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Refiriéndose a los textos del ciclo del Amadís, afirma este autor que «todos estos libros se parecen mortalmente unos a otros» (Orígenes de la novela, Madrid: CSIC, 19612, I, pág. 403), opinión que necesariamente debe ser revisada para todas las obras del género.

 

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Aunque Ribera es un eclesiástico, algunos elementos del combate armado en su obra aportan ciertas novedades con respecto a la descripción del ejercicio bélico en el propio Amadís de Gaula. Como en las Sergas, los caballeros se sirven de la cautela para desplazarse a escondidas en territorio enemigo, pero, además, se enfatizan aquí otros aspectos como las discusiones que mantienen los personajes sobre la conveniencia de iniciar una campaña, se subraya el papel de la estrategia y la aportación de los espías o el uso de armas de fuego para tomar una plaza. En el mismo sentido, los caballeros se hacen acompañar de mercenarios, hecho que puede atentar contra la idílica autosuficiencia del típico caballero andante. Analizo estos motivos más ampliamente en el artículo: «El Florisando: libro «sexto» en la familia del Amadís» (Literatura de caballerías y orígenes de la novela, ed. de Rafael Beltrán, Valencia: Universidad, 1998, págs. 137-156). Recientemente, Javier Guijarro ha planteado la existencia de una tendencia más realista dentro del género caballeresco a propósito de su estudio sobre el Floriseo (El «Floriseo» de Fernando Bernal Mérida: Editora Regional de Extremadura, 1999). Según este autor, el Florisando sería una obra representativa de esta corriente literaria.

 

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Anna Bognolo comenta este episodio del desencantamiento de los personajes de las Sergas en su trabajo: «Amadís encantado. Scrittori e modelli in tensione alla nascita del genere dei libros de caballerías», Scrittori «contro»: modelli in discussione nelle letterature Iberiche (Atti del Convegno di Roma 15-16 marzo 1995), Roma: Bulzoni Editore, 1996, págs. 45-56. Sobre este mismo lance y otros aspectos constitutivos del libro sexto, puede verse mi artículo: «Las Sergas de Esplandián y las continuaciones del Amadís (Florisandos y Rogeles)», Voz y Letra (Revista de Literatura), VII/1 (1996), págs. 131-156; especialmente, págs. 141-147.

 

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En la mayoría de los prólogos de los libros de caballerías los autores, adoptando el supuesto papel de traductores, insisten en el provecho moral que puede el lector extraer de su historia. Si en muchos casos este propósito queda relegado a una referencia tópica, la vocación adoctrinadora en esta obra es total.

 

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También M. Chevalier se muestra asombrado al comentar esta decisión del autor: «Peut-on en imaginer un [roman de chevalerie] sans chevaliers errants? L'affirmer semble une gageure» («Le roman de chevalerie morigéné, Le Florisando», Bulletin Hispanique, 60/4 (1958), págs. 441-449 [pág. 444]).

 

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El Lisuarte de Grecia del bachiller Díaz se publica en 1526. En el «Prólogo» de dicha obra el autor dice que durante la redacción-traducción de su historia tuvo conocimiento de la existencia del Lisuarte de Silva, editado por vez primera en 1514. A pesar de que el mismo Díaz numera el suyo como octavo libro de la saga, su argumento sigue de cerca el del Florisando, pasando por alto lo escrito por Feliciano de Silva.

 

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El único estudio dedicado a esta obra se muestra poco benévolo a la hora de enjuiciarla. J. Ginavel Mas dice lo siguiente: «El batxiller Díaz havía llegit tantes obres cavalleresques com li havien anat a parar a les mans; però com que no sentia la bellesa, com que no era artista ni tenia fantasia, així féu la seva obra, feixuga, pesada, sense gust, sense cap passatge on es vegi un home que dominés el gènere a què es dedicava»Una papereta crítico-bibliogràfica referent al Octavo libro de Amadís de Gaula», Homenaje a Menéndez Pidal, Madrid, Hernando, 1925, I, págs. 389-401 [pág. 398]).

 

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Casi un siglo antes de que Cervantes ideara el famoso escrutinio de la biblioteca de don Quijote, ya contamos con unos referentes literarios que abogan por la quema de los libros de los magos por considerarlos moralmente perniciosos. Sin querer proponer una relación de dependencia directa entre estas continuaciones del Amadís y la posterior creación cervantina, ya que precisamente estas obras no son citadas en ningún momento del Quijote, sí que puede establecerse una cierta similitud entre la postura de Páez de Ribera y Juan Díaz hacia los textos de magia y la actitud censoria del cura cervantino hacia los libros de caballerías.

 

9

Si durante la literatura clásica predomina la magia femenina sobre la practicada por los hombres, en la literatura medieval las actividades mágicas también suelen emparentarse con las mujeres. Según A. Garrosa Resina ello obedece a una tendencia misógina que supone que la mujer, «debido a la inferioridad de carácter y a su debilidad mental (según el pensamiento de bastantes autores medievales), se ve sometida con mayor facilidad a los engaños del demonio y por eso se dedica a las artes ocultas más asiduamente que el varón» (Magia y superstición en la literatura castellana medieval, Valladolid: Universidad, Biblioteca de Castilla y León, 1987, pág. 589).

 

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Paralelamente a la muerte de Urganda, hay otro suceso que contribuye a aumentar las inquietudes y la tristeza de Amadís de Gaula. Su antaño leal y fiel escudero Gandalín ha sido derrotado y muerto por los hijos de Arcaláus el Encantador (CI). Este hecho permite abrir en el relato nuevas virtualidades narrativas, puesto que, tras conocer la muerte de su padre y la pérdida de los castillos de Valderín y Montaldín, su hijo Gandales querrá castigar a los agresores y recuperar sus tierras. Aparte de la repercusión argumental de este episodio, lo realmente significativo es que desaparezcan dos personajes, Urganda y Gandalín, estrechamente relacionados con la trayectoria caballeresca de Amadís de Gaula. De algún modo, la muerte de tales individuos sirve de prólogo a la solemne despedida del propio monarca de la Gran Bretaña.