La secta y el microrrelato, presentación con coda
Luisa Valenzuela
(San Miguel de Tucumán, 2007)
El furor ha cundido y se han sucedido varios congresos de microficción en el último año -Buenos Aires, Neuchatel, Santiago de Chile y ahora acá- Tantos, que mi sospecha de que los minicuentistas constituimos una secta se ve confirmada. Una secta feliz, donde la loca de la casa de ha bajado del ático para dominar la escena. Nosotros la alentamos, y ella se apropia de nosotros y nos lleva por impensadas sendas. Muy acotadas si, las sendas, pero llenas de bifurcaciones secretas que los lectores, esos cómplices, esos compañeros de ruta de la secta suelen descubrir y frecuentar.
Lo de la secta lo intuí ya en Neuchatel, y le doy las gracias a nuestra anfitriona, Irene Andrés-Suárez.
Con el paso del tiempo y de los encuentros la secta de los microrrelatos va cosechando adeptos, gentes por ejemplo que antes creyó estar escribiendo poemas en prosa, como María Rosa Lojo, descubrieron de golpe que son excelentes microrrelatos. O escritores y escritoras que van afinando la puntería hasta lograr decir lo máximo con lo mínimo. Todo un desafío.
A esta secta nuestra del mini ya muy máxima se va entrando casi sin querer, sin proponérselo. Como le ocurrió a Marcela Solá:
No sé qué espera de mí, pero lo espera.
«A la vuelta de la esquina, por las mañanas, en la calesita, o donde sea, él espera. Trato de convencerlo de que nada puede esperarse de mí. Pacientemente, sin embargo, espera. Hago malabarismos de ingenio para ver si cumplo con su espera. Llevo años tratando de complacer una espera que me resulta desconocida. Con el tiempo me he transformado en la espera del que espera. Entonces, debí sospecharlo, él deja de esperar.»
Es mi caso se trató de un recorrido paulatino y a ciegas. Primeros quizá fueron los Textículos de magia y otras yerbas que escribí en los años 60 para unos programas mínimos llamados justamente micros para Radio Municipal. Después, con años de diferencia, empezaron a surgir en pareja en distintos volúmenes de mis cuentos:
«El abecedario» y «El pecado de la manzana» en Los Heréticos (1967), «Crisis» escrito en el 75 y «Este hombre es una mina» en Libro que no muerde (1979).
Tuve que esperar casi hasta fines de los noventa, hasta llegar a Salamanca (la que non presta) para enterarme gracias a Paqui Noguerol de que natura me había dado la capacidad de producir una síntesis llamada, oh sorpresa, microficción, minicuento, microrrelato. Esa magia de múltiples nombres que se jacta de tener teóricos de primera línea como la misma Noguerol, y David Lagmanovich, y Lauro Zavala. Recuerdo ahora varias pequeñas antologías de escritura mínima en las iban aflorando estas pastillas hasta cobrar una nueva y radiante dimensión.
Y es esa dimensión, ahora enorme, la que nos reúne acá en la bella Tucumán y que todos festejamos. La que da lugar a que hoy yo hable de una secta, o más bien una sociedad secreta y a la vez incluyente. Que admite todas las propuestas y todos los vientos. Una secta como las fraternidades de la Edad Media, de apoyo mutuo pero a su vez libre y abierta a todo público. Sólo que el público tiene de alguna manera que ser iniciado para poder pertenecer, tanto en su calidad de miembro activo o pasivo, aunque poca pasividad puede permitirse quien lee microrrelatos.
De las sectas se dice que tienden a la purificación, a la iluminación y a la reintegración.
Nosotros también: cierta iluminación es necesaria para captar esa chispa que generará la minihistoria. Imprescindible también es la purificación del lenguaje, nadie puede negarlo. Y la reintegración… ahí cada cual pondrá su granito de arroz. De las sectas tradicionales se dice que aspiran a una reintegración al Edén perdido. Nosotros quizá aspiremos a recuperar esa pasión por la literatura que tuvimos de adolescentes. Porque cada buen microrrelato está vivo, tiende pseudopodos, crece en nuestra memoria y se autoenriquece como si se autogestara con cada lectura.
No hay en la secta un libro canónico, pero sí magníficos editores que esparcen la buena nueva. José Díaz en España, con originales libritos de Thule ediciones. También nuestro aquí presente Fernando Valls desde la editorial Menos Cuarto. Y en Chile Cristian Cottet, el poeta que creó los libros objeto de Mosquito Comunicaciones, o los pequeños libros tan cuidados de la colección La Luna de Venegas. Ahora esperemos que algún editor local levante el desafío.
Nuestra secta tiene, faltaría más, su contraseña. Ya todos deben de haberla adivinado.
Es Dinosaurio, por supuesto. Monterroso la puso en marcha pero Spielberg a pesar de sus largas parrafadas hechas cine lo intuyó: el microrrelato es el ADN del gigante en la mínima célula de sangre del mosquito.
Casi todos nosotros y nosotras, viejos y nuevos miembros de la secta, tenemos nuestros despertares y nuestros dinosaurios. Lauro Zavala hizo de esas siete palabras -nueve contando el título- un mundo cuando compiló los textos para El dinosaurio anotado.
Me permitiré leer mis aportes que espero figuren en una próxima edición aumentada:
Serie TITO
- Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. ¡Pobre, qué mala suerte! Una vez más la máquina del tiempo había fallado y tendría que volver a postergar su cita con Spielberg.
- Cuando la coma del célebre microrrelato despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Temeraria, avanzó a pesar de todo hacia la tan ansiada libertad, pero a los pocos pasos dio de bruces con una barrera infranqueable: el punto final.
- Cuando despertó allí no estaba.
Espero poder incorporarme así, como tantos aquí presentes, a la flamante Orden de la Brillante Brevedad. OBB para los íntimos. U Oh, bebé!, ya que son pequeñitos. O bebe, que hay microrrelatos que resultan excelentes tragos.
El buen paladar es algo necesario en esta secta. Paqui Noguerol habló en Chile de su disgusto ante el término Fast Fiction. ¡Cuánta razón tiene! Culinariamente hablando, lo nuestro sería más bien Nouvelle Cuisine Fiction, algo ofrecido en dosis muy pequeñas pero elaborado con exquisito esmero y presentado de la mejor manera. Siempre recordaré un banquete en casa de los embajadores de Corea en Buenos Aires. Cada porción era absolutamente diminuta, presentada en platitos del tamaño de los que acompañan el pocillo de café, y de los más variados sabores. Los platitos se sucedían unos a otros, y cada bocado era una nueva sorpresa y un deslumbramiento gustativo. Microrrelatos gourmet al máximo. ¡Pero ojo! Había que comerlos con esos muy cortos palitos de plata, especiales para asegurarse de que la comida no estaba envenenada.
Así servimos los microrrelatos, con venenos ocultos que no necesariamente oscurecen la plata pero siempre hacen correr la adrenalina.
Son venenos que no matan, por supuesto, sólo estimulan la aventura de descubrir nuevos artilugios y misterios.
Nuestra secta es totalmente inofensiva, si se piensa que despertar la imaginación no es un peligroso acto revolucionario. Pero lo es, aunque no mate a nadie y sólo nos impulse a seguir inventando.
Por lo general los aspirantes a adeptos se acercan a nosotros y con cierto temblor nos muestra alguna subrepticia página que está casi en blanco. Solemos acogerlos con toda generosidad en nuestro seno. Ni siquiera somos demasiado exigentes: ellos y ellas mismas aprenderán las exigencias con el correr de la pluma.
A veces captamos adeptos de manera subrepticia, a veces de manera involuntaria.
No somos por eso inofensivos:
Contaminación semántica
La vida transcurría plácida y serena en la bella ciudad de provincia sobre el lago.
A pie o en coche, en ómnibus o en funicular, sus habitantes se trasladaban de las zonas altas a las bajas o viceversa sin alterar por eso ni la moral ni las buenas costumbres.
Hasta que llegaron los minicuentistas hispanos y subvirtieron el orden. El orden de los vocablos. Y decretaron, porque sí, porque se les dio la gana, que la palabra funicular como sustantivo vaya y pase, pero en calidad de verbo se hacía mucho más interesante.
Y desde ese momento el alegre grupo de minicuentistas y sus colegas funicularon para arriba, funicularon para abajo, y hasta hubo quien funiculó por primera vez en su vida y esta misma noche, estoy segura, muchos de nosotros funicularemos juntos.
Y la ciudad nunca más volverá a ser la misma.
No es la nuestra una secta que quitará el sueño a los padres si sus hijos se acercan a ella. Al igual que la Secta del Fénix, ese cuento de Borges:
«[...] la historia de la secta no registra persecuciones. Ello es verdad, pero como no hay grupo humano en que no figuren partidarios del Fénix, también es cierto que no hay persecución o rigor que estos no hayan sufrido o ejecutado».
Cierta noche durante la presentación de su libro La cifra, Borges me tomó del brazo y me reveló personalmente el secreto de la secta del Fénix. Alguno de ustedes quizá descubra un día el secreto de la nuestra. Mientras tanto sólo pudo permitirme banalizar y definir en poquísimas palabras el misterio de la secta borgiana:
El sexo
Ese juego de encastre.
Los adeptos a nuestra secta están libres de practicar este juego como mejor les plazca y con quien o quienes prefieran, y escribir sobre él o sobre cualquier otro juego: la mancha, la escondida, el huevo podrido, descubriendo sus más oscuros secretos. Eso sí, en un mínimo de líneas, atendiendo a la máxima de Gracián intervenida por nuestro Landrú local:
Lo bue, si bre, dos veces bue.
Pero hay una Coda (nunca mejor usado el término)
Diez segundos
A las dos y veinte de la mañana un hombre está meando contra un muro muy poco iluminado en el barrio de Almagro. Un asaltante lo encañona y le saca la billetera, razón por la cual el hombre se dirige a la comisaría más cercana a hacer la denuncia. El oficial le dice: Mire, ésta no es una zona segura, tenemos un montonal de denuncias así que le doy diez segundos para hacer la suya.
El hombre respira hondo y dice: Un chorro me cortó el chorro.
Yo aplaudo al hombre por su rapidez mental y su capacidad de síntesis, me aplaudo por haberle dado vida. Después me pregunto ¿dónde iremos a parar con ingeniosas frases idiomáticas en un mundo globalizado y de español neutro? No hablemos ya de imposibles traducciones, una ambición mayor, sino simplemente de fronteras lingüísticas. Esas cosas. Más allá de las pampas, las secas y las húmedas, pocos muy pocos pescarán el significado de un vistazo. El segundo chorro se comprende, pero al primero habrá que inferirlo del sentido de la frase. Si el meón fue asaltado, la deducción no resulta difícil. Un chorro me cortó el chorro… Por mi parte estoy llena de esos chorros lunfardos, ladrones metafóricos que me cortan el primero de los chorros, también metafórico. Es decir me roban el impulso creativo, se llevan la posible concatenación de mis minihistorias, me sustraen la concentración. Pero debo ser breve, tengo sólo diez segundos y aunque simbólicos -pueden estirarse hasta dar de narices contra el oscuro muro, con perdón de la rima, contra el cual el hombre sigue orinando en la eternidad de lo escrito-, entonces más vale cortar ya la verborragia. Ese chorro.
Cortar esta vez por necesidad horaria, no por simple dispersión que siempre nos arrastra a otras costas.
Muchas gracias