Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.

Madama Malibrán

Joaquín Telesforo de Trueba y Cosío

Cuando hace pocos días (véase el núm. 23) consagramos en nuestro Semanario un artículo necrológico a la memoria de nuestro compatricio el célebre compositor Gomis, lamentándonos al mismo tiempo de las importantes pérdidas sufridas recientemente por el arte filarmónico, estábamos muy lejos de sospechar que tan pronto habíamos de tener que tributar tan triste obsequio a otra notabilidad aun más célebre, también de sangre española, y cuyo admirable talento solo la España no ha tenido ocasión de admirar.

María Felicia García, hija del célebre tenor español Manuel García, y de Joaquina Briones, nació en París en 1808. Su padre, compositor distinguido, grande actor, excelente cantor, y sobre todo sobresaliente maestro de canto, quiso educar por sí mismo a su hija en la parte musical. Semejante a Rossini a quien su padre hubo de poner en aprendizaje en casa de un herrero, para obligarle a preferir la música a cualquiera otra ocupación, la joven Mariquita no manifestaba ninguna disposición para aquel arte, en que debía brillar con una reputación sin igual. ¡Cosa extraña! La naturaleza no la había dotado muy largamente en esta parte. Verdad es que poseía el sentido musical, o lo que se llama un oído fino, imposible de adquirir con el trabajo, pero en cambio tenía un órgano muy defectuoso, una voz tosca, sorda y áspera. Muchos padres, muchos maestros hubieran declarado que nunca llegaría a cantar medianamente. García no desistió; pero la pobre niña pagaba bien caras las preciosas lecciones que recibió en la casa paterna. Sus primeros años de estudios los pasó bien tristemente, y más de una vez terminaba el llanto sus lecciones, porque más de una vez recibía la aplicación de aquel antiguo proverbio de nuestras escuelas «la letra con sangre entra».

Apenas salió de la infancia, la lanzó su padre en el teatro. Londres fue quien la vio por primera vez ejecutar papeles fáciles sin brillo y sin consecuencia, porque su talento acababa de nacer, y Londres que tan magníficamente recompensa las reputaciones formadas, no es el país en que el talento se adivina fácilmente. Poco después María siguió a su padre a Nueva York, donde, a la edad de 17 años, la obediencia la hizo desposarse con un comerciante de bastante edad, pero que pasaba por opulento, el que arrancándola de su familia, debía también sacarla del teatro. Dichosamente para las artes y aun para ella misma no sucedió así. Varios reveses de fortuna hicieron que Mr. Malibran declarase a su esposa que su papel de gran Señora había concluido, y era preciso volver de nuevo al de artista. Entonces, bajo aquel nuevo apellido que tan célebre debía hacer, volvió a aparecer María Malibrán en la escena de Nueva York, al lado de su padre. Un trabajo continuado, el sentido de su fuerza y la necesidad de la gloria, aumentaban diariamente su talento. Conoció que podía brillar en más vasto escenario ante un público más amante de su arte, y se presentó en París.

Rossini que en su infancia la había oído balbucir los primeros tonos en el piano de García, reconoció desde luego el alcance de su talento, y la predijo el porvenir que la esperaba. Después de haberse ensayado ante un selecto auditorio, madama Malibrán se presentó en el escenario de París, temido de los artistas más consumados. Esto sucedía si no nos equivocamos en 1827; tenía a la sazón 19 años. Su primera salida la hizo en el gran salón de la ópera en ocasión que se representaba la Semíramis a beneficio de Galli. Excusado nos parece recordar el efecto de esta salida. La joven cantatriz aplaudida con entusiasmo desde el momento en que con paso noble y gracioso atravesó el teatro, desde que hizo resonar su poderosa voz, se elevó a regiones desconocidas y por unanimidad de los inteligentes, quedó colocada entre los talentos de primer orden. Inmediatamente fue contratada como prima donna en el teatro italiano. Desde entonces su vida artística no es sino una serie de triunfos no interrumpidos, de victorias que cada día iban en aumento. Sostenida y dirigida por los aplausos de un público ilustrado, apasionada por su arte tanto como por la gloria que adquiría, alcanzó a sus más ilustres rivales, y bailando en su alma enérgica nuevos recursos y nuevos secretos, las adelantó, las derribó a todas dejándolas muy atrasadas, con admiración de los inteligentes. Madama Malibrán es sin duda alguna la primera celebridad teatral que ha conocido el mundo. Recorriendo como en triunfo la Francia, la Italia, la Inglaterra, las Américas y parte de la Alemania, ha sido en todas partes objeto de honores inauditos; tomos en folio pudieran llenarse de versos en su alabanza, un arenal de la América pudiera convertirse en florido vergel con las coronas colocadas sobre su frente; pueblos entusiasmados han desuncido sus caballos y conducídola a brazo, ejércitos formados en batalla la han presentado las armas, y finalmente sobre el trono del arte ha recibido los honores reservados a la regia dignidad.

En su carrera tan corta como brillante, no tuvo menos parte la adversidad que la gloria. Difícil es explicar lo que ha padecido en tantos viajes, tantos estudios, tantas representaciones. Se la ha visto en París desempeñar sucesivamente todo el repertorio del teatro italiano: se la ha visto tomar indistintamente el papel de Semíramis o el de Arsaces; el de Zerlina o el de Anna; ser viva y traviesa en Rossina; inocente y sencilla en la Cenerentola; noble y orgullosa en Tancredi, patética en La gazza ladra, sublime en Desdémona, tan trágica como Talma, tan bufa como Lablache.

Habiendo hecho disolver hace ocho meses su primer matrimonio contraído con graves nulidades, fue a París a enlazarse en presencia de sus amigos, y de su familia, con el hombre de su elección, (Mr. Bériot, célebre violinista) el hombre digno de ella, y el único también de entre sus adoradores que podía envanecerse de un amor correspondido. La noche en que se celebró la ceremonia, cuando ella se consideraba feliz en llevar un nuevo nombre, se reunieron en su casa las más altas reputaciones musicales y políticas: Rossini, Meyerbeer, Auber, Mercadante, Halévy, Nourrit etc., solo faltaba entre los unos aquel joven Bellini, arrebatado, como ella acaba de serlo en la flor de su edad; y entre los otros Lafayette que la había amado como padre, y que con una gracia inexplicable la decía: «María, vos seréis sin duda mi última pasión». La tertulia se convirtió en un pequeño concierto que empezó como por casualidad, y concluyó a las dos de la mañana. Solo había tres ejecutantes; pero ¿pudieran hallarse otros iguales?, eran, pues, ella, Bériot y Thalberg.

Madama Malibrán dotada de una concepción rápida, y de una admirable fuerza de voluntad, obtenía el más feliz resultado en todo cuanto emprendía. Hablaba cuatro idiomas con igual perfección, y todos cuatro los empleaba en conversaciones cruzadas con diferentes interlocutores sin llegar a confundirlos. El español, idioma maternal; el francés, idioma de su educación; el italiano, idioma de su arte; y el inglés, idioma de sus viajes. También sabía, aunque poco, el alemán. Con una destreza y una habilidad poco comunes ejecutaba cuantas labores propias de su sexo se la presentaban. Apenas veía en otra una obra desconocida para ella, enviaba a buscar los objetos necesarios, la emprendía, y con la mayor facilidad excedía a sus modelos. Sin haber aprendido a dibujar ejecutaba retratos bastante semejantes, y sobre todo caricaturas llenas de poesía y de malicia. Nadaba, manejaba las armas, hacía juegos de fuerza y de destreza, y montaba a caballo con una gracia, un aplomo y un valor poco comunes.

Madama Malibrán como todas las celebridades, como todas las personas sobre quienes se fija la pública curiosidad, fue el blanco de la ociosidad y de la maledicencia. Sobre su personal, sus costumbres, su carácter, se han inventado mil fábulas ridículas, aunque desmentidas, y de las que los mismos que las esparcieron se hubiesen avergonzado, si hubieran tenido la fortuna de tratarla de cerca y de conocerla. La vida de una mujer como Madama Malibrán estaba muy expuesta a todas las miradas para ocultar la más mínima falta, el más pequeño descuido o ligereza. Pero si fuese necesario compendiar y publicar los rasgos de beneficencia que han honrado su vida, se pudiera formar una obra tan dilatada como la colección de las alabanzas tributadas a su talento. Prodigar el dinero era muy poco para quien ganaba mucho, pero ella sabía unir a sus donativos la gracia y la oportunidad que dulcifican la pena de necesitarlos, y que doblan su precio. Permítasenos recordar entre otras mil una anécdota que se ofrece a nuestra memoria.

En 1829 una joven inglesa corista en el teatro de París, no teniendo medios para seguir la compañía a Londres, quiso dar un concierto en casa de una persona benévola que la franqueó su salón. Siempre dispuesta a ser útil Madama Malibrán consintió en cantar en ella, y su nombre bastó para reunir una numerosa sociedad. Aquella noche contra su costumbre vino tarde y se hizo esperar. Concluido el concierto llamó aparte a la beneficiada. «Os había prometido la noche -la dijo- y he buscado el medio de aprovecharla con doble ganancia. Antes de venir aquí he cantado en casa del duque de Orleans. Ved ahí los cien escudos que me ha dado» y puso en manos de la joven extranjera un bonito bolsillo lleno de monedas de oro. Cada uno de sus amigos pudieran contar una multitud de rasgos semejantes, sin otros muchos, cuyo secreto la ha acompañado hasta el sepulcro.

Esta mujer admirable, ha muerto en Manchester el 23 de setiembre último a los 28 años de edad, víctima de una fiebre nerviosa mal combatida por la medicina. Ha dejado su madre, su marido, un hijo de tres años, un hermano digno sucesor de su padre en la enseñanza del canto, una hermana apenas adolescente que promete llegar algún día al rango de eminente profesora, y ha dejado en fin una plaza para siempre vacía en la estimación de sus admiradores, y en el corazón de sus amigos.