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Arbó, que había escrito espléndidas narraciones de ambiente rural, vuelve ahora hacia una tragedia acaso más honda que las que narra de su bajo Ebro; más honda, porque el ensañamiento del hombre se ceba en pobres gentes inofensivas o porque la monstruosidad de los niños da una imagen mucho más agria del vivir de los hombres. Posiblemente la ternura que emana esta novela procede del deliberado desajuste que Arbó ha hecho existir entre la desalmada realidad y la bondad de unos cuantos seres humildes; de cómo ha logrado su propósito podrían hablarnos las últimas páginas de su novela.

 

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María Molinari es una novela de grandes pretensiones. Los personajes que en ella vienen pertenecen a un mundo (burguesía, artistas, críticos) en el que es fácil la especulación intelectual o a través del cual nos podemos asomar, objetivamente, a miasmas sociales. Estos dos polos tan distantes permiten una rica gama de circunstancias y de tipos; gracias a ello, la vida de Barcelona queda prendida en sus variadas manifestaciones: exposiciones, representaciones teatrales, espectáculos, reuniones, cenáculos. Sin embargo el procedimiento literario tiene su riesgo y coloca al autor en situaciones comprometidas, que, por otra parte, sirven para situar, redirectamente, el relato: críticas contra el existencialismo, referencias a películas. Naturalmente, todos estos elementos y otros que puedo aducir (censura de nuestra organización social, la evolución del maquinismo, la novela -una vez más- como espejo callejero (p. 84, 144-150), ayudan a dar el íntimo retrato de la ciudad, finamente captada en su apariencia y en su paisaje. Es obvio decir que la novela no sería tal si en ella no encontráramos otras referencias que las señaladas. Hay una trama que vitaliza los cuadros; un argumento que mantiene tenso nuestro interés a lo largo de las páginas y que lleva -como siempre en Arbó- a trágicos desenlaces.

 

53

María Molinari, p. 317.

 

54

La dama errante, apud O. C., II, p. 231 a.

 

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También, como ocurría con Joaquín Rius, la historia grande está en nosotros mismos. La guerra civil lo era -antes de las armas- en el espíritu de muchas gentes (el mismo paralelismo entre nación e individuo está en su novela La marea). Por eso, Ignacio Alvear ve y está ciego, camina y no sabe a dónde van sus pasos, cuando tiende la mano no encuentra sino humo. Una carta de Santiago, aducida por el autor, podría sernos clave:

¿Dónde nacen las riñas y pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales hacen la guerra en vuestros miembros?



En la trilogía Adventures of a Young Man, Number One, The Grand Design, Dos Passos había utilizado procedimientos semejantes a los de Agustí y Gironella: una familia -la Spot-wood- centra el desarrollo de una evolución social y política.

 

56

El mundo escondido del que escribe su propia biografía, p. 202. Cfr. también I. Brown, ¿Y por qué no escribir sobre los narcisos? p. 46. Ambas referencias en la op. cit. de Brown, Literatura contemporánea.

 

57

La novela moderna en Norteamérica (1900-1950), Barcelona, 1955, p. 36.

 

58

Divagaciones apasionadas (O. C., V, 499 b).

 

59

Citado por Zunzunegui en una reseña de Zarabanda de Darío Fernández Flórez (vid. Crítica al viento, p. 451).

 

60

En la obra de la nota anterior, p. 455.

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