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Ed. Rafael FERRERES, Clásicos Castellanos, 135.
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Madrid: Sancha, 1781, pág. 2.
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Otros ejemplos: «Lo que luego hize [...] fue irme al jardín donde me dixeron que estavan, y hallé a la más de la gente solazándose, y debaxo de un nogal sentados a Cornelio y a Leonisa» («El amante liberal», I, 141, 29-142, 1); «estava el pastor sentado al pie de un verde sauze» (La Galatea, 77, 27, 16-17); «quiero recostarme a la sombra de una encina en el verano...» (Don Quixote, IV, 184, 10, II, 53); Sancho y Ricote «se sentaron al pie de una haya» (Don Quixote, IV, 192, 6-7, II, 54); «bolviendo la cabeça y viendo que don Quixote no parecía, se apeó del jumento, y, sentándose al pie de un árbol, començó a hablar consigo mesmo» (Don Quixote, III, 130, 24-27, II, 10); «se quedaron [la noche] entre unas enzinas que cerca del Toboso estavan» (Don Quixote, III, 121, 4-5, II, 8); «hallaron... debaxo de un árbol, durmiendo, a un muchacho de hasta edad de onze años» («El licenciado Vidriera», II, 73, 4-6); «teniendo el aduar entre unas encinas, algo apartado del camino real... Anoche llegué a este encinal» («La gitanilla», I, 89, 16-18; I, 100, 18). Según Eugenio, «passamos la vida entre los árboles» (Don Quixote, 77, 386, 11-12, I, 51); «no ay [...] sombra de árbol que no esté ocupada de algún pastor» (Don Quixote, II, 387, 4-6, I, 51; también II, 158, 30-32, I, 35).
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La función de los árboles en las obras de Cervantes es realmente llamativa. Aparte los usos ya indicados, se emplean los árboles para colgar los alimentos («las liebres y las gallinas [...] estavan colgadas por los árboles; [...] los páxaros y caça de diversos géneros eran infinitos, colgados de los árboles para que el aire los enfriasse», Don Quixote, III, 253, 11-20, II, 20; «el [...] zaque que, porque se enfriasse el vino, le tenían colgado de un alcornoque», Don Quixote, I, 150, 15-17, I, 11); las luminarias («vieron que los árboles [...] estavan todos llenos de luminarias, a quien no ofendía el viento, que entonces no soplava sino tan manso, que no tenía fuerça para mover las hojas de los árboles...»; Don Quixote, 177, 248, 12-17, 11, 19); la ropa («ay un género de gente, la qual, passando un lago, cuelga los vestidos que lleva de una encina y se entra desnudo la tierra dentro», Persiles, I, 117, 14-17, I, 10); los retratos («Auristela [...] vio pendiente de la rama de un verde sauze un retrato»; Persiles, II, 212, 16-17, IV, 2); y los muertos («yendo a arrimarse a otro árbol, sintió que le tocavan en la cabeça, y, alzando las manos, topó con dos pies de persona...»; Don Quixote, IV, 258, 6-30, II, 60).
No son las espaldas de Sancho, sino «unos amenos árboles», «unas ayas», los que sufren los azotes para el desencanto de Dulcinea (IV, 374, 7-15, 11, 71), árboles «que parece que me acompañan y me ayudan a llevar mi trabajo maravillosamente» (IV, 378, 27-29, II, 71). En los árboles se sientan («sentándose Lenio en un tronco de un desmochado olmo»; La Galatea, 11, 44, 1-2); en sus cortezas y, antiguamente, en sus hojas se escriben («no está muy lexos de aquí un sitio donde ay casi dos dozenas de altas hayas, y no hay ninguna que en su lisa corteza no tenga gravado y escrito el nombre de Marcela» (Don Quixote, I, 162, 23-26, I, 12; I, 361, 29-31, I, 25; también La Galatea, I, 88, 29-32); las cortezas sirven de vasos (Persiles, I, 31, 10-11, I, 5) y con las de los alcornoques se cubrían las casas (Don Quixote, I, 148, 4-7 I, 11). A los árboles se atan los hombres («los vandoleres se han ido, / y han dexado atados a los árboles deste bosque / más de treinta passageros» («Las dos donzellas», III, 25, 22-24), los animales (Don Quixote, II, 158, 29-30, I, 35; 771, 358, 26-28, II, 29) y las embarcaciones (Don Quixote, III, 358, 20-22, II, 29).
«Los sauzes destilavan maná sabroso» (Don Quixote, III, 181, 6, II, 14), dato cuya fuente ignoramos. De un olmo entero se haze un asador (Don Quixote, III, 253, 6, II, 20), de un tronco de encina o roble una lanza (Don Quixote, I, 116, 29-117, 12, I, 8), y del ciprés y laurel las guirnaldas (Don Quixote, I, 165, 18-19, I, 13; IV, 233, 12-13, II, 58). En la segunda edición de Don Quixote el rosario del protagonista fue hecho de «unas agallas grandes de un alcornoque» (I, 507, I, 26). También sirven los árboles como figuras de comparación: el rosario de Montesinos fue hecho de «cuentas [...] mayores que medianas nuezes» (Don Quixote, III, 287, 30-31, II, 23), los dientes de Belerma «blancos como unas peladas almendras» (III, 293, 19, II, 23), las lágrimas de Dido «del tamaño de nueces» (Don Quixote, IV, 377, 22, II, 71) y los hombres de la tierra, vistos desde los cielos, según Sancho «poco mayores que avellanas» (Don Quixote, IV, 43, 17-18, II, 41). «Escamondan y podan [las reses muertas] como si fuessen sauzes o parras» («Coloquio de los perros», III, 158, 28-29). Galatea es para Erastro «enrobrescida a mis demandas, qual hecha enzina a tus [= de Elicio] continuos quexidos» (La Galatea, I, 7, 29-31); Sancho llama a Dulzinea «más dura que un alcornoque» (Don Quixote, I, 361, 15-16, I, 25). El mismo Don Quixote se describe como «avellanado» (I, 29, 10-11, I, prólogo).
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«Venía Erastro acompañado de sus mastines, fieles guardadores de las simples ovejuelas, que debaxo de su amparo están seguras de los carniceros dientes de los hambrientos lobos» (La Galatea, I, 7, 9-12). Bergança, perro conocido de vista por los pastores como apropriado para su trabajo («Coloquio de los perros», III, 162, 9-13), también fue mastín (III, 184, 11). «Salí de mi patria avrá quatro años, huyendo de la vigilancia que tienen los mastines veladores que en aquel reino tienen del católico rebaño» (Persiles, I, 215, 17-19, II, 8).
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Lenio, en La Galatea (II, 42, 15-16): «por los effectos que haze, conozco [...] la causa que los produze»; según Cardenio, «viendo los cuerdos quál es la causa, no se maravillarán de los efetos» (Don Quixote, I, 392, 27-29, I, 27); «le començó a fatigar el desseo de saber [...] de qué causas avía nacido el efeto que en tanta estrecheza le avía puesto» (Persiles, I, 6, 17-20, I, 1). En el mismo sentido, «quando la vista de los dos se encontraron, con diferentes efetos dieron señal de lo que sus almas avían sentido» («El amante liberal», I, 179, 7-9); «entre los amantes, las acciones y movimientos exteriores que muestran, quando de sus amores se trata, son certíssimos correos que traen las nuevas de lo que allá en lo interior del alma passa» (Don Quixote, III, 129, 23-27, II, 10).
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«Pocas vezes [los pastores] se levantan a más que a tratar cosas del campo, y esto con su acostumbrada llaneza» (I, xlix, 30-32). La sabiduría y habilidad artística de los fingidos pastores de la obra se explica diciendo que éstos son pastores «sólo en el ábito» (I, xlix, 32-1, 3; II, 74, 28-75, 28).
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«¿Quién te hizo filósofo elocuente, / siendo pastor d'ovejas y de cabras?» (GARCILASO, Égloga segunda, vv. 396-397).
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Nótese el conocimiento que Cervantes muestra en el Persiles: «heríales el sol por zenit, a cuya causa, puesto que está más apartado de la tierra que en ninguna otra sazón del día, hiere con más calor y vehemencia» (Persiles, II, 211, 24-27, IV, 2). También: «la grandeza deste sol que nos alumbra, que, con no parecer mayor que una rodela, es muchas vezes mayor que toda la tierra, y [...] con ser tan grande, afirman que es tan ligero, que camina en veintiquatro horas más de trescientas mil leguas» (Persiles, II, 111, 10-15, III, 11; en el mismo sentido, «más impropiedades que tiene átomos el sol» (Don Quixote, III, 332, 26-27, II, 26). Por los comentarios de Don Quixote durante la aventura del barco encantado, parece que Cervantes tenía conocimientos de navegación y del uso del astrolabio (Don Quixote, III, 361, 20-363, 10, II, 29).
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«Don Fernando tenía debaxo de sus pies a un quadrillero, midiéndole el cuerpo con ellos muy a su sabor» (Don Quixote, II, 310, 32-311, 3, I, 45); «los cavalleros andantes verdaderos [...] medimos toda la tierra con nuestros mismos pies» (Don Quixote, III, 91, 27-31, II, 6); «el soldado [...] [para su cama] bien puede medir en la tierra los pies que quisiere» (Don Quixote, II, 196, 23-24, I, 38).