indignada lanzaba su protesta correspondiente, pidiendo de paso «espadas; y si no las había, chuzos, y si no, piedras».

O'Donnell andaba oculto, porque burló la vigilancia de la policía, mientras salían «de cuartel», a varios puntos del reino, Armero, Concha, Infante... y no sé cuántos generales más; y muchos personajes civiles, unos a la fuerza y otros por precaución, desaparecían de la noche a la mañana; y como se había declarado una guerra a muerte entre el poder y las oposiciones, la palabra «insurrección» se traslucía en la forzada insipidez de los periódicos; oíase clara y terminante en las conversaciones de todos los corrillos, en la calle, en las tertulias y en los cafés... hasta que estalló en Zaragoza en forma de pronunciamiento, en el cual perdió la vida el brigadier Hore que se había puesto al frente de él.

La política, pues, lo absorbía todo en aquellos días vecinos a la primavera; pero la política tumultuosa, candente, convulsiva, oliendo a pólvora y a motín. En esto apareció El Murciélago, hoja clandestina que, bajo sobre enlutado, se colaba en todos los bolsillos, y hasta en los regios aposentos de Palacio; en la cual hoja se estampaban en letras de molde cuantas desvergüenzas se murmuraban al oído en las conversaciones reservadas. Y aquello fue un volcán, uno de cuyos cráteres más activos era la redacción de El Clarín de la Patria, como órgano de la fracción más inquieta y avanzada del progresismo de entonces.

¡Válgame Dios, qué hervidero aquél! El bueno de Redondo daba compasión, con los ojos hundidos, los bigotes erizados, los dedos sucios de tinta; sin comer, sin dormir, sin afeitarse; tan pronto perorando en la mesa de la redacción, como cuchicheando en el gabinete a puertas cerradas, con emisarios y cómplices; a veces escondido, a veces escondiéndose, sobresaltado, nervioso, inapetente... Bujes no cesaba de ir y venir. ¡Y qué gentes solían acompañarle! ¡Y qué cosas referían, y a qué cosas se brindaban! Los redactores, mis subalternos de la administración, los repartidores, todo el mundo hacía algo, servía para algo allí; todo el mundo menos yo, que, en aquellas horas de vértigo, atolondrado y absorto, hasta me olvidaba de que había en el periódico una sección que estaba a mi exclusivo cargo. Pero, en cambio, tenía, como nadie, el don desdichado de apropiarme los gustos, las impresiones y hasta las majaderías de los demás; una propensión funesta a contagiarme de las pasiones que flotaran en el ambiente que yo respirase; y, al cabo, me contagie de aquella fiebre revolucionaria que consumía a mis compañeros.

Síntomas de ella fue la admiración que comencé a sentir por los hombres que de tal modo se sacrificaban por la libertad de su patria; y Brutos, Catones y Gracos me parecían hasta Bujes y el portero de la redacción. El éxito ruidoso de los manifiestos y periódicos secuestrados por la autoridad, me llenaban de noble envidia; y comparándome yo con los hombres que tales riesgos afrontaban, dábame vergüenza del chisporroteo de mis batallas a alfilerazos con poetas y comediantes, y de los afeminados perfiles que mi pluma consagraba a los fútiles pasatiempos del mundo elegante.

Comencé a discurrir que, no obstante la importancia que mi altísimo ministerio (así llamaba yo al oficio) me prestaba entre editores, autores, empresarios, damas encopetadas y galanes a la moda; a pesar del pisto que yo me daba recibiendo, «en testimonio de consideración» y de otros sentimientos, ejemplares de cada libro, de cada comedia, de cada folleto, de cada copla que vomitaban las prensas de imprimir, la plaza de revistero prometía muy poco para en adelante; y el día en que la abandonara, nada me quedaría que la recordase sino la enemistad de los flagelados, el agradecimiento insulso y platónico de los pocos amigos a quienes había colmado de elogios, y el de las mujeres feas y de los hombres fatuos adulados por las lisonjas de mi pluma. Necesitaba yo, indudablemente, sin renunciar por entero a estos triunfos pacíficos, otros más resonantes y viriles; algo en que ejercitar las fuerzas que me prestaba la atmósfera que me envolvía, y más compatible con las aspiraciones de que me vi henchido de repente. Al logro de estas aspiraciones se caminaba por la sección de política palpitante de El Clarín. En busca de este camino enderecé resueltamente mis pasos.

Continuaba la prensa periódica más vigilada y opresa cada día; y, por lo mismo, más empeñados los periodistas en hablar de cuanto les estaba prohibido, que era mucho. De aquí el estudio y los esfuerzos de ingenio que se hacían para decirlo todo sin decir nada, y el hábito de afrontar riesgos muy graves a trueque de satisfacer las propias comezones y la curiosidad del público, ávido de escándalos con que entretener el desasosiego en que vivía.

Sin dar cuenta a nadie de mis proyectos; bien pertrechado de hojas sueltas y de algunos números de El Murciélago; tomando de las unas y de los otros hechos y nombres que yo desconocía, y procacidades y desvergüenzas calumniosas, cuya sola lectura me asustaba, convertílo todo en substancia y compuse con ello, en el silencio Y la soledad de algunas noches, un Cuento oriental que concluía empalando el pueblo al Visir, hombre infame y tirano que tenía secuestrado al Califa, a quien hacía, con viles amaños, encubridor de sus torpes y descomedidas ambiciones. Morían también los eunucos del serrallo y no sé cuántos servidores del alcázar, por desleales a su señor y cómplices del gran Visir en todos sus crímenes abominables. Estaban los lances del cuento rigurosamente ajustados a los sucesos políticos evidentes y a los rumores calumniosos del día, y abundaban las reflexiones satíricas y maleantes y los comentarios insidiosos, para que se fuera leyendo entre renglones lo que no alcanzaran a explicar los hechos descarnados del asunto. Dicho sea sin vanidad, el cuento resultaba no mal pergeñado, bastante entretenido y, a pesar de su tremebundo desenlace, muy risueño. Se lo leí a Matica antes que a nadie, y lo ponderó muchísimo.

-Parece mentira -me dijo- que esto lo haya escrito la misma pluma que tanto ha barbarizado haciendo revistas literarias. Hay que publicarlo, suceda lo que suceda.

Después se leyó a claustro pleno en el gabinete de la redacción.

-Aunque me cueste un viaje a Filipinas -exclamó Redondo entusiasmado-, esto se publicará, y en la sección de fondo: mañana mismo. La hoguera necesita más leña, y este solo tizón es un incendio. ¡A las cajas!

¡Cosa rara! El Argos de la censura previa, que no daba paz a sus cien ojos rebuscando en los impresos delitos que perseguir, fue ciego aquel día con El Clarín de la Patria; y sólo cayó en la malicia del cuento después que los repartidores se habían echado a la calle. Entonces comenzó el ojeo de la policía; y con los estruendosos alardes de costumbre, se secuestraron simultáneamente los ejemplares que quedaban en la redacción y los que se arrebataron de las manos de los repartidores. ¡A buen tiempo! Una gran parte de la tirada se había distribuido ya en Madrid. y con el pretexto de que los suscriptores que no habían recibido el número supieran la causa, El Clarín tuvo buen cuidado de referir en un suplemento el suceso, con el mayor número posible de pelos y señales.

Sucedió lo de siempre: el secuestro, y secuestro tan extemporáneo, avivó la curiosidad; buscáronse con avidez los ejemplares repartidos; leyóse el cuento pecaminoso; parecieron sus malicias de doble relieve del que les correspondía; cundió la fama de ellas; creció la curiosidad; y no bastando los ejemplares que existían en el dominio público, hízose copiosa edición clandestina del cuento; y de este modo no quedó casa ni café ni taberna ni bolsillo donde no anduviera mi obra, ni boca que no pronunciara el nombre del autor. Porque yo mismo lo declaré, «en confianza», al primero que me preguntó por él, tan pronto como caí en la cuenta de que tanto ruido y matraqueo era un toque a gloria para mí, y lo confirmaron en todas partes, sabiendo que en ello me complacían, Matica y mis compañeros de redacción. Para que nada faltase a mi popularidad, Bujes entusiasmado, y después de abrazarme conmovido, diomela en los barrios bajos repartiendo las hojas a docenas, descifrando los enigmas de la historia y ensalzando el talento y las cívicas virtudes del autor. Excitaba en la calle la curiosidad de los transeúntes, y me estrechaban la mano gentes que me eran desconocidas.

Yo estaba borracho de felicidad. Sin embargo, no dejaba de conocer que en circunstancias normales no hubiera producido el cuento tan extraordinario aplauso; que éste era obra de la persecución del Gobierno y del estado de los ánimos. En el embrollado mar de la política no tienen otros méritos tantos y tantos escritos que después del mío se han hecho muy famosos.

Hasta tal extremo lo fue éste, que llegué a abrigar muy serios temores de que el Gobierno me disipara la embriaguez del triunfo con algún disgusto serio. Lo mismo opinaban mis compañeros y amigos.

En esto recibí una carta de Valenzuela, el cual me llamaba a su despacho para tratar de un asunto que me interesaba. La primera impresión que sentí fue de espanto. Después me tranquilicé considerando que para apoderarse el Gobierno de mí, no necesitaba tenderme un lazo, ni mucho menos valerse para ello de la mano de Valenzuela, en quien no podía concebirse tan ocioso alarde de maldad, por malo y pícaro que fuese.

Consulté el caso, y hubo tres pareceres: que acudiera a la cita; que no acudiera; que me ocultara. Opté resueltamente por lo primero.

¡Qué fino, qué cariñoso... y qué desmejorado hallé al rumboso manchego! Me tendió la mano y hasta me preguntó por mi padre.

-Quiero demostrarle a usted -me dijo- que soy hombre de palabra, cumpliendo la que le empeñé aquí mismo, de avisarle tan pronto como pudiera ofrecerle algo que le conviniera.

-Siento muchísimo -respondí humildemente que ese testimonio de estimación con que Vuecencia me honra llegue un poco tarde.

-¡Tarde! -exclamó Valenzuela-: ¿por qué? -Porque temiendo morirme de hambre -repuse sin altanería-,en espera de cosa mejor, acepté, apenas cesó Vuecencia en el alto cargo que hoy ejerce de nuevo, el empleo que un amigo me proporcionó en la administración de un periódico.

-Algo más que administrarle bien ha sabido el afamado revistero Pedro Sánchez -añadió Valenzuela en tono lisonjero, y, a mi parecer, acordándose más del Cuento que de las revistas-; y precisamente porque conozco esas muestras de su buen ingenio y de su gallarda pluma, quiero emplearle a usted de modo que dentro de sus aficiones trabaje menos y le luzca más. ¿Entiende usted?

-Si Vuecencia se sirviera explicarse...

-Ante todo, déjese usted de tratamientos ceremoniosos, amigo Sánchez...

-Como usted guste -dije siguiéndole el humor.

-Pues quiero -continuó Valenzuela, encareciendo mucho sus palabras con el tono y los ademanes- darle a usted algo que no sólo valga la pena desde luego, sino que le sirva como de ingreso a más lucida y provechosa carrera. En este concepto, tiene usted a su disposición una plaza de redactor de un periódico que merece todas las simpatías del Gobierno, por estar identificado con su política salvadora. Ya sabe usted lo que esto significa, dicho en este sitio por un hombre como yo.

-No lo ignoro -respondí algo turulato, así por la índole como por lo inesperado de la oferta-; pero le ruego a usted que considere cuáles son las ideas de El Clarín de la Patria, y los compromisos de gratitud que tengo con él.

-Esas delicadezas le honran a usted mucho, señor Sánchez; pero han de servirle de muy poco. Los hombres consecuentes y los escritores concienzudos son los primeros que se mueren de hambre en los tiempos que se usan. Pero, en fin, allá usted. Por lo que a mí hace, atento solamente a lo que puede convenirle, le reitero la oferta. Dígame con entera confianza si la acepta o no.

Me faltó valor para responder categóricamente lo que sentía, dando por cierto que los ofrecimientos de Valenzuela descendían por línea directa del éxito ruidoso de mi Cuento oriental, y le pedí el plazo de algunas horas para estudiar el asunto con la debida serenidad.

-Tómese usted cuantas necesite -me respondió secamente, penetrado, sin duda, de mis verdaderas intenciones.

Despedíme con poco más que una fría reverencia, y volé a dar cuenta del suceso a mis amigos, que me aguardaban anhelosos en la redacción.

-No alcanzo -dije, después de referir punto por punto la entrevista- qué interés puede tener el Gobierno en que yo escriba en su periódico de cámara, cuando cuenta con plumas bastante más diestras en esas lides que la mía.

-Lo que menos le importa al Gobierno -replicó Matica, que se hallaba presente- es lo que usted pueda escribir en favor suyo: demasiado sabe él que la enfermedad que lo está matando no se cura con sahumerios ni con panegíricos, aunque se los haga el mismísimo San Pablo; pero sabe también que el nombre de Pedro Sánchez, desde la publicación del Cuento oriental, que es obra suya, anda en todas las bocas que se complacen en decir algo malo de la situación; y que seria de gran efecto, por lo que desencantaría a las oposiciones, la aparición en todos los periódicos ministeriales de un sueltecito que dijera, sobre poco más o menos: «Desde hoy figura entre los redactores de El Mensajero el joven y afamado escritor don Pedro Sánchez.» Esto, en las actuales circunstancias, equivaldría al paso de un regimiento al enemigo en el momento de comenzarse la batalla. ¿Se entera usted? Pues para eso, para que deserte, le ha llamado a usted el rumboso Valenzuela. Conque ¿qué piensa usted contestarle?

-¡Que no! -respondí, muy ofendido de semejante pregunta.

-Pues dígalo usted por escrito -me aconsejó el madrileño con la conformidad de todos los demás-, y no envíe la carta hasta después de hallarse escondido en lugar seguro; porque para usted no hay escape: o se sacrifica a los dioses del poder, o te envían a las fieras del circo.

La disyuntiva me espantaba; pero era la pura verdad. ¡Esconderme, renunciar a la luz y al aire de la libertad!... ¿Y en dónde?, ¿hasta cuándo?

Don Serafín Balduque, que venía preguntando por mí, me halló en estas mentales lamentaciones. Confiéle en secreto la causa de ellas; y llevándome al rincón más apartado me dijo al oído.

-Arregle usted sus cosas aquí y en la posada, y deje lo demás de mi cuenta, que yo le prometo encerrarle donde no le huelan los mejores sabuesos de la policía. Después de encerrado, me encargaré también de descubrir el encierro a las personas que usted designe... Pero que sean pocas, porque secretos de muchos...

Convine en ello de muy buena gana; y quedando con don Serafín en que volviera a buscarme después de anochecido, le pregunté:

-Y usted ¿para qué me buscaba?

-A la noche se lo contaré a usted más despacio -díjome, y salió de la redacción como un cohete.

Pasé el resto del día ocupado en los preparativos de mi viaje: escribí una carta muy fina a Valenzuela, y se la di a mis compañeros con encargo de que no la enviaran a su destino hasta el día siguiente. Después de anochecido volvió don Serafín; despedíme de todos, y salí con él.

-¿Adónde me lleva usted? -le dije en la calle.

-A mi casa -me respondió muy ufano-. ¿Dónde más seguro ni mejor cuidado había de hallarse usted, calabaza?




ArribaAbajo- XXIII -

No tuvimos necesidad de llamar a la puerta; pues Carmen, que nos esperaba detrás de ella vigilante, nos la abrió tan pronto como oyó el ruido de nuestros pasos. Asaltóme al entrar el recuerdo de la primera vez que había visto yo a la hija de don Serafín en aquel mismo pasadizo. ¡Con qué respeto, con qué ruborosa admiración a su belleza, con qué cortedad de lugareño le tendí la mano entonces! Pero en esta otra ocasión, después de lo que yo había aprendido en la escuela del chico y del gran mundo; de haberme acostumbrado al trato de tantas y tan diversas gentes; después de haber ejercido durante un año una verdadera dictadura en la república de las letras, y, sobre todo, con la aureola que me daba la persecución del Gobierno por la publicación de una obra cuya resonancia había hecho de mi nombre una bandera en la corte de las Españas, donde tantos hombres de altísimo valer viven obscuros y desconocidos, ¡qué grande me vi en la pequeñez de aquella morada, y con qué aires de protector me digné tutear a Carmen, mientras tomaba sus dos manos entre las mías y las completaba risueño y bondadoso desde la altura de mi grandeza!

Creo que no le desagradó aquella muestra de paternal confianza. Desde que me hice publicista noté yo en ella, las pocas veces que nos vimos, ciertas señales de admiración a mi talento. No es de extrañar que la admiración llegara al asombro en aquellos días en que tanto ruido hacía mi nombre.

Condujéronme padre o hija al gabinetito de la sala, que habían destinado para mí, y notó bien pronto que a expensas de aquélla estaba muy bien provisto de muebles. Sobre una mesita con tapete encarnado, en el centro de la estancia, había recado de escribir. con abundancia de papel blanco, algunos libros y los últimos números de El Clarín de la Patria. Vi en todo ello la delicada previsión de Carmen, y le di las gracias con una mirada de grande hombre reconocido. ¡Sabe Dios en qué apreturas y estrecheces se habría metido aquella pobre familia para proveerme a mí de todo lo necesario!

Cuando nos quedamos solos en el gabinete don Serafín y yo, dije a éste:

-Antes de tomar posesión de este placentero refugio que usted me ha proporcionado, necesito decirle que sólo le acepto con la condición de que, mientras en él me halle, ha de correr de mi cuenta el gasto diario de la casa. De otro modo, ahora mismo me largo...

Hubo tras esto una porfía que no refiero porque se presume fácilmente, y quedó este punto arreglado del mejor modo posible.

-Ahora -añadí- dígame usted para qué me quería esta mañana cuando fue a buscarme a la redacción.

Nublósele la faz a Balduque, se rascó la cabeza, se atusó el crespo bigote con toda la mano y me respondió al fin, mustio y desalentado:

-Pues le quería a usted... ¡Qué calabaza!, no sé a punto fijo para qué le quería. Por de pronto, para desahogarme un poco en la confianza de su buena amistad; después, para decirle: aquí está un hombre que no teme riesgos ni peligros; un hombre dispuesto a todo con tal de ganar honradamente... lo que gana el portero de la redacción... Porque ha de saber usted que estoy tres días hace sin el empleíllo particular que desempeñaba. El usurero judío que me lo dio, casi a regañadientes, dice que se basta y se sobra para desempeñarle, por la cama y la comida, un sobrinazo que le ha llegado, no sé de dónde, y me ha plantado en la calle. ¡Y en qué ocasión!... días después de haber levantado mi compadre su tienda de ultramarinos, y marchádose para siempre con su mujer al último rincón de Galicia. Por ahora no me apura la situación, porque hay algunos ahorrillos, a fuerza de economía, y estas mujeres ganan todo lo que necesitamos; pero pueden enfermar; puede llegar el día en que yo no les consienta trabajar tanto; puede... ¡Qué sé yo, calabaza!... Mire usted, señor don Pedro: de un tiempo acá me entran unas aprensiones, unos temores... y unas murrias!... Me falta aquella fe que yo tenía antes para esperar la reposición en cuanto llegaba la cesantía. últimamente he dado en verlo todo obscuro, en desconfiar del mañana y de los hombres..., hasta de mis propias fuerzas. Y esto debe consistir en que, a mis años y con mi mala suerte, la menor contrariedad parece el fin de la vida... ¡Ahora se está armando una gorda, y se armará como Dios está en los cielos! No son tiempos éstos de pensar un hombre como yo en que le hagan justicia los mismos que le agraviaron... Llegará el día de reventar, y esto reventará..., ¡vaya usted a saber por dónde, calabaza! De modo que negro el presente, obscuro el porvenir!... Porque ríase usted, señor don Pedro, de toda esta vocinglería patriotera que se oye por todas partes; eso de moralidad. honra, justicia, economías y libertad, lo he oído yo gritar veinte veces en otras tantas vísperas de pronunciamiento, de buena fe si usted quiere y con igual entusiasmo que ahora; pero al día siguiente, después de ganar la partida, ¡música celestial!: lo mismo que los otros, punto más, punto menos. Lo mejor, para los atrevidos; y los desechados a gritar contra ellos a la plaza... Ya lo verá usted. Por de pronto, bueno es que se arme algo, porque así no se puede estar; pero... Hablemos de otra cosa. Ésta es su cárcel de usted, y todos los carceleros estamos a su disposición con alma y vida... Duerma usted, pues, con entera tranquilidad, que mucha fuerza ha de mandar la desgracia para que le descubran aquí los polacos. Por de pronto, nadie le persigue todavía; quizá no se le persiga nunca, ¡y ojalá que tal suceda! Pero si no sucediese, considere usted que otros pájaros más gordos andan más a la vista, y aún no han dado con ellos los polizontes... Y ahora, dígame a quiénes he de enterar mañana del paradero de usted, y cuanto se te ocurra para el mundo de los vivos; porque, hoy por hoy, téngase usted por muerto, si no prefiere que le maten los polacos a disgustos; y entienda que entre ese mundo y usted no ha de haber otro medio de comunicación que yo.

Hablamos, en efecto, de este particular que, por interesarme muy de cerca, hizo que me olvidara de la tribulación de don Serafín; después, por exigencia inía, entró Carmen con su labor en el gabinete; y en muy agradable tertulia los tres, se acercó la hora de recogerme.

Al otro día tuve un despertar medianejo. Limpia y cómoda era mi cárcel; monísima y dulce como una tórtola la carcelera, pero, al cabo, yo no era libre, y tras de no serlo, no estaba seguro de que a la hora menos pensada no me arrojara la suerte en una cárcel verdadera. ¿Cuánto duraría aquella situación? ¿Cómo se resolvería? ¿Qué sería de mí si la conspiración fracasaba y el Gobierno se afirmaba con el triunfo, y teníamos polacos para todo el año?

No quise echar mis pensamientos por este lado, y me arrojó de la cama. Una hora después me servía Carmen el chocolate en la mesita del gabinete.

-En verdad -le dije-, que muchos trocaran su libertad por mi cautiverio, si supieran qué carcelerita me sirve a la mesa.

-¿Chicoleos otra vez? -respondió Carmen con burlona sonrisa.

Acordéme de los de la noche de marras, y convine con la hija de don Serafín en que la había dicho una majadería.

-Le prometo a usted la enmienda -añadí-, si me perdona el pecado.

-Anoche me tuteaba usted -me respondió.

-Otra majadería quizá -repuse.

-No lo entendí yo así.

-¿Prefiere usted que siga tuteándola? En este, caso, ha de ser a condición de que usted me tutee también.

-No es lo mismo -dijo Carmen poniéndose más encendida que la grana.

-¿Por qué no es lo mismo? Si yo peinara canas, o fuera un hombre de esos cuya sombra es un amparo..., cuyo nombre inspira respeto; cuyo...

Esperaba yo que Carmen me atajara diciéndome: «cabalmente porque usted es de esos hombres»; pero no me atajó así, sino que dio media vuelta, y con una sonrisita muy mona, se fue, después de decirme, aludiendo al chocolate:

-Que aproveche.

Aquella mañana supieron mis compañeros de redacción y Matica el lugar de mi refugio; y recibí, con las precauciones convenidas la víspera entre nosotros, equipaje y libros. Según don Serafín, las cosas marchaban viento en popa; tanto, que Matica, aunque muy entrado ya junio, se quedaba en Madrid en espera de los acontecimientos que se preparaban; mi carta a Valenzuela había, sido llevada a su destino, y el Gobierno buscaba sin descanso el escondrijo de O'Donnell, alma de la conspiración; pero no daba con él... Casi lo mismo que yo sabía antes de esconderme.

Después leí durante una hora; almorcé «en familia»; me paseé a lo largo de la sala y a lo ancho del gabinete hablando al mismo tiempo con Carmen, que cosía sin cesar, o con su padre, que entraba y salía, o con Quica cuando llegó a ayudar a Carmen. Luego, vuelta a leer otro rato y a pasearme enseguida... hasta que volvió de la calle don Serafín con cuatro noticiones absurdos y una noticia comprobada: la do que me andaba buscando la policía. Esto me hizo poquísima gracia, y noté que Carmen se inmutó al oírlo. Mostró una tranquilidad que no tenía, y a las seis comimos. Después de comer, lo mismo que la noche anterior.

Con ligerísimas variantes, ésta fue mi vida durante dos semanas. Mi padre, aunque sin saber todo lo que me pasaba, me escribía con sobre a Matica, y yo le escribía a él por conducto del cura del lugar: cuatro palabras secas para darnos mutuamente fe de vida: no estaban los tiempos para otros lujos.

Por fin se rompió la monótona regularidad de aquel vivir, el antepenúltimo día del mes. Volvió de la calle, a la hora de almorzar, don Serafín, cubierto de sudor y acelerado.

-¡Se armó la gorda! -dijo, arrojando el sombrero, y arrojándose él mismo después encima del sofá.

Quedéme boquiabierto, y Balduque me refirió lo siguiente en voz baja y anhelosa:

-Esta madrugada se ha pronunciado el general Dulce, director de Caballería, al frente de toda la que había en Madrid, más un batallón de infantería... Han dado el grito en el Campo de Guardias, donde se les ha unido O'Donnell para ponerse al frente del movimiento. Se cuenta con tropas de Toledo; toda la guarnición de Alcalá... ¡qué sé yo!, y con el mismo demonio que se ha desencadenado para acabar con la infame polaquería. El Gobierno está aturdido, y no deja ni respirar a los sospechosos... ¡Ah!, se me olvidaba: Redondo está en el Saladero con Sixto Cámara, Rivero y no sé quiénes más. Las gentes hormiguean en las calles, y comienza el conde de Quinto a publicar cada bando que asusta. En la redacción de El Clarín no he hallado más que al conserje... Se teme el alzamiento del pueblo; pero hasta ahora no se menea... De todos modos, la cosa es formidable, y el Gobierno está en capilla.

Pasé el día entre emociones, procurándomelas don Serafín con las noticias que me traía de vez en cuando, de sucesos que no se acentuaban todo lo que yo deseaba.

Al siguiente supe que El Clarín, como todos los demás periódicos que, tras de hablar algo fuerte en favor del pronunciamiento, no reprodujeron los decretos de la Gaceta deshonorando a los generales pronunciados, había sido suprimido por una orden de la autoridad militar. El 30 por la noche me espantó Balduque refiriéndome los horrores que se contaban del encuentro de las fuerzas insurrectas con las del general Lara en los campos de Vicálvaro, a las puertas, como quien dice, de Madrid, desde cuyos tejados distinguieron muchos curiosos, o lo soñaron, el movimiento, y hasta oyeron el ruido de la batalla.

-¿Y en qué paró? -pregunté anheloso a don Serafín.

-Según el Gobierno - respondióme Balduque-, en que huyen a la desbandada y derrotados, los otros; y según los partidarios de éstos, en que Im fuerzas de Lara se han refugiado en Madrid, acosadas por las tropas de O'Donnell hasta la puerta de Alcalá. No; y correr, bien corría calle abajo Vista-Hermosa con un tropel de soldados que yo vi entrar al anochecer.

-Y el pueblo soberano, ¿qué hace en presencia de esas cosas?

-Enterarse de ellas achantadito... Él sabrá la causa; porque agallas no deben de faltarle.

-Pues que las guarde para mejor ocasión -dije, desconfiando de las supuestas agallas y comenzando a sentir el desaliento, que llegó a su colmo al saber al otro día que las tropas sublevadas tomaban el camino de la Alancha, en busca de la frontera de Portugal.

¡Dios mío!, ¡cómo se me desvaneció entonces de repente todo el humo de la cabeza! ¡Yo político; yo revolucionario; yo autor de un escrito sedicioso, tejido tal vez de calumnias alevosas; yo perseguido por la policía; yo escondido como un criminal; yo expuesto a no poder andar sobre el suelo de mi patria a la luz del sol, como los hombres honrados! Y ¿por qué todas estas cosas? Por un falso y repentino entusiasmo, como el que anima al comediante cuando representa un papel que le han escrito, debajo de unos hábitos que no son los suyos, y delante de unas gentes a quienes no conoce. ¿Estaba yo seguro de que fuera cierto todo cuanto se decía del Gobierno que mandaba? ¿Serían más honrados los otros, puestos en las mismas condiciones? ¿No habría siquiera un poco de pasión de partido, algo de furor de secta, de deseos de lucro, de ambiciones de mando, de apego a los destinos públicos, en la mayor parte de los que le difamaban y le escarnecían y se levantaban en armas contra él? ¿No habría entre tantos ardentísimos patriotas, algunos centenares de inocentes como yo, cuyos gritos de ¡adelante! fueran arrancados por el ansia de hallar una salida, después de haberse cortado incautamente ellos mismos la retirada...? Porque yo no cesaba entonces de pedir al cielo el triunfo de los pronunciados; y juro a Dios que sólo lo hacía por el deseo que me hormigueaba de andar libre por la calle, como el último de los barrenderos de la villa. ¡Y don Serafín, por todo consuelo, me traía los partes que publicaba el Gobierno, «para satisfacción del leal vecindario», dando cuenta a éste de las ventajas alcanzadas por la división perseguidora, de Blaser, sobre los perseguidos, los cuales, a creer al ministro interino de la Guerra, sólo esperaban, para presentarse en Madrid como rebaños de corderos, a que la Reina les perdonase la calaverada! Verdad que al mismo tiempo me traía noticias muy al contrario, que le daban para mí los redactores de El Clarín, iniciados en los asuntos de la revolución; pero ¡estaban tan desacreditadas las ponderaciones de la gente revolucionaria...!

Notaba Carmen estos mis desalientos, y me dijo una vez:

-¡Qué pesada se le va haciendo a usted la cárcel!

-Bien sabe Dios -respondí-, que no es por culpa de sus guardianes.

-No lo será -replicó ella-; pero tampoco consiguen, por más que lo intentan, hacerle a usted llevadera la prisión.

-Pues ¿qué sería de mí -exclamé tomando entre mis manos una de las lindísimas de Carmen- en tantos días de forzoso encierro, sin los cuidados que me consagra y los consuelos que me da y la luz que esparce en su derredor mi hermosa carcelera?

Una leve tinta ruborosa en sus mejillas fue la única respuesta que me dio. De pronto, retiró su mano, y preguntóme, tras un suspiro muy hondo:

-¿Usted sabe qué le pasa a mi padre...? ¿Ha hablado algo con usted?

-¿De qué, hija mía? -preguntéle yo a ella con mucha curiosidad.

-¡Qué sé yo...! -me dijo-. Hace tiempo, muchos meses, que no es lo que era. Anda caviloso..., a lo mejor habla solo; apenas come, duerme muy mal... Cuando me ve disimula, y hasta quiere bromearse como antes; pero más se le conoce así... Desde que perdió el empleíllo particular y se marcharon a su pueblo mis padrinos, se han agravado tanto en él estas cosas, que a veces me da miedo... Cuando le pregunto algo, se ríe de lo que él llama «mis aprensiones...» Puede que tenga razón; pero antes no era así... Como ustedes hablan tan a menudo a solas, podía haber sido más franco con usted que conmigo.

-¡Bah! -exclamé, riéndome también de las aprensiones de Carmen-, no sea usted niña. ¿Qué me ha de haber contado su padre de usted? Es un manojo de nervios, y ahora le da por ahí.

Y no hablamos más, porque el tal, con un ruidoso taconeo, apareció en la sala diciéndome con gran encarecimiento:

-¡El brigadier Buceta, al frente de mucha tropa y mucho paisanaje, ha entrado en Cuenca!

-¿Y qué hacemos en Madrid en vista de ello? -preguntéle, siguiendo el hilo de una aprensión que se me había metido entre los cascos.

-Pues... achantaditos hasta que se presente la ocasión.

Pocos días después:

-¡Valladolid está en armas!

-¿Y el enano? -pregunté muy serio a don Serafín.

-¿Qué enano? -preguntóme a su vez éste, con asombro.

-El de la venta.

-No sé una palabra -respondió Balduque con un candor angelical.

Echéme a reír de todas veras, aunque me estaban llevando los demonios de coraje.

Al día siguiente, lunes, por la mañana: don Serafín, entrando desaforado:

-¡Zaragoza...! ¡Barcelona...!

-¡Y nosotros -dije yo-, ni por ésas!

-Dicen -añadió don Serafín- que el elemento militar ha desvirtuado la revolución; que no es el interés del pueblo lo que ha sacado a las tropas de los cuarteles.

-Cuatro días hace que me trajo usted un ejemplar del manifiesto de Manzanares, en el que se demuestra todo lo contrario.

-Hombre, sus razones habrá para no moverse; porque agallas no faltan.

El mismo día, al anochecer: Balduque entrando:

-¡Ahora sí que va de veras! Ya podemos gritar a voz en cuello: ¡mueran los tunante!, ¡mueran los ladrones...! Choque usted esos cinco. Desde esta mañana está el ministerio boca abajo. ¡Y el pobre pueblo, sin saber nada...! De modo que en cuanto lo ha olido al salir de los toros, ¡buf!, ¡no le cabe en las calles! y grita que se las pela; y ha mandado que repiquen todas las parroquias; y pide las cabezas de los ministros, y la de...

-Pero ¿qué otro Gobierno se ha nombrado? -preguntó con ansia.

-Ninguno. Dicen si Córdoba está encargado de formarle: pero o no quiere, o no halla el modo, porque en este momento no hay más Gobierno en Madrid que la gente que grita por las calles.

-¿Es decir que yo soy libre de andar por donde se me antoje?

-¡Claro que si, calabaza!

No quise saber más. Me vestí precipitadamente.

-Si no vengo a una hora regular -dije a toda la gente de la casa que me contemplaba atónita- no me esperen. Conque hasta luego, o hasta mañana.

Don Serafín trataba de acompañarme.

-De ningún modo -le dije-. No son estos lances para dejar solas a dos mujeres. Vea usted, las pobrecillas, qué miedo tienen.

Carmen estaba pálida, y Quica tiritando y comenzando a hacer pucheros. Los abracé a todos, y salí como potro desbocado.




ArribaAbajo- XXIV -

Parecíame que no había en la calle bastante aire para mí, ni el espacio que yo necesitaba para dar ejercicio a los músculos del cuerpo entumecido. Noté que éramos pocos los transeúntes en aquellos barrios, y que todos marchábamos en la misma dirección, hacia el centro de Madrid; bastante gente asomada a los balcones, y casi todos los tenderos arrimados a sus puertas; pocas conversaciones, mucha boca abierta y mucho taconeo; lejano son de campanas, y ni un soldado ni un polizonte al alcance de la vista.

Llevaba yo el propósito de ir, ante todo, a la redacción de El Clarín, no tanto por el deseo que tenía de abrazar a mis compañeros y amigos, cuanto por adquirir cabal noticia de lo que estaba pasando; y cruzando calles y calles, siguiendo el indicado rumbo, vime en la del Príncipe, donde los arroyuelos de atrás íbanse convirtiendo en río de gente, murmurador o inquieto como todos los ríos, pero no impetuoso ni desbordado. Algún inocente gritó a la libertad; el resonar de los golpes descargados sobre el cajón o caseta de la policía, de la vecina plaza de Santa Ana, por cierta clase de ciudadanos que se entretenían en hacerle astillas; tal cual hombre armado de chafarote y fusilón de chispa; muchas gentes a las puertas de las casas; luces en varios balcones; saludos a gritos, apretones de manos y cosas tales; y como curiosidad y acontecimiento verdaderamente notable, un miliciano nacional con el uniforme de la del 43, con su llorón de cerda roja, cayendo por la chapa abajo de su morrión formidable.

En la Carrera de San Jerónimo, el río engrosaba, pero sin embravecerse; y siguiéndole yo agua abajo, di en la Puerta del Sol, donde las corrientes se detenían formando ancho golfo; y también me detuve yo, junto a la farola del centro, enfrente del Ministerio de la Gobernación.

¿Qué pasaba allí? Creo que nadie lo sabía. Notábase un oscilar de cabezas y un ruido sordo, como de resaca, de mar de fondo. Alguna voz más alta que otra, o un grito aislado, casi siempre de mujer: graznido de gaviota augurando tempestades sobre una mar preñada de misterios. Quizá no había en toda aquella masa bullente una sola persona con propósito bien determinado. Los huracanes populares se forman casi siempre de la manera más extraña: gentes inofensivas que caminaban por la calle más de prisa que lo acostumbrado; rostros pálidos y miradas en las cuales se pintaba el temor y la curiosidad, el afán de lo desconocido; noticias extraordinarias, absurdas tal vez, que parecen circular por sí solas en las ondas del aire, de barrio en barrio, de grupo en grupo, de oído en oído; diez curiosos detenidos delante de un edificio, porque en él hay algo de lo que estorba al común anhelo; otros diez que se detienen después por la misma causa; y luego otros tantos, y enseguida ciento, y mil, y más, hasta que ya no se cabe; y empiezan, con el roce y el tufillo de las muchedumbres, el escozor de la curiosidad no satisfecha y la inquietud nerviosa en cada burbujita, que luego engendra el lento bamboleo de toda la masa; y el bamboleo, la hinchazón de las olas; las olas, el choque, el estruendo, y la espuma, y al fin, el desastre.

Como ya estaba encaramado en el pedestal de la farola y ésta alumbraba bien, dominaba en mi rededor una buena parte de la multitud. Observé que abundaban las mujeres de rompe y rasga, y que no escaseaban los hombres de mala catadura; castas que parecen nacidas para esas cosas, porque nunca se las ve más que en los motines: légamo que sale a la superficie cuando las corrientes embravecidas revuelven el fondo de los cauces. De estos hombres, algunos iban armados; pero casi todos estaban muy mal vestidos. Pude observar también que las puertas del Principal estaban cerradas; y por los rumores que hasta mí llegaron, entendí que la guardia se resistía a abrirlas aunque se le intimaba a ello, fraternal y pacíficamente; pues es de advertir que ni los de adentro tenían una orden a que ajustar su conducta enfrente de aquel tan serio como inesperado trance, ni los de afuera plan ni concierto ni dirección. Por lo visto, todos éramos curiosos más o menos interesados en que se diera el placer de quitar aquel estorbo a unos cuantos aficionados de la primera fila que lo pretendieron. Y en estas finas y corteses embajadas se anduvo larguísimo rato por la ventana baja, próxima a la calle de Carretas.

Pero es cosa probada que las muchedumbres, ni en serio ni en broma pueden estarse quietas y de pie mucho tiempo. Yo mismo comencé a impacientarme por la falta de un desenlace cualquiera; porque aun cuando los rumores crecían y los gritos se acentuaban y el bamboleo iba convirtiéndose en serio oleaje, aquello no tenía fin.

¿Y por qué no lo tenía?

Entonces, de repente, me acordé yo de que era Pedro Sánchez; no el hijo del pobre hidalgo montañés don Juan Sánchez; no el inofensivo Pedro Sánchez que estaba allí como un curioso más; sino el Pedro Sánchez redactor de El Clarín de la Patria; el Pedro Sánchez «perseguido por la causa de la libertad»; el popular autor de un escrito incendiario; el Pedro Sánchez que acababa de salir del escondrijo donde burló la vigilancia de los esbirros del poder, que le buscaban porque su nombre era bandera de batalla en manos de la revolución; y aquella que fermentaba en derredor mío, era, en gran parte, obra de mi ingenio, chispa de mi pluma fulminante... ¡Oh!, ¡qué grande volví a verme en aquel momento! ¡Qué borracho de ideas tumultuosas y revolucionarias! ¡Qué odio se encarné en mi corazón hacia los «hombres funestos que habían arrastrado al país hasta el borde del precipicio» ¡Cómo execré a los «nefandos conculcadores de las leyes, expoliadores del erario público, escándalo de la moral y ludibrio de gobernantes» en la patria de Riego y de Padilla! (Estaban muy de moda entonces estos dos personajes.) ¡Con qué facilidad podría yo inflamar aquel reguero de pólvora y convertir en mar embravecido lo que ni siquiera había llegado a lago turbulento! Desde lo alto del pedestal de la faro. la, lanzar mi nombre por encima de todos los ecos y rumores de la multitud; después, cuatro arranques tribunicios bien empapados en el espíritu revoltoso que palpitaba en aquellas gentes inflamables, y, al fin, arrastrarlas en mi seguimiento, cual desbordado torrente, por donde a mí me diera la gana. ¡Dios mío, qué cosquilleo sentí entonces en la garganta! ¡Cómo forcejeaba en ella todo el aire de mis pulmones para formar un nombre, y lanzarle al espacio, sonoro y penetrante, como toque de clarín de guerra! ¡Cómo se estremecían todas las fibras de mi cuerpo! ¡Qué temblar el de mis brazos! ¡Qué gallardía la de los apóstrofes que me asaltaban las mientes, caldeados al fuego del entusiasmo que me devoraba! No podía más: alcé el brazo que no necesitaba para agarrarme al pedestal; arranqué el sombrero de mi cabeza; moví los labios trémulos...

En esto crecieron los gritos y la agitación de las primeras filas; y el resplandor de una hoguera, arrimada a las puertas del Principal, iluminó aquella parte del sombrío cuadro. El inesperado acontecimiento me contuvo. Momentos después, entre aplausos y patriótica bullanga, ardían los portones. ¿De quién fue la idea? ¿Quién trajo la leña, y de dónde? ¡Vaya usted a saberlo!

Abierta la brecha, se lanzó por ella, con la impetuosidad de un torrente, lo que del mar de afuera cupo dentro del edificio. Esta evolución removió toda la masa sobrante; y por los huecos que iban resultando avancé yo, a fuerza de puños, hasta la acera misma del Principal. El tumulto había atropellado la guardia; y como no halló resistencia, apoderóse, entre abrazos a los soldados y vivas a todo lo de costumbre, de las armas y municiones de éstos.

La cosa hasta entonces iba arreglándose tal cual: ni un tiro, ni una herida, ni un insulto entre los dos tradicionales enemigos. Harto más alborotaban las furias ociosas de la Puerta del Sol, que habían dado en la gracia de pedir las cabezas de determinados personajes. En medio de estos gritos salieron del Principal a la calle muchos hombres, armados con sables y fusiles que habían adquirido adentro; otros, que ya estaban afuera con armas, se unieron a ellos. No sé si fue por contagio de los gritos de las mujeres, o porque les hizo más feroces el verse tan unidos y bien pertrechados; pero es la verdad que apenas estuvieron agrupados en la calle, comenzaron a rugir amenazas de muerte y exterminio. ¡A casa de Fulano! ¡A casa de Mengano...! Y el coro, la gran masa, lo repetía con voz formidable y ademán aterrador. Y noté que en este vocerío tremebundo se nombraban con preferencia un palacio de la calle de las Rejas, muy aborrecido entonces, y la casa de Valenzuela. Y sin duda por ser ésta la más cercana, los forajidos aquéllos enderezaron el rumbo hacia allá. Me estremecí. Luego, movido de una resolución súbita, avancé, apartando la gente a empellones, hasta ponerme delante de los primeros.

-¡Alto! -grité como un energúmeno, alzando los brazos mucho más arriba de la cabeza.

¡Suerte loca la mía! En la vanguardia del pelotón armado iban Bujes y tres de sus camaradas, que, como él, me habían conocido en la redacción.

-¡Pedro Sánchez!... ¡Viva Pedro Sánchez! -gritaron, abrazándome Bujes y alzando los otros los fusiles al aire- ¡El defensor de los hijos del pueblo! ¡El perseguido por los enemigos de la libertad!

Cientos y cientos, y creo que miles de bocas repetían mi nombre, cuya resonancia, no cabiendo en los ámbitos de la Puerta del Sol, fue a perderse en rugidos en todas las calles que desembocaban allí. Manos sin número estrecharon las mías, y brazos sin cuento me estrujaron, me oprimieron y aun me levantaron en vilo.

-¿Adónde vais? -pregunté con aires de tribuno romano, tan pronto como pude resollar.

-¡A comenzar por casa de Valenzuela las venganzas del pueblo oprimido! -me respondieron los más elocuentes.

-Pues si ese santo fin os guía -repliqué, tomando posturas de héroe de tragedia-, habéis errado el camino... ¡Al tronco, al tronco... ¡Herid el tronco, y dejad las ramas para cuando el árbol esté en el suelo...! ¡A la calle de las Rejas!

¡Yo que tal dije! Ni el pelotón de soldados mejor instruídos hacen una conversión hacia la espalda con mayor rapidez que aquella muchedumbre la hizo entonces; y con tal suerte mía, que estando yo el primero delante de ella en dirección a la Carrera de San Jerónimo, me quedé el último y solo cuando el lago de gentes se precipitó por la calle del Arenal, bramando estas palabras mías:

-¡A la calle de las Rejas!

¡Que Dios me perdone, en gracia del caritativo fin que me inspiraba, la culpa que tuve de que se anticipara algunas horas aquel desastre, que estaba decretado y había de cumplirse de todas maneras!

Con el mayor disimulo posible, acelerando mucho el paso y echando por los atajos para desorientar a los que pudieran conocerme, me dirigí, apenas logrado mi primer intento, a la calle del Príncipe, por fortuna poco concurrida a la sazón, por estar la pública curiosidad empeñada en otra parte. Llegué sudando, y con la brega que había tenido en la Puerta del Sol, desaliñado, conmovido y polvoriento. Subí de cuatro en cuatro los escalones; y sin detenerme a respirar, llamé a la puerta de Valenzuela, ante la cual había llamado otra sola vez en mi vida, también tembloroso y conmovido, aunque por bien distintos motivos. Tardaban en abrirme; y, entre tanto, oía yo ruido de gente acelerada allá dentro. Volví a llamar más fuerte, y tras el mismo rumor de pasos, de voces discordantes y de palabras sueltas, abrió un criado el ventanillo.

-¡Necesito ver inmediatamente a los señores! -le dije con imperio, llevándome el diablo con aquellas precauciones en que se empleaba un tiempo que tan necesario podía sernos para cosa más importante.

Sentí a poco rato que el ventanillo volvía a abrirse, pero con mucho cuidado, como si se tratara solamente de examinar la catadura del que llamaba. Entonces di mi nombre, rogando por todos los santos del cielo que me abrieran la puerta cuanto antes, pues de abrírmela o no dependía la salvación o la ruina de toda la familia. Noté que llegaba otra persona al ventanillo; y apenas había tenido tiempo para mirar por él hacia afuera, cuando la puerta se abrió. Clara, que apareció en el hueco un instante, volvió a cerrar tan pronto como yo hube entrado. Estaba terriblemente hermosa la hija de don Augusto Valenzuela: pálida, ceñuda, con los ojos fulminantes, algo convulsos y contraídos los labios, alta la cabeza, destacado el pecho, y apartando impaciente la cola de su bata con el menudo pie... Detrás de ella, Pilita con la faz desencajada, cárdena y roja a trechos, porque el sudor de su angustia le había barrido parte del colorete; revueltos los postizos y asomando el crepé por las rendijas del moño y de las cocas..., ¡pero con el abanico en la mano! Verdad que hacía un calor de todos los demonios. Allá en el fondo, arrimado a las jambas de una puerta, lacio, amarillento, exánime, Manolo. Tal era el cuadro que, en el momento de entrar yo, pude examinar rápidamente a la luz de la lámpara que alumbraba el vestíbulo.

Mientras Pilita retrocedió dos pasos al verme penetrar de un salto y en tan sospechoso desaliño en su casa, su hija, leyéndome los pensamientos en los ojos, me habló así:

-¿Qué peligro corremos? ¿Qué es eso que está pasando y que nadie nos explica bien? ¿Qué tiene que ver con nosotros...?

-¿Don Augusto...? -pregunté anhelante.

-Está fuera de Madrid desde esta madrugada, y en lugar seguro -me respondió Clara-; pero bien ajeno a todo temor de que pueda correr su familia el menor peligro.

-Algo es eso -repliqué-, pero no es bastante.

Entonces referí, como mejor pude, no todo lo que sabía, sino algo que les diera una idea del riesgo que les amenazaba.

-Y bien, ¿qué remedio tiene eso? -me pregunto Pilita con espanto, mientras Manolo se desplomaba sobre una silla.

-Usted traerá un plan meditado seguro -dijo Clara, clavando en la mía insinuante su mirada de acero.

-Sí, señora -respondí con fe-; seguro es mi plan, si ustedes se someten a él sin vacilaciones y sin perder un momento en fútiles reparos...

-Al momento... ¡Diga usted! -respondió Clara firme y resuelta.

-Pues bien: recojan ustedes alhajas, dinero... cuanto se pueda llevar a la mano... y enseguida prepárense para salir a pie conmigo... y sin lujos ni aparato; porque importa mucho que no nos conozca nadie... y, sobre todo, ganar tiempo... Si hay un criado leal a quien pueda confiarse el secreto del refugio de sus amos, que nos siga a cierta distancia con algún equipaje indispensable...

-¡Vamos, mamá; vamos, Manolo! -dijo Clara por toda respuesta, empujando a Pilita y a su hermano hacia las habitaciones interiores.

Yo me dejé caer, rendido de cansancio y de emociones, en una banqueta del mismo recibidor en que me hallaba. Enseguida comencé a oír allá dentro ruido de tiradores abiertos de prisa; recias llamadas a aquel criado y a esta doncella; el estrépito de una porcelana hecha añicos en el suelo; el pisar recio de los unos; el crujir de las faldas de las otras; trastazos de puertas, carraspeos, suspiros... Y entre tanto, los minutos me parecían años, y cada rumor de la calle que penetraba por la escalera y llegaba a mis oídos me ponía los pelos de punta, porque temía que volvieran los forajidos, que yo dejó en la calle del Arenal, a consumar la obra que ya habrían consumado sin el éxito feliz de mi temerario alarde.

Mi plan era harto sencillo: llevar, con un largo rodeo, a la familia Valenzuela a mi posada, que, por ser época de vacaciones, debía estar completamente desocupada. Hallándose a buen recaudo el objeto principal de los odios populares, como yo había presumido, porque tales pájaros huelen la pólvora desde muy lejos, bastaba con separar, por el momento, de los caminos trillados que habían de seguir las turbas, al resto de la familia, para librarla de un bárbaro atropello. Después, Dios diría.

Apareció Clara arrastrando los graciosos pliegues de la falda de un sencillísimo vestido, y envolviéndose el gallardo busto en una ligera mantilla, cuyo velo, arrollado sobre la cabeza y cayendo en pabellones hasta los hombros, parecía un fondo pintado de intento para destacar con mayor fuerza las enérgicas facciones y el pálido color de la cara. Enseguida llegó Pilita, bastante más emperifollada que su hija; pero traía el velo de la mantilla echado sobre la faz; y este eclipse de astro viejo fui ganando en aquella partida. Manolo iba detrás de ella, vestido, en su afán de disfrazarse bien, con lo más anticuado y triste de su ropero, y se había cortado las barbas con las tijeras: llevaba en la diestra un elegante saquito de mano, muy repleto. Parecía un seminarista que volvía a su aldea cargado de desalientos... y de calabazas. Pilita me dijo abanicándose:

-He estado pensando que deberíamos irnos, una vez que tenemos que salir de casa, a la de Chuncha.

-Y ¿quién es Chuncha? -pregunté con la mano en el pestillo de la puerta.

-La duquesa del Pico -respondió Pilita debajo de su velo.

-¡Ay señora! -repliqué-: no corren ahora tiempos de duquesas; son malas recomendaciones los nombres encopetados cuando andan las muchedumbres armadas y rugiendo por la calle.

-¡Vamos adonde usted quiera... y pronto! -dijo entonces Clara, con su acento rudo y aire resuelto, mirando a su madre.

Abrí la puerta y salimos. En el descanso de la escalera dudaba yo si dar el brazo a Clara o a Pilita, porque las leyes de la buena cortesía se ajustaban muy mal en aquella ocasión A las de mi deseo.

-Manolo -dijo Clara-: da el brazo a mamá; nosotros iremos delante.

En esto me lanzó una mirada de las suyas, no sé si para confirmarme la orden, o para pedirme mi parecer, que bien manifiesto estaba; se echó el velo sobre la cara, y enseguida sentí en el brazo que galantemente le presenté, el dulce peso del suyo, blanco, redondo y desnudo, asomando por la anchísima boca de la manga de embudo, que entonces era de moda. Con la otra mano se recogía los pliegues de la falda para no pisarlos, al bajar con su lindo pie, que yo no podía menos de admirar; y por eso recuerdo que iba encerrado en estrecha bota de satén de color de ceniza, como su vestido. Bajamos. Antes de llegar al portal me adelantó yo a reconocer el terreno. No había en la calle el menor síntoma de motín: mayor concurrencia y algo más ruido que de costumbre; pero nadie se fijaba en la casa de Valenzuela.

Volví a tomar a Clara del brazo; y advirtiendo a su madre que nos siguieran a cierta distancia, salimos. Me latía mucho el corazón, y sentí como una sacudida nerviosa en el brazo de Clara.

Cuando a algunas varas de la puerta nos hallamos confundidos con los demás transeúntes, que no reparaban en nosotros, nos tranquilizamos; y después de observar que Manolo y su madre nos seguían. me dijo Clara:

-Quiero que me lo cuente usted todo; todo cuanto usted ha visto y oído esta noche; todo cuanto usted ha hecho.

No hubo remedio: tuve que contarlo todo, todo; porque cuando escrúpulos de modestia o consideraciones de otro orden me hacían titubear en el relato, ella misma, con arte diabólico, me arrancaba las palabras que yo no quería decir. En estos casos, porque la vehemencia de su deseo la impulsaba, sentía yo mi brazo fuertemente oprimido contra su pecho, y veía, a través de las tenues mallas del velo, el brillo fascinador de su mirada fija en mis ojos deslumbrados. ¡Cómo resistir la fuerza de aquellas armas! Hubiérame mandado dar un ¡viva! a los hombres arrojados del poder por la mañana, grito que a la sazón equivalía a una sentencia de muerte, y lo mismo la hubiera complacido.

-Ahora -añadió, después de oír mi relato-, quiero saber qué sentimientos le han movido a usted a sacrificarse así por una familia a la que tan pocas atenciones debe.

No era tan fácil responder a esta exigencia como a la anterior. Decir que había obedecido a un impulso maquinal y filantrópico era poco y no era la verdad; decir que, a pesar de que Valenzuela no lo merecía, me había arriesgado a salvarle era demasiado; que lo hice acordándome solamente de Clara, aunque fuera verdad, no podía decirlo sin agravio de los demás de su casa, ni sin que se tomara mi aserto a necia galantería; que me inspiró el arrojo (y acaso era lo más cierto) el buen recuerdo de los amables huéspedes de mi lugar, implicaba una censura de conducta posterior. En vista de estas dificultades tomé el punto de soslayo y respondí:

-En buen derecho nada me debía su familia de usted que no me haya pagado.

-A su manera es cierto -replicóme Clara-: a la manera que pagan sus deudas de buena y honrada amistad los santones de la política. Mire usted: mi padre es el mejor de los hombres entre su familia, en los pasillos del teatro, en su pueblo de usted..., en todas partes menos en el sillón de su despacho oficial, y donde quiera que ejerza de político entre los suyos. En estos casos se transfigura y pierde la memoria de las cosas sencillas y ordinarias del mundo, porque lo posee de pies a cabeza el demonio del imperio con todas sus durezas y vanidades. Es una enfermedad propia de las gentes del oficio, y no tiene cura... Y no digo esto para que usted le perdone los malos trances en que le puso por no querer acordarse en Madrid de la palabra que le empeñó en su aldea, aunque buen testimonio es de que no son invenciones mías las prendas que en él alabo, la sinceridad con que confieso sus graves faltas: demasiado sé que hay agravios que no se olvidan aunque se perdonen, y usted ha perdonado muchos; muchos que yo he lamentado sin poderlos remediar. Dígolo, porque lo juzgo al caso en el capítulo de las deudas a que usted se ha referido... Pero no se trata de eso, sino de responder derechamente a mi pregunta.

-Pues por respondido, Clara -repliqué al punto y entrando sin resistencia en la boca de la trampa que se me ponía delante-; reconociendo yo en su padre de usted las mismas prendas, buenas y malas, que usted misma le reconoce, ¿no basta esto y la franca amistad que nos unió en mi pueblo, por razón de lo poco que acabo de hacer por él?

-No -respondió su hija, acentuando el monosílabo con un enérgico movimiento de cabeza-. Con eso solo y lo que usted perdona sin olvidarlo se deplora el suceso; pero se encoge uno de hombros y deja correr la tempestad..., si es que no se la llama con cierta complacencia, justicia de Dios... Y usted ha hecho bastante más: se ha plantado delante de ella exponiéndose a ser arrollado.

¿Qué diablos quería aquella mujer que yo la declarase?... ¿Y cómo no declarárselo, si lo que quería oír fuera algo que cruzó sólo como una chispa por mi mente en aquel peligroso trance, y que después, al contacto del brazo de Clara,,al roce de su vestido, al fuego de sus ojos, en ocasión tan extraña, siendo yo su único amparo, su escudo y su guía, iba convirtiéndose por instantes en voraz incendio?

Dejéme caer del lado a que me inclinaba el deseo, y respondí sin tanteos ni remilgos:

-Pues considéreme usted, con respecto al señor don Augusto, en el más desfavorable de los supuestos; téngame hasta por inhumano y vengativo si le acomoda: ¿sería justo que a usted, tan joven, tan bella, tan afable y tan buena conmigo siempre y en todas partes, la hiriera el mismo golpe con que la ira popular castigase en otros supuestas o comprobadas maldades? Y no siéndolo, ¡qué cosa más natural que hacer lo que hice para evitarlo?

De nuevo sentí, al decir esto, acentuada presión del brazo de Clara; y otro rayo de sus ojos hiriendo los míos volvió a deslumbrarme. Todo pasó como una ráfaga, pero ráfaga cargada de eléctricos efluvios. Enseguida me habló así mi original y peligrosa protegida:

-Verdaderamente le parecerá a usted pueril este empeño mío en momentos tan señalados, por la seriedad de las cosas que nos están ocurriendo; si es que no juzga que hasta el cariño de hija pospongo a mis vanidades de mujer. Todo es posible, y, sin embargo, nada sería menos cierto, puesto que si tanto me apuró el deseo de saber lo que al cabo he sabido, fue por convencerme de que pudo inspirar mi recuerdo tan noble empresa en beneficio de mi padre. Hombre, le hubiera defendido contra todos los que le ofendieran; débil mujer, me complazco en servirle con la fuerza de tan heroicos defensores como usted... ¿No es esto muy natural?

No me lo parecía mucho; pero como a Clara no se la podía medir con la misma vara que a las demás mujeres, acepté su teoría que, por de pronto, me apagó algo los fuegos de la imaginación.

Andábamos, a todo esto, entrando por la calle de la Visitación en la del Lobo; y cuando nos hallamos algunas varas dentro de ella, Pilita, que nos seguía los pasos, dijo al verla casi libre de transeúntes:

-¡Ay, qué miedo da andar por aquí... Mala es la muchedumbre, ¡pero esta soledad!... ¡Si cualquier forajido nos observa... y nos detiene... y nos conoce!...

Manolo, que temblaba de miedo, fue del mismo parecer, y propuso que retrocediéramos. No lo consentí, aunque el hijo y la madre tenían mucha razón en temer aquella soledad en noche de tan gordas aventuras, y sin gobierno y sin ley en la villa. Recomendé el silencio y la serenidad, y continuamos marchando sin tropiezo hasta la Carrera de San Jerónimo. Pensaba yo salir a la calle de Alcalá por la de Cedaceros; pero observé que había en ésta gran vocerío patriótico y mucha gente detenida. Recordé al instante que allí había una casa de las denunciadas por la furia popular en la Puerta del Sol, y temblé, porque presumí lo que estaría pasando o iría a pasar inmediatamente.

-¿Qué es eso? -preguntó Clara estremeciéndose.

-Poco más de nada -respondí-. Populacho que se divierte gritando. Vámonos por la calle del Turco, puesto que no hay paso por ésta.

Y así lo hicimos. Mientras bajábamos hacia el Congreso, me dijo Clara:

-¡No puedo pintarle a usted lo que siento delante de estas cosas!

-Me lo imagino -respondí.

-No es fácil -añadió-. Es más que antipatía; es aseo y pena, y es ira y es indignación, todo a la vez. Y no lo siento por lo que hoy me sucede: lo mismo lo sintiera si mi padre fuera el esparterista más estúpido. Es que me ataca a los nervios sin poderlo remediar, por feo y de mal gusto. Esta abigarrada mezcla de gentes dando gritos, desaliñada y sudando, me hace el efecto de una bestia revolcándose en basura y complaciéndose luego en restregarse contra las fachadas limpias y la ropa de los transeúntes.

¡Y yo que cuando tal oía iba hecho un Adán, por obra de mis patriotadas de la Puerta del Sol!

Conoció Clara, en mi silencio y en la mirada que a mí propio me eché, el apuro en que me hallaba; y me dijo, cargando un poco más de lo corriente y usual, el peso de su lindo cuerpo sobre mí:

-No le pido a usted perdón ni me arrepiento de lo dicho; porque entre eso que brama y usted, aunque parezca que un mismo interés los une, hay enorme diferencia; como la hay entre el rebaño y el pastor, entre el látigo y la mano que le esgrime. Si fuera usted un patriotero vulgar, parte maciza de ese gran montón de inocentes y de malvados, le aconsejaría que se apartara de tan mala senda, y huyera de tan peligrosa compañía; pero yo sé cómo y por dónde ha ido usted a parar ahí; y el lance de esta noche, que confirma todos mis supuestos de algún tiempo acá, dice bien claro hasta dónde puede usted ir con sus propias fuerzas por ese camino, si no se amedrenta ni se encoge.

Luego Clara, la esquiva, la orgullosa y medio bravía Clara, «desde un tiempo acá» me había seguido de lejos en todas las etapas de mi breve y triunfal carrera. ¿Por qué? ¡Oh incitantes dudas y sabrosas quimeras de la vanidad!... Y sin embargo, el hecho que las producía era evidente. ¿Qué mucho que lo que corazones bien aguerridos no hubieran podido resistir sin conmoverse, causara honda perturbación en las tranquilas e indefensas regiones de mi pecho?

Diome aquel punto tema para seguir un largo diálogo entretejido de ingeniosas perífrasis, rebuscadas anfibologías y otros análogos tiquismiquis, recurso a que se apela siempre que en galantes empeños se quiere explorar el campo sin descubrir mucho el cuerpo, y lo terminó Clara (que, por cierto, me ganó en la puja de sutilezas la partida) diciéndome:

-Ya usted ve cómo lo que le digo no es vana lisonja con que trato de pagarle este gran favor que todavía nos está haciendo. Creo que tiene usted alas con qué volar muy alto en el espacio que se abre ahora delante de usted, y le aconsejo que vuele. Para los hombres como usted hay una brillante carrera en ese campo en que tanto abundan las nulidades. y tan necesarios son los ánimos esforzados y las almas generosas... Y no se quejo usted de mi desinterés, cuando, sabiendo lo que usted vale, lo empujo hacia el enemigo.

No pude responderla, porque nos abordó Pilita cuando esto pasaba y subíamos por la calle del Caballero de Gracia.

Pilita quería saber adónde íbamos y cuándo llegábamos, cosas que todavía no me había preguntado su hija, ni yo me había acordado de decírselas; y ponderaba mucho el miedo que le habían dado ciertas gentes desaforadas con que nos habíamos encontrado al atravesar la calle de Alcalá. Tampoco habíamos hablado de ellas Clara y yo: ni siquiera las vimos. En cambio, Manolo había visto y sentido por todos. ¡Cómo sudaba de congoja el infeliz, y qué amarillo y anheloso estaba!

Momentos después llegamos, sanos y salvos, al portal de mi posada.

-¡Respiren ustedes! -iba a decir triunfante a la familia entera, sin considerar que allí había, como en la mayor parte de los portales de Madrid de entonces, una hedionda letrina, que ya había hecho torcer el arrugado gesto de Pilita.

Subimos; y como yo supuse, la casa estaba completamente libre de huéspedes. Alegráse mucho de verme mi patrona. Díjela en pocas palabras de qué se trataba, aunque tuve buen cuidado de callarme el apellido de sus nuevos huéspedes; y acomodólos como yo deseaba, en la salita, que tenía un gabinete contiguo a otro dormitorio con puerta al pasadizo.

-Estas señoras y este caballero -dije a la patrona, de modo que no me oyera nadie sino los presentes-, para todos, menos para usted y para mí, en esta casa son una familia forastera que estará en Madrid muy pocos días; familia pudiente y recogida, que come en sus habitaciones y no sale de ellas para nada. ¿Lo entiende usted?... Pues no hay más que hablar.

Diose por enterada la patrona, y yo quedé satisfecho; porque era muy leal y campechana la buena Micaela.

-Ahora -dije a las señoras- den ustedes a su criado las menos órdenes posibles; y adviértanle que cuando vaya y venga, lo haga por caminos diferentes... por si acaso. Aunque nada temo, las precauciones no sobran. Esta cárcel no durará mucho: lo que se tarde en encauzar el torrente que brama ahora por esas calles. Un poco de paciencia, pues, y mucha confianza. Yo trataré de inspirársela, y cuidaré de tenerlas al corriente de lo que suceda. Con este fin me vuelvo a la calle, donde puedo ser a ustedes más útil que aquí.

Y con esto y muy poco más, despedíme de todos, y muy particularmente de Clara, «hasta más tarde»; dije lo mismo a Micaela, para su gobierno, en el pasillo; mandé entrar en la sala al criado de Valenzuela, que, con un gran saco de noche, nos había seguido a cierta distancia; y lleno de la imagen y de las palabras de aquella singular criatura bajé la escalera resuelto a enterarme de lo que pasaba en la calle de Cedaceros, síntoma terrible de lo que pudiera acontecer a la hora menos pensada en otras muchas calles, y estaría aconteciendo, seguramente, en la de las Rejas.

Dos horas hacía que había salido yo de mi forzado encierro al aire de la libertad. En tan breve tiempo, ¡cuántos y cuán graves sucesos! ¡Cuántas y cuán distintas emociones!




ArribaAbajo- XXV -

La muchedumbre que yo había visto a la entrada de la calle de Cedaceros se había ido extendiendo por la Carrera de San Jerónimo; y allí, frente a la iglesia de los Italianos, entre una masa de caras, atónitas unas, ferozmente alegres las más, ardía una enorme hoguera, cuyos rojizos resplandores alumbraban por igual los harapos y las costras de los holgazanes malvados, la atildada levita del indiferente curioso, y el casual, si no estudiado, desaliño de los patriotas vocingleros y de los asombrados como yo.

Desde el fondo de la otra calle, y en el mismo afanoso rebullir de un hormiguero en sus tareas, llegaban sin cesar hasta la hoguera hombres de aspecto patibulario, agitando en la punta de un sable, de una bayoneta o de un garrote, una rica colgadura, una extraña prenda de vestir, un cuadro de gran valor, una bata de cachemira... un pañuelo; o conduciendo al hombro o arrastrando o en la mano, un mueble de preciadas maderas, una alfombra, libros lujosísimos, candelabros, estuches y los más primorosos caprichos de arte. Un grito bestial anunciaba la llegada de cada objeto, y otro más nutrido y feroz llenaba la calle en cuanto caía en medio de las llamas. Así se alimentaban aquellas que a mí me espantaron. Las ricas tapicerías, los artísticos tallados, las finísimas y exóticas pieles; el grabado de Alberto Durero y de Morghen; las aguafuertes de Rembrandt; los cincelados de Benvenuto; la armadura florentina; el rarísimo incunable y el lienzo en que palpitaban el genio y el pincel de Velázquez y Murillo se confundían en breves instantes en un solo montón de ceniza. Y, entre tanto, en la morada de donde tantas riquezas salían se destrozaban a golpes las porcelanas sajonas, los vidrios de Murano, ánforas y barros etruscos..., hasta los artesonados de los techos y las doradas molduras de las paredes. ¡Y todo este inicuo saqueo, todo este brutal destrozo, se hacía al grito de ¡mueran los ladrones! y en la casa de un hombre desligado muchos años hacía de todo linaje de políticas, pródigo de su dinero ganado en colosales empresas, cuya prosperidad refluía en la del Estado y en bien del pueblo trabajador!

¡Qué razón tenía Clara! Sólo una bestia, con horror ingénito a lo limpio y a lo hermoso, podía deleitarse en consumar tantas profanaciones a un tiempo.

Huí de aquel sitio, lleno el corazón de pena y hasta de remordimientos. Temí que estuviera aconteciendo lo mismo en la calle del Príncipe. Miré hacia ella al atravesar su desembocadura en la Carrera; pero, afortunadamente, nada vi que confirmara mis temores. En cambio, oí que en la de las Rejas, en la del Prado y en alguna otra más, ardían también hogueras alimentadas con el saqueo hecho por la fiera en las moradas de otros tantos personajes caídos.

Llegué a la redacción de El Clarín no sé cómo ni por dónde, puesto que el miedo de volver a contemplar espectáculos que tanto me repugnaban, me hacía caminar muy de prisa y casi con los ojos cerrados.

Encontré a todos mis compañeros reunidos, y llevaba la palabra Redondo, que había sido puesto en libertad por algunos revolucionarios que abrieron las puertas de la cárcel a todos los presos políticos en cuanto se inició el movimiento. Abrazóme gozoso, y le abracé de muy buena gana, y todos los de la casa me abrazaron después. Pero bien sabe Dios que a ninguno estreché contra mi corazón con tanta fuerza como a Matica. Ya se sabía allí mi aventura de la Puerta del Sol. ¡Cómo me la aplaudieron y con qué calor me la admiraron! Ya se ve: era yo de la casa, y mi gloria se reflejaba en ella. Redondo se asombró de que, por miramientos mal entendidos, hubiera empleado yo la fuerza de mi prestigio a favor de un hombre como Valenzuela; y yo me asombré de que Redondo no se avergonzara de lo que estaba pasando en las calles de Madrid. Sin embargo, tenía buen cuidado, a pesar de su fanatismo revolucionario, de llamar bandidos y enemigos pagados de la revolución, a los ejecutores de aquellas justicias. «¡Esos monstruos no son el pueblo!», decía, y decía muy bien; pero aceptaba los hechos en odio a los ajusticiados, como un ejemplo necesario. ¡Quién era el guapo que podía traer a la razón a un hombre capaz de tales acomodamientos de juicio!

Matica, que me apoyaba en la porfía, dijo terminándola:

-Por de pronto, esos vandálicos sucesos han dado ya su resultado natural y lógico. El Gobierno, en vista de su gravedad, ha sacado fuerzas de flaqueza; las tropas han recuperado el Principal, y en la calle de las Rejas ha habido muertos y heridos. La guerra, pues, está declarada entre el poder y el pueblo; y usted, señor Redondo, y usted, señor Sánchez, vuelven a vivir de contrabando, y quizás todos nosotros, lo cual no acontecía dos horas hace.

Yo, que no sabía una palabra de estas cosas, me quedé yerto.

-Pues ¿dónde ha estado usted, alma de Dios? -me preguntó Matica que, por lo acontecido en la Puerta del Sol y por el tiempo transcurrido desde entonces, me juzgaba más enterado de los sucesos.

-Poniendo en lugar seguro a la familia Valenzuela -respondí secamente y sin dar otros pormenores.

Sentóle muy mal esta respuesta a Redondo, en quien el fanatismo de secta se sobreponía, en ocasiones, a los impulsos de su buen corazón; pero Matica elogió el hecho como el más digno y generoso remate de mi hazaña de la Puerta del Sol; y este elogio, por ser de quien era, me supo muy bien.

El resultado de la conversación que se siguió a las palabras de mi amigo, que tan triste impresión me causaron, fue el amargo convencimiento de que mi situación era mucho más grave que cuando me hallaba oculto en casa de don Serafín Balduque. Entonces sólo se trataba del autor de un escrito satírico; últimamente, era yo el caudillo aclamado por las turbas en el momento de empezar éstas a cometer las horribles fechorías que habían sacado de su inacción al débil y desalentado Gobierno. Si el paisanaje no triunfaba, vendrían, con la velocidad y el alcance del rayo, las duras represalias, las sangrientas venganzas, los tremendos castigos; y no habría cuartel ni miramientos ni caridad con los hombres señalados, como yo, por el ruido de una popularidad que en aquellos instantes era una infalible sentencia de afrentosa muerte en un patíbulo, o detrás de las tapias de un cementerio. Esto acontecería tan pronto como el Gobierno alcanzara en Madrid la más pequeña ventaja sobre la revolución, y se extendiera la noticia del suceso por las provincias, donde ganaría con ello el necesario prestigio para acabar de afirmarse. Y, entre tanto, el paisanaje carecía en Madrid de una inteligente dirección que le organizase y le hiciera capaz, cuando menos, de oponer una seria resistencia al empuje de las tropas, embravecidas ya con el espectáculo de la sangre vertida en los primeros encuentros. Urgía, pues, organizar al pueblo, y ayudarle en su empresa con alma y vida. No entendía yo jota de lo primero, y Dios me es testigo del horror que me inspiraba la fratricida guerra de las calles; pero la resolución que me negaba mi falta de fe política, me la dio la necesidad con largas creces; y a lo segundo me brindé con ciega abnegación, jurando llegar en la contienda tan lejos como el más guapo.

Muchas veces me he preguntado después acá: ¿influiría algo en aquel arrebato mío, en momentos tan peligrosos, la excitación de Clara a que siguiera yo el camino de las aventuras de la revolución, seguro de llegar muy lejos si no me amedrentaba ni encogía? Lo que tomé por un recurso de la necesidad, ¿no pudo ser el fruto de la semilla arrojada en mi corazón por las palabras de aquella mujer, a quien no podía olvidar un momento desde que me había separado de ella?

De dudar es el caso; pero ello fue que cinco horas después, a la madrugada del 19 de julio, me batía como un desesperado en la calle de Jacometrezo contra las avanzadas de Palacio; que rechazadas éstas por nosotros hasta la plaza de Santo Domingo, continuaba batiéndome allí, sin saber todavía por qué no me asustaban las balas que oía por primera vez; cómo resistía, sin desplomarme, los rayos del sol que caían sobre mi cabeza descubierta cual chorros de cristal fundido; cómo miraba sin espanto A los infelices que mordían el polvo a mi lado, y entregaban a Dios el alma entre borbotones de sangre y quejidos de agonía, ni qué espíritu diabólico se había apoderado de mí para hacerme ver en cada soldado un enemigo mortal de quien era preciso deshacerse con el plomo de mi certero fusil; que seguí tan tenaz en la encarnizada lucha, que se necesité todo el prestigio popular que había ganado en Vicálvaro el coronel Garrigó, cayendo herido a la boca de los cañones del Gobierno, para que, viniendo de intercesor, cesara aquélla cerca del mediodía, sin lo cual, ¡Dios sabe lo que hubiera sido de mí!; que una hora después me hallaba disputando a la Guardia civil la Plaza Mayor, y que, tras una lucha bárbara por ambas partes, fui uno de los doce locos que avanzamos a cuerpo descubierto por el boquete de la calle de Ciudad Rodrigo hasta la verja de la estatua ecuestre del centro; dando con esta locura tal ejemplo a los demás, que hicimos retirarse a los soldados por la calle de Postas, y quedó la plaza por nosotros. Sobre regueros de sangre entramos en los desalojados soportales, y, sin embargo, yo hubiera sido capaz de celebrar el triunfo empapando mis labios en ella. ¡Tan embrutecido, tan borracho me tenían el tufillo, de la pólvora y el ardor de la refriega!

Tan borracho, que sin dar descanso a mi cuerpo ni otro alimento que un pedazo de pan y dos sorbos de vino, por la tarde me batía contra el coronel Gándara en la calle de Atocha... Recuerdo el extraño efecto que, no obstante mi insana obcecación, me causó la vista de aquel hombre, de gallardo continente, con su hermosa barba negra, vestido de paisano, hasta con sombrero de copa, a caballo, al frente de algunos soldados, en medio de la calle, batiéndose contra un enemigo invisible que le hostilizaba por ventanas y buhardillas. Era gran amigo del personaje con las riquezas de cuya morada se había alimentado la hoguera de la Carrera de San Jerónimo. Presenció este injusto y bárbaro atropello; y tal como se hallaba, después de acudir al ministerio de la Guerra, montó a caballo. El impulso fue noble y generoso. Desde entonces, hasta que le vi en la calle de Atocha, no se había apeado; y sabía yo que al aventar a balazos por la mañana aquella hoguera después de haber aventado otra parecida en la calle de las Rejas, algo más que pavesas se habían llevado sus proyectiles por delante.

Pero no obstante el tributo rendido por mi imaginación novelesca a estos rasgos de paladín legendario, yo tiraba a matar cuando le tuve enfrente con los suyos, porque a matar venían ellos.

Los últimos tiros de este empeño resonaron pavorosamente en medio del silencio y la soledad de la noche; y mientras desfilaban las tropas de Gándara hacia la calle de Carretas, después de haber depositado algunos cadáveres de infelices soldados en las bóvedas de San Sebastián, yo, por otras calles, deslizábame en busca de mi casa para reponer un poco las quebrantadas fuerzas y dar a Clara un testimonio de que no había olvidado mi compromiso de velar por ella.

Estaban tiznadas mis manos, y había sangre en ellas, y sangre también y polvo en mis vestidos; y debía tener yo todo el aspecto de un bandolero, cuando aparecí delante de la familia Valenzuela, y sin cumplidos ni ceremonias, rendido por la fatiga y las emociones, me dejé caer en el sofá, con espanto de Pilita, asombro de Manolo y no sé si admiración de Clara, que en un buen rato no apartó de mí sus ojos fulgurantes. Huyendo de su invencible firmeza los míos, los fijé en el espejo que tenía enfrente; y entonces vi que mi cara no estaba más limpia ni mejor aliñada que el resto de mi cuerpo. ]˜ramos Clara y yo, en aquel instante, tal para cual: yo un acabado modelo de matón de barricada, y ella la viva encarnación del genio inspirador de hazañas como las mías.

Referí, a sus instancias, todo lo. que había visto y sabía, y lo que podía referirse de cuanto yo había hecho; infundí en Pilita, pues Clara no parecía preocuparse con ello, grandes esperanzas de que en breve acabaría su cárcel; y aunque nada me quedaba que hacer allí, y el cuerpo me reclamaba alimento y descanso, dejábame con gusto vencer de la fuerza fascinadora con que los ojos y las palabras de Clara me retenían a su lado.

Al otro día, ¡nunca él amaneciera!, era yo aclamado jefe de una barricada que en la calle de la Montera habíamos levantado muy temprano, bajo los fuegos incesantes de las tropas del Principal. Por una serie de casualidades que no hay para qué referir, Matica estaba a mi lado, tan sereno y mordaz enfrente del enemigo, como en el blando sillón del teatro o en la banqueta del café. El aspecto que ofrecía Madrid en aquella mañana era verdaderamente aterrador. Ni una puerta abierta, ni un transeúnte en las calles, ni otros ruidos que el de las descargas de fusilería acá y allá, y algún grito de los combatientes, cuando no el ¡ay! lastimero del moribundo. Un sol africano, abrasador, digna luz de tal cuadro, le iluminaba.

Pues en estas circunstancias, cuando el reloj del Buen Suceso acababa de dar las once, apareció entre nosotros, deslizándose calle abajo, por la acera de San Luis, muy pegadito a las casas, el sempiterno cesante don Serafín Balduque. Movidos instantáneamente de un mismo impulso Matica y yo, nos lanzamos sobre él y le metimos en el portal contiguo a la barricada. ¡Le hubiera sopapeado entonces de buena gana por imprudente y mentecato!

-¿Qué demonio le inspiró a usted la idea de venir a este estrelladero de balas? -le dije casi pegándole.

-Déjeme usted hablar -me respondió sentándose en el primer peldaño de la escalera, y limpiándose el sudor de la calva con el pañuelo-. Déjeme hablar; que hablando se entiende la gente... Ayer no salí en todo el día de casa; y usted, que había quedado en volver, no pareció por ella. Como se anduvo a tiros todo el día y parte de la noche anterior, y usted estaba tan metido en los belenes revolucionarios, temimos que le hubiera sucedido algo... y no así como quiera, sino que a mí me aplanó la murria por entero; Carmen no probó bocado en todo el santo día, y Quica no cesó de mojar la pestaña. Con estos temores y el escozor de saber algo de lo que había pasado en Madrid, esta mañana, al ver que parecía la villa una balsa de aceite, aventuréme a asomar las narices a la calle con ánimo de ir explorando el terreno poco a poco y hasta donde se pudiera. Carmen no quería. Quica, que es más curiosa, me animaba; y como yo tengo más agallas de lo que parece, y de un tiempo acá, como sabe usted muy bien, tanto me da pepinos como calabazas, entre si salgo o no salgo... salí. Por aquella parte no se movía una mosca... salvo unos tiritos que sonaban hacia la calle de Toledo; seguí andando, y tampoco; y andando, andando, aunque veía en esta calle y en la otra gentes muy afanadas en levantar adoquines, llegué sin tropiezo ni rodeo de importancia hasta la de Atocha... ¡No miento si aseguro que tiene encima una alfombra de cascotes de más de medio pie de espesor! Contemplando esto y las marcas de las balas en la fuente de la plaza de Antón Martín, me pasé un rato. Un transeúnte de regular catadura me explicó lo que había sucedido allí... y también me aconsejó que no me detuviera mucho a la intemperie. Supuse que no lo diría solamente por el calor que hace; pero aunque también había por aquellas alturas mucho revoltijo de adoquines, notó que se podía ganar un poquito de camino más hacia dentro. «¡Pues vamos allá, qué calabaza! -me dije-, y veamos lo que pasa»; y entré por la calle del León, y seguí después la del Prado arriba, donde ya la cosa se iba formalizando y era el tránsito un poco más difícil. Pero pasé; y ya, puesto en la calle del Príncipe, dije: «vamos hasta la del Caballero de Gracia, y allí preguntaré por ese hombre en su misma posada». Costóme gran trabajo, y en más de un riesgo me vi, porque en tiempos de revolución no son confites todo lo que anda por el aire, ni todos los caminos están como la palma de la mano, ni todos los hombres tienen el don de gentes ni la más esmerada educación; pero llegué, y, ¡calabaza!, estaba el portal cerrado... como todos los que iba dejando atrás. «Pues no retrocedo -me dije-, porque a estas horas estarán tapadas todas las salidas, al paso que iban las barricadas y las cosas cuando yo las vi... Pues vamos por la Red de San Luis...» Verdad que estaba oyendo yo rato hacía tiros hacia la Puerta del Sol; pero también habían sonado algunos hacia Cibeles... y yo por algún lado había de salir, ¡calabaza!... Y fuime a lo desconocido, por si acaso era mejor que lo otro, que no era bueno, puesto que a poco me santiguan con un balazo al atravesar la calle de Alcalá. Ya en la Red, y obstruidas por barricadas las calles que en ella desembocan, tomé una carrerita en busca de, la plazuela del Carmen... Pero cata que, mirando hacia esta barricada, los distingo a ustedes; y, ¡calabaza!, ¿qué había de hacer sino llegarme a darles un abrazo y pedirles un refugio?

-¡A buena parte ha venido usted a buscarle! -exclamó Matica, medio en serio y medio en broma-. Usted sabe que aquí no pasa un cuarto de ahora sin que lluevan las balas a docenas.

-De manera -dijo don Serafín-, que como no me han dado a escoger...

-Debiera usted -añadí yo hondamente disgustado- no haber hecho la locura de salir de su casa; y ya que salió, haberse vuelto a ella cuando pudo hacerlo. Usted no es un muchacho en quien puedan disculparse las calaveradas de esta especie. Tiene usted una hija...

-Mire usted, señor don Pedro -me respondió Balduque interrumpiéndome con muy mal gesto-, todo lo que pueda sonar en esa cuerda, me lo estoy oyendo yo sin cesar... ¡Ojalá no sonara tanto! Ahora estamos aquí tratando de otra cosa muy distinta.

-Pero hay que pensar en todo... ¿Sabe usted cuándo acabará esto, y cómo acabará..., y cómo acabaremos nosotros, y los que con nosotros se hallan en esta ratonera...?

-Si me echara yo a pensar todas esas cosas... y si no cavilara tanto en otras muchas, seguro que no me hallara aquí en este momento...

Cuando así hablaba don Serafín, oyéronse los tiros que volvían a cruzarse entre el Principal y la barricada. Salí a ella, recomendando mucho a Balduque que no se moviera de allí. Muy poco después volvía al portal con un hombre que acababa de recibir una herida en un brazo. Teníamos allí a prevención algunas hilas, aglutinantes, etc., y en el entresuelo de la misma casa catres y colchones para lances más graves. El herido arrimó el fusil a la pared; sentóse, y llegó Matica, que aseguraba recordar algo de lo que había oído explicar en San Carlos; y reconociendo la lesión, dijo que se curaba con dos cuartos de ungüento.

Mientras esto sucedía, Balduque, con el sombrero en la coronilla, las manos tan pronto en los bolsillos del pantalón como rascando la cabeza o sobando los bigotes a contrapelo, los ojos errabundos, y moviéndose todo de un lado para otro, revelaba hallarse bajo el imperio de una excitación nerviosa que me alarmaba. Encargué mucho al herido que cuidara de él mientras yo volvía; y salí de nuevo a la barricada, porque el fuego no cesaba un punto... Por salir cayó en mis brazos un combatiente, con un balazo en el pecho. Ayudéme otro hombre a sostenerle, y entre los dos le condujimos hasta el entresuelo.

-Esto es más grave -dije a Matica al llegar al portal; y a don Serafín por que no se quedara solo-: Suba usted también para ayudarnos en lo que pueda.

Y subió con los demás, y nos ayudó a descubrir la herida, que parecía cosa muy seria. Temblábanle las manos al cesante y hablaba sólo palabras incoherentes. La triste obra en que todos estábamos empeñados, llegó a ocupar toda mi atención. De pronto noté la falta de Balduque en el grupo que componíamos los demás alrededor del nuevo herido. Alcé la cabeza, y tampoco estaba en el entresuelo; corrí a la escalera, y vi con espanto que, con un fusil entre las manos, se lanzaba del portal a la calle.

Bajé de dos brincos, y salí tras él, en medio del tiroteo que no cesaba.

-¿Adónde va usted, desdichado? -gritéle.

-¡A ganar con mis puños lo que se me debe en justicia...! ¡A enviar al Gobierno con una bala el memorial de mis agravios...!

Y esto lo voceaba encaramándose ya en lo alto del parapeto, echándose a la cara el fusil, ¡que ni siquiera estaba cargado!

-¡Viva la justicia! -gritó allí como un desesperado.

Y un instante después, ¡aciago instante!, cuando tocaba yo los faldones de su levita con mis manos, se desplomaba entre ellas con la inerte pesadez de un moribundo.

En presencia de aquella tremenda desgracia, sin valor para resistir el vocerío de los pensamientos que diabólicamente eslabonados me asaltaron la cabeza, desde el fondo de mi corazón pedí al cielo otra bala para mí; pero no hubo una, entre tantas como silbaban a mi lado, que anidar quisiera en un pecho tan lleno de pesadumbre.

Todos cuantos recursos terapéuticos nos había proporcionado la previsión de Matica, que no eran muchos, se emplearon inmediatamente en el empeño de volver a la vida a aquel pobre hombre que parecía un cadáver. Hasta se puso de nuestro lado, ¡bien tarde ya!, la feliz casualidad de haberse suspendido en aquel instante las hostilidades entre el paisanaje y las tropas, quitándonos con ello el único cuidado que pudiera separarnos del moribundo.

-No se cansen ustedes -nos dijo éste, con voz apenas perceptible, vidriosa la mirada, lívido el semblante, jadeante el pecho y ensangrentada la boca-; tengo la muerte allá dentro... y hará su oficio muy pronto... Yo la busqué con una locura... hija de muchos pensamientos, ¡muy tristes!, ¡muy negros!... Sé que debí vencerlos, porque hombres hay más desgraciados que yo, y no los tienen; pero no pude... No es culpa mía... y por eso me absolverá la misericordia de Dios, cuando a su tribunal me acerque... ¡Hija mía!... ¡Ésta sí que es pena sin consuelo para mí!... ¡Sola!.., ¡sola en este mundo sin justicia!... Y sola, porque yo no pensé bastante en ello... al arriesgar hoy mi vida entre las balas..., con el deseo de ganar a tiros lo que se me debe en buena ley... Esto no sé si me lo perdonará Dios, aunque disculpa y razón tiene en las flaquezas humanas... Usted que la conoce..., mi buen amigo, no la desampare de todo... Y usted, señor Mata, haga por conocerla... ¡Verá usted cómo la juzga digna de su amparo!... ¡Que tenga siquiera una sombra!..., algo a que arrimarse para llorar, más que la triste Quica..., ¡pobre Quica! ¡Desventurada Carmen!... ¡Dios mío!...

Tomóle aquí un desmayo... y no volvió de él. ¡Me pareció un sueño aquel tan inesperado, tan rápido y tan tremendo infortunio! Maldije otra vez a la revolución, y me maldije a mí mismo, y maldije la brutal empresa en que yo estaba empeñado desde la víspera, causa quizá de la muerte de aquel desdichado, del desamparo de la pobre huérfana y de las acerbas lágrimas que vertería en su dolor sin consuelo.

El mismo Matica, tan frío y sereno de ordinario, permanecía pálido y mudo delante de aquel cadáver. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Apenas me di cuenta de los restantes sucesos del día, no obstante la activa parte que tomó en ellos por razón del cargo que desempeñaba allí. Sé que la suspensión de hostilidades lograda por negociaciones entre el Gobierno y una Junta de armamento y defensa, formada aquella misma madrugada por hombres notables del partido progresista, bajo la presidencia del general San Miguel, duró sólo algunas horas; que a media tarde se reprodujo con mayor saña la refriega en todos los barrios de la villa; que me batí de nuevo hasta anochecer; y que entonces, nombrado capitán general de Madrid y ministro de la Guerra San Miguel, hizo saber éste, urbi et orbi, que había sido llamado Espartero para formar ministerio y arreglar la cosa política tal cual se quería en el Manifiesto de los generales pronunciados; con lo cual abrazáronse tropas y paisanos, y, con gran regocijo de todos, acabóse aquella bárbara matanza; pero quedando el pueblo armado en sus barricadas, «por si acaso...» Lleváronse los heridos a los hospitales de sangre, y los muertos al campo santo. ¡Pobre Balduque! Si se supo en qué lugar del mundo reposaban tus honrados huesos, a mi previsión fue debido, al celo de Matica y a la fidelidad de dos hombres que no se separaron de tu cadáver hasta dejar señalada con una cruz la tierra que le cubrió.

No pude hacer más por ti en aquel instante.

Para lo que hubo que hacer tan pronto como fue posible el tránsito por las calles, no hallé fuerzas en mi espíritu. Matica, que le tenía más sereno y no estaba ligado a la pobre huérfana por los afectuosos vínculos que yo, se aventuró, en obsequio mío, a darle la noticia del mejor modo que pudo... Nunca quise oír a mi amigo el relato de aquella dolorosa entrevista. No sé aún lo que pasó en ella, aunque sé que fue terrible.

Cuando, al otro día, acudí yo a ver a Carmen, las fuentes de su corazón se habían secado. No quiso que le hablara una palabra del suceso. Pálida, recogida en su dolor, muerta en su rostro la sonrisa, estaba como tanteando los bríos de su alma para afrontar con ellos los azares en la triste soledad de su vida.