31
Henri Favre,
Los Incas. Barcelona, Oikos-Tau, 1975, pág. 92, cree que los incas nunca
lograron normalizar el sentido convencional de los nudos y colores
de los quipus, mientras que Concepción Bravo: El tiempo
de los Incas. Madrid, Alhambra, 1986, pág. 113, dice que los colores daban
«un significado preciso a los productos
o clases y categorías de personas»
consignados en
los quipus. Jesús Lara, La cultura de los inkas.
Cochabamba-La Paz, Los Amigos del Libro, 1976, págs. 324-347, habla por extenso del
problema de interpretación de los quipus. Parece dar por
buenos los datos de Garcilaso, pero rechaza los añadidos de
Antonio de la Calancha, según el cual el negro
significaría el tiempo, el carmesí finísimo el
rey, el morado los caciques sin categoría real, el pardo la
población, y la combinación azul-amarillo-blanco el
culto religioso. En suma, es un tema complejo, actualmente sin
respuestas definitivas.
32
La combinación azul-oro era muy frecuente en el campo caballeresco europeo, pues, tras el daltonismo griego, el azul bárbaro de fines del imperio romano, al igual que el rojo pagano, acabó por integrarse en el mundo cromático cristiano, asociado al cielo (patria de la Iglesia triunfante), al Nuevo Testamento, y a la Virgen como reina. Los precios de los cuadros religiosos de la Baja Edad Media se contrataban según las cantidades y calidades de oro y azules a emplear, mientras que los soberanos cristianos repartían el derecho a usar esa combinación entre sus nobles y servidores de palacio. Brusatin, [22], págs. 44-45, 49-50 y 52-53.
33
Durand, 1949,
[11], pág. 124, habla de
su «temperamento
estético»
, diciendo que «Garcilaso era una naturaleza esencialmente
poética»
. Miró, [15], pág. 417, habla de «la finura de su sensibilidad y ... su
extraordinaria lucidez intelectual»
. En todo caso, la
mayoría de los reconocidos especialistas sobre Garcilaso
destaca la alta calidad literaria de sus obras.
34
Goldstein, [2], pág. 29, cita a Jacob Burkhardt, Civilization of the Renaissance in Italy. Londres, 1950, 4.ª Parte, cap. 3.
35
J. H. Elliott, «Renaissance Europe and America: A Blunted Impact?», en Chiapelli, [2], I, pág. 21.
36
Francisco Esteve Barba, Historiografía indiana. Madrid, Gredos, 1964, págs. 12-13, señala este defecto.
37
Chaquira: Sobre esta voz puede consultarse el trabajo de José María Enguita Utrilla, «El oro en las Indias. Datos léxicos en la Historia general y natural de Fernández de Oviedo». América y la España del siglo XVI. Madrid, CSIC, Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo, 1982, vol. I, págs. 282-283.
38
«El Cozco en su imperio fue otra Roma en el
suyo, y así se puede cotejar la una con la otra, porque se
asemejan en las cosas más generosas que tuvieron»
(CR, I/7, VIII).
39
Raquel Chang-Rodríguez, «Armonía y disyunción en La Florida del Inca». Revista de la Universidad Católica, 11-12, Lima, 1982, págs. 23-24, hace una sugestiva interpretación de este encuentro entre Soto y la cacica de Cofachiqui, a la luz de la influencia en Garcilaso de Los diálogos de amor. La señora, discreta y hermosa, se entrega simbólicamente a Soto, en un acto lleno de belleza y amor, tal como imagina Garcilaso la fusión amorosa (mestizaje) entre el Viejo Mundo y el Nuevo. La frustración de este sueño se ve encarnada en el suicidio del joven indio embajador, preso de un intenso conflicto de lealtades, escena que no sólo pone en evidencia las tensiones espirituales a que está sometido el mundo mestizo en general, sino su aplicación al caso concreto del propio Garcilaso.
40
Orozco, [14], págs. 174-176, alude al retrato de la emperatriz Isabel pintado por Tiziano, a la descripción de Leonor de Milán por Herrera, y a la de Isabel de Freire por el poeta Garcilaso.