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Nuevas fábulas

Felipe Jacinto Sala

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Sres. D. Juan y D. Antonio Bastinos

Barcelona

Mis distinguidos amigos: Con vivísima satisfacción he leído catorce pliegos de las Nuevas Fábulas, escritas por D. Felipe Jacinto Sala, que han tenido ustedes la bondad de enviarme. No tengo la honra de conocer personalmente al Sr. Sala, pero su nombre no lo he olvidado desde que, en 1865, leí un hermoso libro publicado bajo los auspicios de la Sociedad Económica Barcelonesa de Amigos del País, titulado Fábulas religiosas y morales, cuyo autor es el mismo que ha escrito el que ustedes ofrecen ahora al público, en preciosa edición, digna del mérito singularísimo de la obra.

Las Fábulas religiosas y morales, publicadas en la citada fecha son, a mi juicio, uno de los libros más bellos que se han escrito en nuestro idioma, y las Nuevas Fábulas, que muy en breve han de saborear con deleite, no solamente los jóvenes para quienes principalmente se escriben estos libros, sino también las personas doctas en literatura, aventajan en mérito literario y en intención filosófica a las que con tanto acierto y tan merecida justicia premió hace veinte años la Sociedad Económica Barcelonesa.

Escribir buenas fábulas es de lo más difícil que conozco en literatura, y lo prueba que son contados los autores que, en lo antiguo y en lo moderno han sobresalido en este género. El Sr. Sala ha adquirido, con sus dos libros de fábulas, indisputable derecho a figurar como uno de los mejores entre esos pocos.

El Sr. Sala es profundo pensador, filósofo, poeta, y perspicaz observador. Conoce perfectamente el corazón humano, observa atentamente los vicios sociales, y aplica el correctivo con singular acierto. No hay en los catorce pliegos que acabo de leer una sola fábula trivial; nada huelga en estas páginas que rebosan en felicísimos pensamientos, gallardamente expresados con valentía y con sobriedad, condición propia de los buenos escritores.

Quiere este discreto autor poner de manifiesto el poder incontrastable de la conciencia, el tormento en que vive quien está condenado a oír constantemente dentro de sí aquella voz, y escribe el bello apólogo El Leño y la Carcoma, que será uno de los que más indeleblemente se han de grabar en la memoria de los tiernos lectores de las Nuevas Fábulas.

La ingratitud, ese vicio de la flaqueza humana, inspira al Sr. Sala los versos que llevan por título La Espiga. Contienen una lección provechosa en alto grado para la infancia, porque en la infancia es preciso evitar ese vicio, que, desarrollado luego en la edad madura, es origen de las más feas y abominables acciones.

No es menos bella que La Espiga la composición titulada, La Tórtola y el Ave Fénix, en que se condena la devastadora pasión de la envidia, pasión que hace desgraciado a quien no puede sustraerse a su influencia.

Nunca desdeñes tu propia suerte,

nunca lo ajeno te inspire envidia.


Así termina este delicado apólogo, en que el señor Sala ha acertado a exponer un pensamiento oportunísimo. La Tórtola envidia al Ave Fénix, porque ve la apariencia de la felicidad en ésta, error que procura desvanecer el ave envidiada, explicándole su verdadero estado. ¡Cuántos seres en el mundo son muy envidiados, y ellos cambiarían de buena gana por los que les envidian!

A continuación de este hermoso ejemplo encuentro una de las más ingeniosas fabulas, la que se titula La Nube y la Montaña. El pensamiento es altamente cristiano; siempre deben hacerse beneficios aunque a éstos se corresponda con ingratitudes.

Que la virtud se aquilata en el sufrimiento, en la resignación; esto enseña la fábula titulada El Clavo y el Martillo. En la forma es esta un modelo de fábulas, clara, sobria y precisa. En cuanto a la intención moral, no puede ser más oportuna ni más digna de alabanza. El camino de la virtud es un camino penoso; por eso es más meritorio seguirlo con pie firme y ánimo esforzado.

Muy cerca de esta fábula hallo otra sumamente importante; titúlase La Lámpara y el Tizón y su intención moral es encarecer el valor de los grandes caracteres, que se crecen en la desgracia y arrostran con digna serenidad las contrariedades de la vida mientras los espíritus menguados y pusilánimes se acobardan ante el más leve peligro.

El vicio de la pereza, origen de la ignorancia y de la pobreza, tiene su correctivo oportunísimo en la fábula El Redoblante y el Parche. Los niños la aprenderán con deleite la conservarán en la memoria y de mucho les servirá.

Común es entre los niños y también entre los hombres, reincidir en aquello que positivamente les perjudica, y exponerse a sinsabores y desgracias que podrían evitar no más que obrando prudentemente. La fábula de El Trajinero y el Jumento conviene mucho a los soberbios o aturdidos que cometen actos de notoria imprudencia, cuyos resultados no pueden menos de ser desastrosos para ellos mismos. En este vicio incurren más que los niños los hombres, pero seguramente estos hombres obrarían de otra suerte si la educación les hubiera corregido en la juventud, formando su carácter en la práctica de la prudencia y la cordura.

Los valentones, insolentes y provocadores no suelen ser los más animosos cuando llega el caso de demostrarlo, y en cambio los prudentes, que no hacen necio alarde fuera de sazón, ni presumen de fuerzas superiores a las de los demás, en circunstancias críticas dan notoria muestra de las más nobles cualidades de carácter. La fábula de El Papagayo y el Elefante expresa a maravilla este pensamiento del autor. La repugnante avaricia le ofrece asunto para un hermoso apólogo, El Avaro y el Barquero. Un infeliz que tuvo en vida tan funesto vicio es condenado al tormento más horrible para un avariento, obligado a contemplar como sus herederos derrochan todo el oro que él con tanto afán guardó, indiferente a las desgracias ajenas y sin que su dinero le sirviera más que para satisfacer la torpe y estéril codicia que le consumía.

La fortuna adquirida por medio del trabajo es la mejor fortuna. Este pensamiento de la fábula La Abeja y el Abejón es de indisputable oportunidad. Hoy, más que nunca, se busca la riqueza por otros caminos, se quiere improvisar la fortuna, y este desapoderado afán compromete a los hombres en temerarias y peligrosas empresas, cuyo resultado es a la postre la ruina y el deshonor. Combatir estas tendencias funestísimas, es obra buena y digna de un moralista como el señor Sala.

No ha olvidado este autor prevenir a sus lectores jóvenes contra los estragos que puede obrar la lisonja, y escribe bajo el título El Monte dos bellas quintillas. El monte bajo la blanquísima nieve oculta devastador volcán; así la lisonja, bajo la apariencia de los más puros afectos, oculta el áspid de la venganza y la traición.

Sería preciso dar todavía mucha extensión a la presente carta si fuera a citar todas las composiciones contenidas en este libro, que merecen mención y elogio porque, en justicia, no podría omitir ninguna de ellas.

Además, obra como ésta no necesita, en verdad, que se extreme el encomio de su mérito y se indiquen al lector todas las bellezas que contiene. El lector, sin que yo se las señale una por una, las encontrará en cuanto abra el libro, que ha merecido por cierto el más lisonjero dictamen de un censor eclesiástico, autorizadísimo, el inimitable autor de La Atlántida, el famoso poeta D. Jacinto Verdaguer, gloria de Cataluña y honra de las letras. ¿Qué re comendación mejor y más honrosa?

El señor Sala ha hecho, en mi concepto, el libro más completo de fábulas y apólogos que puede ponerse en manos de un niño. Este libro advierte al lector de todos los peligros de la vida, le enseña a abominar todos los vicios y a conocer y admirar todas las virtudes. Será por consiguiente un poderosísimo y eficaz auxiliar de los padres y los maestros para la educación de los niños. Y es seguro que éstos, si se penetran bien de la intención moral de las preciosas composiciones del señor Sala, habrán labrado los cimientos de su futura felicidad, aprendiendo a distinguir entre el bien y el mal.

El señor Sala ha obtenido en varios populares certámenes literarios, en Cataluña, merecido galardón por algunas de las fábulas que ahora se publican. En otra nación, libros como éste obtienen, no solamente inmenso favor del público, sino premio de las corporaciones sabias y de los gobiernos. La Academia francesa todos los años otorga premio a alguna obra de educación. No comprendemos cómo no sigue este buen ejemplo nuestra Real Academia española. El último premio que esta ilustre corporación ha otorgado le ha obtenido una novela, que, sin poner en duda su mérito literario, entiendo que nunca será tan útil, tan importante y tan trascendental como un buen libro destinado a la educación y la instrucción de los niños, semejante a éste del benemérito escritor D. Felipe Jacinto Sala.

Creo que las Nuevas Fábulas obtendrán un gran éxito; entiendo que este libro se reimprimirá muchas veces, como los de Samaniego e Iriarte; pero también entiendo que los gobiernos y las corporaciones administrativas de los pueblos debieran no omitir medio de estimular y galardonar a los autores que, como el señor Sala, dedican su ingenio a formar el carácter y el corazón de la generación que ha de sucedernos. No conozco más digno y meritorio empleo del talento.

Ruego a Vds., pues, mis distinguidos y antiguos amigos, que trasmitan al señor Sala mi más sincera y entusiasta felicitación por su hermoso libro, y permitan Vds. que también les felicite por el buen gusto y el primor con que lo han impreso, comprendiendo que obra de tan excepcionales condiciones merecía una edición esmeradísima, a la que ha contribuido con su notoria habilidad y proverbial donaire mi estimado amigo Julián Bastinos, ilustrándola con excelentes viñetas, que añaden un nuevo encanto a las fábulas del Sr. Sala. Grande es el servicio que prestan ustedes a la patria, publicando uno tras otro con tan singular constancia, esa larga serie de libros de educación, contribuyendo por el más eficaz modo a la instrucción de los pueblos, al mejoramiento de las costumbres y al progreso de la enseñanza. Tan digno y meritorio como escribir buenos libros es publicarlos, y sin editores ilustrados y emprendedores como Vds., muchos libros de grandísima importancia no saldrían jamás a la luz pública, porque los autores no podrían por sí mismos emprender su publicación. Vds. han logrado elevar el ramo importantísimo de la librería pedagógica a un altísimo grado de adelanto, y obtienen la legítima y merecida recompensa de sus desvelos. Nada más digno y honroso. Dichosos ustedes, mis siempre estimados amigos, que pueden decir: -«Todo cuanto poseemos lo hemos ganado con nuestro constante trabajo.»

Mil parabienes por el seguro éxito de este libro, joya de la moral y la literatura, y reciban la expresión del afecto que les profesa su antiguo amigo y

S. S. Q. B. S. M.

Carlos Frontaura.

Madrid, 20 de Enero de 1886.

El cisne y el Fénix

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-«¿Sobre una pira de olorosos troncos

»afirmas tú que debes perecer,

»para, después, de tus cenizas propias

       »volver a renacer?

»Será cierto, muy cierto; pero, Fénix,
5

      quisiéralo yo ver.»-

   Algo amoscado el Fénix, contestole:

-«¿Graznaste en vida, y dices que al morir

»será tu postrer canto tan divino,

       »que te harás aplaudir?
10

»También será muy cierto; pero, Cisne,

       »quisiérate yo oír.»-


El leño y la carcoma

(Premiada en el certamen del Centro de Lectura de Reus)

-«¿Por qué taladras con tanto empeño

»mi pobre cuerpo?» -decía el leño.-

»¿De mis entrañas no has de salirte?»-

      -«He de seguirte.»-

-«¿Y harás durables mis penas fieras?»-
5

      -«Hasta que mueras.»-

-«Dime. ¿Quién eres, huésped tirano,

»que ningún ruego tu saña doma?»-

      -«Soy un gusano;

      »soy la carcoma.»-
10

-«¿Por qué me roe tu agudo diente?»-

Clamaba a voces un delincuente-.

«Deja mi alma, gusano horrible.»-

      -«No; no es posible.»-

-«Y esta tortura, cruel, homicida,
15

»¿durará mucho?...»-

-«Toda tu vida.»-

-«¿Quién eres, dime, que así te plugo

»ser el martirio de mi existencia?»-

      -«Soy tu verdugo;

      »soy la conciencia.»-
20


El gallo y el búho

(Premiada)

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   Antes del alba despertose el Gallo.

-«Perezosos, alzad; la aurora brilla.»-

Y oculto en su escondrijo el ciego Búho:

-«Mientes, dijo: no luce todavía.»-

   El sol, no obstante, apareció en Oriente
5

dorando el mar, el monte y la campiña,

y al punto saludáronle risueñas

con su fragante olor las florecillas,

las fuentes con sus plácidos murmurios,

las aves con sus cantos de armonía.
10

   Cuando su luz en el zenit brillaba,

fuese el Gallo a encontrar en su pocilga

al pájaro nocturno: -«Dan las doce;

»levántate, haragán. Saluda al día.»-

   El Búho entonces con semblante huraño,
15

y en su indolencia por demás indigna,

cerró los ojos, y clamó de nuevo:

-«Mientes: mientes; no luce todavía.»-

   Dejad al adversario de las luces

que halle en las sombras su mejor delicia.
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Si vuestras almas ven en el Oriente

que el sol hermoso del progreso brilla,

anunciad como el Gallo sus albores,

saludad con aplauso su venida.


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El lobo y el poeta

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    Yendo a apagar su sed en el arroyo,

      el lobo vio al poeta

que andaba por su margen; y, con ira,

      le habló de esta manera:

-«Al fin te encuentro, detractor infame,
5

      »ladrón de honras ajenas;

»y por Dios que esta vez a colmillazos

      »te arrancaré la lengua.

»¿A qué querer tildar nuestras costumbres

      »con tu moral eterna?
10

»Si huyendo de las nieves y del hambre,

      »bajamos de la sierra

»en busca de alimento, -¡qué delito,

      »qué osadía la nuestra!

»Si el corral invadimos, -¡qué gran crimen:
15

      »se han comido la oveja!

»Y eternamente tu maldita pluma

      »nos saca a la vergüenza

»y tus versos nos tienen con el mundo

      »en implacable guerra.
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»¿Es esta caridad la que pregonas?

      »¿Es este el bien que siembras?

»Te voy a desollar...»-

-«Poquito a poco;»

      -le contestó el poeta.-

«Si das un paso más te doy la muerte
25

      »con esta aguda flecha.

»Modérate y escucha mis razones.»-

      -«¿Serán calumnias nuevas?»-

-«No las forjé jamás. He de ofrecerte

      »datos que te convenzan.
30

»Mira bien este arroyo.»-

-«Ya lo miro,»-

      -gruñó airada la fiera.-

-«¿Los objetos vecinos no se copian

      »en sus aguas serenas?

»El junco que se cimbra en sus orillas;
35

      »el sauce que le besa;

»las flores que coronan su corriente;

      »la nube pasajera;

»todo; todo, en su fondo transparente,

      »fielmente se refleja.
40

»Si alguna vez el gavilán se abate

      »y rompe con fiereza

»el blando nido que colgó en el árbol

      »cercano el ave tierna;

»si destroza los cándidos polluelos
45

      »con sus uñas sangrientas,

»en sus límpidas ondas se dibuja

      »esa terrible escena;

»y las ondas después van murmurando

      »el delito que vieran.
50

»Al cristal del arroyo es semejante

      »el alma del poeta;

»la menor injusticia fragua al punto

      »una tormenta en ella;

»y es por demás que la aconseje, entonces,
55

      »silencio, la prudencia;

»que el rescoldo escondido que la abrasa

      »en llamas se revela

»y es su canto el murmurio del arroyo,

      »que lo que ha visto cuenta.»-
60

El lobo se miró en aquel espejo,

      y al ver su faz siniestra,

dio aullidos de estupor, crujió los dientes,

      y se volvió a la sierra.


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    Pidiendo a la aurora perlas,

      con vivas ansias,

la espiga hacia el firmamento

      su frente alzaba.

Hinchó el rocío su seno,
5

      se vio granada,

y, de entonces, a la tierra

      se dobla esclava,

y ya no mira a los cielos;

      ved si es ingrata.
10

   ¡Cómo semeja a la espiga

      la raza humana!

¡Qué rezos pidiendo al cielo

      dichas ansiadas!

¡Qué terrenales olvidos
15

      cuando se alcanzan!


El tronco y el carbón

(Premiada)

    Dando una noche lúgubres quejidos,

      suspiros hondos,

junto al carbón, en el hogar, ardía

      un verde tronco.

Cansado de escucharle, el carbón dijo
5

      con cierto enojo:

-«Estás regando en llanto la ceniza.

      »¿Te has vuelto loco?

»¿A qué tanto gemir?»-

-«¡Ay! mis tormentos

      »son horrorosos.»-
10

-«Son las primeras dolorosas pruebas;

      »bien las conozco.

»Cuando en el bosque fui carbonizado

      »sentí lo propio.

»Ten ¡oh tronco! valor en el martirio;
15

      »no más sollozos.

»Yo he padecido tanto, en este mundo

      »de engaño y dolo,

»que, secas ya las fuentes de mis lágrimas,

      »sufro y no lloro.»-
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El dique y el torrente

(Premiada)

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    -«No me sujetes, -decía al dique

cierto torrente,- déjame en paz:

»aquellos tiempos en que asolaba

»estas riberas no volverán.

   »Mudé de genio: cambié costumbres;
5

»nada de bríos, ni de altivez;

»hoy me deslizo, cual arroyuelo

»manso, muy manso, como tú ves.

   »Y al que da muestras de humilde y útil,

»¿no has de volverle la libertad?»-
10

-«Cierto, el influjo de tu onda suave

»en estos valles es eficaz»-

   -contestó el dique,- y aunque me debes

»el cambio extraño que en ti se obró,

»nada reclamo; te quito el freno,
15

»para que corras a tu sabor.»-

   Vino el invierno, y aquel torrente

más iracundo volvió a crecer,

inundó valles, derribó muros,

y el llanto y luto sembró otra vez.
20

   Tras tanto estrago -«Construid diques

»gritaba en coro la vecindad:-

»que los torrentes y las pasiones,

»antes que crezcan se han de enfrenar.»-


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La tórtola y el Ave-Fénix

(Premiada)

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    -«¡Qué feliz suerte la suerte tuya!»

-decía al Fénix la Tortolilla.-

«¿Mueres? ¡Qué importa, si más dichosa,

»después renaces de tus cenizas,

»y otra vez tornas a estos lugares
5

»cual tornar suelen las golondrinas

»y aquí recoges tus ilusiones

»y haces perpetuas tus alegrías!

»¿Por qué contigo tal privilegio?

»La parca en tanto siega mi vida;
10

»huyo estos valles, y jamás vuelvo...

»¿Por qué conmigo tal injusticia?»-

    -«¡Ay! no te halague, -contestó el Fénix,-

»esta ficticia fortuna mía.

»Yo vivo sola, sola en el mundo;
15

»yo no he probado ni una caricia;

»no tuve amores; no tengo prole;

»soy planta estéril, ave maldita.

»Mas tú, cuitada, tú amaste siempre;

»tú has sido madre, ¿qué mejor dicha?
20

»¿Por qué te dueles de una existencia

»que es tan hermosa con ser efímera?

»¿Ser feliz quieres? Sigue el consejo

»que yo he seguido: Tórtola amiga,

»nunca desdeñes tu propia suerte;
25

»nunca la ajena te inspire envidia.»-


    ¿Y no os parece que el fuego

tiene caprichos que espantan?

Pone la piedra caliza,

como la nieve tan blanca;

después coge el pobre leño,
5

y en negro carbón lo cambia.

   ¿Será fuego la fortuna?

También ella, injusta y varia,

viste a los unos de negro,

los otros color de plata.
10


La nube y la montaña

(Premiada)

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    -«¿Por qué, nube traidora,

-decía la montaña-

»me envuelves en tinieblas

»si sabes que me dañas?

»¿Por qué a mi vista escondes
5

»el sol que me alumbraba?

»¿No ves, que, con su ausencia,

»voy a perder mis galas?

»Aléjate; no quiero

»tus sombras, ni tus aguas.»-
10

   La nube contestole:

-«No seas insensata.

»Mi sombra el fuego templa

»del sol que te abrasaba;

»mi lluvia reverdece
15

»tus bosques y tus plantas;

»mis hálitos dan vida

»a tantas flores varias,

»que, ricas de perfumes,

»tu atmósfera embalsaman.
20

»Negárate mi influjo,

»y todo se agostara;

»y esos frondosos sitios

»serían rocas áridas.

»Si, pues, tanto me debes,
25

»¿por qué tan mal me pagas?»-

   Dejad que tropecemos

con almas desdichadas

que tengan como el monte

de roca las entrañas.
30

¿Nos niegan gratitudes?

Sufrámoslo con calma;

sembremos beneficios;

la caridad lo manda.


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    En el fondo del valle

      hay una ermita.

Su fachada sorprende

      por lo sombría;

sus paredes la yedra
5

      tiene roídas;

y el viento ha derribado

      su cruz bendita.

Algunos la abandonan

      con traza impía;
10

se mofan de ella al verla

      tan derruida.

Mas eso al buen creyente

      no desanima.

Entrad, y allá en su seno
15

      todo os cautiva.

Flores y olas de incienso

      la aromatizan;

las luces la convierten

      en ascua viva;
20

el órgano la llena

      de melodías

y la plegaria tiende

      sus alas místicas

y al trono de la Virgen
25

      su vuelo guía.

Allí todo es misterio,

      luz y armonías;

allí el fervor se funde

      en fe divina;
30

allí el bien se despierta,

      y el mal se olvida;

allí los justos gozan

      y se extasían.

¡Por de fuera tan pobre;
35

      por dentro rica!

¡Dios tu existencia vele;

      Dios te bendiga!

   Si hay en las cosas humanas

semblanza con las divinas,
40

¿no os parece que el poeta

es imagen de la ermita?

   El dolor surca su frente;

va rendido de fatiga;

y una turba de insensatos
45

que sus duelos no adivina,

con sarcasmos escarnece

sus vestimentas raídas.

Si entrara en su corazón,

que idolatra la armonía;
50

que da culto a la belleza,

que la verdad glorifica;

si penetrara en su alma

tan coronada de espinas,

que por cien llagas abiertas
55

va manando sangre viva.

   Si tanta grandeza viera,

sin duda comprendería

que bajo un ropaje pobre

suele hallarse un alma rica.
60


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(Premiada)

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    El cuello enhiesto, y con la crin al aire,

piafando altivo y describiendo tornos,

con sed de gloria, apareció en el Circo

      soberbio potro.

   El hábil domador quitole el freno,
5

pasó la diestra por sus anchos lomos

y a un signo suyo, el generoso bruto

      partió fogoso.

   ¡Qué de ejercicios practicó! ¡qué juegos!

¡Qué raro instinto y aptitud en todo!
10

¿Rompía un vals la música? Valsaba

      vertiginoso.

   ¿Se oía el toque del clarín de guerra?

Ansiando lides, relinchaba loco;

y hendía sin temor aros, que ardían
15

      cual vivos hornos;

   o fingíase muerto; o deteniendo

su carrera veloz, ante el patrono

hincaba la rodilla, y le besaba

      humilde el rostro.
20

   El público en frenéticos aplausos

daba muestras vivísimas de asombro,

cuando, puesto de pie en el regio palco,

      imberbe mozo

gritole al dueño: -«Ese corcel es mío,
25

»tásale precio. No escaseo el oro.»-

El mancebo era un príncipe, heredero

      de egregio trono,

   a quien su padre el rey, para ilustrarle

y domeñar su espíritu fogoso,
30

le hacía, por países extranjeros,

      viajar de incógnito.

   Al asomar la luz de nueva aurora

ya cabalgaba el joven en el potro,

y contra de él, el látigo blandía
35

      con rudo enojo.

   El altivo animal, que no era digno

de aquellos tratos bárbaros, sufriolos,

no obstante de sentir que le dolían

      por lo afrentosos.
40

   Pero hiriole después el acicate,

y al ver en sangre sus ijares rojos,

se irguió y dio un salto que al jinete hizo

      morder el polvo.

   Cuando a sus plantas le miró humillado,
45

con lástima tal vez, mas no con odio,

habló el corcel al altanero joven

      en este tono:

   -«La majestad no debe ejercer nunca

»actos fieros que manchen su decoro;
50

»que haya bondad, Señor, que haya justicia,

»en la silla lo mismo que en el trono.»-

   Los que en la cumbre del poder trataren

al súbdito leal de inicuo modo,

no olviden esas frases sentenciosas
55

      del noble potro.


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El clavo y el martillo

    -«Mal hayan amén tus golpes;

-decía el clavo al martillo-

»¿qué daño pude yo hacerte

»que me aniquilas impío?»-

   Y el martillo contestaba:
5

-«No te destruyo; te afirmo.

»Quien mayor virtud pretende,

»necesita ser sufrido.»-


El espino y la higuera

    Con gritos mofadores

dijo a la higuera el matizado espino:

-«En poca estima te tendrá el Destino,

»que te negó sus flores.»-

-«Tu en vez de flores -contestó la higuera-
5

»debieras vestir lutos;

»yo de vergüenza y de dolor muriera,

»si al hombre no le diera,

»mis sazonados frutos.»-


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La lámpara y el tizón

Encerrada de noche, en cierta estancia,

una lámpara ardía,

juzgándose, en su orgullo, más fulgente

que las estrellas mismas,

en tanto que humeante y sudoroso,
5

un robusto tizón de añosa encina,

en el hogar, gimiendo,

sin poderse inflamar, se consumía.

-«¿Qué hiciste, viejo tronco, de tu gloria?-

clamaba aquella con burlona risa;-
10

»¿por qué están apagados

»tus resplandores hoy? ¿Cómo no brillas?»-

   El amargo silencio

fue la respuesta de la pobre encina;

cuando, de pronto el viento,
15

que, con furor rugía,

penetró allí. La lámpara, su soplo

no puede resistir y al punto espira;

pero el tizón, entonces,

cobrando nueva vida;
20

aquella estancia oscura,

benigno alumbra con su luz rojiza.

   Los menguados espíritus sucumben

al primer soplo de fugaz desdicha;

los grandes corazones,
25

como la noble encina,

se crecen al rigor de la tormenta,

y en las horas de prueba es cuando brillan.


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El príncipe y el magnate

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    Oculto bajo el traje de humildes peregrinos,

el gran califa Alchisis y su visir Giafar,

su estado recorrían, tras sí dejando el sello

de sus sabios consejos, de su celo eficaz.

   Un día al ver que inicuos, los siervos de un magnate,
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echaban de su alcázar, con bárbara impiedad,

a un desvalido anciano, Alchisis dijo al dueño:

-«¿Qué os hizo el desdichado que le tratáis tan mal?

»¿Cómo negáis asilo al infeliz viajero,

»que invoca el dulce nombre de la hospitalidad?
10

»¿Os devastó los campos? ¿Os destruyó el palacio?»-

Confuso el potentado, le contestó: -«No tal;

»mas es un extranjero, maldito del Profeta;

»un pérfido cristiano, contrario del Corán.»-

El príncipe repuso: -«El pobre es nuestro hermano;
15

»deber es de los ricos partir con él su pan;

»os contaré un apólogo, y, acaso, en lo futuro,

»seáis más tolerante; seáis más liberal:

   »Airada la serpiente, decía al bello oasis:

»¿Por qué a todos los seres prodigas a la par
20

»la sombra de tus bosques, el agua de tus fuentes

»los frutos deleitosos de tu suelo feraz?

»¿Por qué acoges al bueno lo mismo que al perverso?

»¿Por qué das al impío lo que al creyente das?»-

Y contestó el oasis: -«La caridad es ciega;
25

»en medio esos desiertos de horrible inmensidad,

»mi seno es un refugio contra la sed y el hambre;

»en mí todos los hombres tienen derecho igual;

»yo cumplo mi destino, brindándole mis dones;

»si bien o mal obraron, Alá los juzgará.»-
30

   Su intento vio cumplido el príncipe discreto,

con esa fabulilla de tan pura moral;

el rico, conmovido, llevó el pobre a su alcázar;

le dio asiento en su mesa; le calentó en su hogar;

y, desde aquel momento, rindió perpetuo culto
35

a los deberes santos de la hospitalidad.


    -«Gigante cedro, que al cielo

»alzas tu frente sublime,

»¿de qué madera te hicieron,

»que tanto embate resistes?

»No importa que el cierzo ruja,
5

»no importa que el rayo brille;

»no hay fuegos que te consuman,

»ni vientos que te derriben;

»¿será el verdor de tus hojas,

»y el suave olor que despides,
10

»digno galardón, acaso,

»de tu firmeza invencible?»-

-«Lo ignoro; -el árbol del Líbano

contestó con voz humilde;-

»sé que una virtud poseo:
15

»la de ser incorruptible.»-

   ¡Fueran belleza y justicia

labrados de cedro insigne!...

No se mellaran las honras;

ni quedara impune el crimen.
20


El redoblante y el parche

    -«Tienes instintos bien malos:

-dijo el parche al redoblante,-

»y es ya sobrado irritante

»que me maltrates a palos.»-

   -«Pues, tambor de Barrabás,
5

»¿quién curará tu galbana?

»¿Sin zurrarte la badana,

»sonarías tú jamás?»-

   La pereza es elocuente

retrato de ese tambor;
10

la hacen sólo diligente

las baquetas del rigor.


(Premiada)

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    -«¿Por qué corres por la huerta

»con tan recio temporal?

»¿No ves que te estás mojando,

»loquilla?»-

-«Calla, papá

»que recojo hermosas perlas
5

»para tejerme un collar.»-

   Y levantando las puntas

de su blanco delantal:

-«Mira, -clamaba la niña

con un gozo singular:-
10

»piedras preciosas del cielo.

»¡Qué bien que me sentarán!»-

   ¡Pobre hija mía! esas joyas

que creíste atesorar,

eran granizo de marzo,
15

y al tocarlas, por tu mal,

se deshicieron en agua

dejando muerto tu afán.

   ¿Verdad que las ilusiones

son de condición igual?
20

Perlas, al brillar de lejos;

agua, cuando las tocáis.


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Las ramas y las raíces

(Premiada)

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    Parece que las ramas,-allá en la primavera,

cubiertas por las hojas-de un manto de verdor,

al tronco se quejaban-de verse esclavizadas

y a la raíz sujetas-con sobras de rigor.

-«Lo bajo de su estofa,-sus hábitos rastreros
5

»mancillan nuestras galas,-nuestro esplendor gentil;

»permita Dios-clamaban-que el hacha cortadora

»nos libre prontamente-de su contacto vil.»-

-«Callad-contestó el tronco-¿no veis que generosas

»en antros cavernosos-se arrastran con afán;
10

»y viven en la sombra-y cavan con fatiga,

»para adquirir al cabo-la savia que nos dan?

»Si el hacha nos quitara-su apoyo saludable,

»¿sabéis lo que ocurriera?-Perdida la virtud,

»cayéramos sin vida.-Tengámoslas cariño;
15

»quien siembra beneficios,-que alcance gratitud.»-


Los salvajes y el Nilo

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    En la margen del Nilo,

unos fieros salvajes del desierto

insultaban, con bárbaros clamores,

al astro que ilumina el universo.

   ¡Impotente furor! Mientra, insensatos,
5

le lanzaban apóstrofes tremendos,

el sol, imperturbable en su carrera,

inundaba de luz a los blasfemos.

   Entonces dijo el Nilo: -«Vuestro ultraje

»halló el castigo en el desdén supremo;
10

»jamás la negra injuria

»manchó grandezas, ni escaló los cielos.»-


La colina y el arroyo

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    La colina su cumbre

      levanta ufana;

y el susurrante arroyo,

      de frescas aguas,

circundándola alegre,
5

      besa su falda.

-«Colinita risueña,

      »¿por qué tan varia:

»con unos tan agreste,

      »con otros blanda?
10

»¿Qué vale ese atrevido

      »que tanto alcanza,

»que en amoroso arrullo

      »contigo enlaza?

»¿No es preferencia injusta
15

      »darle esas anchas?»-

-«Necio, ¿no ves que tiene

      »brazos de plata?»-

   ¡Señor: hasta las peñas

interesadas!
20


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El trajinero y el jumento

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    Midiéndole las costillas

de muy bárbara manera,

dijo el trajinero al burro:

-«Cruzarás esta vereda

»mal tu grado.»-

-«No la cruzo,
5

»aunque a varazos me muelas.»-

-«No consiento terquedades.»-

-«Ni yo cometo torpezas;

»¿quieres que vaya al escollo

»que conozco? Mal lo piensas.
10

»No hay ninguno de mi raza,

»tan cerrado de mollera,

»que no esquive los peligros.

»Sitio que daños nos cuesta,

»¿pasarlo segunda vez?
15

»Ca; primero nos desuellan.»-

   Quien reincide en el vicio,

y en el riesgo no escarmienta,

tome lecciones del burro,

que es maestro en la prudencia.
20


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El papagayo y el elefante

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    En tono harto irritante

decía el papagayo al elefante:

-«Y ¿no tienes a mengua

»encerrar, vergonzoso,

»tan diminuta lengua
5

»dentro ese cuerpo en magnitud coloso?

»La mía, ya lo ves, con ser yo chico,

»me está estrecha en el pico.»-

   -«No envidio tu estructura;

»soy fuerte, -dijo el bruto con dulzura,-
10

»y desdeño prudente tus alardes;

»ser lenguaraz es propio de cobardes.»-


El arroyo y la alondra

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    Cierto arroyo cenagoso

dijo a la alondra en su vuelo:

-«¿Cómo para ataviarte

»no te miras en mi seno?»-

-«Porque son turbias tus aguas
5

»y yo me miro en el cielo.»-

   El vicioso, en su conducta,

es el arroyo de cienos;

sus obras son aguas turbias

que no sirven para espejo.
10


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La palmera y el genio

    Preguntad a la palmera

¿por qué da frutos mejores?

y os contesta tristemente:

-«Nutrime en tierra salobre.»-

   Preguntad ¿quién le dio al genio
5

sus más bellas concepciones?

y os dirá con amargura:

-«Me apacenté en sinsabores.»-


La luz y las ranas

Silencio impone a las ranas

una luz bien encendida.

   La virtud esplendorosa

es mordaza de la envidia.


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El león y su hijo

    -«¡Pobre hijo mío! tu natalicio

»va presidido de aciaga estrella;

»con darte vida, perdió la suya

»tu augusta madre, la infeliz reina.

   »Y ¿quién ahora, cabe tu cuna,
5

»velará amante por tu existencia

»dando a tu cuerpo jugosa leche,

»y altas virtudes a tu alma tierna?»-

   Eso decía, meditabundo,

el poderoso rey de las selvas,
10

príncipe egregio, que en todo imprime

los resplandores de su grandeza;

   pero, venciendo tenaz congoja,

yergue su frente, y al punto ordena

que se convoquen a su manida
15

las más robustas lechosas hembras;

   y la que elija, como nodriza

para su hijuelo, tendrá riquezas

en abundancia, dijes preciados,

cubil muy blando, comida espléndida.
20

   Pronto al reclamo del pregonero,

que rebuznaba con entereza,

del alto monte, del hueco valle,

de los breñales y la pradera,

iban surgiendo las candidatas.
25

   Cuando estuvieron en asamblea,

con voz potente, desde su trono,

el León hablolas de esta manera:

   -«Ese cachorro, recién nacido,

»vástago ilustre de mi ralea,
30

»es el que un día, monarca fuerte,

»ha de regiros en paz y en guerra.

   »Para que sea digno del solio,

»hay que inspirarle grandes ideas;

»nutrir su mente de hechos heroicos;
35

»darle virtudes que le enaltezcan.

   »Venid, pues, todas; no haya recelo;

»cada cual hable con su llaneza,

»y exponga franca qué moral sabia,

»qué delicadas máximas bellas
40

»hará que suenen en los oídos

»de esa criatura, toda inocencia.»-

   Vino la zorra: -«Yo enseñarele

»actos de dolo, mañas arteras.»-

-«Yo la venganza» -dijo la loba.
45

-«Idos entrambas, que sois perversas.»-

-«Le haré ligero» -dijo la corza.

-«Yo fiel y dócil» -clamó la perra.

-«Quiérole manso» -dijo la burra.

-«Yo altivo y noble» -dijo la yegua.
50

-«Bien, pobrecitas, ¿y la elefanta

qué bien la inculca?»-

-«La fortaleza

»con la dulzura.»-

-«¡Prendas preciosas!

»¿Y qué le infundes, tú, blanda oveja?»-

   En voz muy queda, toda temblando:
55

-«Gran rey, responde, yo la clemencia.»-

   -«Esa, hija mía; esa es, sin duda,

»de las virtudes la más excelsa:

»ella es un lazo que, en amor santo,

»con el vasallo nos encadena;
60

»ella nos hace ligero siempre

»el duro peso de la diadema.

»Ve: da tus pechos a mi cachorro;

»vela amorosa su cuna regia.»-

   ¿Quién, sospechara que un ser salvaje
65

con tales dotes resplandeciera?

Y ¿habrá un monarca que no perdone

cuando perdonan hasta las fieras?


El saltimbanquis

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    A trompetazos un saltimbanquis

      la gente llama,

y en torno suyo, formando corro,

      todos se paran.

-«¡Ea, señores, que ya comienza
5

      »la alegre danza.»-

Y varios pavos al punto arroja

      sobre una plancha.

En cuanto ponen los pies en ella,

      las aves saltan;
10

y gesticulan; y dan chillidos;

      baten las alas.

A carcajadas se ríe el vulgo,

      y hay quien exclama:

-«Bien se comprende que de sus pechos
15

      »el gozo estalla;

»¿quién dudar puede que son dichosos

      »cuando así bailan?»-

-«Mal los juzgasteis. Sus espavientos,

      -otra voz clama-
20

»son los martirios del vivo fuego

      »que les abrasa;

»los pobres tienen un hierro ardiente

      »bajo su pata.»-

Más de un artista, bufón forzado
25

      sobre las tablas,

lleva en su pecho candente el hierro

      de la desgracia,

y en sus adentros sufre dolores

      y vierte lágrimas.
30


En el sol y en la sombra

    Mientras espléndido el sol

doró mi ser, ¡cosa rara!

con trazas de amiga fiel,

mi sombra me acompañaba.

   Después el sol se ocultó;
5

perdí su lluvia dorada;

y al verme sin ella ya,

la sombra me dejó, ingrata.

   ¡Cuántas sombras de amistad

desvanece la desgracia!
10


    Hundid el corcho-y él se levanta;

no se sumerge;-flota en el agua.

   La verdad, dicen,-que está formada

de esa corteza-que sobrenada.


El viejo y la voz

La materia y el espíritu

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    -«Partes de mi propio cuerpo,

»formas un tiempo lozanas,

»¿cómo así os desmoronáis?-

-triste un viejo preguntaba.-

»Encaneció mi cabeza;
5

»púsose corva la espalda;

»la tez perdió su tersura

»y hasta las fuerzas me faltan.

»¿De qué arcilla deleznable,

»de qué polvo estáis formadas,
10

»que, en la escala de la vida,

»el subir os anonada?»-

-«¿Es que la materia muere»-

Clamó una voz sobrehumana.

-«Facultades del espíritu,
15

»que, buscando mejor patria,

»pugnáis siempre por romper

»la prisión que os avasalla;

»¿cómo tan altas crecéis?»-

-El mismo viejo exclamaba.-
20

-«Ahora mi entendimiento

»sus horizontes ensancha;

»y es mi voluntad más firme,

»y es mi memoria más clara.

   »Nobilísimas potencias,
25

»¿de qué esencia estáis formadas,

»que en la aridez del invierno

»florecéis con tantas galas?»-

   Y la voz dijo: -«El Eterno

»las forjó en excelsa fragua.
30

»Ellas proclaman a coro

»la inmortalidad del alma.»-


La niña y las ondas

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    -«Teme, ángel mío,

»las ondas mansas;

»huye sus besos.

»Deja la playa.»-

-«No, madre mía.
5

»¿Cómo temerlas

»si me acarician?»-

   Pasa un instante;

las crespas olas,

mintiendo halagos,
10

vuelven traidoras;

y ¡ay! que al mar llevan

al angelito

que fió en ellas.

   Olas: las mismas
15

que en lenguas de agua

laméis la arena,

para tragarla;

sois fementidas:

tenéis los besos
20

de la perfidia.


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El jardín y el monte

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    Burlose un jardín florido

de la incultura del monte;

-«¿Cómo así tan sin ropaje?

»¿Tu desnudez no conoces?

»¡El manto con que me cubro
5

»lo esmaltan ricos colores;

»pero el tuyo es deslucido:

»¡Qué aridez! ¡Serás muy pobre!»-

-«Esto dicen; mas no pienses

»que tus galas ambicione;
10

»las flores que tú produces

»son bien efímeras flores;

»apenas duran un día.

»Pero yo he criado el roble,

»y el roble vivirá un siglo:
15

»la diferencia es enorme.»-

   Qué bien dijo aquel que dijo

«que el hábito no hace el monje.»


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    El ascua candente ardía

y la guardaron respeto;

hoy la ven hecha pavesas

y la pisan con desprecio.

   ¡Qué de veces se repiten
5

en el mundo esos ejemplos!


La espada y el escudo

    Cierta luciente espada, que en la vaina,

en ocio torpe, sin cesar durmió,

de un abollado, deslucido escudo

      cobarde se burló.

   Éste dijo: -«Producto de la inercia
5

»es tu esplendor, sobrado baladí;

»yo me empañé en la lid; la abolladura

      »es gloria y fama en mí.»-


La paloma y la urraca

    La urraca picotera

   decía a la paloma, su vecina:

-«¿Sabes que es feo por demás, hermana,

»ese pavón venido de las Indias?

»¿No has visto qué ridículas maneras,
5

»¿Qué voz, tan repugnante y desabrida?

»¿Y los pies? ¡Santo Dios, qué pies aquellos!

»Al recordarlos una se horripila.

»Si tal monstruosidad el mundo aclama

»como una maravilla,
10

»a fe de urraca, que mal gusto tiene.»-

-«Pues, ves, amiga mía,

-le contestó la cándida paloma;-

»yo dudo mucho que en la tierra exista

»otra ave que atesore
15

»tal conjunto de gracias peregrinas.

»Hay esbeltez en su bonito talle;

»hay en su andar nobleza y gallardía,

»y en su garzota de ligeras plumas

»un singular donaire que cautiva.
20

»Cuando, mintiendo el iris de los cielos,

»forma su cola aquella rueda linda,

»rica en cambiantes de zafir y oro,

»hasta las flores su matiz envidian.

»¿Quién, pues, urraca, al ver tantos portentos
25

»sus lunares levísimos no olvida?»-

   El malo siempre al prójimo censura

con acritud indigna;

el bueno en su indulgencia

a la paloma imita;
30

¿nos encuentra defectos? disimula.

¿Nos nota bellas prendas? las publica.


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    -«Si las flores se agostaron

»al rigor del sol de estío,

»¿cómo, lleno de frescura

»y de encantos peregrinos,

»tú solo al cielo levantas
5

»la frente, cándido lirio?»-

-«Es que guardé cuidadoso

»una gota de rocío,

»que depositó la aurora

»en mi seno alabastrino;
10

»y a esa dulce gota debo

»la pureza con que brillo.»-

   La inocencia es para el alma

cual la gota de rocío:

aquellos que la guardaren
15

inmaculada, de fijo

alzarán siempre su frente

tan pura como los lirios.


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Densa y oscura vaga la nube

mientras el agua vive en su seno;

cuando la vierte sobre la tierra

la negra nube va esclareciendo.

   Brumosa y triste se siente el alma
5

mientras la oprimen secretos duelos;

si al fiel amigo los comunica,

se alivia el peso de su tormento.


La nave rota

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    -«Piloto inhábil, que en terrible escollo

»hiciste zozobrar la nave mía;

»piloto inhábil, -exclamaba el náufrago,-

»el cielo te maldiga.»-

   -«Me increpas sin razón; la mar traidora,
5

»de mansa que era se tornó bravía;

»y ella, no yo, llevándola a las rocas

»hizo la tabla astillas.»-

   Y la mar dijo: -«El inconstante viento,

»en hora aciaga, desató sus iras;
10

»no me culpéis: su embravecido soplo

»volcó la navecilla.»-

-«Y ¿puedo, por ventura, poner vallas

»al poder invisible que me agita?

»¿No os conduzco a buen puerto muchas veces?
15

»¿De qué se me acrimina?»-

   En resumen, el náufrago no supo

de donde el contratiempo procedía.

   Negra, muy negra debe ser la culpa,

cuando todos la esquivan.
20


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El avaro y el barquero

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    -«¿Vais al infierno?» -dijo Caronte.

-«Sí -secamente clamó el avaro.-

»venga el pasaje.»-

-«No pago impuestos.»-

-«Pues no hay barquilla.»-

-«Ireme a nado.»-

-«Nadie en mis barbas la ley infringe;
5

»ved que el ser terco no os cueste caro;

»para este censo tenéis el óbolo

»que os ofrecieron al enterraros,

»y ese es el premio que a todos cobro;

»¿lo dais?»-

-«He dicho que nada pago.»-
10

   Y dando oídos a su egoísmo,

tal vez por miedo de ser robado,

se engulle el cobre: corre al Estigio;

hiende las ondas, y cruza el lago.

   Cuando tocaba la opuesta orilla,
15

preso al Averno se lo llevaron,

Plutón le dijo: -«Mísero viejo,

»voy a vengarme de tu atentado;

»vas a pagarme toda la usura;

»todos tus fraudes y tus engaños.»-
20

   Y golpeando tremendo el yunque,

de donde brotan siniestros rayos,

exclama: -«¡Minos! crea un suplicio

»atroz, horrible, desesperado,

»que sus entrañas torture lento;
25

»que sea fuente de eterno llanto.

   »El hierro es poco para ese infame,

»el fuego mismo fuera harto blando;

»sus sufrimientos han de ser crueles;

»mucho más crueles que los de Tántalo.
30

»Aguza, aguza pronto tu ingenio;

»no te detengas; yo te lo mando.»-

   El juez severo de los infiernos

se alzó entre llamas; meditó un rato,

y al cabo dijo: -«Haz que reviva:
35

»que vuelva al mundo de los humanos;

»que, en justa pena de su avaricia,

»miren sus ojos el despilfarro

»que, a todas horas, sus herederos

»están haciendo de sus denarios.»-
40


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El rocín y el jumento

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    En escondido valle, cierta noche,

tras de ruda jornada,

postrados de fatiga

dormían Don Quijote y Sancho Panza;

aquél viendo entre sueños
5

a Dulcinea, su fermosa dama,

y éste creyendo gobernar tranquilo

la ínsula tantas veces suspirada.

   No lejos de sus dueños, y paciendo

con harta holgura la menuda grama,
10

Rocinante y el Rucio,

como buenos amigos, platicaban:

-«¿Has visto a mi señor -dijo el jamelgo-

»con qué bravura terminó su hazaña,

»y cómo, hidalgo, perdonó al del Bosque,
15

»cuando rendido le miró a sus plantas?

»Esto es saber vencer al enemigo;

»esto es triunfar con honra en las batallas.

»¿Dónde hallar ningún otro caballero

»que adquiera tanto lauro y tanta fama?»-
20

-«Pues a fe de borrico,

»que semejante prez no se me alcanza.

»¡Qué diablos de victorias!

»Sacar rotas la oreja y la celada,

»quebrantados los huesos otras veces,
25

»o molidas a palos las espaldas.

»¿Qué vale ganar hoy, si siempre pierde?»-

-«No seas machacón: la empresa es santa;

»y, lo repito, es fuerza que fundemos

»igual institución en nuestra raza.
30

»¿Caballería andante tienen ellos?

»Tengámosla también, que la reclaman

»la débil inocencia perseguida,

»la impotente flaqueza avasallada.

»¿No hay follones acaso, y malandrines?
35

»¿No devoran, feroces, y a mansalva,

»la vulpeja a la cándida paloma,

»y el voraz lobo a la cordera mansa?

»Y el tigre y el león, y tantas fieras

»como se ceban en la sangre humana,
40

»di ¿no merecen ejemplar castigo?»-

-«Sí, en verdad; pero ¿quién les pone a raya?»-

-«Nosotros; ejerciendo el noble oficio

»que ejerce Don Quijote de la Mancha.»-

-«Y ¿dónde vamos a colgar el yelmo,
45

»ni cómo haremos uso de la lanza?»-

-«Qué yelmo, ni qué lanza, majadero?

»¿No llevamos los dos mejores armas?

»Coz y mordisco al que luchar se atreva.

»Y, fuera compasión, caiga el que caiga.
50

»El fraude, el robo, el crimen,

»son hijos de la gula y de la holganza;

»la continencia sólo y el trabajo

»harán la bestia honrada.

»No se apacienten, pues, en carne viva,
55

»que buenos son el heno y la cebada;

»y, en vez de holgar y acariciar el vicio,

»edúquense, y aténganse a la carga.»-

-«¿Y nos dará provecho el sacrificio?»-

-«Y sempiterna fama;
60

»los más ricos graneros

»nos brindarán el trigo a fanegadas,

»y los feraces campos

»su fresca yerba y su sabrosa alfalfa.

»¿Y en las lides de amor? ¡Cuánta ventura!
65

»La mejor yegua que crió el Jarama

»será para nosotros.»-

-«La renuncio:

»en mi pueblo natal, junto a mi casa,

»hay una burra de lucido pelo,

»nervudos lomos y carnosas ancas,
70

»que me tiene hechizado. No la cambio

»por fembra alguna.»-

-«¡Bien por tu constancia!

»Sobrado premio te darán las luchas.»-

-«¿Y serán arriesgadas?»-

-«¿Quién lo duda? Se puede hallar la muerte
75

»a un solo golpe de potente garra;

»puede venir una atrevida hiena

»que, a puro dentellar, nos parta el alma;

»o un fiero encantador, hecho vampiro

»que chupe nuestra sangre...»-

-«¡Oh! calla, calla.»-
80

-«Aventuras son estas.»-

-«Desventuras,

»dirás mejor; no, no me cuadran.

»Al pensar en los riesgos que me pintas,

»me gruñen las entrañas.

»Insiste en tu locura si te atreves;
85

»corrige los entuertos que te plazca;

»imita a tu señor, y por mi vida,

»que pararéis los dos en una jaula.

»Yo no tengo valor para esa empresa;

»y en cuanto asome el alba,
90

»voy a decir al labrador Alonso,

»al que llamáis ahora Sancho-Panza,

»al amo mío, que marchemos juntos;

»que me deje habitar la antigua cuadra,

»que me lleve cual antes al molino;
95

»y me ocupe otra vez en la labranza.»-

-«¡Vete con Dios! Por tu medroso genio

»y tu poca ambición téngote lástima.»-

   Esto dijo el rocín, y luego, a solas,

murmuró con desdén estas palabras:
100

-«La corona de gloria entre sus flores

»tiene agudas espinas que nos dañan;

»el que cobarde sus heridas tema,

»nunca intente alcanzarla.»-

   Rocinante murió; con él murieron
105

la hidalguía y nobleza de su raza,

su espíritu sutil... alegoría

de nuestra edad dorada.

   Materialista, en cambio, interesado,

de pobre fondo, y de corteza basta,
110

palpita en nuestro siglo todavía,

el jumento de Sancho, en cuerpo y alma.


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La abeja y el abejón

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    -«¿A quién vas a llevar ese tesoro?»-

El ocioso abejón dijo a una abeja,

que libaba afanosa

el cáliz virginal de la azucena.

   Ésta repuso al punto: -«A mis hermanas,
5

»que dejé trabajando en la colmena.»-

-«Pues siendo yo tu hermano, también tengo

»igual derecho que ellas

»a tan rico botín; y, aunque contigo

»ningún lazo me uniera,
10

»si son todas las flores

»del dominio común, mío es el néctar.»-

   Y de ese modo hablando,

su arpón agudo la asestó con fuerza,

haciendo que la pobre, amedrentada,
15

sin defenderse apenas,

dejara matizadas con su sangre

las hojas de la cándida azucena.

   Fiado ya en sus triunfos,

y en su espada certera,
20

nuestro conquistador desde aquel día

propúsose vivir a costa ajena,

y someterlo todo a su albedrío;

mas no fue así.-Tras rica primavera,

vino el árido invierno,
25

y con él la estrechez y la pobreza.

   Entonces, acosado por el frío

y por el hambre fiera,

el abejón, en tormentosa noche,

temblando de temor, llamó a una puerta;
30

y de vergüenza se quedó corrido,

al contemplar allí, de centinela,

a aquella a quien un día

tan sin piedad hiriera.

   La abeja, que era buena y compasiva,
35

dio al olvido su ofensa,

y al socorrerle, amonestole blanda

con esta moraleja:

   -«¿Ves, infeliz? A mí el trabajo activo

»que empleo en la colmena,
40

»afirmando la paz de la República,

»me da pingües riquezas,

»y a ti el ajeno fruto, que conquistas

»con dolo y con violencia,

»te ofrece, por un día de abundancia,
45

»todo un invierno horrible de miseria.»-


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El viento y la mar

    El viento, con furor, la mar batía

      celoso de su calma;

ella le dijo: -«En vano te embraveces,

      »tus iras me levantan.»-

   Las glorias al embate de la envidia,
5

      suelen brillar más altas.


Lo que son las glorias

    Fuego de cañas brilla un momento,

      se apaga en humos.

Igual destino tienen las glorias,

      en este mundo.


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    Ese monte, que se atreve

a ocultar su condición,

disimulando con nieve

el volcán del corazón,

¿no os parece que es aleve?
5

   La lisonja aduladora,

que en frases de leche y miel

se está haciendo encubridora

de un corazón todo hiel,

¿no es verdad que es muy traidora?
10


Los moluscos

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    Los moluscos se unieron a su concha

      con tales nudos,

que, mientras vivan, sufrirán sumisos

      su eterno yugo.

Los mundanos, pegados a los vicios,
5

      ¿serán moluscos?


El gusano de seda y el poeta

    Decía el gusano: -«Yo hilando con pena

»mis pobres entrañas -produzco la seda;

»los vanos adornan sus cuerpos con ella.»-

   -«Mi obra es más útil -replica el poeta;-

»yo hilvano mis sesos; -yo labro sentencias;
5

con ellas se aliñan -las almas discretas.»-


La serpiente

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    Siempre da la serpiente

pagas traidoras:

la leche que bebiera,

trueca en ponzoña.

   La ingratitud en ella
5

se ha espejeado:

se abreva en beneficios

y escupe daños.


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    Del laurel esclarecido

huye la oscura corneja,

porque cree que el perfume

de sus hojas la envenena.

   Entretanto el ruiseñor
5

a su sombra se recrea;

tal vez busca inspiración

para sus dulces endechas.

   ¿Sabrán ambos que el laurel

es el árbol de la ciencia?
10


El caballo, el asno y la abeja

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    -«Mi prosapia es ilustre cual ninguna»

      -dijo el asno al corcel.-

Y aquél clamó, creyéndose humillado:

      -«Y la mía también.»-

-«Mi abuelo en cien batallas contra el moro
5

      »brilló con altivez;

»y al penetrar en la árabe Valencia

      »el Cid cabalgó en él.»-

-«En los lomos del mío, Jesucristo

      »entró en Jerusalén...»-
10

Al oírles la abeja que libaba

      el néctar de un clavel:

-«Desdichados cuadrúpedos -les dijo-

      »¿de qué os envanecéis?

»La nobleza heredada, por sí sola
15

      »procura escasa prez;

»la propia es gloria: ¿veis? para alcanzarla

      »fabrico yo la miel.»-


El amor y la muerte

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    El Amor y la Muerte,

armados con el arco y con la aljaba,

      juntos viajaban;

   y habiéndose internado

en las honduras de sombrío bosque,
5

      cerró la noche.

   Allí se detuvieron;

dejaron a granel sobre la yerba

      todas sus flechas,

   y ansiosos de descanso,
10

a sus anchas tendiéronse en el suelo

      y se durmieron.

   Despertáronse al alba;

y Cupido, en lugar de sus arpones,

      con mano torpe
15

   cogió los de la Muerte;

y la Muerte a su vez tomó los dardos

      del dios vendado.

   ¡Qué lágrimas, de entonces,

cuesta a la humanidad tamaño yerro;
20

      qué tristes duelos!

   Con flechas de la Muerte

suele el Amor herir, con ansia loca,

      la gente moza;

   y la Muerte, en desquite,
25

con flechas del Amor y arco certero

       hiere a los viejos.


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El árabe y el camello

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    El potente camello

perdió en la esclavitud su bizarría;

el árabe, su dueño, especulando

en su docilidad, le tiraniza

y carga atroz le impone
5

cuando ve que le dobla la rodilla.

   ¡Desdichados los pueblos

que su bravura y dignidad abdican!

Cuanto más se prosternan

y al despotismo su cerviz humillan,
10

mayores cargas sufren,

más crueles tiranías.


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    Y clamaba la púrpura engreída:

-«Sobre todas las lanas resplandezco.»-

-«Y sobre todas, -una voz le dijo,-

      »te apolillas más presto.»-

   No se llame dichosa, ni se ufane,
5

ninguna mano que empuñare el cetro;

pues las crecientes dichas de la tierra

      son las que duran menos.


El joven y el vicio

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    En ancho cercado, sembrado de rosas,

vivía un enano. Velaba su tez

gentil mascarilla; su traje era honesto,

su diestra agitaba finísima red.

   Cegado, sin duda, por tales encantos,
5

un joven incauto saltó el valladar,

y diole un abrazo, diciéndole: -«Hermoso,

»¿por qué te recatas con ese antifaz?

»Descubre el semblante.»-

-«A nadie en mis reinos

»es dado mirarlo.»-

-«Pues quiérolo ver.»-
10

Y al punto, tendiendo su mano atrevida,

la máscara frágil derriba a sus pies.

   ¡Fatal desengaño! creyole un infante,

y en él halló un viejo de aspecto feroz,

con cuerpo deforme, con rostro tan feo,
15

que, al verlo, el mancebo dio un grito de horror.

Mas era ya tarde; con lazos tiranos,

artero, el enano le ató la cerviz;

sonaron silbidos y, ¡cosa más rara!

de cada flor bella brotaba un reptil.
20

-«¿En dónde me encuentro, Dios santo?»-

-«En mi imperio.»-

-«¿Quién eres?»-

-«El vicio.»-

-«¿Con ese disfraz,

»cubierto de hechizos?»-

-«Es fuerza el engaño;

»de no, ¿quién no huyera mi horrible fealdad?»-

-«Desata estos nudos.»-

-«Estás en mis brazos.»-
25

-«Pues suelta, villano; yo quiero partir.»-

-«No seas imbécil; en lecho de rosas

»darete deleites que te hagan feliz;

   »¡si a nadie le falta su máscara propia!

-seguía diciendo con ruda acritud,-
30

»la astuta serpiente la encuentra en las flores,

»el vicio la lleva mintiendo virtud.»-


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    -«Mar, ¿qué hiciste de tu calma

»y tu suave agitación?»-

-«Tanto me azotan los vientos,

»que he sentido exaltación.»-

-«Pues los fuertes no debieran
5

»perder nunca la razón.»-


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    Caminito del cielo

   iba la Alondra

modulando contenta

   divinas trovas:

-«Sube, -gritola un ángel,-
5

   »sube, avecilla,

»y darás al Eterno

   »tus armonías.

»Verás como estos campos

   »del Paraíso
10

»tienen para los pájaros

   »grato atractivo;

»no hay mortífero plomo,

   »ni Halcón aleve,

»ni rudas tempestades,
15

   »ni falsas redes.

»Aquí todo es hartura

   »y blandos sones,

»ambrosía y perfumes,

   »luces y flores.
20

»Ven presto a las alturas,

   »ven, avecilla,

»y da a Dios por ofrenda

   »tus melodías.»-

   Cuando el ángel la dijo
25

   tales palabras,

distraída la Alondra

   no le escuchaba;

en la tierra sus ojos

   tenía fijos,
30

y la atraía a ella

   potente hechizo.

Era la luz brillante

   del espejuelo,

que la cegaba ardiente
35

   con sus reflejos.

De pronto el ave cesa

   en sus cantares;

abandona el espacio;

   su vuelo abate;
40

y cuando el embeleso

   alcanza alegre,

en sus pérfidos lazos

   halla la muerte.

   Huid las tentaciones,
45

almas de noble vuelo;

no dejéis el camino,

si vais al cielo.


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    -«¿Por qué limpias tu pluma, ave parlera,

»y la alisas después con tal primor?»-

-«Quiero que nada estorbe mi carrera;

»para subir a la celeste esfera,

      »se vuela así mejor.»-
5

   Alma que quiera remontar el vuelo,

al partir, purifíquese con celo;

      no haya en ella borrón;

para llegar hasta el umbral del cielo

debe ir limpio de culpa el corazón.
10


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    -«¿Das olor a ese destral

»que te hiere y te asesina,

»pobre sándalo?»-

-«Sí tal;

»cumplo con la ley divina:

»le devuelvo bien por mal.»-
5


El labrador y la rana

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    En lo más recio de la tormenta,

cuando a torrentes caía el agua

y los pinares tronchaba el viento,

de puro gozo graznó la rana.

-«Pícaro anfibio, -clamó el labriego:-
5

»si esa borrasca me roba airada

»los caros frutos de mi cosecha

»mis pobres bienes, mis esperanzas;

»si trae penas a mi familia,

»y horribles duelos a la comarca;
10

»si en triste luto gemimos todos,

»¿por qué en mis barbas alegre cantas?»-

-«Porque esa lluvia, con ricas ondas,

»hoy mis dominios benigna ensancha.

»¿He de afligirme por desventuras
15

»que hinchan de bienes mi propia casa?»-

   En todos tiempos, el egoísmo

hará lo mismo que hizo la rana.


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    -«Abriendo codicioso un hondo surco,

»me sepultó el mortal bajo la tierra,

»y allí en sus antros, solitaria y triste,

»vivía prisionera.

»Ni en mi quebranto alimenté rencores,
5

»ni en mis fatigas exhalé una queja:

»hoy afanosa mi prisión taladro,

»rompiendo de este suelo la corteza,

»porque quiero ofrecer flores y frutos

»a los hombres que injustos me encarcelan.»-
10

   Noble semilla, que tan fiel practicas

los preceptos de Dios, ¡bendita seas!


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Una lágrima

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    Cierta noche el Dolor sobre una tumba

derramaba una lágrima encendida;

desvaneciose al asomar la aurora

y la perla brillaba todavía.

   Presto viene la muerte.
5

El olvido aún viene más aprisa;

las fúnebres coronas a los muertos

      ¡qué solitarias brillan!


La violeta y la lechuza

    -«¿Por qué, violeta, entre el verdor te escondes

»con tan fragante aroma y tanto hechizo?

»Muestra tu faz al sol.»-

-«Me ruborizo.»-

-«¿Por qué, lechuza, en lúgubre escondrijo

»oculta estás? ¿Por qué con tal denuedo
5

»huyes siempre la luz?»-

-«Téngola miedo.»-

   ¿Se inspiran en análogas virtudes

ya que tienen las dos igual prurito?

No: el rubor es color de la modestia;

el miedo, el sentimiento del delito.
10


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La cabra y la vid

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    Cierta Cabra montesa,

que astutos cazadores perseguían,

buscando desalada algún refugio

entrose en una viña,

donde, debajo de sus anchos pámpanos,
5

la vid frondosa la ocultó benigna,

y así burló de pronto a los que diestros

seguíanle la pista.

   Cuando la Cabra se creyó segura,

comenzó a devorar las hojas mismas
10

que con tanta bondad diéronla amparo

para salvar su vida.

   Mas luego un cazador que, rezagado,

apareció en la vía,

oyó el rumor, y con certera mano
15

abriola el pecho con mortal herida.

   -«Nadie olvide mi historia,

-la triste Cabra al espirar decía;-

»la ingratitud es vicio aborrecible,

»que el cielo en mí castiga.»-
20


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El laurel y el gusano

    -«Vistiome el cielo de verdor eterno,

      -clamó altivo el laurel,-

»y a mis lucientes hojas puso aromas

      »de pura miel;

»ciñose el César mis triunfantes ramas,
5

      »signo de excelsitud;

»y di coronas vívidas al genio

      »y a la virtud.

»Si en dotes, pues, y en méritos preclaros

      »a los demás vencí;
10

»si hasta el tremendo rayo me respeta,

      »¿quién contra mí?»-

Cuando el árbol de Apolo eso decía,

      ¡terrible punición!

un débil gusanillo taladraba
15

      su corazón.

   No se miren seguras la soberbia,

      ni la alta majestad;

que un átomo levísimo destruye

      la hinchada vanidad.
20


El escarabajo y la hormiga

    Un bicho desalmado,

Escarabajo de color dorado

que en asqueroso muladar vivía,

hizo chacota un día

de la Hormiga hacendosa,
5

que en el campo arrastraba fatigosa

un grano de cebada.

-«Criatura desdichada:

-la dijo aquél;- tu vestimenta fea,

»y esa baja tarea
10

»que practicas son dignas ciertamente

»de tu prosapia oscura.

»Suda y trabaja, miserable obrera:

»yo viviré en la holgura.»-

   Esa voz inclemente
15

sumió a la Hormiga en pena bien amarga;

mas ni una frase contestó siquiera;

suspiró tristemente

y al granero común llevó su carga.

   Decid: ¿quién sino un vil escarabajo,
20

engordado en inmundo estercolero,

pudiera escarnecer en el obrero

la virtud del trabajo?


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-«Dentro este cofre, bien encerrado,

-decía el ámbar,- vivo ignorado

»de todo el mundo.»- ¡Vana ilusión!

La suave esencia que derramaba

era la lengua que revelaba
5

el sitio oculto de su prisión.

   También la santa beneficencia,

en su amoroso celo, discreto,

quiere ocultarnos su excelsitud

mas su perfume vende el secreto,
10

y nos dan cuenta de su presencia

las buenas obras de su virtud.


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    Un infeliz anciano

llamaba un día con temblosa mano

a la puerta de un rico moralista,

diciendo en voz muy queda:

-«Ese hombre, al menos, no será egoísta;
5

»quizá ponga en mi diestra una moneda,

»o me dé de comer... ¡Qué aciaga vida!»-

   Abriole un escudero,

y el dueño, al verle, preguntó en seguida:

-«¿Es otro pordiosero?
10

»¡Qué peste; hay un enjambre!»-

-«Piedad, buen caballero;

»soy viejo y desvalido;

»miradme sin aliento y abatido;

»me estoy muriendo de hambre.»-
15

-«¿Y a qué debéis el vergonzoso estado

»que os fuerza ahora a demandar socorro?

»En vuestra juventud, desventurado,

»no supisteis hacer ningún ahorro?»-

-«Me ocupé en trabajar; pero no tanto,
20

»que pudiese guardar para más tarde

»algún exiguo bien. No haré yo alarde

»de dotes que no tuve. La pereza

»fue origen principal de mi quebranto.

»No sé mentir.»-

-«¡Qué cínica franqueza!
25

»¿Ignoras, miserable,

»que el hombre perezoso

»es en la tierra el ser más detestable?»-

-«Fue la naturaleza

»quien me hizo tal.»-

-«¿Faltábate juicio?»-
30

-«Yo bien quería combatir el vicio;

»y os juro, por mi fe, que fue mi intento

»trabajar como a dos; pero, al probarlo,

»sentía un invencible desaliento.

»Toda labor costábame gran pena:
35

»era un duro tormento

»que rendía mis fuerzas con exceso,

»y la misma pereza una cadena

»de insoportable peso.

»Dios me ha dado mi cruz.»-

-«Cruz merecida:
40

»velar y trabajar, en esta vida

»es ley común, es ley obligatoria;

»para hallar paz y conquistarse gloria,

»el hombre ha de velar hasta la muerte;

»así veló también la mujer fuerte;
45

»así veló David. En este valle

»de perpetua amargura,

»el genio, la hermosura,

»el saber, la fortuna, la grandeza,

»todo, todo ha venido
50

»a doblar la cabeza

»ante el trabajo santo y bendecido.

»La ociosidad exalta la tristeza,

»engendra la maldad, mueve el encono,

»y lleva por castigo la miseria,
55

»el desprecio tal vez y el abandono.

»¿Viendo a tus pies la previsora Hormiga,

»que en verano sudaba con fatiga,

»atesorando, con afán eterno,

»trigo para el invierno,
60

»¿cómo olvidó tu juventud florida

»el espantoso invierno de la vida?»-

-«Me arrepentí después.»-

-«Pesar tardío.»-

-«¡Piedad; señor!»-

-«¿De qué? ¿De tu vagancia?»-

-«Mi llanto de dolor...»-

-«Me causa hastío,
65

»me infunde repugnancia.

»¿Limosna a un perillán? Dios que te asista.

»Vete, o teme que en cólera yo estalle.»-

   Eso dijo al anciano el moralista,

y le arrojó a la calle.
70

   Al eco de moral tan inclemente,

lleno de afrenta, exánime y sin tino,

cayose el pobre viejo de repente,

en los umbrales del portal vecino.

   Una pobre mujer, buena sin duda,
75

corrió al punto en su ayuda,

y -«¿Quién sois?» -preguntole cariñosa.-

-«Señora, ya lo veis: un infelice;

»dije mal, un culpable.

»En edad más dichosa,
80

»pude yo trabajar y no lo hice:

»la suerte me castiga justiciera.»-

-«Alzad, buen hombre, alzad.»-

-«¡Dejad que muera!»-

-«Dios al que se arrepiente le bendice;

»el genio no se cambia fácilmente.
85

»Escuchad en mi voz la voz del cielo.»-

-«¡Gracias!»-

-«Venid y os prestaré consuelo;

»¿quién niega caridad a sus hermanos?»-

-«¡Oh, gracias!»-

-«¿Para qué somos cristianos?»-

   Y esa santa mujer, que no sabía
90

lo que es filosofía,

con mano hidalga y corazón humano

partió con el anciano

el pan, el negro pan que ella tenía.

¡Bendita la largueza
95

que habita el mismo hogar de la pobreza!

   Es el doctor, si meditáis con calma,

la razón inflexible;

y esa mujer sensible

es la moral del alma.
100


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El águila y el ruiseñor

(Premiada)

    Subyugada por ecos misteriosos

que llenaban la selva de armonías,

el Águila abatiose, y, en acecho

desde la copa de frondosa encina,

con rápido mirar sorprendió al ave,
5

que así trinaba en la enramada umbría:

-«Modesto Ruiseñor, rival de Orfeo,

»¿por qué en oscura soledad habitas?

»Ven, y en mi reino alcanzarás la gloria

»que en vano entre las sombras buscarías;
10

»ven, sígueme al espacio.»-

El pajarillo

sus halagos, medroso resistía;

dolíale dejar los verdes bosques

que tan grata morada le ofrecían;

y, ajeno a la ambición, le amedrentaba
15

el goce de grandezas desmedidas;

pero tentado al fin, con noble aliento,

emprendió confiado la subida.

   En sus primeros ímpetus, de cerca,

el vuelo audaz del Águila seguía,
20

surcando fácil la azulada esfera,

resplandeciente entonces y tranquila;

y subiendo, subiendo, iba cantando

con el dulce primor que antes solía.

Mas llega a la región de las tormentas,
25

y se mira cercado de neblinas,

y la fuerza del viento le sofoca,

y el rayo destructor nubla su vista,

y a la iracunda voz del ronco trueno

la suya desfallece y se amortigua.
30

-«¿Qué te espanta?» -la reina de los aires

le pregunta arrogante a la avecilla;-

»¿hay acaso espectáculo más bello

»que el de esa augusta tempestad sombría?

»¿Para cuándo reservas, pues, tu numen,
35

»si ante tal majestad hoy no te inspiras?

»Canta, y opón a sus bramidos fieros

»tus vibradoras notas argentinas.»-

   El Ruiseñor intenta obedecerla,

mas no puede: sus alas se fatigan;
40

su espíritu flaquea; en su garganta

sus gorjeos purísimos espiran.

   Haciendo, entonces, un supremo esfuerzo:

-«Adiós, -exclama,- adiós, Águila altiva;

»mi ser humilde soportar no puede
45

»los huracanes que en tu imperio anidan.»-

   Y los campos del éter abandona,

y a la tierra, veloz, se precipita,

y al regresar a sus nativos lares

recubra el timbre de su voz divina,
50

y aquella soledad, muda en su ausencia,

se puebla nuevamente de armonías.

   Al talento modesto lo acontece

igual que al Ruiseñor le acontecía:

el fragor de grandezas le anonada;
55

la calma del retiro le sublima.


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    -«Deja que admire tanta belleza;

»cede a mis ruegos: no vueles más;

»quiero me digas ¿cuál es tu nombre?

»¿de dónde vienes? ¿a dónde vas?»-

   -«No; tu contacto trocara en polvo
5

»el rico esmalte que brilla en mí;

»mariposilla me llaman todos:

»vivo entre flores; huyo de ti.»-

   ¡Niñas! de esmalte de mariposa

Dios ha formado vuestro candor:
10

cuidad que en polvo no lo convierta

la mano aleve del seductor.


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    Cuando veo que conmigo

muda la sombra camina

y me sigue paso a paso

de negro luto vestida;

cuando, con aciago aspecto,
5

la dura tierra me indica,

como hambrienta sepultura

que mi cuerpo solicita;

cuando al faltarme la luz

ya se da por despedida,
10

mi flaca razón aguzo,

y al explicarme ese enigma,

entiendo bien que la muerte

es la sombra de la vida.


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La justicia del diablo

    Era día de gala en el Infierno;

(también hay corte y gala en sus palacios).

Con alas de murciélago las Furias;

las Arpías con rostro ensangrentado;

las Parcas y el Terror blandiendo, horribles,
5

corvas cuchillas y candentes garfios,

a prestar a Luzbel pleito homenaje,

en la sala del trono se juntaron.

   Legiones de maléficos espíritus

ostentaban allí blasón de heraldos,
10

y todos, uno a uno y con respeto,

la garra del monarca iban besando.

   De Nerón, de Calígula o de Atila,

celebraban quizá el aniversario.

   Mas pronto, en menoscabo del decoro,
15

debido allí, moviose un altercado;

y oyéronse denuestos espantosos

y como el eco de un silbar extraño.

   Reñían la Serpiente y la Calumnia

por su sitio de honor, en aquel acto;
20

quería cada cual la preferencia,

y esta disputa motivó el escándalo;

cuestión bien disculpable si se atiende

que siempre la provocan los humanos.

   La Serpiente gritaba: -«Si está escrito
25

»que se concedan al mayor malvado

»las honras de más prez, ¿con qué derecho

»te atreves hoy a disputarme el lauro?

»¿Pudo dañar tu lengua impía,

»como dañó mi venenoso dardo?»-
30

   -«Ea, callad; -clamó con voz tremenda,

desde su solio ardiente el soberano.-

»Yo doy a cada cual su merecido;

»la equidad es la ley que siempre acato;

»a mayores servicios, mayor premio;
35

»a más perversidad, más rico pago.

»Asqueroso reptil, sé tus hazañas,

»y admiro tu crueldad; pero no tanto

»que te prefiera a tu rival. La herida

»más leve de tu arpón emponzoñado,
40

»entraña, es cierto, dolorosa muerte,

»por esto tu presencia causa espanto;

»pero tus tiros solamente alcanzan

»a tu vecino, al ser que está a tu lado;

»aquel que puede huirte ya no teme;
45

»la distancia, no más le pone en salvo.

»Mas ¿quién de la Calumnia se sustrae,

»si todo le es vecino? Los espacios,

»los montes y los mares atraviesa

»con la veloz celeridad del rayo;
50

»el virus de su lengua maldiciente

»de su presa infeliz hace pedazos

»y es el puñal traidor de los cobardes;

»que nadie de sus golpes se ha librado:

»ni en el cielo los ángeles purísimos,
55

»ni en mi reino infernal los condenados.

»Hasta se atreve a profanar los muertos

»en sus tranquilos lechos funerarios.

   »Sabedlo, pues; en fiestas, y en consejo,

»la Calumnia tendrá puesto elevado;
60

»tras ella el Basilisco y la Serpiente;

»el mayor galardón, para el más malo.»-

   El rey de las tinieblas esto dijo,

y todos acataron su mandato.

   Voy a decir quizás una herejía;
65

¡que me perdone el cielo tal pecado!

Temo que el mundo ejerce muchas veces

la maldita justicia del Diablo.


La abeja y la flor del tomillo

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    Solicitaba la abeja

la linda flor del tomillo,

empeñada en darla besos

que ésta huía con desvío.

-«Tus esquiveces me matan;
5

»abre el alma a mi cariño.»-

-«No; -la flor le contestaba,

dando, turbada, un suspiro:-

»si el dulce néctar le robas,

»¿qué le queda al pecho mío?»-
10

   ¡Pobre flor! el vil insecto

supo acallar sus gemidos

y al fin perdió su inocencia,

para llorar el olvido.

   Niñas que halláis en las flores
15

tan exacto parecido

por lo débiles y hermosas:

no imitéis la del tomillo.


El gusano de seda y el avaro

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    Ved al gusano. Se labró el capullo,

      y allí están sus entrañas.

No le pidáis jamás siquiera una hebra

      de su labor premiada.

Ni goza su riqueza, mientras vive,
5

      ni deja a otras gozarla.

   El avariento con su sed hidrópica

      tesoros acapara

y es en lo rico pobre. La indigencia

      ni un óbolo le arranca.
10

¿Veis ese arcón que vela noche y día?

      Allí encerró su alma.

   Ambos gusanos en su propio vicio

llevan la pena de su culpa avara.


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El pobre y el aparecido

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    Un embozado, en noche tenebrosa,

llamó a la puerta de un albergue humilde:

-«¿Quién sois?» -le preguntó su pobre dueño.-

-«Un dadivoso; no temáis: abridme.»-

El dueño vaciló.-«Presto, insensato;
5

»vengo a endulzar la suerte que te oprime;

»quiero sembrar tu vida de placeres,

»y poner fin a tu miseria horrible.»-

   El dueño, entonces, entreabrió el postigo;

y al ver, cercado de tinieblas tristes,
10

lívido espectro de espantables ojos,

lanzó un grito de horror.

-«Calla; no grites.»

-le dijo aquél, y murmuró a su oído

no sé qué frase, al parecer terrible.-

-«¡Huye, Satán! Tu idea me estremece;
15

»tienes instinto y corazón de tigre;

»desvalido viví, mas viví honrado.

»Si hubo escaseces en mi mesa humilde,

»ellas nunca turbaron mi contento

»ni el goce de mis sueños apacibles;
20

»aléjate, ¡por Dios!»-

-«Toma.»-

-«¿Qué es eso?»-

-«Metal que rompe los más fuertes diques:

»imán potente que avasalla el mundo.»-

-«¿Oro tal vez?»-

-«Sí tal; toma...»-

-«Imposible.»-

-«Desecha esos escrúpulos cobardes.»-
25

-«¡Cielos, tanto!!»-

-«Y aún más; toma, infelice.»-

   El pobre abrió la puerta sigiloso,

y el torvo protector, al descubrirse,

mostró agudo puñal teñido en sangre,

y un pecho de culebras... Era el Crimen.
30

   La modesta vivienda de aquel pobre

trocola el huésped en palacio insigne;

y en breves horas, con tenaz misterio,

lo henchió de bienes y grandezas viles.

-«Adiós, -clamó después,- se acerca el día;
35

»y huyo su luz. No olvides cuanto dije:

»los medios más ilícitos son buenos

»con tal que puedas alcanzar tus fines.»-

   Fuese y un rayo que brilló en las nubes

vistió su cuerpo de siniestros tintes.
40

El novel potentado, desde entonces,

fosco y sombrío en su palacio vive

tiene insignias y joyas y brocados,

tiene trenes y espléndidos jardines;

pero la calma de sus pobres lares
45

y la paz de su alma ya no existen.

¡Ay! los remordimientos son las sierpes,

que su culpable corazón oprimen.

Si anhela hallar olvido a los deleites,

allí el sangriento espectro le persigue;
50

si entre plumón y holandas busca el sueño,

a su deseo el sueño se resiste

y es haz de espinas su mullido lecho...

Que no hay blanda almohada para el crimen.


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Cómo se lavan las manchas

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    -«Buena mujer, que siempre en este río

      »la ropa lavas;

»¿cómo no vas al mar?»-

      -«Porque aquí es dulce,

»y allí es salobre el agua;
5

»aquélla con frecuencia corta y quema

      »sin extinguir la mancha;

»y ésta, más blanda y de sutil manera,

      »limpia y no daña.»-

   La afrenta y el rigor, entre los hombres,
10

      la culpa exaltan;

con amor y dulzura se corrigen

      mejor las faltas.


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El águila y la mariposa

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-«¿Qué vale, mariposa, que así ostentes

»dobles alas, -el águila decía,-

»si apenas puedes remontar el vuelo

»al nivel del tomillo que acaricias?

»Dos tengo yo, y elévome con ellas
5

»a las altas esferas infinitas,

»y al mirarme vecina de los cielos

»clavo en el sol mi perspicaz pupila.

»Todo es grandeza en mí.»-

-«Pudiera serlo

»-respondió la gentil mariposilla.-
10

»Diminuta nací, débil y humilde,

»mas, gracias a mi esfuerzo y mis fatigas,

»me pude fabricar las tenues alas

»que a la pradera y al jardín me guían,

»y allí me nutro del sabroso néctar
15

»que la aurora en las flores deposita.

»Tú, nacida en la cresta de los Alpes;

»tú, que te ciernes sobre abruptas cimas;

»desciendes de las nubes hasta el suelo

»para cazar la oscura sabandija.
20

»¿Quién de las dos más noble: la que busca

»rocío celestial que la sublima,

»o aquella majestad que en festín torpe

»su esplendor mancha y su grandeza olvida?»-

   ¡Bellos conceptos del alado insecto,
25

qué bien sentáis a ciertas jerarquías!


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El trigo y la cizaña

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    -«¿Por qué en un campo de tan ricas mieses

      »arraiga la cizaña?

»¿Por qué la espiga estéril se confunde

      »con la espiga granada?»-

-«Es ley del orden físico, hijo mío;
5

      »Dios quiso que brotaran

»en surco igual la yerba que destruye

      »y la fecunda planta.

»Nuestra efímera vida lo es de prueba;

      »y el hombre, en su jornada,
10

»para extinguir el mal y sembrar bienes,

      »es fuerza que combata.

»¡Dichoso el labrador que, en noble aliento,

      »blandió su hoz acerada,

»y de esas tierras de pomposo trigo
15

      »quitó la yerba mala.»-

   En el fecundo campo de la vida,

      entre espigas lozanas,

se ostenta la miseria, horrible cáncer

      de nuestra triste raza;
20

la prueba del dolor junto a la dicha,

      el trigo y la cizaña.

¡Poderosos y ricos de la tierra:

      Dios, en sus leyes sabias,

al darnos esa plaga os dio a vosotros
25

      medios para extirparla!

Sacudid, sacudid tanta indolencia;

      blandid vuestra hoz dorada,

y con ardiente y levantado esfuerzo,

      y con la fe del alma,
30

combatid esa planta destructora:

así premie el Señor vuestra obra santa.


La hoja y el mango

    La hoja del cuchillo

hallábase manchada

con la sangre del débil corderillo,

y ese borrón le atrajo en la majada

el odio del rebaño.
5

   Acusándola autora de aquel daño,

el mango maldecía

la desdichada suerte que le unía

con ella estrechamente:

-«¡Verter sangre inocente!
10

-clamaba- ¡Qué maldad; qué villanía!»-

-«Depón tu hipocresía;

-dijo la hoja- instigador artero;

»¿quién si no tú, con traza delincuente,

»me puso en la garganta del cordero?»-
15


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La niña y su madre

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    En maceta de frágil porcelana

plantó un piñón Adela,

fértil semilla de gigante pino

que descolló en la sierra.

   La planta germinó. Después el árbol
5

brotaba con tal fuerza,

que, estrechas en su cárcel, las raíces

quebraban la maceta.

   La misma Adela, niña todavía,

abrigo dio inexperta
10

a un desdichado amor, que en fieros celos

rompía su alma tierna.

   Su madre al consolarla la decía:

-«Mis dulces advertencias

»desdeñaste ¡infeliz! y observas tarde
15

»cuánto anduviste ciega.

   »No siembres en sutil tiesto de flores

»plantas tan gigantescas;

»ni en bellos corazones, como el tuyo,

»pasiones tan funestas.
20

   »El alma candorosa y guardadora

»de su prístina esencia

»es, hija mía, en los combates rudos,

»el vaso que se quiebra.»-


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    Pide el azogue candado;

quien lo quisiere guardar

téngalo muy encerrado;

pues, si se llega a soltar,

no puede estar sosegado.
5

   Azogue y secreto son

de la misma condición;

quien blasone de discreto,

cuide no rompa el secreto

las puertas del corazón.
10


La caza del hurón

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    ¿Qué vale que el Conejo inofensivo

se esconda en su tranquila madriguera?

Pérfido Hurón, cebándose en su daño,

mal grado su bondad, le acosa en ella.

No le mata; le muerde impunemente,
5

y arrójalo defuera.

Después gozoso lo abandona vivo

al cazador que impío lo desuella.

   El detractor es otro Hurón dañino

que en su inocente víctima se ceba;
10

la hiere en su retiro mordazmente,

luego al ludibrio público la entrega,

y goza al ver que la desuella el mundo

con maldiciente lengua.


El arroyuelo

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    Decid, aguas del arroyo,

ayer ricas en bondad,

vuestras dulzuras nativas,

¿qué se hicieron? ¿dónde están?

   -«Se han trocado en amarguras
5

»al juntarse con la mar.»-

   Ved lo que pasa a los buenos

cuando se acompañan mal.


La serpiente y el águila

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    Una serpiente boa,

nacida en las arenas del desierto,

era el terror de toda la comarca

por sus actos horrendos.

   Las aves que acertaban a encontrarla,
5

sabiendo que eran vanos sus esfuerzos

contra el potente e irresistible hechizo

de su mirar magnético,

ni siquiera a luchar se apercibían,

y, trémulas de miedo,
10

a sus voraces fauces entregaban

sus palpitantes cuerpos.

   Nadie escapar podía al maleficio

de aquel monstruo sangriento.

   Su ancha garganta era un sepulcro vivo
15

que, de continuo abierto,

lo mismo devoraba al chacal bravo

que al pajarillo tierno.

   Acercósele un día,

con ánimo sereno,
20

el águila real, y al ver tal presa,

lanzó el reptil silbidos de contento;

y luego, amenazante, y en el aire

la frente audaz irguiendo,

intentó fascinarla
25

con sus miradas de fulgor siniestro.

   Mas no pudo; y entonces

la reina de las aves, sonriendo,

la dijo: -«Desdichada,

»desiste de tu empeño;
30

»la que al dejar su cuna, ya afanosa,

»buscó la viva luz del firmamento;

»la que ha mirado el sol de hito en hito,

»¿cómo puede cegar al débil fuego

»de tus menguados ojos?
35

»¿cómo puede temer tu encantamiento?»-

   El pecado, hijos míos,

es la serpiente boa del desierto;

¿queréis que sus maléficos encantos

resistan vuestros pechos?
40

Pues haced lo que el águila:

acostumbraos a mirar el cielo.


El vestido de la inocencia

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    Sin duda inadvertida la inocencia,

      en aciago momento,

su ropaje perdió de blanco armiño,

      su joya de más precio.

Al mirarse sin él, de puerta en puerta
5

      iba a todos pidiéndolo;

y tras mucho sufrir, y llorar mucho,

      hizo benigno el cielo

que, venturosa, al fin se lo encontrara.

      -«Y ¿quién se lo ha devuelto?
10

»¿La fortuna quizá?»-

-«No.»-

-«¿El poderío?»-

      -«Nada estuvo más lejos.»-

-«¿Hallolo en brazos del placer?»-

-«Tampoco.»-

-«¿Del fausto?»-

-«No, por cierto.»-

-«Pues ¿quién le devolvió joyel tan puro?»-
15

      -«El arrepentimiento.»-


    En medio el Sinaí la zarza ardía

sin que el verdor perdiera de sus ramas;

la circundaban esplendentes llamas,

y no se consumía.

   Eran llamas divinas
5

que daban luz de gloria a sus espinas.

   Así la fe encendida,

de la esperanza guarda los verdores,

y nunca es consumida;

sus místicos hervores
10

glorifican su vida de dolores.


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La zampoña y el ruiseñor

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    La zampoña del dios Pan,

orgullosa de su fama

y de sus melifluos sones,

del ruiseñor se burlaba.

Éste, herido en su amor propio,
5

le contestó: -«¡Desdichada!

»¿Qué valen en ti los trinos,

»ni esas notas delicadas?

»Tú eres viva en lo sonoro

»porque otro aliento te inflama.
10

»Mientras no te hinchan de viento,

»¿qué eres tú sino una caña?»-

Quien lucir gracias intente

no pida glorias prestadas.


El viento y la nube

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    Cerniéndose en el aire,

la nube dijo al viento:

-«Tú, que desde la cuna me persigues

»con ímpetu tan fiero,

»da tregua a mis fatigas,
5

»o concédeme al menos

»que un sólo día en medio del espacio

»pueda fijar mi asiento.»-

   «Jamás, jamás, -el viento contestole;-

»tu curso será siempre pasajero;
10

»y cada vez que, altiva,

»con tu sombrío velo

»la luz del sol ocultes,

»yo con mi soplo rasgaré tu seno.»-

   La verdad es la imagen
15

del sol que brilla en el sereno cielo;

no importa que el error con negras sombras

la oscurezca un momento,

que el error es la nube que se rasga

al soplo del Eterno.
20


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El valle y el monte

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    Cuanta agua coge el valle

en sus honduras, mísero, la guarda;

la que en lluvia recibe el monte excelso,

generoso, a los prados la regala;

y, para hacer más noble el sacrificio,
5

se rasga las entrañas

y con la pura leche de sus fuentes

les da frescura y su verdor restaura.

¡Qué bien el valle pinta al egoísta,

y cómo el monte al bienhechor retrata!
10


Los dos ratones

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    -«¡Albricias, albricias, madre!

-exclamaba un ratoncillo:-

»Aquel gatazo implacable

»que tanta guerra nos hizo,

»va a ser pasto del León;
5

»ambos reñían, lo he visto.

»Ya no habrá quien nos aceche;

»podemos vivir tranquilos.»-

   Cuando esto escuchó la Rata,

sin salir de su escondrijo
10

díjole: -«Calla, tontuelo;

»no digas más desatinos.

»El orden de la natura

»trabucas tú: ¿quién te ha dicho

»que en lucha con otra fiera
15

»quedara el Gato vencido?

»¡Si no hay Tigre que le iguale!

»¡Si es peor que un Basilisco!

»Si vieras sus anchas fauces,

»su diente de agudo filo,
20

»sus corvas uñas sangrientas,

»y su mirar vengativo;

»si su vigor conocieras

»como yo, pobre hijo mío,

»juzgáraslo más valiente
25

»y anduvieras con más tino.

   »Cuando él arquea su cuerpo,

»y se relame el hocico,

»y se le erizan los pelos,

»y lanza fieros bufidos,
30

»las mismas selvas se espantan

»y se estremecen los riscos.

   »¡El León! ¡vaya un contrario

»para tal animalito!

»En echándole la zarpa,
35

»de su corona hace añicos,

»y si le aprieta el gaznate

»me lo estrangula, de fijo.

   »Ven, pues, hijo de mi alma,

»que si ese gato enemigo
40

»volviese malhumorado

»se te comería vivo.»-

   Estas palabras la Rata

al Ratoncillo le dijo,

y agarrado del pescuezo
45

se lo llevó al escondrijo.

   En las bestias y en los hombres

el miedo abulta el peligro.


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La vara de Moisés

    La vara de Moisés, envanecida,

decía al pueblo hebreo:

-«Oye, Israel; si por decreto santo,

»buscando lenitivo a tu quebranto,

»volvieses a la tierra prometida,
5

»no corones con lauro

»la frente de Moisés, ni del Levita;

»el triunfo de tantísimo prodigio

»y la gloria infinita

»de los hechos que un día te asombraron
10

»se deben solamente a mi prestigio.

   »Yo destruí los móviles arteros

»de aquellos hechiceros

»que a Faraón falaces engañaron

»con sus encantos y su ciencia impía.
15

   »Yo los hierros rompí con que te ataron

»en duro cautiverio;

»yo, cumpliendo un sublime ministerio,

»que me llena de orgullo todavía,

»te abrí paso en las aguas del Mar-Rojo,
20

»que cruzaste a pie enjuto,

»cuando el egipcio, esparramando luto

»y respirando sangre,

»de cerca, con furor, te perseguía.

   »Yo atraje a tus contrarios,
25

»moviendo su venganza y su egoísmo,

»ganosa de salvarte;

»y cuando ya sus huestes belicosas

»creían alcanzarte,

»yo desaté las olas procelosas
30

»y las hice tragar por el abismo.

   »Yo luego, en el desierto,

»a tus ruegos mostrándome clemente,

»herí la dura piedra,

»que convertida en regalada fuente
35

»dio el agua en abundancia

»que tu sed apagó. Después, más tarde...»-

   -«¡Oh! basta de jactancia;

-dijo una voz.- No así, tan falsa, arguyas

»hazañas meritorias;
40

»ni revindiques glorias

»que nunca fueron tuyas;

»desciende de ese trono

»en que te diste inmerecido asiento.

»Tú no obraste jamás ningún portento,
45

»débil caña indiscreta;

»tú solamente fuiste el instrumento

»del Cielo y del Profeta.»-


La virtud y la visión

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    La frente humilde, y con la fe en el alma,

velada de modestia,

la virtud caminaba tristemente

por agrio valle y espinosa senda.

   Sensible al mal ajeno,
5

iba vertiendo el bien a manos llenas,

y daba sus cuidados al enfermo,

su amparo tutelar a la inocencia,

al dolor el aroma del consuelo,

y el óbolo piadoso a la miseria.
10

Los justos la ensalzaban en sus preces;

los pobres bendecían su clemencia,

pero también, en su afanosa vida,

¡qué de luchas sangrientas!

La ingratitud inicua
15

la hería a traición y con bajeza;

los vicios todos, trémulos de enojo,

llenábanla a su paso de blasfemias.

¡Desdichada mujer! débil y sola,

hubiera sucumbido a sus tristezas
20

si un ángel protector, constantemente,

no velara por ella.

Cada vez que al clamor de tanto ultraje,

como abrasada de mortal centella,

caía sin sentido, una voz dulce,
25

la decía: -«¡Valor; sufre y espera!»-

Y una sombra invisible restañaba

la sangre que manaba de sus venas,

y la alentaba a perdonar injurias,

y a seguir su camino de asperezas.
30

Al subir por el áspero Calvario,

la mitad de su cruz llevaba a cuestas,

y la mostraba la empinada cumbre,

glorioso fin de su amargura negra.

¿Quién era esa visión? No lo sabía;
35

vanamente intentaba conocerla;

incolora a la luz, vaga, impalpable,

parecía un fantasma, una quimera;

sólo en la oscura silenciosa noche,

se la fingía viva en su presencia
40

y en estrellado cielo la veía,

radiante de belleza,

con espléndidas alas de querube,

con nevado cendal y faz risueña.

   Más tarde, ya ganada la alta cima,
45

exánime y sin fuerzas,

en el seno amoroso de aquel ángel

la Virtud reclinaba la cabeza.

   -«Visión hermosa, que mi fe alentaste!

-la decía;- ¡mi santa consejera!
50

»¡Faro divino, que alumbraste siempre

»mis pasos en la tierra!

»Dame que pueda bendecir tu nombre;

»¡yo me siento morir!... Haz que te vea.

»¿Quién eres que me besas cariñosa
55

»en esta hora para mí suprema;

»que enjugas el sudor de mi agonía,

»y la paz de otra vida me revelas?»-

   La sombra tomó cuerpo,

y apareció sublime de pureza.
60

-«Humano ser o espíritu celeste;

»por piedad, di, ¿quién eres?»-

-«Tu conciencia.»-

   La Virtud sonrïó; cerró los ojos,

tranquila y satisfecha,

y en brazos de la muerte,
65

dando un suspiro, se durmió serena.


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La abeja y la araña

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    Jugo de amargo tomillo

chupó la afanosa Abeja;

la Araña libó en la rosa

las dulzuras de su néctar.

Como la Araña era mala,
5

como la Abeja era buena,

la Araña escupió en veneno

lo que en dulzores bebiera;

la Abeja vertió en miel dulce

lo que absorbió en asperezas.
10


La sombra y el hombre

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    Tras de su sombra-corría un hombre,

      y ella le huía;

le dio la espalda-y aquella sombra

      le perseguía.

   Para alcanzarla-no hay medio cierto,
5

      ni ley segura;

la instable sombra-fue siempre imagen

      de la fortuna.


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El hombre y las dos hermanas

(Premiada en el certamen del Centro de Lectura de Reus)

    Un hombre rico, en un día,

perdió cuanto poseía,

y, maldiciendo su suerte,

llamó mil veces la muerte,

y la muerte no venía.
5

   Pero acudió la «Esperanza»,

y en dulce acento de miel,

díjole: -«Ten confianza;

»con la fe mucho se alcanza;

»yo siempre te seré fiel.
10

   »¿No te gusta trabajar?

»¿No te sobra juventud?

»¿Por qué te has de amilanar?

»Ánimo, y a recobrar

»oro, crédito y salud.»-
15

   -«Déjame: vete de aquí:

»¡Si es engañosa ilusión!

»¡Si es todo mentira en ti!»-

-«Pues me acusas sin razón,

»¿tomaste consejo en mí?
20

   »Si a desaciertos frecuentes

»si a empresas harto imprudentes

»tu genio audaz te lanzó,

»¿de las pérdidas que sientes

»puedo tener culpa yo?»-
25

   -«No importa; déjame ya.»-

-«Si la muerte no vendrá.»-

-«Iré a buscarla. Me mato;

»no más sufrir.»-

-«¡Insensato!

»¡Un crimen! No; no será.
30

   »¿Sumieras en la orfandad

»a esos retoños tan bellos,

»y en horrenda soledad

»a la tierna madre de ellos,

»que es un ángel de bondad?
35

   »¡Pobres hijos! ¡pobre esposa!

»¿Sollozas?»-

-«¡Suerte inhumana!»-

-«Basta; yo tengo una hermana,

»que con virtud milagrosa

»las llagas del alma sana.
40

   »Dulce, tranquila, serena,

»a todos consuelos da.

»Ella tu égida será;

»¿quiéresla ver? ¡Es tan buena!»-

-«Sí, por Dios.»-

-«Mira; ahí está.»-
45

   La «Esperanza» se alejó;

y ante el hombre apareció

bella, célica visión,

que sus lagrimas secó...

Era la Resignación.
50


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El escultor y la dama

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    Egregia dama, bella mujer

visitó a Fidias en su taller.

-«¿Vos en mi casa? ¡Tanta bondad!»-

-«Busco la estatua de la Amistad;

»ríndola culto con fruición.»-
5

-«Os llaman buena, no sin razón.»-

-«¿Tenéis alguna?»-

-«Cierto que sí;

»y de buen mármol; vedla, está aquí.»-

-«Mirada triste, fría a la vez;

»ropa abrochada; severa tez;
10

»pocos encantos, y alguna edad!...

»No, Fidias; esa no es la Amistad.

»Esotra de aire tan juguetón,

»que así vendada rinde al león;

»cuerpo desnudo; talle gentil;
15

»alas de arcángel; rostro infantil;

»esa prefiero, caro escultor.»-

-«Ved que no es ella; que es el Amor;

»habéis tomado con ceguedad

»al cruel Cupido por la Amistad.»-
20

   La noble dama, que esto escuchó,

se puso triste, palideció.

-«¿Es cierto, Fidias?»

-«¡Oh, sí, es él;

»mirad sus flechas y el arco aquel.»-

-«¡Eternos cielos, qué imprevisión!
25

Estaba herida del corazón.

No confundamos con la amistad

los vivos fuegos de otra deidad.


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Esopo y Proteo

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    Cuando Proteo vio que entraba Esopo

en los Campos Elíseos, sonriendo,

dijo: -«¡Bienhaya el Genio soberano

»que me depara tan feliz encuentro!

»En este sitio de eternal ventura,
5

»en estos bosques de verdor perpetuo,

»entre el perfume del jazmín y el lirio,

»y al murmurio apacible del Leteo,

»se unirán nuestras sombras fraternales

»en dulce lazo estrecho.
10

»Junto a mí ven. Un sucesor glorioso

»en ti tuve en el mundo.»-

-«No te entiendo.»-

-«¿Ignoras que solía transformarme

»en jabalí, en león, en agua, en fuego,

»en cuanto deseaba? Y ¿por ventura,
15

»no hiciste tú lo mesmo?

»¿No tomaste cien máscaras distintas,

»y, oculto tras su velo,

»inventaste tus fábulas discretas,

»tus inmortales cuentos?
20

»¿No hallas afinidad entre nosotros?»-

Y contestole el frigio: -«No, por cierto;

»tú pretendías ocultar tu ciencia

»con ridículo empeño,

»y yo vertí la luz de la enseñanza
25

»por todo el universo.»-


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Flores y espinas

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    Primavera de espinas y de flores

      tuvo el rosal;

después la flor se deshojó al embate

      del huracán,

y hoy sólo guarda la acerada espina
5

      para su mal.

   En los destinos del rosal y el hombre,

      ¡qué semblanza hay!


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    Sobre montañas de rugientes olas,

junto al abierto seno del abismo,

la gaviota, sin miedo a la tormenta,

      tranquila se ha cernido.

   Mas de pronto despiértase azorada,
5

y lanza al viento lastimeros gritos;

se acuerda que pendiente de una roca

      colgó su dulce nido.

   Sobre el hirviente mar del infortunio

flotó, también, sereno el pecho mío;
10

luego a pedazos me saltaba el alma...

      ¡Ay! pensaba en mis hijos.


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    -«Por esta senda de las grandezas,

»que ando con tanta solicitud,

»busco la dicha: ¿podré encontrarla?»-

-«¡Sí que caminas falto de luz!

»Para encontrarla, cambia de ruta:
5

»sigue el camino de la virtud.»-


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    Sócrates, el filósofo de Atenas,

      preso en cárcel inmunda,

y cargado de grillos, que, traidora,

      le impuso la calumnia:

a la luz de una lámpara escribía
5

      en soledad profunda.

   De pronto Apolodoro, su discípulo,

      entró lleno de angustia.

-«¿Qué traes, buen amigo? Estás temblando.

      »¿Qué afecto te conturba?»-
10

-«¡Qué iniquidad, señor! son unos tigres

      »los viles que te acusan;

»y están ciegos los jueces. Es un crimen

      »esa sentencia injusta.

»Tú no debes morir. Los sacros Dioses
15

      »no quieren que sucumbas.»-

   Sonriose el filósofo al oírle,

      y dijo con dulzura:

-«Tienes buen corazón, amigo mío;

      »gracias; no me interrumpas.
20

»Pongo en verso las fábulas de Esopo,

      »y es fuerza que concluya.»-

Y siguiendo, sereno, su tarea,

      volvió a coger la pluma;

en tanto que el discípulo -«¡Mañana!»-
25

      con estupor murmura.

   Ya lució por desdicha el nuevo día;

      ¡ay! no luciera nunca.

El divino filósofo, en su lecho,

      abraza con ternura
30

los hijos de su amor y les despide.

      No vean su hora última.

Heridos de aflicción los que allí quedan,

      amantes le circundan.

Y él, con estoica calma y firme acento,
35

      estas frases pronuncia:

-«Enseñé la virtud; acusé el vicio,

      »y en espinosa lucha

»combatí a los arteros, que el espejo

      »de la verdad enturbian;
40

»viví pobre y honesto, desdeñando

      »grandezas y fortuna;

»y al fin de la jornada me son gratas

      »las sombras de la tumba.

»En nombre de la ley, que se falsea,
45

      »me inmola la República.

»Cumplo la ley. Me vengará la historia.

      »Ella será más justa.»-

   Dice, y se acercan, lúgubres, los guardas,

      y, con mano convulsa,
50

el triste ejecutor de la justicia

      le ofrece la cicuta;

y Sócrates, libando a las deidades,

      la horrenda copa apura.

-«¡Tú mueres inocente!» -Apolodoro
55

      clama con voz augusta;

y el célebre ateniense, en su agonía,

      dice trémulo: -«Escucha:

»¿Qué importa fallecer, sacrificado,

      »a manos de la injuria?
60

»Aceptas a los dioses son las almas

      »que permanecen puras;

»no aquellas que se ofrecen a sus ojos

»cargadas con el peso de la culpa.»-


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La hoja de encina

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    Un mercader honrado

tornaba alegre de lejanos climas

cargado de riquezas

y ansioso de abrazar a su familia,

   Cuando de noche, y al cruzar un valle,
5

que a sus amados lares conducía,

asaltole un ladrón, que estaba oculto

tras una añosa encina.

   En vano aquél, al verse despojado

de todo el oro que llevaba encima,
10

imploróle con lágrimas, que al menos

le dejara con vida;

insensible el traidor a sus lamentos,

le hundió en el corazón mortal cuchilla,

diciéndole: -«Jamás; si tú vivieras,
15

»quizás me acusarías:

»matándote, mi crimen se sepulta

»en el misterio de la noche umbría.»-

   -«Miserable; te engañas -el viajero

con exánime voz clamó en seguida;-
20

»sobre nuestras cabezas vela siempre

»la Suprema Justicia;

»si no hay humanas lenguas que te acusen,

»lenguas serán las hojas de esa encina.»-

   Pasaron muchos años
25

de inútiles pesquisas,

y el matador, gozando en tierra extraña

el fruto criminal de su codicia,

segura, como nunca,

su libertad creía;
30

cuando un día de otoño en que se hallaba

tranquilo en la campiña,

apurando, con otros compañeros,

vasos de leche rica,

el rudo cierzo, que desnuda el prado
35

de sus galas floridas,

en raudos remolinos, de la tierra

alzó una hoja de encina,

y la arrojó a la copa

que tenía en la mano el homicida.
40

   El insensato, entonces, palidece;

su cabello se eriza;

cree escuchar el árbol que le acusa;

ve la espumosa leche en sangre tinta,

y prorrumpiendo en lastimeros gritos
45

que su culpa le dicta

en medio de las gentes que le cercan

su delito publica.

   Preso y con grillos,

los justos jueces su sentencia firman;
50

y el vengador cadalso, al fin, aplaca

los irritados manes de la víctima.

   No importa que se esconda el negro crimen;

sus huellas son malditas;

si no hay un solo ser que lo delate
55

la Divina Justicia

presentará a los ojos del culpable

la acusadora hoja de la encina.


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La razón y el oro

    Siempre tuvo la razón

por virtud la gravedad;

y, no obstante, el oro un día

se la quiso disputar.

En si mientes o no mientes,
5

y en si yo digo verdad,

ni cesaban las querellas

ni se ponían en paz,

cuando, al fin, los dos gritaron:

-«¡A la balanza: a pesar!»-
10

Y, no teniendo ninguna,

hubiéronla de buscar.

   Se fueron a la Justicia,

tenida por muy leal,

y puestos en los platillos,
15

la razón pesaba más.

   Pero el vil metal, entonces,

no se quiso conformar;

dijo que no estaba al fino,

y que el fiel era parcial;
20

y fuéronse a cierta vieja

que había en la vecindad;

vieja que al metal tenía

un apego singular.

   La báscula de la Usura
25

dio allí el peso a cada cual;

y esta vez dicen que el oro

era el que pesaba más.


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La paloma blanca

Apólogo escrito con motivo de los terremotos de Andalucía

    Se rompieron las fuentes del abismo;

abrió el cielo sus anchas cataratas;

anegó el mundo universal diluvio

que cubría los montes con sus aguas;

y por olas y vientos combatida
5

flotaba triste el arca de alianza.

   Y corrían los días y las noches,

y las iras de Dios no se aplacaban,

y el mensajero Cuervo no volvía,

y no volvía la Paloma blanca.
10

   Cuando en todos cundía el desaliento,

y hondo terror los pechos embargaba,

dijo Noé: -«Calmaos, hijos míos,

»y abrid el corazón a la esperanza;

»el Señor ofreciome su clemencia,
15

»y Él pondrá a salvo nuestra frágil tabla.»-

   Y la santa promesa fue cumplida.

Un día, en que la luz ya declinaba,

la Paloma tornó. Cuando en el éter

sobre las nubes, se agitaba rauda,
20

con grato asombro vieron que en su pico

verde ramo de oliva sustentaba.

   Y era aquel ramo, signo de ventura,

nuncio de paz, presagio de bonanza;

y era aquella ave de nevada pluma,
25

de noble aliento y poderosas alas,

la Caridad de Dios, que, bienhechora,

venía a consolar la raza humana.

   Y se abrieron los senos de la tierra,

y las torres caían desplomadas,
30

y se hundían los muros y los templos

y cimbraron cual juncos las montañas,

y en los rotos escombros perecían

junto al hijo la madre desolada;

y era fosa del pobre su guardilla,
35

panteón del rico su dorado alcázar.

¡Qué espantosa hecatombe, Dios eterno!

¡Qué otro diluvio universal de lágrimas!!

   ¡Ay! pobres hijos del Genil y el Darro,

y los del Guadaljorce, ¿en dónde paran
40

vuestro lecho y hogar? Y ¿qué se hicieron

tanta flor, tanto jaspe y tantas galas?

En páramos desiertos se trocaron

vuestras hermosas vegas dilatadas;

y en tristes cementerios los jardines
45

que las brisas ayer embalsamaban.

   Insepultos, tal vez, yacen los seres

que encendían de amor vuestras entrañas,

y al ir a orar por ellos ¡infelices!

ni halláis en pie las sacrosantas aras.
50

¡Qué de orfandad y luto en torno vuestro!

¡Ay, pobres hijos de mi dulce patria;

los que pisáis tan movediza tierra;

los que flotáis aún en frágil tabla;

los que, acosados de miseria y frío,
55

tanta pena lleváis dentro del alma:

razón tenéis en implorar clemencia,

y razón en llorar tantas desgracias!

   Mas no desfallezcáis, hermanos míos;

abrid el corazón a la esperanza;
60

ya Dios sus iras aplacó benigno,

y se extingue el fragor de la borrasca.

¿Veis, entre nubes de zafir y oro,

alba visión, de estrellas coronada,

que desciende veloz del alto empíreo?
65

Es la avecilla que se acerca al arca;

es la divina Caridad, que viene

para daros calor bajo sus alas;

es el ángel que abriga al desvalido,

que cariñoso la orfandad ampara,
70

que la viudez protege, y que consuela

al cuerpo, al espíritu y al alma.

   Saludadla, a su paso, moradores

de esas bellas regiones desdichadas;

ella gozosa os trae el verde ramo,
75

que es venturoso signo de bonanza;

ella en los anchos pliegues de su manto,

para vosotros, amorosa guarda

el socorro de Dios y de los hombres...

¡Bendita sea la Paloma blanca!
80

   Óbolo humilde, que besé piadoso,

vuele a vosotros esta tosca fábula;

la saturó de amor el pecho mío;

está escrita con lágrimas del alma.


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El príncipe y el halcón

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    Dijo un Príncipe al Halcón:

-«Ave de noble abolengo,

»si blasonas de hermosura

»en las formas de tu cuerpo;

»si no hay pájaro que venza
5

»la agilidad de tu vuelo;

»si, para luchar nacido,

»es tan valiente tu pecho:

»¿por qué abdicas tus virtudes,

»y por ajenos provechos,
10

»cazador de mala fe,

»tan villano como artero,

»persigues a tus hermanas,

»las pobres aves del cielo?»-

   -«Príncipe, si soy traidor
15

»a vosotros os lo debo;

»vuestra infame cetrería

»me ha convertido en perverso,

»que la falsa educación

»vuelve malos a los buenos.»-
20

   ¡Cuánta verdad, fiero Halcón,

hubo en tus tristes conceptos!

Por el gusto de un capricho,

por el logro de un deseo,

se os adiestra en la perfidia.
25

El hombre os hace instrumento

de su maldad: ¿quién entonces

merece más vituperio?


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El zarzal y la cordera

    Llovía sin cesar; los campos se anegaban;

las reses por do quier huían espantadas,

y díjole el zarzal a la Cordera mansa:

-«Acógete, infeliz, debajo de mis ramas;

»darete abrigo.»-

-«No: que tus espinas dañan;
5

»en ellas veo aún vedijas de la lana

»que, sin piedad, ayer, robaste a mis hermanas;

»en ti miro la red; tus tallos son las mallas;

»brindando protección, esquilas al que amparas;

»a tu rapacidad, prefiero la borrasca.»-
10

-«Venid todos a mí; yo alivio la desgracia;

»si buen seguro dais, yo os abriré mis arcas.»-

   Esto la usura vil, con voz artera exclama.

Mas ¡ay! no la creáis; es la espinosa zarza.

Pendientes de su arcón, colgó muchas entrañas;
15

su oro es un dogal y los dogales matan.


    Debido a su propio ardor,

el cohete volador,

levantándose del suelo,

se coronó de esplendor

casi a las puertas del cielo.
5

   Bienhaya el noble mortal

que cual cohete esplendente,

a su esfuerzo solamente

debe el laurel inmortal

que ciñe el genio a su frente.
10


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    -«¿Por qué con mano aleve destruiste

»los nidos de las pobres Golondrinas?

»Desoladas y atónitas ahora,

»junto al alero con dolor se agitan,

»buscando en vano la anhelada cuna
5

»que tu malicia convirtió en ruinas.

»Sin abrigo, sin techo hospitalario,

»¿a dó irán esas tiernas avecillas?

»¿A qué reír? ¿No sabes tú, hijo mío,

»que ellas son mensajeras de la dicha:
10

»que ellas traen ventura a la morada

»que las brinda benéfica acogida?

»Cada año, al asomar la primavera,

»¿te acuerdas con qué amor las recibía?

»Ora huirán llevándose consigo
15

»la paz de nuestro hogar.»-

-«¡Bah! tonterías

-le contestó el rapaz;- rancios consejos

»que la razón no admite en nuestros días.

»Mi primo, que es gran voto en la materia,

»y, que ha cursado ya filosofía,
20

»-nuestra caduca sociedad, me ha dicho,

reformas radicales necesita.-

»Yo soy de igual sentir.-Guerra a ficciones,

»que la ignorancia estúpida prohíja;

»guerra a esos nidos que el error protege
25

»por rutina, con sobra de injusticia.

»Y además, si es molesta su presencia,

»¿para qué quiero yo las Golondrinas?»-

-«Atiende bien: para el progreso humano,

»las reformas son buenas, son precisas;
30

»pero es mejor guardar (aunque lo sea)

»el error que conserva y edifica,

»que ahuyentar esas aves indefensas,

»de tanta utilidad a las campiñas,

»que, si quier por los bienes que producen,
35

»deben ser respetadas y queridas.»-

   Dejad colgar su nido en los aleros

a las pobres errantes golondrinas.

   Conspirar contra seres inocentes

es un acto de negra alevosía.
40


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La coqueta y la flor

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    -«Derramo esencias, de pura rosa.»-

Cierta coqueta, vana exclamó;

y la violeta, que la escuchaba,

se sonrió.

   -«Virtud robada son sus perfumes;

-la flor modesta pensó entre sí.-
5

»Los que yo vierto brotan del alma;

»nacen en mí.»-


¿Cuerdo o loco?

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    Hace días que en la Corte

no se encuentra el Soberano;

nadie sabe donde ha ido

y todos andan turbados;

preguntan, buscan, inquieren,
5

y se lo encuentran, al cabo,

entre rústicos metido,

y, desnudo de brocados,

ocupándose gozoso

en las faenas del campo.
10

-«Volved a vuestras grandezas,

»tornad a vuestro palacio,

»señor rey -dijo un magnate-

»que esa es vida de villanos.»-

-«Pues esa vida yo quiero,
15

»que está exenta de cuidados;

»no la vida de los solios

»que impone grillos de esclavo.

»Yo busco como las aves

»la libertad del espacio,
20

»el silencio de los bosques,

»el aroma de los prados.

»Mejor como el pan centeno

»en duro suelo sentado,

»que en las opíparas mesas
25

»los faisanes y venados;

»y, aunque duerma en paja humilde,

»mi sueño es tranquilo y blando

»sin que le turben recelos,

»ni le amarguen sobresaltos.
30

»La verdad, que nunca pudo

»penetrar en mi palacio,

»como aquí no encuentra vallas

»téngola siempre a mi lado.

»Y la alegría se ha hecho
35

»tan mi amiga en estos campos,

»que, sonriendo, a todas horas

»se me lleva de la mano.

»La corona de los reyes

»tiene espinas del Calvario,
40

»y hay cambrones que ensangrientan

»en las martas de su manto.

»No más luchas con la intriga,

»basta y sobra de reinado.»-

-«Ved que hay lobos carniceros
45

»en esos montes cercanos,

»y reptiles venenosos

»bajo esos ricos sembrados.»-

-«Qué más lobos que vosotros

»que devoráis el Estado,
50

»ni qué veneno más crüel

»que el que escupió vuestro labio.

»Idos a quemar lisonjas

»en serviles incensarios;

»id al escabel del trono
55

»a sembrar punzantes cardos.

»Idos, idos con presteza,

»miserables cortesanos,

»o, por Dios, que justiciero

»he de haceros mil pedazos.»-
60

   A tan graves amenazas,

corridos y cabizbajos,

partieron los palaciegos;

y el rey, en gañán trocado,

tornó entonces con más bríos
65

a las labores del campo.

   Escritores de aquel tiempo,

cronistas apasionados,

a ese príncipe prudente,

'El loco' le apellidaron.
70

   Ved si su sabia conducta

merecía este dictado.

Así se escribe la historia;

¡ay del que fía en sus fallos!


El reptil y el ave

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    -«¿Por qué engendra el reptil en sus entrañas

»mortífero veneno?

»¿Quién ese vicio le infundió?»-

-«La tierra

»y su instinto rastrero.»-

   -«¿Y por qué no hay un ave con ponzoña
5

»en todo el universo?

»¿Quién tal virtud las dio?»-

-«Sus propias alas

»y la constante vecindad del cielo.»-

   No defendáis al corazón humano

si, como los reptiles, de su seno
10

destila virus; no abonéis sus vicios

por lo terrenos.

   Dios, como al ave, le dotó con alas

para subir a espacios más excelsos;

¿quiere vivir con su candor prístino?
15

Acérquese a los cielos.


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El viejo y el cuervo

    Desde la copa de un chopo,

preguntó el Cuervo a un anciano:

-«¿Qué notas de extraño en mí

»que así me estás contemplando?

»¿Tengo alguna calidad
5

»que te caus e envidia?»-

-«Acaso.»-

-«¿Será mi plumaje negro?»-

-«Prefiero mi pelo cano.»-

-«¿Quisieras mis corvas uñas?»-

-«De balde te las regalo.»-
10

-«Mis proféticos instintos?»-

-«Quita allá. Son cuentos rancios.»-

-«Pues ese atento mirar

»¿qué significa? Habla claro.»-

-«Tu presencia, en mí, despierta
15

»un pensamiento tirano;

»¡la muerte! Tu aspecto fúnebre

»me dice que eres su heraldo.

»Anoche, en son lastimero,

»graznabas en mi tejado;
20

»y hoy tus acentos escucho,

»camino del campo santo.»-

-«Me diste a entender, ha poco,

»que no crees en presagios;

»¿tienes miedo?»-

-«No por cierto;
25

»pero me temo algún daño.

»¿Llegó el fin de mi jornada?

»¿He de morir tan temprano?»-

-«El Cuervo guardó silencio,

»y dijo, para su sayo,
30

»todos reniegan del mundo,

»y todos sienten dejarlo.»-

-«Si la palmera y el roble,

-siguió diciendo el anciano-

»tienen tal longevidad;
35

»si en sus supremos arcanos

»quiso Dios que un ser cual tú

»viviera trescientos años;

»¿por qué le ha tasado al hombre

»vida de tan breve plazo?
40

»¿Ha de ser su propia hechura

»menos que el ave y el árbol?

»He aquí el don que te envidio;

»el de poder vivir tanto.»-

-«Vejez que razona así,
45

»es la vejez de los sandios;

»¿quién duda que eternamente

»puedan vivir los humanos?

»El varón de heroicos hechos;

»el que logró hacerse sabio;
50

»el que, insigne en el gobierno,

»fue de justicia dechado;

»el apóstol de una idea,

»que a la hoguera, en holocausto,

»dio su cuerpo, esos no mueren:
55

»los eternizan sus actos,

»y el cielo les da coronas,

»y el mundo les rinde aplausos.

»La virtud, la virtud misma,

»tiene aquí palmas y lauros,
60

»y Dios la da luz de gloria

»al recibirla en sus brazos.

»Los vulgares, los viciosos,

»los que el tiempo malgastaron

»en los deleites y el ocio,
65

»estos quedan rezagados,

»que en el reino del olvido

»digno sitio se ganaron;

»estos, lo mismo que tú,

»que, perezoso y bellaco,
70

»te encenagaste en el vicio,

»tienen sus días contados.»-

Dijo el Cuervo, y dio un quejido

ronco, triste, funerario;

dobló a muertos la campana
75

del vecino campo-santo,

y al pie del chopo espiró

el inadvertido anciano.

   ¿Qué vale la vida extrema

del bruto, el ave y el árbol?
80

El hazañoso mortal

que supo hacerse preclaro,

vive más, vive en la tierra,

en el bronce y en el mármol,

y en la memoria de todos
85

como espejo acrisolado;

vive más, vive en el cielo

la eternidad de los santos.


El rey Midas

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    Las manos del rey Midas demostraban

ser venero de altísimo tesoro;

todo cuanto, por dicha, ellas tocaban

      se convertía en oro.

   Las virtudes del justo, de igual suerte,
5

venero son de esencia meritoria;

acción que ellas inspiran, se convierte

      en corona de gloria.


Mar con orillas

    -«Ruge la mar, y encréspanse las olas

»preñadas de furor y de grandeza;

»¿quién podrá reducirlas?»-

-«Las orillas,

»que las impuso Dios, de blanda arena.»-

   -«En el mar de la vida las pasiones
5

»son tormentosas olas que se encrespan.»-

-«¿Y tienen sus orillas?»-

-«¿Quién lo duda?

»Dios nos dio la razón que las enfrena.»-


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El buey y la rana

(Premiada)

    Con tardo paso el Buey, al yugo uncido,

iba arando la tierra una mañana;

mas, de pronto, parose sorprendido,

al escuchar cercana

la ronca voz de vocinglera Rana.
5

   -«Y ¿vives todavía?

-preguntole al anfibio con enfado:-

»¿No eres tú la que un día,

»quisiste hinchar tu cuerpo desmedrado

»hasta el nivel de la grandeza mía?
10

»¿No te dio un reventón por envidiosa?

»¿Qué motivo, qué causa misteriosa

»hace hoy revivir en la laguna

»tu estentóreo graznar que me importuna?»-

   Y contestó el reptil: -«Esto no es cierto;
15

»ni conocí la envidia, ni me he muerto:

»mintió quien tal dijera.»-

   -«¿Cómo no, si lo cuenta el Fabulista?»-

   -«Da grima ver que en tal error se insista.

»Un apólogo al fin; una quimera;
20

»una conseja rancia.

   »Para instruir y deleitar la infancia,

»bueno es que el vicio con rigor se tilde,

»que de encantos la fábula se esmalte;

»mas no se injurie nuestra clase humilde,
25

»ni a la verdad se falte.»-

   Sonriose el Buey con sobras de malicia,

y prosiguió el anfibio: -«¡Haya justicia!

»Si por sus hechos nuestra propia historia

»debido galardón nos asegura;
30

»si en ella brillan páginas de gloria,

»¿por qué se desfigura?

»Di: ¿en la pasada edad ni en la presente

»hubo un ser cual nosotros tan sufrido,

»tan útil para el hombre?»-

-«Ciertamente:
35

-repuso el Buey, mirándose humillado;-

»yo esclavo del arado,

»y al trabajo sumido,

»con prolija paciencia

»serví a la agricultura.»-
40

   -«Y yo a la agricultura y a la ciencia:

»pregunta a los sembrados

»los bienes que mi caza les produjo;

»interroga a los sabios consumados.

»Y te dirán el valioso influjo
45

»de mi organismo.»-

Entonces, asombrado,

creyéndose escuchar supercherías,

soltó el Buey una larga carcajada.

   -«Cuadrúpedo ignorante, no te rías;

»¿viste de noche, en la ciudad vecina,
50

»esa potente luz que la ilumina,

»hermosa luz eléctrica, que aduna

»la palidez suave de la Luna

»a la fulgente claridad del día?»-

-«Y bien, ¿y qué?»-

-«Esa luz es obra mía.»-
55

-«El Buey pensó: está loca esta taimada,

»y loca rematada.»-

   La Rana prosiguió de esta manera:

-«¿Si la electricidad es conducente,

»a mí sola el milagro fue debido;
60

»sí; yo la causa ocasional he sido

»que Galvani el secreto descubriera

»y sabia aplicación Volta lo diera.

»Por mí las ciegas fuerzas del torrente,

»por mí las cataratas desbordadas,
65

»en útiles motores transformadas

»dan a la industria actividad constante;

»por mí, por ese portentoso invento,

»el telégrafo lleva el pensamiento

»del uno al otro polo en un instante;
70

»gracias a mí Graham-Bell ha convertido

»en eco de metal la voz humana;

»y el teléfono, asombro de este siglo,

»veloz transmite la palabra hablada,

»que con su propio, con su fiel sonido,
75

«en remoto confín es escuchada.»-

   El Buey, más sorprendido,

no comprendiendo aquello que escuchaba:

-«Qué insensatez, pensaba,

»y cómo desatina!»-
80

   -«¡Qué más! -siguió el reptil- la medicina,

»¿no halló en nosotras la más dócil prueba

»en que apoyar mil veces su doctrina?

»¿Acaso en nuestras fibras no comprueba

»la diversa virtud de sus agentes?
85

»¿No ensaya sus magnéticas corrientes

»en nuestros propios nervios conductores

»y procura aplicarlas en seguida,

»cual lenitivo dulce, a los dolores

»que amargan los instantes de la vida?
90

»¿No hiere y raja sin piedad ni duelo,

»con su frío escalpelo,

»nuestras entrañas vivas,

»para rasgar el velo

»que oculta mil recónditos arcanos,
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»de vivientes fenómenos humanos?

»¿Y no ejerce las pruebas más activas

»para hallar los efectos del veneno,

»explotando en tal guisa, hasta el delirio,

»la paciencia de Job de mis hermanas,
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»prontas siempre a morir en bien ajeno?

   »¡Sino fatal, el sino de las Ranas!

»¡Vivir en charcos de asqueroso cieno

»para acabar después en el martirio.

   »Y cuando entre torturas inhumanas,
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»víctima de la ciencia, yo sucumba,

»tampoco brillarán ¡oh cruel sarcasmo!

»ni un sencillo recuerdo de entusiasmo,

»ni siquiera una lágrima en mi tumba.

   »Ve, pues ¡oh Buey! y dile al Fabulista,
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»que la que un tiempo le debió su insulto,

»merece ser bien quista,

»y hasta adorada con ferviente culto.

   »Dile que aquella que él pintó, en mal hora,

»pidiendo nuevo rey, tan sin juicio,
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»ni fue conspiradora,

»ni fue sierva del vicio;

»podrá ser chilladora,

»pero es útil, es buena, es bienhechora.»-

   Finiose el altercado
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tras defensa tan justa y oportuna,

y el Buey tornó a labrar con el arado,

y la Rana a graznar en la laguna.

   ¡Inescrutable arcano!

¡Un pobre anfibio de tan feo aspecto,
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abatiendo el orgullo del humano;

un reptil que se tuvo por abyecto,

alumbrando su ciega inteligencia

por ignotos senderos de la ciencia!

   Saludad, saludad a esa criatura
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que el mundo castigó con tal exceso;

no os cause repugnancia su figura;

es el mártir del progreso.

   Con mi cabeza cana

¿será que tenga el corazón de niño?
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No sé contar la historia de esta Rana,

sin mezcla de tristeza y de cariño.


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La cigarra, la hormiga y la paloma

    Llamó a la puerta de la avara Hormiga

      una mendiga;

y aquella entonces preguntó iracunda:

-«¿Sois la Cigarra vos; la vagabunda?»-

      -«Soilo, señora.»-
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      -«Pues llegáis en mal hora

»si venís en demanda de socorro.»-

-«Un granito siquier.»-

      -«Todo es en vano.»-

-«¡Piedad, por Dios!»-
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      -«Pedídsela al infierno;

»la que cantando se pasó el verano,

»que baile en el invierno.»-

   Al escuchar tan brusca despedida,

la Paloma sintiose conmovida

y dijo a la Cigarra con dulzura:
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      -«Venid, pobre criatura,

      »al palomar cercano;

»allí os ofreceré sabroso grano

      »y confortante abrigo;

      »venid, venid conmigo.»-
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Y lanzando a la Hormiga una mirada

de lástima, exclamó: -«¡Despiadada!

»¿Por qué la escarnecéis tan duramente?

»Si no la dio natura, a la inocente,

»otro tesoro que su voz, ¿es justo
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      »que así, con saña fiera,

»la condenéis al hambre y a que muera?

   »En las ardientes horas del estío,

»¿no fue el alegre bardo de los prados?

»Y su ronco cantar ¿no daba bríos
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»a los pobres labriegos fatigados?

   »Quedad ¡ser infeliz! con vuestra usura:

»guardaos vuestro pecho diamantino;

»ella cumplió en la tierra su destino;

»el cielo velará por su ventura.»-
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   Y, eso diciendo, se llevó al instante

       a mendiga a su casa;

      y diola, amante,

un lecho de plumón, mesa abundante

      y una amistad sin tasa.
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Yo soy esa mendiga:

(no quiero ser la Hormiga)

y, en afirmarlo tengo mis razones,
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que al cabo la Cigarra es viva imagen

      de poetas ramplones.

   Cantando, sin talento,

con voz, que el cielo diome, desabrida,

he pasado el verano de mi vida;
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   si mis humildes trovas, hijos míos,

al sentiros cansados del estudio

os dieron nuevos bríos;

   si mis modestas fábulas morales

y las sentencias que evoqué yo en ellas
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os evitaron males;

    si, hambriento yo también, pero de gloria,

(que sé que no merezco)

logro feliz que el libro que os ofrezco

os sea de provecho;
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¡cómo estará mi orgullo satisfecho!

Y si el público después es mi Paloma;

si benévolo y blando me acogiera,

      ¡qué más quisiera!


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