221
Pienso que la etimología nació de que algún ave, como el rabihorcado, hacia vomitar a los alcatraces; los antiguos creían que hurgándoles en la boca.
222
En Arguineguín, Mogán y Restinga.
223
En Arrecife (Lanzarote).
224
El español hablado en Tenerife, Madrid, 1959, pág. 83, § 108.
225
Käte Brüdt no analiza la vida marinera en su «Madeira. Estudio lingüístico-etnográfico» (Boletím de Filología, V, 1938, págs. 59-91 y 289-349.
226
Cfr. «Canarias, camino de las Indias». Prólogo al libro de M. Álvarez Nazario, La herencia lingüística de Canarias en Puerto Rico, San Juan, 1972.
227
Me refiero a bote «delfín» (San Sebastián de la Gomera). Se me hace raro pensar que -como se ha dicho- de bode «macho cabrío» saliera la voz insular; aunque así fuera, bode existe en castellano y portugués, y entonces tendríamos que pensar en un cambio semántico regional. Más viable me parece pensar en un postverbal de botar, teniendo en cuenta la compañía saltarina de los delfines tras los barcos que navegan. (Acaso el étimon estuviera favorecido por semejanza fonética con algún otro nombre, (caña)bota, por ejemplo).
228
En Las Palmas y Arguineguín, llaman macarel al «chicharro joven». Se piensa, inmediatamente, en el francés maquereau, de étimon incierto, mejor que en el portugués macareu o el castellano macareo «ola impetuosa, etcétera», que poco tienen que ver con él. Sin embargo, ¿cómo llegó el francés? ¿Directamente? ¿En época reciente? ¿Con la terminología comercial? ¿Se adaptó bajo otros influjos?
229
Fondazione Giorgio Cini (2 vols.), Venecia, 1960.
230
Vid. Cuestionario del Atlas Lingüístico de los marineros peninsulares, Madrid, 1974.