Obras. Tomo Primero.
Manuel Tamayo y Baus


Sr. D. Mariano Catalina.
Mi querido amigo: Se empeña usted en que mi tosca y mal cortada pluma encabece con algo, a modo de prólogo, la edición de las obras dramáticas de Tamayo, publicadas bajo la inteligente dirección de usted y a expensas del oculto aunque constante Mecenas que, con tanta modestia como esplendidez, alterna con sus ricos donativos para las necesidades públicas de la Nación y con sus eficaces socorros a la miseria vergonzante, sus generosos auxilios a la memoria de los que, descuidando todo interés material, atendieron sólo a labrar la gloria de la Patria con el acertado cultivo de las letras, como Aparisi, Selgas y otros; y aunque en ésta, como en tantas otras ocasiones, olvidando lo inoportuno del mandato, haga la obediencia su oficio, no puedo menos de empezar a obedecer protestando contra el poco acierto de la disposición, aunque no sea más que para rehuir el cuerpo a las responsabilidades del caso.
A la hora en que estamos, dadas las alturas supremas de la fama y del arte en que se cierne el nombre del gran Tamayo con aplauso común de críticos y espectadores, sólo al cincel escultural de un crítico de la talla de Menéndez y Pelayo correspondía esculpir el epitafio de este grandioso monumento en que, entre los despojos de la muerte, se consagra la inmortalidad del genio de nuestro teatro moderno; y si, dejando a un lado, por inútiles, juicios críticos elevados sobre obras maestras analizadas y encomiadas hasta la saciedad por todo linaje de escritores, se buscaba, más que un estudio de estética dramática fundamental, una acabada y perfecta biografía, en que la exactitud de los datos y la minuciosidad de los detalles satisficiesen por completo la ávida curiosidad del lector sobre las obras y los hechos del gran poeta, ¿quién como el infatigable y concienzudo investigador de las vidas de Tirso, de Villena y de Iriarte, que tan gallarda muestra acaba de dar de sus especiales conocimientos en la materia con la reciente necrología del propio D. Manuel Tamayo, hubiera podido consignar uno tras otro todos los pasos que por la áspera senda que conduce a las cumbres del Parnaso español dio en alas de su genial inspiración el autor de El 5 de Agosto y de Un drama nuevo? Y si ni uno ni otro se requería, sino antes más bien uno de esos estudios psicológicos íntimos y profundos en que se abre a la pública contemplación lo más recóndito y secreto del alma de un gran autor, la morada interior, por decirlo así, de su espíritu, poniendo de manifiesto los más ocultos resortes de su inspiración y de su ingenio, los repliegues más hondos de su corazón y las fibras más impresionables de sus nervios, ¿no estaba usted ahí para eso? Usted que ha vivido día tras día con él los últimos años de su vida; usted, confidente de sus pensamientos más serios, consejero de sus resoluciones más graves, testigo, por decirlo así, familiar de todas sus alegrías y dolores. ¿Quién como usted podía darnos disecada, con toda la delicadeza moral que se requiere para estas operaciones en que hay que humedecer el escalpelo con lágrimas, la flor misteriosa que, germinando en el centro mismo de su ser, embriagaba de aromas todas las páginas de sus admirables creaciones? ¿Quién como usted podía descorrer ante el público, con mano temblorosa tal vez, pero al fin con mano autorizada, el velo que encubre ese espectáculo interesante y sublime que no pueden menos de ofrecer la lucha, el movimiento y la vida de ideas y sentimientos, deberes y pasiones, creencias y temperamento, nervios y sangre, evolucionando a través de un organismo delicado y vigoroso a la vez, para resolverse en acciones marcadas con el sello soberano de la voluntad que libremente las determina? Nadie seguramente, sobre todo después de muertos Cañete, Guerra, Alarcón y Selgas, y la mayor parte de sus amigos fraternales.
Verdad es que yo le conocí, que le traté con, verdadera intimidad, que le merecí inestimables pruebas de cariñosísima amistad y de confianza inalterable; pero, ¿por qué lo he de negar?, a mis ojos siempre se apareció el gran dramático como los dioses a los mortales de la antigüedad, como velado en una nube. Será prestigio, si se quiere forjado al calor de la imaginación en los días hermosos de la infancia, pero cuyo influjo no cabe desconocer, pues se siente todo a lo largo de la vida, y la muerte no puede nada contra él. Ni aun siquiera logra engrandecerlo la Historia.
Era yo niño, muy niño a la verdad, y ya el nombre glorioso de Tamayo resonaba en mi oído como la expresión de una gloria nacional pura, legítima, de buena ley, formulada por los labios que me personificaban la verdad y que me infundían su respeto. Miraba en mi hermano una especie de furor sagrado, de entusiasmo febril por las obras maestras de este escritor, y hasta en el nobilísimo rostro de mi anciano padre, tan austero y severo de suyo, veía reflejarse el relámpago fúlgido de la emoción cuando se mentaba o se recordaba delante de él la palabra o la escena de alguna de esas producciones en que el genio ha puesto al servicio del bien todas las fuerzas del arte. Asistía en mi juventud a las representaciones de La locura de amor como quien asiste a la ceremonia religiosa de la resurrección sobrenatural de una época histórica de nuestra Patria; y cuando llegué a saludar a su autor, cuando estreché entre las mías su mano, no podía ver en él a un mortal como el vulgo de los corrientes. Para mí todo desaparecía en él, el hombre, el amigo, el político, el funcionario, el académico, el escritor. Sólo acertaba a ver en él algo como la divinidad o el numen dramático en persona, algo como el genio creador de seres vivos y perdurables, forjador de lances y situaciones supremas, evocador de muertos resucitados sobre el suelo mágico de las tablas. ¡Creo que si Tamayo hubiera sido capaz de cometer un crimen ante mi vista, en vez de una espantosa realidad, hubiera creído tener ante mis ojos una creación teatral que me fascinaba y confundía!
Por eso fue su nombre para mí como una especie de religión en la república de las letras; por eso hice depender de su exclusiva aprobación mi ingreso en la Academia Española, a pesar de lo unánime de los restantes sufragios; por eso una de las escasas satisfacciones que experimenté a mi paso por ese calvario que se llama la posesión del poder, fue dar público y solemne testimonio de admiración a su genio, de respeto a su autoridad y de amistad a su cariño, con la reparación nacional que le otorgaron por mi mano el Rey, el Gobierno y la pública opinión sin excepción de matiz, nombrándole Jefe superior del Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios, en desagravio debido, además de merecido y conveniente para la Administración y los libros, a la lógica cesantía que, sin duda para regenerar a las letras, había decretado contra Tamayo, como contra Guerra, Cañete y tantos otros, la Revolución de 1868.
No lo recuerdo por vanidad, tan ajena, gracias a Dios, a mi carácter, como ridícula en este caso. Lo recuerdo como demostración del aprecio universal a Tamayo. Nunca trazó mi pluma, ni volverá, seguramente, a trazar líneas tan celebradas y aplaudidas, como los cuatro renglones de la carta confidencial con que le transmití el nombramiento. No sé cómo se hubo de traslucir, pero el hecho fue que se divulgó; pidieron permiso para publicarla los periódicos más desafectos a mi persona, y aquello fue una explosión de plácemes y felicitaciones. Cánovas me escribió diciéndome que mi carta le parecía «de perlas», y hasta el Rey me mandó a llamar para darme la enhorabuena. Con ser yo en aquella situación el blanco de moda para el ataque combinado de todas las oposiciones, todas pusieron en las nubes aquella carta. ¿A qué se debía esta ovación? Sencillamente a que en ella me había hecho eco de la opinión nacional, que aclamaba en Tamayo, al genio de nuestra literatura dramática, para sacarle de su retraimiento y su olvido, y darle el merecido puesto de honor al frente de nuestra cultura.
Más tarde estreché más fuertemente con él los lazos de una amistad respetuosa; admiré la pujanza de aquella inteligencia, rebelde a toda fuerza que no fuera la de la convicción razonada y sentida; me aterró la salvaje energía de aquella voluntad indomable para el empuje arrollador o para la laboriosidad formidable; sondeé con pavor los senos de aquel corazón, donde, bajo el cielo límpido y sereno de una conciencia inmaculada, sentíase el sordo hervor de las pasiones más violentas; asistí con placer a aquellas escenas de familia en que se aparecía en todo su natural esplendor el amigo, el esposo, el hermano y el caballero; presencié los terribles dolores y las espantosas agonías de su última enfermedad, y seguí siendo víctima de la misma fascinación: en todas y cada una de las diversas fases de su vida, en las más supremas y sublimes, como en las más ordinarias y sencillas, siempre vi, sobre todo y antes que todo en él, una naturaleza hondamente identificada con el genio de la creación dramática, al demonio de la representación, como diría un pagano, al ser privilegiado por Dios, que ve, palpa, entiende y siente la vida como un papel impuesto por Él, entre las peripecias del destino, en un drama vivo, trascendental, realísimo, en el que, compenetrándose lo real y lo ideal, todo tiene que desarrollarse con propiedad, con verdad y con rectitud, para que no lo manche, lo afee y lo deshonre todo la deformidad, que es la hija de la mentira.
No sé si serán engendros de mi acalorada fantasía, o si serán verdades profundas descubiertas por la reflexión ante la observación atenta y sincera, pero tengo por cosa averiguada a mis ojos, que nada se confunde más o se compenetra tanto, por lo menos en su resultado final, como la acción en la sociedad por la palabra y por el hecho. Hay algo así como aquella correspondencia celeste que descubre la fe entre la vida activa y la contemplativa en las sagradas alturas de la vida espiritual y religiosa. El hombre que se encierra en el retiro de su gabinete para influir sobre la posteridad con la idea, no pesa menos, sino más, en la balanza en que se decide el porvenir de los pueblos, que el que se lanza con todas las energías de su alma a la vida política y exterior en la plaza pública; y cuando el primero emplea el poder oculto de su reflexión en reproducir la vida sobre la escena, creo yo que excede, hasta en el mismo modo de obrar, al que directamente la elabora tomando parte como actor en los hechos que constituyen la historia.
Ambos caminos pudo seguir el carácter enérgico de Tamayo; quizás alguna vez puso su planta inexperimentada en el segundo, pero al punto la retiró de él. Todo le llamaba al primero, elegido desde su más tierna juventud; le llamaba, sobre todo, su vocación, determinada por su naturaleza, y prefirió ejercer su influjo en la marcha de la civilización desempeñando su papel de forjador de realidades imaginadas, a influir representando el de comparsa más o menos galoneado, pero comparsa al fin, en las tragedias y sainetes de la vida pública.
La Historia, que recoge al cabo el resultado final de todo cuanto influye y refluye sobre la vida, podrá tan sólo aquilatar la influencia social que en los hechos alcanzan ideas puestas en acción en las tablas, como las que informan y se desenvuelven en el teatro de Tamayo; a nosotros sólo nos toca consignar que si creemos que Tamayo pudo influir en la vida pública de su Patria, fue porque para él la escena no era un tablado en que se encarama un histrión con el fútil objeto de entretener los ocios de un pueblo, sino un espacio concedido por Dios para que la vida se muestre en todo su poder, podada de todas las impurezas de la realidad por la mano poderosa del arte.
Cuando el arte y la vida se llegan a sentir así, es muy difícil separar la vida y el arte en la personalidad que los practica. Tamayo hubiera desempeñado su papel de ministro, de general o de dictador, como desempeñaba el de académico y bibliotecario, como desempeñó al cabo el de autor dramático por excelencia: como el representante de un deber, de una misión, de un destino encargado a todas las facultades de su espíritu y a todas las energías de su sensibilidad por el autor del gran drama que se llama la Historia, y que representa incesante la humanidad sobre el gran tablado del universo.
Considerados a esta luz Tamayo y el arte dramático, desde la concepción hasta la representación de la obra, saltan dos cosas a la vista: la sublimidad transcendental, por decirlo así, del arte escénico en la vida, y la alteza y la dignidad, por no llamarle religiosidad, con que lo practicaba Tamayo. Podrán otros discretear y hasta jugar del vocablo si tales tareas entretienen alegremente sus ocios; pero para usted y para mí, que tan profundamente le conocimos, estimamos y respetamos, no es rebajar ni en un ápice su valer suponerle esclavo, con toda dignidad, de aquel ritmo misterioso y divino que impone a toda la vida, como un derrotero fatal, la conciencia de que no vivimos aislados, ni pasamos como sombras errantes por la tierra, sino que formamos parte armónica de un todo común que dirige una soberana inteligencia que nos dio, en las grandes premisas de nuestra religión, nuestra raza, nuestra Patria, nuestra naturaleza y nuestra vocación y destino, la consecuencia que debemos de sacar en cada conflicto y cada duda, la unidad de carácter que debemos representar en todas las fases de nuestra historia.
Y que esto era lo que le acontecía a Tamayo en realidad, ¿quién mejor que usted puede dar de ello testimonio? ¡Cuántas veces no le hemos oído contar episodios interesantísimos de su vida, de su infancia, de su juventud y de su edad madura, por último, acaecidos ora en provincias o en Madrid, en España o en el extranjero, entre los expedientes de su oficina, entre los bastidores del teatro, en el retiro de su hogar o en los salones de Palacio, que ponían hasta la saciedad de relieve lo que decimos! Aquella formalidad en el manejo de los expedientes burocráticos; aquella entereza y susceptibilidad ante personajes y ante jefes; aquella minuciosidad en la redacción y clasificación de papeletas para los tres Diccionarios de la Academia o para el índice de la Biblioteca Nacional; aquella laboriosidad formidable; aquella vertiginosa actividad; aquella seriedad invencible en todo lo que tocaba a su oficio, a su cargo o a su beneficio, ¿qué eran sino testimonios vivientes de todo lo que aseveramos? ¿Recuerda usted el vigor, el poder asombroso de la voluntad, desplegado en corregir y hasta rehacer sus obras más aplaudidas? ¿Podremos olvidar jamás, usted, Núñez de Arce y yo, la lectura que nos hizo de su Virginia después de haber pesado, medido, compulsado y pasado por todos los crisoles de la crítica más implacable, todas y cada una de las palabras de la Virginia primitiva, de aquella tan aplaudida producción, considerada por todos como la primera tragedia de nuestro teatro, y que había coronado su sien con todos los laureles del triunfo, condenada impíamente por él a destrucción y renovación absoluta? ¿Dejaremos de tener presente alguna vez aquella escena entre familiar y solemne, entre lúgubre y entre alegre (con la alegría sana de la conciencia), en que, presintiendo ya su fin, quiso borrar de nuestras almas, con la más sincera, profunda y explícita profesión de fe, hasta el más leve recuerdo de las jovialidades con que había querido poner a prueba, tal vez, el valor y la sinceridad de mis apologías exegéticas, en nuestros momentos de esparcimiento y de risa? Los que todo esto hemos presenciado, ¿cómo nos sería posible dudar de la alteza y la seriedad con que tomaba él en la vida la representación del papel que por intermedio de su entendimiento y su voluntad le había encomendado el destino?
Yo le vi más de una vez con asombro romper su apacible serenidad en furiosa indignación y lluvia tempestuosa de ultrajes contra alguno que, desconociendo la sinceridad con que desempeñaba el papel de amigo en la vida, se atrevió a hablar mal de uno de los suyos en su presencia. Yo le oí con espanto relegar al último rincón del desprecio a las mayores y más altas autoridades humanas de ciencia, de sistema y de escuela, cuando se oponían a sus opiniones profesadas ante el público y la sociedad, conociéndolo y proclamándolo así, en vez de interpretar torcidamente sus textos. Yo le escuché con sorpresa formular las más originales teorías, las aseveraciones más extrañas, más adversas a sus sentimientos, intereses y vanidades, delante del público más hostil y en las circunstancias más inoportunas del mundo. ¡Cómo podía dudar, después de esto, de la sinceridad interior, en que consistía cabalmente la perfección exterior, de la representación de su papel en la vida!
Así, pues, déjeme usted que se lo repita: yo no sirvo para escribir sobre Tamayo. Porque a mis ojos deslumbrados, sólo he acertado a ver en él a un hombre hecho expresamente por Dios para hacer dramas en la tierra. Repito que, no es que, a mi parecer, no soltase nunca el coturno: es que el coturno tenía en él vez de talón solamente. ¿Quiere usted que le diga, sin miramientos, hasta dónde alcanza toda la audacia de mis juicios? Pues bien, lo diré con una sola manifestación: ¡hasta en los horribles dolores de su última enfermedad, hasta en los estremecimientos de su postrimer agonía, creí ver al arte hecho naturaleza en el moribundo! ¡Aquel hombre no se moría como los demás, como se muere el vulgo de las gentes! ¡Se moría como se debe morir: en la forma espontánea, propia y perfecta de un hombre que padece y se muere con toda la pavorosa realidad del ideal alcanzado! No era esto efecto de su voluntad: lo era de su genio y de su naturaleza espontáneos. Era como el gladiador que cae muerto de repente en la arena, y al caer toma por hábito y por naturaleza, al morir, la postura propia del gladiador que se desploma gallardamente en el circo.
Y aquí hallo yo la verdad profunda y altísima del arte profesado por naturaleza y sentido con sinceridad. Nada menos teatral (desnaturalizada la frase) que la muerte del gran poeta. No se murió para los demás, se murió para sí, para su familia y para Dios; pero se murió como lo hubiera matado Shakespeare: con los signos característicos de su personalidad, entre los síntomas terribles de su enfermedad y con toda la solemnidad de la muerte.
¡Quizá si no hubiera sido así, no hubiera padecido tanto en los últimos días de su vida! ¡Quizá hasta le aceleró su fin el esfuerzo mismo de su pasión! ¡Quizá la muerte acudió temprano a la cita, emplazada y como atraída por la voz suprema del arte que brotaba de todos los poros de una naturaleza informada por él, como alma viva de un cuerpo inerte que sueña la realidad y la realiza soñándola como el más brutal de los hechos! ¡Quién sabe!
Pero reconozca usted la verdad: ¿cómo quiere usted que el que juzga así del providencial modo de ser de un hombre, coja la lente y la balanza y el bisturí para analizar, aquilatar y disecar sus méritos al menudeo? ¿Cómo quiere usted que, aunque pudiera, ejerciese yo de Moratín con el Shakespeare de nuestra escena, ni aun siquiera de Clemencín con el Cervantes de nuestro teatro moderno?
Yo, a lo sumo, apenas si llego a distinguir en él los tres hombres que distinguía Menéndez y Pelayo en una conversación que tuve con él sobre los méritos de nuestro difunto compañero: el genio dramático superior que se revela en La locura de amor, por ejemplo; el ingenio conocedor de todos los maravillosos y secretos resortes del arte escénico y de sus efectos más sorprendentes en el teatro, que se admira en el Drama nuevo, verbigracia, y el ardiente y convencido campeón de la verdad religiosa, de la tesis moral, del sistema sociológico, por decirlo así: el hombre, en suma, de escuela, que flagela los errores y los crímenes de la sociedad en los Lances de honor, pongo por caso, por no citar sino los modelos más acabados de cada género en su arte, y a los cuales me atrevería a añadir, como representante de otro género y de otro hombre, su tragedia Virginia, en que se revela el cultivador del arte clásico y eterno, tal como lo admiraba y comprendía él, del lado acá de la Cruz, en la plenitud de los tiempos modernos, dada la naturaleza y las exigencias del teatro español y el modo de ser de la sociedad contemporánea.
Pues, como podrá juzgar el lector, de esta nueva publicación de sus obras, al lado de estas tres primeras producciones citadas, como al pie de tres gloriosas banderas podrían colocarse, clasificadas y ordenadas como en correcta formación, todas sus obras fundamentales.
Quedarían, es cierto, después por clasificar en todo rigor de sistema sus ensayos y tentativas, sus tanteos, sus arreglos y variaciones, sus obras, por decirlo así, sueltas, reservadas como datos preciosos al historiador que busque en sus páginas, siempre correctas y siempre modelos de buen decir, las huellas de su marcha ascendente, a través de modas literarias que impone y desecha el tiempo, en pos del carácter definitivo y final que constituye su personalidad indestructible en el arte.
En ese estudio, que podrá formar más de un capítulo en un libro destinado a historiar la vida y obras de Tamayo, figurará debidamente el análisis de sus precoces triunfos de niño con Genoveva de Brabante y con Juana de Arco, arregladas las dos, si puede llamarse arreglo su genial modo de corregir, simplificar y perfeccionar las obras del teatro extranjero; el examen del drama lúgubre, romántico y original, titulado El 5 de Agosto, que ha llamado un crítico, hoy académico, «su primera y última equivocación», como tributo pagado al tiempo en que se consagraba al teatro; la crítica y el juicio, en suma, de arreglos posteriores como El Juramento, el Tran-tran, Ángela, Más vale maña que fuerza, No hay mal que por bien no venga, Una apuesta, Una aventura de Richelieu, A escape, Historia de una carta, Un Banquero, La aldea de San Lorenzo, El sueño del malvado; de piezas cómicas y juguetes como Un marido duplicado, El Peluquero de su Alteza, Huyendo del perejil, Del dicho al hecho; de melodramas como Fernando el Pescador; de loas como La Esperanza de la Patria, y el Don del Cielo, y hasta de zarzuelas de magia como el popular Don Simplicio Bobadilla Majaderano y Cabeza de Buey.
Pero a nosotros, que profesamos a la letra aquel aforismo de Tamayo: «el mérito de los escritores no se mide por la frecuencia, sino por la magnitud de los aciertos», no nos sería posible detenernos a considerar estos preciosos datos arqueológicos de la marcha de la inspiración en Tamayo y de la prodigiosa flexibilidad de su ingenio, que, más aún que para evidenciar su fecundidad, sirven para poner de relieve su maravilloso conocimiento de la escena, lo acabado y perfecto de su concepción teatral, y su estilo noble, sencillo, elevado y correcto, y sólo podríamos detenernos a considerar brevemente aquellas obras que constituyen su escogido y peculiar repertorio, el que todo buen español amante de las letras se sabe de memoria, de corrido; el que ha traspasado las fronteras del arte y de la lengua patrias; el que se puede escribir con laureles sobre el mausoleo del poeta; el que le ha dado renombre y celebridad entre críticos y espectadores; el que encierra disuelta en sangre, que corre viva por sus páginas de oro, el alma toda de Tamayo.
Este repertorio no necesita enumerarse: ¿quién no lo siente palpitar en el corazón y en los labios? ¿Quién no ha sentido todo el fuego de la indignación contra la tiranía pagana en Virginia; toda la rica y accidentada vida medioeval española en la Ricahembra; todos los desastrosos efectos de la ridícula y vil pasión de los celos en la Bola de nieve; todo el desprecio que inspira el cálculo como móvil de los grandes actos de la vida en Lo positivo; toda la bajeza y la cobardía y la estupidez que entraña el duelo en Lances de honor; toda la complicidad con el mal que lleva consigo la debilidad y tolerancia con los malhechores sociales de los que pasan y se tienen por buenos en Los hombres de bien? ¿Quién, finalmente, no se ha sentido hondamente conmovido al choque combinado de todos los sentimientos y pasiones humanas artísticamente entretejidas en la admirable invención de Un drama nuevo, en que la ficción se transfigura en realidad dentro de la ficción misma, formando una total confusión, de la que no sólo se sale, sino que se sale en triunfo, con claridad, gracias a la luz espléndida de los destellos fúlgidos del arte? Y ¿quién habrá dejado de llorar, por secos que tuviera los ojos, ante aquella resurrección a lo Ezequiel de la vida viva de nuestra Patria en la época más crítica y más genial y característica de sus fastos; en aquella portentosa creación en que la historia y la poesía de tal modo se compenetran, que la poesía aparece en la escena con todos los caracteres de la realidad, y la historia se ostenta sobre las tablas con todos los esplendores del ideal, tocando ambas la meta de su respectiva perfección en el retrato psicológico, sublime, de aquella mujer, en cuyo espíritu en tinieblas, como en las sombras de la noche, se perdió el sol radiante de nuestra resurrección nacional, como en ocaso melancólico, con la muerte de D.ª Isabel la Católica, y alboreó la aurora de nuestras grandezas sociales con el nacimiento de Carlos V, como los primeros rayos del mismo sol que había de reaparecer nuevamente para inundar al universo de luz con el reflejo de nuestras letras y el centelleo de nuestras armas.
No creo que usted espere de mí el esbozo de los argumentos de estas obras. Abomino de ese sistema, que no sé cómo siguen escritores de gran valer. Nada más insulso, más frío ni más ingrato para mí que esos extractos descarnados que fatigan la imaginación y dejan el corazón seco y yerto, o esas alusiones que nadie entiende a personajes que nadie conoce o nadie debe conocer aún, sobre situaciones que se ignoran. Puesto que la obra está ahí viva y palpitante en la escena, o dormida todo lo más en las páginas del folleto, refiérase todo a la obra viva solamente, y no a la mascarilla vaciada, sobre su cadáver frío, rígido, inerte y sin vigor, en una descolorida pellada de yeso.
Si eso, a mi parecer, huelga en todas las partes en que se publican las obras, cuánto más aquí en que las obras son tan universalmente conocidas como lo son las obras grandes de Tamayo. Sobre ellas cabe enunciar el juicio estético o moral del escritor; retratarlas armando, como los palos de un maniquí, los huesos secos de su esqueleto, es como juzgar de la belleza plástica de una mujer despojándola de su carne, de su sangre y de su piel, en una palabra, de su vida, cuando la mujer vive aún e ilumina con los espléndidos reflejos de su singular hermosura los ojos y los corazones de todos.
Pues repetir otra vez más los ya lugares comunes, hasta la saciedad repetidos, sobre el mérito de estas producciones dramáticas, sobre los lunares de que pueden adolecer, sobre los problemas que plantean y el modo con que se resuelven, sería reproducir aquí mal lo que tan bien se ha dicho mil veces, y condensar y plagiar en esta ocasión lo que escribieron todos los críticos, desde Cañete hasta Cueto, desde Blanco hasta Fernanflor y desde Boris de Tannenberg hasta Cotarelo; sería hacer interminable esta carta o estropear los brillantes juicios de estos autores, bien como aquel que, deseoso de apurar los vinos todos de un banquete, mezclara en una sola y vasta copa de cristal todos los licores a un tiempo. Ni por el color ni por el sabor dejaría de ser un brebaje aquel compuesto singular de tantas bebidas deliciosas.
Básteme sólo para autorizar mis asertos copiar a modo de muestra algunas líneas, entresacadas al azar, de los autores más y menos sospechosos de parcialidad, por razones de amistad, de partido o de escuela, de entre los críticos que han emitido juicios sobre el autor o sobre alguna de sus obras, para que se vea la feliz identidad con que se le aplaude por todos.
De La locura de amor, dice Fernanflor en los Autores dramáticos contemporáneos: «Un literato ilustre, al preguntarse si Locura de amor es de una escuela determinada, responde que no; que es fruto de todas las literaturas que tiene la concisión y sencillez del teatro griego, la incisiva expresión de afectos del teatro inglés, el idealismo de la pasión y la profundidad de pensamiento del teatro alemán, el arte de interesar, el artificio y destreza para combinar y desarrollar la fábula del teatro francés, y la ternura, galantería, estilo, brillantez y boato del teatro español. Tantos elogios en la pluma de un amigo fraternal pudieran aparecer sospechosos si la crítica más desapasionada no los reconociera también como justos.»
De Un drama nuevo leemos en La Literatura española en el siglo XIX, por Blanco: «Pero el autor de tantas maravillas escénicas podía subir más alto..., más alto..., y desde las cimas adonde se remontó, trajo al teatro Un drama nuevo, '¡Esa producción -dice Revilla- en que todo es admirable (incluso el lenguaje sentencioso); en la que palpita una inspiración gigante; en la que las pasiones humanas vibran al unísono con las que Shakespeare pintara en sus obras inmortales, y la fuerza dramática, el efecto escénico, el terror trágico y la atrevida originalidad de las situaciones, llegan a punto altísimo de perfección; producción que hace palpitar todas las fibras del corazón humano, y que lo mismo arranca lágrimas de ternura y de piedad que gritos de terror y espanto; producción, en suma, que hasta, no ya para glorificar a un hombre, sino para enorgullecer a un pueblo!' Cito este párrafo de Revilla, que podrá no ser muy correcto, pero sí desinteresado y elocuente, para decir con palabras de un testigo nada sospechoso lo que en boca mía pudiera serlo de parcialidad.»
De Lances de honor escribe el austero y poco encomiástico crítico francés Mr. Boris de Tannenberg, en el estudio recientemente publicado sobre Tamayo, en que tan buena muestra da de conocer la literatura antigua y contemporánea española: «La pasión antirreligiosa y política impidió sólo al público en España aplaudir en 1863, como lo merecía, uno de los más hermosos dramas de este escritor... Por la lógica intransigente de las ideas, la audacia casi inaudita en el teatro de la tesis (fijaos bien, ¡combatir el duelo en España!), por el vigor de la elocuencia, la sobriedad de los recursos dramáticos, este drama sostiene la comparación con las obras maestras de Dumas hijo. Es para mí la pieza de tesis más fuerte que ha producido en todo este siglo España. Tal es este drama potente, admirable ya a primera vista por el arte severo de la composición. Nada hay en él fuera del asunto. Ni una intriga amorosa para distraer o falsear el interés. Ni un solo personaje inútil. Y por otro lado, el autor ha sabido sacar del asunto todo cuanto se encierra en él con un vigor de lógica que no encuentro en un grado semejante más que en las obras más sólidamente construidas por Dumas. La solución del conflicto por el duelo de los dos hijos, sabiamente preparada desde el principio, es una excelente invención.»
De Virginia escribe en su estudio necrológico, Cotarelo, en la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos: «... el ingenio de Tamayo supo levantar una estatua que tiene toda la corrección clásica en la forma, en su traje, en su andar, en sus actitudes; pero bajo la marmórea cubierta corre el fuego de una vida robusta y juvenil, como nunca la tuvieron las figuras trágicas de otros autores, y que se revela en los discursos, en las miradas, en las imprecaciones y en el interior impulso de los movimientos de sus personajes. Es como si una de esas damas romanas que figuran en los Museos dejase su pedestal y viniera a tomar parte en la vida de nuestros días.»
Si esto encontramos sin buscar, tomando casi al azar lo que tropezamos, qué no hallaríamos rebuscando con esmero y con interés en los estudios críticos de Valmar, de Fernández-Guerra y de Cañete.
Pero, ¿a qué continuar entresacando? En todos veríamos la misma admiración hacia «el primer dramaturgo español en los tiempos modernos»; hacia el que ha logrado que sus obras «formasen parte del repertorio europeo de este siglo», «siendo traducidas a casi todos los idiomas cultos que se hablan en el mundo civilizado, y representadas en los principales teatros de Europa y de América»; al escritor cuyas obras «van todas encaminadas al bien, como inspiradas siempre por el amor a Dios, a la Patria, a la familia, a la moral, a la justicia, al honor, al arte bueno y bello, hasta el punto que ni un ligero sentimiento de perversión puede nacer en el corazón ni en la inteligencia de los espectadores de sus dramas»; obras que «encantan y admiran en el teatro, deleitan y admiran todavía en el libro, que se vuelven a ver y a leer con admiración inextinguible, y siempre, siempre, sus personajes, sus cuadros, su estilo encuentran despierta nuestra simpatía».
Porque es ya casi lugar común en los definitivos fallos de la crítica que Lo positivo es un dechado de perfección sin género alguno de defectos, en que Tamayo obscureció al autor de la obra dramática Le duc Job, reduciendo a cuatro los once personajes, a veinte y cuatro escenas las cincuenta, y a tres actos los cuatro del autor francés, para dar vida y luz a una obra eminentemente española; que La Ricahembra es una personificación viviente y robusta de la mujer fuerte de la Escritura, tal como podía aparecer en los revueltos días del reinado de D. Juan I; que la figura de aquella muchacha desgreñada que atraviesa la escena en el acto tercero de Lances de honor, relatando el lance según lo vio y recordando el otro lance en que murió asesinado su padre, parece una visión espantosa que dilata por el teatro el terror, erizando los cabellos y espantando los corazones: un personaje escapado de una obra de Shakespeare surgiendo como una aparición para aterrar a los espectadores con unas cuantas palabras que encierran por sí solas un drama el más terrible contra los desafíos; que Doña Juana la Loca es la obra genial del poeta, vidente por intuiciones de la inspiración de las realidades más impenetrables de la Historia; que algunos de los personajes de Un drama nuevo parecen creaciones del rey del teatro inglés, evocados por la sombra misma de su autor para rodearle como corte en la escena.
En suma, amigo Catalina, que nada queda por decir, porque todo está dicho ya, y muy bien dicho, sobre Tamayo.
Una sola cosa resta por hacer; pero ésta sólo me toca a mí respetarla: el paralelo meditado, sereno, concienzudo y autorizado de las dos Virginias que poseemos: la que todo el mundo conoce y todo el mundo aplaudió en el teatro y en el libro; la que inmortalizó, por decirlo así, por primera vez su nombre; la que Cueto estudió y comparó con todas las Virginias del arte, en todas las literaturas de Europa, para deducir, sin esfuerzo, la primacía de la Virginia de Tamayo, y la que analizó, meditó, pulió y casi volvió a forjar de nuevo durante los cuarenta últimos años de su vida; la que consideraba como su obra más perfecta, más digna de pasar a la posteridad como legado de su genio a la Historia; la que nos leyó a usted, a Núñez de Arce y a mí con los últimos acentos de su entonación vigorosa y resuelta, los últimos que sonaron en este mundo, haciendo estremecer los corazones y los ánimos de los oyentes que escuchaban con casi religioso respeto las últimas vibraciones de aquella voz consagradas al arte y a las letras, exhaladas por aquellos labios vigorosos que tan pronto iba a sellar con su mano fría la muerte.
Esa Virginia, desconocida aún para todos, y que es como el testamento de Tamayo, de la que se gloriaba él, en medio de las sinceridades de su modestia, de que no había una cacofonía, ni un ripio, ni una palabra que no fuera de sangre azul en la genealogía castellana, ni un solo dato histórico o detalle arqueológico que no hubiera sido depurado en las fuentes más autorizadas de la erudición y de la crítica; esa Virginia en que no han sido respetados una docena de versos de la primera, es un problema lanzado a la cabeza de la crítica literaria de la edad contemporánea. Acójala la crítica sin pasión, sin prevenciones, ni prejuicios, y estúdiela antes de fallar. Yo, nada digo. Me callo sobrecogido de un como religioso temor. Sólo expreso mi convicción de que, cuando un hombre como Tamayo hace lo que hizo en Virginia, el caso no puede menos de ser transcendental para los destinos del arte. Sófocles, Eurípides, Shakespeare, Racine, Corneille, Alfieri y Calderón, tengo para mí que asistirían curiosos y emocionados a su lectura si resucitaran entre nosotros. ¡Cuántos problemas no recibirán acaso definitiva solución confirmando o invalidando las consagradas como tales, con la representación de esta tragedia! La última palabra está y estará de todos modos por decir mientras no se juzgue serenamente de esta obra con que Tamayo quiso despedirse de la humanidad enviándosela desde su sepulcro.
Fuera de esto, ¿qué podía yo hacer para cumplir con el encargo que usted ha echado sobre mis hombros?
¿Referir la vida de Tamayo? ¿Contar cómo nació en Madrid, y en la calle del Lobo, el día 15 de septiembre de 1829?; ¿cómo fueron sus padres los actores D. José Tamayo y la célebre D.ª Joaquina Baus, tan renombrada por su talento, por su belleza y sus virtudes?; ¿cómo alcanzó en Granada su primer triunfo teatral, a los diez años de edad, en compañía de su madre, llamados ambos juntos por el entusiasmado público a la escena?; ¿cómo trabó aquella no interrumpida amistad tan fraternal y tan desinteresada con Cañete, con Guerra, con Selgas, con Alarcón y tantos otros literatos?; ¿cómo fue protegido en la Administración por Gil y Zárate y Nocedal, y respetado por todos, a excepción de los regeneradores de España en 1854 y en 1868, que le dejaron cesante hasta de su modesto empleo en la Biblioteca de San Isidro, los últimos?; ¿cómo fue elegido académico de número primero, y Secretario perpetuo después, en la Real Academia Española, siendo, como todos sabemos, como el alma de la Corporación por sus incesantes trabajos en todas sus comisiones?; ¿cómo entre S. M. el rey D. Alfonso XII, Cánovas, usted y yo logramos hacerle aceptar el cargo de Director de la Biblioteca Nacional y jefe superior del Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios?; ¿cómo se mató en organizar la Biblioteca Nacional en su actual alojamiento, en escribir a millares papeletas para su índice general, y en hacer que salieran por fin a luz las composiciones premiadas?; todo esto y mucho más que allí hallará el curioso lector, lo ha averiguado y publicado ya Cotarelo en la extensa y minuciosa Necrología a que nos hemos referido varias veces, y no es cosa de plagiarle aquí su trabajo. Quédale sólo un vacío por llenar, y el propio Cotarelo lo reconoce. Vacío que sólo puede llenar la intimidad descubriendo las verdaderas causas de su retraimiento del teatro, y el porqué de dar al público sus producciones con los seudónimos de El Otro, de Fulano de Tal, de José García y de Don Joaquín Estévanez, renunciando a la inmensa ventaja para sus obras de ir amparadas con su nombre; y yo de esto tampoco puedo dar razón más que aquellas que he dado ya solemnemente cuando, en sesión regia de la Academia, aseveré con aplauso que los seudónimos no podían reconocer otro móvil que el de «inmortalizar, uno en pos de otro, varios nombres desconocidos», y su apartamiento del teatro otra causa que «la de haber logrado el mayor imperio sobre las letras y desear refugiarse en las arduas y obscuras labores del Diccionario, como apropiado monasterio de Yuste para el Carlos V de nuestra escena».
Usted sí que, si quiere, lo puede acertadamente decir, y mejor que usted los que quedan de su amantísima familia, como su hermana y su mujer.
¡Su mujer! Si no hubiera algo de profanación en dar parte de aspectos íntimos al público, ¡qué espejo como la figura de esta incomparable señora para ver reflejada en el cristal luminoso de su alma el alma noble de Tamayo!
Algo se atreve ya a levantar la punta del velo el ingenioso Fernanflor cuando escribe: «A los diez y nueve años Tamayo contrajo matrimonio con doña María Emilia Máiquez, sobrina del célebre actor, y en cuyo elogio hablan las obras mismas de su esposo; pues no sería posible que su filosofía respirase las virtudes que difunde si él no las hubiera encontrado en su compañera y en su casa.»
Y más adelante: «Hay autores que no dan a representar sus obras sin haberlas leído a las mujeres de su familia... Quizá Tamayo sea de éstos. Y nada tendría de extraño si se considera que el teatro de Tamayo es un teatro hecho con admiración y cariño a la mujer. Reparad si no la mayoría de sus figuras escénicas: Ángela, Virginia, la ricahembra, doña Juana, Cecilia, Luisa, la Muchacha, creaciones entresacadas con rara percepción estética de la realidad, vestidas con esos trajes de luz que fabrica el genio, y que, al desaparecer de las tablas o al quedar plegadas en las páginas del libro, dejan recuerdos como de mujeres hermosas y castas que hemos amado.»
Más avanza aún, entre curioso y hasta impertinente, Cotarelo: «Algo del desequilibrio estético (léase romanticismo) de Tamayo había por este tiempo transcendido a su propia vida. Con aquella su vehemencia ordinaria se enamoró de una joven que estaba o había estado en Granada, y tan en serio tomaba su pasión, que escribía por estos días a su íntimo Cañete, que si aquella mujer (los románticos de entonces nunca se expresaban de otro modo al hablar del bello sexo) no le correspondía se dejaría morir; y seguía insertando otra porción de quejas, ni más ni menos que si hablase por cuenta de un personaje de sus dramas. Tamayo no se murió; porque aquella mujer no quiso privar a España de tantas y tan excelentes obras como su marido iba a producir después que en 14 de septiembre de 1849 se casó con él en la iglesia parroquial de San Luis, según expresa la partida de matrimonio que abajo insertamos.»
Y concluye, por fin, con acentos más tristes hablando de su última enfermedad: «Acometiole con rudeza, a fines del año pasado, con grandes dolores articulares, transformados luego en un insomnio pertinaz y dolorosísimo para él y los que le rodeaban. Con diversas alternativas fue luchando con la neurostenia, hasta que el lunes, 20 de junio último, rindió su espíritu, siempre asistido de la santa compañera de su vida, como había sido su más ardiente deseo, expresado en 1878 al dedicarle por segunda vez su gran drama La locura de amor, en estas hermosas palabras:
'Más ha de veintitrés años que te dediqué esta obra, escasa de mérito como todas las mías, pero no escasa de ventura. Traducida está al portugués, al francés, al italiano y al alemán, y aún sigue representándose con aplauso en los teatros españoles.
Encomié, al dedicártela, tus virtudes: de entonces acá no has vivido sino para seguir dando testimonio de bondad sin límites, de sobrenatural fortaleza, de santa abnegación. Te dije entonces que nunca te faltarían mi amor y mi respeto: no te engañé.
Amalia, esposa mía, angelical enfermera de mis padres y de los hijos de mis hermanos, quiera Dios que puedas hacer por mí lo que te vi hacer por otros; quiera Dios que yo logre la dicha de morir en tus brazos.-MANUEL.'»
La santa y divina complacencia con que Dios le otorgó lo que le suplicaba en este ruego, tan sincero como solemne, completan, a mi modo de ver, el cuadro que íbamos descubriendo, y nosotros, que hemos escuchado tantas veces al pobre enfermo llorar, más que sobre sus dolores y sobre su falta de descanso, sobre la vida de mártir que llevaba, con paciencia de santa, la Amalia de su vida; nosotros, que la hemos contemplado tantas veces a modo de ángel del hogar velando por la tranquilidad, el reposo y el bienestar de Tamayo; nosotros, que hemos oído relatar a la intimidad la intensidad de su pasión por tan extraordinaria hermosura, no podemos menos de considerarla como el modelo ideal en que tomaba la virtud de sus creaciones femeninas; como la ardiente hoguera en que encendía la llama de la pasión con que abrasaba sus apasionados amadores; como el rocío de los cielos que refrescaba su alma, calcinada por los tormentos del trabajo y los insomnios de la creación, por las angustias y las fatigas de la vida, los dolores de la enfermedad y las agonías de la muerte.
Cuando leo La locura de amor; cuando penetro en aquel maravilloso cuadro en que se transparentan los cuerpos para que se vean las almas; cuando asisto al desarrollo natural, lógico y espontáneo de aquella acción en que el afecto, enardecido hasta la pasión, destruye el conocimiento para dejar solo, vivo y triunfante al amor, no puedo menos de pensar que, como escribe Tamayo en su primera dedicatoria a su esposa, «una mujer amante de su marido quise pintar en esta obra: los defectos y vicios de D.ª Juana inventolos mi fantasía; copia, aunque imperfecta, son de las tuyas sus buenas cualidades», y miro con los ojos del alma al poeta pasar de la contemplación apasionada a la serena, de la viva a la puramente ideal, de la ideal a la histórica, de la histórica a la artística al fin, y tomar la pluma y escribir, modelando con pinceladas de luz los rasgos de su creación admirable y asistir a la representación con la fiebre de la zozobra y caer rendido de emoción al cabo en los brazos del ideal que le recibe cariñosa, porque supo ser para él numen y musa, y modelo y esposa, y amiga y hermana, y madre y enfermera juntamente, y hasta santa y dolorida viuda por fin, que cubre de lágrimas y de flores su tumba y de oraciones su memoria.
Con razón nos solía Tamayo decir que la mayor desgracia que podía ocurrirle era morir después que su mujer. ¡Cómo se hubiera encontrado solo en la tierra sin el genio de su inspiración, convertido ya en vida para él, en el ángel de su consuelo!
Resumamos para concluir. Yo no me siento capaz de analizar el genio de Tamayo, sus obras maestras y colosales, el influjo que no pudieron menos de ejercer en el arte, la literatura y la historia. Sólo un Menéndez y Pelayo podría acometer con éxito empresa tan necesitada de excepcionales aptitudes y de conocimientos especiales. No tengo tiempo ni habilidad para arrancar al olvido fechas y detalles de su vida, que sólo lograría resucitar la investigación inteligente e infatigable de Cotarelo. No puedo tampoco, como usted, entregar al público el Tamayo de la intimidad sorprendido entre los abandonos de la vida común y las expansiones abiertas de la confianza.
Aunque es cierto que le traté con intimidad, sostúvome siempre a respetuosa distancia del gran poeta la idea que siempre me dominó: la idea de que Tamayo era en todo, y sobre todo, el genio dramático por excelencia; una especie de iluminado del arte que sólo vivía para crear, a semejanza del Altísimo, seres vivos y reales con toda la realidad viviente del ideal sensibilizado y hecho carne en la escena; un forjador de acciones transcendentales que se desarrollan en el teatro con toda la verdad de la historia y todo el arte de la poesía; un apóstol de la verdad, un soldado del bien; un sacerdote de la belleza que predica, pelea y consagra con todas las energías de la vida, arrancadas de las entrañas mismas de la humanidad, puestas de relieve en las tablas, agrupadas en torno de aquella misteriosa unidad que preside el orden total de la creación organizando los pensamientos, las voluntades, las palabras, los hechos y los resultados, e iluminadas por el luminoso verbo de su mente que se rompe a través del rico prisma de su imaginación en los colores radiantes de su estilo deslumbrador, de su lenguaje puro, propio, castizo, enérgico, sonoro, transparente de claridad, magnífico de opulencia y sublime de sencillez, ora vibre el rayo celeste de la rima en que cantaron los dioses, ora se derrame en prosa escultural como belleza ática que modela con la elegancia nativa de su esbelta y mórbida figura los amplios pliegues de su ropaje.
Así que sólo puedo dar fe de Tamayo como de creyente en la religión con la fe ciega del carbonero; como de hombre de bien con la honradez maciza, de una pieza, que no conoce vacilaciones ni contemplaciones ante la maldad; de su caballerosidad a toda prueba, digna de los tiempos heroicos que pasaron; de amante rendido de la mujer en que cifró la dicha de su vida y el ideal de su corazón y de su mente; de hermano y jefe cariñoso de una verdadera familia; de amigo fraternal con todas las consecuencias de la amistad que funde en una dos almas; de infatigable y concienzudo trabajador, hasta sobrepujar con su paciencia a su genio en todo lo que ponía la mano, desde el abstracto trabajo intelectual hasta el puramente material y mecánico; de su carácter sencillo, apacible, tierno, en el fondo, revestido, según el trance y la ocasión, de toda la arrogancia de la dignidad y hasta de todos los desbordamientos del demagogo; porque de Tamayo, como de tantos otros, tenemos que repetir lo que dice Balmes de la sociedad bárbaro-cristiana de la Edad Media; lo que dice algún crítico de Lances de honor y otras obras: todo estaba como dominado y como contenido en él por la mano firme, aunque suave, de la fe. Quitad a Tamayo la religión que le señalaba las esperanzas del cielo y le enamoraba con la hermosura de la virtud, y por el fuego mismo de la pasión, por el ritmo mismo de la vida, por las exigencias estéticas del arte que llevaba dentro de sí como alma de todo su ser, hubiera sido un anarquista literario, y cuando fuera necesario, social, pronto a lanzar la dinamita destructora contra toda autoridad, toda regla, toda imposición, en fin, enemiga de lo que él creyera santo, justo, debido y conveniente.
Tal es, en resumen, la idea que tengo yo de aquel hombre, extraordinario ciertamente, y al que tantas veces he visto pasar, con sinceridad indubitable, desde el abrazo fraternal hasta la imprecación fulminante, con sus más probados amigos.
De sus obras sólo puedo hablar como espectador, porque quiero hablar con sinceridad y no como erudito a la violeta, que confunde más que ilustra al lector con citas impertinentes y filiaciones literarias en que nadie cree menos que él, como inventor del artificio, y sobre ellas ya conoce usted mi parecer: es sencillamente el de todos cuando dejan hablar al corazón, sin prejuicios, ni rivalidades de escuela, de partido o de personalidad.
¿Quién, sin duda, habrá que hablando con sinceridad, sin creerse obligado por condescendencias con lo que se llama opinión, o por temores remotos de pasar plaza de cobarde, como es moda, algo anticuada quizá, motejar a los enemigos del duelo, no reconozca la perfección de Lances de honor, por ejemplo? Podrá acaso algún crítico transcendental, en holocausto a los serenos ideales del arte tal como él lo llega a entender, según los preceptos de su escuela, que lo tache, con todo el género a la vez, de salirse de los aledaños que señala a la acción dramática su propia naturaleza; pero, dejando aparte estas consideraciones de alta estética, y hablando sólo como espectador que juzga por lo que ve y por lo que siente y experimenta dentro de sí, ¿habrá alguien que niegue con sinceridad el efecto religioso y moral, hondo y, por lo tanto, artístico de la obra?
Lo niego en redondo y en absoluto. Tomad la obra si queréis, les diría yo a los enemigos públicos de este drama, y dádselo a leer a vuestras madres, a vuestras esposas, a los hombres de bien, si lo son, que conozcáis en vuestras relaciones; a todo el que no se halle decidido de antemano, como la mayor parte de los personajes del drama, a saltar por encima de toda razón, para dársela de uno o de otro modo al duelo, tachando de exageración lo que se alegue contra él, y preguntadles después que hayan terminado su lectura si el autor no ha conseguido su objeto, poniendo de relieve con la representación de una acción lógica e interesante, todo el horror y el absurdo que se esconde, pero palpita en realidad, dentro de esa preocupación que tantas veces degenera en infamia, y que se llama con énfasis en el mundo como el drama mismo de Tamayo: Lances de honor.
Y si contestan que sí con lágrimas en la voz y en los ojos; si dan testimonio con sus múltiples y ordinarios recuerdos de la verdad y la verosimilitud de los tipos, de los caracteres, de los personajes, de las situaciones y hasta de las palabras, ¿por qué razón se ha de negar la admiración a obra tan bien pensada como bien escrita?
¡Ah! La razón salta a la vista. El gran pecado de Tamayo en los Lances de honor es haber hecho un drama cristiano en toda la transcendente realidad de tan divina palabra. En él se pone a prueba la virtud, dándole por enemigos eso que se llama el honor y la consideración y estimación de lo que se conoce con el nombre de todo el mundo. En él se invocan como razones corrientes para la sociedad los elementales deberes del Catecismo, que es necesario no mentar para no ser objeto de mofa entre el vulgo de los espíritus fuertes. En él, finalmente, se afronta y se arrostra el ridículo que no pueden menos de derramar el alma de muchos espectadores de hoy, sobre las virtudes modestas de la vida, sobre los goces purísimos del hogar, sobre los golpes sobrenaturales de la gracia. Ése es el pecado de Tamayo..., para que le censuren en alta voz los hombres de bien y los Dámasos que acaso le estimen en secreto por el valor, la fe y el arte desplegados en ese maravilloso y apretado retablo de todas las miserias y grandezas morales que entraña o pueda entrañar dentro de sí el hecho ordinario o común de un simple duelo en que, aunque sólo corra la sangre de algunas botellas de Champagne en el almuerzo consabido, no pueden menos de salir mortalmente heridos en él la sociedad, la moral y la religión; entidades que puede menospreciar la estúpida risa volteriana, pero que al cabo y al fin constituyen la única soberanía verdadera del hombre, y soberanía con sanción tremenda, eficaz, inapelable y eterna.
Los admiradores de Tamayo que lamentan el desenlace final de esta gran obra dramática, demuestran sólo que para ellos es arca cerrada en absoluto la belleza moral que encierra la doctrina del Crucificado, y habrían encontrado muchísimo más sublime que, en vez del perdón para sus verdugos que pide Cristo a su padre desde la cruz, fulminase el divino Mártir con su palabra el rayo del exterminio sobre fariseos y sayones.
Verdad es que para alguno de ellos, según escribe con candorosa ingenuidad, hay, al parecer, oposición de naturaleza entre los hombres y los santos. Nosotros creíamos que los santos eran hombres como los demás, con la sola y única diferencia de ser más hombres en realidad, como más exactos imitadores del tipo del hombre por excelencia.
Los que sólo censuran en Lances de honor la expresión teórica de la doctrina que debía encomendarse solamente a la práctica de la acción, extreman tanto este precepto que, para darles gusto, en realidad sólo debieran salir mudos a la escena.
Pero si esto sucede, por excepción, con las obras clasificadas como de tesis que se titulan Lances de honor y Los hombres de bien, más por las tesis que por las obras, y más que nada por el alcance mismo de su acción, en que en realidad toman parte el mundo con sus pasiones deificadas y el cielo con los preceptos de su moral, la práctica de sus virtudes y hasta las iluminaciones de su gracia en la primera, y la sociedad corrompida y degenerada de las épocas descreídas en la segunda, no sucede lo mismo con las demás, universalmente aclamadas, variando sólo la apreciación sobre el puesto de honor que les corresponde.
Para los unos, La locura de amor es la obra maestra de Tamayo. El Drama nuevo para casi todos los demás. Para Tamayo lo era, sin duda alguna, Virginia, tal como salió de su mano en los últimos días de su existencia.
Para mí, La locura de amor es superior al Drama nuevo. De Virginia me he propuesto no hablar, y además no se ha representado todavía.
El Drama nuevo es un prodigio. Aquel drama, que es causa, ocasión y medio de la acción dramática, desarrollada tan paralelamente con él que hasta se identifican al último, pasando en el desenlace de representación teatral a realidad terrible y espantosa; aquel drama, que hace dudar al espectador si forma parte del público de verdad o del público de la farsa, convertido en actor sin su permiso por obra y gracia del genio; aquel drama en que se nos obliga a conocer a personas que no olvidaremos jamás y que hablan un lenguaje tan natural como enérgico y elevado (que parece escrito con un buril sobre una plancha de acero); aquel drama, que parece obra acabada de Shakespeare, según es moda decir; con ser de tan maravilloso artificio, tan humano en sus caracteres, tan ceñido y lógico en su acción, tan valiente en su desenlace, no puede a nuestros ojos llegar a sobreponerse a La locura de amor, en que el genio dramático de Tamayo, desdeñando tesis y artificios, y resortes y efectos teatrales que no se basen en la iluminación de los entendimientos con la verdad, en la conmoción de los corazones con el sentimiento, en la suspensión y rapto de toda el alma con la seria exposición de la vida encarnada en las realidades de la historia y transfigurada en el luminoso Tabor de la poesía por la mano divina del arte, tocó la meta de la literatura dramática cerniéndose como águila sobre las nubes del ideal, pero bajando como ella, al raudo vuelo de sus alas, a las más hondas simas de la realidad, y penetrando con la potente lumbre de su retina las densas tinieblas del espíritu y los profundos abismos del corazón humano.
La locura de amor, como su título lo indica, es el retrato de alma y de cuerpo enteros de una mujer que es toda amor, en la acepción humana de esta palabra, y esta pasión mal correspondida y burlada por el amado que la produce, excita, como no podía menos de excitar, la correspondiente terrible de los celos, y éstos perturban la debilitada razón al reiterado choque de tan encontrados sentimientos, hasta el extremo sublime de lógica pasional, de preferir la locura a los celos y hasta el delirio inconcebible, pero fundado hasta no más en los desórdenes del corazón y las postraciones de la mente, de mirar como imposible la muerte del ser amado, o sea el anonadamiento y la desaparición del objeto de todas las invencibles energías de la voluntad que, negándose a reconocerse frustrada y a replegarse estéril ante el vacío, en vez de creer muerto al único sujeto de su amor, lo cree dormido solamente.
Enlacemos este retrato ideal, pero que chorrea lágrimas de sangre viva por sus ojos de carne, con los personajes tales como fueron y tales como son, y tales como debían ser necesariamente, que reflejan en sus acciones el estado del alma de aquella mujer, esposa, madre y soberana; desarrollemos a la sombra del drama íntimo, personal y sublime que se desenvuelve en el espíritu y en el organismo de tan simpática como desventurada criatura la acción interesante, lógica, verdadera y estrechamente combinada con él, del otro drama exterior que la contiene y que la encierra, que la explica y que la produce; coloquemos juntos y unidos los dos en el drama público que se presiente, y en que toma parte principalísima la Nación, como víctima interesante por su inocencia, y demos a tan maravillosa creación toda la consistencia y solidez de las realidades históricas con todo el encanto y la nobleza que la prestan el simpático color local y la pátina inimitable del tiempo, y tendremos una aproximada idea no más de estas tres acciones identificadas en el seno de aquella íntegra y armónica unidad que sólo luce en todo su esplendor en la hora fugitiva y solemne en que el numen divino de la inspiración roza con sus alas la frente pensadora del genio.
En Tamayo es siempre de admirar el conocimiento del corazón humano y sus pasiones; de la teoría y práctica de la composición; de las necesidades hasta mecánicas de la representación teatral; de las exigencias del público y de la escena y del lenguaje propio y natural que debe resonar en las tablas; sus obras descuellan siempre por el fulgor que sobre ellas reflejan con claridad los grandes principios de la moral y las eternas verdades religiosas; su genio es eminentemente español en cuanto en él palpitan las cualidades características de la raza, tal como sobre el suelo sagrado de la Patria hubo de forjarlas la Historia; pero si todo esto se halla como esparcido y disuelto en diferentes proporciones en todas sus demás obras dramáticas, en ninguna, a nuestro juicio, como en La locura de amor brillan combinadas con tan armónica naturalidad, que el arte mismo desaparece para dejar sola en la escena la nuda figura de la verdad que hasta nos hace olvidar el teatro.
Allí se reconoce todo espectador español en sus creencias, sentimientos, pasiones y hasta palabras; allí se levanta, se condensa y toma forma la Patria con sus debilidades y grandezas, con sus ideales y destinos, con toda su manera de ser, tradicional, castiza y perdurable. Allí surge y se desarrolla la acción como surge y se desarrolla la vida, con la espontánea y bellísima naturalidad con que corren y saltan las aguas por los bosques, logrando unir en indivisible consorcio las leyes inexorables de la naturaleza real con los juegos ideales del arte en el seno de la más opulenta hermosura. Allí se entreven, como en adivinación misteriosa, en la penumbra interior que rodea al ser íntimo del espíritu, los tesoros de energía, de fuerza y de poder que se ocultan latentes en el centro y fondo del alma, y que dan, excitados y puestos en acción por circunstancias solemnes de la vida, la honda peculiaridad que marca con el sello de la propia personalidad los grandes caracteres de la historia; y allí se aspira y se respira, por fin, esa atmósfera de transcendental seriedad, de serenidad eminente que presta a toda la acción, por accidentada que sea, la presencia invisible del ideal, la idea muda, pero dominante, de la finalidad, la influencia oculta, pero eficaz, del motor inmóvil de la vida que preside solemnemente a todos sus desarrollos para ordenarlos con majestad soberana (respetando el libre juego de la espontánea y rica variedad) en aquella unidad superior en que todo se reconcentra y se aúna.
Del drama antiguo o de la tragedia clásica mejor, ha dicho un escritor contemporáneo que es el espectáculo de la humanidad cumpliendo fatalmente el destino; del drama alemán, que es el desenvolvimiento y la evolución progresiva de los caracteres humanos; del drama trágico francés, el análisis de la pasión y del medio ambiente de la vida; del drama inglés, la manifestación del carácter individual, confundido con la acción misma de la fábula. De La locura de amor me atrevería yo a decir que es la ostentación acabada de la vida intensa nacional, sorprendida en un momento crítico de su historia, con toda la opulencia de sus caracteres genuinos, tal como plugo a Dios que se formasen en este suelo selector, por razas unificadas en él bajo el influjo soberano de la doctrina celestial que alumbra con vivísimo resplandor las grandes realidades de la existencia.
Por eso no hay problemas en esta obra, ni tesis, ni pesimismos, ni realismos, ni brutalidades. Hay sólo la soberana lección que se desprende por sí sola de la exposición completa de la vida, cuando se la presenta con toda la integridad de su realidad histórica y verdadera a la luz mágica del arte que, poniendo de relieve lo transcendental, deja como perdido en la sombra todo lo que, siendo accidental, sirve sólo para esparcir la confusión, velando con la profusión de los detalles vulgares el esplendor de la verdad, de la bondad y del orden, que con tan irresistible claridad brotan espontáneamente, por sí, de la manifestación artística de la belleza.
Todo lo que constituye nuestra propia civilización, todo lo que la determina y actúa en la creencia y en la idea, en el sentimiento y la pasión, en la acción y hasta en la palabra, allí está vivo y palpitante.
Allí está latente, pero viva, informándolo todo con su presencia, a pesar de las impurezas de la realidad, la concepción social española en toda su magnitud y transcendencia, con toda la magnífica amplitud de los moldes históricos que formó la sabia mano de la Providencia para modelar en ellos nuestra raza, que sólo ha podido decaer y sólo podrá desaparecer y perderse cuando busque fuera de ellos su orientación, corriendo afanosa, inconstante y rezagada a la vez tras de ideales ajenos, en vez de trabajar hondamente su perfección podando con mano vigorosa sus vicios. Allí está, en suma, tal como fue, tal como debe ser y tal como es necesario que sea aquel carácter, creyente, valeroso, indomable, activo, práctico, noble y generoso a la par, que en medio de tantas miserias como de todas partes surgían y en medio de tantos enemigos como por todas partes acechaban, supo sacar a salvo y en triunfo su personalidad, tan pujante como gloriosa, y llevar a cabo su misión civilizadora y sublime, y dejar amontonados tesoros de gloria, de poder y de territorio para que los hayamos podido derrochar, sin haber llegado a perecer, durante tres siglos de decadencia.
¡Y todo, todo está allí reconcentrado y perfecto, como la esencia en el pomo, entre los apasionados delirios de una loca, enajenada por el amor, que enlaza y ciñe con los extravíos de su pasión y las demencias de su juicio el alma gigante de la Patria en los momentos mismos en que, sacudiendo los últimos eslabones de las cadenas de su servidumbre, tendía sus alas vigorosas por el cielo de las armas y de las letras para hacer con su gloria lo que con el sol: un prisionero de sus dominios!
¡Poder verdaderamente asombroso del genio! ¡Encerrar toda el alma de una Nación, toda la vida de una civilización perdurable en los inconscientes gritos de una loca, en los actos irresponsables de una pobre mujer, que encarna en sus acentos y en sus hechos la esencia y la existencia del ser mismo de la sociedad que la produce, hasta el punto de hacer una sola de las dos, en su causa, y en sus efectos, y en su suerte!
Doña Juana la Loca, en La locura de amor, no es sólo la esposa amante burlada, celosa y loca al fin; es Castilla, es España, es la civilización española primero, europea más tarde, cristiana en suma, que vive, padece y lucha con todos los elementos, extraños rivales y enemigos de su felicidad, sosteniéndose sólo por el corazón de su pueblo, y triunfa... y sucumbe al fin a manos de aquel eterno decreto que declara perecedero sobre la tierra todo poder y toda grandeza humana.
Nada de todo esto dice el autor, es verdad, pero ése es el mérito de la obra. Lo que el autor calla, lo dicen a gritos todas las páginas del drama; se respira en el ambiente vital que forma la atmósfera del teatro durante la representación; lo marcan los personajes con sus acciones, y lo entiende y lo siente el alma del espectador que ve alzarse gloriosa y desventurada ante sus ojos la imagen del heroico pueblo español, que mira su felicidad y su desgracia pendiente entre la abnegación y la ambición de los nobles, entre la lealtad castellana y la codicia de los flamencos, entre las intrigas políticas de los palacios y las peripecias a que da lugar el amor atorbellinado por los celos.
¡Misterio asombroso y sublime de la humanidad, cuyos futuros derroteros parecen determinados de antemano por una lógica invisible que, sin descuidar ningún factor por imperceptible que sea, los extrema hasta su última conclusión sacando de su mezcla o de su combinación, mejor dicho, como resultante final, la suma total perfecta de todas las cantidades aportadas por la mano misma de la libertad bajo los ojos de la Providencia!
¡Misterio que nos debe hacer comprender la transcendencia ignorada de toda idea, toda palabra y toda acción por insignificante que parezca, y que nos debe estimular a reprimir y extirpar en el corazón y en los labios el más leve germen del mal, y a derramar a manos llenas en toda forma y ocasión, a nuestro paso por la vida, las hermosas flores del bien y de la verdad que brotan al soplo celeste del amor en el pensil de nuestras almas!
Y ése es, a mis ojos, repito, el encanto sobrenatural que me hace como postrarme de hinojos ante La locura de amor. No son las enseñanzas ni las predicaciones del autor por boca o por mano de sus personajes lo que me edifica y me eleva y me obliga a meditar y sentir tan hondamente como cabe en las energías de mi alma; es la voz augusta y solemne de la vida misma en toda su vigorosa y pujante realidad la que me habla y me ilumina, y me persuade y me conmueve además con el espectáculo sublime del oculto y misterioso telar en que se teje la historia; es la luz, la luz clara, radiante, solar, que inunda el interior secreto de las almas y pone de manifiesto el indestructible, aunque invisible, lazo que une a las ideas con los hechos, la que penetra por mis pupilas y hiere mi retina con su fulgor metiéndome por los ojos el admirable organismo social en que a modo de perfectísimo artificio o de máquina industrial de espirituales fundamentos, sin que nada se pierda en la creación, concurre todo al resultado final, constante, en cada momento, devolviendo lo que cogió, como la tierra devuelve el germen sembrado, en fruto, y en él, y con él, el agua, el aire, el calor y la luz que absorbió para su desarrollo; como en D.ª Juana la Loca, en fin, devuelve la naturaleza la creencia, la sangre, el amor, la herencia, el desprecio, la ambición, la codicia, la lealtad, todo cuanto depositó en aquel espíritu y en aquel corazón la sociedad que le formó y la sociedad que le rodeaba, y que se reflejó en las vicisitudes de aquella infeliz mujer como en un colosal espejo donde aparecieran luminosamente retratados la madre santa y cariñosa, el padre político y previsor, el marido brutal y torpe, la servidumbre adocenada y vulgar, la hija abnegada y amante, el hijo preocupado y audaz, el extranjero tiránico y sedicioso, la junta popular y revuelta, y, por último, el santo confesor que con la llave de oro del cielo abrió a la desterrada razón las puertas de aquel espíritu, tanto tiempo cerradas por la mano implacable de una enfermedad elaborada de concierto por todas las causas segundas que ejecutan con libre regularidad los justos, pero misteriosos designios de la primera.
Porque mirada la Historia en sí, y a la luz de esta filosofía, se ve que en realidad no hay azar, ni acaso, ni casualidad, ni hechos fortuitos, ni nada que autorice a legitimar la sorpresa en los destinos de la Historia, a no ser como demostración de nuestra natural ignorancia. El hecho más impensado y fatal es el resultado previsto por la lógica en sus premisas de actos libres, cuyos resultados tienen que ser necesarios por la ley de las consecuencias; y la Historia, al cabo, no es más que la combinación de los resultados finales de las acciones libres de los hombres por ajenos que estuvieran al cometerlas del alcance definitivo de su acción. La Providencia divina vela por modo eminente sobre la acción y el resultado total, pero respetando la libertad de los factores humanos. Sólo se ordena esta libertad al plan divino en sus fines dentro del orden superior y por sobremanera eminente de la causa primera y final, del ser único por esencia.
Tamayo pudo no discurrir así; pudo hasta reírse de estas filosofías, pero su genio dramático suplió, con los aciertos de su numen, todos los análisis metafísicos, y en la cámara obscura de su retina intelectual vio clara, distinta y bañada en luz la figura dramática de D.ª Juana, no a modo de romántico soñador, ni a modo de naturalista grosero, sino a modo de poeta y de pensador que adivina o que ve todas las opulencias de la naturaleza a través del prisma mágico del arte.
Y Tamayo trasladó al teatro lo que vio, y en el teatro se levantó D.ª Juana, loca de amor por su marido, herida por el filo de la cuchilla cruel de los celos, trastornada por los embates de la desenfrenada pasión que dio al traste con su enfermo temperamento, y sublimada por la misericordia de Dios en el asilo de su amorosa locura. Carácter vivo, imperecedero, real, que se forma y que se ostenta al calor de la misma acción dramática que produce, y que es, al mismo tiempo, la clave del drama histórico y nacional que se representó en nuestra Patria, y en el que estuvo a punto de perecer todo su porvenir y su gloria, y en el que hubiera perecido ciertamente si en las entrañas de aquella misma mujer no hubiese tomado sangre el gran espíritu de Carlos V.
En una palabra, si en una palabra quiere usted que le diga todo mi pensamiento: que Tamayo estaba hecho para escribir La locura de amor, y que le basta haberla escrito para que su nombre se inscriba con letras de oro en el templo de la inmortalidad como el más grande de nuestros poetas dramáticos en este siglo.
Y como con ella he dicho todo lo que yo podía decir como lego en la profesión de crítico literario, como amigo entrañable del autor y como espectador que forma parte del público que le aclama, pongo fin a este testimonio vulgar de uno de tantos como le admiraron en vida, le veneran en muerte y le aplaudirán mientras dure sobre las ruinas del arte español algo que se parezca a teatro.
Madrid, noviembre de 1898.
ALEJANDRO PIDAL Y MON.
Drama en verso, en cuatro actos y un prólogo
(IMITACIÓN DE SCHILLER.)
A MIS PADRES.
No una vez sola, objetos de todo mi cariño, os he debido la existencia. Y cuando, reprimidos sabiamente los desacordados ímpetus del abril de nuestros años, me habéis llevado a senda de dichas inefables, abriéndome con llave de oro la que dirige a conquistar el aprecio y consideración de los hombres, rebosando mi corazón en alegría, en gratitud eterna, os dedico este primer ensayo literario, que os pertenece, porque además le habéis concebido y escudado con vuestro nombre. En viva lucha con mil encontrados sentimientos; desalada vuestra alma y llena de ansiedad ante un público numeroso y entendido; interesadas las más caras prendas de vuestro amor, infundisteis fuego de vida a mi obra, y nudos de placer me brindasteis con un triunfo que era todo vuestro.
Ya he pisado venturosamente esa senda a que con tanto empeño me llamasteis. El cielo, propicio, ha coronado mi obediencia. ¿Llegaré al anhelado término de mis mejores esperanzas, sin que desgarren las espinas mi corazón y le llenen de desaliento? ¿Podré algún día corresponder dignamente a vuestro esmero y al delirio con que me amáis? Quiéralo Dios.
MANUEL.
En el estreno de la obra representada en el teatro de la Cruz el 21 de octubre de 1847, a beneficio de Doña Joaquina Baus.
| PERSONAJES | ACTORES |
| CARLOS VII,rey de Francia. | Don José Revilla. |
| LA REINA ISABEL, su madre. | Doña Concepción Samaniego. |
| INÉS SOREL. | Carlota Jiménez. |
| FELIPE el Bueno (Duque de Borgoña). | Don Pedro Sánchez. |
| EL CONDE DUNOIS (bastardo de Orleans). | D. Juan Lombía. |
| LA-HIRE y Capitanes del ejército del rey. | D. Hilario Peña. |
| DUCHATEL. | D. José Aznar. |
| EL GRAN CANCILLER. | D. Felipe Díez. |
| LIONEL, General inglés. | D. Francisco Lumbreras. |
| UN CAPITÁN, ídem. | D. Pelegrín Ros. |
| UN HERALDOD., ídem. | Mariano Serrano. |
| THIBAUT DE ARCO, aldeano rico. | D. José Tamayo. |
| MARGARITA. | Doña Matilde Tavela. |
| LUISA. | D.ª Joaquina Samaniego. |
| JUANA. | D.ª Joaquina Baus. |
| ESTEBAN. | Don José Alverá. |
| CLAUDIO. | D. N. N. |
| RAIMUNDO. | D. N. N. |
| UN CABALLERO. | D. Marcelino Lumbreras. |
| UN MAGISTRADO DE ORLEANS. | D. Luis Rada. |
| UN PAJE. | D. Hermenegildo Caltañazor. |
| Soldados franceses e ingleses, pueblo, servidumbre del Rey, obispos, eclesiásticos, mariscales, magistrados y cortesanos. |
La acción pasa en el año de 1428.
El teatro representa un bosque sombrío.
Una morada del rey Carlos en Chinón.
Escena primera
MARGARITA, LUISA, JUANA y sus tres amantes; poco después THIBAUT.
A JUANA.
THIBAUT aparece en este momento con un casco en la mano.
Arrojándose en sus brazos.
Abrazándolas. A JUANA, que ha permanecido inmóvil.
Arrancando el yelmo de las manos de su padre.
A ESTEBAN.
A CLAUDIO.
A LUISA.
Abrazando a JUANA.
CLAUDIO y ESTEBAN quieren arrodillarse.
Deteniéndolos.
Escena II
THIBAUT, RAIMUNDO y JUANA.
A JUANA, que manifiesta la mayor indiferencia hasta que su padre empieza la descripción del sitio de Orleans.
Escena III
JUANA, sola.
Sale precipitadamente.
FIN DEL PRÓLOGO
Una morada del rey Carlos en Chinón.
Escena primera
DUCHATEL y LA-HIRE.
Escena II
DICHOS y el REY con la espada del CONDESTABLE, que deja encima de una mesa.
Escena III
DICHOS, PAJE, y después un CABALLERO.
Vase el PAJE.
Sale el CABALLERO.
Vase.
Escena IV
REY, LA-HIRE, DUCHATEL, y después INÉS.
El REY mira a DUCHATEL sin atreverse a hablarle.
A INÉS que entra.
Dando a DUCHATEL una cajita.
Sale DUCHATEL.
Al REY.
Escena V
DICHO y un PAJE.
Sale el PAJE.
Escena VI
DICHOS y MAGISTRADOS DE ORLEANS.
Arrojándose a las plantas del REY.
Escena VII
DICHOS, DUCHATEL, y después DUNOIS
A DUNOIS que entra.
Después de una pausa.
A los MAGISTRADOS.
A los MAGISTRADOS que se acercan a él en ademán de súplica.
DUNOIS se acerca al REY en ademán de súplica.
A DUCHATEL, después de una pausa.
Vase precedido de los MAGISTRADOS.
A LA-HIRE.
Vase LA-HIRE.
Escena VIII
REY, INÉS y DUCHATEL
A DUCHATEL.
Arrojándose en sus brazos.
Escena IX
REY, INÉS.
Voces dentro.
Escena X
DICHOS, DUNOIS.
Escena XI
DICHOS, GRAN CANCILLER, varios CABALLEROS.
Escena XII
DICHOS, JUANA, LA-HIRE, DUCHATEL, GUERREROS y CABALLEROS.
Después de una pausa.
Dándola la espada del CONDESTABLE.
Escena XIII
DICHOS y un PAJE, y después un HERALDO.
Entra el HERALDO.
Al REY.
Escena XIV
TODOS excepto el HERALDO.
Desnudando las espadas.
Arrodillándose.
FIN DEL ACTO PRIMERO
Un pasaje rodeado de rocas; a lo lejos se distingue la ciudad de Reis.
Escena primera
LIONEL, el CAPITÁN INGLÉS, EL DUQUE DE BORGOÑA, ingleses y borgoñones.
Escena II
DICHOS y la REINA ISABEL.
A LIONEL.
A LIONEL.
Al DUQUE.
Alargando la mano.
Estrechando la mano a LIONEL.
Vase.
Escena III
DICHOS, menos la REINA.
Izquierda dentro.
Izquierda.
Salen precipitadamente por la izquierda.
Escena IV
JUANA con su bandera, LA-HIRE y soldados que entran por la derecha.
Marchan LA-HIRE y soldados por la izquierda.
Escena V
JUANA, sola.
Desplegando la bandera.
Escena VI
JUANA y el DUQUE DE BORGOÑA.
Alzando la celada del casco.
Escena VII
DICHOS. DUNOIS armado y con una piel de tigre.
A DUNOIS.
A DUNOIS.
Indicando la bandera.
A DUNOIS.
Duque abriendo los brazos.
Arrojándose a ellos.
Escena VIII
DICHOS, el REY con armadura y un manto azul bordado de oro, y CABALLEROS.
Arrojándose a sus plantas.
Estrecha al DUQUE en sus brazos y permanecen un instante en silencio.
Estrechando la mano del DUQUE.
Escena IX
DICHOS, DUCHATEL y SOLDADOS
Separándose del REY.
Al DUQUE.
Señalando a DUCHATEL.
Estrechando la mano del DUQUE.
Descubriéndose la cabeza.
Escena X
JUANA y DUNOIS.
Escena XI
JUANA, sola.
Escena XII
JUANA y LIONEL con espada en mano.
Alzando la celada de su casco.
Desnuda la espada.
Cruzan las espadas. Al primer golpe queda desarmado LIONEL; va a precipitarse sobre él y retrocede involuntariamente.
Levantando las manos al cielo.
En la mayor desesperación.
LIONEL, que habrá ido acercándose a JUANA poco a poco, logra estrechar entre las suyas la mano en que aquélla tenía la espada, y se la arranca en este momento.
Al ver acercarse a DUNOIS y LA-HIRE, se oculta detrás de una roca.
Escena XIII
JUANA, DUNOIS y LA-HIRE.
Cediendo a la violencia de los esfuerzos que acaba de hacer, se apoya en DUNOIS.
Cediendo a su desesperación.
Apartando a DUNOIS y LA-HIRE que se habrán acercado a ella.
Vase seguida de DUNOIS y LA-HIRE.
Escena XIV
LIONEL, que sale de detrás de las rocas en que se ocultó.
A poco la REINA.
FIN DEL ACTO SEGUNDO
Una gran plaza; en el fondo la catedral, cuya fachada y entrada principal estarán de frente al público.
Escena primera
LIONEL, CLAUDIO, ESTEBAN, LUISA, MARGARITA y pueblo.
En tono de reconvención.
Escena II
Una música militar abre la marcha, y todos los demás personajes atraviesan la escena y entran en el templo por el orden siguiente: Dos heraldos, alabarderos, magistrados con traje de ceremonia, mariscales; el DUQUE DE BORGOÑA con la espada; DUNOIS con el cetro; otros grandes con la corona, el globo, la mano de justicia y varias ofrendas; caballeros con hábitos de diferentes órdenes; niños vestidos de blanco con ramas de oliva en la mano; dos obispos, el arzobispo, el GRAN CANCILLER y JUANA con su bandera; lleva la cabeza inclinada, y todo en ella debe manifestar la mayor turbación y tristeza; después se adelanta el REY seguido de su servidumbre; la tropa cierra la marcha.
En este momento habrá acabado de entrar todo el pueblo en la iglesia.
Escena III
LIONEL, solo.
Se entra en la iglesia.
Escena IV
THIBAUT, solo.
El órgano se oye en este momento. Pausa.
Sale JUANA del templo.
Al verla, arrojándose en sus brazos.
Escena V
DICHO y JUANA.
Pausa, y óyese el órgano de nuevo.
Vase THIBAUT.
Escena VI
JUANA, sola.
Queda abismada en su aflicción, y en este momento se perciben también los sonidos del órgano. Después de una pausa, exclama en el extremo de la desesperación:
Desde este momento el cielo empieza a cargarse de nubes.
Escena VII
JUANA, el REY, todos los personajes que entraron en la iglesia e INÉS.
Al ver a LIONEL que se adelanta y permanece inmóvil con los brazos cruzados.
Después de una pausa.
En ese momento estalla la tempestad.
En la más viva ansiedad.
Truenos.
Con ironía.
Trueno.
El pueblo, dando muestras de horror, huye despavorido por todos lados.
Con energía.
Le tira.
Cogiendo el guante.
A JUANA.
Cediendo a la violencia de la desesperación.
Al REY.
A LIONEL.
A LIONEL.
DUNOIS y LIONEL salen cada uno por su lado.
Cae de rodillas, ocultándose el rostro con las manos.
Vanse el REY y todo el acompañamiento dando muestras de horror y sentimiento; se oye un trueno lejano y en seguida sale THIBAUT.
Escena última
JUANA y THIBAUT.
Viendo a su hija.
JUANA se precipita en los brazos de THIBAUT. Quedan un momento abrazados y cae el telón.
FIN DEL ACTO TERCERO
Interior de una torre. Un muro en el foro, desde el cual se descubre el campo.
Escena primera
LIONEL, solo.
Escena II
LIONEL y la REINA.
Dentro.
Vase.
Escena III
DICHO, JUANA, con una cadena que la sujeta las manos, y SOLDADOS.
Salen los SOLDADOS.
Al ver a LIONEL.
Escena IV
DICHOS, el CAPITÁN inglés.
Desde la puerta.
Al CAPITÁN que se iba.
Señalando la de entrada.
Escena V
DICHOS y la REINA, precipitadamente.
Vase el CAPITÁN.
Se oyen clarines al pie de la torre.
A la REINA.
El CAPITÁN coloca un centinela en el lugar indicado por LIONEL.
Escena VI
JUANA, la REINA, el CAPITÁN y el CENTINELA.
Al oír la música marcial de los franceses.
Al CAPITÁN.
El CAPITÁN sube al muro.
Al CAPITÁN.
Con reconcentrado furor.
Después de una pausa.
Con ansiedad.
Forcejeando por romper la cadena que la sujeta las manos.
Desde este momento dejan de oírse la música y los clarines, únicas señales del combate que deben haberse percibido muy confusamente.
Vase.
El CENTINELA, que habrá hecho cuanto esté de su parte porque el público no le conozca, mira con precaución a todos lados, se lanza sobre JUANA y la quita la cadena.
Con la mayor rapidez.
Con la mayor rapidez.
Sorprendida al reconocer a su padre.
Con la mayor rapidez.
Dándola su espada.
Con la mayor rapidez.
Arrojándose en sus brazos.
Vase precipitadamente con la espada en la mano.
Escena VII
THIBAUT y la REINA, bajando del muro precipitadamente.
Colocado delante de la puerta.
Desde este momento se empieza a oír más cercano el ruido del combate, la música y los clarines, pero de modo que no interrumpa la representación.
Escena VIII
DICHOS, el CAPITÁN y SOLDADOS.
Señalando a THIBAUT.
Escena IX
DICHOS, DUNOIS y SOLDADOS franceses.
Poniéndose delante de los ingleses, que iban a precipitarse sobre THIBAUT con las armas en la mano.
A la REINA.
A un jefe de los soldados que con él entraron. Vase la REINA y el jefe.
Escena X
DUNOIS, THIBAUT y SOLDADOS ingleses y franceses; éstos desarmarán a aquéllos.
Escena XI
DICHOS, cuatro SOLDADOS que conducen una camilla adornada con escudos y banderas enemigas, en la cual viene JUANA mortalmente herida y sin dar ninguna señal de vida. El REY, que entra lentamente apoyado en el DUQUE de Borgoña, LA-HIRE, DUCHATEL y SOLDADOS franceses con banderas.
Acercándose a JUANA después de una pausa.
Arrodillándose delante de la camilla.
Sorprendido, pero con dulzura.
Que habrá cogido una mano de JUANA.
Esta escena debe ser representada por JUANA con voz desfallecida e incorporándose, apenas ayudada por su padre y el REY.
Levantando las manos al cielo.
Abrazándole.
Mirando las banderas.
Tomándola de las manos de un soldado, que se la presenta a una señal suya.
Con la bandera en la mano.
Abrazándolos.
Después de una pausa.
Expira.
El REY coge la bandera que se ha caído de las manos de JUANA y cubre con ella su cuerpo; todos los que llevan estandartes le imitan. THIBAUT cae de rodillas, y todos los demás personajes manifiestan el mayor dolor.
FIN DEL DRAMA
NOTA. La bandera de Juana debe ser blanca, rodeada de un bordado de púrpura, y dos veces y media más larga que ancha, abierta hasta poco menos de la mitad, de donde salen dos puntas sesgadas hasta los extremos. En su centro se ve la imagen de la Virgen estrechando al niño Jesús en sus brazos.
OTRA. El papel del Gran Canciller se confiará al que ejecute el de Duchatel, siempre que no se cuente con un actor que pueda desempeñarlo dignamente.
AL SR. D. JOAQUÍN ARJONA.
Apuesto, ya que de apostar se trata, a que, a pesar de la humildad de la ofrenda, no se desdeña usted de admitir tributo de reconocimiento y admiración que le rinde su cariñoso y apasionado amigo,
MANUEL TAMAYO Y BAUS.
En el estreno de la obra, representada en el teatro de la Comedia (Instituto) el día 20 de mayo de 1851 a beneficio de D. Joaquín Arjona.
| PERSONAJES | ACTORES |
| DOÑA CLARA. | Doña Juana Samaniego. |
| JULIA. | D.ª Joaquina Samaniego. |
| DON FÉLIX. | Don Joaquín Arjona. |
Madrid.-184...
Sala elegantemente amueblada, puerta al foro, dos laterales y una ventana a la derecha en segundo término.
Escena primera
CLARA, sentada junto a un velador; JULIA, bordando.
CLARA.- Julia.
JULIA.- Señora.
CLARA.- ¿Has visto a mi abogado?
JULIA.- Sí, señora.
CLARA.- Y ¿cuándo tendrá fin ese interminable pleito?
JULIA.- Cuando escribanos, procuradores y alguaciles hayan dejado exhausta su gabeta de usted.
CLARA.- Pronto conseguirán su objeto.
JULIA.- No faltaba más sino que después de tantos afanes y tan crecidos gastos...
CLARA.- La razón está de mi parte: mi causa no puede ser mejor.
JULIA.- ¡Ay señora! Si usted poseyese doble dinero, todo el mundo creería que tenía usted razón doble, y su causa sería, por lo tanto, doble mejor.
Pausa. JULIA sigue bordando.
CLARA.- Julia.
JULIA.- Mi señora.
CLARA.- Me fastidio.
JULIA.- Efecto de la viudez.
CLARA.- Es que también me fastidiaba antes.
JULIA.- Efecto del matrimonio.
CLARA.- Entonces, ¿cómo se ha de arreglar una para no fastidiarse?
JULIA.- Para no fastidiarse es preciso amar.
CLARA.- Pero el amor conduce al matrimonio.
JULIA.- Es verdad..., y entonces vuelta a lo mismo.
Pausa.
CLARA.- Julia.
JULIA.- Señora.
CLARA.- Dame un libro.
JULIA.- ¿Cuál?
CLARA.- El que se le antoje.
JULIA.- Le fastidiará a usted.
CLARA.- No importa.
JULIA le da uno de los libros que habrá sobre una mesa. CLARA le levanta y va a leer, apoyándose en la ventana.
JULIA.- (Se asoma a la ventana.)Apuesto a que el vecino está en la suya.
CLARA.- ¿Qué dices?
JULIA.- Que voy a cantar.Lo hace.
CLARA.- No, no; ¡calla, por Dios!
JULIA.- Desde hace algún tiempo le gusta a usted mucho asomarse a la ventana.
CLARA.- ¡Hola! ¿Eso has notado?
JULIA.- Quiero decir que, como está usted fastidiada, necesita tomar el aire.
CLARA.- Ocúpese usted de sus quehaceres, señora bachillera.
JULIA.- ¡Mal humor!... El vecinito no ha aparecido todavía. ¡Mirarse y no decirse una palabra! Y esto desde hace dos meses. Un buen casamiento valdría más que ese amor en perspectiva. He oído decir que ese caballero es tan ingenioso, tan agudo... Pues bien, que se presente. A un hombre entendido debe serle muy fácil hallar un pretexto para venir a consolar a las mujeres que se fastidian.
CLARA.- ¡Ah!
JULIA.- ¿Qué es eso?
CLARA.-Corre: he dejado caer el libro a la calle.
JULIA.- ¡El libro, señora!
CLARA.- Corre: un joven lo ha recogido y pudiera llevársele.
JULIA.- ¡Oh! ¿Ha sido un joven? Corramos.
Vase.
Escena II
CLARA.
¡Qué pesadez! Ese caballero va a creer... ¿Me habrá visto? Sin duda, puesto que ha mirado. Si hubiese... Esa muchacha tendría la culpa... ¿Ella o yo?
Escena III
CLARA y JULIA.
JULIA.- Ese caballero quiere entregar a usted el libro en propia mano. Ni siquiera me ha dado tiempo para bajar la escalera. Creo que es el caballero que vive en la casa de enfrente.
CLARA.- ¡Cómo!... ¿Ese caballero?...
JULIA.- Que parece tan amable, tan fino; que se asoma a la ventana siempre que usted está en la suya; que me saluda cuantas veces me encuentra...
CLARA.- ¿Y dices que quiere...
JULIA.- Entregar el libro a usted misma.
CLARA.- ¡Empeño más singular! Tu pesadez es causa de esta imprudencia.
JULIA.- Decídase usted, señora. ¿Entra?
CLARA.- ¡Un desconocido!... No, no puede ser.
JULIA.- Entonces se llevará el libro.
CLARA.- Julia, yo no quiero quedarme sin mi libro.
JULIA.- Pase usted adelante, caballero.
Escena IV
DICHAS y DON FÉLIX. Éste entrega el libro a CLARA, haciéndole una profunda cortesía.
CLARA.- Gracias, caballero. No valía la pena de que usted se molestase...
FÉLIX.- ¡Pena, señora! Sólo la he experimentado cuando dudaba si se me permitiría entrar en su casa de usted.
CLARA.- No teniendo el honor de conocer a usted, me parece algo extraordinario...
FÉLIX.- Deja usted caer un libro, yo le recojo; se le devuelvo a usted, y usted lo recibe. En todo esto, lo único que hay de extraordinario es el placer que siente mi corazón en este momento.
CLARA.- Debo extrañar, por lo menos, que haya usted insistido en entrar en mi casa.
FÉLIX.- Habiéndola visto a usted, era muy natural que insistiese.
CLARA.- A pesar de tan extremada galantería, debo advertir a usted que ésta es la primera vez que tengo el honor de verle.
FÉLIX.- Preciso es, señora, que las gentes se vean por la primera vez.
CLARA.- Y como hay probabilidades de que también será la última...
FÉLIX.- ¿La última?... Pues si ésta ha de ser la última felicidad de mi vida, permítame usted que la prolongue todo lo posible.
CLARA.- Semejante obstinación...
FÉLIX.- Es muy disculpable. Y le advierto a usted, con la franqueza que me caracteriza, que estoy decidido a quedarme.
CLARA.- ¡Quédese usted, caballero!
JULIA.- (No se hará de rogar.)
FÉLIX.- (Acercando una silla.)Tome usted asiento.
CLARA.- Caballero...
FÉLIX.- Estará usted más cómoda.
CLARA.- (Sentándose.)Pero, en fin, ¿qué placer halla usted?
FÉLIX.- (Sentándose también.)Tengo ojos.
CLARA.- ¿Me está usted haciendo una declaración?
FÉLIX.- Ni más, ni menos.
CLARA.- Pues le advierto a usted que no creeré una sola palabra de cuanto me diga.
FÉLIX.- Usted me cree ya.
CLARA.- ¿De veras?
FÉLIX.- Sabiendo usted que es entendida y hermosa, no me hará la injuria de creer que no sé apreciar tan raras cualidades.
CLARA.- ¿Conque, según usted dice, yo sé que soy hermosa y entendida?
FÉLIX.- Sin duda hace mucho tiempo que usted lo sabe, puesto que yo no he necesitado más que un instante para conocerlo.
JULIA.- ¿Tiene usted algo que mandarme, señora?
FÉLIX.- Por mí no se detenga usted si desea retirarse.Levantándose.
CLARA.- (Levantándose también.)Espero que este caballero, cuando me vea sola, no querrá abusar por más tiempo de mi difícil situación, y tomará el mismo partido.
FÉLIX.- Eso no pasa de ser una suposición.
JULIA.- (Entiendo.) Vase.
Escena V
CLARA y FÉLIX.
CLARA.- (Después de una pausa.)¿Se queda usted?
FÉLIX.- Si usted se enfada, voy a volverme a sentar.
CLARA.- Más vale echarlo a broma. Pero veamos, ¿qué utilidad puede resultarle a usted de permanecer aquí?
FÉLIX.- Dudo si podrá resultarme alguna utilidad, pero mi gozo es indisputable.
CLARA.- Y con tal de que usted goce, nada importa que yo...
FÉLIX.- Tengo la presunción de creer que le divierto a usted.
CLARA.- Tal vez haya usted adivinado.
FÉLIX.- Me precio de adivino.
CLARA.- ¿Y creerá usted, sin duda, que ya ha logrado agradarme?
FÉLIX.- Convenga usted por lo menos en que eso no es imposible.
CLARA.- No hay remedio: es preciso reírse... Continúe usted...
FÉLIX.- Desde el instante en que vemos a una persona, sabemos si nos agrada. Todo lo que sucede después no es más que una consecuencia de este primer momento.
CLARA.- ¿Usa usted ese lenguaje con todas las mujeres?
FÉLIX.- Le aseguro a usted que ésta es la primera vez...
CLARA.- ¿Conque debía usted ser impertinente una sola vez en su vida, y ha recaído sobre mí la preferencia?
FÉLIX.- Siguiendo las reglas ordinarias, me hubiera visto reducido a devolverle a usted su libro, a saludarla respetuosamente, y a retirarme triste y silencioso, sin abrigar siquiera la esperanza de volverla a ver jamás. Entre dos males, fuerza ha sido elegir uno, y he preferido correr el riesgo de desagradar a usted, a perder la sola ocasión que se me ofrecía de contemplar rostro tan hechicero y oír tan dulce voz.
CLARA.- ¿De modo que debo darle a usted las gracias?
FÉLIX.- Debe usted perdonarme: y si en lo sucesivo sigo valiéndome de medios semejantes, es porque prefiero enojarla a usted a serle indiferente.
CLARA.- Pero, en fin, ¿qué espera usted de todo esto? ¿Cuáles son sus proyectos?
FÉLIX.- Seguir viéndola a usted todo el tiempo posible.
CLARA.- ¿Decididamente?
FÉLIX.- Decididamente.
CLARA.- Entonces, sentémonos.
FÉLIX.- Iba a suplicárselo a usted.
Se sientan.
CLARA.- He dicho antes que esta entrevista me parecía inútil: ahora empiezo a creerla peligrosa...
FÉLIX.- ¿Para quién?
CLARA.- ¡Oh! Para usted.
FÉLIX.- No comprendo...
CLARA.- Con un corazón capaz de inflamarse tan fácil y repentinamente, corre usted riesgo...
FÉLIX.- ¿De qué?
CLARA.- De enamorarse.
FÉLIX.- Ya no puedo yo correr ese riesgo...
CLARA.- ¡Cómo! ¿Está usted ya enamorado?
FÉLIX.- Hasta no más.
CLARA.- Tentada estoy por creerlo para divertirme a costa de usted.
FÉLIX.- ¡Diviértase usted, señora; diviértase usted!
CLARA.- Y según esos principios sobre las repentinas sensaciones del alma, sin duda supondrá usted que ya ha empezado a obrar en mí la simpatía...
FÉLIX.- Mi franqueza pudiera desagradarle a usted.
CLARA.- No, no; ya empiezo a acostumbrarme...
FÉLIX.- Buena señal.
CLARA.- ¿Conque espera usted?
FÉLIX.- De lo contrario, ¿estaría yo aquí?
CLARA.- Dispénseme usted si me río...
FÉLIX.- Con mil amores. La risa añade nuevos encantos a su rostro de usted.
CLARA.- ¿Y en qué se funda semejante confianza?
FÉLIX.- Cuando un hombre desea verdaderamente hacerse amar, no puede menos de conseguirlo...
CLARA.- ¿Está usted seguro de lo que dice?
FÉLIX.- Mi receta es infalible...
CLARA.- Y usted, que reúne varias cualidades envidiables, debe abrigar mayor confianza que cualquiera otro.
FÉLIX.- Es una probabilidad más en favor mío.
CLARA.- ¿Y cuándo empezaré yo a sentir esos efectos inevitables?
FÉLIX.- Desde ahora mismo.
CLARA.- ¡Oh! ¿Le amo a usted ya?
FÉLIX.- No digo tanto; pero mi suerte está ya decidida, y sólo será una consecuencia necesaria de esta primera entrevista su odio o su amor de usted en lo sucesivo...
CLARA.- ¡Oh! Usted está bien seguro de que al fin acabaré por amarle...
FÉLIX.- Absolutamente seguro, no; pero lo apostaría.
CLARA.- ¿Que lo apostaría usted?
FÉLIX.- Sí, señora.
CLARA.- Hágame usted el obsequio de señalar un plazo.
FÉLIX.- Se admiraría usted si le dijese cuán poco tiempo se necesita...
CLARA.- Tiene usted carta blanca.
FÉLIX.- Pues bien, señora, pediría... veinticuatro horas.
CLARA.- (Irónicamente.)¡Un día entero!
FÉLIX.- Si gano antes, tanto mejor.
CLARA.- ¿Pues cómo sabrá usted si ha ganado?
FÉLIX.- Al expirar el plazo, usted declarará los sentimientos que abrigue por mí.
CLARA.- Esa confianza me es muy lisonjera.
FÉLIX.- Es un cálculo.
CLARA.- ¿Un cálculo?
FÉLIX.- Mediando una apuesta, su misma lealtad de usted la obligará a hacer una confesión vedada por las preocupaciones y la delicadeza en cualquiera otra circunstancia.
CLARA.- Aun así salgo gananciosa. ¿Y apostaría usted mucho?
FÉLIX.- Todo lo que se quisiera.
CLARA.- Duéleme que nos conozcamos tan poco, porque, a decir verdad, no me pesaría hacer esa apuesta, aun cuando no fuera más que para castigar tamaña presunción.
FÉLIX.- Me llamo Félix de Sandoval. Mis parientes han ocupado distinguidos puestos del Estado, y yo, señora, en la actualidad soy Diputado a Cortes.
CLARA.- Me lo había figurado. Yo, caballero, me llamo Clara de Vargas, viuda del general San Esteban, y he venido a Madrid a pleitear contra un pariente.
FÉLIX.- Me lo había figurado también. Ya nos conocemos. ¿Quiere usted apostar?
CLARA.- Tengo un escrúpulo... No me gusta jugar con la certeza de ganar.
FÉLIX.- El mismo escrúpulo tengo yo.
CLARA.- ¿De veras?
FÉLIX.- Como usted lo oye. ¿Apuesta usted?
CLARA.- Apuesto.
FÉLIX.- ¿Formalmente?
CLARA.- Formalmente.
FÉLIX.- En hora buena.
CLARA.- ¿Qué cantidad?
FÉLIX.- Sean... diez onzas.
CLARA.- Mañana debo hacer un pago que asciende justamente a esa suma.
FÉLIX.- Cuidado no vaya a duplicarse.
CLARA.- Más fácil será que usted pague mis deudas.
FÉLIX.- Si usted me ama, las pagaremos juntos.
CLARA.- ¿Conque diez onzas?
FÉLIX.- ¿Van apostadas?
CLARA.- Empeño mi palabra.
FÉLIX.- Y yo la mía.
CLARA.- Pero ahora se me ocurre... ¿Hace usted ánimo de permanecer a mi lado las veinticuatro horas convenidas?
FÉLIX.- En rigor, así se debía haber estipulado en el convenio. Pero no quiero abusar, y sólo le pido a usted permiso para hacerle tres visitas, y ésta se contará por una.
CLARA.- Es usted muy generoso.
FÉLIX.- La primera ha servido para poner sitio a la plaza; la segunda será el asalto, y la tercera la rendición..., es decir, el pago.
CLARA.- Que usted me hará.
FÉLIX.- Que vendré a recibir.
CLARA.- Pronto veremos quién paga a quién.
FÉLIX.- Y ahora que estoy autorizado para volver a su casa de usted, renuncio a las ventajas que podría proporcionarme una entrevista demasiado larga.Levantándose.
CLARA.- Le aconsejo a usted que no vuelva.
FÉLIX.- ¿Tiene usted miedo?
CLARA.- Miedo por usted.
FÉLIX.- Menos lástima; la lástima es peligrosa.
CLARA.- Mejor fuera desistir de tan loca apuesta.
FÉLIX.- Eso equivaldría a declararme vencedor.
CLARA.- Pues adelante.
FÉLIX.- Adelante.
CLARA.- (¡Mayor desfachatez!)
FÉLIX.- (¡Hermosura más peregrina!)
CLARA.- ¿Conque le amaré a usted?
FÉLIX.- Espero que sí.
CLARA.- Veremos.
FÉLIX.- Veremos.
CLARA.- Beso a usted la mano, caballero.
FÉLIX.- Señora, beso a usted los pies.Saluda y vase.
Escena VI
CLARA.
¡Qué hombre tan original! Dos meses ha que no me había sonreído una sola vez, y hoy... No volverá. Habrá querido divertirse... ¡Qué osadía! ¡Qué impavidez!... Aun en sus mismas impertinencias hay cierta gracia que le impide a una enfadarse formalmente. Pero si volviese, ¿qué debo hacer? Burlarme de él. ¡Es tan amable, tan fino!... No cabe en lo posible que espere ganar tan insensata apuesta... ¿Quién sabe? Tal vez una excesiva presunción le haga creer segura la victoria... Y bien mirado, ese caballero reúne todos los requisitos necesarios para agradar a una mujer... Rostro expresivo, ingenio y una excelente posición social... No hay duda: es muy digno de ser amado... Pero necesita una lección, y aun cuando hubiese de dar a Julia la cantidad estipulada, estoy decidida a ganársela. Por ganada. ¿Quién había de amar a un loco semejante? Y eso sí, es muy ingenioso... A veces no sabía yo qué decir... ¡Oh! ¡Me vengaré! Mucho sentiría que no volviese. Es tan divertido.
Escena VII
CLARA y JULIA.
CLARA.- No sabes cuánto has perdido con irte.
JULIA.- Nada he perdido; lo sé todo.
CLARA.- ¿Has estado escuchando?
JULIA.- No he podido resistir a la curiosidad.
CLARA.- ¿Y qué dices de la apuesta?
JULIA.- No me gusta mucho.
CLARA.- ¿Por qué?
JULIA.- Me parece muy crecida.
CLARA.- Tanto mejor.
JULIA.- Usted no debiera haber arriesgado...
CLARA.- ¿Cómo arriesgado?
JULIA.- Tiene usted un pleito que le cuesta mucho, y diez onzas no son un grano de anís.
CLARA.- ¡Necia! ¿Te figuras que las voy a perder?
JULIA.- Como usted me ha dicho que es desgraciada en el juego.
CLARA.- ¿Te figuras que voy a sentirme asaltada por una pasión repentina?
JULIA.- Como una no manda en su corazón.
CLARA.- Tú no, pero yo...
JULIA.- No hay que fiarse de los locos.
CLARA.- Me estás juzgando por ti misma.
JULIA.- Pero yo, señora, no arriesgaría nada; porque con estarle diciendo veinticuatro horas seguidas «no le quiero a usted, no le quiero a usted» todo estaba arreglado.
CLARA.- Y mentirías por diez onzas.
JULIA.- He mentido mil veces por muchísimo menos.
CLARA.- Te creo.
JULIA.- Si ese caballero vuelve, le diré que usted le detesta.
CLARA.- ¿Y quién te ha encargado semejante comisión? ¿No puedo desempeñarla yo misma?
JULIA.- Usted, señora, es demasiado honrada para atreverse a mentir.
CLARA.- ¡Eh! ¡Basta! Cuando vuelva Sandoval ven a avisarme.
JULIA.- He observado que ya no está usted tan fastidiada.
CLARA.- Déjame en paz.Va a coger el libro.
JULIA.- No toque usted ese libro.
CLARA.- Y ¿por qué?
JULIA.- Me parece de mal agüero...
CLARA.- ¡Bachillera! Cuando vuelva ese caballero le dirás... No, no le digas nada. Me llamarás. (Se retira y vuelve.)Mejor sería que le dijeses que no estoy en casa... No, no; me llamarás.Vase por la puerta de la izquierda.
Escena VIII
JULIA.
Puesto que de apostar se trata, apuesto a que mi señora ha ido a arreglar un poco su tocado; apuesto a que no me ha mandado ayudarla porque no le gustan mis observaciones; apuesto a que teme perder y no desea ganar, y apuesto, por último, a que mis apuestas tienen más probabilidades de ganancia que la suya.
Escena IX
JULIA y FÉLIX.
FÉLIX.- ¿Estás sola?
JULIA.- Voy a pasar recado a mi señora.
FÉLIX.- No, no; antes quisiera hablarte.
JULIA.- Hablemos pues... Por otra parte, creo que ahora está muy ocupada... en el tocador.
FÉLIX.- ¡Bravo! Dime, ¿quieres mucho a tu ama?
JULIA.- Con todo mi corazón.
FÉLIX.- Lo mismo me sucede a mí. ¿Cuánto tiempo hace que murió su marido?
JULIA.- Un año.
FÉLIX.- ¿Y amaba mucho al difunto?
JULIA.- Le amaba como una mujer honrada ama siempre a su esposo.
FÉLIX.- ¿Y qué carácter tenía?
JULIA.- Despótico con sus criados, frío y áspero con su mujer, era un hurón en su casa; en la calle, el hombre más alegre y más amable del mundo.
FÉLIX.- Ése es el tipo general de todos los maridos. ¿Y Clara sintió mucho su muerte?
JULIA.- Mucho, muchísimo; pero ya ¿quién piensa en eso?
FÉLIX.- Sin embargo, sólo hace un año...
JULIA.- Cuando una mujer se queda viuda, grita como una loca por espacio de tres días, llora durante dos semanas, suspira hasta que se pasan los tres primeros meses. Ya ve usted si en los nueve restantes hay tiempo sobrado para consolarse.
FÉLIX.- Tú representarías muy bien el papel de viuda.
JULIA.- Representaría bien otros muchos. ¿Y la apuesta? ¿Espera usted ganarla?
FÉLIX.- ¿Qué opinas tú?
JULIA.- No sé qué decir a usted... ¡veinticuatro horas! Si siquiera hubiera usted pedido un doble... sin embargo, a mí se me figura...
FÉLIX.- ¿Que podré ganar?...
JULIA.- Un corazón y diez onzas.
FÉLIX.- Me contento con lo primero.
JULIA.- Cédame usted lo segundo.
FÉLIX.- ¿Quieres hacer una apuesta conmigo?
JULIA.- Temo perder.
FÉLIX.- ¡Veamos! Si te doy un marido buen mozo y una buena dote, apuesto a que rehúsas.
JULIA.- Pague usted, caballero, porque ha perdido.
FÉLIX.- Pagaré, pero escucha. Cuando hables con tu señora es preciso que le digas pestes de mí.
JULIA.- ¡Dios me libre!... Se enojará.
FÉLIX.- Así lo espero.
JULIA.- ¡Ah!, ya caigo. Pues descuide usted, voy a avisarle que está usted aquí.
FÉLIX.- Dime primero. ¿Confía doña Clara en ganar ese pleito que la ha traído a Madrid?
JULIA.- No las tiene todas consigo. Y de él depende una parte muy considerable de su fortuna.
FÉLIX.- Ya puedes avisarla cuando quieras.
JULIA.- (Con este hombre bien se puede jugar al ganapierde.)Vase.
Escena X
FÉLIX.
Si los medios de que me valgo son extravagantes, pronto sabrás, encantadora mujer, que mi locura no tiene más objeto que el de conseguir tu amor.
JULIA sale del cuarto de CLARA y se retira por el foro.
Escena XI
DICHOS y CLARA.
Con un elegante tocado.
CLARA.- ¿Usted aquí, caballero? No esperaba volverle a ver.
FÉLIX.- Perdóneme usted, señora, si creo, por lo contrario, que usted estaba muy segura de que no faltaría.
CLARA.- ¿Sigue usted de tan buen humor?
FÉLIX.- ¡Pluguiese a Dios, señora! En este instante un grave peso abruma mi corazón.
CLARA.- Le veo a usted venir. Pero sépalo usted: la melancolía me fastidia lo que no es decible. No quiero que emplee usted armas inútiles.
FÉLIX.- Mi tristeza le parecerá a usted muy natural cuando sepa que al salir de aquí he recibido una carta de mi padre que me obliga a partir muy pronto.
CLARA.- Eso es confesarse vencido.
FÉLIX.- Advierta usted que aún permaneceré en Madrid las veinticuatro horas convenidas, y podré ganar la apuesta.
CLARA.- ¡Ganarla!...
FÉLIX.- Eso es lo que más me aflige. Juzgue usted de mi desesperación cuando tenga que ausentarme en el momento mismo en que usted me haga la declaración de su amor.
CLARA.- Para que usted no se vea en semejante conflicto, hagamos cuenta de que nada ha pasado entre nosotros.
FÉLIX.- Eso es confesarse vencida. Y veo con dolor, señora, que usted pagará los gastos de mi viaje.
CLARA.- Por lo visto su tristeza de usted no aminora en nada su osadía.
FÉLIX.- Aún me queda la suficiente para hacerle a usted una reconvención.
CLARA.- Hable usted.
FÉLIX.- Al aceptar la apuesta no me ha dicho usted que su corazón pertenecía ya a otro.
CLARA.- ¿Está usted celoso? Mal medio para agradarme. Mi marido no lo era.
FÉLIX.- Yo he podido aspirar a conmover un corazón libre, pero nunca he abrigado la injuriosa esperanza de lograr hacerla a usted infiel.
CLARA.- Voy a darle a usted cumplida satisfacción sobre este punto. No amo a nadie, ¿oye usted?, a nadie.
FÉLIX.- Pues bien, señora, basta ya de disimulo. Conozca usted, por fin, al hombre a quien acusa de fútil, de presuntuoso. Mi casa está enfrente de la de usted. Hace dos meses que espero horas enteras oculto detrás de una celosía a que usted se asome a esa ventana, para contemplarla en silencio. Cuando usted canta, sus acentos penetran hasta el fondo de mi corazón. De antemano sabía la causa que la había traído a usted a Madrid, y le juro a usted, señora, que he tomado una parte muy activa en todas sus inquietudes y todos sus pesares. Hoy una dichosa casualidad me ha proporcionado un pretexto para entrar en su casa de usted. Y ¿qué me importa la apuesta? No puedo perderla habiendo logrado el inestimable placer de conocerla a usted mejor; no puedo perderla si usted tiene la bondad de permitir que esta entrevista no sea la última; no puedo perderla, en fin, si usted conserva un recuerdo de este pobre loco. Réstame añadir que mi padre quiere obligarme a contraer matrimonio, que me ordena partir para enlazarme a una mujer que no tiene sus atractivos de usted, a una mujer a quien nunca podré amar, porque usted sola, encantadora Clara, reina en mi corazón. Conozco que sólo debo inspirar desconfianza después de tan extraña conducta; pero, ¡ah señora!, yo pondré mi mayor conato en borrar esta impresión desfavorable, y pronto sabrá usted que si no merezco su amor, tengo por lo menos sagrados derechos a su amistad.Saluda y vase.
Escena XII
CLARA.
¡Se fue! Quisiera llamarle... y no me atrevo. ¡Estoy aturdida! ¿Es éste aquel hombre tan ligero, tan inconsecuente? ¡Qué discurso! ¡Qué calor! ¿Podrá imitar también el artificio, el acento de la verdad? ¿Es un modelo de perfecciones, o un monstruo de astucia y de perfidia? Imposible es mirarle con indiferencia. Es preciso amarle. Sí, sí... amarle o aborrecerle.
Escena XIII
CLARA y JULIA.
JULIA.- ¿Qué le ha dicho usted a don Félix que se retira tan triste?
CLARA.- Julia.
JULIA.- ¿Señora?
CLARA.- Compadéceme.
JULIA.- Por ventura, ¿han perdido ustedes la apuesta ambos y al mismo tiempo?
CLARA.- Sandoval me conoce, hace mucho tiempo que me ha visto.
JULIA.- Ya lo sabía: me ha hablado del pleito; me lo ha contado todo.
CLARA.- ¡El pleito!, ya lo había olvidado. ¿Sabes que esto hace cambiar mucho las cosas?
JULIA.- Sin duda.
CLARA.- Ayúdame, Julia, aconséjame. Sandoval, ¿es un aturdido o un hombre honrado? ¿Me ama, o quiere burlarse de mí?
JULIA.- Yo sólo puedo creer lo primero de un caballero tan amable.
CLARA.- ¡Amable! ¿Crees que puede ser un hombre amable con ese tono de fatuidad y de burla?
JULIA.- Tiene usted razón: ha estado algo impertinente.
CLARA.- ¿Qué sabes tú, necia? ¿Ha olvidado, por ventura, ni un sólo instante los miramientos que se deben a una señora?
JULIA.- Eso sí, respetuoso y cortés como ninguno.
CLARA.- Calla, simple, calla. ¡Cortés un hombre que propone a una dama apuesta tan ridícula y tan poco decorosa!
JULIA.- ¡Apostar a que ha de hacerse querer en el término de veinticuatro horas! Efectivamente, eso es una insolencia.
CLARA.- No es una insolencia cuando no se puede pasar por otro punto.
JULIA.- Y él lo ha demostrado muy ingeniosamente.
CLARA.- ¡No sabes lo que te dices! La apuesta es ingeniosa sin duda alguna, pero el plazo de veinticuatro horas es una solemne necedad.
JULIA.- Está visto: usted ha hecho muy mal en aceptar esa maldita apuesta.
CLARA.- No he hecho sino muy bien. Ya ves..., si Sandoval fuese un hombre honrado.
JULIA.- ¡Honrado! ¡Vaya si lo es! Estoy segura.
CLARA.- Sí, sí, fíate de los hombres.
JULIA.- Dice usted bien: el mejor de todos es un bribón.
CLARA.- ¡Estás insufrible!
JULIA.- No hay uno solo de quien nos podamos fiar.
CLARA.- ¿Ni vino solo? ¡Parece que tienes gusto en contradecirme! ¡Vete!... Quítate de mi vista. Si sigo oyéndote acabaré por hacer un disparate.
JULIA.- (Se me figura que en las veinticuatro horas hay veintitrés de más.)Vase por el foro.
Escena XIV
CLARA.
¡Venturosos aquellos que no tienen criados! ¡Qué azote! ¡Qué plaga! ¡Qué peste! Porque he sido demasiado buena, porque he permitido a esa muchacha cierta familiaridad, ahora se goza en mortificarme... ¿Volverá Sandoval? ¿Qué debo pensar de él? ¿Qué piensa él de mí?... No quiero perder la apuesta y temo no poder ganarla.
Escena XV
CLARA y JULIA.
JULIA.- (Dándoselas.)Dos cartas, señora.
CLARA.- ¡Ah! Ésta es de mi abogado. (Abre la carta y lee.)«El pleito, señora, se habrá sentenciado dentro de dos horas en favor de usted.» ¡Cielos! «Debe usted esta inesperada actividad a las vivas instancias del señor diputado D. Félix de Sandoval.» ¿Oyes? «A pesar de haberle prometido guardar silencio, hoy el deber me obliga a revelar a usted el nombre de su bienhechor. A él, y no a mí, deberá usted un resultado venturoso. A la una.» Y ahora son las tres. Julia, mi suerte está decidida. Veamos la otra carta. ¡Cielos! De Sandoval.(Después de haberla abierto, lee.)«La segunda entrevista, señora, me ha probado que he perdido la apuesta. Adjunta hallará usted en billetes de Banco la suma convenida. Sólo volveré a presentarme en su casa de usted para decirle adiós.» Y yo le digo a usted caballero... No, no; se lo diré a él mismo.
JULIA.- ¡Lo ve usted, señora! Es un hombre de bien.
CLARA.- ¡Oh, es todo un caballero! ¡Un hombre como hay pocos en el mundo! Bien lo suponía yo; esa apuesta era demasiado extravagante para haber sido hecha de buena fe.
JULIA.- ¿Y tendrá usted la crueldad de ganarla?
CLARA.- ¡Oh, eso sería horrible!
JULIA.- Me parece que ya no se volverá usted a fastidiar.
CLARA.- Pero va a partir, quieren casarle.
JULIA.- Pues bien, señora, cásese; pero con usted.
CLARA.- ¡Eh, quita allá!
JULIA.- Alguien se acerca.
CLARA.- ¡Oh! Él es.
Escena última
CLARA, JULIA FÉLIX en traje de camino.
CLARA.- ¡Ah, caballero! ¿Conque tan sólo debo a usted la celeridad con que se ha terminado mi pleito?
FÉLIX.- Tengo el gusto de noticiarle a usted que ya se ha sentenciado en su favor.
CLARA.- ¡Cielos! Deber a usted tanta ventura y recibir de sus labios tan grata noticia, son dos placeres que en vano trataría de ocultar. Pero ¿va usted a partir tan pronto?Reparando en su traje.
FÉLIX.- Una silla de posta me aguarda a la puerta. Ruego a usted que me dispense si me presento en este traje.
CLARA.- Pero dígame usted; ese casamiento, esa partida, ¿son absolutamente indispensables? Dispénseme usted, soy mujer y, por lo tanto, curiosa.
FÉLIX.- Mi padre quiere que me case..., pero me deja la elección.
CLARA.- ¿Y la partida?
FÉLIX.- La partida sería inútil si hubiese ganado la apuesta; pero habiéndola perdido, no quiero permanecer en Madrid un solo día.
CLARA.- Pero antes de partir, caballero, es preciso que yo le devuelva a usted lo que contiene esta carta.Alargándole los billetes de Banco.
FÉLIX.- ¿No he perdido la apuesta?
CLARA.- Tome usted, tome usted. Pretender que me quede con este dinero es hacerme una injuria.
FÉLIX.- ¿Cabía en lo posible que yo ganase?
CLARA.- En rigor... sí..., sin duda.
FÉLIX.- Pues yo no me hubiera negado a admitir esa cantidad.
CLARA.- Diga usted lo que quiera, yo no debo aceptarla.
FÉLIX.- ¿Por qué razón?
CLARA.- Porque... no quiero..., porque no puedo..., porque no debo aceptarla.
FÉLIX.- Pero ¿por qué, señora, por qué?
CLARA.- ¿No lo he dicho ya? Porque... no debo, porque mi conciencia... no me lo permite. ¿Entiende usted?
FÉLIX.- No, señora, no entiendo una palabra.
CLARA.- ¡Jesús! Usted me desespera.
FÉLIX.- Pero hable usted. ¿Por qué?
CLARA.- Pues bien; porque no debo aceptar... como ganada...
FÉLIX.- Acabe usted.
CLARA.- Una apuesta...
FÉLIX.- ¡Clara!
CLARA.- Una apuesta...
FÉLIX.- ¡Por favor!...
CLARA.- Que he perdido.
FÉLIX.- (Cayendo a sus pies y besándola una mano.)¡Oh felicidad!
CLARA.- (Tapándose el rostro con el pañuelo.) ¡Qué vergüenza, Dios mío!
Breve pausa.
FÉLIX.- Mal dice ese rubor en tu rostro hechicero cuando acabas de hacerme feliz para toda mi vida.
CLARA.- ¡Estaba de Dios! Sépalo usted. Mis miradas habían penetrado a través de esa celosía en que usted se ocultaba: no ha pasado usted una sola vez por la calle que yo no le haya visto, y si hoy ese libro se me ha caído a la calle...
FÉLIX.- Acaba.
CLARA.- Ha sido porque se me escapó de las manos.
JULIA.- Lo había adivinado.
FÉLIX.- También yo.
JULIA.- ¿Y el viaje?
FÉLIX.- Ya he vuelto.
JULIA.- ¿Y la apuesta?
FÉLIX.- (Dándole los billetes.)Tú la has ganado.
JULIA.- ¿Yo? Acepto.
FÉLIX.- No en vano esperaba yo, Clara hermosa, que mi estratagema merecería tu aprobación.
Señalando al público.
Adelantándose resueltamente.
Retrocediendo.
Dirigiéndose al público.
Loa
Escrita en colaboración con D. Manuel Cañete.
En el estreno de la obra, representada en el teatro del Drama el día 2 de febrero de 1852.
| PERSONAJES | ACTORES |
| LA ESPAÑA. | Doña Teodora Lamadrid. |
| LA RELIGIÓN. | D.ª Concepción Ruiz. |
| LA JUSTICIA. | D.ª Lorenza Campos. |
| LA LIBERTAD. | D.ª María Rodríguez. |
| LA ANARQUÍA. | D.ª Cristina Ossorio. |
| EL SABER. | Don Joaquín Arjona. |
| EL VALOR. | D. Fernando Ossorio. |
| EL DESPOTISMO. | D. Manuel Ossorio. |
Bosque. A la derecha del espectador un palacio de majestuosa arquitectura con gran pórtico, en el que se lee esta inscripción: FELICIDAD POPULAR, y asentado en elegante escalinata. Es de noche.
Escena primera
Al levantarse el telón aparece la ESPAÑA reclinada en las gradas del palacio. A lo lejos se oyen los acentos de una música melancólica, la cual va aproximándose gradualmente, hasta prorrumpir en el siguiente:
Que a la mitad de la antecedente estrofa despierta y se incorpora, fijando su atención en los acentos del Coro, exclama:
Se levanta.
Escena II
Óyese una música suave. La ESPAÑA se arrodilla en medio del escenario con el mayor recogimiento. La RELIGIÓN aparece rodeada de vapores luminosos. Entretanto se percibe a lo lejos este cántico en tono sencillo y religioso:
Colocando su diestra sobre la cabeza de la ESPAÑA, y con amoroso acento.
Levantándose.
Estas palabras las dice en tono profético y alejándose de la ESPAÑA hasta desaparecer por entre los árboles. Las tintas del crepúsculo enrojecen apenas las últimas nubecillas del horizonte.
A lo lejos.
Más lejos y casi imperceptiblemente.
Escena III
La ESPAÑA.
Escena IV
DICHA. La JUSTICIA, el SABER y el VALOR aparecen por entre los árboles, como descendiendo del cielo, y se colocan alrededor de la ESPAÑA.
Vanse el VALOR, la JUSTICIA y el SABER.
A la derecha.
A la izquierda.
En el fondo a lo lejos.
Empiezan a verse en el horizonte los primeros rayos de la aurora. La ESPAÑA, que ha escuchado llena de júbilo los acentos del coro, se dirige al Palacio.
Escena V
La ESPAÑA y la ANARQUÍA.
Cuando la ESPAÑA sube el último escalón de las gradas en que se eleva el Palacio, se presenta la ANARQUÍA por el lado opuesto, demudado el rostro, exclamando:
Deteniéndose y señalando con orgullo al Palacio.
Escena VI
La ESPAÑA, la ANARQUÍA, el DESPOTISMO, que sale apresuradamente y se coloca al lado de la ANARQUÍA, diciéndole con vigor:
Dirigiéndose a la ESPAÑA.
Aterrada.
Escena VII
Dichos. La RELIGIÓN, y a poco la LIBERTAD.
La RELIGIÓN atraviesa por el fondo diciendo los siguientes versos, ínterin se deja oír una música suave y religiosa que no impida el escucharlos.
A la ESPAÑA.
Desaparece.
Recobrando su altanería.
Dentro.
Saliendo.
Alargando su mano a la ESPAÑA.
Sacan los estoques y se disponen a acometer.
Escena última
Múdase la decoración, y aparece en un espacio luminoso el solio Real, por encima del cual vierte sus rayos el sol naciente. Debajo, en trono de nubes y sostenida por el SABER, la JUSTICIA y el VALOR, se encuentra la cuna donde reposa la Princesa de Asturias, a cuyas plantas yace en actitud vigilante el león de Castilla. La reina D.ª Berenguela, arrodillada junto a la cabecera de la cuna, va a colocar la corona regia en las sienes de la Princesa. Al lado opuesto Isabel la Católica, de pie, toca con la punta de su cetro, ornado de flores, el corazón de la angosta recién nacida. El DESPOTISMO y la ANARQUÍA dan un grito y caen arrodillados ocultando el rostro entre sus manos.
A la ESPAÑA.
A la LIBERTAD.
Señalando a la cuna y dirigiéndose a la ESPAÑA.
A la ESPAÑA.
Se abrazan.
Cayendo de rodillas abrazada con la ESPAÑA.
Colocándose en medio de ambas y poniendo una de sus manos sobre la cabeza de cada una de ellas.
Rompe la orquesta entonando la Marcha Real, y cae el telón.
FIN.
Drama en cinco actos y en prosa.
A ti, que tanto me amaste en la tierra: a ti, que ahora velas desde el cielo por tu hijo.
MANUEL.
El presente drama es hijo legítimo del titulado Intriga y amor, de Schiller: se parece a éste como un hijo a su padre: tiene el aire de familia. Es, sin embargo, un ser esencialmente diverso, con otra forma, otro corazón, alma distinta. Como la chispa brota del pedernal herido por el eslabón, este drama ha brotado en mi fantasía herida por la impresión que causó en ella la lectura de la obra de mi insigne, de mi admirable maestro J. C. Federico Schiller.
De nobles corazones es confesar deudas de gratitud, y villano fuera el mío si procurase desconocer lo que debe al gran poeta, honra y prez de la Alemania de nuestros tiempos. No he tratado, pues, no trato de ocultar una circunstancia que juzgo honrosa: antes bien la proclamo con orgullo, porque, en literatura como en religión, imitar lo bueno es seguir el camino de la virtud.
Doy el nombre de original a esta obra, porque imagino que no le puedo aplicar otro más conveniente. En ella hay tres situaciones y cuatro o cinco pensamientos semejantes a otros tantos del drama alemán: de éste ha nacido también la idea de presentar un padre (en mi obra no lo es más que en apariencias) deseoso de enlazar a su hijo, por ambiciosas miras, con una dama de alto influjo, contrariándolo así en el amor que profesa a una joven de humilde cuna. Las escenas imitadas son: la del Príncipe y Conrado en el primer acto; la final del segundo, y la del Príncipe y Ángela en el tercero. Complázcome en hacer esta indicación, manifestando al par que, salvo rarísimas excepciones, la expresión, el giro, el carácter y el desarrollo son, hasta en las situaciones a que aludo, completamente desiguales en ambos dramas. Es justo dar a cada cual lo que le pertenece, y ahorrar a los curiosos la fatiga de rebuscar coincidencias. Fuera de esto, la palabra, las situaciones, el pensamiento fundamental de Ángela, no tienen identidad ninguna con Intriga y amor. Todos los elementos aprovechados de esta obra han mudado de naturaleza y modificádose capitalmente.-¿Dónde hallar, sino en el drama de Schiller, el primer acto de Ángela, excepto dos rasgos del carácter del Marqués y la escena de que se ha hecho mérito? ¿Dónde el segundo, descartando la situación final, en los términos que he dicho? ¿Dónde el tercero, salvo dos rasgos en el diálogo de la Condesa y Ángela, y la referida escena de la carta? ¿Dónde el cuarto, en el que sólo el monólogo de Conrado participa de alguna reminiscencia del autor de Wallenstein? ¿Y dónde, en fin, el quinto, sin exceptuar una sola letra?
Inútil me parece añadir a estas ligeras apuntaciones hechas para descargo de mi conciencia, que el ejemplo de todos los grandes maestros autoriza sobradamente la imitación de las bellezas ajenas. El gran Corneille, al imitar Las mocedades del Cid de Guillén de Castro, pudo decir a su patria: lo que admiras me pertenece 1. Racine, nutrido en el estudio de los clásicos antiguos, los imita, no sólo en accidentes secundarios, sino en el plan y fundamentos de sus creaciones. Véase en prueba de esto lo que sucede en Fedra, donde hasta suele traducir trozos enteros de Eurípides y de Séneca. Molière, de tan profundo y vivaz ingenio, imita y traduce también a Plauto y Terencio, pone a contribución a los españoles y exclama: «Tomo lo que me conviene donde quiera que lo encuentro». Testigos son, entre otras obras, El Avaro y La Princesa d'Elide. Shakespeare, el más universal, el más original y humano de todos los dramáticos del orbe, apenas tiene obra donde no haya imitado algo de alguien, cuando no ha prestado a los varios acontecimientos de la historia patria, reproducidos con prolija exactitud, el soplo vivificador de su poderoso numen. Dígalo El Rey Lear, copiado casi de La maravillosa historia de las tres hijas del Rey Lear, drama de autor semicontemporáneo suyo. Díganlo Otelo, cuya fábula sigue paso a paso los de la novela de Giraldi Cintio. Julieta y Romeo, imitación de un poema estrictamente imitado o de las novelas de Porta y Bandello; y, en fin, El Mercader de Venecia, cuya mejor escena está traducida de la novela cuarta de Giovanni Florentino (Pecorone). En España, el pensamiento fundamental de la más grande de las creaciones de Calderón, de La vida es sueño, se debe a una novela de Boccaccio. Lope incrusta en sus lozanas comedias los más bellos pensamientos de los líricos griegos y romanos. Moreto refunde y da por suyas, en La ocasión hace al ladrón, La villana de Vallecas de Tirso; en El desdén con el desdén, Los milagros del desprecio de Lope; en Rey valiente y justiciero, El Infanzón de Illescas del mismo Tirso, de la que apenas se desvía y a la que ha debido parte muy principal de su gloria. Esto sin contar los argumentos que se copian y refunden en todos los pueblos y en diferentes edades, como sucede a la historia de Edipo, presentada con formas análogas desde Sófocles a Martínez de la Rosa, y a los furores de Medea, iguales casi en Eurípides, Séneca, Corneille, Alfieri, Nicolini, La-Valle y mil otros cuya enumeración fuera ociosa.
Práctica tan autorizada han seguido también nuestros autores contemporáneos, y, merced a ella, han ceñido a su frente laureles inmarchitables. Si pues la imitación de las grandes obras es lícita, conveniente y necesaria; si los más dignos maestros de todas las escuelas han imitado a otros, y la originalidad absoluta es una quimera irrealizable, harta disculpa merece el que yo, joven y obscuro, haya seguido, con más o menos felicidad, la pauta de ejemplos tan fructuosos. Demás de que, si algo hay de bueno o malo en mi humilde drama, es exuberancia de accidentes, que creo haber inventado trabajando con laboriosa constancia por espacio de año y medio. Por otra parte, lo que a mi modo de ver constituye la originalidad en las producciones del ingenio es la porción de su alma, por decirlo así, que comunica el poeta, ya a sus imitaciones de la Naturaleza, ya a las de la Historia, ya a las de otras obras literarias. Esa porción de sí mismo que deposita en ellas, es la que les infunde vida, la que les da verdaderamente nuevo ser.
Pocas palabras diré, en abono del género a que mi obra corresponde. Arrojo temerario parecerá en mí, que sólo tengo por títulos mi aplicación y buen deseo, el lanzarme a desafiar las iras de los prepotentes melindrosos, para quienes todo lo que no sea el aguachirle de discreteos de nueva estofa, o de enfáticas y gongóricas declamaciones en verso, carece de importancia; de aquellos que desprecian por anticuadas las obras más notables de Dumas y Víctor Hugo (donde, si la moral no es siempre pura, el artificio dramático es bello y profundo, y las más veces verdadero el desarrollo de los afectos), como si la belleza artística pudiese envejecer nunca; de aquellos, en fin, que se horripilan, con exquisita sensibilidad nerviosa, al ver la pintura de las pasiones presentadas con el colorido, y aun con la poética rudeza de la verdad, y no tienen una lágrima y permanecen mudos e indiferentes ante el espectáculo desgarrador de los más hondos dolores.
No quiero decir, sin embargo, que yo siga al pie de la letra las máximas de tales poetas, ni mucho menos. Pero juzgo necesario, para que el drama ofrezca interés, hacer el retrato moral del hombre con todas sus deformidades, si las tiene, y emplearlo como instrumento de la Providencia para realizar ejemplos de provechosa enseñanza. En el estado en que la sociedad se encuentra es preciso llamarla al camino de la regeneración, despertando en ella el germen de los sentimientos generosos; es indispensable luchar con el egoísmo para vencerlo con el eficaz auxilio de la compasión, virtud la más noble y santa de las virtudes. Cuando sentimos interés hacia dolores imaginarios, cerca estamos de proporcionar consuelos a padecimientos reales. El teatro puede coadyuvar a esta laudabilísima empresa con medios no despreciables, y el conato de los autores dramáticos debe encaminarse a tan altos fines. Para realizar tales destinos, que son, en mi concepto, los que engrandecen el arte,
Opinando de este modo, no parecerá extraño que me haya propuesto en el presente drama, sin esperanza de lograrlo, pintar la maldad atormentada por las furias que ella misma engendra, conspirando a su propia ruina, cegada por la invisible mano de Dios para que se castigue por la suya propia, y encontrando, al morir, en el arrepentimiento la paz de que no había disfrutado, la dicha de justificar a la inocencia, el consuelo de verse acariciada por sus generosas víctimas, la esperanza de borrar con la profunda contrición del alma, en el instante de la muerte, las manchas de toda una existencia de crímenes. Primero la justicia de Dios; después su misericordia, más grande aún que su justicia.
Sé bien que no he podido llevar a cabo dignamente tan arduo empeño, que el género de mi drama desagradará tal vez a los muchos que sólo gustan de ir al teatro para reír; pero sé también que, según la feliz expresión de un antiguo poeta griego,
sé que hay todavía en nuestro público gentes bastante honradas y sensibles para estimar la buena intención de quien aspira a hacer interesantes las virtudes, y que me perdonarán, por tanto, los defectos que no podrán menos de afear un drama escrito en poca madurez de años y con no cumplida experiencia de los vaivenes de la vida.
Los principios de mi poética dramática se encierran en esta frase: «Los hombres, y Dios sobre los hombres.» Este símbolo es la luz del mundo moral que miro brillar a lo lejos. Muchos desengaños, muchas amarguras me aguardan hasta llegar a ella. Joven soy, constancia tengo: la fe suplirá lo que no alcance la inteligencia. Tal vez llegue.
Madrid 12 de noviembre de 1852.
«Yo he visto representar a algunos cómicos, dice el Hamlet de Shakespeare, y... no los juzgué de la especie humana, sino rudos simulacros de hombres, hechos por algún mal aprendiz: tan inicuamente imitaban la naturaleza.» Por dicha mía, los actores que han interpretado la Ángela son la antítesis de los que tan duramente condena Hamlet. El singular talento de algunos y la discreción y el celo de todos han logrado que mi obra se aplauda extraordinariamente un día y otro. Déboles, pues, en este sitio las más expresivas gracias por sus laudables y venturosos esfuerzos.
Teodora Lamadrid, actriz tan inteligente y simpática cuanto querida del público, ha realizado en Ángela todo lo que pudiera apetecer la más ardiente fantasía. Los espectadores no han visto en ella a la primera de nuestras actrices; han visto, sí, al personaje dramático expresando la lucha de sus afectos con el difícil colorido de la naturaleza y con el poético idealismo que tanto engrandece el arte. Ha sido, en fin, la verdadera Ángela que la imaginación había soñado. Como chispa eléctrica, el fuego de su inspiración inflama los corazones y arranca universales aplausos, debidos a un entusiasmo verdaderamente indefinible. Reciba por tan honroso triunfo mis más cordiales parabienes.
La Sra. Rodríguez, luchando con las dificultades de un carácter que se desarrolla completamente en una escena, donde pasa del amor y los celos a la abnegación y el heroísmo, ha hecho perceptible esta lucha, vistiéndose además con una propiedad y un lujo que recomiendan mucho su celo artístico.
También ha logrado hacerse aplaudir la Sra. Campos interpretando con mucha verdad las escenas más difíciles de su papel 2.
La Srta. García, que empieza su carrera con felices disposiciones, ha representado con suma naturalidad el papel de Julieta.
Arjona ha dado en el Príncipe de San Mario una prueba más de lo que vale y puede su gran talento. La sencillez de su entonación, la elegancia de su apostura, la elevación con que resuelve las dificultades que abundan en las terribles situaciones en que interviene, prendas son que lo levantan a la altura de los primeros actores de la moderna Europa. Los aplausos que recibe cada día le manifiestan que el público se halla en esta ocasión de acuerdo con mi dictamen. Complázcome, pues, en darle gracias y en reconocer lo mucho que a su acertada dirección ha debido el éxito de mi obra.
El Sr. Calvo, aceptando con gusto y esmerándose en representar bien un papel que no es de los que más se conciertan con sus excelentes facultades dramáticas, merece, a par de las distinciones que le otorga el público, la expresión sincera de mi gratitud.
Los caracteres apasionados tienen en el Sr. Ossorio (D. Manuel) un intérprete lleno de brillantez y lozanía. Aun después de consignada esta verdad, debo añadir que el joven actor ha sabido comunicar al papel de Conrado toda la pasión, toda la ternura, toda la vehemencia que ha menester para hacerse interesante. Porque lo es lograr en ocasiones despertar el entusiasmo del auditorio.
Los Sres. Arjona (D. Enrique) y García dan el conveniente colorido a sus espinosos papeles, contribuyendo eficazmente a la mejor armonía del conjunto.
El Sr. Ossorio (D. Fernando) se ha prestado gustosísimo a desempeñar un papel punto menos que insignificante. Esta modesta docilidad, propia sólo de quien conoce que el talento sabe sacar de todo buen partido, honra mucho a un joven cuyas gallardas disposiciones celebran con frecuencia los inteligentes.
Doy, en fin, gracias a todos los demás actores por el no vulgar esmero que han desplegado, cada cual en su respectiva línea, y doime la enhorabuena a mí propio, por haber proporcionado a tan excelentes artistas ocasión de conseguir un triunfo tan envidiable.
Y ¿cómo expresaré dignamente mi gratitud a la benevolencia con que el público de Madrid ha recibido mi drama? Teniendo en cuenta, sin duda, mi corta edad y buen deseo, ha querido alentarme premiando con usura mis débiles esfuerzos, buscando con esmero cuidadoso lo bueno que pueda haber en esta producción escénica y no curándose de lo malo. ¡Es tan frecuente, por desgracia, seguir el camino opuesto!
Cumple también a mi propósito apuntar algo acerca de las cuestiones que ha suscitado la originalidad o no originalidad de Ángela. Con este motivo importa dejar consignado de una vez y para siempre que cuanto afirmo en el Prólogo que antecede es estrictamente verdadero. En los círculos teatrales, unos han ensalzado mi obra hasta las nubes, otros la han deprimido y vilipendiado con incansable pertinacia. El voto de los primeros me servirá de poderoso estímulo para proseguir con nuevo ardor en mis trabajos literarios; tendré muy presente el de los segundos para corregir en lo sucesivo lo que en sus censuras me parezca razonable. No se niega, sin embargo, la originalidad de algunas situaciones, como son, principalmente, la final del tercer acto, todas las del cuarto y todas las del quinto. Pero como no se niega que son mías, dícese que son detestables, atroces, nauseabundas. La escogida y numerosa sociedad que llena todas las noches el teatro de Variedades aplaude con estrépito varias de estas mismas situaciones, prorrumpiendo en gritos de entusiasmo y llamándome a la escena a la conclusión de los actos tercero, cuarto y quinto. A no ser por esta circunstancia, y a pesar de mis creencias artísticas, hubiera puesto en duda la bondad de tales situaciones al leer tales escritos; pero público tan galante no merece que yo deserte al bando de los que en esta ocasión se empeñan en llevarle la contraria.
No soy yo de los que desprecian los juicios de la prensa periódica; antes bien me apresuro a leer cuanto de mí se dice, para aprovechar la lección si la considero útil, lo cual sucede las más veces; y, merced a esta afición particular mía, he tenido la singular satisfacción de ver apreciadas rectamente mis intenciones por personas que ocupan un lugar preeminente en nuestra república literaria, y cuyas doctrinas me inspiran fe porque las estimo verdaderas. ¡Lástima es que algún periódico de los más importantes de España extreme los términos de sus censuras hasta el punto de desvirtuar así lo que haya de bueno en sus principios!-Cuando en 1848 se representó El 5 de Agosto (adviértase que era mi primer drama original, y que a la sazón mi edad apenas rayaba en los diez y nueve años), el periódico a que aludo, tratando de probar que tal obra era abominable y ridícula, dijo que Adaleta (uno de sus personajes) era consonante de chuleta, y otras bizarrías de igual calibre, bastantes a agostar en flor las ilusiones de cualquier otro que hubiera carecido de la incontrastable fe que profeso al arte y de mi amor al estudio. En el juicio crítico de Ángela se dice que este drama remueve el estómago, y sólo es bueno para representarse en la Plaza de los Toros. Quien fuese menos modesto que yo, podría, no sin fundamento, dudar de la buena fe de semejantes censuras.
He dicho cuanto me parecía necesario decir. ¡Ojalá se me pueda aplicar algún día el conocido aforismo del gran dramático alemán: quien no se estima demasiado vale más de lo que él propio se figura!
22 de noviembre de 1852.
MANUEL TAMAYO Y BAUS.
En el estreno de la obra, representada en el teatro de Variedades el 13 de noviembre de 1852.
| PERSONAJES | ACTORES |
| ÁNGELA, de diez y ocho años. | Doña Teodora Lamadrid. |
| LA CONDESA ADELAIDA, de treinta. | D.ª María Rodríguez. |
| MAGDALENA,de cincuenta. | D.ª Lorenza Campos. |
| JULIETA. | D.ª Joaquina García. |
| ARABELA. | D.ª Encarnación Campos. |
| EL PRÍNCIPE DE SAN MARIO, Gran Chambelán, de cincuenta. | Don Joaquín Arjona. |
| CONRADO,capitán, de veintitrés. | D. Manuel Ossorio. |
| EL MARQUÉS DE POMPILIANI, de cuarenta y cinco. | D. José Calvo. |
| ARALDI, médico de Palacio, de cincuenta. | D. José García. |
| ALBERTO, de sesenta. | D. Enrique Arjona. |
| FABIO CONTI. | D. Fernando Ossorio. |
| CABALLERO 1.º | D. Juan Fabiani. |
| ÍDEM 2.º | D. Mariano Serrano. |
| ÍDEM 3.º | D. Esteban Moratilla. |
| UJIER. | D. José Bullón. |
| Un capitán, damas, caballeros, ujieres, criados, guardias. |
La acción se supone en un Gran Ducado de Italia, a principios del último tercio del siglo pasado.
Salón de Palacio: dos puertas a cada lado: las de segundo término cubiertas con tapices; otra en el foro, que es la de entrada.
Escena primera
El PRÍNCIPE y ARALDI, en un ángulo de la izquierda. CONTI y varios CABALLEROS, en el lado opuesto. DAMAS y CABALLEROS, sentados unos, otros formando corros.
CABALLERO 1.º.- Estamos decididos a emplear todo nuestro influjo, en pro de vuestras legítimas pretensiones.
CONTI.- No esperaba yo menos de amigos tan leales, si bien me reconozco indigno de tamaño favor.
CABALLERO 1.º.- Muerto el Barón de Albimonte, nadie tan acreedor como vos a subir al puesto que él ocupó con tanta gloria del país.
CABALLERO 2.º.- Todos hablaremos a Su Alteza, y en breve seréis nombrado primer Ministro.
PRÍNCIPE.- (A ARALDI.) ¿Oyes?
ARALDI.- Más de lo que quisiera.
Se retiran ambos al fondo.
MARQUÉS.- ¡Oh, señoras!
Saliendo por la puerta de la derecha; saluda a las DAMAS con exageradas cortesías. Su traje debe ser muy rico.
CONTI.- Dichoso vos, señor Marqués, que podéis penetrar en el aposento de Su Alteza antes que nadie haya obtenido igual merced.
MARQUÉS.- Nuestra graciosa Soberana es tan amable, que me permite asistir diariamente a su tocador. Le participo cuanto ocurre en la capital, y pongo en su noticia el estado de la atmósfera. Soy como si dijéramos su termómetro.
CONTI.- ¡Gran fortuna es la vuestra!
MARQUÉS.- En los breves instantes en que he tenido el honor de hablar con ella, se ha sonreído tres veces.
CABALLERO 1.º.- No es pequeño triunfo, porque Su Alteza tiene por lo regular un gesto que intimida.
CABALLERO 2.º.- Y, según se cuenta, es irascible hasta un punto imponderable.
MARQUÉS.- Yo os diré. Suele tener arrebatos de cólera espantosos.-Ayer mismo la vi hacer trizas un vestido, romper cuatro espejos y arrojar una silla a la cabeza de un pobre ujier por no sé qué leve falta. Pero esto sólo le sucede diez o doce veces al día, y cuando no está furiosa es una malva.
CONTI.- Y ¿nunca se enoja con su favorita, la condesa Adelaida?
MARQUÉS.- ¡Oh, jamás! ¡Se quieren tanto!
CABALLERO 1.º.- Es particular.
MARQUÉS.- ¿Por qué razón? El Duque, que santa gloria haya, antes de morir hace tres años, cinco meses, diez días y algunas horas, justamente cuando acababa de cumplir ocho lustros de edad, llamó a ambas junto a su lecho; y recomendando a la Condesa que velase con tierna solicitud por su hija, que pronto iba a quedar huérfana, ordenó a ésta que siguiese los consejos de la otra y acatase sus preceptos. He aquí explicado el estrecho vínculo que las une.
CABALLERO 1.º.- Mucho amaba el pobre soberano a la Condesa.
MARQUÉS.- ¡Amor! Sí, se dijo que el Gran Duque, siendo ya viudo, había obtenido favores de la Condesa...
CABALLERO 2.º.- Todo el mundo lo aseguraba como cosa positiva... Y aun creo habéroslo oído contar a vos mismo...
MARQUÉS.- Es posible. Era la conversación de moda. Pero lo cierto es que nunca se debe creer más que la mitad de lo que se dice.
CABALLERO 1.º.- Siempre vendremos a quedar en que...
CONTI.- En que la mitad de lo que se dice no es muchas veces más que la mitad.
Se retira y habla con otros CABALLEROS.
MARQUÉS.- La Condesa es un modelo de virtudes cristianas.
CABALLERO 1.º- No lo negamos.
CABALLERO 3.º- Y vos, que todo lo sabéis, ¿podríais explicarme por qué causa el señor Chambelán y Conti se estiman tan poco, cuando éste
era el más próximo pariente de la difunta esposa de aquél?
MARQUÉS.- Vos mismo os habéis contestado. La princesa de San Mario murió dando a luz un heredero de su nombre y sus cuantiosos bienes. En caso de que hubiese fallecido sin sucesión, Fabio Conti la hubiera heredado. Y ya se ve, al perder sus esperanzas cobró cierta ojeriza al Príncipe, que le paga en la misma moneda.
CABALLERO 1.º- ¡Sois el mismo diablo!
Preséntase un UJIER en la puerta de la izquierda y descorre el tapiz.
CABALLERO 3.º- Ya podemos entrar a ver a la Duquesa.
Entran en el aposento de la izquierda varias DAMAS y CABALLEROS.
MARQUÉS.- Y nosotros a ver al Duque.
Preséntase otro UJIER en la puerta de la derecha y descorre también el tapiz.
CONTI.- Vamos. Pasad.
Deteniéndose para ceder el paso al Caballero primero.
CABALLERO 1.º Después del señor Ministro.
Entran todos excepto el PRÍNCIPE y ARALDI.
Escena II
PRÍNCIPE y ARALDI.
PRÍNCIPE.- ¡Conti primer Ministro! No lo será.
ARALDI.- La Nobleza lo quiere.
PRÍNCIPE.- ¡Esos nobles que me rechazan de su seno, recordando que yo lo soy únicamente por haberme casado con una princesa, y envidian al gran Chambelán! Yo les haré ver que puedo tanto como ellos.
ARALDI.- También lo quiere el Duque soberano.
PRÍNCIPE.- Nada importa si la Duquesa se opone.
ARALDI.- Bien sé que su marido se somete humilde a cuanto ella exige; ¿pero querrá oponerse?
PRÍNCIPE.- El Duque obedece a su esposa, y ésta es un ciego instrumento de esa altiva mujer que lo puede todo.
ARALDI.- La Condesa, lejos de ser vuestra aliada, siempre ha manifestado hacia vos la más pertinaz antipatía.
PRÍNCIPE.- Con pocas palabras te explicaré lo que aún no comprendes. La Condesa ama con delirio a Conrado.
ARALDI.- ¿Será verdad?
PRÍNCIPE.- Sí; he sorprendido sus miradas...
ARALDI.- Nunca me lo hubiera figurado.
PRÍNCIPE.- Anoche tuvimos una entrevista. Supuse que Conrado me enviaba para hacerle presente el vivo amor que por ella sentía. Su repentina palidez, su agitación, me demostraron claramente que no me había equivocado. Le hablé de mis pretensiones, prometió ayudarme, y voló al aposento de la Duquesa. Su Alteza me otorgó anoche mismo la mano de la Condesa para Conrado, diciéndome que el día en que se firmase el contrato de boda de su muy amada Adelaida, firmaría el Duque su esposo un despacho nombrándome primer Ministro. ¡Pobre Conti!... ¡Y ha poco estaba aquí entre una multitud de necios cortesanos ufanándose ya con el triunfo que juzga seguro!... Me causa lástima. Insensato... ¿No sabes que aún vivo yo?
ARALDI.- ¿Ignora Conrado vuestro proyecto?
PRÍNCIPE.- Hoy se lo participaré.
ARALDI.- Más os valiera no decir nada.
PRÍNCIPE.- ¿Has perdido el juicio?
ARALDI.- Será inútil.
PRÍNCIPE.- Conrado obedecerá a su Padre.
ARALDI.- Es tan poco el afecto que os tiene, que, a no estar ciertos de lo contrario, podríamos suponerlo iniciado en el secreto de que no lo sois.
PRÍNCIPE.- ¡Silencio!
ARALDI.- Y ¿creéis que Conrado accederá a llamarse esposo de una mujer que, aun después de muerto el Duque, es apellidada por el vulgo la Favorita?
PRÍNCIPE.- ¿Te has propuesto desesperarme?
ARALDI.- Quiero evitar que deis un golpe en vago.
PRÍNCIPE.- Déjame obrar.
ARALDI.- Supongamos que no existe ese inconveniente: hay otro invencible.
PRÍNCIPE.- ¿Cuál?
ARALDI.- Conrado ama a una muchacha, pobre y humilde, pero linda como una perla.
PRÍNCIPE.- Cuando más, querrá gozar algunos días de sus favores a costa de un poco de oro.
ARALDI.- Os engañáis.
PRÍNCIPE.- ¿Cómo puedes asegurarlo?
ARALDI.- Oídme: yo también he amado. ¿Quién no rinde alguna vez en la vida tal tributo a la belleza de la mujer? Obligado por mi carácter de médico de Palacio a guardar entera circunspección en un asunto de esta naturaleza, hice construir en mi casa una puerta secreta que comunicaba con una casita contigua, cuya salida daba a distinta calle. Allí habitaba el objeto de mi cariño, y aquella puerta, oculta a todas las miradas, era la discreta confidente de nuestras entrevistas. Todo acaba en el mundo. Me olvidó, la olvidé: partió, no sé adónde; yo permanecí a vuestro lado.
PRÍNCIPE.- Y ¿a qué viene esa historia?
ARALDI.- La puerta secreta no se ha abierto desde entonces. Aplicando a ella el oído se percibe cuanto se habla en el aposento contiguo, y puedo aseguraros que Conrado sólo ha obtenido de la florista Ángela favores inocentes; puedo aseguraros también que ambos se aman con el más ciego frenesí.
PRÍNCIPE.- ¿Acaso esa florista habita ahora?...
ARALDI.- La casa inmediata a la mía: justamente.
PRÍNCIPE.- (Dichosa casualidad.) Y ¿crees que un grano de arena puede ser valladar a la rueda de mi fortuna?
ARALDI.- A veces hay una montaña donde se cree ver un grano de arena.
PRÍNCIPE.- Una firme voluntad quebranta el hierro y deshace los montes.
ARALDI.- ¿Cuál es vuestro propósito?
Pausa. El PRÍNCIPE da algunos pasos pensativo.
PRÍNCIPE.- ¿Tiene algún otro galán esa muchacha?
ARALDI.- Sí; el necio del Marqués de Pompiliani se ocupa en rondar su calle, pero infructuosamente.
PRÍNCIPE.- El Marqués es uno de esos entes que sólo obran a impulsos de ajena voluntad. Conrado es cándido: tiene una imaginación exaltada...
ARALDI.- ¿Queréis infundirle celos?
PRÍNCIPE.- Los celos hijos del amor son los únicos que pueden matar a su padre.
ARALDI.- Os advierto que Ángela tiene por Argos invencible una madre a quien adora.
PRÍNCIPE.- A quien adora... A veces sólo hay un grano de arena donde se teme encontrar una montaña.
ARALDI.- ¿Habéis hallado medio de vencer fácilmente?
PRÍNCIPE.- Pienso que sí. Un lazo indisoluble nos une: cuento contigo.
ARALDI.- Como siempre.
PRÍNCIPE.- Silencio: ya salen.
Escena III
DICHOS y el MARQUÉS.
Los CABALLEROS y DAMAS que entraron en los aposentos de los Duques salen, y después de saludar al PRÍNCIPE se retiran por la puerta del foro. Los UJIERES corren los tapices y desaparecen también.
MARQUÉS.- ¡Qué iniquidad, carísimo Príncipe, qué horror!
PRÍNCIPE.- ¿Qué os ha pasado?
MARQUÉS.- Voy a decíroslo.
PRÍNCIPE.- (A ARALDI, aparte.) (Déjame solo con él.)
ARALDI.- (¿Vuelvo?)
PRÍNCIPE.- (Sí.)
ARALDI.- Adiós, señor Marqués.
Vase ARALDI y quedan solos el PRÍNCIPE y el MARQUÉS.
MARQUÉS.- Siempre vuestro, doctor.
PRÍNCIPE.- Ya os escucho.
MARQUÉS.- Todos, todos a una voz han pedido a Su Alteza que nombre a Fabio Conti primer Ministro.
PRÍNCIPE.- ¿Y eso os alarma?
MARQUÉS.- ¡Friolera! Somos enemigos mortales.
PRÍNCIPE.- Nada sabía.
MARQUÉS.- ¿Os acordáis de aquel magnífico y al par desastroso baile que se dio ha dos años, con motivo del enlace de la Duquesa?... Pues bien, en aquella espantosa noche se le cae a Su Alteza al suelo el abanico. Todos se lanzan a recogerlo; yo, como más diestro, lo logro antes; pero al levantar la cabeza, ¡plaf!, choco con las narices de Conti, pierdo el equilibrio, tropiezo y doy de bruces en la alfombra. Él se aprovecha de esta coyuntura, ¡ya veis qué villanía!, me arranca el abanico de entre las manos y se lo presenta a Su Alteza, que le da las gracias con la sonrisa expresiva que os podéis imaginar... Yo me levanto furioso, corro a disputar a Conti aquella sonrisa, y Su Alteza, al verme, prorrumpe en ruidosas carcajadas, y lo mismo cuantos se hallaban presentes. ¡Ay, amigo mío! Rubor me cuesta al confesároslo: ¡mi peluca había ido a parar a dos varas de distancia con la violencia del golpe!... ¿Qué tal?... Desde entonces nos tenemos declarada guerra a muerte.
PRÍNCIPE.- ¡Pobre Marqués!
MARQUÉS.- ¡Y si ahora le nombran primer Ministro!... Vos también sois enemigo suyo, y debemos...
PRÍNCIPE.- Tranquilizaos: aún no se han realizado las esperanzas de Conti.
MARQUÉS.- ¿Y creéis?...
PRÍNCIPE.- Nada temáis por ahora.
MARQUÉS.- Respiro.
PRÍNCIPE.- Y ¿de qué más han hablado con Su Alteza?
MARQUÉS.- De nada más... ¡Ah!, sí; de la expedición de dos mil soldados que saldrá pasado mañana, en bien pertrechadas naves, contra el crecido número de buques berberiscos que recorre nuestros mares causando todo género de daños.
PRÍNCIPE.- Venid y sentaos: deseo conversar un rato con vos.
MARQUÉS.- ¡Tanto honor! (Sentándose al lado del PRÍNCIPE.) ¡Ah, señor Chambelán, cuánto os envidio la honra de vivir en Palacio! Lástima es (Mirando el reloj.) que sólo pueda permanecer a vuestro lado breves instantes. El caballero español Mendoza me invitó ayer a probar unos vinos de Málaga y Jerez que acaba de recibir. La encantadora Laura me ha rogado que vaya a comer con ella. ¿Estuvisteis anoche en el teatro? ¡Qué bien bailó!... ¡Es hechicera! ¡Aquel par de piececitos vale un millón! El Príncipe ruso Puffkof da un baile magnífico esta noche... Tengo que hacer varios preparativos... Su mujer es bellísima, y según ciertos presentimientos... Ya sabéis que gozo de gran partido con las damas. Además, estoy en deuda de más de veinte visitas. ¡Ya se ve, los hombres de alguna importancia como yo, están siempre llenos de negocios!... Lo siento, Príncipe mío, pero apenas puedo (Mirando otra vez el reloj.) disponer de veinte minutos.
PRÍNCIPE.- ¿No os ha dicho nada la Duquesa acerca de...?
MARQUÉS.- ¿Acerca de qué?
PRÍNCIPE.- Acerca del enlace de la condesa Adelaida.
MARQUÉS.- ¡Se casa!
PRÍNCIPE.- Sí.
MARQUÉS.- ¿Con quién?
PRÍNCIPE.- Todavía es un secreto.
MARQUÉS.- Me vais a hacer morir de curiosidad, y sentiría que otro lo averiguase antes que yo.
PRÍNCIPE.- Descuidad.
MARQUÉS.- Será preciso casarse: los solterones hacemos ya mal papel en Palacio.
PRÍNCIPE.- ¡Casaros vos, el afamado seductor, el espanto de los maridos!
MARQUÉS.- ¡Oh! Soy el niño mimado de las damas.
PRÍNCIPE.- Ahora recuerdo ¿Sabéis que anoche se dijo en el aposento de Su Alteza que vuestra fama de galanteador afortunado es una usurpación?
MARQUÉS.- ¿Y quién fue el mentecato?...
PRÍNCIPE.- Varias damas se reían a costa vuestra.
MARQUÉS.- ¡Eh!
PRÍNCIPE.- Asegurando que ha ya largo tiempo corréis desolado tras una chicuela que desprecia vuestros obsequios...
MARQUÉS.- ¡Ya caigo! ¡La florista Ángela! ¡Todo se sabe!
PRÍNCIPE.- Y añadían que tenéis un rival preferido.
MARQUÉS.- Ese rival es vuestro hijo Conrado.
PRÍNCIPE.- Lo sabía también. Yo os defendí, como era natural, y aposté en vuestro nombre mil escudos a que antes de tres días habíais conseguido rendir a esa rebelde hermosura.
MARQUÉS.- Aventuradilla me parece la apuesta.
PRÍNCIPE.- ¿Y sois vos el temible seductor? ¡Vergüenza me da el oíros!
MARQUÉS.- No desespero, sin embargo... Al Marqués de Pompiliani no se le hace un desaire tan fácilmente.
PRÍNCIPE.- Y os lo advierto; vais a servir de mofa a todo el mundo.
MARQUÉS.- ¡Es verdad!
PRÍNCIPE.- Tal vez a perder vuestro influjo en Palacio.
MARQUÉS.- ¡Pudiera ser!
PRÍNCIPE.- Ni esperéis después de tal desastre obtener la menor victoria.
MARQUÉS.- ¡No tanto, amigo, no tanto!
PRÍNCIPE.- ¿Cuál de nuestras lindas cortesanas os ha de otorgar su amor si una plebeya os lo rehúsa?
MARQUÉS.- (¡Tiene razón!)
PRÍNCIPE.- Las mujeres son así: ven que un hombre es amado, todas desean su cariño; ven que es desdeñado, todas le desdeñan.
MARQUÉS.- (Levantándose.) Si yo pudiera introducirme en casa de esa muchacha en ocasión de que estuviese sola...
PRÍNCIPE.- Nada más fácil.
MARQUÉS.- ¿Fácil?
PRÍNCIPE.- ¿Puedo contar con vuestro sigilo?
MARQUÉS.- Como con el de un muerto.
PRÍNCIPE.- Pues hoy mismo os veréis dentro de su casa y a solas con ella.
MARQUÉS.- ¡Oh incomparable amigo!
PRÍNCIPE.- Deseo ayudaros.
MARQUÉS.- ¡Venceré!
PRÍNCIPE.- ¿Le habéis hecho algún presente?
MARQUÉS.- Ninguno: le compraré un aderezo y se lo llevaré hoy.
PRÍNCIPE.- Hoy no: primero ved cómo se presenta y a la segunda entrevista...
MARQUÉS.- Corriente... ¡Oh! (Mirando el reloj.) ¡Mendoza que me estará esperando! ¡Hacer esperar a un caballero español que tiene la bondad de convidarle a uno a probar vinos de su tierra!... ¿Qué disculpa le daré?... ¡Adiós, Príncipe! Vive cerca, y en mi coche, que me espera abajo... Vuelvo en seguida para llevar a cabo nuestro plan... ¡Asegurar que mi fama es una usurpación!... ¡Envidia, ruin envidia y nada más! ¡Oh! Yo les haré ver...
Sale precipitadamente por el foro con el sombrero debajo del brazo.
Escena IV
El PRÍNCIPE, en seguida un UJIER, después CONRADO.
PRÍNCIPE.- Para que un necio no fuese presumido, sería menester que el necio no fuese necio. ¡He ahí los escalones colocados en los palacios para facilitar la elevación de los hombres de talento!- (Toca una campanilla y se presenta un UJIER en la puerta del foro.) El capitán Conrado está de guardia. Decidle que el Príncipe su padre le aguarda aquí. (El UJIER saluda y vase.) Este enlace es indispensable. Sólo así lograré vencer la inexplicable antipatía de la Condesa; sólo así se decidirá Su Alteza a arrostrar el poderoso influjo de Conti en todo el Ducado, otorgándome lo que él tan ardientemente ambiciona. He aquí el colmo de todos mis afanes, el último paso en el camino que emprendí ignorado y miserable.-¿Y he de retroceder ahora porque el capitán Conrado se haya enamorado de la florista Ángela?-Adelante.
CONRADO.- (Desde la puerta del foro.) ¿Me habéis mandado llamar?
PRÍNCIPE.- Sí, hijo mío. (En tono afable.) Acércate. (CONRADO obedece.) Apenas te veo.-¿Por qué te alejas de un padre que tanto te quiere?
CONRADO.- ¡Me lo habéis dado a conocer tan pocas veces!
PRÍNCIPE.- ¿Y qué valen esas demostraciones pueriles que nada prueban?
CONRADO.- ¡Oh, señor! Todo afecto legítimo busca con avidez ocasión de manifestarse.
PRÍNCIPE.- Te he mandado llamar porque tengo que hablarte de un asunto muy interesante para ti. Prueba de ternura es en el padre procurar el engrandecimiento del hijo.
CONRADO.- No soy ambicioso.
PRÍNCIPE.- Lo sé: necesitas una mano que te eleve.
CONRADO.- Más bien una mano que me acaricie.
PRÍNCIPE.- Eres el heredero del nombre de tu madre, y es fuerza que tu posición en la Corte se consolide de una vez y para siempre.
CONRADO.- ¿No tengo ya un grado militar que otros no logran sino después de haber encanecido en los campos de batalla?
PRÍNCIPE.- En los palacios, hijo mío, no dar un paso adelante equivale a darlo hacia atrás.
CONRADO.- Nada me importa retroceder.
PRÍNCIPE.- ¿Cuál es, pues, el objeto de tu vida?
CONRADO.- No envidiar, no ser envidiado.
PRÍNCIPE.- ¡Joven! los necios tan sólo gozan de ese bien.
CONRADO.- En mi pecho hay cabida para todo sentimiento noble y puro; mi cabeza rechaza toda idea de ambición.
PRÍNCIPE.- Si de ti dependiera, vivirías contento entre el polvo de la plebe.
CONRADO.- Tal vez me parecería preferible a vivir entre el fango de la Corte.
PRÍNCIPE.- Recuerda el lugar en que nos hallamos.
CONRADO.- Descuidad: las paredes de los palacios están acostumbradas a oír maldecir de sus dueños.
PRÍNCIPE.- (Afectuosamente.) A pesar tuyo, quiero hacerte dichoso. Tal es mi obligación. He decidido casarte.
CONRADO.- ¡Casarme!
PRÍNCIPE.- Ya he pedido para ti la mano de una ilustre y poderosa dama, que es el mejor partido de la Corte.
CONRADO.- (¡Cielos!)
PRÍNCIPE.- Dentro de breves días se verificará la boda. Así lo quiere Su Alteza, que es la mayor amiga de esa dama.
CONRADO.- ¡Su nombre! ¡Su nombre!
PRÍNCIPE.- La condesa Adelaida.
CONRADO.- ¡Cómo!... ¡La Condesa mi esposa! ¿Y sois vos quien me lo propone?... No; no puede ser.
PRÍNCIPE.- ¿Por qué razón?
CONRADO.- ¡Qué! ¿Pretendéis acaso que vuestro hijo se llame esposo de esa mujer? Recordad que en vida de nuestro anterior soberano fue condenada por el irrecusable fallo del mundo. Recordad... Pero me exalto sin razón... No, no es posible, lo repito. Habéis querido burlaros de mí.
PRÍNCIPE.- ¿Y te atreves a dar crédito a tan infundadas hablillas? Ésa es una fábula inventada por el vulgo.
CONRADO.- Hay ocasiones en que la deshonra aparente es también deshonra.
PRÍNCIPE.- ¿Así premias mis esfuerzos?
CONRADO.- Desistid de tan desacordado empeño; os lo ruego por la memoria de mi madre.
PRÍNCIPE.- La mujer que te doy es bella.
CONRADO.- En el rostro nada más.
PRÍNCIPE.- Rica.
CONRADO.- No de virtudes.
PRÍNCIPE.- Noble.
CONRADO.- No de corazón.
PRÍNCIPE.- Acuérdate de que soy tu padre.
CONRADO.- Tomad mi vida, que os pertenece: el honor es emanación del alma, y el alma pertenece a Dios.
PRÍNCIPE.- ¡Conrado! Estoy decidido a hacerme obedecer: me obedecerás. ¡He ofrecido que serás esposo de esa dama: lo serás!
CONRADO.- ¡No, y mil veces no!
PRÍNCIPE.- (Acercándose a CONRADO y poniéndole una mano sobre el hombro.) Si antes de dos horas no has accedido a mis justos deseos, me dirigiré yo propio a casa de una florista llamada Ángela, y ella tal vez pueda informarme de la verdadera causa de tu negativa.
CONRADO.- ¡Cómo! ¿Qué decís?
PRÍNCIPE.- ¡Mentecato! Creías que yo ignoraba...
CONRADO.- ¡Cielos!
PRÍNCIPE.- ¿Por qué tiemblas? ¿Qué ha sido de tanto arrojo y decisión?
CONRADO.- Oídme.
PRÍNCIPE.- ¡Ay de ti! ¡Ay de ella si no me obedeces!
CONRADO.- Pues bien, no os han engañado (Como tomando una firme resolución.); esa joven es la única que tiene derecho a llamarse esposa mía.
PRÍNCIPE.- ¡Conrado!
CONRADO.- Ésta es mi última determinación. Haced de mí lo que queráis.
Dirigiéndose hacia el foro.
PRÍNCIPE.- Detente.
CONRADO.- Es preciso poner término a este altercado. El cielo os guarde, señor.
Vase por la izquierda.
PRÍNCIPE.- ¡Oh, miserable!
Siguiéndole hasta que se encuentra con el MARQUÉS.
Escena V
El PRÍNCIPE, el MARQUÉS y a poco ARALDI.
MARQUÉS.- ¡Qué néctar, Príncipe mío, qué néctar! ¡Un Málaga delicioso! ¡Un jerez divino! Si ahora pudiera ver a mi rebelde florista, yo le aseguro...
PRÍNCIPE.- Dentro de una hora os conducirá Araldi a su casa.
MARQUÉS.- ¡Hola, el doctor! Mirad qué precioso aderezo he comprado al paso. (Mostrándole uno que saca del bolsillo.) En cuanto ella vea brillar los diamantes...
PRÍNCIPE.- Y ya puedo deciros quién se casa con la Condesa.
MARQUÉS.- ¿Quién es el afortunado mortal?
PRÍNCIPE.- Mi hijo Conrado.
MARQUÉS.- ¡Magnífico! Antes de quince días será general.
PRÍNCIPE.- Vos sois el primero que lo sabe y...
MARQUÉS.- ¡Qué dicha! Voy a contárselo a todo el mundo.
PRÍNCIPE.- Sí, sí, corred; no vaya otro a averiguarlo y se os adelante...
MARQUÉS.- No faltaba más: antes de veinte minutos no habrá bicho viviente que no lo sepa. (Dirígese corriendo hacia la puerta del foro y choca con ARALDI, que entra: le alarga la mano y se aleja.) Hasta luego, Doctor. (Volviendo.) ¡Ah! Conrado se casa con la Condesa.
Vase precipitadamente.
ARALDI.- ¿Qué habéis logrado?
PRÍNCIPE.- Sígueme y lo sabrás.
Dirígese, seguido de ARALDI, hacia la puerta de la derecha del primer término.
FIN DEL ACTO PRIMERO
Habitación humilde en casa de ÁNGELA: puerta al foro, que es la de entrada; dos a la izquierda; a la derecha un balcón en primer término; más allá una puerta secreta; mesas, sillas, etc.
Escena primera
ÁNGELA aparece sentada cerca de una mesa haciendo flores artificiales, que coloca en un canastillo; poco después MAGDALENA entra por la puerta del foro.
ÁNGELA.- ¡Cuánto tarda hoy! Estará de guardia en palacio. ¡Qué largas son las horas contadas minuto por minuto! ¡Conrado! ¡Conrado! En este momento en que yo pienso en él, él pensará en mí, y pensar en él es como verle; recordar sus palabras es como oírle. ¿Por qué no he nacido digna de ti?
MAGDALENA.- (Entrando.) ¡Ángela! ¡Ángela!
ÁNGELA.- ¡Mi madre!
MAGDALENA.- Acércame una silla.
ÁNGELA.- (Acercándola.) ¡Qué agitada venís!
MAGDALENA.- Sí; me he cansado bastante.
Sentándose.
ÁNGELA.- ¡Oh, no; algo, os ha sucedido!
MAGDALENA.- Pues bien, no te engañas. Vengo de muy mal humor.
ÁNGELA.- ¿Acaso se ha negado alguna dama a satisfaceros el importe de flores hechas por mí? No os apuréis por eso.
MAGDALENA.- Sí, sí; de flores se trata ahora.
ÁNGELA.- ¿Pues de qué?
MAGDALENA.- De una noticia que he oído dar en la calle.
ÁNGELA.- ¡Una noticia!
MAGDALENA.- Que corre de lengua en lengua. ¡Ya se ve, el hijo de un Príncipe!
ÁNGELA.- ¿Habláis de Conrado?
MAGDALENA.- Del mismo, señorita, del mismo.
Levantándose.
ÁNGELA.- ¿Qué sucede?
MAGDALENA.- (Haciendo esfuerzos para mostrarse severa.) Vas a saberlo al instante... y te advierto que estoy decidida a hacerme obedecer... y cuidado conmigo... (Cambiando de tono y afectuosamente.) Pero prométeme no alarmarte, ni...
ÁNGELA.- ¿Le amenaza algún peligro?...
MAGDALENA.- (Yendo de un lado a otro de la escena.) ¡Eso es! Ya estás fuera de ti.
ÁNGELA.- ¡No os enojéis!
MAGDALENA.- Desde que ayer descubrí el secreto de vuestro insensato amor, hice propósito de poner término a tal desvarío, aunque aparentemente cedí a vuestras súplicas. Hoy es preciso tomar una resolución pronta, terminante. ¿Lo entiendes? Y no hay que venirme con lloriqueos... ¿Estamos?
ÁNGELA.- Nunca me habéis reñido así.
MAGDALENA.- ¿Quién se lo hubiera figurado al verle ayer arrojarse a mis pies, besar mis manos, llorar como un chiquillo? Vamos, que me enterneció y no tuve valor para plantarle en la calle... ¡Y en tanto el muy bribón!...
ÁNGELA.- ¿En qué ha podido ofenderos hoy?
MAGDALENA.- Yo me entiendo. Conque lo dicho: ese joven no ha de pisar más esta casa.
ÁNGELA.- ¡Madre!
MAGDALENA.- ¡Silencio! Nada oigo. Alguna vez se ha de hacer lo que yo mande.
ÁNGELA.- Pero ¿qué es lo que habéis oído decir en la calle?
MAGDALENA.- (Parándose y con decisión.) Conrado...
ÁNGELA.- ¿Qué?
MAGDALENA.- Va a contraer matrimonio con una dama de Palacio.
ÁNGELA.- ¡Oh! ¡Os han engañado! ¡No puede ser!
MAGDALENA.- (Sentándose.) En hora buena: lo que yo quiero es que hoy mismo le despidas.-Que no vuelva, que nos deje en paz.
ÁNGELA.- ¡Si fuese cierto!
MAGDALENA.- (Levantándose y haciendo sentar a su hija.) ¿Qué es eso? Te pones pálida. Ven: siéntate aquí. Vamos, juicio, tranquilízate. Como tú has dicho muy bien, pueden haberme engañado.
ÁNGELA.- (Levantándose y abrazándola.) ¡Madre mía!
MAGDALENA.- Sí; yo bien conozco...; pero si Conrado no ha de ser nunca esposo tuyo, ¿qué otro recurso te queda? ¿Qué loca esperanza puedes abrigar?
ÁNGELA.- ¿Acaso no puedo amarle mientras me dure la vida sin que mi conciencia tenga nunca que reconvenirme la más leve falta? ¿Renunciar a su cariño? Conozco que no me será posible. Me vio, le vi, y nuestras almas quedaron unidas para siempre. ¡Para siempre, madre mía! Quísolo así el Dios protector de los que nacen para amar y ser amados.
MAGDALENA.- Reflexiona, desdichada, que su padre es inexorable; y si llegase a averiguar...
ÁNGELA.- ¿Qué haría?
MAGDALENA.- Separaros.
ÁNGELA.- ¿Y cómo se separan los corazones?
MAGDALENA.- Puede también castigarte severamente.
ÁNGELA.- No convertir el amor en odio.
MAGDALENA.- Conrado cedería al fin al mandato y la amenaza.
ÁNGELA.- ¡Conrado no me olvidará nunca!
MAGDALENA.- Eso es: complácete en atormentarme. Vive una veinte años adivinando los deseos de una hija, enjugando su más infundada lágrima a costa de cualquier sacrificio, temblando siempre por ella, afanándose por ella sin cesar. Un día acierta a pasar por delante de los balcones de la niña un joven que la mira dulcemente: murmura a la primera ocasión cuatro halagüeñas frases a su oído, y la pobre anciana se ve privada al punto de su único bien en la tierra, el cariño de su hija. Si le advierte el riesgo que la amenaza, si no la deja correr a una perdición segura, pronto se la oye exclamar: «madre inclemente, madre tirana». Al tierno consejo opone el más frío desdén; al justo mandato la resistencia más tenaz, y a veces llega a maldecir a la que le ha dado el ser.
ÁNGELA.- ¡Por piedad!...
MAGDALENA.- Es muy natural: el galán que se presentó ayer a sus ojos vale más que la madre que ha envejecido amándola.
ÁNGELA.- No más; no más. Hoy mismo le daré mi último adiós.
MAGDALENA.- (Abrazándola.) Sí, sí, hija mía; es preciso: no hay otro remedio... En caso contrario crees que yo...
Escena II
DICHAS y JULIETA.
JULIETA.- Señora.
MAGDALENA.- ¿Qué hay?
JULIETA.- Un hombre ha venido a decir que una dama que vive en la calle de San Florencio, número 15, desea ver a la señora Magdalena para hacerle un encargo.
MAGDALENA.- ¿A mí? ¿Qué me querrá?... ¡Ya caigo! Flores para algún adorno. ¡Vaya un paseo! No importa. Voy corriendo. No estamos en el caso de descuidar nuestros intereses. Julieta me acompañará. Y en cuanto venga ese señor..., ya sabes... lo que te he dicho.
ÁNGELA.- Fiad en mí.
MAGDALENA.- (Besándola.) Vamos, un beso y a no llorar. (Volviéndose.) ¡Te quiero tanto! Bien lo sabes. Ven conmigo hasta la puerta y allí te daré otro abrazo.
Vanse.
Escena III
MARQUÉS y ARALDI.
ARALDI.- (Abriendo con gran precaución la puerta secreta.) Entrad: ya se han ido.
MARQUÉS.- Puerta es ésta, querido doctor, a que muy bien pudiera llamar puerta de mis esperanzas.
ARALDI.- Os dejo: mi presencia está aquí de más.
MARQUÉS.- (Deteniéndole.) ¿Conque la señora Magdalena tardará en volver?
ARALDI.- Sin duda.
MARQUÉS.- No perdáis de vista a Conrado.
Se repite el mismo juego.
ARALDI.- ¿Tenéis miedo?
MARQUÉS.- ¿La prudencia es miedo por ventura?
ARALDI.- Adiós, pues. Os deseo buena suerte.
MARQUÉS.- Ya os contaré después...
ARALDI.- Vamos a avisar al Príncipe.
Vase por la puerta secreta y cierra.
Escena IV
MARQUÉS, a poco ÁNGELA.
MARQUÉS.- Heme ya en campaña. ¡Ahora veremos, encantadora plebeya, si eres capaz de desairarme!... Triunfaré... ¿Quién lo duda? Sería la primera que hubiese podido resistir al atractivo de mi persona... Ya viene... ¡Llegó el momento!
Yendo a su encuentro.
ÁNGELA.- ¡Ah! ¿Quién sois? ¿Por dónde habéis entrado? ¿Qué queréis?
MARQUÉS.- Soy el Marqués de Pompiliani, uno de los primeros nobles de la Corte, como ya debes saberlo: he entrado... por alguna parte puesto que estoy aquí, y quiero lo que ya te han dicho mis miradas: que me quieras.
ÁNGELA.- Reportaos, caballero.
MARQUÉS.- Sobrada esquivez me parece la tuya, y te digo francamente...
ÁNGELA.- Lo que yo os digo, caballero, es que salgáis al punto de esta casa.
MARQUÉS.- No es poco decir.
ÁNGELA.- ¿A qué esperáis?
MARQUÉS.- ¡Bah! No te hagas la desdeñosa, picaruela: si al fin y al cabo has de volverte loca de amor por mí.
ÁNGELA.- ¡Ese lenguaje!...
MARQUÉS.- Efectivamente, no es el más propio en esta ocasión. Pero me resta añadir que soy rico, muy rico.
ÁNGELA.- Callad: me avergonzáis.
MARQUÉS.- (¡Cuánto melindre!)
ÁNGELA.- Salid.
MARQUÉS.- Esto ya es demasiado; y un hombre de mi alcurnia...
ÁNGELA.- Es el más despreciable de todos si lo ilustre de su apellido sólo sirve de máscara a la ruindad de su pecho.
MARQUÉS.- (No, no es muda la niña. Vamos, ésta es de aquellas que ponen el grito en el cielo si algo se les pide, y que nada dicen si uno...)
ÁNGELA.- Si persistís en quedaros, yo seré la que...
Dirigiéndose a la puerta del foro.
MARQUÉS.- Reconozco mi error; te he ofendido, y en señal de arrepentimiento voy a darte un abrazo.
ÁNGELA.- (Deteniendo al MARQUÉS.) Apartad.
MARQUÉS.- ¡Ingrata! ¡Si tú supieras el regalo que pienso hacerte!
ÁNGELA.- ¡Caballero!...
MARQUÉS.- Y has de prometerme olvidar a ese badulaque de Conrado, que no te ama, que te está engañando como a una tonta. Y si no te deja pronto en libertad, lo he resuelto, muere a mis manos.
ÁNGELA.- Salid, o doy voces por este balcón (Asomándose a él.) ¡Cielos!
MARQUÉS.- (Asomándose también.) ¿Qué es eso? ¡Oh! Conrado viene hacia aquí. (Buena la hemos hecho.) Si salgo me verá. (Acercándose a la puerta secreta y empujando con disimulo.) (Han cerrado por dentro.)
ÁNGELA.- ¡Huid, huid!
MARQUÉS.- ¡Huir yo!... Si hubiese algún aposento donde poder ocultarme...
ÁNGELA.- (Si le halla aquí, su furor nos comprometerá a todos.)
MARQUÉS.- No por miedo, no; al contrario. Él es atrevido... Yo... yo me conozco bien, y quiero evitar una desgracia.
ÁNGELA.- Corro a su encuentro. Escondeos ahí.
Indicando la puerta de la izquierda más cercana al proscenio. Vase.
MARQUÉS.- Si me descubre hará un disparate. Estoy seguro.
Entra precipitadamente y cierra la puerta.
Escena V
ÁNGELA, CONRADO y ALBERTO, sostenido por ambos.
CONRADO.- ¡Animo!
ALBERTO.- Gracias, hijo mío, gracias.
ÁNGELA.- (Acercando una silla.) Sentaos.
CONRADO.- Figúrate que le he encontrado en el portal extenuado de hambre y de fatiga, próximo a desfallecer.
ÁNGELA.- ¡Pobre anciano! Venid a aquel aposento: os daré algún refrigerio, y después podréis dormir.
ALBERTO.- ¡Oh! no tengo fuerzas (Va a levantarse y vuelve a caer en la silla.) para ponerme en pie. He andado tanto hoy para llegar hasta aquí: he sentido tal emoción al pisar el suelo que me vio nacer.
CONRADO.- ¿Venís de fuera?
ALBERTO.- Vengo de Escocia, donde he estado preso veinte años; veinte, hijos míos.
CONRADO.- ¿Cuál fue vuestra culpa?
ALBERTO.- Cuando españoles y franceses luchaban encarnizadamente en Italia contra ingleses y austriacos, formé parte de las tropas de los primeros. En un reñido combate tuve la fortuna de matar por mi propia mano a un famoso general inglés y la desgracia de caer prisionero. Llamado por su Gobierno el regimiento que me tenía en su poder, fui arrastrado a Inglaterra entre otros muchos que se hallaban en mi misma situación.
CONRADO.- ¡Infeliz!
ALBERTO.- A pesar de haber terminado la guerra, he permanecido en un calabozo, olvidado de los hombres.
CONRADO.- Pero al fin...
ALBERTO.- Sí; al fin me han dicho: «anda, si puedes, y mendiga un pedazo de pan».
CONRADO.- Yo procuraré que nada os falte. Vamos, venid y descansad un momento.
ALBERTO.- Dios os lo premie, caritativas criaturas.
ÁNGELA.- No hay mayor consuelo para un pobre que el de socorrer a otro que lo sea más.
Ambos ayudan a levantarse a ALBERTO y le conducen a la puerta de la izquierda de segundo término. Contado vuelve a aparecer en seguida. El MARQUÉS entreabre la puerta del cuarto en que se hallan.
MARQUÉS.- Parece que se van... (Al ir a salir ve a CONRADO, entra precipitadamente en el mismo aposento y cierra la puerta.) Si pudiera escurrirme... ¡Oh!
Escena VI
CONRADO, a poco ÁNGELA.
CONRADO.- ¡Eh!, me pareció oír hacia ese lado... Tal vez la señora Magdalena, que acabará de entrar... ¡Yo que esperaba poder hablar a solas con Ángela! ¡Cuán buena! ¡Cuán hermosa! ¡Y quieren que te olvide, que renuncie a tu amor! ¡Antes a la luz, al aire que respiro! ¡Oh! (ÁNGELA, que sale del aposento en que antes entró con ALBERTO.) Ven, siéntate a mi lado. (Se sientan.) Dame tu mano, (Asiéndola.) ¿Me amas?
ÁNGELA.- (¡Y ese hombre que nos estará escuchando!)
CONRADO.- ¿No me respondes? ¿Estás distraída? ¿Qué tienes?
ÁNGELA.- Yo... nada.
CONRADO.- Quieren que te olvide, que me una a otra mujer.
ÁNGELA.- Ya lo sabía; esa noticia ha llegado hasta este humilde albergue.
CONRADO.- Y ¿así me lo dices, cuando por ti acabo de exponerme a la cólera de mi padre, a la de nuestros soberanos, cuando creí que al saberlo se iba a hacer mil pedazos tu corazón?
ÁNGELA.- Mi madre me ha mandado que hoy os vea por la última vez.
CONRADO.- Ángela, ¿quieres hacerme aún más desgraciado?
ÁNGELA.- Quiero obedecer a mi madre.
CONRADO.- Bien lo veo: estás celosa. ¡Celosa tú! Ingrata: júzgame por ti misma. Nada temas. Mi padre quiere convertirme en ciego instrumento de su ambición, y también las leyes del honor autorizan mi desobediencia. Parece mentira que ese hombre me haya dado el ser, y, a poderlo dudar, creo que lo dudaría. No hay en el mundo dos seres más diferentes, más incompatibles: él y yo somos los dos polos opuestos de la raza humana. Es un crimen que pesa sobre mi conciencia como una roca, que como fantasma aterrador me persigue durante el día y se me aparece en sueños; pero, a pesar de todos mis esfuerzos, no está en mi mano el evitarlo.
ÁNGELA.- ¡Calla, por Dios!
CONRADO.- ¡Oh!, tú eres, tú, Ángela mía, el único lazo que me liga a la existencia. Ni amenazas, ni castigos podrán romperle. Por cada palabra tuya, una nueva lucha; por cada caricia, un nuevo tormento. Y si hay en ti decisión bastante, habla: mañana, hoy mismo salimos del Ducado: tu madre, que ya lo es mía también, vendrá con nosotros. Cualquier rincón de la tierra nos dará abrigo: la mirada protectora de Dios abarca el mundo entero.
ÁNGELA.- Ya os lo he dicho, Conrado: hoy nos vemos por la última vez.
CONRADO.- Ángela, ¿qué significa esto?
ÁNGELA.- Tal es la voluntad de mi madre.
CONRADO.- ¡Estoy soñando! Tú no eres la misma. No importa: voy a hablar a tu madre.
Dirigiéndose a la puerta del aposento en que se halla el MARQUÉS.
ÁNGELA.- ¡Detente!
Dando un grito y corriendo a cerrarle el paso.
CONRADO.- ¡Qué zozobra! ¡Qué agitación!
ÁNGELA.- Mi madre ha salido.
Mirando hacia la puerta sin poder calmar su ansiedad.
CONRADO.- Pues antes me pareció haber oído ruido en ese aposento.
ÁNGELA.- (¿Qué le diré?)
CONRADO.- ¿Por qué miras tanto hacia esa puerta?
ÁNGELA.- ¡Yo!
CONRADO.- Permíteme entrar en este aposento. (Dirigiéndose a la puerta.) Es un capricho.
ÁNGELA.- ¡Imposible!
Poniéndose delante.
CONRADO.- Ahora mismo.
Asiéndola de un brazo y separándola.
ÁNGELA.- Todo te lo diré.
CONRADO.- Nada quiero que me digas.
ÁNGELA.- Oye.
CONRADO.- Nada oigo. Aparta.
La rechaza violentamente y abre la puerta.
ÁNGELA.- ¡Oh!
CONRADO.- ¡Cielos! ¡Un hombre!
ÁNGELA.- Es...
CONRADO.- Salid, caballero.
Escena VII
DICHOS, el MARQUÉS.
MARQUÉS.- (¡Valor!)
CONRADO.- ¿Qué hacéis aquí?
ÁNGELA.- Moderad vuestra cólera.
CONRADO.- No vos, el Marqués es quien debe contestar.
MARQUÉS.- Y sepamos, ¿con qué derecho me hacéis esa pregunta?
CONRADO.- Figuraos que es con el de la fuerza.
ÁNGELA.- ¿Queréis deshonrarme con un escándalo?
MARQUÉS.- No diré una palabra.
CONRADO.- Pues bien, seguidme.
MARQUÉS.- ¿Adónde?
CONRADO.- ¡Sois un cobarde!
MARQUÉS.- Poco a poco.
CONRADO.- Venid.
Escena VIII
DICHOS, MAGDALENA, a poco JULIETA.
MAGDALENA.- ¿Quién da voces en mi casa?
ÁNGELA.- ¡Mi madre!
CONRADO.- Preguntaba a este caballero el objeto de su visita.
MAGDALENA.- (Al MARQUÉS.) ¿Sois vos, por ventura, el que me ha enviado un falso aviso que me ha obligado a ausentarme?
MARQUÉS.- Yo... os aseguro...
MAGDALENA.- Ángela, ¿qué ha sucedido?
ÁNGELA.- Hoy es día de desgracias: quiera el cielo que ésta sea la última.
JULIETA.- (Entrando.) Señora, señora; vengo muerta.
MAGDALENA.- ¿Qué ocurre?
JULIETA.- No bien acabábamos de entrar, cuando se han presentado a la puerta varios hombres, mandando abrir en nombre del Príncipe de San Mario.
CONRADO.- ¡Mi padre!
ÁNGELA.- ¡Gran Dios!
MARQUÉS.- (¿Qué vendrá a hacer aquí?)
JULIETA.- ¿Qué debo hacer?
CONRADO.- Abrir la puerta.
MAGDALENA.- ¿Qué otro recurso nos queda? (Vase JULIETA.) Lo habrá descubierto todo. (A su hija.) ¿Qué te decía yo?
ÁNGELA.- Ocultaos.
CONRADO.- ¡Abandonaros en el momento del peligro! ¡Nunca!
MAGDALENA.- Ocultaos, caballero. ¡Yo hablaré a vuestro padre!
CONRADO.- ¡Mi deber es defenderos!
MARQUÉS.- (Buena se va a armar.)
CONRADO.- Corro yo mismo a recibirle.
Dirigiéndose hacia la puerta del foro.
Escena IX
DICHOS, el PRÍNCIPE y su comitiva; ALBERTO, que sale del aposento en que se hallaba y queda como estupefacto al ver al PRÍNCIPE.
PRÍNCIPE.- Seguro estaba de encontraros aquí.
A CONRADO, desde la puerta del foro.
ALBERTO.- ¡Cielos! ¡Él es!
Se queda retirado cerca del fondo.
MAGDALENA.- Vuestra Excelencia me permitirá que le diga...
PRÍNCIPE.- (Bajando al proscenio.) ¿Sois la madre de la joven que está presente?
MAGDALENA.- Sí, señor.
PRÍNCIPE.- Y vos, señor Marqués, ¿sois también amante de esa muchacha?
CONRADO.- ¡Padre!
ÁNGELA.- ¡Dios mío!
MARQUÉS.- (¡Pues me gusta! Cuando él ha sido quien...)
PRÍNCIPE.- (A ÁNGELA.) ¿Sabíais que este joven es hijo mío?
ÁNGELA.- Lo sabía.
PRÍNCIPE.- ¿Os ha dicho que os ama?
CONRADO.- Mil veces a sus pies.
PRÍNCIPE.- ¿Y no tembláis al veros en mi presencia?
ÁNGELA.- El inocente no tiembla, y... ya lo veis..., no tiemblo.
MAGDALENA.- Yo no lo he descubierto hasta ayer, y hoy debían verse por la vez postrera.
PRÍNCIPE.- ¿Creéis que puedo dar crédito a semejante enredo?
MAGDALENA empieza a romper un pañuelo con las manos.
CONRADO.- ¡Por compasión!
PRÍNCIPE.- Sígueme: sal para siempre de una casa donde se tolera la presencia de dos amantes.
MAGDALENA.- ¡Qué estáis diciendo!
MARQUÉS.- (Al PRÍNCIPE.) (Pero ya sabéis que yo...)
PRÍNCIPE.- (Silencio.) Por esta vez os perdono; pero el castigo será doblemente severo si en lo sucesivo no ponéis enmienda en vuestra conducta.
CONRADO.- ¿Y sois vos? ¿Mi padre?... ¡Detesto la vida que me habéis dado!
ÁNGELA.- Salid, Conrado; yo soy quien os arroja para siempre de esta casa.
PRÍNCIPE.- (Arrojando una bolsa sobre la mesa.) Añadid este oro al que os haya dado mi hijo, y no hay que hablar más del asunto. (A CONRADO, dirigiéndose hacia el foro.) Sígueme.
MAGDALENA y ÁNGELA.- ¡Oh!
CONRADO.- ¡Qué iniquidad!
ÁNGELA.- Perdón, madre mía, perdón. Habéis ultrajado a mi madre. ¡Sois un miserable!
PRÍNCIPE.- (Volviendo al proscenio.) ¿Qué decís?
ÁNGELA.- He dicho que sois un miserable.
PRÍNCIPE.- ¡Insensata!
ÁNGELA.- Hazaña es de todos los cobardes ultrajar a quien no se puede defender. Y este oro..., ¿qué hace aquí este oro? ¿Quién os ha pedido una limosna? Tal vez estéis acostumbrado a comprarlo y venderlo todo con el oro. Pero la pobreza honrada no se vende, ¿lo oís? (Arrojándole la bolsa a los pies.) Tomad vuestro dinero.
CONRADO.- ¿Qué has hecho?
ÁNGELA.- (Arrojándose en sus brazos) ¡Vengar a mi madre!
MAGDALENA.- Hablaré a Su Alteza. Se lo contaré todo.
PRÍNCIPE.- Sí, sí. Corred.
MAGDALENA.- Comprendo: el Duque, ocupado en sus placeres y olvidado de su pueblo, se burlaría de la viuda y la huérfana de un soldado que murió en el campo de batalla, y aplaudiría la hazaña del cortesano adulador.
PRÍNCIPE.- Su Alteza castigará tanta osadía.
MAGDALENA.- Eso quiere decir que es tan villano como vos.
PRÍNCIPE.- Habéis ultrajado a vuestro soberano. (A su comitiva.) Apoderaos de esa mujer.
ÁNGELA.- ¡De ella no! De mí, de mí que os he llamado miserable, de mí que soy la única culpada.
PRÍNCIPE.- Obedeced.
Los criados van a apoderarse de ella. CONRADO se coloca delante, desnudando la espada.
CONRADO.- ¡Ay del que se atreva a tocarla!
ÁNGELA.- ¡Oh! ¡Perdón! ¡Piedad para mi madre!
Cayendo a los pies del PRÍNCIPE.
MAGDALENA.- (Haciéndola levantarse.) ¡Levanta!
PRÍNCIPE.- ¿No habéis oído?
CONRADO.- El que dé un paso más cae muerto a mis pies.
PRÍNCIPE.- (Quitándole la espada.) Hiéreme a mí si te atreves.
MAGDALENA.- ¡Vamos!
Dirigiéndose hacia el foro.
CONRADO.- Yo no me separo de vos.
Siguiendo a MAGDALENA.
PRÍNCIPE.- (Al MARQUÉS.) (Logré mi objeto. Os dejo el campo libre.)
MARQUÉS.- ¡Mejor!
PRÍNCIPE.- Enviadle el aderezo.
Vase también precipitadamente.
Escena X
ÁNGELA y ALBERTO.
ÁNGELA.- ¡Y ese hombre es padre!
ALBERTO.- No, no lo es. Dios no da hijos a esas fieras humanas.
ÁNGELA.- ¡Qué decís!
ALBERTO.- ¡Conrado no es su hijo! Necesito hablaros.
ÁNGELA.- Ahora a acompañar a mi madre.
ALBERTO.- ¡Vamos!
Salen.
FIN DEL ACTO SEGUNDO
La misma decoración.-Es de noche.
Escena primera
ÁNGELA y ALBERTO: ambos aparecen sentados.
ALBERTO.- Hace veinticuatro años, Luis Lamberti era un joven pobre y obscuro. Prendose de él la Princesa de San Mario, y, atropellando por todo, diole mano de esposa. A fin de evitar la presencia de los parientes y amigos, que clamaban contra este enlace, partieron ambos a Milán, donde fijaron su residencia. Quebrantada la salud de la Princesa, perdió la vida antes de que hubiese transcurrido un año. Dos días antes había expirado su camarera Isabel, esposa mía, al dar a luz un hermoso niño.
ÁNGELA.- Continuad.
ALBERTO.- Lamberti, que habiendo muerto la Princesa sin dejar un heredero de su nombre iba a ser despojado de su ilustre título y sus cuantiosos bienes, para que recayesen en Fabio Conti, como el más próximo pariente de su difunta esposa, empleó en contra mía las más seductoras promesas, las más terribles amenazas.
ÁNGELA.- ¿Con qué objeto?
ALBERTO.- Con el de obligarme a consentir en que el fruto de mi conyugal amor pasase por hijo suyo.
ÁNGELA.- ¿Y cedisteis?
ALBERTO.- Temí su venganza: creí hacer un bien a Conrado.
ÁNGELA.- ¡Conrado hijo vuestro! (Estrechando sus manos.) ¡Oh, señor!
ALBERTO.- Ven a mis brazos (Ambos se levantan.), criatura angelical, tan querida de aquel a quien tanto quiero.
ÁNGELA.- Y después, ¿qué sucedió?
ALBERTO.- Siempre, con el fin de asegurar su futura suerte, hice firmar a Lamberti un convenio en que se manifestaba la verdad de todo lo ocurrido. Helo aquí. (Entregando a ÁNGELA un papel, que ésta recorre con la vista.) Su único cómplice fue un médico llamado Araldi. Volvió Lamberti a este Ducado trayéndonos consigo, y publicó la nueva triste y venturosa a la vez de haber fallecido su esposa en Milán en el momento de dar a luz un heredero de su nombre.
ÁNGELA.- ¿Y por qué le abandonasteis?
ALBERTO.- Un día descubrí casualmente que aquellos dos malvados trataban de darme muerte, para encerrar conmigo en la tumba su secreto. Seguro de que a mi hijo no le amenazaba ningún riesgo, huí para salvar la vida. Me hice soldado, y ya sabéis cuál ha sido mi suerte después.
ÁNGELA.- ¿Y ahora?...
ALBERTO.- He venido con el solo objeto de abrazar a mi hijo; he visto que ese hombre lo hace desgraciado, y sin embargo vacilo, dudo... Pasar en un instante de la opulencia a la miseria, del palacio a la choza... ¿Me perdonaría un cambio de fortuna tan completo?
ÁNGELA.- ¡Oh!
Como asaltada por una idea repentina.
ALBERTO.- Por llamarle una vez hijo mío, daría los pocos días que me queden de existencia; pero también los daría por evitarle el menor disgusto... Sí, prefiero renunciar a su cariño a hacerle desgraciado..., y temo que, si hablo, podrá llegar un día en que me maldiga allá en el fondo de su alma. Aconséjame tú, hija mía. ¿Qué debo hacer?
ÁNGELA.- ¡Aconsejaros yo!...
ALBERTO.- Conozco que no me atrevería a descubrirle la verdad.
ÁNGELA.- ¿Por qué no le hablas tú, a quien tanto ama? Esto es lo mejor: revélaselo todo, sepa que es tu igual, y sed felices ambos en santa unión, que yo bendeciré.
ÁNGELA.- Decirle: «Abandona las riquezas de que hoy disfrutas, porque no te pertenecen; despójate de tu espada de oficial, porque no eres caballero...», para que crea que sólo me guía un cálculo de egoísmo..., para que me maldiga allá en el fondo de su alma. Recordad vuestras palabras. ¡Oh! Vale más renunciar a su cariño que hacerle desgraciado. Y ahora, sobre todo, es preciso callar: la venganza del Príncipe sería espantosa. ¡Por la vida de vuestro hijo, por la de mi madre, callad!
ALBERTO.- ¡Oh! Tienes razón: no retrocedería ante ningún crimen.
ÁNGELA.- Después Dios nos abrirá camino. La Providencia, que os ha traído a esta casa, no nos abandonará.
ALBERTO.- Así lo espero.
ÁNGELA.- Ahora voy a ver a la condesa Adelaida; me ha ocupado en diversas ocasiones, y siempre me ha tratado con la mayor dulzura. Su voluntad es respetada, y tal vez consiga por su mediación hablar a mi madre.
ALBERTO.- Iré contigo; quiero permanecer a las puertas de Palacio para ver a Conrado siempre que entre o salga.
ÁNGELA.- ¡Oh, Señora! ¡Tú que fuiste perfecto dechado de madres y de hijas, apiádate de la hija que llora por su madre, y del padre que llora por su hijo!
Escena II
DICHOS y JULIETA, con un estuche que da a ÁNGELA: ALBERTO en tanto va a tomar su sombrero.
JULIETA.- Esto han traído para vos.
ÁNGELA.- ¡Diamantes! Un papel. (Abriendo la caja. Saca el papel y lo lee aparte.) «Os envío esa pequeña muestra de mi afecto. si accedéis a mi súplica y me contestáis afirmativamente, esta noche al toque de ánimas estaré al pie de vuestro balcón: daré tres palmadas, y a favor de una escala entraré por él.-El marqués de Pompiliani.»
ALBERTO.- ¿Qué te dicen en ese papel?.
ÁNGELA.- Nada.- (A JULIETA.) ¿Por qué has admitido esta caja?
JULIETA.- Ignoraba lo que contenía.
ÁNGELA.- Es preciso averiguar dónde vive ese hombre, y devolverle esas joyas. (Dando la caja a JULIETA.) Voy a salir.
JULIETA.- ¿Vais a ver a la señora?
ÁNGELA.- Quiera Dios que lo logre. Vamos.
A ALBERTO, que sale con ella.
Escena III
JULIETA sola, colocando sobre la mesita que habrá en el fondo la caja del aderezo: a poco la CONDESA y ARABELA.
JULIETA.- Y es un precioso aderezo. ¿Quién se lo habrá enviado? ¡Pobrecilla! ¡Qué apesadumbrada está! Y yo misma ¿no he tenido que ocultarle mis lágrimas para no aumentar su pena? (Asomándose a la ventana.) ¡Qué de prisa va! ya ha doblado la esquina. ¡Vaya un padre que tiene el señor Conrado! Desde que le vi entrar con su cara de vinagre, supuse que no venía para nada bueno. Como si la señorita Ángela tuviese la culpa de que el señor Conrado esté loco de amor por ella, ni menos su pobre madre. No sé cómo permite Dios que pasen estas cosas en el mundo. ¡Calla! Un coche ha parado a la puerta de casa. Bajan de él dos damas cubiertas con velos, y entran. (Va hacia la puerta del foro.) ¿Quién será? Suben la escalera. La señorita, con su precipitación, no habrá cerrado la puerta.
CONDESA.- ¿Está en casa la señorita Ángela?
Entra seguida de ARABELA.
JULIETA.- Hace poco que ha salido.
CONDESA.- ¿Tardará mucho en volver?
JULIETA.- Lo ignoro. (¡Qué precioso vestido!)
CONDESA.- Está bien: la esperaré.
JULIETA.- Os advierto que si venís a encargarle algunas flores será inútil, porque ahora...
CONDESA.- Podéis retiraros.
JULIETA.- (Ya manda como en su casa... ¡Será alguna gran señora! ¡Y no se descubre!)
CONDESA.- ¿No habéis oído?
JULIETA.- (Lo dicho.) Perdonad, ya me voy. (Estas gentes se figuran... ¡Hum! No me gustan estas visitas.)
Vase.
Escena IV
La CONDESA y ARABELA.
CONDESA.- (Descubriéndose.) ¿Estás segura de que éste es el barrio que te han indicado?
ARABELA.- Sí, señora, este mismo. Y ¿no me diréis el objeto de vuestra venida a esta casa?
CONDESA.- Me he negado a decírtelo porque he querido evitar inútiles consejos y superfluas reflexiones. Ya puedes saberlo. No has logrado averiguar el nombre de la querida de Conrado, pero sí que él frecuenta todos los días esta calle. La florista que vive en esta casa, y a la cual conozco, habrá notado indudablemente en qué casa entra el bizarro capitán; y ya que no sepa todo el secreto, que es lo más probable, pues en tan reducida vecindad cualquiera joven estará enterada de los amoríos de las demás, podrá, por lo menos, ponerme en camino de hallar a esa rival preferida.
ARABELA.- ¡Oh, señora! ¡Vos descender a tan mezquinas tramas!
CONDESA.- ¡Insensata! ¿No te he dicho mil veces que le amo? ¿No sabes que su padre me había hecho creer que era correspondida, y que éste es el único instante de ventura que me ha deparado mi enemiga suerte? ¿Ignoras acaso que el primer amor de un ser desdichado es un amor inmenso?
ARABELA.- ¿No os visteis siempre halagada de todos? ¿No sois la opulenta, la poderosa condesa Adelaida? Convertid esa ternura en desprecio...
CONDESA.- Sí, halagada por esos muñecos de resortes que pasan la vida haciendo reverencias. ¡Opulenta! ¿Qué valen todas mis riquezas, comparadas con el inestimable precio de una mirada de Conrado? ¡Poderosa! ¿Qué significa todo mi poder, si con él no logro lo único que deseo, ser amada de Conrado? La condesa Adelaida envidia a esa ignorada criatura, más rica y más poderosa que ella, porque posee el tesoro de su cariño, porque puede estrecharle contra su corazón. (ARABELA hace ademán como de ir a hablar.) ¡Nada me digas; estoy celosa, estoy enamorada, y una mujer celosa y enamorada no reflexiona, no piensa; siente, sufre, obra!
ARABELA.- ¿Y seréis capaz de causar el menor daño a esa mujer, vos tan buena, tan generosa, tan noble?
CONDESA.- ¿Daño? No. Quiero saber únicamente si es digna de su cariño.
ARABELA.- Alguien se acerca: serenaos.
CONDESA.- ¡Es ella! (Asomándose a la puerta del foro.) Ve, y aguárdame en el coche.
ARABELA.- Os obedezco.
Cede el paso a ÁNGELA y vase.
Escena V
CONDESA, ÁNGELA y JULIETA, ambas en la puerta del foro.
JULIETA.- Sí; una dama que quiere hablaros.
ÁNGELA.- Bien; vete.
JULIETA.- (No me gusta esa mujer.)
Vase.
Escena VI
CONDESA y ÁNGELA.
ÁNGELA.- ¿Vos aquí? Vengo de Palacio.
CONDESA.- ¿De Palacio?
ÁNGELA.- He ido en busca vuestra.
CONDESA.- Precisamente cuando yo me dirigía a tu casa.
ÁNGELA.- ¿Cómo he podido merecer tan alto honor?
CONDESA.- Mañana hay baile. Necesito unas flores con mucha premura...
ÁNGELA.- Yo quería hablaros de un asunto muy interesante para mí.
CONDESA.- Y he venido a elegirlas.
ÁNGELA.- Se trata de mi madre.
CONDESA.- Además quiero hacerte una pregunta por mera curiosidad.
ÁNGELA.- De mi madre, ¿lo oís?
CONDESA.- ¿Has visto pasar por esta calle a un oficial que la frecuenta mucho?
ÁNGELA.- ¡Un oficial!
CONDESA.- Justamente le he encontrado al venir. En Palacio se dice que tiene amoríos en esta calle.
ÁNGELA.- Por feliz casualidad me preguntáis una cosa que iba a revelaros.
CONDESA.- ¿Cómo?
ÁNGELA.- En vos se cifra mi esperanza. Salvad a mi madre.
CONDESA.- ¿A tu madre?
ÁNGELA.- El padre de ese joven quiere casarle con una gran señora.
CONDESA.- Eso se cuenta.
ÁNGELA.- Pero él no corresponde al afecto de esa dama.
CONDESA.- Porque está enamorado de otra.
ÁNGELA.- No puedo negarlo.
CONDESA.- ¡Oh!
ÁNGELA.- Quizá haya cometido una imprudencia. Tal vez seáis amiga de esa dama.
CONDESA.- Sí, su amiga... ¿Y conoces a la joven a quien prefiere?
ÁNGELA.- ¡Oh señora! El Príncipe de San Mario ha estado hoy aquí.
CONDESA.- ¡Qué oigo!
ÁNGELA.- Vos nos protegeréis. ¿No es verdad?
CONDESA.- Prosigue.
ÁNGELA.- Nos insultó.
CONDESA.- No te detengas.
ÁNGELA.- Mandó prender a mi madre.
CONDESA.- ¡Cesa!
ÁNGELA.- Y a pesar de la resistencia de Conrado, que se hallaba presente...
CONDESA.- ¡Cesa! Harto me has dicho ya.
Separándose de ella.
ÁNGELA.- ¡Oh! ¡Qué semblante! ¿Por qué me miráis así?
CONDESA.- ¿Luego eres tú, tú misma, la miserable a quien Conrado prefiere?
ÁNGELA.- ¿Y vos?... ¡y vos!
CONDESA.- ¿No lo adivinas?
ÁNGELA.- ¡Sí! Vos sois la gran señora a quien Conrado no ama.
Con gran abatimiento.
CONDESA.- ¡Oh!
ÁNGELA.- ¡Dios mío! ¡Estaba pidiendo la libertad de mi madre a quien es causa de su desdicha!
CONDESA.- (Después de una pausa y acercándose a ÁNGELA.) Me he exaltado sin motivo. Escucha. Olvídale, y mi recompensa excederá a toda tu ambición...
ÁNGELA.- Decid al sol: detente; pero no a un corazón enamorado: olvida.
CONDESA.- Basta con que te avengas a salir de Italia, jurándome no revelarle nunca tu paradero.
ÁNGELA.- Él sabría hallarme.
CONDESA.- Supón que no.
ÁNGELA.- Entonces se moriría de pesar.
CONDESA.- ¿Quién te lo asegura?
ÁNGELA.- Mi corazón.
CONDESA.- Te engaña una loca vanidad.
ÁNGELA.- Entonces ¿por qué queréis alejarme de Italia?
CONDESA.- ¿Te atreves a desafiarme? Tiembla.
ÁNGELA.- ¡Os detesta y me ama! No soy yo quien debe temblar, sino vos.
CONDESA.- El mundo os separa.
ÁNGELA.- El amor nos une.
CONDESA.- Conrado es ilustre, y tú de humilde condición.
ÁNGELA.- La virtud nos hace iguales.
CONDESA.- ¿Aspiras a llamarte su esposa?
ÁNGELA.- Aspiro a ser digna de su cariño.
CONDESA.- Un loco frenesí le ciega: cuando cayese la venda de sus ojos lloraría su locura; reconocería avergonzado su necio extravío. La infamia le aguarda en tus brazos.
ÁNGELA.- Y en los vuestros ¿qué le esperaría?
CONDESA.- ¿Por ventura quieres compararte conmigo?
ÁNGELA.- Tenéis razón: mi cariño le infama; el vuestro le honra. Vos contáis quizá cien antepasados ilustres; mi abuelo fue un labrador, mi padre un soldado. Vuestra es la herencia de un nombre; mía la adquisición de una fama de honestidad: ufanaos con el bien de otro; yo con el bien que me pertenece a mí sola.-Sí, oídlo. (Con marcada intención. La CONDESA, turbada, aparta la vista.) No tengo ningún recuerdo vergonzoso que amargue mi existencia.- (Asiéndole una mano.) ¿Volvéis los ojos? ¿Por qué tembláis? ¿Por qué el rostro que antes estaba pálido de coraje, se halla en este momento más encendido que una amapola? No os apartéis. Aguardad. Di, altivo (Poniéndole resueltamente sobre el corazón la mano que tiene libre.) corazón, ¿estás tranquilo? ¿Eres dichoso? ¿No te causa envidia éste que se encierra aquí? ¿No te cambiarías por éste? Cada uno de los latidos que siente mi mano me responde que sí.
CONDESA.- ¡Es verdad! ¡Es verdad!
Dejándose caer en una silla y cubriéndose el rostro con un pañuelo para ocultar sus lágrimas.
ÁNGELA.- Perdonadme si he dicho demasiado. Vuestras lágrimas me prueban que os he juzgado mal.
CONDESA.- (Levantándose precipitadamente y corriendo hacia ÁNGELA.) ¿Sabes que no hay nada más terrible que una mujer celosa?
ÁNGELA.- Ni nada más generoso que una mujer amante.
CONDESA.- El amor es origen de todos los crímenes.
ÁNGELA.- Y manantial de todas las virtudes.
CONDESA.- Tu desgracia será dicha para mí.
ÁNGELA.- Vos no me castigaréis por amar lo que amáis, por sentir lo que sentís.
CONDESA.- Por eso mismo soy capaz de tomar una cruel venganza.
ÁNGELA.- Por eso sólo soy capaz de amaros.
CONDESA.- ¡Oh! ¡No puedo más! ¡Estoy vencida! ¡Tú vales más que yo! Tú, que me has hecho bajar los ojos con la imponente mirada de la inocencia.-¡Mi amor exige un sacrificio terrible, inmenso! Tú sola mereces llamarte suya: ama a Conrado. ¡Yo os protegeré! Mi mano os conducirá al altar.
ÁNGELA.- ¿Qué decís?
CONDESA.- Para ti la felicidad en sus brazos; para mí las lágrimas en la soledad. He aquí el puesto que nos corresponde a entrambas.
ÁNGELA.- ¡Señora!
CONDESA.- Supuse hallar en ti una mujer corrompida; he hallado un ángel.
ÁNGELA.- ¿Es esto sueño o realidad?
CONDESA.- Me has dicho que tu madre está presa; corro a Palacio; quizá esta noche la estrecharás en tus brazos.
Alejándose.
ÁNGELA.- ¡Aguardad, aguardad!
CONDESA.- Dices bien: no debemos separarnos así; no son dos rivales las que se dicen adiós, sino dos amigas, dos hermanas; ¿no es verdad?
ÁNGELA.- ¡Ah, señora! (Arrojándose a sus pies.) Sólo debo estar a vuestros pies; abrazar vuestras rodillas.
CONDESA.- No, no; aquí sobre mi corazón.
Levantándola y abriendo los brazos.
ÁNGELA.- ¡Ah!
Arrojándose en ellos.
Breve pausa, durante la cual se oyen los sollozos de ambas.
CONDESA.- Enjuga esas lágrimas...; ya ves, yo no lloro... Estoy tranquila.
ÁNGELA.- Y yo os he ofendido, yo que tan pequeña me considero a vuestro lado.
CONDESA.- ¡No digas eso! (Ahogada por los sollozos.) ¡Sufro mucho! ¿A qué ocultártelo? Pero he hallado un medio de reconciliarme conmigo misma, y esto es más que todo. ¡Adiós! Este amor es un castigo que el cielo me envía. ¡Acepto la expiación!
La abraza de nuevo; la besa en la frente y vase precipitadamente.
Escena VII
ÁNGELA sola, a poco JULIETA.
ÁNGELA.- ¡Cuánto le ama! (Sentándose abatida.) Veré libre a mi madre, se lo deberé a ella, y ella será desgraciada por causa mía. Es fuerza huir; separarme de él para siempre... Recuerdo las palabras de ese anciano... Todo me manda ahogar en mi pecho este sentimiento, origen de tantas desdichas... Imitemos el ejemplo de esa valerosa mujer. ¡Cuánto acontecimiento en un solo día!... Me siento mal... Tengo un peso en la cabeza... ¡Dios mío, mucho he debido ofenderte cuando así me castigas!
JULIETA.- ¡Señorita!
Saliendo.
ÁNGELA.- ¿Qué quieres?
JULIETA.- El Príncipe acaba de entrar.
ÁNGELA.- ¡Otra nueva desventura! (Levantando las manos al cielo.) Cúmplase tu voluntad.-Déjanos.
JULIETA.- Ya está aquí.
Escena VIII
El PRÍNCIPE y ÁNGELA.
ÁNGELA.- ¿Qué me queréis, caballero?
PRÍNCIPE.- Vengo a hablaros de vuestra madre.
ÁNGELA.- ¿Qué es de ella?
PRÍNCIPE.- Sois muy desgraciada.
ÁNGELA.- Rara vez fue la fortuna compañera de la virtud; pero mi madre saldrá pronto de su prisión.
PRÍNCIPE.- Tal vez.
ÁNGELA.- Hablarán al Duque en favor suyo.
PRÍNCIPE.- Llegarán tarde.
ÁNGELA.- (Levantándose.) ¡Tarde!
PRÍNCIPE.- El Duque no puede ya deshacer lo hecho.
ÁNGELA.- ¡Reina de los ángeles!
PRÍNCIPE.- Tranquilizaos: vuestra madre vive; pero está en mi poder, y ni el mismo soberano puede arrebatármela ya. Sólo vos.
ÁNGELA.- ¿Yo?
PRÍNCIPE.- Con una condición.
ÁNGELA.- ¿Cuál?
PRÍNCIPE.- Sentaos y escribid lo que os dicte.
ÁNGELA.- (Sentándose y disponiéndose a escribir.) Empezad.
PRÍNCIPE.- (Dictando.) «Querido Leopoldo.»
ÁNGELA.- No conozco a nadie que lleve este nombre.
PRÍNCIPE.- «He recibido vuestro precioso aderezo.»
ÁNGELA.- Comprendo. (Levantándose y arrojando la pluma sobre la mesa.) ¿Queréis deshonrarme a los ojos de Conrado? No lo lograréis.
PRÍNCIPE.- (Retirándose.) El cielo os guarde.
ÁNGELA.- ¿Adónde vais?
PRÍNCIPE.- En el país en que vivimos, el capricho del señor es ley; ¿lo ignoras acaso? ¡Y cuando el señor ofendido señala una víctima, en medio del misterio más profundo perece! Esa víctima está señalada.
ÁNGELA.- ¡La muerte!
PRÍNCIPE.- ¡Si salgo de esta casa sin lo que anhelo, si me detenéis un momento más! ¡Todo depende de un minuto, de uno solo!
ÁNGELA.- ¡Madre mía! Proseguid.
PRÍNCIPE.- «Vuestro precioso aderezo... Acepto vuestro regalo.»
ÁNGELA.- ¡Piedad! No me arrebatéis el único tesoro que poseo, la estimación!
PRÍNCIPE.- ¡Escribid!
ÁNGELA.- Sois implacable. ¡Madre mía!... Dictad: ya no vacilo, ya no dudo.
PRÍNCIPE.- «Acepto vuestro regalo.»
ÁNGELA.- (Irónicamente.) ¿Qué más?
PRÍNCIPE.- «Y os concedo...»
ÁNGELA.- Muy bien; seguid.
PRÍNCIPE.- «La cita...»
ÁNGELA.- La cita.
PRÍNCIPE.- «Que me habéis pedido.»
ÁNGELA.- Ángela: ¿no es esto? (Dobla la carta.) Falta el sobre.
PRÍNCIPE.- Al Marqués de Pompiliani.
ÁNGELA.- ¡Magnífico! ¡Admirable! Es una villanía perfecta. Recibid mi parabién.
PRÍNCIPE.- Ya veis con qué poco me contento.
ÁNGELA.- Os he creído implacable. Me he equivocado. Vos me probáis que os debo estar agradecida... Gracias Príncipe, gracias.
PRÍNCIPE.- Acabemos de una vez; dadme ese billete.
ÁNGELA.- ¡Ah!
Retirándose por un movimiento involuntario y ocultando la carta.
PRÍNCIPE.- Vuestra madre vivirá, lo juro. Pero no me detengáis: ya os he dicho que todo depende de un minuto, de uno solo.
ÁNGELA.- Tomad. (Dándole la carta con un brusco movimiento que indique su desesperación.) ¿Qué más queréis? Me faltan las fuerzas.
Apoyándose en una silla.
PRÍNCIPE.- Permanecerá, sin embargo, vuestra madre en mi poder algunos días más; yo he de saber hasta las palabras que pronunciéis en sueños, y os ruego, para bien de todos, que no desengañéis a Conrado. Os dejo.
ÁNGELA.- Un día llegará en que todos seamos iguales. ¡Os emplazo para ese día!
Vase el PRÍNCIPE.
Escena IX
ÁNGELA, a poco CONRADO.
ÁNGELA.- ¡Oh! (Pausa, durante la cual se oirán sus sollozos.) ¿Vendrá el Marqués? En su carta me habla de una escala. ¡Dice que al sonar el toque de ánimas dará tres palmadas en la calle! ¡Ahora recuerdo que hoy le he encontrado aquí sin saber por dónde había entrado!... Aún conservo la espada de mi padre, y si a tanto se atreve, ésta es su última noche. Daré orden de que no abran la puerta a Conrado. (Viendo entrar a CONRADO al dirigirse a la puerta del foro.) ¡Oh! ¡Él es! (Habrá visto al Príncipe.)
CONRADO.- No he podido venir antes.
ÁNGELA.- (No, no le ha visto.)
CONRADO.- He querido hablar al Duque, y no me han permitido entrar en su aposento. He volado a la torre en que se halla la infeliz, y he encontrado la misma resistencia.
ÁNGELA.- No esperaba verte esta noche.
CONRADO.- ¡Había de abandonarte ahora!...
ÁNGELA.- Me siento mala, necesito descanso: vete, yo te lo ruego.
CONRADO.- ¿Acaso es culpa mía nada de lo que ha sucedido?
ÁNGELA.- No.
CONRADO.- Entonces ¿por qué me alejas de tu lado cuando vengo a llorar contigo?
ÁNGELA.- ¡Conrado!
Sin poderse contener.
CONRADO.- ¡Sí, alma de mi alma, tuyo hasta la muerte! No temas: triunfaremos. La justicia del cielo lidia con nosotros.
ÁNGELA.- No; la lucha nos sería fatal a ambos; abandóname; ama a otra; sé dichoso; yo también lo seré.
CONRADO.- ¡Ingrata! ¿Eso es posible? Para ti lo sería tal vez; quizá en este momento ya no me amas.
ÁNGELA.- (Esa campana fatal debe sonar de un momento a otro. Si ese hombre viene... Si hace la seña!...) Vete, Conrado, vete, por todos los santos del cielo.
CONRADO.- Adiós, pues; pero adiós para siempre. (Se detiene en la puerta del foro, como esperando que ÁNGELA le llame.) ¡Oh! ¡No me ama ya! (Se apoya en la mesa que habrá en el fondo y ve el estuche.) ¿Qué es esto? ¿Quién ha traído aquí estos diamantes?
ÁNGELA.- Vete.
CONRADO.- El Marqués, tal vez. (Volviendo al proscenio.) Quería respetar tu dolor y no preguntarte nada ¿Cómo ha entrado hoy aquí?
ÁNGELA.- (Empieza a oírse el toque de ánimas.) ¡Ay!
CONRADO.- ¿Por qué gritas?
ÁNGELA.- ¿No oyes?
CONRADO.- El toque de ánimas.
ÁNGELA.- ¡Se me eriza el cabello! Tengo miedo... Sal de aquí. Yo lo mando.
CONRADO.- No me iré.
ÁNGELA.- Pues bien, mátame.
CONRADO.- ¡Silencio! (Se oyen tres palmadas.) Esa señal...
ÁNGELA.- Mátame.
CONRADO.- Entra en ese aposento.
ÁNGELA.- ¡Piedad!
CONRADO.- Obedece.
La hace entrar en el aposento que le ha indicado y cierra la puerta.
Escena X
CONRADO, en seguida el MARQUÉS.
CONRADO.- ¡Contestemos! (Vuelven a oírse las tres palmadas. CONRADO contesta con otras tres.) Apagaré esta luz. (La apaga, y el teatro queda completamente a obscuras.) Han arrojado una escala. Asegurémosla. (Hace como que asegura al balcón la escala que acaban de arrojar a él.) Alguien sube; será el Marqués. Los latidos de mi corazón van a venderme.
MARQUÉS.- ¿Dónde estás, hechicera de mis ojos? (Entrando por el balcón. Viene cubierto con una capa.) (En cuanto vio los diamantes... Ya me lo esperaba yo.) ¿Por qué has apagado la luz, picaruela? Acaban de darme una carta de parte tuya, y aquí me tienes.
CONRADO, guiado por la voz, ha ido al encuentro del MARQUÉS, y en este momento le ase por un brazo.
CONRADO.- ¡Miserable!
MARQUÉS.- ¡Traición! (Saca de debajo de la capa una linterna sorda; brilla la luz y ambos se reconocen.) ¡Conrado!
CONRADO.- ¿Qué vienes a hacer aquí?
MARQUÉS.- Calma, mi querido Conrado, calma.
CONRADO.- Has hablado de una carta. ¿Qué carta es ésa?
MARQUÉS.- Pero, ya lo veis, ella es la que me busca. ¡No es culpa mía!
CONRADO.- ¡Esa carta!
MARQUÉS.- Tomad, tomad.
Dándosela.
CONRADO.- Levanta esa linterna.
El MARQUÉS obedece; CONRADO lee sin soltar al MARQUÉS, a quien tiene asido con la mano izquierda.
MARQUÉS.- (¿Qué va a ser de mí? (Temblando de pies a cabeza.) ¡Este hombre es una fiera!)
CONRADO.- ¿Qué estoy leyendo?
Agitando el brazo del MARQUÉS.
MARQUÉS.- ¡Ay! Vais a destrozarme este brazo.
CONRADO.- Toma.
Acaba de leer la carta. Saca dos pistolas de debajo de la capa y le alarga una al MARQUÉS.
MARQUÉS.- (Creyendo que le da la carta y manteniendo todavía en alto la linterna.) Podéis conservarla.
CONRADO.- ¡Toma!
MARQUÉS.- Puesto que os empeñáis... (Alarga la mano que tiene libre y toca la pistola.) ¡Jesucristo! ¡Una pistola!
Retrocediendo.
CONRADO.- Colócala sobre mi frente: yo colocaré la otra sobre la tuya, y ambos moriremos al mismo tiempo.
MARQUÉS.- ¡Cómo! ¿Queréis morir? ¡A vuestra edad, con un porvenir tan brillante!
CONRADO.- Detesto la vida.
MARQUÉS.- ¡Pero es que a mí no me sucede otro tanto!...
CONRADO.- ¿Tienes miedo por ventura?
MARQUÉS.- El lance no es para menos.
CONRADO.- ¡Y éste es el hombre que me roba su amor! ¡Huye, miserable!
MARQUÉS.- No deseo otra cosa.
Corriendo despavorido hasta dar con el balcón, por el cual arroja la linterna.
CONRADO.- ¡Pronto!
El teatro vuelve a quedar completamente, a obscuras.
MARQUÉS.- Ya di con el balcón.
Subiéndose a él.
CONRADO.- Salta por él.
MARQUÉS.- Volando.
CONRADO.- ¡Fuera de aquí!
El MARQUÉS desaparece por el balcón.
Escena XI
CONRADO, ÁNGELA en seguida; a poco el PRÍNCIPE, por la puerta secreta.
CONRADO.- ¡Ángela! (Abriendo la puerta del aposento en que ésta se halla.) ¡Ángela!
ÁNGELA.- ¿Qué has hecho?
CONRADO.- ¡Falsa, perjura! ¡Me engañabas! ¡Te he estado sirviendo de juguete!
Ábrese la puerta secreta: sale el PRÍNCIPE, y guiado por la voz de ÁNGELA se dirige a su lado a tientas y con gran sigilo.
ÁNGELA.- Semejante sacrificio es superior a mis fuerzas. ¡Perdón, madre mía!
CONRADO.- ¿Quién ha escrito esta carta?
ÁNGELA.- Oye la verdad.
CONRADO.- Habla.
ÁNGELA.- Esa carta (El PRÍNCIPE alarga la mano y ase una de ÁNGELA; ésta se detiene estremecida de espanto.) ¡Jesús!
PRÍNCIPE.- (Al oído de ÁNGELA.) ¡Ay si pronuncias una palabra más!
CONRADO.- ¿Quién la ha escrito? ¡Acaba!
ÁNGELA.- Yo la he escrito... ¡Yo!...
CONRADO.- ¡No puedes negarlo, traidora! Mañana parto a buscar la muerte en un combate. Así expiaré el crimen de haberte amado.
La arroja al suelo, y se dirige resueltamente hacia la puerta del foro, por la cual sale.
Escena XII
El PRÍNCIPE y ÁNGELA; después MAGDALENA y JULIETA.
ÁNGELA.- Conra...
PRÍNCIPE.- ¡Silencio!
Poniéndole una mano en la boca.
ÁNGELA.- (Levantándose.) ¡Quiero seguirle!... Dice que va a morir.
PRÍNCIPE.- ¡Detente!
ÁNGELA.- Y vos ¿quién sois para detenerme?
PRÍNCIPE.- ¡Su padre! ¿Lo ignoras acaso?
ÁNGELA.- (Fuera de sí.) ¡Mientes! ¡Tú no eres su padre!
PRÍNCIPE.- ¡Cielos!
ÁNGELA.- Conrado no es tu hijo... El título que llevas no te pertenece... ¡Eres un infame usurpador!
PRÍNCIPE.- ¿Qué oigo?
ÁNGELA.- Y yo recorreré las calles, y subiré a Palacio, y lo publicaré a gritos, y lo sabrá todo el mundo.
PRÍNCIPE.- ¿Cómo lo has averiguado?
ÁNGELA.- No; no te lo diré.
PRÍNCIPE.- Habla o tiembla.
ÁNGELA.- ¡No, no; soltad!
Haciendo un esfuerzo desesperado logra desasirse del PRÍNCIPE y corre a tientas por el teatro, ya dirigiéndose al balcón, ya a la puerta del foro.
PRÍNCIPE.- ¡Oh!
ÁNGELA.- ¡Socorro!
Óyese llamar a la puerta de la calle.
PRÍNCIPE.- (Buscándola.) ¡Calla! ¡Calla!
MAGDALENA.- (Desde la calle.) Abrid; soy yo.
PRÍNCIPE.- Esa voz... ¿Quién ha podido darle la libertad?
ÁNGELA.- ¡Julieta! ¡Luces!
PRÍNCIPE.- Calla.
ÁNGELA.- ¡Julieta!
PRÍNCIPE.- ¡Que no me hallen aquí! Yo volveré.
Desaparece por la puerta secreta.
MAGDALENA.- ¡Hija mía!, ¿por qué gritas? (MAGDALENA y JULIETA entran, la última con luces.) ¿Qué sucede?
ÁNGELA.- ¡Ese hombre quiere matarme!
MAGDALENA.- ¡Cuando llegaba he visto a Conrado! Tal vez él...
ÁNGELA.- ¡Ahí! ¡ahí!
JULIETA.- No hay nadie.
MAGDALENA.- Soy tu madre. Ya estoy libre.
ÁNGELA.- No es su padre, no. ¡Me va a matar antes de que pueda justificarme; antes de que Conrado sepa que soy inocente!
MAGDALENA.- ¡Dios santo!
ÁNGELA.- No, no quiero morir... Miradle: ¡ahí está... ahí!...
Señala con el dedo como si efectivamente viese al PRÍNCIPE. Permanece en esta actitud un momento, y después cae en los brazos de su madre y JULIETA, dando un grito.
FIN DEL ACTO TERCERO
Salón magnífico de Palacio.
Escena primera
El MARQUÉS, que entra aceleradamente: poco después el PRÍNCIPE.
MARQUÉS.- ¡Uf!, qué calor.-Ya han encendido aquí. ¡Eh! ¿Qué hacéis parados? (A varios UJIERes que se presentan en el foro.) Aún no están iluminadas las mesas de juego. (Vanse los UJIERES.) Vamos a ver qué tal han quedado los salones del baile. No hay en el globo quien me aventaje en esto de arreglar una fiesta: bien lo sabe el Príncipe cuando me ha fiado tan delicada comisión. Los hombres como yo son inestimables en un palacio. Ea, vamos hacia allá. (Al ir a salir tropieza con el PRÍNCIPE.) Perdonad, Príncipe; vuelvo en seguida.
Desaparece breves momentos.
PRÍNCIPE.- ¡Cómo lo habrá sabido!-El infierno sin duda nos facilitó aquella feliz coyuntura para que Araldi pudiese penetrar en casa de Ángela y permanecer a su lado con objeto de asistirla en su calidad de médico... Aún me parece oír los gritos de la madre pidiendo socorro...
MARQUÉS.- (Entrando.) ¡Magnífico! ¡Soberbio! ¡Deslumbrador! ¿Qué os parece el golpe de vista que presentan esos salones?
PRÍNCIPE.- (¡Por más que pienso...)
Embebido en su meditación no atiende a lo que le dice el MARQUÉS.
MARQUÉS.- Y eso que después del susto que me dio anoche vuestro hijo, y que ya os he contado, no estaba yo para pensar en fiestas.
PRÍNCIPE.- (¿Y cómo no se lo habrá dicho a Conrado?...)
MARQUÉS.- ¡Diantre de muchacha! El aderezo y el billetito que escribí por consejo vuestro surtieron el efecto que ambos nos prometíamos. Pero, desengañaos, lo mejor hubiera sido entrar por la puerta secreta: os empeñasteis en que no... En casa de Araldi me hallaba precisamente, cuando hasta allí fueron a buscarme con la carta de ese diablejo... Lo cierto es que hemos ganado la apuesta y debemos divulgar mi triunfo.
PRÍNCIPE.- (Cuánto tarda Araldi... Me mata la zozobra.)
MARQUÉS.- No he conservado la epístola, pero en caso de duda podemos recurrir al testimonio de vuestro propio hijo. Temiendo estoy el instante de encontrarme con él. Vos no me escucháis.
PRÍNCIPE.- Dispensad; estaba distraído.
MARQUÉS.- Tal vez meditabais el cumplido que habéis de dirigir a Su Alteza. Es muy justo: en el día de su cumpleaños es preciso agotar la cartilla de las lisonjas.
PRÍNCIPE.- Sí; justamente.
MARQUÉS.- Y ¿con quién pensáis romper la danza?
PRÍNCIPE.- ¿Qué decís?
MARQUÉS.- No me acordaba de que no bailáis. Os dejo; no me puedo detener. (Viendo entrar a ARALDI.) ¿Sois de los nuestros, caro doctor? Lo celebro: yo me encargo de buscaros pareja.
Vase.
Escena II
El PRÍNCIPE y ARALDI.
PRÍNCIPE.- ¿Qué hay?
ARALDI.- Nada de nuevo: sigue delirando; pero por sus inconexas frases nadie podrá averiguar...
PRÍNCIPE.- ¡Cuando pienso que una palabra suya puede ser rayo que me confunda!...
ARALDI.- No la dirá, si vos queréis que no la diga.
PRÍNCIPE.- ¡Cómo!
ARALDI.- ¿Tendría algo de particular que la horrible fiebre que la devora pusiera término a su existencia?
PRÍNCIPE.- ¡Araldi!
ARALDI.- En hora buena. Y vos, ¿qué habéis adelantado en Palacio?
PRÍNCIPE.- Nada; no he podido hablar a la Condesa en todo el día.
ARALDI.- ¿Sospechará algo?
PRÍNCIPE.- No lo creo.
ARALDI.- ¿Y esperáis que Conrado acceda al fin a vuestros deseos?
PRÍNCIPE.- Ahora más que nunca. Mi plan tuvo mejor resultado aún de lo que yo esperaba; las circunstancias nos fueron propicias. Ha maldecido a su adorada Ángela creyéndola culpable, y espero que la cólera..., el despecho..., el anhelo de venganza... Además, esta noche veré a Su Alteza en el baile y quizá logre... Pero si esa loca habla, si deja traslucir la verdad...
ARALDI.- Entonces la ignominia para ambos, la pobreza, la esclavitud.
PRÍNCIPE.- ¡Qué horror!
ARALDI.- Ya os lo he dicho; nadie extrañaría que a la demencia... sucediese la muerte.
PRÍNCIPE.- ¡Calla! ¿Pero cómo lo habrá sabido? ¡Esto es lo que me vuelve loco!... Corre... Si en tu ausencia se calmase su fiebre, si recobrase la razón...
ARALDI.- Volveré en breve a tranquilizaros. Gran recompensa me deberéis en caso de conseguir el triunfo.
PRÍNCIPE.- La mitad de mis riquezas te pertenece.
ARALDI.- (¡Nuevos tesoros!)
PRÍNCIPE.- No te detengas. Aquí me encontrarás.
Vanse el PRÍNCIPE y ARALDI.
Escena III
CONRADO, después de un instante de silencio.
¿Qué es verdad? ¿Qué es mentira? ¿Quién puede diferenciar la una de la otra? ¡Cómo reconocer el crimen bajo la apariencia de la virtud! Ésta es su letra. (Sentándose y sacando la carta.) Parece imposible. Si no lo hubiera visto con mis propios ojos lo dudaría aún. ¿Y qué? ¿No dudo todavía? Lee, insensato, lee. (Recorriendo la carta con la vista.) Cuando me dirigía aquellas miradas llenas de candor, mentía. Cuando exclamaba con apasionado acento te amo, mentía. Quizá en el mismo instante en que me decía a mí mismo, ¡cuánto me ama!, ella se diría a sí propia, ¡qué bien le engaño! Cielo enemigo, ¿por qué no me has pulverizado antes con un rayo? Ángela, tu cariño era mi vida. Sin él no puedo vivir... Voy a buscar la muerte. Pronto se clavará en mi pecho el alfanje de un pirata. ¡Oh! ¡cómo se reirá cuando sepa que por ella me he dejado matar! Yo también me río al recordar que le he servido de juguete.
Escena IV
DICHO y la CONDESA, que sale por una puerta de la izquierda.
CONDESA.- ¿Qué oigo? ¡Sollozos! ¡Conrado!
CONRADO.- ¡Oh!, ¡la Condesa!
CONDESA.- No os vayáis. Las lágrimas de un hombre como vos prueban un dolor inmenso. Derramadlas, sin avergonzaros, en mi presencia. ¿Qué os ha sucedido? Hablad. Estoy enterada de todo.
CONRADO.- Señora...
CONDESA.- Amáis a otra, a otra que es más digna que yo de vuestro afecto.
CONRADO.- ¿Venís a gozaros en mi desesperación?
CONDESA.- ¡Caballero!
CONRADO.- Mi desgracia no es ya un secreto, lo conozco; y si lo fuera yo la publicaría. Quiero imponerme esta expiación.
CONDESA.- Os aseguro que no comprendo...
CONRADO.- Inútil fingimiento: he sido ultrajado, se ha burlado de mí, la he sorprendido en una cita con otro. No aparentéis ignorarlo. Vuestra mofa vuestro escarnio me servirá de castigo.
CONDESA.- Entendámonos, caballero. Ayer estuve en casa de esa joven. A no haberla juzgado digna de vos, me hubiera interpuesto entre ambos como una muralla de acero. Pero Ángela abriga un corazón hermoso y grande que sólo late por vos. Le pedí perdón de mis insultos, le ofrecí dar libertad a su madre, la estreché en mis brazos... Es imposible que aquella mujer no se sintiese en tal instante pura como los ángeles del cielo. Poco me importa cuanto vos podáis decirme: Ángela es inocente. Lo juraría por la memoria de mi madre.
CONRADO.- ¡Alma noble y generosa! ¡Qué mal os conocía! ¡Cuánto os he ofendido! Perdonadme.
CONDESA.- Sólo tengo derecho para quejarme de vuestro padre, que me ha engañado villanamente.
CONRADO.- ¡Oh, mi padre, siempre mi padre!
CONDESA.- Os lo repito: Ángela es inocente.
CONRADO.- Habéis sido víctima de su hipocresía, como yo, como el mundo entero. Señora, recibid mi último adiós.
CONDESA.- ¿Partís?
CONRADO.- Mañana mismo.
CONDESA.- (¡No me es dado ni aun el consuelo de verlo feliz en brazos de otra!) Yo también parto mañana.
CONRADO.- ¿Abandonáis a Su Alteza?
CONDESA.- Sí. Quiero huir de este Palacio: quiero salir de Italia.
CONRADO.- ¿Y consiente Su Alteza que os separéis de ella?
CONDESA.- Me ha negado su asentimiento.
CONRADO.- ¿Y vais a exponeros a su justo enojo?
CONDESA.- Sé que cuando vea pagados sus beneficios con la más negra ingratitud sentirá un cruel despecho contra mí. Pero no importa. En una carta que llegará a sus manos esta noche le digo que estoy decidida a partir, y me despido de ella para siempre.
CONRADO.- ¡Oh señora! ¡Cuánto os admiro! ¡El Marqués! (Viéndole aparecer en el foro.) Adiós, señora, adiós. (¡Y he de partir sin matarle!)
El MARQUÉS se separa aceleradamente para cederle el paso. CONRADO le lanza una mirada furiosa.
Escena V
La CONDESA, el MARQUÉS.
MARQUÉS.- ¡Vaya una mirada!
Se asoma a la puerta del foto como para cerciorarse de que CONRADO se va.
CONDESA.- (Sacando una carta.) ¿A quién entregaré esta carta para que se la lleve a la Duquesa? El mensajero ha de ser muy mal recibido, y no quiero que ninguno de mis criados sea víctima de su cólera.
MARQUÉS.- (Acercándose.) ¿Habéis reparado, encantadora Condesa, el gesto del capitán al encontrarse cara a cara conmigo? Pues es porque le he quitado una novia.
CONDESA.- ¿Será verdad?
MARQUÉS.- No lo dudéis. «Llegué, vi y vencí.» Mi lema es el de César.
CONDESA.- ¡Señor Marqués!
MARQUÉS.- Una florista que se llama Ángela; bonito nombre, ¿no es verdad? Vive...
CONDESA.- ¿Y os ama?
MARQUÉS.- Me adora.
CONDESA.- ¡Mentís, caballero!
MARQUÉS.- Señora, yo... (Pícara envidia.) Hasta después. Voy al aposento de nuestra linda Soberana a darle cuenta de todas mis disposiciones acerca del baile de esta noche.
CONDESA.- Aguardad.
MARQUÉS.- ¿Tenéis algo que mandarme?
CONDESA.- Sí, por cierto. (Este mentecato nada me importa.) Hacedme el obsequio de entregar esta carta a Su Alteza.
MARQUÉS.- Con mil amores. (Esta embajada me vale, por lo menos, cuatro sonrisas.)
Vase por una puerta de la derecha.
Escena VI
La CONDESA y el PRÍNCIPE.
CONDESA.- (Hoy es el día de mi triunfo.) El Príncipe.
Viéndole aparecer en la puerta del fondo.
PRÍNCIPE.- Al fin la veo; señora...
CONDESA.- No me puedo detener.
Vase.
Escena VII
El PRÍNCIPE, en seguida ARALDI.
PRÍNCIPE.- ¡Oh! ¡Algo sospecha! (A ARALDI, que entra.) ¿Y Ángela?
ARALDI.- Rendida la he dejado en los brazos de su madre. Ha tenido un momento espantoso; cree que Conrado va a partir a la guerra: ha querido lanzarse fuera de su casa y venir a Palacio en su busca. Apenas podíamos detenerla entre su madre y yo. Gritaba que tenía que revelar a Conrado un secreto...
PRÍNCIPE.- El nuestro.
ARALDI.- Esta idea se le ha olvidado ya, y su madre queda a su lado. No temáis.
PRÍNCIPE.- La Condesa tiene alguna sospecha acerca de los amores de Conrado.
ARALDI.- ¿Y habéis hablado a Su Alteza?
PRÍNCIPE.- La Duquesa acaba de conceder una entrevista a Fabio Conti.
ARALDI.- ¿Y teméis?...
PRÍNCIPE.- Todo lo temo ya.
ARALDI.- Pues reflexionad que ese hombre es el que tiene derecho a vuestro título, a vuestros bienes... Si hallándose al frente del poder se llega a descubrir...
PRÍNCIPE.- No me atormentes más.
ARALDI.- Basta, de indecisión... Es preciso tomar un partido enérgico, pronto. Lo reclamo; lo exijo.
PRÍNCIPE.- ¿Tú?
ARALDI.- Yo, que estoy arriesgando tanto como vos.
PRÍNCIPE.- Aconséjame; ¿qué debemos hacer?
Escena VIII
DICHOS, el MARQUÉS.
MARQUÉS.- ¡Oh! ¡Yo fallezco! (Dejándose caer en un sillón cerca del proscenio.) ¡Un elixir! ¡un elixir!
PRÍNCIPE.- (¡Mentecato!)
MARQUÉS.- (Dirigiéndose al PRÍNCIPE.) Estamos perdidos.
PRÍNCIPE.- ¿Quién?
MARQUÉS.- ¡Vos y yo!
ARALDI.- ¿Pues qué ocurre?
Ambos se acercan al MARQUÉS con la mayor ansiedad.
MARQUÉS.- La mayor calamidad que podéis imaginaros.
PRÍNCIPE.- Hablad.
MARQUÉS.- Dejadme respirar (Haciéndose aire con el pañuelo); estoy sofocado. A ver, doctor, tomadme el pulso; debo tener más de noventa pulsaciones por minuto.
PRÍNCIPE.- (¡Qué ansiedad!)
MARQUÉS.- Figuraos que la Condesa me dio un billete para que se lo entregase a Su Alteza.
PRÍNCIPE.- ¡La Condesa!
MARQUÉS.- Cuando entré en su estancia se hallaba allí Conti, nuestro mortal enemigo.
ARALDI.- ¿Y bien?
MARQUÉS.- Entregué mi billete; leyó Su Alteza, leyó y...
PRÍNCIPE.- Al caso, al caso.
MARQUÉS.- Y después de lanzarme una mirada que me hizo temblar de pies a cabeza..., exclamó con voz airada: «Salid, señor Marqués». Yo, a fin de aplacar su incomprensible enojo, dije: «Vuestra Alteza está vestida con sumo gusto»; y ella añadió: «Sois un mentecato; ¿lo oís? ¡Un mentecato!».
PRÍNCIPE.- ¿Y nada más?
MARQUÉS.- ¿Os parece poco? Pero sí, hay más. Antes de que yo hubiese salido exclamó, dirigiéndose a Conti: «Olvidad, caballero, mi anterior negativa; seguidme al aposento del Duque, y esta misma noche seréis nombrado primer Ministro».
PRÍNCIPE.- ¡Él!
ARALDI.- (Al PRÍNCIPE, bajo.) ¡Ya lo oís!
MARQUÉS.- ¿Eh? ¿Qué tal? ¡Hay días aciagos!
PRÍNCIPE.- Pero ese billete...
Escena IX
DICHOS, CONRADO; en seguida un UJIER.
CONRADO.- Os buscaba. (Démosle mi adiós postrero.)
PRÍNCIPE.- ¡Conrado!
ARALDI.- (Al PRÍNCIPE.) (A mal tiempo llega.)
CONRADO.- Tengo que hablaros. Quiero que sea a solas.
PRÍNCIPE.- Ahora, imposible...; en otra ocasión.
ARALDI.- (Al MARQUÉS, que se levanta.) (Quedaos.)
UJIER.- (Entrando y dirigiéndose a CONRADO.) Señor capitán, un hombre que parece un mendigo se ha presentado a las puertas de Palacio pidiendo que se le conduzca a vuestra presencia. En vano han querido alejarle los guardias: insiste en que tiene que comunicaros una noticia que os importa mucho.
CONRADO.- Decidle que se vaya. Señor, es preciso que me concedáis esa entrevista ahora mismo.
PRÍNCIPE.- Después: recibe a ese hombre; tal vez sea un desgraciado que necesite de ti. (Al UJIER.) Hacedle entrar por la escalera secreta.
Vase el UJIER.
CONRADO.- En hora buena; pero volveré pronto, y entonces me oiréis, ¿no es verdad?
PRÍNCIPE.- Sí, sí.
Vase CONRADO por una puerta de la derecha.
Escena X
El PRÍNCIPE, el MARQUÉS, ARALDI; a poco CONTI; DAMAS y CABALLEROS; después la CONDESA; en seguida ÁNGELA y criados de Palacio.
PRÍNCIPE.- (Corriendo hacia el MARQUÉS.) ¡Al fin! ¿Estáis seguro de lo que acabáis de decir?
MARQUÉS.- Si lo he visto y oído, ¿cómo no?
PRÍNCIPE.- Y ese billete, ¿qué decía?
MARQUÉS.- ¡El diablo lo sabrá! (Empieza a oírse la música del baile.) Sí; ¡para bailar estamos ahora!
ARALDI.- Vedle.
Señalando a CONTI, que aparece en el fondo rodeado de DAMAS y CABALLEROS.
Todos entran.
PRÍNCIPE.- Todos le felicitan. Los mismos que ayer...
MARQUÉS.- Ése es el mundo.
CONTI.- Gracias, señores, gracias.
CABALLERO 1.º.- Noche de júbilo, amigo Conti.
PRÍNCIPE.- (¡Noche de infierno!)
CABALLERO 2.º.- ¿Y decís que la Condesa?...
CONTI.- Saldrá desterrada de orden de Su Alteza.
MARQUÉS.- Me alegro.
UJIER.- (Dándole un pliego.) Para el Sr. Marqués de Pompiliani.
MARQUÉS.- (Leyendo.) ¡Virgen Santísima! ¡Desterrado también!
Óyese rumor de voces.
PRÍNCIPE.- (A ARALDI.) ¿No oyes?
CABALLERO 1.º.- ¿Qué rumor será ése?
ÁNGELA.- (Dentro.) ¡Dejadme entrar! ¡Dejadme entrar!
CONTI.- ¡Parece una loca!
Asomándose a la puerta del foro. Todos le siguen, menos el PRÍNCIPE, ARALDI y el MARQUÉS.
PRÍNCIPE.- (¡Aún más!)
CONTI.- Habrá burlado la vigilancia de los guardias a favor de la confusión que reina a las puertas de Palacio.
VOCES.- (Dentro.) ¡Detenedla! ¡Detenedla!
CABALLERO 1.º.- Ha quitado la espada a un oficial y se abre paso por en medio de la multitud.
PRÍNCIPE.- ¡Qué haré!
MARQUÉS.- ¡Es ella! ¡Viene a buscarme, sin duda!
ÁNGELA.- (Dentro y más cerca.) ¡Dejadme! ¡Quiero verle!
CONDESA.- (Saliendo por 1a puerta de la izquierda.) ¡Ese ruido! ¡Esas voces!
CONTI.- Que no se le haga ningún mal.
Sale ÁNGELA seguida de criados y otros varios nobles. Se para en la puerta del foro, deja caer la espada que trae en la mano, y dice con sonrisa de triunfo.
ÁNGELA.- ¡Entré!
La música sigue oyéndose muy piano durante toda esta escena.
PRÍNCIPE.- ¡Que no me vea!
Se oculta con ARALDI entre la multitud.
CONDESA.- ¡Desdichada!
ÁNGELA.- (Mirando, en torno suyo.) No le veo. Éste no es. (Acercándose a varios CABALLEROS y examinándolos con detención.) Tampoco éste... Tampoco... No está.
CABALLERO 1.º.- ¿Buscas a alguno?
ÁNGELA.- Sí, a uno..., a uno...; pero a ti no te importa... ¡Ah! ¡Cómo os divertís por aquí! ¡Cuántas luces! (Mirando hacia adentro.) ¡Cuánta gente! Éste es Palacio. Aquí es donde moran los que debían saberlo todo y no saben más que lo que les quieren decir... Aquí es donde muchos parecen ser lo que no son.
CONTI.- Vamos: sacadla de aquí.
Se acercan los UJIERES.
ÁNGELA.- Pues; me quieres echar porque vengo a pedir justicia.
CONTI.- (Sus palabras encierran un misterio...) A nadie se le niega.
ÁNGELA.- ¿Y quién la otorga?
CONTI.- ¡Yo!
ÁNGELA.- ¿Tú?
CONTI.- Yo soy ahora el encargado de administrarla.
ÁNGELA.- Y la administras así... divirtiéndote..., bailando quizá...
CABALLERO 1.º.- No es tan loca como parece.
ÁNGELA.- En vez de estarte aquí sin hacer nada de provecho, podías ocuparte en indagar quién la necesita, y a fe a fe que habías de hallar unos pocos.
CONTI.- ¿Y tú eres una?
ÁNGELA.- Sí. (Con gran misterio.) Me han arrebatado una madre, me han arrebatado la honra; pero esto no se lo digas a nadie..., porque si él llega a entender...
CONTI.- Explícate.
ÁNGELA.- Vosotros creéis que es su padre... (ÁNGELA ase con una mano a CONTI y con la otra a la CONDESA.) Pues bien; yo sé que no lo es.
PRÍNCIPE.- ¡Oh!
Sin poderse reprimir sale de en medio de un grupo como para detener a ÁNGELA.
ARALDI.- (Sin dejarse ver de ÁNGELA.) ¡Imprudente!
ÁNGELA.- ¡Shis! (Viendo al PRÍNCIPE. Pausa.) ¿Quieres hacerme justicia? (Llevándose a CONTI al ángulo opuesto.) Pues manda que al momento encierren a ése en un calabozo.
Señalando al PRÍNCIPE. Movimiento en los grupos y murmullos prolongados.
CONTI.- ¿Por qué?
MARQUÉS.- (Al oír lo que dice CONTI.) No la hagáis caso.
ÁNGELA.- (Viendo al MARQUÉS.) Ése..., ja..., ja...; ése me da risa; el pobre tonto al ver aquel papel se habrá creído que yo... ¡Ja!, ¡ja! Y él que es tan vanidoso... y que no tiene nada de perspicaz..., ja..., ja... No; a ése no le hagas nada.
MARQUÉS.- ¡Esto sólo me faltaba!
CONDESA.- (Es preciso sacarla de aquí y evitar que Sus Altezas se enteren.) (A ÁNGELA.) Ven; yo sé dónde está Conrado.
ÁNGELA.- ¿Sí? ¿De veras? Vamos corriendo.
CONDESA.- (Con dignidad a los CABALLEROS.) Paso, señores, paso.
ÁNGELA.- (Al PRÍNCIPE, poniéndole una mano en el hombro.) Adiós; ya sabes que te conozco. (Corriendo al lado opuesto donde se halla el MARQUÉS.) Tú no tengas miedo: no te guardo rencor. (A CONTI, que se halla en medio de la escena.) ¿Con que me harás justicia? Adiós. ¡Voy a verle!
Con misterio a los CABALLEROS y DAMAS. Vase corriendo seguida de la CONDESA.
PRÍNCIPE.- (A ARALDI.) (Mañana no ha de vivir esa mujer.)
ARALDI.- ¿Qué os decía yo?
PRÍNCIPE.- Es preciso. Sígueme.
Vanse.
Escena XI
CONTI, el MARQUÉS, DAMAS y CABALLEROS; en seguida CONRADO por una puerta de la derecha.
CONTI.- Y el Príncipe se va... ¿Qué quiere decir esto?
MARQUÉS.- ¡Las cosas que pasan en este mundo!
CONRADO.- (Al salir.) En vano tratáis de detenerme.
MARQUÉS.- (¿Otro loco?)
CONRADO.- ¡Príncipe! ¡Príncipe de San Mario!
MARQUÉS.- Acaba de salir.
CONRADO.- (Quitándose las charreteras de capitán y arrojándolas sobre una mesa. Rumores prolongados.) Pues bien; oídme todos. Estas insignias no me corresponden. (Desnudando la espada y poniéndola también sobre la mesa.) Esta espada de caballero no debe pender de mi cintura. El Príncipe no es mi padre. Pertenezco al pueblo. Pertenezco al pueblo.
Dirigiéndose a varios lados como para que le oigan todos. Gran agitación entre las DAMAS y CABALLEROS.
MARQUÉS.- ¡Ya escampa!
CONTI.- ¿Estáis cierto de lo que decís?
Todo este diálogo debe ser muy rápido y dicho con gran calor.
CONRADO.- Puedo jurarlo.
CONTI.- ¿Tenéis pruebas?
CONRADO.- Sí.
CONTI.- ¡Hola, ujieres, guardias! (Preséntanse en la puerta del foro varios UJIERES y un capitán.) Señor Capitán, buscad al Príncipe de San Mario y prendedlo.
Vase el Capitán.
CONTI.- (Con ansiedad.) Me habéis dicho que tenéis pruebas.
CONRADO.- Tomad una: este papel. (Dándole el que ALBERTO mostró a ÁNGELA en el tercer acto. CONTI empieza a leer y lanza una exclamación de gozo.) ¿Queréis otra? ¿La mejor? Venid y me veréis en brazos de mi verdadero padre.
CONRADO entra por la puerta de la derecha seguido de CONTI.
MARQUÉS.- (Rápidamente.) ¡Y yo desterrado! (Rumores prolongados, las DAMAS y CABALLEROS empiezan a retirarse por la puerta del foro.) El Palacio se ha convertido en una casa de locos.
FIN DEL ACTO CUARTO
La misma decoración de los actos segundo y tercero.
Escena primera
ARALDI y MAGDALENA.
ARALDI.- No temáis; confiad en mis promesas.
MAGDALENA.- No dudo de vuestro saber, pero soy madre y mi hija padece.
ARALDI.- Clara prueba os doy de que me intereso por ella, cuando a tan altas horas de la noche vengo a visitarla.
MAGDALENA.- ¡Nos ha dado un susto!... No quería decíroslo por temor de enojaros. Agotadas sus fuerzas, creímos que se había tranquilizado; fuimos a prepararle una bebida, y cuando volvimos después de breves instantes, había desaparecido. Salimos a la calle y la buscamos en vano. ¡Temí haberme quedado sin hija! Al cabo de una hora nos la trajo una dama de Palacio. ¡Qué hora!
ARALDI.- (¡Pobre mujer!... Me da lástima...)
MAGDALENA.- Me habéis ofrecido salvarla. No lo olvidéis. Somos pobres..., pero podéis llevaros por de pronto todo lo que haya en la casa; y después, cuanto ganemos en un año, en dos, en tres, en los que queráis, será para vos... ¡Con tal de que mi hija no se muera!... ¡La quiero tanto! ¡Es tan desgraciada!
ARALDI.- A mí me bastará la satisfacción de... (Acabemos de una vez. Me creí con más valor.) Dadme un vaso de agua.
MAGDALENA entra en su cuarto y vuelve en seguida con un vaso de agua.
MAGDALENA.- Tomad.
ARALDI.- (Sacando un frasquito y echando algunas gotas de su contenido en el vaso de agua.) Diez o doce gotas de este licor bastarán... No se negará a tomarlo; ya veis, parece agua clara.
MAGDALENA.- ¿Y creéis que logrará algún alivio?
ARALDI.- Pronto dejará de padecer.
MAGDALENA.- ¿De veras? ¿Descansará?
ARALDI.- Sí; ¡descansará!
MAGDALENA.- Oh señor, dejadme besar vuestra mano.
ARALDI.- (Turbado y deteniéndola.) ¿Qué hacéis?
MAGDALENA.- Mirad; ella viene.
ARALDI.- Es muy tarde; me retiro.
MAGDALENA.- El cielo os bendiga. Mi hija y yo... ¡yo también! os
deberemos la existencia.
ARALDI.- (Era preciso. El Príncipe me aguardará impaciente.)
Vase
Escena II
MAGDALENA, ÁNGELA, y luego JULIETA.
ÁNGELA.- (Sale lentamente y va a sentarse en una silla que habrá cerca de la mesa en el lado opuesto.) ¿Ha venido Conrado?
MAGDALENA.- Todavía no.
ÁNGELA.- No vendrá; va a partir a la guerra.
MAGDALENA.- (Acercándose a ella con la mayor ternura.) ¡Infeliz! ¿Tienes sed?
ÁNGELA.- No.
MAGDALENA.- (Tomando el vaso de agua y queriendo hacerla beber.) Vamos, bebe un poco.
ÁNGELA.- Agua, no; no quiero agua.
MAGDALENA.- Yo te lo ruego.
ÁNGELA.- (Exasperándose.) No; he dicho que no. ¡Parte hoy! ¡Quiere dejarse matar!
MAGDALENA.- (A JULIETA, que sale. Deja el vaso encima de la mesa.) ¡Ah! ¿Eres tú? ¿Le has visto?
JULIETA.- Sí.
MAGDALENA.- ¿Le hallaste en Palacio?
JULIETA.- Estabais bien informada. Esta noche había baile; pero cuando yo llegué ya salían todos en desorden, hablando acaloradamente. Esta circunstancia favoreció mi entrada. Di con el señor Conrado y le entregué vuestro billete. Me ha respondido que vendrá al punto.
MAGDALENA.- ¿Cómo has tardado tanto?
JULIETA.- Al volver no me dejaban pasar por esa otra calle.
MAGDALENA.- ¿Quién?
JULIETA.- Unos soldados que, según me he podido enterar, estaban guardando la puerta de la casa que forma esquina con ésta, adonde han venido a prender a uno.
MAGDALENA.- Pero Conrado vendrá, ¿no es esto? ¡Ojalá que no se frustren nuestras esperanzas! ¡Mírala!... Se niega a tomar una medicina que el médico ha encarecido mucho.
JULIETA.- ¡Eh! Condenados jaropes que no sirven para nada. La presencia del señor Conrado sí que será una excelente medicina...
MAGDALENA.- Sin embargo...
ÁNGELA permanece sentada y con la vista fija.
JULIETA.- Ahora está tranquila; no la exasperéis, que será lo peor...
ÁNGELA.- ¡No vendrá!
MAGDALENA.- ¿La oyes?
JULIETA.- Dejadle allí el vaso, y tal vez ella, sin que nadie se lo diga... (Mirando el vaso, sin moverse de su sitio.) Parece agua. Y nosotras vamos a esperar afuera al señor Conrado, no vaya a entrarse aquí antes de que le hayamos dicho...
MAGDALENA.- (Señalando a ÁNGELA.) Sí; quiero enterarle detalladamente de su estado, de las frases que pronuncia en su delirio, y manifestarle cuánto esperamos de esta entrevista.
JULIETA.- Me parece que suben la escalera.
MAGDALENA.- Vamos.
Vanse ambas y cierran la puerta del foro.
Escena III
ÁNGELA.
¡No vendrá: va a partir a la guerra; me cree culpable! (Se levanta y empieza a pasear por la escena. Da un grito y hace ademán de ponerse a escuchar.) ¡Oh! ¡Ruido de tambores! ¡Cuántos soldados! Llevan las banderas desplegadas. Irán a la guerra (Colocada en la mitad de la escena y mirando a cualquier lado.) ¿Partirá Conrado con ellos? No le veo. Pasan... pasan tantos... sí, allí va..., aquél es... Le llamaré. ¡Conrado, Conrado! No me oye con el ruido de los tambores... Ran... ran..., plan... plan... Ya se va alejando... Apenas se percibe. Han llegado a la orilla del mar... Se embarcan..., el viento hincha las velas..., las naves parten, y corren, y vuelan por las olas... ¡Vientos de la mar, apiadaos de mí; no prestéis impulso a la nave que me lo arrebata! ¡Qué lejos van ya..., qué lejos..., qué lejos...!; pero yo los veo todavía... ¡Oh! Allí se divisa el enemigo, que los aguarda ansioso. ¡Ya están frente a frente! ¡Detenedlo! ¡Corred! ¡Cobardes!... ¡Si yo estuviera a su lado!... ¡Van a herirle!... ¡Le hirieron!... ¡Va a caer!... ¡Jesús! ¡Cayó! (Se cubre el rostro horrorizada. Pausa. Arrodillándose en medio de la escena y elevando las manos al cielo.) Un ángel baja de las nubes, se inclina hacia Conrado y le dice al oído: «Ángela es inocente. Dios permite que te levantes y vayas a buscarla para que ambos subáis juntos al cielo.» (Poniéndose de pie.) ¡Conrado se levanta! ¡Qué pálido está! ¡Cuánta sangre brota de su herida! Su planta se desliza por la superficie del mar...; viene en las alas del viento... Ya entra en la ciudad...; ya llega a esta casa...; ya oigo sus pasos en la escalera...; ya llega a esa puerta...; ya la abre... (CONRADO abre la puerta en este momento y entra.) ¡Oh! ¡Ya está aquí! (Corriendo a arrojarse en sus brazos.) ¡Ya está aquí!
Escena IV
ÁNGELA y CONRADO.
CONRADO.- ¡Ángela!
ÁNGELA.- ¡Te esperaba! ¡Oh!
Mirándole al pecho y retrocediendo espantada.
CONRADO.- ¿Qué miras?
ÁNGELA.- La sangre que brota de tu herida.
CONRADO.- ¿Qué herida?
ÁNGELA.- Esa que tienes en el pecho. (Poniéndole el delantal donde cree ver la herida.) Deja, tal vez logre restañar... ¡Sale tanta! Mira, me he manchado las manos.-¡Mis manos tintas en sangre tuya! ¡La mía se hiela de horror! (Restregándose las manos.) ¡Y no se quita..., no se quita!...
CONRADO.- Escúchame, Ángela... (Asiéndole ambas manos y mirándola fijamente.) Vuelve a la razón. Quería huir y vuelvo a tu lado. Quería aborrecerte y no te aborrezco... Soy tu igual. Dime que me ciega un funesto error, y en lazo eterno viviremos dichosos toda la vida.
ÁNGELA.- Sí, muy dichosos...
CONRADO.- Recuerda lo que anoche pasó aquí. Mírame; recobra tus sentidos. ¿Amas a aquel hombre? No, no puedes amarlo. En todo cuanto ha sucedido debe haber algún misterio que no puedo comprender.
ÁNGELA.- No me mires así; tu mirada me hace daño.
CONRADO.- Ángela, ¿me amas?
ÁNGELA.- Ven aquí.
Llevándole a un ángulo del teatro.
CONRADO.- Nadie nos oye; habla sin temor.
ÁNGELA.- ¿Que si te amo? Sí; te amo con amor puro como el rocío, eterno como el alma.
CONRADO.- ¿Y he podido dudarlo? Pero explícamelo todo. ¿Por qué escribiste al Marqués aquella carta?
ÁNGELA.- (Como recordando.) ¿Al Marqués? ¿Una carta?
CONRADO.- Le dabas en ella una cita.
ÁNGELA.- Sí; me acuerdo bien.
CONRADO.- Y ese hombre entró aquí.
ÁNGELA.- ¿Y tú le viste?
CONRADO.- Y creí que me habías engañado.
ÁNGELA.- Y cuando iba a decirte la verdad, aquella mano helada que asió la mía...
CONRADO.- (¡Vuelve a desvariar!)
ÁNGELA.- (Como si hablase con el PRÍNCIPE.) ¡No la matéis! ¡Es mi madre! Sí, sí, escribiré. Papel, pluma. (Se sienta cerca de la mesa: dobla papel, coge una pluma precipitadamente y empieza a escribir.) Todo lo que queráis.
CONRADO.- Vuelve en ti. ¿Qué venía a hacer ese hombre a tu casa?
ÁNGELA.- Venía a verme. Nos queremos mucho: me ha regalado brillantes. ¿Pensabas que mi fe había de ser eterna? Ya ves como no.
CONRADO.- No prosigas.
ÁNGELA.- ¿Por qué? Solemne chasco te hemos dado. (Mi madre vivirá.)
CONRADO.- ¡Basta!
ÁNGELA.- No, no puedo hablar. ¡Por todas partes hay ojos que me acechan, oídos que me escuchan, manos que me detienen!... Callaré, callaré: aunque partas, aunque te maten, aunque me aborrezcas, callaré, callaré, ¡callaré!
Entra precipitadamente en el aposento de la izquierda en segundo término.
Escena V
CONRADO, MAGDALENA y ALBERTO.
MAGDALENA.- ¿Qué habéis logrado?
CONRADO.- Confundirme más y más.
ALBERTO.- Vengo en tu busca. Araldi ha sido preso al ir a entrar en su casa, cercada por los soldados encargados de arrestar al Príncipe, y ha dicho que quiere hacer en seguida una declaración muy importante.
CONRADO.- ¿Y el Príncipe?
ALBERTO.- No le han hallado en casa de Araldi. Los soldados salen ya convencidos de que no está en ella. Permanecerán, sin embargo, guardando la puerta.
CONRADO.- Corramos a averiguar lo que dice Araldi.
MAGDALENA.- ¿Os vais?
ALBERTO.- Volverá conmigo.
Vanse, cerrando la puerta del foro.
MAGDALENA.- ¡Hija desventurada!
Entra en el aposento donde se supone que se halla su hija: la puerta queda cerrada.
Escena VI
El PRÍNCIPE solo.
Entreabriendo con gran precaución la puerta secreta.
¡Nadie! (Entra con rostro pálido y desencajado. Corre hacia el balcón y se asoma.) ¡Oh! También hay soldados en esta calle, y se divisa el resplandor de las luces de los que están en la otra. ¡Tampoco por aquí puedo salir! ¡Oh! (Dando un grito y mirando hacia la puerta secreta.) -Creí que venían siguiéndome, que abrían esa puerta.-No: ya han abandonado esa casa fatal, y yo he podido salir del estrecho recinto en donde me ahogaba... ¡Al fin puedo respirar! He oído lo que hablaban. ¡Descubierto mi secreto! Ayer Príncipe, hoy... ¡Yo preso, yo encerrado en una cárcel! (Volviendo a asomarse al balcón.) Todavía no se han ido. ¡No, no se irán! ¿Qué haré? En esa casa volverán a entrar, y entonces quizá den conmigo... Aquí me verán.-¡Oh! Me arrojaré a los pies de esas mujeres, ¡les pediré perdón!-¿Y Araldi? ¿Lo habrán preso al salir? ¿Habrá huido?-¡Y no me veré vengado!... ¡Conrado! ¡Un día, uno sólo para gozarme en tu desesperación!-Apenas puedo tenerme en pie. Una sed devoradora abrasa mi pecho. (Va con paso trémulo hacia la silla que habrá cerca de la mesa, se deja caer en ella y ve el vaso de agua.) ¡Ah! (Bebe con ansia.) ¡Me siento con nuevo vigor para arrostrar nuevos infortunios! (Se asoma otra vez al balcón.) Ya han desaparecido esos hombres. Tampoco se divisa el resplandor de las antorchas.-Salgamos. (Dirigiéndose a la puerta del foro) ¡Suben por la escalera! (Corre a la puerta secreta, la abre y vuelve a cerrarla con rapidez.) ¡Fatalidad! Luces en esta casa. Han vuelto a entrar en ella. ¡Aquí! (Abre la puerta del aposento de la izquierda, en primer término, y entra en él volviendo a cerrar la puerta.)
Escena última
La CONDESA y JULIETA; en seguida MAGDALENA, a poco CONRADO, ALBERTO y ÁNGELA; luego el PRÍNCIPE.
CONDESA.- ¿Dónde está? Que venga corriendo. Quizá sea tarde.
Entra JULIETA en el aposento donde esta MAGDALENA.
MAGDALENA.- ¿Qué me queréis?
CONDESA.- Esta noche ha estado aquí el médico de vuestra hija.
MAGDALENA.- ¡Sí!
CONRADO.- (Entrando con ALBERTO.) ¡Ángela! ¡Ángela!
ÁNGELA.- (Saliendo de su aposento.) ¡Su voz!
CONRADO.- ¡Vive!
MAGDALENA.- ¿Qué queréis decir?
CONDESA.- El médico de vuestra hija ha sido preso.
ALBERTO.- Y acaba de declarar...
CONRADO.- ¿Dónde está un vaso de agua en que vertió algunas gotas de un licor que traía consigo?
MAGDALENA.- Aquí lo dejé. Vedlo.
CONRADO.- ¡Vacío!
MAGDALENA.- Ese vaso...
CONRADO.- ¡Contenía un veneno!
PRÍNCIPE.- ¡Oh!
Sale dando un grito espantoso, y se queda como petrificado en el ángulo de la escena.
CONRADO.- ¿Vos aquí?
CONDESA.- ¡Cielos!
MAGDALENA.- ¡Socorro! ¡Mi hija está envenenada!
CONRADO.- Pidamos auxilio.
PRÍNCIPE.- No es menester. Contra ese veneno no hay antídoto... Yo he apurado hasta la última gota lo que contenía ese vaso.
CONRADO.- Él.
CONDESA y MAGDALENA.- ¡Oh!
Pausa, durante la cual todos observan con espanto las desencajadas facciones del PRÍNCIPE, ocupando el ala derecha de la escena: él permanece en el lado opuesto, silencioso y sombrío. ÁNGELA le señala con el dedo.
PRÍNCIPE.- (Como consigo mismo.) Voy a morir... No hay remedio. ¡Para qué tantos afanes!... ¡Para qué tantos delitos!... ¡En esto vienen a parar las riquezas, el orgullo, el poder, la ambición! «Un día llegará en que todos seamos iguales... os emplazo para ese día...» Ella lo dijo... ¡Qué helado sudor!... ¡Qué ansiedad!...
ÁNGELA.- (Bajo, a CONRADO.) Ése..., ése puede explicarlo todo.
El PRÍNCIPE se pasa la mano por la frente, como para limpiarse el sudor. Después se oprime con ambas el pecho, dando muestras de los dolores que empiezan a atormentarle.
PRÍNCIPE.- ¡Y moriré maldito!
Como sintiéndose acometido por una idea repentina. Levanta las manos al cielo con paso trémulo y pausado, y se dirige hacia ÁNGELA, que va retrocediendo a medida que el PRÍNCIPE se le acerca.
ÁNGELA.- ¡Ése!... ¡Ése!
Retrocediendo. Cuando el PRÍNCIPE está a su lado se deja caer a sus plantas con un temblor convulsivo, inclinando la frente.
PRÍNCIPE.- ¡Perdón!
CONRADO.- ¡Qué miro!
PRÍNCIPE.- ¡El crimen a los pies de la virtud!
Sin levantarse hasta que lo indique la acotación.
ÁNGELA.- ¡Así! ¡Así!...
PRÍNCIPE.- Ángela, óyeme y responde: ¿No es verdad que un día hallaste en tu casa al Marqués, sin saber por dónde había entrado?
ÁNGELA.- Sí.
PRÍNCIPE.- Entró por una puerta secreta que hay en esa pared.
CONRADO.- ¡Oh!
PRÍNCIPE.- ¿No es verdad que yo vine aquí, y ofreciéndote salvar a tu madre te obligué a escribir una carta?
ÁNGELA.- Sí, eso es.
PRÍNCIPE.- ¿No te la dicté yo mismo?
ÁNGELA.- Sí, eso es.
PRÍNCIPE.- Y cuando fuiste a revelárselo a Conrado, ¿no sintió tu mano el contacto de la mía?
ÁNGELA.- ¡Gran Dios! ¡Qué velo se descorre ante mi vista!
PRÍNCIPE.- Era yo: había entrado por esa puerta.
ÁNGELA.- ¡Madre! ¡Conrado!
PRÍNCIPE.- Oye, Ángela, oye aún. (Su voz se va debilitando, y cada vez da mayores muestras de los dolores que sufre.) ¿No es verdad que tienes lástima de mí? ¿No es verdad que me perdonas?
ÁNGELA.- ¡Oh!
Tendiéndole una mano, que el PRÍNCIPE besa.
PRÍNCIPE.- (Levantándose con gran trabajo, ayudado por la CONDESA y ALBERTO, cae en una silla.) ¿Y tú, Dios mío, me perdonarás también?
CONDESA.- ¡Su piedad es infinita!
PRÍNCIPE.- ¡Grande es mi culpa!
CONRADO.- No tanto como su misericordia.
PRÍNCIPE.- Le arrebaté la razón: se la devuelvo; mancillé su honra: la rehabilito; quise separaros: os uno; os aborrecí: os amo. (Enlazando las manos de ambos jóvenes, que caen a sus pies.) ¡Adiós! Me he castigado por mi propia mano... Rogad por mí... ¡Dios mío!... ¡per... dó... na... me!
ÁNGELA.- ¡Dios mío' ¡Misericordia!
Cuadro. Ambos jóvenes a los pies del PRÍNCIPE; ALBERTO sostiene su cabeza, colocado detrás de la silla. MAGDALENA a un lado, la CONDESA a otro.
FIN DEL DRAMA
Proverbio en un acto
A VICTORINO TAMAYO Y BAUS.
Este juguete, que nada vale en sí, tiene un gran valor a nuestros ojos: a los tuyos, por ser obra de mi escaso ingenio; a los míos, porque la indulgencia del público te ha estimulado en él con benévolos aplausos. Por eso te lo dedica tu hermano.
MANUEL.
En el estreno de la obra, representada el 15 de marzo de 1853 en el teatro de Variedades.
| PERSONAJES | ACTORES |
| CAROLINA. | Doña Teodora Lamadrid. |
| EL MARQUÉS DE SAN MILLÁN. | Don Joaquín Arjona. |
| RAFAEL, su hijo. | Victorino Tamayo. |
| UNA CRIADA que no habla. |
Acto único
Sala decentemente amueblada; butacas, mesas, piano, etc. Puerta en el foro, una lateral a la izquierda, y una ventana a la derecha en primer término. Al levantarse el telón se oye ruido como de volcar un carruaje.
Escena primera
CAROLINA aparece sentada haciendo labor.
¡Ah! Esas voces, ese ruido (Corriendo a asomarse a la ventana.) Una silla de posta ha volcado en medio del camino. Dolores (La CRIADA se presenta a la puerta del foro.), un coche acaba de volcar; corre y di a los pasajeros que esta quinta está a su disposición. (Vase la CRIADA.) Tiemblo como una azogada... ¿Se habrán hecho daño? No; se dirigen hacia aquí. (Asomándose a la ventana.) Mis criados hablan con ellos..., entran, ¡oh!
Entra precipitadamente por la puerta de la izquierda.
Escena II
El MARQUÉS DE SAN MILLÁN, RAFAEL y la CRIADA.
MARQUÉS.- Bien está; aguardaremos en esta sala. Diga usted a esa señora que no se moleste; añadiendo que desea darle gracias por tan generosa hospitalidad el Marqués de San Millán. (Vase la CRIADA.) Ese estúpido Julián nos ha hecho volcar cuando sólo nos faltaban tres leguas para llegar a Sevilla.
RAFAEL.- ¡Qué quiere usted, papá! En España está de moda volcar en los caminos.
MARQUÉS.- ¿Tú celebrarás sin duda este accidente?
RAFAEL.- ¿Eso dice usted cuando he estado a pique de romperme la cabeza?
MARQUÉS.- Más resignado te encuentro de lo que yo esperaba.
RAFAEL.- La conformidad, cuando no hay otro remedio, es una excelente virtud. Usted se empeña en descasarme.
MARQUÉS.- Tú podías haberme ahorrado ese trabajo.
RAFAEL.- ¿Cómo?
MARQUÉS.- No casándote.
RAFAEL.- Pero si ya lo hice...
MARQUÉS.- Sin mi consentimiento.
RAFAEL.- Usted me lo hubiera negado.
MARQUÉS.- Sí, señor; sí, y mil veces sí. Venir a Sevilla con el objeto de arreglar varios asuntos de familia... Enamorarse de la noche a la mañana de una muchacha humilde y pobre... Casarse clandestinamente con ella... ¿Le parece a usted esto regular?
RAFAEL.- Pero en seguida volví a Madrid; me arrojé a los pies de usted, le pedí perdón...
MARQUÉS.- Y yo no te rompí la cabeza... no sé por qué. Pero aún es tiempo de remediarlo todo. En cuanto lleguemos a Sevilla, veremos cómo se ha verificado este matrimonio. Yo no te he dado mi consentimiento. Tú eres menor de edad, y voy creyendo que al decirme que te habías casado, te proponías alcanzar mi permiso con el objeto de casarte después.
RAFAEL.- No, papá, no. La verdad es que estoy casado ya.
MARQUÉS.- Si es así, me valdré de las autoridades, del Arzobispo de Sevilla, acudiré al mismo Papa, te obligaré a obedecerme, y pronto romperé con un divorcio el clandestino casamiento.
RAFAEL.- Yo espero que en cuanto usted vea a su nuera cambiará de resolución.
MARQUÉS.- ¡Nuera! No; no esperes que yo consienta en un enlace tan desigual.
RAFAEL.- Padre, el siglo en que vivimos no es ciertamente un siglo de vanas preocupaciones. Ya se van desmoronando aquellas insuperables barreras que separaban al grande del pequeño.
MARQUÉS.- ¡Bellas, teorías!...
RAFAEL.- Ya hemos visto a muchos de los más elevados títulos de Castilla contraer matrimonio con jóvenes...
MARQUÉS.- Ésos tienen la culpa de que los plebeyos se nos vayan subiendo a las barbas.
RAFAEL.- Desengáñese usted; en la mujer propia no debe uno ambicionar riquezas, sino hermosura; no un título vano, sino virtud.
MARQUÉS.- ¡Qué sabes tú de eso! Todos nuestros antepasados han elegido esposas muy ilustres; algunos de ellos han casado con princesas de sangre real, y mientras yo viva, no ha de decirse que un hijo mío tiene por mujer a una Carlota Pérez a secas.
RAFAEL.- Seguro estoy, de que usted no hubiese dicho esta boca es mía si mi mujer se hubiera llamado D.ª Juana de Guzmán, Castro, Padilla, Téllez, Carvajal, Princesa del Mar Rojo, Duquesa del Polo Ártico y Marquesa del Cabo de Finisterre, aun cuando hubiese sido vieja y fea, y puerca y mal hablada.
MARQUÉS.- ¡Insolente! ¿Te estás burlando de mí?...
RAFAEL.- Perdone usted, papá, y convenga en que tratar así a un bachiller en leyes...
MARQUÉS.- ¡Muñeco!
RAFAEL.- Y todo ¿por qué? Porque me he casado con una mujer bonita.
MARQUÉS.- Eso no vale nada.
RAFAEL.- Discreta.
MARQUÉS.- ¿Tú qué has de decir?
RAFAEL.- Virtuosa.
MARQUÉS.- Sí, sí; fíate de las apariencias.
RAFAEL.- (Acariciándole.) ¡Vamos, papá!...
MARQUÉS.- Casado un muñeco de veinte años.
RAFAEL.- Dos meses y cinco días.
MARQUÉS.- Aparta.
RAFAEL.- Pero...
MARQUÉS.- Silencio: aquí se acerca la dueña de la quinta.
Escena III
DICHOS y CAROLINA.
CAROLINA.- Ruego a usted, señor Marqués, que me dispense si le he hecho aguardar. Lo mismo digo a este caballero.
MARQUÉS.- (¡Es linda como un sol!) Señora, nosotros somos los que debemos pedir a usted mil perdones.
CAROLINA.- Tengan ustedes la bondad de tomar asiento. ¿Se han lastimado ustedes? El vuelco ha sido horrible.
RAFAEL.- Felizmente hemos escapado con media docena de chichones y otros tantos cardenales.
CAROLINA.- ¿Quieren ustedes que se les haga un poco de tila? Se habrán ustedes asustado y...
RAFAEL.- ¿Asustarnos?... Ni por pienso.
MARQUÉS.- (¡Es muy amable!) Bien haya el triste suceso que nos proporciona el gusto de conocer a usted.
RAFAEL.- (¡Qué fino está mi señor padre!)
CAROLINA.- Sólo a él debo la inmerecida honra de poder ofrecer mis respetos al señor Marqués.
MARQUÉS.- Tanta bondad me confunde y...
CAROLINA.- Vamos a lo que importa. En los viajes siempre se tiene apetito: voy a mandar que nos sirvan el desayuno en esta sala.
RAFAEL se coloca una pierna sobre otra, quedando en posición poco decente; su padre le mira indignado, y RAFAEL toma otra posición afectadamente modesta.
MARQUÉS.- ¡Oh, no se moleste usted por nosotros!
CAROLINA.- A no ser que ustedes se desdeñen de honrar mi pobre mesa...
MARQUÉS.- (Levantándose para despedir a CAROLINA. RAFAEL permanece sentado.) Aceptamos con sumo placer.
CAROLINA.- Vuelvo en seguida.Vase.
Escena IV
El MARQUÉS y RAFAEL.
MARQUÉS.- ¿Qué te parece?
RAFAEL.- ¿De qué?
MARQUÉS.- De nuestra huéspeda.
RAFAEL.- Que ha tenido una felicísima ocurrencia.
MARQUÉS.- ¿Cuál?
RAFAEL.- La del almuerzo.
MARQUÉS.- ¡Eh! Quita allá. ¿No te ha parecido bonita?
RAFAEL.- ¡Psch!...
MARQUÉS.- ¿Amable?
RAFAEL.- ¡Psch...
MARQUÉS.- ¿Ingeniosa?
RAFAEL.- ¡Psch!
MARQUÉS.- Eres un necio. ¡Ya se ve! Como la ninfa sevillana te ha trastornado el seso... Ya le diré yo a la... ¡Dios me perdone! Ve y ordena a Julián que se dé prisa en la compostura de la rueda y que nos avise si pasa alguna diligencia con dirección a Sevilla.
RAFAEL.- ¿No sería mejor que descansáramos aquí un ratito?
MARQUÉS.- Lo mejor es que no me repliques.
RAFAEL.- Punto en boca. Yo soy un muchacho muy obediente.Vase por la puerta del foro.
Escena V
El MARQUÉS, en seguida CAROLINA.
MARQUÉS.- ¡Oh! Yo le aseguro que ha de pagármelas todas juntas. ¡Está completamente obcecado! Negar que esta señorita es bella..., amable, ingeniosa... Vaya si lo es... Vaya si lo es... Estos jóvenes del día no entienden una palabra en materia de gustos.
CAROLINA.- (Saliendo por la puerta de la izquierda.) ¿Está usted solo?
MARQUÉS.- Mi hijo acaba de bajar a ver si han compuesto ya el carruaje.
CAROLINA.- Yo que me prometía el honor de hospedar a usted un día por lo menos.
MARQUÉS.- ¿Tanto lo deseaba usted?
CAROLINA.- ¡Oh, mucho!...
MARQUÉS.- (¡Es hechicera!)
En este momento sale la CRIADA, y empieza a disponer la mesa para el desayuno.
Escena VI
DICHOS y RAFAEL.
MARQUÉS.- ¿Qué dice Julián?
RAFAEL.- Que antes de una hora podremos echar a andar.
CAROLINA se vuelve de espaldas, y da varias órdenes a la CRIADA.
MARQUÉS.- Oye; vuelve y dile que no por darse demasiada prisa vayamos a tener otro percance en el camino.
RAFAEL.- Antes que se apresurase; ahora que tenga cachaza.
MARQUÉS.- Ve, y haz lo que te digo.
RAFAEL.- Considere usted, papá, que estoy muy cansado.
MARQUÉS.- Obedece.
RAFAEL.- Vamos allá.
Eccena VII
El MARQUÉS y CAROLINA.
CAROLINA.- Cuando ustedes gusten... ¡Ah! Su hijo de usted se ha marchado otra vez...
MARQUÉS.- Sí, vuelve en seguida... ¿Vive usted siempre en esta quinta?
CAROLINA.- Casi siempre.
MARQUÉS.- ¡Oh, qué precioso dibujo!
Reparando en uno, que habrá sobre la mesa.
CAROLINA.- No mire usted eso. Es una copia de la vista que se descubre desde esta ventana.
MARQUÉS.- ¡Está admirablemente hecho!
RAFAEL.- (Entra dando muestras de cansancio. El MARQUÉS le ase de un brazo.) Que hasta dentro de cinco o seis horas...
MARQUÉS.- (Imprudente.)
RAFAEL.- No había reparado...
MARQUÉS.- Mira, mira qué lindo paisaje. Tú entiendes algo de esto. Dinos tu parecer.
RAFAEL.- Vale bien poco; los lejos están muy mal colocados.
MARQUÉS.- ¡Insensato! ¿Qué dices?
CAROLINA.- No le riña usted.
RAFAEL.- ¡Cómo!... Quizá...
CAROLINA.- Sí, el dibujo es mío.
RAFAEL.- Señorita... Si yo hubiese sabido... Ruego a usted que me dispense...
CAROLINA.- ¡Con todo mi corazón! Ea, vamos a almorzar.
MARQUÉS.- (¡Decir que es malo este dibujo! Ese muchacho ha perdido la cabeza.) (Los tres se sientan a la mesa. RAFAEL se coloca la gorra sobre un muslo, cáesele al suelo: repítese el mismo juego, y RAFAEL se la pone en la cabeza. Su padre, indignado se la quita y la tira.) Gracias.A CAROLINA, que le alarga un plato.
RAFAEL.- La vida del campo debe ser muy monótona. ¿No es verdad, señorita?
CAROLINA.- Yo me considero muy feliz lejos del bullicio de las grandes ciudades.
MARQUÉS.- (¡Qué candor!) Este beefsteack está excelentemente condimentado.
RAFAEL.- (Después de probar una.) Lástima es que las patatas estén poco fritas.
MARQUÉS.- (Nada le parece bien.) Pero tan linda criatura no debía vivir obscurecida en medio de los campos.
CAROLINA.- ¡Lisonja cortesana! Y ¿qué haría yo en ese mundo huérfana y desvalida?
MARQUÉS.- ¿Es usted huérfana?
CAROLINA.- En la toma de Morella perdí a mi padre, militar valiente y pundonoroso, y mi madre murió de pesar.
MARQUÉS.- (¡Pobrecilla!)
CAROLINA.- Desde entonces vivo a expensas de una tía que me ama tiernamente; ayer justamente salió para Sevilla. Todos sus bienes consisten en esta quinta y las tierras que la rodean, lo que le produce una renta de siete a ocho mil reales, y con esto nos basta para vivir.
MARQUÉS.- ¡Es usted un ángel!
RAFAEL.- Ese queso, ¿es de Gruyère?
MARQUÉS.- Sí; toma. (¡Uf, qué glotón!)Dándoselo.
CAROLINA.- Algunas veces voy yo también a Sevilla...; y ojalá no hubiese ido nunca.
MARQUÉS.- ¿Por qué?
CAROLINA.- Hace un año que un joven se enamoró de mí. Así me lo juró por lo menos.
MARQUÉS.- Nada más natural.
RAFAEL tira a su padre del faldón de la levita.
RAFAEL.- Ciertamente: papá tiene razón. Nada más natural. ¿Y, sin duda, quiso casarse con usted?
CAROLINA.- Sí; pero su padre, ilustre y opulento señor, se opuso tenazmente a nuestro enlace, y le obligó a partir para lejanos países, anteponiendo su interés a nuestro puro y vehemente amor, y yo quedé abandonada en el mundo para siempre.
MARQUÉS.- ¡Qué iniquidad! ¡Padre tirano! ¡Padre cruel!
RAFAEL.- ¡Padre injusto y desnaturalizado!
MARQUÉS.- (¡Oh!) Quiero decir... padre... padre..., porque, al fin, un padre...
RAFAEL.- Claro está; no debe violentar las legítimas inclinaciones de su hijo. ¿No es verdad? Diga usted que sí, papá.
MARQUÉS.- (¡Descarado!...)
CAROLINA.- La voluntad de un padre es siempre sagrada.
RAFAEL.- No digo yo lo contrario. Justamente por eso me someto a ir a Sevilla, donde...
MARQUÉS.- (Calla.)
CAROLINA.- ¿Qué?
RAFAEL.- Donde estuve hace algún tiempo y vi una joven encantadora.
MARQUÉS.- No le haga usted caso.
RAFAEL.- Con la cual me casé en secreto.
CAROLINA.- ¡Hola!
MARQUÉS.- (¡Rafael!)
RAFAEL.- Y mi padre, movido sin duda por las más piadosas intenciones...
MARQUÉS.- (¡Silencio!)
CAROLINA.- Continúe usted.
RAFAEL.- Me lleva a Sevilla para divorciarme.
CAROLINA.- ¿Será posible?...
RAFAEL.- Él mismo puede repetírselo a usted.
MARQUÉS.- (Levantándose.) Con permiso de usted, señorita; tengo que decir dos palabras a mi señor hijo.
CAROLINA.- Está usted en su casa.
MARQUÉS.- (Llevándose a un lado a RAFAEL.) Corre y di a Julián que despache pronto, porque de lo contrario le haré moler los huesos a palos. Que quiero marchar antes de cinco minutos...; y tú... tú ya verás.
RAFAEL.- ¿He dicho algo que no sea la pura verdad?
MARQUÉS.- ¡Tunante! Corre. Quítate de mi vista, y no lo olvides; quiero marchar dentro de cinco minutos.
Escena VIII
El MARQUÉS.-CAROLINA.
CAROLINA.- ¿Es verdad lo que acaba de decir el señor don...
MARQUÉS.- Rafael.
CAROLINA.- ¿Es verdad?
MARQUÉS.- Señorita, hasta cierto punto...
CAROLINA.- Dispénseme usted si me atrevo a intervenir... Pero las vivas simpatías que me ha inspirado usted...
MARQUÉS.- (¡Vivas simpatías!) Gracias.
CAROLINA.- Me mueven a dar a usted un consejo.
MARQUÉS.- Crea usted, señora, que las que yo he sentido hacia usted...
CAROLINA.- Gracias. Y si bien no parece natural que una joven inexperta aconseje a un caballero tan sensato como usted parece serlo...
MARQUÉS.- Señorita...
CAROLINA.- No vacilaré en decirle, aun a riesgo de equivocarme...
MARQUÉS.- Una persona tan entendida como usted, se equivoca difícilmente.
CAROLINA.- Gracias. Que contrariar tan abiertamente las inclinaciones de la juventud no es siempre provechoso.
MARQUÉS.- Hay un adagio francés que dice: un jeune curé fait les meilleurs sermons, lo que en castellano quiere decir...
CAROLINA.- Sí; que un cura joven es el que mejor predica.
MARQUÉS.- ¿Sabe usted francés?
CAROLINA.- Un poco.
MARQUÉS.- Vous est la femme la plus joli du monde.
CAROLINA.- Et vous l'homme le plus poli de la terre.
MARQUÉS.- ¡Admirable! ¡Qué acento! ¿Ha estado usted en París?
CAROLINA.- ¡Oh! No, señor.
MARQUÉS.- ¿Y tiene usted deseos de ir por allá?
CAROLINA.- Vivísimos deseos... Pero ya he renunciado a la esperanza de verlos realizados.
MARQUÉS.- ¿Por qué?
CAROLINA.- La escasez de mis recursos...
MARQUÉS.- Tal vez cuando usted se case...
CAROLINA.- ¿Casarme?
MARQUÉS.- Justamente.
CAROLINA.- ¿Y quién ha de querer casarse conmigo?
MARQUÉS.- Cualquiera que tenga ojos en la cara para ver los de usted.
CAROLINA.- Demasiado influjo atribuye usted a mis pobres ojos.
MARQUÉS.- Es que usted tiene por ojos ¡dos estrellas, dos luceros, dos soles!
CAROLINA.- Muy astronómico está usted.
MARQUÉS.- Y usted..., usted... (Pero, señor, ¿qué estoy yo haciendo? ¿He perdido la cabeza?)Se levanta
CAROLINA.- ¿Por qué se levanta usted?
MARQUÉS.- Porque..., porque hace mucho calor...Haciéndose aire con el pañuelo.
CAROLINA.- Es natural..., en agosto...
MARQUÉS.- Efectivamente... (¡Hierve la sangre!)
CAROLINA.- Conque decíamos...
MARQUÉS.- ¡Que es usted hechicera! ¡Divina!Acercando su silla a la de CAROLINA y sentándose.
CAROLINA.- Supongamos que lo soy.
MARQUÉS.- Nada de suposiciones. Sentémoslo como hecho probado.
CAROLINA.- En hora buena. Quede sentado que soy bonita.
MARQUÉS.- Eso no tiene réplica. ¡Ah! ¿Su gracia de usted?
CAROLINA.- Carolina.
MARQUÉS.- ¡Precioso nombre!
CAROLINA.- ¿Cree usted que me será fácil hallar un marido, careciendo de un nombre ilustre y de bienes de fortuna? Supongamos..., y esto sí que es una suposición, que su hijo de usted se enamora de mí.
MARQUÉS.- ¿Qué?
CAROLINA.- Y quiere casarse conmigo.
MARQUÉS.- ¿Cómo?
CAROLINA.- ¿Consentiría usted en este enlace?
MARQUÉS.- Señora..., yo...
CAROLINA.- Segura estoy de que no, cuando el matrimonio que ha contraído...
MARQUÉS.- Ha sido sin mi consentimiento.
CAROLINA.- ¿Se lo hubiera usted dado?
MARQUÉS.- Nunca.
CAROLINA.- ¿Lo ve usted?
MARQUÉS.- Señora... yo...
CAROLINA.- ¿Y usted mismo no habrá sentido en la juventud esos arrebatos de la pasión que enloquecen?
MARQUÉS.- ¡Oh! Eso sí; mi corazón...
CAROLINA.- Y me atrevería apostar que ha sido usted más calavera que su hijo.
MARQUÉS.- (Con sonrisa de satisfacción.) ¿De veras?
CAROLINA.- Se le conoce a usted en la cara.
MARQUÉS.- ¿Cree usted?...
CAROLINA.- Y aun todavía debe ser usted algo aficionado al bello sexo.
MARQUÉS.- No le falta a usted perspicacia, porque la verdad es que...Mirándola con el lente.
CAROLINA.- Y supongo que esos finos modales, esa elegante figura...
MARQUÉS.- Señorita...
CAROLINA.- No hay duda; usted es afortunado en amores.
MARQUÉS.- Yo... ¡Ah!
CAROLINA deja caer el pañuelo. El MARQUÉS lo recoge y se le entrega, asiéndole la mano.
CAROLINA.- Gracias.
MARQUÉS.- ¿Conque usted supone que yo puedo ser amado todavía?
CAROLINA.- Claro está.
MARQUÉS.- Por una joven..., bella..., entendida...
CAROLINA.- ¿Por qué no?
MARQUÉS.- ¡Ah! Carolina...Agitando la mano de CAROLINA que aún conserva entre las suyas.
CAROLINA.- (Reparando en que el MARQUÉS le tiene cogida la mano.) ¿Qué hace usted?
MARQUÉS.- Perdone usted: estaba distraído.
El MARQUÉS suelta la mano de CAROLINA.
Escena IX
DICHOS y RAFAEL.
RAFAEL.- Ya están enganchadas las mulas.
MARQUÉS.- (El diablo cargue contigo y con ellas.)
RAFAEL.- Conque, ¿vamos?
CAROLINA.- ¿Tanta prisa tiene usted?
MARQUÉS.- (Mirándola con el lente.) (Está visto: no quiere que me vaya.) (A RAFAEL, llevándosele aparte.) (Estoy hablando con esta señorita de cosas muy importantes. Asómate a esa ventana, y di a Julián que aguarde un poquito.)
RAFAEL.- (Pero, padre, esto parece cosa de burla.)
MARQUÉS.- ¡Siempre has de replicar!
RAFAEL.- Sea todo por Dios. (Asomándose a la ventana.) ¡Eh! Julián, que aguarde usted otro poquito.
RAFAEL se acerca al MARQUÉS y CAROLINA como para tomar parte en la conversación.
MARQUÉS.- Siéntate allí, en aquella butaca, y no nos interrumpas.
RAFAEL.- ¡Mejor! ¡Estoy rendido, tengo un sueño!
RAFAEL se arrellana en una butaca que habrá cerca del foro, al lado opuesto que ocupan las sillas de CAROLINA y del MARQUÉS.
MARQUÉS.- (Si yo me atreviera a indicarle.) Aún permaneceré a su lado de usted breves momentos.
Sentándose otra vez al lado de CAROLINA y aproximando su silla a medida que habla.
CAROLINA.- Lo celebro.
MARQUÉS.- ¿Sí?
CAROLINA.- Sí.
Pausa. CAROLINA le mira con coquetería.
MARQUÉS.- (Después de mirar a su hijo y en voz baja.) Señorita...
CAROLINA.- ¿Eh?
MARQUÉS.- (Después de una pausa.) ¡Si viera usted qué malos están los caminos!
CAROLINA.- Sí, muy malos.
MARQUÉS.- (Después de mirar a su hijo.) Señorita.
CAROLINA.- ¿Eh?
MARQUÉS.- (Después de una pausa.) ¿Le gusta a usted la ópera?
CAROLINA.- Mucho.
RAFAEL ronca.
MARQUÉS.- ¡Qué es eso!
CAROLINA.- Su hijo de usted que se ha dormido.
MARQUÉS.- ¡Ah! Dispense usted. (Yendo adonde está RAFAEL y sacudiéndole con violencia.) ¡Despierta, despierta!
RAFAEL.- Que..., ¿que ya están enganchadas las mulas?
MARQUÉS.- ¡Eh! Te has dormido como un patán.
RAFAEL.- Sí, como se duerme todo el mundo.
CAROLINA.- ¡Estará muy cansado!
MARQUÉS.- Desde que contrajo ese fatal casamiento, le desconozco.
CAROLINA.- Mi lema es cortesía y franqueza.
MARQUÉS.- ¡Franqueza!... Señorita.Volviendo a sentarse al lado de CAROLINA.
CAROLINA.- ¿Eh?
RAFAEL desaparece por la puerta del foro.
MARQUÉS.- A pesar mío siento que... (Se ha ido... Me alegro.)
CAROLINA.- Adelante.
MARQUÉS.- (¡Valor! Quién sabe qué clase de mujer será ésta. Quizá mis riquezas...)
CAROLINA.- Está usted pensativo.
MARQUÉS.- (Bajando progresivamente la voz y acercándose a ella.) Deseo decirle a usted una cosa.
CAROLINA.- ¿Qué cosa es ésa?
MARQUÉS.- Una cosa que... Sentiría ofender a usted.
CAROLINA.- ¡Ofenderme!... De ningún modo.
MARQUÉS.- (Más bajo.) Es un secreto.
CAROLINA.- ¡Me pone usted en cuidado! Hable usted...
MARQUÉS.- Pudiera usted enojarse conmigo.
RAFAEL vuelve a entrar sin ser visto de los otros dos personajes, y se sienta al piano.
CAROLINA.- (Acercando la silla.) Esté usted seguro de que no. ¿Lo entiende usted?
MARQUÉS.- (Ella me anima. ¡No hay duda! ¿Qué vacilo?) ¡Pues bien!... Hay momentos en la vida... (RAFAEL en este momento empieza a tocar el coro de los locos de Jugar con fuego, o bien el aria coreada de los tambores del Valle de Andorra.) ¡Condenado!
CAROLINA.- ¡Déjele usted!
RAFAEL.- ¿Es usted aficionada a la música?
CAROLINA.- Creo haberle dicho a usted que sí.
MARQUÉS.- ¿Canta usted?
CAROLINA.- Un poco.
MARQUÉS.- (¡También canta!) Si fuese usted tan bondadosa que nos quisiera dispensar el favor...
CAROLINA.- Por complacer a usted...
MARQUÉS.- Mi hijo la acompañará a usted.
RAFAEL.- Con mucho gusto.
CAROLINA coloca el papel de música sobre el piano y empieza a cantar acompañada de RAFAEL.
MARQUÉS.- ¡Oh! ¡Qué voz tan angelical!
CAROLINA.- (Reteniéndose.) Creo que se ha equivocado usted.
RAFAEL.- Perdone usted, señorita. Usted es quien se ha equivocado.
MARQUÉS.- (Este chico ha perdido el juicio.)
CAROLINA.- Puede ser... Pero juraría que ha sido usted el que...
RAFAEL.- Si le parece a usted que lo hago mal, no lo haré, y está todo remediado.Levantándose bruscamente.
MARQUÉS.- ¡Jesús! ¡Qué grosería! No; tú no eres mi hijo. Reniego de ti... Vete; vete, y di a Julián que bajo en seguida.
RAFAEL.- (¡Bien va!)
Escena X
El MARQUÉS y CAROLINA.
MARQUÉS.- ¡Estoy abochornado!
CAROLINA.- No se acalore usted, y sepamos qué es lo que me quería usted decir antes con tanto misterio.
MARQUÉS.- ¡Ah! Lo de antes. (Parece que no lo ha olvidado. ¿Si estaré haciendo un papel ridículo...? Pues señor... clarito.)
CAROLINA.- ¿Vuelve usted a quedarse pensativo?
MARQUÉS.- Ya se lo he dicho a usted, no quisiera alarmarla...
CAROLINA.- ¿Me amenaza algún peligro?
MARQUÉS.- ¡Peligro!...
CAROLINA.- ¿Debo temer algo?
MARQUÉS.- ¡Temer!... No; no hay que temer.
CAROLINA.- Hable usted.
MARQUÉS.- Pues bien. El secreto es que yo me he enamorado de usted.
CAROLINA.- (Riendo.) ¿De veras?
MARQUÉS.- ¿Se alegra usted?
CAROLINA.- No es cosa de enojarse.
MARQUÉS.- (¿No lo dije?) (En tono de broma.) ¿Quiere usted venirse conmigo a Sevilla?
CAROLINA.- ¿Para asistir a la fiesta que ha de solemnizar el casamiento de su hijo de usted? Con mucho gusto.
MARQUÉS.- (¡Hola! ¡Bromea!) Después la acompañaré a usted a Madrid.
CAROLINA.- ¡Ja, ja, ja!
MARQUÉS.- (¡Parece que no le disgusta!) Allí tendrá usted vestidos, joyas, coche y un palco en el Teatro Real.
CAROLINA.- ¡Usted acompañarme a Madrid! Joyas, coche... Para esto se necesita dinero, mucho dinero, y yo no tengo ninguno.
MARQUÉS.- Lo tengo yo.
CAROLINA.- ¿Y acaso es usted mi marido, mi hermano, mi padre?...
MARQUÉS.- Y ya que tanto desea usted ir a París, yo la llevaré allá, y también a Italia y a Londres... En fin, adonde usted quiera.
CAROLINA.- Pero ¿es usted mi marido, mi padre...?
MARQUÉS.- Soy un amigo de usted..., un buen amigo.
CAROLINA.- ¿Y con qué podría yo pagar...?
MARQUÉS.- ¿Con qué? Con un poco de amor nada más.
CAROLINA.- ¡Ja, ja, ja! ¡Ahora recuerdo!... Ha dicho usted a su hijo que bajaba en seguida, y le estarán esperando. Le deseo a usted un feliz viaje.
MARQUÉS.- ¡Ah!...
CAROLINA.- (Cambiando de tono.) Beso a usted la mano, caballero.Vase.
Escena XI
El MARQUÉS.
¡Con qué delicadeza me ha despedido! ¡Estoy admirado! ¡Qué dignidad! ¡Qué noble orgullo! O por mejor decir, ¡qué idiotez! ¡Qué necedad! ¡Rehusar un partido como el que yo la he propuesto! ¡Cuántas... cuántas quisieran!... Y bien mirado, mi hijo tiene razón. Su belleza es la belleza del diablo; su amabilidad, coquetería; su talento, un barniz superficial. ¿Y se ha de haber burlado de mí impunemente?... No diría que no si la ofreciese mano de esposo. ¡Qué más quisiera ella!... Y bien mirado, yo voy siendo viejo...; mi hijo es un libertino.. Necesito una amiga, una compañera... ¡Bueno estaría que yo!... ¡Qué diantre, la verdad es que estoy enamorado como un animal!; que esa infame mujer me ha trastornado el juicio... ¿Y por qué me he de violentar, privándome...? ¡Un enlace tan desigual! ¡Bah! Perdería en pergaminos, pero ganaría en modestia, en sumisión. No, no, ni por pienso... ¡Qué diría mi hijo! ¿Y qué me importa a mí lo que pudiera decir ese muñeco? ¿Y el mundo?... ¡Váyase noramala!... Una joven tan linda..., tan... Fuera escrúpulos. Me caso, me caso.
Escena XII
El MARQUÉS y RAFAEL.
RAFAEL.- Media hora me ha tenido usted esperándole con el pie en el estribo.
MARQUÉS.- Escucha. (¡Ánimo!)
RAFAEL.- ¿Qué hay de nuevo?
MARQUÉS.- Que me caso.
RAFAEL.- ¿Usted?...
MARQUÉS.- Yo.
RAFAEL.- ¡Ave María!
MARQUÉS.- Como lo oyes.
RAFAEL.- ¿Con quién?
MARQUÉS.- Con nuestra huéspeda.
RAFAEL.- ¿Y su pobreza?
MARQUÉS.- Me basta con lo que tengo.
RAFAEL.- ¿Y la diferencia de clase?
MARQUÉS.- Con la mía sobra para los dos.
RAFAEL.- ¿Pues no decía usted antes...?
MARQUÉS.- ¿Y aquel rostro angelical?...
RAFAEL.- Eso no vale nada.
MARQUÉS.- ¿Y aquella discreción?
RAFAEL.- ¡Qué ha de decir usted!
MARQUÉS.- ¿Y su virtud?
RAFAEL.- Sí, fíese usted de las apariencias.
MARQUÉS.- ¡Eh! Basta.
RAFAEL.- Pero eso quiere decir que mi matrimonio queda aprobado.
MARQUÉS.- Nada de eso.
RAFAEL.- ¿Pues no elige usted por mujer a una joven que se halla en las mismas circunstancias que la mía?
MARQUÉS.- Y aun suponiendo que así fuese, que no lo es, tú has despreciado mi autoridad, y esto no ha de quedar así.
RAFAEL.- Pues; la ley del embudo.
MARQUÉS.- Tu mujer será una mujer ordinaria, en tanto que ésta...
RAFAEL.- ¡Ya quisiera parecérsele!
MARQUÉS.- ¡Una señorita que dibuja!
RAFAEL.- La mía pinta.
MARQUÉS.- Que canta como un ruiseñor.
RAFAEL.- La mía como un ángel.
MARQUÉS.- Que toca.
RAFAEL.- La mía toca también.
MARQUÉS.- Pues lo dicho; aunque toque, no te saldrás con la tuya.
RAFAEL.- Es que si usted no aprueba mi matrimonio, yo me opondré al de usted.
MARQUÉS.- ¿Cómo se entiende?
RAFAEL.- Lo dicho.
MARQUÉS.- ¡Deslenguado!
RAFAEL.- Y gritaré, y rabiaré, y patearé.
MARQUÉS.- ¡Silencio!
RAFAEL.- No quiero faltar a usted al respeto, pero es una iniquidad.
MARQUÉS.- Ella viene.
RAFAEL.- Me alegro.
MARQUÉS.- ¿Qué vas a hacer?
RAFAEL.- Ahora lo verá usted.
Escena XIII
DICHOS y CAROLINA.
CAROLINA.- ¡Qué voces!... ¡Ah! ¿Están ustedes aquí todavía? Me retiro.
MARQUÉS.- ¡Ah! Deponga usted ese justo enojo.
RAFAEL.- Señorita.
CAROLINA.- Caballero.
RAFAEL.- Mi padre quiere casarse con usted.
MARQUÉS.- Señora, yo le diré a usted.
RAFAEL.- Con usted, que es pobre, de condición humilde.
CAROLINA.- ¡Caballero!
RAFAEL.- ¿Hay justicia para que aún desapruebe mi casamiento?
MARQUÉS.- (¡Voy a hacer un disparate!)
RAFAEL.- Réstame añadir que mi mujer vale por lo menos tanto como usted.
MARQUÉS.- Perdón, señora, y mil veces perdón. No haga usted caso de ese hijo infame, que abandono desde este momento. Es cierto que deseo llamarme esposo de usted, y si usted me concede su mano, me consideraré el más feliz de los hombres.
CAROLINA.- Caballero, por mucho que me envanezca esta proposición...
MARQUÉS.- ¡Oh! Ámeme usted. (Arrodillándose.) Se lo pido de rodillas.
CAROLINA.- Sólo con una condición podría amarle.
MARQUÉS.- ¿Cuál?
CAROLINA.- La de que perdone usted a su hijo y apruebe su enlace.
MARQUÉS.- ¿Qué me pide usted?
CAROLINA.- Si tanto desea usted mi amor...
MARQUÉS.- ¡Oh! ¡Sí, con toda mi alma! ¡Estoy fascinado, loco!
CAROLINA.- Pues bien...
MARQUÉS.- ¿Usted lo quiere? Le perdono.
RAFAEL.- (¡Oh!)
CAROLINA.- (¡Oh!) Y yo le amaré a usted toda la vida...
MARQUÉS.- (Levantándose lleno de júbilo y queriendo abrazar a CAROLINA.) ¡Ah! Carolina.
CAROLINA.- (Cayendo a sus pies.) Como a un padre.
RAFAEL.- (Arrodillándose también.) Y usted la amará como a una hija.
MARQUÉS.- (Se queda estupefacto.) ¿Eh? ¿Qué significa esto?
RAFAEL.- Esto significa, que seguro yo de que Carolina había de parecerle a usted mal sabiendo que era mi mujer, y bien si no lo sabía, he querido hacer ver a usted que es digna de ser amada, y que los extravíos de la juventud merecen perdón cuando tienen tanta disculpa como el mío.
MARQUÉS.- Pero esto es una trama infernal.
RAFAEL.- No; es un inocente complot, tramado por mí sólo con intención meritoria. He querido evitar un escándalo, evitarle a usted el remordimiento de haberme hecho infeliz.
MARQUÉS.- ¿Y tan seguro estabas?...
RAFAEL.- Confiaba en el buen gusto de usted.
MARQUÉS.- ¿Con que el vuelco?...
RAFAEL.- Estaba convenido de antemano.
MARQUÉS.- ¿Y todo cuanto aquí ha sucedido?...
RAFAEL.- Dame la carta que te escribí desde Madrid. (CAROLINA se la da.) Lea usted.
El MARQUÉS recorre la carta con la vista.
MARQUÉS.- Bien: he prometido aprobar vuestra unión, pera adiós para siempre.Alejándose.
RAFAEL.- ¡Padre!
CAROLINA.- ¡Señor!
MARQUÉS.- ¡Eh! ¿Por qué no me he de confesar vencido?... (Volviendo.) ¿Por qué no he de confesar que soy un badulaque? ¿Que es usted una perla? Lo confieso, lo confieso y vengan los brazos.
CAROLINA.- ¡Oh!
CAROLINA y RAFAEL abrazan al MARQUÉS.
MARQUÉS.- Ahora vosotros.
CAROLINA.- ¡Qué dicha!
RAFAEL.- ¡Carlota!
Se abrazan.
MARQUÉS.- Pues, señor, huyendo del perejil... Resignémonos a ser abuelo.