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Esta admirable tragedia se reproduce aquí tal y como se representó e imprimió en la primera edición; pero su insigne autor, al preparar la segunda, hizo tales variantes en la forma que resulta una tragedia completamente nueva. Por eso la reproducimos a continuación copiándola del original escrito de puno y letra de Tamayo, y pudiendo asegurar que es lo último en que empleó su poderosa inteligencia. El público y los críticos juzgarán de ambas: nosotros creemos que, con ser tan admirable la primera, le supera en mucho la segunda.

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A esta composición ha dado asunto un libro, aún no impreso, que el padre Hernando Pecha, de la Compañía de Jesús, natural de Guadalajara, acabó de escribir en I635. Lleva por título Historia de las vidas de los Excelentísimos Sres. Duques de el Infantado y sus projenitores, desde el infante don Zuria primero, señor de Vizcaya . Y cúmplenos extractar a continuación el capítulo V de códice tan precioso:

«Fué D.ª Juana hija mayor de Pero González de Mendoza y de D.ª Aldonza de Ayala; y sobre los muchos y peregrinos dones con que la dotó Naturaleza, tanto la mejoraron y enriquecieron sus padres, con tener doce hijos, que la llamaban en Castilla la Ricahembra. Casó con Diego Manrique de Lara, Adelantado mayor de León, que murió en la batalla de Aljubarrota. Y como fuese tan cabal mujer y de tan gran fama que, viéndola viuda, muchos y grandes señores pretendieran casarse con ella, puso vivo empeño en hacerla suya D. Alonso Enríquez, hijo del Maestre de Santiago D. Fadrique, procurando que, al propósito, su primo el rey D. Juan, que á la sazón reinaba, escribiese apretadamente á D.ª Juana para que con él se casase. Por el mejor logro de la carta, quiso llevarla el mismo D. Alonso con disfraz de criado del Rey. Fuese á Guadalajara, donde á la sazón estaba la Ricahembra (quien no conocía de vista á D. Alonso); demandó audiencia é hizo su embajada. Tomó y leyó la carta D.ª Juana de Mendoza, y dijo con enojo y cólera: 'Los matrimonios, señor, han de ser voluntarios. No han de violentar los reyes en materias semejantes. Don Alonso es mozo, yo de edad más crecida, viuda y con un hijo. No me conviene casarme con él, y muévenme á ello, además, otras razones ocultas y causas que yo tengo.' Don Alonso apretaba á D.ª Juana que mirase la calidad del novio, que era primo hermano del Rey; la voluntad del Monarca; las mercedes que podía esperar, y otras razones á este modo, con tal eficacia, que, irritada D.ª Juana, exclamó: 'No quiero casarme con el hijo de una judía.' Sentido del caso D. Alonso, levantó la mano, dió un bofetón á D.ª Juana y salióse. Pero, corrida y afrentada ella, dijo á un su criado: 'Preguntad á aquel caballero que de aquí salió cómo se llama.' Hízolo el paje, y no sosegó D.ª Juana hasta que vino D. Alonso y juntamente el cura de Santiago, que los casé allí luego porque en ningún tiempo se pudiera decir que hombre que no era su marido se había atrevido á darle un bofetón. Después supo el Rey la historia, y alabó el hecho de él y de ella.

»Era castísima, tan recatada y prevenida, como se echó de ver en muchos casos, de los que se referirán dos únicamente.

»Doña Juana tenía de costumbre, en anocheciendo, cerrar las puertas de la fortaleza donde vivía, sin consentir que se alzase el rastrillo para persona del mundo. Sucedió que en una de sus largas ausencias, D. Alonso vino de repente y sin prevención una noche á la fortaleza; pero como ni creyese doña Juana que era su marido, ni, á serlo, estimase cuerdo abrir tan á deshora las puertas, aquél tuvo que hospedarse en la casa de un vasallo, bien que admirado de la prudencia de su mujer, de su recato y clausura.

»Más raro fué el segundo suceso en materia de honestidad. El Secretario de D.ª Juana, con atrevimiento loco y temerario, se arriesgó á escribirle un papel de amores, que puso en la cartera de la firma entre otras cartas y provisiones que traía. Pero como la Ricahembra sin leer no firmase jamás cosa ninguna, luego que tuvo en sus manos el billete, quedáse con él; disimulé, y sin que nadie lo notara, llamó al Gobernador de la villa é hízole prendiese en aquella noche al Secretario; el cual apareció á la mañana siguiente ahorcado frente de las ventanas de palacio.»

Hasta aquí el padre Pecha refiriendo la tradición que, exagerada acaso por el transcurso de dos siglos, se conservaba en la familia de Mendoza.

Pero cuando se ve, por documentos coetáneos, que no fué exacta la tradición al suponer á D.ª Juana en otra parte que en la Rioja al tiempo de su segundo casamiento; ni al reconocer en D. Alonso Enríquez por aquellos días un honrosísimo cargo que no tuvo hasta muchos años adelante, bien puede el poeta, á diferencia del cronista, suavizar la gótica fiereza de la relación precedente aderezando su obra con más dulces y humanos sentimientos. Respeta, sin embargo, en el poema el símbolo de la mujer idólatra de su honra, capaz de sacrificarlo todo á sus deberes, y que, abroquelándose con las virtudes, triunfa siempre de los demás y de sí misma.

II. Pág. 6.«Si el caballo vos han muerto...»

Lope de Vega y Luis Vélez de Guevara incrustaron en comedias suyas este popular y antiguo romance, que anónimo se halla también inserto en el Romancero general. Su autor, hasta ahora desconocido, fue (según del referido códice aparece) un insigne poeta, Alfonso Hurtado de Valverde, natural de Guadalajara.

III. Pág. 12. «De Villarta y de Foncea...»

Estos y muchos otros lugares aportó D.ª Juana en dote cuando su primer matrimonio, según instrumentos públicos otorgados en Ávila a 6 y I6 de Diciembre de I38I, de los cuales posee la Biblioteca Nacional copia muy antigua.

III. Pág. I9. «Las banderas de Mendoza.»

El escudo de sus armas era verde con banda roja perfilada de oro.

IV. Pág. 22.«Es historia bien sucinta.»

Y verdadera la de Gil Bayle, señor de las Cuevas de Espelunca, principal caballero de Baeza, que murió poco antes del tiempo en que se supone la acción del drama. Su casa, con antiguos escudos y follajes, existía junto a la iglesia mayor de aquella ciudad; y el cortijo, famoso por el letrero que en su puerta puso Gil Bayle, hallábase al pie del cerro de su nombre, entre los ríos Guadalén y Guadalhimar. (Véase Argote de Molina, en su Nobleza del Andaluzía, cap. XXXVIII.)

V. Pág. 27. «El padre fué un religioso, fué la madre una judía.»

Tuvo el Maestre de Santiago D. Fadrique (hermano bastardo de Pedro el Cruel) a D. Alonso en la mujer de un mayordomo suyo, judía conversa de Guadalcanal y hermosísima criatura. Oculto, desconocido a todos y como judío, se crió D. Alonso hasta la edad de veinte años, a cuya sazón, reconocido por hijo del Maestre y recibido en el gremio de la Iglesia, tomó el sobrenombre de Enríquez por amor al Rey su tío D. Enrique II.

VI. Pág. 27. (Dale un bofetón.)

Aun entre dos hombres, hoy no tolera en la representación nuestro público tamaño desafuero. La destreza del actor que haga la figura de D. Alfonso consista, pues, en indicar que tiende a tapar la boca de D.ª Juana para que no prosiga; bien que dando a este ademán toda la rudeza y violencia que pide para justificar la resolución de la protagonista.

VII. Pág. 85. ¡Miren la grave, la adusta Doña Juana de Mendoza!

Estas palabras conciertan con las del bachiller de Cibdareal, en su epístola I, en que da cuenta al justicia mayor del nacimiento de Enrique IV. «La del Almirante (madrina del Príncipe) llevaba una cara acontecida, símil a la de D.ª Juana de Mendoza, que es ella mesma; y dice Pajarón que no ha visto otra cara que se le parezca.»

VIII. Pág. 92. «Para fundar un linaje.»

Tuvo la Ricahembra por nieta a D.ª Juana Enríquez de Mendoza, Reina de Aragón y madre de Fernando V, aquel que dividió con Isabel I de Castilla la más alta gloria del solio español.

IX. Pág. 97. «Gran venganza es el perdón.»

«Fué D. Alonso discreto e atentado asaz gracioso en su decir: la razón breve é corta. Turbábase mucho a menudo con saña, y era muy arrebatado con ella. De grande esfuerzo, é de buen acogimiento a los buenos. Entendía más que decía.» (Fernán Pérez de Guzmán: Generaciones y semblanzas, capítulo VI.)

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