Leopoldo Alas, Clarín: Regionalismo. Nación. Europeísmo
Yvan Lissorgues
Université de Toulouse-Le Mirail
Unidad nacional es para Leopoldo Alas un principio intangible, proclamado y defendido cuando es necesario acudir a su defensa desde 1875 hasta 1901.
Pero la unidad nacional es un principio moral que dimana de la idea superior de Nación y que, desde luego, nada tiene que ver con la centralización administrativa, contra la cual, efectivamente, lucha siempre, pues la «han inventado el cesarismo, el despotismo y la reacción»
(La Unión, 2 de octubre de 1878). En el «Prólogo» a La lucha por el derecho de Ihering muestra que la centralización es causa del caciquismo, y que con todos los tentáculos del poder central que son la policía, los delegados, las comisiones... las provincias se encuentran en situación de territorios colonizados (Torres, 1984, pp. 121-122). En 1883 subraya que una de las causas de la crisis social en Andalucía es la «tiránica centralización administrativa»
, pues los delegados del Estado y, por vía de consecuencia, los representantes elegidos del pueblo se convierten en procónsules que «explotan y arruinan al país para enriquecer al gran fantasma de la tiranía rentística»
(Lissorgues, 1989, t. I, pp. 270-273; Saillard, 2001, pp. 205-209).
En 1900 sigue pensando que «el marasmo y la platitude de la vida»
que se observa en muchas regiones «se debe a la acción deletérea de la centralización»
(Lissorgues, 1989, t. I, pp. 293-296). Las ramificaciones administrativas del Estado son necesarias, pero sólo para mantener relaciones de coordinación y subordinación. Así pues, no puede hablarse, en el caso de «Clarín», de jacobinismo cerrado, pero puede comprenderse también que nuestro autor no comparta las concepciones federalistas de Pi y Margall, a quien, sin embargo, defiende siempre contra los ataques de sus muchos enemigos, posibilistas o reaccionarios, y cuya personalidad intelectual y moral le merece respeto y admiración. En 1893 hace chacota del constante ideal federalista de Pi: «El señor Pi y Margall quería hace treinta años [...] que España se descuartizara para que cada miembro pensara después si le convenía o no volver a juntarse con los compañeros o entregarse a la vida del protozoario. Pues bien, el señor Pi, en 1892, sigue pensando lo mismo de la necesidad de hacernos añicos»
(Las Novedades, 10 de marzo de 1893).
Pero «Clarín» comparte con Pi y Margall el principio de la autonomía regional que es, escribe en 1876, «la única solución posible de ciertas cuestiones concernientes a las personalidades jurídicas y su relación de coordinación y subordinación»
(Lissorgues, 1989, t. I, pp. 259, n. 2). Veinte años después declara que nunca «ha dicho nada contra el regionalismo armónico»
(Ibid., pp. 275-281). En su tierra asturiana, Leopoldo Alas no pierde ocasión para elogiar a Teodoro Cuesta, el poeta del bable, «artista del corazón»
, que «describe maravillosamente las costumbres del país [...]. Yo le quiero mucho y le admiro en muchas cosas»
(Botrel, 1997, carta a Delgado núm. 17).
En 1880, en el «Prólogo» a La lucha por el derecho, formula lo que es su doctrina permanente, a saber, la necesidad de encontrar un equilibrio entre las varías autonomías y el poder central, pues «sí predomina la autonomía regional o municipal, la nación se disuelve y el individuo no padece menos, es tiranizado por un tirano local»
y «si la autonomía nacional es la que ante todo se procura con menoscabo de los círculos interiores, hay absorción, hay centralismo»
(Torres, 1984, pp. 126-127).
Por eso, cuando en la última década del siglo se agudiza el problema del regionalismo, sobre todo por la fuerza que toman las reivindicaciones catalanas que, conforme pasan los años, aparecen a algunos liberales como pretensiones poco conformes con el interés nacional, «Clarín» denuncia en la prensa ese «fanatismo de campanario»
, ese «espíritu de clan, de tribu»
. Hay que tener mucho cuidado -escribe- con «cierta clase de regionalistas que en Cataluña, como en Galicia, como en Asturias trabajan pro domo sua; aspiran al provincialismo para ser cabeza de ratón, notabilidades de treinta leguas a la redonda»
(Lissorgues, 1989, t. I, p. 282, n. 2). El problema, en realidad, es más grave de lo que parece, porque lo que está en juego es el equilibrio mismo de la nación que, para nuestro autor es sagrado patrimonio moral y espiritual.
A los que pierden la conciencia de sus responsabilidades dirige severas y repetidas advertencias, de las que puede ser muestra la siguiente cita: «¡Ojo, y ojo, y ojo! El espíritu de reivindicación política, intelectual, literaria, etc. de la región, de la provincia, es justo y provechoso cuando se encierra en los límites que no dañan a otros intereses superiores. Pero tiene grandes peligros entregado al egoísmo de los señores del quiero y no pueda, de los ratés de pueblo, de los fanáticos y exclusivistas. Y lo peor que tiene la tendencia de reacción contra los organismos superiores es que, mal entendida, es la forma más funesta de retroceso, porque, por lo menos, aunque de lejos, camina en dirección de la vida troglodítica»
(ibid.). Para «Clarín», ese regionalismo, que significa «el salto atrás de la civilización, la vuelta al feudalismo»
, es una manifestación del egoísmo que por interés inmediato o por miopía inconsciente tiende a reducir la fuerza de la unidad nacional.
A pesar de las muy buenas relaciones que tuvo siempre con los intelectuales catalanes, José Yxart, Narciso Oller, José Soler i Miquel, Mario Verdaguer, Joan Maragall, etc., y de la admiración varias veces confesada por la literatura catalana abierta a las grandes corrientes europeas y «saludablemente influenciada -escribe en 1899- por las modernas humanidades francesas»
(Lissorgues, 1989, t. I, pp. 284-288), se abre, a partir de 1896, una aguda polémica con notabilidades catalanas, como Prat de la Riba, sobre la peliaguda cuestión de la lengua catalana. «Clarín» no puede aceptar la base 3 de las Bases de Manresa («La lengua catalana será la única que con carácter oficial podrá usarse en Cataluña y en las relaciones de esta región con el poder central»
); y lo dice. La polémica se entabla, con buenos modos al principio, con Prat de la Riba, a quien «Clarín» contesta con argumentos como el siguiente: «El catalán está entre los dialectos que no han prevalecido. ¿Podrá negar eso el señor Prat? En ese sentido, es dialecto el catalán. Pero ¿se le puede confundir con ¡os dialectos no literarios que mueren por falta de cultivo, como, v. gr., va muriendo nuestro bable? No [...]; en este sentido el catalán es lengua, porque se cultiva con esmero y amor y eficacia... pero las leyes de la realidad política conspiran contra su longevidad, contra su extensión geográfica... y contra su morfología, relativamente original (¡Si se fueran a ver los castellanismos de los modernos catalanistas!...)»
(Lissorgues, 1989, t. I, p. 280). La polémica se prolonga, se envenena, y los «modernos catalanistas»
le dirigen «una porción de cosas feas»
(Lissorgues, Ibid., p. 283).
Cuando aparecen asomos de separatismo, el tono se hace violento, pues «no hay vilipendio bastante para el separatismo»
. El separatismo, tanto el catalán como el cubano, «es un crimen de leso patriotismo»
que, en el caso de Cuba, justifica la guerra. El separatismo no tiene disculpa, pero tal vez una explicación; para «Clarín», los separatistas catalanes o cubanos desean la independencia porque no se reconocen en esa España reaccionaria que se empeña en que la España de ayer sea la España de siempre. Los separatistas, parece decir, son unos extraviados que confunden la madre común con esa España nea que tiene la culpa de todos los males: «España se pierde por reaccionaria»
(Lissorgues, 1989, t. I, p. 468). Es de subrayar que «Clarín» no enfoca el problema según la perspectiva de los intereses económicos, que, para él, están supeditados a las ideas; tiene una concepción de la nación y de la sociedad que podemos llamar, en cierto modo, esencialista, y en todo caso idealista. Es grave equivocación, dice, pensar que los intereses y las funciones generales de la nación sean mecánicamente relacionados con los privados de las provincias. El error de ciertos regionalistas -escribe en 1899- y el crimen de los separatistas, que se portan como «tenderos de ultramarinos», es que no ven que «el Estado nacional no tiene más contenido que la esencia de sus componentes, y que por esto es interés del Estado general lo mismo que el regionalismo inorgánico suele creer privativo de su región»
. «La verdadera autarquía de la Nación exige que el Estado nacional penetre en esa misma esfera provincial o municipal, no para usurpar atributos del órgano particular, sino para desempeñar allí, como en todas partes, funciones de la general, para llevar a cada órgano lo que por sí no tiene y es función del todo del organismo de cada parte»
(Lissorgues, 1989, t. I, pp. 289-292).
Para nuestro autor, el Estado y la sociedad son un conjunto orgánico en el que las partes están jerárquica y solidariamente vinculadas al todo, pero no según un puro sistema mecánico, como afirman ciertos positivistas; lo que da vida al conjunto es un principio espiritual, «esencial de la vida política», que une la esencia de las partes con el todo y la esencia del todo con las partes. La Nación es esta misma esencia, o sea, según la concepción de Renan, la Nación «es una gran solidaridad construida por el sentimiento de los sacrificios que se han hecho y de los que aún se está dispuesto a hacer» (Renan, Qu'est-ce qu'une Nation?, 1882). Para «Clarín», como para Renan, la Nación es un alma; pero nótese bien, un alma de la historia.
Es fácil reconocer en esta concepción del Estado, de la Nación, de la sociedad, el organicismo armónico, idealista, de origen krausista, que es el fundamento del ideal social de Leopoldo Alas, el que encontramos, en última instancia, cualquiera sea el problema particular que se considere. A partir de ese ideal se mide la distancia entre lo que es la realidad social que se considera y lo que debería ser. La conciencia de esa distancia puede llevar al desaliento, pero nunca al desengaño y a la abulia. «Clarín» no renuncia nunca; siempre opone a las adversidades colectivas la fuerza de convicciones que dimanan de las grandes «ideas-madres»: Nación, progreso humano, cristianismo. Es de notar que esas ¡deas tienen sus ramificaciones afectivas (para Antonio Casero, protagonista del cuento «Un repatriado» -1899-, «la patria es una madre o no es nada [...]; se la debe amar, no por a más b, no por efecto de teorías sociológicas, sino como se quiere a los padres, a los hijos, a lo de casa»
); de aquí la total adhesión de «Clarín» a esas grandes «ideas legitimadoras». Por ejemplo, la lectura del libro de su colega Víctor Díaz Ordóñez sobre la Unidad católica le hace ver como una evidencia que el cristianismo es una de las raíces ontológicas de la Nación española, y le hace sentir, por poética intuición, cómo su ser de hombre del siglo XIX está en relación ontológica con «el catolicismo... como obra humana y como obra española»
(Alas [1892]; 1991, p. 188).
Cuando a consecuencia de la guerra de Cuba se exacerban las pasiones, «Clarín» lucha en dos frentes; primero, contra el llamado nacional-catolicismo y, luego, contra lo que él denomina supernacionalismo. Denuncia, y con suma violencia, el «nacionalismo estrecho que cree que la patria es primero que todo; primero que la caridad, que la humanidad, que la verdad, que la justicia, que la religión, que el ideal, que el progreso»
(Lissorgues, 1989, t. I, p. 296). Para él, es una resurgencia pagana, a la que contribuye buena parte de la jerarquía católica, la que «predica el exterminio de los insurrectos», la que «se alegra de las matanzas»
, la que invoca al «Dios del ejército»
. En cuanto al supernacionalismo, que es cosa de unos pocos intelectuales, catalanes los más, es «un pretexto para querer abandonar a España en los días de tribulaciones»
, una manifestación de egoísmo (ibid.).
Parecida condena -guardando las proporciones- le merecen los que por afán de superficial cosmopolitismo, imitan las modas de París y producen «poesía de sinsonte disfrazado de gorrión parisiense»
. Durante la última década del siglo, «Clarín» la emprende una y otra vez contra los escritores y los poetas que, como Rubén Darío, afirman sus aficiones a las modas de París, «esas plagas decadentistas que pervierten el gusto y la moral»
(Las Novedades, 20 de septiembre de 1894). No todo lo que viene de fuera es bueno y provechoso. Por otra parte, el sentido ético de Alas no puede aceptar el arte frívolo y desconectado de la vida, producto, según él, de una voluntad de escapar a las tristes realidades de la patria. En «Clarín», el yo altruista, siempre abierto a ¡o de fuera para comunicar y dialogar con otros espíritus, con Baudelaire, con Leopardi, con Bergson, con Zola creador, no puede aceptar que el escritor se aparte para goce egoísta del arte; menos aún en «los momentos solemnes»
de la historia, pues entonces la poesía del bel canto «puede convertirse hasta en crimen»
(La Publicidad, 14 de mayo de 1890).
En cambio, afirma que es un deber contribuir a aumentar el caudal nacional de conocimientos, adaptando con discernimiento las nuevas orientaciones literarias, científicas, filosóficas que nacen y se desarrollan en las naciones más adelantadas. «El verdadero españolismo consiste en importar los elementos dignos de aclimatarse en nuestro propio suelo y en estudiar cuidadosamente, para asimilarlo, cuanto fuera se produce que merece la pena de verlo y aprenderlo»
; esta cita es veinte años anterior... al «98». El intelectual debe trabajar incansablemente para difundir ideas y abrir las conciencias. A eso tiende toda la labor periodística de «Clarín». Por ejemplo, en La Ilustración Ibérica, explica la finalidad de un «Proyecto» de crítica popular (cuyos capítulos se publican por entregas del 19 de abril al 24 de noviembre de 1886); de la misma manera -dice- que algunos escritores consagran su trabajo en popularizar el tecnicismo de las artes y los resultados de la ciencias, «se puede y yo creo que se debe popularizar la literatura»
. Quiere dar a conocer a autores antiguos y sobre todo difundir las obras de escritores europeos actuales, franceses, ingleses, italianos, alemanes, rusos, etc., para permitirle al pueblo «depurar los propios sentimientos, ejercitar sus potencias anímicas todas, y aumentar el caudal de ideas nobles y desinteresadas». En un arranque épico-lírico exclama: «Venga el aire de todas partes, abramos las ventanas a los cuatro vientos del espíritu»
. Sin embargo, no puede ser sin previa reflexión sobre la situación española y su capacidad de adaptación y asimilación de las nuevas ideas. La cita siguiente es un buen resumen de la posición de «Clarín» acerca del problema que quince años después Costa y Unamuno llamarán «europeización»: «Considerando, ante todo, que el pensamiento vive fuera de España hoy una vida mucho más fuerte y original que dentro de casa; viendo imparcialmente, aunque sea con tristeza, que lo más actual, lo más necesario para las presentes aspiraciones del espíritu, viene de otras tierras y que lo urgente no es quejamos en vano, sino procurar que esas influencias, que de todos modos han de entrar y conquistarnos, penetren mediante nuestra voluntad, con reflexión propia, pasando por el tamiz de la crítica nacional que puede distinguirlos, ordenarlos y aplicarlos como se debe a los pocos elementos que quedan del antiguo vigor espiritual completamente nuestro»
. Alas no esperó la «crisis de fin de siglo» para asimilar y aclimatar ideas nuevas procedentes de Europa. Buen ejemplo, entre varios, es la defensa y adaptación española del naturalismo. El naturalismo de «Clarín» es un naturalismo asimilado, adaptado, que hace suyo los elementos temáticos propugnados por Zola y todos los aspectos estéticos que permiten acrisolar el arte realista (sobre este punto vid. Sobejano, 1988); pero con suma lucidez rechaza «Clarín» todas las exclusivas positivistas y los sueños cientificistas impuestos por el padre del movimiento. «El naturalismo -escribe Alas en 1882- no nace de metafísicas ni de negaciones de metafísicas ajenas al arte, sino del histórico desenvolvimiento de la historia»
(Beser, 1972, p. 119).
Leopoldo Alas es realmente el mediador de la cultura europea en España, como muestran los casi dos mil doscientos artículos publicados de 1875 a 1901. Nada de lo que se produce en Europa le es extraño, y, en ciertos casos, es uno de los primeros europeos en percatarse de la importancia de un movimiento, de un autor, de un pensador. No es el primero, por supuesto, en haber leído a Comte, a Balzac, a Baudelaire, a Dumas, a Leopardi, a Zola, a Marx, a Carlyle, a Renan, etc., pero sí fue uno de los primeros, en Europa, en comprender a Bergson (porque como creador de personajes literarios había «experimentado» ya la intuición y la introspección); también fue uno de los primeros en esforzarse por comprender a Nietzsche, tan alejado de su horizonte mental, para poder ver que su pensamiento era muy «estimulante pero peligroso»
.
En 1894, Alas es quien propone, desde la columnas de El Globo, la creación en el extranjero de colonias de investigaciones científicas para estudiantes, profesores y especialistas a fin de facilitar la necesaria asimilación de los adelantos europeos en los varios campos de actividad, tanto culturales y filosóficos como científicos y técnicos, anticipando lo que en 1907 sería la Junta de Ampliación de Estudios (Lissorgues, 1989, t. II, p. 97),
- Leopoldo Alas, «Clarín», Ensayos y revistas [1892], ed. de Antonio Vilanova, Barcelona, Lumen, 1991.
- Sergio Beser, Leopoldo Alas: Teoría y crítica de la novela española, Barcelona, Laia, 1972.
- Jean-François Botrel, «71 cartas de Leopoldo Alas, "Clarín", a Sinesio Delgado, director de Madrid Cómico (1883-1899) (y seis de Manuel del Palacio)», Boletín del Real Instituto de Estudios Asturianos, vol. LI, núm. 149 (enero-junio 1997).
- Yvan Lissorgues, Clarín político. I y II, Barcelona, Lumen, 1989.
- ——, El pensamiento filosófico y religioso de Leopoldo Alas, Clarín (1875-1901), Oviedo, Grupo Editorial Asturiano, 1996.
- Simone Saillard (ed.), Leopoldo Alas, Clarín, El hambre en Andalucía, edición crítica, estudio preliminar y notas de..., Toulouse, Presses Universitaires de Mirail, 2001.
- Gonzalo Sobejano, «El lenguaje de la novela naturalista», en Yvan Lissorgues (ed.), Realismo y naturalismo en España en la segunda mitad del siglo XIX, Barcelona, Anthropos, 1988, pp. 583-615.
- David Torres, Los prólogos de Leopoldo Alas, Madrid, Playor, 1984.