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Memoria y presencia de Buero Vallejo


Mariano de Paco





Buero Vallejo no ha desaparecido para quienes hemos tenido la suerte de contar con su amistad, su trato o, simplemente, su proximidad en algún momento. Buero sigue estando también para todos, hoy y mañana, porque ha legado el grato recuerdo de su vida y la impagable herencia de su obra.

Guardamos la memoria de una persona afable, a quien era fácil querer, que pocos días antes de su muerte estampaba su firma ante unos papeles cualesquiera que unos jóvenes desconocidos le pedían, como en la cárcel dibujó a tantos anónimos compañeros aunque la lógica relevancia del retrato de su amigo Miguel Hernández haya eclipsado a los demás. Tenemos el recuerdo de un dramaturgo consagrado que asistía siempre a los estrenos teatrales, con cariño especial si eran de los autores de menor edad, porque afirmaba que a ellos sobre todo había que apoyar. Poseemos la imagen de los encuentros en su voluntariamente modesta sala de estar, bajo el retrato de su madre, con el sempiterno hábito de su bata, hablando con singular lucidez de tantas cosas mientras solicitaba con apremio el pitillo cuando ya no debía acudir a él. Mantenemos la sorpresa de su voz contestando al teléfono sin agentes ni intermediarios. Conservamos en la mente las muestras constantes de su humor y su ironía, apenas velados por una apariencia adusta que sólo desconcertaba a quienes querían el desconcierto. Sentimos indignación por las desatenciones y las mezquindades que no dejaban de hacer una mella en él tanto mayor cuanto más injusto era su origen. Admiramos agradecidos a quien nos abrió prestamente sus puertas apenas concluidos los estudios de licenciatura, nos obsequió su tiempo en generosas cartas y entrevistas, nos ayudó por encima de lo imaginable y, paulatinamente, favoreció el nacimiento y el desarrollo de una impagable amistad.

Otros seres humanos tendrán sin duda en su haber éstas y quizá otras virtudes. Pero Buero Vallejo unía a esas cualidades extraordinarios valores que mantienen, con los antes recordados, su presencia. Buero ha sido un testigo lúcido y comprometido de la sociedad en la que su existencia ha transcurrido. Buero ha llevado a su teatro problemas morales que su vida le ha presentado y él, ejemplarmente, no ha dejado de plantearse nunca. Buero dio un necesario giro a la escena con la que se encontró al abandonar la prisión, ha hablado a los hombres de su tiempo de las cuestiones que en todos los planos les afectaban, creó una dramaturgia en la que la voluntad de búsqueda estética se fundamenta en la afirmación ética, luchó por expresarse en su patria contra todas las censuras y dificultades. Buero Vallejo buscó al público para dirigirse a él con sus textos y, a lo largo de más de cincuenta años y por medio de más de treinta obras, le ha advertido de que «el hombre más oscuro puede mover montañas si lo quiere», le ha hecho reflexionar sobre «la importancia infinita del caso singular», ha insistido en la necesidad de mantener «la esperanza de la luz» porque «la forma misma de Dios, si alguna tiene, sería la luz». El mismo está entre nosotros cada vez que nos habla, desde el escenario o desde el libro, uno de los personajes.

Antonio Buero Vallejo permanece por eso en la memoria y nos deja en las obras su presencia.





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