
Acto I
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Una escalera y ventanas superiores de rejillas. Al levantarse el telón, en escena,
ÑICO, PEPE y JUAN el cojo, en semicírculo, en cuclillas, jugando a los dados. Mantienen un diálogo secreto que no escucha el público.
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PEPE.-
(Gritando.) Mátalo. Mátalo. Tiene que morir...
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JUAN.-
(En un susurro.) Anoche tuve un sueño. Alguien me gritaba...
(Con voz grave y honda.) Mátalo. Mátalo. No te demores...
Llévatelo en la golilla.
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PEPE.-
(Con una sonrisa sarcástica.)
¿Tú crees en eso?
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(JUAN se muestra dubitativo.)
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ÑICO.-
Yo sí.
(PEPE se ríe.)
A veces entre sueños se anuncian...
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PEPE.-
(Cortante.)
No comas catibia.
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(Aparece CACHITA. Ojea a los personajes desdeñosamente y de refilón; se acerca a una tabla de planchar y sacude una sábana. Los personajes se sorprenden. Irrumpen los cantos de Orilé. Estos cantos deben conservar la violencia y el embrujo necesarios para que la escena por momentos adquiera una dimensión de extrañeza y de apoteosis. Recuérdese que según la creencia popular los cantos del Orilé espantan, eliminan los malos espíritus y son una invocación a los espíritus protectores que aconsejan remedios y fórmulas para alcanzar la perfección. En una casa cercana se celebra una sesión espiritista. Se supone que sea la casa de Violeta, un personaje que no interviene directamente en la acción de la obra.)
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CACHITA.-
Todavía ahí.
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PEPE.-
(Molesto.)
¿Qué es lo suyo, vieja?
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CACHITA.-
En nada bueno andan.
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ÑICO.-
(A PEPE.)
A ella qué le importa.
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PEPE.-
(A
ÑICO.) Cada uno con su condena.
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CACHITA.-
(Hablando con el público.) La sesión ya empezó. Han venido de todas partes. De Manzanillo, de Jiguaní, de Bayamo..., y de Monte Oscuro...
Contimás creyentes, perfecto. Una buena limpieza se hará.
(Gritos de alguien que se santigua:
«Santísimo»
y se intensifican los cantos. CACHITA se santigua.)
Santísimo.
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ÑICO.-
Tendremos cantaleta para rato.
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PEPE.-
Esta noche, chévere, a ponerse las botas.
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JUAN.-
Me luce que hasta la madrugada no termina.
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CACHITA.-
Desde temprano Violeta estaba de lo más apurada preparando la comilona y me dijo:
«Negra, dese una vueltecita por acá...»
(Otro tono.) Qué va, imposible...
Pablo, el hijo de Hilario, me mandó un recado de que subiera allá arriba.
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ÑICO.-
¿Le metemos mano a esa caimana?
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PEPE.-
Ajustémonos los pantalones.
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JUAN.-
Calma, pueblo, calma.
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ÑICO.-
(Increpándolo.) Mi socio..., tú...
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JUAN.-
Cierra el pico.
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CACHITA.-
Yo no le puedo hacer un feo a Pablo. Es tan requeteservicial y tan cariñoso conmigo, y si le cuento las historias de atrás, me mira embobado. (Imitándolo.) «¿Es verdad?
¿Fue así? Yo, ni la menor idea...»
(Otro tono.) La historias de los años de la Nana, que los blancos pasan por alto, por vergüenza, o mala conciencia y bellaquería. (Pausa breve. Otro tono.) Habrá fiesta, y en grande, si se confirma la noticia. Su padre asciende, asciende...
A mí me encantan esos bretes.
(Directamente al público.)
A lo mejor ustedes se cuelan y disfrutan un buen rato.
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JUAN.-
(En un tono singular.)
A lo mejor. (Observa la escalera y la casa.)
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ÑICO.-
(Sonriendo.) Que Dios la oiga, vieja. (Se arregla la gorra.)
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PEPE.-
(Sandunguero. A CACHITA.) Y la bendiga. Eh, ocambita...
El barrio se alborota. Una fiesta aquí y la de allá. A lo mejor nosotros nos filtramos en la cumbancha. Sí, no es de bonche, y no lo dude tampoco. Con cuatro tragos bien sonados a volar el zepelín y clavando la leña con el sabor de un guaguancó.
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CACHITA.-
(A medida que los oye se indigna.)
¡Entrometidos!...
Una fiesta a los espíritus, y esta está por ver...
¿Y eso de vieja y de ocambita?
¡Qué desacato! Con setenta años soy de ampanga y me queda bastante por delante y continuaré dando guerra.
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PEPE.-
(En la pura chacota.) Lagartona...
Usted es igualita a esta casa: el día menos pensado se derrumba.
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CACHITA.-
(En el tono anterior.)
Quítenselo del moropo, corazón. Se lo aseguro yo. No son los primeros que me lo dicen, el tiempo arrasa y seguimos ahí, ahí, siempre ahí, duélale a quien le duela y pésele a quien le pese. Ah, y para que se enteren: Hilario difícilmente dejará esta casa...
Por nada ni por nadie...
Oportunidades ha tenido...
Y ya ves...
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PEPE.-
(Interrumpiendo.)
A mí me han dicho que ese tipo rueda pasta en cantidad...
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CACHITA.-
(En el tono anterior.)
La política, mi vida, la política. (A alguien determinado del público.) ¿Qué te has figurado tú? Hilario..., Hilario no es ningún zanguango. Es cierto que los negocios no le han salido como él deseaba. (Pausa. Suspira.)
¡Es el destino! (Pausa. Otro tono.) Sus padres, los cuatreros de Mayarí, decían las malas lenguas, disponían de una fortuna colosal y, qué sé yo, cuanto Dios crió...
Y él mismitico reconstruyo esta casita que antes era un bajareque.
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JUAN.-
(Con sorna.) Y,
¿qué más...?
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ÑICO.-
(Implacable.) A Hilario lo llamaban El Mulato.
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CACHITA.-
(Fingiendo.)
Ah, eso sí que no... (Con cara de asco.) La gente es tan envidiosa..., y no soporta que uno esté arriba, en la espumita.
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PEPE.-
(Molesto, a
ÑICO, o simulándolo.)
¿Y qué tiene de particular? Aquí el que no tiene de Congo tiene de Carabalí.
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ÑICO.-
(Hipócritamente.) Es magnífica persona.
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JUAN.-
El diablo se viste de decente,
¿no?
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CACHITA.-
(En tono de soliloquio.) En cuanto a mí, no tengo ninguna queja. Con sus más y sus menos, impecable. (Complacida, sonriente.) Nadie es perfecto, técnico, y él es candela, y he visto...,
¡otomías!...
Uy, se dice y se menudea y se habla hasta por los codos, pero quién dirá y cuándo la clase de hombre que es.
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ÑICO.-
Mi madre afirmaba que él era abogado en un bufete público...
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JUAN.-
...Comiendo candela..., y luego en un trajín de armas, y que si por aquí y que si por allá, y en unas pandillas...
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PEPE.-
...Al morir su mujer daba grima frecuentarlo...
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ÑICO.-
...Y el padre de Juvencio lo envasó en la Policía.
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CACHITA.-
(Con evidente malestar.) Hilario ha tenido que sufrir sabe Dios cuánto...
Imagínese usted que a los doce tuvo un disgusto con su padre y se fue de la casa y se hizo dependiente en una tienda. Y al año siguiente, creo, murió
el viejo y tuvo que encargarse de la casa y de la madre..., y su hermana en un tilín, requetemperifollada, se metió a bailarina y enseñaba los muslos al pipisigallo...
Después, figúrate tú...
Un hombre atosigado y con tantos compromisos que cumplir...
(Pausa larga, en sus trajines.)
Esta noche tendremos la noticia de su ascenso. Ya estoy nerviosa:
¿será?,
¿o no será?...
En el minuto en que lo sepa cogeré una fuega de padre y muy señor mío.
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JUAN.-
Ese tipo se las traquetea.
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PEPE.-
Caballero,
¿qué les parece si hago una apuesta?
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(Los tres personajes se levantan.)
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JUAN.-
¿Qué clase de apuesta?
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PEPE.-
Allá va eso. Ahora comprobaremos quién es el valiente. (Se ríe.) Ahí va la bola.
¿Quién se atreve a decir lo que piensa de la mujer de Hilario?
(A
ÑICO y a JUAN les molesta la apuesta de su compañero. Él se mueve fungiendo de catcher que recibe la bola en un juego de pelota. Su voz recuerda el tono de los narradores deportivos de la
época. Contempla sonriendo a los amigos.)
Strike one. Strike two. Que no se diga. Strike three. Ponchao. (Se incorpora. En otro tono.) Un cachito de la verdad.
(Con un movimiento gracioso de los brazos. A JUAN.) Sinceridad, mandinga. Es una preguntica de poco valor.
¿La lanzo otra vez? (Silencio absoluto.)
¿Redoblo...? (Aparentando desaliento.) Que no se diga que no hay un hombre aquí de pelo en pecho.
(Entre risas y gritos.)
¿Quién se atreve y me dice lo que piensa de la mujer de Hilario?
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ÑICO.-
(Haciéndose el sueco.) ¿De su mujer?
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JUAN.-
(Haciéndose el indiferente.) Bah, de su mujer...
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PEPE.-
(Rectificando.) Sí, de su mujer.
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CACHITA.-
(Indignada.)
¡Váyanse a jorobar a los quintos infiernos!
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PEPE.-
Eh, eh, cálmese, doña.
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CACHITA.-
Mientras yo esté aquí no permito el relajo.
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PEPE.-
No se agite que eso no se cura.
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CACHITA.-
¿Cómo se atreven?
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PEPE.-
(Desafiante.) Usted se calla.
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CACHITA.-
Ya esto es una injuria.
¿Qué, darme órdenes?
¿A mí? Están quimbaos o fumaron mariguana.
¿Qué buscan?
¿Qué se les ha extraviado?...
Esto no es La Trocha ni tampoco Troya.
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PEPE.-
(En gallito de pelea.) A usted no le interesa, ni averigüe. (A sus compañeros.) Estoy esperando que me contesten.
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(CACHITA, indignada, recoge las sábanas.)
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ÑICO.-
Pues, chico,
¿a qué viene tanto alarde y tanta verraquería? (Agresivo.) Aquí no existe el miedo.
¿Qué es el miedo? (Comienza a gesticular, y a dibujar piruetas fingiendo que tiembla.) Uy. Que me come el león. (Pausa. Otro tono. Fingiendo que va a correr.) Liberales del Perico, a correr. (De pronto se detiene.)
¿Tú, con exactitud, quieres saber...? (Abriendo los brazos y encogiéndose de hombros.) La mujer de Hilario es la mujer de Hilario.
(Risas de PEPE y JUAN.)
¡Se cae de la mata! Yo, a mí no me lo crean; pero desde fiñe, oía decir que la mujer de Hilario antes de que la metiera en el gao, tenía..., vaya, era la dueña de una casa, cerca de La Trocha..., y se embrollaban, ignoro por qué, infinidad de problemas con la policía y corría la plata a burujón puñao...
(En tono de sorna.) Hilario, uyuyuy, Hilario... (En otro tono. Rápido.)
Por aquellos días se ñampió el padre de Juvencio, asesinado. Y, de racataplán, a Hilario lo ascendieron a Jefe. No creas, hubo sus comentarios, que la pandilla del Moro Guilarte, que si Hilario se parapetaba detrás del asunto...; bueno...,
¡ustedes me entienden!..., maniobras políticas, y el poder guarda los trapos sucios. (Otro tono.) De ese modo, tuvo la oportunidad de conocer a Blanca Estela...
Y ella era mujer que no trataba a cualquiera por su cara linda. Hilario enseguida se fijó en ella; no le perdía pies ni pisadas; y la rondaban varios tipos influyentes olfateándola a lo perro enlebrestado y ella no se decidía por ninguno. Una noche, sin más ni más, se armó tremendo zipizape y entonces se pusieron de acuerdo y decidieron jugársela a una partida de siló. El que ganara se llevaba la perla. Hilario se quedó con ella..., y a poco la casa prendió fuego..., queriendo borrar las huellas...
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CACHITA.-
(Terminando de recoger los trastos.) No aguanto más. El colmo. Me meto en mi cuarto y se acabó.
¡Aguantarles pamplinas a esas cagarrutas, ja, ja! Ay, Virgen del Cobre. La culpa, mirándolo fríamente, la tengo yo, sí, señor.
(Risas de los tres personajes.)
Ya no hay respeto ni consideración.
(Hace mutis.)
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ÑICO.-
(Gritando, mientras sus dos compañeros se divierten.) Ataja. Ataja. (En otro tono.) La ocamba se fue como bola por tronera.
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JUAN.-
(Divertido.) Señores, que el relajo sea con orden.
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PEPE.-
Esta vieja chiflada, nagüe, bajarse con esos aspavientos.
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ÑICO.-
Si es voz populis. Si la gallega Dolores y Maricusa y el negro de Sibanicú y la mujer del chino...
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PEPE.-
Lo digo, sin pelos en la lengua.
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ÑICO.-
A mí ella no me pone un tapón en la boca.
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JUAN.-
Cálmense, por favor.
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ÑICO.-
(A JUAN.) Mira, chico, que no me ande jeringando la antigualla esa, que Juvencio habló claro y nosotros no estamos pintados en la pared. Con la plata garantizada por medio...
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JUAN.-
(Llamando al orden. Con violencia contenida.) Hazme el grandísimo favor. Aguántate, capitán. Si sigues por ese camino los planes se van al carajo. Una cosa es agitar a la vieja y otra desembuchar a lo manso cordero. Ella, por ignorante nos ayudará. Le sacaremos la hora que viene Hilario. No nos cuadra quedarnos montándole guardia...
El que más y el que menos empezará con el sigilo, con la sospecha, que si esto, que si lo otro, y la mujer de Hilario...
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(BLANCA ESTELA, en lo alto de la escalera. Se animan los cantos de la invocación a San Hilarión.)
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PEPE.-
(Dando un fuerte silbido.)
¡Hablando del rey de Roma!
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JUAN.-
A esconderse, rapidito.
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ÑICO.-
(Señalando debajo de la enredadera.) Aquí, papo. Desde allí nos puede chequear.
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JUAN.-
No te chupes el dedo,
Ñico.
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(A regañadientes accede. Los tres personajes se ocultan a un lado de la escalera.)
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PEPE.-
Mírenla.
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BLANCA ESTELA.-
Ay, qué recondenación. (Descendiendo la escalera.)
¿Por qué se demorará? Le dije que viniera volando. Qué sangre de horchata. Ahorita llega el otro y me va a aguar la fiesta. Ay, qué ganas tengo de acabar con esto. (Tropieza con un soldadito de plomo y le da una patada, yendo a parar detrás delante de la escalera. Mutis por un lateral.) ¡La bruja!
¡Bruja tendrás, Hilario!
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ÑICO.-
Qué mujer, consorte.
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PEPE.-
¿No la has visto antes?
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ÑICO.-
¿Yo? Naturalmente que sí.
¿Acaso vivo en la Conchinchina?
(Resoplando hondo. Exagerando.) Qué clase de hembra.
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(ÑICO mima sus movimientos y sus gestos. PEPE se desternilla de risa mientras hace gestos afirmativos con las manos.)
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JUAN.-
Ahora no es ni la sombra. (Sonríe maliciosamente.) Ah, en su época de gloria...
Cuando desembarcó aquí. (En otro tono.) Un espectáculo. Y con el cambia cambia de pelucas, la rubia, la colorada y la negra..., o la anaranjada, o la marrón.
Tú nunca sabías quién era la que tenías delante. A veces, un esperpento, te lo juro, y su apodo define el percal. (Tono especial.) Rita La Millonaria.
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PEPE.-
¿Rita?...
¿Y por qué?
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JUAN.-
¡El nombre de guerra, asere!
(Gesto de PEPE con un
¡Ah! de sorpresa.)
Y lo de la Millonaria por la cantidad de trapos y de plumas y de joyas y la calidad. En eso no ha variado. Genio y figura hasta la sepultura.
¡Es un fenómeno! (Divertido.)
¡Coño, qué chismoso soy!
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PEPE.-
(Divertido.) ¡Tú, el rey en la república del chisme!
¡Por el gusto, la precisión y la variedad! Contigo no hay caída...
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ÑICO.-
Me hubiera gustado conocerla. (Otro tono.)
¿De dónde diablos habrá salido esta mujer?
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JUAN.-
Por ahí corren historias...
Unos dicen que es de Caracas y que vino huyendo...
Otros chamullan que no, que es de más lejos, donde el diablo dio las tres voces. Fantasías..., fantasmas que uno se inventa, humo que sopla y crece...
Tal vez es de Yateras.
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ÑICO.-
(A JUAN.) Óigame, con semejante mujer uno no desperdicia un segundo. Se imagina usted el trance. Ave María Purísima. (Se rasca la cabeza. A PEPE.) Mucha luz indirecta. Mucho perfume...
(Risita nerviosa.) Es para derretirse. Pura almibita, batíviri.
(A JUAN, le golpea un hombro con los dedos y hace la pantomima.) Usted, despacito, entra, se quita la camisa de hilo, de olán fino..., y ella, ahí, en la cama, ansiosa..., y uno se dispara a lo loco.
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JUAN.-
(A PEPE.)
Al muchacho le ha dado fuerte.
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PEPE.-
(A
ÑICO.) Déjate de comer basura.
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ÑICO.-
(Exaltado. A PEPE.) Qué cuadro, cúmbila. (Dando saltos.) Qué cuadro, mi tierra.
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JUAN.-
(A PEPE, con voz de conspiración.) A mi entender, hemos resuelto lo principal. Ojeamos al dedillo el terreno y hemos ahorrado tiempo.
¿Qué te parece?...
(PEPE no responde. Lo mira interesado.)
Ahora a esperar. En el momento justo, responderemos como un solo hombre. (Señala hacia el fondo.) Ahí lo acorralamos y le damos el golpe y se irá al otro lado sin decir ni pío.
¿De acuerdo? Cumplimos con nuestro trabajo..., ah, y si Juvencio no nos dispara una charranada..., en la mangadera y a gozar, mi hermano.
¡Cuestión de sobrevivir!
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ÑICO.-
(Que permanece abstraído en BLANCA ESTELA. A PEPE.) Me la juego que ningún tipo podría confiar en esa mujer.
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JUAN.-
Es igualita a Hilario. De idéntica madera.
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ÑICO.-
¿Sí?
¿Por qué?
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PEPE.-
Difícil, por de contado difícil..., una anguila o un camaleón. Si dice sí, espérate a que sea lo contrario. Visto y comprobado. Ponle el cuño.
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ÑICO.-
Exageras...
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PEPE.-
Te ilusionas, viejo. Tantea a Juvencio sobre la encerrona que le montó Hilario a su padre. Y no es el único caso. Un ceremil. Desde siempre. Aguijonéalo y verás. Hombre, no me digas que no te has enterado.
¡Analiza, cabrón!...
¿Para que son las entendederas?
¿Por lujo, pichicorto?
¿Acaso no lo has visto día tras día?
Ñinga y mierda es lo mismo. Dile que te cuente. Te llevarás una sorpresa...
Y te percatarás del carapacho de estas gentes.
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JUAN.-
Cuidado. La negra loca asoma. (Más bajo.) Más tarde seguimos.
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(Penetra a escena CACHITA.)
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CACHITA.-
¿Qué sigilan...?
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JUAN.-
Nosotros...
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CACHITA.-
¿Nosotros, qué? (Al público.) A mí ninguno de ellos me engaña. Y trapalerías maquinan. Y yo tengo un negro congo encima que es imposible que se equivoque...
(A los tres personajes.) Así que cojan el buen trillo...
Se lo aconsejo. Es una advertencia. La negra, que ven aquí, está al cabo de la calle.
(Los tres personajes comienzan a reírse.)
Partida de degenerados.
¿Quieren hurgar más? Esto sí que es el acabose. Mal rayo los parta.
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(Los tres personajes se alejan. Sus risas se contienen al aparecer PABLO. Es un joven de movimientos bruscos, vestido con sencillez. Su piel es bronceada. Sus facciones vigorosas. Al verlo, JUAN le hace señas a sus compañeros. CACHITA termina de recoger los enseres de planchar. Los tres personajes, mutis.)
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JUAN.-
(Runruneando.) Es el hijo de Hilario.
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ÑICO.-
Madre mía, tal palo tal astilla.
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JUAN.-
No te confundas. Ése es el retrato de su madre, que en paz descanse.
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CACHITA.-
(Refunfuñando.)
Hablaré. Hablaré con quien tenga que hablar.
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PABLO.-
¿Con quién es esa bronca, Cachita?
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CACHITA.-
(De espaldas a PABLO, refunfuñando.)
Nada, hijo. Es que estoy más fastidiada. Estos ma...
(Cerciorándose de la presencia de PABLO.)
Ah, eres tú. Qué elegante. Un pimpollo.
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(CACHITA se le acerca y lo besa. PABLO le devuelve el beso.)
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PABLO.-
Usted me ve con ojos caritativos.
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CACHITA.-
Tú te lo mereces, Pablito. (Otro tono.) Noticias fresquecitas.
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PABLO.-
Cuánto me alegro.
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CACHITA.-
(Confidencial.)
Berta, mi nieta, regresó de La Habana y me preguntó enseguida por ti.
(PABLO se enseria.)
Eso me gusta. Vamos a ver si se encarrila y no zanganea tanto. (Al verificar la fría reacción que le ha causado esta noticia a PABLO, otro tono.) Y tu padre no ha llegado. Ojalá que salga a pedir de boca lo del ascenso. Lo contento que se pondrá.
¿Lo de la fiestecita que le preparas, es seguro? Esta noche,
¿no?
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PABLO.-
Así espero. Aunque una cosa piensa el borracho y otra el bodeguero. Al salir del Instituto fui a verlo a la Jefatura General, y el ambiente realmente irrespirable. Pedían a quien fuera papeles de identificación..., detalle que en raras ocasiones ha sucedido. Yo me identifiqué y me hicieron el caso del perro. Coño, vieja, cogí un berrinche.
«Oiga, yo soy Pablo, el hijo de Hilario García. Es urgente que lo vea».
Me miraban, y luego entre ellos se sonreían.
¿Qué ocurre?
¿Qué?...
Y no soltaban prenda. Supongo yo que descubrieron una conspiración, o los preparativos de un atentado..., o vendrá algún jefe morrocotudo..., o una inspección.
¡Quizás la ascensión de papá!
O un cambio en el Ministerio. Yo no sé cómo me hicieron semejante jugarreta, porque al ver al viejo se lo contaré.
¡El diablo sabrá!...
Luego en la calle todo me parecía negro.
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CACHITA.-
Alborotas musarañas.
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PABLO.-
(Sonriendo.) Ay, viejita, usted es una panetelita de almíbar.
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CACHITA.-
¡Zalamero!
(Otro tono. Casi cantando.) Me figuro, me figuro, que tú me has echado bola negra...
(Otro tono.) Tú me ocultas, y esto se pasa de castaño oscuro, sí, precioso...
Hace siglos que apenas te veo. Has levantado el pie de repente, y yo rumia que te rumia...
Ni a la hora del buchito del café, al mediodía...
¿Te he hecho algún desaire?
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PABLO.-
Qué ñonguita. En estos días tuve los últimos exámenes en el Instituto, con las declinaciones del latín, en las que soy nulo, un redomado idiota, rosa rosae, nulo, te lo repito, una nulidad...
y papá sueña que entre en la Escuela de Derecho en el próximo curso, imagínate..., un disloque, un corre-corre...
Viejita linda, no se ofenda.
¿Tendré que machacarle que la quiero...?
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CACHITA.-
(En un tono frío, sutil, inquietante.) Es que Blanca Estela me dijo que fuiste a la consulta del médico o al psiquiatra...
que estabas nervioso...
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PABLO.-
¿Médico?
¿Psiquiatra?
¿Nervioso?...
Blanca Estela es capaz de decir la peor sonsera con tal de salir del paso.
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CACHITA.-
Comprendo que no estés en tus cabales. (Con furia interior.) Es un descaro. Una vergüenza.
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PABLO.-
(Amoscado.)
No entiendo ni media palabra.
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CACHITA.-
No estoy hablando en chino, Pablito.
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PABLO.-
(Riéndose.) ¡Entonces es un chiste!
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CACHITA.-
(Circunspecta.) Prefiero la tranquilidad de mi conciencia, antes que el oprobio.
(En tono severo.) Anda con pies de plomo, y sondea a fondo qué te mortifica...
¡Y qué Dios me juzgue si soy malpensada!
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PABLO.-
Cada vez te entiendo menos.
¿De qué se trata?
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CACHITA.-
(Con sigilo, mirando a su alrededor.) De Juvencio...
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PABLO.-
¿De Juvencio?
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CACHITA.-
(En tono desenfadado.) Ese tipo me da mala espina.
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PABLO.-
(Simulando sinceridad.) Juvencio, francamente, lo he visto dos o tres veces. Papá lo trajo.
¿En qué te basas?
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CACHITA.-
Ay, chico, escarba...
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PABLO.-
(Reprendiéndola en forma cariñosa.)
Cachita, Cachita, mi negra linda, eso no tiene ni pies ni cabeza.
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CACHITA.-
Es un presentimiento, un...
Ay, Dios mío, si pudiera aclararme. Una racha de aire, un vuelco aquí dentro...
Además..., Pablo, es que se gasta una manera tan desfachatada de dirigirse a una...
De normal, ni pizca. Te explicaré... (Pausa breve.) Es cierto que él es atento, es cierto que si se lo propone es agradable...
Y no puedo con él. No soporto su carita ni sus bigoticos. Me cae igual que una patada en el estómago. Ah, y la miradita..., que se derrite como la mantequilla. Él se cree que es un personaje, el conquistador, el Jorge Negrete de la película...
Y conmigo, mi cielo, ese carro se ponchó.
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PABLO.-
Nada saco en limpio. Que si te gusta, que si no te gusta...
Imaginaciones suyas. Juvencio es un tipo idéntico a cualquier otro. Al menos, es lo que pienso.
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CACHITA.-
(Con gran convicción, tajante.) Más sabe el diablo por viejo que por diablo.
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(En ese instante irrumpe BERTA. Es una joven mulata, de hermosas facciones y porte distinguido. CACHITA, al verla, sonríe. Entre ellas existe una marcada complicidad. Suenan once campanadas.)
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CACHITA.-
(Exaltada.) Deja de darte cranque.
(Cantando.)
¡A las once y media, la novela! Laralila, laralila, el amor, laralila. (Corriendo y desapareciendo en la casa.) Los frijoles deben haberse achicharrados.
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PABLO.-
(A CACHITA.) Tenemos que seguir componiendo el mundo. Recuérdalo.
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(Comienza a subir las escaleras. BERTA, en medio del escenario, lo contempla extasiada.)
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BERTA.-
¿Te vas? (Pausa.) Si lo prefieres...
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PABLO.-
Tengo el cuerpo cortado y con el calor...
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BERTA.-
Yo deseaba conversar contigo.
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PABLO.-
Me daré una ducha y bajo.
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BERTA.-
Estaré con abuela.
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PABLO.-
¿Te ofendes?
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BERTA.-
Quédate. Es una lástima que te sientas mal.
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PABLO.-
Un malestar...
(Sonriente, bajando la escalera.) Ya lo rebasaré.
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BERTA.-
¿Quieres que vaya a la botica por aspirinas?
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PABLO.-
¿Por qué te preocupas?
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BERTA.-
Si abuela guarda algún remedio...
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PABLO.-
Vas a molestarla por gusto. (Cerca de ella, en tono amable.)
¿Qué tal de viaje?
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BERTA.-
(Impasible.) Ahí, en la marchita.
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PABLO.-
¿Y por la capital?
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BERTA.-
(Sin darle la menor relevancia al texto.) Anduve por el Palacio Presidencial, el Capitolio y el Malecón, y fui al cine y al Parque de Marianao, a los carruseles, y vi las tiendas del Encanto y Sears. Con una amiga de mamá...
(Pausa breve.) Por supuesto, no me fijé mucho.
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PABLO.-
(Desconcertado, intentando avivar la conversación.) Se habrá renovado desde la primera vez que fuiste,
¿no?
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BERTA.-
Bah,
¿sí?
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PABLO.-
Todo cambia. En meses, en semanas, en días y en horas...
Recuerdo que teniendo unos..., chiquito todavía..., a la muerte de mamá, me condujeron a una casa enorme, a un castillo, en el barrio La Vigía, en Camagüey; y yo pensaba y pensaba, y en mis pensamientos crecía, se agrandaba, se alargaba; y años después regresé a ella y, aquella casa grandiosa, comprobé lo reducida que era, lo insignificante. Todo cambia, Berta.
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BERTA.-
Es probable que tengas razón. Algo similar me ocurrió esta mañana, cuando llegué a la estación de trenes. Durante el viaje no pude cerrar los ojos. El traqueteo de los vagones sobre los raíles resultaba espantoso, trac, trac, trac, y el pitido aullando a campo traviesa. La noche, plomo derretido, y la luna permanecía envuelta en nubes rojizas. Por la ventanilla la entreví y tuve miedo. Tiré las cortinas. Si continuaba mirándola, enloquecía. A mi alrededor las gentes resoplaban sus sueños intranquilos, y sus rostros parecían desencajados, de muertos que salen de sus tumbas. Pálidos, de escoria...
ah, espantosos. (Solloza.) Fue un minuto, y calculé que era la eternidad, una eternidad terrible. (Pausa. Se recompone.) En la estación de trenes, busqué a la abuela. No vino a buscarme.
¿Por qué?, me dije.
¿Por qué?...
Raro, muy raro. Por casualidad andaba por allí un medio hermano de Violeta averiguando por un tipo que venía de Contramaestre para la sesión espiritista, y me trajo en su viejo cacharro. Al entrar aquí, me pareció distinto. Totalmente...
El barrio, los vecinos. Las casas, las calles, el olor. Una luz fija amarilla lo corroía todo. Un mundo extraño, hostil. (Pausa.) Encontré a la abuela, arrodillada, rezando delante de la Virgen del Cobre. No sintió mis pisadas en el zaguán ni en la casa; me había olvidado. Ningún gesto hizo. Hablaba parejo a quien habla, entre los rezos, de los signos del fin de la tierra y del cielo. (Se pone en pie y se aleja de PABLO.) Una hecatombe se acerca, repetía. Por eso Violeta invoca a los espíritus para que nos protejan y la sombra del mal desaparezca.
(Aproximándose a un trance.) Abuela decía que tu padre mordía los cristales y sus dientes, leznas de muerte, se quebraban unos tras otros. Que los espejos debían cubrirse de paños negros. Que el viento de la dispersión sopla fuerte, y vendrán días peores y el temible vengador. Que no nos hagamos ilusiones. Un gran desierto de huecos y sangre. Un vivo furor de llamarada que no se amortigua. No es la soledad, sino la sangre que reclama sangre..., que estamos en la mitad, y que la llave que tenemos se perderá en el sueño y sólo acariciaremos pavesa y arena sudadas. Alguien debe morir, gritaba. Alguien debe morir.
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PABLO.-
(Acercándose a BERTA.)
¿Qué te sucede? Nunca antes te portabas así.
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(BERTA se desvanece, desplomándose a sus pies. PABLO la toma entre sus brazos y la levanta, con temor.)
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PABLO.-
Dime, Berta. Estás sudando.
(BERTA abre los párpados y jadea.)
¿Llamo a tu abuela?
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BERTA.-
No, no...
Es el viaje. La mala noche sin dormir.
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PABLO.-
¿Antes, tú...?
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BERTA.-
No, hombre, qué va...
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PABLO.-
Lo que has dicho lo considero nefasto.
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BERTA.-
Ya te expliqué que me sentía extraña.
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(Pausa breve. PABLO la ayuda a incorporarse.)
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PABLO.-
¿Es cierto, que tu abuela, anda con muertos...?
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BERTA.-
Ah, insistes.
(Otro tono.) ¿Me quieres?
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PABLO.-
No vuelvas a pensar en eso. Debo matricularme en la Universidad...
Papá pretende que sea un buen abogado.
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BERTA.-
Quedamos que si regresaba de La Habana, íbamos a hablar despacio..., me prometiste un anillo.
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PABLO.-
Lo he decidido, Berta. Sé indulgente. Comprende. Papá me necesita.
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BERTA.-
(Rápida, en tono de muchacha ingenua.) Al decirlo tú...
(Pausa breve.) ¿Existe otra?
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PABLO.-
(Rápido.) ¡Cometrapo!
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BERTA.-
¿Y vas a sacrificarte?
¿Acaso tu padre se lo merece?
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PABLO.-
¿Por quién mejor que por él?
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(BLANCA ESTELA reaparece. Su rostro expresa una maligna satisfacción.)
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BLANCA ESTELA.-
Descubro que tratas bastante mal a Berta. No se lo merece.
¡Qué muchacho!
(BERTA, aturdida, balbucea, mueve las manos, se altera.)
En realidad, ignoro de qué hablan...
Aunque me lo sospecho.
(PABLO mira a BLANCA ESTELA con odio.)
¿De dónde sacas esa cara?
(BERTA muestra deseos de salir corriendo.)
Yo, a tu edad, Berta, decidí tirarlo todo por la ventana...
(Suspira.) Ay los años a una la deterioran...
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BERTA.-
A mi madre le sucede lo mismito allá en La Habana...
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BLANCA ESTELA.-
Es una desgracia.
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BERTA.-
Con su permiso, señora. Hasta otro momento, Pablo. (Hace mutis.)
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PABLO.-
(Violento.)
¿Por qué te metes?
¿En qué te atañe?
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BLANCA ESTELA.-
(Violenta.) ¡Hago lo que me da la gana!
¿Quién eres tú para detenerme?
¿Desde cuándo acá, tú...? (Desafiante.)
¡Recoge velas!
¡No te lo permito!
¡Escúchalo y métetelo en el cocorioco!
¿Entendido? (Pausa.)
¡Atrevido!
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PABLO.-
(Burlón y zafio.) ¡Ay, que me come el coco!
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BLANCA ESTELA.-
(Otro tono.)
¡Nada es eterno y si buscas guerra, guerra tendrás! No creas que voy a aguantar tus groserías...
¿De qué te quejas?
¿Vas a impedirme que hable?
¡Ni a tu padre se lo tolero! Entre tú y tu padre, estoy entre la espada y pared.
¡Harta!
¡Hasta el último pelo! Encerrada, embarretinada, acosada. (Pausa. Se apoya en el inicio de la escalera, jadeante.) Te llamó a las once de la mañana. Que pases por su oficina, dijo.
(PABLO hace mutis.)
Pablo, atiende, Pablo...
(Respira con alivio.)
¡Gracias San Antonio, gracias! (Se acomoda en un escalón de la escalera y ríe escandalosamente.) Ay, Virgen mía, mía, mía, absoluta...
(Besa una medallita que lleva en el cuello y, a carcajadas, golpea con pies y manos los escalones.)
¡Al fin, al fin pude deshacerme de él!...
(Pausa.) Pero,
¿cómo pude enredarme en esto?
¡Maldita historia!
¡Acabar!
¡Acabar!
¿Y será esa la solución?
¿Y luego, luego no será el mismo perro con diferente collar? (Pausa. Fatigada, lentamente sube las escaleras.)
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(Se intensifican los cantos del Orilé. BLANCA ESTELA queda inmóvil. Los cantos se entremezclan al toque del bongó, las maracas y las claves. JUVENCIO avanza al centro del escenario en primer plano.)
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JUVENCIO.-
¡A ése lo mato yo!
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BLANCA ESTELA.-
¡Vaya farolería...!
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JUVENCIO.-
¿Qué mosca te ha picao?
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BLANCA ESTELA.-
Tú, a lo tuyo, idéntico a todos los hombres, mientras yo vivo quebrantada de sobresaltos, suspendida en un hilo.
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JUVENCIO.-
Un drama fenomenal, muñeca.
¡Quién te crea se gana la rifa del premio gordo!
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BLANCA ESTELA.-
Odio esta vida que me ha tocado vivir...
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JUVENCIO.-
Cálmate. Del refunfuño vienen las arrugas.
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BLANCA ESTELA.-
(Rápida.) Se ve que te da lo mismo chicha que limoná. Tu indiferencia, carijo...
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JUVENCIO.-
(Riéndose.) Un viento clama de puerta en puerta, mascarita. (Otro tono.) Eliminarlo, hay que eliminarlo. (Mirándola sensual de arriba a abajo.) Tú calzas la horma perfecta.
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BLANCA ESTELA.-
¡Cuentos y más cuentos!...
Meses y meses que circulas en esa espiral. (Imitándolo.)
¡A ese lo mato yo! (Otro tono.)
¡Déjate de payasadas! Te falta lo que se necesita.
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JUVENCIO.-
¡Qué fácil, eh, muñeca!
¡Hazlo tú!
¡Fuiste tú quien me empujó a ese carro!
¡Fuiste tú quien me lo puso en la mano!...
¡Tú sabías!
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BLANCA ESTELA.-
¡Sabía y tenía que saber!
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JUVENCIO.-
Tú sabías que más tarde o más temprano yo vendría. Tú sabías que yo no podía olvidar. Tú sabías que yo sabía lo que se ha querido olvidar...
(Pausa larga. Otro tono.) Por las noches, por rachas, en la cama, estoy metido en un hueco y me falla la respiración. Me levanto, abro la ventana, y miro hacia arriba, hacia la planicie cuajada de punticos brillantes y digo: oh, cielo protector, ensimismado en tu mudez, ayúdame, tengo que matarlo, y me sacude un escalofrío, tengo que matarlo, y veo multitud de antorchas y cadáveres dispersos en la ciudad. Vienen al asalto los muertos del tiempo en que se creía que no existía la historia y cada hombre trazaba una línea de fuego a su alrededor, pensando en la impunidad, en que su palabra y sus actos eran ley. La noche es una enorme hoguera con sangre y gritos.
¿Estoy soñando?...
Recapacito. No, no estoy soñando. Y mi padre que sale de esa batahola de lamentos y de fantasmas, un fantasma con una cruz de ceniza en la frente, diciéndome: Recuerda, hijo. Y veo y oigo lo que has visto, oído y conoces. Las discusiones a punta de pistola. Las conspiraciones, uno contra otro, como si no hubiera una jerarquía. Un combate a muerte. La pandilla de Guilarte el Moro controlando este barrio y el de allá, hasta tener a la población aterrorizada en un puño. Hilario, detrás sonriente, sereno. El asesinato del Dr. Pérez Consuegra, saliendo de cuartel Moncada. El juez Cerviño, acribillado a balazos en la carretera de Boniato. Un estudiante apuñaleado y colgado a la entrada de San Vicente. Diez muertos no identificados en la Socapa. Se revela una conspiración de estudiantes en una casa de la calle Padre Pico y los integrantes fueron conducidos al vivac y luego los hallaron violados y muertos en el Castillo del Morro. Larga lista de hombres y nombres, de amigos, de vecinos. Y mi padre desesperado, tratando de solucionar o de establecer una lógica en la situación. Hilario, no es así. Hilario, esto es un ultraje. Pero Hilario anhela el poder. Es amigo de un Senador, que a su vez maneja sus contactos con el Presidente. Crea falsos conspiradores, falsos enemigos, falsos testigos. En una palabra, aterroriza. (Pausa breve.) Los recuerdos me asaltan, van y vienen y se esfuman, y yo no quiero que esfumen, Blanca Estela. Debo sobrepasar estas tribulaciones y no puedo. Es una costra, un furor. Y hay dos sombras debajo de la ceiba. Uno es mi padre y el otro es Hilario. Ráfagas de neblina me ciegan, soy muy pequeño, y apenas comprendo, sin embargo oigo, y las palabras de Hilario se clavan en mi memoria:
«Eres flojo, Manolo. Al que conspire, le arrancas el pescuezo; dos y dos son cuatro, socio. Aquí el orden, a fuerza de cojones. Invéntate múltiples caretas. Que nadie desenmascare quién se oculta en ti. Que no se mueva ni chiste un gallo».
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BLANCA ESTELA.-
Mil veces se lo he oído decir.
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JUVENCIO.-
Mi padre era un obstáculo y de antemano había calculado que contra esa fuerza incontrolable era demasiado batallar..., y una mañana lo encontraron en una cuneta con la boca llena de hormigas.
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BLANCA ESTELA.-
Decídete.
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JUVENCIO.-
Plata, plata.
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BLANCA ESTELA.-
¿Cuánto?
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JUVENCIO.-
Plata en mano.
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(BLANCA ESTELA saca un rollo de dinero del seno y se lo entrega a JUVENCIO.)
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BLANCA ESTELA.-
No podemos perder un segundo.
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(JUVENCIO se guarda el dinero y la abraza en lo alto de la escalera. Claroscuro con matices amarillos y azulados. Los tres personajes [JUAN, PEPE y
ÑICO] penetran y ocupan el primer plano. Golpe del taco a la bola y el choque de una bola contra otra. Los tres personajes se desplazan por el escenario, creando una mesa de billar, jugando.)
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JUAN.-
Blanca Estela...
Qué barbaridad, compadre.
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PEPE.-
Qué compadre ni comadre. Dale a la bola y olvida el tango.
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(Se siente el golpe de la bola.)
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JUAN.-
Y la ciudad está que arde. Un asalto a mano armada en el Tencen. Un desconocido mató al Dr. Menéndez. Cinco sacos de mariguana en un almacén de la calle Enramada.
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ÑICO.-
Bola sucia.
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JUAN.-
Se destapó en los muelles un cargamento de armas.
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ÑICO.-
Bola mala.
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PEPE.-
(Ríe.) Veremos ahora cómo se las arregla Hilario al pedirle un balance...
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ÑICO.-
Bola blanca...
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JUAN.-
Es probable que nosotros nos adelantemos.
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PEPE.-
Si Juvencio aclara el negocio...
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JUAN.-
Con la pasta contante y sonante, uno menos soplando.
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(La escena siguiente da la sensación de que los tres personajes observan un acto sexual.)
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BLANCA ESTELA.-
(Aferrándose a sus hombros.) Haré tus deseos, mi dueño. Ya sé que a ti los escrúpulos...
Igual que yo..., y yo también me vengaré.
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ÑICO.-
Mira. Esa bolita. Redondita. La que me recetó el médico. Déjamela, no me la toques. Apártate. No me quites la inspiración. Ésta, al directo.
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(BLANCA ESTELA y JUVENCIO se besan.)
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PEPE.-
En el centro, en el centro. Pongan un cervecita.
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JUAN.-
Vigilemos. Hilario segurito llega dentro de un momento.
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PEPE.-
(En un grito.)
¡Mátalo!
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(BLANCA ESTELA y JUVENCIO quedan en lo oscuro mientras hacen mutis.)
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BLANCA ESTELA.-
Júramelo.
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JUVENCIO.-
¿Que te lo jure?
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PEPE.-
Por aquí.
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ÑICO.-
Suave.
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PEPE.-
Por acá.
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ÑICO.-
Suave.
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PEPE.-
Afinca, duro.
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JUAN.-
No lo pienses.
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PEPE.-
En el centro, en el centro.
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JUAN.-
Un golpecito.
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PEPE.-
Métela.
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ÑICO.-
Suave.
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PEPE.-
Rápido.
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JUAN.-
(En un grito.) Carambola.
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PEPE.-
Eres un paquete, mi cobio.
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BLANCA ESTELA.-
(Gritando fuera del escenario.) Al fin podré respirar en paz.
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(Telón rápido.)
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