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«Al poseedor de las riquezas no le haze dichoso el tenerlas, sino el gastarlas, y no el gastarlas como quiera, sino el saberlas bien gastar» (Don Quixote, III, 96, 13-15, II, 6).
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Se diferencia también la edad de oro del discurso de Don Quixote de la que hallamos en la jornada segunda de Los tratos de Argel (Comedias y entremeses, V, 53, 9-54, 18). En ésta se señala la libertad, perdida como consecuencia del hambre del oro, como característica principal de la edad de oro: «¡O sancta edad, por nuestro mal pasada, / a quien nuestros antiguos le pusieron / el dulçe nombre de la edad dorada! / ¡Quán seguros y libres discurrieron / la redondez del suelo los quen ella / la caduca mortal vida vivieron! / [...] Pero después que sin razón, sin lumbre, / çiegos de la avaricia, los mortales / [...] descubrieron los ruvios minerales / del oro que en la tierra escondía» (V, 53, 9-25). Pero compárese otra vez nuestro texto: «Habiendo [...] rodeado mucha parte de la madre tierra, la descubren y abren las entrañas hasta topar en ellas los minerales de plata y oro que en sus cóncavas venas cría... ¡O maldita y mil veces maldita y abominable esta insaciable y violenta hambre de oro! ¡De cuántos males es causa!» (6:24-32).
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No nos es posible hacer una revisión total del tema del amor en el Siglo de Oro. Como introducción, recomendamos el libro de Julián OLIVARES, The Love Poetry of Francisco de Quevedo. An Aesthetic and Existential Study, Cambridge: Cambridge University Press, 1983, quien se refiere a la crítica anterior; últimamente, Roger MOORE, «Quevedo, Lisi, the Religion of Love, and the Evidence of the Manuscript Variants», Revista Canadiense de Estudios Hispánicos, 7 (1983), págs. 363-373; también, R. O. JONES, «Bembo, Gil Polo, Garcilaso. Three Accounts of Love», Revue de Littérature Comparée, 40 (1966), págs. 526-540; y J. Anthony TERRY, «Ideal Love and Human Reality in Montemayor's La Diana», PMLA, 84 (1969), págs. 227-234. Más recientemente, disponemos del estudio de conjunto de Alexander A. PARKER, The Philosophy of Love in Spanish Literature. 1480-1680, Edinburgo: Univ. Press, 1985, con la reseña que le dedica Roger T. BOASE, «Courtly Love in Spanish Literature: A Continuing Debate», JHP, 9 (1984), págs. 67-73.
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«Parece que este sitio se ha convertido en la pastoral Arcadia [...] y no ay parte en él donde no se oiga el nombre de la hermosa Leandra; éste la maldize y la llama antojadiza, varia y deshonesta; aquél la condena por fácil y ligera, tal la absuelve y perdona, y tal la justicia y vitupera; uno celebra su hermosura, otro reniega de su condición, y, en fin, todos la deshonran y todos la adoran» (Don Quixote, II, 386, 20-30, I, 51).
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«El cavallero andante sin dama es como el árbol sin hojas, el edificio sin cimiento, y la sombra sin cuerpo de quien se cause» (Don Quixote, III, 400, 12-14, II, 32).
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«Lo que Lenio havía dicho, de más caudal que de pastoril ingenio parecía» (La Galatea, II, 58, 16-17); «ni devo hazer caudal del cargo que le hago» (La Galatea, I, 225, 20-21); «juntos los dos, llegó el caudal a ser infinito» (Persiles, II, 235, 12-13, IV, 5).
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«Más blando fui que no la blanda cera, / cuando imprimí en mi alma la figura / de la bella Amarili, esquiva y dura / qual duro mármol o silvestre fiera» (La Galatea, I, 111, 15-19); «las gracias del pastor [...] impressas en el alma me quedaron» (La Galatea, I, 60, 18-19). Expresiones parecidas: «Isabela, a pesar de la impressión que en su memoria avía hecho la carta de su madre de Ricaredo» («La española inglesa», II, 63, 11-13); «la impressión que en él avían hecho las pensadas mentiras de los libros que avía leído» (Don Quixote, II, 376, 15-17, I, 50); «en quien con más efeto hizo impressión la maravillosa luz que avía descubierto, fue en el lastimado Ricardo» («El amante liberal», I, 160, 19-21); «tu vista y palabras en tan poco a hecho esta impressión en nosotras» (La Galatea, I, 50, 11-13).
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«Una hija de tan estremada hermosura, rara discreción, donaire y virtud, que el que la conocía y la mirava se admirava de ver las estremadas partes con que el cielo y la naturaleza la avían enriquezido» (Don Quixote, II, 380, 11-15, I, 51); «con quantas gracias y particulares dones que el cielo enriqueció a Galatea» (La Galatea, I, 101, 4-6).
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«Tras el gusto se sigue la tristeza» («Las dos donzellas», III, 55, 9-10); «la humana suerte / [...] el gusto nos convierte / en pocas horas en mortal disgusto» (La Galatea, II, 37, 28-30); «es tan poca la seguridad con que se gozan los humanos gozos, que nadie se puede prometer en ellos un mínimo punto de firmeza» (Persiles, II, 290, 4-6, IV, 14). «El amor es infinito, si se funda en ser honesto, y aquel que se acaba presto, no es amor, sino apetito» (La Galatea, I, 71, 5-8); «el qual [apetito], como tiene por último fin el deleite, en llegando a alcançarle se acaba, y ha de bolver atrás aquello que parecía amor, porque no puede passar adelante del término que le puso naturaleza, el qual término no le puso a lo que es verdadero amor» (Don Quixote, I, 341, 5-10, I, 24); probablemente, por ser este apetito tan pasadero se comenta que «todos los [días] de boda suelen ser alegres» (Don Quixote, II, 91, 6-7, I, 33); «passáronse estos días [los primeros después del casamiento] bolando» («El casamiento engañoso», III, 139, 2-2). «El deleite mucho mayor es imaginado que gozado: aunque en los verdaderos gustos deve de ser al contrario» («Coloquio de los perros», III, 221, 16-18); el verdadero gusto se siente en el alma, no en el cuerpo, según nos explica el canónigo de Toledo: «el deleite que en el alma se concibe ha de ser de la hermosura y concordancia que vee o contempla en las cosas que la vista o la imaginación le ponen delante» (Don Quixote, II, 341, 18-21, I, 47).
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«Los ímpetus no castos de la mocedad» («La fuerça de la sangre», II, 118, 12-13); «el amor en los moços por la mayor parte no lo es, sino apetito» (Don Quixote, I, 341, 3-5, I, 24).