Miguel Hernández Giner. "Perito en lunas". Ediciones Sudeste. Murcia [Reseña]
Pedro Mourlane Michelena
Miguel Hernández Giner. "Perito en lunas". Ediciones Sudeste. Murcia Don Miguel Hernández -nos informa en el prefacio de este libro D. Ramón Sijé-, nacido el 30 de octubre del año de gracia poética de 1910 en Orihuela, lugar situado a 50 kilómetros de Alicante, a 30 de Murcia, ha resuelto técnicamente su agónico problema: conversión del sujeto en objeto poético. Porque la poesía y su poesía, «musculatura marina de grumete, es "tan solo" trasmutación, milagro y virtud». Como se ve, el clima de este libro es el del entusiasmo, y no será nuestra pluma la que descorazone a un poeta sin edad. Hernández Giner muestra, por otra parte, disposiciones felices para la escritura en verso. No estamos siempre en posesión de las claves del «arte poética» en que Hernández Giner se ha graduado. Aún podremos, con todo, comprender estas rimas arcanas del poeta orcelitano. Existen iniciaciones tardías, y por otra parte, el atajo de la captación infusa nos tienta. Para admirar, podría añadirse, no es indispensable comprender, y la razón se inhibe no pocas veces en los juegos del arte. Anuncian un poeta de los elegidos las octavas del volumen, en las que hay versos de belleza imperiosa, Veamos esta octava: Hay un constante estío de ceniza para curtir la luna de la era,
más que aquella caliente, que aquel iza,
y más, si menos, oro, duradera.
Una imposible y otra alcanzadiza,
¿hacia cuál de las dos haré carrera? ¡Oh tú, perito en lunas, que yo sepa
qué luna es de mejor sabor y cepa! O esta otra: Anda, columna, ten un desenlace
de surtidor. Principia por espuela.
Pon a la luna un tirabuzón. Hace
el camello más alto de canela.
Resuelta en claustro, viento esbelto pace
oasis de beldad a toda vela;
con gargantilla de oro en la garganta fundada en ti, se iza la sierpe y canta. Ese primer verso que vuelve, «Anda, columna, ten un desenlace de surtidor», es un prodigio de gracia, aunque nosotros, fieles a nuestra doctrina estética, no le pidamos jamás a la columna que desmaye de su firmeza. No es doctrina, que es, a lo mejor, algo que sigue al enfriamiento del alma lo que hay que pedirle a un poeta, y menos a un poeta de veintidós años. «Perito en lunas» es, en suma, un libro que cuenta con nuestra atención afectuosa. Es posible que la poesía de Hernández Giner no sea aún, como quiere Sijé, «trasmutación, milagro y virtud». Eso es ya todo lo que puede ser la poesía. Pero «Perito en lunas» nos descubre a un poeta indudablemente dotado. No es poco. |
