Leopoldo Alas Clarín: la modernidad no es una fatalidad
Yvan Lissorgues
Université de Toulouse-le-Mirail
Hoy, es decir, desde el momento en que algunos «filósofos» han podido decretar que la historia se ha estancado en el mar sin fondo y sin corriente de la postmodernidad, la idea de modernidad debería perder todo sentido racional. La palabra, desbrujulada, se usa efectivamente a tontas y a locas, como etiqueta para calificar un proyecto atrevido, «moderno» (como el derecho de los directivos a licenciar a sus empleados para «racionalizar» el funcionamiento de la empresa) o para promocionar cualquier pasta dentífrica o lo que sea. Hoy, un debate organizado en torno a la idea, al concepto, a la palabra de modernidad, implicaría todas las dimensiones históricas, sociológicas, culturales, filosóficas de nuestra época, como dejan entrever las obras del sociólogo Pierre Bourdieu y de algunos más y, sobre todo, las del filósofo Jürgen Habermas (Le discours philosophique de la modernité, 1985). El debate (abrumador) está abierto... y se le alude aquí tan sólo para avisar que hay que desconfiar en absoluto de las palabras y de los conceptos al uso en la actualidad para leer el pensamiento histórico y filosófico, llamémoslo así, de un hombre como Clarín, con el cual (y es lo que importa) el hombre de hoy puede tener, a cien años de distancia, relaciones de hermandad. (Y no aludo aquí sólo a la obra de creación del autor de La Regenta, pues ella es universal, es decir, como se ha repetido, que goza de eterna primavera por presentar el fondo bello del alma humana).
Leopoldo Alas, por su obra ensayística, en no pocos aspectos superior a su tiempo, por su obra de creación, ya reconocida por universal, y, desde luego, por su personalidad intelectual y moral, es un singular ejemplo de intelectual totalmente implicado en la problemática literaria, cultural, filosófica, religiosa (e incluso política) de su época y particularmente consciente del notable movimiento de la civilización durante la segunda mitad del siglo XIX. Bien arraigado en el espacio histórico de su patria, nada de lo que pasa fuera, en el campo de la cultura, de la ciencia y del pensamiento, le es extraño, y hasta puede verse como el mediador para España del proceso de la modernidad europea.
Así pues, en el presente estudio, examinaremos, en un primer momento, los criterios éticos, filosóficos, ideológicos y aquí accesoriamente artísticos, a partir de los cuales enfoca Clarín los problemas de la modernización de la vida y de la cultura en España. Luego, analizaremos su reacción y su posición, dictadas por una profunda reflexión, alumbrada a cada paso por una razón crítica siempre alerta, frente, por ejemplo, a un fenómeno socio-cultural tan moderno como puede serlo el desarrollo de la prensa en la segunda mitad del siglo, frente a algunas conclusiones de gran resonancia deparadas por las ciencias experimentales o frente a un movimiento literario tan nuevo y tan «oportuno», según el propio Clarín, como el naturalismo definido y puesto en práctica por Émile Zola.
No debe perderse de vista que lo nuevo en España, en la segunda mitad del siglo, procede de fuera; lo nuevo de que se habla y que, más o menos, arraiga, es siempre resultado de una adaptación, de una asimilación. A veces se trata de una influencia muy anterior que ya no se ve como tal, sino que se vive como corriente de la realidad española; así, por ejemplo, el liberalismo o, más precisamente, el proceso más visible y apenas iniciado de laicización del Estado, tan importante para nuestro autor. Más patente como adaptación es el krausismo español, que desde la lectura de Sanz del Río, hasta las múltiples inflexiones del institucionismo, no cesa de adaptarse, moldeándose a las condiciones nacionales o individuales de cultura e idiosincrasia; y sobre este punto la misma personalidad intelectual y moral de Clarín ofrece un ejemplo altamente significativo, ya perfectamente conocido. En cuanto al positivismo, hay pocos casos declarados de adeptos sistemáticos (excepto el comtiano catalán Estasen y Cortado y unos pocos más, que no salen del montón, como positivistas); se trata más bien de una influencia ecléctica, o, mejor dicho, de una corriente de elementos más o menos vulgarizados en la que se mezclan ideas de Comte, de Haeckel, de Spencer, a las que vienen a añadirse las sonadas conclusiones de Darwin (cuyas obras se traducen de 1876 a 1885). Según uno de los mejores estudiosos de la cuestión, Diego Núñez, más que de positivismo, es mejor hablar en España de mentalidad positiva, algo parecido a una derivación española del cientificismo europeo, ante el cual el espíritu crítico de Leopoldo Alas está siempre sobre aviso y pronto a reaccionar.
Para Clarín, como para otros intelectuales del XIX y de parte del XX, la modernidad puede ser percibida como obra del hombre, o, por lo menos, como un movimiento de la civilización que no escapa a la conciencia humana. No se impone como una fatalidad, ante la cual hay que resignarse. En tiempos de Clarín, la idea de modernidad está estrechamente relacionada con la idea de progreso, con la que, para muchos, se confunde.
Ahora bien, la
idea de progreso incluye en primer grado el ensanchamiento del
campo de la conciencia del hombre; éste sigue siendo la
medida de todas las cosas. Los descubrimientos de la ciencia, los
adelantos y las aplicaciones de la técnica mejoran la vida,
ensanchan las posibilidades humanas en todas las dimensiones,
incluso culturales. Ir de Oviedo a Madrid en diecisiete horas,
pedir libros a París y recibirlos en menos de quince
días, tener una cátedra en Oviedo y soñar un
día pasar cortas temporadas en la corte para ser el
verdadero crítico de los estrenos... son maravillosas
posibilidades deparadas por el desarrollo de la civilización
en este último tercio del siglo XIX. Ya no hay fronteras
para las ideas que circulan con rapidez a través del libro,
de las revistas, de la prensa en general; no las hay para el arte:
varias novelas de Zola (L'Argent, Travail, etc.) se publican simultáneamente
en Madrid y en París; el público de la novela lee
tanto a Zola como a Galdós, hasta tal punto que
Clarín tiene conciencia al hablar de aquél de hacer
obra «de crítica
nacional»
(Alas [1892]; 1991, p. 103).
La modernidad es,
pues, en primer lugar ese movimiento hacia adelante de las ciencias
y de sus aplicaciones en todos los sectores de actividad, pero,
para un español, es un movimiento que baja del Norte. La
modernidad que llega a España, si vale hablar así,
procede de Europa, y, para Clarín, de Francia ante todo; de
Francia, de la que dice a Menéndez Pelayo que en ella hay
«mucha vanidad y bastante lascivia,
¿quién lo niega? Pero también
¡cuántas cualidades que legitiman la prelación
de ser hoy Francia el centro de la vida mundial!»
(Epistolario, 1943, p. 47). Y a los que se resisten en
admitir la superior importancia de «la querida vecina»
en lo que a España importa, les repite a lo largo de los
años: «En literatura, en
política, en ciencia, en cien y cien elementos sociales, la
República de los franceses es la nación que
más influye en España»
(La
Publicidad, 26-V-1888). No espera Clarín la llamada
«crisis de fin de siglo» para pensar que España
debe mirar hacia Europa y para obrar en consecuencia, es decir,
asimilar y difundir nuevas ideas. En 1879, proclama: «El verdadero españolismo consiste en
importar los elementos dignos de aclimatarse en nuestro propio
suelo y en estudiar cuidadosamente para asimilarlo cuanto fuera se
produce que merece la pena de verlo y aprenderlo»
(La
Unión, 18-II-1879). Tiene clara conciencia de que su
patria está a la zaga del movimiento general de la
civilización moderna, pero no cae nunca en el negro
pesimismo, casi plástico del fin de siglo; al contrario, a
veces, se deja llevar por arranques casi líricos: hay que
«abrir las ventanas a los cuatro vientos del
espíritu», exclama en 1886 (La
Ilustración Ibérica, 3-VII). Lo que prevalece,
en su apreciación de la realidad española, es un
juicio equilibrado de serena lucidez; en el mismo artículo
de donde procede la anterior exhortación, presenta en pocas
palabras los imperativos y las modalidades generales de la
«modernización» (no suele emplear Clarín
la palabra «regeneración») de España.
«Considerando, ante todo, que el
pensamiento vive fuera de España hoy una vida mucho
más fuerte y original que dentro de casa; viendo
imparcialmente, aunque sea con tristeza, que lo más actual,
lo más necesario para las presentes aspiraciones del
espíritu, viene de otras tierras y que lo urgente no es
quejarnos en vano, sino procurar que esas influencias, que de todos
modos han de entrar y conquistarnos, penetren mediante nuestra
voluntad, con reflexión propia, pasando por el tamiz de la
crítica nacional que puede distinguirlas, ordenarlas y
aplicarlas como se debe a los pocos elementos que quedan del
antiguo vigor espiritual completamente nuestro»
(Alas
[1889]; 1987, p. 48). Todo está dicho en esta matizada toma
de posición.
Lo único, pero de capital importancia, que merece resaltarse en esta cita es que lo primero, para Leopoldo Alas, son los adelantos espirituales, el ensanchamiento cultural y filosófico de cada ciudadano para que se alce el nivel intelectual de la colectividad; el progreso técnico y material es subsidiario y debe venir por vía de consecuencia. Superioridad del espíritu sobre todas las cosas es una concepción fundamental del hombre en su relación al mundo que Alas comparte con otros intelectuales de la época y, particularmente, con los que han sido directa o indirectamente influidos por el krausismo español secularizado (Lissorgues, 1998, 1999 y 2000). Esta concepción ante todo cultural, en cierto modo, del progreso tiene para nuestro autor dos consecuencias, o, mejor dicho, dos corolarios; en primer lugar, el progreso no puede desvincularse del pasado; y, por otra parte, todo lo que se da por nuevo, no es necesaria y automáticamente un progreso.
Si la
teoría del misoneísmo es una «real enfermedad humana»
(La
Ilustración Ibérica, 17-VIII-1895), una absurda
pretensión de ir en contra de la ineludible evolución
histórica, no se puede hacer tabla rasa del pasado (como
claman los anarquistas que, por eso, a Clarín, le parecen
estúpidos, además de peligrosos). «Progresar es conservar, ante todo, lo que ha de
mejorarse»
(Lissorgues, 1988, I, p. 360). Alas tiene una
muy arraigada concepción ontológica de la historia, a
veces líricamente sentida: «Más que a España amo yo al mundo,
y más que a mi tiempo toda la historia de esta pobre,
interesante humanidad que viene de las tinieblas y se esfuerza,
incansable, por llegar a la luz»
(La
Ilustración Ibérica, 17-VIII-1895). Esta
concepción herderiana, hegeliana o krausista es, para
él, el fundamento de la idea de progreso: «El progreso
evolutivo existe, y nosotros somos testigos del movimiento
de ese progreso ascendente». Desde luego, Alas hace suya la
idea, que Herder fue el primero en formular, según la cual
no hay superioridad de época, ya que cada una es un
eslabón, solidario de los demás, en la cadena del
tiempo; sólo hay superioridad en el tiempo. «Nuestra edad -escribe Clarín en 1895- no
es en todo y por todo mejor que las anteriores, pero en muchos
respectos, y en general y a la larga, cada tiempo impone un
adelanto, un progreso respecto de todos aquellos precedentes con
que guarda alguna relación de desenvolvimiento»
(ibíd.) Esta
concepción (que es también convicción), para
dejar de ser abstracta, meramente especulativa, necesita apoyarse
sobre un profundo conocimiento de las realidades culturales,
filosóficas, literarias de las épocas pasadas; el
hecho es que Clarín tiene en la cabeza, según sus
contemporáneos, y como puede verse en su obra, una red de
referencias culturales extraordinarias, que abarca todos los
tiempos y todos lo espacios; lo cual ensancha las posibilidades de
libre examen y agudiza la perspicacia de la razón
crítica.
Efectivamente,
Alas pasa por el tamiz crítico todas las novedades que se
presentan. «Una falsa idea del camino que
sigue el progreso obliga a muchos a considerar como realidad del
porvenir casi todo lo que hoy se presenta con carácter de
reforma, de anhelo de novedades futuras»
(La
Ilustración Ibérica, 6-I-1894). Por ejemplo,
cuando se inicia la campaña de los (o las) feministas que
piden la igualdad de la mujer y del hombre, censura «las ilusiones de los cerebros poco firmes que
piden la transformación completa de la vida, despreciando
las leyes naturales»
(ibíd.). Sobre este
problema de la condición de la mujer, cuestión
palpitante en tiempos de Clarín y siempre peliaguda, el
debate queda abierto... Fuera de estas páginas, pues muchas
serían las que se necesitarían para explicitar, sin
pasión, la posición de nuestro autor; cerremos el
paréntesis. Frente a las novedades que se dan por
últimas cuando no son más que modas, Clarín
está siempre sobre aviso, pues dejarse seducir por los
reflejos del calidoscopio parisino, principalmente parisino, es
cosa de los espíritus superficiales, incapaces de distinguir
el oro del oropel; defecto ridículo mientras es manía
de unos pocos, pero que podría, si se generalizara,
adulterar la autenticidad de la verdadera y necesaria
modernización de la vida cultural nacional. «Soy el primero -escribe en 1891- en reconocer, y
siempre lo he dicho, que el arte de una nación vive en
alguna cosa de sus relaciones con el arte de otros pueblos, pero no
se ha de llegar al punto de pretender suplir legítimamente
la producción nacional con importaciones hechas en crudo, en
abundancia y sin debida asimilación»
(La
Correspondencia de España, 1-X-1891).
* * *
Efectivamente,
ante las novedades más o menos pasajeras y más
generalmente ante las «ideas nuevas», incluso las que
parecen bien asentadas científicamente, Alas y otros
intelectuales de la época no se dejan nunca llevar por el
entusiasmo de los neófitos; saben lo que es el hombre y
desconfían de las ilusiones y de las extrapolaciones.
Clarín, en su famoso Discurso académico de
1890, subraya lo transitorio y relativo del progreso
científico y material: «Todos los
adelantos modernos; todas las doctrinas sensualistas y
positivistas, toda la preponderancia económica, no han hecho
del hombre un ser diferente de lo que era: un ser con
espíritu racional para quien, satisfechas ciertas
elementales necesidades económicas, lo principal es vivir
para el alma, de una o de otra manera»
(Alas, 1891, p.
58). Esta jerarquía de valores, que pone lo humano por
encima de todo y permite guardar las distancias entre lo
esencial y lo adquirido para que siempre queden activos el
libre examen y la razón crítica, puede
explicar, en parte, la lucidez de nuestro autor frente a ciertas
derivaciones de la ciencia presentadas en su tiempo como panaceas,
frente al desarrollo acelerado de ciertos fenómenos
socio-culturales como la prensa, frente a ciertas teorías
que se dan por terminantes y exclusivas y, más generalmente,
frente a todas las novedades que no pasan de modas transitorias o
que son consecuencias de extrapolaciones cientificistas.
* * *
Vamos, pues, a analizar, como se ha anunciado ya, las reacciones de Clarín ante algunos aspectos (tomados como ejemplos) socio-culturales, literarios y científicos, más o menos sobresalientes y característicos del nivel alcanzado por la civilización durante el último tercio del siglo XIX. Interesante, al respecto, y significativa de la lucidez de nuestro autor, es la captación de las perversiones que empiezan a empañar las maravillosas potencialidades de la prensa moderna en pleno desarrollo. De insólita clarividencia es la lectura que Alas sabe hacer del naturalismo, ese movimiento de tan oportuna modernidad como revulsivo del arte realista, pero lastrado por el aparato teórico muy discutible impuesto por el mismo padre de la «escuela». Significativo de una reflexión superior es también el rechazo inmediato de ciertas positivistas teorías antropológicas, cuyas conclusiones, famosas y aplaudidas un tiempo, sobre el «criminal nato» o sobre la jerarquía de las razas se revelaron, finalmente, falsas, pero dejaron rescoldos peligrosos bajo las cenizas de las buenas o de las malas conciencias...
Un fenómeno
cultural, social y, también, económico de gran
importancia en la vida de la colectividad es el extraordinario
desarrollo de la prensa en la segunda mitad del siglo XIX. Es un
hecho histórico ya bien conocido, sobre el cual sería
redundante insistir aquí. Clarín, periodista
prolífico, pues en veinticinco años de intensa
actividad publica cosa de dos mil doscientos artículos en
más de cuarenta diarios o revistas, conoce bien el mundo de
la prensa, objeto siempre de reflexión de parte suya, en
cuanto a su funcionamiento, a su personal, a su
significación social, a su alcance literario y cultural.
«Sigo con gran atención -escribe
en 1892- y mucho interés los cambios que va experimentando
en nuestra patria la prensa periódica, cuya importancia para
toda la vida de la cultura nacional es innegable, cualquiera que
sea la opinión que se tenga de su influencia benéfica
o nociva»
(Los Lunes de El Imparcial,
8-VIII-1892). A partir de 1883, fecha de la promulgación de
la ley de «Policía de Imprenta», «uno de los instrumentos -según Valeriano
Bozal- fundamentales del progreso cultural del país»,
«el desarrollo de la prensa va a ser considerable,
consolidando su destacada posición como primer instrumento
de comunicación de masa y principal instrumento
ideológico»
(Bozal, 1979, p. 179). A partir de
entonces, los grandes periódicos españoles, que
modernizan su material técnico, alcanzan difusiones
sorprendentes: Martínez Cuadrado revela que un
periódico como El Imparcial, que tira unos 50.000
ejemplares en 1885, alcanza en 1900 una tirada de 140.000
(Martínez Cuadrado, 1991, p. 127). Clarín nota en
1894 que el mercado del periódico se ha extendido de manera
prodigiosa: «¡Cuánto
hubieran soñado los antiguos papeles públicos
más leídos con las tiradas de cien mil ejemplares que
hoy son el pan de cada día para ciertos diarios de gran
crédito!»
(El Globo, 10-II-1894).
Lo importante
desde el punto de vista de la sociología cultural es que un
número cada vez mayor de españoles leen
periódicos; además, y es un hecho relevante en la
perspectiva de la modernidad cultural en un país donde la
tasa de analfabetismo sigue rozando el 70%, se ensancha el
público lector, más allá de los límites
de la burguesía y de la clase media, hacia las clases
populares. «En un país que lee
poco, no estudia apenas nada y es muy aficionado a enterarse de
todo sin esfuerzo»
(Los Lunes de El Imparcial,
8-VIII-1892), empieza a leer «mucho
público y en vez de comenzar por Pepita
Jiménez y Sotileza, como debiera, empieza por
papeles de actualidades políticas y de todos géneros
que le ofrecen a perro chico por las calles»
(El Globo, 10-II-1894). En 1899, Clarín nota que
«los obreros, los humildes, buscan con avidez el impreso
barato [...] y alimentan su espíritu con lo que les
dan».
El
periódico viene a ser una gran tribuna para la
enseñanza popular. «No se leen
libros, pero se empieza a leer periódicos; pues aprovechemos
el sucedáneo y demos en el periódico hasta donde se
pueda lo que habíamos de dar en el libro»
(La
Publicidad, 9-IV-1899; Lissorgues, II, p. 23). En 1892,
Clarín aplaude los esfuerzos de algunas empresas
periodísticas por aumentar el tono literario del
periódico «sin perjuicio de conservarle sus caracteres
peculiares de papel ligero, de pura actualidad y hasta vulgar, ya
que esto parece necesario». Y, en 1892, señala que
entre los varios expedientes inventados a este fin, se debe
destacar «la moda del cuento, que se ha
extendido por toda la prensa madrileña»
(Los
Lunes, 8-VIII-1892). Dos años después, nota como
buen síntoma que la prensa intente atraer al público
con suplementos literarios, cuentos, crónicas de arte y
ofrezca a los lectores la colaboración asidua de las
más acreditadas firmas, y concluye: «Ese es el camino, por ahí se va al
libro»
(El Globo, 10-II-1894).
Los muchos bienes que se deben a ese nuevo medio de comunicación, a ese vehículo de la cultura moderna, que puede considerarse como una de las más esperanzadas creaciones humanas de la modernidad, no le ocultan a Clarín algunos defectos, que parecen acentuarse conforme va creciendo el imperio de la prensa y que, según Clarín, dejan presagiar graves males si la conciencia crítica no reacciona con vigor.
No se le escapa a
Clarín que poco a poco desaparece el aspecto artesanal, por
decirlo así, del periódico, a consecuencia de un
proceso de concentración. Es decir, que los
periódicos que no tienen difusión suficiente no
pueden competir con los grandes rotativos modernos. El
periódico moderno es una verdadera empresa, preocupada por
la rentabilidad y, por tanto, por la necesidad de alcanzar tiradas
cada vez más importantes; lo cual, según
Clarín, trae consecuencias que atañen a la
deontología del oficio. Las exigencias del provecho
determinan cierta actitud general de la prensa que «olfatea la preocupación de los lectores y
se va tras de ella [...] ¿Qué es lo que quiere la
masa del público? Pensar poco, satisfacer la curiosidad,
engañar la pereza con una lectura insignificante,
superficial y a la larga anodina. Y el periódico mejor hecho
se convierte en un chismoso intercontinental»
(La
Justicia, 30-XII-1888).
Una de las
primeras consecuencias de ese deseo de atraer al público
siguiendo «sus gustos y sus vicios» es esa tendencia a
un impresionismo y a un sensacionalismo exagerados, que
son para nuestro autor uno de los más graves defectos de la
prensa de la época. «Ahora -dice-
han tomado en los periódicos alarmantes proporciones las
causas célebre y los folletines a la antigua [...].
Crímenes por arriba y por abajo, puñaladas,
escándalos, misterios sangrantes y ciencia policíaca
por todo pasto espiritual»
(Madrid
Cómico, 20-V-1893). Ese sensacionalismo resulta
agravado por el exclusivismo con que los «grandes
diarios» se consagran a ciertos acontecimientos; por ejemplo,
durante días y días, se dedican las primeras planas
al crimen de la calle de Fuencarral o a otros sucesos más o
menos catastróficos. Tal exclusivismo, exclama
Clarín, es nocivo y es «tal vez un
síntoma de la anemia en la actividad nacional»
(La Publicidad, 21-X-1891).
Otra consecuencia
del deseo de caerle en gracia al público es el no incitarle
a la reflexión, presentándole las noticias sin que
tenga que pensar. Cada vez más la prensa diaria cae en lo
que llama Clarín el noticierismo. La
información es necesaria y «sería absurdo
oponerse al gran desarrollo de esta manifestación de la vida
moderna», pero «se debe procurar
que la idea no perezca ahogada por la noticia»
(La
Justicia, 30-XII-1888). En 1895, nota que «según se va poniendo esto de la prensa de
información, entre un telegrafista y un parásito
pueden hacer el periódico de más popularidad
callejera. ¿A dónde se va a parar con este prurito de
alejar las ideas de los periódicos y dejar sólo las
noticias?»
(La Publicidad, 30-IX-1895).
Esto no es el
camino de la verdadera modernidad, la que tiende al pleno
desarrollo de todas la potencialidades intelectuales y morales del
hombre. La ley del provecho no puede ser exclusiva, absoluta, pues
hay algo superior a todos los intereses económicos, es el
sentido de las responsabilidades colectivas, el sentido
ético de la vida en sociedad; el liberalismo de Leopoldo
Alas conjuga libertad y conciencia moral. El periódico, como
cualquier entidad social, tiene a su modo cura de almas y
es una abdicación moral, que puede tener graves
consecuencias, halagar las pasiones y los ensueños del vulgo
para satisfacer al «capitalista del
perro chico»
(Lissorgues, 1988, II, p. 20).
Con tal
mentalidad, parece preguntar Clarín, qué
opinión pública va a tener la democracia de
mañana... «La opinión
pública es una gran palanca, una fuerza social
incontrastable y legítima, ciertamente; pero por lo mismo, y
porque debe serlo, cada ciudadano está muy obligado a usar
con mucha prudencia las moléculas de opinión
a su cargo [...]. A todo el mundo se le manda ilustrarse,
progresar, mejorar, hacerse cada vez más racional menos a la
opinión pública; a ésta se la trata
todavía con el estilo de palaciego, como a una sultana,
haciéndole la corte»
(La
Publicidad, 20-IX-1889).
Clarín en su tiempo supo hacer el balance entre el extraordinario adelanto que representaba la prensa como medio de información y como vehículo de cultura y las desviaciones de lesa humanidad impuestas por la ley del provecho. Estaba convencido, sin embargo, de que la razón crítica acabaría por imponer una deontología capaz de dominar esos defectos, que creía, tal vez, defectos de juventud...
No así le
parecieron ciertas conclusiones, dadas por verdades terminantes y
por tales aceptadas por muchos, a que llegaron unas pretendidas
ciencias experimentales. Su concepción del hombre, y lo que
intuye de la vida interior, de la naturaleza y del funcionamiento
del espíritu humano no pueden aceptar las teorías
mecanicistas de un positivismo de cal y canto, que adoquina sin
contemplaciones la complejidad humana. Es, en un primer momento,
una reacción de buen sentido, de lucidez; pero pronto la
razón crítica le hace ver que lo que se proclama
descubrimiento científico no es, en muchos casos, más
que extrapolación atrevida, obra de unos espíritus
mediocres engañados por una fe ciega en los hechos, nada
más que en los hechos, e incapaces de pensar siquiera.
Muchas ideas que se dan por modernos adelantos no son más
que equivocadas hipótesis. Paradigma de la estupidez, son,
para Clarín, y desde el principio, las famosas
teorías de los criminalistas italianos Lombroso, Ferri,
Garofalo. Lombroso y sus discípulos parten del postulado
según el cual existen criminales natos. La
observación y el estudio del cráneo de los
delincuentes debe permitir, según ellos, sacar leyes para
detectar al criminal potencial. Los resultados de tales
investigaciones alcanzan difusión en todos los países
europeos y dan lugar a discusiones en los sectores especializados y
aun en el gran público; lo cual le granjea a Lombroso sonada
fama. La antropología criminal puede verse, en efecto, como
la búsqueda de unas modernas normas de
«higiene» social, las que necesita la sociedad ante el
proceso de industrialización y de urbanización para
preservar la «parte sana» del organismo.
Afortunadamente, varios eminentes criminalistas europeos y, en
España, Pedro Dorado Montero y Rafael Salillas, entre otros,
combaten las teorías «craneológicas» y
fisonómicas de Lombroso y Ferri. Pero algunas
personalidades, impulsadas por la moda, se enamoran de tan
modernas ideas; sin ir más lejos, «a la
señora Pardo le cogían de nuevas, como se dice, las
doctrinas y los ensayos de la llamada con justicia escuela
criminalista italiana» y, en la estela de tal corriente, se
sitúa la novela La piedra angular, publicada en
1893, y de la que Clarín hace una crítica sin
concesión, por sus escasos méritos literarios y,
sobre todo, por acoger sin preparación y sin discernimiento
las teorías de esos profesores positivistas. Para nuestro
autor, esas teorías son peligrosas, pues «llevan a extremos insostenibles en
filosofía y en derecho ciertas hipótesis, dignas de
estudio y de respeto cuando se proponen con prudencia»
(Los Lunes de El Imparcial, 29-II-1892). Peligrosas para
la sociedad, esas «ideas» lo son también para el
arte, pues, aplicadas con la brutalidad de un López Bago y
otros escritores «médico-sociales», dan esas
espantosas galerías de «bestias humanas» y de
carne de patíbulo, que llenan los tétricos espacios
novelescos del naturalismo de escalera abajo. Y, finalmente,
¿quién es Lombroso? Una medianía. «Lombroso hace reír, si hace reír,
a todo hombre de algún estudio y reflexión, cuando
improvisa teorías ilógicas, estrambóticas, de
Derecho pena [...] fundadas en los hechos, como
dicen los de su escuela. Pero ¿qué importa? Lombroso
es, en definitiva, una medianía que ha reunido muchos
documentos para sostener algunas verdades de pormenor y mil errores
en materias fundamentales y cito a este señor por su triste
celebridad, aun en España»
(La lectura,
IV, 1901). Hay que convenir que a la lucidez de Clarín no le
costó gran trabajo ver claro en las
«supercherías» cientificistas de los
criminalistas italianos.
En cambio, el caso del naturalismo literario es, para Leopoldo Alas, más complejo y mucho más delicado, por la adhesión que el movimiento suscita en él y por la admiración del autor de La Regenta por Émile Zola, novelista y poeta de la realidad.
* * *
Precisamente
acerca del naturalismo, desde el principio, es decir, desde la
ruidosa y polémica irrupción del movimiento en
España, en la prensa, en el Ateneo, en las tertulias
literarias, en los primeros años de la década de los
ochenta, Clarín se muestra particularmente clarividente. Ni
siquiera le deslumbra el entusiasmo que experimenta por ese
movimiento muy oportuno para la modernización de las letras
y, particularmente, de la novela realista entonces en desarrollo.
«El naturalismo es una teoría
estética que atiende al arte [...], para que el arte sirva
en adelante a los intereses de la sociedad con más intensa
acción que hasta ahora, siguiendo la general corriente de la
civilización»
(Beser, 1972, p. 128).
Es de subrayar que
en este caso, como en todos, se esfuerza por tener un conocimiento
completo de la cuestión; lee las novelas de Zola, estudia
con cuidado los trabajos teóricos del autor de L'Assommoir, así
como sus artículos de crítica; como siempre, se hace
del asunto una idea personal, lo que no hacen, según
él, los demás críticos, y, particularmente,
los que se declaran antinaturalistas y anatematizan a Zola.
Clarín hace suyos varios elementos temáticos
propugnados por el naturalismo (como, por ejemplo, las aportaciones
de las ciencias psicológicas y fisiológicas para la
construcción del personaje novelesco) y todos los aspectos
estéticos que permiten acrisolar el arte realista. (Sobre
estos aspectos bien conocidos, véase: Sobejano, 1988,
pp. 583-615). Pero, con suma
lucidez (tal vez hasta cierto punto explicable por el hecho de que
el sueño cientificista no impregna, por motivos
históricos u otros, la mentalidad colectiva
española), rechaza de su naturalismo todas las
exclusivas positivistas y lo emancipa de cualquier
orientación filosófica: el naturalismo -escribe en
1882- «no nace ni de metafísicas
ni de negaciones de metafísicas, ajenas al arte, sino del
histórico desenvolvimiento de la literatura»
(ibíd. p. 119). Ya desde esa fecha combate la idea
fundamental del ensayo titulado La Novela experimental, a
saber, la analogía establecida entre la literatura y la
ciencia: «Zola se ha dejado, en parte,
seducir por los halagos del positivismo [...]; ha venido a caer en
el error de creer que el arte debe llegar a ser ciencia, y que como
ciencia deben cultivarse la observación y la
experimentación artísticas»
(ibíd., p. 124). No es cuestión,
evidentemente, del determinismo atávico, que es inaceptable
para quien cree en la libertad del ser y tiene fe en las
energía espirituales y que, sobre todo, parece teoría
de dudosa fiabilidad científica. Así las cosas, Alas
no vacila en confesar que el novelista acude a «esas
facultades que en general se llaman intuitivas» y «cuyo estudio aún está por hacer
científicamente»
(ibíd., 147); lo
cual Zola nunca se atreve a reconocer...
La lectura que
Clarín hace del Zola teórico anticipa casi un siglo
los «descubrimientos» de algunos destacados estudiosos,
como Henri Mitterand, quien, por los años de 1980, muestra
atinadamente que el discurso de La novela experimental de
Zola es un «sueño fantasmático» de
época (yo precisaría diciendo que es un sueño
calentado por las ilusiones cientificistas). La siguiente
advertencia de Clarín, dirigida, en 1887, a los que quieren
(o quisieron, como López Bago) imitar a Zola, revela la gran
lucidez del crítico español, que sabe ver lo que los
trabajos críticos del maestro de Medan tienen de...
«lirismo didascálico»: «El que no sepa ver en los trabajos
críticos de Zola, como en los de todos los grandes artistas
de la palabra que han querido sistematizar sus procedimientos
[...], el que no sepa, digo, ver en las críticas de Zola
cierto lirismo didascálico, con sus conatos de
científico, a la manera de los filósofos
jónicos, no puede comprender ciertas enseñanzas que
allí existen [...], ni mucho menos aprovechar sin peligro la
parte positiva de buena retórica que encierran sus
preceptos, envueltos en teorías arriesgadas»
(Alas
[1889]; 1987, p. 169).
Y, efectivamente, nada más alcanzar el final del siglo se resquebrajan algunas certidumbres y se imponen ciertas distancias ante lo que se creyó un tiempo verdades inconcusas. Clarín puede darse cuenta de que sus reticencias estaban fundadas, de que, en fin, había sido uno de los primeros en ver claro. Cabe subrayarlo; el oscuro crítico asturiano, ignorado de los proscenios donde campea la intelligentsia europea, vio más claro que las grandes cabezas de París. Él supo distinguir lo que en el naturalismo literario era un paso adelante de la modernidad de lo que pronto sería caduca hojarasca. He aquí una cita en la que Clarín da cuenta de la evolución de las certidumbres positivistas y en la que sugiere, sin triunfalismo alguno, que había leído bien el discurso teórico de Emilio Zola:
| (La Ilustración Ibérica, 23-XII-1893) | ||
Se entera,
finalmente, de que sus reticencias ante ciertos modernos
descubrimientos de la ciencia estaban fundadas, sin que, durante la
década de los ochenta, hubiera podido explicar por
qué. Los grandes científicos, pasados los momentos de
euforia cientificista, se hacen más prudentes y el mismo
Clarín puede escribir: Virchow, «el gran químico decía hace poco al
famoso Haeckel que el transformismo y teorías anexas no
debían desde luego llevarse a la enseñanza primaria
[...] porque no eran sino hipótesis, más o menos
probables y no algo sólidamente adquirido»
(Los Lunes de El Imparcial, 29-II-1898).
* * *
Donde Clarín se muestra superior a su tiempo, a lo comúnmente admitido en su tiempo, es en lo que se refiere a las razas. No tiene muchas ocasiones de intervenir en el debate animado por los positivistas franceses, como Gustave Le Bon, los antes citados criminalistas italianos, el polaco Gumplowicz o el publicista francés Drumont, pero conoce a estos autores y cuando viene al caso los cita.
Se patentiza su
pensamiento al respecto en un «palique» escrito con
motivo de la ola de antisemitismo que se derrama en Francia a
consecuencia del «Affaire Dreyfus»
(Lissorgues, 1988, I, pp. 247-252). «¡Abajo los
judíos!» grita una porción de la opinión
pública francesa, y Clarín exclama: «¡Y
en Francia se grita así [...]! Da tristeza. El progreso
exige fe; a veces parece mentira, pero hay que seguir creyendo en
él». Para Alas, el antisemitismo es «una
pedantería positivista convertida en crueldad sangrienta de
la plebe». Ya en un artículo muy anterior, de 1878,
había denunciado el odio a los judíos mantenido por
la preocupación religiosa. Escribía entonces:
«No comprendo el odio que en estos
días improvisan mis simpáticos colegas, aun los
más liberales, contra Jerusalem. La llaman ingrata, maldita,
prostituta..., señores, ¡vaya una neutralidad! [...].
Supongamos que Jesús, disfrazado de hombre pobre, vuelve a
la tierra y se da una vuelta por esas iglesias. [...] Pues llega
Judas, quiero decir, la policía y [...] Jesús es
reducido a prisión. [...] Al día siguiente nos
quejaríamos los periódicos liberales; pero El
Tiempo vendría diciendo que no había por
qué alarmarse, que los presos eran gente de mal vivir; en
cuanto a los fariseos, El Siglo Futuro y demás
mandarían al Gobierno crucificar a Jesús
[...]»
(El Solfeo, 19-IV-1878).
Ahora, en 1898, se juntan cierta ciencia con las antiguas preocupaciones religiosas, «La pedantería, superficial y llena de suficiencia, llega, en forma de rencor necio, a la muchedumbre, y le hace creer al pie de la letra que nosotros procedemos de Jafet, y que por ley de raza, por determinismo filogénico, debemos estar muy mal con los descendientes de Sem, por lo menos, con algunos de ellos... ¡Cuánta locura! [...] La ciencia soi disant vuelve a proclamar este fatalismo colectivo, esta moralidad de rebaño; júntanse reaccionarios y deterministas para propagar tales doctrinas».
El sociólogo positivista Gumplowicz, profesor en la universidad polaca de Graz, el reaccionario Brunetière y el energúmeno llamado Drumont van, en sus conclusiones, en el mismo sentido, el de las diferencias de razas, unas, superiores, otras, inferiores, y algunas, malditas. Esta amalgama, este confusionismo, sugiere Clarín, es irracional y peligroso. Un Gumplowicz «funda toda una sociología en la ley de razas». «Opina que son varios los orígenes de la humanidad, no cree en la unidad de la especie, y declara que las razas de diferente origen son heterogéneas, que no pueden amarse ni tolerarse, que luchan y lucharán unas con otras». Un Brunetière, colmo del sofisma pernicioso, «cree encontrar en estas teorías puramente mecánicas, materialistas, pruebas fundamentales, científicas de la culpa hereditaria, de la responsabilidad por tribus».
En cuanto a Drumond, que desde principios de los años ochenta propala ideas antisemitas en las columnas de L' Univers, el periódico del integrista católico Louis Veuillot, es un fanático rabioso. «¿Han leído ustedes -pregunta Clarín- artículos de ese energúmeno que llaman Drumond o cosa así? ¡Qué garrula crueldad! ¡Un Nerón plebeyo! ¡Y con qué entusiasmo lo recomiendan los reaccionarios!».
«¡Ca! Los reaccionarios positivistas hacen científicas y religiosas las persecuciones de razas».
Y Clarín lamenta otra vez que su admirado Zola, que acaba de lanzar su valeroso Yo acuso, se haya dejado seducir, de buena fe, por esas teorías que ni siquiera son científicas. «Zola mismo, que con tanta nobleza ahora lanza rayos de elocuencia contra esas preocupaciones que niegan la libertad, la independencia del espíritu, ¿no profesa doctrinas que lógicamente llevan a ese determinismo histórico, que hace necesidad natural de esos antagonismos de pueblos y de estirpes?».
A partir de una
base bien asentada de ciertas leyes positivistas, se puede, pasando
de una cosa a otra, llegar a lucubraciones como éstas:
«[...] Como la superficie crece a menos
proporción que la masa, en el cerebro se repliega
aquélla para acentuar a medida que crece la complejidad y
delicadeza de sus funciones, razón por la que son mayores
las circunvoluciones en el cerebro humano que en el de los
animales, y mayores en el del blanco que en el de razas inferiores.
Y bien puede decirse que el tener el europeo más
periférico [sic] el cerebro que el negro de África
[...]»
. Inútil seguir... Esta lucubración
constituye la nota 2, p. 147, de En torno al casticismo
[1895]...
A tan absurdas falsedades, algunas de la cuales se dan visos de modernidad científica al hablar de fisiología, filogenia, determinismo, Alas opone la saludable doctrina espiritualista de Krause. «Con doctrinas como las de Krause [...] es imposible [...] cohonestar esos anacrónicos odios, esas acusaciones irracionales a una nacionalidad entera».
Pero, sobre todo, nuestro autor está muy por encima de su tiempo (y en algunos puntos del nuestro), ya que para él lo que se da por moderno puede ser mera novedad cacareada pero peligrosa, más aún cuando se instrumentaliza para fines de dominación ideológica u otra.
Sí,
Leopoldo Alas, por no haber perdido el sentido de lo plenamente
humano, puede escribir con sencillez las siguientes palabras que
hubieran podido meditarse durante el siglo XX y que siempre
deberían estar presentes en la mente de los hombres:
«Hoy el hombre vive como ser de
conciencia que se gobierna por razón y moral; creyendo esto,
¿qué significa perseguir, en concepto de moral, por
condiciones fisiológicas, filogénicas, a los hombres
de raza alguna?»
(Heraldo, 31-I-1898).
* * *
Muchas cosas
más podrían hacerse decir a Clarín para
mostrar que él no aceptaba la modernidad como una fatalidad.
Para él, el progreso es ante todo progreso humano,
desarrollo de todas las potencialidades del hombre. El progreso,
dirá unos años después otro poeta hermano,
Antonio Machado, es «aumentar el número de los capaces
de espiritualidad». Para abrir una conclusión, he
aquí esta representación simbólica condensada
de la época, pero alzada, por las aspiraciones espirituales
de Leopoldo Alas, a la altura de una parábola: «La Torre Eiffel es un símbolo de su
tiempo. Es sólida, fuerte, dura, pero acaso no dure; supone
ingenio (no genio), cálculo, atención,
previsión, laboriosidad, riqueza; es audaz, no es bella, es
grande, porque es alta, atrae el rayo, parece mejor de noche,
pintada de luz eléctrica, que de día a la
luz del sol. Es símbolo de su tiempo, que también
tiene grandeza; pero como cosa interina, preparatoria, hace desear
una gran aguja gótica de piedra, de la que todo ese hierro
no fuera más que la andamiada. Para los encajes y
cresterías de esa masa de hierro, la luz
eléctrica; para las catedrales de piedra, también
bordadas en el aire, también transparentes como
linternas..., la luz de la luna. Opino [...] que la
poesía no está llamada a desaparecer pero que,
si nos descuidamos, se nos irá quedando
atrás»
(La Publicidad, 20-IX-1889;
Lissorgues, I, p. 213).
- Alas, Leopoldo, Clarín, Mezclilla [1889]; ed. de Antonio Vilanova, Barcelona, Lumen, 1987;
- ——, Ensayos y revistas [1892]; ed. de Antonio Vilanova, Barcelona, Lumen, 1991.
- ——, Un discurso, Folleto literario VIII, Madrid, Fernando Fe, 1891.
- Beser, Sergio, Leopoldo Alas: Teoría y crítica de la novela española, Barcelona, Laia, 1972.
- Bozal, Valeriano, La ilustración gráfica del siglo XIX en España, Alberto Corazón, 1979.
- Epistolario (M. Menéndez y Pelayo. Leopoldo Alas -Clarín-), prólogo de G. Marañón, notas de Adolfo Alas, Madrid, Ediciones Escorial, 1943.
- Habermas, Jürgen, Le discours philosophique de la modernité, París, Gallimard, 1985.
- Lissorgues, Yvan, Clarín político I y II, Barcelona, Lumen, 1988.
- ——, El pensamiento filosófico y religioso de Leopoldo Alas, Clarín (1875-1901), Oviedo, Grupo Editorial Asturiano, 1996.
- ——, «Leopoldo Alas, Clarín, frente a la crisis de fin de siglo», en Leonardo Romero Tobar (ed.), El camino hacia el 98 (Los escritores de la Restauración y la crisis de fin de siglo), Madrid, Fundación Duques de Soria, Visor Libros, 1998, pp. 155-205.
- ——, «Los intelectuales españoles influidos por el krausismo frente a la crisis de fin de siglo (1890-1910)», en Enrique M. Ureña y Pedro Álvarez Lázaro (eds.), La actualidad del krausismo en su contexto europeo, Madrid, Fundación Duques de Soria, Universidad Pontificia Comillas, Editorial Parteluz, 1999, pp. 313-352.
- ——, «La filosofía del Institucionismo en el pensamiento y en la obra de Leopoldo Alas (1875-1901) -Clarín y el «'grupo de Oviedo'», en Jorge Uría (ed.), Institucionismo y reforma social en España- El grupo de Oviedo, Madrid, Talasa ediciones, 2000, pp. 187-213.
- Martínez Cuadrado, Miguel, Restauración y crisis de la monarquía (1874-1931), Madrid, Alianza Editorial, 1991.
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- Unamuno, Miguel, En torno al casticismo [1895], Madrid, Biblioteca Nueva, 1996.