Los días también rodaban encima de Oleza. El nuevo obispo ya semejaba antiguo, y aceptose su carácter hundido, su vida apartada, como de varón sabio. Sólo algunas tertulias caseras, y principalmente el Círculo de Labradores, vigilaban con ojos adustos los actos de Palacio. Recogidos los puros corazones olecenses en la secretaría como en un cenáculo, aguardaban la plenitud de los tiempos, la gracia de un espíritu de fuego, mientras maldecían al execrable Gobierno de Madrid, que rechazó a don Cruz, sin duda por escoger obispo entre el sacerdocio desapegado del príncipe. Lo decían mirando doloridamente el óleo del «señor», viajero entonces en las Indias, y volviéndose a un autógrafo de Aparisi y Guijarro, lleno de promesas.
Pero algo más fuerte que el poder del tiempo, tiempo todavía corto, envejeció las cosas de la diócesis. Y fue la llegada de un caballero de Gandía, valeroso caudillo de la «buena causa». Presentose un lunes, día de mercado. Todo Oleza pudo contemplarle. Bastó que don Álvaro Galindo y Serrallonga dijese su nombre en el Círculo para que todos los socios le rodeasen y le sirviesen. Se le recordaba por emisario de difíciles acuerdos entre las facciones. Participó de jornadas memorables, y, después de la lucha, estuvo en Francia y en Inglaterra al lado del «señor», de cuyos labios había recogido revelaciones y mandamientos. Para escucharlos se le ofreció un chocolate de honor. Vino al agasajo mucha clerecía. Sentose el padre Bellod a la diestra del huésped, y a la izquierda don Amancio.
No supo don Daniel la presencia del caballero de Gandía hasta que Alba-Longa se lo dijo con encargo del penitenciario de llevarle a la fiesta. No le agradaban a don Daniel estos alborozos y calenturas de partido. Le miró Alba-Longa dentro de sus pupilas dulces y miopes.
-¡Piense usted en sus antepasados!
Pensó don Daniel lo que se le mandaba, y dejó su heredad.
Lo primero que le pasmó fue el improvisado refectorio del Círculo. Sólo por artes ocultas pudo abrirse una sala tan grande habiendo sido siempre tan angostos los aposentos del edificio. No hubo mago encantador que trocara la casa. Nada más quitando un lienzo de gutapercha del gabinete de lectura y otro de vasares de la botillería, resultó una estancia muy cabal.
Presentado don Álvaro, se le deshizo la mohína a don Daniel. Ya no hizo sino mirarle y atenderle. Ese hombre equivalía al príncipe. Y repitiéndoselo se fervorizaba su sangre infantil y devota. Con la servilleta atada en la nuca, colgándole anchamente como un delantal, parecía un muchacho en tarde de bautizo a punto de acometer las hondas bandejas de mantecadas de las Salesas, de pellas y pasteles de gloria de las clarisas de San Gregorio, de bizcochos bañados de las dominicas de Santa Lucía, de sequillos y madalenas de Monóvar, de almendradas de Elche... Y don Daniel no cató ni una pasta, embelesado por el diálogo de Alba-Longa y el forastero. ¡Qué lástima, qué lástima que todo aquello no lo oyese don Cruz! No podía oírlo, porque no estaba; capitular y ex candidato a la mitra, había de comportarse con abnegación y cautela.
Don Amancio glosó la añoranza de don Daniel diciendo:
-¡Don Cruz se llama sacrificio, y los hombres se lo pagan como se lo pagan!
Le aplaudieron. Y habló el enviado. Cuando tuvo que referirse a la carta-manifiesto del «señor», lo hizo inclinando la frente y trenzando sobre los manteles sus manos enjutas de asceta. Se arrodillaban los corazones, y él pronunció aquellas palabras de epigrafía de oro: «Dar a la amada España la libertad que sólo conoce de nombre; la libertad que es hija del Evangelio, no el liberalismo que es hijo de la Protesta...».
Aunque todos las supiesen como una jaculatoria, recitadas por don Álvaro se realzaban para ellos con un valor de realidad y excelsitud mesiánicas.
Ganado por preguntas insaciables, tornose más facundo, y sus ademanes se hicieron más flexibles. Se remontó en su plática hasta la entrevista del rey con Cabrera. El caballero de Gandía estuvo en Baden y asistió al coloquio histórico, de pie, detrás de la mecedora en que se balanceaba don Carlos cuando amenazó a su valido.
También sabían todos el regio anatema, pero quisieron oírlo del mismo que lo sintió vibrar. Y don Álvaro lo repitió exactamente: «¡Mira, Cabrera, si no amas a España como yo la amo, pobre de ti! ¡Si no sirves a mi Patria como puedas, te fusilo, lleno de tristeza, pero te fusilo!».
Todo el pasado de glorias y desventuras emergía en la sala del Círculo de Labradores. Surgió la majestad apesarada del «señor». Y en los comensales desbordaba la congoja de la contrición de Cabrera. Parecía que se esperase la voz del vasallo.
Fue la de don Daniel la que oyeron, una vocecita frágil de tanta ternura.
-¿Y la mecedora, aquella mecedora de Baden...?
El hidalgo del Olivar tembló bajo la mirada del caballero de Gandía.
-¿La mecedora? No sé, no sé yo qué se hizo de aquella mecedora.
Don Amancio y el padre Bellod se volvieron a don Daniel mirándole mucho.
Don Álvaro desabrochose su levita de color carmelitano y se extrajo un plegado lenzuelo.
-Es una prenda de memorias augustas...
Y entonces recordó la temeraria andanza del príncipe cuando dejó su refugio extranjero sólo por tocar la tierra de España.
-Caminaba el «señor» vestido de aldeano, con manta, faja, barretina y alpargatas. Su guía, el párroco de Montalba, nos tuvo a todos por cabecillas encargados de misiones peligrosas. De pronto, el «señor» da un grito, corre y pasa la raya de Francia, y se postra y besa el suelo, el suelo suyo. El humilde capellán reconoce a su rey, y le reverencia y le baña de lágrimas sus manos diciendo como otro santo Simeón: «¡Ahora, Dios mío, ahora ya puedes disponer la partida de tu siervo!».
Don Daniel lloraba. Sintiose el ahínco de la sangre de aquella gente mirando el atadijo que iba abriendo don Álvaro, y apareció una vieja barretina colorada.
Alzose don Daniel ceremonioso y conmovido. Todos le imitaron. Quedose indeciso el forastero. Se le plegó con dureza la frente, y tuvo que levantarse. El encendido gorro catalán pasaba de mano en mano como la antorcha de los luchadores de Lucrecio, y llegó a don Daniel, que lo cogió reverentemente; lo fue volviendo y contemplando y aspirando hasta el fondo, y allí, en el fondo, le dejó un beso.
-¡Pero si esta barretina...! -balbució don Álvaro.
-Esta barretina -le dijo don Daniel sin consentir que se la tomase-, esta barretina nos pertenece a todos. La colgaremos junto a su retrato, bajo un vidrio, como si fuese una reliquia.
Ya intervino Alba-Longa, ayo en Oleza de todo lo solemne.
-¡No como si fuese, sino que lo es: es una reliquia! -y volviose con persuasión hacia los eclesiásticos, añadiendo-: ¡La historia tiene sus confesores y sus mártires!
El ceño de don Álvaro se entenebrecía cuando miraba a don Daniel. La arrebatada simplicidad de este hombre le llevaba a una superchería involuntaria. Desvanecerla quizá fuese un daño para las nuevas ilusiones del partido olecense y para su rápida obra de organizador. Después de todo, si esa barretina no se la ciñó precisamente el rey, sino él, era igual, exactamente lo mismo que la del rey.
Esa semana publicose en El Clamor de la Verdad una biografía del enviado. Carolus Alba-Longa acababa su hermoso trabajo diciendo: «Amado de sus amigos, y respetado por sus adversarios, el señor Galindo y Serrallonga dispone, con ayuda de Dios, de una agilidad y robustez extremadas que no vacilaría en ofrecerlas nuevamente al servicio de la Causa. Nuestro parabién a los buenos católicos de Oleza». Palabras que abrieron la disputa entre los hombres. Por buenos católicos se tenían muchos sin que necesitasen de otro católico de fuera para serlo ellos cabalmente. De los enojados salió la crítica del artículo. Siendo muy cominero en perfiles, muy frondoso de efemérides, resultaba incompleto; apenas si se hablaba de los padres de don Álvaro, reduciéndose a señalar que era hijo de viejos cristianos de Valencia.
Sospechó Alba-Longa que estos chismes y reparos venían de don Magín. Quiso remendar su trabajo con un apéndice; pero entonces ya cundían rumores que contuvieron su ímpetu. Oleza sabía más de lo que su pluma dijese. En torno a don Álvaro se posaba un humo de misterio. Los intentos que de seguro llevó a la ciudad, sus lucidos mandos en las batallas, su privanza con el «señor», todo convidaba a creer que bajo las relaciones de príncipe y súbdito se escondía un íntimo lazo de la sangre. Hasta los más tibios olecenses miraban y comparaban obstinadamente la faz del forastero y las fotografías del desterrado. Enjuto don Álvaro, y grueso don Carlos; pero en los dos la misma arrogancia de hombros. Más dulce la mirada del príncipe, pero iguales sus ojos, iguales las cejas, la energía de los maxilares, el corte de la barba... Y pronunciose con acatamiento la palabra «bastardo», y en los estrados de las familias adictas se recordó la figura de don Juan de Austria. Algunos dijeron que el padre del «señor» se llamaba precisamente Don Juan. Se reconoció que eso era lo de menos, pues lo peregrino hubiera sido que llevara don Álvaro ese nombre.
Cuando lo supo don Daniel le brincó de alegría el corazón. Quiso ver de nuevo al caballero valenciano; y como Paulina iba a la ciudad para juntarse con sus amigas de la Adoración del Santísimo, porque el señor obispo las recibía en audiencia, de las escasas audiencias que, por las tardes, otorgaba el prelado, subió a la galera don Daniel, y en la entrada del pueblo se despidió de su hija, y encaminose al Círculo. Allí estaba don Álvaro; y allí, y antes que sus ojos adorasen a su alteza, tuvo la amargura de ver trocado el refectorio en los reducidos aposentos del local de siempre. ¡Parecía increíble que no se respetaran algunos lugares! Acercose a la tertulia haciendo un encogido saludo. No sabía cómo saludar a don Álvaro; y se decidió por un plural, que a nada compromete. Alabó don Cruz su residencia de señor campesino. Sofocose el hidalgo. Don Cruz les propuso ir a la heredad. Sería un paseo delicioso en aquella tarde dorada de junio. Se entusiasmaron todos. Don Álvaro consintió; y fueron. Aturdido de felicidad el hacendado, habló de su casa, y, desde que entraron en sus tierras, explicó puntualmente los cultivos, los veduños, la edad de algunos árboles. Leyó en latín y en romance la lápida del laurel del prodigio, ofreciendo a todos una hoja, y a don Álvaro un retallo. Ya en el soportal, doliose mucho de que no estuviese la hija.
Don Cruz y el padre Bellod disculparon a la ausente. Urgía que las doncellas y damas se afanasen por el bien de todos pidiendo medidas rigorosas al prelado. En la audiencia de la Adoración quizá se decidiesen los rumbos de la moral diocesana, en peligro por las costumbres de algunos sacerdotes, y se recordó a don Magín.
Celebró el forastero estos propósitos de austeridad. El advenimiento del príncipe ya no dependía sólo de la victoria de sus ejércitos. Antes se necesitaba que todos avivasen las dormidas virtudes de los pueblos españoles. Y Oleza había caído en un profundo sueño de sensualidades. Alba-Longa y el padre Bellod juraron despertarla.
Pero don Daniel suspiraba por la hija. Don Cruz le consoló con la promesa de venir con más holgura. Entusiasmose el hidalgo.
-¡Mañana, mañana mismo! ¡Una comida, pero una comida íntima, de familia!
Y apenas lo propuso se sonrojó de su audacia.
Dudaba el enviado. Le instaron todos. Mirábale don Daniel, y el caballero de Gandía le sonrió.
Esa noche, en el Olivar, después del Rosario y durante la cena, sólo se habló del forastero y de su agasajo. Ensalzó don Daniel sus empresas, sus virtudes, su figura. Ya no quedaban hombres de su valer y de su estirpe. ¡Ni cómo podía haberlos de su estirpe! Y delicadamente insinuó las sospechas de sus pañales augustos.
Escuchándolo se imaginaba Paulina un guerrero de las Cruzadas, ferviente de religión y de amor, gentil y devoto. Le veía con túnica blanca y cota de oro, venera de fuego en el costado, y casco y lanza de lumbres de victorias.
Y llegó el día, y presentose don Álvaro entallado por su levita pasa, hongo gris, pantalón de color de albaricoque con franja de seda negra, y sombrilla verde-malva con un puño de pezuñita de ónix.
Alzó la doncella los ojos, y vio una frente huesuda y helada, unas cejas tenaces, un mirar hondo que llameaba con la luz de las sublimes causas, y una barba demasiado tendida y austera, más de fray que de galán caballero. Pero la mirada, la mirada de ese hombre la estremecía temerosamente. Era miedo lo que la dejaba, un miedo inefable de la felicidad. Y esos ojos que contenían tantas emociones bajaban como una gracia a su vida obscura de señorita lugareña...
Don Cruz, don Amancio, el padre Bellod, el homeópata Monera, la rodeaban, le decían bromas amorosas, aparentaban reñirla y saber sus secretillos y enojos, como amigos muy autorizados en la casa. Volviose Paulina al forastero. Ya no estaba. Llevóselo el padre a las altas estancias de sus antepasados; le asomó a todas las dependencias del casalicio, y nunca descuidose de cederle la derecha, quedándose siempre postrero.
La sobremesa no fue tan reposada como se prometió don Daniel. El enviado no vino a Oleza para su esparcimiento. Esa tarde irían a su posada los directorios de Murcia y Albacete. Necesitaba don Álvaro recoger iniciativas y datos para su informe político, estudio que alternaba con el de una memoria de la industria de sedería. No era rico, y había de luchar por los ideales del «Dios, Patria y Rey» y por el pan de su casa.
¡Luchar un hombre como ése, hasta por el pan de su casa! Y a don Daniel le pesaba su bienestar como un pecado de injusticia.
Quedáronse solos el hidalgo y su hija. Ella bordaba, pero con frecuencia dejaba su labor para mirar la tarde. Se oía el trajín de Jimena contando y guardando el cristal, la porcelana y la plata del convite. Luego pasó a la salita con las ropas de mesa; lienzos jugosos que crujían como el brocado. En su cintura resonaban las correas de las llaves. De cuando en cuando alguien pronunciaba el nombre del caballero de Gandía. Ese nombre se había apoderado del silencio, del coloquio, de la vida y del aire del «Olivar».
-¡Ya no queda juventud de los principios y del temple de don Álvaro! -Y diciéndolo se ahuecaba la voz de don Daniel, se le esponjaba el pecho, calentándosele el corazón con arrogancias que después caían en melancólicas evocaciones.
Jimena cerró con estrépito un armario de olivo.
-¿Juventud don Álvaro?
Revolviose don Daniel en su butaca.
-¡Ahora cumple los cuarenta, la justa edad de matrimonio en un varón puro! Así piensa el señor penitenciario.
Soltó su risa la mayordoma.
-¿Y qué entiende de casorio don Cruz, que a los cuarenta, y a los cincuenta y hasta su muerte, habrá de estarse soltero?
-Las que no entienden de matrimonio ni de nada de lo que sabe un señor penitenciario son las entrometidas, que también se están solteras y habrán de estarlo por todos los siglos de los siglos...
-¡Amén, señor; amén mil veces, que yo no dejaría de serlo por unas barbas de hermano limosnero, y unos ojos de Nuestro Padre el Ahogao, buenos para que les teman las descaradas y les recen las honestas, hombre de altar y no de amorío...! -Y saliose a proseguir sus haciendas.
¡Como los de Nuestro Padre San Daniel los ojos de don Álvaro! Y el hidalgo pensó conmovido en esa semejanza. ¡Héroe, augusto y santo!
La hija permanecía callada delante de su labor. El ruido de los verdes árboles, el oreo de los sembrados maduros que se doblaban en oleajes de abundancia, el estrépito de los palomos que rodeaban la reja olorosa de parral, el cernidillo de la Jimena, que dejaba en las vigas de los sótanos un temblor de carne robusta, todo le hacía volverse; luego sonreía de su sobresalto.
Y el padre suspiró apagadamente, como pensándolo con voz para sí mismo:
-¡Si una hija mía...! ¡Si una hija mía fuese la elegida de un hombre como él...!
Paulina era hija única. Y contempló el camino de Oleza todo de rosa de sol poniente, y pareciole lleno del rubor de su faz.
Los frutales, la mies, la vid, los palomos, todo se le ofrecía con el ritmo y palpitación del dulce susto de su sangre.
Bajo el pasadizo de Palacio a la catedral topose don Daniel con el homeópata; y juntos entraron en los claustros. Les recibió un vano de piedras resudadas, de altares viejos, de árboles umbríos calentados por la siesta. Piaban cansadamente los gorriones como si estuvieran durmiéndose. Los dardos de los vencejos rasgaban con su grito el azul. El cimbalillo tocaba gota a gota.
Huerto blando de hierba borde. Rinconadas de escoria de incensarios, y malvas reales que suben sus tirsos de rosas leves, desaromadas. Un ciprés, el ciprés más recto y sensitivo de Oleza, que embebía su punta de claridad alta. Laureles inmóviles. Encima del pozo, de cigoñal plateresco, trenzado de zarcillos de calabacines, un tul de mosquitos y sol. Un limonero bajaba un pomo de cidras con luces de hilos de arañas; y en el brocal, en las baldosas, en los musgos, vislumbraban, gelatinosos y fríos, los lagartos.
Los pasos descoloridos del vía-crucis, los retablos góticos, enjutos, rosigados, los altares barrocos de una talla rolliza, tenían para don Daniel una bondadosa decrepitud de mueble familiar. De las capillas del claustro prefería la de San Gregorio. En el muro de la bóveda, sobre cartelas de águilas, un cofre de basalto guardaba las entrañas de un rey. Siempre se paraba y leía los restos del epitafio, pronunciando cada letra:
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-¿Y le arrancaron las entrañas? -Todas las vísperas de San Pedro pensaba lo mismo. Acordábase entonces del vaso de piedra de color de hostia de San Daniel, que contenía la lengua y el corazón de un obispo. Los pueblos se disputan los despojos de los hombres ilustres, descuartizando sus cadáveres como hacía la Justicia con los grandes malhechores. Y don Daniel meneaba compasivamente su cráneo. ¿De quién serían todas esas entrañas? Nunca lo averiguó. Se le encrespaban y confundían los Sanchos, los Ordoños y algunos Alfonsos. Y después del 28 de junio iban apagándosele las inquietudes históricas.
Al homeópata Monera le tenía sin cuidado la urna funeraria y la Historia. Hijo de un sangrador de la calle del Garbillo, siguió estudios exprimiendo la pobreza de su casa. Los vecinos preguntaron mucho por el estudiante, singularmente cuando moría alguna hermana suya, todas flacas y pajizas. Muertos los padres, entró una huérfana al servicio de don Cruz, y la otra recogiose de freila en las Clarisas. Vino el hermano ya médico. Volviéronse alabanzas las socarronerías, pero aún le tuteaban los de la calle del Garbillo. Arrimose al penitenciario. Comunidades y familias acomodadas dejaron a don Vicente Grifol por Monera, que trajo a Oleza la doctrina y los glóbulos de Hahnemann. Hizo curaciones santas. Se le atribuye la de la priora de San Gregorio, que padecía zaratanes horrendos. Casó pronto con la dueña de una hilandería de cáñamos. Ya sólo le tuteaba don Cruz, de quien había de consentirlo siempre por el vínculo de humildad de la hermana. Nada más iba con los amigos del canónigo; y ellos, cuando se les antojaba recordar un episodio, un apodo, una calle de arrabal, acudían a Monera. Y Monera les odiaba sonriéndoles. Estas amistades y el tener catadura de curial era lo que más le pesaba; verdaderamente dos cosas sin remedio.
Le daban rabia todos, y entre todos don Daniel, con los demás blando y a él lo sometía; lo sometía hasta llevarle por los claustros no queriendo ir. Le daba rabia el claustro y su huerto. Lo enladrillaría todo dejándole en medio un buen aljibe. Le miró el señor Egea enrojecido del agravio; y el homeópata arrepintiose de su propósito. En cambio, el hacendado ya estaba gozoso; se detuvo, sacó de su cartera unas tijeritas, se cortó un padrastro del meñique, y se puso más contento. Se frotaba sus manos de señora silbando una frase de Moraima, con un silbo que aun siendo muy frágil le hacía toser. Afirmó que el mes de junio era el más hermoso del año. Olía a felicidad. Monera dijo que sí. Pero don Daniel modificó su concepto.
-Es la felicidad la que tiene su olor, olor de mes de junio.
En este junio se le acumularon los días felices. El día 7 llega el señor obispo; el 13 viene don Álvaro; el 15 asiste al chocolate del Círculo de Labradores; el 17 visita el «Olivar»; el 18 come en el «Olivar». ¡Señor, qué más podía apetecerse en Oleza! Y quedábase mirando los arcos blancos y lisos, que le traían la exaltación de la solana de su finca.
A la segunda vuelta se paró en el altar de San Rafael y Tobías; un altar demacrado. No le quedaba más que un exvoto, un pie de cera morena, el pie de una niña que se lo lisiaría yendo de camino. Lo veía don Daniel desde chico. La pobre criatura sería ya vieja; quizá hubiese muerto; y el piececito con su lazada marchita le esperaba el 28 de junio de todos los años.
Monera empezó a referirle torceduras de pies; pero el hidalgo no le atendió. Se ladeaba buscando en el techo, en los pilares, en las verjas.
Esperose el homeópata.
Don Daniel removió su sombrilla diciéndole:
-¿No la siente usted? ¡Es una moscarda! No puedo con las moscardas; es decir, con ésa, con la que se me viene encima, con la que me embiste o se entra donde yo esté.
Era verdad: había una moscarda; bordoneaba en las alas del Arcángel; rebotaba en el pez de Tobías; iba poniendo rúbricas violentas de zumbido.
-¡Estas moscardas se vuelven locas! Se cuelan en una sala aprovechando un resquicio por donde casi no cabe ni el aire, y después no aciertan a salir aunque se les abra todos los balcones. Aquí no hay vidrieras, y tampoco se marcha. Ya me tiene usted malhumorado. Una moscarda es siempre el aviso, el presagio de algo que se acerca a nosotros.
Tornó a caer el toque lento y fino del címbalo llamando a Coro.
Vísperas de primera clase. ¡Qué hermosura! Había comido en casa de Corazón. El comedor, entornado; una paz olorosa de postres y de huerto; los últimos manjares le dejaron un dulce sueño. ¿Verdad que hay crema quemada, Corazón? Y había. No se equivocaba. Todo el jardín rociado. Frescor encima de las plantas calientes. Y al otro día, San Pedro. Ornamentos rojos; el presbiterio vestido de damascos escarlata. El altar mayor todo de rosas carnales, encendidas. ¡Qué olor de junio!
Y la esquila tocaba infantilmente. Voz de niña, otra niña que contaba la infancia del caballero del Olivar. Y él y Monera se hundieron por un portalillo húmedo. Obscuridad angosta. En seguida la penumbra fresca y ancha de la nave. Se alzan los ojos. Se presiente el cielo, el azul, la tarde apoyándose sobre la piel dorada de los sillares y de la bóveda. Allí, al otro lado, en el sol, seguía el tañido del címbalo de Vísperas, un aleteo de paloma atada. Bajaba y crujía la sensación del cordel en el reposo mural, y luego el ímpetu del vuelo campanil. Se veía la onda pasando encima de la calma de Oleza, cayendo en la mies, en las eras, en los cáñamos, en los naranjos, en los honcinos del Segral, en los olivares que se desperezaban olorosamente.
Junto a la Vía-sacra, en el recodadero de un banco, dormitaba don Amancio. El humo luminoso de una vidriera le ponía una banda fastuosa de iris. Una viejecita, toda de negro, de un luto blando de pobre, suspiraba en la capilla del Descendimiento. La mariposa del lamparín ardía sin llama. La mujer se tendía para besar el cráneo de una lápida. Pasó un acólito; le siseó la vieja llamándole; le puso en los dedos unos anises que dan olor de faltriquera; el cinco miraba los confites y la boca sumida y amarga de la mujer, y quiso soltarse. No pudo. Las uñas de la vieja le raparon los pliegues de la sotanilla, traspasándosela, llegándole al vientre. Cruzó otro muchacho; el cautivo dio un brinco de res, y los dos huyeron haciendo cabriolas entre los troncos de los pilares.
La vieja lloraba. Vino el hidalgo. Le daban mucha compasión esas pobres mujeres que se hunden en las capillas y les cuentan a las imágenes todas las congojas que no escuchan los hombres. Los santos, sí. No se mueven; siempre las esperan con las manos y los ojos abiertos, y sus vestiduras, cuando reciben un poco de sol, parecen ropas que hayan servido para amortajar otros santos. Lo pensó don Daniel y se estremeció reconociendo a la vieja. Era la viuda del especiero Miseria, la que acudía a las casas donde hubiera difunto para lavarlo y vestirlo por una limosna. Le decían la Amortajadora.
El altar del Descendimiento era todo un dosel negro como de túmulo de funerales, con una orla de pasionarias de tafetán. El sudario divino caía crispándose de los brazos de la cruz. La Virgen, sentada en una roca de madera, tenía en sus rodillas al Hijo ya muerto, de una desnudez que resaltaba siniestramente de lo obscuro, con la llaga verde de la lanza y las llagas hondas y crudas de los clavos. Las flores de paño del altar y las pasionarias del trono, parecían también llagas enconadas.
Don Daniel le dijo a la vieja que no llorase. ¿Por qué lloraba? La Amortajadora lloró más, y llorando le refirió:
-Faltan pasionarias. Yo pido que las cuenten y que me den una de muestra, y se las traeré a Nuestro Señor. Es una promesa por mi hijo. ¡A mi hijo no le quiere nadie en el pueblo! ¡En el pueblo no hay otro hijo que pase más dolor que mi hijo! ¡Le da un mal y se revuelca como un endemoniado! ¡Yo he visto que las criaturas le huyen! ¿Qué usted no lo recuerda? Tiene la cara atravesada por una herida como el costado de Dios... ¡Ve cómo sí que lo sabe usted! ¡Se le recuerda como al Señor por lo que ha padecido por los hombres!... A mi hijo también le hirieron los hombres y por los hombres que tampoco le quieren. A todos hablo, y no le socorren. No permiten ni que Dios le socorra. Si yo le trajese las pasionarias que le faltan en el altar, el Señor me oiría. A usted, que todos le atienden, se lo digo ahora...
Revibró cascadamente contra el peldaño de la sacristía la vara metálica del pertiguero. Tronó magno y torrencial el órgano, y retumbó todo el templo como un oleaje de piedra que rompía sus espumas gozosas en las calas apacibles del corazón de don Daniel. Reapareció el silencio del ámbito todavía sacudido por los caños de los grandes acordes, y en lo hondo comenzó a fluir un pianísimo celeste. ¡Vísperas de primera clase! ¡28 de junio!
Salió el heraldo de la pértiga arrastrando su toga de pana raída; una peluca de crines le devoraba su rostro de villano. Le seguían los acólitos torciendo los ciriales; después los turiferarios, meciendo tan fuertemente los braserillos, que las centellas volaban y crujían en torno del maestro de ceremonias, pálido, de un sacerdocio atenorado, presentando su bastón con tanta dulzura como si trajese un lirio; seguían los sacristanes con las navecillas del incienso, graciosas y blancas como palomas; los beneficiados, con sus pellizas pardas y las menudas cogullas chafadas; los canónigos, con sus mustios armiños sobre los mantos rígidos y rojos; los seis ministros de capas pluviales, como seis triángulos de tisú y de seda encendida, apoyándose en sus mazas de plata, y el señor deán, de preste, muy zaguero, casi olvidado, sudoroso y asmático, sacando su cabeza pelada de la concha de los ornamentos, resignándola bajo la pesadumbre litúrgica.
Sintió don Daniel que le rodaba la vida por un abismo de ternuras.
-¡No puedo remediarlo; todos los años lloro y se me enfría la espalda de tanto sentir!
Monera casi se maldijo al oírse a sí mismo.
-Yo también, ¡la verdad!
Acababa de despabilarse Alba-Longa, y venía adhiriendo calladamente los pies a las baldosas como calzado con sepias. Se había subido a la frente sus gafas azules de verano, y en cada cristal se espejaba la miniatura de un dragón de hierro con su lámpara de cobre.
Don Daniel, entusiasmado, le dijo:
-¿No le parece a usted que el señor deán sea el Sumo Pontífice?
Monera se apresuró a decir que sí, sin querer; pero don Amancio dobló hacia Monera su cuello de ave vieja, desaprobándole la semejanza.
-¡Cómo se conoce que no ha visto usted nunca a León XIII! ¡El deán es otra cosa, caray!
-¡Sí, claro; es otra cosa, es otra cosa! -repetía don Daniel, sonriendo en la beatitud de una llovizna de un trémolo de «voces humanas».
Don Amancio se le llegó más; le puso un dedo rígido en la orilla de seda de la solapa.
-¡Ignora usted toda la iniquidad de hoy! Está usted tranquilo, está usted contento. ¡Usted no la sabe!
No la sabía don Daniel. Y se atolondró, y pensó en la moscarda.
Alba-Longa le miraba devoradoramente con las gafas azules y con los ojos desnudos. Cuatro órbitas de acusación.
-¡Usted no la sabe! Recuerde que la Junta de la Adoración del Santísimo visitó al prelado, pidiéndole que contuviese las libertades de algunos clérigos.
Lo recordó don Daniel.
-...Y entre todas las libertades, las de don Magín. Su ilustrísima corresponde a nuestras quejas protegiéndolo. Don Magín ha sido nombrado párroco de San Bartolomé. Don Magín hereda la parroquia del padre Bellod. ¿Quiere usted que le diga mi pensamiento? Óigalo; óigalo usted también, Monera; yo no me escondo.
Don Amancio redujo la voz, y dijo:
-¡Oleza sigue huérfana!
Pero don Daniel no se conmovió. No le había oído. El chantre acababa de entonar el Magnificat anima mea Dominum, y el órgano esforzó todas sus viejas gargantas en el himno de la elegida de Dios.
El sagrario se velaba de nieblas de incienso, bordadas con los gloriosos colores de una rosa de vidrios. La columna de vellones y volutas de humo candeal cegó todo el oficiante. Representósele el Thabor a don Daniel, y en la cima del monte, el preste se transfiguraba en nubes inmaculadas. Pero recordó que habían merendado juntos muchas veces al salir de la escuela, y que se acosaron con panojas de las colgadas de las vigas y rejas del «Olivar», y que fue tío del marido difunto de Corazón Motos. ¡Esa pobre Corazón!
Desde el presbiterio, dos ministros incensaban al pueblo. El pueblo era entonces algunas mujeres que gimen en las hondas capillas y besan las lápidas; unos pocos artesanos que tienen el obrador en las cercanías de la catedral; labradores que vinieron a la casa de los amos y sestean en los bancos esperando la hora de volverse a sus heredades; niñas que traen hermanitos a cuestas; hidalgos y pordioseros.
Don Daniel recogió el sahumerio con una reverencia profunda; se agobiaba sintiéndose oficiante extenuado por las recamadas vestimentas rojas.
Despertó de súbito. Le despertó don Cruz, punzándole las manos con las almenas de su bonete.
-Vamos al ábside y le contaré maravillas.
-Las sabe ya porque yo se las dije.
Pero el canónigo volviose a don Amancio.
-Ni las sabe don Daniel ni usted.
Monera se regodeaba en la humillación de Alba-Longa.
Se alzó de una tumba la fantasma de la abuela de luto, y quiso seguirles.
-¡Mi hijo no fue siempre ruin! Es ahora por culpa de otros. Tiene la cara abierta de una lanzada como el costado de Dios...
-¡No profane usted su templo y su nombre!
Y don Cruz hincó sus ojos en los viejos ojos de lágrimas.
Don Daniel se cansaba. Todos iban secándole el aroma de las Vísperas solemnes del 28 de junio. Y acordose, otra vez, de la moscarda del claustro.
Don Cruz les paró bajo una hornacina vacía, fungosa de humedades. Allí les habló con solemne sigilo. Palideció don Daniel; sudó de asombro el homeópata; don Amancio asentía, y se le derribaban las rodilleras y se hundía los puños en la ijada.
Don Cruz acabó suspirando:
-Todo me lo confesó antes de subir a la diligencia de Murcia. Vendrá pronto, muy pronto, y entonces iremos al «Olivar de Nuestro Padre», y don Álvaro presentará la petición de caballero cristiano y enamorado.
En aquel punto desbordó del órgano una trompetería de victoria, empujando con su trueno de júbilo el coral del Te Deum laudamus.
Paulina bajó a la vera. Sentía un ímpetu gozoso de retozar y derribarse en la hierba cencida, que crujía como una ropa de terciopelo. Acostada escuchó el tumulto de su sangre. Todo el paisaje le latía encima. El cielo se le acercaba hasta comunicarle el tacto del azul, acariciándola como un esposo, dejándola el olor y la delicia de la tarde. Se incorporó mirando asustadamente. Siempre se creía muy lejos, sola y lejos de todo. Sin saberlo, estaba poseída de lo hondo y magnífico de la sensación de las cosas. El silencio la traspasaba como una espada infinita. Un pájaro, una nube, una gota de sol caída entre follaje, le despertaba un eco sensitivo. Se sentía desnuda en la naturaleza, y la naturaleza la rodeaba mirándola, haciéndola estremecer de palpitaciones. El rubor, la castidad, todas las delicadezas y gracias de mujer se exaltaban en el rosal de su carne delante de una hermosura de los campos. Los naranjos, los mirtos, los frutales floridos, le daban la plenitud de su emoción de virgen, sintiéndose enamorada sin amor concreto. La puerilizaban los sembrados maduros viendo las mieses que se doblan y se acuestan, se alzan y respiran bajo el oreo, y juegan con él como rubias doncellas destrenzadas con un dios niño.
Entró en el reposo del olivar. Allí siempre iba recogida y despacio. Los troncos seculares, el ámbito callado de las frondas inmóviles, le dejaban una clara conciencia de la quietud y de la soledad, un amparo de techo suyo que parecía tenderse desde el origen de su casa.
En la paz de estos árboles, cerca del camino, esperó a su padre.
Lejos, por el sol de los calveros, pasaban las carretas de garbas. El aire aleteaba oloroso de siega.
Las horas doradas de los campos en las vísperas de las fiestas, la internaban en una evidencia de sí misma a través de una luminosidad de muchos tiempos.
Un miedo repentino quebró el encanto. La adivinación sensitiva de que están imantadas las vidas primorosas, la hizo volverse a lo profundo de los olivares. Había un hombre que le proyectaba una sensación de humanidad viscosa.
Se le aceleraron sus latidos, golpeándola metálicamente. Dio un grito ronco y huyó buscando la anchura de las tierras segadas. En su espalda y en su nuca se pegaba la caliente devoración de unos ojos.
Acudía un mozo de la labor, y su ímpetu hacía crujir el aire de rosas.
Pero el hombre horrible avanzaba sin temer el arrimo del labriego. Era descarnado; de una piel de cera sudada; vestido de luto. Una cicatriz nudosa le retorcía la quijada izquierda. Con voz rota de cansancio gimió:
-¡No me tenga miedo, que yo no la sigo más que por su bien! Usted sabe quién soy. Un día me llegué a sus rejas, y pedí agua; y usted mandó que me remediasen porque me creía un mendigo enfermo. ¿Verdad que se acuerda de mí?
La dominaba la fealdad del aparecido, sus ojos de un unto de lumbre, su palabra de fiebre.
Y Paulina recordó su sed; recordó el borbollar fresco del agua tragada. Había sentido lástima de que el agua tan pura, tan femenina, tan desnudita cuando nacía en el hontanar; tan dulce, quieta y dorada como una miel derretida cuando estaba en las jarras, se hundiese en aquel cuerpo amarillo de esqueleto. Recordó que se había acusado de mala cristiana, y que se apiadó del sediento y se impuso la voluntad de querer que le contasen quién era. Y un sobrancero le dijo: «Ése es Cara-rajada, el hijo de Miseria y de la Amortajadora. Estuvo en la facción; después caminó muchos países, como un perro tiñoso».
Todo se lo repetía mirándole. Llegaba el labriego seguido de otros hombres, y sus siluetas levantinas, recias y ágiles, se iban agigantando sobre el azul.
Cara-rajada dobló su aciaga frente, y comenzó a llorar.
-¡Lloro de su miedo! ¡Lloro de ver que esa gente venga lo mismo que si corriese a librarla de una bestia! Yo la busco para pedirle que se aparte de don Álvaro. Todo Oleza habla ya de su casamiento.
Ella cerró los ojos. La cicatriz del descarnado la cegaba de repugnancia. La quijada, los labios, la sien, toda la cabeza era de cicatriz.
-Espanta mi herida seca, ¿verdad? A don Álvaro nunca le hirieron. Me huye usted porque es hermosa y la hija de una casa de señores, y yo soy ahora el Cara-rajada. ¡Pero no le quiera a él! ¡Se lo pido por la memoria de su madre!
Paulina retrocedió, avergonzándose de la pasión que abrasaba la súplica.
Las gentes de la heredad la miraban aguardando.
Y el hombre horrible se le acercó sumiso.
-¡No le quiera! ¡En la calle, en la iglesia, donde la encuentre, se lo pediré como aquí! -Y hundió sus rodillas con un ruido de osamenta y de rastrojo; y como era su figura tan larga, tan afilada y angulosa, semejó arrodillarse multiplicadamente con muchas zancas y erizado de brazos.
Ella cubriose el rostro con sus manos de pureza y de claridad de la tarde; y el enlutado se arrastraba, y sus dedos de Muerte le cogían la orla del vestido y se le ensarmentaban en los pies; y Paulina lo pisó y sentía que sus pies se le volvían de carne trémula de corazón.
Se precipitaron los labradores, amontonándose y chafando el cráneo gigantesco. Sonaban risas y alaridos, golpes de daño, de aplastamiento de carcasa y de terrones.
Entonces, el asco y la piedad le dieron a Paulina un súbito denuedo, y amparó al ruin. Deshizo el grupo de suplicio bárbaro y tendió sus manos al hombre, alzándolo maternalmente. Quiso restañarle la sangre; pero el vaho de amor que le exhalaba el lisiado, la fue apartando, torciéndola de congoja.
Rugieron los campesinos viéndola padecer. Un gavillero chato, de dientes de presa, dio un empellón a Cara-rajada. Dejaron que corriese para tomarle puntería y holgarse con él apedreándole. Se les removía un impulso de mal inocente y primitivo, una ferocidad de buenos criados. Y en la calma azul bramaron los cachos y las piedras que se incendiaban al romper la zona de sol.
Aulló el huido rebotando cuando le atinaban, abriendo los secos alones de sus brazos, estampándose en la gloria del cielo de junio. Un instante vislumbró su cabeza exangüe y pavorosa como la de un degollado.
De los corrales y trojes salieron las mujeres, embistiendo los dos mastines al espantajo de luto.
El estrépito bronco de esparteñas, de garfas, de ladridos, enardeció a todos como un vino caliente. Se reían, brincaban, mostraban los puños grandes de piedras agarradas. Lo hubieran rematado. Ya no les parecía hombre, sino bestia mortecina.
Su ama les contuvo, y dóciles y contentos se volvieron a la faena; y miraban a Paulina con la lealtad de los dos perros que la seguían mansamente.
Una labradora murmuró, jadeando aún:
-¡Si la pilla sola, la besa!
Y el mozallón de quijales de púas le rugió:
-¡Y si la llega a besar, lo rajo basta el galillo!
En el parral apareció la Jimena, fajada con un albero de lienzo gordo; los brazos desnudos, cortezosos de cernada, y toda trascendiendo a leña y ropas en lejía. Le llegó el alboroto; no vio a Paulina, y arrojose en su busca. La cogió, la miró, la besó, se la llevó a la casa, se la puso en las rodillas. Le dio un tazón de cordial. Se lo apartaba a cada sorbo. Le compuso las trenzas, y se las soplaba suavemente para quitarle las pavesas de la colada que le iban dejando sus dedos. Refugiábase Paulina en el rudo y generoso calor de su regazo. Quiso hablar, y lloró con hipo de criatura desvalida, con un dulce desconsuelo y compasión por el aparecido, de compasión por sí misma. Y la figura de don Álvaro pasaba en torno de su vida asustada. Se rebullía queriendo mirar fuera, pero sin soltarse de la mayordoma, y volvíase a lo hondo y tibio de su pecho.
-¡No me cuentes nada! ¡Me dijeron lo bastante para imaginármelo todo! ¡Sé quién es; la culpa no la tiene ese alacrán; la culpa me la tengo yo, que te dejo sola como si fueses hija de gitanos! ¡No tropezármelo! ¡Pero me lo tropezaré, no te apures!
Paulina le cubrió la boca con el temblor de sus manos, y se alzó rápidamente.
Acababa de oír al padre, que venía de las vísperas de la catedral, y salió para recibirle. Le tomó el sombrero de color de tórtola, de copa cuadrada, la caña de Indias, con cadenita de orificia, y aguardó su beso. Siempre la besaba el padre en las dos sienes.
Don Daniel le puso sus palmas en los hombros, acercándosela. Pareciole muy frágil, muy nena, como cuando murió la madre. Luego le resplandeció su afeitada faz, un poco gruesa y pálida, y sus labios hicieron un penoso mohín. Siempre, siempre se le empañaban de recuerdos las horas felices.
-¡Estás riendo y llorando! ¡Como yo, lo mismo que yo! -Y sentose en una vieja butaca, esperando la naranjada de todas las tardes. Se la trajeron. La cató; quiso más azúcar; tornó a beber, y sin acabar, les contó muy despacito la confidencia del señor penitenciario.
Colgose de los hombros la esclavina vieja; se esponjó sobre la tonsura el gorro de verano; pidió la cayada de sus paseos rurales, y atravesando la corraliza y el huerto, donde se entretuvo para adobarse los dedos con matas de geranio, como si exprimiese una pella de jabón, salió don Magín de su parroquia por el portalillo del hostigo.
Venían revueltas afiladas, callejones de hierba y una subida de peldaños roqueros, hasta que ya principia el atajo de San Ginés. Una vez al año -por Santa Ana- lo tomaba don Magín.
Descansó en la sombra de los últimos tapiales para mirar el hondo. La ciudad se volcaba rota, parda, blanca. Porches morenos, azoteas de sol, las enormes tortugas de los tejados, paredones rojizos, rasgaduras de atrios, y plazuelas, jardines señoriales y monásticos. Un ciprés, un magnolio, una palmera, dos araucarias mellizas. Muros de hiedras, de mirtos; huertos anchos, calientes; frescor jugoso de limoneros, de parras, de higueras. Eucaliptos estilizados sobre piedras doradas y de apariciones de cielo de un azul inmediato. Un volar delirante de golondrinas y palomos. La torre descabezada de la Catedral, la flecha de Palacio entre coronas de vencejos, la cúpula de aristas cerámicas del Seminario, el piñón nítido de las tres espadañas de Santa Lucía. Más lejos, la torrecilla remendada de las Clarisas. A la derecha, un pedazo de la loriga azul del cimborio de Nuestro Padre, y la antorcha del campanario que brotaba de un hervor del río.
Don Magín siguió la cuesta. Se le agarraban al hábito los tábanos y saltamontes; le huían las vibraciones tornasoladas de las lagartijas, volviéndose para verle.
Bajo un almendro aserrado de cigarras, se enjugó y se dejó el pañuelo de gorguera, y otra vez quedose mirando la ciudad.
Más costras y quillas de techumbres; más tapiales de adobes y de yeso con encarnaduras de ladrillos; terrados blancos de Oriente; cauces foscos de calles. Llamas de vidrieras. Sombras acostadas. Follajes dormidos. Vuelos de una nube gloriosa en el encanto de las albercas frías que dan sed. Júbilo de palomares. Un humo recto. Cupulillas, agujas, contrafuertes, gárgolas y buhardas de más monasterios, colegios, residencias y parroquias. La suya, no. Ni San Bartolomé ni la Visitación. Los ocultaba la ladera. En cambio, aparecía, entre todo, una figurita de mujer, exacta y blanca, inclinándose desde una solana al patio, un patio como un pozo, donde balaba un cordero atado. Se fijó, se orientó don Magín. Esa criatura, toda hecha de nardos, debía ser Purita, una de las novias más cortejadas de Oleza, que se aburría en casa de sus tíos. El silencio que se elevaba como una niebla parecía modelarse palpitantemente de balidos y del trueno del Segral. El Segral liso, aceitoso, con hileros de luz, abría el poblado y junto a San Daniel se plegaba en los escalones de los azudes. La faz de las presas espejaba una exaltación de torres con sol, un molino entre álamos y la mirada fresca y azul del caz.
Don Magín emprendió lo bravío de la pendiente rasa.
Venía el arrabal trepando como una horda por la pena. Valladares de cactos y chumbos. Tendederos de ñoras, como cuajadas inmensas de sangre. Viviendas de fango cocido, de leños y latas crispadas; cuevas de portal enjalbegado, toldos de sacos, cobertizos de calabazones y capuchinas. Rodalillos de matas de sandías, de tomates y girasoles saliendo de un muladar. Pañales y refajos secándose en las rocas. Y a trechos, un aljibe, un horno como un sepulcro.
Las mujeres se despiojaban entre sus crías desnudas, entre cabras que topaban a las gallinas, y perros enroscados buscándose las garrapatas. A lo largo de las cercas rodaban sus tornos los menadores de cáñamo. En los umbrales tejían esportillas y serones los viejos. Los lañadores engafaban tinajas, orzas y barreños desbocados. Dentro de algunos cubiles fulguraba el caño lívido de soplete de los vidrieros que derriten retajillos de botellas y cuajan la bujería aldeana: sortijas, peinas, rosarios, sartas y broches. Y en la sombra de su corral, los pirotécnicos o polvoristas, llagados como leprosos, picaban sus terribles almireces y tramaban los ingenios de los argadillos de girándulas y de la «estampa final» para los fuegos artificiales, los de más renombre en todo el reino de Murcia.
Se apartó don Magín porque bajaba una cerda, seguida de los gorrines, con el ímpetu furioso de la piara endemoniada de los Gerasenos.
Arrabal de San Ginés, torrente de estiércol, de bardomeras, de criaturas y pringues. De aquí descendían sobre el pueblo las aguas reciales de las lluvias, los estampidos de pólvora, la simiente de la viruela y del carbunco, las catervas agitanadas de buhoneros y esquiladores, las ristras de oracioneros y mendigos, los lacerados por barreno, los canijos de trabajar en arcabón, los caleros de ojos de sangre, figuras de retablos de los pórticos y canceles de las iglesias, picardía de ferias y caminos...
En viendo a don Magín, se alzaban todos buscando su saludo; abuelas con bayetas andrajosas, en chanclas de zapatones cogidos en los vertederos; mozas en refajo o con sayas tiesas, los pechos ceñidos por pañuelos de cotón con estampados de granadas, de pomas, de uvas, las crenchas tirantes en una línea de vihuela y el moño retrenzado y cogido en la nuca con una flor. Venían con sus mundillos de hacer randas o con el copo de hilar, y otras cargadas de hermanos menudos y de hijos de vecinas. Los padres, los novios, los maridos, sus hombres, todos enjutos, la faja gorda entresaliéndoles el ojal de los tijerones, el agujón alpargatero, las cachas de una lengua de buey, la petaca y la bolsica de las artes de sacar candela. Vestían calzones de lienzo escurrido y camisonas rayadas y abiertas para que se les viese la crin del pecho, y blusa de percal, y en las espaldas les resalían las dos costras del sudor antiguo como callo de la tela. Huesudos, de piel descañonada de pavo, con una mueca agria y tosca de casta, los cabellos relucientes de mugres, los tufos ensortijándoles la sien o todo el cráneo con un pañuelo de hierbas y encima el sombrero de grandes faldas dobladas.
Parose don Magín gritándoles:
-¡La paz sea en San Ginés, y bien podíais rociarlo siquiera por Santa Ana!
La Parracha, una vieja que estaba curando el paladar de un pollo, se le llegó con el ave enferma en el sobaco, haciéndole una sonrisa de escara de encías.
-¡En este Santa Ana ya recelábamos no verle!
Pero el Potrón, un polvorista garboso, se descarmenó la araña peluda de un lunar torcido en el belfo, y, después de escupir, le repuso a la abuela:
-¡Se ha de pensar más a bonico a bonico de las personas! ¡Don Magín es amigo de los amigos, y no había de olvidarlos porque ahora sea más que denantes!
-Ni más ni menos soy que los otros años. ¿Pensabais que por ser párroco no subiría? Pues ahora os tengo cogidos con más títulos, que vuestro arrabal pertenece a mi parroquia, y habéis de tener muy aviada la conciencia.
Secose los carrillos con el lenzuelo que le sirvió de gola y se podía torcer de bañado, y entre un corro de majos y de comadres subió el repecho de la Ermita de San Ginés, que estaba en lo último del aduar, sola, torrada, hendida, el esquilón colgado de dos pilarejos de argamasa y la absidiola devorada por un tumulto de chumberas. Seguía un camino de ronda que se iba derrumbando por la escarpa; y en la cumbre, un torreón de tres dientes de almenas donde, al atardecer, se recogía una pareja de gavilanes.
Se puso don Magín al abrigo de la barbacana, respaldándose en el «Sacre», un cañoncillo de la Reconquista que los arrabaleros atragantaban de pólvora para las salvas a su Patrono, a San Daniel y las del Corpus y Sábado Santo.
Era su estrado de oír la crónica de las querellas y descalabraduras, de los desafueros y pleitos; y para poner paz sabía puntualmente los apodos de todos los linajes, los agrios y fruncidos de todas las vidas, los resabios, los prontos, los puntillos y prendas de cada uno, los agobios, las ventajas, la grita, el llanto y la porfía de cada familia. Hasta pudo saber las señales de algunos cuerpos, pues en una de las audiencias de su merinazgo honorífico, vino Inesilla, la Corrionera, a pedirle justicia del más afrentoso bataneo que padeció carne de mujer, porque la flageló la Montoya con un costalillo de arena, y como lo negara riéndose, arrebatose del coraje de la verdad la Inesilla, y para probar su causa, arremangose y mostró el sitio del dolor. Por no verlo, se volvió don Magín al «Sacre», y así se estuvo mientras le libraban del veraz testimonio.
Fumaba, oía y mediaba mirando el llano. Todo Oleza se le ofrecía, sin que faltase ni la Visitación con su huerto tierno, escalonado desde el río, y los insignes alcalleres; ni su parroquia, la más morena y arcaica. Amábala ya como antigua mansión suya. Se veía la ventana de su estudio. De noche vigilaba a los arrabaleros con la mirada quietecita de su lámpara, la única abierta en las calladas horas.
Crujía el aire serrano. Subían deshojándose en la altitud los rumores del pueblo y del contorno: la palpitación de un molino, el alarido de un pavo real, el repique de una fragua, un retozo de colleras de una diligencia, una tonada labradora, la rota quejumbre de las llantas de un carro, un berrinche de criatura, un hablar y reír de dos hidalgos que se saludaban desde un huerto a una galería, y campanas, campanas anchas, lentas, menuditas, rápidas. Sobre la tarde iba resbalando el fresco retumbo de las presas espumosas del río. Y entre todo revibró inflamado y afiladísimo el cántico de un gallo, y don Magín incorporose diciendo:
-¡Ése es el mío!
La vega rodeaba generosamente la ciudad. Senderos, acequias, brazales bullían, entrándose y saliendo por los cultivos: los cáñamos y naranjos en terrenos bazos; la verdina del panizo y de legumbres en tierras plegadas como de masa tierna de panadero; los herrenes, como paños húmedos; el olivar, bruñido; «Nuestro Padre», como una aldea; el cementerio, como un colmenar recién encalado; hazas rubias del rastrojo; glebas cansadas, pardas, rojas. La procesión de tamarindos, de chopos, de álamos, de cañar verde, un temblor de oro, una niebla dormida, iba mostrando la ruta romántica del Segral. Alcores, barracas de techos de manto, fenedales, rediles, humos azules, un ciprés lleno de tarde gloriosa, un olmo amparando una noria, yuntas diminutas de vacas, una heredad infantil, palmeras doblándose y un camino desnudo palpitando por todo el paisaje y escondiéndose en el confín de una claridad de alas victoriosas, de promesa de Mediterráneo.
El monte viejo de San Ginés tenía tres hijas muy graciosas: tres colinas cogidas de la ruda capa del padre, con trenzas de grama, y volantes de viñedo, viñedo de rancio veduño bárbaro. El señor Espuch y Loriga averiguó que un remoto olecense muy andariego retorna a su patria en 1668; trae 115 vides de las umbrosas cuestas del Rhin, y amugronadas y reproducidas en las estribaciones de San Ginés, las visten de pámpano, y sus racimos manan un mosto que ya no se parece al frío y verde de la cepa originaria, sino que se pone grueso y azucarado por el sol de Oleza.
Dejaba don Magín la gustosa contemplación por atender a ruegos y anécdotas. Surgían más mujeres, presentándole hijos con la frente vendada por las pedreas; otras, le daban los papeles mugrientos de los oficios de multas que debían, y el capellán se los guardaba para pedir el perdón. Era el personero de este arrabal de astrosos, bravos y descreídos que en la hora de la muerte le llamaban y le cogían de las manos, teniéndole también por valedor de sus últimos apuros.
Llorando a voces, le contaban las madres los embustes de aquellas cédulas de castigo. Siempre eran por asaltar los rapaces los huertos de los señores y coger los zarcillos de las parras en cierne, los higos aún lechosos, las almendras no cuajadas, las serbas, las azufaifas, las granadas, las zamboas, los dátiles verdes; todas las frutas aún verdes y ásperas.
El penitenciario y el homeópata abominaban este delito y no se cansaban de pasar delaciones. Esas criaturas, protegidas de don Magín, arrancaban vorazmente la fruta verde sólo porque se sentían regostadas al hurto y al mal por el mal. Sus jardines eran de los más esquilmados. Pedían el escarmiento y no lo deseaban por la pacífica integridad de sus frutales, sino para bien de los mismos críos de San Ginés, que ya nacían con apetito pecador del cercado ajeno.
Don Magín se reía. ¡Qué cercado ajeno habían de apetecer los que no pensaban en el cercado propio! Se ama y apetece el fruto temprano y verdiñal por sí mismo. Y exaltándose, llegaba a celebrar el merodeo de las tapias. Las tapias con árboles, y los árboles con el primer fruto, daban una tentación irresistible a los ojos, a las manos y a la boca. El olor del ramaje retoñado, el sabor de esa carne frutal, cruda y fresca, y el tacto de su piel lisa o velludita, dejaban una delicia inmediata de árbol, una sensación de paisaje. ¡La fruta verde! ¡Sólo de pronunciarlo, nada más diciéndolo, se le ponía en la lengua el gusto y el olor y la claridad de todo un Paraíso con primeros padres infantiles!
Y este elogio de la fruta precoz no impedía que le gustasen las frutas tardanas. Tanto le gustaban, que no comprendía cómo los rapazuelos de San Ginés no las hurtaban todas, y principalmente las ciruelas Claudias, los albérchigos y bergamotos de los jardines de don Cruz, de don Amancio y de Monera, o de la mujer de Monera. Entre la fruta que necesariamente había de comerse madura, ninguna de colores tan bermejos y dorados, de pulpa tan zumosa de miel, ni de sabor en sí mismo tan oloroso, porque era el sabor de su perfume, como el higo chumbo, «higo de pala», pero nacido en los nopales arrabaleros. Legítimos nopales plantados por los moros y que no degeneraron de su progenie de Méjico, como las cepas de la suya germánica. No era manjar predilecto de don Magín, y lo aceptaba contagiado de la complacencia que los del arrabal sentían comiéndolos; y había de comerlos allí, entre la plebe aborrachada por el sol de su sangre y de las penas. Se adormecía mirando la primorosa destreza de aquellos dedos para tomar el chumbo y hundirle la faca en el erizo y dárselo sin tocarlo en la carne.
Don Magín recogiose las haldas hasta mostrar toda su pierna ceñida de media morada, el único eclesiástico, no siendo Su Ilustrísima, que en Oleza la traía con el lujo del calzón corto abrochado al cenojil. Ladeose para que no le gotease las ropas el suco del chumbo, y lo fue mordiendo y exprimiendo de la granuja.
No pudo acabarlo, porque de una casa de la cuesta vino un plañido desgarrado de mujer.
Se levantó por escuchar, y un cordelero le dijo:
-Ya tiene el ataque el carlistón.
Y todos se le acercaron contándole.
¿No conocía a la Amortajadora? El marido la dejó tienda y dineros; medio cahíz de dobletas encontraron en un cofre; y todo lo aventó el hijo. El hijo se fue con los facciosos. Se le tuvo por muerto; y ahora remaneció con una herida que le rajaba la cara y una enfermedad de endemoniado. Una perdición. Le llamaban el Cara-rajada.
Don Magín y los de San Ginés bajaron a verle.
Resaltaba más el enjalbiego de la casa entre las comadres greñudas. Todas se apartaron, y pasó el capellán.
Clamaba una vieja al lado de un hombre de luto que se revolcaba en el suelo de guijas de río. Le acorrió don Magín bañándole de vinagre la nariz y los pulsos, conteniéndole las manos de parra torcida, mirándole en los ojos revueltos, secándole las cortadas de espuma de la lengua.
La abuela le gemía:
-¿No le recuerda? ¡Mírelo bien! Le han desamparado todos... Yo pido un milagro de Dios; y son los hombres los que no permiten que Dios lo haga.
Los arrabaleros no paraban de decir:
-Es lo de siempre...
-De balde pelea don Magín...
-No le remediará...
-No le remediará, porque el mal se le pasa cuando el mal quiere.
-Un mal de demonio que le saca bramidos.
-Ha de ver don Magín el llanto que le da tan y luego como se le pase.
-Hasta que venga un día que no esclate en lloros y su brega se le vaya parando con la muerte... ¿Que no?
Con ademanes y muecas les pedía don Magín que callaran, y, no lográndolo, precipitose entre todos y lo mandó ya con todo su brío. Para un enajenado no había mayor ternura y lástima que el silencio; el silencio o la palabra que pudiese responder a la suya, que, aunque no se oiga, quizá nos llama desde la obscuridad y la mudez del padecimiento.
Todos se le sometieron muy humildes.
El cráneo del enfermo comenzó a removerse. Se le despertaban y emblandecían las vértebras que tuvo cuajadas tirantemente en un tétanos pavoroso; apareció la pupila en el blancor de las órbitas; y su mirada buscó al capellán. La cicatriz de nudos azules le relucía de sudor y de limpidez de lágrimas:
-¡Ven cuando quieras a mi parroquia!
La madre besó las manos, la cayada y el hábito de don Magín y guardose el socorro que le dejó en el enfaldo. Salieron algunos vecinos y en seguida retornaron con limosna. La mujer de un pirotécnico le trajo una sesada de cabra, y el marido de una parturiente, un pichel de substancia de arroz. Porque el hijo de la Amortajadora tendría un mal del demonio, pero, además, hambre.
Cuando el párroco llegó a los hondos callejones miró hacia San Ginés. Temblaba una estrella en la punta de la ermita. Todo el monte resonaba de grillos como si fuese de esquilas de cristales.
No se le apartaba la visión del hijo de la Amortajadora, tronchándose bajo el viento del mal. Hambre y enfermedad. Pero en el corte morado de su cara, en sus ojos cobrizos había un misterio de desesperación.
Distraído de su ruta, sorprendiose don Magín en la plazuela de la antigua tienda del Miseria, ahora casa bien obrada y con huerto, que mercaron las Catalanas, dos huérfanas ricas y secas que no eran precisamente de Cataluña, sino de Menorca.
En el portal de la botica, donde Grifol fraguó sus píldoras de regalicia, le llamaron, dándole balancín y de fumar. No quiso. Se volvía muy ahína a su casa para lavarse y trocar la ropa, que ya le parecía bullirle de miseria arrabalera.
Con el padre Bellod, la Rectoral de San Bartolomé semejó siempre apretada por todos los muros y los años de Oleza, sumida en un frío y olor de pobre. Con don Magín, la Rectoral tenía la clara holgura de una residencia de sencillos señores, en perpetuo veraneo abundante. La gobernaba un ama de una madurez de fruto dorado y jugoso; los cabellos muy negros; la frente alta y honesta, y la boca menuda y encendida. El pan, el vino y el agua adquirían en sus manos un prestigio de hogar. El más subido elogio de sus manos se lo rendía don Jeromillo, recordando por ellas las de doña Corazón.
Principalmente cuidaba el refectorio. La mesa vestida de hilo finísimo; el aparador alborozado de fruteros en colmo, de vasos de flores, de dulceras y porcelanas. Los rincones frescos y pomposos de macetas de hortensias y lirios; y por un balcón de arco pasaba el aliento de la huerta renacida.
Limpio y remozado recogiose en su estudio, y encendió la lámpara de aceite, el asterisco de oro en el sueño de Oleza, la mirada acogida con campechanía de compadres por los de San Ginés.
El aposento era grande, esterado de junco. En las paredes, lisas, colgaban mapas bíblicos, un San Agustín con una mitra de boca de pez, y la estampa de la Creación del Hombre. Junto al ventanal, un atril, y por libro un enorme paraguas de ballenas, forrado de seda amaranto, con puño, cadenilla y cuento de filigrana de plata; paraguas muy hermoso que se compró don Magín en Génova y lo paseó en sus manos por Florencia, Roma, Venecia, Milán, Marsella, Barcelona, Valencia, Murcia, Albacete y Oleza.
Un lienzo de muro lo llenaba la librería, de volúmenes curiosamente empastados, y un vasar, todo de libros de rezos, joyel de breviarios de pieles olorosas. Tenía una mesa de sabina, larga como un mostrador, y dejaba abiertos los cajones, cargándolos de los libros en turno de lectura; y encima, la tabla espejaba el pocillo de loza para la tinta, los potes para el tabaco, la carpeta de sedas arcaicas, un vidrio de flores, una miniatura de una hermana y un Cristo-majestad con un pie desclavado. Cinco butacones hondos, de lana verde y encajes de aguja, rodeaban el escritorio, y en todos iba sentándose don Magín, según la búsqueda del volumen. Y ya se acomodaba para leer, antes de la cena, cuando un vicario le quitó de su propósito avisándole que un hombre quería verle. Permitió don Magín que subiera.
Y apareció Cara-rajada.
Se quedó mirándolo todo con recelo; le colgaban los brazos; volviose muy súbito; juntó las puertas, y dijo cansadamente:
-Usted, don Magín, se pensará que yo soy como un perro, de ésos huidos, que le enseñan un mendrugo y acude, y ya va siguiendo la mano del pan... Porque usted me mandó que viniese, y yo no aguardé a mañana...
Don Magín le tomó de una manga, tan grande que semejaba vacía, y lo puso en la butaca más cerca del velón. Después, paseando por la sombra de las librerías, fue respondiéndole.
-Lo del perro y lo del mendrugo tú lo piensas. Yo, no. A mí no me sigue nadie. Si he de dar pan, lo doy. Y, a estas horas, por mucha hambre que tú traigas, yo te aventajo. Si quieres verlo, aguárdate y cenarás con nosotros, conmigo y mis dos vicarios y sus familias, y el Abuelo...
-No vine por comer. Hay veces que, cuando se me está pasando el accidente, yo oigo a los que me rodean; les oigo como si estuviese sumergido en una balsa; y le oí a usted. Aunque usted no me mandara venir, hubiese venido. Y estoy aquí; y no sé principiar...
El párroco se impacientó.
-Déjame que me pasee mientras tú hablas. Di lo que se te antoje, que no teniéndome tan delante, lo contarás todo como si sólo te vieras a ti mismo.
Cara-rajada se miró las manos de siervo que se le estremecían sobre sus duros hinojos.
-...¡Yo no puedo resistir mi rabia contra don Álvaro!
-¿Contra don Álvaro?
-¡Yo lo ahogaría! Seré un pingo; pero soy un pingo por su culpa. Tuve dineros. ¡Bien lo saben todos! Y llevé mis dineros a la Causa. ¡No son los dineros! Con lo que recoge mi madre de vestir difuntos en el pueblo y en las barracas de la huerta, tengo que me sobra. ¡Me sobraría si no viviésemos en Oleza! Pero es que voy vestido como uno de los cadáveres de Oleza. Y aun aquí no se me daba nada hasta que llegó don Álvaro. ¡Siempre que nos topamos he de apartarme, como si él me empujara con la punta de su bota! ¡A ese hombre lo siento en mi frente como una maldición de Dios!
Estaba don Magín enderezando un mapa, y se revolvió malhumorado.
-Mira, deja en paz a Dios, que no le habrá dado poderes a don Álvaro para maldecirte; y deja también en paz a don Álvaro. ¡Vive por tu cuenta, y no en torno de nadie!
Cara-rajada se hincó las uñas en la piel de sus muñecas. Se sentía retroceder a las sequedades del silencio. Quiso marcharse, y no se iba; y oyose a sí mismo como si lo pronunciase otro con su lengua:
-¡Yo lo ahogaría!
Le penetró la mirada clara y aguda del párroco, y le cayó su palabra:
-¡Ya lo dijiste! Tú lo ahogarías. Y lo ahogas; ¿y qué?
Luego, conteniéndose, le preguntó:
-¿Desde cuándo padeces ese mal?
...El enlutado estaba llorando. Se palpó y se golpeó la quebrada de la mejilla, buscándose la sensibilidad desaparecida del tejido seco.
-¡Si saliese de aquí! ¡Si yo me sintiera una enfermedad continua en la que uno sabe que se amaga el peligro! Pero es que ese mal parece que me agarra desde fuera como el que se aposta al revolver de un camino. Cuando estoy más seguro, me coge y me revuelca. ¡Y una vez que hubiese bendecido el tenerlo delante de Paulina, no se acordó el mal de mi cuerpo!... De chico, me daba la alferecía. Dicen que se me ponían azules las uñas y la boca; pero, entonces, casi me alegraba de que me tuviesen compasión. Este mal de ahora me da furor contra mí mismo... Me coge desde el día de lo del hijo del juez de Totana...
Se calló de pronto; se asomó a mirar las luces de de San Ginés; torcía su gorra negra de donado, y volvió a la butaca, riéndose con los labios helados y juntos.
-...¡Escapó el padre; pero lo que es el hijo...! ¡Y a don Álvaro se lo debe!... Aún estaría usted en el Seminario cuando vino la partida de Lozano. Todas las puertas se abrieron para alojarla. Yo vi que mi madre cosía sus ahorros y alhajas dentro de cabezales de harina y de zurrones de pastor, y que los fue sumergiendo en el río y atando las sogas a las estacas de las presas. Lo subí todo antes del amanecer y se lo regalé a la Causa. Muy de mañana se puso la ciudad como un campamento. Daba gozo. Las mujeres colgaban escapularios y medallas del pecho de los carlistas. Les traían flores y ponciles. Amasaban para ellos. Casadas y mozas les besaban, y se subían a la grupa de sus caballos, y así se pasearon cantando por Oleza. Yo me entusiasmé más. Cogí dos facciosos borrachos y los llevé al Mesón de Nuestro Padre, donde paraba un teniente de Carabineros que tenía el asma. El pobre se había escondido en el pajar y no hacía más que toser. Nosotros hurgábamos y revolvíamos con las bayonetas como si aventásemos en el egido, y él venga de toser, pero sin quejarse, y la paja se fue volviendo roja. Me junté con la facción. Yo caminaba con más coraje que ninguno. De noche me arrastraba junto a los caseríos donde hubiera tropas del Gobierno. A los centinelas cansados les echaba nudos corredizos. Hacíamos saltar casi todos los puentes de la contornada. Siempre me quedé yo el último para encender la mina, y volvía entre el humo y el tronido de los escombros. Es que yo me sabía todo lo que pasó en los otros levantamientos; me lo sabía de tanto oírlo en la tienda de mi padre...
Llamaban a don Magín. Salió, y a poco vino; cerró, y sentose en la butaca cabecera del escritorio. Una libélula de escarcha palpitante rodeaba la corona de claridad de la lámpara.
Don Magín, grave y pálido, dijo:
-Sigue.
-Cerca de Totana se nos apareció la partida de Cucala. A su lado iba don Álvaro. Era un santo de piedra antigua. Me creo que nos aborrecimos desde que nos miramos. Nos miramos en seguida. Lozano les contaba mi conducta. Quisieron llamarme; pero don Álvaro les apartó leyéndoles avisos y órdenes. Yo pregunté: «Ése, ¿quién es?». Y él se me volvió como un amo... Por culpa del juez perdimos un buen copo de hombres y víveres, y en una aldea cogí yo al hijo, que acababa de casarse.
Subía el rumor del rosario como un cantar de escuela. Don Magín se recodó en el bufete, descansando todo su rostro dentro de las manos doradas por el velón.
-¿Reza usted, don Magín? ¿Quiere que me marche?
-No rezo. Sigue.
Cara-rajada contó el episodio de ferocidad que le reselló para siempre la vida.
Mañana de domingo. Todo tierno, jugoso, iluminado, después de un sábado de lluvia. Llegó calladamente a la plaza la patrulla facciosa. Comenzaba la comida de novios. Vinieron convidados de pueblos y heredades. Les presidían los padres de la desposada, de luto de otra hija muerta por la descarga de un asalto carlista. Les rodeaban los nietos huérfanos con un júbilo encogido en la primera fiesta familiar. Apareció el aventurero, y les sonrió. Olía la casa a honradez y abundancia, y ellos confiaron y se descansaron en él; le daban su pan y su compañía y la porción de su dolorida felicidad. Sin decírselo, se ofrecían una alianza de ternura. Y de pronto sintiose estruendo en la plazuela aldeana. El faccioso se precipitó sobre el balconaje. Regolfaba una muchedumbre de boina roja mugrienta. Los caballos, extenuados y voraces, tropezándose sus carroñas, abrevaban en la pila de lavar. Un jinete se dobló para coger el chorro en un vaso de cuero. Al levantarse, ardieron sus ojos en la mirada del hijo del Miseria. Era don Álvaro. Había venido por un atajo con tropas que le prestó Lozano para que le guardasen hasta Caudete.
El de Oleza le gritó:
-Estoy yo aquí y tengo al hijo del juez.
Pero don Álvaro siguió rascando las crines de su potro, y semejaba no oírle. Entonces se arrebató el especiero, hundiose dos dedos bajo la lengua y le salió un silbo glacial. Se le presentaron seis hombres. Estuvo hablándoles y les mostraba el convite de bodas. Con los fusiles empujaron a todos, sacándolos al balcón; la novia, en medio de los padres y de los hijos de la hermana, y él agarró de la mano al esposo; la mano temblaba como un corazón recién arrancado con sus uñas. Lo arrastró, lo ató a las argollas del abrevadero. Desde el balconaje disparaban los seis hombres. No atinaban; tuvo que descargar él su fusil, apoyándolo en la cabeza desmayada del novio. Le abrió toda la frente. Una abeja se paró en la sangre de la sien astillada...
-Fue lo último que vi, porque me cogió el mal...
Alzose el párroco gritándole:
-¡Yo no te perdono!
Cara-rajada respondió:
-Es que yo no estoy confesándome. Para confesarme me arrodillo en cualquier confesonario.
Y sacó la mejilla acuchillada bajo la lámpara.
Don Magín estuvo mirándola, y de repente palideció.
-Al principio culpaste de tu crimen a don Álvaro. ¿Quiso don Álvaro que mataras al hijo del Juez? ¡Dímelo mirándome dentro de los ojos!
-¿Quién era don Álvaro para mandarme? Yo lo maté por don Álvaro; él lo sabe; pero si él hubiera ordenado su muerte, entonces yo lo salvo. Hay que entenderme. La novia se parecía a Paulina: lo mismo de blanca y de hermosa; lo mismo de triste. Bien me acuerdo.
Llamaron tabaleando blandamente en la puerta. Abrió don Magín, y mientras le consultaba uno de sus coadjutores pasó el ruido jovial de lozas, de vasos, del manojo de plata de los cubiertos sobre los manteles, y los golpecillos de un tablero de damas.
El enlutado suspiró:
-¡Usted vive como un hombre de hogar!
Don Magín dijo:
-Cenarán los vicarios para que el pobre Abuelo se acueste, y a ti y a mí nos subirán algo.
-Yo no cataré nada.
Entró la robusta criada, dejándoles una fuente de gollerías, un jarro de leche y un azucarero y las copas. Todo resplandeció como una nieve.
Don Magín comenzó a beber; sorbía la dulce nata y miraba la que iba quedándole con una poderosa respiración de complacencia.
Cara-rajada prosiguió:
-...Tendido aún, oí la voz de don Álvaro; oí que me dejaban, y me quedé solo con el caño de la pila. Me socorrieron en la heredad de un adicto. Supe que Cucala se volvió camino de Onteniente, y que Lozano bajaba por tierras de la Mancha. Yo le seguía, y una noche me avisaron que estaba preso en Linares. Hice que le hablaran de mí, y el fraile que le asistió me trajo en una estampa este recado suyo: «Creo que me libraré. Encárgame unas botas de montar de hebillón doble». A la madrugada lo fusilaron. Atravesé toda España hasta juntarme con las facciones del norte, y de allí me pasé a las de Cataluña. Y me salió don Álvaro. «¿Tú fuiste el que...?». Y se calló. ¿No adivina usted por qué se calló? Don Álvaro quiso decirme: ¿Tú fuiste el que mató al hijo del juez de Totana? Y no lo dijo; no pudo. Yo le miré con tanto reproche, que tuvo miedo de mi pensamiento. Y cuando me puse a contar mis trabajos, mis hambres, mis sacrificios, y todos me escuchaban, él tomó desquite burlándose: «¡Éste viene a traernos la cuenta! ¡Mala hora!». Esa tarde se presentó de pronto el enemigo. Mala hora la mía, ¡verdad! Un escuadrón de lanceros nos arrojó contra un sembrado. Me encontré solo entre patas, rabos, vientres, estribos, y un ruido, un ruido de herraduras contra huesos. Mordí en una llaga viva del corvejón de un mulo, y su brinco derribó al jinete y se le sintió crujir al desnucarse. No se me olvida. Entonces me embistió un sargento viejo gritando: «¡Ya tengo un ciempiés!». Y me desgarró la cara, cosiéndomela con una espiga verde que traía el filo de su lanza. Me recogieron todo encarnado. Notaba tanto mi sangre, que yo mismo estuve lamiéndome para quitarme un poco de las manos y ver mi piel. Las gentes se reían. Me colgaba la mejilla como un paño roto. Creo que me desmayé del dolor, y cuando iba reanimándome, me cogió el mal, el mal obscuro. Me pienso que ése fue el cuarto accidente. Y desde lo hondo comencé a sentir que decían arriba: «¡Le dura el susto!». Se me abrieron los ojos de la fuerza y de la rabia por mirar. Miraba sin ver; pero el primero que vi fue don Álvaro. Y él como un caudillo y sin una gota de sangre. Duro y pálido. Lo que dije: un santo de piedra. Y la mañana que salí del hospital con la cara remendada, me pasó don Álvaro, a caballo, hacia la frontera, sin padecer... Yo he corrido muchos países; he sido truhan de muelles; he dormido en cárceles; he trabajado en la siega y en la vendimia de Francia, y he llorado de verme enfermo y horrible entre el gozo de las mujeres ardientes de la viña. ¿Qué me ha hecho don Álvaro? Todas mis desgracias y mi mayor remordimiento se juntan con ese hombre. Y vengo al pueblo resignado a todo, y aquí, en mi pueblo, vuelve a salirme don Álvaro... Y cuando supe que él y Paulina se querían, parece que me dio el sol un instante para verme desgraciado; porque dentro de mí mismo me veía llegar hermoso y con honra, y que Paulina me esperaba. Me sentí enamorado de ella desde siempre, y don Álvaro me la quita. Sé que soy lo que soy; pero lo soy por su culpa. Pues que se case Paulina con otro. Estoy solo contra don Álvaro y contra mi mal, que me tuerce la boca y todo el cuerpo, y hasta se me siente hinchárseme la fealdad. Pero no soy ningún monstruo, don Magín. Si le dijesen muchos sus deseos, le espantarían más que los míos. ¡Usted no conoce aún gente ruin! Ellas no le dirán como yo: «¡Ahogaría a ése!» -pero piensan a solas: «¡Si ése se muriese!», o «¡cuando ése se muera!»-, y hasta ven a ése muerto. Yo no; yo no veo muerto a don Álvaro. Yo lo veo mientras lo voy ahogando... No sé si don Álvaro y los del Círculo de Labradores cavilan y traman lo suyo; ¡permita Dios que se atraviesen! ¿Se ríe usted, don Magín? Cuando yo quiera me siguen los lañadores, los cordeleros y polvoristas de San Ginés.
Cara-rajada quedose jadeando. Don Magín se levantó, prendió un cigarrillo en sus tenacillas de plata, y, paseando y fumando, le dijo:
-Tú viniste a contarme tu vida, y el que la cuenta, algo quiere.
-¡Yo no le pido nada; se lo juro!
-Bueno; tú me has buscado para hablarme de ti mismo. Hablar de sí mismo, descansa; pero el que oye, también ha de oír por algo; y yo te dije que vinieses. La confesión que no se ha encallecido en la rutina tiene sus delicias para el penitente. Por verdadera y contrita que la haga; aunque se acuse de grandes pecados, escoge, sin querer, alguna actitud que le favorezca. Se debe escudriñar en lo que el pecador no dice cuando cree decirlo todo, y en la manera de que se vale para decirlo. Ya sé que no venías a confesarte. Pero te has confesado sin decir «me acuso, padre»; tú has acusado a don Álvaro para confesarte tú. Pues, hijo: lo primero que necesitas es oficio. No, no me mires tan pasmado y tan desaborido. Apuesto a que me crees un bendito de Dios. ¡Dios te lo pague!
Don Magín arrojó el cigarro trazando un arco de lumbre en la noche, y se recostó en su butaca.
-Necesitas oficio. Se te acabó el de héroe. Tuviste la escuela en tu casa, y fueron tus maestros las gentes de la tertulia de tu padre que contaban patrañas y verdades; de todo habría. Y tú, como los hijos de los reyes de los cuentos, quisiste tu caballo, tu espada y tu dinero, diciéndote: «¡Dios y águila!». ¿Dios y águila, verdad? ¿Tú has mirado, de cerca, un águila, pero no águila de esas de jaula que se duermen rascándose como un hombre, sino un águila libre que se revuelve hacia la soledad con un temblor bravo de su grandeza, de oír y ver las distancias que están ciegas y calladas para las otras criaturas?... Tú saliste del pueblo creyéndote ya héroe y pensando en tu retorno, en que habíamos de coronarte. Pero tu heroísmo puede principiar ahora, y no envidiando a don Álvaro ni maquinando venganzas...
-¡Yo no le tengo envidia a ese...!
-Le tienes envidia y quieres vengarte...
-¿Vengarme, de qué?
-Vengarte de todo lo que has padecido y de tus remordimientos. ¡Tú te has engañado en tu vida de aventurero, y alguien ha de tener la culpa!
-No ha sufrido como yo, es ruin y triunfa. Yo he sido hasta malvado por él, y tiene todo su cuerpo intacto, y aunque le hubiesen herido, que no le hirieron, aunque le hubiesen herido, se cubriría la señal con la barba, y yo tengo la piel pelada como las sierpes.
-¿Ves cómo no hay más remedio que insistir en tu envidia? Te aborreces por don Álvaro; le envidias su sangre, su piel y hasta su vello. Te crees enamorado de Paulina, y quizá ya lo estás únicamente porque ella y don Álvaro se quieren. -Te he comprendido aunque lo niegues con la cabeza-. ¿Quién es don Álvaro? Por aquí se dijo que era un bastardo ilustre. Te ríes con desprecio como si dijeses: «¡Qué más quisiera él!». Él y muchos, porque Alba-Longa y Monera y otros, también querrían serlo. Piensas que nuestro pueblo teje una túnica de gloria, de leyenda de príncipe, con que vestir a don Álvaro, y a ti te deja desnudo en tu pobreza y desgracia. Se te sale este clamor rencoroso, justo a tu medida. Yo no soy amigo de don Álvaro, ni ganas. ¿Qué es don Álvaro? Casi me apena creerle un hombre honrado, un hombre puro; pero de una pureza enjuta; no puede sonreír; parece que se le haya helado la sangre bajo la piedra de que fue hecho, según dijiste.
Se contuvo el capellán con la frente plegada, y gritó:
-¡Pero no le salvó! No salvó de tu ferocidad al hijo del juez. -Y los ojos de don Magín esperaban.
-¡Sería horrible para mí que lo hubiese salvado! Así murió por su culpa. Y este pleito no acaba. Ha de conocerme Oleza.
Acercósele don Magín y le puso su diestra en la espalda descarnada.
-Esto acaba. Necesitas oficio, te dije, y yo te lo buscaré.
-¡No quiero nada, don Magín!
-Claro; tú, ya no; tú te regostaste a las aventuras heroicas. El último aventurero que pasó por aquí fue Guzmán de Alfarache, de tránsito para Murcia y las galeras de Cartagena; y tampoco era el legítimo. ¿No viniste en mi busca? Pues has de dejarte en mi cuarto tu costal de quimeras. ¡Piensa lo que sería de este mundo si todos aspirásemos a hombres extraordinarios! ¿Para qué ha de conocerte Oleza? Conoce tú a tu pueblo y ámalo según sea. Míralo: Oleza es como una de esas mujeres que no siendo guapas lo parecen. Yo lo quiero mucho. Esas estrellas semejan sólo suyas, para temblar encima de sus torres y de sus jardines. Si como yo lo contemplas, puedes conmoverte de felicidad, no siendo dichoso; una felicidad buena y triste en que se sienten muchas cosas sin pensar nada concreto. Pero, principalmente, tú necesitas oficio; oficio por ti, que te mida tu tiempo y tu conciencia; oficio por los hombres, para que no seas sólo un acuchillado por un sargento y para que si todavía has de parecer vestido como un cadáver, que ese cadáver seas tú y no uno de los que amortaja tu madre. Y oficio por tu madre, que te cree un perseguido de la Humanidad. Tu madre pide un milagro. Debe ser la única mujer de Oleza que no recurre a San Daniel. Es necesario que le cuenten las pasionarias del Señor antes de que yo te acomode. Sin este requisito no creería en tu reconciliación con las gentes. Pero ¿dónde te llevaré si aquí no hay sino hacendados y capellanes? Hablaré con el deán y provisor, y como no me entenderá, hablaré con el obispo.
Hizo una pausa. Ya no semejaba el don Magín callejero, desenfadado y súbito. Se le clarificaba un reposo de severidad y madurez, una tristeza de misericordia. Y prosiguió:
-Esperaste, acechaste a don Álvaro para tener razón de aborrecerle; y la tuviste. Siempre que se aguarde un motivo de malquerencia, se hallará. Pero lo hermoso es tirar, es desechar esa razón que nos justifica para el daño. Repara en que, siendo capellán y confesor tuyo, aunque no quieras, no me valgo de citas y soluciones teológicas y de santos padres. Tú has matado a un pobre hombre enfermo, que se escondió en la paja de los pesebres. Le mataste encendido de tu mocedad vanidosa y de tu prisa de ser héroe. Has matado al hijo de un juez que se negó a serviros; y no le mataste por una bárbara expiación; le mataste cuando más generoso y más bueno te sentías, y le mataste por un odio de fatalismo contra otro hombre. Vanidad y odio: las dos maldades específicas que más nos diferencian de las bestias. Pues yo ahora te pido, como por penitencia, que te arranques los pensamientos de furor contra don Álvaro. No es que te aconseje el bien por el bien mismo, sino el bien según la lógica de tu sentir. Yo te digo: ¿mataste por vanidad? Quítate de la tentación de matar precisamente por humilde, aceptando que don Álvaro sea dichoso, y tú no. ¿Mataste también por una tenebrosa rabia? Pues quítate del goce de querer matar al que te cegó para que mataras. ¿Te ríes?
-¡Mire, don Magín: me río, porque de todas maneras sale ganancioso don Álvaro. Además, de que eso es hablarme a lo capellán!
Se le fue el párroco encima, rojo y grande, y su sombra pasó rompiéndose por los muros y las vigas del aposento.
-¿A lo capellán? ¿Y qué soy yo, qué soy?
Cara-rajada encogiose crujiendo en el butacón.
-¡Bien sé que es usted un cura; pero usted es don Magín, y sólo con don Magín trataba yo esta noche!
-¿Y qué tratos quieres?
-A decir verdad, no lo sé; pero me parece que aliento desde que me he sentido resonar en otro hombre. Yo me entiendo a mi modo. Hasta que vine, no me quedaba más camino que el de encomendarme a Dios y arrepentirme -que no sé yo de qué he de arrepentirme-, o el de perderme, como suele decirse. Acudir a Dios, podré acudir; pero, ahora, además de Dios, sé que usted me ve; y usted es un hombre, y de hombres no tenía yo a nadie. Nada se me da de lo del oficio; y me avendré a lo que usted quiera...
Don Magín le acompañó hasta el portal. Sin mirar al cielo, sentía sobre la frente todo el desnudo latido de las estrellas.
Los pasos rotos del enlutado se perdían y rebrotaban en las lejanas esquinas.
De pie, rígido y pálido; en la diestra, un pomo de rosas y un guante amarillo; en la siniestra, el junco y el sombrero; la mirada fija en un cobre de una cómoda Imperio; la barba estremecida, y la piedra de su frente con una circulación de sol. Así pidió don Álvaro la mano de Paulina.
Don Cruz, Alba-Longa, y Monera atendían inmóviles y ceremoniosos cerca del estrado. Todo el estrado para don Daniel, muy solo, muy desvalido en un sofá tan ancho.
Reclinada sobre el costurero de ciprés de la madre, en una sillita de lienzo, estaba la novia. Le caían los pliegues lisos de su vestido azul como de túnica de una Anunciación; y en el fondo del ventanal, un arco blanco con una vid que subía, resaltaba el contorno de pureza de sus cabellos negros.
Calló don Álvaro; y todos esperaron la palabra del padre. Y don Daniel no habló.
En la quietud, se vio resplandecer crudamente, entre los dedos de Monera, la naranja de su gordo reloj de oro. Y al cerrar la hojuela, crujió tanto el muelle, que don Daniel se asustó. Alba-Longa volviose al homeópata mirándole con severidad dentro de los ojos y del reloj. Ya no osaba ni guardárselo su dueño. Sacó el reloj sin ganas, sin importarle la hora; lo sacó por un prurito de atildadura, por usar elegantemente de sus manos. Don Cruz aparentaba no recoger este pobre episodio; pero pasaría tiempo, y don Cruz le humillaría recordándoselo.
Don Álvaro fue apartando la mirada de la cómoda, y la puso en el padre de Paulina. Entonces adelantose el penitenciario sonriendo muy placido. No podía reprimir su júbilo en esa íntima fiesta del dilecto hogar. Y suspiró y respondió al novio casi con tono de madre halagada y sorprendida de tan rápidos amores. Mirándole, le dijo don Daniel su gratitud. Como estuvo manteniendo un escondido coloquio con el Señor, perdió el instante propicio de contestar a los hombres. Porque decía don Daniel con el pensamiento: «¡Qué os hice yo, Señor, qué os hice, para que me otorgaseis tanto bien! ¡Claro que no tengo a mi mujer, y sin ella no he de sentirme dichoso! Aunque si mi mujer viviera, no me parecería tan grande este beneficio de encontrar un don Álvaro para mi Paulina. Ya tiene mi hija un hombre ilustre y esforzado que la defienda cuando yo falte...».
Presentose atropelladamente un mozo de la labranza anunciando la presencia del señor obispo.
-¡Su Ilustrísima! -balbució el hidalgo rompiéndosele la voz de tanta alegría.
Añadió el criado que el faetón de Palacio estaba en la sombra de las higueras, donde principia la labor, y que un familiar asomose pidiendo agua y que les dejasen servirse del camino de Nuestro Padre para rodear menos, porque al señor obispo le dio como un desmayo del bochorno de la siesta.
-¡Un síncope Su Ilustrísima!
Y los ojos miopes y tímidos de don Daniel imploraban de sus amigos que le valieran en trance tan difícil y solemne, y aturdidamente alisaba el linón de las cortinas y la ropa de finísimo ganchillo del velador de taraceas.
Dispuso don Cruz que todos saliesen.
-¡Un síncope el obispo!
Don Daniel se lo imaginó muerto, tendido de pontifical en su cama. Pensó en las noventa y seis varas de damasco de sus roperos para colgar las paredes de la sala y de su dormitorio; pero de damasco grana, y no convenían sino paños de velludo negro. Quedaban cirios, lo menos seis cirios, pero en trozos y verdes, de tenebrario, de los que se encienden contra las tormentas. ¡Un síncope! Debía ser un síncope. Le acudió el recuerdo de los que padecía una señora amiga de su madre. Y pronunciando la palabra síncope, se le trocaba Su Ilustrísima en una dama de vientre hinchado, con hábitos morados, tonsura, pectoral y anillo.
Le bastó asomarse al faetón para que el enfermo recuperara su cabal naturaleza. En verdad no podía creérsele enfermo. Sonriendo les contó su accidente. Quiso ver la heredad parroquial de Los Serafines. Se cansó caminándola, y, ya de regreso, sintió un trastorno, una súbita aura. Alarmado su doméstico, ordenó el tránsito por Nuestro Padre. Ya todo pasó, y decidía seguir hasta la Residencia de los Calzados, que fue antiguo granero episcopal.
Don Daniel y Paulina le pidieron que descansara en el casalicio. Tan amorosamente le porfiaban que el prelado tuvo que consentir, y el vetusto coche atravesó la plaza de las eras y pasó los soportales, llegando a lo profundo del zaguán de bóveda, que retumbó con un estruendo glorioso para los oídos del hacendado.
Acudieron muchas manos a sostener las del obispo, y él escogió las de la doncella, que se le fue humillando conmovida por la gracia.
En el silencio de reverente intimidad, se oía el cántico de la virgiliana luminosa de la trilla y el golpe húmedo y fértil de los azadones amasando los tablares del hortal.
-Creo recordarla a usted entre toda la Junta de la Adoración, que me visitó muy quejosa.
-¡Reconoce Su Ilustrísima a mi hija! -prorrumpió gozosamente don Daniel.
Y ya en la sala le puso junto a la reja una poltrona del estrado, y para los pies un cojín de lana de los corderos nacidos en el Olivar.
Detrás centellearon los anteojos del presbítero de cámara.
El señor obispo proseguía:
-Se me quejaban de toda la vida de la diócesis, y usted pidió mi protección para un anciano capellán, diciéndome que el pobrecito había de vivir de la limosna de las misas cedidas por otros sacerdotes, y que esas misas siempre eran o muy de madrugada o ya en el mediodía, de modo que el Abuelo, según le llaman en Oleza, no acertaba a dormir ni a comer. Nunca he olvidado sus palabras.
Y el obispo acogía con ternura la dulce turbación de la doncella, que se retiró para prevenir un delicado refrigerio. Entonces Su Ilustrísima dirigiose a don Daniel.
-Obra de misericordia y de dignidad me pedía su hija, y no fue el obispo quien la hizo. Anticipose el nuevo párroco de San Bartolomé amparando en su casa al humilde sacerdote, remediándole tan generosa y filialmente que de don Magín podemos tomar enseñanza algunos religiosos.
Se recalentaron los pómulos de don Cruz; se le sumieron los labios; luego sonrió, avanzando con las manos juntas.
-¿No se acuerda Su Ilustrísima del católico caballero don Álvaro Galindo y Serrallonga?
La mirada del obispo se paró indagadora y helada en los ojos de don Álvaro.
-Le vi en una de las audiencias, y se me dijo que andaba a la búsqueda de datos para no sé qué estudios. Ya le creía de retorno en su casa de Alcoy...
-De Gandía -balbució don Cruz.
-O de Gandía, y su trabajo ya escrito y a punto de ser leído por esos mundos.
Sonrió don Daniel, ganoso de intervenir en el diálogo.
-¡Yo no me dormiría esta noche de pesadumbre y de remordimientos si tardase en decirle a Su Ilustrísima lo que aquí se celebraba!...
Se detuvo, sintiéndose duramente acechado. Pero había de acabar la confidencia, porque el señor obispo también le miraba. Había que decírselo todo. Y don Daniel lo dijo.
-¡No; yo no puedo callarme! ¿Y por qué había de callarme? Soy muy feliz. Lo soy yo, lo somos todos, señor; y a nuestro penitenciario se lo debemos: ¡mi única hija ha sido pedida en matrimonio por el señor don Álvaro!
Y dejó que los demás hablasen; pero el silencio manaba densamente de sus bocas como el agua muda de una peña sombría.
Don Álvaro pensó: «Estoy sonrojándome como un culpable, no siéndolo». Y miró rencorosamente al prelado.
Mitigó la violencia la entrada de Paulina y de la mayordoma, que presentaron los dulces olecenses en labradas tembladeras y vinos generosos en tallados cristales que sonaban delgadamente como joyas.
El prelado mojó los labios en la miel de un fondillón venerable; luego se alzó, despidiéndose, y al subir el estribo de su coche ladeose hacia el padre y la hija.
-El primer obispo de Oleza escribió por lema de su escudo estas palabras del Evangelio de San Mateo: Pulsate et aperietur vobis. Yo la confirmo especialmente para esta casa: llamad, y se os abrirá la mía.
Tendió su brazo bendiciéndoles, y volvió a retemblar el hondo vestíbulo.
No; no había muerto Su Ilustrísima en el arcaico lecho de don Daniel. Lo pensaba arrepentido de sus involuntarias quimeras, y sentose en el sillón donde él estuvo, y puso las manos en el terciopelo entibiado por sus manos, y descansó la punta de sus pantuflas en la almohada que retenía las huellas de los pies prelaticios.
Tan inesperada y rápida fue la augusta visita, que ni le parecía verdad, y a la vez la repasaba sintiéndola remota. Todo lo acontecido lo veía muy lejos; todo había envejecido, en todos hallaba una sequedad de tránsito de mucho tiempo.
Monera se aburría contando los manises. Alba-Longa y don Álvaro miraban silenciosos los almiares de oro viejo del ocaso. Don Cruz pasó al lado de Paulina, susurrándole; y ella, muy pálida, recogió del costurero las olvidadas rosas de prometida, y sumergiose en el alto sofá, inmóvil, blanca, con los párpados caídos y las flores apretadas contra el seno como una princesa muerta.
Sobresaltose el padre; se apuró también de su propio apagamiento; pero se frotó las manos; porque como debía sentirse muy alegre, lo estuvo.
-¡Bien podemos quererle! ¡Su Ilustrísima es un santo y un sabio! -Se lo decía a su hija y volvíase a los demás.
Don Cruz pellizcose suavemente los pulgares musitando distraído:
-El padre Fournier, a propósito de un monje muy celebrado por Isaac de l'Etoile, dice que en aquel tiempo bastaba amar el estudio para recibir el título de sabio. ¡Óptimo siglo duodécimo!
Alba-Longa exclamó:
-¡Y los siglos se parecen!
Sonrieron refinadamente como únicos sabedores de una agudeza vedada para los otros.
No entendiéndoles don Daniel, interrogaba a don Álvaro y a Paulina y a Monera, y todo lo miraba encogido como un extraño entre lo suyo. ¡Qué dedos de frialdad tocan algunas veces en el corazón de los hombres, quebrándoles el hilo sutil de la alegría, que se ve mejor cuando está roto!
La frente de don Álvaro se plegaba con un ceño duro y hostil. Su Ilustrísima le había rebajado delante de su propia conciencia. Porque el recuerdo de los propósitos de su venida al pueblo le traspasó, acusándole de embaucador de dotes. Para una virtud tenebrosa, nada tan acerbo como una sospecha de ruindad. Y acometiole una torva ansia de probarse a sí mismo la rigidez de sus intentos; sufriría por sus ideales, sufrirían en él los que le amasen y creyesen.
Estremeciose el hidalgo bajo la llama negra de sus ojos. El caballero de Gandía le hablaba de consultar al «señor» para su residencia. Se les juntó el penitenciario. Era de parecer don Cruz que no abandonasen Oleza; lo exigían así los felices designios de la Causa. Y don Daniel gimió valerosamente:
-¡Yo no me apartaré de Paulina; lo malvenderé todo, lo dejaré todo por estar a su lado!
Añadió el prometido que también quería el consejo de su única hermana.
-¿Tiene usted una hermana? ¿Pero hermana de padre y madre?
Y al descender como una espada la afirmación de don Álvaro, renunció don Daniel a que ese hombre tuviera ni una gota de sangre de príncipe. Pero seguía siendo un patricio de la ciudad de los Borja, un privado de los reyes que arrastraban su manto por los solitarios caminos del destierro.
Todos aprobaron que la huérfana viviese con los nuevos esposos. Levantose Paulina muy gozosa. Ávida de familia, alejada de tía Corazón por la rigorosa tutela de las amistades, acogió la noticia de una hermana como una promesa de desconocidas ternuras. Se la imaginó muy delicada y niña. Jugarían las dos entre regocijados coloquios; claro que ella, como casada y con padre y en su ciudad y todo, la guardaría maternalmente; y después, si el Señor la bendijese, sus hijos tendrían dos mamás como dos muñecas. En seguida adoleciose de que estuviese sola, y le pidió a don Álvaro que anticipase su llegada; le preguntó su nombre; quiso saber cómo era...
-¡Dígamelo, cuénteme de ella!
-¡Elvira es sufrida y denodada como una santa!
Don Cruz abría las alas de su manteo para volver a plegárselas a sus secos ijares; se pasaba las manos por todo el cráneo; daba voces agudas de pasmo y de enojo; hacía unos melindres de afeminación tan lejos del penitenciario austero y afiladísimo.
«¡Si lo que él hace lo hiciese yo, cómo se revolvería contra mí!» -pensaba Monera.
Y don Cruz dijo que estaba escandalizado de oír a los prometidos usar el «usted». ¡Pues para cuándo aguardaban el tutearse!
Estuvieron los novios mirándose; y no atinaban a decirse algo que trajese la confianza apetecida.
Pudo empezar don Álvaro, y pareciole a don Daniel que se le apartaba la hija, quedándose él detrás del caballero de Gandía. Ella tuvo que responder, y le pesó como una audacia, y hasta creyó amarle menos. Tan cerca se sentía de don Álvaro, que quitó sus ojos de los suyos, descansándolos en la tarde. La tarde se cerraba con una palidez y tacto de flor, transparentándose encima de la noche inmediata.
Cifró las despedidas el canónigo proclamando el principio de una vida nueva en la casa de los Egea.
Doliose tan sólo de la ausencia del padre Bellod. Una inesperada visita del arquitecto diocesano a su parroquia trastornó sus meritísimos propósitos de asistir a la petición. Y sonriendo ruborosamente, acomodose en el mejor asiento de la galera que había de volverles a la ciudad.
El homeópata subió el último, tropezando en todas las rodillas; y Alba-Longa, le pisó dos veces.
Arrancó el carruaje muy despacio, porque don Daniel le seguía conversando con don Cruz. Así fueron hasta el árbol milagroso del Profeta.
Paulina se quedó entre los rosales de la cisterna, que se copiaban en la balsa. Detrás subía un muro de cipreses sobre un cielo tenue, sin profundidad, sin sensación de cielo.
De los olivos venía la queja de un autillo. Semejaba cerca y recóndita. Vibraban de élitros las eras olorosas; en los herbazales y en las acequias se rompían los coros de cristal de los sapos.
De los álamos del río salió otro lamento contestando al de los olivares; parecía el último, el más hondo, el que medía el silencio, la distancia y la soledad; y después iban brotando otros más profundos con una emoción de pena y de miedo infantil de la noche; y el grito de las aves abría en Paulina unos valles de tristeza donde se entraba palpitando su alma. Y otro cántico, y otra lejanía. Todas las voces de los campos se refugiaban en su vida como en el único árbol del atardecer. Los campos eran un firmamento estrellado de temblor de insectos que se asomaba al acorde ancho y perpetuo del Segral.
Paulina se estremeció de congoja de sentirse tanto a sí misma, y buscó la intimidad selecta de su dormitorio. Sentose en su sillita de niña, colocada delante de su tocador de mujer; y encogiéndose y doblándose para no caerse de su asiento de juguete, descansó sus sienes en sus manos. Sus manos fueron dos conchas que le acercaban la noche. Oyó a su padre que volvía conversando con sus labradores. Y le dio lástima su alegría.
La orfandad de madre, las tristezas imprecisas, el contacto tan sensitivo de la naturaleza, todo se le comunicaba ahora a través del padre, tan indefenso, tan confiado entre los hombres. Todos más fuertes que él. Podrían hacerle llorar sólo mirándole con dureza. Tuvo lástima como de un niño muy frágil. Sintió lástima de su amor por don Álvaro; le parecía ver su amor fuera de su pecho, también como una criatura desvalida. Amaba a don Álvaro, y le amaba tan hondamente que se extraviaba en una tiniebla temerosa, y hasta creía amarle por obediencia, sin recibir ningún mandato...
Don Daniel la buscó; la llamó. La hija callaba; y él sonrió a las estrellas que florecían entre los parrales del portal.
¡Qué pronto se transformaban las mujeres prometidas!
No pudo dormir Paulina. Toda la noche estuvo oyendo mugir a una vaca que le habían quitado el ternero.
Pronunciar el nombre de don Álvaro, oír su voz y sus pisadas, nada más presentirle, era para Paulina de un delicioso sobresalto. Amábale hasta dolerle el corazón de tanto ímpetu; pero el nombre, el recuerdo y el anuncio del amado le prometían mayores bienes y dulzuras que su misma presencia. Alzábase llena de júbilo para recibirle, y palpitaba como si fuera a rompérsele la vida. La honesta lumbre de sus ojos, el temblor de su boca y de sus pechos, su palidez apasionada, toda la transfiguración de la doncella convidaban a un exaltado acogimiento de amor; y aparecía don Álvaro, y quedábase contenida y callada. Hasta la gloria del pasado del caballero, que ungía su frontal ancho, duro y pálido, se iba quedando en el vestíbulo, colgada de su hongo de color de café.
A veces, don Álvaro parecía sólo de hueso y de barba, con el pliegue de su ceño indomable.
Acercábase el día de los desposorios; y una tarde parose una tartana negra en el portal y descendió el penitenciario seguido del novio. Estaba Paulina con Jimena y tía Corazón, que vino a traerle su regalo de bodas, repasando galas marchitas de la madre; y don Daniel las contemplaba desde el sofá, evocando blandamente la hermosura de la esposa muerta.
Ni el canónigo ni don Álvaro quisieron sentarse, pidiéndoles que todo lo dejaran por acompañarles a Oleza.
Presentó don Daniel a su prima, y doliose de que don Álvaro la tratara ya con el desabrimiento de don Cruz y de todos sus amigos.
Es verdad que don Álvaro sentíase impaciente porque Elvira les aguardaba en la nueva casa.
No le entendía don Daniel. En cambio, Paulina se entusiasmó, aunque dándole quejas de que no la previniese de la llegada de la forastera.
-Todo se hizo así -medió don Cruz- por el gusto de sorprenderte.
Pero don Daniel era el pasmado. ¿De qué casa decían?
El señor penitenciario hizo delicadas bromas.
-¿Piensa don Daniel que a nosotros se nos había de apagar la lámpara como a las vírgenes fatuas?
-¿Qué lámpara?
-¡Ay, que no nos conoce! ¡Ustedes se estaban muy quietos y nosotros trabajando la viña! ¡Vengan, vengan y verán!
- Pero ¿adónde, Señor? ¿De qué casa me hablan?
-¡Vengan, vengan! -les requería don Cruz, y ladeaba su cráneo y movía el índice llamándoles con candorosa malicia.
El hidalgo le siguió dócilmente sin cuidarse de despedirse de doña Corazón. Le retuvo Jimena para trocarle el calzado y cepillar su sombrero.
Paulina besó muy de prisa a la cerera, pidiéndole que la perdonara. Don Álvaro la llamó.
-Eso no es un novio; eso es un amo -y la Jimena se estrujó las randas de su delantal.
En el camino explicó don Cruz las ventajas del piso de los novios. Adivinó Paulina la angustia del padre, y mostrose animosa y ávida de verlo y alhajarlo todo; y volvíase a él confortándole con su sonrisa; y le tomaba las manos, acariciándoselas.
Don Daniel se hundía en el asiento. Don Cruz le miraba intensamente.
-¿Qué nos dice, qué nos dice don Daniel? ¡Daniel, nombre de elegido, nombre de esforzado!
Escuchose la voz del esforzado, pequeñita y ahogada.
-Pero ¿es que no cabemos todos en la heredad?
-¡Ah, quién lo duda!
-Y yo tenía repartido el casón: las habitaciones altas para ellos, con muebles de mis abuelos y de mis padres, muebles de árboles de heredades de la familia, de cipreses, de olivos, de almeces, de sabinas, de nogales, de moreras. Ya estaba avisado el maestro de obras para escoger el lugar de la escalera de servicio...
Paulina se reía con los ojos húmedos.
-¡Mujer, no precisamente de servicio, sino para comunicarnos antes que por la escalera principal, de tanto rodeo! Arrancaría junto al comedor, nuestro comedor, rematando en lo que fue alcoba de mi tío el brigadier. Una escalera con barandal grueso, sin esquinas y muy alto, porque las criaturas menudas, y más siendo niños, juegan a brincar y descolgarse; piensan que no hay peligros... Yo lo sé porque yo lo he hecho...
Se había erguido don Daniel, y convencidamente desarrollaba el proyecto de las obras; después, con ademanes vertiginosos, trazó la gráfica de la caída de un nieto por una escalerilla que no fuese de las previsiones de la suya. El toldo de la tartana tenía ya para su frente la vieja anchura del envigado de su casalicio.
No le escuchaba más que la hija, porque don Álvaro y don Cruz miraban con rencor una carreta de leña; los frescos costales agobiaban hasta cegar los bueyes, y muraban el tránsito de la calle de Palacio.
La calle angosta y la umbría de los edificios semejaban apretar luminosamente el azul del cielo; y al mirarlo Paulina alzó también su boca aspirándolo; vio ese azul sobre la grandeza del Olivar, envolviendo las huertas, guardando su casa, mirándose en el río, entrando en la cisterna, y en la balsa, y en los frutales, y en la vid, y en el blancor de su costura, y de su cama de virgen. Ahora recogía más la emoción del paisaje suyo; y anheló verlo y rodearse de él, tenerlo y tocarlo, como privada muchos años de su goce.
Don Álvaro puso su mano de santo en las rodillas de don Daniel, y dijo:
-Yo no debo vivir en la finca del padre de mi esposa. Confié que me evitaran el dolor de decirlo. He consentido en dejar mi pueblo; no me pidan más.
El penitenciario movía su cabeza, comprendiéndolo y aprobándolo todo.
Y alentado don Álvaro suspiró:
-Vivir en «Nuestro Padre» equivaldría a mi propia renuncia; sería entregarme a las murmuraciones de mis enemigos, de los mismos parientes de ustedes...
-¿Mis parientes? ¡Si yo no tengo más parientes que la pobre Corazón Motos!
-¡Pues esa doña Corazón y su tertulia; ese don Magín y sus adictos, que también los tiene, y acaso una personalidad altísima, que no nombro por mis reverentes sentimientos de católico, y muchos, muchos que, agraviándome, agraviarían a mi mujer y a su mismo padre!...
Don Cruz, emocionado, estrechó la diestra del caballero de Gandía.
La tartana se detuvo. Alba-Longa les aguardaba en un portal de cuarterones recién pintados de negro y verde oliva. Saludó, y siguió mirando la casa de enfrente, morena, vetusta, nobiliaria, de labrado balconaje y cornisa de canecillos, y en el dintel, el blasón de los condes de Lóriz.
Don Cruz, don Álvaro, don Daniel y el tartanero se quedaron también mirándola. En las terrazas, con balaustres de jarrones de piedra, tronaban como batanes las arcaicas alfombras, sacudidas por las palas de mimbre de una servidumbre desconocida en Oleza. Por los ventanales entornados del entresuelo aparecían fragmentarias visiones de una suntuosidad letárgica: sueño de muros de lunas verdosas, brillos inmóviles de vitrinas, de escarchas de candelabros y de arañas, pompa de jardín tupido y patricio recortado por pliegues de tapices y cortinajes de aposentos hondos, techos de pinturas apagadas, escocias de oro viejo...
Muchos vecinos se paraban, asomándose a las íntimas magnificencias de los solitarios ámbitos, tanto tiempo privados de las anchas claridades del día. Únicamente se abrieron algunas ventanas cuando vino el hermano de la condesa, un joven pálido y hermoso, que pintaba en las rinconadas románticas de los huertos olecenses. Se marchó pronto, dejando en la ciudad el surco de luz de una leyenda de artista. Trajo el olor de los pecados de todos los países. Después se cerró la quietud y el olvido sobre la noble casa. En los recantones de la portalada sentábase, por las tardes, un matrimonio de habla y apariencia señoriles de antiguos servidores retirados, en la holgura de custodios de una finca silenciosa. Y de improviso llegaban equipajes y criados con la nueva de que la heredera, recién desposada, escogía su palacio lugareño para gozar de su amor.
La ciudad lo comentó curiosa y casi envanecida. Abrir una casa como la de Lóriz, era traer un claro ornamento a Oleza.
Se lo dijo Alba-Longa a don Daniel, y acabó holgándose mucho de que esta calle floreciese bajo una constelación nupcial.
El canónigo volviose para sonreír a Paulina. No estaba; les había ya dejado, afanosa de lo suyo. Sumergiose en un obscuro vestíbulo, y buscó el sol del piso alto. A nadie hallaba. Salió a la galería, enyesada y grande, con soportes de madera, sobre un jardín abandonado. Todas las tapias de los huertos y corralizas acababan en las márgenes arboladas del río. Lejos, subían los follajes del palacio del obispo. Las palmeras, los limoneros, los eucaliptos, los cipreses, tenían una dulzura de nidos y de soledad, una elevación de árboles sagrados. Verdaderamente amparaban a un hombre triste. En medio de la huerta, pasaba un recogido vial de magnolios. Allí caerían las flores blancas y carnosas como aves heridas, sin que una mano de niño o de mujer las alzara de la tierra para aspirar su último perfume tibio y ácido.
Gritó de miedo, porque una mano seca y nerviosa le apretaba la cintura, y hallose delante de Elvira, que la miraba toda. Alta, enjuta, inquieta; se le retorcían las ropas con un movimiento de sierpe; sus dientes blanquísimos, un poco descarnados, le asomaban en una sonrisa casi continua que se le enfriaba tirantemente sin animar sus mejillas de polvos agrietados. Le relucía el cabello, lacio y negrísimo, como si lo tuviese bañado; cansaba la inquietud de sus ojos, y su voz apasionada se le rompía de acritud.
-Tú debes ser Paulina, ¿verdad? Pues bajo me estaba bregando con las cajas de loza, que pesan más que el pecado, más que el pecado que pese, porque hay conciencias que no les abruma ni el pecado. ¡Huy! ¿Es que me miras el pelaje de criada? ¡No, no; si no me duele, hija! ¡He de hacerme yo sola la faena! ¡El pobre Álvaro ya tiene que penar con todo lo suyo y lo ajeno! Oye: tu padre se me antoja muy mustio, ¿verdad? Lo estuve mirando desde una vidriera...
Paulina sintiose un poco encogida, pero le sonrió y la besó, y prometiole venir para ayudarle y traerle dos mujeres que la sirviesen.
-¡No, no! ¡Déjame de mujeres; no me envíes a nadie! Pronto llegará nuestra criada de Gandía. Catorce años la tenemos, y puedes creer que no me fío de ella. Yo cierro las alacenas y los armarios; y ella se encierra con llave en su cuarto; y una noche me puse a mirarla, y la sorprendí comiéndose un pandehigo. Se lo comía a solas. Ya sé que no me lo hurtó, porque en casa no lo había, y que se lo mercó con sus dineros. ¡Pero tenerlo escondido en su arquilla y comérselo encerrada, es de una desconfianza y gula que da rabia y pesadumbre! ¿No se fía de mí? Pues yo tampoco de ella; pero como me fío menos de las que no conozco, aquí me la traigo y será una más que vigile a las de este pueblo, si es que hemos de tener más servicio, ¿verdad?
Y se pasó los dedos, quitándose una espumilla que le criaban los rinconcillos de la boca.
Paulina se cansaba, no entendiendo los cuidados del no fiarse; y además la cansaban y casi le apenaban los ojos de la forastera: unos ojos negros, calientes, de un afán, de un acecho insaciable, que, aun mirando muy fijos, semejaban removerse. Recorrían a Paulina con una exactitud que le comunicaban todo el tránsito de la mirada por su cuerpo. Le caía una hebra de sol, desnudándole el delicioso vello de almendra de su nuca, y los ojos ávidos le hollaban esas suavidades de piel frutal con una sensación precisa y calmosa de palpos. Y, sin dejar de mirarla lenticularmente, le dijo:
-¡No te imaginaba yo tan fina y tan linda!
Nunca el elogio de su belleza la enterneció y la sofocó tanto como ahora recibiéndolo de aquella mujer, aquella mujer que era hermana de don Álvaro. Y por agradecerlo, y por quitarse de ese examen de la alabanza que le pesaba como una desconocida responsabilidad de sí misma, abrazose a Elvira y, riéndose y besándola, le prometió:
-¡Ya verás qué hermanitas seremos! ¡Jugaremos como chiquillas, y Álvaro nos ha de reñir haciéndose el enojado sin estarlo!...
Se enfrió más la risa desjugada de la forastera.
-¡Huy, qué antojos de colegiala que te dan!
La novia, sin soltarse de su brazo, le pedía:
-¡Llévame y enséñame toda nuestra casa!
-¡Gracias a Dios que te coge ese arrebato!
Subían todos buscándolas. Paulina miró a su padre, y para alentarlo habló muy contenta del paisaje de río que llegaba junto al huerto, y celebró todos los trabajos y previsiones de Elvira.
-Semejas de Madrid de tan cortés; ¡todo lo alabas sin conocerlo!
-¡Si no lo conozco, ya lo adivino!
Don Cruz recogiose el manteo, cruzó las manos y recitó como un salmo:
-¡No hay felicidad como la de contribuir a la dicha de nuestros preferidos!
Alba-Longa les mostró las acacias y celindas de su jardín en la travesera del cercado episcopal. No había en todo Oleza lugar de tan recogida elegancia como esta calle. Bien podía agradecérsele a don Cruz la fineza del hallazgo del piso. Pero el canónigo no veía ningún mérito en su conducta. Era el administrador de esta finca y de todas las de la testamentaría de la señora Salazar.
-¿Sabe de qué señora Salazar, don Daniel?
Don Daniel miraba el voladizo de la galería, el jardín hondo, las huertas de la otra margen del río, los palomos de una cercana azotea, los pobres palomos que sólo conocían el cielo interior de Oleza...
-¿Sabe qué señora Salazar digo?
Don Álvaro tocó al hidalgo para que atendiese.
Y prosiguió don Cruz:
-Digo de doña Luisa Salazar, viuda de Altolaguirre; doña Luisa, modelo de firmeza y decoro de madre, que habiendo sido agraviada por su hijo, hijo único, ya nunca le habló. Llorando y arrastrándose le pedía perdón. Pero doña Luisa le miraba como si no le conociese; y él no pudo resistir el castigo del silencio y se ausentó de su casa y de Oleza. Vivió sola doña Luisa muchos años. Yo la asistí en su muerte. Acudió el arrepentido. La cuidó y veló con ternura verdaderamente filial, lo confieso; y viéndola ya en la agonía, la besaba con locura, tomándole el rostro para volvérselo y acercárselo al suyo, implorándole que, al menos, pronunciase su nombre, nada más su nombre. Se sintió el ruido del cuello de la señora como si se lo descoyuntara por el esfuerzo de doblarlo hacia la pared; y así entregó su espíritu en las manos del Señor. El hijo no logró oír la voz de la madre, y murió pronto.
Don Álvaro ensalzó el heroísmo de la señora, el verdadero heroísmo de una madre digna.
-¡Pero qué pocas madres sufren con esa dignidad su pena! -dijo Elvira, acerándose toda.
Don Daniel y Paulina se juntaron más, asomándose a la habitación inmediata, que era la sala de labor, y luego el hidalgo volviose a todos.
-Yo no sé, pero estos muebles son demasiado obscuros, y la casa no parece casa para novios...
-¡Estos muebles -interrumpiole Elvira con tono de compunción- están muy enfrente de los de Casa-Lóriz! ¡Pero estos muebles pertenecieron a mis padres!
Añadió el penitenciario que era prueba de amor a su memoria y de sencillez cristiana el traerlos para principio del nuevo hogar -y miraba con queja a don Daniel.
Don Daniel apartose ya casi reverente y curioso del menaje de los hermanos de Gandía. ¿Dónde estaría su dormitorio, su dormitorio en las noches de Navidad y de Semana Santa y en las noches de lluvia que no le dejaran marcharse solo a la hacienda? Del lado del río que no le diesen ningún aposento, siquiera fueran los más abrigados por el sol. Ese ruido de las aguas le traería insomnios o pesadillas. Más lejos de la ribera estaba su casona, y, en los temporales y crecidas, le despertaba el trueno de la corriente. Y entró en las tres habitaciones que colgaban sobre el huerto; la de los cofres y arcas; la de costura, con sillas de enea, un velador con dos caracoles como cráneos y el tabaque y dos butacas de piel que tenían ruedecitas para transportarlas; y el oratorio: una mesa de altar aldeano, con floreros metálicos y Nuestra Señora del Carmen sentada entre los llameantes cuerpos desnudos de las Ánimas del Purgatorio. A los lados, un ángel con una lámpara azul. Un óvalo de vidrio protegiendo el dibujo del panteón familiar de Gandía, entre un ciprés y un sauce, todo tejido con cabellos de la madre.
Pasillos con cuartos lóbregos de muebles lisiados que tenían un gesto de cansancio y desgracia.
Don Daniel bajó al entresuelo. Tenía dos rejas; las dos del despacho: todo negro y cuero; un mueble de herrajes; un óleo del augusto matrimonio desterrado, encima de un trofeo de gumías y pedreñales; una espada, una boina, un estribo del caballo que montaba el amado príncipe.
Detrás estaba el dormitorio nupcial, con su lecho eminente de cortinas, un sofá de damasco amarillo, un lavabo-cómoda de roble, sin luna, y un Cristo enclavado, grande, como una cruz de coro.
Después el comedor, vestido de cretona; los ángulos, de alacenas; la mesa, lisa, sobre un felpudo de esparto y presidida por un sillón rural.
¿Dónde estaría su dormitorio? Recordó que había bajado sin ver las altas estancias de balcón a la calle de Palacio.
¿Es que le reservaban la alcoba de la sala? ¡Pues de ninguna manera había de consentirlo! Claro que esa alcoba era la de respeto, según usos de Oleza y quizá de Gandía; pero don Daniel se despojaba de su título y preeminencia de huésped jerárquico. Quería alcoba de abuelo.
Y subió a la sala, enfundada de una blancura tiesa. Se le quedaron mirando los padres de don Álvaro; dos pinturas descoloridas, con orla de talla dorada: el caballero, desencajado y lívido, se parecía a la hija; la señora, de una belleza monjil, de ojos un poco oblicuos, lucía una joya de ocre, recia, pesada, partiéndole los senos tímidos bajo el cendal de la basquiña. En la consola brillaba la urna de la Virgen de los Dolores, de faz de difunta en un losange de terciopelo negro, y el corazón de plata transido por los siete puñales, pero resplandecía como si se lo traspasasen muchas más espadas de dolor. Toda la imagen tenía una greca de pensamientos, que también miraban como los rostros de los padres de don Álvaro.
Don Daniel asomose a otra alcoba. Vio una cama con telliza de malla y seda, un armario con ropas de mujer, una Purísima de yeso en una mesa de marquetería, y a sus pies, una palmatoria hecha de una perdiz embalsamada, con el hueco de la vela en medio de las alas. Era la habitación de Elvira.
¿Dónde estaría, entonces, su dormitorio para las noches de Navidad y de lluvia; para las noches que se quedase en Oleza esperando que su hija le diese el primer nieto?...
Y volvió a recorrer los dos pisos; y no estaba.