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Acto Tercero

Salón del palacio del Condestable de Burgos. Tres puertas al foro, otras laterales: la de la derecha conduce a las habitaciones del Rey, y la de la izquierda, a las de Doña Juana. Una mesa a cada lado del escenario, cerca del proscenio.



Escena I

DON JUAN MANUEL y el MARQUÉS DE VILLENA; después, FILIBERTO DE VERE; luego, el ALMIRANTE y varios nobles; en seguida otros, y a poco MARLIANO.

     DON JUAN MANUEL.- Como lo oís, Pacheco amigo. Y es lo más peregrino del caso que la Reina, en estos breves días, ha cobrado mucho afecto a su encubierta competidora.

     MARQUÉS.- No he conocido hombre menos escrupuloso que el Rey para este linaje de aventuras. Caro paga Doña Juana los celos con que tan a la continua le aburre. Y a punto fijo, ¿se sabe el nombre y condición de esa misteriosa beldad, hoy por vos convertida en dama de la Reina?

     DON JUAN MANUEL.- Supuesto es el nombre de Beatriz que ahora se le da: Aldara llamábase anteriormente. Su verdadera condición aun el mismo Don Felipe la ignora.

     MARQUÉS.- ¿Y no teméis que Doña Juana trasluzca el engaño?

     DON JUAN MANUEL.- Difícil es. Como deuda mía fue Aldara admitida, al mismo tiempo que otras damas, en la servidumbre de la Reina. Tal, excepto nosotros, la cree todo el mundo.

     MARQUÉS.- ¿Qué hay, señor de Vere? (A FILIBERTO DE VERE, que sale del cuarto del REY.) ¿Ha participado ya Don Felipe a los grandes su acuerdo de recluir a la Reina?

     FILIBERTO.- Y no se ha oído la nueva con tanto agrado como ambos suponíais.

     DON JUAN MANUEL.- No receléis tan pronto. Seguro estoy de que muchos cumplirán el ofrecimiento, que sellaron con sus firmas, de amparar al Rey en caso de que fuera preciso encerrar a Doña Juana y de que el pueblo no llevase a bien esta grave resolución. Sobrarán medios para triunfar de los que hoy se muestran reacios(2).

     FILIBERTO.- Su Alteza no ha escaseado las mercedes. El toisón de oro de su casa de Borgoña pende ya del cuello de muchos nobles y ricoshombres de Castilla.

     DON JUAN MANUEL.- Aún no ha hecho bastante.

     FILIBERTO.- De vuestro celo, señores, fía Su Alteza el logro de sus planes. Una Reina loca es obstáculo invencible a la buena gobernación de la monarquía. En Don Felipe tendrán los castellanos un Rey justo y valeroso, y vosotros un amigo siempre dócil a los sanos consejos.

     MARQUÉS.- Justo es, sin duda alguna, que a mí me ha ofrecido devolverme las tierras del marquesado de Villena, que indebidamente me quitó la Reina Isabel.

     FILIBERTO.- Tiene, sin embargo, tenaces enemigos. Varios grandes le amenazan desde Andalucía; el de Alba no perdona medio de combatirle; el Almirante...

     ALMIRANTE.- ¿Sabéis, señores, de qué se trata esta mañana en la estancia del Rey? (Saliendo por el foro con otros nobles.)

     DON JUAN MANUEL.- El Rey, señor Almirante, ha decidido recluir a su infeliz esposa, y ahora se lo participa a los grandes.

     ALMIRANTE.- Pues a fe que ese incalificable empeño del Rey-Archiduque puede acarrear males espantosos.



     DON JUAN MANUEL.- Empeño incalificable el vuestro y el de cuantos niegan lo que ya está fuera de duda.

     FILIBERTO.- Su Alteza obra como debe, señor Almirante.

     ALMIRANTE.- No hay por qué me sorprenda, señor mayordomo del Rey, que la turba extranjera, capitaneada por vos, quiera hacer propiedad de Don Felipe el trono castellano; que siendo vuestro generoso compatriota único señor de estos reinos, más impunemente como a tierra conquistada los trataríais.

     FILIBERTO.- ¡Caballero!

     DON JUAN MANUEL.- Válgate Dios por áspero y desabrido.

     NOBLE 1º.- El Rey exige demasiado. (Saliendo con otros del cuarto del REY.)

     NOBLE 2º- Nosotros, señores, estimamos acertada su determinación.

     DON JUAN MANUEL.- Inhábil Doña Juana para reinar, ¿a quién sino a él pertenece la corona durante la menor edad del Príncipe Don Carlos?

     ALMIRANTE.- Cuenta con lo que prometéis, caballeros: en Cortes únicamente pudiera tomarse tan importante acuerdo. Las de Valladolid, siguiendo el ejemplo de las de Toro, sólo reconocieron por Reina propietaria de Castilla a la hija de Isabel y Fernando. Los procuradores de las ciudades no dieron crédito a la torpe calumnia con que hoy de nuevo se aspira a destronarla. ¿Serán los próceres del reino menos reales? Don Felipe quiere oponer vuestra fuerza al encono del pueblo. ¿Patrocinaréis vosotros la usurpación y la injusticia?

     FILIBERTO.- ¿Eso decís en Palacio?

     ALMIRANTE.- También en Palacio debe decirse la verdad. Los que no teman exponerse al enojo del Príncipe borgoñón, acudan hoy conmigo a una audiencia que pediremos a la Reina. Veréis todos que merece serlo; que los que tratan de hacernos creer que está loca, o se engañan o mienten. (MARLIANO sale del cuarto del REY.)

     MARLIANO.- Yo, su médico; yo, que vivo constantemente a su lado, eso mismo afirmo y sostengo. (Murmullos entre los cortesanos.)

     NOBLE 1º- Acudiré a esa entrevista con vos, Almirante.

     NOBLE 2º- También nosotros.

     ALMIRANTE.- Os buscaré después, señores. (Vase por el foro, seguido de algunos.)

     MARLIANO.- Don Juan Manuel, Su Alteza manda que reunáis el Consejo.

     DON JUAN MANUEL.- Voy a convocarle.

     FILIBERTO.- Temo que ahora tampoco logre el Rey su deseo.

     MARQUÉS.- Temor infundado.



Escena II

MARLIANO; después, la REINA y DOÑA ELVIRA.

     MARLIANO.- ¡Que yo sustente como verdad lo que sé que es mentira! Mal me conoces, Rey tirano. Si mis dóciles compañeros deponen su conciencia a tus plantas movidos de temor o codicia, nunca yo seguiré ejemplo tan vergonzoso.

     REINA.- No lo dudes, Elvira (Saliendo de su cuarto con DOÑA ELVIRA); el Rey confía en mí demasiado.

     MARLIANO.- Vuestra Alteza sigue bien, ¿no es cierto?

     REINA.- Tres veces me lo has preguntado ya esta mañana.

     MARLIANO.- Vuestra salud es para mí inestimable tesoro. (Saluda y vase.)



Escena III

La REINA y DOÑA ELVIRA.

     REINA.- Sí, Elvira, sí; la excesiva confianza perjudica al amor.

     DOÑA ELVIRA.- Desechad, señora, tal idea de vuestra mente.

     REINA.- Ya ves que ahora Felipe se muestra conmigo más solícito que nunca, y permanece largo tiempo a mi lado. Que no mira al capitán con buenos ojos, es indudable; algo habrá conocido. ¡Si por este medio recabara su amor!

     DOÑA ELVIRA.- Creedme: estáis cometiendo una imprudencia.

     REINA.- ¡Qué prudentes sois los dichosos! A no serlo me autoriza mi desgracia, y el noble fin que me propongo harto me sirve de disculpa. Estimase doblemente un bien si tememos perderle. Tema Felipe, que siempre ha confiado. Lo que no conseguí padeciendo por él, quizá mortificando su vanidad lo consiga. Desamaríale si pudiese; no puedo, ni debo. No es únicamente mi esposo; es también el padre de mis hijos. No sólo para mí trato de ganarme su corazón, sino también para los hijos de mis entrañas.



     DOÑA ELVIRA.- Con todo, si don Alvar interpretase indebidamente vuestras afectuosas demostraciones...

     REINA.- Así quizá las interpretaría un cortesano; él, ni por pienso: la vida de los campamentos no pervierte el corazón como la vida de los palacios. Para el buen don Alvar no soy una mujer; no soy más que la Reina. ¡Inspirar celos a Felipe! ¡Ventura envidiable la mía si tanto lograse! ¡Qué quieres! Adoro a mi marido; es desgracia que no tiene remedio. Mucho me ofendió; no importa: todo se lo perdono con tal de que no me engañe otra vez. ¿Cuándo(3) piensas que volverá Hernán?

     DOÑA ELVIRA.- Hoy le aguardo.

     REINA.- Ya siento haberle enviado a ese maldito mesón. Sin causa temí que el Rey hubiese traído esa mujer a Burgos. Ahora apenas sale de Palacio. y no sale nunca sin que yo sepa después adónde ha ido. Lo conozco; soy extremadamente celosa. Hernán -no cabe duda- habrá encontrado allí a esa Aldara, que tanto daño me causó.

     DOÑA ELVIRA.- Verla debisteis, ya que por ella fuimos a la posada.

     REINA.- ¿Cuándo? Con Felipe abandonamos aquel sitio no bien don Alvar acudió a defenderme.

     DOÑA ELVIRA.- Don Alvar, que desnudó contra el Rey su acero.

     REINA.- Ignorando quién fuese. El Rey le perdonó, y le admite en Palacio.

     DOÑA ELVIRA.- Pero tiene ya contra él motivos de resentimiento. En grave riesgo ponéis al capitán haciendo que Su Alteza sospeche...

     REINA.- Oh, a ser preciso descubriría yo la verdad. ¿Y doña Beatriz? ¿Cómo es que todavía no ha venido a saludarme?

     DOÑA ELVIRA.- ¿Por qué os habéis aficionado tan pronto a esa dama?

     REINA.- ¡Qué sé yo! Miento; lo sé: rubor me cuesta confesarlo. La aprecio porque estoy segura de que no amará nunca a mi esposo.

     DOÑA ELVIRA.- (¿Me habré equivocado?)

     REINA.- Mira cómo por allí se pasea meditabundo don Alvar. (Asomándose a un ajimez.) En su Gran Capitán estará pensando, que nunca se le cae de la boca.



Escena IV

DICHAS y ALDARA; después, el REY.

     ALDARA.- (¿Qué mirará con tanta atención?) (Colocándose detrás de la REINA y mirando como ella por la ventana.) (¡Oh! ¡A él le mira, a él!)

     REINA.- Os vemos, por fin, esta mañana, señora.

     ALDARA.- ¿Cómo ha pasado Vuestra Alteza la noche?

     REINA.- Bien; muy bien. ¿Y vos? ¡Me parece que estáis algo pálida! ¿Os sentís mal?

     ALDARA.- No, señora.

     REINA.- Después de Elvira, sois de todas mis damas la que yo más estimo, y cualquiera dolencia vuestra me afligiría mucho.

     ALDARA.- ¡Cuánta bondad!

     REINA.- Y, sin embargo, la ninguna bondad que mostráis a mi esposo debiera enajenaros la mía.

     ALDARA.- ¿Vuestra Alteza supone...?

     REINA.- ¡Si creeréis que no lo he notado!

     ALDARA.- Perdonad si mi tibieza... Procuraré enmendarme.

     REINA.- Oh, no, al contrario... (Reprimiéndose.) Os perdono, os perdono.

     DOÑA ELVIRA.- (Su Alteza, señora.) (Bajo a la REINA.)

     REINA.- (¡Ah! Ven.) (Se acerca de nuevo al ajimez. DOÑA ELVIRA la sigue.)

     ALDARA.- (Vuelve a la ventana.)

     REY.- ¿Aquí estabais? (Con vehemencia, saliendo de su habitación.)

     ALDARA.- Reparad... (Señalando hacia donde está la REINA.)

     REY.- (¡Ah! La Reina.)

     REINA.- Es dechado de nobles y valerosos caballeros.

     REY.- ¿A quién se dirigen tales alabanzas? (Acercándose a ella.)

     REINA.- ¿Sois vos? (Fingiendo sobresalto.)

     ALDARA.- (Se turba.)

     REY.- ¿A don Alvar se dirigen acaso? (Mirando también hacia dentro.)

     REINA.- Ciertamente, a don Alvar. (Retirándose.)

     REY.- ¿Os vais?

     REINA.- Si no disponéis otra cosa...

     REY.- No os detengo.

     REINA.- (Paréceme que no finjo mal.) (A DOÑA ELVIRA, al irse con ella.)



Escena V

El REY y ALDARA.

     REY.- ¡Cambio más peregrino! Dijérase que Doña Juana esquiva ahora mi presencia.

     ALDARA.- ¿Eso habéis reparado?

     REY.- Hace días.

     ALDARA.- (¡Cruel certidumbre!)

     REY.- Pocos instantes puedo permanecer aquí: mi Consejo me espera. Una palabra de cariño, por favor.

     ALDARA.- ¿Cuándo partirá la Reina?

     REY.- ¡Qué mal me pagáis! En vano suplico, me desespero en vano; a un tiempo crecen mi pasión y vuestro desvío.

     ALDARA.- ¿Cuándo partirá la Reina?

     REY.- Pronto; de eso vamos a tratar en el Consejo. Pero ¿es posible que tengáis celos de Doña Juana?

     ALDARA.- ¿Que si tengo celos de Dona Juana? Sí; tengo celos de vuestra esposa.

     REY.- Luego ¿tanto me amáis?

     ALDARA.- Amo, amo, a pesar mío.

     REY.- ¿A pesar vuestro, ingrata? Pues ¿qué no hice yo para merecer vuestro amor? Quisisteis venir a Palacio, ser dama de la Reina: ya está cumplido vuestro anhelo. Por vos, antes de lo que fuera oportuno, voy a realizar mi designio de alejarla para siempre de mi lado. Os amo, y no me prevalí todavía del derecho que me da vuestro afecto, ni del poder que me da mi corona. Hablad; decidme vuestro nombre; yo haré que al punto recobre su esplendor primitivo si, como induce a suponerlo vuestra tenaz reserva, alguna mancha le deslustra. No hay mancha que no lave la gracia del Rey. Rey de España es quien os adora rendido. Cien y cien Estados escucharán de rodillas la palabra de vuestra boca; por satisfacer los deseos de vuestro corazón, seres innumerables se agitarán en toda la tierra.

     ALDARA.- Temo que también, como la Reina, hayáis perdido el juicio.

     REY.- Celos tengo también como ella, celos de cuantos miro a vuestro lado; y, sobre todo, de ese hombre que en el mismo mesón que vos habitaba, de ese hombre que osó desnudar contra mí su acero, y por el cual la Reina y vos a una habéis intercedido.

     ALDARA.- Señor, me prometisteis no tener celos de ese hombre.

     REY.- Vos me asegurasteis que no piensa en vos, que suspira por otra.

     ALDARA.- Y de nuevo os lo aseguro. ¿Estáis satisfecho?

     REY.- Perdonadme, Aldara; tiemblo, dudo; porque me parece imposible que haya quien os vea y no os ame.

     ALDARA.- Recordad que os aguardan.

     REY.- ¿Me amáis?

     ALDARA.- ¿A qué repetirlo?

     REY.- Y ¿cuándo me daréis una prueba de vuestro amor?

     ALDARA.- Haced que parta pronto la Reina.

     REY.- Hasta luego, bien mío; no tardaré. (Vase.)



Escena VI

ALDARA, y a poco DON ALVAR.

     ALDARA.- ¡Y decía la pérfida que amaba a su marido! ¡Qué pronto le olvidó! Las hijas del Profeta sí que sabemos amar y aborrecer.

     DON ALVAR.- Os buscaba, señora. (Saliendo por el foro.)

     ALDARA.- Hablad.

     DON ALVAR.- Hora es ya de que medie una explicación entre nosotros. ¿Qué hacéis aquí?

     ALDARA.- Vengarme.

     DON ALVAR.- ¿De quién?

     ALDARA.- De la Reina.

     DON ALVAR.- Que el Rey trata de encerrarla en un castillo acabo de oír. ¿Qué seguridad tenéis de que yo la ame?

     ALDARA.- Y ¿quién piensa en vos? En una hija de la Reina Isabel vengo a mi padre; en una Reina cristiana vengo a mi raza entera.

     DON ALVAR.- Revelaré a Doña Juana vuestro designio.

     ALDARA.- Eso acelerará su ruina.

     DON ALVAR.- ¡Oh señora! Si es cierto que alguna vez me habéis amado, desistid de tan inicuo propósito. Huid de este Palacio, donde solamente ignominia podéis hallar.

     ALDARA.- Para nada os curéis de mí, caballero. Ni el Rey ha vencido ni vencerá nunca mi fortaleza.

     DON ALVAR.- Y ¿a qué disfrazar con apariencias engañosas la nobleza de vuestro carácter? Si un día pudisteis dar entrada al rencor en vuestro pecho, tiempo ha que para siempre quedó en él borrado por otros sentimientos más puros.

     ALDARA.- En vos amaba a un cristiano; por vos los hubiera amado a todos, renunciando a mi dios y adorando en el vuestro.

     DON ALVAR.- Pues considerad, por lo que a vos os mortifica una vana imaginación, cuánto padecerá esa desdichada Reina si al fin descubre la perfidia del hombre a quien ciega idolatra.

     ALDARA.- ¿También vos queréis hacerme creer que la Reina está enamorada de su marido?

     DON ALVAR.- ¿Quién sino vos lo niega? Abrid los ojos a la luz, sed piadosa. Creo lo que decís; creo que aún sois digna de estimación. Pues bien: huyamos juntos; convertíos a la fe del Salvador, y, ¿qué más?, seré vuestro esposo. Mañana mismo huiremos de aquí; hoy, sin tardanza, al punto.

     ALDARA.- ¿Pero no veis, insensato, que cada una de vuestras palabras es hierro encendido que se me clava en el corazón? ¿Qué hacéis sino probarme el inmenso amor que la Reina os inspira? Por ella se anublan vuestros ojos; por ella vuestra altivez desmaya; por ella consentís en ser esposo de tan infame criatura como yo. Dierais contento, por evitarle el menor disgusto, vuestra espada de soldado, vuestro honor de caballero, vuestra sangre, vuestra vida. ¡Todo por ella! ¿Y probándome esto queréis aplacarme? ¿Qué hizo esa mujer? ¿Cómo logró ser tan querida? Y yo..., yo, que os adoro... ¡Callad; idos; dejadme! ¡Silencio! ¡Ay de mi enemiga! ¡Ay de vos! ¡Ay de mí!

     DON ALVAR.- ¡La Reina!



Escena VII

DICHOS y la REINA; después, el REY.

     REINA.- ¿Por qué no habéis venido a buscarme, Beatriz? ¿Os ha entretenido acaso vuestro pariente don Juan Manuel?

     ALDARA.- No; ahora iba a buscar a Vuestra Alteza. (Procurando ocultar su agitación.)

     REINA.- Guárdeos el cielo, don Alvar...

     DON ALVAR.- Si Vuestra Alteza me da su permiso...

     REINA.- ¿Por qué os retiráis? Grata me es la presencia de mis leales servidores.

     ALDARA.- (Adrede me insulta.)

     REINA.- He oído decir que en el juego de ajedrez sois invencible. Veamos vuestra habilidad. (Sentándose cerca de la mesa colocada a la izquierda del proscenio, y en la cual habrá un juego de ajedrez.)

     DON ALVAR.- Señora...

     REINA.- No admito disculpa. Venid: sentaos.

     ALDARA.- (¡Qué humillación!)

     DON ALVAR.- (¡Qué funesta casualidad!) (Sentándose.)

     ALDARA.- (¡Ah, el Rey.) (Viéndole aparecer.)

     REINA.- (Le esperaba.) (Empieza a jugar.)

     REY.- Pláceme, Doña Juana, que así honréis al capitán.

     DON ALVAR.- Señor, la merced que la Reina me otorga...

     REINA.- Es muy merecida: la nobleza de vuestra cuna os autoriza a estar a mi lado; la de vuestro corazón os hace acreedor a mis bondades. El que es amigo del Gran Capitán debe serlo nuestro.

     REY.- Mal empezáis, don Alvar. (Observando el juego.)

     REINA.- Está muy turbado, y hace, además, por que yo gane.

     REY.- No me esperaba esta ventura. (Acercándose a ALDARA, que está de pie en el extremo opuesto del escenario.)

     ALDARA.- Hablemos, señor, hablemos de nuestro mutuo cariño.

     REY.- Ved; felizmente ni siquiera repara en mí Doña Juana.

     ALDARA.- (En otro pone su atención.) (Siguen hablando en voz baja.)

     REINA.- Cuéntase, capitán, que en la batalla de Ceriñola hicisteis prodigios de valor, y os visteis cara a cara con el mismo Duque de Nemours.

     DON ALVAR.- ¡Bravo caudillo! Nada menos que la espada del Gran Capitán se necesitaba para vencerle.

     ALDARA.- ¿Qué se ha decidido en el Consejo?

     REY.- La reclusión de Doña Juana(4); es cosa resuelta.

     DON ALVAR.- (Temo por la Reina... ¿Qué debo hacer?)

     REINA.- Distraído estáis, don Alvar.

     DON ALVAR.- Perdonad. (Sigue jugando.)

     REY.- Concededme la entrevista que os pido.

     ALDARA.- (¡Le mira, le mira!) (Sin apartar los ojos de la mesa en donde están la REINA y DON ALVAR.)

     REINA.- (Yo le haré que sospeche.)

     REY.- ¿No me oís, Aldara?

     ALDARA.- ¿Cómo no, señor?... (¡Y él será tan dichoso en este momento!)

     REY.- Tenéis clavados los ojos en el capitán.

     REINA.- (Mira hacia aquí.) (Por el REY.)

     ALDARA.- Bien hacíais en estar celoso de don Alvar.

     REY.- ¿Os burláis?

     ALDARA.- No a fe; con motivo recelabais.

     REY.- ¿Sabéis, señora, que no tendría piedad con él ni con vos tampoco?

     REINA.- (Inquieto está; habla acaloradamente.) (Observando al REY.)

     DON ALVAR.- (Algo trama; esa mujer es capaz de todo.) (Observando a ALDARA.)

     ALDARA.- Yo ni remotamente me figuraba... Pero es lo cierto que me amaba en secreto y que hoy me ha declarado su amor.

     REY.- ¡Vive Cristo! (En voz alta y dando un paso hacia donde está DON ALVAR, sin poder contenerse.)

     REINA.- ¡Oh! ¿Qué tenéis? (Levantándose.)

     ALDARA.- (Reportaos.)

     REY.- Nada, no es nada, continuad vuestro juego.

     REINA.- (¡Qué miradas lanza al capitán! ¿Estará ya celoso?) (Con alegría, y vuelve a sentarse.)

     DON ALVAR.- (Procura perderme.)

     ALDARA.- Nada de escándalos, señor. Buscad un pretexto de enojo contra él, y enviadle otra vez a Italia.

     REY.- Ahora mismo. (Acércase a la mesa y observa el juego.)

     ALDARA.- (Ella aquí, él en Italia, y aún no me parece que estarán bastante separados, ni yo vengada como deseo.)

     REY.- ¿Cómo es eso, don Alvar, a dar mate al rey aspiráis nada menos?

     REINA.- Creo que aún le tengo seguro.

     REY.- Por lo visto, los soldados del Gran Capitán de manera ninguna quieren dejarse vencer. Y a propósito del Gran Capitán, ¡lástima es que tan hábil guerrero peque de avariento y ambicioso!

     DON ALVAR.- ¿Quién lo asegura?

     REY.- Sus famosas cuentas prueban que no le era posible darlas de los caudales que a Italia se le habían enviado.

     DON ALVAR.- Prueban que un soldado como él no ha de dar cuentas a sus Reyes con la pluma, sino con la espada.

     REINA.- (Quiere irritarle.)

     REY.- Que es ambicioso, claramente lo dice su proyecto de hacerse rey en el territorio conquistado.

     DON ALVAR.- Al Rey Don Fernando de Castilla pertenecía ese territorio (Levantándose.); mintió quien acusase de traidor a Gonzalo de Córdoba.

     REY.- ¡Vive Dios! ¿Que miento decís? (Levántase la REINA.)

     DON ALVAR.- No se dirigen a Vuestra Alteza mis palabras.

     REY.- He aquí lo que se logra con fijar una mirada de benevolencia en estos audaces aventureros.

     DON ALVAR.- (¡Delante de ella!)

     REY.- Porque nos hemos dignado tenderle una mano protectora y honrarle con nuestra confianza, ya se atreve a desmentirnos, a insultarnos públicamente.

     DON ALVAR.- (¡Mujer inicua!)

     REINA.- (¡Pobre capitán!)

     ALDARA.- (Aún no padece como yo.)

     DON ALVAR.- Señor...

     REY.- Silencio. Tres días os doy de término para que salgáis de Burgos. Volveréis a Italia a pedir al Gran Capitán el precio de las buenas ausencias que os debe.

     REINA.- (Le aleja de mí.) (Con gran satisfacción.)

     DON ALVAR.- Saldré de Burgos dentro de tres días; sufriré mi destierro. No pediré a Gonzalo de Córdoba un salario por lo que en su pro he dicho a Vuestra Alteza, que harto, honrando a quien lo merece, se honra uno a sí propio. Aventurero me habéis llamado: razón tenéis. A cuchilladas están escritas en todo mi cuerpo mis aventuras por mano de moros y franceses. Vuestros beneficios me habéis echado en cara; yo, sin embargo, los agradezco, y para pagarlos dignamente juzgo poco mi vida. Colme Dios la vuestra de felicidades, señor. Adelánteos a vos, señora, en la tierra, alguna de las que en el cielo os aguardan. (Vase.)

     ALDARA.- (Para mí ni un insulto ni una mirada de desprecio.)

     REINA.- Habéis sido injusto, señor; permitidme que, en vuestro nombre le perdone.

     REY.- Harto hice con perdonarle la vida.

     REINA.- Acceded a mis ruegos. Rogadle vos también, Beatriz.

     REY.- Todo será en vano: sabéis cuál es mi voluntad. (Vase.)

     REINA.- La cólera del Rey debe tener otro motivo. Con intención ha ofendido a Gonzalo de Córdoba delante de don Alvar. ¿Qué pensáis vos, Beatriz?

     ALDARA.- Presumo que el Rey está celoso. (Con pérfida intención.)

     REINA.- ¿Vos también lo habéis conocido? Yo me lo temía.

     ALDARA.- (¡Cree ser la causa! ¿Qué prueba mayor?)

     REINA.- Menester es que le desengañe.

     ALDARA.- (¡Cómo se vende! Bien hice; que parta.) (Vase.)



Escena VIII

La REINA y DOÑA ELVIRA; a poco, HERNÁN, y después, un PAJE.

     REINA.- Ven, Elvira, ven y abraza a tu Reina. Mírame. ¿No te parezco otra? ¿No te anuncian mis ojos, mi voz, que mi esposo me ama? ¿Qué te decía yo? Ha desterrado al capitán para alejarle de mí. ¡Pobre capitán! Será preciso resarcirle de esta mala ventura. ¡Dios eterno, y yo te pedí algunas veces la muerte! ¡Cómo desconfié tan pronto de tu justicia! Sí, Elvira, sí; está furioso; tiene celos; ¡celos que yo le inspiro! ¡Ves qué felicidad tan grande!

     DOÑA ELVIRA.- ¿Luego nada hay ya que temer?

     REINA.- Nada.

     DOÑA ELVIRA.- Pues venía a anuncíaros el regreso de Hernán; aquí llega.

     REINA.- Inútilmente ha viajado.

     DOÑA ELVIRA.- Le diré que se retire.

     HERNÁN.- ¿Vuestra Alteza me da su venía?

     REINA.- Sí; acércate. ¿Vuelves ahora del mesón adonde te envié? ¿Y qué? Allí habrás visto a la mujer cuyo paradero debías indagar. Bien, nada más quiero saber. Recompensaré tus servicios. Vete, déjanos.

     HERNÁN.- La mujer que allí pasaba por sobrina del mesonero, y que, según éste afirma, debía de ser alguna dama principal, no está ya en el mesón, como Vuestra Alteza supone.

     REINA.- ¿Que era dama principal? ¿Que no está ya en aquel sitio? ¿Pues dónde? Tú lo habrás averiguado.

     HERNÁN.- Vínose a Burgos tan luego como recibió una carta en respuesta a otra suya que un mozo del mesón había traído a esta ciudad con encargo de hacer que secretamente llegara a manos del Rey.

     REINA.- ¡Ha escrito al Rey! ¿Oyes, Elvira?

     DOÑA ELVIRA.- ¿Quién sabe con qué objeto?

     REINA.- Imposible es que yo goce un día entero de tranquilidad. (A DOÑA ELVIRA, llevándosela aparte.) Aldara en Burgos... Una carta suya para el Rey... ¿Conservará aún Felipe esa carta? Él es muy aficionado a conservar estas cosas. No hay mueble en su cuarto que yo no conozca y pueda abrir. A estar el papel en alguno de ellos... (Un PAJE se presenta en la puerta del foro.)

     PAJE.- El Almirante y otros señores que le acompañan piden audiencia.

     REINA.- Ahora, no; que vengan después; dentro de un rato. (Vase el PAJE.) En probar ¿qué pierdo? (Dirigiéndose al cuarto del REY.)

     DOÑA ELVIRA.- ¿Qué vais a hacer, señora?

     REINA.- ¿Quieres que no haga nada, que así me esté? Muchas veces engañan las apariencias. Verás cómo no encuentro carta ninguna. ¡Si la hallase!... ¡Si la hallase!... (Entrase en el cuarto de DON FELIPE.)



Escena IX

DOÑA ELVIRA y HERNÁN.

     DOÑA ELVIRA.- ¿Es cierto lo que has dicho a la Reina?

     HERNÁN.- Dije lo que a mí me dijeron. Y a fe que no me costó poco trabajo averiguar... Mas el oro todo lo allana...

     DOÑA ELVIRA.- A nadie cuentes lo que has hecho.

     HERNÁN.- No temáis, no cometeré ninguna imprudencia.

     DOÑA ELVIRA.- Origen puede ser la más leve de grandes males.

     HERNÁN.- Tengo probada mi lealtad, doña Elvira.

     DOÑA ELVIRA.- Sé que eres adicto a la Reina.

     HERNÁN.- Por deber y por inclinación, que es mi señora un ángel del cielo. En Palacio vuelve a asegurarse que ha perdido el juicio.

     DOÑA ELVIRA.- Silencio; si te oyera, ese golpe la mataría.

     HERNÁN.- Mejor fuera hacerle conocer de una vez al señor Rey Don Felipe.

     DOÑA ELVIRA.- Retírate.

     HERNÁN.- ¡Cómo viene! (Mirando hacia la puerta del cuarto del REY.)

     DOÑA ELVIRA.- Retírate, Hernán. (Vase HERNÁN por el foro.)



Escena X

La REINA y DOÑA ELVIRA.

     REINA.- No me había engañado; mira la carta de esa mujer. Derecha fui adonde estaba.

     DOÑA ELVIRA.- ¿Será posible?

     REINA.- He querido leerla. Mis ojos se han clavado en ella, pero nada han visto.

     DOÑA ELVIRA.- No la leáis.

     REINA.- ¿Que no la lea? ¡Dios mío! Tú no has amado nunca; nunca has estado celosa; no tienes corazón. ¿Que no la lea? ¿Para qué la he buscado entonces? Mira, mira cómo te obedezco. (Leyendo.) «Señor: que yo sería dama de la Reina, en cuanto os lo pidiese, me fue concedido por vos. Quien del Palacio, buscándome solícito, descendió a la posada, súbame hoy de la posada al Palacio.-La dama del mesón.» Y el Rey contestó... Y esa mujer está aquí... Y porque ella está ahora a mi lado, estaba ahora siempre a mi lado Felipe... ¿Lo entiendes ya? No, no lo creo... No lo quiero creer.

     DOÑA ELVIRA.- Sosegaos, señora.

     REINA.- Parece que no sabes decir más que eso. ¿No oyes que está aquí? ¿No oyes que me la ha traído a mi propia casa? Por fuerza ese hombre ha olvidado que yo aquí soy la Reina; que ni él mismo se librará de mi furor. ¡Y supuse que me amaba, que tenía celos de mí! ¿Hay simpleza como la de una mujer enamorada? ¡Qué bien se habrá reído a mi costa! De ambos debo tomar venganza. ¿Por cuál empezaré? Una venganza que no desmerezca del agravio. Corre; llama al Rey... No; escucha... (Deteniéndola.) Antes conviene... Vamos, vamos.... si no me tranquilizo, no haremos cosa de provecho. Maldito corazón, que jamás ha de obedecer... Sí; ya estoy tranquila... Conviene... ¿Qué te decía yo?...

     DOÑA ELVIRA.- (Acabarán con su razón y con su vida.)

     REINA.- Conviene... ¡Ah! (Como recordando.) Conviene descubrir cuál de mis damas es la amiga del Rey. Casi todas aquí en Burgos han entrado a servirme... Esta carta me pone en camino de dar con ella. Haciendo que todas escriban delante de mí.... cotejando las letras... Ya ves que aún puedo discurrir. Anda, corre; que al punto vengan a esta cámara, al punto... Dime (Deteniéndola otra vez.): lo que esa mujer ha hecho es un crimen. Debe haber alguna ley que castigue estos delitos; debe haberla. ¿No es cierto? Seguramente que la habrá en un país donde mandan mujeres. Y si no la hay, yo la haré. ¿No soy la Reina? Para algo ha de servirle a una ser soberana de un reino compuesto de muchos, y de un nuevo mundo además. Se han burlado de la mujer virtuosa, y amante. ¡Por Cristo que se van a llevar chasco muy solemne cuando la vean convertirse en Reina vengativa! ¿Qué me vas a decir? (A DOÑA ELVIRA, que hace ademán de ir a hablar.) ¿Otro desatino? Calla, no quiero oírle. Vuela: trae a todas mis damas. ¡Ay de ti si me vendes!... ¿Quién viene? ¿Qué hombres son ésos? (Viendo aparecer en el foro al ALMIRANTE Y los grandes.)

     DOÑA ELVIRA.- Son los grandes, que desean hablaros. (Vase por la izquierda.)

     REINA.- ¡Ah, sí, ya me acuerdo! (Cambiando repentinamente de tono.) Adelante, señores, adelante, y seáis bien venidos.



Escena XI

La REINA, el ALMIRANTE, DON JUAN MANUEL, el MARQUÉS DE VILLENA, FILIBERTO DE VERE y nobles; después, DOÑA ELVIRA y damas de la REINA.

     ALMIRANTE.- Veremos si está loca. (A los que con él vienen, que se colocan en el lado derecho del escenario.) Penoso deber nos conduce, señora, a vuestra presencia. (Acercándose a la REINA.)

     REINA.- Pues ¿qué ocurre?

     ALMIRANTE.- Grandes males amenazan a todo el reino, y sólo Vuestra Alteza puede evitarlos.

     REINA.- Hablad: mi madre me legó por herencia el amor que tuvo a su pueblo.

     ALMIRANTE.- ¿Oís? (A los nobles, con íntima satisfacción.) (A la REINA.) Intervenid en la gobernación de vuestros Estados si no queréis presenciar su ruina. Vos sois la Reina propietaria.

     REINA.- ¿Verdad que sí? Yo soy la Reina, la única señora.

     ALMIRANTE.- Y ¿a qué callarlo? El Rey abusa de la ternura que como fiel esposa le tributáis.

     REINA.- Decís bien, Almirante; el Rey es el más inicuo de todos los hombres.

     ALMIRANTE.- No he dicho eso, señora. (Sorprendido y titubeando.)

     REINA.- Lo digo yo; es igual.

     ALMIRANTE.- (¡Cielos!) (Rumores de extrañeza. Sonrisas maliciosas de DON JUAN MANUEL, el MARQUÉS DE VILLENA y FILIBERTO DE VERE.)

     REINA.- (¡Cuándo acabarán de venir!)

     ALMIRANTE.- Los flamencos saquean y tiranizan a Castilla. El Rey exige el servicio otorgado en Valladolid; y el hambre, en tanto, hace estragos terribles en vuestro pueblo.

     REINA.- ¿Con que mi pueblo tiene hambre? ¿Y los flamencos se enriquecen? ¿Y el Rey...? ¡Ah! Por fin. (Viendo entrar a ELVIRA seguida de sus damas. Quédanse éstas en el lado izquierdo.) ¿Vienen todas? (A ELVIRA.)

     DOÑA ELVIRA.- Doña Beatriz no estaba en su aposento; ya he mandado buscarla.

     REINA.- (¿Cuál de éstas será?) Señora de Javalquinto, escribid aquí cualquier cosa. (La dama a quien se dirige la REINA acércase a la mesa y escribe.)

     ALMIRANTE.- No me oye Vuestra Alteza, y de esta conferencia depende, quizá, la suerte futura del reino. (Como queriendo fijar la atención de la REINA en lo que él le dice.)

     REINA.- Sí, os escucho; decíamos que los flamencos... Podéis seguir.

     ALMIRANTE.- Pues bien, señora...

     REINA.- No es ésta. (Acercándose de nuevo a la mesa y comparando furtivamente lo escrito por su dama con la carta de ALDARA.) Condesa, vos ahora. (A otra que también se pone a escribir.)

     ALMIRANTE.- ¿Tanto os importa conocer la letra de esas damas?

     REINA.- ¿Que si me importa? Nada me importa tanto.

     ALMIRANTE.- ¿Ni la salvación de un reino?

     REINA.- Ni la salvación de un reino. Tampoco. (Repitiendo el juego anterior.) Vos, Leonor. (Otra dama escribe también.)

     MARQUÉS.- Capricho más extravagante. (Hablando con los nobles.)

     DON JUAN MANUEL.- ¿Os vais convenciendo? (Al ALMIRANTE.)

     NOBLE 1º.- No hay duda, señor Almirante: la Reina desvaría.

     ALMIRANTE.- Señora, prestad atención a mis palabras. (A la REINA, con gran vehemencia.) Hay quien duda de vuestra aptitud para reinar, y es preciso que hagáis por que nadie lo dude.

     REINA.- Haré luego todo lo que queráis. (Repitiendo otra vez el mismo juego.) Tampoco, tampoco. Escribid todas. (Escriben algunas más.)

     ALMIRANTE.- Ved que España entera está a punto de sublevarse.

     REINA.- Que se subleve; ya es hora de que nos teman los austríacos.

     ALMIRANTE.- Y el Rey..., el Rey es vuestro mayor enemigo: conspira contra vos. ¡Si supieseis!... (Los partidarios del REY dan señales de indignación y enojo contra el ALMIRANTE, cuya audacia sorprende a todos igualmente.)

     REINA.- Lo sé. (Bajo, al ALMIRANTE.) ¿La conocéis, por ventura? ¿Cuál de éstas es?

     ALMIRANTE.- (¿Qué dice?) No entiendo a Vuestra Alteza.

     REINA.- Entonces yo estoy mucho mejor enterada. Y vosotras, ¿por qué no escribís? (Volviendo a ver la letra de las damas a quienes últimamente se dirigió, y reparando en algunas que no han escrito.)

     DAMA 1ª.- Porque no sabemos.

     REINA.- (¿Será alguna de éstas? ¿Habrá conocido mi intención la culpada?) ¿Que no sabéis escribir?... Falso; señores, ¿no es cierto que estas damas saben escribir?

     DAMA 1ª.- La verdad dijimos a Vuestra Alteza.

     REINA.- (Pues no hay remedio; alguna ha fingido la letra.) Leonor, venid acá. Miradme cara a cara. (Trae al proscenio a esta dama y la mira, poniéndola una mano en la frente.)

     DON JUAN MANUEL.- ¿Más loca la queréis?

     REINA.- (Esta no se turba.) Condesa (Dirigiéndose a otra.), ¿qué noticias tenéis del mesón?

     DAMA 2ª.- ¿De qué mesón, señora?

     REINA.- (¿Y no he de dar con ella?) ¿Ninguno de vosotros (A los nobles, bajo.) sabe si alguna de estas damas ha vivido en un mesón hace poco? (Todos contestan con una señal negativa. La REINA se aleja llena de despecho.)

     ALMIRANTE.- Caballeros, respetad su desgracia. (A algunos que se ríen.)

     REINA.- ¡Oh, todos sois traidores, y vosotras todas me engañáis! Salid; sal Elvira. (A DOÑA ELVIRA, que se le acerca.)

     DON JUAN MANUEL.- ¿Dudáis aún? (Al ALMIRANTE.)

     ALMIRANTE.- (¿Qué significa esto?)

     NOBLE 1º.- Loca está, señor Almirante.

     NOBLES.- ¡Está loca! (Vanse todos, excepto la REINA.)

     REINA.- Don Alvar la conoce. ¡Hola! Yo sabré obligarle a que me diga la verdad. Al capitán don Alvar (A HERNÁN, que sale), que aquí le espero. Si ya no estuviese en Palacio, corre en su busca. (Vase HERNÁN.)



Escena XII

La REINA; a poco, DON ALVAR; luego, ALDARA.

     REINA.- Beatriz es la única que no ha escrito. Va a venir; escribirá también. ¿Será ella? ¿Tenerla aquí entre mis manos y no saber cuál es? En Flandes me di por satisfecha cortando a mi rival los rizos encantadores que tanto habían agradado a mi esposo. Más necesitaría hoy para satisfacerme. ¡Oh, malditas grandezas humanas! ¡Por qué no nací pobre y humilde! Ni el más ruin labriego me hubiera ultrajado de esta suerte. Sólo un rey es capaz de poner bajo el mismo techo a su esposa y a su manceba. ¡Dios mío, si este premio alcanza la virtud en la tierra, grande debe ser en el cielo tu misericordia con los malos!

     DON ALVAR.- ¿Me habéis mandado llamar?

     REINA.- Sí, para deciros que sois un traidor.

     DON ALVAR.- ¡Señora!...

     REINA.- La dama del mesón está aquí, en Palacio. Vos, como todos, me engañabais. No abráis la boca para mentir de nuevo: mirad esta carta.

     DON ALVAR.- (¡Su letra es!)

     REINA.- ¿Por qué no me habéis dicho la verdad?

     DON ALVAR.- Disponed de mi vida. La muerte ambiciono.      REINA.- En vuestra vida pienso yo ahora. ¿Qué me importa a mí vuestra vida? Todo lo habéis remediado ya con ofrecerme vuestra vida.

     DON ALVAR.- ¿Sabe esa mujer que está descubierta?

     REINA.- Aún lo ignora; va a saberlo al instante.

     DON ALVAR.- Yo la veré, yo la obligaré a partir.

     REINA.- ¡Partir! ¿He dispuesto yo que parta, por ventura?

     DON ALVAR.- Desistid, señora, de todo propósito que hayáis formado; no veáis a esa mujer; confiadme el encargo de hacerla abandonar este sitio.

     REINA.- (¡Y no la descubre!)

     DON ALVAR.- Por la memoria de vuestra madre, por la vida de vuestros hijos, os lo ruego. (Cayendo a sus plantas.)

     REINA.- (¡Y no la descubre!)

     DON ALVAR.- ¿Qué resolvéis?

     REINA.- Vengarme, capitán; vengarme.

     ALDARA.- ¡A sus pies! (Saliendo por el foro.)

     DON ALVAR.- ¡Oh! (Viéndola y levantándose.) ¡Qué fatalidad!

     REINA.- ¡Cómo! (Volviendo el rostro y viendo también a ALDARA.)

     DON ALVAR.- Evitad un escándalo.

     REINA.- ¿Con que era ésa, era ésa?

     DON ALVAR.- ¿Lo ignorabais?

     REINA.- Vos me lo habéis dicho.

     DON ALVAR.- ¡Yo!

     REINA.- Dejadme.

     DON ALVAR.- ¡Por piedad!

     REINA.- ¡Fuego de Dios! Salid.

     DON ALVAR.- (¿Qué va a suceder?) (Vase por el foro.)



Escena XIII

La REINA y ALDARA.

     REINA.- ¿Es vuestra esta carta? (Corriendo hacia ALDARA y mostrándole el papel.)

     ALDARA.- (Me ha vendido.)

     REINA.- Contestad.

     ALDARA.- Mía es.

     REINA.- ¿Vuestra? Franca sois, a lo menos. Pero qué, ¿aún no estáis pidiéndome perdón? ¿Aún no estáis de rodillas delante de vuestra Reina? ¡De rodillas! (Asiendo de un brazo a ALDARA y queriendo obligarla a arrodillarse.)

     ALDARA.- No todo el mundo se ha de prosternar hoy ante vos. (Resistiéndose.)

     REINA.- ¿Estoy soñando? ¿Qué dice esta mujer? Si creo que me desafía.

     ALDARA.- Hija de reyes sois; yo también.

     REINA.- ¿Tú?

     ALDARA.- Me aborrecéis porque vuestro esposo me ama; os aborrezco porque amáis al que amo; porque adoráis en Jesús y yo en el Profeta; porque sois hija de la Reina Isabel y yo de Muley Audalla, el Rey Zagal: yo sí que os aborrezco.

     REINA.- ¿Que naciste infiel, enemiga de mi Dios? No cabe mayor ignominia en ti, ni mayor vileza en él; ni puede ser más ofendida una reina cristiana. ¿Y lo dices? ¿Ya no mientes? ¿Ya no me engañas? ¡Oh! Mal hizo la pantera del desierto en ponerse frente a frente de la leona de Castilla.

     ALDARA.- Leona de Castilla, la pantera del desierto te ha vencido esta vez.

     REINA.- Pero ¿no conoces que por tu imprudencia es mayor tu crimen, y tendrá que ser mayor tu castigo? Castigada estarías si yo hubiese elegido manera de castigarte; pero todo cuanto imagino, todo es poco, muy poco. ¡Oh, qué felices son los hombres! Cuando uno se cree injuriado, cuando tiene un rival, corre en su busca; y allí donde le encuentra, allí, sin más tardanza, le insulta, allí le arroja un guante a la cara. Y si hay gente que presencie el agravio, mil veces mejor. Y luego, cuerpo a cuerpo, con una buena espada pelea; pelea y muere o mata. ¡Esto sí que es vengarse! Así, así, así, no de otra manera, quisiera yo vengarme de esta mujer.

     ALDARA.- Y yo de vos.

     REINA.- De veras? Pues aguarda, aguarda. (Éntrase en la habitación del REY aceleradamente.)



Escena XIV

ALDARA sola; dos PAJES en seguida; a poco, DON ALVAR; después, la REINA; luego, el REY, el ALMIRANTE, MARLIANO, DON JUAN MANUEL, el MARQUÉS DE VILLENA, FILIBERTO DE VERE, nobles, médicos, damas y pajes.

     ALDARA.- ¡Hola, pajes, hola; pronto, acudid! (Asomándose a la puerta del foro.)

     PAJE.- ¿Qué mandáis? (Apareciendo con otro.)

     ALDARA.- La Reina, dominada de su locura, quiere matarme; está furiosa. Corred, avisad al Rey, llamad gente. (Vanse los PAJES.) Esta es la ocasión. ¿Quién luego podrá dudar de que ha perdido el juicio?

     DON ALVAR.- ¿Cuál es vuestro intento? (Saliendo por el foro y asiendo a ALDARA violentamente de la mano.)

     ALDARA.- ¿Acechando estabais?

     DON ALVAR.- Para defenderla contra vos.

     ALDARA.- ¿Y si hubieseis llegado tarde?

     DON ALVAR.- Ved que no respondo de mí.

     ALDARA.- Cuenta con lo que decís a una dama, señor capitán español.

     DON ALVAR.- Desoísteis mis súplicas.

     ALDARA.- Y desprecio vuestras amenazas.

     REINA.- Toma. (Arroja al suelo una de dos espadas que trae, y quédase con la otra en la mano.)

     DON ALVAR.- Reprimid vuestra furia. El Rey va a venir.

     REINA.- Me alegro; le veré temblar por su amada.

     DON ALVAR.- Esta cámara va a llenarse de gente.

     REINA.- Mejor; mi venganza tendrá testigos.

     DON ALVAR.- ¡Oh, desdichada; al veros, al oíros, se afirmarán más y más en la idea de que...! ¡Fuerza es decíroslo todo! Se trama contra vos un horrible atentado. El Rey quiere arrojaros del trono; quiere encerraros para siempre en una cárcel.

     REINA.- ¿A mí, a su Reina, a su esposa? ¡A la madre de sus hijos! (Prorrumpiendo en copioso llanto.)

     DON ALVAR.- ¡Y bajo qué pretexto! No hay mayor infamia, no hay mayor. crueldad. Apoyado por la nobleza, por vuestros mismos médicos, por cuantos os rodean, afirma...

     REINA.- Acabad.

     DON ALVAR.- Afirma que habéis perdido la razón, que estáis loca.

     REINA.- ¡Jesús! ¡Loca! (Dando un grito terrible y dejando caer el acero.)

     REY.- Sí; loca estáis, desdichada. (Saliendo por el foro con el acompañamiento arriba indicado. Acércase rápidamente a su esposa, comprendiendo lo que sucede; y como para contenerla, le dice estas palabras con reconcentrado furor. Pausa.)

     REINA.- ¡Loca!... ¡Loca!... ¡Si fuera verdad! ¿Y por qué no? Los médicos lo aseguran, cuantos me rodean lo creen... Entonces todo sería obra de mi locura, y no de la perfidia de un esposo adorado. Eso..., eso debe de ser. Felipe me ama; nunca estuve yo en un mesón; yo no he visto carta ninguna; esa mujer no se llama Aldara, sino Beatriz; es deuda de don Juan Manuel, no hija de un Rey moro de Granada. ¿Cómo he podido creer tales disparates? Todo, todo efecto de mi delirio. Dímelo tú, Marliano (Dirigiéndose a cada uno de los personajes que nombra.); decídmelo vosotros, señores; vos, señora; vos, capitán; tú, esposo mío; ¿no es cierto que estoy loca? Cierto es; nadie lo dude. ¡Qué felicidad, Dios eterno, qué felicidad! Creía que era desgraciada, y no era eso: ¡era que estaba loca!

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