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ArribaAbajoCapítulo IV

Obstáculos en equipar a la Escuadra.- Se hace a la vela la expedición libertadora.- Desembarque en Pisco.- Prolongada inacción del ejército.- Se traslada a Ancón el general San Martín.- Captura de la «Esmeralda».- Canjes de prisioneros.- Reconocimiento de aquel servicio por el general San Martín.- Visita de la condesa Cochrane a Mendoza.


Muy grandes fueron las dificultades que se experimentaron en equipar a la Escuadra y a las tropas destinadas a libertar al Perú, no teniendo crédito el Gobierno en tanto que su tesoro estaba completamente agotado por los esfuerzos hechos para organizar un ejército, siendo imposible negociar un empréstito que, en verdad, ya había sido denegado. Por la influencia que yo tenía con los negociantes ingleses había podido obtener un buen acopio de pertrechos navales y militares, consiguiendo además contribuyesen a una suscripción que se había abierto, en lugar de recurrir a un empréstito forzoso que el Gobierno no se atrevía a ensayar.

La mayor dificultad, sin embargo, era con respecto a los marinos extranjeros, quienes, disgustados de que no se les guardase fe rehusaban servir de nuevo.

En vista de esto, el Gobierno me pidió los reclutase contra su voluntad, lo que rehusé, haciéndole presente que el comandante de la fragata británica que estaba a la sazón en el puerto no permitiría que se hiciese una leva de sus compatriotas.

El medio propuesto al fin fue que yo ejerciese toda mi influencia con los hombres, dirigiéndoles una proclama que yo dictaría, de modo que pudiese depender del general San Martín el pago de sus salarios y de los premios de presas cuando la expedición se hubiese efectuado, porque era evidente que no tendrían ya más fe en las promesas del Gobierno.

Se dio, por lo tanto, una proclama en nombre del general San Martín y en el mío, añadiendo mi firma como garantía, mientras que aquél firmaba en su carácter de comandante en jefe.

El párrafo siguiente hará ver la naturaleza de dicha proclama:

«Al hacer mi entrada en Lima pagaré con puntualidad todos los atrasos devengados a cada uno de los marineros extranjeros que se alistaran voluntariamente en el servicio de Chile dando también a cada individuo, según su clase, la paga entera de un año, además de sus atrasos, como premio o recompensa de sus servicios, si continuasen llenando sus deberes hasta el día en que se rinda aquella plaza y sea ocupada por las fuerzas libertadoras.

Firmado:

JOSÉ DE SAN MARTÍN.-
COCHRANE.-»

Esta proclama produjo el efecto deseado, completándose inmediatamente las tripulaciones de los buques.

Ascendían las fuerzas chilenas a 4.200 hombres, siendo nombrado capitán general de ellas el general San Martín, con gran contrariedad del general Freire.

Se dio a la fuerza de su mando el título de Ejército Libertador.

Mientras se estaba preparando la expedición hizo el supremo director conocer al pueblo peruano el objeto para qué la enviaba, y para que no tuviese ningún recelo de su presencia había manifestado sus intenciones en una proclama general, de la cual tomamos el acápite siguiente:

«¡Peruanos! No creáis que pretendemos trataros como a un pueblo conquistado.

Tal deseo sólo podría hallar abrigo en el ánimo de aquéllos que detestan nuestra común felicidad.

Aspiramos únicamente a veros libres y dichosos; vosotros mismos estableceréis vuestro Gobierno, escogiendo aquella forma que más se adapte a vuestras costumbres, a vuestra situación y a vuestros deseos.

Por consiguiente, constituiréis una nación tan libre e independiente como nosotros mismos».

Es preciso no perder de vista ésta y otras proclamas que se siguieron, pues su resultado de ningún modo correspondió a las intenciones del supremo director, de cuyos rectos designios no hicieron después caso los que solamente consideraban al Perú como un campo para hacer medrar su ambición.

Los oficiales chilenos, tanto nativos como extranjeros, creían ciertamente en la sinceridad de sus jefes; pero debían más tarde sufrir un terrible desengaño respecto a su jefe principal.

El 21 de agosto de 1820 se dio la Escuadra a la vela en medio de las aclamaciones entusiastas del pueblo, el cual se enorgullecía de ver que en tan poco tiempo, no sólo había sido humillado el poder español, sino que también se hallaba en el caso de enviar un ejército para libertar al principal Estado que quedaba bajo la antigua dominación.

El 25 la Escuadra hizo vela hacia Coquimbo para tomar a bordo otro batallón.

El 26 volvieron a desplegar velas, y el general San Martín me hizo conocer su intención de dirigirse con el cuerpo principal del ejército a Trujillo, plaza distante cuatro grados a sotavento de Lima, en donde aquél no podía obtener ventaja alguna, ni hallar en verdad nada que hacer, excepto el permanecer allí a cubierto de todo ataque por parte de los españoles, quienes no podían penetrar por tierra, en tanto que la Escuadra podía protegerlo por mar.

Al hacer presente al general San Martín que su determinación causaría el mayor descontento entre los oficiales y soldados chilenos, quienes esperaban ser desembarcados y que al instante se les llevase sobre Lima, para cuya conquista eran más que suficientes, consintió en abandonar su plan de ir a Trujillo, pero se negó resueltamente a desembarcar su gente en las inmediaciones de Lima.

Qué motivo tuviera para ello, no pude entonces adivinarlo.

Mi plan era desembarcar la fuerza en Quilca, el punto más inmediato al Callao, y apoderarme sin tardanza de la capital, empresa de ningún modo difícil y segura de un buen éxito.

Hallando que todo razonamiento era infructuoso nos dirigimos a Pisco, donde llegó la expedición el 7 de septiembre, y el 8, con gran sentimiento mío, se desembarcaron las tropas, permaneciendo cincuenta días en total inacción, excepto el haber despachado al interior al coronel Arenales con un destacamento, el cual, después de derrotar a un cuerpo de españoles, tomó posiciones al Este de Lima.

Aún al llegar a Pisco, el general San Martín no quiso entrar en la villa, aunque las fuerzas españolas no consistían más que en 300 hombres escasos.

Haciendo desembarcar las tropas al mando del mariscal de campo, Las Heras, se fue costa abajo con la goleta Moctezuma; los habitantes, entre tanto, se retiraron al interior, llevándose consigo sus ganados, esclavos, y aún los muebles de sus casas.

Este exceso de precaución causó gran descontento en el ejército y la Escuadra, pues contrastaba de un modo extraño con la primera toma de la plaza, el año anterior, por el teniente coronel Charles y el mayor Miller, con su puñado de hombres.

Cuando volvió el general San Martín manifestó sentir muchísimo la partida de los habitantes y la pérdida consiguiente de abastecimientos.

En vez de atribuir esto a sus tardíos movimientos, dijo que no podía creer en los partes recibidos del Perú, relativos a las disposiciones pacíficas de los habitantes, teniendo, por lo tanto, aún sus dudas respecto al buen éxito de la expedición.

Era de la más alta importancia el haber tomado inmediatamente la plaza y conciliádose el ánimo de los habitantes, pues los buques estaban escasos de provisiones y casi enteramente desprovistos de lo más necesario.

Una detallada narración de la toma de la plaza fue, sin embargo, transmitida a Santiago, insertándose en el órgano oficial como la primera hazaña de la gran expedición.

Durante estos cincuenta días la Escuadra había también tenido necesariamente que permanecer inactiva, no habiendo hecho más que capturar algunos buques mercantes a lo largo de la costa, e ir infructuosamente en pos de las fragatas españolas Prueba y Venganza, que no continué persiguiendo por correr riesgo los transportes durante mi ausencia.

Este retardo fue causa de los más aciagos desastres que pudieron sobrevenir a la expedición.

El pueblo ansiaba recibirnos, y, no calculando la tardanza del general San Martín, se declaraba por todas partes en nuestro favor; mas como no tenía apoyo, el virrey lo aprisionaba y sometía a castigos corporales.

Haciéndose con esto más circunspecto, desconfiaba naturalmente de la expedición, que estaba malgastando su tiempo en Pisco, y manifestaba repugnancia en proporcionarnos los auxilios necesarios; por lo cual se le trataba, por mandato del general San Martín, con rigor militar.

Viéndose de este modo acosados los peruanos, principiaron a considerar a los chilenos como opresores en común con los españoles, con no pequeño riesgo de perder todo deseo de independencia nacional.

A pesar de todo esto, a su llegada a Pisco el general San Martín había promulgado una proclama del supremo director, poniendo por testigo a Dios y a los hombres, con respecto a las rectas intenciones del Gobierno chileno.

He aquí uno de sus párrafos:

«¡Peruanos!

Aquí tenéis las obligaciones bajo las cuales Chile, en presencia del Ser Supremo, y llamando por testigo a todas las naciones para que venguen cualquiera infracción a este pacto, se empeña en ayudaros sin temor de la muerte ni de los peligros.

Seréis libres e independientes.

Elegiréis vuestro propio Gobierno y haréis vuestras leyes por la voluntad espontánea de vuestros representantes.

Ninguna influencia militar o civil, directa o indirecta, pondrán en juego vuestros hermanos para modificar vuestras tendencias sociales.

Despediréis la fuerza armada que se os envía en ayuda cuando lo creáis oportuno, sin miramiento a lo que podamos pensar respecto de vuestro peligro o seguridad. jamás fuerza militar alguna ocupará el territorio de un pueblo libre, a menos que no sea pedida por vuestros legítimos magistrados.

Ni por nosotros ni con nuestra ayuda se castigarán las opiniones de partido que hayan podido existir antes de haceros libres.

Preparáos a rechazar cualquier fuerza armada que intente oponerse a vuestros derechos.

Os suplicamos olvidéis todos los agravios anteriores al día de vuestra gloria, a fin de reservar la más severa justicia a la pertinacia y a la opresión».

Tales eran los alicientes que se ofrecían al pueblo peruano, y tal era su primera experiencia con respecto a sus libertadores.

Con todo, en medio de la inacción misma, pronto se manifestaron los frutos de semejante manifestación; el 14 de octubre llegó un buque a Guayaquil con la noticia de que tan pronto como se supo que la expedición se había dado a la vela, aquella provincia se había declarado independiente.

Al recibo de esta agradable noticia volví a suplicar al general San Martín mandase embarcar de nuevo las tropas y nos dirigiésemos a Lima, Al fin logré se pusiese en movimiento.

Antes de partir dio la siguiente proclama el general San Martín, la cual inserto aquí sólo para que se vea cómo promesas tan solemnemente hechas podían luego romperse:

«¡Peruanos!

He pagado el tributo que, como hombre público, debía a las opiniones de los otros, y he mostrado cuál es mi misión cerca de vosotros.

Vengo a llenar los deseos de todos aquéllos que quieren pertenecer al país en donde han recibido el ser y que desean ser gobernados por sus propias leyes.

El día en que el Perú se decida libremente respecto a la forma de sus instituciones, cualesquiera que éstas sean, mis funciones habrán terminado y tendré la gloria de anunciar al Gobierno de Chile, cuyo súbdito soy, que sus heroicos esfuerzos han recibido por fin el consuelo de haber dado libertad al Perú y seguridad a los Estados vecinos».

Habiéndose reembarcado las tropas, salimos de Pisco el 28, y al día siguiente echamos ancla delante del Callao.

Después de haber reconocido las fortificaciones, volví a urgir al general San Martín mandase al instante desembarcar la fuerza; pero se opuso a esto del modo más enérgico con gran contrariedad de toda la expedición, insistiendo en ir a Ancón, plaza algo distante hacia el norte del Callao.

Como yo no tenía autoridad sobre la disposición de las tropas, me vi obligado a someterme y el 30 destaqué el San Martín, Galvarino y Araucano para conducir los transportes a Ancón, quedándome con el O'Higgins, Independencia y Lautaro como dispuesto a bloquear.

Lo cierto fue que, estando disgustado, como toda la expedición, por la irresolución del general San Martín, me había propuesto que los recursos que con tanta dificultad nos suministrara Chile no se disipasen totalmente sin hacer algún esfuerzo para conseguir los objetos de la expedición; en consecuencia formé un plan de ataque con los tres buques que me habían quedado, sin mencionar siquiera mis intenciones al general San Martín, temeroso de que se opusiera a mis designios.

Estos consistían en cortar la fragata Esmeralda al pie de las fortificaciones y apoderarme también de otro buque a cuyo bordo, según tenía informes, se había embarcado 1.000.000 de pesos, para ponerlo en salvo si se hacía necesario. Mi opinión era que, si salíamos bien de semejante determinación, los españoles no titubearían en rendir o abandonar la capital.

La empresa era arriesgada, puesto que desde mi última visita la posición de los enemigos se había reforzado, teniendo nada menos que 300 piezas de artillería montadas en la costa, en tanto que la Esmeralda estaba atestada de los mejores marineros y oficiales que podían procurarse, durmiendo cada noche en sus cuadras.

Además, estaba defendida por una fuerte barrera formada con cadenas y con pontones armados, hallándose toda circundada de veintisiete lanchas cañoneras, de modo que no había buque que pudiera llegar a ella.

Pasamos tres días ocupados en hacer nuestros preparativos, sin dar a conocer el objeto con que se hacían.

En la tarde del 5 de noviembre se hizo saber por la siguiente proclama:

«¡Soldados de Marina y marineros!

Esta noche vamos a dar un golpe mortal al enemigo, y mañana os presentaréis con orgullo delante del Callao; todos vuestros camaradas envidiarán vuestra buena suerte.

Una hora de coraje y resolución es todo cuanto se quiere de vosotros para triunfar.

Recordad que habéis vencido en Valdivia, y no os atemoricéis de aquéllos que un día huyeron delante de vosotros.

El valor de todos los bajeles que se cogerán en el Callao os pertenecerá; se os dará la misma recompensa que los españoles ofrecieron en Lima a aquéllos que capturasen cualquiera de los buques de la Escuadra chilena.

El momento de gloria se acerca y espero que los chilenos se batirán como tienen de costumbre, y que los ingleses obrarán como siempre lo han hecho en su país y fuera de él.

COCHRANE».

Al expedir esta proclama se había convenido en que yo mandaría el ataque en persona, y que tomarían parte en él los que voluntariamente quisieran hacerlo.

A lo cual todos los marinos y marineros a bordo de los tres buques se prestaron gustosos a acompañarme.

Como esto no podía permitirse, se escogieron 160 marineros y 80 marinos, y después de anochecer se embarcaron en 14 botes al costado de la almiranta, cada hombre armado con machete y pistola, y para distinguirse iban vestidos de blanco con una franja azul en el brazo izquierdo.

Esperaba que los españoles estuviesen desprevenidos, pues por vía de estratagema había hecho salir de la bahía a los otros buques a cargo del capitán Foster, como que iban a perseguir algún buque que se veía a lo largo, a fin de hacer creer a los españoles que por aquella noche estaban libres de ataque.

A las diez de la noche todo estaba pronto.

Los botes fueron formados en dos divisiones: la primera, mandada por mi capitán de bandera, Crosby, y la segunda, por el capitán Guise; mi bote rompía la marcha.

Se había mandado guardar el más riguroso silencio y el hacer uso solamente del machete; de suerte que, como los remos estaban forrados de lona y la noche era obscura, el enemigo no tenía la más ligera sospecha del ataque que le amagaba.

Era exactamente medianoche cuando llegamos junto a la pequeña abertura dejada en la barrera, faltando poco para que se frustrase allí nuestro plan por la vigilancia de un guardacostas, contra el que, afortunadamente, tropezó mi lancha.

Diéronnos al instante el «¡quién vive!», al que respondí a media voz, amenazando dejar al punto sin vida a cuantos había en el bote si daban la más pequeña alarma.

No hicieron resistencia, y en pocos minutos se hallaban nuestros valientes formando una línea al costado de la fragata, abordándola a un mismo tiempo por diferentes puntos.

Los españoles fueron enteramente cogidos de sorpresa, estando todos, excepto los centinelas, durmiendo en sus cuadras; grande fue la mortandad que entre ellos hicieron los machetes chilenos mientras volvían en sí.

Retirándose al castillo de proa, hicieron allí una sostenida defensa, y sólo a la tercera carga pudo ganarse la posición.

El ataque se renovó por algún tiempo en el alcázar, en donde los marinos españoles cayeron hasta el último hombre; el resto del enemigo saltó a la mar o a la bodega para escapar al furor de los patriotas.

Al abordar la fragata por las amarras principales caí de espalda de un culatazo que me dio el centinela, y dando sobre un tolete del bote la punta me entró por la espalda, junto a la espina dorsal, causándome una grave herida, de la que padecí por muchos años después.

Poniéndome al instante de pie, volví a subir sobre el puente, y entonces recibí una herida en un muslo; pero atándomela con un pañuelo pude, aunque con mucha dificultad, dirigir el ataque hasta el fin.

No omitiré mencionar que el teniente Grenfell, que bizarramente mandaba uno de los botes, cayó herido en este asalto.

Toda esta refriega no duró más que un cuarto de hora, siendo nuestra pérdida once muertos y treinta heridos, en tanto que la de los españoles era de 160, muchos de los cuales cayeron bajo el machete de los chilenos antes de que pudiesen correr a las armas.

Valor como el que mostraron nuestros valientes nunca lo había visto.

Antes de abordar se había señalado a cada uno lo que tenía que hacer, encargando a una partida el apoderarse de las cofas.

Apenas haría un minuto que estábamos en el puente cuando di voz a la cofa de trinquete, al instante me respondieron nuestros hombres; con igual prontitud me respondieron de la cofa mayor de la fragata.

No habrá tripulación de buque de guerra inglés que pueda cumplir órdenes con mayor exactitud.

El tumulto pronto alarmó a la guarnición, la cual, precipitándose sobre sus cañones, principió a tirar contra su misma fragata, haciéndonos así un cumplimiento por haberla tomado; bien que en este caso debían suponer que estaban aún a bordo sus propios hombres, y hacer fuego sobre ellos era un procedimiento indigno, pues muchos de los españoles cayeron muertos y heridos de los tiros de la fortaleza, entre ellos el capitán Coig, comandante de la Esmeralda, quien, después de estar prisionero, recibió una grave contusión de una bala de su propio partido.

Llegamos, sin embargo, a desviar los tiros de la fortaleza por un medio ingenioso.

Durante la refriega estaban presentes dos buques de guerra extranjeros, la fragata Macedonia, de los Estados Unidos, y la fragata inglesa Hyperion; éstas, según habían convenido de antemano con las autoridades españolas, en caso de un ataque de noche, alzaron luces particulares como señales para que no se las hiciera fuego.

Estando preparados para esta contingencia, en el instante que la fortaleza comenzó a tirar sobre la Esmeralda izamos iguales luces; de modo que la guarnición se veía perpleja, sin saber sobre qué buque dirigir sus fuegos, teniendo así que participar del daño que se nos intentaba hacer, la Macedonia e Hyperion, que recibieron varios balazos, quedando la Esmeralda comparativamente intacta.

En esto, las fragatas neutrales cortaron sus cables y tomaron el largo; el capitán Guise había también cortado los de la Esmeralda, contra mis órdenes, de modo que no nos quedó más que largar las gavias y seguir, cesando entonces la fortaleza de hacer fuego.

Mis órdenes eran no cortar los cables de la Esmeralda sino después de haberla tomado, capturar el Maipú, bergantín de guerra que antes habían cogido a Chile, y enseguida atacar y cortar a la ventura todo buque que estuviese inmediato, teniendo para ello demasiado tiempo, pues no cabía duda que cuando la Esmeralda cayese en nuestro poder los españoles abandonarían los otros buques con la precipitación que les permitieran sus botes; de manera que todos podrían ser cogidos o quemados.

A este fin se habían dirigido todos mis anteriores planes; pero encontrándome fuera de combate por mis heridas, el capitán Guise, en quien recayó el mando de la fragata apresada, creyó poder obrar según su propio dictamen y se contentó con la Esmeralda sola, cortando sus cables sin mi permiso y dando por razón que los ingleses habían forzado el almacén del aguardiente y se estaban embriagando, mientras que los chilenos andaban desorganizados con el pillaje.

Esto fue un gran error, pues si pudimos capturar la Esmeralda, a pesar de su escogida y bien disciplinada tripulación, hubiera habido poca o ninguna dificultad en echar sucesivamente los otros buques al garete.

Esto hubiese sido una segunda derrota de Valdivia, persiguiendo al enemigo, sin pérdida nuestra, de buque en buque, en lugar de hacerlo de fuerte en fuerte.

Los siguientes párrafos de la orden que se dio antes del ataque demostrarán claramente cómo se frustró el plan de haberse cortado los cables de la Esmeralda:

«Al apoderarse de la fragata, los marineros y marinos chilenos no gritarán '¡viva Chile!', a fin de engañar al enemigo y dar tiempo a que se complete la operación, gritarán: '¡Viva el rey!'

La fusilería hará fuego desde la Esmeralda sobre los dos bergantines de guerra, de los que se apoderarán los tenientes Esmond y Morgell con los botes de su mando; esto verificado, les cortarán las amarras, sacándolos afuera, y los fondearán a lo largo lo más pronto posible.

Los botes de la Independencia echarán al garete todos los buques mercantes españoles, y los botes del O'Higgins y del Lautaro, a las órdenes de los tenientes Bell y Robertson, prenderán fuego a uno o más cascos de los más avanzados; pero a éstos no se les dejará ir al garete, a fin de que no vayan a caer sobre los demás.

Cortando los cables de la Esmeralda, ninguno de estos objetos se consiguió.

La fragata capturada se hallaba lista para salir a la mar, teniendo a bordo provisiones para tres meses, con pertrechos suficientes para dos años.

Estaba, sin duda, destinada si la oportunidad se ofrecía, a conducir el buque que esperaban con el tesoro, el cual perdimos por la precipitación del capitán Guise; y en verdad que el estar entonces a bordo el almirante español, con su bandera desplegada, era prueba bastante clara que estaba a punto de partir; pero en vez de eso, el almirante, oficiales y 200 hombres cayeron prisioneros, quedando el resto de la tripulación, primitivamente compuesta de 370 hombres, los unos muertos y heridos o ahogados los otros.

Durante la refriega ocurrió un incidente que, después del tiempo que va transcurrido, no dejaré de mencionar.

El buque de Su Majestad Británica, Hyperion, hallándose muy inmediato a la Esmeralda, presenció todo lo ocurrido. Un guardiamarina que estaba mirando con otros en el portalón, no pudiendo reprimir sus sentimientos de verdadero inglés, palmoteó en señal de aprobación al ver cómo nuestros valientes hacían salir al enemigo del castillo de proa.

Después supimos que se le había hecho bajar inmediatamente por orden de su comandante, el capitán Searle, quien le amenazó con ponerle arrestado.

Tal era el modo de sentir de un comandante inglés hacia mí.

No hubiera condescendido en narrar aquí esta ocurrencia si no fuera por la bravata que en una ocasión precedente me hizo el mismo oficial, quitando los tapabocas a sus cañones y poniéndolos en acción en los momentos que mi almirante entraba en la rada, dando a entender con esto o que me tenía por un pirata o que como a tal me trataría si encontraba oportunidad.

Cuando los botes se iban acercando a la Esmeralda, la fragata inglesa les echó a cada uno el '¡quién vive!', con la evidente intención de alarmar al enemigo, lo que sin duda hubiera sucedido si los españoles no estuviesen descuidados a causa de la estratagema mencionada de haber hecho salir a nuestros buques de la bahía.

Muy diferente fue la conducta del comandante de la fragata Macedonia, de los Estados Unidos, cuyos centinelas no nos echaron el '¡quién vive!', diciéndonos los oficiales a media voz que nos deseaban feliz éxito.

Y aun mucho más honorable fue el testimonio que después dio un hábil oficial, el capitán Basilio Hall, que mandaba el buque Conway, de Su Majestad Británica, entonces estacionado en el Pacífico.

Tengo a orgullo el reproducir este testimonio, aunque en cierto modo es una recapitulación de los sucesos referidos, bien que algo inexacta en cuanto al número de hombres empleados:

Mientras que el Ejército Libertador, mandado por el general San Martín, se trasladaba a Ancón, vino lord Cochrane con parte de su Escuadra a anclar en la rada exterior del Callao.

Hallábase defendido el puerto interior por un vasto sistema de baterías admirablemente construidas, las que comúnmente se denominaban los Castillos del Callao.

Los buques mercantes, así como los de guerra, dependiendo de la Esmeralda, espaciosa fragata de 40 cañones, y dos corbetas, estaban amarrados bajo la protección de los cañones del castillo, dentro de un semicírculo de 14 lanchas cañoneras y una barrera formada de berlingas encadenadas unas a otras.

Habiendo lord Cochrane previamente reconocido en persona estas formidables defensas, emprendió el 5 de noviembre de 1820 la arrojada empresa de apoderarse de la fragata española, aunque era notorio que estaba enteramente preparada para un ataque.

Su señoría se adelantó con 14 botes, conteniendo 240 hombres -todos voluntarios de los diferentes buques de la escuadra-, en dos divisiones, la una mandada por el capitán Crosby y la otra, a las órdenes del capitán Guise, ambos oficiales comandantes de la Escuadra chilena.

A medianoche, después de haber forzado la entrada por en medio de la cadena del puerto, lord Cochrane, que iba de guía, bogó para el costado de la primera lancha cañonera, y cogiendo al oficial por sorpresa, le propuso, con una pistola a la cabeza, la alternativa de callarse o morir.

No encontrando resistencia, adelantáronse los botes sin ser notados, y lord Cochrane, escalando el costado de la Esmeralda, fue el primero en dar la alarma.

El centinela del portalón, asestando su fusil, disparó un tiro; pero en un instante fue derribado por el patrón del bote, y su señoría, aunque herido en un muslo, entró al mismo momento en el puente, acometiendo con no menos intrepidez por el lado opuesto de la fragata el capitán Guise, quien se encontró a medio camino del alcázar con lord Cochrane, y el capitán Crosby, espada en mano, ganó bien pronto la parte posterior del buque.

Los españoles fueron a replegarse al castillo de proa, en donde hicieron una resistencia desesperada hasta que quedaron dominados por un fresco destacamento de marinos y marineros comandados por lord Cochrane.

Volvieron a hacer una valiente resistencia sobre el puente principal; pero antes de la una la fragata estaba capturada, sus cables cortados, y se la sacaba en triunfo fuera del puerto.

Esta pérdida fue un golpe mortal para las fuerzas navales españolas apostadas en aquella parte del globo, pues, aunque había otras dos fragatas españolas y algunos buques menores en el Pacífico, nunca se atrevieron después a mostrarse, dejando así a lord Cochrane dueño absoluto de la costa.

En la mañana del 16 hubo un espantoso degüello en tierra.

La fragata de los Estados Unidos había enviado, como de costumbre, un bote a hacer provisiones al mercado, cuando se le puso en la cabeza al populacho que la Esmeralda no hubiera podido ser tomada sin la ayuda de la Macedonia, y arrojándose sobre la tripulación del bote, a todos los degollaron.

Los heridos que tuvo la tripulación de la Esmeralda se enviaron a tierra bajo una bandera parlamentaria, transmitiendo al propio tiempo al virrey un oficio que yo le dirigía pidiéndole el canje de prisioneros.

Esta vez accedió cortésmente a la propuesta, y se enviaron todos a tierra, volviéndonos, en cambio, los prisioneros chilenos que habían estado penando tanto tiempo en los calabozos de la fortaleza, y a quienes se mandó al ejército del general San Martín.

Habiendo enviado el parte de nuestra victoria al general San Martín, recibí de él la siguiente carta en reconocimiento de tan brillante acción:

La importancia del servicio que ha hecho V. S. a la Patria con la toma de la fragata de guerra española Esmeralda, y el modo brillante con que V. S. mismo condujo a los bravos de su mando a tan noble empresa en la noche memorable del 5, han aumentado los títulos que los servicios anteriores de V. S. le daban a la consideración del Gobierno, a la gratitud de todos los que se interesen por la causa, y al aprecio que profeso a V. S.

Todos los que participaron de los riesgos y de la gloria de V. S. merecen también la estimación de sus conciudadanos; y ya que tengo la satisfacción de ser el órgano de los sentimientos de admiración que un suceso tan importante ha excitado en los jefes y ejército de mi mando, se me permitirá expresarles a V. S. para que sean comunicados a los beneméritos oficiales, tripulación y tropa de la Escuadra, a los cuales se le cumplirán religiosamente las promesas hechas por V. S.

Es muy sensible que a la memoria de un acontecimiento tan heroico se mezclen ideas de pesar, excitadas por el recuerdo de la sangre preciosa que se ha vertido; pero espero que muy pronto esté V. S. en disposición de dar nuevos días de gloria a la Patria y a su nombre.

Dios guarde a V. S. muchos años.

A bordo del navío San Martín, en Huacho, a 10 de noviembre de 1820.

Firmado:

JOSÉ DE SAN MARTÍN.

Al muy honorable lord Cochrane, vicealmirante y comandante en jefe de la Escuadra de Chile».

La expresión de San Martín, de cumplir religiosamente las promesas que yo hice es alusión a la oferta que él mismo firmó, y que se había exigido antes de que saliese la Escuadra de Valparaíso, de que se daría un año de pago a los hombres.

Con la carta precedente envió el general San Martín otra promesa voluntaria de 50.000 pesos para los aprehensores, los que se pagarían cuando se tomase a Lima.

Ninguna de estas promesas fue jamás cumplida, ni nunca se obtuvo el dinero de presas.

El general San Martín escribió lo siguiente al Gobierno de Chile:

«Excelentísimo señor:

Tengo el honor de dirigir a V. E. el parte del excelentísimo lord Cochrane, vicealmirante de la Escuadra, relativo a la heroica captura de la fragata Esmeralda, que fue atacada bajo las baterías del Callao.

Me es imposible encomiar en términos apropiados la arrojada empresa del 5 de noviembre, por la que lord Cochrane ha establecido la superioridad de nuestras fuerzas navales, ha acrecentado el esplendor y poder de Chile y asegurado el buen éxito de esta campaña.

No dudo que S. E. el supremo director hará la justicia debida al digno jefe, oficiales y demás individuos que han tomado parte en acción tan venturosa.

Dígnese V. E. hacerme el honor de felicitar por mí a S. E. con motivo de tan importante suceso, y muy en particular por la influencia que redundará al objeto que ocupa su solicitud.

Firmado:

JOSÉ DE SAN MARTÍN.

Cuartel general de Supe, 19 de diciembre de 1820.

SR. D. JOSÉ IGNACIO ZENTENO, ministro de la Guerra».

Poco después de mi partida para el Perú, la condesa Cochrane emprendió un viaje al través de la cordillera con dirección a Mendoza, estando los senderos, en aquella estación, a menudo cegados por la nieve.

Yendo encargada de conducir importantes despachos, caminó con ligereza, llegando el 12 de octubre al famoso Puente del Inca, que está a 15.000 pies sobre el nivel del mar.

Aquí la nieve había aumentado a tal extremo que era imposible caminar más adelante, viéndose obligada a quedarse en la casucha o casa de refugio construida sobre la nieve para seguridad de los viajeros; el frío intenso que se experimentaba en medio de la ausencia de toda comodidad, pues no tenía otra cama mejor que una piel seca de buey, producía un grado de sufrimiento que pocas señoras querrían experimentar.

Al ir prosiguiendo en su mula a orillas de un sendero peligroso que había inmediato, un realista que se introdujo en la compañía sin ser llamado se adelantó en dirección opuesta, queriendo disputarle el camino en un punto donde al menor paso falso hubiese sido precipitada en el abismo que veía a sus pies.

Viendo el movimiento uno de sus asistentes, un soldado honrado y fiel llamado Pedro Flores, y adivinando las intenciones de aquel hombre, echó a galope hacia él en un momento crítico y le arrimó una violenta bofetada, impidiendo así sus sanguinarios designios.

Luego que el traidor se vio vigorosamente atacado echó a escape, sin esperar vengarse del golpe recibido.

Por esto, sin duda, se evitó otra tentativa contra la vida de mi esposa.




ArribaAbajoCapítulo V

Superchería del general San Martín.- Suspensión del bloqueo.- Estado abatido de los españoles.- Tropas muriéndose de fiebre.- Designios de San Martín sobre Guayaquil.- Sediciosa conducta de los oficiales.- Se niegan a obedecer.- Destitución del virrey.- San Martín me da tropas.- Emulación de San Martín.- Ataque sobre Arica.- Toma de Tacna.- Captura de Moquegua.- Se me niegan más tropas.- Ratificación de un armisticio.- Estado apurado de Lima.- Descontento del Ejército.


El 8 de noviembre nos trasladamos a Ancón con nuestra presa, cuya llegada fue aplaudida con grande entusiasmo por el Ejército, el cual, ahora que la fuerza naval española había recibido lo que los españoles mismos consideraban un golpe mortal, creyó seguro que sería al punto enviado contra Lima, antes que las autoridades volviesen en sí de su consternación.

Con gran sentimiento suyo, no menos que mío, mandó el general San Martín, en oposición abierta a cuanto se le decía en contrario, embarcar las tropas, por haber decidido retirarse a Huacho, adonde el O'Higgins y la Esmeralda, abandonando el bloqueo, tuvieron que conducirlas.

En vez de una pronta acción, o mejor dicho, demostración, pues el ocupar la ciudad hubiera costado muy poco, promulgó una proclama, prometiendo, como antes, la más perfecta libertad al pueblo peruano con tal que se uniese a él.

«Españoles -les decía- en vuestras manos están vuestros destinos.

No vengo a declarar guerra contra las vidas y haciendas de los individuos.

El enemigo de la libertad e independencia de América es sólo el objeto de la vehemencia de las armas de la Patria.

Os prometo de la manera más formal que vuestras propiedades y personas serán inviolables, y que seréis tratados como respetables ciudadanos si queréis cooperar a la gran causa», etc.

El 12 se había vuelto a desembarcar el ejército, en medio de las más evidentes demostraciones de descontento por parte de los oficiales, quienes estaban naturalmente celosos de la gloria de la Escuadra, por no permitírselas tomar parte en ningún género de empresas.

Para mitigar este sentimiento había recurrido el general San Martín a una superchería casi increíble, dirigida a inculcar en el ánimo del pueblo chileno que era el Ejército y no la Escuadra el que había capturado a la Esmeralda.

Y en verdad que llegó hasta expresar esto mismo de palabras, diciendo abiertamente que toda aquella empresa no era más que el resultado de sus planes, en los cuales yo había consentido.

El hecho es que, dudando yo de sus confidentes, le había ocultado el propósito que tenía de hacer el ataque.

He aquí algunas líneas del boletín que dio al Ejército en esa ocasión:

«Antes de separarse el general en jefe del vicealmirante de la Escuadra se concertaron en llevar a cabo un proyecto memorable capaz de sorprender a la intrepidez misma y hacer eterna la fama de la expedición libertadora del Perú.

Aquellos valientes soldados que por largo tiempo habían sufrido con constancia heroica la más cruel opresión y el tratamiento más inhumano en los calabozos de Casasmatas acaban de llegar a nuestro cuartel general.

Ni promesas halagüeñas de libertad, ni amenazas de muerte han podido derrocar su lealtad hacia su país; por el contrario, esperaron con aliento el día en que sus compañeros de armas vendrían a arrancarlos de su infortunio y a vengar los insultos que en sus personas recibiera la humanidad ultrajada.

Esta gloria estaba reservada al ejército libertador, cuyos esfuerzos arrebataron a la tiranía estas honrosas víctimas.

Que esto se publique para satisfacción de estos individuos y del ejército a cuyas armas deben su libertad».

De este modo apareció ante el pueblo chileno que el ejército había capturado a la fragata y enseguida libertado a los prisioneros, cuando ni un solo hombre siquiera de toda la fuerza había tenido la más remota idea de que se intentaba dar un ataque, y mucho menos pudiese cooperar a él hallándose aquélla acantonada a una gran distancia.

Este boletín causó gran sorpresa a las tropas; pero como se halagaba su amor propio haciéndose ver al pueblo chileno, que a ellas se debía este hecho de armas, lo aceptaron sin dificultad; entre tanto, yo creía indigno de mí refutar una falsedad palpable a toda la expedición.

Sin embargo, esto produjo el efecto, como el general San Martín lo había, sin duda, calculado, de mitigar por lo pronto un descontento que presagiaba serias consecuencias.

El 15 volvimos a salir de Huacho para renovar el bloqueo delante del Callao que era lo único que se podía hacer, aunque esto era verdaderamente de importancia, pues era el medio de cortar los víveres a la capital, cuyos habitantes, a consecuencia de las privaciones que sufrían, causaban grande ansiedad al Gobierno del virrey.

Varias tentativas hacíamos para instigar a las fuerzas navales españolas restantes a salir del abrigo de las baterías; dejábamos la Esmeralda en apariencia a sus alcances, y aún a la almirante misma, en situaciones algún tanto peligrosas.

Un día la llevé por un intrincado estrecho que llaman el Boquerón, en donde no se habían nunca visto más que goletas de cincuenta toneladas.

Esperando a cada instante los españoles ver encallar mi buque, prepararon sus lanchas cañoneras para atacarlo tan pronto como hubiese varado, de lo que había poco peligro, pues habíamos descubierto un canal, que boyamos con pequeños trozos de palo que los enemigos no podían ver, y por donde un buque podía pasar sin gran dificultad.

El 2 de diciembre, hallándose la Esmeralda en una posición más tentadora que de costumbre, las cañoneras españolas se aventuraron a salir con la esperanza de recobrarla, sosteniendo durante una hora un vivo fuego; pero luego que vieron al O'Higgins maniobrar para cortarlas, se retiraron con precipitación.

Nuestra anterior victoria causó gran abatimiento en las tropas españolas, y al día siguiente el batallón de Numancia, compuesto de 650 hombres disciplinados, desertó en cuerpo y fue a unirse a las fuerzas chilenas en Chancay.

El 8 siguieron el mismo ejemplo 40 oficiales españoles, y no pasaba día en que no viniesen oficiales, soldados rasos y paisanos de respeto a unirse al Ejército patriota, que de este modo se reforzó considerablemente, siendo para el virrey una pérdida muy grande la defección de una parte tan considerable de sus tropas.

El 6 el coronel Arenales, que después de su precedente victoria había marchado al interior, derrotó en Pasco a una división del ejército realista.

Al adelantarse hasta Huamanga se fugaron las autoridades y se declararon independientes sus habitantes.

Tarma fue enseguida abandonada, siguiendo aquel ejemplo Huánuco, Cuenca y Loja; en tanto que al llegar la noticia de la captura de la Esmeralda a Trujillo se sublevó también esta importante provincia, bajo la dirección del gobernador español, el marqués de Torre Tagle.

A pesar de esta sucesión de acontecimientos favorables, el general San Martín se resistió a marchar sobre Lima, permaneciendo inactivo en Huara, aunque la situación de esta plaza era tan insalubre que casi una tercera parte de sus tropas murieron de fiebres intermitentes durante los muchos meses que permanecieron allí.

En vez de apoderarse de la capital, en donde el ejército hubiera sido a la sazón bien recibido, se determinó enviar a Guayaquil la mitad del Ejército para anexarse a aquella provincia, siendo ésta la primera demostración por parte del general San Martín, para fundar un imperio que le perteneciese, pues nada menos que a esto aspiró más tarde, bien que el objeto declarado de la expedición fuese el poner a las provincias del Pacífico del Sur en estado de hacerse independientes de España, dejándolas libres de escoger sus propios Gobiernos, según se había repetido y solemnemente declarado por el Gobierno chileno y por él mismo.

Hallando que yo no consentiría en distraer la fuerza naval del objeto para que había sido destinada, el proyecto quedó abandonado; pero mandó que las tropas que habían avanzado hasta Chancay se volviesen a Huara, consiguiendo con este paso el alejarse más de la posición que ocupaban las fuerzas españolas, las cuales impidieron así continuase la deserción, aprisionando y matando a cuantos la intentaban.

Con todo, el general San Martín estaba determinado a realizar, si era posible, sus miras sobre Guayaquil.

Enviáronse dos comisionados, D. Tomás Guido y el coronel Luzurriaga, a cumplimentar a Torre Tagle y otros, poniéndoles en guardia contra los designios de Bolívar, cuyos triunfos en la parte Norte hicieron temer a San Martín que aquél podía tener miras particulares sobre el Perú.

Se había prescrito estrictamente a los comisionados hiciesen presente que, si tales fuesen las intenciones de Bolívar, se consideraría a Guayaquil como provincia meramente conquistada; pero que si los habitantes de la plaza se adherían a San Martín, lo haría, tan pronto como cayese Lima, el puerto principal de un grande imperio, y que el establecimiento de los diques y arsenales que su Marina debía necesitar enriquecería la ciudad sobremanera.

Se les exhortaba al propio tiempo a formar una milicia, para tener a distancia a Bolívar.

Para ganarme a su partido me propuso el general San Martín de un modo lisonjero el llamar a la capturada fragata la Cochrane, puesto que ya se había dado a otros dos buques los nombres de San Martín y O'Higgins; pero a esto puse mis reparos, porque asentir a tal proceder pudiera, en el sentir de otros, identificarme con la conducta que el general estaba determinado a seguir, habiendo ya formado mis conjeturas acerca de lo que, evidentemente, eran sus futuros planes.

Encontrándome firme en rehusar el honor propuesto, me dijo le diese yo el nombre que creyese oportuno; pero a esto también rehusé, y entonces él replicó: «Llamémosla Valdivia, en memoria de haber conquistado usted aquella plaza»; y, en consecuencia, su nombre de Esmeralda se cambió en el de Valdivia.

El mando de la fragata se dio al capitán Guise, y después que se le cambió el nombre, sus oficiales le escribieron una carta alegando que, como ellos no habían tenido nada que ver con la conquista de Valdivia, debía mudarse ese nombre por otro que estuviese más en armonía con sus sentimientos.

Esta carta iba acompañada de demostraciones de poco respeto hacia mí por parte de los oficiales que la habían firmado, quienes no guardaron reserva para decir que el nombre de Guise era el que debía ponérsela.

Como las conversaciones que estos oficiales tenían con el resto de la Escuadra eran siempre tendentes a menospreciar mi carácter y autoridad, con el objeto de causar una grave desorganización, acusé ante un consejo de guerra a todos los oficiales que habían firmado la carta, dos de los cuales fueron expulsados del servicio y el resto separados del buque, con recomendación para que San Martín los colocase en otra parte.

Durante el arresto de estos oficiales había determinado atacar las fortificaciones del Callao, intentando tomarlas por un golpe de mano, igual al que tan bien había salido en Valdivia, y habiendo sondeado con el Potrillo, me convencí de lo practicable de mi plan.

El 20 se notificó esta intención en una orden, haciendo saber que al día siguiente atacaría con los botes de la Escuadra y el San Martín, cuya tripulación recibió dicha orden con grandes aclamaciones, presentándose de todas partes voluntarios impacientes por ir en los botes.

En lugar de prepararse a apoyar mis operaciones, el capitán Guise me escribió una carta rehusando servir con otros oficiales más, fuera de los que estaban arrestados, añadiendo que si no se ponían en libertad haría dimisión.

Mi respuesta fue que ni les pondría en libertad ni aceptaría su renuncia, si para ello no tenía mejores razones que las que alegaba.

El capitán Guise me replicó que el resistirme a soltar sus oficiales era razón suficiente para resignar el empleo.

Entonces le mandé levase el ancla para un servicio de importancia, a cuya orden se negó a obedecer, fundándose en que no podía obrar por haber entregado el mando del buque a un teniente.

Conociendo que era algo parecido a motín lo que se quería provocar, y sabiendo que Guise y su colega Spry eran la causa de todo, mandé a éste se dirigiese con el Galvarino a Chorrillos; pero me contestó pidiéndome le permitiese dar su dimisión, porque «su amigo el capitán Guise se había visto obligado a hacerlo», y que él había entrado en la Marina de Chile a condición de servir solamente con el capitán Guise, bajo cuyo patronato había dejado Inglaterra. Era tal el estado de motín que había a bordo del Galvarino, que tuve que comisionar a mi capitán de bandera, Crosby, para restablecer el orden, y entonces Spry afectó considerarse suspendido, por lo que reclamó la inmunidad de la ley marcial.

En consecuencia, se le mandó formar consejo de guerra y se le expulsó del buque.

Los dos oficiales se fueron enseguida al cuartel general, en donde el general San Martín nombró inmediatamente a Spry su ayudante de campo naval, protegiéndolo así del modo más público por haber desobedecido a mis órdenes, y en oposición abierta contra la sentencia del consejo de guerra; siendo esto una prueba bastante concluyente de que habían obrado según las instrucciones del mismo general San Martín, con el objeto que se verá en el curso de esta narración.

Esta conducta de San Martín demostró suficientemente que era él mismo la causa del disturbio que había anteriormente ocurrido en Valparaíso, y que en ambos casos los oficiales amotinados se creyeron enteramente al abrigo de su protección.

Sin embargo, les haré justicia de suponer que ignoraban por entonces las traidoras miras de que después se hicieron instrumentos.

Conociendo el general San Martín que yo castigaría de mi propia autoridad a aquellos oficiales si volvían a la Escuadra, les conservó cerca de su persona en el cuartel general, en donde permanecieron.

Era tanto lo que las tropas españolas en Lima estaban descontentas con su virrey Pezuela, a cuya incapacidad militar absurdamente atribuían nuestras ventajas, que al fin le depusieron por fuerza, después de haberle obligado a nombrar por sucesor al general La Serna.

El depuesto virrey, deseando enviar su señora y familia a Europa, recurrió al general San Martín por un pasaporte, para que no fuesen cogidas por la Escuadra chilena.

Esto le fue rehusado.

La condesa Cochrane había llegado al Callao en la fragata inglesa Andromache, para despedirse de mí antes de partir para Inglaterra, y la señora del virrey, doña Angela, suplicó a mi esposa interpusiese su valimiento con el general para que le diera el permiso de marcharse a Europa.

La condesa Cochrane se dirigió inmediatamente a Huara, y obtuvo aquél, quedándose durante un mes en el cuartel general, en casa de una dama peruana, la señora doña Josefa Montelblanco.

Por influjo también de la condesa Cochrane se obtuvo el pasaje de la esposa del virrey en el Andromache, a bordo de cuyo buque su capitán Shirreff me convidó cortésmente a visitarla.

En esta entrevista la ex-virreina se manifestó sorprendida de encontrar que yo era «un caballero y un ser racional y no un bruto feroz, como le habían enseñado a considerarme». Declaración que, por la manera sencilla con que la hizo, causó no poca risa a la sociedad reunida.

Como me había propuesto no estar ocioso, pude con alguna dificultad persuadir al general San Martín a que me diese una división de 600 soldados, bajo el mando del teniente coronel Miller.

El 13 de marzo nos hicimos a la vela para Pisco, de cuyo punto, siendo abandonado por el ejército después de una inútil permanencia de cincuenta días, se había vuelto a apoderar el enemigo.

El 20 lo volvimos a tomar, y encontramos que los españoles habían castigado severamente la supuesta defección de los habitantes por haber contribuido a abastecer las tropas patriotas durante su estada allí.

No imaginándose que volveríamos, los españoles que poseían haciendas habían vuelto a traer sus ganados, de los que recogimos 500 cabezas y además como 300 caballos para el servicio de las fuerzas chilenas, a cuyas necesidades proveía así la Escuadra, en vez de permanecer en total inacción.

Antes de marchar a Pisco había vuelto a instar al general San Martín avanzase sobre Lima; tanto era lo que yo estaba convencido de la buena voluntad de los habitantes.

Habiéndose resistido siempre, le supliqué me diese 2.000 hombres con los que me ofrecía a tomar la capital; pero esto me fue denegado.

Prometí entonces emprender la toma de Lima con sólo 1.000 hombres, pero aun así se me rehusó, y si me dio la gente que mandaba el coronel Miller fue únicamente para verse libre de mis importunidades.

De esta fuerza, sin embargo, determiné sacar el mejor partido antes de mi regreso.

El único medio de explicar el temor que el general San Martín tenía de poner a mi disposición una fuerza militar adecuada era esta razón, la cual corría entre los oficiales al ejército, que ansiaban ponerse a mis órdenes, a saber: la violenta emulación que le hacía ver en mí un rival, aunque sin motivo, pues nunca hubiese tratado de mezclarme con él en el gobierno del Perú cuando su reducción estuviese terminada. Con su carácter suspicaz, nunca podría fiarse de mí, poniendo en juego todos los resortes para deprimir mi reputación entre sus oficiales, y haciendo los mayores esfuerzos para impedir que la Escuadra conquistase nuevos laureles; y hasta sacrificando su propia reputación a aquella demente envidia, impidiendo que nada se hiciese en lo que yo pudiese tener parte.

El 18 trasladé mi pabellón al San Martín, y dejando el O'Higgins y Valdivia en Pisco para la protección de las tropas, me hice a la vela hacia el Callao, adonde llegamos el 2 de abril.

El 6 atacamos otra vez las embarcaciones del enemigo bajo las baterías, causándoles considerable daño; pero no hicimos más esfuerzos para apoderarnos de ellas por tener yo otras miras.

Después de esta demostración, que tenía por objeto obligarles a no dejar su guarida, me volví a Pisco.

Teniendo ahora poder discrecional del general San Martín para hacer lo que yo quisiese con las pocas tropas puestas a mi disposición, me determiné a atacar a Arica, el puerto del Perú más distante hacia el mediodía.

Volviendo a embarcar las tropas, y abandonando a Pisco, el 21 nos dimos a la vela, y el 1.º de mayo llegamos a las inmediaciones de Arica, a cuyo gobernador intimé la rendición, prometiéndole respetar las personas y propiedad privada.

Como no accediese a esto, un bombardeo tuvo inmediatamente lugar; mas no causó gran efecto, por no poder acercarnos suficientemente a las fortificaciones, con motivo de los obstáculos que ofrecía el puerto.

Habiéndose practicado un prolijo reconocimiento, llevamos el 6 al San Martín más cerca de la costa, y lanzamos sobre la villa algunas bombas, con objeto de intimidar.

No produciendo esto el efecto deseado, desembarcamos una porción de las tropas en Sama, hacia el norte de la población, siguiéndolas con el resto el coronel Miller, y con los marinos del San Martín el capitán Wilkinson; entonces el enemigo se puso en fuga, y se enarboló sobre las baterías la bandera patriota.

Cogimos allí una cantidad considerable de abastecimientos, y cuatro bergantines españoles, además de los cañones del fuerte y otra artillería de repuesto.

Se cogió también un gran surtido de mercancías europeas pertenecientes a los españoles de Lima, las que llevamos a bordo del San Martín.

El 14 el coronel Miller, con las tropas y marinos avanzó por orden mía sobre Tacna, para apoderarse de esta villa, lo que efectuó sin resistencia alguna, pasándose a nosotros dos compañías de infantería de las tropas realistas.

De éstas hice la base de un nuevo regimiento que debía llamarse Independientes de Tacna.

Sabiendo que el general español Ramírez había mandado reunir en Tacna tres destacamentos que había hecho venir de Arequipa, Puno y La Paz, para ejecutar la acostumbrada orden española de «arrojar los insurgentes al mar», determinó Miller atacarlos separadamente.

El primero que encontró fue el destacamento de Arequipa, al mando del coronel La Hera, derrotándolo inmediatamente en Mirabe, y quedando casi todos muertos o prisioneros, además de cogerles cuatrocientas mulas con sus equipajes.

En esta acción perdimos un oficial de mérito, el señor Welsh, cirujano subalterno, que voluntariamente había acompañado a las fuerzas.

Todos lo sintieron mucho y su temprana muerte fue una gran pérdida para el servicio de la expedición.

Esta acción no se había dado demasiado pronto, pues que antes de concluirse ya se veían venir los otros dos destacamentos de Puno y La Paz; de modo que los patriotas tuvieron que hacer frente a un nuevo enemigo.

Con su prontitud acostumbrada, Miller despachó al capitán Hind con un piquete armado de cohetes para impedirles el paso del río; pero luego que los realistas vieron que el destacamento de Arequipa había sido destrozado, volvieron a montar en sus mulas y se largaron con dirección a Moquegua.

El 22, Miller salió en persecución de los realistas fugitivos, y el 24, después de una marcha forzada de cerca de cien millas, entró en Moquegua, en donde encontró al enemigo, cuyo coronel había desertado.

A pesar del cansancio de los chilenos, se atacó inmediatamente, haciendo a todos prisioneros, a excepción de unos veinte muertos.

Los habitantes se adhirieron al punto a la causa de la independencia, siendo el primero en dar ejemplo su gobernador, el coronel Portocarrero.

El 25, habiendo sabido el coronel Miller que una fuerza española iba a pasar por Torata, distante unas quince millas, fue en su busca, y al encontrarla al día siguiente la dispersó, haciéndola casi toda prisionera, como lo fueron también los que habían huido de Arica, ascendiendo al número de 400 hombres; de manera que en menos de quince días, después de haber desembarcado en Arica, las fuerzas patriotas habían muerto o hecho prisioneros a más de mil hombres del ejército realista, por una serie de penosas marchas forzadas, con hambres y privaciones de todo género, que sobrellevaban de buen ánimo los chilenos, a quienes alentaba el amor del país, tanto como el afecto que tenían por su comandante.

El resultado de todo esto fue el completo sometimiento de los españoles desde el mar hasta las cordilleras, formando Arica la llave de todo el país.

Habiéndome asegurado que estaba en Moquegua el coronel Miller, me trasladé allí con el San Martín, de cuyo surgidero se suplía a la fuerza patriota con todo lo que necesitaba.

Los enfermos se llevaron a bordo de los bergantines capturados en Arica, adonde se condujo también a los coroneles españoles Sierra y Suárez, que habían sido hechos prisioneros, pero que yo puse en libertad bajo la palabra de honor de que no volverían a servir hasta que no fuesen debidamente canjeados.

Se ha dicho que antes de darme a la vela para Arica había obtenido del general San Martín poderes ilimitados para hacer lo que gustase con las fuerzas puestas a mi disposición.

Creíase que mi objeto era hacer una diversión en favor del general; pero esto era en lo que menos pensaba; el ejército había permanecido inactivo desde que había desembarcado por la primera vez en el Perú, a excepción del destacamento que mandaba el coronel Arenales, y no había diversión de qué poder sacar algún provecho.

Escribí al Gobierno a Santiago pidiéndole 1.000 hombres, y si no podía sólo 500, con 1.000 fusiles, de que había gran surtido en el arsenal, para equipar los reclutas que fuesen llegando.

Con esto hubiéramos muy fácilmente podido hacernos dueños de todas las provincias meridionales del Perú, estando el pueblo muy bien dispuesto en nuestro favor.

En vista de esto comuniqué al Gobierno que con semejante fuerza podíamos conservar todo el bajo Perú y ganar luego posesión del alto.

Mi petición fue denegada bajo el falso pretexto de que no tenía el Gobierno medios de equipar tal expedición, y así se desperdició la buena voluntad que habían manifestado los naturales de Arica.

A despecho de esta negligencia, me determiné a perseverar, confiando en los sacrificios que los peruanos habían hecho en nuestro favor.

El general Ramírez se ocupaba activamente en reunir gente de las guarniciones distantes para operar contra nuestra pequeña fuerza, la cual sufría mucho de tercianas.

Con todo, se hicieron de nuevo los mayores esfuerzos para penetrar en el interior, habiéndose alistado algunos reclutas de las provincias contiguas, y todo prometía una sublevación general en favor de la independencia cuando el gobernador de Arequipa nos comunicó la noticia de haberse firmado un armisticio entre el general San Martín y el virrey La Serna.

Esto no podía ser más perjudicial, pues sucedía justamente en momentos en que las hostilidades podían proseguirse con el mayor efecto, y nos estábamos preparando a atacar al mismo Arequipa; y lo era tanto más cuanto que fue el virrey quien lo había pedido, pues siendo el primero en saber el éxito de nuestras armas, había, sin duda, inducido con arte a San Martín a hacer este arreglo para detener nuestras operaciones en el Sur.

Este armisticio fue ratificado el 23 de mayo y enviado en posta al gobernador de Arequipa, probando tan extraña precipitación qué objeto llevaba al virrey al inducir al general San Martín a ratificarlo.

El haber considerado el armisticio como un preliminar hacia la independencia del Perú, era un gran error por parte del general San Martín, puesto que el virrey La Serna no tenía más poder para reconocer la absoluta independencia de los colonos que el que había tenido su predecesor, y, por lo tanto, el objeto del armisticio no podía ser otro que el de poner impedimento a nuestro progreso, dando con esto tiempo a los generales españoles para reconcentrar sus tropas esparcidas, sin que la causa patriota tuviese una ventaja decisiva.

Hallándome así reducido a la inacción contra mi voluntad, me bajé a Mollendo, en donde encontramos una embarcación neutral cargando granos para abastecer la ciudad de Lima, la cual, a causa de la vigilancia de la Escuadra, estaba reducida a la última extremidad, como se dejó ver por una nota que el Cabildo dirigió al Virrey:

«La más rica y opulenta de nuestras provincias ha sucumbido a una fuerza enemiga sin encontrar oposición, y a las otras provincias les amenaza igual suerte, mientras que la sufrida capital de Lima está experimentando los terribles efectos de un riguroso bloqueo, hambre, latrocinios y muerte.

Nuestros soldados no respetan los últimos restos de nuestros bienes, destruyendo hasta el ganado indispensable para cultivar la tierra.

Si esta plaga continúa, ¿qué será de nosotros y de nuestra mísera condición?»

Por este extracto se hace evidente que la Escuadra estaba a punto de reducir a Lima por hambre, en tanto que los habitantes veían que, por más que estuviese inactivo el ejército del general San Martín, nuestra pequeña banda en el Sur pronto penetraría en las otras provincias, las cuales deseaban apoyar nuestros esfuerzos en favor de la independencia.

Pero volvamos al embarque del trigo para socorrer a Lima.

Al asegurarme del hecho, escribí al gobernador de Arequipa manifestándole mi sorpresa de que se permitiese a neutrales embarcar provisiones durante el armisticio, a lo que se me respondió se darían las más estrictas órdenes para hacerlo cesar, en cuya inteligencia me retiré a Mollendo; pero dejé un oficial para estar a la mira, y, hallando que se continuaba el embarque, volví de nuevo e hice llevar a bordo el trigo que encontré en tierra.

En vista de esto, el coronel La Hera, con 1.000 realistas, se apoderó de Moquegua, bajo el pretexto de haber roto yo el armisticio.

Las noticias privadas que me llegaban del cuartel general me anunciaban que el descontento del Ejército chileno se aumentaba de día en día por la inacción en que se le tenía y la emulación que le causaban nuestros adelantos, sabiendo también que la capital del Perú deseaba con ansia recibirles, tanto por el estado a que se veía reducida, como por natural inclinación.

Sin embargo, el general San Martín no quiso aprovecharse de las circunstancias que militaban en su favor, hasta que por fin la disensión principió a tomar el carácter de insubordinación.

El brindis que se echaba todos los días a la mesa de los oficiales era: «A los que pelean por la libertad del Perú, no a los que escriben».

Sabiendo el general San Martín de qué modo pensaba el Ejército, se trasladó a bordo de la goleta Moctezuma para restablecer su salud.

Se me había también informado que el virrey estaba negociando con el general San Martín para que se prolongase a dieciséis meses el armisticio, a fin de tener tiempo de comunicar con la Corte de Madrid y asegurarse de si la Madre Patria querría consentir en la independencia del Perú.

Al propio tiempo se me comunicó oficialmente haberse concedido otra prórroga de doce días.

Estando convencido de que nada bueno había en el cuartel general, me determiné a ir al Callao para saber el verdadero estado de las cosas, dejando al coronel Miller para que se volviese a Arica, y en caso de emergencia, abasteciese y equipase los buques apresados, de modo que estuviesen prontos, si fuese necesario, para recibir sus tropas.




ArribaAbajoCapítulo VI

Vuelta al Callao.- Abandono de Lima.- Vacilación del general San Martín para ocupar la ciudad.- Pérdida del San Martín.- Excesos de los españoles.- Proclamación de la independencia.- Se arroga San Martín el poder absoluto bajo el título de Protector.- Mi representación.- Su respuesta.- Estado de motín de la Escuadra por el descuido en que se la tiene.


Llegamos al Callao el 2 de julio; sabiendo que Lima no podía sostenerse por más tiempo, estando falta de víveres, y que el virrey meditaba abandonarla, creí debía abstenerme de toda demostración que pudiese impedir semejante determinación, y me retiré a distancia del puerto a esperar el resultado, que ya no podía tardar, puesto que el pueblo se había vuelto tumultuoso, y que toda esperanza de socorro por parte de los españoles se había abandonado.

Sin embargo, habiendo sabido el 5 de julio que el virrey estaba haciendo esfuerzos para obtener se prolongase de nuevo el armisticio, me volví otra vez a la bahía con el San Martín, hallándose el O'Higgins ausente de la costa.

El 6 abandonó el virrey la ciudad, conservando, empero, la fortaleza del Callao, cuya guarnición se había reforzado con las tropas que habían evacuado a Lima y depositado en los fuertes gran cantidad de material de guerra.

Con sorpresa de los peruanos y chilenos no hizo el ejército libertador movimiento alguno para posesionarse de la capital, y como las tropas españolas la abandonaran sin dejar gobierno existente, grandes desórdenes se temían, por lo que tuvo el Cabildo que pedir al capitán Basilio Hall, que estaba entonces allí con el buque de guerra inglés Conway, le prestase su asistencia para mantener la tranquilidad y proteger la propiedad pública y privada.

Aquel oficial envió inmediatamente una partida de marinos, la que contribuyó a conservar el orden.

Habiendo informado el virrey al general San Martín de que iba a abandonar la capital, éste entró en el puerto con la goleta Sacramento, sin dar, sin embargo, órdenes para su ocupación.

El día 7 entró en Lima, sin órdenes, un destacamento de caballería, que el 8 fue seguido por otro de infantería.

Al entrar en el puerto el día 8 me quedé sorprendido de encontrar que el general San Martín no había aún salido de su goleta, aunque ya el ejército libertador estaba entrando en masa en la ciudad, y la ocupación era completa; a bordo se quedó todavía hasta la noche del 10, que fue cuando saltó a tierra secretamente.

Como los fuertes del Callao continuasen en poder del enemigo, me preparé a atacarlos y a destruir las embarcaciones que estaban a su abrigo.

Sabiendo la guarnición mis intenciones, el día 11 echó a pique a la San Sebastián, única fragata que había quedado en el puerto, para que no cayese en nuestro poder.

Al día siguiente llegaron el O'Higgins, Lautaro, Pueyrredón y Potrillo; de modo que la Escuadra estaba otra vez completamente reunida.

Se ha dicho en el capítulo anterior que yo me había apoderado en Mollendo de una partida considerable de granos por haberse roto el armisticio.

Teniéndola aún a bordo y hallándose la ciudad oprimida por el hambre, el general San Martín mandó que el trigo, del que había más de dos mil fanegas, se desembarcase en Chorrillos, libre de derechos.

Como el San Martín estuviese sumamente cargado, puse reparo en ello a causa de lo peligroso del anclaje, mucho más desde que la sola ancla que había a bordo estaba hecha de los restos de dos anclas rotas amarradas juntas; pero de esta objeción no se tuvo cuenta, y como lo había previsto, aquél varó en la costa de Chorrillos, en donde, por la fuerte mar de leva que sobrevino, se fue a pique.

El 17 recibí un convite del Cabildo para ir a visitar la ciudad, y al desembarcar noté se habían hecho preparativos para dar a esta visita el carácter de una entrada pública, habiéndose preparado carrozas con diputaciones de las diversas corporaciones.

Encontrando que tal era el caso, rehusé entrar en Lima de un modo tan ostentoso, puesto que el general San Martín había entrado en ella de noche y secretamente.

Me vi, sin embargo, obligado a dar una especie de besamanos en palacio adonde concurrieron a felicitarme las autoridades y los principales habitantes.

El general San Martín rehusó asistir a esta demostración de felicitaciones, quedándose en La Legua, casi a medio camino entre Lima y el Callao, donde había establecido su cuartel general, creyendo, probablemente, que semejantes honores eran prepósteros para uno a quien él podía, como capitán general, considerar su subordinado y con tanta más razón cuanto que no le habían ofrecido el mismo cumplimiento.

Al siguiente día mandó el general San Martín crear una guardia cívica en lugar de la guardia española que había evacuado la capital, nombrando comandante de ella al marqués de Torre Tagle.

Al mismo tiempo el general retuvo consigo todo el ejército libertador, que si se hubiese enviado sólo una porción de él en perseguimiento de los españoles en retirada, la mayor parte de ellos hubiesen corrido a protegerse bajo el estandarte de la Patria.

Después se supo que el coronel Rodil, que los mandaba, fusiló a un gran número en el acto de desertar, las guerrillas patriotas mismas, sin ser ayudadas habían derrotado a los que permanecían unidos; de modo que si se hubiese enviado una división del ejército libertador para cooperar con aquéllas, todo el ejército español habría quedado aniquilado, en lugar de formar, como luego lo hizo, el núcleo de una fuerza que, después de mi partida para Chile, no sólo amenazó la independencia del Perú, sino también la de la república de Chile.

No encontraron oposición alguna, y dejadas en defensa las poblaciones que se habían adherido a la causa de la independencia, los españoles en su retirada cometieron grandes excesos contra los habitantes del interior, quienes se encontraron expuestos a los rigores de la ley marcial, sin que se hiciese lo más mínimo para protegerlos, siendo que el haberles prometido protección fue uno de los principales móviles que los indujo a no prestar obediencia al virrey, a cuya merced, o más bien, falta de ella, se hallaban ahora expuestos.

En vez de ir a llevar protección a los peruanos del interior se lanzaron proclamas sumamente pomposas, por las que se dejaba ver que se había tomado la ciudad a fuerza de combates, aunque no se había disparado un solo tiro, excepto por el destacamento del coronel Arenales y la Escuadra, cuya vigilancia en mantener el bloqueo y sus anteriores acciones habían desalentado de tal modo al enemigo y reducídolo a tales apuros, que el abandono de la capital era inevitable.

Ni siquiera se necesitaba de toda aquella numerosa fuerza presente para mantener a Lima, habiendo estado sus habitantes demasiado tiempo sujetos a calamidades que no tenían deseo de volver a sufrir.

Pero el general San Martín, al retener el ejército llevaba otras miras que las de proteger a aquéllos que habían confiado en sus promesas; necesitaba la fuerza militar para otros objetos muy distintos de aquéllos que él había anunciado en sus proclamas y que el Gobierno chileno le había confiado.

El 24 mandé al capitán Crosby se dirigiese al Callao en los botes y cortase todas las embarcaciones del enemigo que pudiese traer consigo.

Este servicio fue desempeñado del modo más bizarro, trayendo al día siguiente dos buques mercantes, San Fernando y Milagro, y la corbeta de guerra Resolución con otras varias lanchas, quemando además, dos embarcaciones que estaban a tiro de fusil de las baterías.

El 27 el Cabildo me convidaba para asistir a la proclamación de la independencia del Perú.

Como su carta de convite reconoce ampliamente los servicios de la Escuadra, la transcribiré aquí:

«Lima va a solemnizar el acto más grandioso que haya efectuado en tres siglos, o desde su fundación: la proclamación de su independencia y absoluta exclusión del Gobierno español, lo mismo que del de toda otra potencia extranjera; y deseando este Cabildo dar a la ceremonia todo el decoro y solemnidad posibles, cree indispensable el que V. E., que tan gloriosamente ha cooperado a la realización de tan deseado objeto, se digne asistir a este acto con sus ilustres oficiales el sábado 28 del corriente».

Imaginándome que yo y los oficiales habíamos sido los principales instrumentos en establecer la independencia del Perú, pues fueron vanas mis instancias para con el capitán general, a fin de que dejara obrar al Ejército, acepté la invitación; ¡pero júzguese de mi sorpresa cuando durante la ceremonia veo distribuir medallas, en las que se atribuía al general San Martín y al Ejército todo el mérito de haber hecho lo que sólo la Escuadra había consumado! Las medallas tenían esta inscripción:

«Lima obtuvo su independencia el 28 de julio de 1821, bajo la protección del general San Martín y el ejército libertador».

La declaración de la independencia se había, sin embargo, completado según las promesas e intenciones del Gobierno chileno.

Al enarbolar la bandera nacional pronunció las siguientes palabras el general San Martín:

«Perú es desde este momento libre e independiente, por el consentimiento unánime del pueblo, y por la justicia de su causa, que Dios proteja».

Los habitantes de Lima estaban en un estado de gran contento al ver terminado el dominio de los españoles, que había durado siglos; y al ver que su independencia de acción estaba plenamente reconocida, según lo había estipulado Chile. En testimonio de reconocimiento, una diputación del Cabildo se presentó al día siguiente al general San Martín, ofreciéndole en nombre de los habitantes de la capital, la presidencia de su ahora independiente Estado.

Con gran sorpresa de los enviados, se les dijo en pocas palabras que su ofrecimiento era enteramente superfluo, puesto que ya había asumido el mando, el que conservaría todo el tiempo que le pareciera, y que entre tanto no permitiría se formasen reuniones para discutir los asuntos públicos.

Así es que el primer acto de esa libertad e independencia tan ostentosamente proclamadas la víspera era el establecimiento de un Gobierno despótico, en donde el pueblo no tenía voto ni parte; ¡y esto por el general de una República que sólo existía en virtud de la voluntad del pueblo!

En esta extraordinaria apropiación de poder no se me consultó para nada, probablemente porque conocían que yo no me prestaría a nada que no fuese sostener intactas las intenciones del supremo director de Chile, según estaban declaradas en sus proclamaciones.

Ahora se me presentó más evidente que el haber tenido al Ejército en la inacción era con el objeto de conservarlo entero para sostener las ambiciosas miras del general, y que con toda la fuerza al presente en Lima sus habitantes estaban completamente al capricho de su titulado libertador, pero en realidad conquistador.

Como la existencia de esta autoridad constituida por sí misma no estaba en menos oposición con las instituciones de la República chilena que con sus promesas solemnemente hechas a los peruanos, volví a trasladar mi pabellón a bordo del O'Higgins, determinado a adherirme solamente a los intereses de Chile, pero sin mezclarme de modo alguno en los procedimientos del general San Martín mientras no me atacasen en mi inmunidad de comandante en jefe de la Marina chilena.

El 3 de agosto dio el general San Martín una proclama teniendo por objeto lo mismo que había declarado antes al Cabildo. Manifestaba que si bien era harto notorio que sólo aspiraba al retiro y a la tranquilidad, se veía, sin embargo, obligado por una responsabilidad moral, a reunir en su persona todo el poder, y que por lo tanto, se declaraba Protector del Perú nombrando para sus ministros de Estado a D. Juan García del Río, D. Bernardo Monteagudo y D. Hipólito Unanue.

Hallándome a la sazón a bordo de la almirante, no supe nada acerca de esta proclamación pero como la Escuadra estuviese aún sin ser pagada de un año de sueldo y de los 50.000 pesos que le había prometido el general San Martín, me fui a tierra el 4 de agosto a reclamar el pago de aquélla, habiendo los marineros concluido ya su tiempo.

Ignorando el título que se había apropiado el general San Martín, le pedí cándidamente discurriese algún medio de satisfacer estos pagos.

Me abstendré de referir por mí mismo lo que pasó en esta entrevista; pero como mi secretario estaba presente, y a su regreso a Inglaterra publicó una relación de ella, la que es en todos sentidos verdadera en substancia, la insertaré aquí con sus propias palabras:

«Al día siguiente, 14 de agosto, lord Cochrane, no sabiendo que San Martín había cambiado de título, fue a palacio, y comenzó a rogar al general en jefe discurriese algún medio de pagar a los marineros extranjeros que habían cumplido su tiempo y llenado su contrata.

A esto respondió San Martín que 'él nunca pagaría a la Escuadra chilena, a menos que no fuese vendida al Perú, y entonces el pago sería considerado como parte del precio de adquisición'.

Lord Cochrane entonces le repuso que 'con semejante arreglo la Escuadra de Chile sería transferida al Perú por el pago simplemente de lo que se debía a los oficiales y tripulaciones por los servicios que habían prestado a ese Estado'.

San Martín frunció las cejas, y volviéndose hacia sus dos ministros, García y Monteagudo, les mandó se retirasen, a lo que se opuso su señoría representando que 'como no sabía bien la lengua española, deseaba que quedasen como intérpretes, por temor de que pudiera considerarse ofensiva cualquiera expresión mal entendida'.

San Martín se volvió entonces al almirante, y le dijo:

-¿Sabe usted, milord, que yo soy el protector del Perú?

-No -le respondió su señoría.

-Mandé a mis secretarios le informasen a usted de ello -repuso San Martín.

-Eso es inútil ahora, puesto que me lo acaba usted de decir en persona -le replicó su señoría-, y espero que la amistad que ha reinado entre San Martín y yo continuará existiendo entre el protector del Perú y mi persona.

San Martín, entonces, restregándose las manos, dijo:

-Lo único que tengo que decir es que ¡yo soy el Protector del Perú!

El modo cómo pronunció esta última frase excitó al almirante, quien, adelantándose, dijo:

-Entonces me compete a mí, como antiguo oficial de Chile, y, por consiguiente, el representante de la Nación, el pedir se cumplan todas las promesas hechas a Chile y a la Escuadra; pero, ante todo, y principalmente a la Escuadra.

San Martín repuso:

-¡Chile! ¡Chile!; yo nunca pagaré un real a Chile, y, en cuanto a la Escuadra, puede usted llevársela adonde quiera y marcharse cuando usted guste; con un par de bergantines tengo bastante.

Al oír esto, García salió de la sala y Monteagudo se fue a un balcón.

San Martín se puso a pasear en la sala por un corto tiempo, y volviéndose a su señoría, le dijo:

-Olvide usted, milord, lo pasado.

El almirante replicó:

-Lo haré cuando pueda.

Y al instante dejó el palacio.

Lord Cochrane estaba ahora desengañado por el hombre mismo; los repetidos rumores que había oído acerca de su conducta pasada se agolparon a su imaginación, y conociendo lo que podría adelantarse por lo que ya se había hecho, convino conmigo su señoría en que su vida no estaba segura en tierra.

En vista de esto montó a caballo y dirigiéndose a Boca Negra, se fue a bordo de la fragata».

Una cosa ha sido omitida en la presente narración.

El general San Martín, al conducirme hasta la escalera, tuvo la temeridad de proponerme siguiese su ejemplo, es decir, faltase a la fe que ambos habíamos jurado al Gobierno chileno, apropiar la Escuadra a sus intereses y aceptar yo el cargo más elevado de primer almirante del Perú.

Casi es excusado decir que deseché proposiciones tan deshonrosas y al oír esto dijo en un tono irritado «que ni pagaría a los marineros sus atrasos ni la recompensa que él les había prometido».

Cuando regresé a la almirante encontré la siguiente comunicación oficial ordenándome hiciera una salva en honor de la elevación de San Martín al Protectorado:

«Milord:

S. E. el Protector del Perú me ordena acompañe a V. E. el adjunto decreto orgánico que anuncia su exaltación al mando supremo, para que, por medio de V. E., quede instruida la Escuadra de este memorable acontecimiento.

En su consecuencia, dará V. E. las órdenes para que sea reconocido el nuevo Gobierno por las fuerzas navales de su mando, dependientes de la República de Chile.

Yo espero que V. E., penetrado de tan alto motivo, hará que se celebre con la dignidad que corresponde y que sea compatible con la actitud marcial en que se hallen los valientes que tiene a sus órdenes.

Tengo la honra de ofrecer a V. E. los sentimientos de la más distinguida consideración y aprecio con que soy su atento servidor.

Excelentísimo señor.

Firmado:

B. MONTEAGUDO.

A S. E. el muy honorable lord Cochrane, vicealmirante de las fuerzas navales de la República de Chile».

Aunque esto era pedirme reconociese al general San Martín como investido de los atributos de un príncipe soberano, me sometí a ello con la esperanza de que representaciones pacíficas le atraerían al terreno de su deber para con el Gobierno chileno, no menos que para con sus propios intereses.

El 7 de agosto le dirigí la carta siguiente:

«Rada del Callao, 7 de agosto de 1821.

Mi querido general:

Me dirijo a usted por la última vez dándole su antiguo tratamiento, conociendo que la libertad que yo pudiese tomarme como amigo podría usted, bajo el título de Protector, no hallarla decorosa; mas con un caballero de sus circunstancias la consideración de incurrir en su desagrado no será una razón para que me abstenga de decir la verdad.

No, aunque tuviera la certeza de que tal sería el efecto de esta carta, desempeñaré, sin embargo, tal acto de amistad en pago del apoyo que usted me prestó en un tiempo en que se trataban los planes y complots más viles para expulsarme del servicio de Chile, no por otra razón más que por haber personas de corta comprensión y de baja astucia que miran con odio a aquéllos que desprecian actos soeces consumados por viles artificios.

Permítame usted, mi querido general, le ofrezca la experiencia de once años, durante los cuales fui miembro del primer Senado del mundo (Cámara de los Lores de Inglaterra), y le diga lo que por un lado me preocupa y lo que temo y aun hasta preveo por el otro, pues lo que habrá de acontecer respecto a los actos de Gobiernos y naciones puede ser predicho con tanta certeza, en virtud de lo que nos enseña la Historia, como las revoluciones del sistema solar.

En sus manos está el ser el Napoleón de la América del Sur, como está en su poder el hacerse uno de los más grandes hombres que en el día ocupan la escena del teatro del mundo; pero también tiene usted la facultad de elegir su carrera, y si los primeros pasos son falsos, la eminencia que usted ocupa le hará, como del borde de un precipicio, caer de un modo más pesado y cierto.

Los escollos contra los que hasta aquí se han estrellado los Gobiernos de la América del Sur han sido la mala fe, y, por tanto, son medios efímeros.

No ha surgido todavía un hombre, excepto usted mismo, capaz de elevarse sobre los demás y de abrazar con mirada de águila la extensión del horizonte político.

Pero si en su vuelo se fía usted, cual otro ícaro, en alas de cera, su caída pudiera aplastar la libertad naciente del Perú y envolver a toda la América del Sur en anarquía, guerra civil y despotismo político.

La verdadera fuerza de los Gobiernos es la opinión pública. ¿Qué diría el mundo si el primer acto del Protector del Perú fuese anular las obligaciones de San Martín, por más que el reconocimiento sea una virtud privada y no pública? ¿Qué se diría si el Protector rehusase pagar los gastos de la expedición que le ha colocado en el puesto elevado que ahora ocupa? ¿Qué si se esparciese por el mundo que ni aun siquiera tenía intención de remunerar a los empleados de la Marina que tanto contribuyeron a su buen éxito?

¿Qué bien puede resultar de marchar por un sendero tortuoso y que no pueda alcanzarse por un camino derecho y llano? ¿Quién ha aconsejado una política torcida y el ocultar los verdaderos sentimientos e intenciones del Gobierno?

¿Es un espíritu de intriga el que ha dictado rehusar la paga a la Marina de Chile, en tanto que el Ejército está doblemente pagado? ¿Se trata de este modo de enajenar los ánimos de la gente del servicio al cual se hallan ligados y atraerlos con semejante conducta al Perú?

Si así fuese, lo predigo, el resultado será todo lo contrario, pues habiendo esperado y esperando aún su remuneración del Perú, si saliesen fallidas sus esperanzas lo sentirían en consecuencia.

Mire usted a qué estado deplorable el Senado ha reducido la hermosa y feraz provincia de Chile. ¿Es acaso su notoria falta de buena fe la que ha privado a sus habitantes, a pesar de sus minas y de sus terrenos, tanto públicos como confiscados, de los recursos que el Gobierno español mismo poseía, y del crédito necesario para procurarse un peso en calidad de empréstito en país extranjero y aun en el suyo mismo?

Digo, por lo tanto, mi querido general, que cualquiera que le haya aconsejado el comenzar su protectorado con medidas indignas de San Martín, es un hombre sin reflexión o de perversa índole, que usted debería expulsar para siempre de sus consejos.

Observe usted, mi querido general, las lisonjas que los serviles de todos los países prodigan aun al más indigno Poder.

No crea usted que es a la persona quien el público está adicto.

No se imagine que sin una conducta recta y digna se granjeará usted afecto del linaje humano.

Sobre este punto parte harto feliz, y gracias al cielo tiene el poder ser más aún.

Los aduladores son más peligrosos que las serpientes más venenosas, y después de ellos lo son los hombres de saber cuando no tienen la integridad y el valor suficiente para oponerse a medidas ruines que se han discutido de antemano o de las que se ha hablado aún por mera casualidad.

¿Qué necesidad política pudo haber existido para tener por un tiempo ocultos los sentimientos del Gobierno con respecto a la suerte de los españoles del Perú? ¿Por ventura el Ejército y el pueblo no estaban prontos a apoyar sus medidas, y no ha pedido a voces el último la expulsión de aquéllos?

Créame usted, mi querido general: después de su manifiesto, el haber sólo secuestrado los bienes de los españoles que quedaban es una medida a la que no debió haberse recurrido sin que ellos hubiesen posteriormente cometido algún crimen.

De los sentimientos que abrigo en mi pecho nadie puede engañarme.

De los sentimientos de los demás juzgo por los míos propios, y como hombre honrado y amigo le digo cuáles son éstos.

Pudiera decirle mucho más, mi querido general, con respecto a otros asuntos de menor importancia; pero como los que anteceden son los actos que al pronto considero por tener de ellos conocimiento y ser funestos en sus consecuencias, sólo añadiré por ahora, que si los reyes y príncipes tuviesen en sus dominios un solo hombre que en todas ocasiones les dijera la verdad sin disfraz, se habrían evitado frecuentes errores y hubiesen sido infinitamente menores los males que experimenta el linaje humano.

Claramente verá que no tengo interés personal alguno en éste o cualesquiera otros puntos que discrepen con los suyos; bien al contrario: si yo fuese bajo e interesado no daría este paso decisivo e irrevocable para arruinar mi porvenir, no teniendo otra seguridad, según la consecuencia de mi sinceridad, que la buena opinión que tengo de su discernimiento y de su corazón.

Considéreme usted en todas las circunstancias su seguro amigo,

COCHRANE».

A esta carta el general San Martín me respondió en 9 de agosto lo que sigue:

«Milord:

La mejor prueba de amistad que podría desear de usted es la explicación sincera de sus sentimientos respecto al camino que debo seguir en mi nueva posición política.

Usted ciertamente no se ha equivocado cuando bajo el título de Protector no ha esperado algún cambio en mi carácter personal.

Felizmente la alteración sólo ha sido en un nombre, que en mi sentir reclamaba el bien de este país, y si en la elevación en que usted me ha conocido siempre ha encontrado en mí docilidad y franqueza, habría sido un agravio de parte de usted a mí, negarme ahora confianzas que le he escuchado siempre con agrado, como de un hombre ilustrado y de experiencia en el gran mundo; mas ya que usted me ha hecho justicia, me permitirá algunas observaciones sobre el espíritu de su última carta.

No es mi ánimo analizar las causas que hayan influido en la decadencia actual del Estado de Chile, ni mucho menos aprobar del todo los consejos de su administración.

Errores por inexperiencia, actos de inmatura resolución, inexactitud en los cálculos financieros y falta de previsión, pueden haber contribuido a obstruir los primeros canales de la riqueza de aquel país; pero no veo tan difícil como usted remediar estos males ni puedo fijarme en su origen sin aventurar tal vez mi juicio.

Estoy, sí, convencido de que un religioso cuidado de la conservación del crédito del Gobierno le habría franqueado abundantes recursos.

Como conozco, pues, por una parte, que la buena fe del que preside a una nación es el principio vital de su prosperidad, y como por otra, un orden singular de sucesos me ha llamado a ocupar temporalmente la suprema magistratura de este país, renunciaría a mis propias ventajas y traicionaría a mis sentimientos si una imprudente delación o una servil deferencia a consejos ajenos me apartase de la base del nuevo edificio social del Perú, exponiéndolo a los vaivenes que con razón teme usted en tal caso.

Conozco, milord, que no se puede volar bien con alas de cera; distingo la carrera que tengo que emprender y confieso que, por muy grandes que sean las ventajas adquiridas hasta ahora, restan escollos que sin el auxilio de la justicia y de la buena fe no podrían removerse.

Por fortuna, milord, no he olvidado esta máxima en todo el período de mi vida pública, y la religiosidad de mi palabra como caballero y como general ha sido el caudal con que he girado en mis especulaciones; resta ahora examinar la naturaleza y límites de mis compromisos respecto de la Escuadra para fundar mis obligaciones.

Me es muy lisonjero declarar a usted que a la cooperación de las fuerzas navales ha debido el Perú mucha parte de su libertad; esto mismo se habría expresado en la moneda de la jura si en el torbellino de negocios que me cerca hubiera podido atender a la inscripción que se me presentó por modelo; usted me ha oído tributar de un modo público mis aplausos al mérito y señalar al héroe.

Yo he ofrecido a la tripulación de la Marina de Chile un año de sueldo de gratificación, y me ocupo en el día en reunir los medios para satisfacerla; reconozco también por deuda la gratificación de 50.000 pesos que usted ofreció a los marineros que apresaron la fragata Esmeralda, y no solamente estoy dispuesto a cubrir este crédito, sino a recompensar como es debido a los bravos marineros que me han ayudado a libertar el país; pero debe conocer, milord, que los sueldos de la tripulación no están en igual caso, y que no habiendo respondido yo jamás de pagarlos, no existe de mi parte obligación alguna.

Esta deuda pertenece al Gobierno de Chile, de cuya orden se enganchó la tripulación.

En la comisaría de aquel Estado deben existir los cargos de oficiales y marineros, y en el respectivo ministerio, el rol y sus alcances, y aunque supongo justo que, en la escasez del erario de Chile, se le indemnicen de algún modo sus gastos expedicionarios, ésta será para mí una agradable atención, pero de ningún modo reconoceré el derecho de reclamarme los sueldos vencidos.

Si yo pudiese olvidar alguna vez los servicios de la Escuadra y los sacrificios de Chile para sostenerla, revelaría un principio de ingratitud que ni como una virtud pública o privada estaría incluida en mi moral.

Tan injusto es prodigar premios como negarlos a quien los merece; me ocupo del modo de realizarlo con respecto a la Escuadra, y de proponer al Supremo Gobierno de Chile pensamientos que concilien todos los intereses.

Nadie más que yo, milord, desea el acierto en la elección de medios para concluir la obra que he emprendido.

Arrastrado por el imperio de las circunstancias a ocupar un asiento que abandonaré así que el país esté libre de enemigos, deseo volver con honor a la simple clase de ciudadano.

Mi mejor amigo es el que enmienda mis errores o reprueba mis desaciertos.

César habría hecho morir al nieto de Pompeyo si no hubiese escuchado un buen consejo.

Yo estoy pronto a recibir de usted, milord, cuantos usted quiera darme, porque acaso el resplandor que de intento se me presenta delante de mis ojos me deslumbre sin conocerlo.

Y en esta parte siempre me encontrará usted accesible y franco.

He preferido dar a usted por el pronto esta contestación privada porque la enfermedad del caballero García me ha impedido el hacerlo de oficio: la daré en el momento que me sea posible.

Entre tanto, creo será a usted grato saber que el benemérito coronel Miller ha ocupado con sus tropas a Ica, y que el general La Serna ha sufrido tal pérdida de bagajes, transportes, efectos y soldados, que no ha podido moverse de su situación, y el 1.º de éste aún ignoraba el general Canterac la posición de La Serna.

El Callao sigue también en grandes apuros.

Ojalá veamos pronto el término de esta campaña, y que usted tenga siempre motivos de conocer que en ninguna situación deja de ser consecuente con sus principios, su amigo afectísimo,

Q. B. S. M.
JOSÉ DE SAN MARTÍN».

En esta carta atribuye San Martín su usurpación a «un extraordinario curso de sucesos felices», omitiendo mencionar que ni dio una acción ni ideó nada que condujera a ello, en tanto que desde el principio hasta lo último no hizo más que poner cuantos obstáculos pudo para evitarlo.

Manifestó que el hacerse un mérito de la caída de los españoles, atribuido por la inscripción de la medalla al Ejército y a sí mismo, era una equivocación que había ocurrido «por no haber podido, en medio de la precipitación de los negocios, prestar su atención al modelo que le habían presentado», siendo así que él mismo escribió la inscripción después de deliberar y consultar largo tiempo con otros, quienes le aconsejaron no mencionara en aquélla a la Escuadra.

En la misma carta repudia toda conexión con Chile, aunque había jurado fidelidad a aquella República como capitán general de ella.

Niega haberse nunca comprometido a pagar los salarios de la Escuadra, cuando fue sólo bajo esta condición como se hizo a la mar desde Valparaíso, y que su propia escritura especificando esta promesa se aceptó como el primer móvil.

A pesar de que era él mismo un oficial de Chile, trata a éste como a un Estado con el que nada tiene que ver, y cuyas deudas declara no quiere pagar, como me lo había dicho ya el 4 de agosto; en una palabra: ¡dice que propondrá a Chile el que pague sus propios marineros!

En cuanto a su promesa de dar a los marineros la paga de un año en recompensa de sus servicios, ni nunca pensó ni la dio; mientras que los 50.000 pesos prometidos a los que capturaron la Esmeralda y está «tratando de recoger», hacía tiempo que había «recogido» muchas veces aquella cantidad de los antiguos españoles, quienes ofrecieron igual recompensa por la captura de cualquiera de los buques de la Escuadra chilena, y se los guardó.

Afortunadamente, sus propias cartas prueban todas estas cosas, pues no me atrevería a mencionarlas si no estuviesen apoyadas por testimonios tan irrefragables.

Más tarde el general San Martín negó al Gobierno chileno que hubiese él rehusado, el 4 de agosto, pagar a la Escuadra. ¡Ya se ha visto la misma aserción de su propia letra, con fecha del 9! Durante todo este tiempo la Escuadra se hallaba en un estado de completo abandono; ni siquiera se le suministraban las provisiones necesarias para su subsistencia, sin embargo de que el protector tenía abundantes medios para poder suplírselas.

Su objeto era obligar por hambre a que desertasen oficiales y tripulación, para acelerar así el desmembramiento de la Escuadra que yo no quería poner a la disposición de sus miras ambiciosas.

El sano consejo que contenía mi carta nunca me lo perdonó el general San Martín, porque después cayó como se lo había predicho; y eso que no había mérito en la profecía, pues las mismas causas producen siempre iguales efectos.

Adherido a mi propio deber, me consideré estar fuera de su mando y me determiné a no seguir otra conducta que la de sostener, en cuanto estuviese en mi poder, las promesas que el Gobierno chileno había hecho al pueblo del Perú.

Ocultando por el presente su resentimiento el Protector, y considerando que los fuertes del Callao estaban aún en poder de los españoles, procuró disculpar la naturaleza desagradable de nuestra entrevista del 4 de agosto, asegurando que «él sólo había dicho o quiso decir que tal vez convendría a Chile el vender algunos de sus buques al Perú, puesto que éste los necesitaba para la protección de sus costas»; añadiendo que «el Gobierno de Chile consagraría en todo tiempo su Escuadra a la protección del Perú».

Repitió se liquidarían los atrasos de la Escuadra así como las recompensas que se le habían prometido.

Como nada de esto se cumplía, la Escuadra comenzó a mostrar síntomas de revuelta a causa de la conducta del Protector.

El 11 de agosto le escribí dándole parte de que el descontento de los marineros iba en aumento, rogándole de nuevo se practicase la paga.

En vista de esto se expidió un decreto ordenando que se destinaba una quinta parte de los ingresos de derechos de aduanas para pagar al Ejército y a la Marina; pero como los fuertes y el puerto del Callao estaban en manos de los españoles, esos ingresos eran enteramente insignificantes, por lo que la Escuadra consideró con razón que aquella medida era sólo un subterfugio.

El Protector respondió a mi carta el 13 de agosto, insinuando al propio tiempo que yo debería volver a considerar mi decisión de no aceptar el mando de la proyectada Marina peruana.

He aquí su carta:

«Milord:

He contestado en la de oficio a la carta de V. S., relativa al asunto desagradable del pago de la Escuadra, que nos causa tanta inquietud, porque no podemos hacer lo que querríamos.

Nada tengo que añadir sino mi declaración de que nunca miraré con indiferencia a cualquiera cosa que pertenezca a V. S. Dije a V. S. en Valparaíso que su suerte sería igual a la mía, y creo haber probado que mi sentimiento no ha variado, ni podrá variar, porque cada día se hacen más importantes mis hechos.

No, milord, no miro con indiferencia cosas que conciernen a V. S., y sentiría que no esperara hasta que yo pueda convencerle de la verdad.

Si a pesar de todo esto V. S. se determina al paso que insinuó en la entrevista que tuvimos hace algunos días, será para mí una dificultad de la cual no podré desenredarme; pero espero que, conformándose con mis deseos, concluirá la obra emprendida, y de la cual depende nuestra común suerte.

Adiós, milord; se repite de V. S. con el más sincero aprecio su eterno amigo,

JOSÉ DE SAN MARTÍN.

Al muy honorable lord Cochrane, comandante en jefe».

La aseveración de que no podía satisfacer a los marineros era un subterfugio: tenía abundantes caudales procedentes de la expoliación por mayor que había hecho a los españoles, a cuya insostenible situación había yo aludido en mi carta de 7 de agosto.

También esperaba que conformándome a sus deseos aceptaría el nombramiento de primer almirante; las consecuencias de esto, juntamente con el decreto transfiriendo los oficiales de Chile, sin su consentimiento, al servicio del Perú, hubieran sido pasar a su Gobierno la Escuadra chilena.



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