—[188]→ —[189]→
La epístola, el género literario en forma de carta
enviado a un corresponsal auténtico o inventado, nace en el mismo
ambiente que el
ádab: entre los
kuttāb o secretarios de
la corte, cuya función era redactar entre otras cosas la correspondencia
que emanaba el poder: lo que hoy llamamos decretos, declaraciones de guerra o
paz, etc., se escribían en forma de carta. El paso de la
utilización de esta forma con propósitos literarios era
relativamente fácil. Es
‘Abd al-
amīd ibn Ya
yā, contemporáneo de Ibn
al-Muqaffa‘,
el creador del
ádab y persa como él,
secretario del último califa omeya, a mediados del siglo VIII, quien
utiliza la epístola como vehículo literario.
La diferencia entre el ádab y la risāla, nombre árabe de la epístola, ambos géneros de los kuttāb, consiste básicamente en que la segunda sirve generalmente para defender una tesis propia del autor y que aunque, como toda la literatura árabe medieval, está cargada de erudición y de citas de todo tipo, el autor huye del carácter axiomático y sentencioso del ádab y deja correr su pluma libremente para desarrollar sus propias ideas.
El peso de la prosa cancilleresca con sus barrocas fórmulas de expresión influye sobre las epístolas literarias que son escritas en esta prosa cancilleresca, llamada prosa ornada, y que a menudo es rimada y rítmica, es decir, la prosa que se llama en árabe šaŷ‘, y su prosodia llegó a estar tan regulada como la de la poesía.
Como en el caso del ádab, el gran maestro del género epistolar como obra literaria es al-Yāhiz (m. 869), que se sirve de las risāla para —190→ exponer sus ideas y erudición. Como es característico de este autor, al que hemos calificado de ensayista avant la lettre, su pensamiento no se deja enmarañar por la forma, al contrario de lo que sucederá con la mayor parte de los cultivadores de este género.
La prosa ornada llegará a su forma más compleja con el género conocido como maqāma que inventó Badī‘az-Zamān al-Hamadānī (m. 1007), basado especialmente en el malabarismo verbal del šaŷ‘, llevado a su máxima expresión. Como la epístola, la macama intenta ser vehículo de muy diversos temas literarios, históricos, filológicos, sociales, es decir, es en cierta manera ensayística, y utiliza la primera persona para hablar, aunque a diferencia de la epístola no es el propio autor el que habla sino un personaje que hace el papel de relator de una serie de aventuras, sucesos o acontecimientos, que vive un segundo personaje, con lo que el género se enlaza con la tradición del relato árabe que arranca de época pre-islámica, con las historias de los beduinos, tanto más cuando los personajes que aparecen en las macamas tienen carácter y acciones de pícaro, con respuesta ingeniosa para todo, elementos que caracterizan a través de toda la literatura árabe a la figura literaria del beduino, en una especie de idealización del rústico.
El carácter picaresco de los personajes y del mínimo argumento -lo importante es el lenguaje, no la acción- de las macamas ha hecho pensar en su influencia con la novela picaresca española, aunque existen graves dificultades en la posible transmisión de un género como las macamas a otra literatura, dada la dificultad de su lenguaje y su carácter de literatura culta y por tanto minoritaria. La única posibilidad sería a través de los conversos del judaísmo, ya que este género también fue imitado por los hebreos andalusíes.
Cuando, en el siglo XII, al-
arīrī hace una nueva versión de las macamas
de al-
ama
ānī, llegando ya al puro malabarismo
lingüístico, la obra se difunde en el mundo arabigoislámico
con comentarios filológicos para hacerlas comprensibles al propio lector
árabe, culto y contemporáneo del escritor. El más
conocido, con el que se editan actualmente las macamas de al-
arīrī a pie de
página, es el del andalusí Abū-l-‘Abbās A
mad de Jerez (Al-Šarīsī) (m. 1222).
La prosa ornada, ya en su forma de epístola como de
maqāma, fue conocida,
apreciada e imitada en al-Andalus. Ya a mediados del siglo IX el aventurero
oriental Abū-l-Ŷusr al-Riyā
ī difundió las
epístolas en prosa ornada en al-Andalus, aunque, mientras no aparezca un
manuscrito
—191→
que demuestre lo contrario, las primeras
epístolas propiamente literarias no aparecen en al-Andalus hasta
principios del siglo XI, abundando, eso sí, en las obras
históricas las epístolas cancillerescas, lo que parece mostrar
que los andalusíes dominaban el estilo epistolar. En cuanto a las
maqāmas, además
del comentario del jerezano, las de al-
arīrī llegaron en vida de su autor a al-Andalus, de
mano de un andalusí, Abūl-l-
aŷŷāŷ Yūsuf al-Quda‘ī de Onda, que las conoció en Bagdad en
1108 y las explicó a sus discípulos a su regreso.216 Fernando de la Granja, estudioso del género217, dice que no
tuvo en al-Andalus continuadores, excepto Abū
āhir Mu
ammad ibn Yūsuf, conocido como el de Zaragoza y
también como el Aštarkuwī, gentilicio que parece hacer referencia al
pueblo de Estercuel (m. 1143). Sus macamas, que permanecieron durante mucho
tiempo inéditas, fueron finalmente editadas en el año 1982 por M.
Mu
afā Ha
ara y muestran que son
un mero ejercicio retórico, poco menos que indigerible e intraducible a
otras lenguas.
Granja también opina que tanto en Oriente como en
Occidente
macama/epístola se confunden «al
borrarse de la primera todos los trazos salvo la prosa rimada que era
característica esencial de la epístola literaria
».218
Entre las primeras epístolas andalusíes que han llegado hasta nosotros, destacan aquellas que pertenecen al tema de la mufājara, equivalente a las disputatio o debates medievales. Los autores enfrentan entre sí a dos objetos o dos cosas que hablan por sí mismas defendiendo su supremacía.
Así, A
mad ibn Burd al-A
gar («el
menor», para distinguirle de su abuelo A
mad ibn Burd al-Akbar, «el mayor»)
(m. 1054) parece especializado en escribir epístolas sobre este
tema.219 Abū-Walīd al-
imyarī de Sevilla (1023-1069) en su antología
sobre poesía floral titulada
Libro
—192→
de la descripción de la primavera (Badī‘fi wasf
al-rabī)220 incluye un fragmento
de una epístola de Ibn Burd defendiendo la superioridad de la rosa sobre
el resto de las flores, especialmente sobre el narciso amarillo que
había defendido Ibn al-Rumí (m. 896) en Oriente. El propio
Abū-Walīd al-
imyarī defiende la misma postura en otra
epístola que incluye también en su antología. El tema no
es tan baladí como podríamos suponer según la
interpretación de Y.
Šayja.221 A
mad ibn Burd había estado al servicio
de rey Muŷāhid de Denia, que era de origen europeo,
sardo, según nuestras investigaciones, y que podía estar
simbolizado por el color amarillo, emblemático en la civilización
arabigomusulmana de la raza blanca. La rosa podía ser emblemática
de la raza árabe a la que pertenecía el rey de Córdoba Ibn
Ŷa
war al que Ibn Burd dirige la epístola,
lo mismo que era también árabe Mu
ammad ibn
‘Abbād, rey de Sevilla al que al-
imyarī dedica su obra.
Ibn Burd se inclina ante la rosa árabe, tras haber rendido
pleitesía al amarillo narciso. Otra de sus epístolas de debate la
escribió en homenaje a Muŷāhid de Denia, en cuya corte estuvo unos
años: se trata del debate entre la espada y el cálamo,222 es decir
entre las armas y las letras, que tan bien convivían en la figura del
príncipe sardo, señor de Denia, consumado militar y
filólogo. El tema era muy rico y tuvo una larga resonancia hasta en la
literatura hebrea andalusí, siempre servil imitadora de la árabe.
Y en árabe hay una brevísima macama de Ibn Gālib al-Ru
āfī de Valencia.223
Aunque no es ya del género de debate, Ibn Burd tiene otra
epístola sobre la palmera a la que según el tópico
andalusí se considera extranjera (son famosísimos los versos de
‘Abd al-Ra
mān I cantando a la palmera, extranjera como
él en tierras hispánicas). Pero podría dar significado,
como ha interpretado también
Šayja, a una
macama de época granadina, la de Ibn
al-
asan al-Nubāhī, escrita en 1379 en la
que se establece la preeminencia de la palmera sobre la higuera, que
podría también ser emblemática de la superioridad de lo
árabe (la palmera) sobre lo autóctono (la higuera).
En relación con estos temas, Ibn García de Denia escribe una de las epístolas más famosas de al-Andalus. Este literato, como muestra evidentemente su apellido, era de origen hispánico, más concretamente, vasco. Cautivo desde niño, fue uno de esos clientes arabizados e islamizados que tenían clara conciencia de pertenecer a una etnia distinta, aun más cuando vivía en el reino de Denia con sus monarcas del narciso amarillo, es decir, también no árabes.
Frente al ataque, auténtico o pretexto literario, de Abū Ŷa‘far de Paterna que había despreciado al rey de Denia, ‘Alī Ibn Muŷāhid, frente a los étnicamente árabes de Almería, Ibn García escribió una epístola sobre la supremacía de la raza europea sobre la árabe. Esta reivindicación cultural de los no-árabes, que había germinado en Oriente con los persas y había producido abundantes obras literarias, se llamó šu‘ābiyya, que podríamos traducir por «etnitismo». Ibn García no se para en barras en el elogio de los no-árabes y en el menosprecio de los árabes:
|
Yo creo que yerras con esta raza noble que menosprecias; son rubios y blancos, no son árabes de camellos sarnosos; descienden de los Césares y de los Cosroes; nobles, valientes, no fueron pastores de ovejas, ni de cabras; hijos orgullosos de los césares, los de los yelmos y las cotas de mallas, los que disiparon temores, protegieron los rebaños, construyeron palacios, sus alcázares. Hay entre ellos numerosos halcones rojos y mudos, pues su elocuencia está en las lanzas. Las asambleas y los ejércitos se adornan con ellos; cabalgan sobre caballos como si éstos fuesen elefantes; son estrellas en el cortejo; son los no-árabes, los leones de la espesura; hijos del bosque, libres de todo vicio; no les engendraron prostitutas árabes, sino les acunó Sara la bella, hacedora de prodigios. Están ansiosos por el gemido de las espadas, no por las arracadas, ni por las alcuzas y los coños; por el añafil y no por el caramillo; por los vientos, no por los jubones; por los corceles, no por los amantes; por la gualdrapa, no por los vástagos; por el poder y el honor, no por el vino y las zambras; por el combate y no por el oro y las cantoras. Reyes excelsos, no quemadores de boñigas; sagaces, visten de brocado y no con el sayo que calienta excesivamente por la lana de seis ovejas; guerreros, no guardianes de lechos de agua, ni plantadores de estacas de madera; epónimos de estirpe, no bebedores de leche de camella; beben vino y comen asado, no los frutos del alhandal, ni —194→ huevos de lagarto; no habitan tiendas de pelo; no se calientan con boñigas; no se atiborran con la inmunda grasa del lagarto, sus niños no se alimentan con reptiles.224 |
Ibn García conocía perfectamente los tópicos
de la beduinidad árabe que le servían de proyectiles contra los
árabes. Sólo tienen el mérito de que de su raza
nació Mahoma. Pero apostilla: «El oro se encuentra entre la
suciedad, el almizcle en la sangre de la gacela, el agua dulce en los sucios
odres
».
La epístola suscitó una serie de respuestas en forma de debate contra los no-árabes y su religión, de andalusíes y norteafricanos.225
Junto a este nacionalismo étnico de los diversos grupos
sociales de al-Andalus existía un naturalismo cultural andalusí
que reivindicaba los valores intelectuales y artísticos de la
península más occidental del mundo arabigoislámico. Los
andalusíes no debatían su supremacía sobre Oriente, la
metrópoli cultural a la que querían emular226, pero sí sobre el norte de
África. La primera epístola de debate en la que se plantea la
supremacía de al-Andalus es nada menos que de Ibn
azm de Córdoba (m. 1064). Un
literato de Kairuán parece que escribió una epístola a un
primo de Ibn
azm, Ab-l-Mugīra Ibn
azm, reprochando a los andalusíes
el no ocuparse de sus celebridades y Abū-l-Mugīra ibn
azm le contestó con una especie
de repertorio bibliográfico que no nos ha llegado hasta nosotros. Su
primo Alī ibn
azm escribió otra epístola
de respuesta, que es una especie de
Laus Hispaniae:227
|
En cuanto a los climas, Córdoba, donde nacimos y nos pusieron los amuletos infantiles, alegra a quien lo ve con su clima único; nuestra inteligencia y perspicacia están en consonancia con el clima, aunque la luz no nos llegue sino en su ocaso desde las regiones habitadas donde nace, situación que al decir de los astrólogos disminuye la —195→ influencia de los astros. Pero, en todo caso, al-Andalus es un lugar privilegiado respecto a la mayor parte de las otras regiones, por la elevación de noventa grados de una de las luminarias, pues esto, según los expertos citados, significa el dominio de las ciencias. Y los hechos no lo desmienten, avalándolo la experiencia, pues los habitantes de al-Andalus dominan las ciencias coránicas y de la tradición, saben una gran parte del derecho musulmán, conocen la gramática, la poesía, la filología, la historia, la medicina, la aritmética y la astronomía, con gran extensión, amplitud, profundidad y seriedad.228 |
Otras epístolas debaten temas más nimios:
así, Ibn A
mad de Denia escribe una epístola en la
que los palacios del rey al-Mu‘tamid de Sevilla debaten sobre su
preeminencia en belleza y boato para albergar al rey,229 dentro de la personificación de edificios y ciudades
típica de la literatura árabe. De la misma forma
Šafwān ibn Idrīs de Murcia presenta a las ciudades de
al-Andalus disputando entre sí la supremacía de su belleza230.
Al-Šaqundī de Córdoba (m. 1231) vuelve al tema de
Ibn
azm, pero trata de la superioridad de
al-Andalus respecto al norte de África. Nació la epístola
de una polémica que tuvo este autor con un tangerino delante del emir
almohade sobre la supremacía de una y otra orillas del estrecho. Ambos
se comprometieron a escribir sobre sus respectivas patrias, pero sólo se
conserva la epístola de al-Šaqundī, posiblemente porque la polémica no
existió nunca y no es más que un pretexto literario. La
epístola es una auténtica loa de al-Andalus desde el punto de
vista político, literario, cultural, económico, etc. Ha sido
traducida al español por E. García Gómez.231
El mismo tema vuelve a aparecer en Ibn al-Ja
īb (1374), que escribe
una epístola -ignoramos por qué se la define como una
macama
—196→
cuando tiene forma
epistolar, pues el barroquismo de su prosa es la habitual en Ibn al-Ja
īb’- en la que se habla
de la supremacía de Málaga sobre Salé,232
escrita cuando se encontraba exiliado en Marruecos con enorme nostalgia por su
tierra andalusí. Otra de sus obras,
Mi‘ŷār al-ijtiyār tiene, en cambio,
características que la hacen más parecida a una macama. Dos
personajes, un viajero y un médico, describen cada uno las ciudades de
al-Andalus y de Marruecos. No hay propiamente debate, aunque Ibn al-Ja
īb se siente más
inclinado hacia las ciudades de su tierra.
Esta muestra del tema del debate en la literatura andalusí se cierra con una macama que escribe ‘umar de Málaga en el año 1440: en ella las ciudades de Granada y Málaga se disputan su supremacía para albergar al sultán ante la presencia de una epidemia de peste.233
Se han conservado varias epístolas -o maqāmas- cuyo tema es la crítica literaria. Así Ibn Šaraf de Kairuán escribe Masā‘il al-intiqād en al-Andalus (año 1067) con este tema, obra que sí puede ser considerada una maqāmas, pues su editor Ch. Pellat encuentra una fuerte influencia de al-Hamadāni.234
El tema es tomado con una gran originalidad por Ibn Šuhayd de Córdoba (992-1035), del que hemos hablado como poeta y perteneciente a la generación «perdida» de la élite cordobesa que ve caer el califato de Córdoba en su juventud. Ibn Šuhayd utiliza con frecuencia la epístola como vehículo literario e Ibn Bassām nos ha conservado algunos valiosos fragmentos de esta faceta suya como la descripción de un taller de alquimista dedicado a la falsificación de moneda o el relato de una escena de su infancia cuando fue al palacio de Almanzor en Madīnat az-Zāhira y que pertenece a una carta que dirige al nieto de Almanzor, ‘Abd al-‘Azīz, rey de Valencia, para reclamarle una finca que pertenecía a su familia.
—197→Pero su epístola más importante, y también fragmentariamente transmitida por Ibn Bassām, es la Epístola de los genios, cuyo tema es la crítica literaria. La tesis de Ibn Šuhayd es que el poeta o literato nace y no se hace, teoría originalísima en la cultura árabe donde la erudición y los conocimientos filológicos constituían el bagaje más importante. Él mismo alardea, como veremos, de haber leído sólo un par de libros -su propia obra lo desmiente- y de escribir gracias a la inspiración. Y así como en la mitología clásica esta inspiración proviene de las musas, para este literato de la Córdoba arabigomusulmana son los genios -seres intermedios entre los ángeles y los hombres- los inspiradores. Así lo plantea en el prólogo de la Epístola de los genios, que, una vez más, está dirigida a un corresponsal, auténtico o fingido:
|
¡Abū Bakr, por Dios, la idea que lanzaste, dio en el blanco; la conjetura que arrojaste, fue un acierto! Con ambas hiciste aparecer el rostro de la evidencia y desvelaste la esencia de la verdad, cuando te fijaste en tu amigo, al que has ganado. Le viste que había tocado ya los límites del cielo, que se había familiarizado con los dos astros del día; que sujetaba a dos estrellas de la Osa Mayor, que si veía una brecha en el cielo, la taponaba con la oscura estrella Suhá y que si veía un desgarrón, lo remendaba con las pinzas de Escorpión. Y dijiste: «¿Cómo vino la sabiduría a un muchacho que, cuando sacude el tronco de la palmera de la elocuencia, caen sobre él los dátiles jugosos y maduros? ¡Tiene al diablo como guía o al demonio como mentor! ¡Juraría que tiene una sombra que le ayuda o un genio que le asiste, porque esto no es propio de la capacidad humana, ni es tanto el aliento en una persona! Eso dijiste, Abū Bakr y, por ello, disponte a escuchar maravillas. Desde los tiempos en que yo aprendía las primeras letras, me sentí inclinado hacia los libros y deseé escribir. Seguí a los poetas y acudí a escuchar a los entendidos, pues me palpitaban las venas por comprender y se me agitaban las arterias por la ciencia, con profundo amor espiritual. Me bastaron unas ligeras ojeadas y unas rápidas consultas a los libros, pues la ciencia halló en mí la horma de su zapato, ya que no soy como nieve de la que se intenta extraer fuego, ni como burro cargado de libros. Alcancé la frontera de la retórica sin tregua y amarré con fuerza su ave por las patas, de forma que se desplegaron ante mí sus maravillas y se esparcieron sobre mí sus dones. En los primeros años de mi juventud amé intensamente, mas luego, se apoderó de mí el hastío. Y sucedió que, estando en este —198→ estado de ánimo, murió la persona a quien yo amaba; me entró gran aflicción y encontrándome un día en el jardín, yo solo, con todas las puertas cerradas, dije:
Y concluí excusándome del tedio que había experimentado:
Y allí me quedé cortado, sin saber cómo proseguir, mas he aquí que apareció un jinete sobre un caballo negro, del mismo color de la barba de su rostro, apoyado en su lanza y me gritó: «¡Eres incapaz de seguir, joven humano!», y le respondí: «¡Por tu padre!, no, pues las palabras tienen sus momentos y es condición humana!», y entonces me dijo: «¡Añade esto!:
Le di mi aprobación más sincera y le pregunté: «¡Por mi padre!, tú ¿quién eres?», y me contestó: «Soy Zuhayr ibn Numayr, de la tribu de Asya, de los genios». Le pregunté entonces: «¿Y qué es lo que te ha llevado a aparecerte a mí?», y me contestó: «El amor que te tengo y el deseo de perfeccionarte», dijo, y yo añadí: «¡Bienvenido seas, rostro resplandeciente! Encontrarás por mi parte un corazón bien dispuesto y un amor correspondido». Charlamos un rato y me dijo: «Si quieres que acuda a tu presencia, recita estos versos:
Saltó el caballo negro el muro del jardín y desapareció de mi vista. Y ahora, Abū Bakr, cuando me quedo cortado, pierdo el hilo o me traiciona el estilo, recito los versos y se me aparece mi amigo, y así consigo lo que deseo y mi talento obtiene lo que pide. —199→Nuestra amistad se afianzó y ocurrieron multitud de historias que te relataría, si no fuese porque el escrito se haría muy largo, pero te contaré algunas.235 |
Estas historias son que un día su genio le lleva al
país de los genios inspiradores que se caracterizan con los mismos
rasgos del poeta correspondiente. Allí están las grandes figuras
de la poesía árabe, Tarafa, Abū Tammām, al-Bu
turī, al-Mutanabbī. Luego visitan la
tierra de los prosistas
‘Abd al-
amīd, al-ŷāhi
, Badī‘al-Zamān. Ibn
Šuhayd, que ha intercalado versos con
los poetas, introduce también trozos de prosa dentro de este
capítulo y presenta a dos genios inspiradores de dos andalusíes
contemporáneos suyos. Luego Ibn
Šuhayd acude a una tertulia de genios
que analizan diversos poemas y finalmente a un grupo de animales que resultan
ser genios literatos igualmente y donde seguramente alude a algunos de sus
contemporáneos.
La originalidad de la epístola es manifiesta, aunque bebe sus fuentes de la tradición árabe, ya que la idea de los genios inspiradores, dobles de los autores, estaba en la tradición literaria árabe. Más sorprendente es el invento del «viaje profano a ultratumba», como lo define Emilio García Gómez, aunque, como Barbera236, creemos que no tiene conexión con el viaje escatológico de Mahoma en el extenso hadiz de la Escala de Mahoma, fuente de la Divina Comedia, y ni siquiera con la Epístola del perdón de su contemporáneo, el sirio al-Maarri, que es también una visita escatológica. La tierra de los genios es algo semejante a un limbo y posiblemente -hagamos caso al propio autor- no precisó de fuentes literarias.
Ibn
azm de Córdoba (994-1063) es una
de las figuras universales que dio la Hispania musulmana. Perteneció con
Ibn
Šuhayd a la generación de los
epígonos del califato, con lo que tuvo a su alcance, en los primeros
años de su vida, el acceder a todo el bagaje cultural de la ciudad-luz
que fue la Córdoba califal y no lo desaprovechó. Cuando
—200→
en Mallorca polemizó con el alfaquí al-Bāŷī (1012-1081), éste le reprochó
que mientras él había estudiado a la luz de un candil, mientras
trabajaba como vigilante en un mercado, Ibn
azm había estudiado
iluminándose con una lámpara de oro. E Ibn
azm le contestó que tenía
más mérito, pues mientras al-Bāŷī había estudiado para mejorar de
posición, él lo había hecho por amor a las ciencias
religiosas. A ellas dedicó la mayor parte de su vida y de sus numerosos
escritos. Su independencia intelectual le llevó a optar por una escuela
jurídica religiosa diferente al malikismo mayoritario en al-Andalus y de
ahí las agrias polémicas e incluso la quema de sus libros,
situación que creemos fue buscada por él mismo, pues desde su
juventud debió darse cuenta de que jamás le perdonarían su
superioridad intelectual. Aún no ha cumplido los cuarenta años
cuando escribe, en su
Epístola de elogio de al-Andalus que
ya hemos mencionado, su descripción paradigmática de la envidia
hispánica, de que nadie es profeta en su tierra, pero mucho menos si
esta tierra es la hispánica:
| [Traducción de E. García Gómez].237 | ||
Ibn
azm utilizó con frecuencia la
epístola como vehículo de su pensamiento y durante su juventud
trató de temas que no eran exactamente las ciencias religiosas, como la
epístola que acabamos de citar y su obra más famosa,
El collar de la paloma.
La epístola es un tratado sobre el amor, escrito por Ibn
azm en el año 1022 en
Játiva durante la época de su vida en que aún estaba
mezclado en aventuras políticas y de ahí su presencia en la
ciudad valenciana, donde se retiró tras haber participado en el intento
de proclamar califa al príncipe omeya al-Murta
ā. Parece, en cierto
modo, una obra escrita para entretener este tiempo muerto de su vida, aunque un
análisis de la misma nos indica que la terminó o retocó
durante años, pues hay datos que abarcan hechos posteriores al
año 1022.
El collar de la paloma es una versión
personal de un libro escrito a finales del siglo IX en Bagdad, el
Kitāb al-zahra de Ibn
Dāwūd de Ispahán,
que había formulado la teoría y la práctica -el
código- del amor cortés árabe, la «mórbida
perpetuación del deseo», en definición de Emilio
García Gómez238, sobre las
bases del concepto estético de Platón. Ibn
azm, que apenas entra a analizar en
qué consiste el amor -los tratadistas árabes habían sido
ya prolijos en analizar su naturaleza y sus clases-, entra de lleno a hablar de
su fenomenología y así su libro trata de los siguientes temas,
divididos en capítulos: La esencia del amor; sobre las señales
del amor; sobre quien se enamora en sueños; sobre quien se enamora por
oír hablar del ser amado; sobre quien se enamora por una sola mirada;
sobre quien no se enamora sino con el largo trato; sobre quien habiendo amado
una cualidad determinada, no puede amar ya luego ninguna otra contraria; sobre
las alusiones verbales; sobre las señas hechas con los ojos; sobre la
correspondencia; sobre el mensajero; sobre la guarda del secreto; sobre la
divulgación
—202→
del secreto; sobre la sumisión; sobre
la contradicción; sobre el que saca faltas; sobre el amigo favorable;
sobre el espía; sobre el calumniador; sobre la unión amorosa;
sobre la ruptura; sobre la lealtad; sobre la traición; sobre la
separación; sobre la conformidad; sobre la enfermedad; sobre el olvido;
sobre la muerte; sobre la fealdad del pecado; sobre la excelencia de la
castidad. La epístola se inicia con un prólogo -como carta en
respuesta a una petición- y se cierra con un epílogo.239
El mayor interés de esta obra es su originalidad dentro de
las obras de este tema de la literatura árabe, ya que Ibn
azm no pone ejemplos literarios sino
sacados de su propia experiencia: «Perdóname -dice en el
prólogo- que no traiga a cuento las historias de los beduinos o de los
antiguos, pues sus caminos son muy diferentes de los nuestros. Podría
haber usado las noticias sin número que sobre ellos corren; pero no
acostumbro a fatigar más cabalgadura que la mía, ni a lucir joyas
prestadas».240 Así la
epístola se convierte en una autobiografía y en una
crónica sentimental de la Córdoba del siglo X y comienzos del XI,
analizada con extraordinaria agudeza psicológica. Las figuras
hieráticas de las crónicas cobran vida, sabemos de sus
sentimientos, de sus gustos e incluso de las aberraciones de los hombres de tan
lejanos siglos, muchas veces, en esto tan cercanos a nosotros. De ahí su
valor universal y que sea una de las obras escritas en árabe, traducidas
a casi todas las lenguas europeas.
Otra de las obras universales de la literatura
hispano-árabe tiene igualmente forma de epístola: se trata de la
Risālat
ayy ibn Yaq
ān de Ibn
ufayl de Guadix (m. 1165), traducida al
latín por Pococke en el año 1671 con el título de
Philosophus autodidactus. Esta
epístola es, aunque sea un anacronismo llamarla así, una novela
filosófica. Su autor, Ibn
ufayl, maestro de Averroes, pretende
demostrar la validez de la razón para alcanzar las verdades eternas,
problema que hará debatir a la filosofía medieval durante el
siglo XII y los siguientes, sin límites de
—203→
fronteras
religiosas o geográficas, y para ello el autor idea una especie de
fábula en donde crea un personaje precursor de
Robinson Crusoe y de
Tarzán de los monos. En efecto, en una
isla desierta aparece un niño, bien por generación
espontánea o porque ha sido allí conducido por las aguas a las
que fue entregado en un cofre por su madre, y con esto se relaciona con la
historia bíblica de Moisés, aunque procede de un cuento
árabe de la leyenda de Alejandro, cuento que fue utilizado
también por Gracián.241 El niño es
adoptado por una gacela y así cuenta Ibn
ufayl la relación del niño
con su entorno y el poder de la razón humana que le hace descubrir su
identidad, su otridad respecto a los animales:
La muerte de la gacela le lleva a descubrir la existencia del
alma y la continua reflexión sobre sí mismo y su entorno a la
existencia del Ser Supremo. Retirado a una caverna intenta llegar a unir su
alma con Dios, lo cual logra. Entonces llega a la isla un hombre piadoso que
buscaba la soledad para dedicarse al ascetismo y le enseña el lenguaje
humano -un gran acierto de Ibn
ufayl es ver que el lenguaje es un
fenómeno social, innecesario en la soledad-. El asceta se da cuenta de
que el joven solitario ha llegado al conocimiento de Dios esencial que subyace
en todas las religiones y quiere que el mundo conozca este hecho. Van los dos a
una isla vecina y habitada donde intentan explicarlo, pero la gente no lo
comprende, atada por los prejuicios de la religión revelada y vuelven a
la isla desierta para dedicarse a la ascesis.
La novela ha sido muchas veces editada y traducida a muchas lenguas. En castellano lo hizo Pons Boigues en 1900 -ha sido reeditada hace poco- y Ángel González Palencia en 1934.
El místico andalusí Ibn al-‘Arabī (Murcia, 1165-Damasco,
1240) utilizó con frecuencia la forma epistolar para exponer su
complejísima doctrina. Su inmensa obra máxima,
Futū
at al-makkaiyya (Revelaciones de la Meca), de muchos tomos, es una
epístola.
Desde el punto de vista estrictamente literario ofrece más interés la Risālat al-quds o Epístola de santidad, estudiada y traducida por Miguel Asín Palacios242. Finge ser una carta dirigida por Ibn al-‘Arabī desde La Meca a un amigo suyo en Túnez, y tras un largo prólogo doctrinal sobre el estado de la espiritualidad en Oriente en comparación con el Occidente musulmán y una especie de examen de conciencia del propio Ibn al-‘Arabī en que reconoce su imperfección al lado de —206→ los grandes santos del Islam. Pero lo más interesante de esta epístola son sin duda las biografías que vienen a continuación de una serie de místicos que fueron maestros espirituales de Ibn al-‘Arabī. Historias singulares y llenas de curiosas anécdotas. Reproducimos aquí la traducción del capítulo dedicado a una mística sevillana, por ser tan rara la presencia femenina entre las biografías árabes medievales:
| [Traducción de M. Asín Palacios]243. | ||
El mundo alucinado que muestra Ibn al-‘Arabī de Murcia contrasta
con el que refleja Ibn
azm de Córdoba. Pero
indudablemente son diversas caras de la misma realidad andalusí.
Las epístolas que hemos visto hasta ahora son en cierto
modo de tesis: pretenden exponer de una forma literaria, a veces muy compleja,
una idea que sustenta el autor. Existen también epístolas cuyo
objetivo es la mera descripción literaria y por ello la
delimitación con las
maqāmas es aún
más difícil. Así la que escribió Abū-l-Mugīra Ibn
azm (m. 1029), el primo del autor del
El collar de la paloma, sobre un efebo, la de
Ibn Abī-l-Ji
āl (m. 1145) sobre una
fiesta báquica o la de Abū-l-Baqā’ de Ronda, el autor de la famosa
elegía a la pérdida de las ciudades de al-Andalus (m. 1286),
sobre una bella esclava vendida en
—208→
el mercado, ésta
última estudiada y traducida por Granja244 y algunas
más de este estilo.
Otro tema de estas epístolas o macamas es el
panegírico, como en dos dedicadas al famoso cadí
‘Iyā
de Ceuta, una, obra de un literato de Guadix,
y otra, de uno de Niebla, que no parecen haber pasado con más gloria a
la literatura.245
Mayor interés ofrecen las epístolas o macamas de
tema geográfico que mencionamos aparte de las que también
describen ciudades y países, pero para mostrar la superioridad de unos
sobre otros y de las que hemos hablado en las epístolas de tema de
debate. Una de las que ofrecen mayor interés es la de un literato
deniense, Mu
ammad ibn Muslim, secretario de
‘Alī ibn Muŷāhid, que escribe una epístola al rey de
Mallorca, cuando el rey de Denia ya ha sido destronado, contándole un
viaje que realizara el secretario por las cortes de Almería, Granada y
Sevilla con una misión del rey
‘Alī. El relato está realizado en la
más compleja prosa ornada. Así describe el palacio del rey de
Almería:
|
Hasta que llegamos a la mansión de amplios contornos, puesta sobre ascuas, derramadora de ríos. Su aire es claridad para la tristeza, aumento de vida; su luz es curación para la tristeza, ensanchamiento para el pecho. Es como si sus aguas emanasen de los dedos de su señor, se volviesen fuentes de néctar al mezclarse, fuesen gengibre o fuesen el manantial del río del Paraíso; crecen arrayanes de topacio y abundantes árboles de esmeralda; se viste con collares de oro de las toronjas y de las perlas y el coral del mirto. Nos inclinamos ante [el salón] de la Corona, que es un edificio en la encrucijada del palacio por el lado del mar, pulido como el cristal revestido de la aurora luminosa, encollarado con el collar del avestruz, enjoyado como una novia. Hay quien dice que es la cúpula del firmamento y hay quien dice que es el cielo con las estrellas. Vimos en su lugar preferente a su vigoroso rey como si se manifestase entre nubes; cumplimos con la obligación del saludo y tomamos asiento para comer; nos rodearon con platos de oro y plata, con fuentes que eran como las respuestas a todo tipo de deseos. Cuando estuvimos satisfechos, nos levantamos a hacer abluciones y —209→ nos trajeron jofainas de oro y jarras incrustadas con perlas; nos lavamos con agua que era como cristal y su mezcla como alcanfor.246 |
Con un tema semejante, Ibn
Ŷāabir de Totedo nos describe el palacio y
fiesta del rey al-Ma’mūn con motivo de la circuncisión de su
nieto al-Qādir,
en una epístola transmitida por Ibn
ayyān:
|
Cuando este grupo de invitados terminó de comer fue conducido a la sala preparada para las abluciones, que igualmente había sido adornada con tapices de bordado en oro y en donde habían sido colgadas pesadas cortinas a juego. Los criados le ofrecieron ungüentos y polvos perfumados en copas y bandejas de plata de acabada factura y casi no precisaron ya lavarse con aquellos perfumes, pero les acercaron el agua de las abluciones en jarras de plata de perfecto acabado, que vertieron sobre aguamaniles de plata a juego con las jarras en belleza y riqueza. Cuando acabaron de enjuagarse les acercaron paños que parecían de seda. A continuación los condujeron al salón de los perfumes, que estaba situado en lo alto, sobre el río, y que era el más lujoso de los salones. Comenzaron a ser perfumados por el aroma de los pebeteros de plata que contenían áloe indio, mezclado con el ámbar de Fustat; luego sus vestidos fueron aspersados con agua de rosas mientras se vertían sobre sus cabezas perfumes embotellados en frascos de cristal tallado. Luego acercaron esencieros de cristal tallado de muy bella factura y forma que contenían diversas algalías, el más escogido almizcle tibetano, el más puro ámbar magrebí y la esencia del sauce Barmakī. Con estos perfumes sus bigotes gotearon perfume y sus canas recuperaron su color.247 |
Ibn al-Ja
īb (1374) hace una imitación de esta
epístola en su descripción de la fiesta que da Mu
ammad V para celebrar
el
mawlid del Profeta el 30 de diciembre de
1362, fiesta y escenario estudiados por Emilio García Gómez y que
ya hemos mencionado,248 pues Ibn
al-Ja
īb es el más
conspicuo cultivador de la prosa ornada descriptiva y de cuyas epístolas
ya hemos hablado en el tema del debate. Tiene una
—210→
macama titulada
Ja
rat al-
ayf en la que describe
un viaje que realizó con el sultán Yūsuf I en el año
1354 a las provincias del reino de Granada. En esta macama describe Guadix,
Baza, Purchena y Vera y las. recepciones reales con la más alambicada
prosa ornada.
Como ejemplo de su prosa, incluimos su descripción de
Granada que se encuentra en su obra la
I
ā
a, que corresponde a
su estilo más llano:
|
Rodean la muralla de esta ciudad, protegida por Dios Altísimo, amplios jardines particulares y árboles frondosos, hasta el punto que la muralla parece desaparecer detrás de ellos a pesar de su sólido recinto. Sobre el verdor brillan como estrellas sus altas edificaciones. A propósito de esto compuse un poema que dice:
Sus contornos no están desnudos de viñas y de huertas sino más bien al contrario, abundan en extremo. Y en cuanto a lo que hay en el interior de su recinto, es de gran importancia y valor, de manera que hace empequeñecer los corazones de los enemigos del reino, a causa del alto rendimiento, pues se recogen en un solo año mil monedas de oro y se llenan las tiendas con su fresca verdura, sus excelentes frutas y sus frutos escogidos, especialmente los procedentes de las propiedades del sultán. Estas huertas y jardines se esparcen por los costillares de la
ciudad y llegan casi al centenar. Así las huertas conocidas por las
yugadas de al- Ninguno de estos lugares tiene parangón en belleza, abono, riego, acequias, árboles frondosos y excelentes plantas. Se extienden hacia el Genil. Tanto las propiedades particulares como las que pertenecen a los bienes píos de las mezquitas y hacen prisionera la vista. Con el conjunto de las cantarinas corrientes de aire, los alminares, las cúpulas y los árboles de los rasos, plantados allí de nuevo y que cortan el paisaje. —211→El río es una de las bellezas de la ciudad, pues su agua cristalina es producto de la disolución de la nieve y corre sobre guijarros, sobre aljófares, rodeado de árboles y umbrías; viene del sur hacia el oeste y pasa por los palacios del Naŷd, que se levantan como altos escabeles e inhiestos gallardetes.249 Las gentes de la capital tienen amor a estos jardines y pasan sus ocios sentados en las arenas del río o en los caminos de los árboles frondosos. |
Por último, entre estas epístolas descriptivas,
mencionaremos una muy curiosa, obra de Abū-l-
alt de Denia (m. 1134), la
Epístola egipcia, en la que describe
Egipto y la vida intelectual y científica de sus habitantes en el Siglo
XI.250 Sería el estilo de la epístola en al-Andalus
de Ibn
azm, si no fuera porque el autor
deniense pasó malos momentos en Egipto y sus páginas son muy
críticas sobre el ambiente intelectual de sus habitantes, aunque como no
les pone en parangón con otros, no entraría en el género
de debate.
Como otros andalusíes abandonó su patria a la llegada de los almorávides. Así describe su viaje a Egipto:
Al fin llega y así describe Egipto en la crecida del Nilo:
—212→ Abū-l-
alt había ido a Egipto por la
fama de su ciencia y sabiduría -el deniense era, además de un
literato, un científico- pero ahora se encuentra que:
Hay que decir que Abū-l-
alt había sido encarcelado por el
fracaso de un invento suyo para sacar un barco sumergido en el puerto de
Alejandría, experimento que había costado muchísimo dinero
a las autoridades de la ciudad egipcia.