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Mourelle de Lema distingue cuatro líneas fundamentales de investigación, que siguen métodos distintos y están orientadas hacia objetivos diferentes. Nacen, respectivamente, a partir de los siguientes hechos: el aumento sensible de la preocupación por la historia de la lengua; el comienzo de los estudios dialectales; los primeros influjos de la lingüística histórico-comparada y la introducción de la gramática filosófica o lógica. La Teoría Lingüística en la España del siglo XIX. Ed. Prensa Española. Madrid, 1968.

 

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De Méthodo, VI.

 

3

CONDILLAC. Cours d'étude pour l'instruction du Punce de Parme. Genéve, Villard. 1780, I, pág. XIX.

 

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Según Cousin, la observación directa de la realidad, tal como es dada a la conciencia, permite advertir el origen de los datos que el análisis de Condillac había descompuesto artificalmente en sensaciones, y permite, al propio tiempo, que sean aceptadas como primitivas las facultades activas del espíritu y las mismas condiciones de la posibilidad del conocimiento universal de las cosas. Dicha razón de origen equivale a reconocer como verdaderos los principios negados o dejados en suspenso por el análisis escéptico y a afirmar las entidades que, como la substancia y la causalidad, y en cuanto soporte de ellas, Dios, son disueltas o relegadas a lo inconcebible por la crítica. La filosofía de Cousin, que coincidió con la situación política conciliadora de su época, ha sido casi siempre combatida como superficial. Se extendió rápidamente por algunos países, sobre todo en España, Italia y en algunos países hispano-americanos.

 

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Pierre Laromiguière (1756-1837) ejerció gran influencia en el movimiento que, partiendo de los temas planteados por el sensualismo de Condillac, aspiraba a una superación del mismo por medio de la acentuación del carácter propio e irreductible de la actividad de la conciencia. El concepto de fuerza y de actividad propia resulta, pues, central en el pensamiento de Laromiguière, quien, a la inversa de Condillac, no deduce las operaciones espirituales de la sensación, sino todas las operaciones de la llamada «primera facultad», es decir, de la atención o concentración de la actividad del alma sobre el objeto. La atención «engrendra», por lo tanto, según Laromiguière, las diversas operaciones, incluyendo la del razonamiento y la operación fundamental de la comparación. De este modo, Laromiguière defiende una concepción espiritualista, pero la relación con los temas y aun con algunas soluciones de Condillac se manifiesta todavía en su consideración del lenguaje y del cálculo. En estos terrenos se desenvuelve forzosamente toda ciencia: el «arte de hablar» y la «lengua bien hecha» son, a su entender, indispensables para una consideración científica de la realidad.

 

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MENÉNDEZ PELAYO, M. Historia de los Heterodoxos Españoles, C.S.I.C. Madrid, 1948 págs. 116-117.

 

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Ferrer, en el prólogo a la traducción de las Observaciones religiosas, morales sociales y políticas, históricas y literarias, entresacadas de las obras del Vizconde de Bonald, dice: «su filosofía es espiritualista, pero no de ese espiritualismo místico sin claridad, envuelto entre sombras y misteriosas dudas, y en el que se evapora el genio alemán. Tampoco es ese sentimiento medio poético y medio filosófico, que flota entre el escepticismo y la creencia [...]. Su espiritualismo es católico sin dejar de ser racional, fijo como la autoridad en que se apoya, claro como la verdad de que emana, lleno de convicción y de luz».

«Ideólogo y metafísico -dice Ferrer-, Bonald desciende en sus obras al examen de los puntos más difíciles de la ciencia. Defensor de las ideas innatas, discípulo de Platón, de San Agustín, de Descartes, Leibniz y Malebranche, combate con fuerza de talento que pasma a la escuela contraria, en la que se ven figurar los nombres de Aristóteles, Locke y Condillac». Citado en Mourelle de Lema op. cit. págs. 59-60.

 

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Como anécdota ilustrativa, pueden servir las siguientes palabras: «¿Y qué decir de su Gramática General, monumento literario que bastaría por sí solo para crear la fama de un sabio de primer orden? Difícilmente podrá excorjitarse cosa más acabada ni leyes más nuevas, dentro de la lógica y de la observación. En sus páginas de oro purísimo y riquísimas perlas, asegura un sabio admirador del señor Arbolí, que venció y acorraló a Hermosilla. Y tenía razón.

Y allá va un detalle curioso que acaso ignoran muchos hasta ahora. Era Lista algo efecto á Condillac. El Sr. Arbolí, que tuvo talento suficiente para conocer los defectos de aquella filosofía, entonces de moda, evitó el peligro, y no obstante la dirección que á los estudios del Colegio de San Felipe imprimía el ilustre sevillano, supo el futuro obispo salvar los naturales escollos, escribiendo, en apuntes, las lecciones que explicaba á sus alumnos; y, al verificarse los exámenes públicos (a que asistían las autoridades, los literatos, y los padres de familia, en el patio del mismo colegio) quedóse admirado Lista, al escuchar á los jóvenes filósofos, y reconociendo su error condillalesco, rogó y suplicó con vivas instancias á su sabio amigo, el nuevo profesor Sr. Arbolí, que diese á la estampa aquellas admirables lecciones, dignas de figurar entre lo más galano, hermoso y castizo que ha brotado del genio español. A esto se debió, pues, la publicación de sus lecciones de Filosofía». LEÓN Y DOMÍNGUEZ, J.M. Recuerdos Gaditanos. Imp. Cabello y Lozón. Cádiz 1897.

 

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ARBOLÍ J. Compendio de las lecciones de filosofía que se enseñan en el Colegio de Humanidades de San Felipe Neri de Cádiz. Tomo I. Imp. de la Sociedad de la Revista Médica. Cádiz, 1844, pág. VI.

El Colegio de San Felipe Neri se inauguró el día 29 de octubre del año 1838. El reglamento fue redactado por D. Alberto Lista, en la parte literaria; D. José Arbolí fue el responsable del aspecto religioso y D. Bernardo Darhán se ocupó de las normas disciplinarias. En el libro de León y Domínguez, anteriormente citado, podemos encontrar una amplia información sobre el personal docente, plan de estudios e, incluso, un juicio valorativo de su orientación pedagógica.

 

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MATA y ARAUJO, Luis de, Elementos de Gramática General, Impr. Calleja, Madrid, 1842, pág. 6.