La falta de reflexión es para mí imperdonable; más no obstante, es natural en el carácter humano. |
| (GOETHE) | ||
No ha muerto por haber reflexionado. |
| (PROVERBIO ÁRABE) | ||
El famoso filósofo, físico y matemático inglés Newton se encuentra una mañana tan absorto en el estudio, meditando sobre un problema difícil, que no quiere interrumpir su trabajo para ir a almorzar con la familia. El ama de casa teme, que el prolongado ayuno le perjudique y manda a un criado con un huevo y un pucherito lleno de agua. El criado debe cocer el huevo y esperar allí hasta que su señor se lo haya tomado; pero Newton desea estar solo y despide al criado diciéndole que él mismo pasará el huevo por agua y se lo tomará.
Pone el criado el reloj sobre la mesa, dice a su amo que el huevo debe cocer tres minutos y se marcha. Mas temiendo que su señor se haya olvidado de cocer el huevo y de tomárselo, vuelve pronto a la habitación donde está Newton y lo ve, de pie, delante de la chimenea con el huevo en la mano, y el reloj dentro del puchero, cociéndose, sin que Newton note su error.
* * *
Arquímedes vislumbra la teoría de los pesos específicos estando bañándose y sale pronunciando su ¡Eureka, eureka! famoso, por las calles de Atenas sin apercibirse de que se halla desnudo.
Cuando las tropas del Cónsul Marcelo asaltan Siracusa, Arquímedes no nota el estruendo ni la gritería de la pelea y continúa resolviendo cuestiones geométricas hasta que le saca de sus meditaciones el brutal sacudimiento de un soldado romano, desconocedor de que aquel anciano que no le contesta es el sabio a quien el general Marcelo ha recomendado a las tropas respetar. El soldado no imagina que aquel viejo embobado sea Arquímedes y le atraviesa de parte a parte con su lanza.
Newton cociendo un reloj en vez de un huevo, y Arquímedes no notando su desnudez, ni el asalto de Siracusa por los romanos, son ejemplos de una atención profunda y persistente. La profundidad y la persistencia de la atención en los asuntos son las cualidades por las que gran número de hombres han llegado a las cumbres de la fama, del saber o de la prosperidad.
«La más severa concentración en el fin de nuestro trabajo es la base de todo éxito en el mundo, tanto si se trata del éxito del poeta, como del hombre de carrera o del hombre, de negocios», ha dicho Alfred Harmawarth, el fundador del importante diario londinense «Daily Mail».
Y nuestro compatriota Balmes escribió esto otro: «Con la atención notamos las preciosidades y las recogemos; con la distracción dejamos quizá caer al suelo el oro y las perlas como cosa baladí». «La segur no corta si no es aplicada al árbol, la hoz no siega si no es aplicada al tallo».
Un espíritu atento multiplica sus fuerzas de un modo fabuloso, ve las cosas con claridad y acaba por dar solución aun a los problemas más intrincados. La actividad segura y verdadera presupone atención profunda. Quien no atiende y medita es juguete de las circunstancias, no señor de éstas para imponerse a ellas o preverlas y preveer, asimismo, los medios conducentes a su vencimiento.
El hombre no debe ser un objeto más de la creación sujeto a un inevitable fatalismo en su existencia, ni tampoco un animal más, imprevisor y rutinario con la rutina del instinto. El hombre debe ser previsor y para ello ha de atender, observar, reflexionar y meditar, según los casos, acerca de todo lo que pueda influir en sus destinos, formándose un hábito de atención, de meditación especialmente, para evitar que sea la casualidad quien le traiga la ventura.
El que reflexiona y medita no se encomienda a la suerte, sino a su propio esfuerzo, preparando con tiempo el plan de sus propósitos para que el éxito los corone. No se ocupa de los problemas únicamente en el instante mismo en que se dispone a darles solución, sino que mucho antes, desde que los concibe, atiende a ellos y, ya a solas en su gabinete, ya en la calle, en el paseo, en todo instante, piensa el modo de resolverlos. Arquímedes en el baño estaba atento a dar solución a la cuestión que le encomendase el rey para averiguar la legitimidad de metales en la corona sin destruirla y gracias a aquella atención constante, encontró el sabio, tomando por unidad el agua en que se bañaba, el medio de determinar el peso específico de los cuerpos.
La acción lo es todo en el hombre, pero, aparte de que no hay acción acertada sin atención a lo que se hace, la atención continuada hacia nuestros propósitos nos hace amar éstos y que cada instante que pasa tengamos mayor interés para ejecutarlos. Y no es poco tener planes y proyectos en la vida, pero es preciso amarlos. El enamorado acrecienta su amor a fuerza de atender a él. Así, el hombre de negocios, se interesa por éstos, a medida que los ama, y los ama a medida que los atiende.
Los que vivimos entre la juventud escolar, también hemos hecho idéntica observación con los estudiantes y por eso nuestra tendencia es, más que la de enseñar al principio, desarrollar la atención y la meditación hacia el objeto estudiado para que el alumno atendiendo a él y con él se familiarice y le ame.
Newton, que por meditabundo y atento a lo que constituía sus amores, pasaba hasta por imbécil y Ampere, de quien por sus meditaciones se burlaba hasta su portero, ¡cuánto no hicieron por el mundo con su gran fuerza de atención!
Pero la sociedad es enemiga de que el hombre sea educado para la atención; el mundo aplaude a los que se distraen llevando su voluble atención a mil asuntos diferentes, gusta de los bullebulle que están en todas partes y de todo charlan. Así los estudiantes desparraman las energías de su espíritu entre bailes, teatros, etc., sin prestar atención firme a nada, sino mariposeando por las flores de sus distracciones.
El incultivo de la atención nos hace veleidosos y variables; la atención ejercitada y bien dirigida nos hace, por el contrario, enérgicos; la atención cultivada nos hace cada vez más amable lo que nos conviene y ahuyenta las sugestiones de la pereza o de nefastas pasiones; la atención persistente a un negocio penetra en las interioridades de éste y nos hace ver en él lo bueno y lo malo para aprovechar lo primero y neutralizar lo segundo, evitando que por distracción se nos escape lo bueno y sea lo malo lo que nos quede.
Para que la atención produzca resultado es preciso que, puesta o no la inteligencia en tensión, es decir, dedicada o no hacia un objeto, aprovechemos cuantos pensamientos favorables al asunto crucen por nuestra conciencia meditando sobre ellos; que examinemos atentamente todo lo que pueda tener alguna relación con la causa por la cual vayamos a interesarnos con preferencia, y que, por el contrario, procuremos rehuir la atención a las cosas que están fuera del círculo de lo que nos conviene.
Bien conocido es el siguiente episodio narrado por Lesage: «Dos estudiantes marchaban juntos de Peñafiel a Salamanca. Sintiéndose fatigados y sedientos detuviéronse al borde de una fuente que hallaron en su camino. Allí, mientras descansaban y después de haber apagado la sed, apercibieron por casualidad cerca de ellos, sobre una piedra a flor de tierra, algunas palabras, ya un poco borradas por el tiempo y por las patas de los animales que venían a abrevar en la fuente. Los estudiantes arrojaron agua sobre la piedra para lavarla y descifraron estas palabras: «Aquí está encerrada el alma del licenciado Pedro García».
El más joven de los estudiantes, que era vivo y atolondrado, no acabó de leer la inscripción cuando exclamó riendo con todas sus fuerzas: «¡Nada hay más gracioso; aquí está encerrada el alma; un alma encerrada! Yo desearía saber qué caprichoso ha podido componer un epitafio tan ridículo». Acabando de decir esas palabras se levantó para irse.
Su compañero, más juicioso, más sensato, pensó para sí: «Ahí debajo, existe algún misterio; quisiera permanecer aquí para aclararlo».
Este estudiante dejó partir al otro, y, sin perder tiempo, comenzó a remover la tierra con su cuchillo alrededor de la piedra. Se dio tal mafia que la levantó y encontró debajo una bolsa de cuero, que abrió.
Había dentro de ella doscientos escudos, con una carta en la cual estaban escritas estas palabras en latín: «Sé mi heredero, tú que has tenido bastante ingenio para descifrar el sentido de la inscripción, y emplea mi dinero mejor que yo lo he empleado».
El estudiante, arrobado de contento por este hallazgo, volvió a colocar la piedra según estaba y retornó a Salamanca con el alma del licenciado».
De modo idéntico podrían muchas personas, si fuesen reflexivas como lo fue el segundo de los estudiantes, hallar el alma de los negocios, que es el éxito, solo con meditar un poco en los hechos y en las circunstancias que los rodean.
En la observación, la reflexión y la meditación han sabido los ingleses producir una profesión nueva: la de los detectives. En ella obtiene más éxitos el que más atiende, sin despreciar como objeto de su atención ni los detalles más nimios.
La observación de los sucesos nacionales e internacionales, así como la reflexión y la meditación acerca de su desarrollo y consecuencias, han hecho ricos por jugadas de bolsa a quienes supieron atender y por la atención, que es la mirada del espíritu, vieron cuál era el momento más favorable para sus especulaciones.
Todos los hombres que han legado a la humanidad el fruto de sus investigaciones reflexivas fueron hombres que no desperdiciaron una idea, de las que relacionadas con sus investigaciones asomasen a su mente y que ellos no inutilizasen por falta de atención. El pensamiento que parezca menos importante puede dar motivo, meditando sobre él, a ocurrencias valiosísimas. La manzana que se cae de un árbol y que sirvió a Newton para inducir las leyes de la gravedad y de la gravitación universal, mirémosla como un símbolo del poder de la atención.
En cierta ocasión se hallan varios amigos reunidos hablando de cosas indiferentes. Uno de ellos tiene en sus manos un libro del cual nadie se preocupa. Por fin uno de los reunidos en tertulia pregunta por él, lo hojea distraído y lo devuelve a su dueño sin haber puesto atención más que al título. El dueño del volumen, sin embargo, toma ocasión para explicar brevísimamente, en dos palabras, el plan de la obra, su alcance y sus tendencias. Esta explicación tan superficial hace nacer, no obstante, en uno de los contertulios la idea de escribir otro libro sobre el mismo tema desenvolviendo las opiniones que él tiene acerca de tales cuestiones.
La idea madre para su trabajo existía ya en su mente, pero permanecía adormecida hasta que la despertó la explicación que el dueño del libro dio sobre el plan y propósito de éste. Meditando ahora sobre eca idea madre se van reuniendo otras muchas y acaba por juntarse material suficiente de pensamientos para otro libro idéntico al que lo ha inspirado, pero quizá más completo y aún de mayor venta, por la propaganda que el anterior hiciera de un asunto que era nuevo o desconocido.
No hay pensamiento alguno, por humilde que parezca, que no se pueda amplificar y ennoblecer para utilizarlo en alguna empresa. Los inventos al parecer más baladíes y ligeros son los que mayor riqueza han proporcionado a sus inventores o a sus explotadores. La atención fue quien hizo ver por dónde podía venir el provecho y la explotación.
¿Pero son todas las personas capaces de atender obteniendo provecho de aquello que pasa ante sus ojos? ¿No son infinitos los que miran y no ven? Seguramente, y labor de cultura es la de preparar individuos atentivos, reflexivos y meditativos. Kant dice que el niño no debe tener inteligencia más que de niño. Verdad es, pero atendiendo el niño a las cosas propias de la niñez se acostumbrará para poder más tarde atender como hombre a las cosas de los hombres. No fracasarían más de cuatro estudiantes, por inatentivos, si su atención hubiera sido educada convenientemente. No todos los estudiantes que fracasan es por falta de inteligencia ni por carencia de voluntad.
Si conociésemos la psicología personal de cada individuo, veríamos que lo que figura como actos de su inspiración fue en la mayoría de los casos, si no siempre, resultado de su atención o de su reflexión y meditación. Las inspiraciones espontáneas no existen; el que no piensa en una cosa, no tiene inspiraciones sobre ella. No confiemos en las corazonadas para prosperar y para que los negocios nos salgan bien. Emprender una empresa por una corazonada, que verdaderamente lo sea, esto es, que no haya sido producida por la meditación es caer dentro de la ley de las probabilidades, donde, según los términos de la cuestión, estaremos, ya más cerca del error que de la verdad, ya vice-versa o ya a igual distancia; es decir, caminar a la ventura, como podíamos haber caminado sin el guía de la inspiración.
El caso que refiere y comenta Balmes, bajo el título de «Las víboras de Aníbal», en el cual aparece el guerrero cartaginés ganando una batalla naval por la ocurrencia que tuvo de encerrar víboras en vasijas de barro y arrojar éstas a las naves del enemigo, no serla, a buen seguro un acto de inspiración espontánea, sino un acto de inspiración por la atención.
Aníbal entró en la batalla con las vasijas preparadas; ya no fue, pues, un golpe o una corazonada nacida allí, y cuando él pensase que los reptiles podían ser auxiliares suyos pensaba en que la batalla vendría y estaría atento, no un instante, sino horas, días, meses, su vida entera, a los medios que podría emplear para vencer al enemigo. La atención prestada a los negocios de la guerra fue la verdadera inspiradora que tuvo en aquel acto el célebre cartaginés. Si hubiera atendido y pensado en negocios mercantiles, acerca de éstos habríanle venido las inspiraciones, los golpes, las ocurrencias o las corazonadas. No hubiera pensado en encerrar víboras en una vasija.
Más inspiración espontánea que en la de Aníbal arrojando los vasos de barro llenos de víboras, vemos en la de Colón poniendo el huevo de punta sobre el plano de la mesa, pero éstas ocurrencias son por lo general poco transcendentales para los negocios serios. Bien observamos que los individuos chistosos y ocurrentes prosperan poco. No se puede confiar el éxito de una empresa a la ocurrencia salida de un modo tan imprevisto como le sale un chiste al individuo dicharachero.
Malebranche llamaba fuerza del espíritu a la atención, nombre que indica la gran importancia psicológica, lógica y práctica que la atención tiene en la vida, donde todo es efecto de fuerza, y no precisamente de fuerzas corporales, sino de energías anímicas, de carácter, como en otro lugar decimos, de atención constante y profunda a un asunto.
Tan lejos están del éxito los individuos de atención perezosa llamados holgazanes por Locke como los de atención viva y superficial que Miss Edgeworth calificara de genios volátiles. Ni para unos ni para otros será el triunfo en lucha con los sujetos de atención voluntaria y flexible, persistente cuando es precisa, movible a veces, y siempre profunda.
La atención voluntaria y racional o con conciencia del fin al cual se encamina, produce el método, que tanto facilita en todo los resultados y el éxito. En enseñanza el método intuitivo, que tanto renombre ha dado a Pestalozzi como educador, se funda en la observación de los objetos, y la observación no es más que la atención aplicada a lo externo, o sea la atención en su forma más simple. Por la observación ya se acostumbran los niños a atender, a comparar, a juzgar y a raciocinar, base de todo saber.
«No os empeñéis en cerrar los ojos del espíritu, decía Pi y Margall. Abrid desde hoy el corazón a la ciencia; preguntad o preguntaos la razón de todo».
Pero un hombre que nada observa, que nada, le preocupa o que a nada atiende, no sólo no cierra los ojos del espíritu, sino que ni siquiera ha llegado a abrirlos. Bien pueden las cosas más transcienden tales, los asuntos de mayor importancia ponérsele a tiro, presentarsele a su alcance, ofrecerle sus ventajosos y sazonados frutos, que no los cogerá por no haberlos visto; por no haberse tomado el trabajo de mirar o por carecer de la costumbre de mirar con atención, que es el único modo como se puede ver, sea con los ojos del cuerpo, sea con los del alma.
Grados superiores de la observación son la reflexión y la meditación sin las cuales no se debe emprender negocio alguno. Los que pasan por el mundo sin fijarse en los acontecimientos son juguete de las circunstancias, sin prever éstas para dominarlas. La historia no es maestra de la vida, magister vitae que decía Cicerón, para los hombres distraídos, y así para esos tales la experiencia no tiene provecho alguno.
Dispuestos nosotros a ser algo en el mundo, a desempeñar algún papel provechoso con arreglo a nuestra vocación y aptitudes, hemos de estar atentos a conocernos a nosotros mismos, a conocer el asunto y los medios conducentes a la realización del plan, así como a meditar sobre las lecciones de la experiencia, sea ésta propia, sea ajena.
Y no basta atender un instante para pasar al poco nuestra atención a otro asunto diferente. El quiero y no quiero, el atiendo y no atiendo sería perder el tiempo y el trabajo que en ocasiones diversas dedicásemos a los negocios. Y no olvidemos tampoco que si la atención para prosperar en los negocios ha de ser intensa, la extensión se opone a ello, es decir, que para atender con fuerza y profundidad hay que limitar los asuntos a que dediquemos nuestra atención: se gana en fuerza lo que se pierde en extensión, y la fuerza es la que en todo da los éxitos.
Hay quien quiere saber de todo, ser una enciclopedia viviente, como hay quien quiere negociar en todo lo negociable. ¡Mala cosa! Su atención por fuerte que sea, no se dará a basto para atender debidamente a nada de lo que se emprenda. Los estudiantes que tienen aficiones artísticas, científicas, literarias, etc, y en todas quieren picar, es lo probable que no alcancen ningún titulo que les dé para comer. Los fracasados de esta índole son legión en todas las categorías, oficios y profesiones. A muchos de ellos, si les examinásemos de cerca, puede que les cuadrase mejor el nombre de holgazanes o perezosos que daba Locke a los tardos para atender, porque suelen ser más holgazanes quienes cambian frecuentemente de ocupación que los que son lentos para decidirse, pero que luego de haber comenzado, continúan la obra.
| (CERVANTES) | ||
Haz primero lo más urgente. Si no tienes un gran talento, reemplázalo, por la diligencia. La tortuga alcanzó a la fiebre, |
| (TANGYE) | ||
De tantas y tan sobresalientes cualidades como tuvo, a la que más debió su reputación fue a la diligencia. Fue diligente hasta para los desarreglos y vicios que empañaron su juventud ociosa como hijo de ilustre familia.
Díscolo, audaz, amigo de diversiones y constantemente entre. mujeres de costumbres dudosas, no había llegado aún a ocupar cargo alguno, pero sí habla llegado a verse rodeado de acreedores, a los cuales les debla hasta mil trescientos talentos.
Diligente para el mismo matrimonio, contrajo nupcias a los diez y siete años de edad y pudiera ser que a ésta circunstancia se debiera que aquel genio portentoso, encaminado hacia la disolución y el mal, tomase otros rumbos y se tornase en uno de los hombres más grandes que el mundo ha tenido.
Su actividad era incansable. Parecía mentira que su cuerpo débil, y su naturaleza fina y delicada, resistiese tan agitada vida. Dormía en carro o en litera, viajando; marchando dictaba cartas a su secretario; y veces hubo en que sobre el arzón de la silla examinaba las posiciones de los ejércitos y dictaba a un tiempo escritos a dos secretarios que le acompañaban, colocados uno a su derecha y otro a su izquierda.
Lee un día la biografía de Alejandro Magno y piensa que a su edad reinaba el héroe macedónico sobre muchos pueblos, mientras que él no habla hecho todavía nada digno de memoria. Entonces, sin duda, se le ocurre recobrar el tiempo perdido y todas sus determinaciones las pone en ejecución con la rapidez del rayo. Donde quiera que se alza un enemigo contra él, allí acude y antes que se le ataque, ya está sobre sus contrarios venciéndolos. Tan pronto está en España como en Grecia, en Italia como en Bélgica, en Inglaterra como en Egipto, en las Galias como en el Ponto, cruzando el Rhin o atravesando el Rubicón.
No quiere perder el tiempo con largas alocuciones y él, que era un literato distinguido, sale una vez del paso con esta exclamación: ¡Alea jacta est! y en otra dirige el siguiente mensaje al Senado para notificarle sus triunfos: Veni, vidi, vici. Este era el hombre, éste era César. La diligencia fue para él la madre de la buena ventura, como pudiera serlo para tantos otros individuos si le imitasen.
No hay cualidad personal que dé tantos triunfos como la diligencia. El pueblo con su sabiduría experimental ha recogido el valor de la diligencia en multitud de refranes. Uno de los más expresivos es éste: al que madruga, Dios le ayuda. Sólo con observarle poseeríamos mayor riqueza que con una herencia cuantiosa. ¡Pero ¡ay! son tantos los que trasnochan y tan pocos los que madrugan! ¡Es tanto el tiempo que se pierde en lo que no importa!
Todos los hombres que se han distinguido en el mundo han sido hombres diligentes, lo mismo los sabios que los industriales, los comerciantes como los guerreros. El primer mandamiento del decálogo enseñado por Tomás Jefferson es: No dejéis jamás para mañana lo que podáis hacer hoy»; y el segundo este otro, que algo se le parece: «No molestéis nunca a otra persona para cosas que podáis hacer vosotros mismos».
Si César cuando supo que Metelo Escipión, Afranio y Juba se preparaban para atacarle, no les toma la delantera y atravesando terrenos pantanosos y desfiladeros, no cae de improviso sobre el primero y, vencido éste, sobre el segundo y en seguida sobre el tercero ¡pobre de él!. Así, solo en un día, se apoderó de tres campos atrincherados, mató 50.000 enemigos y su ejército quedó casi intacto. Y si él hubiera encargado la dirección de tal empresa a otros en vez de realizarla dirigiéndola por si mismo, tampoco habrían sido iguales los resultados.
En obras de paz ocurre lo propio. Activos y diligentes fueron Lope de Vega y el Tostado, escribiendo el primero sus 21 millones de versos, en sus 1.800 comedias, mereciendo de Cervantes el dictado de Monstruo de la Naturaleza, y así pudo escribir el otro más que nadie en el mundo según pública voz y fama entre las gentes de su tiempo, que le distinguieron con el sobrenombre de Océano universal de las ciencias.
El apático retrocede ante los inconvenientes más insignificantes; el diligente no tiene tiempo para ver los obstáculos, porque antes de verlos ya los ha vencido. El apático cada día que pasa se aficiona más a la molicie; el diligente cada vez obra con más rapidez y mayor seguridad. El primero se hace egoísta por no molestarse, el segundo es sociable y en la sociedad encuentra apoyo para sus planes; el uno es hasta descortés, el otro es atento, y en esta conducta tan opuesta hallan muchas personas la base de su ruina o el fundamento de su prosperidad.
El hombre es diligente por naturaleza, pero su nativa actividad hay que dirigirla bien, pues de lo contrario la empleará en cosas tan improductivas o perjudiciales, como ciertos deportes, el visiteo, los bailes, etc, es decir, queriendo estar en todas partes para no hacer labor útil en ninguna.
La apatía y la diligencia van unidas en cierto modo a la constitución y temperamento de cada individuo, pero, aparte de que esas propiedades son hasta cierto punto modificables, el hábito y la voluntad pueden sobreponerse a ellas. Bien diligentes son en ocasiones las personas apáticas cuando la necesidad las hostiga. Igual cabe que lo sean por educación, si no lo fuesen por naturaleza. La diligencia de que dan prueba los estudiantes en los últimos días de curso bien podrían observarla, y aunque fuese alguna menos, durante todo el año: su ciencia y su salud lo ganarían; el éxito sería más seguro.
Con la mitad de diligencia que los estudiantes ponen para asistir a teatros, corridas de toros, billares y otras diversiones, dedicada a los menesteres de sus carreras, se acrecentaría de un modo considerable el número de títulos otorgados con provecho. Tanto se fatiga el cuerpo recorriendo las calles de Madrid, como haciendo prácticas de ingeniería agrícola en la Moncloa, y tanto se fatiga el espíritu con las combinaciones del dominó o de los naipes como resolviendo problemas algebraicos.
Time is money dice un proverbio del pueblo más práctico del mundo. Así, los ingleses que creen que el tiempo es oro, poseen éste en mayor cantidad que los españoles; éstos piensan que el tiempo lo ha dispuesto Dios para pasarlo en los cafés hablando mal de los políticos, o en las oficinas fumando cigarros de los que se regalan para que a los expedientes no los roa la polilla en los legajos y salgan a la luz.
La fiebre de actividad de la raza sajona sería un mal gravísimo para la salud, si no viniese un domingo después de seis días de trabajo, pero también seis días de holganza, o de actividad a la española, son un mal serio para los individuos y para la patria. Por eso, cuando los españoles emigran a América y han de competir con gentes de otras castas, su apatía los vence, mientras que a los otros les da el triunfo su diligencia. Los estudiantes españoles que van al extranjero no comprenden la vida intensa que hacen los escolares de otros países.
La desaplicación no es falta de diligencia, pero tras esto sí viene aquello. La prontitud para coger los libros, o para realizar los trabajos propios de los estudios, deja el -espíritu libre para emprender nuevas tareas y aun para gozar tranquilos de los recreos si se dedica uno a éstos después de cumplidas las obligaciones.
La diligencia es uno de los primeros elementos de progreso, porque se inspira en un futuro más perfecto que se ansía lograr, cueste lo que cueste. La apatía, por el contrario, no ve más que la comodidad actual y a ésta sacrifica el bienestar futuro y el porvenir de los que han de sucedernos. Henry Smith decía: «Trabaja con intrepidez en tu negocio y considéralo como un bien que habrás de traspasar sólido y floreciente a tus sucesores». Quien así se expresaba no sería un apático, ni tampoco un egoísta. Ni para los apáticos ni para los egoístas hay sucesores que valgan; no hay más que el yo y el ahora. «Para lo que ha de vivir uno»; «mañana Dios dirá»; son las frases mas opuestas a la diligencia. Pero el que aspire a ser algo en el mundo no las adopte como divisa. Aún por egoísmo, piense que pudiera vivir mucho tiempo y vivirlo muy mal. Tome en cambio por enseña, pensando que la vida es una lucha, aquella otra frase de que «el que da primero da dos veces»; la diligencia a eso se reduce y de ese modo lleva al éxito.
Las abejas y las hormigas han de ser para el hombre mejor modelo que la cigarra la cual, si no hubiera reventado cantando, habría perecido de hambre por pasar el verano cantando en tanto que la diligente hormiga trabajaba.
Hasta en los mendigos se dan las dos especies: de diligentes y de apáticos. Los primeros se apresuran a acudir donde atisban que se reparte algo y viven mejor que los segundos. Lección para quien no sea mendigo: todos, desde los altos a los bajos, debemos ser diligentes, si aspiramos a otra cosa que a vegetar.
La habilidad es necesaria al talento. |
| (KANT) | ||
Trasladémonos con la imaginación a tiempos y lugares lejanos. Estamos en una ciudad importante de Alemania y en la primera mitad del siglo quince. Un gentil, hombre de aquel país abandona, entre las burlas y el desprecio de su familia, su título y se dedica a trabajos manuales. Busca un monasterio abandonado y en él establece su residencia. Otros tres conciudadanos le acompañan.
¿Qué fábrica van a montar? ¿Qué industria van a emprender?
Por lo pronto piensan fabricar en grande grabados sobre madera. Esta industria había progresado mucho recientemente. Los artistas son hábiles y se prometen éxito. Sobre la madera graban figuras, escenas enteras, agregan los nombres de los personajes grabados para que sirvan de explicación a los hechos representados y por último, esculpen también el nombre del autor del trabajo.
Uno de los asociados se pregunta si esculpiendo letras en relieve en vez de imágenes no podrán conseguirse en papel multitud de ejemplares de la página una vez preparada. Los compañeros aceptan la idea, pero cuando iban a realizarla muere uno de ellos, la asociación se disuelve por falta de fondos y el individuo que había sido el inspirador de la empresa, queda en la miseria más absoluta.
No se desanima y continúa sus trabajos e investigaciones. Recomienza el grabado de planchas para reproducir una gramática latina destinada a niños, su habilidad como grabador aumenta y las iniciativas, sucediéndose en su imaginación, le abrevian el trabajo. Se apercibe de que gran número de sílabas se repiten: la idea se le ocurre de grabarlas aparte y reservar en la plancha, sobre el lugar que habrían de ocupar, unos agujeritos donde colocarlas. Principia por sílabas de una sola letra, pero entonces otra idea más luminosa se le aparece. Esculpir aisladamente las letras del abecedario y con éstas componer las palabras. La imprenta quedaba inventada desde aquel momento; Gutemberg era el gentilhombre que, habilidad tras habilidad, llegaba a descubrirla; la humanidad ha colocado su nombre entre los más altos de quienes por su genio, su ciencia, su arte o su habilidad se han distinguido.
Modesto, como todos los hombres de mérito propio, Gutemberg se olvidó de poner su nombre en el primer libro que imprimió asignando a Dios solo, es el mérito de que sin el auxilio del estilete o de la pluma sino por una admirable armonía, proporción y medida de modelos, y de moldes, este hermoso libro, el Catolicón, haya sido impreso y acabado (eran sus palabras).
Sin la habilidad de Gutemberg que, ni era obrero en sus comienzos, ni necesitaba haberlo sido para poder vivir pues de otros medios de subsistencia disponía ¿hubiera la cultura dado el paso gigantesco que se debe a la imprenta y que hizo cambiar el modo de ser del mundo entero?
Gutemberg, como Bernardo Palissy, como la dinastía de los Arfe (abuelo, hijo y nieto), como Berruguete, Céspedes y otra infinidad de hombres hábiles en artes variadas, figura entre los que adquirieron celebridad o fortuna merced a las obras manuales perfectísimas salidas de sus manos y por las cuales dieron a las gentes pruebas de lo fecundo que era su ingenio.
La palabra hábil se aplica más a las artes que las ciencias y designamos con tal calificativo quien tiene aptitud para realizar bellamente las concepciones bellas de su imaginación. Hábil es más que capaz. Por capaces para el desempeño de una carrera tiene la ley a todos los que han cursado las enseñanzas que las disposiciones legales prescriben y han cumplido cuantos requisitos oficiales dispone la reglamentación de cada país, pero para que a esos mismos individuos se les califique de hábiles habrán de probar con repetidos éxitos, no sólo que poseen la teoría de la profesión respectiva, sino que saben traducir la teoría a la práctica, convertir lo teórico en real.
Capaces hay muchos abogados, ingenieros, artistas, etc., hábiles hay poquísimos; por eso los que aparecen de vez en cuando adquieren renombre, fama, dinero; llegan al éxito, en una palabra.
Se pueden conocer todas las reglas de la ingeniería y ser inhábil para trazar y construir un ferrocarril por donde sea más práctico y conveniente; puede un abogado saber al detalle leyes y códigos y ser inhábil para sacar de ellos el mejor partido en la defensa de las causas.
La habilidad es práctica y es también golpe de vista, ojo clínico, gusto estético, don de gentes, sentido de la realidad, según los casos y circunstancias.
En política la habilidad, lo es el todo. Por lo común los jefes de partido, y en las repúblicas los jefes de Estado, son los más hábiles, no los más talentudos, ni siquiera los de más firme voluntad. El político más hábil se abre camino insensible y suavemente; se le abren las puertas y se le encarama sin que él siquiera lo pretenda.
En ocasiones la malicia piensa que los hábiles son también pícaros y confunde la habilidad con la hipocresía y la picardía; pero nada de eso; el hábil puede ser tan honrado como el que más, o ser un granuja redomado; es decir, que la habilidad y la honradez son perfectamente compatibles. De la habilidad honrada es de la que cabe hablar. A los pícaros no les hacen falta libros. Gracias que sin darles lecciones nos podamos defender de tantos como van existiendo, y encontramos por todas partes.
La habilidad es adquirida más que innata. Se nace con disposiciones para tal o cual cosa pero la habilidad hay que adquirirla ejercitando esas disposiciones. Froebel hubiera sido un filósofo más, o un pedagogo de bufete, si no se hubiera dedicado a la práctica de educar para vulillos. Así la habilidad pedagógica que adquirió dióle un renombre universal. Sin esta habilidad pedagógica nadie le hubiera conocido.
Una de las cualidades esenciales de la habilidad es la prudencia y otra la paz del alma sin la que no hay prudencia. Froebel decía: «La vida con nuestros niños y para nuestros niños nos traerá la paz, el contento y la prudencia»
En los negocios. para ser hábil hay que tener además instrucción, actividad y genio. En la corriente emigratoria que de toda Europa va a los países de América se nota cuánto vale la habilidad con las condiciones de instrucción, actividad y genio.
Todos los emigrantes llevan excelentes propósitos, pero mientras los españoles acuden faltos de instrucción e inhábiles, al lado suyo aparecen los alemanes con otra cultura práctica muy superior y éstos son los que encuentran colocaciones y prosperan.
La habilidad que hace prosperar los negocios ha de ser una habilidad habitual, no la de un hecho aislado. El burro flautista de que Iriarte nos habla en la fábula fue un hábil en un hecho aislado, pero la habilidad puesta de manifiesto de ese modo no lleva a la celebridad a nadie.
La habitual es la que se precisa, y en el caso que mencionamos del burro flautista, no había que esperar grandes dotes musicales por hábito. Así, asno se era y asno siguió siendo sin que su pretendido. arte le elevase a las cumbres de la gloria. Ejemplo y lección para quienes una vez aciertan por casualidad y se creen con habilidad para el éxito, la reputación o la fama.
De Alonso Berrueguete, hemos visto en la catedral de Toledo setenta sillas más la arzobispal talladas en madera, mármol y alabastros, con una valentía y una habilidad indescriptible, pero de la misma o parecida habilidad dejó Berruguete pruebas evidentísimas en Cuenca y en Alcalá y en Valladolid y en Salamanca y en Zaragoza y en Palencia y en toda España.
Hemos dicho antes que la habilidad para los negocios requiere actividad. Berruguete no era un negociante sino un artista que sentía su arte, pero como era activísimo, no daba paz a la mano e hizo negocio sin que su verdadero propósito fuese hacerlo. El mismo año de su muerte había empleado parte de su fortuna en comprar el señorío y las alcabalas del pueblo de Ventosa.
Una cosa es conveniente; que la humanidad sepa; que la tenga presente en todos los actos de la vida; eso dará fuerzas y ánimos a muchos para luchar por el éxito, y es: que la casualidad y las dotes naturales tienen menos, infinitamente menos, valor del que es común atribuirles.
Más, infinitamente más, son los hombres que han triunfado por lo que ellos han puesto de su parte que los que han triunfado por la casualidad o por condiciones ingénitas de su naturaleza.
Especialmente tratándose de la habilidad no hay sino trabajarla para crearla. Si yo fuese aficionado a la torería y si no considerase a ésta como una plaga de la patria, pondría de manifiesto como el Fenómeno de la torería, Belmonte, creó su habilidad; pero como no quiero que este libro vaya a ser texto en la escuela de tauromaquia de Córdoba, me callo. Además este libro pudiera caer en manos inocentes y entonces ¡quien sabe si en vez de sembrar en sus espíritus las ideas de ir el éxito por el buen camino, tomase alguno de los lectores el tren para Sevilla o Córdoba y se alistase en las huestes de cualquier primer espada!
Bastante hemos hecho ¡y nos pesa! con haber hablado del éxito por la hipocresía, por si también hay alguien que se aprende la lección al pie de la letra, sin tener presente nuestras advertencias morales, en sentido contrario.
Decíamos que la habilidad hay que crearla. Según Kant la educación práctica comprende: primero, la habilidad; segundo, la prudencia, y tercero la moralidad. De la habilidad dice que es preciso velar para que sea sólida y no fugitiva, y que no se debe presumir poseer el conocimiento de cosas que no se pueden enseguida realizar. «La solidez debe ser la cualidad de la habilidad y convertir se insensiblemente en hábito en el espíritu». Eso es el punto esencial del carácter de un hombre, agrega Kant, que por su modo de expresarse reconoce que a la habilidad se llega por la educación, la cual no es en conjunto más que una suma de hábitos.
En España contamos con pocos hombres que se hayan hecho célebres por la habilidad, y hoy menos que en otras épocas. La educación teórica que reciben los españoles desde que ponen los pies en la escuela primaria hasta que salen de un establecimiento profesional o técnico, no es la más adecuada para formar sujetos hábiles.
Por otra parte la habilidad es obra de laboratorio y de silencio y a los españoles les gusta más hablar que callar, estar más en el café y en la plaza pública que en el laboratorio o en el taller. Por eso los españoles hábiles que se encuentran hay que buscarlos en el campo de la política, y de la elocuencia. Solo que sus habilidades son tales que las convierten en sofismas, lo cual como no honra, no eleva con esa elevación que se trasmite de unas a otras generaciones.
Los españoles son hábiles de palabra, pero no lo son de obra, no lo son con hechos, mediante habilidad manual. Para trazar planes, y proyectos son habilísimos los, técnicos españoles, pero para realizarlos, su habilidad no aparece por ninguna parte y hay que echar mano de técnicos extranjeros. Y como en nuestro país se carece de plantel de sujetos hábiles, se carece también, hoy por hoy, de españoles que lleguen al éxito por habilidad. Un Querol o un Benlliure, hábiles en su arte, son excepciones que no desmienten la verdad de nuestra general afirmación.
Repito el pensamiento; hay abogados hábiles y políticos habilísimos, más carecemos de profesores, de pedagogos, de militares, de ingenieros, de agricultores, de músicos, de hombres de Estado, hábiles, y el progreso de un país se debe a la habilidad de los que ejecutan, antes que a la habilidad de los que hablan.
Si en España naciese de la noche a la mañana el estímulo por llegar al éxito mediante la habilidad, se regeneraba la nación en veinticinco años. Con labradores hábiles, maestros hábiles, industriales hábiles y gobernantes hábiles ¿qué inercia habría invencible? Ninguna, ningún progreso que no se realizase.
Más que con una docena de oradores y políticos hábiles, prosperan las naciones con ingenieros, con industriales, con labradores, con profesores y, si se quiere, con gobernantes también hábiles. La habilidad, supone acción, y la acción es la que ha de dar frutos particulares y nacionales, personales y sociales; no el pensar las acciones y no ejecutarlas o ejecutarlas defectuosamente por carencia de habilidad.
Lograr habilidad no es difícil. Si más de cuatro individuos no se han hecho célebres es porque su habilidad no la pusieron a prueba, ni quisieron molestarse en ejercitarla.
Hay quien considera las habilidades que posee, pequeñeces y niñerías, sin tener presente que valen más pequeñeces bien hechas, que grandezas mal acabadas. No aplicaremos la frase de Cervantes a gracias tan bajas como la de rebuznar hábilmente según lo hacían los dos regidores del famoso cuento, pero dicha frase encierra una verdad evidente y hemos de recordarla: «También diré yo ahora, respondió el segundo, (regidor) que hay raras habilidades perdidas en el mundo, y que son mal empleadas en aquellos que no saben aprovecharse dellas».
Por insignificantes que parezcan las habilidades son aprovechables y motiva su cultivo, la perfección y descubrimiento de otras habilidades mayores. Ningún invento ha salido perfecto de las manos del inventor, ni probablemente se hubiera llegado al descubrimiento de la mayoría de las invenciones sin el ejercicio constante de las habilidades. Hombres de tanta ciencia como Edisson y Marconi habrá muchos, pero de su habilidad son poquísimos; su habilidad es la que los ha elevado sobrelos demás hombres dedicados A la misma especie de trabajos que ellos.
¡Cuántos enfermos se irán al otro mundo operados por doctores eminentes, pero sin habilidad para las operaciones!
¡Y a cuántos doctores se les cierra el camino para el éxito, poseyendo ciencia, talento u otra de las cualidades que dan celebridad o contribuyen a ella, por no saber ser hábiles!
Ser verdaderamente grande es no moverse sino por grandes cosas. |
| (SHAKESPEARE) | ||
Gloria es tener buen renombre por hechos virtuosos. |
| (LUIS VIVES) | ||
Lo que me da dolor me dará gloria. |
| (LOPE DE VEGA) | ||
| (SÓCRATES) | ||
El sol que no se ponía en los Estados del rey de España iba a causar la ruina del país. Todos los hombres de alguna actividad e inteligencia se marchaban a buscar fortuna fuera de la metrópoli alistándose bajo las banderas del ejército o en las expediciones marítimas.
Unos marchando a Italia, otros a los Países-Bajos y otros a América, hablan convertido España en un país de aventureros que no soñaban más que con empresas maravillosas, combates, honores y riquezas adquiridas en poco tiempo, despreciando el estudio, la agricultura, la industria y las artes.
Más que nadie amaba la gloria por la gloria el hombre de quien nos vamos a ocupar. Su pesadilla constante era aspirar a la inmortalidad, que buscó por mil caminos.
Siguiendo los rumbos de la generalidad de los españoles se alistó como soldado y enfermó; con unas fiebres que no le debieran haber permitido dejar el lecho, tomó parte en un empeñadísimo combate naval, de donde salió victoriosa su bandera, pero él con dos heridas en el pecho y un brazo imposibilitado para toda su vida. ¿Honores reconocidos, grados otorgados, pensiones concedidas? Ni uno siquiera. ¡Sin duda se llevarían las cruces, como tantas veces sucede, quienes menos hicieran!
Cargado de laureles teóricos, alabado de sus jefes por su inteligencia y su bravura, emprende aquel joven de veinticuatro años su regreso a la patria con los bolsillos repletos ¡menos mal!... no de dinero, pero sí de cartas de recomendación que para colmo de desventura fueron sus mayores enemigos. Un buque pirata apresó el suyo y al encontrársele tantos documentos recomendaticios tomósele por persona de alta alcurnia haciéndose con ello su rescate doblemente dificultoso.
Largo fue su cautiverio y en una situación que hubiera abatido a cualquier otro, más su ingenio sacóle bien de infinitas dificultades y dióle ánimos para conllevar sa triste estado. Dos mil palos habían de darle en cierta ocasión y un rasgo humorístico le libró de ellos; con la cuerda al cuello estuvo en otra para que declarase quiénes eran sus cómplices de intentada fuga y siguió firme ocultándolos y culpándose a sí mismo.
Cautivo, como estaba, se le temía, o imponía respeto la fortaleza de su carácter, juntamente con la serenidad de ánimo que mostraba ante todos los peligros.
Su fama se extiende por la Berbería, no había cristiano a quien no socorriese dentro de la modestia con que podía socorrer un infeliz cautivo. Don Diego de Benavides que llegó a Argel, cautivo desde Constantinopla, decía que en Cervantes, lo nombraremos ya, había hallado padre y madre; esto es, protección y recursos, socorro y cariño.
Todos alababan a aquel cautivo caballero y virtuoso como se calificaba a Cervantes.
Sus sueños de gloria son tan elevados que aspira nada menos que a sublevar a los veinticinco mil cautivos de Argel para tomar la plaza y ofrecerla al rey español. Quizá sin traidores lo hubiera conseguido.
Por fin después de cinco años de duro cautiverio se le rescata y regresa a España, pobre y habiendo de ser el amparo de una familia que había tenido que desprenderse hasta de lo más preciso para contribuir a libertarle.
Sus ansias de grandeza, de inmortalidad por la gloria de las armas, no decaen y como en España nadie se ocupa del pobre lisiado, retorna al ejército tomando parte en la guerra con Portugal.
Sin ascensos tampoco en esta campaña, pero adquiriendo cada día más experiencias del mundo y de los hombres se fija en Esquivias, luego que la guerra con Portugal hubo terminado, y desde este pueblecillo cercano a Madrid acude a la corte gestionando un empleo, si pudiera ser en América... a donde ya entonces se iban los arruinados a rehacer su fortuna y los ambiciosos, a adquirirla. Cervantes no es que fuese un ambicioso, pero sus sueños de gloria sin decaer, habíanse modificado y concibe cambiar de propósito para realizarlos.
Pero como la pobreza tiene tan pocos amigos y a quienes acuden a pedir tan pocas puertas se les abren, Cervantes sufre en su patria un nuevo calvario de desdichas físicas y morales víéndose obligado a aceptar, para poder vivir él y que coma su familia, empleos modestísimos de cobrador de alcabalas.
Entonces, en los ratos que las ocupaciones le dejan libres, emplea la pluma, fatigada de hacer números, en escribir la obra más famosa de la literatura castellana y quizá del mundo entero. La gloria que no le dieron las armas se la va a dar la pluma.
Dando un adiós a sus sueños de gloria como soldado e instruido por su propia experiencia quiere prevenir a sus compatriotas; ¡qué decimos a sus compatriotas, al mundo todo! de los peligros a que se exponen los individuos y las naciones por aspirar a aventuras quijotescas.
Supone un hidalgo pobre, valiente, generoso, de clara inteligencia, poseedor de las cualidades más eminentes de corazón y de espíritu, pero al cual han trastornado la cabeza los libros de caballería. En su humilde residencia no sueña más que en viajes, guerras y conquistas de reinos. Recorre el mundo para hacer reinar, por la fuerza de su brazo, la justicia, para vengar a los oprimidos, para desfacer entuertos y desaguisados.
Atraído por sus bellas promesas y por la seguridad con que se las hace, arrastra consigo el hidalgo loco al humilde Sancho y después de un sin fin de aventuras que no les aportan más que el ridículo y palizas, vuelven a sus hogares desengañados, cuerdos, y reconociendo que vale más permanecer cada uno en su casa, cuidando sus bienes, que correr el mundo buscando grandes aventuras.
¡Qué lección para los pueblos y para los individuos! ¡Cómo va a hacerse viejo el Quijote si es la historia de la humanidad loca y sin enmienda! Cervantes hizo recuperar el juicio a Don Quijote y el buen sentido a Sancho más la humanidad no lo recobra.
«Don Quijote y Sancho Panza representaban, dice un escritor francés, la nobleza y el pueblo español dejándose arrastrar, el uno por sentimientos generosos y caballerescos, el otro por el simple deseo de enriquecerse y despilfarrando el uno su valentía y su abnegación, el otro su paciencia y su buen sentido en empresas que daban por único resultado arruinar el país».
«El libro de Don Quijote, agrega el mismo escritor, tuvo un éxito prodigioso; toda España leía riendo hasta reventar las aventuras del caballero de la Triste Figura. Desgraciadamente España se contenta con reír. Abandonándose a las vivas impresiones que hizo nacer el aspecto seductor y espiritual del libro, no reflexionaba sobre la lección profunda que contenía. Se continuó buscando las aventuras, y España llegó a ser en menos de un siglo el país más pobre de Europa».
Tal escritor francés tiene razón y lo más triste es que así seguimos; pobres por aventureros. Es el caso de preguntar al país; pueblo español, ¿has leído el Quijote?; gobernantes, ¿lo habéis leído?; Y si lo leísteis ¿lo habéis comprendido? Para mí que no, pues veo que terminadas nuestras ruinosas aventuras en América, las buscamos en África. Seguimos siendo Quijotes sin recobrar nunca la razón.
Cervantes participando en su juventud de las ideas de su época, considera que para la fama que ansía no hay otro camino que el de la guerra y como soldado se alista. ¡Dichosa equivocación la que tuvo, pues por experiencia propia pudo hallar material para su incomparable libro Don Quijote de la Mancha! Por éste sí que Cervantes alcanzó la gloria que las armas le negaron, mejor dicho, una gloria infinitamente superior a la que por las armas hubiera podido alcanzar. Aquel genio portentoso aspiraba a la inmortalidad y bien consiguió, su propósito triunfando maravillosamente en las letras después de hacerle la sociedad, no él, que fracasase en las armas.
Para llegar a la inmortalidad hay muchos caminos y por lo general son los más seguros los menos trillados. Hay que ser originales para atraer la atención sobre sí, pero originales realizando labor provechosa. Los hombres que fueron originales inventando medios de destrucción no se han hecho populares, como los que se distinguieron por originalidades pacíficas y útiles. Si Bertoldo Schwartz y Alfredo Nobel, han pasado a la posteridad, no ha sido por las propiedades destructoras de la pólvora y de la dinamita sino por la originalidad de los descubrimientos y por la utilidad que de ellos sacan los hombres, asunto éste que sería la única preocupación de los inventores, cuando sobre sus inventos trabajaron.
Edisson y Marconi soñarían o no soñarían con ser célebres, mas para serlo no necesitaron ceñirse la espada como se la ciñó Cervantes cuando carecía de experiencia y Don Quijote cuando estaba loco.
«Los edificios, decía Quevedo, tienen su fundamento en las primeras piedras; el de la fama, en las postrimerías; si éstas no son gloriosas cae luego y lo cubre el olvido». Pues para buscar postrimerías gloriosas es preciso: primero llevar buena intención en lo que se emprende, y segundo no dar un paso sin pensar en el bien de la posteridad, ya que no quepa mirar por el bien de los que nos antecedieron. Respecto al presente recordemos esta frase de Cervantes: «Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno».
Con el bien por norma cualquier camino conduce a la fama. Tal vez esta fama llegue con posterioridad a la existencia del individuo que la merece, pero éste ya la adivina y tiene la tranquilidad de morir sabiendo casi, que su nombre será honrado y aún bendecido.
Cuando Cervantes cuelga la pluma en la espetera después de haber compuesto el Quijote y cuando alude a que el sitio de su nacimiento se lo disputarían todas las villas y lugares de la Mancha como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero, tiene conciencia de la colosal obra que ha escrito y de su inmensa trascendencia para que por ella se le recuerde eternamente como al autor de la Iliada y de la Odisea.
Los españoles siempre hemos sido poco aficionados a buscar laureles fuera de la guerra, pero el que los busca suele tener notables aptitudes para alcanzarlos. Con algo más de energía moral que la educación nos diese y una orientación más acertada de nuestras tendencias no dejarían de salir hombres que llegasen al éxito guiados solamente por las ansias de grandeza y gloria. La generosidad la hidalguía y el desinterés, primeras cualidades para aspirar al éxito por la gloria, fueron en todos los tiempos las características de los españoles. Si hoy parecen haber desaparecido del pecho de nuestros compatriotas para ser suplantadas por la grosería y el egoísmo, culpemos de ello a la falta de cultura en que vive el pueblo español y a su inconsciente rudeza, no a propiedades de la raza.
La historia de España, más que la de pueblo alguno, está llena de rasgos elevados donde no había otros móviles que el honor, la fama o la gloria, pero siempre buscados por el camino de las luchas, y de las aventuras, no por el de la ciencia, el arte, la industria o cualquiera otro de los aspectos del trabajo. Por eso como el mundo ha evolucionado y nosotros no seguimos pobres y rezagados guardando los residuos de nuestras ambiciones de gloria para las plazas de toros o para hacer de ellos gala luchando entre periciales contra cuatro rifeños, hambrientos y mal armados.
Con ambiciones de gloria de tal jaez nuestros éxitos serán microscópicos y ridículos. Nuestros antepasados siquiera, aunque equivocados por no ver gloria mis que en las armas, tenían la grandeza de emprender hazañas sobrehumanas casi. Hernán Cortés al llegar a Méjico, quemando las naves conquista un reino. Hoy los héroes son espadas que conquistan multitudes para la barbarie arrancándolas al trabajo, o quitándoles la ilusión de engrandecerse por el esfuerzo, la constancia y el estudio, circunstancias éstas que no han elevado, con provecho para la sociedad, a ningún héroe de plaza de toros.
La ambición a la gloria pide entre los españoles un encauzamiento. Por la aspiración a la gloria se llega al éxito, pero es cuando de la gloria no se tiene una idea, falsa, egoísta y tonta. Dar concepto exacto de ella es obra de tiempo y de educación. En España se considera como gloria, por ejemplo, obtener un acta de diputado para lucir la silueta por los pasillos del Congreso, o para escribir cartas sobre el pupitre del salón de sesiones a electores majaderos que creen que su diputado es un portento de ciencia y potencia, siendo así que va a un congreso y no habla porque ni sabe, ni tiene ideas para ello.
La ambición a la gloria hay que educarla, como hay que educar a las masas para que no glorifiquen indebidamente. Lo que no merezca ser admirado no debe admirarse. Si se admira por ignorancia es estultez vergonzosa, si es por adulación, bajeza indigna.
La opinión pública fue en todos los tiempos, aún en los del más bárbaro absolutismo, aspiración que impulsaba a las personas en sus actos, y cuanta mayor sea la participación que al pueblo se le dé en negocios públicos tanto más se estiman sus fallos. Ahora bien, para que la opinión pública merezca tomarse en cuenta ha de ser sincera y consciente. De lo contrario no hay para qué gloriarse de que las gentes nos aplaudan. Cervantes siempre sería Cervantes, aunque no contase con la glorificación de sus contemporáneos.
Como las glorias son póstumas por lo común y el mundo ya lo sabe, el hombre que aspira al éxito por la gloria, no desmaya aunque en su tiempo no se le reconozca el mérito; sigue su ruta sin desviarse del plan trazado soñando despierto con los honores que prevé han de tributársele algún día. En cierto modo nada hay más desinteresado que trabajar por el éxito sin el aliciente de una recompensa, siquiera honorable en vida. Por lo menos, malo nada hay en proceder así ¡Ojalá que todos los que se mueven a hacer algo grande, estuvieran inspirados no más que por el sentimiento de una gloria futura y no por las codicias de una utilidad presente o de una gloria en vida que pudiera parecer vanidad!
Aquí soy yo hombre, aquí debo serio. |
| (GOETHE) | ||
Aprovecha rápido el momento propicio; solamente el presente es tuyo. |
| (TH. KORNER) | ||
Meditabundo y triste pasea solitario por el bosque unas veces, y por las orillas del río otras, el señor más rico del pueblo. Es todavía joven y está en la plena posesión de sus energías físicas. Su frente es despejada, la barba rubia, el cabello sedoso y ensortijado, notándosele cuando se levanta el sombrero, una calva incipiente, la boca bien formada, los ojos de mirar penetrante y dulce, el conjunto del rostro de este hombre es hermoso y su aspecto, todo simpático.
¿Quién es? Salió del pueblo cuando contaba veintidós años de edad huyendo de las iras de un gentil-hombre contra el cual había escrito una balada satírica y ha regresado ahora después de haber adquirido fama y fortuna. Su renta hay quien la hace subir a 120.000 pesetas. Tal vez. no sea tan grande, pero lo cierto es que en el pueblo ha comprado importantes posesiones.
Su vida fue muy accidentada durante su juventud. Prescindiendo de sí antes de ausentarse era o no quimerista, mujeriego y calavera, lo que sí se sabe es que se vio obligado a ejercer un sinnúmero de oficios para poder vivir. Carnicero y traficante en lanas con su padre, maestro de primera enseñanza sin título, pasante de procurador, mozo de teatro, apuntador, cómico, autor, empresario, de todo esto habla sido.
Hay quien dice que al salir del pueblo se incorporó a una compañía de actores, pero que habiéndolos abandonado pronto se dirigió a Londres y ya allí se ganó por puños el puesto de guardador de caballos a la puerta de un teatro. (Todavía no había carruajes yendo a caballo a todas partes los señores y las señoras y, por consiguiente, a verlas funciones teatrales).
Nuestro hombre tenía ingenio, pero la necesidad se lo auguró más aún. Consiguió entrar como apuntador en el teatro de Southwark, pasó luego a desempeñar papeles secundarios, hizo sus ensayos como escritor, donde no comenzó con gran fortuna, pero insistiendo y trabajando fue abriéndose camino.
Viendo que la poesía lírica producía pocos rendimientos, y como él no estaba dispuesto a pasar siempre una vida de privaciones, se dedicó a la literatura dramática. Como los empresarios le ponían trabas para representar sus obras, formó sociedad con otros y pasó a ser copropietario de un teatro. Prosperó la empresa y aquel teatro se agrandó y se construyó otro.
Se ganó las simpatías de la reina, vieja, fea y cruel, llamándola en una poesía que le dedicó «bella vestal sentada sobre el trono de Occidente». La reina amaba las letras, protegió al escritor-empresario y los negocios fueron en aumento. El era un escéptico sin ideales, pero dotado de una imaginación poderosa, puesta al servicio de su interés. Su imaginación, su ingenio y su propósito de engrandecerse por la riqueza, ya que su nacimiento, hijo de un carnicero, y su profesión de actor le impedían aspirar a títulos de nobleza, le impulsaron a continuar sus publicaciones dramáticas que le proporcionarían capital y renombre.
Ambas cosas las logró. Rico, ya hemos dicho que acabó por serlo, famoso en las letras, ¿quién no conoce el nombre de Shakespeare, el primer escritor de la Gran Bretaña?
Pero Shakespeare no fue un escritor al estilo de nuestro Cervantes, de Dante, de Schiller ni de Goethe que aspirase a la gloria solo por la gloria o por contribuir a dirigir con su genio ala sociedad. Shakespeare se metalizó tras la existencia azarosa de sus primeros años, y de su juventud. Hijo, al parecer, de un padre católico y quizá también católico él, no se sabe si pensaba en católico o en protestante. En sus obras presenta las extravagancias, los vicios y los crímenes de su tiempo para demolerlos, pero otras veces, y en su vida privada los conlleva, los tolera y hasta los adula, como hizo con la cruel reina Isabel.
Fue sin embargo buen hijo. Gracias a sus riquezas vivieron bien en el pueblo sus padres, y aun gestionó se les confirmase en la posesión de un título antiguo de nobleza que poseía la familia, ya que a él, dado su carácter de cómico, le estaba prohibido usarlo.
Hay quien pone en duda que las obras atribuidas a Shakespeare fuesen suyas calculando imposible que pudiera escribir tanto en una vida relativamente breve y ocupándose en tantos otros asuntos como se ocupó. Sospechoso resulta en verdad, pues los literatos nunca dieron pruebas de aptitud ni aficiones para los negocios, que Shakespeare fuese al par que literato, negociante y propietario, llegando a adquirir hasta los diezmos de varios pueblos, con lo cual no dejó de obtener una respetable ganancia.
Sea de ello lo que quiera, siempre aparecerá como un hombre que llegó al éxito de la gloria por los impulsos primeros de la necesidad. Hijo de una familia rica, sin la expatriación del pueblo natal a que se vio obligado y sin tener que se buscarse medios de subsistencia en Londres, es probable que Shakespeare hubiera pasado desconocido por el mundo.
Un refrán vulgarísimo de la lengua castellana dice que un hambriento estudia más que cien abogados; este fue el caso de Shakespeare. La necesidad abre más horizontes que la ambición, que el amor, la habilidad, ni ninguno de los móviles por los cuales llegan al éxito las personas. Shakespeare encarcelado por el gentil-hombre de un pueblo que le coge cazando en una de sus fincas y fugado del calabozo aquella misma noche, se ve necesitado a dar nuevos rumbos a su existencia y prueba numerosos y variados oficios, hasta que encuentra uno que le produce más y aquel aceptó. Le acompañan dotes de talento y el éxito viene.
El hombre no sabe de lo que es, capaz hasta que se ve obligado por cualquier circunstancia a valerse de sus fuerzas. Si los nobles, que tan poco producen en ningún sentido, se viesen forzados a servirse de su inteligencia ¿por qué no llenarían con sus nombres, igual que la clase media, las listas de sabios y artistas, o los registros de invenciones, descubrimientos y adelantos producidos por quienes, generalmente, a ello les instó la necesidad? No hay motivo para creer que lo que hace un pobre no pueda hacerlo un rico que lo que inventa un ingeniero de la clase media, no pudiera inventarlo otro ingeniero marqués o conde, si en vez de remar, cazar o jugar en el círculo, estudiase.
Parando la atención en los hombres públicos que en todos los países se hallan al frente de los partidos políticos, observaremos que con raras excepciones todos proceden de la clase media y no de la aristocracia. La razón es clara. El estudiante de la clase media, estudia para saber y para servirse de su carrera, ésta va a ser su único patrimonio y ha de aprovecharlo. El noble, por lo general, si estudia lo hace por el lujo de poseer un título académico y que no se diga que es persona carente de cultura, puesto que ya pasaron para siempre aquellos tiempos en que los individuos de la nobleza consideraban desdoro saber leer; pero no estudia con el interés y el propósito de que sus conocimientos le sirvan para la lucha por la vida.
Así resulta que, como hoy los triunfos los da la ciencia, el plebeyo sabio se impone, primero moralmente sobre el noble y después se impone material y positivamente también. Tal imposición es obra exclusiva de la necesidad; esto es, de que el plebeyo necesita de la ciencia para vivir y ser algo y el noble no, con lo cual el primero aumenta cada día su saber, acrece su capital de ciencia, que en la vida moderna es fuerza, mientras que el segundo desgasta y deja perder el escaso bagaje científico que adquirió en las aulas, debilitando para la lucha las energías de su saber.
En las cuestiones económicas también podríamos notar que los grandes capitales los han reunido hombres que en un tiempo estuvieron necesitados. La necesidad les obligó a ser inventores de medios para adquirir fortuna y la necesidad les llevó a ser activos, económicos y laboriosos, axioma de toda prosperidad.
Es inimaginable calcular cuántos recursos se ofrecen a un espíritu puesto en tensión por la necesidad. Para lo malo como para lo bueno un alma obligada por la necesidad es un laboratorio inagotable de ideas salvadoras que vienen en socorro del necesitado.
El niño que habiendo faltado a la escuela se ve necesitado a justificar la falta ante sus padres o ante el maestro; el estudiante que perdió el tiempo durante el curso jugando al billar y necesita buscar tretas para aprobar la asignatura; el soldado que retrasó su presentación; la niñera que lleva a casa contusionado el niño; el comerciante que quiere dar salida a géneros averiados o que no responden a las exigencias del cliente; los funcionarios que han incurrido en responsabilidad ante sus jefes, etc. etc. ¿cuántos medios no encuentran, apurados por la necesidad, para orillar las dificultades en que pudieran verse envueltos, sea por cualquier causa?
A solas nos reímos en ocasiones los profesores considerando los esfuerzos de imaginación a que se ven obligados los malos estudiantes para encubrir su desaplicación o sus faltas escolares. Si, esos esfuerzos imaginativos los pusiesen, desde el primer día de estudio, al servicio de sus obligaciones ¡cuántos jóvenes serían portento de sabiduría!
No hay cosa que tanto nos haga ver lo que valemos como la necesidad. Si no fuera porque el tiempo perdido no se recobra, seria conveniente que el hombre se dejase llevar al último extremo de la necesidad para que reaccionase en sentido opuesto, y no cabe duda que entonces iría seguro a los éxitos. Sería aplicar a la vida todo el sistema de las reacciones o consecuencias naturales que Rousseau, Spencer y otros educadores han recomendado para dirigir la conducta moral del niño, lo cual consiste en dejar que las personas reglen su conducta por las consecuencias agradables o desagradables que se originen de su proceder y, por tanto, también por los efectos de sus actos. Dañosos los efectos, el individuo tendría buen cuidado en adelante de ser más previsor, más activo, más cumplidor de todas sus obligaciones mora. les y sociales. La experiencia propia con sus amarguras le enseñarla a no abandonar desde bien, temprano el empleo de sus fuerzas, si no quería después verse forzado por la necesidad a conseguir con premuras y fatigado lo que pudo obtener más cómodamente y sin apremios.
La necesidad como medio para lograr el éxito, dejémosla exclusivamente para casos impensados, no para aquello que seamos capaces de prever, ni para lo que con tranquilidad de espíritu podamos realizar.
En la esposa que el hombre ha elegido, se deja conocer el espíritu que el individuo tiene y si aprecia el verdadero valora |
| (GOETHE) | ||
A mi parecer los ímpetus amorosos corren a rienda suelta hasta que encuentran con la razón o con el desengaño. |
| (CERVANTES) | ||
Quien no ama con todos sus cinco sentidos una mujer hermosa no estima a la naturaleza, su mayor cuidado y su mayor obra. Dichoso es el que halla tal ocasión, y sabio el que la goza. |
| (QUEVEDO) | ||
El amor es incomprensible; todos los sentimientos se le someten, todas las demás penas se subordinan a su ilusión. |
| (CHATEAUBRIAND) | ||
Por el espeso bosque de la Pineta que hay en las orillas del mar y buscando los sitios más solitarios, pasea un anciano. No es en realidad viejo, pero está envejecido. Penas morales, amarguras del espíritu unidas a una vida de bastante actividad en pro de la patria, han gastado aquella naturaleza de suyo no muy fuerte.
Viste con pulcritud, su estatura es regular, algo cargado de espaldas, el rostro es largo y huesudo, la nariz aguileña, los ojos grandes y de mirar distraído, el labio inferior un poco saliente, la tez morena, y los cabellos rizados. El aspecto de este hombre y su andar son reposados y nobles, no busca acompañantes para sus paseos, pero si alguien le saluda se muestra cortés, afable y benévolo. En sus conversaciones no emplea más palabras que las estrictamente necesarias; él que siempre fue elocuentísimo, y que hasta tuvo una voz hermosísima cultivada por medio del canto en sus horas tranquilas, por cierto bien pocas, es en la conversación una de las personas a quienes menos se les ocurre dejar oír sus palabras.
¿Quién es ese hombre? Paseando un día por las calles de la población, solo, según su costumbre, los ojos fijos como ensimismado y su cara imponente por la seriedad, se oye a una mujer decir a otra (también él lo percibió). -¿Ves tú ese hombre? Pues va al infierno y vuelve cuando quiere, trayendo noticias de los que están allá abajo. -Es verdad, replica la otra, Parece tener el cutis ennegrecido por el fuego y el humo del infierno.
Aquellas mujeres habían oído hablar de un libro donde su autor, trataba, no del infierno solo, sino del purgatorio y del paraíso, pues sobre eso versan las tres partes de que el libro se compone. El autor había amado como nadie en el mundo a una mujer, y muerta ésta se había transportado con la imaginación a buscarla en la gloria, pasando antes por el infierno y por el purgatorio, lugares hallados en su camino.
A Beatriz, que éste era el nombre de la amada, la había conocido teniendo él diez años de edad. El amor que puso, en aquella niña angelical y encantadora no se borró nunca de su espíritu. Unida a otro hombre y muerta a los tres años de su matrimonio, Dante continuó amándola después de muerta como la habla amado en vida, elevando a su recuerdo un altar perenne en su corazón. Para que la memoria quedase más obligada, Beatriz llamó él luego a su hija.
Dante publicó un opúsculo titulada «Vida Nueva» historiando sus amores de jovenzuelo con Beatriz; unos amores platónicas casi: una mirada furtiva al pasar por delante de la reja o en el templo, un saludo correspondido, una sonrisa que se devuelve o que por el contrario no se admite, entrevistas mudas en una iglesia o en un paseo, sueños de conversaciones, a eso, queda reducida la narración de un amor tan profundo.
Mas «Vida Nueva» era como el prólogo de otra obra maravillosa, de lo mejor que en el mundo, se ha escrito; «Vida Nueva» fue como el prólogo de la «Divina Comedia» escrita en el destierro, donde Dante, siempre con su amor, se hacía llevaderas las penalidades del cuerpo con los recuerdos gratos del espíritu.
En la «Divina Comedia» va Dante acompañado de Virgilio en busca de Beatriz su adorada, y tal viaje imaginario le da motivo para censurar severamente, cuando trata del infierno, los vicios de su época. La venalidad, la cobardía, la sed de oro y de placeres, la traición, las luchas intestinas entre los hombres, la simonía, las costumbres, en una palabra, perversas de su tiempo, las entrega a los castigos del infierno, a la execración humana y divina.
Su noble furia se dulcifica cuando Virgilio y él pasan desde el infierno al purgatorio. Virgilio no quiere acompañarle más adelante. Dante también vacila antes de atravesar un camino de llamas que le separa de la gloria, pero Virgilio le anima diciéndole: «Entre Beatriz y tú no hay más que ese muro». Cruzan, por fin, y Beatriz se les aparece en el paraíso, donde el poeta recobra toda la dulzura y suavidad de sus inspiraciones primeras, todas las deliciosas y puras emociones de su juventud para describir el esplendor, los goces del paraíso recorrido en compañía de su amada.
Notables eran las dotes del autor de la «Divina Comedia», pero sin la visión de Beatriz sonriéndole desde la gloria, cabe pensar que no contara el mundo con una obra de corte tan original, tan patriótica, tan moral, tan maravillosa por todos conceptos.
Si Aristóteles fue la enciclopedia viva de la antigüedad, a Dante se te considera la personificación más completa de la edad media. Esto se ha dicho de aquel hombre inspirado por el amor a una mujer a cuyo recuerdo dedicó su vida entera.
La «Divina Comedia» ha inspirado a su vez infinitas obras artísticas. Los mejores dibujos de Gustavo Doré los hizo para ilustrar una de las numerosas ediciones de la «Divina Comedia» y en el Museo del Luxemburgo, en París, hemos admirado nosotros el cuadro «La barca del Dante» por Eugenio Delacroix, tan magnífico que puede decirse ha formado época en la historia de la pintura contemporánea.
La «Divina Comedia», inspirada por el amor, no es, sin embargo, una obra puramente sentimental; es una epopeya, es una historia, es una obra de filología, es una obra poética sublime.
El Dante se hizo admirar por su patriotismo, por su genio y porque fue el creador de la-lengua italiana,. revelando a sus compatriotas las cualidades y las riquezas de su idioma que tan abandonado tenían, dándoles un ejemplo de lo que con él, podría producirse, escribiendo un poema, donde todos los sentimientos del alma humana, los más tiernos como: los más ardientes y los más terribles, han encontrado su inmortal expresión. Mas todo ello fue refundido en una obra literaria inspirada por la pasión a una mujer a la cual dedicó todos los pensamientos de su vida.
Si de Dante pasamos nuestras observaciones a otro inmortal de las letras a Goethe, veríamos que Gretchen, de la que se enamoró a los quince años de edad, Charitas luego, Kitty más tarde, aparecen en sus diversas obras como inspiradoras de ellas. La trama sublime del Fausto nació del amor que brotó en su pecho hacia Fraulein Klettenberg cuando ésta te asistió en Leipzig durante una enfermedad.
Goethe no estuvo nunca sin amor, y locamente enamorado, hasta pensar en el suicidio, se pinta en su obra Werther, tierna, dulce y apasionada. No hay escrito suyo donde no personifique el amor a la mujer. Si Goethe no hubiera sentido el amor con la fuerza que manifiesta en sus escritos, la humanidad contaría un gran hombre menos en la lista de los que han llegado.
De Shakespeare no juzgamos que por el amor llegase al éxito, pero, su Romeo y Julieta es la historia más bella de amor escrita en todos los idiomas.
Hasta pará el éxito ultraterrenal sirve el amor, si es cierta la frase de madame Necker de Saussure cuando dice: «Amar es lo más bello de la vida y ha de ser nuestro patrimonio y nuestra recompensa en la eternidad».
Pero sin alzar tanto las miradas, sino circunscribiéndonos a las cosas de este mundo aparece bien evidente que por el amor a una mujer; por hacerse el hombre digno de los merecimientos que siempre supone en la persona amada, se eleva sobre su valer ordinario, se dignifica por cuantos medios caen dentro de su esfera de acción y procura ennoblecerse sobre su clase y categoría sociales para lo cual le es forzoso ejercitar su actividad, ya en el estudio, ya en la habilidad y en el trabajo o ya por cualquiera otra de las causas que mejoran nuestra posición en la vida.
El amor, estando bien dirigido, es un aliciente de una fuerza increíble para progresar. Lo que no se le ocurra a un enamorado para conseguir, primero, la estima de la mujer amada y para rodearla, después, de la mayor suma de comodidades y bienes, no es capaz de ocurrirsele a nadie en el mundo.
Y como el amor, sobre todo el primero, persevera toda la vida, como decía Chateaubriand, haciéndose sentir hasta en la vejez y no muriendo jamás del todo, supone el estímulo más permanente para la acción que es en resumen el origen de todo éxito. Si el amor, considerado en general, es la vida del alma y el fundamento de las afecciones de nuestro corazón, considerado en particulares el amor a una mujer el fundamento y resumen de la actividad y vida del alma y del cuerpo cuya aspiración se reconcentra en el deseo de crearse una familia rodeada de cuantas comodidades sean posibles.
Principiando el amor por sensaciones puramente físicas asciende a deseos intelectuales, morales y estéticos, y es la base de la ciencia, de la moralidad y del arte.
Pero el amor está sujeto también a aberraciones y a extravíos. Las costumbres de la vida moderna, con la literatura libre y desvergonzada en que una mujer es de todos y de nadie, motivan en la juventud cierta indiferencia, o repulsión mejor dicho, al amor firme que purifica las intenciones y levanta los propósitos por los que hombres superiores llegaron a la celebridad puestos los ojos en la visión de un ser amado. Abelardo puestos los ojos en Eloísa y nada más que en ella llegó por su amor y su genio a ser la maravilla de su época. Sus cantos de amor le conquistaron fama universal. Mayor fama y más noble que la que puedan adquirir los jóvenes de nuestro tiempo picoteando por acá y por allá, burlándose de un amor, solo, único y verdadero para caer donde el interés, o el apetito, no el sentimiento, les encaminaron.
Mirado el amor como apetito o como negocio no sólo deja de ser camino para el éxito, sino que atrofiando energías y no despertando iniciativas es rémora para el progreso particular y social. El hombre que ve en las mujeres un objeto de placer o en el capital que ellas le aporten un medio de vida, es indigno de poner en sus labios la palabra amor para acercarse a las unas o para llevar a los altares a las otras. Ese hombre por lo que se refiere al éxito es un hombre a quien de antemano se le puede pronosticar que fracasa. Mira muy bajo: y el éxito está muy alto y no lo ve.
«En un mundo en el cual todo vacila, escribió Michelet, es necesario un punto firme de sostén en el que poder apoyarse. Ese punto es el hogar doméstico; pero el hogar no es una piedra, como las gentes dicen, sino un corazón, y en verdad el corazón de una mujer». Mas los corazones comprados, sean para el placer, sea para el matrimonio, no son de esos que pueden servir a un mundo que vacila. Por eso los hogares domésticos ofrecen tan escasos modelos de ejemplaridad en aplicación, trabajo, actividad, moralidad y diligencia. Así ni los padres triunfan ni enseñan tampoco a triunfar a unos hijos, de quienes ni el padre ni la madre gran cosa se preocupan. Por eso los éxitos son menos cada día. Van descendiendo porque desciende también la moralidad; porque no se ama con el desinterés y el verdadero sentimiento que el amor pide.
No sé quién ha dicho que hoy no se ama a ninguna mujer determinada, sino que se ama el amor, lo cual es muy distinto. Por eso no hay familias, sino un hombre, una mujer y algunos chicos que viven bajo un techo común, y donde cada marcha por el camino que quiere. ¿Qué estímulos va a tener el hombre amando de ese modo y organizadas las familias en tales condiciones para que sea el amor en él fuente de adelanto y de prosperidades?
Lo más que algunos, jóvenes hacen es pensar en crearse una posición para crearse después una familia, pero entretanto envejecen, la época del amor pasa y, como no vayan al éxito por otros caminos lo que es por el del amor llegan tarde. Es un mal cálculo proceder así. El hombre que ama de veras y se casa joven con una mujer que es el encanto de su hogar trabaja, reflexiona, estudia para que el nido de sus amores no lo destroce la miseria.
No hay sentimiento capaz de prestar más fuerza a un joven, dice Payot, que el producido por esta asociación, de dos personas de buen sentido y de corazón, contra la desgracia y las enfermedades. «Se avanza en la vida, y el afecto y la felicidad aumentan; el trabajo del uno y la economía de la otra permiten embellecer el domicilio; cada alhaja comprada, cada mueble nuevo es el resultado del sacrificio de todo placer, de toda alegría no común a ambos; todo esto, aun sin hablar de los hijos, crea lazos de una fuerza extraordinaria. En la casa donde se ha empezado modestamente, el bienestar aumenta con la edad, las cargas disminuyen y la vejez es completamente feliz, porque no se goza bien de la seguridad y tranquilidad que proporciona la fortuna sino después de haber trabajado durante mucho tiempo para obtenerlas».
Y no influye poco para aspirar al éxito en fama, nombre o fortuna la esperanza de que llegue un día en que se puedan disfrutar tales bienes, tranquilos y compartiéndolos con la mujer amada, rigiendo la familia que con ella se ha creado.
Mas no son solo los tranquilos goces del hogar aquellos cuya aspiración pueden constituir un móvil para nuestras acciones realizadas por el amor. Aún la vida agitada de los negocios, de la política y de la lucha bajo todo sus aspectos ofrece pruebas de a cuánto noble o atrevido ha incitado
Por el amor a Dulcinea era justo y, como tal, desfacedor de agravios Don Quijote. Y si de las valentías novelescas del héroe cervantino pasamos a las de personajes históricos un catálogo interminable de hazañas heroicas pudieran recogerse que maravillarían. Cristianos y moros han dejado en la literatura española recogidas en romances las heroicidades que por sus amores y sus damas llevaron a cabo. Véanse éstas donde el moro Zaide hasta se atreve a subir al cielo para contar las estrellas y traer a su amada la más reluciente.
* * *
En otro romance morisco hallamos estos otros versos no menos briosos que los anteriores:
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Por los trozos de romances moriscos que acabamos de citar se habrá caído en la cuenta (y ése era nuestro propósito) del ánimo que el amor infunde en todo pecho enamorado y de las grandes empresas de que son capaces los enamorados de verdad.
¡Nada menos, repetimos, que de subir al cielo es capaz, hiperbólicamente, el moro Zaide para contar las estrellas y traer a su amada la más reluciente! ¡Siempre el amor siendo acicate del atrevimiento y de la audacia!
No sé quién dijo que en todo crimen había que preguntar «¿quién es ella?» En efecto por el amor a una mujer se han cometido numerosos crímenes, así como también se han realizado numerosas acciones nobles. Los hechos históricos más transcendentales han tenido por protagonista alguna mujer y el amor que inspiró, y no hay epopeya sin mujeres, ni escritores famosos que en las más renombradas de sus obras no hagan jugar la acción sobre el amor a una mujer. Beatriz inspiró a Dante sus poesías primeras y sus últimas.
En las obras famosas de Homero, Virgilio, el Tasso, Cervantes, Milton, Shakespeare, Goethe, Schiller... hay alguna «Beatriz también, o alguna «Dulcinea» que mueve a los héroes a la acción. ¡Es siempre el amor a la mujer moviendo el mundo, en la paz como en la guerra, en lo individual como en lo nacional, en la, comedia como en la epopeya, en la realidad como en la ficción, en la novela como en la historia!
Siendo así ¿quién dudará en tener al amor por palanca para el éxito?
No miremos a los que caen, y hagamos nuestra la divisa que flameaba en la proa de la gloriosa nave de Amundsen: ¡Pram! ¡Adelante! |
| (GUIST'HAU) | ||
Ministró francés Lo que me da dolor, me dará gloria, |
| (LOPE DE VEGA) | ||
El valor crece con el riesgo, los brios se triplican en los lances apurados. El destino ha dispuesto, sin duda, que sea yo un hombre grande cuando tantos estorbos suscita en mi camino. |
| (SCHILLER) | ||
Pues que la vida es tan corta, soñemos, alma, soñemos. |
| (CALDERÓN) | ||
Cierto día se presenta a las puertas de un convento un hombre como de unos cuarenta años bien cumplidos, llevando de la mano a un niño y pidiendo para éste un poco de pan y de agua. El guardián del convento, después de socorrer al padre y al hijo, pues tales eran, observando a través del polvo que cubría las ropas de los recién llegados y de lo usadas que estaban, así como de la conversación del padre, cierto aire de ilustración, picado por la curiosidad, preguntó a éste «que quién era e de dónde venía».
Contestó el desconocido «que venía de la corte de su alteza, e le quiso dar parte de su embajada, a que fue a la corte, e como venya» manifestándole algo de su estancia en la corte y de las burlas de que había sido objeto, pues de su proyecto dijeron que «hera un poco de ayre».
La religión, representada por aquel fraile modesto y humilde, comprendió al genio y allí puede decirse que se resolvió en aquellos instantes uno de los problemas que han tenido mayor transcendencia para el mundo. El proyecto del extranjero que llama a las puertas de unos frailes pidiendo agua y pan, proyecto calificado, por los hombres más sabios, de vanidad y de locura, va a tener realización merced al optimismo de un hombre que no desmaya y de un fraile que le comprende.
Tal era el entusiasmo que el extranjero sentía por su obra, que relatando la audiencia en donde expuso sus planes a los reyes escribió más tarde: «Pensando en lo que yo era, me confundía mí humildad; pero pensando en lo que llevaba, me sentía igual a las dos coronas».
El optimismo de aquel hombre se comunica a la reina, ésta le proporciona recursos y al cabo de varios meses, los habitantes de un pueblecillo del sur de España se encuentran sorprendidos con tres embarcaciones que se aprestan para un viaje extraordinario, fabuloso casi, sin rumbo determinado, a navegar a la aventura. Las embarcaciones se hacen a la mar; sus tripulantes parten animosos; el jefe va inflamado de alegría. Transcurre el tiempo y el entusiasmo decrece en todos menos en el jefe de la expedición; su optimismo es siempre igual y algo influye para que la tripulación conserve la esperanza. A veces, sin embargo, la tripulación piensa imponerse al jefe y regresar; éste los convence nuevamente y por fin llega un día en que ven tierra; los planes atrevidos del loco se han realizado; Colón ha descubierto un nuevo mundo.
El 15 de marzo de 1493 en el pequeño puerto de Palos reina una animación desusada, las campanas voltean, todo el mundo quiere ser el primero en estrechar entre sus brazos a los que regresan y en ver los objetos y personas que de las tierras descubiertas traen los viajeros tres meses ha salidos a la buena ventura de Dios. Colón marcha a saludar a la reina y le dice: «Señora, mis esperanzas se han cumplido, mis planes se han realizado, vengo a mostrar mi gratitud a vuestra generosidad y a ofrecer al dominio de vuestro cetro y de vuestra corona regiones, tierras y habitantes hasta ahora desconocidos del mundo antiguo: a ofreceros una conquista que no ha costado hasta ahora a la humanidad ni un crimen, ni una vida, ni una gota de sangre, ni una lágrima: a vuestras plantas presento los testimonios que acreditan el feliz resultado de mi expedición y el homenaje de mis más profundos respetos a unos soberanos a quienes tanta gloria en ello cabe»
¡El optimismo habla, triunfado!
* * *
Por aquel mismo tiempo (unos años después) los españoles se baten en Italia con los franceses. Hay días en que los españoles no tienen nada que llevarse a la boca; el hambre les agobia tanto como la guerra. ¡Mas no es solo de víveres de lo que carecen, sino de vestuario, de pertrechos de guerra y hasta es un ejército que carece de hombres. El general no desmaya; siempre optimista busca mil medios para que el ejército siga animoso también y le secunde.
En una ocasión dice a sus gentes que ha llegado un gran cofre lleno de oro, pero que lo reserva para un caso extremo (como el bodeguero del cuento reservaba el vino de Jerez.); en otras, que llegan víveres, que van refuerzos y así sucesivamente.
A los primeros disparos en la batalla de Cerignola se prende fuego al polvorín y exclama: «¡Buen ánimo, amigos, esas son las luminarias de la victoria!»
Ocurre luego la batalla de Garellano y por el puente de Mola di Gaeta cae al suelo el caballo que montaba: se alarman sus soldados pensando, que algo grave ha sucedido a su general, pero éste se levanta risuello, y con su acostumbrado optimismo dice las palabras que en ocasión semejante pronunciara César: ¡Ea, amigos, que pues la tierra nos abraza, bien nos quiere!... Le dan otro caballo, prosigue su marcha y aquél día acabó de merecer el nombre de Gran Capitán.
Muchas cualidades sobresalían en Gonzalo de Córdoba: capacidad, inteligencia, perseverancia, genio, paciencia, cálculo; organizador, diplomático, severo en ciertas circunstancias, afable siempre, espléndido para los demás económico para él, sobrio, y no, sabemos cuántas buenas propiedades más reunía el hombre notable que sin elementos conquistaba reinos. Pero la cualidad dominante en aquel espíritu vasto fue el optimismo. Solo una vez fue pesimista peleando contra su voluntad y perdió la batalla: fue la única que perdió en todo su vida.
Únicamente un hombre con fe en sus destinos; optimista como Gonzalo de Córdoba es capaz de sobrellevar sin desmayo e infundiendo alientos a sus tropas, cincuenta días seguidos de penalidades incontables resistiendo la falta de víveres, de vestidos y de municiones, siendo pocos en número y habiendo de aguantar, con la furia de un ejército muy superior y bien aprovisionado, la furia de las aguas y otros elementos de la Naturaleza. Solo un optimista, como el Gran Capitán, puede vencer con los escasos medios de que él dispuso a los mejores caudillos franceses, humillar a dos monarcas de la ya poderosa Francia, vencer en Atella y Cerignola, atreverse a combatir en Tarento y Ruvo, rescatar Ostia y Cefalonia; triunfar en Garellano, resistir las penalidades de Barletta y de los pantanos de Pontecorbo y, por último, como antes hemos dicho, conquistar un reino.
¡En Gonzalo de Córdoba era un espíritu optimista quien triunfaba!
Ni Gonzalo de Córdoba, ni Colón habrían llevado a cabo sus empresas siendo pesimistas. El pesimista reflexiona, recapacita, medita, compara sus medios con sus propósitos, la pequeñez de sus recursos con la grandeza de la obra imaginada, y concluye por no decidirse pensando que la realización es imposible o el fracaso inevitable.
El optimista, por el contrario, encuentra factibles casi todas sus concepciones y se apresta a realizarlas. Si el discurso y la razón le acompañan un poco, cabe que triunfe, pero el pesimista no triunfa nunca. La sugestión del éxito centuplica las fuerzas del optimista; la sugestión del fracaso arrastra al pesimista a su pérdida.
El optimismo es un elemento de progreso en los pueblos y de riqueza para los individuos; el pesimismo, por el contrario, obra negativamente en individuos y sociedades; es una rémora para la prosperidad de personas y naciones. Fichte pesimista no hubiera sido el factor primero en el renacimiento de Alemania, como no lo ha sido Costa en España.
Cuando a Leónidas con sus trescientos compatriotas le dan la noticia de que Jerjes se acerca con el ejército más numeroso que el mundo ha visto y le dicen: «Ya tenemos encima a los persas», responde optimista, por lo menos con el optimismo del que tiene conciencia del sagrado deber que se ha impuesto por la patria: «No, los tenemos debajo». «Pero son tantos, añade otro de los vigías, que sus flechas obscurecen el sol». -«Mejor, replicó Leónidas, así combatiremos a la sombra».
¿Quién sabe si aquel puñado de héroes, animados por el optimismo de su jefe hubieran evitado el paso de los persas a su país por las Termópilas sin la traición de Efialtes apartando a Jerjes del terrible desfiladero y, guiando a sus tropas por lugar más seguro.
A cada paso observamos en la vida la diferencia de efectos que en todos los actos de nuestra vida producen nuestro optimismo o nuestro pesimismo.
Arthur Pearson da como consejos para el éxito estas dos reglas: primera escoger bien la profesión a que hayamos de dedicarnos, y segunda agarrarnos luego a ella como el náufrago a la tabla salvadora. Mas el náufrago que se desespera y se considera perdido, ni fuerzas ni ánimo tiene para prenderse a tabla alguna, ni para mantenerse en ella.
El propio Pearson dice: «Al levantarte piensa en tu negocio y acuéstate pensando en él. Si teniendo alguna aptitud obras así, éxito seguro, y con el éxito vendrán horas de recreo que entonces disfrutarás verdaderamente. Pero no busques recreos antes de asegurar éxito en tus negocios».
Pues bien, el optimista confiado en el éxito y en las horas de recreo que después podrá disfrutar, trabaja con la ilusión y el entusiasmo de que no ha de estar poseído el pesimista que se considera uncido al yugo de unas ocupaciones siempre las mismas, duras, ingratas, sin esperanza de la más mínima mejora.
Si los funcionarios públicos que sirven en negociados y oficinas no estuviesen dominados del pesimismo causado por la falta de equidad conque el Estado reparte los ascensos entre laboriosos y holgazanes, otra sería la administración pública y otra sería también la situación económica de las familias de los funcionarios. Mas como ningún servidor del Estado confía en el premio justo, ninguno es optimista, ni trabaja como debiera trabajar; va a la oficina el menor tiempo posible, y al café mayor tiempo que puede, con lo cual produce poco, pero consume mucho. Los que no se han enviciado de este modo, buscan otros amos además del Estado y sirven a éste cuando aquellos no los necesitan. La inmoralidad que de aquí nace, con otras de las que no hay para qué hablar, repercute en la situación general del país.
Nadie podrá presentar ni un caso siquiera de un sujeto pesimista que sea activo, ni ponga en tensión su mente para salir adelante en ningún empeño. Su pereza mental corre parejas con su apatía corporal. En todos los pueblos hay algún individuo pesimista que pasa el tiempo hablando de política, censurando a todo el mundo y doliéndose de cómo le persigue la desgracia, sin reparar que la desgracia la lleva en su pesimismo que le imposibilita para emprender nada.
También por todas partes encontramos optimistas, con sueños de color de rosa, forjándose quizá muchos de ellos castillos en el aire, pero que piensan, imaginan, emprenden y realizan. Si su imaginación no camina sola al azar, sino orientada por la razón, la meditación, y el juicio, esos optimistas podrán ser millonarios, sabios, artistas distinguidos, héroes, etc., según a lo que sus aficiones los encaminen. Un pesimista jamás será nada de eso. Para un pesimista no hay caminos expeditos, ni puertas abiertas.
Dos estudiantes conocen igual la asignatura, pero el optimista va al examen creyendo que sabe mucho más de lo que sabe en realidad. Su optimismo le hace contestar tranquilo, con seguridad y aplomo. El pesimista al revés; todo lo ve negro, piensa que van a preguntarle aquello que menos domina de la materia, y que ésta en conjunto la desconoce; su pesimismo motiva que responda vacilando, inseguro, como quien no ha estudiado. Lo probable será que el primero resulte aprobado y el segundo no.
¿Se trata de empresas en que es preciso reunir capital? El optimista propaga la idea, expone el plan, afirma que el éxito es indudable y que el capital ha de producir un elevado tanto por ciento. Le escuchan otros optimistas, la idea se abre paso, se junta más dinero del que hace falta y la empresa se lleva a cabo.
Un pesimista nada habría conseguido, porque ante todo, nada habría intentado. Si el pensamiento se le hubiera ocurrido, como al optimista, su pesimismo le impediría propagarlo, reunir fondos y llevarlo ala realización.
Nunca he perdido el tiempo en pequeñeces. |
| (SCHILLER) | ||
He trabajado lo mismo cuando me han ultrajado que cuando me han aclamado. |
| (TAURÉS) | ||
Huye de los licores; juzga y trata con igual consideración a pobres que a ricos, y observa en todo puntualidad. La puntualidad es el alma del negocio. |
| (SIR TOMÁS LIPTON) | ||
Cierto día el autor de este libro encarga a sus alumnos un trabajo de composición literaria y el alumno del tercer curso Francisco Ibáñez, presenta el siguiente:
* * *
Una berlina de viaje arrastrada por cuatro robustos corceles se detuvo ante el hotel del León de Oro, en el centro de la pequeña ciudad de Nundene. Los escudos de armas pintados en las portezuelas, la rica librea de los lacayos encaramados en la trasera del carruaje, revelaban un viajero de nota. Así maese Hans, el digno propietario del hotel, se apresuró a correr hacia él. Acogió al recién llegado con grandes saludos, inclinándose tanto como lo permitía su abultado vientre, mostrando una larga y alegre sonrisa. Alababa calurosamente el confort de la habitación del primer piso, reservado a los grandes personajes, y que había ocupado recientemente monseñor el obispo de Tréves. Pero el extranjero, cortó pronto esta elocuencia declarando que apenas si se detendría una hora escasa y que se contentaría con hacer una comida en la sala común.
Allí era donde se reunían todas las tardes el maestro de escuela Paffner, el bailío y algunos grandes negociantes de la ciudad. Tenían costumbre de platicar gravemente vaciando las copas. Cuando había algún viajero solitario, se esforzaban en trabar conversación, le invitaban a trincar y le hacían mil cortesías, a fin de saber las noticias de fuera. Esto les permitía, al día siguiente maravillar a los vecinos por el relato de acontecimientos lejanos, cuya importancia exageraban complacientemente.
Viendo al desconocido en la sala, se dejaron al pronto impresionar por su buen aspecto y riqueza de su porte. Pero él respondió a su saludo con tan sencilla cordialidad, una cortesía de tan buena ley, que juzgaron fácil abordarle y no tardaron en verificarlo. El maestro de escuela Paffner supo deslizar hábilmente algunas frases, que podían dirigirse tanto a sus compañeros como al que comía en la no muy distante mesa. Este último, además, pareció muy curioso deseando obtener algunos informes sobre la ciudad. Interrogó y le respondieron. La conversación llegó a ser familiar.
Así supieron los vecinos que el viajero llegaba de Berlín. Esta particularidad le valió a sus ojos cierto prestigio. El bailío que tenía algunas nociones administrativas, habló de las intendencias y de la corte. Afirmó que había tenido el honor de contemplar no hacía mucho los augustos rasgos del rey Federico. Pero como el viajero parecía conocer bastante bien la persona del monarca juzgó prudente desviar la conversación, y se entusiasmó después con el saber de los filósofos. Se hablaba entonces mucho de Leibniz. El bailío aseguró que acababa de adquirir su última obra, pero se apresuró a añadir que no había tenido todavía tiempo de leerla. Era un medio de reservarse la consideración del extranjero, al mismo tiempo que prevenía un percance que podía ser enfado, Este último, por otra parte, parecía poco dispuesto a profundizar.
Un poco celoso de ver al bailío acaparar la atención del viajero, el maestro de escuela, que era bastante susceptible, juzgó llegado el momento de intervenir.
-Es lamentable, señor, que no nos hagáis el honor de permanecer más tiempo en nuetstro pueblo. Os hubiéramos mostrado un fenómeno, un loco debiera decir, cuyas extrañas manías son la burla de todo el mundo. Es uno de esos numerosos franceses expatriados. Se ha refugiado aquí en Prusia, como muchos de sus compatriotas a quienes nuestro bien amado soberano concede la más amplia hospitalidad en lo que, después de todo, el rey Federico tiene perfectamente razón, porque son, en su mayoría, hábiles artesanos que propagan entre nosotros técnicos conocimientos y nos enseñan mil oficios remuneradores.
Así, os propongo «in continenti» vaciar una copa a la salud del nuestro rey.
Habiéndose secado los labios, continuó el maestro de escuela:
-El buen hombre, de que hablo no nos trae, desgraciadamente, más que vanas quimeras. No es que esté desprovisto de méritos. Sé que ocupó durante algún tiempo una cátedra de Matemáticas, y tengo demasiado respeto a las autoridades para creer un instante que no se le hubiera podido nombrar profesor sino se le hubiera reconocido cierta competencia, pero el pobre se ha dejado influir por sus pequeños éxitos de pedagogo, y helo ahí ahora que pretende revolucionar el mundo con invenciones fantásticas.
Uno de los negociantes interrumpió:
-¡Ah!, sí; ¡queréis hablar de ese Papín y de su máquina!
-Precisamente. Ese Papín ha imaginado una máquina, que es evidentemente muy curiosa. Hace hervir agua en una marmita. El vapor de agua (él es quién ha descubierto ésta su particularidad) posee una fuerza expansiva bastante apreciable. Utiliza esta fuerza para hacer mover un pistón que hace marchar a su vez todo un mecanismo, seguramente muy ingenioso; de suerte que, cuando el aparato está en marcha, se ve ir y venir una serie de piezas que parecen funcionar todas. A primera vista, se está tentado a creer en alguna hechicería fantástica, pero cuando, ese Papín os explica el funcionamiento de su máquina (y debo deciros que lo explica admirablemente) se penetra fácilmente su misterio y no puede uno impedirse el experimentar cierta admiración por la ingeniosidad del buen hombre.
No hay que decirlo, es muy curioso, está muy bien fabricado, es muy diestro. Solamente, ¡ay! porque ha conseguido hacer andar un aparato que está bastante bien combinado (y si nosotros hubiéramos pensado en ello lo hubiéramos hecho también) anuncia ahora la pretensión de poner en movimiento el mundo entero, con su sistema. Tiene en eso un útil que es interesante ver funcionar durante cinco minutos. Eso puede divertir a los niños. y debo decir, que también hace reflexionar un poco a las personas mayores. Es un juguete grande, bien estudiado, perfeccionado e instructivo, que no es malo hacer ver a las gentes; pero que no podría ser otra cosa.
Y he ahí que ese iluminado pretende, por el mismo medio, accionar los oficios en las fábricas, y, lo que es más fuerte, hacer mover los barcos. ¡Es el colmo!
-¡Los barcos!
-Sí, perfectamente. A tal extremo, que ha construido un barco, sobre el cual ha instalado su famoso sistema y que pretende hacerle ir así a Inglaterra sin remos y sin velas.
-¡Imposible!
-Es como os lo digo. Podéis ver el barco en la costa mañana por la mañana.
-¡Está loco!
El bailío, hizo esta observación:
-¡Es gracioso como las gentes educadas puedan perder la brújula cuando a ello se ponen!
-Observad bien -continuó el maestro de escuela- que todas esas fantasías le cuestan muy curas. El buen hombre está lejos de ser rico. Ha consagrado todas sus pequeñas economías a la realización de su última quimera. Yo le conozco un poco. He tratado a veces, de darle buenos consejos.
Le he dicho: estáis loco, mi pobre amigo: no llegareis nunca a nada. ¡Pero es testarudo como una mula, y como si hubiera cantado!
En este instante estallaron violentos rumores en la vecina calle. Esperando el espectáculo de un incendio, temiendo las cóleras de un motín, los que charlaban se precipitaron ansiosos hacia la calle.
Un hombre pálido como la muerte, huía ante una multitud de marineros y de muchachos. Los pilluelos le lanzaban piedras.
El maestro de escuela exclamó:
-¡Mirad! Es él justamente. ¡Dionisio Papín, el loco!
Y como uno de los perseguidores te informara de que se acababa de romper el famoso barco, añadió dándose importancia:
-¡Ya le había yo dicho que su máquina no andaría!
La narración anterior, recogida por mi alumno de la vida de Dionisio Papín y referente a la época en la cual, expatriado, huía de la persecución religiosa promovida en Francia por Luis XIV contra quienes no fueren católicos, nos demuestra cómo la fuerza de la rutina se opone a todo noble intento que pretenda cambiar las cosas trayendo novedades, siquiera éstas hayan de mejorar la condición del trabajo.
Papín acorralado, tratado de loco, es uno de los infinitos sabios a quienes la sociedad, por cuyo bienestar se interesaba, puso enfrente los mayores obstáculos para el éxito. Los mismos obstáculos que la sociedad opuso a Cristóbal Colón, a Bernardo Palissy y al inagotable número de grandes hombres tenidos por visionarios y locos entre sus contemporáneos ruines, envidiosos, vanos e ignorantes.
Más fuerza de voluntad, paciencia y resignación se precisa en cualquier intento que se salga un poco de lo vulgar para triunfar de la resistencia de las gentes siempre opuestas a toda innovación, o para no desmayar ante las burlas de que suele ser juguete el genio, que para vencer en las dificultades de la empresa proyectada.
Pero no son sólo los hombres quienes ponen los principales obstáculos a las obras de otros hombres. En el propio sujeto que haya de llevarlas a cabo, disponiendo de cuantos elementos le sean precisos, tanto materiales como de aptitud y condiciones personales, cabe que sean muchas y variadas las causas por las cuales no lleguen a tener realización con éxito ciertos negocios que se proyectan y no se emprenden, o se emprenden y no se acaban.
Esos obstáculos son de orden diverso: unas veces nacen de sensibilidad fría que no estimula a la acción, otras veces de pereza mental y corporal por la que el individuo se resiste a todo esfuerzo, no faltan casos en que la pereza ha sido contaminada por las amistades y así sucesivamente podríamos ir enumerando las diversiones, los vicios, la disipación y otras numerosas causas de todos conocidas y que por lo general proceden de una educación defectuosa.
«El juego, la disolución y el vino impiden ser ricos, fuertes y viejos» decía Logau, y éxito notabilísimo en la vida de cada persona sería lograr riqueza, fortaleza y ancianidad. Casi puede afirmarse que alcanzar tales cosas constituye la lucha perenne de los hombres en el mundo.
La naturaleza es idéntica en todos los seres humanos y, no obstante, hay países que dan un tanto por ciento muy elevado, en. comparación con otros pueblos, de analfabetos y proletarios, es decir de individuos que no han llegado a éxito alguno, Puesto que no han logrado siquiera el éxito modesto de poseer una elemental cultura y de vivir con recursos propios y seguros. Y como las naciones son sumas de individuos hallamos también naciones de hacienda próspera, con sociedades financieras que manejan caudales inmensos, mientras que otras han de vivir hipotecando sus ingresos presentes y futuros con lo cual no se arranca nunca el yugo de la servidumbre, aunque en apariencia sean independientes.
¿Qué motiva tales diferencias siendo, como antes decimos, idéntica la naturaleza humana? La educación solamente, sin que nos refiramos con ello solo a la educación dada a la juventud en escuelas y colegios, sino a la educación social que se adquiere por el medio ambiente en que se vive y por las costumbres que se ven practicar.
En España, por ejemplo, los niños observan desde pequeños que se concede más fe para hacerse ricos a la lotería o al toreo que al trabajo y a la actividad, y las personas crecen respirando una atmósfera de holganza que da pena. La sustancia para las empresas son pocos los que la tienen, pues la mayoría quieren llegar al éxito en un instante: se ve que Fulano o Mengano se hizo rico en una nochebuena o que un torero adquiere millones en un par de años, y todos quieren ser los ansiados mortales afortunados que se enriquecen por el número que sale de un bombo o por los billetes de banco que afluyen a la taquilla de una plaza de toros.
La vocación para los oficios, si es que se toma alguno, es lo de menos; lo de más es tomar una ocupación donde se trabaje poco y, si puede ser del Estado, tanto mejor; el Estado vigila apenas y se cobra por estar sentado en las oficinas hablando de política y de toros, según cae, más que resolviendo expedientes. Además, sirviendo al Estado cabe el desempeño de varios cargos y, por consiguiente, el disfrute de sueldos múltiples, plaga que dicho sea entre paréntesis, debe ser eminentemente española.
La sensibilidad, que es como el fuego que mueve la caldera humana, tiene una educación defectuosísima en el pueblo español; éste tiene una sensibilidad grosera. La fiesta «nacional» es cruel y asquerosa; las vísperas de San Juan y las fiestas locales se anuncian «corriendo la pólvora» como los africanos de quienes por atavismo, conservamos numerosos rasgos característicos; el pueblo rodea con supersticiosa atención a los romanceros que cantan coplas en las esquinas, siendo esa toda la cultura artístico-literaria que adquiere; los niños parece que vienen al mundo con el instinto de la crueldad y del odio a toda belleza, pues, apenas son capaces de moverse, ya se ejercitan en destrozar plantas, dañar a los pajarillos y ensuciar las paredes de los mejores edificios con rayas, dibujos o letreros, si saben esto último, obscenos y de pésimo gusto. Los carreteros por las calles son una continuada serie de blasfemos, martirizadores de las infelices bestias que caen en su poder.
¡Pero cómo ha de tener sensibilidad un pueblo cuando hasta los propios educadores de la infancia comentan durante las horas de clase el cortejo que dieron a un espada, a un puntillero a un picador!
No es, pues, todo cuestión de raza ni de herencia, es en mucho cuestión de hábitos, de costumbre, de ejemplo, de educación. Cuando el socialismo se apodere más del alma de las gentes, la sensibilidad de los españoles mejorará sin duda alguna y habrá una noble reacción contra la crueldad y la grosería producidas en España de alto en bajo, y que por espíritu de imitación el pueblo sigue.
Somos el pueblo más rutinario del mundo, y con el pretexto de conservar nuestra nacionalidad y de no fundirnos moralmente en elementos extraños, conservamos hasta nuestros vicios y nuestros errores aun conociéndolos. Por lo superficial, no por lo esencial, es por lo que pretendemos pasar plaza de progresivos.
La iniciativa individual es nula en la generalidad de los españoles. No se sabe ser más que lo que fueron los padres, ni dar rumbos nuevos al negocio. Los capitales son muy cobardes y en tanto que los capitales nacionales vacilan, llegan los extranjeros y se apoderan de las empresas.
El pesimismo es la característica del negociante español.
En política los puestos mejores son para los hijos de los padres, con lo cual se matan las ilusiones de los que valen más, que se dedican a otra cosa, y queda así la dirección y administración pública en manos ineptas y en conciencias donde la ética no es lo que más resplandece. Quienes no tienen vocación ni aptitud para la política la toman por oficio, disputándose los cargos como modus vivendi en vez de aceptarlos como obligación cívica.
Así, la ambición no es la ambición noble del patriotismo, sino la censurable de los egoístas. Estos son los que acaparan las direcciones de los establecimientos públicos, incluyendo los docentes, y esos los gobernantes que rigen pueblos y provincias.
El vicio corroe altos y bajos y se hace gala de la maldad considerándola listeza. La virtud y la diligencia son objeto de burla por los pícaros, que viven en el ocio sin tener más taller que el lupanar.
Con la prosperidad de los pícaros, holgazanes y viciosos, el pesimismo se apodera de los que tienen talento y voluntad, decae su ánimo, desmayan y abandonan los asuntos a que su afición los llamaba para aumentar el número de los vagos, que viven por la intriga, el engaño la adulación u otros medios igualmente bajos y despreciables.
La habilidad para el ejercicio de una profesión requiere atención y constancia, pero como estas cualidades no se dan en la mayoría de los individuos, en razón a que la fe en el éxito de los esfuerzos nobles se pierde antes de haber adquirido habilidad para nada, trabaja, quien a ello se ve forzado, a la buena ventura, sin otra preocupación que la de cubrir las necesidades más perentorias, pero no con la ilusión y la aptitud que supone la aspiración a realizar el ideal de vida que cada cual se forma al dar sus primeros pasos por el mundo de la actividad y las ocupaciones.
En tales condiciones de trabajo, se carece de habilidad y se carece de diligencia. Y como el triunfo es de los que más deprisa y con más seguridad marchan, los españoles, que así vivimos, quedamos rezagados. Es decir, rezagados ya estábamos siglos ha, pero en lugar de recobrar la distancia perdida, la aumentamos por el conjunto de motivos que esbozamos y que bien pudiéramos reducir a dos: la pereza, y la glorificación que hacemos de los perezosos y holgazanes a quienes encumbramos a las más altas categorías sociales.
De ahí el considerar nosotros que el único remedio para aproximarnos a la civilización, que ya no está solo en Europa sino que va alcanzando las restantes partes del mundo, lo tenemos en las palabras de Jesucristo al paralítico de la piscina «¡Surge et ambula!;» ¡levántate y anda! Eso debe hacer el pueblo español, dejar la molicie que lo corroe, la holganza que lo envilece, la pereza que lo hace esclavo de la riqueza de otros pueblos y trabajar más de lo que trabaja; dejar de endiosar toreros y políticos, para que el que pueda y deba, suba por sus propios méritos; y, por último, no poner, trabas cuando alguna región como Cataluña quiere levantarse y andar con paso más rápido que el resto de la nación, a donde aún no ha llegado el aguijón del estímulo con la fuerza que lo sienten las provincias catalanas.
El que escribe estas líneas es castellano de pura cepa, del centro de Castilla, del corazón de España, y al mentar a Cataluña no se propone animarla en sus propósitos regionalistas, pero no quiere desconocer ni dejar de declararlo que por allá se camina más deprisa que por el resto de la nación y que sus propósitos de progreso merecen alabanza. Amicus Plato, sed magis amica veritas. Amigos de España, podríamos decir nosotros parodiando la frase aristotélica, pero por lo mismo más amigos de la verdad.
En España se impone el reinado de la actividad y del trabajo destronándose el de la juerga y la vagancia, y en esa revolución de nuestras costumbres es Cataluña quien asesta los primeros golpes a la Bastilla donde se encierra nuestro porvenir.
Reconozcámoslo, y como en su día se reconoció a Asturias que fue el núcleo de la reconquista contra la invasión sarracena, declaremos ahora (en algún punto había de estar) que el núcleo de la reconquista contra la pereza española, causa del atraso nacional, está en Cataluña. Ensancharlo hasta cubrir España entera es lo que hace falta. El camino a seguir es llano y suave para los hombres de buena voluntad, pero «el que camina caminará poco y con trabajo, según frase de San Juan de la Cruz, sino tiene buenos pies y ánimo, y porfía en eso mismo animosamente».
En España, lo repetimos, el ánimo, la diligencia y la perseverancia para trabajar no son todavía las características de nuestra condición, aunque algo parece que la vamos modificando. Confiemos en que lo serán con el andar de los años y sigamos punzando por todos los medios a ver si inyectamos en los espíritus el virus de la actividad. ¡Así sea!
Sólo se es grande por el carácter. |
| (VOLTAIRE) | ||
Ningún camino de flores conduce a la gloria. |
| (LA FONTAINE) | ||
Yo desperté una mañana y me encontré famoso. |
| (BYRON) | ||
Lo que me da dolor me dará gloria. |
| (LOPE DE VEGA) | ||
Tanto había oído, el rey hablar del sabio, que quiso conocerlo, más como éste no se preocupase de poner nada de su parte para favorecer los deseos del soberano, fuele preciso al propio monarca ir a visitarle.
En su tonel, según costumbre, se hallaba metido el filósofo cuando vio llegar al monarca. Este pensó: Ahora se levantará y saldrá a mi encuentro... No fue así, sin embargo, Diógenes siguió, en la misma posición en que estaba, como si nada extraño pasase a su alrededor.
Alejandro Magno, después de haberle observado atentamente unos momentos, habló así: -Diógenes veo que tienes una mala habitación, y que lo pasas mal, pídeme lo que desees, que si es posible o está en mis manos concedértelo, te lo concederé».
-No necesito nada, contestó Diógenes, pero si quieres hacerme un favor, apártate un poco para que llegue el sol a donde estoy.
El rey insistió: -Vente a mi palacio, allí tendrás buenas habitaciones, comerás ricos manjares y no vestirás esos andrajos que llevas puestos.
-Me basta con comer pan y beber agua, dijo Diógenes, esta capa remendada me abriga lo suficiente y no necesito habitación más grande que este tonel.
Alejandro conoció que había encontrado un hombre contento con su suerte y sin ambiciones.
Así era en efecto; Diógenes pensó siempre que el hombre cuanto menos posee es más feliz. ¡Qué contraste entre él y Alejandro! Diógenes ve un día a un niño al lado de una fuente, bebiendo agua en el hueco de sus manos y exclama: -«Ese niño me enseña que aún conservo algo superfluo», y quiebra la escudilla de que ordinariamente se servía para beber. Alejandro, en cambio, es dueño de un imperio poderoso y no ve colmada a pesar de todo, su ambición, llevándole ésta al deseo de conquistar el orbe entero. ¿Cuál de los dos estaba más cercano de la felicidad?
* * *
Es un error tradicional creer que los hombres alcanzan por inteligencia los puestos principales. Desde el rústico que acude con su hijo a la escuela primaria y dice al maestro: -«Mi chico tiene muy buena memoria, hágale Vd. que estudie mucho, y si no castíguele firme»- hasta el que posee algún título y discutiendo sobre política en el café, se expresa así: «Fulano no puede ser jefe del partido porque es hombre de poca cultura y en el partido están Zutano, Perengano y tantos otros con mucho más talento»; todo el mundo considera que el llegar, el ser algo en la vida, es obra de la inteligencia y del talento.
No seremos nosotros de los que desconozcan lo que vale la inteligencia, pero pensamos que para el éxito es un factor y no el primero de los que es preciso tener en cuenta en todas las operaciones.
Claro está que el resultado de éstas variaría en cuanto un factor por pequeño que fuese, y la inteligencia no es pequeño, quedase desatendido. Pero la voluntad está antes que la inteligencia. Quien quiera, puede, dijo Meyerbeer y con él otros muchos, pues hasta la sabiduría popular recogió esta verdad en las frases: querer es poder, y más hace el que quiere que el que puede, donde, desde luego, no se supone tampoco que la voluntad sola baste para alcanzar los propósitos y ser grandes hombres en cualquier sentido que los individuos se lo propongan.
A la grandeza se llega por cualquiera de estas dotes: por talento, por genio, por inspiración, por carácter, por sentimientos, por pasiones y hasta por fuerza corporal, o por propiedades nacidas de tales dotes; pero siendo colaboradores imprescindibles en la labor humana que ha de conducir a los éxitos y con éstos a la grandeza, la inteligencia, la voluntad, los sentimientos y la conciencia morales y aún la salud del cuerpo.
Dios ha concedido al hombre una naturaleza armónica donde aparecen bien temprano los gérmenes preciosos de diferentes facultades que la educación integral debe desenvolver sin preferencias y tampoco sin olvidos. La Naturaleza, que es muy sabia, así comienza su obra educacional y el hombre en esto como en todo, no debe hacer más que imitar a la Naturaleza.
Desde los primeros momentos de la existencia comienzan a notarse en el hombre y a ir adquiriendo consistencia sus fuerzas físicas y sus energías psíquicas. Sigámoslas y eduquémoslas por el ejercicio porque ¿qué sería después en el mundo de un hombre, por ejemplo, con una inteligencia esclarecida, pero pobre de voluntad, de sentimientos perversos, sin conciencia y sin salud? ¿Y qué sería de los pueblos, qué ha sido en ciertas ocasiones, cuando hombres de voluntad indomable, con inteligencia o con picardía, pero sin conciencia moral, ni respetos religiosos o quizá con una religiosidad torcida por el fanatismo, se han apoderado del poder y han aspirado a regir al mundo? Si el paralítico de Graus, si Joaquín Costa hubiera tenido salud y energías físicas como patriotismo, salud de inteligencia y energías de voluntad, quién sabe si su pesimismo respecto de los destinos de España se hubiera trocado en optimismo y él solo, cual otro Fichte, se hubiera bastado para predicar el evangelio del renacimiento nacional y para cambiar de alto en bajo la nacionalidad española.
El hombre no es simplemente un ser físico, intelectual o moral, sino un ser dotado de tales facultades en conjunto. Un tratadista de educación para hacer ver la necesidad que hay de atender al hombre en sus distintas facultades orgánicas y psíquicas si ha de ser un ser perfecto se expresaba de este modo: «Un hombre sano, ágil, robusto, pero de obtusa inteligencia, con escasas o nulas ideas de moralidad y justicia y sin nociones religiosas, no solo no sería un hombre perfecto, sino que sería un ser en extremo perjudicial a la sociedad y sumamente desgraciado en sí mismo; puesto que, privado de la luz ilustrada de la razón, sumido en la más crasa ignorancia, en vez de acercarse al supremo bien, a la inteligencia infinita, a Dios, en fin, caminaría por distinto rumbo y llegaría a hacer muy estrecho el límite que le separara de los irracionales, puesto que su razón entonces
eria casi el instinto».
«Un hombre inteligente, instruido, capaz de adquirir la ciencia toda, pero abandonado física y moralmente, estaría muy lejos de ser tampoco un hombre completo, No teniendo este ser idea de la moral, careciendo del sentimiento religioso, extraño a la piedad, ni amaría ni temería a Dios, y lejos de hacer bien a sus semejantes, emplearía en el mal sus intelectuales fuerzas, mayores mil veces que las del atleta; sus escritos derramarían un corrosivo veneno que emponzoñaría la sociedad de que formase parte. No habiendo recibido tampoco la conveniente educación física, sería débil, raquítico, enfermizo, llevaría una vida valetudinaria, que le haría renegar de su ciencia y maldecir a los que. tan mal le educaron».
«Un hombre, en fin, en quien no se desarrollara más que la parte moral y el sentimiento religioso, no ilustrando éste, no dando a la inteligencia el conveniente desarrollo no formaría nunca idea exacta de lo bello y de lo justo; su religiosidad llegaría a ser fanatismo, el justo temor de Dios se convertiría en él en un terror pánico que ofendería a la infinita misericordia, y lleno de nimios escrúpulos, de erróneas y exageradas creencia a su religión sería supersticiosa y por consiguiente contraria a los preceptos de la religión del Crucificado».
Lo que en las palabras anteriores se expresa constituye la base del sistema de educación actual: ni atletas, ni pensadores, ni sentimentales, ni voluntariosos, ni fanáticos. En el hombre perfecto han de estar equilibradas sus potencias. Si por naturaleza o por vocación una de esas potencias adquiere mayor desenvolvimiento, procúrese que siempre se mantenga en proporcionada armonía con las demás energías corporales o espirituales.
No desconozco yo que se considera por muchos la grandeza y elevación de los individuos como producto del genio y a éste como un desequilibrio en las fuerzas psíquicas; pero, aparte de que esto es discutible, no tratamos en el libro presentó del éxito por el genio, que no es propiedad adquirida por las personas, sino que nos ocupamos del éxito bajo el aspecto de aspiración asequible a todo el mundo (excepción hecha de los seres anormales) solo conque para ello pongan los medios adecuados entre los cuales uno especialmente es el de la perfecta educación.
La educación no es más que la suma de hábitos; el hábito, como ya se ha dicho en otra parte, es una forma de la actividad voluntaria y al éxito, se llega en último caso por obra de la voluntad que es la que pone en ejercicio, haciéndolos valer y que nos distingan, nuestros sentimientos, nuestra inteligencia, nuestra capacidad para algo, ya que todos, servimos para ese algo y en ese algo nos distinguiremos si damos con él. No se olvide, sin embargo, por fuerte que sea la voluntad, esto que decía Schiller: «Ningún hombre está obligado a querer lo imposible».
El vulgo da a la palabra talento el significado de capacidad absoluta, creyendo que hay hombres dotados de felices disposiciones para todas las cosas y que éstos son los que triunfan. No es así: Diógenes no comprendió a Alejandro, ni Alejandro a Diógenes. Cambiados los papeles hubiera tenido el mundo un filósofo menos y un conquistador menos. Torpe y desatentado hubiera sido Diógenes como guerrero y más torpe hubiera sido Alejandro como filósofo.,
Y, sin embargo, todavía no fue perfecto el éxito de aquellos dos hombres, o por lo menos, no fue para la humanidad lo ventajoso que debiera haber sido. Porque el verdadero éxito ha de ser beneficioso para la sociedad y para ello no debe ser parcial, o basado casi exclusivamente en una sola de las facultades de la persona.
A no haber ese exclusivismo es seguro que Diógenes y Alejandro se hubieran comprendido y no se despidieran como Campoamor los hace despedirse:
| «Y al partir, con mutuo agravio, | |||
| altivo, otro implacable, | |||
| -¡Miserable! dice el sabio; | |||
| Y el rey dice:-¡Miserable!...» |
Carlos Ven sus últimos años entiende que grandeza fue errada por no haber puesto para su consecución en conformidad su conciencia con sus sentimientos, cuando, según otra poesía del mismo Campoamor, arroja contra el suelo los relojes que no ha podido poner de acuerdo.
| «Y añadió: -Tenéis razón: | |||
| Empleando mi paciencia | |||
| En más santa ocupación, | |||
| Desde hoy pondré el corazón | |||
| De acuerdo con la conciencia» |
Como Carlos V, como Alejandro, como Diógenes, como Cromwell llegaron otros muchos pero desequilibrados, y a ese éxito no es al que hay que aspirar. Carlos V fue de los que menos desequilibrio tuvieron y, sin embargo, él mismo reconoce que lo tuvo entre su conciencia y su corazón. Los otros, sin confesarlo y quizá sin reconocerlo ¡cuántas desdichas produjeron o qué existencias tan inútiles las suyas pudiendo haber causado innumerables beneficios!
La fuerza de voluntad, el carácter, que es la determinación cualitativa y específica de toda nuestra vida, constituye indudablemente la principal de todo éxito, mas el carácter, como yo práctico del individuo es reformable y por tanto educable. Si no lo fuese estaría de más este libro y cuantos como éste se han escrito para indicar a las gentes el camino de la prosperidad particular y del progreso social.
Si el hombre hubiera de ser lo que por fatal sino, a ser le obligase su naturaleza ¿a qué señalar caminos abiertos solamente a los privilegiados del nacimiento por especiales dotes de voluntad?
Pero no, el carácter, fiel reflejo de nuestra personalidad, se forma en medio del torrente del mundo, como decía Goethe y el mundo nos lo hace variar; nos lo debilita, nos lo afirma, lo hace flexible, tenaz. cte. El medio ambiente, la familia, los profesores, las costumbres, la felicidad o la desgracia y tantos otros elementos, de educación, influyen en nosotros y motivan con la naturaleza las variaciones de carácter que notamos en los diferentes individuos así como las variaciones temporales que se observan en una misma persona.
Mas la reforma del carácter mediante la educación no puede hacerse por impulso del momento sino, como dice González Serrano, «por serie gradual de esfuerzos en correspondencia con los empleados para crearlo, teniendo en cuenta que los llamados vicios del carácter son ilegítimas direcciones de nuestra conducta, que adquieren persistencia en nuestra vida por incuria y abandono de nuestra parte, pues no es posible en todo momento reformar tales vicios y corregir los impulsos iniciales que han servido de punto de arranque a caracteres mal formados».
Para la educación del carácter se escriben muy pocos libros;. la humanidad sigue creyendo que en el mundo, todo es obra de inteligencia y casi todo lo que se escribe, a la inteligencia y para la inteligencia se destina, cuando si recorremos las páginas de la historia veremos que los grandes hombres fueron siempre los grandes caracteres, y otra vez nos vemos obligados a insistir sobre aquello de que querer es poder, y que de nada sirve el poder sin la voluntad firme y persistente.
Haciendo esta misma observación que nosotros Jules Payot en el prólogo que pone a la edición francesa del libro «Schule und Charakter» del profesor de Zürich, Dr. Fr. W. Foerster, dice: «Cependant le caractére est la véritable force motrice. Bien plus, si l'on considere de prés, les qualités qui font les intelligences supérieures, on découvre, qu'elles se résolvent en qualités du caractére. La soif de verité la patience, la persévérance qui font les découvertes; la conscience, l'exactitude: autant de tendances profondes de la volonté. Le sucees même, dans quelque carriére que ce soit, dépend plus du caractére que de l'intelligence».
Entendiéndolo así nosotros notará el lector que con frecuencia en este libro insistimos en la importancia del carácter para llegar al éxito, pues la historia y la experiencia nos hacen ver que siempre, ya por ambición, ya por constancia, por trabajo, etc, y hasta por vanidad, los hombres que fueron notables lo fueron por voluntad. y por carácter, más que por ninguna, otra condición, ni de su cuerpo ni de su espíritu.
¿Hace algo la sociedad actual para tener hombres de carácter?, ¿Responde la educación de la infancia y de la juventud a la formación de caracteres?
En ciertos países, Estados-Unidos, Alemania y el Japón, por ejemplo, sí se hace bastante en tal sentido; entre nosotros... más vale no hablar de ello, o presentar la cuestión en esta otra forma: ¿En España nos ocupamos seriamente de formar, no caracteres, sino inteligencias, conciencias, sentimientos? ¿En España tenemos siquiera sombra de educación primaria?
Con escuelas en sótanos y en bohardillas, con maestros perpetuamente engañados tras el espejuelo de cobrar mil pesetas anuales, con Escuelas Normales arrinconadas en cualquier edificio ruinoso y con catedráticos que trabajan durante una hora diaria, o alterna de clase; ¿qué infancia ni que juventud vamos a preparar sea respecto de voluntad o de carácter, sea respecto de inteligencia? ¿Qué porvenir puede esperarse para una nación que así prepara sus hijos a las luchas de la vida moderna... No sigamos y volvamos a tratar la cuestión, no bajo el aspecto social, nacional o colectivo, sino bajo el aspecto individual, presentando este otro punto para consuelo de los que no llegan. ¿El éxito es la felicidad?
No ciertamente: la persecución y logro del éxito es obra de lucha y la lucha es intranquilidad continua, desvelos, ansias; todo muy opuesto a la dicha. Hasta para la realización de las grandes acciones, decía Goethe, se forma mejor el hombre «en una vida tranquila y arreglada, que en una vida incierta y tumultuosa.»
Si existe alguna felicidad en la vida hállase en la paz, no en la agitación mundana por el más ser, el más mandar o el más dinero reunir. El admirable Goethe escribió las siguientes hermosísimas palabras, que serán siempre un consuelo para quien al éxito no haya llegado, pero que no matan las aspiraciones de quien al éxito aspire. Son una regla de buen sentido por la cual se ve que cabe entrar en el camino de la felicidad, sin penetrar en la vía de los éxitos ruidosos. «Sé, decía, cuán natural es al hombre la inclinación a mejorar en su estado; aspira siempre a elevarse o por lo menos despierta sus deseos la novedad; pero es preciso cuidar de no exagerar las cosas, porque juntamente con esta propensión, nos dio también la naturaleza afecto a todo lo antiguo, y hace que un largo hábito se nos torne en un placer. Todos los estados son buenos cuando no contradicen ala naturaleza o a la razón; el hombre desea mucho y necesita de poco; los días de los mortales son breves, y su suerte es limitada. No desapruebo al hombre que siempre activo, y sin conocer el descanso, surca con osado ardor los mares y recorre todos los caminos de la tierra, deseando verse rodeado y rodear a los suyos de sus acumuladas ganancias; mas sé también apreciar al hombre pacífico, que lleva sus tranquilos pasos en torno de la herencia paterna, y atendiendo cuidadosamente a la sucesión de las estaciones, cultiva, sus fértiles campos: no ve mudarse el suelo cada año para satisfacer sus deseos, ni el árbol recién plantado extender prontamente hacia el cielo sus verdes ramas cargadas de las riquezas del otoño; no, necesita paciencia; debe tener una razón recta, un ánimo puro, constante y tranquilo; no confía muchas semillas a la tierra nutritiva, ni sabe criar copiosos rebaños, solo la utilidad es su pensamiento».
«¡Dichoso quien recibió de manos de la naturaleza un carácter tan excelente! Todos debemos a tales hombres nuestro diario sustento. ¡Dichoso también el habitador de una ciudad reducida, que vive de su campo y de su oficio! No pesarán sobre él la fatiga y los cuidados que afligen al aldeano encerrado en estrechos límites y vivirá sin conocer los afanes de las turbaciones continuas que agitan a los insaciables moradores de las opulentas ciudades, a las mujeres especialmente, por el ansia de igualarse con los más grandes o más ricos, aunque sean, menores sus facultades. Bendecid, pues patrón mío, bendecid constantemente la aplicación de vuestro hijo a las labores pacíficas, y bendecid a la compañera, conforme con su carácter, que ha de escoger algún día4.
Para Goethe, el ideal de la belleza, según él mismo decía, era la sencillez y el reposo. Sobre todo en su encantadora obra Werther, bien lo prueba. En boca de Carlota pone estas palabras: «que no es (su vida doméstica) un paraíso sin duda, pero que, a todo pensar, es una fuente de felicidad inexpresable».
Mas ¿a qué buscar en talentos extranjeros lo que tenemos en los propios? Nuestro Cervantes, que no vale menos que Goethe, con la experiencia de su propia vida, ensalza en diversos pasajes de sus obras, que la dicha está más bien en la tranquilidad de un hogar modesto que en los palacios, en la sencillez que en las pompas, en las aldeas que en las ciudades.
Cuando Don Quijote toma un puño de bellotas y pronuncia a los pastores admirados el discurso que comienza: «Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron el nombre de dorados», Cervantes da rienda suelta a todas las galanuras de su dicción soberana para ensalzar, la vida frugal, sencilla y modesta, como base de la verdadera felicidad. No hay por qué, según eso, que maldecir nuestra suerte si es que ésta no ha querido elevarnos a las cimas de los altos puestos. Quizá con ello la fortuna nos haya estimado más.