31
Barcelona, 1951.
32
Véase, por ejemplo, la descripción de una vendimia en las p. 145-146.
33
Vid. p. 50, 77, 118, passim. Nada de esto cae en otra vertiente distinta de lo que es la novela. Hay una exacta adecuación entre el tema y el utensilio: la autobiografía, mejor, la confesión sincerísima (cuando voy a morir), necesita de estas evocaciones. Y el recuerdo se va deteniendo en esos pocos remansos de luz que salpicaron una vida mecida siempre en sombras. La técnica novelesca se ha valido de esas escapadas hacia un mundo de pureza (el recuerdo poetizado, la emoción enmudecedora y, como apoyo, un lenguaje de nitidez y de vibraciones) para darnos el mejor contraste de la vida llevada en el dolor. La sombra en la zozobra de cada día o en la congoja asfixiante de un pueblo achicharrado por el sol o por las malas heces. Entonces este médico que agoniza es, lo dice alguien, «un buen muchacho destrozado por el dolor».
34
Palabras finales de La úlcera.
35
Crítica al viento, p. 48.
36
Barcelona, s. a., terminada de escribir en enero de 1946. Karú-Kinká es la historia, riquísima en tipos y accidentes de la colonización de la Tierra del Fuego. Allí, acaballados siempre sobre dos fronteras (la del bien y la del mal, la de la generosidad y la de la codicia, la del amor y la del odio) viven buscadores o estancieros, comerciantes o marinos, blancos de todas las sangres o indios patagones. La novela responde al criterio clásico, con su argumento sin quiebra y con la unidad central a la que se someten todos los episodios. Sin embargo, la narración es el canto ambicioso de una empresa gigantesca en la que los hombres -como trigo en sembradura- van dejando su sangre en los eriazos o sus carnes entre los troncos de las araucarias. Canto épico en el que los colonizadores van ganando palmo a palmo la tierra de conquista y en el que los indios -a fuerza de sangre- hacen amar el terruño que adquieren. Como en una tragedia antigua, la voz de la estirpe resuena en los lamentos del coro, la india Yompsen, superviviente de un crimen atroz, cuyo destino es inculcar a Onson, su nietecillo, el odio a los ladrones de tierra, y como en una tragedia antigua, en camino la venganza, la vida sobra a quien sólo vivió con la espera del tibio fulgor de la sangre. Estos son los dos elementos que componen la novela: la historia de Mackenzie y MacLennan, narrada en su plenitud humana, con enmarañamientos y vinculaciones; la codicia de la venganza, ensordinada la voz, de una tragedia que bordoñea el fondo de una abigarrada multitud de gentes. Todo ensartado por la maestría de narrador que -desde los tiempos de Marcos Villorí- acredita a Bartolomé Soler. En el fondo, pienso en Frank Norris (The Wave) o Jack London (The Sea-Wolf), entre muchas novelas.
37
Barcelona, 1945. Con La llanura muerta volvemos a Sudamérica. Son ahora las salitreras de Chile. Y otra vez, sobre la dura tierra en que el hombre se aniquila.
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(Yo vi el trabajo de los derripiadores, que dejan sumida, en el manejo de la madera de la pala, toda la huella de sus manos) |
la presencia viva de unas gentes o el recuerdo actualizado de seres y tierras muy distantes. De nuevo aquí la energía de un héroe -George Watkins- pero, trágicamente, su vencimiento por pequeñas y grandes villanías. Toda la novela está ensartada por el amor o el odio a esta tierra que devora hombres, pero a la que el hombre domeña y, a zaga de este sentido telúrico -repetido siempre en nuestras novelas de ambiente americano- el canto épico a la misión del hombre sobre la tierra:
| (5.ª edic., p. 63-64) | ||
Y de nuevo pienso en la novelística norteamericana: ese «místico amor temor de la tierra», que -como vendaval- pasa por las novelas que M. Roberts dedica a su Kentucky natal.
38
La vida encadenada está narrada en primera persona. Guillermo Olivares cuenta su vida, pero ésta queda oscurecida por la luz vivísima que proyecta la presencia de su madre. En realidad, no es otra cosa que la vida -sostenida a golpes de rebenques contra todos los desmayos- de María Isabel de Alcaraz y Robledo. Más de seiscientas páginas nos narran su azacaneado vivir: desde el marido muerto en adulterio con la garganta segada por una hoz vengadora, hasta el día en que, acabadas todas las fuerzas, se abate la mano sobre la cabeza del hijo a quien quería bendecir. Entre los dos hitos, una vida de tensión continua y de vigilancia sin que la lograra vencer, ni una sola vez, la tempestad embrutecida o el huracán que contra ella hostigaba. Con dureza o con ternura, María Isabel, defendió su honestidad y dejó rica siembra de abnegaciones; cuando el cerco se apretó con artes innobles y en el asedio podían hundirse su virtud o la honra de su hijo, María Isabel, la hembra brava, mató. Esta figura es paralela de aquella otra Ana Paz Olmedo que aparece en Patapalo, pero más acabada, más ambiciosamente vista, figura que, como clave de bóveda, sostiene y condiciona el vivir de los demás. El entronque clásico de María Isabel no sería difícil de buscar; es, igual que otros muchos casos del romancero o del teatro de nuestro XVII, un caso egregio de algo que podríamos llamar «viragos espirituales»; ella, y no los hombres, encierra una serie de las nobles atribuciones y de la enérgica decisión que solemos llamar hombría. Sobre la línea inquebrantable de la vida de esta Doña Urraca de Castilla inciden las luces que proyectan tantos seres -desdichados o felices, buenos o malos- y a los que María Isabel conforma por medio de su vivísimo resplandor. Con razón pudo decir Guillermo Olivar, el hijo medroso y sin voluntad que le cupo en suerte:
Mi madre fue como una especie de fortaleza acechada siempre. Sin embargo, ninguno de sus adversarios halló su punto vulnerable. Resistió impasible toda suerte de ataques y de sitios. A cada asedio reaparecía más erguida, más segura de sí misma, aceptando como acontecimiento lógico o inevitable el rodeo sensual de que era objeto. Si algo la envanecía no era el rastro de admiración y de deseo que levantaba a su paso, sino su mismo triunfo sobre su propia carne.
(p. 85).39
Vid. de modo especial la p. 144.
40
Mrs. Calwell habla con su hijo, Barcelona, 1953, p. 12.