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Lances de honor

Manuel Tamayo y Baus

PERSONAJES



DON FABIÁN GARCÍA.
DOÑA CANDELARIA.
MIGUEL.
DON PEDRO DE VILLENA.
PAULINO.
DON DÁMASO.
DON DIEGO MEDINA.
AGUILAR.
DON LORENZO.
UN CABALLERO.
OTRO.
OTROS, que no hablan.
UN PADRINO de un desafío.
OTRO.
BERNABÉ.
UNA MUCHACHA.

La escena, en Madrid; la acción dura cuatro horas.

Acto primero

Gabinete lujosamente amueblado en casa de Villena. Un velador con recado de escribir a la izquierda. Puerta en el foro y otras laterales.

Escena primera

MIGUEL, sentado en una butaca cerca del velador, leyendo un periódico.

Pues, señor, está visto que la lectura de periódicos a mí no me divierte. (Soltando el periódico que tenía en la mano.) No sé cómo pueden tener razón los ministeriales que siempre alaban, ni los de oposición que siempre vituperan, ni cómo han de merecer crédito los que hoy aplauden lo mismo que desaprobaban ayer. Será que yo no lo entiendo. Las tres. (Levantándose y mirando el reloj.) Media hora llevo esperando. ¿Se le habrá olvidado quizá que ayer quedé en venir a verle? ¡Es tan atolondrado ese chico!

Escena II

MIGUEL y PAULINO.

PAULINO.-Perdona, Miguelillo, perdona. (Entrando por la puerta del foro y dejando en una silla el sombrero.) Siento en el alma haberte hecho esperar.

MIGUEL.-¡Bah!, entre amigos...

PAULINO.- Verás. Ayer tarde se reunieron aquí los individuos más importantes de la fracción de la Cámara que reconoce por jefe a papá. Celebraron larga conferencia, y en ella resolvieron dar hoy al Gabinete una batalla decisiva, al discutirse el acta de esa escandalosa elección que tan agitados trae los ánimos estos días. Papá se encargó de pronunciar el discurso, y yo no he querido dejar de oírle.

MIGUEL.-Nada más natural.

PAULINO.-Bien puedes agradecer que me haya venido antes de ver el resultado de la discusión.

MIGUEL.-Sí, porque una vez excitado el interés...

PAULINO.-¡No sabes tú cómo se había puesto aquello! ¡Papá ha estado sublime! Nunca se oyó en el Congreso de los Diputados discurso más elocuente ni más terrible para un Gobierno. ¡Qué animada pintura de las instituciones liberales! ¡Qué vigorosos anatemas contra la conducta reaccionaria de los ministros!

MIGUEL.-¿Quieres explicarme por qué las oposiciones llaman siempre reaccionario a todo el que manda?

PAULINO.-Toma, porque todo el que manda es tirano a los ojos de todos los que quisieran mandar. Regla general: en el Poder se invoca siempre el orden; en la oposición se invoca siempre la libertad. Por eso verás que cuando uno quiere ser ministro, dice que si lo fuera haría tal y tal cosa, y que luego, cuando lo es, hace lo que le da la gana. Pues como te iba diciendo, papá se ha cubierto de gloria. ¡Hermoso espectáculo el que, oyéndole, ofrecía la Cámara! Vivas altercaciones entre los diputados de la mayoría; gritos de entusiasmo en los bancos de la oposición; aplausos ruidosos en las tribunas; el Gabinete, pálido y trémulo de miedo y de rabia; el presidente, dale que le darás a la campanilla, sin poder dominar aquel pavoroso tumulto, aquel desorden admirable. Yo, no bien hubo acabado papá, eché a correr para no hacerte esperar más tiempo, y no sé cuál será el resultado de la votación; pero desde luego aseguro que el Gobierno ha quedado herido de muerte, y que si hoy mismo no sucumbe, estará en el suelo antes de quince días.

MIGUEL.-¿Y qué bienes nos vienen con esa gracia?

PAULINO.-¿Te parece bien pequeño la caída de un Gabinete que ha hollado todas las libertades públicas, y que lleva ya en el Poder un año, tres meses, doce días y algunas horas, por lo que se cuenta?

MIGUEL.-Ahí está el quid. Más fácilmente se le perdona a un Ministerio una mala vida que una vida larga.

PAULINO.-Justo y cabal. Los Ministerios deberían tener duración fija de un par de meses a lo más, a fin de que pudieran ir turnando en el Poder todos los españoles ilustrados. Lo que es yo, en llevando un Gabinete seis meses de vida ya no puedo parar. Y a todo el mundo le sucede lo mismo.

MIGUEL.-A mí no, porque me figuro que los Gobiernos que duran poco ni aún pueden llegar a ser Gobiernos.

PAULINO.-Tú eres un papanatas que nada ambiciona. ¡Tonto! A río revuelto, ganancia de pescadores. Cuando caiga esta gente, entrarán los nuestros a mandar. Papá ha desempeñado ya los más altos puestos de la Administración, tiene cuartos, es caballero gran cruz, dispone de un diario político, goza fama de diputado hablador, capitanea una importante tracción de la Cámara; justo es que forme ahora parte de un Gabinete. Le han ofrecido la cartera de Gobernación. Figúrate qué mal me vendrá a mí. Inmediatamente disolveremos estas Cortes y haremos elecciones generales con mucha legalidad..., es decir..., muy a nuestro gusto; y, claro está, yo seré diputado por tres o cuatros distritos. ¿Quieres tú ser también diputado de la nación?

MIGUEL.-¡Yo! Dios me libre de ser diputado... tuyo. De la nación lo es verdaderamente mi padre por la decidida y tenaz voluntad de los electores, y tanto mi madre como yo estamos deseando que se acabe esta legislatura para que deje de serlo.

PAULINO.-Pierde cuidado: ningún hombre como don Fabián García tomará asiento en el nuevo Congreso. Chico, te advierto que tu papá está haciendo el oso.

MIGUEL.-Ya sabes que no gusto de oír nada que pueda ser ofensivo a mi señor padre.

PAULINO.-No te acongojes por tan poco, muchacho. Discutiremos y...

MIGUEL.-¿Discutir yo la conducta de mi padre? ¡No faltaba más!

PAULINO.-¿Y por qué no? Todo se puede discutir.

MIGUEL.-A otra cosa, Paulino, a otra cosa.

PAULINO.-Pues si precisamente para que hablásemos de este particular te dije ayer que vinieras a verme. Créelo: mi señor don Fabián está en ridículo, y si no te modernizas un poco no podrás hacer carrera en el mundo. Es necesario que en él y en ti desaparezcan esas costumbres de antaño que habéis traído de la ciudad de Doña Urraca.

MIGUEL.-Acabarás por hacerme reír. ¿Qué tacha puede ponérsele a mi buen padre, que es casi un santo?

PAULINO.-Bien parecen los santos en el almanaque, pero muy mal en unas Cortes del siglo diecinueve. Todo el mundo se rió el otro día del buen señor.

MIGUEL.-¿Por qué?

PAULINO.-Porque empezó su discurso invocando el auxilio de Dios.

MIGUEL.-¿Y qué tiene de risible que un hombre implore el auxilio de Dios cuando va a influir con su conducta en la suerte de todo un pueblo?

PAULINO.-Anda, simplón. Tu reloj atrasa por lo menos un siglo.

MIGUEL.-Pues a mí me parece que el tuyo señala una hora funesta.

Escena III

DICHOS y DON DÁMASO.

(Entra muy de prisa y con semblante demudado por la puerta del foro.)

DON DÁMASO.-¿No ha vuelto aún su padre de usted?

PAULINO.-¿Cómo, si todavía no son las tres y cuarto?

DON DÁMASO.-La sesión ha terminado ya.

PAULINO.-¡Tan pronto! Pues, ¿qué ocurre?

MIGUEL.-¿Qué le sucede a usted?

DON DÁMASO.-¿Estás aquí tú? Me alegro. ¡Qué desgracia, Miguel!

MIGUEL.-¡Una desgracia!

PAULINO.-Explíquese usted.

DON DÁMASO.-Permítanme ustedes antes tomar aliento. (Sentándose. MIGUEL y PAULINO se acercan a él.) En aquella tribuna hacía un calor insoportable y estaba uno como en prensa. Y ¡qué ansiedad..., qué agitación..., qué emociones tan vivas! ¿Quiere usted ver si tengo fiebre? (Alargando una mano a PAULINO.)

PAULINO.-¡Me gusta!

DON DÁMASO.-¿No estudia usted Medicina?

PAULINO.-Dicen que sí, pero yo no me atrevería a jurarlo. Ea, no sea usted posma y cuéntenos qué hay. ¿Ha perdido la votación el Ministerio?

DON DÁMASO.-Ya escuchó usted el discurso de su padre.

PAULINO.-Un discurso admirable, ¿eh?

DON DÁMASO.-Sí: una bomba cargada de metralla. En él dijo horrores, no sólo del Gobierno, sino de tu tío Diego también. (A MIGUEL.)

PAULINO.-¡Cómo! ¿Diego Medina, el gobernador que ha hecho esa elección, es tío tuyo?

DON DÁMASO.-Tío carnal por parte de madre.

PAULINO.-No lo sabía.

MIGUEL.-¿Y qué ha hecho mi tío el señor Villena?

DON DÁMASO.-¡Jesús! Le ha puesto como chupa de dómine, llamándole inepto y arbitrario; dando a entender que se ha dejado sobornar por el candidato elegido, que es un banquero muy famoso.

MIGUEL.-Y sin pruebas, ¿cómo se lanzan contra nadie acusaciones de esa índole?

PAULINO.-Pruebas... Pruebas... No parece sino que todo el mundo no está ya harto de saber lo que valen semejantes acusaciones. Cada lunes y cada martes se llaman perros judíos los hombres más serios en política, y luego, como si tal cosa hubiera pasado. Si papá sube al Poder, verás cómo hace a tu tío gobernador de una provincia de primera clase.

DON DÁMASO.-Cuando Villena (Dirigiéndose a MIGUEL.) acabó su discurso, tirios y troyanos aplaudían con frenesí, y todos daban por segura la derrota del Gobierno; pero he aquí a tu padre que se levanta y grita con indignación: «Pido la palabra para defender a un ausente».

PAULINO.-¡Oiga!

MIGUEL.-¡Bien hecho!

DON DÁMASO.-Como por sus opiniones es mirado con prevención, las risas y los murmullos ahogaron su voz en un principio. Al poco rato había logrado subyugar todos los corazones. Que era un excelente jurisconsulto ya lo sabíamos todos, pero ¿cómo creer, a no verlo, que fuese también un gran orador?

MIGUEL.-Para defender a un inocente nunca falta elocuencia a un hombre de bien.

DON DÁMASO.-Te aseguro que, comparados hoy con él Cicerón y Demóstenes, se quedan tamañitos. Pero es el caso que para defender a Diego ha tenido que combatir a Villena, dirigiéndole gravísimos cargos con fuerza de lógica irresistible, acusándole a voz en grito de mentiroso y calumniador.

PAULINO.-¿De veras?

DON DÁMASO.-Su padre de usted (Dirigiéndose a PAULINO.) cegó y no vio, y con general asombro y disgusto, dijo de don Fabián improperios tales, como acaso nunca se habrán oído en aquel lugar. Todo fue entonces en la Cámara espantosa gritería, y dar manotadas al aire, y querer andar a la greña. Pudo, al fin, el presidente hacer que se procediera a votar, y luego, sin mirar en barras, levantó la sesión.

PAULINO.-Pero, ¿quien ha ganado?

DON DÁMASO.-El Gobierno (Levantándose.), por ciento cincuenta y dos votos contra cuarenta y uno: como que no sólo ha votado con él toda la mayoría, sino también parte de la oposición.

PAULINO.-¡Qué infamia!

DON DÁMASO.-Yo, al ver salir del salón a Villena hecho un energúmeno, temiendo que se encontrase con el otro, salí también corriendo de la tribuna. Por más que he mirado y remirado en salas y pasillos, a ninguno de los dos he podido echar la vista encima.

PAULINO.-Miguel, mucho me temo que tu padre va a tener que reñir con el mío.

MIGUEL.-Dios no lo quiera.

DON DÁMASO.-A eso vengo: a procurar que este negocio se arregle de la mejor manera posible. García es el más ofendido. A él le toca, por consiguiente, desafiar a su padre de usted. Si no lo hace...

PAULINO.-Entonces mi padre le desafiará a él.

MIGUEL.-Parece que te gozas en augurar males.

DON DÁMASO.-Entre todos le impediremos tomar tan descabellada resolución.

PAULINO.-Ya ve usted si yo sentiré... Pero cuando una cosa no tiene remedio...

MIGUEL.-Otras de mayor entidad se han remediado con la ayuda de Dios.

PAULINO.-No empieces a diosear, y convéncete de que ni tu padre, por impecable que sea, ni el mío, que es todo un caballero, querrán dejar impune el agravio que mutuamente se han inferido. Un agravio que llegará a noticia de toda España, ¡de toda Europa!...

MIGUEL.-(En tono de reconvención.) ¡Paulino!

DON DÁMASO.-(El niño es tan fiero como el papá.)

PAULINO.-De otro modo, ninguno de los dos quedaría bien.

DON DÁMASO.-¡Y vaya si queda uno bien con la cabeza rota o una pierna menos!

PAULINO.-Muy prudente se va usted volviendo, don Dámaso.

DON DÁMASO.-Y con eso, ¿qué quiere usted darme a entender?

PAULINO.-Nada, que es usted muy prudente.

DON DÁMASO.-Niño, niño... Cuidadito con subírseme a las barbas. Yo tengo hechas mis pruebas.

PAULINO.-Ya lo sé, y por lo mismo no hallo explicación satisfactoria a la conducta que se propone usted observar en tan grave negocio. De éste nada me sorprende. Es lego en materia de honor, y creo que, en vez de sangre, circula por sus venas horchata de chufas.

MIGUEL.-Di cuanto quieras. Tu ceguedad y tu petulancia me dan compasión.

PAULINO.-Hola, que ya hace pinitos el nene. Riámosle la gracia.

MIGUEL.-No es hora de reír para un hijo la hora que puede ser funesta para su padre.

Escena IV

DICHOS, DON LORENZO y AGUILAR.

(Entran hablando acaloradamente por la puerta del foro.)

DON LORENZO.-Desde que soy representante de la nación no me he llevado un chasco igual.

AGUILAR.-Ni yo desde que empecé a escribir de política.

DON LORENZO.-Y es indudable que el Gobierno estará más envalentonado que nunca. Señores... (Saludando a los demás.)

DON DÁMASO.-¿Vienen ustedes del Congreso?

AGUILAR.-Sí, señor.

PAULINO.-¿Y mi papá?

DON LORENZO.-Allí quedaba todavía. Verá usted como al fin disuelven las Cortes. (A AGUILAR.)

AGUILAR.-Me consta que el ministro de la Gobernación, en un arranque de entusiasmo, ha ofrecido matar mi periódico antes de veinte días. ¡Qué iniquidad! ¡Hollar los santos derechos del cuarto poder del Estado! ¡Oponerse a la libre emisión del pensamiento! No importa: antes morir que renunciar a mi autonomía.

DON DÁMASO.-(Y el muy botarate no tiene más autonomía que la autonosuya de Villena.)

DON LORENZO.-¿Creerán ustedes que el Gabinete ha llevado su audacia hasta el extremo de ofrecerme una dirección general porque votase el acta?

DON DÁMASO.-(Villena le había ofrecido una embajada porque no la votase.)

DON LORENZO.-¡Destinitos a mí!

AGUILAR.-El tal García tiene la culpa de todo lo que sucede.

DON LORENZO.-En sacando las uñas uno de esos beatos, ¡ya, ya!

AGUILAR.-¡Buena paliza le pienso dar en el periódico!

DON LORENZO.-Pues yo, en mi discurso de mañana, le he de sacar a la vergüenza.

AGUILAR.-Quizá tengamos que contentarnos con cantarle un responso. Villena es muy capaz de enviarle mañana a tomar chocolate en el otro mundo, cosa que a un bendito como él, no podrá menos de agradarle.

DON LORENZO.-Recelo que no sea hombre de armas tomar.

AGUILAR.-Un cobarde, será de fijo; pero al reptil que huye después de haber hincado el diente...

MIGUEL.-(Muy conmovido.) Señores, la persona de quien están usted es hablando es mi padre.

AGUILAR.-¡Ah!...

DON LORENZO.-No sabíamos...

MIGUEL.-Mi padre, a quien seguramente ustedes no conocen bien. Los que bien le conozcan, por fuerza le han de tener respeto, si por ventura no son incapaces de rendir culto a la virtud. (Vase por la puerta del foro.)

Escena V

DON DÁMASO, PAULINO, DON LORENZO y AGUILAR.

AGUILAR.-Hay que disculparle. Demasiado prudente ha sido.

DON LORENZO.-Con todo, ese tonito, esa reticencia, esa manera de mirarnos...

AGUILAR.-Es verdad: nos ha mirado de cierta manera...

DON LORENZO.-Pues yo no puedo consentir que se me mire de cierta manera.

AGUILAR.-Ni yo tampoco; y si a usted le parece que estamos en el caso de exigir una reparación a ese caballerito...

DON LORENZO.-Sí, señor; vamos a exigírsela.

PAULINO.-Perderán ustedes el tiempo. Miguel es tan cobarde como su padre.

DON DÁMASO.-Están ustedes (Colocándose entre AGUILAR y DON LORENZO.) en un error: el señor García no tiene nada de cobarde. Pero ello es que tal vez repugne el batirse, porque su modo de pensar, sus principios religiosos...

AGUILAR.-Pura farsa, don Dámaso. Los devotos del siglo diecinueve son todos hipócritas.

DON DÁMASO.-¿Por qué no ha de haber en este siglo devoción verdadera?

AGUILAR.-Porque ya, con el vuelo que han tomado los conocimientos filosóficos, únicamente las mujeres y los patanes pueden creer de buena fe ciertas cosas.

DON DÁMASO.-(¡Qué bárbaro!)

DON LORENZO.-Desengáñese usted; todo es posible en este país, donde quedan aún tantos resabios de la educación frailuna que han recibido.

AGUILAR.-Ciertamente que todavía hay mucho atraso en esta pobre España.

PAULINO.-Vergüenza, da ser español.

DON DÁMASO.-Sí, con efecto..., el progreso..., la civilización... (¡Dios me perdone!) Pero vamos a ver: si García no reta al señor Villena, yo creo que el negocio queda terminado.

DON LORENZO.-¡Oh! No, señor; de ninguna manera.

AGUILAR.-Eso quisiera él.

PAULINO.-¿Lo está usted viendo?

AGUILAR.-Hay que cortarle la lengua para que no hable más en su vida. Él tiene la culpa de que el Gobierno haya ganado la votación.

DON LORENZO.-Villena sería indigno de alternar con gente bien nacida si no procurase reparar la afrenta que se le ha hecho.

PAULINO.-¡Oh! No hay cuidado; mi papá se porta siempre como quien es.

DON DÁMASO.-(Y el diablo se lo agradece mucho.)

DON LORENZO.-Sin duda con la intención de que le apadrinemos en el desafío nos ha rogado que vengamos a esperarle aquí.

DON DÁMASO.-Pues yo insisto en que debería darse por satisfecho si García, que es el más ofendido, no le provoca.

AGUILAR.-No es García el más ofendido, sino Villena.

DON LORENZO.-Seguramente.

DON DÁMASO.-¿Están ustedes locos?

AGUILAR.-No, señor; las ofensas tienen mayor o menor gravedad, según vale más o menos la persona que las recibe.

DON DÁMASO.-Eso no deja de ser una tontería.

AGUILAR.-¿Cómo tontería?

DON LORENZO.-¿Qué ha dicho usted?

DON DÁMASO.-Digo que en este asunto no saben ustedes lo que se pescan.

AGUILAR.-Señor mío, yo no tolero que nadie me dé (Con tono agresivo y muy altanero.) lecciones en materia de honor.

DON LORENZO.-Caballero, yo no sufro impertinencias de esa índole.

DON DÁMASO.-(Turbado.) Estábamos hablando con la confianza de amigos... No creo haber dado motivo para que ustedes se incomoden.

AGUILAR.-(Tiene miedo.)

DON LORENZO.-(Se turba.)

AGUILAR.-Pues sepa usted que nos hemos incomodado.

DON LORENZO.-¡Y muy de veras!

AGUILAR.-¡Y si usted lo lleva a mal!...

DON LORENZO.-¡Justo; si usted lo lleva a mal...!

PAULINO.-Señores..., señores...

DON DÁMASO.-(¡Tonto de mí!) ¡Pues sí, señores (Con afectada energía y aire amenazador.): lo llevo a mal, muy a mal! Cuando un hombre tiene hechas sus pruebas, puede ser prudente sin temor de que se le tache de cobarde. Y yo tengo hechas mis pruebas, señor don Lorenzo. (Dirigiéndose a él.) Yo tengo hechas mis pruebas, señor Aguilar. (Volviéndose hacia AGUILAR.) ¡Pero ya que ustedes se empeñan en sacarme de mis casillas!...

PAULINO.-(Procurando apaciguarlo.) Don Dámaso...

DON DÁMASO.-Estoy a las órdenes de ustedes. Veremos quién lleva el gato al agua.

AGUILAR.-(¡Malo; esto se enreda!)

DON LORENZO.-(¡Caramba con el hombre!)

AGUILAR.-¿Saben ustedes lo que digo?

DON LORENZO.-¿Qué?

AGUILAR.-Que los tres tenemos un geniecito de mil demonios.

DON LORENZO.-Por una bicoca ya empezábamos a perder los estribos.

PAULINO.-Con efecto; no veo razón para que ustedes...

DON DÁMASO.-¡Venirme a mí con fieros, a mí que soy una pólvora, a mí que en seguidita me subo a la parra!...

AGUILAR.-(¡Vaya un nene!)

DON LORENZO.-Ea, señor don Dámaso, esto se acabó.

AGUILAR.-Ahí va mi mano.

DON LORENZO.-Y la mía. (Alargando ambos las manos a DON DÁMASO.)

DON DÁMASO.-A generoso nadie me gana. ¡Señor don Lorenzo, señor Aguilar! (Estrechando primero la mano del uno y luego la del otro.)

AGUILAR.-¡Con cuánta facilidad se arreglan estas cosas entre hombres como nosotros! (Si no recojo velas...)

DON LORENZO.-¿Quién lo duda? ¡Entre hombres como nosotros!... (Si no ando listo...)

DON DÁMASO.-Pues claro: ¡entre hombres!... (Si no les hablo gordo, me luzco.)

PAULINO.-Ya tenemos aquí a papá. (Mirando hacia la puerta del foro.)

Escena VI

DICHOS y VILLENA.

VILLENA.-Dispénsenme ustedes la tardanza.

DON LORENZO.-Sabe usted que estamos a sus órdenes.

PAULINO.-(¡Qué pálido viene!)

VILLENA.-He hablado con el señor García.

AGUILAR.-¿Dónde?

VILLENA.-En la puerta de esta casa. Vive en el cuarto segundo.

DON LORENZO.-¿Y qué?

VILLENA.-Ese hombre no tiene asomo de pundonor.

PAULINO.-Como todos los de su calaña.

VILLENA.-Lo he dicho que me venía a casa con el objeto de esperar en ella a sus padrinos, y me ha contestado que los esperaría inútilmente porque no pensaba enviármelos.

PAULINO.-Y al oír eso, ¿qué has hecho tú?

VILLENA.-Insultarle cuanto es posible insultar a un hombre. Por un momento pareció que se irritaba y que a, su vez iba a denostarme; pero de pronto bajó la cabeza, y sin pronunciar una sola palabra empezó a subir pausadamente la escalera.

PAULINO.-Habérsela hecho rodar.

VILLENA.-¿Quieren ustedes dispensarme el favor de encargarse de arreglar este asunto?

AGUILAR.-Con mil amores.

DON LORENZO.-Para estas ocasiones son los amigos.

VILLENA.-Ustedes han presenciado el agravio; nada les tengo que decir.

AGUILAR.-Nada absolutamente.

VILLENA.-Entonces ruego a ustedes que vayan a desafiarle en seguida.

AGUILAR.-Cerca le tenemos. (Yendo al foro y tomando el sombrero, que habrá dejado encima de una silla.)

DON LORENZO.-Vamos allá. (Tomando su sombrero de encima del velador.)

VILLENA.-Desearía que el duelo se verificase mañana mismo.

AGUILAR.-Pues claro está: mañana.

DON DÁMASO.-(¡Qué prisa tiene el condenado!)

VILLENA.-Por mi parte sólo pongo una condición: que el duelo sea a muerte.

AGUILAR.-Confíe usted en nosotros.

DON LORENZO.-El asunto quizá no pueda arreglarse de otra manera.

DON DÁMASO.-(¡Famoso arreglo, por mi vida!)

VILLENA.-Excuso decir que en todo lo demás pueden ustedes obrar como lo crean más oportuno. Hasta luego, señores, hasta luego.

DON LORENZO.-Pronto daremos la vuelta. (Retirándose.)

VILLENA.-Cuidado, que ha de ser mañana.

AGUILAR.-Está bien. (Deteniéndose.)

VILLENA.-Mañana, y a muerte.

DON LORENZO.-Cumpliremos con nuestro deber.

(Vanse por la puerta del foro. VILLENA se sienta en una butaca, dando muestras de reconcentrado furor.)

Escena VII

VILLENA, DON DÁMASO y PAULINO.

DON DÁMASO.-(Acercándose a VILLENA.) ¿Con que ese lance se ha de llevar a cabo?

VILLENA.-(Sin prestarle atención.) Sí.

PAULINO.-Increíble parece que don Fabián haya tenido la audacia de llamarte calumniador.

VILLENA.-Creo que no estaba en su sano juicio.

DON DÁMASO.-Por eso no debería usted dar al suceso tanta importancia.

PAULINO.-El loco por la pena es cuerdo.

VILLENA.-No se canse usted, don Dámaso: yo he de escarmentar al insolente que me ha ultrajado.

DON DÁMASO.- (¿Quién amansa a esta fiera?) Ya antes he dicho a esos señores que tal vez García no quiera batirse.

VILLENA.-¡No ha de querer! Pues qué, ¿no hay más que ultrajar públicamente a un hombre y luego empeñarse en esquivar las consecuencias naturales de semejante falta? ¡Y vea usted quién es el ofensor y quién el ofendido! Esta consideración me exaspera tanto como la misma injuria. Un ente ridículo y despreciable, que ni a mirarme cara a cara hubiera debido atreverse nunca. No sé cómo pude contenerme, cómo no me fui a él y allí mismo... ¡Vaya si se batirá!

DON DÁMASO.-Después de la ira viene la templanza, y cuando usted se haya tranquilizado...

VILLENA.-Mire usted, don Dámaso, no hay cosa más necia ni más inútil que dar consejo al que no le pide. Con que déjeme usted en paz.

PAULINO.-(¡Tómate ésa!)

DON DÁMASO.-Señor don Pedro, usted me insulta.

VILLENA.-Dispénseme usted. La situación en que me hallo...

DON DÁMASO.-No ignora usted que tengo hechas mis pruebas.

VILLENA. -(¡Qué pesadez!)

DON DÁMASO.-Y si no mirara que en este momento no puede usted disponer de sí mismo...

VILLENA.-(Con ira, dando un golpe con la mano en un brazo de la butaca.) ¿Qué?

DON DÁMASO.-Nada. ¡El mundo sabe quién soy yo; tengo hechas mis pruebas! (Vase por el foro con aire altanero.)

Escena VIII

VILLENA y PAULINO.

PAULINO.-Habrás pasado un mal rato, ¿verdad? (Encendiendo un cigarro puro y sentándose en una butaca.)

VILLENA.-El peor de mi vida. (Levantándose.) Aún me parece estar soñando... El tal don Fabián... (Paseándose por la escena.) Fíese usted en apariencias. Nunca me vi combatido de tal suerte, nunca. Todos los diputados, los más ilustres, los más entendidos, los más díscolos y procaces, todos guardaban siempre conmigo las mayores consideraciones. Hasta la prensa periódica engalanaba sus dardos con flores para asestarlos contra mí. Y hoy, un cualquiera..., un pazguato..., un miserable, objeto de burla y de ludibrio en toda la Cámara, sin ambages, sin vacilar, con verbosidad increíble, con pasmosa energía, animado de no sé qué infernal estímulo, se levanta y me contradice, y me acusa y me hostiga con sus argumentos, y me anonada con sus imprecaciones, y por un instante me hace bajar los ojos al suelo, mudo de espanto, ciego de ira, cárdeno el rostro de vergüenza. Y, claro está, mis enemigos..., mis amigos también -¡qué linda amistad la de los amigos políticos!- todos le aplauden a él con entusiasmo, y acogen luego mis palabras con risas de mofa y gritos de indignación. ¿A quién no alegra ver quitar de en medio a quien le hace sombra?... Esos cobardes callaban antes, o murmuraban recatadamente cuando más. Ya uno ha dado la señal de acometida; ya otro ha tirado al ídolo la primera piedra. Ahora todos querrán hacerle pedazos. Y ¿cuándo me veo tan rudamente acometido? ¿Cuándo me veo -a qué negarlo- vencido, humillado, sin crédito, sin honra? Cuando precisamente acababa de alcanzar el mayor de mis triunfos; cuando ya estaba alargando la mano para coger el fruto de años enteros de lucha, de afanes y sacrificios. Sí, no hay duda; el Gobierno hubiera perdido la votación, se hubiera retirado..., y yo, yo acaso mañana... ¡Oh, mañana mataré a ese hombre o él me matará a mí!

PAULINO.-Sosiégate (Levantándose y acercándose a su padre con los quevedos puestos.), y no digas sandeces. Don Fabián no habrá tomado nunca un arma en la mano. Sea cualquiera la que elijan, la ventaja estará de tu parte. Con el sable podrás degollarle como a un borrego, ensartarle con el florete como a un pollo en el asador; con la pistola..., ¡oh!, con la pistola, tú, que a veinticinco pasos, metes la bala por el gollete de una botella, bien podrás metérsela a ese cazurro por un ojo.

VILLENA.-Pero ¿y si se obstina en no batirse?

PAULINO.-Mejor. Cantará la palinodia, te dará explicaciones...

VILLENA.-¡Explicaciones! Si yo no quiero explicaciones: si lo que quiero es su sangre. Si no pudiera reñir con él, creo que le asesinaría.

PAULINO.-¿Eh?, vamos, tranquilízate.

VILLENA.-Por amortiguado que esté en su alma el sentimiento del honor, no podrá soportar ciertos insultos ¡Pero así se dilatará la hora de mi venganza! ¡Oh, cuánto tardan esos señores!... ¿Han llamado? Sí; ellos serán.

PAULINO.-No. (Poniéndose los quevedos. y asomándose a la puerta del foro.) Es una sola persona, y el criado la detiene en la puerta.

VILLENA.-Mira quién es. (PAULINO se va por la puerta del foro.) Me abraso de impaciencia. La gente del pueblo, en estos casos, es más racional que nosotros. No sujeta a reglas la venganza, ni espera a castigar las injurias con ira trasnochada.

PAULINO.-(Entrando por la puerta del foro.) Una visita inesperada, papá.

VILLENA.-¿Quién?

PAULINO.-Medina.

VILLENA.-¿Qué Medina?

PAULINO.-El gobernador, Diego Medina.

VILLENA.-¡Cómo! ¿Está en Madrid?

PAULINO.-Por lo visto. Vendrá de mano armada.

VILLENA. -Que entre.

PAULINO.-Ahí está.

VILLENA. -Déjanos.

PAULINO.-Va a ser preciso emprenderla a palos con esta gentecilla. (Vase por la puerta de la izquierda.)

Escena IX

VILLENA y MEDINA.

MEDINA.-Perdone usted, señor de Villena, que ose venir aquí en traje de camino, sin tener el honor de que usted me conozca.

VILLENA.-(Vamos, éste es moro de paz.) Sírvase usted tomar asiento.

MEDINA.-Gracias. (Sentándose. VILLENA se sienta a su lado.) Voy a explicar a usted, en dos palabras, el objeto de mi visita.

VILLENA.-Como usted guste.

MEDINA.-Con el fin de dar al Gobierno de viva voz algunas explicaciones acerca de esa malhadada elección, que tanto escándalo promueve, he tenido que abandonar mi ínsula Barataria y tomar el camino de la villa y corte de Madrid, adonde acabo de llegar en este momento. Hay personas, como usted sabe, que se despepitan por dar una mala noticia, y no bien me hube apeado del coche en la calle de Alcalá, tropecé con un alma caritativa, que me ha contado ce por be todo lo ocurrido hoy en el Congreso.

VILLENA.-(¡Qué tono!)

MEDINA.-Pues, señor, sintiendo yo, como era natural, gran deseo de conocer menudamente la misa de honras que en el templo de la Representación nacional se me había cantado, dije para mi capote..., o para mi chaquet, es igual: ¿Quién ha de poder referirme con fidelidad mayor lo que de mí se ha dicho en el consabido templo que el mismo que lo ha dicho? Y seguro de que usted, a fuer de atento y bondadoso, no había de negarme el primer favor que le pidiera, aquí me he venido a rogarle humildísimamente que, sin reparar en lo nuevo y peregrino del caso, tenga la dignación de contestarme a breves preguntas que pienso dirigirle.

VILLENA.-Donosa es la ocurrencia, a fe mía.

MEDINA.-Soy muy extravagante, y mi proceder en esta ocasión no merece disculpa; lo conozco, lo confieso. Usted dirá si me permite o no hacerle esas preguntas.

VILLENA.-Hable usted.

MEDINA.-¿Es verdad que me ha tachado usted de inepto?

VILLENA.-Sí, señor.

MEDINA.-Pase. Dan algunos en tener tanto entendimiento, que para otros no queda nada. ¿Y de arbitrario?

VILLENA. -Sí, señor.

MEDINA.-Pase también. Eso no probaría, en último extremo, sino que yo había hecho mi gusto. ¿Y de venal?

VILLENA.-Sí, señor.

MEDINA.-Esto sí que no puede pasar. Más vale ser bueno que parecerlo; pero más vale aún serlo y parecerlo juntamente. Y como hoy en el mundo sólo se tiene respeto a la fuerza, por medio de la fuerza me he propuesto yo ser respetable. Así, pues, doy a usted las gracias por la suma benevolencia con que ha satisfecho mi impertinente curiosidad, y espero que se digne coronar su obra dispensándome el honor de romperse el alma conmigo. (Levantándose.)

VILLENA. -(Levantándose también.) ¡Caballero!

MEDINA. -Perdóneme usted. La viveza de mi genio no me consiente hacer las cosas en debida forma. Enviaré a usted mis padrinos.

VILLENA.-Excúsese usted esa molestia.

MEDINA.-¿Cómo?

VILLENA.-Tengo un lance pendiente con otra persona.

MEDINA.-¡Fatal contratiempo! ¿Hay inconveniente en que yo sepa su nombre?

VILLENA.-Ninguno; esa persona es la que le ha defendido a usted en el Congreso.

MEDINA. -¡Qué oigo! ¿Mi cuñado Fabián?

VILLENA. -El mismo.

MEDINA.-Supongo que el reto no partirá de él, sino de usted.

VILLENA.-Precisamente.

MEDINA. -Riña usted primero conmigo. Se lo ruego con toda formalidad. El señor don Fabián García peca tal vez por exceso de virtud, y en mí, sin que esto sea alabarme, tendría usted más digno adversario.

VILLENA.-Mucho lo siento, caballero; pero un negocio urgente...

MEDINA.-Conozco haber dado lugar a que usted me despida, y no abusaré por más tiempo de su bondad. Corro a tomar nuevos informes del suceso. Mi cuñado reñirá con usted si el honor así lo reclama. Pero luego -no hay que olvidarlo-, luego me tocará a mí la vez. Me ha calumniado usted ante España entera. Quieren unos que se perdone al calumniador; otros, que se le desprecie; otros, que, a ser humanamente posible, se le mate; así opino yo. Beso a usted la mano. (Saluda, y se va por la puerta del foro.)

Escena X

VILLENA y PAULINO.

VILLENA.-¡Oh, primero el uno; después, el otro!

PAULINO.-¿Venía a desafiarte?

VILLENA.-Sí.

PAULINO.-¿Y qué?

VILLENA.-Le he dicho lo que ocurre.

PAULINO.-Entiéndete con García; yo me entenderé con el señor gobernador.

VILLENA.-¿Estás en tu juicio? Parecería que trataba de poner a salvo mi vida arriesgando la tuya. Ni por casualidad se te vuelva a ocurrir semejante desatino. Desde que perdí a tu madre eres tú el único ser a quien amo, y ya sabes que sólo te tengo prohibida una cosa. No, hijo mío; no me des nunca el sentimiento de verte herido..., de verte acaso...

PAULINO.-Vamos, vamos, no te pongas sensible, y repara que estás haciendo el diablo predicador. Bien comprendo que ahora no me toca a mí; pero, francamente, eso de que tú riñas con dos me parece broma pesada.

VILLENA.-Cuando haya escarmentado al uno, será fácil que el otro se venga a buenas. A mí del tal Medina, ¿qué se me importa? A don Fabián, a esa mosquita muerta, es al que yo quiero dar una estocada o un balazo. Ni sé cómo podré esperar hasta mañana para satisfacer mi coraje. ¡De aquí a mañana, qué vida tan insoportable la mía!

PAULINO.-Domina esa impaciencia. Los hombres, en tales casos, han de tener aplomo y serenidad.

VILLENA. -¿Si pensarán mis señores padrinos estarse arriba de conversación hasta el año que viene? ¿Qué apostamos a que subo yo mismo?... (Dirigiéndose al foro.)

PAULINO.-(Deteniéndole.) Detente. ¡Qué locura!

VILLENA.-(Mirando hacia dentro por la puerta del foro.) ¡Ah, sí; ahora sí que deben ser ellos!

Escena XI

DICHOS, varios CABALLEROS, y a poco, AGUILAR y DON LORENZO.

CABALLERO 1.º.-Nos hemos encontrado a la puerta con don Lorenzo y Aguilar...

CABALLERO 2.º.-Sabemos que insiste usted en batirse con García.

CABALLERO 1.º.-Es muy doloroso; pero...

CABALLERO 2.º.-Ciertamente; hay ocasiones...

CABALLERO 1.º.-A los amigos debe decírseles la verdad. Hace usted bien, muy bien. (Qué bueno que los dos se mataran.) (Restregándose las manos.)

VILLENA.- ¡Ah, por fin! (Viendo entrar a DON LORENZO y AGUILAR.) ¿Qué tenemos? (Yendo hacia ellos.)

AGUILAR.-Nada entre dos platos.

VILLENA.-¿Cómo nada?

AGUILAR.-Figúrense ustedes (Bajando al proscenio con VILLENA y DON LORENZO.) que empezamos por encontrarnos en la escalera a la mujer de García, que estaba comprando tomates.

CABALLERO 1.º.-Costumbres primitivas.

DON LORENZO.-¡Es una gentuza!

PAULINO.-¡Mire usted qué decoro para la esposa de un diputado!

DON LORENZO.-En el recibimiento tienen un Ecce-Homo de talla, con un farolillo encendido.

PAULINO.-Le conozco. Una escultura detestable. Un mamarracho.

CABALLERO 2.º.-¡Qué cosa de tan mal gusto!

AGUILAR.-Esos santurrones se han empeñado en buscarle tres pies al gato.

VILLENA. -Pero ¿qué ha dicho García, qué ha dicho?

AGUILAR.-Cuando el pobre supo el objeto de nuestra visita, se puso amarillo, verde, colorado...

DON LORENZO.-En su cara hemos visto todos los colores del arco iris.

AGUILAR.-Luego nos pidió por Dios y por todos los santos que hablásemos quedo, para que su mujer y su hijo no se enterasen.

DON LORENZO.-¿Si le darán azotes entre los dos?

VILLENA.-Pero, en fin, ¿acepta el desafío?

AGUILAR.-¡Ca!, no, señor; no lo acepta.

VILLENA. -¿Con que no? ¡Villano!

PAULINO.-¡Era de esperar!

CABALLERO l.º.-¡Qué cobardía!

AGUILAR.-¡Qué indecencia!

DON LORENZO.-En vista de su negativa, le exigimos una retractación formal, y tampoco a eso accede.

AGUILAR.-Jurando y perjurando que su cuñado es inocente, que usted es un calumniador y que no puede volverse atrás de lo dicho.

VILLENA.-Ya lo oyen ustedes, señores. Ese hombre quiere acabar con mi razón.

PAULINO.-Es preciso llevarle al duelo, aunque sea arrastrando.

TODOS.-Sí, sí.

VILLENA.-Pero ¿qué razón da para no batirse?

PAULINO.-Cualquier majadería.

VILLENA.-¿Qué razón da? Sepamos.

DON LORENZO.-Que si él muriese en duelo, sería viuda su mujer y huérfano su hijo.

PAULINO.-Pues una razón de pie de banco.

CABALLERO 1.º.-¡Magnífica perogrullada!

AGUILAR.-Pero añadió que aún tenía otro motivo más poderoso. ¡Y ahora entra lo bueno!

VILLENA.-¿Qué motivo?

PAULINO.-A ver.

CABALLEROS.-¿Cuál, cuál?

AGUILAR.-Nos dijo muy serio... No hay que tomarlo a broma. ¡Nos dijo muy serio que el quinto es no matar! (Con énfasis cómico.)

TODOS, menos VILLENA.-(Soltando ruidosas carcajadas.) ¡Ja, ja, ja!

VILLENA.-(Con ira, sentándose cerca del velador y empezando a escribir.) ¡Oh, yo le obligaré a batirse, yo le obligaré!

PAULINO.-El quinto, ¿eh?

TODOS, menos VILLENA.-¡Ja, ja, ja!

FIN DEL ACTO PRIMERO

Acto segundo

Despacho modestamente amueblado en casa de Don Fabián. Mesa de escribir a la izquierda. Un velador a la derecha. Puerta en el foro y otras laterales.

Escena primera

DON FABIÁN y DOÑA CANDELARIA.

DON FABIÁN, escribiendo en la mesa; DOÑA CANDELARIA, cosiendo cerca del velador. Al poco rato, DON FABIÁN deja de escribir y se queda meditando.

DOÑA CANDELARIA.-¿Qué haces? ¿No escribes?

DON FABIÁN.-(Volviendo a escribir.) Sí, mujer, sí.

DOÑA CANDELARIA.-Como dijiste ayer que ese alegato corría mucha prisa.

DON FABIÁN.-Sí; con efecto.

DOÑA CANDELARIA.-¿Tienes algo? Me parece que estás distraído.

DON FABIÁN.-¿Yo, hija mía? No. ¿Qué quieres que tenga?

DOÑA CANDELARIA.-¡Qué sé yo! Algún disgusto.

DON FABIÁN.-¡Ca! Nada de eso. (Haciendo esfuerzos por aparentar alegría.) Al contrario, estoy muy alegre.

DOÑA CANDELARIA.-¡Bah, bah! ¡Si querrás tú comulgarme a mí con ruedas de molino! ¡Bueno fuera que, al cabo de veintisiete años de matrimonio, no supiese una adivinar los pensamientos de su marido! ¡Cómo cambian los tiempos, señor don Fabián! Antes no podía usted ocultarme nada; pero desde que hemos venido a este pícaro Madrid se me va usted haciendo reservadillo. Ya se ve: ¡lo malo se pega con tanta facilidad!

DON FABIÁN.-Pero si te digo que no tengo nada.

DOÑA CANDELARIA.-Afortunadamente, aún no has aprendido a disimular. (Levantándose y acercándose a DON FABIÁN con inquietud.) ¿Será que no te sientes bueno?

DON FABIÁN.-A Dios gracias, gozo de completa salud.

DOÑA CANDELARIA.-(Tocándole la frente y las manos.) A ver, a ver.

DON FABIÁN.-Si estuviese malo, ¿no lo diría yo?

DOÑA CANDELARIA.-No, señor; no lo diría usted. Y en esto siempre has sido lo mismo. Hasta que el mal te rinde, nunca das tu brazo a torcer; y aun estando a la muerte, como sucedió el año pasado, ni por casualidad abres el pico para quejarte. Bien parece que las personas sean sufridas; pero tanto se peca por carta de más como por carta de menos.

DON FABIÁN.-Pues mira, Candelaria; si yo soy así, de ti lo he aprendido.

DOÑA CANDELARIA.-¡Jesús, qué embuste! ¿Hay mujer en el mundo más quejumbrosa que yo?

DON FABIÁN.-Sí; publicas los males pequeños y callas los grandes.

DOÑA CANDELARIA.-Déjame en paz. (Volviendo a sentarse y tomando la labor.) En fin, lo principal es que no estés malo. En el disgusto que te aflige bien quisiera tener alguna participación; pero cuando tú me lo ocultas, sus razones habrá para ello.

DON FABIÁN.-En poniéndosele a una mujer alguna cosa entre ceja y ceja...

DOÑA CANDELARIA.-Casi siempre tiene razón. En querer engañarme, en eso es en lo que no haces bien. No se hable más del asunto.

DON FABIÁN.-(¡Qué penoso es fingir!)

(Pausa.)

DOÑA CANDELARIA.-¿No se ha dicho estos días que el Gobierno piensa disolver las Cortes?

DON FABIÁN.-Se ha dicho; pero todavía nada hay resuelto.

DOÑA CANDELARIA.-¡Ay, ojalá que las disuelva pronto! No veo el instante de echar a correr. Y ya sabes que me has ofrecido no volver a ser diputado.

DON FABIÁN.-Te lo he ofrecido, y te lo cumpliré. Una y no más, señor San Blas.

DOÑA CANDELARIA.-

Ya es viejo Pedro para cabrero. Estaba una hecha a vivir en paz octaviana, y aquí hasta los dedos se me antojan huéspedes. No ceso de temblar por ti y por Miguel. Por Miguel, sobre todo, que, como muchacho, corre peligro de perderse con las malas compañías y los malos ejemplos. Hoy apenas le he visto. ¿Qué hará tanto tiempo encerrado en su cuarto? (Tira del cordón de la campanilla.) Es gran lástima haber criado con esmero una flor en cerrada estufa, y luego verla expuesta al soplo de vientos desencadenados. ¡Bernabé! ¡Bernabé! (Gritando y tirando otra vez del cordón de la campanilla.) Miguel es muy bueno -¡bendito Dios!-; pero ¿cómo podrá resistir el contagio de la epidemia que hay en este Madrid? ¿Conservará ileso el pobre su corazón, en medio de esa juventud alborotada y descreída, en quien se gasta el alma antes que el cuerpo haya acabado de crecer? Nada, mi señor don Fabián:

Belchite, Belchite quiero:

la corte no es para mí.

Pero ¿se habrá vuelto sordo este hombre? (Tira otra vez del cordón de la campanilla.)


Escena II

DICHOS y BERNABÉ, que entra por la puerta del foro.

DOÑA CANDELARIA.-¿Dónde está usted metido?

BERNABÉ.-Estaba... ahí..., en la escalera.

DOÑA CANDELARIA.-Y ¿qué hacía usted en la escalera?

BERNABÉ.-¡Toma!... Me llamó el muchacho del cuarto principal.

DOÑA CANDELARIA.-¿Para qué?

BERNABÉ.-Para hablar de política.

DON FABIÁN.-(¿Se habrán enterado?...)

DOÑA CANDELARIA.-¿De política? ¿Usted hablar de política?

BERNABÉ.-Sí, señora; también yo tengo mi opinión, y...

DOÑA CANDELARIA.-No me venga usted a mí con solfas. Ya sabe usted que no quiero tertulias en la escalera.

BERNABÉ.-¿Qué hay en eso de malo?

DOÑA CANDELARIA.-Pocas palabras.

BERNABÉ.-Pues ¿para qué quiere uno la lengua?

DON FABIÁN.-¡Insolente!

DOÑA CANDELARIA.-(Aparte a su marido.) Déjale tú.

BERNABÉ.-(Mirando a DON FABIÁN.) (No sé cómo no se muere de vergüenza.)

DOÑA CANDELARIA.-Nunca le había notado a usted la gracia de ser respondón.

BERNABÉ.-A veces...

DOÑA CANDELARIA.-(También a éste le pasa algo.) ¿Dónde está el señorito?

BERNABÉ.-En su cuarto.

DOÑA CANDELARIA.-Dígale usted que venga aquí.

BERNABÉ.-(¡Tener yo un amo tan santurrón y tan gallina! ¡Yo, que soy más liberal y más valiente que Garibaldi!) (Vase por la puerta de la izquierda de segundo término.)

Escena III

DON FABIÁN y DOÑA CANDELARIA.

DON FABIÁN.-Despide inmediatamente a ese criado.

DOÑA CANDELARIA.-¿Por qué? Su falta no merece tan severo castigo. Se conoce que también para él ha soplado hoy mal aire. Le echaré una buena peluca, y tal vez se corrija.

DON FABIÁN.-(Por más que haga, no podré impedir que lo sepa.)

DOÑA CANDELARIA. -¿Qué rezas entre dientes?

DON FABIÁN.-¿Eh?

DOÑA CANDELARIA.-Ni siquiera me oyes, Fabián. ¡Vaya si estás distraído!

Escena IV

DICHOS y MIGUEL, que entra por la puerta de la izquierda de segundo término.

MIGUEL.-¿Qué quiere usted, madre?

DOÑA CANDELARIA.-Quería que salieses de tu huronera y te vinieses aquí con nosotros. ¿Qué hacías en tu cuarto?

MIGUEL.-Estaba..., estaba leyendo.

DOÑA CANDELARIA.-Cosa muy triste sería, porque traes una cara...

MIGUEL.-No..., sino que... (Oh, mi padre!) (Viéndole.)

DON FABIÁN.-(¿Sabrá también él...?)

DOÑA CANDELARIA.-Pues, señor, esto ya va picando en historia.

MIGUEL.-¿Por qué lo dice usted? (Reprimiéndose y disimulando.)

DOÑA CANDELARIA.-Porque hoy todo el mundo ha pisado mala hierba.

MIGUEL.-No; lo que es yo...

DON FABIÁN.-No, ni yo tampoco; sino que tu madre se empeña en que todos tenemos hoy algo que ocultar.

MIGUEL.-¡Qué aprensión!

DOÑA CANDELARIA.-Un marido puede tener secretos para su mujer: un hijo no debe tenerlos para su madre. Callando tú, estás en tu derecho. Si tú callases, faltarías a tu deber. Habla, ¿qué te sucede?

MIGUEL.-No me sucede nada: ya se lo he dicho a usted.

DOÑA CANDELARIA.-(Con gravedad.) Fabián, haz que tu hijo obedezca a su madre.

DON FABIÁN.-¿Y si no hubiese tal desobediencia?... ¿Si el chico nada tuviera que decir?...

DOÑA CANDELARIA.-¡Ah! (Creyendo adivinar lo que ocurre y observando a DON FABIÁN y MIGUEL, que permanecen callados y sin mirarse el uno al otro.) ¿Has hecho algo malo? (A MIGUEL.) ¿Lo sabe tu padre, y entre los dos queréis ocultármelo a mí? ¿Qué ha hecho? (A DON FABIÁN.)

DON FABIÁN.-¿Él?... Nada... Miguel es incapaz...

DOÑA CANDELARIA.-Ha contraído malas amistades. Y sobre todo la de ese Paulinito Villena, que es una buena alhaja. Vamos a ver: ¿qué has hecho? Confiésame tu falta, hijo, confiésamela. (Con dulzura.)

MIGUEL.-Pero si yo... Padre le dirá a usted...

DOÑA CANDELARIA. -(Ni se atreve a mirarle.) Miguel, anda y besa la mano a tu padre.

MIGUEL.-¡Oh, sí, señora!

(MIGUEL se acerca a su padre y le besa la diestra. DON FABIÁN le coge la cabeza con ambas manos, y al besarle en la frente con mucha ternura se le saltan las lágrimas.)

DOÑA CANDELARIA.-Fabián, se te han saltado las lágrimas. ¿Qué es esto?

DON FABIÁN.-¿Qué ha de ser? Que, recelando del muchacho, a él y a mí nos afliges.

DOÑA CANDELARIA.-(¡No sé qué pensar!)

Escena V

DICHOS y DON DÁMASO.

DON DÁMASO.-(En la puerta del foro.) (¡Que siempre ha de estar esta mujer al lado de su marido!) ¿Se puede?...

DOÑA CANDELARIA. -Adelante, don Dámaso. ¿Va bien?

DON DÁMASO.-Grandemente. ¿Y ustedes?

DOÑA CANDELARIA.-Mejor que queremos. Siéntese usted.

DON DÁMASO.-Gracias. (Siéntanse los cuatro.)

DOÑA CANDELARIA. -Cuéntenos usted algo, don Dámaso. ¿Qué hay por esos mundos de Dios?

DON DÁMASO.-Por esos mundos de Dios hay muchos demonios.

DOÑA CANDELARIA. -Mire usted que la gente, de algún tiempo a esta parte, anda desatinada.

DON DÁMASO.-Efectos de la primavera.

DOÑA CANDELARIA.-Robos, asesinatos, desafíos... ¿Se sabe cómo está ese joven que se batió días pasados?

DON DÁMASO.-Creo que sigue bastante mal.

DOÑA CANDELARIA.-¡Pobrecillo! ¿Y tiene madre?

DON DÁMASO.-Sí, señora.

DOÑA CANDELARIA.-¡Pobre madre! Mentira parece que los hombres olviden hasta ese punto lo que se deben a sí mismos, lo que deben a sus semejantes y a Dios.

DON DÁMASO.-Yo lo deploro como usted, pero sin dejar de conocer que el duelo es un mal irremediable, con el cual se eviten acaso otros mayores.

DOÑA CANDELARIA.-Usted siempre el mismo, don Dámaso: siempre con su término medio y su según y conforme, dando a Dios una mano y la otra al demonio.

DON DÁMASO.-Crea usted, señora, que a veces es imposible evitar un lance de honor.

DOÑA CANDELARIA.-Nunca es imposible obrar bien.

DON FABIÁN.-(¡Por mí lo dice!)

MIGUEL.-(¡Lo dice por mi padre!)

DON DÁMASO.-¿Y el honor, amiga mía, y el honor?

DOÑA CANDELARIA.-¿Y qué es honor, amigo mío, qué es honor? No está en lo posible calcular los males que se originan de una sola palabra si llega a ponerse de moda con torcida significación. En nombre del honor mata el amigo a su amigo, el marido a su mujer, la madre a su hijo; en nombre del honor se quita el hombre a sí mismo la vida; no hay crimen que en su nombre no pueda cometerse. Pues dígole a usted que si esto fuera el honor habría que mandarle a paseo.

DON DÁMASO.-Entendámonos. Si un hombre recibe una injuria, ¿debe tolerarla y resignarse a quedar afrentado? ¿Verdad que no, Fabián?

DON FABIÁN.-Yo... Casos puede haber...

DOÑA CANDELARIA.-Calla y no digas un desatino. Entendámonos. Lo que afrenta no es recibir una injuria, sino recibirla mereciéndola. De lo contrario, estaría al arbitrio de cualquier tunante deshonrar a los hombres de bien.

MIGUEL.-¿Y qué hará el que, sin merecerlo, sea gravemente ofendido?

DOÑA CANDELARIA.-Perdonar, hijo, perdonar.

DON DÁMASO.- Eso se dice fácilmente.

DON FABIÁN.-Con dificultad se ejecutan las cosas buenas; las malas son las que, por lo regular, cuestan poco trabajo.

DOÑA CANDELARIA.-¡Así me gusta!

DON DÁMASO.-Pero, señor, no siempre se puede perdonar.

DOÑA CANDELARIA.-Tribunales hay en el mundo.

DON DÁMASO.-¡Quite usted allá! Para reparar una afrenta sólo aprovecha, entre caballeros, la justicia que cada cual se toma por su mano.

DOÑA CANDELARIA.-De modo que los tigres deben ser caballeros a carta cabal. ¿Y quiere usted decirme de qué aprovecha esa justicia?

DON DÁMASO.-Señora, un duelo no da la razón al que no la tenga; pero al que la tiene...

DOÑA CANDELARIA. -Se la quita. El duelo -créalo ustedes- es un juego de azar; el peor de todos, porque peor es jugarse la vida que jugarse el dinero: es crimen abominable y absurdo, ridículo, todo en una pieza. Caso práctico, señor don Dámaso. Cuando, años atrás, le dieron a usted un bofetón...

DON DÁMASO.-¡Un bofetón a mí! No, señora. Está usted trascordada. No fue bofetón.

DOÑA CANDELARIA.-Pues ¿qué fue?

DON DÁMASO.-Un puñetazo.

DOÑA CANDELARIA.-¿Y no es lo mismo?

DON DÁMASO.-¡Qué ha de ser lo mismo! Un bofetón... es un bofetón, y un puñetazo...

DOÑA CANDELARIA.-Un puñetazo. Olvidaba que, con arreglo a las sublimes leyes del honor, afrenta más una mano abierta que una mano cerrada. Pero, en fin, cuando aquel bárbaro, si no con la palma, con el puño, le deshizo a usted las narices, ¿quedó usted rehabilitado porque después, a mayor abundamiento, le desorejase de un sablazo?

DON DÁMASO.-Mucho que sí.

DOÑA CANDELARIA.-¿Con que el duelo es un sistema nomeopático, donde por aquello de similia similibus, un trastazo se cura con otro?

DON DÁMASO.-Lo que hay, señora, es que las injurias se lavan con sangre.

DOÑA CANDELARIA.-Lo de siempre. A falta de una buena razón, una frase magnífica. ¡Lavar con sangre! ¡Bueno está el lavatorio! Mire usted, santo varón, que la sangre no lava; que lo que hace es manchar, y que mancha de sangre difícilmente se borra.

DON FABIÁN.-(¡Ay, es verdad!)

DOÑA CANDELARIA.-¡Cuidado que en poniéndose los hombres a disparatar!... «Caballero (dice un caballero a otro caballero), usted me ha ofendido y necesito una reparación»; y el caballero retado responde caballerosamente al caballero retador: «Estoy pronto a dársela a usted»; y ¡zas!, lo que le da es una estocada o un tiro, y ya queda todo arreglado. Si los pollinos discurriesen, ¿discurrirían de otra manera? El sentido común ve más claro en este particular. ¿Va un hombre a batirse ofendido y vuelve apaleado? Pues trae la misma ofensa que llevó, y un trastazo por añadidura. Y vencido o vencedor, sobre la injuria trae un delito. El que sólo era desgraciado es ya desgraciado y delincuente, y una desgracia no se remedia con un crimen.

DON FABIÁN.-(¡Hice lo que debía!)

MIGUEL.-(¡Sí; mi madre tiene razón!)

DON DÁMASO.- ¿Y prefiere usted, por ventura, que en vez de pelear se asesinen los hombres?

DOÑA CANDELARIA. -Prefiero que no se maten de ninguna manera.

DON DÁMASO.-¡Ya!... Pero creo que entre un duelo y un asesinato hay gran diferencia.

DOÑA CANDELARIA.-En el resultado, ninguna. Y aún se me figura a mí que el duelista que riñe con ventaja no tiene poco de asesino.

DON DÁMASO.- Hombre, dile a tu mujer que desde que el mundo es mundo se ha batido la gente.

DOÑA CANDELARIA. -También ha robado. Sostenga usted que es bueno robar.

DON DÁMASO.-Los hombres de bien no roban y se baten.

DOÑA CANDELARIA.-Alguna vez, por obcecación o debilidad. Pero repare usted en esos que hacen profesión de matones, y verá que para llegar a ser buenos duelistas han empezado por ser grandísimos tunos, y que si buscan el honor provocando a la gente y dando o recibiendo estocadas, es porque de otro modo no lo pueden hallar.

DON DÁMASO.-¡Pues no me convenzo! La cobardía es el mayor pecado que se puede cometer en el mundo.

DOÑA CANDELARIA.-Pues convénzase usted: porque pelear a la fuerza, por miedo del qué dirán, eso es cobardía; y atreverse a no reñir, aun a riesgo de parecer cobarde, eso es valor.

MIGUEL.-Don Dámaso, no hay cobarde que no sea capaz de batirse. Con miedo se acepta un desafío; para lo que se necesita valor es para rechazarle.

DON FABIÁN.-Dámaso, el que se bate lucha con un hombre solo; el que no se quiere batir, lucha con la sociedad entera y la vence.

DON DÁMASO.-¡Todos contra mí! Pase que una mujer diga ciertas cosas, pero ¡que tú las digas también..., tú...! Ya sabes que hoy, sin falta, he de hablarte de aquel negocio. (Como tomando una resolución, levantándose y acercándose a él.)

DOÑA CANDELARIA.-¡Hola! Secretitos tenemos.

DON DÁMASO.-¡Ca!, no señora; sino que por no fastidiar a usted tratando de negocios...

DOÑA CANDELARIA.-No ignora usted que yo las cazo al vuelo. Vente, Miguel.

DON DÁMASO.-(Lo que es ahora...)

DOÑA CANDELARIA.-¡Ah! (Deteniéndose ya cerca de la puerta de la izquierda, como asaltada de una idea repentina.) Fabián, ¿has recibido noticias de Diego? (Volviendo rápidamente al proscenio.)

DON FABIÁN.-¿De tu hermano? Ninguna.

DOÑA CANDELARIA.-Dime la verdad. ¿Está malo? ¿Le ha sucedido alguna desgracia? ¿Ha tenido algún desafío?

DON FABIÁN.-¿Un desafío?

(DON FABIÁN, DON DÁMASO y MIGUEL se estremecen.)

DOÑA CANDELARIA.-Sí, porque como él es tan pendenciero... Tu tristeza, la de Miguel, esta conversación, el empeño de don Dámaso en disculpar a los duelistas... ¿Se ha batido? Dímelo, por Dios.

DON FABIÁN.- Puedo asegurarte que nada sé.

DOÑA CANDELARIA.-¿De veras?

DON FABIÁN.-De veras.

DOÑA CANDELARIA.- (A MIGUEL.) Y tú, ¿sabes algo?

MIGUEL.-Nada, madre.

DOÑA CANDELARIA.-¿Y usted?

DON DÁMASO.-Tampoco.

DOÑA CANDELARIA.-¡Ojalá que me engañe! Cualquiera otra desgracia me parecería menor.

DON FABIÁN.-(¡Dice bien!)

DOÑA CANDELARIA.-Pero lo cierto es que ustedes me ocultan algo, y hasta que sepa de Diego no podré estar tranquila.

MIGUEL.-No se mortifique usted con vanas aprensiones.

DOÑA CANDELARIA.-(A MIGUEL.) Vamos a ponerle un parte telegráfico.

FABIÁN.-Haz lo que quieras.

DON DÁMASO.-Bien pensado. ¿A qué se ha de quedar usted con la zozobra? (Así nos la quitaremos de encima.)

DOÑA CANDELARIA.- ¿Vamos, hijo?

MIGUEL.-Sí, madre; vamos adonde usted quiera.

Escena VI

DICHOS, MEDINA y BERNABÉ.

(Aquél con una caja de pistolas debajo del brazo, y éste con una maleta.)

BERNABÉ.-(Dentro.) Aguarde usted a que pase recado.

MEDINA.-¡Eh, quita!

DOÑA CANDELARIA.- Esa voz...

MEDINA.-Yo soy de casa. (Entrando por la puerta del foro, seguido de BERNABÉ.)

DOÑA CANDELARIA.- (Corriendo a abrazarle.) ¡Diego!

MIGUEL.-(¡Mi tío!)

DON FABIÁN.-(¡Él aquí!)

MEDINA.-Déjame soltar este chisme. ¡Cuidado, que son pistolas y están cargadas! (Poniendo la caja de las pistolas encima de la mesa.)

DOÑA CANDELARIA.-¡Que no hayas tú de dar un paso sin las dichosas pistolitas!

MEDINA.-¡Hola, buena alhaja! ¿No abraza usted a su tío?

MIGUEL.-Con mil amores. (Abrazando a MEDINA.)

MEDINA.-¡Oh, que está aquí don Dámaso! (Dándole la mano.)

DON DÁMASO.-Bien venido.

MEDINA.-¡Fabián! No te había visto. Gracias, Fabián, gracias. Eres todo un hombre. Siento que te hayas metido en eso, pero tu noble proceder...

(DON FABIÁN le hace señas, que él no repara.)

DON DÁMASO.-(Interrumpiendo deliberadamente a MEDINA.) ¿Y cómo es que le tenemos a usted por aquí?

DOÑA CANDELARIA.-¿Qué decías a Fabián?

MEDINA.-(¡Ah, sí! Ésta ignorará...)

DOÑA CANDELARIA.-¿No oyes?

MEDINA.-Sí. Le decía... ¿Creerás que ya no recuerdo qué iba a decirle?

DOÑA CANDELARIA.- (Tampoco éste quiere hablar.)

MEDINA. -Pues he venido (Dirigiéndose a DÁMASO) porque el Gobierno me ha mandado venir.

DOÑA CANDELARIA.-Decías a Fabián que sentías que se hubiese metido en no sé qué cosa, pero que su noble proceder...

DON DÁMASO.-¡Y a qué buen tiempo ha venido usted! Esta señora estaba empeñada en que le había sucedido a usted algo.

MEDINA.-Mi hermana siempre ha sido muy visionaria.

DON FABIÁN.- Mira, mujer: Diego querrá lavarse un poco.

DOÑA CANDELARIA.- Ven conmigo. (A BERNABÉ.) Síganos usted.

MEDINA.-(Bajo, a FABIÁN.) (Luego hablaremos.)

DON DÁMASO.-(Bajo, a MIGUEL.) (Déjanos tu también.)

DOÑA CANDELARIA.-(Observándolos a todos.)(¿Qué será?) (Vase por la puerta de la izquierda de primer término.)

Escena VII

DON FABIÁN y DON DÁMASO.

DON DÁMASO.-¡Gracias a Dios que nos vemos solos! ¿Qué piensas hacer?

DON FABIÁN.-Lo que únicamente puedo: tener paciencia.

DON DÁMASO.-¿Con que es verdad? ¿Con que te empeñas en no batirte?

DON FABIÁN.- Sí. Ya lo has debido comprender.

DON DÁMASO.-Oye, Fabián. Mi primer cuidado fue ver si lograba templar la cólera de Villena y arreglar pacíficamente este negocio. ¡Vana diligencia! Y en el punto a que han llegado las cosas, no creo que haya términos hábiles para evitar el desafío.

DON FABIÁN.-¿Eso me dices tú, Dámaso, tú que eres mi amigo?

DON DÁMASO.-Porque soy tu amigo te advierto que para vivir en sociedad no hay más remedio que someterse a la ley de las mayorías, aunque éstas se compongan de tontos o malvados, como puede muy bien suceder. Recuerda los insultos que Villena te ha dirigido; recuerda en qué ocasión y con qué circunstancias; considera que te ha desafiado, que te volverá a desafiar, y que, al fin y al cabo, tendrás que hacer por fuerza lo que no quieres hacer voluntariamente. Pues, hombre, pecho al agua; vuelve por tu honra ofendida. y no se diga de ti que eres un Juan Lanas, que se deja sopetear. Un duelo no es cosa tan grave como parece a primera vista. Aquí me tienes a mí, que me he batido muy bien, según dicen, y puedes creer, sin temor a equivocarte, que el Cid fue algo más valiente que yo. Te confesaré en confianza que cuando aquel maldito lance pensé muy formalmente morirme de miedo. Y ¿qué sucedió? Que salí al campo, y, una vez allí, hice lo que cada hijo de vecino hubiera hecho en mi lugar. Tenía por seguro perder la vida en el combate, y no perdí más que la miseria de media oreja; saliendo en realidad ganancioso, porque ¿quién no da media oreja por adquirir fama de valiente? Ahora, ya lo ves, paso por hombre terrible, nadie se atreve a jugar conmigo; y si, por acaso, algún temerario se me desmanda, puedo perdonarle la vida, dándome tono de padre grave, escupiendo por el colmillo y diciendo que tengo hechas mis pruebas. ¡Si vieses qué gran comodidad es esto de tener uno hechas sus pruebas! ¡Con que ánimo, Fabián! Baladrones insolentes como Villena son los adversarios menos temibles. En tres de sus cinco desafíos ha salido ese Fierabrás con las manos en la cabeza. Procura tú que salga ahora sin cabeza a que poder llevarse las manos.

DON FABIÁN.-Pero, ¿acaso imaginas que si no riño con él es por miedo o falta de voluntad? No, Dámaso: mi gusto sería matar a ese hombre. Me siento capaz de beber su sangre. ¡He cambiado tanto en algunas horas! Con mil afanes y muy poco a poco se sube la cuesta de la virtud; y luego, de pronto la baja uno despeñado; años y años lucha uno denodadamente con las malas pasiones, y cuando piensa que para siempre las tiene ya vencidas, a un solo choque revuélvense y levántanse amotinadas las heces del corazón, y todo lo enturbian y envenenan. ¡Ay, Dámaso, qué horrible desengaño es éste! Poco ha me consideraba yo dichoso: a todo el mundo amaba: a los buenos porque eran buenos, y a los malos porque eran malos, y me daban compasión; ni a una hormiga hubiera querido causar daño. Ahora sólo se ofrecen a mi imaginación escenas de sangre, de muerte y exterminio; ahora busco en mí un poco de humildad, un poco de resignación, y únicamente hallo vanidad, ira, soberbia, odio, deseo de venganza; ahora no concibo que el hombre pueda sentir más que un placer, uno sólo: el placer de vengarse. Pienso en mi mujer y mi hijo, y viendo en ellos un obstáculo a la satisfacción de mi deseo, quisiera poder odiarlos, quisiera que me aborreciesen. Pienso en Dios, y mi razón pone asechanzas a mi fe, y siento agitárseme el alma en espíritu de rebeldía. Resistir a la tentación de lidiar con mi enemigo; eso es lo que me cuesta mucho trabajo. Lidiar con él; eso sería lo cómodo y fácil para mí. ¿Voluntad? No la tengo para otra cosa. ¿Valor? Si todo el mundo defendiese a Villena, con todo el mundo me atrevería. Pero, ¡mi hijo, que es tan bueno...; mi mujer, que tanto me quiere...; mi Dios, que me crió y padeció por mí muerte de cruz!... ¡Por eso no me bato..., por eso!

DON DÁMASO.-Siéntate y procura tranquilizarte. (Haciendo que se siente.) ¡Qué modo de tomar las cosas! Cierto es que ni como esposo, ni como padre, ni como cristiano deberías aceptar ese duelo. Claro está: no deberías aceptarle; lo mismo pienso yo. Pero -¡qué diablos!- en el mundo no es posible llevar las cosas tan a punta de lanza. Míralo bien: si te empeñas en hacer oídos de mercader a una provocación semejante, ya puedes renunciar al cargo de diputado y volverte a Zamora; bien que ni allí te librarías de la rechifla que te aguarda. Para mayor desgracia tuya, se te ha ocurrido ir a probar en esta ocasión que tienes talento. ¡Más te valiera tener el cólera morbo! ¡Ay de ti, Fabián! ¡Ay del hombre que cause envidia y no logre al mismo tiempo causar temor! Algunos verás respetados y enaltecidos a las nubes por el solo mérito de tener malas pulgas, y estar siempre dispuesto a romperse el bautismo con el prójimo. ¡No sabes tú qué negocio tan productivo es tener mal genio! Otros de condición blanda y apacible son irremisiblemente por esto sólo objeto de mofa y de desdén. Pues, ¿qué te sucederá a ti, desdichado, a ti, que vas a dar con tu conducta el mayor ejemplo de debilidad que dieron nunca los nacidos? Ya veo corrillos que para quitarte el pellejo se forman en paseos, tertulias, plazas y cafés; ya tengo en la mano viles caricaturas, representándote con figura de gallina; ya oigo tus alabanzas cantadas por la prensa periódica, por ese monstruo de innumerables lenguas que todo lo charla y en todas partes se hace oír. Hoy, que a los inquisidores que torturaban el cuerpo han sucedido otros inquisidores que se gozan en torturar las almas; hoy, que por tantos se ejerce a mansalva la tiranía en nombre de la libertad; hoy, que la maledicencia es oficio asalariado y llave que abre todas las puertas, ¿qué mayor ganga que un hombre público inofensivo a quien se pueda tratar mal impunemente? No lo dudes: caerán sobre ti los detractores con uñas y dientes afilados, seguros de poderte arañar y morder sin riesgo alguno; caerán sobre ti los cobardes para echarla de guapos, y constantemente estarás en ridículo, y el día menos pensado reventarás de un sofocón.

DON FABIÁN.-¿Y qué importa ser despreciado por hombres despreciables? ¿Qué importa ser aborrecido por hombres aborrecibles? No hay en esto motivo de pena, sino de alegría; no hay en esto mengua, sino honra.

DON DÁMASO.-Es que no sólo perderías la estimación de los bribones, sino también la de todas aquellas personas que, no por ceder a las preocupaciones sociales, dejan de ser honradas, y -¿qué quieres?- yo mismo...

DON FABIÁN.-¡Tú! ¿Qué vas a decir?

Escena VIII

DICHOS y BERNABÉ.

BERNABÉ.-Señor.

DON FABIÁN.-¿Qué hay?

BERNABÉ.-El criado del cuarto principal ha traído esta carta.

DON FABIÁN.-¿El criado del cuarto principal?

BERNABÉ.-Me parece que yo no hablo en francés.

DON FABIÁN.- ¿Eh, qué es eso?

BERNABÉ.-Lo digo, porque como usted no me entiende...

DON FABIÁN.-(Quitándole la carta de la mano.) Traiga usted acá.

BERNABÉ.- (No, pues como me busque la lengua... A bien que ahora todos somos iguales.) (Vase por la puerta del foro.)

Escena IX

DON FABIÁN y DON DÁMASO.

DON FABIÁN.- (Después de haber abierto la carta.) ¡Es de Villena!

DON DÁMASO.-No tiembles, hombre, no tiembles.

DON FABIÁN.- Tiemblo de ira.

DON DÁMASO.-Veamos qué dice.

DON FABIÁN.-«Es usted tan vil y cobarde...» (Leyendo.) Vil y cobarde. ¿Oyes esto?

DON DÁMASO.-Adelante.

DON FABIÁN.-«Es usted tan vil y cobarde (Leyendo.), que no merecía sino que yo le escupiese a la cara». ¡Oh, qué villanía!

DON DÁMASO.-Cuando te digo que la cosa no tiene remedio...

DON FABIÁN.- «Pero en vano se niega usted a reñir conmigo. Este es mi segundo reto. Esperaré un cuarto de hora su respuesta. Si no la recibo en ese tiempo iré yo en persona a pedírsela a usted. Confío en que no dará usted lugar a semejante escándalo, bien que todo se puede temer de quien tiene tanto miedo y tan poca vergüenza».

DON DÁMASO.-¡Es un demonio en figura humana!

DON FABIÁN.-¡Dios mío, que yo me vea tratado así! ¡A mis años! ¡Un padre de familia! (Sentándose en una silla al lado del velador, y dejando caer al suelo la carta de VILLENA.)

DON DÁMASO.-Pues ten por seguro que Villena hará pública esa carta. ¿Vacilarás aún?

DON FABIÁN.-¿Cómo he de vacilar? No hay paciencia que al fin no se acabe. (Levantándose.) Reñiré con ese villano.

DON DÁMASO.-¡Así hablan los hombres!

DON FABIÁN.-Y le mataré.

DON DÁMASO.- ¡Amén! Necesitas dos padrinos. Claro está que yo soy uno de ellos, y para ganar tiempo corro en seguida a verme con los de Villena. Esta misma tarde quedará arreglado el negocio, y mañanita con la fresca... Adiós.

DON FABIÁN.-Oye..., aguarda...

DON DÁMASO.-¿Para qué?... Estas cosas..., cuanto menos se piensen...

DON FABIÁN.-¡Morir en un desafío!... ¡Morir el cuerpo y quedar condenada el alma tal vez a morir eternamente!...

DON DÁMASO.-¿Volvemos a las andadas?

DON FABIÁN.-¿Se ha de buscar el remedio de un mal fugaz en un mal eterno? Por dar gusto al mundo, ¿ha de ser uno malo contra su voluntad? Por hacerse uno amigo de los hombres, ¿ha de hacerse enemigo de Dios?

DON DÁMASO.-Pero advierte...

DON FABIÁN.- ¿Y acaso ignoras que Villena tiene un hijo? Los dos somos padres. ¡Mentira parece que un padre quiera hacer huérfanos a los hijos de los demás!

DON DÁMASO.-En resumidas cuentas, ¿aceptas o no el desafío?

DON FABIÁN.- (Con firmeza.) ¡No!

DON DÁMASO.-¿No?

DON FABIÁN.-¡No!

DON DÁMASO.-Haz lo que gustes. Pero ya que te empeñas en ir contra la corriente del mundo, no culpes a quien no quiera ser compañero tuyo de viaje.

DON FABIÁN.-¡Tú eres cobarde, tú!

DON DÁMASO.-A ti nada se te da de estar en ridículo; a mí no hay cosa que más me asuste.

DON FABIÁN.-¡Ten lástima de un infeliz!

DON DÁMASO.-Yo sé que no es miedo, sino virtud, lo que hace de ti una excepción del género humano; sé que para santo debe faltarte ya muy poco. Si fuera papa, desde luego te canonizaría. En secreto admiraré tu fortaleza; en público no podré aprobar tu conducta; estimándote en realidad, haré como que no te estimo.

DON FABIÁN.-(En tono de triste reconvención.) ¿Y así me lo dices?

DON DÁMASO.-No quiero dejar de ser leal contigo. Adiós. Instaba por tu bien. ¡Ojalá pudiera yo batirme por ti!

DON FABIÁN.- (Muy afligido.) ¡Dámaso! ¡Dámaso!

DON DÁMASO.-Qué pícaro mundo, ¿verdad? Pero, ¿qué remedio? Como no hay otro, en ése es preciso vivir. (Vase por la puerta del foro.)

Escena X

DON FABIÁN y luego MEDINA.

(DON FABIÁN se arrodilla después de algunos instantes de silencio, durante los cuales habrá tenido fija la vista en el sitio por donde se ha ido DON DÁMASO.)

DON FABIÁN.- ¡Ea, Dios mío, envíame nueva y mayor mortificación! Eso me probará que te acuerdas de mí. ¡Ea, Dios mío, pon en mis hombros tu cruz! No me rendirá su peso. Tú me ayudarás a llevarla.

(MEDINA sale con traje de calle por la puerta de la izquierda de primer término.)

MEDINA.-¿Qué haces?

DON FABIÁN.- ¡Eh! ¿Qué?... Nada: recoger este papel que se me había caído. (Cogiendo del suelo la carta de VILLENA.)

MEDINA.-En seguida tengo que ir al Ministerio. Aprovechemos estos instantes. Estás agitado. ¿Ocurre algo de nuevo? ¿Quién te escribe esa carta?

DON FABIÁN.-Villena.

MEDINA.-Villena. A ver, trae. (Tomando la carta de manos de DON FABIÁN.) «Es usted tan vil y cobarde». (Leyendo. DON FABIÁN se estremece.) ¡Cómo! «Que no merecía sino que yo le escupiese a la cara».

DON FABIÁN.-Lee bajo... Que yo no lo oiga. (MEDINA continúa leyendo la carta con la vista.)(¡Otra vez los insultos hacen hervir mi sangre! ¿Es que no quieres oírme, Señor? ¡Qué día tan cruel y tan largo! ¡Si no se acaba nunca!)

MEDINA.-¿Villena te ha enviado este papel?

DON FABIÁN.-Sí.

MEDINA.-¿Habías desoído su primera provocación?

DON FABIÁN.-Sí.

MEDINA.-Pero ya -¿quién lo duda?- ya estarás resuelto a castigar a ese insolente.

DON FABIÁN.-Estoy resuelto a no batirme.

MEDINA. -¿Qué dices? ¿Deliras? Dios sabe que para siempre está grabado en mi corazón el favor que te debo. Dios sabe que, aun a costa de la mitad de mi existencia, hubiera querido evitar que te vieses en tal conflicto por causa mía. Pero ya en este negocio no cabe compostura. Fabián, si tienes sangre en las venas, ¿cómo es posible que dejes de hacer lo que haría en tu lugar el hombre más bajo y despreciable?

DON FABIÁN.- Creo no haberte pedido consejo.

MEDINA.-Yo te le daré aunque tú no le pidas. Harto siento verme obligado a esperar vez; pero ya que no hay otro remedio, ya que así lo reclama tu honra, que es la de mi familia, riñe con él antes que yo, y ten por seguro que, si logra escapar ileso de tus manos, luego en las mías encontrará su merecido.

DON FABIÁN.-Diego, ese duelo no se verificará.

MEDINA.-Fabián, hay desgracias irremediables. En ciertos casos, el hombre bien nacido no puede acordarse más que de su honor. Considera que de tu mengua a todos nos alcanzaría alguna parte. ¿Quieres que tu esposa tenga que bajar avergonzada la vista delante de la gente que se ría de su marido?

DON FABIÁN.- ¡Tú también!

MEDINA.-¿Quieres que tu hijo sea hijo de un cobarde y empiece a vivir entre los hombres con nota de infamia?

DON FABIÁN.-¡Me estás destrozando el corazón!

MEDINA.-¿Quieres que yo?... Me aguarda el ministro. No puedo detenerme. Volveré pronto. Piénsalo bien. (Vase por la puerta del foro.)

Escena XI

DON FABIÁN, y después MIGUEL.

DON FABIÁN.-¿Con que soy un infame de quien huirá la gente como de un leproso, por temor del contagio? Estoy aturdido. (Sentándose.) No sé lo que pasa. ¡Oh, qué trabajo cuesta ser hombre de bien!

(Oculta el rostro entre las manos y llora, MIGUEL sale por la puerta de la izquierda de segundo término con un papel en la mano.)

MIGUEL.-Está llorando. Aquélla debe ser la carta. (Por la de VILLENA, que estará encima del velador.)

DON FABIÁN.-¡Ah! (Enjugándose las lágrimas precipitadamente.) ¿Eres tú? Ven acá, hijo mío, ven con tu padre. Siéntate. (MIGUEL se sienta al lado de su padre.) ¡Que me alegro de verte! Me quieres mucho, ¿verdad?

MIGUEL.-Sí, padre, mucho.

DON FABIÁN.-¡Oh, no sabes qué necesidad tan grande tengo ahora de que me quieras! Me parece que tu madre decía bien. Estás triste. ¿Qué penas puedes tú sentir, vida mía?

MIGUEL.-Padre..., deseo hablar con usted de una cosa muy importante, y no me atrevo.

DON FABIÁN.-¿Por qué? ¿Es eso lo que te aflige? Habla sin temor.

MIGUEL.-Si usted me da su permiso...

DON FABIÁN.-Ya te he dicho que hables.

MIGUEL.-Pues me han contado que hoy, en el Congreso...

DON FABIÁN.-¡Ah! (¡Lo sabe!)

MIGUEL.-Usted y el señor Villena...

DON FABIÁN.-Sí, en efecto: hemos tenido un disgustillo.

MIGUEL.-Sí, eso es... Aunque dicen que él le ha dirigido a usted... palabras algo duras..., verdaderos insultos..., insultos crueles.

DON FABIÁN.-No..., no tanto... Se acaloró mucho..., y como es tan irascible... Ya comprenderás que al insultarme sin razón, él es quien ha salido perdiendo.

MIGUEL.-Ciertamente... Pero... ya se ve..., el mundo piensa de un modo tan particular...

DON FABIÁN.- (¡Temblando estoy!)

MIGUEL.-Y aseguran...

DON FABIÁN.-¿Qué?

MIGUEL.-Que, no contento con insultarle a usted, le ha desafiado.

DON FABIÁN.- Sí, me ha desafiado.

MIGUEL.-Y añaden que usted no ha querido aceptar el desafío.

DON FABIÁN.- Pues es verdad.

MIGUEL.-(Bajando los ojos.) ¡Ah!... Con que... ¿es verdad?

DON FABIÁN.-¿Lo sientes tú, Miguel?

MIGUEL.-¿Yo, padre? ¡Yo sentirlo!

DON FABIÁN.- (Dios me ampare: ¡lo siente!)

MIGUEL.-Al contrario: me alegro. ¿Cómo no he de alegrarme?

DON FABIÁN.- Ya ves: ¡arriesgar mi vida en un desafío!...

MIGUEL.-¡Usted arriesgar su vida, usted que es tan bueno!

DON FABIÁN.- ¡Y teniendo un hijo como tú!

MIGUEL.-¡Oh, no! Ha hecho usted bien.

DON FABIÁN.-¿Verdad que sí, hijo de mi alma? Tú lo apruebas, ¿eh? ¡Mi hijo lo aprueba!... ¡Gracias a Dios! ¡Gracias a Dios!

MIGUEL.-Sólo que esa carta que Villena le ha escrito a usted...

DON FABIÁN.- ¿Quién te lo ha dicho?

MIGUEL.-Su hijo me ha enviado una copia.

DON FABIÁN.- ¡Qué iniquidad!

MIGUEL.-Dice que se toma interés por mí, y, a fuer de amigo, me aconseja que le hable a usted, que procure animarle... ¡Como a él no se le da gran cuidado de que su padre se exponga a morir!... ¡Aquí está ese papel, aquí está! (Enseñándole a DON FABIÁN el que trae en la mano.) ¡Que un hombre como Villena se atreva a denostar así a un hombre como usted! ¿Se ha enterado usted bien de esta carta? ¡Oh, padre, rómpale usted la mano con que la ha escrito!

DON FABIÁN.- ¡Miguel!

MIGUEL.-No me haga usted caso... ¡Estoy loco!

DON FABIÁN.-Antes decías...

MIGUEL.-Sí, señor...; pero ¡esa carta, esa carta!...

DON FABIÁN.-¿Lloras, Miguel?

MIGUEL.-¡Es una infamia lo que ese hombre hace con usted! ¡Una infamia que nadie toleraría, nadie! ¿Cómo he de aconsejarle yo a usted que se bata: cómo he de querer yo que mi padre arriesgue su vida?... Pero con tan horrible afrenta, ¿se puede vivir?

DON FABIÁN.-Vete, Miguel, vete: déjame solo.

MIGUEL.-Padre...

DON FABIÁN.- (Imperiosamente.) Vete en seguida.

(MIGUEL se va por la puerta de la izquierda de segundo término.)

Escena XII

DON FABIÁN, y después BERNABÉ.

DON FABIÁN.-¡Ser despreciado por mi hijo! ¡No: eso no! ¡Mis fuerzas no alcanzan a tanto! ¿Qué hay? ¿A qué viene usted aquí?

BERNABÉ.-Un caballero quiere ver a usted.

DON FABIÁN.-¿Quién es?

BERNABÉ.-(Con sorna.) El vecino.

DON FABIÁN.- ¿Qué vecino?

BERNABÉ.-El del cuarto principal.

DON FABIÁN.-¡Villena, en mi casa! ¡Qué atrevimiento! ¡Me amenazó con venir, y ahí está! Que pase.

BERNABÉ.-(Parece que se emberrenchina.)

DON FABIÁN.- Vamos, avívese usted.

BERNABÉ.- No hay que gritar tanto, que no soy sordo.

DON FABIÁN.- (Yendo hacia él con aire amenazador.) ¡Deslenguado!

BERNABÉ.-Conmigo... se atreverá usted a echar roncas.

DON FABIÁN.-¿Eh? ¿Qué quiere usted decir?

BERNABÉ.-Nada: yo me entiendo. (Parece que se emberrenchina.) (Vase por la puerta del foro.)

Escena XIII

DON FABIÁN, y después VILLENA.

DON FABIÁN.- ¡También mis criados saben mi deshonra! ¡También ellos se consideran autorizados para faltarme al respeto! Calma, calma, que bien la necesito. Hele ahí.

VILLENA. -Vengo a preguntarle a usted si se ha propuesto que yo le asesine.

DON FABIÁN.-¿Cree usted que aún no me ha hecho bastante daño?

VILLENA.-¿Y usted cree que se puede ofender impunemente a un hombre como yo? Muy cómodo sería, en efecto, insultar a la gente, y luego negarse a darle satisfacción bajo el pretexto de que verter sangre es pecado. ¡Oh! Esta vez ha echado usted la cuenta sin la huéspeda. A mí no se me para con ridículos aspavientos de mentida religiosidad, y, sea como sea, he de tomar de usted sangrienta venganza.

DON FABIÁN.-No es cierto que yo le haya insultado a usted. Me he limitado a defender a una persona de mi familia, acusada públicamente de venal, llamando calumnia a lo que no tiene otro nombre, que yo sepa. Y es singular que el malvado no tenga vergüenza al delinquir, y la tenga después al oír el nombre de su delito.

VILLENA.-Mire usted lo que dice.

DON FABIÁN.-Usted es el que me ha ofendido a mí, tanto como cabe en lo posible ofender a una criatura humana; con saña cruel, con bárbara insistencia. Usted es el que ha osado escribirme esta carta soez, esta carta infame, que aún está muy honrada debajo de mis pies. (La rompe, la tira y le pone un pie encima.)

VILLENA.-Señor don Fabián, recuerde usted que estoy en su casa.

DON FABIÁN.-Pues qué, ¿eso es para olvidado? Su presencia de usted aquí a todo me autoriza.

VILLENA. -Natural es que usted ni siquiera haya comprendido la importancia de su falta. Usted, que nada vale ni significa, no puede apreciar justamente la delicadeza de los hombres que hemos llegado a conquistar puestos muy altos en el mundo. ¿Sabe usted bien quién soy yo?

DON FABIÁN.-Lo sé perfectamente. Es usted uno de esos audaces que por los méritos de intrigar a todas horas, de traficar villanamente con su conciencia, de enriquecerse por arte de magia, adquieren el derecho de llamarse hombres importantes, y son vivo testimonio de lo que en el mundo pueden el descaro y la procacidad.

VILLENA.-Pero supongo que no me hablaría usted de tal manera si no hubiese perdido ya la esperanza de esquivar el riesgo que le intimida. Supongo que ésa es ya la desesperación del cobarde que se ve llevado por fuerza al campo del honor. Supongo que ha llegado el momento de que el hipócrita arroje la máscara de santidad con que en vano quiso ocultar su vergonzosa cobardía.

DON FABIÁN.-Mire usted: yo no quería batirme -ya sabe usted por qué-, porque soy un necio, un mentecato, que cree muy formalmente llevar en sí un alma inmortal; que cree en la gloria y en el purgatorio y hasta en el infierno -ría usted cuanto quiera-; que cree en Dios, en una palabra, y aun tiene la poca aprensión de decirlo. Tales razones -claro está- no podían parecerle a usted satisfactorias. Esto de creer en el Dios del catecismo se queda bueno para la gente de cortos alcances, pusilánime y ruin; que ustedes, los hombres de voluntad propia y juicio independiente, saben hacerse a cada momento dioses a su gusto; dioses compatibles con esa dignidad humana, que consiste en rechazar con ira y desprecio el yugo del sagrado deber, y en aceptar humildemente el de ridículas o viles preocupaciones.

VILLENA.-Pero usted ha logrado ya acallar el escrúpulo que le impedía batirse, ¿no es esto?

DON FABIÁN.-Para no batirme tengo todavía muchas razones. Usted abandona adrede a su hijo para que piense y obre como quiera; yo estoy consagrado a guiar al mío por el camino de la virtud; usted, muriendo, a nadie causaría sino aflicción muy pasajera: yo arrastraría conmigo al sepulcro a una mujer en quien durante veintisiete años sólo he visto amor, abnegación, piedad; usted, al día siguiente de haberme dado muerte se iría a comer de fonda con sus amigos; yo, si le matara a usted, quedaría condenado a morirme de pena y de remordimiento; usted no vive más que para gozar los mezquinos bienes de la tierra: yo vivo para merecer los bienes infinitos del cielo; usted no llevaría al combate más que la vida en que cree, la vida temporal, es decir, un instante de vida; yo llevaría una vida eterna. Pues dígame usted si se debe jugar una vida que vale tanto contra una vida que vale tan poco.

VILLENA. -¡Señor don Fabián!

DON FABIÁN.-¿Por qué no se ha de admitir la desigualdad de las almas como la desigualdad de las clases? Si a usted le desafiase un mendigo, ¿no diría usted: yo no me bato con un mendigo? Pues, ¿por qué, cuando un canalla desafía a un hombre de bien, no ha de poder decir el hombre de bien: yo no me bato con un canalla?

VILLENA.-(Yendo hacia DON FABIÁN.) ¡Oh!

DON FABIÁN.-¿Qué hace usted?

VILLENA.-Una palabra sola. ¿Quiere usted batirse? ¿Sí o no?

DON FABIÁN.-Quiero matarle a usted.

VILLENA.-¡Ah, ya era tiempo!

DON FABIÁN.-Ya somos los dos igualmente infames.

VILLENA.-Esa vida eterna de que usted habla me parece poca para arrebatársela a usted. ¿Padrinos? (Acercándose mucho el uno al otro y en voz muy baja.)

DON FABIÁN.-Don Dámaso y la persona que él designe.

VILLENA.-¿Cuándo?

DON FABIÁN.-Cuando usted quiera.

VILLENA.-¿Mañana?

DON FABIÁN.-Mañana.

VILLENA.-¿Armas?

DON FABIÁN.- Todas me son iguales.

VILLENA.-¿La pistola?

DON FABIÁN.-La pistola.

VILLENA.-A ocho pasos.

DON FABIÁN.-A seis.

VILLENA.-Y quede uno de los dos en el sitio.

DON FABIÁN.-Eso es.

VILLENA.-Hasta mañana. (Vase por la puerta del foro.)

DON FABIÁN.- Hasta mañana. ¡Oh, mi mujer!

(Viendo en el espejo que hay sobre una chimenea, colocada en primer término, a la derecha, a DOÑA CANDELARIA, que ha salido un momento antes por la puerta de la izquierda de primer término y se ha quedado apoyada en una de las colgaduras. DON FABIÁN inclina la cabeza y permanece vuelto de espaldas a su mujer. Ésta le mira atónita, sin atreverse a despegar los labios, hasta que, después de haber hecho para serenarse un violento esfuerzo sobre sí misma, se acerca a DON FABIÁN y le pone una mano en el hombro.)

Escena XIV

DON FABIÁN y DOÑA CANDELARIA.

DOÑA CANDELARIA.-Fabián, esta noche, a las nueve, sale una diligencia para Zamora. Vámonos.

DON FABIÁN.-¿Estás en tu juicio? ¿Por qué nos hemos de ir?

DOÑA CANDELARIA.-Al llegar a esa puerta he oído involuntariamente algunas palabras de lo que estabas hablando con el señor don Pedro Villena...

DON FABIÁN.-Pues... ya ves... que no me puedo marchar.

DOÑA CANDELARIA.-Lo que veo es que no te puedes batir.

DON FABIÁN.-No hay otro remedio.

DOÑA CANDELARIA.-¿Tú batirte?

DON FABIÁN.- Sí.

DOÑA CANDELARIA.-¡Tú!

DON FABIÁN.-Sí.

DOÑA CANDELARIA.-(Sin poderse contener y rompiendo a llorar.) ¡Que sí me dices!

DON FABIÁN.-Sí.

DOÑA CANDELARIA.-Vamos, vamos, tranquilízate y hablemos con formalidad.

DON FABIÁN.-Candelaria, no me repliques; no quiero que me repliques, ¿lo oyes?

DOÑA CANDELARIA.-Bueno: serás obedecido.

DON FABIÁN.-Y reñiré con Villena porque tal es mi voluntad. Y tú no has de contradecirla. ¿No soy yo, acaso, dueño de mis acciones?

DOÑA CANDELARIA.-Pero ¿a qué te irritas? Nadie te contradice. Harás lo que gustes.

DON FABIÁN.-(Poniéndose el sombrero.) En hora buena. Me voy. Tengo que ver a Dámaso.

DOÑA CANDELARIA.- (Cubriéndose el rostro con las manos y llorando.) Anda con Dios.

DON FABIÁN.-¡Cuánto llora la pobre! (Deteniéndose cerca de la puerta del foro y contemplando a DOÑA CANDELARIA.) ¿No me das un abrazo? (Volviendo a su lado.)

DOÑA CANDELARIA.-Mil te daré, mil.

DON FABIÁN.-(Abrazándola y llorando.) ¡Candelaria!

DOÑA CANDELARIA.- Tiempo tienes para ver a Dámaso. ¿Por qué no procuras tranquilizarte un poco antes de salir a la calle? (Hace que se siente.) ¡Tú no sabes cómo estás! (Quitándole el sombrero, arreglándole el cabello con la mano y limpiándole con un pañuelo el sudor de la frente.) ¡Qué cosa tan horrible es la ira! Te dejé hace un instante, y ahora apenas te conozco.

DON FABIÁN.-¡Soy muy desgraciado!

DOÑA CANDELARIA.- Vamos, habla; ¿qué te ha pasado con el señor Villena?

DOÑA FABIÁN.-Insultó en el Congreso a tu hermano, llamándole venal.

DOÑA CANDELARIA.- ¿Y tú le defendiste? ¡Claro! ¡Bien hecho! Estando tú allí, ¿había de faltar un defensor a mi hermano?

DON FABIÁN.-Pues luego Villena descargó sobre mí su rabia, dirigiéndome toda clase de injurias; y me ha desafiado, y me llama vil, y cobarde, y osa venir a ofender a tu marido en tu misma casa. Ya ves si me sobra motivo para matarle.

DOÑA CANDELARIA.- (Procurando sonreírse.) ¡Matar! ¡Como si no hubiera más que matar! ¡Estás diciendo disparates!

DON FABIÁN.-Te cansas en vano; todos tus esfuerzos serán inútiles. Yo he de reñir con él. Cuando un hombre nos ofende, no hay más remedio que matarle o morir a sus manos.

DOÑA CANDELARIA.-(Como imponiéndole silencio.) ¡Chist!...

DON FABIÁN.- ¿Por qué?

DOÑA CANDELARIA.-(Yendo a cerrar las puertas.) Si tu hijo te oyese... ¡Qué lección para el pobre muchacho!

DON FABIÁN.-(Levantándose y tomando el sombrero.) ¡Mi hijo! No, no cierres. Adiós.

DOÑA CANDELARIA.-¿Adónde vas?

DON FABIÁN.- Pues ¿no lo sabes?

DOÑA CANDELARIA.-Fabián, ya has tenido tiempo de serenarte. Mira bien lo que quieres hacer.

DON FABIÁN.-Bien mirado lo tengo.

DOÑA CANDELARIA.- Fabián, tu vida no te pertenece: pertenece a tu mujer y a tu hijo; pertenece, sobre todo, a tu Dios.

DON FABIÁN.-¿Lo ignoro yo acaso? ¿Crees que no he luchado conmigo mismo, que no he resistido valerosamente a la tentación? Pero ¡dejar sin castigo a un villano, ser objeto de irrisión y ludibrio!...

DOÑA CANDELARIA.- ¿Para quién?

DON FABIÁN.-Para todo el mundo. Candelaria: tu hermano me desprecia.

DOÑA CANDELARIA.- ¡Mi hermano! ¿Y qué?

DON FABIÁN.- Me desprecia Dámaso, un amigo de toda la vida.

DOÑA CANDELARIA.- ¿Y qué?

DON FABIÁN.-Me falta al respeto mi criado.

DOÑA CANDELARIA.-¿Y qué?

DON FABIÁN.-(Llorando.) ¡Y hasta mi hijo se avergüenza de tenerme por padre!

DOÑA CANDELARIA.-¡Dios le perdone! ¿Y qué?

DON FABIÁN.-¿Qué me queda?

DOÑA CANDELARIA.-¿No soy yo nada para ti?

DON FABIÁN.-(Abrazándola.) ¡Tú sola, Candelaria mía, tú sola!

DOÑA CANDELARIA.- ¡Y aunque yo también te faltase! Figúrate que a un lado está el mundo entero con todas sus alegrías y vanidades, y que al otro lado está solo Jesús con su corona de espinas y su cetro de caña. A ver: elige. ¿Con quién te vas? ¿Con quién estarías más acompañado?

DON FABIÁN.-¡Oh!... Apiádate de mí y no me quites el ánimo que necesito. ¡Si dicen que soy un vil! ¡Si dicen que soy un cobarde!

DOÑA CANDELARIA.-Y eso a ti, Fabián, ¿qué te importa? (Haciendo que se vuelva a sentar.) Estalló un día un voraz incendio en una casa. Todos sus habitantes la abandonaron; no quedaba en ella más que un pobre tullido que no había podido moverse. Multitud de gente presenciaba tan horrendo espectáculo, pero nadie osaba penetrar en aquel horno encendido. ¡La casa ardía cada vez más! Cuando de pronto, en medio del rebramar de las olas de fuego, se oyó clamar al tullido con voz que parecía sobrenatural: «¿No hay quien me favorezca, por la Virgen Santísima?» Un hombre, uno solo, haciendo la señal de la cruz, se lanzó con paso firme entre las llamas. Eras tú. La gente, al verlo, dio un alarido de asombro y terror. Luego todos callaron como difuntos: ¡ni respirar se oía! ¡Luego resonó otro grito de júbilo! Habías vuelto a salir: el tullido estaba en tus brazos: tu cuerpo era todo una llaga. Te arrodillaste, y con infinita alegría diste gracias a Dios. Y te llaman cobarde, ¿eh? Pues, tonto, a esos héroes que te llaman cobarde cuéntales este cuento y enséñales tu cuerpo lleno de cicatrices.

DON FABIÁN.-No puedo, no debo seguir oyéndote. Me voy. Déjame.

DOÑA CANDELARIA.-Si tienes tiempo todavía... ¡Es quizá tan poco el que me queda a mí de verte! Alguna vez se me ocurrió la idea de que tú podías morir antes que yo. ¡Y al pensarlo me daba una pena tan grande! Y eso que siempre imaginé que morirías en tu cama, de enfermedad natural; que la religión te prestaría sus divinos auxilios; que tu hijo y yo te encomendaríamos el alma. Aun perdiéndote así te lloraría mucho. ¡Pues no te había de llorar! Pero ¡qué inefable consuelo, qué inmensa alegría, en medio de mi dolor, poderme decir: «Mi Fabián era un alma sin hiel; ha muerto como un santo; sin tropezar en ramas, se habrá ido derechito a la gloria». Y luego, al procurar yo mi salvación, por amor de Dios y su santa Madre -¿a qué negarlo?-, también hubiera pensado en la dicha de volver a reunirme contigo en el cielo.

DON FABIÁN.- ¡Calla, por piedad! Sin querer me estás mortificando. ¡Calla, por las ánimas del purgatorio!

DOÑA CANDELARIA.-¡Qué distinta la suerte que me esperaba! ¡Horrible trance en que por fuerza se ha de salir perdiendo! ¡Acaso mañana te vea volver manchado con la sangre de ese infeliz, que no se acuerda de su Dios, y que tal vez un día pudiera arrepentirse! ¡Acaso mañana!... ¡Ay, Fabián de mi corazón, si te pierdo mañana, como te perderé! ¡Morir sin amparo, arrastrándose por el suelo!... ¡Morir de un balazo en el momento de estar cometiendo un crimen horroroso!... ¡Morir sin sacramentos..., quizá sin tener tiempo de dirigir al cielo una sola mirada..., quizá blasfemando! ¡Jesús! ¡La sangre se me cuaja y el cabello se me pone de punta!

DON FABIÁN.-Ya no es posible volverse atrás. Ya he dicho que sí. Ese hombre..., el mundo..., mi honor...

DOÑA CANDELARIA.-Y mira: el cadáver de quien muere infringiendo las leyes de Dios no puede yacer junto al cadáver de quien muere adorándole. ¿Verdad?

FABIÁN.-Sí, verdad.

DOÑA CANDELARIA. - Yo tendría que decir: «Ese desdichado ha muerto en un desafío; ha muerto sin confesión». ¿Verdad?

DON FABIÁN.-¡Sí, sí!

DOÑA CANDELARIA.-¡Pues ni ese consuelo nos quedaría! (Rompiendo en llanto con mucha aflicción y amargura.) Ni el consuelo de que cubriese tu cadáver tierra sagrada. ¿Qué pasará en el corazón de un hijo y una esposa cuando vean condenados a infame destierro los huesos del padre y el esposo? ¿Qué será no poder siquiera decirles: «¡Descansad en paz!»

DON FABIÁN.- ¡Qué idea tan horrible!

DOÑA CANDELARIA.-Sí, muy horrible, pero ¿qué se le ha de hacer? Paciencia. Para tener honor no hay más remedio que deshonrarse con un crimen. Para que no le llamen a uno vil y cobarde, no hay más remedio que serle. Pues anda, Fabián, anda; ya es hora: corre en busca de tus padrinos, y mañana, a fuer de buen caballero, mata sin piedad a ese hombre o muere tú a sus manos.

DON FABIÁN.- Candelaria, esta noche, a las nueve, sale una diligencia para Zamora. Vámonos.

DOÑA CANDELARIA.-(Cayendo a sus plantas y con viva efusión.) ¡Fabián, bendito seas!

DON FABIÁN.-¡Bendita seas tú, que me salvas!

DOÑA CANDELARIA.-Yo quisiera quererte más que te quiero, y no sé cómo lo pueda hacer.

DON FABIÁN.-(Queriendo levantarla.) Levanta.

DOÑA CANDELARIA.-Quieto, quieto. (Resistiéndose.) ¡Si vieras qué bien me encuentro así!

(Breve pausa, durante la cual se contemplan el uno al otro con íntima ternura. MIGUEL sale por la puerta de la izquierda de segundo término.)

Escena XV

DICHOS y MIGUEL.

DOÑA CANDELARIA.- ¡Ah! Ven, hijo, ven. (Levantándose, cogiendo de una mano a MIGUEL y trayéndole al lado de su padre.) Todo lo sé. Pide perdón a tu padre.

MIGUEL.-A eso venía. ¿Que le he dicho yo a usted antes? ¿Qué le he dado a entender? Un momento de ofuscación... La ira que me trastornaba el juicio... Cumpla uno con su deber, y ¿qué importa lo que diga la gente? ¿Respeto y amor quiere usted? Pues en el corazón de mi madre y el mío se encierran para usted tesoros inagotables de respeto y amor. ¡Ah, padre del alma! Quien vivió siempre como bueno, ¿ha de hacerse malo para morir?

DON FABIÁN.- Abrázame, hijo, abrázame.

MIGUEL.-(Arrojándose en sus brazos. DON FABIÁN le abraza y le besa.) ¡Padre! ¡Padre mío!

DOÑA CANDELARIA.- Ahí tienes qué poco se hace esperar la recompensa de las buenas acciones. Y para mí, ¿no hay un abrazo?

MIGUEL.-(Abrazándola.) ¡Madre!

DOÑA CANDELARIA.- Sí..., sí..., bueno eres tú. Ya arreglaremos cuentas.

DON FABIÁN.-Voy yo mismo por los billetes. Mejor es que no se entere nadie...

DOÑA CANDELARIA.- Sí, mucho mejor.

DON FABIÁN.- Tú ayudarás a tu madre a disponer lo que nos hayamos de llevar.

DOÑA CANDELARIA.-Únicamente lo más preciso. La Antonia se irá otro día con el equipaje.

MIGUEL.-¿Nos vamos?

DOÑA CANDELARIA.-Esta misma noche a Zamora.

MIGUEL.-Bien pensado.

DOÑA CANDELARIA.- Mentira me parecerá que salgo de este infierno.

DON FABIÁN.-Adiós.

DOÑA CANDELARIA.- (Abrazándole y llorando.) Adiós, Fabián. La Virgen te lo pague.

MIGUEL.-(Abrazándole también.) Este es el mayor beneficio que debemos a usted.

DON FABIÁN.-¿A qué viene ahora ese llanto?

DOÑA CANDELARIA.-Déjanos llorar, simple. Lloramos de alegría.

MIGUEL.-Vuelva usted pronto.

DOÑA CANDELARIA.-Muy pronto, ¿sí?

DON FABIÁN.-(Vase por la puerta del foro.) Corriendo.

Escena XVI

DOÑA CANDELARIA y MIGUEL.

DOÑA CANDELARIA.- ¿Ves qué padre tienes, Miguel? Si tú eres malo, no sé qué disculpa darás.

MIGUEL.-¡Oh, mi padre es el mejor de los hombres!

DOÑA CANDELARIA.- (Con íntimo gozo.) ¿Verdad que sí?

MIGUEL.-¡Es un santo!

DOÑA CANDELARIA.-Alábale, hijo, alábale, que cuanto digas será poco.

MIGUEL.-¡Y usted, madre, y usted!

DOÑA CANDELARIA.-Ea, ea, vamos a disponer esas cosillas que el tiempo urge. (Vase por la puerta de la izquierda de primer término.)

MIGUEL.-(Yendo hacia la misma puerta.) ¡Dios de mi corazón, qué madre te debo!

Escena XVII

MIGUEL y PAULINO.

PAULINO.-(Entra por la puerta del foro.) ¡Chist!... Miguel.

MIGUEL.-¡Paulino! ¡Tú aquí!

PAULINO.-Lindo modo de recibir a un amigo.

MIGUEL.-No esperaba tu visita.

PAULINO.-(Arrellanándose en una butaca con el sombrero puesto y un puro encendido en la boca.) Porque nuestros padres estén mal, ¿hemos de reñir también nosotros? Los odios transmisibles de padres a hijos no son ya de esta época.

MIGUEL.-Tengo que hacer. Dime pronto qué quieres.

PAULINO.-Ya conocerás la novísima determinación de tu señor papá.

MIGUEL.-¿Qué determinación?

PAULINO.-En estas casas de vecindad no puede haber secreto de vecino a vecino. La murmuración fomenta la amistad, y murmurando de sus amos, los criados se hacen, por lo regular, muy amigos; algunos tienen el feo vicio de escuchar detrás de las puertas, y desde un cuarto segundo a un cuarto principal vuela fácil y rápidamente una noticia como por telégrafo eléctrico. A los dos minutos de haber decidido tu padre tomar esta noche las de Villadiego...

MIGUEL.-(¡Oh!)

PAULINO.-Ya lo sabía mi criado Juan, y un minuto después ya lo sabía yo. Conque me ha parecido prudente verme contigo.

MIGUEL.-Y ¿para qué?

PAULINO.-Para hacerte comprender la obligación en que estás de impedir que tu padre huya vergonzosamente.

MIGUEL.-Huyendo se salva.

PAULINO.-Huyendo se envilece, se deshonra, se cubre de ignominia.

MIGUEL.-¡Paulino! Déjame, te lo ruego.

PAULINO.-Y ¿podrá huir aunque quiera? Ya había aceptado el desafío, y mi papá, que está ciego de ira, en cuanto sepa que se trata de jugar con él...

MIGUEL.-¿No lo sabe aún?

PAULINO.-No estaba en casa cuando recibí la noticia; pero Juan ha ido en su busca para enterarle de lo que pasa.

MIGUEL.-Oye, Paulino (Sentándose a su lado.) ¿Deseas tú acaso la muerte de quien te dio la vida? ¿No se te ha ocurrido la idea de que en ese duelo podías quedarte sin padre? El mío se va. ¿Qué más puede apetecer el tuyo? Apártale tú de viles propósitos. Hazlo así por la memoria de tu madre.

PAULINO.-Mira, mira, chico, déjate de sermones, que no estamos en Cuaresma, y lo que es yo, ni en Cuaresma los oigo. Lo que no podría llevar con paciencia es tener un padre como el tuyo.

MIGUEL.-(Levantándose.) ¡Desdichado de ti, a quien no quiso dar el cielo tanta felicidad!

PAULINO.-(Riéndose.) Felicidad envidiable, ciertamente.

MIGUEL.-Hazme el favor de retirarte. Ya te he manifestado que una ocupación perentoria...

PAULINO.-¡Cuidadito, Miguel! (Levantándose.) Así se despide a un lacayo.

MIGUEL.-Bueno: lo que tú quieras.

PAULINO.-Yo he venido aquí para hacerte un favor.

MIGUEL.-Bien: te lo agradezco.

PAULINO.-Si a ti te parece cosa puesta en razón que tu padre huya como un cobarde...

MIGUEL.-Huir de la culpa es acción de valiente.

PAULINO.-Voy viendo que tu padre y tú sois tal para cual.

MIGUEL.-¡Ojalá! No tengo yo su fortaleza de ánimo..., y si continúo oyéndote...

PAULINO.-(Poniéndose los quevedos.) A ver..., a ver... ¿Es eso una amenaza?

MIGUEL.-(Dirigiéndose hacia la puerta de la izquierda en término.) No. Quédate aquí si gustas. Yo me retiro con tu permiso.

PAULINO.-(Deteniéndole.) No, señor; a mí no se me deja con la palabra en la boca.

MIGUEL.-Hombre..., hablas mal de mi padre, ¡y quieres que te escuche!

PAULINO.-No digo más sino que es un gallina; y como con esto no le levanto ningún falso testimonio, ¿qué has de hacer sino oírlo y tener paciencia?

MIGUEL.-La paciencia se tiene cuando se puede. Si fuera yo el que maldijese de tu padre, ¿la tendrías tú para oírme?

PAULINO.-Y de mi papá, ¿qué se puede decir?

(Empieza a oírse ruido en la calle.)

MIGUEL.-Nada, Paulino... Déjame.

PAULINO.-No; si me has de responder por fuerza.

MIGUEL.-¡Por fuerza!

PAULINO.-¿Qué tienes tú que decir del señor don Pedro de Villena? Responde.

MIGUEL.- ¡Oh! Ese grito... (Oyéndose mayor ruido en la calle.) Sí..., es la voz de mi padre. (Corriendo a la ventana.)

PAULINO.-(Asomado a la ventana también.) La gente le separa del mío.

MIGUEL.-¿Qué será?

PAULINO.-Juan está en el balcón. ¡Juan! ¡Juan! ¿Qué ha pasado?

(Pausa, durante la cual se supone que habla una persona desde fuera.)

MIGUEL.-(Sin atreverse a dar crédito a lo que ha oído.) ¡Eh!... ¿Cómo?... ¿Qué dice ese hombre?

PAULINO.-(Con alegría.) Pues lo mismo que yo me figuraba.

MIGUEL.-Pero ¿qué dice?

PAULINO.-Que mi padre le ha dado al tuyo un bofetón.

MIGUEL.-(Corriendo hacia la puerta del foro.) ¡Oh!

Escena XVIII

DICHOS y DON DÁMASO.

DON DÁMASO.-(Sujetándole.) Detente. Ya los han separado.

MIGUEL.-No importa.

DON DÁMASO.- Aumentarás el escándalo sin poder acercarte a Villena.

MIGUEL.-Pero ¿es verdad que ese inicuo le ha dado un bofetón a mi padre?

PAULINO.-Bien empleado le está.

MIGUEL.-(Volviéndose hacia PAULINO fuera de sí, cogiéndole de una mano y haciéndole hincar una rodilla en tierra.) ¡Canalla!

PAULINO.-¡Oh!

DON DÁMASO.-¿Qué haces?

MIGUEL.-Aplastar a una víbora.

PAULINO.-¡Suelta!

MIGUEL.-No hay más que un hombre tan villano como tu padre, y ése eres tú.

PAULINO.-¡Miguel!

MIGUEL.-Y ¿sabes lo que siento? No tener mil almas para despreciaros con todas ellas.

PAULINO.-Suelta, que me rompes la mano.

MIGUEL.-(Empujándole con violencia y soltándole la mano que le tiene asida.) Así he de romperte el corazón.

DON DÁMASO.-¡Pues esto es peor todavía!

PAULINO.-Tú harás lo que tu padre no quiere hacer, ¿verdad? Tú te batirás conmigo.

MIGUEL.-Sí.

PAULINO.-Mañana mismo.

MIGUEL.-Ahora mismo.

DON DÁMASO.-(Interponiéndose.) Pero...

PAULINO.-Dentro de media hora, con un testigo, fuera de la Puerta de Alcalá.

MIGUEL.-No faltaré.

PAULINO.-¡Me las pagarás todas juntas! (Vase por la puerta del foro.)

MIGUEL.-Si el mundo está plagado de fieras, ¿qué remedio sino matarlas?

Escena XIX

DON DÁMASO, MIGUEL, y en seguida, DOÑA CANDELARIA y DON FABIÁN dentro.

DON DÁMASO.-Vuelve en ti..., reflexiona.

MIGUEL.-No es tiempo de reflexionar.

DOÑA CANDELARIA.-¿Sabes por qué hay tanta gente en la calle?

MIGUEL.-No, madre; no lo sé.

DOÑA CANDELARIA.-Y tú, ¿qué tienes? ¿Adónde vas? Espera.

DON FABIÁN.-(Dentro, gritando.) ¡Candelaria!

DOÑA CANDELARIA.-¡Oh! ¿Por qué grita así?

MIGUEL.-¡Yo le vengaré! (Vase corriendo por la puerta de la izquierda de segundo término.)

DOÑA CANDELARIA.-Pero ¿qué hay?

DON DÁMASO.-¡Que es usted muy desgraciada! Miguel... Oye... Atiende. (Vase también precipitadamente siguiendo a MIGUEL.)

Escena XX

DOÑA CANDELARIA y DON FABIÁN.

DON FABIÁN.-(Dentro.) ¡Candelaria!

DOÑA CANDELARIA.-¡Reina del cielo, ten misericordia de nosotros!

DON FABIÁN.-(Entrando por la puerta del foro y gritando.) ¡Candelaria!

DOÑA CANDELARIA.-Fabián.

DON FABIÁN.-(Gritando más fuerte, sin verla.) ¡Candelaria!

DOÑA CANDELARIA.-Pero si estoy a tu lado.

DON FABIÁN.-(Señalándose a una mejilla.) Mira, mira.

DOÑA CANDELARIA.-¿Qué?

DON FABIÁN.-Aquí... ¿No ves?

DOÑA CANDELARIA.- Una señal.

DON FABIÁN.-¡Es..., es la mano de ese hombre, impresa en mi cara!

DOÑA CANDELARIA.- ¿Qué dices? Explícate.

DON FABIÁN.- ¡Es un bofetón que me ha dado ese hombre!

DOÑA CANDELARIA.- (Llorando.) ¡Infame! ¡Infame!

DON FABIÁN.- A la luz del día..., en medio de la calle. ¿Delante de quién me presento yo con un rostro abofeteado?

DOÑA CANDELARIA.-Mártir del deber, álzate ufano delante de Dios.

DON FABIÁN.-¡Y nos han separado cuando hubiera podido ahogarle! Ya estará en su casa... ¡Aún es tiempo!

DOÑA CANDELARIA.-¡Acuérdate del cielo, Fabián!

DON FABIÁN.-¡El cielo no se acuerda de mí!

DOÑA CANDELARIA.-(Tapándole la boca con la mano.) ¡Calla! ¡Calla!

DON FABIÁN.- ¡Húndase el cielo con tal que yo mate a ese hombre!

DOÑA CANDELARIA.-¡Calla! ¡Estás blasfemando!

DON FABIÁN.-¡Si te digo que le he de matar! (Tomando una pistola de la caja que puso MEDINA encima de la mesa.)

DOÑA CANDELARIA.-¡No..., no le matarás!

DON FABIÁN.-¡Sí!

DOÑA CANDELARIA.-¡Por esta pobre mujer que tanto padece!

DON FABIÁN.- ¡No!

DOÑA CANDELARIA.-¡Por tu hijo!

DON FABIÁN.- ¡No!

DOÑA CANDELARIA.-¡Por Dios!

DON FABIÁN.- ¡Ni por Dios sufro yo un bofetón!

DOÑA CANDELARIA.-Pues ¿no sufrió Él otro por ti?

Escena XXI

DICHOS, VILLENA, y luego DON DÁMASO.

VILLENA.-¡Aquí están!

DON FABIÁN y DOÑA CANDELARIA.-¡Oh!

(DON FABIÁN apunta a VILLENA con la pistola que tiene en la mano. DOÑA CANDELARIA se pone delante de su marido.)

VILLENA.-(Con mucha ansiedad.) ¡Una sola palabra!

DON FABIÁN.-(A su mujer, queriendo apartarla de sí.) Aparta.

DOÑA CANDELARIA.-(A VILLENA, conteniendo a su marido.) Váyase usted.

VILLENA. -(Con abandono y en voz muy alta.) ¡Señora, nuestros hijos se van a batir!

DOÑA CANDELARIA y DON FABIÁN.-¡Oh! (DON FABIÁN deja caer la pistola.)

DON FABIÁN.- ¿Cómo?... ¡Qué!... (Acercándose a VILLENA.) ¿Qué ha dicho usted?... ¿Es eso verdad?...

VILLENA. -Paulino me ha desobedecido. ¡Si Miguel estuviese aquí todavía!...

DOÑA CANDELARIA.-(Llamándole a gritos y corriendo hacia el foro.) ¡Miguel! ¡Miguel!

DON FABIÁN.- ¡Hijo! ¡Hijo!

DON DÁMASO.-(Saliendo por la puerta del foro.) En un coche se va a todo correr.

DON FABIÁN.-¡Vamos nosotros a buscarlos! (A VILLENA, acercándose a él y cogiéndole una mano.) ¡Vamos los dos!

DOÑA CANDELARIA.-Yo también; pero ¿adónde?...

DON DÁMASO.-En la Puerta de Alcalá se han citado.

DON FABIÁN.-(A VILLENA, cuya mano tiene asida.) ¿Tiembla usted?

VILLENA.-¡Soy padre!

DOÑA CANDELARIA.-¡Dios mío, salva a su hijo!

VILLENA.-(Conmovido.) ¿Y el de usted, señora?

DOÑA CANDELARIA.- ¡Pida usted por el mío! (Dirígense todos hacia el foro.)

FIN DEL ACTO SEGUNDO

Acto tercero

Campo.

Escena primera

MIGUEL, PAULINO y los dos PADRINOS del desafío.

MIGUEL, sentado en una piedra, a la izquierda, con la vista fija, los brazos caídos y la cabeza inclinada sobre el pecho, profundamente melancólico y abstraído; PAULINO, a la derecha, paseándose a lo largo del escenario, poniéndose y quitándose el sombrero, haciéndose aire con él y dando señales de ira y de impaciencia; los PADRINOS, en medio de uno y otro, más retirados del proscenio y vueltos de espalda, cargando las pistolas. Algunos instantes de silencio.

PAULINO.-(A los PADRINOS.) ¿Acabaremos hoy?

PADRINO 1.º.-Silencio, Paulino.

PADRINO 2.º.-Silencio, caballero.

PADRINO 1.º.-Ya están cargadas las pistolas. (A MIGUEL y PAULINO, volviéndose de cara al público con las pistolas cogidas de la culata.) Ahora mida usted el terreno (Al PADRINO 2.º)

PADRINO 2.º.-Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once y doce. (Midiendo doce pasos a lo ancho de la escena, desde la piedra en que esta sentado MIGUEL.)

PADRINO 1.º.-Usted aquí. (A MIGUEL, que se levanta y se coloca delante de la piedra, dejando en ella un pañuelo que tenía en la mano.)

PADRINO 2.º.-Usted ahí. (A PAULINO, que se coloca donde el PADRINO 2.º tiene puesto el pie izquierdo.)

PADRINO 1.º.-Que decida la suerte quién ha de elegir arma primero.

PADRINO 2.º.-En hora buena. Pidan ustedes. (Tirando al aire un duro.)

PAULINO.-Cara.

LOS DOS PADRINOS.-Cruz. (Bajándose al suelo para ver la moneda. El PADRINO 2.º la recoge y la guarda.)

PADRINO 1.º.-Tome usted una pistola. (MIGUEL toma una pistola.)

PAULINO.-Venga la mía. (El PADRINO 1.º se acerca a él y le da la otra pistola.) Ya, está. Acabemos.

PADRINO 2.º.-Otra vez le exijo a usted que calle.

PADRINO 1.º.-A la segunda palmada se apuntan ustedes: a la tercera, fuego. (Los dos PADRINOS se retiran hacia el foro. El 1.º mira hacia una y otra parte. El 2.º da una palmada, y después de algunos instantes, otra: MIGUEL y PAULINO se apuntan con las pistolas; aquél, sereno y sosegado; éste, respirando anhelosamente y con temblor que se nota en la pistola que tiene en la mano. El PADRINO 2.º, después de otra pausa igual, va a dar la tercera palmada, cuando el PADRINO 1.º, que estaba mirando hacia el foro derecha, le detiene.) ¡Quieto! Por entre aquellos árboles se ve gente. Parece que vienen hacia aquí.

PADRINO 2.º.-Abajo las pistolas. (MIGUEL y PAULINO hacen lo que se les dice. Éste se limpia con la mano el sudor de la frente.)

PADRINO 1.º.-Ya dije yo que estaríamos mejor detrás de ese ribazo.

PAULINO.-Hay que dar un rodeo.

PADRINO 2.º.-¿Qué importa? Vamos allá.

PADRINO 1.º.-Las pistolas. (MIGUEL y PAULINO entregan las pistolas.)

PADRINO 2.º.-Ustedes, delante.

PADRINO 1.º.-(PAULINO, temblando y con la vista turbada, siente un vahído y está a punto de caer.) ¿Eh, qué es eso?

PAULINO.-(Procurando reponerse.) Nada..., que he tropezado.

PADRINO 2.º.-(Al PADRINO 1.º, en voz baja.) Paulino lleva miedo.

PADRINO 1.º.-El otro sí que tiene serenidad.

(Vanse por el foro izquierda.)

Escena II

VILLENA, y a poco DON DÁMASO.

VILLENA.-¡Aquí tampoco! ¡Y me parecía seguro hallarlos aquí! Ya no sé hacia dónde echar. ¡Qué horrible tarde! No es sólo pena y ansiedad lo que siento... Siento, además, sin saber por qué, una rabia tan grande contra mí mismo... ¿Qué haré?

DON DÁMASO.-(Entrando por el foro derecha, dando señales de cansancio.) ¿Tampoco estaban aquí?

VILLENA.-¡Tampoco!

DON DÁMASO.-¿Luego el haber dado con sus coches no nos sirve de nada?

VILLENA.-¿Tomamos bien las señas que nos dieron los cocheros?

DON DÁMASO.-Según sus informes, hacia este sitio se habían dirigido: en este sitio debían estar.

VILLENA.-¡Pues no están!

DON DÁMASO.- Bien lo veo..., y lo que es yo, no puedo ya con mi alma.

VILLENA.-¿Si don Fabián y su mujer habrán sido más felices que nosotros?

DON DÁMASO.- Lo dudo.

VILLENA.-¿Y por qué lo duda usted? ¿Por qué ellos no los han de haber encontrado? Eran más dignos que yo de alcanzar esta dicha. Vamos a ver: dígame usted por qué lo duda.

DON DÁMASO.-Lo dudo... porque nosotros hemos andado ya por todos los alrededores... ¡Ojalá que su presunción de usted salga cierta!

VILLENA.-¡Ay, ojalá!

DON FABIÁN y DOÑA CANDELARIA.-(Dentro, gritando.) ¡Dámaso! ¡Dámaso!

VILLENA.-(Corriendo hacia el foro.) ¿Oye usted? De fijo los han encontrado.

DON DÁMASO.-(Corriendo también hacia el foro.) Sí: alegres parecen esas voces.

VILLENA.-¿Por dónde vienen?

DON DÁMASO.-No los veo.

DON FABIÁN y DOÑA CANDELARIA.-(Dentro, gritando muy cerca.) ¡Dámaso! ¡Dámaso!

DON DÁMASO.-(Bajando un poco hacia el proscenio.) ¡Ah! Por este otro lado.

VILLENA.-Sí. ¡Oh! ¡Solos!

Escena III

DICHOS, DON FABIÁN y DOÑA CANDELARIA.

(Entran, corriendo, por la derecha.)

DOÑA CANDELARIA.-(Con alegría y mirando hacia todas partes.) ¿Están aquí, verdad?

DON FABIÁN.-¿Están aquí?

DOÑA CANDELARIA.-Hemos hallado a los cocheros.

DON FABIÁN.-Y nos han dicho que ustedes los habían visto antes que nosotros.

DOÑA CANDELARIA.-¿No estaban aquí?

DON FABIÁN.-Hable usted.

DOÑA CANDELARIA.- ¿Será, será... que han llegado ustedes tarde?

DON FABIÁN.-¡Calla, mujer!

VILLENA. -Sosiéguese usted.

DON FABIÁN.-Pues, ¿qué hay?

DON DÁMASO.-Que no han parecido todavía.

DOÑA CANDELARIA.-¿Que no?

VILLENA.-No, señora.

DOÑA CANDELARIA.-(Respirando con ansia.) ¡Ay! ¡Menos malo!... ¡Y hace un momento eso me parecía lo peor!

DON FABIÁN.-Pero si nos han dicho que de fijo se hallarían en este sitio.

DON DÁMASO.-Lo mismo nos han dicho a nosotros.

DON FABIÁN.-¿Y no los han encontrado ustedes?

DON DÁMASO.-¡Dale! ¿No has oído que no?

DON FABIÁN.-Bien: no te enojes. ¡Es tan difícil desprenderse de una esperanza!

DON DÁMASO.- Pues a la esperanza de dar con ellos, por fuerza hay ya que renunciar.

DOÑA CANDELARIA.-¡No diga usted eso! ¿Renunciar a una esperanza que es toda nuestra vida? Los buscaremos...; los encontraremos al fin.

DON FABIÁN.- ¡Dios sabe cómo!

VILLENA.-¡Caiga sobre usted la sangre que se vierta!

DON FABIÁN.-Sí, sobre mí, que llegué a blasfemar.

VILLENA.-¡Ay de usted si mi hijo recibe el más leve daño!

DOÑA CANDELARIA.-¿En venganzas piensa usted ahora? ¡Si parece mentira que sea usted padre!

VILLENA.-Perdóneme usted... No sé lo que digo.

DON FABIÁN.-Pero, ¿qué hacemos aquí parados? La vida de uno de nuestros hijos depende quizá de que demos con ellos un minuto antes o un minuto después.

VILLENA.-¿Y hacia dónde ir?... ¿Por dónde dirigirnos?

DOÑA CANDELARIA.-Tentaciones me dan de preguntar por mi hijo a los árboles, a las piedras... ¡Ah! (Cogiendo el pañuelo que MIGUEL se habrá dejado en la piedra en que estaba sentado al empezar el acto.)

VILLENA y DON FABIÁN.-¿Qué es eso?

DON DÁMASO.-¿Qué hay?

DOÑA CANDELARIA.-¡Este pañuelo es de mi hijo!

DON FABIÁN.-¡Ha estado aquí!

VILLENA.-Entonces no pueden hallarse lejos.

DON DÁMASO.-(Subiendo por el declive del terreno.) A ver si detrás de ese ribazo...

DOÑA CANDELARIA.-(Mirando hacia la izquierda.) Por este lado no se descubre nada.

DON FABIÁN.- Ni por aquí.

VILLENA.-Y usted, ¿ve algo?

DON DÁMASO.-No. Puede asegurarse que no están por estos alrededores.

DOÑA CANDELARIA.-¡Santos del cielo!

DON FABIÁN.- Pero, ¿se los ha tragado la tierra?

DON DÁMASO.-¡Ah, sí! Allí hay unos matorrales que se mueven.

DOÑA CANDELARIA.-Y no corre un pelo de aire.

DON DÁMASO.- Allí anda alguien, no hay duda.

DON FABIÁN.- ¿Serán ellos?

DOÑA CANDELARIA.-(En tono de súplica.) ¡Señor!

VILLENA.-(Con viva ansiedad.) ¿Estarán allí?

DON DÁMASO.-Con el sol poniente brilla una cosa al través de las ramas.

DON FABIÁN.-Baja ya, baja.

DON DÁMASO.-(Mientras baja.) Puede muy bien ser la hoja de una espada o el cañón de una pistola.

DOÑA CANDELARIA.-¡Oh!

VILLENA.-¡Corramos!

DON FABIÁN.-¡Miguel! (Corriendo todos hacia el toro y gritando vueltos ya de espaldas al público.)

DOÑA CANDELARIA.-¡Hijo!

DON DÁMASO.- ¡Miguel!

VILLENA.-¡Paulino!

(Suenan dos tiros y los cuatro personajes dan un grito y se quedan inmóviles. DOÑA CANDELARIA pierde el sentido y cae en brazos de VILLENA, que la sostiene, hincando una rodilla en tierra.)

TODOS.-¡Oh!

DON FABIÁN.-(Haciendo un violento esfuerzo sobre sí mismo.) ¡Cúmplase la voluntad del Señor! (Vase corriendo por el foro izquierda.)

DON DÁMASO.-Más falta hago allí. (Siguiendo a DON FABIÁN.)

Escena IV

DOÑA CANDELARIA, VILLENA, y después UNA MUCHACHA.

VILLENA.-¡Qué ansiedad!... ¡Qué angustia!... ¡No puedo respirar!... ¡No puedo moverme! ¿Qué habrá sucedido?... ¡Pobre mujer! ¡Desdichada madre! ¡Señora!... ¡Señora!...

DOÑA CANDELARIA.-(Volviendo en sí.) ¡Fabián! ¿Dónde está Fabián?

VILLENA.-Ha ido... Ya sabe usted.

DOÑA CANDELARIA.-(Levántase y vacila, VILLENA la sostiene.) ¡Ay, señor don Pedro de mi alma! ¡Vamos allá! Vamos nosotros también.

VILLENA.-No tiene usted fuerzas para moverse.

DOÑA CANDELARIA.- (Sin poder dar un paso.) Sí. Ayúdeme usted.

VILLENA.-Aquí vendrán a decirnos lo que haya pasado.

DOÑA CANDELARIA.-¡Pero si tal vez en este momento!...

VILLENA.-¿Quién sabe? En un duelo es fácil errar la puntería.

DOÑA CANDELARIA.- No: esos tiros han resonado en el fondo de mis entrañas. Suélteme usted. (Desasiéndose de VILLENA y echando a correr hacia el foro izquierda.)

VILLENA.-(Siguiéndola. En este momento sale la MUCHACHA por el foro izquierda, pálida y desencajada y santiguándose muy de prisa. DOÑA CANDELARIA y VILLENA se detienen.) ¡Señora!

LA MUCHACHA.-En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. En el nombre del Padre...

VILLENA.-¿Qué es eso, muchacha? Oye, detente.

LA MUCHACHA.-(Corriendo hacia la derecha.) No, no; déjeme usted... ¡Yo no he sido!... ¡Yo no he sido!...

DOÑA CANDELARIA.-(Asiéndola de un brazo.) Ven, hija mía.

VILLENA.-(Sujetándola también. La MUCHACHA queda colocada entre DOÑA CANDELARIA y VILLENA.) Nada temas.

DOÑA CANDELARIA.-¿Por qué te santiguas?

LA MUCHACHA.-¡Ay, señora, lo que he visto!... ¡Ay, señora, lo que he recordado!... Así cayó mi padre hace un año, tal día como hoy; sólo que no fue de un tiro..., de un navajazo fue... ¡Y mi madre murió loca de pena en el hospital! ¡Y yo me quedé solita en el mundo!

DOÑA CANDELARIA.-Y ahora, ¿qué has visto?

VILLENA.-¿Qué has visto? Habla.

LA MUCHACHA.-He visto dos señoritos, uno enfrente del otro, mirándose de esta manera. (Imitando la posición de un hombre delante de su adversario en un duelo a pistola.) Yo creí que iban a jugar, y me asomé a verlos por entre unas ramas. ¡Estaban armados con pistolas! (Con expresión de terror.)

DOÑA CANDELARIA.-¡Ay de mí!

VILLENA.-Sigue, sigue.

LA MUCHACHA.-Más allá había otros dos señoritos: y uno de ellos dio una palmada, así... (Da las tres palmadas según lo indica el diálogo), y otra... así... y otra... así..., y luego de pronto, dos tiros..., y luego uno de los señoritos de las pistolas dio un brinco y una vuelta, y luego ¡cataplum!, cayó redondo al suelo.

DOÑA CANDELARIA.-(Dirigiéndose al foro.) ¡Jesús me valga!

VILLENA.-¿Qué señas tenía el que cayó?

DOÑA CANDELARIA.- (Volviendo al lado de la MUCHACHA.) ¿Qué señas tenía?

LA MUCHACHA.-No sé, no recuerdo... Cayó redondo..., yo cerré los ojos y eché a correr.

DOÑA CANDELARIA.-En este momento (Acercándose a VILLENA.) usted o yo no tenemos hijo. ¡Dios le conserve a usted el suyo! ¡Dios no permita que yo me quede sin el mío!

VILLENA.-(Asiéndola una mano.) Ya vienen. ¡Valor!

DOÑA CANDELARIA.-¡Sí; valor!

VILLENA.-(¿Cuál será?)

DOÑA CANDELARIA.- (DOÑA CANDELARIA y VILLENA, sin movimiento y asidos de la mano, miran con ansiedad hacia el foro izquierda.) (¿Cuál será?)

LA MUCHACHA.-¡Traen al muerto como llevaron a casa a mi padre! No quiero verle. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. En el nombre del Padre y del Hijo... (Sale corriendo por el foro derecha, santiguándose y volviendo atrás la cara con espanto.)

Escena V

DOÑA CANDELARIA, VILLENA, PAULINO, y en seguida DON FABIÁN, DON DÁMASO, los dos PADRINOS y MIGUEL.

VILLENA.-(Corriendo hacia PAULINO, que sale antes que los demás, y abrazándole con frenética alegría.) ¡Oh! ¡Paulino, hijo de mi alma!

DOÑA CANDELARIA.-¡Es el mío, don Pedro, es el mío! ¡Bendito Dios, que lo ha dispuesto así!

VILLENA.-¡Aparta!

(Rechazando con horror a su hijo. DON FABIÁN, DON DÁMASO y los PADRINOS traen a MIGUEL exánime y le colocan en la piedra que hay a la izquierda. DOÑA CANDELARIA y DON DÁMASO quedan sosteniéndole; DON FABIÁN, en pie, más a la izquierda, contemplando el grupo que forman MIGUEL, DOÑA CANDELARIA y DON DÁMASO; los PADRINOS, detrás de estos personajes, abatidos y taciturnos; VILLENA y PAULINO, a la derecha, con la vista clavada en el suelo.)

DOÑA CANDELARIA.-¡Hijo!... ¡Hijo!... ¡Hijo! (Llamándole con voz cada vez más fuerte.) ¡Es la primera vez que no responde a su madre! ¡Don Pedro, mire usted qué hazañas ejecuta el honor! Pero, ¿ha muerto ya? ¿Cuál habrá sido su último pensamiento?... Paulino... (Llamándole. PAULINO se estremece.) Paulino..., venga usted acá. ¡Venga usted, por Dios!

VILLENA.-Obedece.

(PAULINO se acerca poco a poco a DOÑA CANDELARIA, sin atreverse a mirarla.)

DOÑA CANDELARIA.- Usted estudia para médico.

PAULINO.-Sí..., sí, señora...

DOÑA CANDELARIA.-Pues dígame usted si aún tiene alguna vida.

PAULINO.-(Con espanto, sin atreverse a tocar a MIGUEL.) Señora..., yo...

VILLENA.-Obedece.

DOÑA CANDELARIA.- No; que lo haga por caridad.

(PAULINO se acerca a MIGUEL y le examina.)

PAULINO.-Sí; aún vive.

DOÑA CANDELARIA.-(Con alegría.) ¡Vive!

PAULINO.-¡Dentro de unos instantes no vivirá!

DOÑA CANDELARIA.- Con que haya lugar para que se prepare a bien morir me contento. No pido más: con eso me basta. Que acerquen los coches. Llevémosle en seguida.

PAULINO.-No, señora, no. Se moriría más pronto.

DOÑA CANDELARIA.-¡Pero ha de morir como un perro! Llévatele, Dios mío, llévatele, pero no así. Aquí hay un hombre en peligro de muerte... ¡Un sacerdote, señores, un sacerdote que venga a salvar un alma; que venga corriendo!

DON FABIÁN.-¡Iré yo!

DOÑA CANDELARIA.-¡Tú no, Fabián! ¡Y si mientras tanto se muere!

PADRINO 1.º.-Nosotros iremos.

DOÑA CANDELARIA.-Sí, vayan ustedes, y nada teman. (A los PADRINOS.) No delataremos a nadie. Si preguntan quién le ha matado, diré... cualquier cosa..., que le he matado yo.

DON FABIÁN.-Ahí tienen ustedes coches. Volando, ¿eh?, volando.

(Vanse los PADRINOS.)

MIGUEL.-¡Ay!

DOÑA CANDELARIA.-¡Su voz! ¡Hijo!

DON FABIÁN.-(Reprimiéndose.) ¡Hijo mío!

DON DÁMASO.-(Llorando a lágrima viva.) ¡Miguel, Miguel!

DON FABIÁN.-(Con afabilidad.) Calla, Dámaso, calla.

MIGUEL.-¡Padre, confesión!... ¡Madre, confesión!...

DOÑA CANDELARIA.-Sí, hijo de mi alma, sí. Ya han ido a buscar un sacerdote.

MIGUEL.-(Sin poder articular palabra.) Llegará..., llegará...

DON FABIÁN.- No hables..., no te esfuerces...

MIGUEL.-Llegará tarde.

DOÑA CANDELARIA.-¡Tarde!

MIGUEL.-Me muero...

DOÑA CANDELARIA.-(Palpando a su hijo.) ¡Fabián! ¡Sí..., el frío de la muerte!

MIGUEL.-¡Confesión!

DON FABIÁN.-Recuerda tus culpas, infeliz; recuérdalas con pesar de haberlas cometido.

MIGUEL.-Todas las tengo delante; de todas me arrepiento.

DON FABIÁN.-¡Mira que tu último pecado es muy grande!

MIGUEL.-¡Casi tan grande es mi dolor!

DON FABIÁN.-¿Perdonas a tus enemigos?

MIGUEL.-Sí.

DON FABIÁN.-¿Y al que te ha dado muerte?

MIGUEL.-Sí.

DON FABIÁN.- ¿Quieres estrechar su mano en señal de perdón?

MIGUEL.-(Con efusión y voz algo más fuerte.) ¡Que venga, que venga!

DOÑA CANDELARIA.-¿No lo oye usted?

PAULINO.-¡Miguel! (Se arrodilla y coge y besa la mano que alarga MIGUEL.)

DON FABIÁN.-¿Perdonas al hombre que dio un bofetón a tu padre? (MIGUEL no responde.)

VILLENA.-(¡Eso..., eso es valor!)

DON FABIÁN.-¿Le perdonas? Miguel, ¿quieres comparecer ante la Justicia eterna con rencor en el alma?

DOÑA CANDELARIA.-¡Miguel, por María Santísima!

MIGUEL.-(Hablando con mucho trabajo.) Es... es... que no podía hablar...

DOÑA CANDELARIA.-¡Hijo de mis entrañas!

MIGUEL.-Sí, le perdono.

DON FABIÁN.-¿Perdonas a tus padres el mal que hayan podido hacerte?

MIGUEL.-(Con mucha aflicción.) ¡Padre!

DON FABIÁN.-(Imperiosamente.) ¿Nos perdonas? Responde.

MIGUEL.-Sí.

DON FABIÁN.- A tu lado hay un hombre a quien has querido matar; y otro allí, a quien has hecho temblar por la vida de su hijo.

MIGUEL.-¡Paulino..., don Pedro, perdón!

DON FABIÁN.- Aquí ves a tus padres, poseídos por culpa tuya, de amargura indecible.

MIGUEL.-¡Perdón, padres míos, perdón!

(Haciendo un violento esfuerzo para caer a los pies de DON FABIÁN. DOÑA CANDELARIA y DON DÁMASO le sostienen arrodillado.)

DOÑA CANDELARIA.-Con toda el alma te perdonamos.

DON FABIÁN.-Con toda el alma te bendecimos, en el nombre de Dios (Le bendice), pidiéndole que si en nosotros ve algunos merecimientos, los acepte, sin quitar uno solo, en pago de tu culpa.

MIGUEL.-¡Qué inmensa bondad!

(DOÑA CANDELARIA y DON DÁMASO vuelven a sentarle en la piedra.)

DON FABIÁN.-Ahora, Miguel, llama a ti a Jesús; llámale con fervor, y verás cómo viene.

MIGUEL.-¡Sí..., yo adoro en él!

DOÑA CANDELARIA.-Encomiéndate a su bendita Madre. Mira (Sacándole un escapulario del pecho y poniéndoselo en las manos): aquí tienes tu escapulario.

MIGUEL.-¡Madre de Dios, acuérdate de mí! (Besando el escapulario.)

DOÑA CANDELARIA.-Por la amargura que pasaste al ver morir a tu Hijo, ruega por el mío en la hora de su muerte.

MIGUEL.-Padres..., amigos...

DOÑA CANDELARIA.-¡Se muere! Rece usted, don Pedro. ¡Las oraciones de usted serían tan agradables a Dios!

VILLENA.-(Mirando con terror a MIGUEL y a sus padres.) (¡Oh, si yo pudiera rezar!)

MIGUEL.-(Llamándolos y buscándolos con las manos.) Padre..., madre...

DON FABIÁN y DOÑA CANDELARIA.-Aquí estamos. ¿Qué quieres?

MIGUEL.-Creo...

DON FABIÁN y DOÑA CANDELARIA.-¿Qué?

MIGUEL.-Creo que Dios me perdona.

DON FABIÁN y DOÑA CANDELARIA.-¿Por qué, hijo, por qué?

MIGUEL.-¡Porque siento una alegría..., una alegría! (Con mucha dulzura.)

DON FABIÁN.-¡Se ríe!

DOÑA CANDELARIA.- ¡Se ríe!

MIGUEL.-Adiós..., adiós... ¡Jesús crucificado sea conmigo! (Muere.)

DON DÁMASO.-¡Óyele, Señor!

DON FABIÁN y DOÑA CANDELARIA.-¡Sálvale! ¡Sálvale! (Los tres hacen como que rezan.)

VILLENA.-(Con energía y abandono.) ¡Paulino, mira lo que hemos hecho!

Escena última

DICHOS y MEDINA.

(Entra por el mismo sitio en que está VILLENA.)

MEDINA.-Ha dado usted un bofetón al padre (Acercándose mucho a VILLENA y en voz baja.): por usted ha muerto el hijo. Ya comprenderá usted que vengo a matarle. Pero matarle es poco. ¡Toma, villano! (Le da un bofetón.)

VILLENA. -(Dando un grito y volviéndose hacia MEDINA con aspecto iracundo y amenazador.) ¡Oh!

DON FABIÁN.-(Poniéndose en pie.) ¿Qué haces?

PAULINO.-¡Padre!

DOÑA CANDELARIA.- ¡Impío!

VILLENA.-No..., no... (Reprimiéndose.) Lo merezco... Lo sufriré, por Dios. ¡Por el Dios a quien yo escupí, a quien yo abofeteé, a quien yo crucifiqué!... ¡Dios de mis padres, Dios verdadero, creo en ti! (Cayendo de rodillas.)

DON FABIÁN.-¿Qué oigo? (Acercándose a él.)

VILLENA.-Y ahora, don Fabián (De rodillas, volviéndose hacia él), y ahora, ¿puedo esperar que usted me perdone?

DON FABIÁN.-¿No le ha perdonado a usted mi hijo?

VILLENA.-(Con voz ahogada por los sollozos.) ¿De veras? ¿De veras..., usted me perdona?

DON FABIÁN.-¿Pues no somos hermanos?

VILLENA.-¡Gracias, hermano mío, gracias! (Cogiéndole una mano y besándosela.) ¡Ya puedo rezar, señora, ya puedo rezar! (Arrodillándose delante del cadáver de MIGUEL, y cruzando las manos en actitud de orar.)

DOÑA CANDELARIA.-Murió mi hijo para que usted resucitara. (A VILLENA.) Dios lo hizo. Bien hecho está.

(MEDINA, en el mismo sitio y en la misma actitud en que antes estaba VILLENA; DON FABIÁN, en el comedio del escenario llorando y cubriéndose la cara con las manos; MIGUEL, a la izquierda, sostenido por DOÑA CANDELARIA y DON DÁMASO; PAULINO, completamente anonadado y con la cabeza apoyada en el cuerpo de MIGUEL; VILLENA, arrodillado delante de éste, y vuelto de espaldas al público.)

FIN DEL DRAMA