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París

Los caídos

Manuel Ugarte





París, como todos los campos de batalla, tiene sus vencidos. A la caída del invierno, salen de la gran ciudad inmensas caravanas friolentas, de cuerpos flacos y caras amarillas, que se alejan en diferentes direcciones y van a encallar a los Pirineos, a Malta, a Córcega y a todas las tierras cálidas, desde Nápoles hasta Alejandría. Los trenes huyen, atestados de hombres, mujeres y niños que ahogan sus toses en abrigos de lana y se calientan los pies en caloríferos portátiles, mirando ávidamente por las ventanillas, como si hicieran provisión de paisajes que no esperan volver a ver.

En la cumbre de las montañas o al borde del Mediterráneo, abundan los caseríos melancólicos, tajados por avenidas largas y silenciosas, plantadas de árboles muy verdes. Los techos de las casas son rojos, los muros están pintados de colores vivos, el sol cae de lleno sobre las calles y entra por las ventanas como un intruso, pero en la atmósfera hay una tristeza extraña que nadie puede definir.

Todos esos pueblecitos que viven de la muerte, tienen el mismo aspecto de cementerio. Las calles parecen desiertas y abandonadas, como después de un desastre. Las casas se alinean dejando grandes huecos entre sí, como si temieran el contagio. Y sólo de tarde en tarde se divisa la cara amarilla de un enfermo, que pasa sobre un sillón de ruedas, empujado por un lacayo.

Los días de fiesta, cuando los vecinos bajan a la plaza, donde toca una murga, y las campanas de la iglesia dan grandes saltos, asomándose por las rendijas de las torres, los tuberculosos llegan unos tras otros, acompañados por madres o hermanos que les sostienen, trayendo abrigos y almohadas. Se instalan al sol, con la cara vuelta hacia los pinos que aparecen por sobre las últimas casas, en la cumbre de la colina. Tienen los ojos hundidos, la piel amarilla, los pómulos puntiagudos, las manos blancas, las orejas transparentes y los labios teñidos de un rosa muy pálido, como ciertas corolas de rosa té. Han sido pintores, cortesanas, artistas, enamorados, soñadores y prometidas; han vivido en las grandes ciudades y han luchado; han tenido afectos, ambiciones o esperanzas y se encuentran de pronto vencidos, emasculados, desterrados de la vida, en un caserío.

La plaza se llena de gente y se oyen conversaciones vacías entre los grupos. Los unos se informan de la salud de los otros y se mienten impresiones favorables, afirmando mejorías problemáticas que nadie puede comprobar. Las familias intervienen y confirman la inocente mentira, para evitar los desalientos. La música repite sin cesar sus mismas polcas antiguas. Y todos parecen niños caprichosos que se entretienen con frivolidades bajo la vigilancia de las institutrices.

A veces una enferma y un enfermo jóvenes, vecinos de silla, y compañeros de paseo, sienten revivir las quimeras de antaño y esbozan un amorío de adolescentes, con el vago presentimiento de que realizan, ella, su último flirt y él su postrera aventura.

Pero hay una amenaza tan inflexible en la atmósfera, que los padres y los tutores callan, dejándoles correr tras un peligro irrealizable.

Cuando el mar está tranquilo y el sol cae de lleno sobre la ensenada, hay muchos tuberculosos que se hacen llevar hasta el embarcadero y ensayan excursiones tímidas hacia la puerta del Océano. Una involuntaria glotonería de aire les lleva a buscar los sitios más anchos y a respirar a grandes sorbos, como si quisieran hacer el vacío para los demás. Las barcas parten y se alejan con sus velas blancas tendidas y un marinero en la popa. Los enfermos descansan sobre sillas que se alargan como lechos. Visten trajes claros y telas de colores vivos que contrastan con la palidez de los rostros. Algunos hojean un libro o un periódico de París. Y así que el sol declina, las embarcaciones están de regreso y todos vuelven a sus prisiones, unos en carruaje, otros en sillón de ruedas, otros a pie, apoyados sobre un bastón.

La monotonía de la vida en la pequeña ciudad provinciana, es desesperante. De mañana sólo se ven los carruajes que se detienen ante los chalets. El médico desciende, entra a la casa y sale al cabo de un rato acompañado por un padre o un hermano que insiste y le apura, como si quisiera arrancarle una promesa imposible. Por las ventanas abiertas se ven a veces caras graves y pensativas que escudriñan la soledad. De tiempo en tiempo aparece el dependiente de una droguería con una bolsa de oxígeno bajo el brazo. Y por las conversaciones sorprendidas al vuelo entre dos proveedores o a la puerta de un almacén, se sabe la agonía de X o la muerte de Z que ayer eran nuestros vecinos en la plaza.

Al caer la tarde, suele pasar un entierro, rodeado de cierta pompa teatral que contrasta con la simplicidad de la naturaleza. Los caballos cubiertos de paños negros, el carro con filetes amarillos y los lacayos indiferentes, están en oposición con el paisaje. Los enfermos ven pasar el convoy con cierta amargura resignada. ¡Un compañero menos con quien escuchar el domingo las polcas antiguas de la murga de la ciudad!

En el silencio de la noche, cuando el caserío dormita bajo la luna y la floresta de pinos levanta su masa negra en la cumbre de la colina, se oyen a veces las canciones malvadas de los muchachos del país:


   Que vengan los moribundos;
aquí los tratan muy bien:
el cementerio es tan grande
que todos caben en él.



Los enfermos son de toda nacionalidad y toda categoría. Hay parisienses, coquetas que parecen escapadas de una novela de Prevost y tosen escondiendo los labios en pañuelos de batista, sin olvidar su elegancia para remangarse el vestido; ingleses correctos y graves que traen los bolsillos llenos de periódicos y se hacen llevar en brazos hasta la iglesia protestante; rusas ensimismadas, de ojos celestes y cejas rubias; y españoles de tez cobriza que se acuestan envueltos en la capa. Ese conjunto heterogéneo se funde en un grupo armónico. Parece que todos olvidaran su origen y se crearan una nueva patria común, en las lejanías de un destino.

La calle principal del pueblo está llena de modistas que trabajan día y noche, haciendo vestidos de seda que las enfermas ensayan una vez y abandonan en seguida en el armario para estrenar otro, como si quisieran agotar en dos meses la provisión de telas que habrían consumido en muchos años. Parece que Mimi Pinson y Marguerite Gautier tuvieran celos de sus rivales y soñaran acaparar, antes de morir, todo el arte y todo el ingenio de las costureras.

Para los enfermos que se dedican a catalogar medallas o trastos viejos, hay grandes almacenes de anticuarios. Las vidrieras están atestadas de bronces enmohecidos, porcelanas rotas y muebles cubiertos de polvo que aguardan una mano que los descubra. Allí hay sillones Luis XV, grabados meticulosos de artistas del siglo XVII, bomboneras de esmalte, encajes raros, manuscritos del Rey, y muebles inexplicables y arcaicos que parecen construidos con el único fin de mostrar gráficamente la diferencia entre dos épocas. Los tuberculosos aficionados a esas exhumaciones, se hacen conducir hasta el almacén del anticuario y revuelven todas aquellas cosas que han muerto, con un gesto grave de viajeros ante un enigma.

Para los intelectuales, las dos librerías de la ciudad se convierten en santuarios que exigen una peregrinación diaria. Son algo así como un rincón de París al que se puede entrar con corbata Lavalliére y pipa entre los dientes. Los parroquianos son pocos y -aparte de dos o tres profanos, prisioneros de la moda, que quieren poseer un Quo Vadis, para dejarlo sobre la mesa del salón- todos son directa o indirectamente del oficio. Su destreza para orientarse en las estanterías y su laconismo para informarse de las últimas publicaciones de Stock o de Fasquelle, establecen entre ellos una especie de francmasonería. Es fácil reconocerlos en un detalle: demuestran una predilección rara por autores que, como Rodenbach, Jean de Tinán o Emmanuel Signoret, han dejado obras inacabadas como sus vidas.

A veces hay matinée en el teatro de la ciudad. Y es de ver cómo los asiduos de los grandes coliseos de Europa, aplauden a los cómicos famélicos que estropean los versos de Ruy Blas.

Los que todavía pueden salir, van en carruaje hasta la puerta del teatro y asisten a las escenas más inverosímiles con una indulgente credulidad de niños. La sala parece un hospital. Durante los entreactos se oye toda la gama de las toses, desde la muy profunda, que parece resonar en el fondo de una caverna, hasta la apenas perceptible, que acaba en una burbuja de sangre. Y a pesar de los roces y el espectáculo de tantos compañeros vencidos, nadie parece tener una visión neta de la muerte.

Cuando salen, los carruajes se dispersan por la ciudad y cada cual vuelve a su sillón de incurable. La resignación parece ser parte de la enfermedad misma. Algunos llegan hasta felicitarse de la calma y el retiro en que viven. El recuerdo de viejas decepciones y antiguas luchas, les hace saborear quizá el placer de hallarse lejos de la batalla humana. Pero como todas las casas miran hacia la estación, ningún enfermo ve salir sin tristeza los trenes rápidos que huyen hacia la gran ciudad, hacia la vida.





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