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Pájaros imposibles

Gerardo Diego

Muchos pájaros hay difíciles, pero los casi imposibles, los que vuelan más alto y no se dejan situar a tiro son los pájaros de la poesía. Liga, escopeta o convicción son las armas de los cazadores y las astucias de los encantadores. Hablaremos hoy de uno de los últimos, de Leopoldo de Luis, o Leopoldo III. En la dinastía ideal de los Leopoldos poetas de nuestra lengua, después de Lugones y de Panero, Leopoldo de Luis puede llevar el número III. O el IV, si no olvidamos al otro argentino desaparecido, a Leopoldo Díaz. Conocimos a Leopoldo de Luis cuando vino con el mensaje de su primer Mensaje. Fue él el fundador y sigue siendo el cuidador de la colección de libros poéticos de ese nombre, que sabe también a pájaro, a paloma correo de buen augurio. En la colección Mensaje van apareciendo, junto a jóvenes poetas de calidad, otros menos jóvenes y, por ende, más conocidos. Aquel libro de Leopoldo de Luis se llamaba Alba del hijo. Era el libro paternal, poesía auténtica y seria de paternidad. No engañaba al lector. Había que ver al poeta en persona respondiendo y corroborando la bondad que rezumaba en los versos del libro. Después, Leopoldo de Luis ha continuado escribiendo y vigilando sus libros, esos otros hijos de su colección también paternal y amorosa. Con su exquisita cortesía, su puntualidad, y precisión, limpieza -ha que perseguir las erratas al recién nacido y aun no bautizado, como quien lava las orejitas al niño-, con su bondad inocultable, Leopoldo de Luis tenía que escribir una poesía a la que empieza por querérsela antes de intentar juzgarla.

A Alba del hijo sucede, en otra colección benemérita, la de Gabriel Celaya, otro poeta editor, con su colección Norte, un libro cuyo título es muy expresivo: Huésped de un tiempo sombrío. La personalidad de Leopoldo de Luis se iba definiendo, a despacho de influencias y vacilaciones inevitables en clima tan recargado como el que respiramos hoy en España. Pero me parece que, hoy por hoy, el mejor libro del poeta es este de Los imposibles pájaros, que pertenece a la más copiosa y ya veterana de las colecciones poéticas, a la de Adonais.

El título del nuevo libro suscita imágenes, anhelos y melancolías. Es ya por sí solo un poema, y no el menos intenso del libro. Pájaros, sí, pero imposibles. La intención se aclara cuando leemos el primer poema y, presidiéndolo, el lema con los versos famosos de Jorgue Guillén: «Todo lo que perdí / volverá con las aves».

El nuevo poeta siente que lo que él perdiera ya nunca podrá volver. Las aves, sí, volverán con cada primavera, como las del poeta castellano. Volverá la golondrina negra, llena de claridades, para devolver al paisaje su pubertad. Pero los pájaros de Leopoldo de Luis son los pájaros imposibles de anidar en su sangre, los de plumas que no logran sostenerse en su aire. Lo que ha perdido nunca volverá con las aves y los pájaros seguirán ahí arriba, pero inalcanzables, imposibles.

Todo el libro es desarrollo de esa teoría melancólica. Solo a veces la esperanza del hijo, que de ser alba pasó, encendido de aurora, a identificarse en sol, rosa de sangre, devuelve al poeta la primavera y la alegría. Pero en cuanto se queda solo retorna la sombra inevitable, y sus manos, que sustentaron las columnas del día, quizá ahora, manos de tierra, hunden las columnas aéreas. Hay un real estremecimiento, una tersura patética, un acento hondamente sentido en los versos del nuevo libro. Se le ve al poeta liberarse de ataduras, de preocupaciones expresivas, desnudarse hasta el verso. En los mejores momentos vuelven pájaros imposibles, los pájaros perdidos de la poesía lírica romántica de los verdaderos, de los íntimos, de los Enrique Gil o Evaristo Silió:

   Mira el agua. Contémplate. En el hondo

caz de mi alma, amor, lo mismo fluyes.

Mira el agua. Te miro. Y en el fondo

del tiempo, acaso, como el agua huyes.



Pero la herida es más honda aún que el agua del caz. Y, sin perder transparencia, el verso se exacerba y excede de la elegía privada al clamor inmesamente humano:

   Respiro por la herida.

Por esta viva herida de mi muerte;

por esta mortal llaga de mi vida

que años y sueños y fracasos vierte.

   Respiro por la herida este aire triste

empapado de humana pesadumbre.

Y un claro viento insiste

contra muros de tedio y de costumbre.

   Pisando mi dolor, legiones de hombres pasan

ciegos, hacia esta misma hoguera mía.

¿Para siempre se salvan? ¿Para siempre se abrasan?

Yo sólo sé que busco mi verdad día a día.



Haga Dios que la encuentre y los pájaros imposibles se hagan posibles, poseídos, ciertos, posados muy cerca del corazón del poeta para consuelo suyo y regalo de los amigos de la poesía.