Así la llaman todos los que la conocen.
¡La niña triste!
Margarita, que así se llama, es muy rica, sumamente rica, tiene los más bellos vestidos, los mejores adornos, las más preciadas galas; con lo que valen podrían mantenerse años algunas familias. Su colección de juguetes representa una fortuna; de Francia, de Alemania, de Inglaterra le trae su familia todos aquellos ingeniosos, delicados y sorprendentes juguetes que más pueden halagar a una niña de tan exquisito gusto como Margarita.
Si mis bulliciosos lectores pudieran ver la elegante habitación donde tiene sus juguetes Margarita, habían de asombrarse muy mucho de que niña poseedora de tales primores, de tan grandes riquezas, de tan variados y divertidos objetos de entretenimiento esté siempre triste.
Porque siempre está triste la pobre Margarita.
-Estará enfermita, pensarán mis pequeñas, pero ya discretas lectoras.
Los médicos dicen que no lo está, hijas mías, y en la edad de Margarita suele la enfermedad no quitar la alegría a los niños; a quienes se la quita es a los padres que no pueden ver indiferentes los sufrimientos de sus hijos.
Margarita tiene todo aquello que hace la ventura de los niños, y de los mayores también; preciosa casa, con jardín magnífico lleno de flores, coches —45→ elegantísimos, pájaros bellísimos que la conocen y vienen a comer en su mano, y le hacen mil monadas para festejarla y mostrarle su agradecimiento; en verano viaja, y ya, en su tierna edad, ha visto la Suiza, la Italia, todas las más bellas capitales, todos los prodigios de la naturaleza y de las artes.

-¿Y está triste Margarita?, volveréis a preguntar, donosas lectoras, empezando acaso a dudar de que sea cierto lo que os voy refiriendo.
Pues es la pura verdad; Margarita tiene en su peregrino rostro impreso el sello de la tristeza desde que nació.
No os había dicho que Margarita es bellísima; en su semblante no hay el más leve defecto; sus ojos son azules como el cielo; sus cabellos parecen de oro purísimo; sus labios tienen el color y la pureza de la rosa. Cuantas personas ven a Margarita quedan asombradas de ver reunidas en ella todas las perfecciones físicas, y al mismo tiempo les impresiona la tristeza de aquellos ojos, de aquella sonrisa incomparable que en vano os procuraría explicar.
Margarita es objeto de los más afectuosos cuidados, y recibe, como podéis suponer, una educación esmeradísima.
Y sus maestros están encantados de ella.
Nunca han conocido mayor penetración, ni más facilidad para aprender, —46→ ni tan claro juicio, ni semejante precocidad, en fin.
Lee, y no lee con la indiferencia y el aturdimiento propio de la edad; lee pensando, lee pausadamente, dando todo su valor a la frase, juzgando con prodigioso acierto de los pensamientos que encuentra en el libro; lee como una mujer muy ilustrada y juiciosa.
Escribe y no es fácil encontrar en lo que escribe faltas de ortografía, y las cartitas que dirige a alguna de sus tías, cuando está ausente, no parece que las ha escrito una niña, sino una mujer muy discreta.
Bastan estos detalles para haceros comprender que Margarita es en todo extraordinaria.
-¿Y por qué está triste esa niña?, volveréis a preguntar con bien fundada curiosidad. ¿No tiene todo lo que puede hacerla feliz?... ¿No tiene talento, hermosura, riquezas, virtudes?...
Todo eso tiene en efecto: pero no tiene padres ni los ha conocido.
Considerad ahora si tiene fundamento su tristeza.
Tres meses antes de nacer Margarita, murió desastrosamente su pobre padre, hombre millonario, pero que tenía una ambición sin límites, no de riquezas, sino de poder y gloria, y esta ambición le llevó a morir en lo mejor de su edad. La desventurada viuda, un ángel, modelo de todas las virtudes, madre de los pobres y esposa amantísima, murió tres meses después, a poco de dar a luz a la hija de su alma, sin tiempo más que para estampar un beso en la boca de la recién nacida.
¿Comprendéis ahora la tristeza de Margarita?...
Todos los bienes que la rodean no pueden compensar la falta que siente a niña en su corazón.
Esta falta, este infortunio, debo decir, es más sensible para Margarita, por efecto de su gran penetración, de su clara y precoz inteligencia.
Margarita se ve, aunque tiene cariñosas tías, sola en el mundo; mira con indiferencia todo lo de la tierra, todo lo mira con tristeza, y sólo se dibuja una sonrisa dulcísima en sus labios cuando levanta la mirada al cielo. En el cielo ve a sus padres; su madre la llama a su lado, y ella... ella quiere ir al lado de su madre, y siente en lo íntimo de su corazón que Dios, ha a llevarla al lado de su madre.
Por eso sonríe mirando al cielo, por eso lo es indiferente todo lo que no es pensar en Dios y en sus padres.
Si ella pudiera disponer libremente de su fortuna, toda la cedería a los pobres. Dar limosna es lo único que parece alegrarla; los pobres ya la conocen, y cuando sale en carruaje con alguna de sus tías, ya se sabe que la niña va repartiendo monedas a todos los pobres que ve, no en la medida que ella quisiera, sino en la prudente y razonable que sus tías le aconsejan; ella no es capaz de desobedecer a sus tías en lo más mínimo, aunque la contraríen.
Ya os veo, queridas lectoras mías, apenadas al considerar que puede ser cierto el presentimiento que de morir pronto tiene la simpática incomparable Margarita, y también creo leer en vuestro pensamiento que ya no envidiáis sus juguetes ni sus riquezas, ni sus viajes, ni sus coches, porque vosotras tenéis lo que vale más que todo eso, más que todo el mundo para vosotras, tenéis vuestro amantísimo padre, —47→ que trabaja y se afana por vosotras solamente, vuestra cariñosísima madre que por vosotras sería capaz de todos los sacrificios.
Ella sí que os envidia a vosotras, ¡qué digo a vosotras! A la pobre niña mal envuelta en un pedazo de bayeta, que sonríe en los brazos de una mendiga miserable, que es su madre.
Cuando paséis, queridas niñas, cerca de alguna que, como Margarita, vaya en un coche magnífico, vestida con la mayor riqueza, no se os ocurra envidiarla, porque acaso sea tan desgraciada como la niña triste de quien os he hablado hoy, acaso no tendrá madre, acaso desde antes de nacer la haya herido el infortunio.
Ningún amor, hijas mías, puede reemplazar el amor de los padres; es ley natural que mueran antes que sus hijos, porque cuando ya los hijos no necesitan su protección y cuidados en la tierra, van a protegerlos y a rogar por ellos en el cielo; cuando se ha vivido con ellos largos años, los hijos que ya han contraído otros deberes, que ya han formado otra familia, ven morir a sus padres con honda pena, con agudo dolor, mas Dios templa este dolor y les envía resignación y fuerzas para cumplir los deberes a que están obligados; pero cuando no se les ha conocido, cuando no se han gozado las incomparables caricias maternales, cuando se ha carecido de ese tesoro de amor purísimo, que vierte sin cesar sobre sus hijos el corazón de una madre, entonces los niños de tan exquisita sensibilidad, de tan clara y precoz inteligencia como Margarita, viven tristes y viven poco.
Dad gracias a Dios que os conserva a vuestros padres, y pedidle fervorosamente que largos años aún los conserve a vuestro lado.
C. FRONTAURA.
Para que aquellos de nuestros lectores que no conozcan este libro de nuestro amigo el Sr. Guerrero puedan formar idea de su importancia, copiamos a continuación la autorizada opinión de la Sra. de Avellaneda, expresada en una carta al autor, tan bien escrita como todo lo que sale de la pluma de tan eminente escritora:
SR. D. TEODORO GUERRERO:
| GERTRUDIS G. DE AVELLANEDA. Guanabacoa, 1863. |
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Catalanes
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Para eternizar la memoria de la derrota de Marco Antonio, que dio nombre al mes anterior, el Senado de Roma dispuso que este aventajase a todos los del año, y lo aumentó un día más, quitándosele al de Febrero, y en honor de César Augusto le dio este título en vez de sextilis con que en la antigüedad se conocía, por ser el sexto del año.
Entre los egipcios se celebraban en este mes las fiestas llamadas Nephitis: los griegos tenían otra parecida a la de los Tabernáculos, que duraba seis días, y alzaban tiendas con frondosos ramajes.
Corresponde a este mes el signo de Virgo, que compone un grupo de veintiocho estrellas, representado por la figura de una joven llevando en las manos un haz de espigas, para indicar de esta manera la estación en que los campos agostados por la intensa fuerza del astro luminoso, preparan la recolección de granos al industrioso labrador.
Con el fin de perpetuar el grato recuerdo del príncipe de los Apóstoles San Pedro Advíncula y de tributar a Dios las debidas gracias porque le libró del furor de Herodes, fue sin duda instituida la festividad que celebra la Iglesia el día primero de este mes. Los libros santos, refieren detalladamente las circunstancias del encarcelamiento y de la milagrosa libertad del santo, y señaladamente San Agustín y el Papa San León comentan estos pasajes, deduciendo consecuencias de extraordinario aprovechamiento para los fieles.
Es aniversario este mes de los sucesos siguientes: Celebración del Concilio y Congreso de León, presidido por el monarca D. Alonso V, el año 1020. -Muerte de Luis VI, rey de Francia, hijo de Felipe I, en 1137. -Alfonso I de Cataluña sucede a su padre Berenguer IV, en 1162. -Muere Alfonso IV de Castilla, en 1214. -D. Fernando el Santo se apodera de Andújar, ocupada por los moros, en 1224. -Colocación de la primera piedra de la grandiosa catedral de Toledo, en 1227. -Conquista —50→ de Ibiza por D. Jaime I de Aragón, en 1235. -Muerte del arzobispo D. Rodrigo, cronista de la batalla de las Navas, en 1245. -Combate naval ganado por los catalanes a los franceses en Rosas, 1285. -Nace en Carrión de los Condes D. Íñigo López de Mendoza, en 1398. -Muerte de Cosme de Médicis, en 1464. -Institución de la orden de San Miguel por Luis XI, rey de Francia, en 1469. -Fundación de la audiencia de la Coruña por los Reyes Católicos, en 1480. -Conquista de Málaga por los mismos, en 1487. -Es elegido papa Rodrigo de Borja (Alejandro VI), natural de Valencia, en 1492. -Hernán Cortés toma a Méjico, en 1520. -El célebre poeta D. Alonso Ercilla fue bautizado en Madrid, en 1533. -San Ignacio de Loyola funda la compañía de Jesús en 1534. -El rey Felipe II gana a los franceses la gran batalla de San Quintín en 1557. -El mismo coloca la primera piedra para fundar el suntuoso monasterio del Escorial, en 1530. -Muere el fénix de los ingenios, Lope de Vega, en 1635, y nuestros célebres pintores, Velázquez, en 1660 y Romero Escalante en Sevilla, en 1695. -Llegó a Cádiz la escuadra inglesa, que no pudo desembarcar por la resistencia de la plaza, en 1702. -Muerte de Ricardo Savage, poeta inglés, hijo de la condesa de Macelefreld, en 1743. -Partida de La Perouse, navegante francés, notable por sus viajes, en 1785. -Fundación del mayorazgo y priorato de San Juan, en 1794. -Nace en Sevilla el cardenal Nicolás Wisseman, en 1802. Fue destruida por un terremoto la villa de Dalias, en Almería, en 1804. -Los franceses piden la paz a nuestro general Palafox, y este les declara la guerra en 1808. -Entrada en Madrid del ejército victorioso de Bailén, en 1808. -Levantan los franceses el sitio de Cádiz, en 1812. -Incendio de las casas consistoriales de San Sebastián por los franceses, en 1813. -Muerte del marqués de Puisegur, uno de los más ardientes propagadores del magnetismo, en 1825. -Convenio de Vergara, con el cual terminó la guerra civil de España, en 1839. -Inauguración de las obras, del presidio modelo de Valladolid, en 1847. -Fallecimiento del ilustre vencedor del Callao, Méndez Núñez, en 1869.
M. J. PASCUAL.
Artillería de plaza.
—51→
Traducción del alemán por D. F. Miquel y Badia.
(Conclusión.)

En otoño reunía las nueces y las hojas que caían de los árboles, y en el invierno las unas le servían de manjar y las otras de abrigo. Sus vestidos no tardaron mucho tiempo en desprenderse de su cuerpo, rotos a pedazos. Cuando el sol brillaba con ardientes rayos, salía del tronco y se sentaba al pie del árbol cubierta por sus cabellos, que como un manto se le extendían por pecho y espaldas, y así pasó un año tras otro, y así conoció las calamidades y miserias de este mundo.
Érase la estación en que los árboles se cubren de verdes hojas, y el rey de aquellas tierras había ido a cazar en el bosque. Acaeciole que un corzo, al verse perseguido, se metió en la maleza, en donde el árbol hueco se encerraba, por lo que desmontó el rey del caballo, y con la espada separó los zarzales y se abrió por entre ellos un camino. Cuando al fin dentro hubo penetrado, vio debajo del árbol sentada una hermosísima niña, sueltos los cabellos de oro que hasta los pies la cubrían. Contemplola en silencio lleno de admiración, y al cabo de un rato hablola en estos términos: «¿Quién eres? ¿Por qué te hallas en este yermo?» A lo cual no dio ella respuesta alguna, pues no podía despegar los labios. Y prosiguió el rey: «¿Quieres venirte conmigo e iremos a mi castillo?», y la muchacha inclinó un poquillo la cabeza. Levantola el rey, montola en su caballo, y con ella cabalgó hacia su morada. Y al llegar al real palacio, mandó que le pusieran riquísima vestidura, y que de todo abundantemente la proveyeran, y aún cuando la niña no pudiese hablar, era tan bella y bondadosa, que el rey le fue cobrando cariño y no tardó mucho tiempo en casarse con ella.
Algo más de un año había trascurrido cuando la reina dio a luz un niño. Hallábase en la cama, y sola en su estancia, cierta noche en el momento en que se le apareció la Virgen María, y le dijo: «Quieres en verdad decirme y confesar que tú fuiste la que abrió la puerta prohibida; si así lo haces quedará expedita tu lengua y recobrarás —52→ el habla, si por el contrario perseveras en el pecado y niegas obstinadamente, me llevaré conmigo a tu hijo recién nacido.» Sintiose la reina entonces débil para contestar, más sostúvose terca, y dijo: «No abrí yo la puerta prohibida,» a cuyas palabras la Virgen tomó al recién nacido y con el desapareció. Al día siguiente, a la nueva que no se encontraba al niño, gran rumor se levantó entre la gente de que la reina se alimentaba con carne humana, y que había muerto a su propio hijo, todo lo cual oyó ella muy claramente sin que pudiese proferir palabra alguna para desmentirlo. El rey no lo creyó, porque la amaba con exceso.
Un año después dio a luz la reina otro niño, y a la noche siguiente se le apareció como la vez anterior la Virgen María, y le dijo: «¿Quieres confesar ahora que, fuiste tú la que abrió la puerta prohibida? Si así lo haces te devolveré a tu hijo y te soltaré la lengua; si empero perseveras en el pecado y niegas, tomaré conmigo a tu hijo segundo recién nacido.» Y de nuevo repitió la reina: «No abrí yo la puerta prohibida,» dicho lo cual, la Virgen tomó en brazos al niño, y se fue con el camino del cielo. Cuando a la mañana siguiente se supo que el niño había otra vez desaparecido, las gentes todas murmuraron recio, diciendo que la reina se lo había comido, por cuya razón los consejeros del rey opinaron que debía ser juzgada; mas como el rey la amaba tanto, mandó a sus ministros que no volviesen a hablar más de ello, bajo pena de la vida.
Al tercer año, dio la reina a luz otro hermosísimo niño; y como antes, se le apareció por la noche la Virgen María, y la dijo: «sígueme;» tomola por la mano, la llevó a los cielos y le mostró a sus dos hijitos mayores, que la miraron sonriendo, mientras estaban jugando con el globo terrestre. A su vista, alegrose el corazón de la reina, y la Virgen lo dijo: «¿Quieres confesar ahora que abriste la puerta prohibida? Si así lo haces, te devolveré a tus dos hijos», mas la reina contestó por vez tercera: «No abrí yo la puerta prohibida,» a cuyas palabras la Virgen la envió de nuevo a la tierra, guardando en su poder el hijo tercero.
A la mañana siguiente, cuando estuvo la cosa divulgada, oyose gran clamor de que la reina comía carne humana, y que debía ser entregada a la justicia. El rey no pudo contener por más tiempo a sus consejeros, y así se la sujetó a juicio, y como no pudo hablar ni defenderse, fue condenada a morir en la hoguera. Amontonose la leña, y cuando la reina estuvo atada al poste y el fuego empezó a rodear su cuerpo para quemarlo, derritiose el duro hielo del orgullo, y su corazón se sintió movido por el arrepentimiento. «¡Ay! ¡Así pudiese confesar antes de morir que abrí la puerta prohibida!, -pensó ella- y al instante recobró la voz, y exclamó: «Virgen María, yo lo hice.» Cayó en seguida la lluvia del cielo, apagáronse las llamas de la hoguera; un rayo de luz se posó sobre la reina; la Virgen descendió con los tres hijos, uno a cada lado y el chiquitín en brazos, y con tono cariñoso le dijo: «El que se arrepiente de sus pecados y los confiesa, será perdonado.» Y la entregó los niños, devolviola la perdida habla, y la hizo feliz para todos los días de la vida.
—53→

El nombre que lleva este animal indica claramente sus grandes facultades, y sin embargo, pocos naturalistas han observado la rara inteligencia de este rey de los pájaros. Preciso es que penetremos, con Anderson, en los bosques vírgenes de América para reunir algunas observaciones curiosas acerca del águila.
«En otoño, dice, en el momento, en que millares de pájaros huyen del Norte y se acercan al sol, dejad vuestra barca balancearse en las aguas del Mississipi. Cuando veáis dos árboles, que sobresalen sobre todos, elevados uno enfrente de otro, en la orilla de un río, levantad los ojos y allí veréis el águila sobre uno de aquellos arboles; sus pupilas brillan en las órbitas, parece que tiene dos luces en los ojos; contempla —54→ atentamente toda la extensión de las aguas, observa, oye, escucha todos los ruidos, los distingue, los recoge, y nada se le escapa. En el árbol opuesto, la hembra se halla también de centinela, y de vez en cuando con un grito parece exhortar al macho a tener atención y paciencia; este contesta, batiendo las alas, con un grito que parece la carcajada de un loco; y luego se endereza, y su inmovilidad y su silencio le hacen parecer de mármol. Los pájaros de todas clases, las gaviotas, las avutardas huyen en compactas masas, y el águila las desdeña y las deja marchar. Oyese un graznido particular. La hembra advierte al macho, batiendo las alas; el macho se estremece, y se prepara a partir.
El cisne llega flotando por los aires, con el cuello blanco como la nieve, extendido hacia adelante, y la mirada inquieta y escrutadora. El movimiento precipitado de sus alas basta apenas a sostener la masa de su cuerpo.
De pronto oyese un grito: el águila vuela con la rapidez de una estrella o de un relámpago; el cisne ve a su verdugo, dobla el cuello, describe un semicírculo, y procura en la agonía del temor escapará la muerte. Un solo medio le queda; sumergirse en la corriente; pero el águila lo prevé, y obliga a su presa a permanecer en el aire, colocándose debajo de ella, y amenazando herirla en el vientre o bajo las alas. Así consigue siempre su objeto; el cisne se fatiga, y pierde toda esperanza de salvación; pero entonces su enemigo teme todavía que caiga en el río, y dándole un golpe con la garra bajo el ala, le precipita oblicuamente hacia la orilla.»
Vosotros, queridos niños, que tenéis tan buen corazón, veríais con espanto este triunfo del águila; hunde profundamente sus garras en el corazón del cisne moribundo; bate las alas, grita embriagado de alegría al ver las convulsiones de la víctima, y sus ojos, inflamados de orgullo, parecen de sangre; la hembra se le une, y los dos destrozan la preciada presa.
«En este drama terrible, dice Leonard, la inteligencia se une al instinto; es imposible no reconocer la atención, la prudencia, la reflexión, la astucia, la observación del águila.»
Cuando las águilas enseñan a volar a sus hijos, si advierten que les falta fuerza, se los ponen encima y los llevan sobre las alas.
Hay una clase de águilas que gustan mucho del pescado; pero temen el agua y no se atreven a pescarlo. He aquí cómo se componen para satisfacer su afición. Si ven otra ave de rapiña, que ha cogido un pez, la persiguen, y el ave, temerosa, huye, soltando su presa. El águila en seguida salta sobre el pez, le coge, le arroja al aire para volverlo, y lo coge en el pico por la cabeza con objeto de que las aletas cortantes del pez no le desgarren la garganta.
El águila, hijos míos, es un animal magnífico... para verlo pintado o disecado.
E. M.
—55→
Cuentan, queridos lectores, que la fama del rey Salomón era tan grande que de todas partes llegaban las gentes a admirar su magnificencia. Esto que sucedió con el rey sabio, sucede, y ha sucedido con todo aquello que es digno de llamar la atención, y mucho más si esto acontece en grado superlativo. La propensión a saber, la curiosidad que existe en todo ser racional fue la causa de que todo el mundo quisiera ver al rey Salomón, como ocasionó también que en el pueblo de mi amiguito cundiese bien pronto entre los niños la noticia de que en el jardín de Rafael daba Carlos lección de geometría; siendo tanto lo que los estudiantes alababan lo recreativo de las explicaciones, haciendo aquellos de Carlitos tales ponderaciones, que no había niño en el pueblo que no llorase un rato todos los días por tal de ir a la cátedra de mi amiguito.
El pueblo donde Carlos vive, que es el mío, no es ningún lugarcillo, y, esto hacía naturalmente imposible que los niños todos pudiesen lograr sus deseos: además el cenador donde Carlos daba sus explicaciones sólo podía contener cuatro niños más de los que ya asistían. Ya podéis figuraros si habría niños que se quedaban con las ganas de aprender la geometría.
Naturalmente, Carlos y sus discípulos tenían sus amigos predilectos; y por más que ellos entro sí fuesen los que más amistad se profesaban, aún había algunos compañeros a quienes querían sinceramente, y que se veían privados de participar de la enseñanza de nuestro pequeño catedrático.
Dos de estos eran Teodoro y Ricardo, jóvenes apreciables, estudiosos y buenos. Estos niños eran huérfanos, habían perdido hacía algún tiempo a su buen padre y a su querida mamá, a quienes ellos querían entrañablemente y cuya memoria veneraban. Don Lucas, un tío suyo, había tomado a su cargo a los hijos de su hermano que atestiguaban con su conducta ser dignos de la protección que su señor tío les dispensaba.
Este caballero creía que el mejor modo de honrar la memoria de su querido hermano era dar a los niños una buena educación, pues el no se encontraba en situación de darles una carrera distinguida. No obstante, disfrutaba de una posición desahogada, y si no le era fácil hacer a sus sobrinos ingenieros o abogados, podía, sí, ponerles en estado de entrar en alguna casa de comercio en que poder obtener algún cargo decente y capaz de cubrir todas sus necesidades.
Teodoro y Ricardo estaban muy adelantados en la escuela, y cuando supieron lo de la clase de geometría, fue su primer cuidado manifestar a su tío el gran deseo que tenían de asistir a ella. Este manifestoles desde luego —56→ que era en ello muy gustoso, pero que debía obtener antes el permiso del padre de Rafael, en cuya casa tenía lugar la clase; a cuyo efecto prometió visitarle, pues era muy amigo suyo, y su amistad se remontaba a muchos años atrás.
Comprenderéis, desde luego, que el papá de Rafaelito accedió gustosísimo al deseo de D. Lucas, quedando convenido con este en que aquella tarde que correspondía a la sexta lección, asistirían por primera vez Teodoro y Ricardo.
Cuando D. Lucas llegó a su casa, encontró a los dos niños que le esperaban y le salieron al encuentro.
-¿Iremos a casa de Rafael, querido tío?
-Sí, hijos; esta tarde os llevaré yo mismo, pues ya he hablado con el papá de vuestro amiguito, que ha accedido a vuestro deseo con suma galantería.
-¡Qué gusto, querido tío, qué alegría ir a la clase de Carlitos!
-Bien, bien, respondió el bueno del tío, preparaos para ir a casa de vuestro amiguito esta tarde.
No tengo para qué deciros, niños amados, no tengo para qué explicaros el contento de Teodoro y Ricardo: estos niños estaban locos de alegría porque iban a saber la geometría: son muy buenos, y yo los quiero mucho; debo deciros, en secreto por supuesto, para que ellos no lo sepan, que deseo sean vuestros amiguitos.
¿Habrá yo merecido algo de vosotros, mis queridos lectores, habré yo merecido algo con relataros las explicaciones de Carlitos para que me concedáis este favor?
Sí, niños, sean Teodoro y Ricardo vuestros amiguitos, como ya lo son Carlitos y sus antiguos discípulos.
Llegó la tarde en que los dos nuevos alumnos debían asistir al jardín, y desde temprano esperaban Rafael, Luis, Gonzalo y otros la llegada de Carlitos y de sus nuevos compañeros; llegada que sabían por Rafaelito, a quien su papá había comunicado la noticia.
Llegaron los dos niños antes que mi amiguito el profesor, y bajaron al jardín acompañados de D. Lucas y del dueño de la casa, que había suplicado a aquel asistiese a la lección de aquella tarde. A poco rato llegó Carlos, que venía muy contento; pero se quedó como suspenso al ver personas de la edad y circunstancias de D. Lucas y el padre de Rafael que deseaban escuchar su lección; él, que tan contento venía aquella tarde, que traía una porción de figuras de madera en los bolsillos, se arrepintió hasta de haberlas hecho, pues no se atrevía a explicar más que ante sus compañeros.
Tal vez hubiese sucedido así si don Lucas, que advirtió su turbación, no le hubiese dirigido la palabra, invitándole a que no se avergonzase y empezara por lo tanto la lección.
Carlos se decidió al fin, y él y sus compañeros tomaron asiento en el cenador, acompañados de los dos caballeros, que se colocaron junto a mi amiguito.
Este no sabía cómo empezar; no acertaba a proferir palabra: por primera vez se encontraba en su cátedra sin saber qué decir.
¿Qué le pasaba a Carlitos?
¿Explicó al fin su lección?
Todo esto lo veremos en el número siguiente.
EDUARDO THUILLIER.
—57→

Este célebre poeta nació en Madrid en 1580 y murió en 1645. Fue este peregrino ingenio inimitable en la sátira y el donaire, y, sus obras fueron siempre, lo mismo durante la vida que después de la muerte del poeta, grandemente populares. Tuvo D. Francisco agitada vida, por mezclarse en asuntos políticos, y si bien gozó gran influencia algunas veces en la corte, otras fue perseguido y aun encarcelado por sus escritos. Con sus obras satíricas y picarescas forman notabilísimo contraste sus obras ascéticas, morales y políticas, todas de gran importancia y en las que se ve siempre al caballero digno, severo y profundamente cristiano.
No son las obras de Quevedo de las que los niños y los jóvenes den leer: para apreciarlas y juzgarlas se necesita haber llegado a mayor edad, y entonces se halla en su lectura mucha amenidad, mucha enseñanza y un buen modelo de estilo literario.
Sus obras más conocidas son:
Vida de San Pablo, Política de Dios y gobierno de Cristo, Tratados de la Providencia de Dios, La virtud militante, La fortuna con seso, El Epicteto español, La vida de Marco Bruto, El sueño de las calaveras, Las zahúrdas de Plutón, El alguacil alguacilado, El entremetido, la dueña y el soplón, La visita de los chistes, Las cartas del caballero de la Tenaza, El libro de todas las cosas y otras muchas más, La culta latiniparla, La vida del Gran —58→ Tacaño, y una infinidad de poesías sueltas, religiosas, políticas, satíricas, etc., etc.
Como de Quevedo corren por el mundo composiciones poco delicadas, que ninguna persona de buen juicio puede suponer escritas por aquel clarísimo ingenio; achacándoselas a Quevedo se popularizan y se venden, pero tengo por gran injuria a su memoria semejante superchería, propia de gente sin conciencia.
Siendo tan fácil orar ¿cómo se explica que muchos hombres descuiden una práctica tan santa y saludable?
A propósito de este asunto, voy a trascribir unas sencillas y elocuentes palabras salidas de la boca de un niño que iba todavía a la escuela. Este niño tenía por su desgracia un padre que jamás había dado abrigo a pensamientos religiosos.
-Padre, le dijo inocentemente, ¿por qué no pedís nunca a Dios por mí, como los padres de mis compañeros piden por ellos? Yo creo que sería para mi bien.
-Hijo, respondió aquel, no te extrañe si no ruego por ti, pues nunca lo he hecho por mí mismo.
-Eso no importa, padre: yo pediré por los dos, y para los dos será el bien.
Conmovido por tan sentidas palabras, aquel hombre escéptico unió su oración a la de su hijo, y aquella oración fue el origen de su felicidad doméstica.
En la oración se adquieren fuerzas para luchar contra los malos pensamientos: ella nos hace extinguir los vicios más inveterados.
Merced a tan saludable auxilio, un hombre de una de las provincias andaluzas logró, no ha muchos años, desterrar por completo el repugnante vicio de que se hallaba poseído. Aconteció lo siguiente:
Juan (que así se llamaba el sujeto en cuestión) estaba entregado hacía muchos años a la degradante pasión de la embriaguez, pero por fortuna conocía y deploraba su fatal costumbre. Casi todas las mañanas, indignándose al recordar su debilidad, protestaba a su mujer e hijos guardar templanza desde aquel día; y sin embargo, casi todas las tardes se le veía volver vacilante, embrutecido, y como arrastrándose, a su casa; a la casa en que antes había reinado el bienestar, y que a la sazón ofrecía, como consecuencia de aquel maldito vicio, la imagen de la miseria.
Cierto día, el venerable párroco de su pueblo, movido de caritativo celo, fue a visitar al malaventurado Juan.
-Hijo mío, le dijo, eres esclavo de un vicio funesto. ¿Será que olvides cómo se acerca la muerte que viene seguida del juicio?
-No, señor cura, no lo olvido, pero —59→ soy un miserable arrastrado por la fatalidad. Todos los días trato de vencerme: quiero y espero conseguirlo, pero siempre soy vencido. Este vicio tan arraigado puede más que yo. ¡Infeliz de mí! ¡Sólo me libertará de él la muerte!
Mientras esto hablaba, ocultábase el rostro entre sus manos, viéndose por entre los dedos salir alguna lágrima.
El respetable párroco se sentía profundamente conmovido. Respondiole con dulzura:
-Hijo mío, ¿luchas y padeces? Pues ten esperanza. Esas peleas en que sales humillado, prueban que eres capaz de una buena resolución y que todavía conservas un resto de energía. Pero, ¿no habrás estado hasta aquí, por tu desgracia, en un error harto común? ¿Has llegado a imaginar que el hombre puede librarse del mal por su propia fuerza sin la ayuda de Dios, y que es posible salvarse sin la mediación del Salvador?
El infeliz Juan quedó turbado, y mirando al anciano sacerdote, pareció intentar preguntarle con los ojos lo que quería significar.
-Me explicaré, prosiguió el eclesiástico con mayor unción. ¿Has acudido al Espíritu Santo para que te ilumine y fortalezca? ¿Pides auxilio a Dios?
-¡Ay, padre!, respondió el desdichado, no me atrevo. Soy indigno, lo conozco, soy indigno de orar. Algunas veces he querido hacerlo, pero en vano. Después de balbucear algunas palabras me paro cortado y como si la vergüenza me las anudara en la garganta. Pareciome siempre que una voz interior me gritaba: «¡Cállate, miserable! ¿Acaso mereces que Dios te escuche?»
-Es decir cine estás aprisionado en un círculo de hierro de que no puedes salir. No invocas a Dios porque te ves criminal, y no puedes dejar de serlo porque no acudes a Dios. Hay que salir de semejante estado. Toma tus herramientas y vente conmigo. La reducida huerta que tiene mi casa necesita algunos días de trabajo. Allí no dejarás ni un momento tu quehacer; comerás a mi mesa, y a la noche vendrás a la iglesia a rezar conmigo, y con tu familia, que irá también. Tú orarás y todos oraremos por todos. Cuando hayas contraído la costumbre de acudir a Dios, tú conseguirás por tan piadoso ejercicio el valor y la fortaleza.
-Abriendo el alma a una última esperanza, el infeliz Juan siguió al virtuoso párroco. Aquella noche oró y rezó, encontrando en esto una dulzura inefable. Creía sentir que su alma se remontaba al cielo, después de haber quebrantado las cadenas del vicio, su tirano. De allí en adelante, siempre que rayaba la esplendente aurora, siempre que las tinieblas velaban la tierra, invocaba en oración fervorosa el amparo de aquel de quien todo bien procede. Desde entonces renació otro hombre. Verdad es que todavía tuvo que sostener ásperos combates; verdad es que todavía vaciló muchas veces y cayó algunas, pero también lo es que a semejanza del convaleciente, sus pasos se hicieron más seguros de día en día, y que concluyó por ir inalterable por el camino de la honradez. La paz de la conciencia, la consideración de sus amigos, su bienestar doméstico, todo volvió simultáneamente. Aquel hombre, teniendo al fin una conductar ejemplar, y su familia, víctima antes del más negro infortunio, —60→ pero ya feliz, no volvieron pasar un solo día sin invocar a Dios bendiciéndolo, y sin dar gracias a su digno ministro.
¡Cuántos otros innumerables ejemplos como este, no podrían tomarse de la historia íntima de la humanidad, para demostrar a los más escépticos los imponderables bienes de la oración!
ANTONIO ARNAO.

Hijo y honra de Madrid fue también el reverendo padre mercenario, cuyo retrato publicamos en este número. Con el nombre de Tirso de Molina escribió muchas y notables composiciones teatrales, antes y después de tomar el hábito de la Merced, lo que hizo siendo ya bastante adelantada su edad. Créese que este gran ingenio, gloria de su siglo, murió en Soria, de cuyo convento era comendador.
Sus obras son las siguientes:
El vergonzoso en palacio, Cómo han de ser los amigos, Palabras u plumas, La villana de Vallecas, El castigo del pensèque, Amar por razón de estado, Por el sótano y el torno, No hay peor sordo que el que no quiere oír, La prudencia en la mujer, La villana de la Sagra, Privar contra su gusto, Don Gil de las calzas verdes, Marta la piadosa, Amor y celos hacen discretos, Amor por arte mayor, Pruebas de amor y amistad. Escribió también novelas, —61→ cuentos, poesías y una Historia general de la orden de Nuestra Señora de la Merced.
Este es uno de los buenos maestros que han de estudiar los jóvenes que deseen formarse un buen gusto literario. En la española escena ocupa dignísimo lugar el maestro Tirso de Molina entro Lope de Vega, Calderón, Moreto y Alarcón.
Los retratos de los dos primeros los dimos ya en un volumen anterior; próximamente daremos los de los dos últimos, y luego los de todos los grandes ingenios que han dado gloria imperecedera a la nación española.
M. OSSORIO Y BERNARD.

No hay persona medianamente ilustrada que no conozca al distinguido catedrático de la Universidad central, que firma la presente, página autógrafa. —64→ Su amor al estudio, su talento, su erudición hacen del Sr. Camús una de las más legítimas glorias del profesorado.
Nuestros queridos lectores verán, estamos seguros, con simpatía, los renglones trazados en esta página por el Sr. Camús, a quien tanto debe la juventud estudiosa, y que tan alta estima goza entre las personas doctas.

Estos niños se aterran al encontrar en el campo un gusarapo completamente inofensivo y que no les ha de hacer ningún daño; en cambio no tienen miedo a las abejas, y no evitan pasar por donde las hay, exponiéndose a picaduras muy poco agradables.
Esto consiste en la inexperiencia y en la ignorancia; cuando estos niños estudien con afición la Historia natural, aprenderán a distinguir entre los animales los buenos y los malos, los inofensivos y los dañinos.
Como los suscritores son tan amables, voy a hacerlos una súplica, seguro de que han de otorgarme de buen grado el mayor que les pido.
Es el caso que necesito diez o doce días de descanso fuera de Madrid. También mis tiernos lectores tienen en el verano algún tiempo de reposo. Pero para que yo pueda aprovechar esos días de descanso, es preciso que los suscritores se conformen a hacerme un pequeño obsequio: el de recibir juntos el 30 del actual los números de LOS NIÑOS correspondientes al 20 y al fin del mes. Nada pierden con ello los suscriptores, y yo puedo irme a descansar más tranquilo, porque así la impresión será más correcta, y no podrá suceder otro chasco como el que ocurrió cuando fui a Barcelona en Mayo último, que se puso un artículo de la señorita Grassi, ya publicado en otro tomo anterior, y tuve que repartir otro pliego, gastando en ello buen dinero, para enmendar el lamentable error.
Quedamos, pues, en que en lugar de recibir el próximo día 20 el número ordinario de Los Niños, recibirán los suscritores el día 30 los dos números juntos, con bonitos originales y muy buenos grabados. Y yo descansaré ocho o diez días, y este provechoso y necesario descanso se lo deberé a la amabilidad incomparable de mis favorecedores, a quienes tengo ya tanto que agradecer.
C. FROTAURA.
—65→

A una legua de la villa de Navalcarnero, provincia de Madrid, se encumbra una sencilla aldea, nombrada Sevilla la Nueva. Desde aquí se descubre un extenso horizonte, limitado por azuladas montañas, que, como vaporosas nubes, se dibujan, en el lejano cielo. Se divisan graciosas colinas, campos de labor, apiñados montes, y en lontananza y en circunferencia se ven los pueblos del Escorial, Brunete, Alcorcón, Villaviciosa, Móstoles y Navalcarnero.
Lo que vamos a referir ocurrió en la recolección de granos.
La aldea estaba cercada de eras, donde trillaban alegremente el labrador y su hacendosa compañera, niños y niñas, alegres jóvenes y encorvados ancianos. Sus últimos rayos despedía el sol, el calor cesaba, y el aire fresco y oloroso del monte hacía la hora más apacible. Dando término a las faenas, todos se ponen a comer formando varios círculos, bendiciendo antes la comida, y brindando con algún trago de vino.
¡Qué feliz es esta pobre gente en su trabajo, que Dios con liberal mano recompensa!
Entra la noche: todos juegan sobre la blanda paja de las eras, y la luna, en un cielo muy despejado, aparece iluminando con su luz de plata tan agradable cuadro.
Unos niños en una era cercaban a un anciano, en cuyo rostro, curtido y rugoso por la intemperie y por los años, rebosaba la bondad.
-Hermano Celedonio, le decían: ¿es verdad que ha cobrado la vista Pascualito?
-Sí, hijos míos, así es.
-¿Y quién le ha curado?
-Dios.
-¿Pues cómo? ¿Con qué medicinas?
-Con sólo el amor que Pascualito lo profesa...
-¿Quiere V. explicarnos eso?
-Sí, amiguitos, con mucho contento. Esto contribuirá a que aumentéis vuestro amor a quien debéis la vida, el aire, el agua, el alimento y —66→ un alma para que poseáis un día su gloria inmortal.
-Si somos buenos.
-Bien dice Martínez de la Rosa:
| «Pon en Dios tu confianza, | |||
| que a todo su diestra alcanza.» |
-Oídme sin distraeros.
-Con toda atención oiremos a usted.
-Hace dos años que iba Pascualito al monte a dar de comer a una hermosa cabra...
-¿Cómo se llamaba la cabra?
-Nunca se pregunta, Juanito, sino lo que es útil averiguar, y eso en ocasión oportuna. ¿Qué te importa el nombre de la cabra? Pónle tú el que quieras.
-Pues la llamaré Trepadora, y no interrumpiré a V. más.
-Sigo. Al pasar por una gran charca que hay a la salida de la aldea, ve que un niño, como de tres años, que se había aproximado a ella, cae. Su buen corazón se conmueve, y Pascual da un grito y se arroja al agua, que estaba muy fría, pues era en el invierno, y luchando con el niño y doblando sus fuerzas, le sacó del agua, evitándole la muerte. La alegría de haber salvado al niño le hizo no advertir que tiritaba de frío, en cuyo estado, y seguido de su cabra que le lamía la mano como para felicitarle por su cristiana acción, fue a dar cuenta a su amado padre de lo que le había ocurrido. Pascualito cayó a poco en cama con una fuerte calentura. Se llamó al médico, que emprendió su cura sin resultado alguno favorable. El muchacho iba cada día peor, y como sus padres le querían tanto por ser el único hijo que tenían, por ser muy aplicado, obediente y virtuoso, y a la vez tenían alguna hacienda que les permitía vivir con holgura, llamaron a varios médicos, no consiguiéndose al fin más sino que Pascualito se quedara sin vista, con los ojos tan claros y tan hermosos como cuando veía. Los padres le llevaron a Madrid, y según opinión de los más celebres facultativos, oyeron con el corazón desgarrado por la pena que no recobraría jamás la vista, pues se le habían retirado los humores del ojo, el fluido acuoso, y no había medio de volverlos a conseguir. El padre no hablaba, ahogado por el dolor, mientras que la desolada madre abrazada al cuello de su querido hijo, decía con acento que conmovía el alma:
-Hijo de mis entrañas, ya no verás más a tus amados padres, ya no verás más el cielo, el sol, las estrellas ni los floridos campos. ¡Ay! Ya vivirás entre sombras, en continua noche. ¡Ojalá yo me hubiera quedado ciega! Ya no hay remedio...
Pascualito la interrumpió exclamando:
-Sí habrá remedio, madre mía. ¿Hay para Dios nada imposible? Yo quiero mucho a Dios, yo le rogaré que me de la vista. ¡Es tan misericordioso!
Así habían trascurrido dos años, no pudiendo andar Pascualito si no le guiaban, y quien le guiaba, las más veces, era su cabrita.
-Por eso dice Martínez de la Rosa:
| ¡Quien maltrata a un animal | |||
| no tiene buen natural.» |
-Dejad que prosiga el hermano Celedonio.
-Tened juicio, niños.
-Pues como iba diciendo, ciego completamente Pascualito, no podía sin —67→ guía, dar un paso, cuando hace tres días, la víspera de nuestro Santo Patrono, que tanto celebramos, que le echaron de menos sus padres en la hora de comer. Llenos de ansiedad y amargura le buscaban, temiendo no hubiese dado alguna caída, cuando lo encuentran debajo de una encina, hincado de rodillas, con un crucifijo en las manos, a quien hablaba en estos términos: «Señor, mañana es día de nuestro Santo Patrono, y todos los niños, mis compañeritos, irán a la pradera vestidos muy guapos, y comerán sus merendillas, y correrán al que llegue primero a la bandera, y yo, cieguecito, no los veré. Jesús de mi alma, tú que decías a los niños: «Acercáos a mí», tú que con sólo tu santa palabra dabas vista a los ciegos, curabas los tullidos y resucitabas los muertos; tú, que derramaste tu preciosa sangre por amor a nosotros; ¡ten compasión de mí, Señor!... ¡Ten misericordia de mí!... Yo te quiero mucho, yo te bendigo... Haz que vea, Jesús mío... ¡Por caridad!... Y estrechaba contra su seno el Crucifijo, y le inundaba de besos.
Tal era su pena y su amor a Jesús, que dándole besos, echó a llorar (¡Dos años que no habían podido verter una lágrima sus secos ojos!) y al correr el llanto por sus mejillas, grita loco de placer: ¡ya veo!... ¡Ya veo!... Lo primero que veo es a ti, Jesús de mi vida, a ti que me vuelves la vista... ¡Bendito seas!... ¡Bendito! Y le besaba y saltaba de acá para allá.
En este instante abrazáronle sus padres, diciéndole: ¡Hijo mío!... ¡Hijo de nuestra alma! ¿Es cierto que ves?
-Sí, sí, queridos padres, ¿no os decía yo que Jesús me curaría?
Los padres con el hijo se arrodillan ante la imagen de Jesuscristo, y una alondra se remonta sobre su cabeza como para llevar al cielo los acentos de gratitud de aquella buena familia.
-Y yo también bendigo al Señor.
-Y yo...
-Y yo...
-¡Qué milagro!...
-No hay aquí ningún milagro, hijos míos. La honda pena y la mucha confianza con que Pascualito rogó al Señor, hicieron sentir tanto a su puro corazón que agolparon el humor vítreo a sus ojos, y al llorar, dio la señal de que veía. Este es el milagro, amiguitos míos: la fe en Dios en la Santísima Virgen María, con que se mitigan nuestros pesares, se calman nuestros dolores, tenemos resignación en los trabajos y logramos salud en el cuerpo y en el alma.
Siempre tendremos esa confianza siempre acudiremos a Dios en nuestras penas y alegrías, porque, está con sus obras en todas partes, todo lo ve y lo sabe, y en todas partes está su misericordia.
-¡Viva la fe en Dios!
-¡Viva Pascualito!
-¡Viva el hermano Celedonio que tan provechosos consejos nos da, y nos cuenta cosas tan buenas!
GABRIEL FERNÁNDEZ.
—68→

Este peregrino ingenio fue natural de Méjico. Muy joven vino a nuestra Península, donde su gran talento le valió ocupar preferente lugar entre las personas doctas. Era poco gallarda su figura, y esto le valió que gentecilla aviesa y envidiosa le zahiriese sin piedad en coplas y romances, amargando mucho la vida del ilustre poeta, que tenía la debilidad de preocuparse de semejantes ruindades. Acaso, como el era incapaz de hacer daño a nadie, heríale más en su generoso corazón aquella saña de los necios y ramplones escritorzuelos, raza que nunca se extingue por desgracia.
Sus principales obras dramáticas son: La verdad sospechosa; Las paredes oyen, Ganar amigos, y El Tejedor de Segovia, joyas literarias de gran precio, que hacen inmortal en la escena española el nombre de D. Juan Ruiz de Alarcón, tan mal tratado de sus contemporáneos.
Fábula
|
||||
| Un labriego dormía, | ||||
| que era rey en su dormir soñaba, | ||||
| y era tal la alegría | ||||
| que sueño tal le daba, | ||||
| que el más feliz del mundo se juzgaba. | ||||
| Con plácido sosiego | ||||
| soñaba cierto rey el mismo día | ||||
| que era un simple labriego, | ||||
| y era tal su alegría, | ||||
| que el más feliz del mundo se creía. | ||||
| Al despertar los tales, | ||||
| Dijeron ambos: «¡Engañoso ensueño!» | ||||
| ¿Por qué han de ser reales | ||||
| las penas en su ceño, | ||||
| y la dicha y placer tan sólo un sueño?» | ||||
M. A. PRÍNCIPE.
—69→

¿Qué diferencia habéis observado, mis queridos niños, entre ese zumbón himenóptero que se llama abeja y ese diplóptero que llamamos avispa?
Quizá la primera os ha causado más temor; quizá os ha parecido menos bella que la segunda: pero viendo a las dos extraer miel del cáliz de las flores y ansiar el jugo de la fruta madura, creeréis que sus aspiraciones son idénticas, que son iguales sus costumbres. Mas no es así: observad con cuidado, y veréis cuán fácilmente engañan las apariencias.
La abeja, al mismo tiempo que cría y preserva de todo peligro los huevecillos que, contienen a sus descendientes, fabrica la miel tan apetecida de nosotros, y es útil a sí misma y a los demás: al despuntar la aurora sale de su habitación, recorre los campos y los jardines; con sus prolongadas mandíbulas, que terminan en lengüetas huecas, chupa el néctar azucarado de las flores, y con las brochas o limas cuadradas de sus patas traseras raspa el polvo de los estambres que existen en el centro de la flor; masticando después este polvillo forma dos bolitas pequeñas que coloca en la parte cóncava de sus muslos, y así, cargada de provisiones, vuelvo a la colmena. Durante el buen tiempo, no cesan las abejas en sus trabajos de recolección, se ayudan unas a otras, y ya ocupadas en construir panales, ya dedicadas atraer provisiones a la colonia, todas desempeñan su oficio con orden y actividad, sin cansancio y sin envidia. Llega el invierno con su manto de nieve, llegan la lluvia y el huracán, y la abeja, resguardada dentro de su pequeño palacio, vive en la abundancia y se libra de los rigores del hambre y de la estación. Justo premio de sus fatigas y de su laboriosidad.
¡Cuán diferente es la existencia de la avispa! Sus crueles costumbres y su propensión a la rapiña la separan mucho de la industriosa y culta abeja. Las habitaciones de esta son saqueadas muy a menudo por el avispón, que se harta de miel recogida por otros, y aún devora las nacientes larvas. Lejos de imitar a todos los seres precavidos, la avispa se deja dominar por la pereza y la glotonería: devora cuanto encuentra, no guarda nada para el invierno, y ni siquiera procura buscar abrigo para sí y para su familia. Así, desde el mes de Octubre la avispa empieza a devorar sus propias larvas, las —70→ ninfas y gusanos que son cuerpo de su cuerpo, y cuando los fríos llegan a su período más rigoroso, mientras la abeja descansa tranquila y abrigada, la avispa suele morir de hambre, si no es víctima de los implacables hielos. Así castiga Dios sus vicios y sus crímenes.
Pues bien, lectores míos, en nuestra sociedad hay muchos hombres que se parecen a las avispas y muchos también parecidos a las abejas. Los unos, perezosos, indolentes y glotones, devoran en breve sus recursos, y antes de trabajar prefieren robar lo que otros han ganado trabajando: en vez de ayudar a la sociedad, la destruyen, y sólo causan perjuicio a sus semejantes. Su fin es prematuro, como el de la avispa, y la deshonra y la miseria constituyen su fúnebre cortejo.
Pero los otros, los trabajadores activos y honrados, encuentran al fin el premio de sus tareas, consiguen la estimación de los buenos y aguardan su última hora con la tranquilidad del justo.
Procurad y procuremos todos imitar a los últimos y huir de los primeros: la naturaleza, que tantos sabios ejemplos nos ofrece en sus obras, enseña cosas que no se deben olvidar en la vida de la abeja y de la avispa. Esta, ociosa y egoísta, vive haciendo mal y muere malamente. Aquella, honrada y trabajadora, vive feliz y es útil al mundo. Para una y otra existe una mano equitativa que da el castigo y el premio. Así, cuando el hombre encuentra a la abeja, la respeta y la ayuda; pero cuando encuentra a la avispa, la destruye.
Notad también, que, a primera vista, la abeja es fea, y la avispa sin duda es más bonita: pero debajo de aquel cuerpo parduzco y de aquellas patas velludas, hay un ser útil y bueno, mientras que debajo del hermoso manto amarillo de la avispa se oculta el crimen y la infamia.
Cuidad, pues, niños míos, de no juzgar nunca por las apariencias: que si bien un refrán castellano dice que el rostro es espejo del alma, otro refrán asegura que el hábito no hace al monje.
(Versión libre)
|
||||
| Ten piedad de mí, Señor, | ||||
| Dios de paz y de concordia, | ||||
| por tu gran misericordia, | ||||
| por tu inextinguible amor. | ||||
| Y según la infinidad | ||||
| de tus clemencias sin cuento, | ||||
| con el poder de tu aliento | ||||
| borra al fin mi iniquidad, | ||||
| Más y más lávame de ella | ||||
| pues contrito la deploro, | ||||
| y del pecado que lloro | ||||
| limpia la afrentosa huella. | ||||
| Porque conozco turbado | ||||
| mi maldad que me contrista, | ||||
| y aun delante de mi vista | ||||
| tengo siempre mi pecado. | ||||
| Contra ti pequé, no más, | ||||
| y el mal hice en tu presencia; | ||||
| de modo que en tu sentencia | ||||
| justificado serás. | ||||
| Ve, pues, tú que no te engañas, | ||||
| que el mal me sirvió de padre, | ||||
| y que en pecado mi madre | ||||
| me concibió en sus entrañas. | ||||
| —71→ | ||||
| Ve que en tu clemencia pía | ||||
| la verdad amar quisiste, | ||||
| y hondos arcanos me abriste | ||||
| de tu gran sabiduría. | ||||
| Rociarasme con hisopo | ||||
| y sin mancha quedaré; | ||||
| lavarasme, y brillaré | ||||
| más que de la nieve el copo. | ||||
| Gozo y júbilo hallarán | ||||
| a tu acento mis oídos, | ||||
| y aunque humillados y heridos | ||||
| mis huesos exultarán. | ||||
| Aparta por tus bondades | ||||
| de mis pecados tu rostro; | ||||
| borra, pues h ti me postro, | ||||
| todas mis iniquidades. | ||||
| Crea en mí, y a ti lo deba, | ||||
| corazón puro y perfecto; | ||||
| y espíritu justo y recto | ||||
| en mis entrañas renueva. | ||||
| No de tu faz, cuando mires, | ||||
| me arrojes deshecho en llanto, | ||||
| ni ese tu Espíritu Santo | ||||
| de mí severo retires. | ||||
| Vuélveme el gozo riente | ||||
| que da tu amor con pureza, | ||||
| y otórgame la firmeza | ||||
| de tu espíritu potente. | ||||
| A los inicuos así | ||||
| tus sendas enseñaré, | ||||
| y los impíos sin fe | ||||
| se convertirán a ti. | ||||
| Líbrame, ¡oh, Dios Salvador! | ||||
| De sangre que hollé con mengua, | ||||
| y pregonará mi lengua | ||||
| tu justicia, que es amor. | ||||
| Señor, a santa enseñanza | ||||
| abrirás mis torpes labios, | ||||
| y mi boca, sin agravios, | ||||
| anunciará tu alabanza. | ||||
| Mis sacrificios mejores, | ||||
| si lo quisieras, tendrías, | ||||
| pero, solos, no amarías | ||||
| holocaustos exteriores. | ||||
| Del alma angustiada el grito | ||||
| el sacrificio es que aprecias; | ||||
| nunca el corazón desprecias | ||||
| que está humillado y contrito. | ||||
| Voluntad benigna ten | ||||
| con Sión que en tu amor arde, | ||||
| para que edifique y guarde | ||||
| sus muros Jerusalén. | ||||
| Entonces aceptarás | ||||
| sacrificios de justicia, | ||||
| oblaciones sin malicia | ||||
| y holocaustos que amarás. | ||||
| Y así entonces podrás ver | ||||
| sobre tu altar colocadas, | ||||
| víctimas inmaculadas | ||||
| que agradables te han de ser. | ||||
ANTONIO ARNAO.
Dejamos a nuestro querido Carlitos muy contrariado ante el suceso que hacía asistir a su clase al papá de Rafael, juntamente con el buen tío de nuestros dos nuevos amiguitos.
Seguramente Carlos no hubiera por su gusto dado aquella tarde su acostumbrada explicación; pero bien fuese por el temor de que creyesen que tenía vergüenza de explicar ante los dos caballeros, ya porque se encontrase en un compromiso difícil de evadir, ello fue que se dirigió, como hemos ya visto, al cenador, y que tomó asiento en su sitio de costumbre.
Para mayor tormento de nuestro joven catedrático, los que habían venido a turbar la marcha tranquila y sosegada de la clase se sentaron a su lado, llegando con esto a tal extremo la turbación de Carlitos, que no podía ni aun darse cuenta de lo que le pasaba.
¿Cómo podía el haberse figurado —72→ nunca que pudiera alguien, que no fuesen sus amigos, escuchar sus explicaciones? El compromiso era grande y la situación apurada; pero nuestro amiguito cobró animo y se decidió a empezar su lección. Traía, como ya queda mencionado en el anterior artículo, muchas figuritas de madera, excitando con esto la curiosidad de todos, al ver a todo un profesor venir con sus cosas en los bolsillos.
Cada día eran más bonitos los objetos que presentaba nuestro amiguito el profesor: los de la tarde a que me refiero eran unas tablitas que no tenían más que tres lados, presentando otros tantos picos.
Nuestro querido profesor empezó al fin, si bien no era su voz, al dar principio a su lección, tan segura y reposada como las demás tardes en que con sin igual desenvoltura le habéis oído explicar.
-¿De qué creéis, dijo Carlos, que vamos a tratar esta tarde?
Pues vamos a hacerlo de la primera figura que tenemos, de la más fácil, puesto que es la que tiene menos número de lados. ¿Os acordáis de los ángulos?

Sí, seguramente, os acordaréis. Ya sabéis que si bien quedaban cerrados por su vértice, no pasaba lo mismo por la parte opuesta. ¿Por qué era esto?
-¡Yo lo sé, yo lo sé! respondió Luisito, el ángulo no cierra porque es imposible cerrar un espacio con dos líneas rectas.
-Sí, así es seguramente, continuó Carlos, no podríamos cerrar este jardín con dos paredes porque siempre quedaría abierto por un lado: para cerrarlo se han necesitado cuatro, si bien pudiera haberse hecho con tres solamente. Mirad aquí; con estos palitos, que nos han servido para nuestras explicaciones de los ángulos, vamos a formar una figura cerrada. Empecemos con dos solamente: no podemos cerrarla, no forman más que un ángulo, que no puede cerrarse hasta que sus lados se confundan y formen una sola barrita: pongo el otro de modo que toque a los primeros por sus extremos que se separan; ved cómo queda cerrado el espacio comprendido entre los tres; hemos formado la primera y más sencilla figura.
Mirad bien; ved que es verdad lo que os digo.
—73→-Ese es un triángulo, exclamó Esteban, porque tiene la misma forma que uno que me compró mi papá en la última feria, y que, me sirve para formar la orquesta acompañado de mis hermanitos. Yo también me acuerdo de que cuando vino al pueblo tropa la última vez, traía la música, y entre los que tocaban vi un niño que llevaba un pequeño instrumento de acero, que sonaba muy bonitamente; era un triángulo. Desde entonces quise yo uno, y mi padre me lo compró, porque fui bueno en la escuela. No obstante, no quiere que lo toque porque dice que le atolondro los oídos.
-Efectivamente, continuó nuestro joven profesor, esa figura que habéis visto formada por los tres palitos se llama triángulo.
Como con las barritas no pueden quedar bien los vértices de sus ángulos, voy a dibujarlo sobre la mesa; mirad:

Esta figura se distingue fácilmente: tiene tres lados y tres ángulos. Creo inútil manifestaros que se llama lados a las líneas que le forman, y que sus vértices son los de sus ángulos.
¿No es verdad que todos vosotros reconoceréis, de hoy en adelante, esta figura con suma facilidad?
-Sí, sin tener duda alguna, respondieron todos; y por cierto, replicó Esteban, que me parece que de esto debes tener muy poco que decirnos.
-No lo creas, querido amigo, tengo muchas cosas que deciros de los triángulos: lo primero es su división, y para que veas cuán equivocado estás, te diré que se hacen dos divisiones de la figura que tratamos: la primera de ellas es atendiendo solamente a las líneas que la forman, es decir, a sus lados; la segunda es atendiendo a sus ángulos.
Trataremos ahora de la primera.
Considerando los lados de un triángulo, pueden suceder tres cosas:
1.º Que los tres lados sean iguales.
2.º Que lo sean dos solamente.
3.º Que ningún lado sea igual a los demás.
Por esto podemos comprender claramente que tendremos en la primera división tres clases de triángulos: el primero es aquel que tiene sus lados iguales y se llama equilátero; el segundo es el que tiene iguales lados nada más, se llama isósceles; el tercero no tiene ningún lado igual a otro: a este se da el nombre de escaleno. Acordaos bien de estas tres palabritas, ya que ellas expresan tan importante división de la más sencilla y fácil figura.
Aquí podréis ver las tres clases en estas figuritas de madera que os he traído y hecho expresamente; ved como indudablemente se diferencian:
—74→
El primero es el equilátero; el segundo es el que llamamos isósceles; el tercero, por último, es el escaleno.
D. Lucas, que sin duda recordaba sus buenos tiempos, cuando estudió geometría, quiso, como vulgarmente se dice, meterse en camisa de once varas, y así fue que tomó la palabra, y dijo a Carlitos:
-Has olvidado decir alguna cosa sobre los ángulos de estos triángulos que has considerado. ¿No recuerdas tú que en todo triángulo a lados iguales se oponen ángulos iguales?
-Sí, dijo mi amiguito; pero eso lo dejaba para después. Sin embargo, ya diré a V. y a mis queridísimos compañeros, que en el triángulo equilátero no sólo son iguales los lados sino también los ángulos, en el isósceles resultan iguales los dos opuestos a los lados iguales; en el otro no hay dos que sean iguales entre sí.
-Muy bien, amigo Carlos, siento haberte hecho variar el plan que tendrías formado para tu explicación sobre los triángulos; pero hoy he recordado la edad en que estudiaba, en que era niño como tú. Entonces, te lo confieso con franqueza, no sabía yo explicar eso como tú lo has hecho esta tarde.
-¿Le parece a V., amigo D. Lucas, dijo el papá de Rafael, que estos niños son dignos de que se les lleve a casa para que coman unas ricas frutas que he mandado coger a Pablo el jardinero?
-Sí; sin duda alguna son acreedores a ello.
-Pues entonces vamos al comedor y quede la lección para mañana.
Los niños, locos de alegría, siguieron a los dos caballeros que llevaban a Carlos en medio; todos iban contentísimos al ver que la lección acababa con una merienda de fruta.
También vosotros, querríais participar de ella en compañía de vuestros amigos los estudiantes, ¿no es verdad, queridos niños?
Sí, así es, yo no puedo convidaros; ya podéis suponer que sería un abuso grandísimo llevaros a todos vosotros a casa del papá de Rafael; no habría fruta para todos ni sitio donde colocarnos. Nada; contentaos con que los jóvenes estudiantes se regalen solos, como también con que yo termine aquí por hoy. Voy a ver si alcanzo algo del festín de los geómetras.
Adiós, niños queridos, hasta otro número.
E. THUILLIER
—75→
En el año de 186... existían en Madrid dos colegios de primera enseñanza, a cuyo frente se encontraban dos entendidos y bondadosos preceptores.
El primero de estos colegios se hallaba montado bajo los mejores elementos de útil y saludable enseñanza y condiciones higiénicas.
El segundo era una humilde escuela gratuita, montada y organizada por la Diputación provincial.
Además de tener ambas escuelas sus correspondientes maestros y pasantes, las dos eran dirigidas por un sabio y virtuoso sacerdote, llamado el padre Antonio de los Santos.
Las delicadas atenciones, útiles consejos, solícitos cuidados y cariñosas reconvenciones que el padre Santos (así era conocido) dirigía constantemente a sus tiernos discípulos, le habían ganado el íntimo afecto y las infantiles simpatía de los alumnos de entrambas escuelas.
El padre Santos, si bien era inexorable con los revoltosos y desaplicados, guardaba las mejores recompensas para aquellos niños que, bien por su constante aplicación o por sus bellas cualidades, lograban distinguirse ante sus respectivos maestros.
Avanzaba el verano, y a los alumnos de ambas escuelas se les concedía un mes de vacaciones.
Con este motivo había dispuesto el padre Santos que tuvieran lugar tres días de exámenes, en los que todos los niños podían aspirar a los tres distintos premios, dispuestos de antemano para recompensar a los que con mejores títulos supieran merecerlos.
Entre los niños más aventajados del primer colegio, sobresalía uno llamado Carlos Acevedo.
La aplicación e inteligencia de este niño era reconocida y acatada por todos sus condiscípulos; y en este concepto se contemplaba distinguido y estimado por los preceptores, mereciendo la honra de que el padre Santos, citara y ensalzara su nombre a cada instante.
Con estas excelentes condiciones de Carlos contrastaban notablemente las del alumno de la segunda escuela Isidro Fernández, cuyo animo encogido y pobre entendimiento apuraban la paciencia de sus maestros, a quienes se esforzaba en complacer con toda su voluntad estudiando cuanto podía, que no era mucho, porque el pobre muchacho tenía que consagrar las horas de asueto a la ruda faena que sus padres le hacían emprender diariamente.
Carlos Acevedo pertenecía a una de las familias más distinguidas y mejor acomodadas de Madrid.
Los padres de Isidro tenían un puesto de frutas en la plazuela del Rastro.
Los premios debían adjudicarse empezando por el tercero, que consistía en útiles y escogidos libros lujosamente encuadernados.
El segundo se componía de dos elegantes y magníficas cajas de exquisitos dulces, y otras dos mucho más grandes, que encerraban los más entretenidos y primorosos juguetes.
Verificose el primer examen, y Carlos Acevedo obtuvo la honra de que le fuera adjudicado el tercer premio, justamente merecido.
Llegó el segundo día de examen, —76→ y el segundo premio fue asimismo destinado a los indisputables merecimientos de Carlos.
Todos los niños de ambos colegios, poseídos de aquella digna emulación propia del que tiene conciencia de su capacidad, se esforzaban en disputar la codiciada recompensa al invencible Carlos; todos, excepto uno: Isidro Fernández.
Este pobre muchacho contemplaba con la mayor indiferencia la reñida lucha empeñada por sus condiscípulos, considerándose incapaz de tomar parte en la competencia.
-¿Veis qué afortunado es Carlos? decía uno de los niños; ya se ha llevado dos premios.
-Pero aún podemos aspirar al mejor, al primero. Veremos quién se lleva el primero.
-¡Toma! ¿Quién se lo ha de llevar sino él?
-¡Y qué premio tan magnífico!
-Por eso mismo pondrá Carlos todo su empeño en ganarle.
-Como que consiste en una gran medalla de oro.
-¡Digo! ¡Y Carlos que es tan interesado!
-Y era verdad, Carlos tenía ese aborrecible defecto. Su condición era fría y calculadora, y era en extremo interesado.
Todos esperaban con ansiedad el tercer examen, acariciando cada cual la esperanza de ganar la medalla, en la que se había de grabar el nombre del vencedor, nombre que además quedaría consignado en un cuadro para fijarle después en el mejor sitio de la escuela.
Para mayor incentivo todavía, el padre Santos debía presidir aquel singular examen, reservándose él sólo el derecho de adjudicar el premio.
De todos era conocida la estimable recompensa que iban a disputarse el tercer día; pero ¿qué debían hacer para merecerla? Todos lo ignoraban, porque ese era el secreto del padre Santos.
Isidro Fernández era, como queda dicho, hijo de un frutero de la plazuela del Rastro.
Apenas salía de la escuela, llegaba directamente al puesto de su padre, quien le hacía cargar con una cesta llena de fruta, que el pobre muchacho vendía, cruzando todas las calles de Madrid.
La tarde víspera del tercer día de exámenes salió del puesto con una cesta de naranjas colgada del brazo.
Creyendo hallar una pronta salida a su hacienda, bajó directamente al Prado, para situarse cerca de la fuente de las Cuatro estaciones, en donde esperaba encontrar multitud de muchachos y de niñeras, constantes aficionados al género que vendía.
Dio al aire su pregón por la calle del Duque de Alba, plazuela del Progreso, calle de la Magdalena, plazuela de Antón Martín y calle de Atocha, con tan buena fortuna, que al llegar a las rejas del Botánico, había logrado reunir poco más de una peseta.
-¡Vamos! pensó: esta noche no tendrá mi padre motivo de queja; y... ¿quién sabe? Puede que si despacho toda la cesta me dé para merendar un puñado de guindas y un buen pedazo de pan.
(Se continuará.)
EMILIO ÁLVAREZ.
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Uno de los más notables ejemplos de precocidad conocidos en el mundo, fue, sin duda, el insigne artista Juan Crisóstomo Amadeo Mozart, que nació en Salzbourgo el 27 de Enero de 1756. Fue hijo de un músico de talento, y fue tan natural en él la afición al arte en que había de brillar como uno de los más grandes maestros, que a los tres años tocaba el clavicordio, a los cuatro ejecutaba primorosamente difícil música en el piano, a los cinco ya componía, y a los seis dio un concierto delante del emperador Francisco José, con asombro de la corte y de todos los músicos de Alemania y del mundo entero. A los doce años compuso una opera (Finta) por encargo del emperador de Alemania.
Numerosas son las obras de Mozart, y todas llevan impreso el sello del genio incomparable de su autor. No fue feliz, sin embargo, y aun sufrió privaciones, desaires y todo género de contrariedades.
El carácter del gran artista era sumamente triste; dejó de existir antes de cumplir los treinta y seis años, dejando en la pobreza a su familia, y un nombre gloriosísimo en la historia de la música. Su última obra fue el famoso Réquiem de Mozart.


