Acto III
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La decoración del acto primero. Penetra a escena HILARIO GARCÍA, El Mulato. Es un hombre aparentemente joven aunque un tanto marchito. De gestos desafiantes, autoritarios. Intermitentes cantos lejanos de grillos y algunos cocuyos.
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HILARIO.-
(Gritando.) No hay nadie en esta casa.
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(En lo alto de la escalera, BLANCA ESTELA. Viste un hermoso traje de noche rojo que contrasta con la blancura de su piel. Sensualidad y violencia.
Él la observa fascinado.)
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BLANCA ESTELA.-
(Con humor o sarcasmo indefinible.) ¿Ése es el saludo cuando llegas? (Imitándolo, mientras desciende la escalera.)
No hay nadie en esta casa. (Otro tono.) Debías mostrarte más variado de entrada..., más,
¿cómo diré?..., como en una opereta de Gonzalo Roig o Lecuona. (Otro tono.) Lo sucedido supongo que espantoso. Te lo advertí,
¿recuerdas? No te empeñes en el asunto del Moro Guilarte, te dije.
(Se acerca y lo besa en la mejilla como parte de una aburrida ceremonia. Una vez que ella lo ha besado,
él la agarra fuertemente por los brazos, la atrae contra su cuerpo y le estampa un beso. Otro tono.)
Bruto. La pintura de labios. Por favor, suéltame.
(Él obedece. Le enseña las marcas en los brazos)
¡Convéncete!
¡Es horrible! Tendré que ponerme crema, porque estos moretones perduran..., y me duelen un montón...
¡A tu edad, coño!
¡Qué bárbaro! Y luego le dicen a una que la delicadeza con los años se adquiere...
(Otro tono, acariciándose los brazos.)
¿Cómo te fue?
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(HILARIO la observa, agacha la cabeza y se reclina sobre el pasamanos de la escalera.)
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HILARIO.-
(Lento, reflexionando, más o menos avergonzado.) Ni preguntes...
(Pausa breve.) Ahí. Tirando.
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BLANCA ESTELA.-
(Sarcástica.)
¡La gran noticia!
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HILARIO.-
(Saca una pitillera del bolsillo del pantalón, la abre, toma un cigarrillo, guarda la pitillera, saca una fosforera del bolsillo de la chaqueta del uniforme y enciende el cigarrillo. Larga bocanada.) Para serte sincero, todavía no comprendo qué es lo que ha ocurrido.
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BLANCA ESTELA.-
(Tono anterior.) Eres increíble.
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HILARIO.-
¡Me duele, coño!...
¡Cerciórate!...
¡Tenso, tenso!..., es una jorobeta todo el cuerpo, como si hubiera recibido una violenta pateadura. Los músculos de la espalda, el cuello..., mira, las manos me tiemblan, y en la cintura, por los riñones..., y las piernas, los muslos, mira, de piedra, y los pies un desastre.
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BLANCA ESTELA.-
(Dándole un pequeño masaje en el cuello.) Nunca me haces caso.
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HILARIO.-
(Suspirando.) En fin, tomémoslo como se debe, a un gustazo un trancazo. O el amorfo sentimiento de acabar. (Pausa breve.) Yo no iba a permitir que el Moro Guilarte siguiera haciendo de las suyas.
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BLANCA ESTELA.-
Perdóname, Hilario. No quiero ser mala, pero debo recordarte que el Moro Guilarte es quien es porque tú se lo permitiste. Tú lo ayudaste. Tú sacaste las castañas del fuego, no una vez, sino una infinidad. Tú sabías qué clase de hombre era. Un asesino. Un matarife de la peor ralea. Y lo consentiste.
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HILARIO.-
(Interrumpiéndola. Con un temor que no se manifiesta totalmente.)
¿Está Pablo ahí?
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BLANCA ESTELA.-
Duerme. Se quedó dormido mientras comía, lo tuve que acompañar a su cuarto. Aún así me recomendó que cuando llegaras lo despertara.
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HILARIO.-
(Ocultando sus sentimientos, brusco.)
Déjalo que duerma. Es mejor que no sepa. Beto, el chofer, me garantizó que andaba con el rabo entre las piernas, asustado, tratando de escabullirse, de entrometerse, averiguando como el zuzún pintado, queriendo estar al tanto de qué era, de por qué el revuelo. Le he prohibido que vaya a la Estación, y no escarmienta. Allí mariposea y estorba. Que se aplique a los libros...
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BLANCA ESTELA.-
(Interrumpiendo.) Fui yo la que le propuse que fuera a verte. Desde temprano era un moscón dándome vueltas y vueltas.
«¿Qué le sucede a papá?»
Yo intenté explicarle por arribita. No podía, rodeada por Agustina y la muchacha que limpia. Extrañaba que tú no lo esperaras para desayunar juntos. Que si el ascenso de papá, que se debe celebrar, que invitaré a los amigos más íntimos, que si no es hoy será mañana, o mejor el domingo,
¿que tú crees, Blanca Estela?, que se lo había dicho a Cachita, que un compromiso, y yo ni esta boca es mía. Salió para el Instituto a una prueba o a buscar un cuaderno. Regresó y continuaba con la misma matraquilla. Para que me dejara tranquila le aseguré que lo llamaste y salió como una exhalación. (Otro tono.) Exclúyelo, y será peor...
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HILARIO.-
(Cortante, molesto.) Te repito que lo dejes dormir. No lo apabulles. Ahorrémosle ese mal trago. Ya tendrá tiempo para enfrentarse a la vida. (Pausa.) Es el vivo retrato de su madre. La pobre. Antes de morir no hacía más que atosigarme:
«¿A quién se parece mi hijo?».
«A ti, mujer». Sólo tenía unos días y gritaba hasta esmorecerse. Recuerdo que la casa quedó sola y me sentía en ascuas...
Con tal de desahogar, corría al timbiriche de Pancho, que por aquel entonces era minúsculo, pregúntale a él..., él conoce del pe al pa esa historia, y bebía y me cuestionaba:
«¿Qué haré con mi hijo?», y yo, y yo...
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BLANCA ESTELA.-
Por favor, no sigas.
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HILARIO.-
(Con una sonrisa enigmática.)
Da pena recordar a los muertos, y ellos, los muertos acompañan...
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BLANCA ESTELA.-
(Interrumpiendo.) ¡Ay, qué tétrico! Los muertos, en su sitio. (Otro tono, próxima al
énfasis.) Es mejor que lo sepa ahora. No es un niño. Es un hombre hecho y derecho. Lo proteges de tal modo que lo matas..., o lo convertirás en un inútil.
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HILARIO.-
(Violento.) Basta.
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BLANCA ESTELA.-
Algún día...
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HILARIO.-
(Rápido.) Que me recrimine cuando quiera. (Otro tono.) Prefiero hablar contigo a solas.
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BLANCA ESTELA.-
(Rápida.)
¡No cambias!...
Luego, después, más tarde, mañana, en la próxima semana, cuando ya a ti no te concierne. (Otro tono.) Este atasco, en caliente. Si lo dejas en el aire se vuelve materia inflamable.
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HILARIO.-
(Rápido.)
¡No me inquiquines, coño!
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BLANCA ESTELA.-
(Rápida.) Palabra santa. (Pausa larga.)
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HILARIO.-
(Se sienta en un escalera, y se hace casi un ovillo, con los codos apoyados en las rodillas y el rostro entre las manos. Suave, en un murmullo.) Uno no sabe, Blanca Estela.
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BLANCA ESTELA.-
(Violenta, feroz.) No sabes...
¡Sí sabes, carajo! Tú, mejor que nadie, te filtras entre los hilos que se mueven. Tú, mejor que nadie, detentas los datos, los detalles mínimos..., las argucias, los cabos sueltos, los enmarañados vericuetos..., y es más, lo que cavilan los de más arriba, los intocables. Te leí la cartilla, y sabías que era un juego peligroso, que estaba en juego tu pellejo, que podías en un tris saltar. Y cuál fue tu respuesta, una carcajada, y el escupitajo de
«bruja».
¿Dices que no sabes?
¿A quién engañas, a mí, o a ti mismo?
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HILARIO.-
(Desesperado.) Te juro que no sé...
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BLANCA ESTELA.-
(Dura.) Ah, pobre infeliz descuarejingado por el destino. Bendito condenado, no sabes...
¡Pues yo sé! Ellos, la camarilla que gobierna, te toleraba. Tú les eras necesario. Gente, como tú, son pocas. Agradables, simpáticas, que pueden llevar una conversación, y que poseen un arsenal de trucos y pillerías. Aceptaban tus bromas, tus chistes..., y que les hagas llevadera esa existencia en la que se vacila entre el aburrimiento y la ferocidad, en la que las cosas están disponibles, es decir, al alcance de la mano, y a la vez son intocables por peligrosas.
¡Sí, Hilario, sí!
¡Compréndeme! Lo juzgarás estúpido, pero es así.
(HILARIO la contempla fascinado.)
No hay peor aburrimiento que el saber que no se tiene que hacer ningún esfuerzo por conseguir algo y, por otra parte, a ese aburrimiento lo acosan tentáculos de ferocidad,
¿me sigues?, es un argumento banal, de todos los días, tú quieres más y más, nada te satisface, entras en una nube de fantasmas dorados, e ignoras cómo disfrutar esos fantasmas que por dorados te fascinan, y en esa lucha, entre uno y otro, vas inclinándote hacia una zona en la que tocas el vacío..., y nos invade un frenesí, me gustan los cubiertos de plata, ah, qué tontería, será bonito mirarlos, sí,
¿por qué no?, mirarlos a distancia, y los miras, y te adelantas un poco, y tu mano avanza, tiemblas, rechazas esa idea, y la mano avanza e impasible los palpas, y al palparlos, dudas, y ya quieres poseerlos...
y el poseerlo requiere un cómplice...,
¿no? Alguien que esté ahí, que comparta hasta un límite. Yo tengo derecho a tal tarantín, y tú a otro, que no es como el mío, sino inferior..., pero tú puedes llegar en cualquier lance a poseerla, pues una vez que yo la tengo me canso, se me hace tan difícil explicarte, yo me aburro y deseo un punto más distante, y tú me tiendes la mano, y tu mano sobre mi mano van hacia el punto de mira, y yo lo alcanzo, y tú sabes, tú has comprobado cuál es ese deseo..., y tú te confundes y juzgas que tenías el mismo deseo y que eres igual, que no hay diferencia, y te equivocas, existe siempre una diferencia...
(Pausa breve.) Ellos, obligados a carabina contigo, tú eras el señalado, la pobreza y las ambiciones se embarullan, tú te manejabas en el aire, con las conexiones en esa zona que ellos menosprecian e ignoran, una serie de imprevistos lanzan el anzuelo, el padre de Juvencio te tendió la mano, eran socios, compartían ilusiones, compañeros de infancia, la misma escuela, las mismas novias, lo vivido por cada muchacho, y a pesar de ello desconociéndose mutuamente, y un buen día, el amigo se convirtió en enemigo, él era un tipo al que tú aspirabas sobrepasar, tu imagen superpuesta, él era y no era, y tú detrás acechabas la oportunidad, tú le debías favores, él te los debía también,
¿cómo equiparar esa sombra que se transforma en pesadilla?,
¿cómo?..., tú, a ratos entre la tiniebla de las elucubraciones, combatías esa idea..., pero estamos educados para la traición.
¡Sí, para la traición!...
Un sueño, una ambición rompe los diques y vuela el peso de los años de amistad, y sobre todo el miedo a perder el poder, el pequeño y triste poder de sobrevivir y de imponerte...
Y tú te reservabas los contactos adecuados..., y el Moro Guilarte servía...
Pasada esta experiencia, el poder sabía y tú, maniatado, cargabas doble deuda, con el poder y con el Moro Guilarte, y ése, querido, ha sido, y quizás será, un eterno dolor..., inexcusable. Porque atrabancado y emponzoñado cubría un papelito, y tú contabas con el hipotético ascendiente que ejercías sobre él, convencido actuabas, y estabas sobre aviso de que iba a estropearse, de que dicho ascendiente no abrigaba toda las necesidades, las tuyas y las de él..., que tu superioridad se basaba en una especie de envite en el que predominaban ciertas ideas fugaces de admiración a tu vigor corporal, y que al traste se iría si tú no compensabas la condición permanente del hombre, su sordidez...,
¡le ofrecías el pescado en un gancho y a cuenta gotas..., y fatalmente...!
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HILARIO.-
Palabras, palabras. A palabras necias...
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BLANCA ESTELA.-
Como quieras.
¡Pero no digas que no sabes!...
Tú te creíste el juego del poder, esa es la verdad, no lo niegues..., uno se apenumbra, pierde el norte, camina sobre una alfombra que no guarda las trazas de alfombra, más bien, una tembladera o un pedregal, y tú no lo percibes, tú poco a poco omites el sentido del peligro...
Sí, Hilario. Ofúscate, recházame. Pronto te darás de narices con la realidad. Negar que el agua es agua, hazlo. Eso no impedirá que el agua sea agua. (Con una sonrisa sarcástica.) ¿De acuerdo? (Otro tono.) Y en el juego del poder, unos pocos lo usufructúan y el resto lo sueña; y aún los que lo usufructúan, en definitiva, acarician una fantasmagoría, porque todo se disloca en un instante, porque se vuelve el fragmento de una alfombra o de una lámpara de cristales relucientes, pedazos, ruinas, ecos..., tal vez un simulacro..., o un puñado de escarcha que al apretarla se desvanece entre tus dedos.
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HILARIO.-
(Condescendiente.) Ay, mujer, tus historias. Tú
imita, imita, a ese tipejo que de leer novelas de locos terminó loco.
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(Le acaricia el rostro con ternura, la atrae y la besa. Ella lo rechaza.)
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BLANCA ESTELA.-
¡Búrlate!...
Estoy convencida de que tengo razón.
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HILARIO.-
(Se pone en pie y se quita el cinto con el revólver y la cartuchera.) No discuto tus razones..., atiborradas de sinrazones. (Otro tono.) Me molesta el peso, día y noche. (Se arquea.) Uy, que alivio.
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BLANCA ESTELA.-
¡Sí, trátame de loca!
¡Ese es el pago de mi marido!...
¡Oh, mundo, mundo, para qué me detengo a decirle si debía callarme!
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HILARIO.-
¡Te oigo, te estoy oyendo!
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BLANCA ESTELA.-
¡Ay no jeringues, viejo! El horno está repleto de siquitraques.
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HILARIO.-
(Se acomoda a su lado y extiende su brazo sobre los hombros de ella.) Chica, tu sentido del humor se agría a una velocidad...
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BLANCA ESTELA.-
¡Quítame el brazo de encima!
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HILARIO.-
(Ponderando su ternura.)
¿Por qué, pichoncita mía?
¿Por qué tan bravita? Muñeca, no seas mala.
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BLANCA ESTELA.-
¡Déjame!
¡Me molesta!...
Uno habla contigo y se termina casi o en la mayoría de las ocasiones en una trifulca. Echas todo a relajo.
¡No te soporto!
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HILARIO.-
Decías..., que...
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BLANCA ESTELA.-
¡Imposible! He perdido el hilo.
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HILARIO.-
(Observándola.)
¡Te enfurruñas!
¡Anormal, completamente anormal!...
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BLANCA ESTELA.-
(Próxima a las lágrimas.)
¡Si tú
te dieras cuenta que todo lo hago por ti!
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HILARIO.-
Ven, acércate...
Decías, que el poder, era muy bonito, de veras, muy bonito..., que el poder era escarcha entre los dedos..., o algo parecido. (Otro tono.) Te quiero, Blanca Estela. Tú eres mi cómplice..., más allá de mi sombra, más allá de mi muerte. La única persona con quien me siento libre.
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BLANCA ESTELA.-
(Con desdén.) Pues no lo parece. Qué romántico.
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HILARIO.-
(Cerca de ella, musitando las palabras, temeroso casi de decirlas.)
¡Te lo juro!...
Sí, la urna donde he encerrado mi corazón, la urna donde tengo que vivir o renunciar a la vida. Tú, solo tú, Blanca Estela. Estoy a tu albedrío. Hasta en las bajezas, te he mendigado. (Otro tono.)
¡Ojalá no te hubiera conocido! (Otro tono.) Por las noches al sentirte a mi lado entre las sábanas pienso que el universo entero me acompaña y se apodera de mí una felicidad tal que me digo:
«¿Por cuánto será?».
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BLANCA ESTELA.-
¡No me toques, chico! Tus manos húmedas...
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HILARIO.-
(En un arranque irracional.) Pero,
¿qué te pasa, chica? (De un salto se pone en pie. El cinto y la cartuchera con el revólver ruedan al suelo.)
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BLANCA ESTELA.-
(Suave, dulce.)
¿Qué?...
¿Ya saltó el tipo Importante?...
Para mis adentros me runruneaba:
¿durará este plácido instante?...
(HILARIO ignora que responder. Rápida. Enérgica.)
¿Y esa cara...? (Imita su voz y reproduce el texto como aprendido.) Sé lo que me traigo entre manos. Al diablo. Yo soy un tipo importante. Yo soy un tipo importante: que reconozcan mis méritos. Que se pongan de rodillas cuando pase Hilario García. Yo estuve en el madrugón.
¿No se acuerdan ya? Yo estuve en el tiroteo de la calle San Jerónimo. El hermano del presidente es amigo mío. Casi un hermano, nos criamos juntos. Yo perseguiré a los cuatreros hasta el final. Necesito un chofer y un Cadillac en la puerta para mi mujer. Y una casa de apartamentos para cuando sea viejo vivir de rentas. Necesito un palacete con muchos jardines y piscina y criados en Vista Alegre. General, sí.
¿Qué dice? Diga. Exacto. Su palabra es una orden...
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HILARIO.-
¡Magnífico!
¡Espléndido!
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BLANCA ESTELA.-
¿Te molesta?
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HILARIO.-
(Rápido.) No, no. Considero divertidísimo que te hayas aprendido la lección.
¿Además por qué sentirse agredido si todo lo expuesto corresponde a la realidad...? Ni una tilde falta. (Otro tono.) No, Blanca Estela. Reconozco tus cualidades y calidades histriónicas. Los de una actriz americana bragueteada. Eres mi memoria viviente. Un libro abierto. La pura evidencia. Los hechos bullen todavía en la conciencia o inconciencia de la gente. (Toma el revólver que se ha caído y lo acaricia.) Sería injusto y poco delicado de mi parte. O una negligencia. Lo único que advierto es que has olvidado, o te trafucas..., no fue el Moro Guilarte quien llevó la empresa de la muerte del padre de Juvencio, de mi amigo de infancia, de mi amigo del alma, Manolo Estrada...
¡Fui yo, mi tierna Blanca Estela!
¡Fui yo!...
¡Equivócate conmigo y perderás!...
Un hábil ejercicio.
(BLANCA ESTELA sigue su narración francamente embrujada.)
Paso a paso fui yo quien elaboré el golpe. Sabía las horas de entrada y de salida. Sabía que visitaba a una mujer religiosamente...
De sus propios labios obtuve la confidencia. Al chofer y a sus dos guardaespaldas los avisaron de la operación. Recuerdo que era una madrugada, de lluvia y neblina. Llegamos un cuarto de hora antes. El reloj de la iglesia sonaba y yo oía un canto y gritos, un ruido o el picoteo de un aurero. Por el fuero interno, temblaba. Sin embargo, ni mi respiración ni mis gestos delataban mis enrevesados sentimientos. Cuestión de firmeza, y que él cayera en la trampa. Una fría e implacable jugada. Con los servicios del Moro yo mismo lo ejecuté. Aún veo su cuerpo bajo los estertores de la muerte. Bocarriba, a lo largo de la cuneta. Un hombre, un hombre genuino. Un hombre noble y desinteresado, que no entendía la política, que obstaculizaba mi ambición y la de los otros...
Sí, Blanca Estela. Estaba allí y no lo creía. En una fracción de segundos, el planeta entero giraba ante mí. Saturno, Marte, sombras interminables. Darle crédito a mis actos, inadmisible. Se agitaba, una masa ya dolorosa de sangre y pólvora. Con los ojos abiertos, balbuceando... (Apunta el revólver hacia el público.)
¡Pobre hombre!...
No quise que continuara en ese género de sufrimiento o de baldío estupor que precede a la muerte..., y también un placer, ajeno al placer, una euforia que se elide y no es la euforia, en mí, en mí, abriéndose y ocultándose, y confundiéndose con mi sudor..., y el convencimiento de lo inevitable. Di dos pasos, me agaché a su lado, él me miró, y muy tierno le aseguré:
«Buen viaje, Manolo. Allá arreglaremos cuentas».
Y él cerró los ojos, creo, y respiró hondo..., y yo...
(Al terminar el parlamente en un ligero movimiento hacia ella.) Sí, querida mía, guiado por el espanto, extendí la mano con el dedo en el gatillo..., pum, pum, pum...
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BLANCA ESTELA.-
(Desesperada.) ¡Mátame, mátame!...
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HILARIO.-
(Con largas carcajadas.)
¡Te asustaste!
¡El miedo!...
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BLANCA ESTELA.-
¡Ni de broma!
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HILARIO.-
(Manipula el revólver, riéndose, próximo ella.) Mira. Es fácil...
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BLANCA ESTELA.-
Detesto semejantes beroqueos...
¡Apártate!
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HILARIO.-
(Apartándose.) Yo, también. Infame oficio...
(Abandona el revólver.) Pero ya que he recorrido la encrucijada de la sinceridad, iré más lejos, y debo recordarte una de las razones por la que traje a Juvencio a esta casa. (Pausa breve, intentando reconstruir el pasado y encontrar la palabra justa.) Lo vi nacer. A los seis o siete meses jugaba con él en su corralito, lo consolaba de sus perretas..., se dormía en mis brazos con el biberón mientras conversaba con su padre y su madre languidecía en una postración reumática. Después de la muerte de su padre, iba a verlo, no podía abandonarlo. Ningún sentimiento de culpabilidad..., y sí una esperanza que concilia. Una fuerza, una necesidad, que se concretiza en una mirada. A veces..., es ridículo, en mis pensamientos lo veía crecer y le asigné un destino.
¡Cómo si uno pudiera hacerlo, cómo si tuviera la capacidad de lo invisible! (Ríe, en su risa se adivina un dolor.) Él era el vengador. El vengador, Blanca Estela. Hará lo que yo hice con su padre. Agazapado en la sombra, impecable y vicioso, indolente, ejecutará el acto que me devolverá el reposo, no de la muerte de su padre, sino de una existencia que se me escapa, tironeada por lo incomprensible y que ya no me satisface. Y arrasará la casa o la hipotecará o la venderá al mejor postor. Así lo veo, y así será...
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BLANCA ESTELA.-
(Sollozando.)
¡Un monstruo!
¡Un monstruo!
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HILARIO.-
(Con una sonrisa amarga.)
¡Ahora lo compruebas!
¡Un poco tarde!
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BLANCA ESTELA.-
(Entre sollozos.) ¿Qué he sido yo..., Santa Marta, durante todos estos años?
¡Maldito!
¡Nunca te lo perdonaré!
(Lo golpea y comienza a quitarle los galones, HILARIO se defiende de su agresión.)
¡Fusiles, metralletas, revólveres! Toda la vida incrustada en este laberinto de uniformes, armas de fuego o cuchillos ardiendo, y de caretas (En un estado de embotamiento o súbita locura.) , malgastada, aherrojada, quién elimina a quién, no te soporto, no te aguanto más, quiero ser libre y vivir tranquila, ajena al chantaje, vivir de manera distinta, sí, Hilario, te lo suplico, basta, basta, oh, Virgen mía, la aplastada, la humillada, la perdida, me cogiste la baja, rodeada de escupitajos, la muerte al doblar la esquina, mañana, tarde y noche, con esta zozobra, a quién van a matar, cuándo, a qué hora, en qué sitio, olor de pólvora asediando, o dominando las cuatro paredes de tu casa, en la calle, en las plazas, en los campos saqueados bajo el sol, o las planicies mojadas por la luna...
Estoy harta, agobiada, de que nos gobierne el crimen...
¿Hasta cuándo, Señor?
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HILARIO.-
(Burlón.) Vamos, nena...,
¿crees que los que vienen detrás no serán peores?...
(La mira con odio. Otro tono.) No me hagas perder los estribos.
(Ella se repone.)
Bien que te gustaba que te hiciera cuentos. Encantada, en las nubes te sentía.
«Cuéntame, pipo, cuéntame»
y me dabas por la vena del gusto. Inventaba horas y horas y tú aplaudías.
«Otro, otro».
Igualita a mi hijo. Me seguías hasta en las comas...
(BLANCA ESTELA lo mira despreciativa y sonríe, se cruza de brazos y se enseria.)
Era un diversión..., y yo me pensaba delante de miles y miles de individuos, en una plaza, aplaudiendo a coro,
«otro, otro», y volvía al cuento anterior, al de la semana pasada o trasantepasada, sabiendo que lo habías olvidado y que con algunas variantes parecía nuevo. Y sacaba, no sé cómo, cuentos al por mayor. Los catastróficos, los adorabas. Estamos en el fin del mundo, en la hora cero. El apocalipsis se acerca. Los días están contados. Un rabo de nube negra azota esta casa. Pintaba los heraldos de la miseria, y tus ojos brillaban. O los esperanzadores. El paraíso se acerca. Vendrá el reino de la abundancia. (Otro tono.) Niégalo, cabrona.
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BLANCA ESTELA.-
(Con desenfado.) Ay, chico, y a qué mujer no le gusta.
¡Dime!...
A la más cujeada le encanta que le hablen fino..., y cuando entrabas con tu uniforme, en aquella casa de Trocha, se armaba una tremolina, y la gritería, llegó, vino, de requetechupete, carne fresca, si muero en la carretera que no me pongan flores...
Sí, hablando en claro, la trafagina de aquellas mujeres era mucho, y yo orgullosísima, figúrate, tremendo ejemplar para mí sola, y el uniforme te lucía precioso, y tus manos sobre la cartuchera en la cintura, Dios mío..., y me decía:
¡Éste es el hombre!
¡Qué caballo!
¡Qué machazo!... (Otro tono.)
Gastarme con gente de a tres por quilo, nananina. Yo tiraba por lo alto. Los que me rodeaban, los marchantes fijos, unos viejazos, y con una mentalidad que odiaba, en el desparpajo y la truculencia, y tú, un bombón, rumiaba yo, y me hacías tilín (Se pone la mano en el corazón.) , me arrebatabas, y corría, si te oía, si te veía...
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HILARIO.-
Un banquete, chiquita.
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BLANCA ESTELA.-
¡Alabancioso!
¡Engreído!
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HILARIO.-
¡Tenía de qué!
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BLANCA ESTELA.-
¡Lo tuyo no tiene precio!
¡Quien te oiga supondrá que me has dado la mejor de las vidas!
¡Degenerado!
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HILARIO.-
Hice lo que nadie hizo.
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BLANCA ESTELA.-
¡Y tengo que agradecértelo!
¡Y vivir la eternidad pendiente de tu sacrificio!
¿Por qué te sacrificaste?
¿Un sacrificio? Si valía tan poco,
¿por qué me sacaste de allí? No fui yo a buscarte...
¡Vaya, pasarme eso por la cabeza!
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(Los tres personajes del CORO fuera del escenario susurran en tono grotesco:
Ñeque,
Ñeque,
Ñeque. El cri-cric de los grillos, el vuelo de algunos cocuyos.)
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HILARIO.-
¿Escuchas?
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BLANCA ESTELA.-
¡Simplezas!
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HILARIO.-
(Poseído.) Pasos..., voces, roces, ecos. (Pausa.) Antes de llegar aquí, entré en la casa de Violeta, aquello ardía en una fiesta de locos, y las velas chisporroteaban y yo me reía y gritaba:
«Se acabaron los santos, los muertos y los espíritus», y la gente me miraba espantada y la sesión espiritista se terminó, por arte de magia, en un decir Jesús. (Se quita la chaqueta y la arroja al suelo.) Reía, y no podía contenerme, jo, jo, jo, y conjeturaba que alguien me sacudía entre rugidos, una bestia, y me desguabinaba, bajo un oscuro poder, un fluido, Blanca Estela. El espacio se dilataba en una esfera gigantesca, y trazaban líneas de ceniza y degollaban a un gallo viejo, y sentía que me impulsaba y me retorcía, aplácame, Dios o Diablo, aullaba, y me deslizaba por un laberinto desposeído de paredes, y veía clarito, clarito, tres sombras, avanzando, avanzando, y el tumulto se adensaba en una batahola de gritos y carcajadas..., y me taladran aquellas carcajadas. Las llevo incrustadas aquí, aquí, por todo el cuerpo. (Con la simplicidad del que se reconoce.) Marcas de fuego, marcas sulfurosas. Y las tres sombras avanzan, avanzan...
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BLANCA ESTELA.-
(Con desprecio.) A la verdad, viejito...,
¡ya estás viendo visiones!
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HILARIO.-
(Cogiéndola por un brazo y zarandeándola.) Atiende a lo que te voy a decir, soy un hombre que se ha roto el cuero muy duro, que siempre ha tenido que echar para alante y que no ha recapacitado mucho.
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BLANCA ESTELA.-
(Violenta.)
¿Y a qué viene esa descarga?
¡Si no te conviene, borrón y cuenta nueva!...
No creas que te cogeré miedo. Me importa tres pitos. (Otro tono. Fría, casi demoníaca.) Sé por dónde vienes. Tú, ocultarme...
¡Qué poco me conoces!
¡Sí, querido, has perdido la apuesta!
¡Bola negra!...
Gracias, Dios mío, gracias, ángeles todopoderosos. Ya no tendré que aguantar a esa pila de rufianes que venían a encañarse como puercos todos los fines de semanas o una semana completa, en la casa de la playa, en la Socapa, trayendo a esas mujerzuelas de medio pelo, rinquincallas, pelandrujas, y tenerlas que oír, con sus disparates, con sus mediocridades,
«Qué piensas, me asienta mejor el tinte de rubio que el rojo mandarina»,
«¿Y este vestidito de muselina que me compré en El Encanto?», «Ya le dije a Fulanito que me operaría las tetas en Nueva York, dicen que hay un cirujano extra»,
«Perensejo toma ostras a tutiplén, creyendo que el pito se le va a parar, qué iluso, esa piltrafa no la levanta ni Sansón Melena»,
«A mí me saca de quicio que me soben la crica»,
«Esas arrugas, Blanca Estela, cómo camuflajearlas»,
«A mí el que me trae en un disparadero es el dependiente de la esquina, Paco Trabuco»,
«Ay, niña, ése es un..., se pasa todo el tiempo detrás del mostrador haciéndose la paja y le gusta que le den por el culo»,
«No me digas, pues, hija, yo le vi el aparato y me resultaba impresionante y apetecible»,
«A mí me encanta la morronga de mi marido, pero me despepito por el intercambio»,
«Tú sabes la bola que se corre, que el hijo del Presidente, sí, chucuchuco, chucucuco, amor, me lo informaron fuentes acreditadas»,
«La mujer del alcalde se hizo un aborto en casa de la bruja»,
«La secretaria del Senador la llaman la mamadora incandescente»,
«¡Qué horror, que espanto!»,
«Yo no digo nada, Rita, perdón, digo, Blanca Estela». (Pausa. Otro tono.) Lindo ambiente, Hilario.
¡Y a ti te encantaba! Sí, que corra el Johnny Walker y el champagne y los pitos de mariguana y...
la coca, naturalmente, bien suministrada.
¡La gran orgía!
¡La bella vida!
(HILARIO da zancadas por el escenario, enloquecido.)
¡Total cómo podía quejarme si estaba acostumbrada!
¡Ese es el razonamiento de todos!
¡Esa era la lógica!
¡Y yo, la puta de La Trocha debía aguantarme, aguanta, aguantona, y sonreír, y ver cómo languidecían las horas entre ese jolgorio de hombres y mujeres encueros, correteando de cuatro en cuarto, y los numeritos que inventaban entre la sala y la cocina!...
(Pausa.) Blanca Estela, mira, el último reloj de Suiza, fantástico, eh, me lo regaló Arturito,
¿Arturito, quién?, el hijo del representante, ahhh.
(HILARIO se escabulle detrás, en la parte hueca, de la escalera; ruidos de cristales rotos.)
Hoy seré yo el cocinero, Agustina tomó su día de descanso, decías y cogías el delantal delante de los invitados. La salsa verde francesa es inimitable. Los cangrejos se cocinan a fuego lento y con una pizquita de ají de Chayenne. Es impresionante la cantidad de minucias que uno debe tomar antes de comenzar a cocinar la langosta. Y empezaba el pasepase de cachadas, y los mojitos...
¡Y aquel fandango de hipocresías! Blanca Estela, ocúpate de las señoras.
(HILARIO lanza al escenario dos o tres soldaditos de plomo.)
¡Sí, yo, la mula de carga!
¡Pablito, no!
¡A Pablito se le enviaba a La Habana, a Camagüey a la casa de sus tías, a Miami, a Nueva York!
¡Pablito debía preservarse de este infierno! Y yo salía del visiteo exhausta, asqueada, muerta.
¡Tu casa por la mía!
¿Cuál es peor, chico?...
(Sollozando.)
¡Yo, la alcahueta!
¡Yo, la celestina!
¡Yo, el pendón desorejado!
¡Yo, la perra!
¡Era yo la que debía endilgarme ese muerto! (Pausa breve.) El poder descansa en eso. Vale poco o nada que el gobierno de la ciudad marche. Al pueblo migajas. Que se sacrifique.
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(Pausa breve. HILARIO sale de su escondite con una colección de soldaditos de plomo en el regazo y que deja caer en forma de lluvia en el primer plano del escenario.)
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HILARIO.-
(Idéntico a un niño.)
Blanca Estela, escúchame. Blanca Estela.
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BLANCA ESTELA.-
(Seca, atroz.)
Déjame.
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HILARIO.-
(Sentado, en primer plano, rodeado de los soldaditos de plomo.) Eres mi mujer.
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BLANCA ESTELA.-
(Violenta.) ¿Tú..., qué? No te acerques. No me toques...
¿Por qué tengo que estar condenada a una vida que no me pertenece?
(HILARIO ordena los soldaditos de plomo.)
Quiero volver a ser aquella mujer que conociste. Odio a esta que se arrastra y se esconde y se somete...
Acosada por voces y recuerdos que no puedo explicar. (En un grito.) Ay...
(Pausa. Otro tono.) Te juro que me encerraré en esta casa para siempre, que jamás veré la luz del sol, que seré para ti una muerta vestida de negro.
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HILARIO.-
(Semejante a un niño.) No seas guanaja...
Te quiero, Blanca Estela. Es como si todo, la vida, mi vida, nuestra vida...
Quizás tú no lo sepas...
Quizás sea inútil...
Sin embargo, te necesito...
(Pausa breve.) Dime, anda.
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BLANCA ESTELA.-
(Enigmática.) El miedo.
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HILARIO.-
(En una lejanía imprevista.)
¿El miedo?
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BLANCA ESTELA.-
(Tono anterior.) Sí, el miedo.
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HILARIO.-
Comprendo. Tuve miedo, ya no.
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BLANCA ESTELA.-
Miedo..., de qué hago, de qué hice, de qué haré.
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HILARIO.-
(Sopla a un soldadito pretendidamente sucio.)
Mientes, Blanca Estela.
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BLANCA ESTELA.-
Y el miedo en mí, aplastándome.
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HILARIO.-
(En su juego, con los soldaditos de plomo.)
Qué calamidad, hombre.
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BLANCA ESTELA.-
(En un rapto de furor.) Me das lástima.
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HILARIO.-
(Perdido en su infancia, jugando con los soldaditos de plomo.) Blanca Estela, la encerrona de Manolo Estrada no fue Troya, ni La Trocha es Troya, ni yo soy Agamenón. (Otro tono. Ríe curiosamente en su juego.) Tal vez allá en La Maya, en la época de mis padres, los cuatreros de Mayarí, los cuatreros García, los llamaban por lo bajo por miedo, mudaremos las cercas esta noche..., tal vez allá, contra los negros, existió Troya. (Otro tono.) Yo soñaba ser el rey coronado y tú, la reina de las tinieblas. (Jugando, abstraído.) Destruir, destruir...
Es la única realidad..., y no me demanden por qué. (A los soldaditos.) A ver, díganme, búsquenme una razón. La necesito. Es necesario que aparezca, que sea tan real, que yo pueda convencerme, y que ilumine al cielo, a la tierra, a las aguas, al aire... (Ríe.)
Sólo el terror..., para estas pobres bestias acobardadas por el miedo. (Pausa. Otro tono.)
¿Me quieres? Tiene que ser. Te lo he dado todo.
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BLANCA ESTELA.-
(Con desprecio y odio.) Verraco de mierda,
¿qué perseguías?
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HILARIO.-
(De un salto se precipita sobre ella.) Plata, vieja, plata. No morirme de hambre. Vivir bien.
¿De qué te quejas?
¿Te parece poco?
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BLANCA ESTELA.-
(Riéndose y forcejeando con
él.)
¡Qué espantajo, Dios mío! (Otro tono.)
¡Suéltame!
¡Te digo que me sueltes!
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HILARIO.-
¡Te mataré antes que dejarte! Siento que tu cuerpo es mío.
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BLANCA ESTELA.-
(Forcejeando.) Estás loco. Me haces daño. (BLANCA ESTELA logra zafarse de HILARIO.)
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HILARIO.-
Loco, sí... (Da un traspiés y choca con el inicio de la escalera.)
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(Las campanadas de la iglesia entonan sus doce dindón dindón lúgubres. BLANCA sube algunos escalones. Revuelo de cocuyos y el cántico de los grillos.)
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BLANCA ESTELA.-
Conmigo no podrás.
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HILARIO.-
(En el suelo.) Hija de la grandísima...
(BLANCA ESTELA lo contempla con una sonrisa enigmática.)
Lo sé todo.
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BLANCA ESTELA.-
(Desciende. Se acerca y le besa la frente, le acaricia el rostro, sollozando.) Ah, mi niño, mi niño. (Pausa. Feroz.) ¡Que se cumpla el destino!
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HILARIO.-
¡Sí, que se cumpla!...
Ahora me tiras en cara...
Ahora te unirás al coro de los que gritan, que soy esto, que soy de más acá, que soy de acullá. Ahora pondrás a los muertos delante para que me juzguen...
Ahora defenderás a los otros...
Antes,
¿por qué no lo hiciste? Aceptaste,
¿verdad? (Se incorpora. Intenta agarrarla, no puede.) Ah, carajo, te escapas...
Maldita.
(BLANCA ESTELA desaparece dando un portazo en lo alto. A través de los visillos de la ventana se distingue una sombra.)
¿Es esto un circo romano?
¿Dónde, los jueces? (Riéndose. Señala al público.)
¿Esos?
¿Vas a echarme a las fieras? (Al público.) Y esto..., esto...,
¿qué es? (Pausa. Mira a los lados, luego al público. Ríe.) Estoy solo. (Da varios pasos. Pausa. En un grito.) Pablo, Cachita, Berta, Juvencio. Me sentaré a esperar a la muerte.
(Se dibujan en la oscuridad los tres personajes del coro, por diferentes lugares.)
Váyanse. La muerte es un instante y es mejor estar solo.
(Los personajes se evaporan. Pausa.)
Mi alma es una olla de grillos, una pirámide de papeles estrujados. (Pausa.) Ah, el olor de las gardenias y de los jazmines. (Respira hondo.) Uno se fortifica. La noche de tan azul te convierte en azul y las estrellas bajan a la palma de tu mano. Es hermoso. Mi madre me cantaba en broma:
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| | | Angarina se murió | | | |
en un cuarto muy oscuro | | | |
y de velas le pusieron
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cuatro plátanos maduros. | | |
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(Con recogimiento.) Y ya no tendré derecho a los santos óleos de la abuela:
«Que el Señor perdone vuestros pecados cometidos por la mano, que el Señor perdone vuestros pecados..., que el Señor perdone...»
(Se encoge de hombros. Pausa larga. En un grito.)
Blanca Estela,
¿dónde tengo mi casa?
¿Dónde estoy?
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(Los tres personajes, JUAN, PEPE y
ÑICO gritan fuera del escenario.)
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JUAN.-
¿Dónde estás, Hilario García?
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PEPE.-
Coge tú por allí.
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ÑICO.-
Agárralo.
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(JUAN, PEPE y
ÑICO aparecen por diferentes lugares del escenario y se apoderan rápidamente de HILARIO. Luego lo rodean. HILARIO batalla por salir del círculo. Los tres personajes lo arrastran hasta la escalera y allí lo matan.)
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JUAN.-
En nombre de los muertos.
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ÑICO.-
No lo sueltes. (Otro tono.) ¿Y si después vienen a juzgarnos?
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PEPE.-
¡Que nos quiten lo bailao! (Otro tono.) Aquí mismo.
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ÑICO.-
Dale duro.
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JUAN.-
Mátalo.
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PEPE.-
Mátalo.
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JUAN.-
Llévatelo en la golilla.
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PEPE.-
Tiene que morir.
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(Un quejido y luego un grito.)
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HILARIO.-
Ritaaa.
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(Pausa. Toque de unas claves, luego las maracas y el bongó en un ritmo violento. Los tres personajes se dirigen hacia el público avanzando hacia el primer plano, sonrientes.)
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JUAN | | (Cantando.) | | Yo no sé, lo que pasó. | | | |
Yo no sé, yo no fui. | | |
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| PEPE | | (Cantando.)
| | Yo no sé lo que pasó. | | | | Yo no fui, yo no sé.
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ÑICO | | (Cantando.) | | Yo no sé lo que pasó. | | | |
Yo no sé, yo no fui.
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CORO | | |
(Los tres personajes cantan y se mueven. Música de guaguancó.)
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Yo no sé lo que pasó.
| | | | Yo no sé, yo no fui.
| | | | Yo no tengo la culpita.
| | | | Yo no sé, yo no fui.
| | | | Yo no fui, yo no sé.
| | | | Yo no sé lo que pasó.
| | | | Yo no sé, yo no fui.
| | | | Yo no fui, yo no sé.
| | | | Y ella se quedó sola
| | | | porque el pájaro voló. | | |
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(Se repite en forma de malicioso estribillo.)
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TELÓN
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