Acto Primero
Sala en el palacio de Tudela de Duero. A la izquierda, una ventana en primer término; puertas a entrambos lados y en el foro. Mesa y muebles propios de la época.
Escena I
El ALMIRANTE y DON JUAN MANUEL.
ALMIRANTE.- Dígoos, don Juan Manuel, que vanamente os empeñáis en convencerme de que la reina Doña Juana está loca.
DON JUAN MANUEL.- ¡Invencible obstinación la vuestra, Almirante! ¿Había de querer Su Alteza privarse de tan bella y tan amante esposa como Doña Juana si no fuera su demencia cosa de todo punto segura? La manía de ponerse diariamente un mismo traje, hasta que, deslucido y roto, por fuerza se le quitan sus damas; el no probar vianda alguna durante días enteros; el gustar de que cuando llueve le caiga el agua encima; el escaparse de Palacio para celar a Don Felipe; sus lágrimas intempestivas, sus infundados arrebatos de cólera, sus continuas extravagancias, todo esto, en fin, ¿no basta a probar la deplorable perturbación de sus sentidos?
ALMIRANTE.- Prueba todo eso que cuando se padece mucho se piensa poco; prueba que Don Felipe de Austria no es más digno de sentarse en el trono de la reina Doña Juana que de ocupar el tálamo de mujer semejante.
DON JUAN MANUEL.- Agriamente le censuráis.
ALMIRANTE.- Don Felipe, como hombre aficionado a deshonestos amoríos, quiere librarse de una esposa que le cela; como rey ambicioso, de la que es reina propietaria de Castilla -no finjáis ignorarlo-; y en Dios y en mi alma, que antes se me ha de acabar la vida que la voluntad de cumplir con lo que juzgo deber sagrado de todo el que tenga en las venas sangre castellana.
DON JUAN MANUEL.- Vuestra terquedad y la de cuantos opinan como vos serán causa de que la dolencia de Doña Juana, que en la reclusión pudiera hallar remedio, se haga al fin incurable. Bien se nota que obráis por instigaciones del duque de Alba, que aún se promete ver de nuevo al rey Don Fernando en el trono de su hija.
ALMIRANTE.- Por lo que mi conciencia me dicta, obro como veis, que no por ajenas instigaciones. Con razón aseguráis que el trono español pertenece a Doña Juana, hija y sucesora de su madre Isabel. Procuraré evitar que traidoramente se le arrebate para que entero le ocupe su esposo el archiduque de Austria. Hartos desafueros cometen ya sus amados compatriotas, a cuya codicia es vivo aguijón la buena ley del oro de nuestra tierra.
DON JUAN MANUEL.- ¿Con que debo responder a Su Alteza?...
ALMIRANTE.- Respondedle que desconfíe de mí si otra vez atenta a la libertad de nuestra legítima y natural señora.
DON JUAN MANUEL.- Guárdeos el cielo.
ALMIRANTE.- El os acompañe.
DON JUAN MANUEL.- (Tiempo perdido.)
ALMIRANTE.- (Trabajo inútil, don Juan Manuel.)
Escena II
El ALMIRANTE, un PAJE y después DON ALVAR.
PAJE.- Un caballero que se dice ser el capitán don Alvar de Estúñiga desea ver al señor Almirante.
ALMIRANTE.- ¡Aquí don Alvar! Que venga al momento. (Vase el PAJE.) Dichoso hallazgo, por vida mía. Llegad acá, mi ilustre deudo, mi fiel amigo, llegad. (Viendo aparecer a D. ALVAR en la puerta del foro.)
DON ALVAR.- Pensé tener que asaltar el palacio como fortaleza enemiga.
ALMIRANTE.- ¿Y qué? ¿No queréis alargarme la mano?
DON ALVAR.- A fe que la mano me parece poco, y que no me contento con nada menos que los brazos.
ALMIRANTE.- Vuestros son ahora como siempre.
DON ALVAR.- Años ha que nos separó la fortuna.
ALMIRANTE.- Decidme cómo es que en Tudela de Duero os hallo; qué tal os ha ido por Italia. Contadas al amigo después de la ausencia, se endulzan las penas y se aumentan las alegrías.
DON ALVAR.- Antes sepa yo de vos la verdad de lo que por Castilla se suena.
ALMIRANTE.- La verdad es que los flamencos se reparten pacíficamente los oficios públicos y con todo negocian; que el hambre aflige al reino en tan gran manera, que las más fértiles provincias tienen que surtirse de trigo extranjero; que el rey Don Felipe exige del pueblo, en tales circunstancias, un servicio oneroso, y quiere encerrar a Doña Juana, suponiendo que está demente, con el fin de quedarse solo en el trono y dar rienda suelta a sus tiránicos desmanes y licenciosos extravíos.
DON ALVAR.- ¿Con que no hay tal locura? (Con grande alegría.)
ALMIRANTE.- Sólo hay, hasta ahora, un desacordado amor, que tal parece.
DON ALVAR.- ¿Tanto ama a su marido?
ALMIRANTE.- No es posible encarecerlo.
DON ALVAR.- ¿Y él la desdeña, la atormenta, la ultraja?
ALMIRANTE.- A toda hora sin piedad. Quiso dejarla en Mucientes y partir solo a Valladolid. Ahora que a Burgos nos dirigíamos, ha hecho alto en este pueblo para ver si logra dejarla aquí y continuar solo el viaje. En Burgos intentará de nuevo apartarla de su lado.
DON ALVAR.- ¿Y no hay medio de poner coto a los abusos y tropelías de ese archiduque de Austria, que Dios confunda?
ALMIRANTE.- Casi todos los grandes le patrocinan.
DON ALVAR.- El pueblo le aborrece y adora a la hija de la católica Isabel.
ALMIRANTE.- Doña Juana sería la primera en contrarrestar cualquiera tentativa que en su pro y en contra de su marido se hiciese. Pero, ¡qué diablos!, ya trataremos de estas cosas. Habladme ahora de vos.
DON ALVAR.- Mi historia es sucinta. Que fui a Italia; que maté franceses siguiendo las banderas del Gran Capitán; que ha poco tiempo di la vuelta a Castilla, por cierto con bien mala ventura.
ALMIRANTE.- Pues ¿qué os sucedió?
DON ALVAR.- Abriéronseme con la fatiga del camino dos de mis más recientes heridas, y en un mesón, a corta distancia de este pueblo, me encontré sin poder seguir adelante. Hoy por vez primera salgo de mi fementido lecho.
ALMIRANTE.- ¿Restablecido completamente?
DON ALVAR.- Casi, casi.
ALMIRANTE.- ¿Por obra de la naturaleza?
DON ALVAR.- Gracias a los desvelos de una mujer.
ALMIRANTE.- ¡Hola, hola! Dama tenemos de por medio.
DON ALVAR.- Dama que me siguió a Italia; que a Castilla me ha seguido y que en el tal mesón se me apareció un día convertida en sobrina del mesonero.
ALMIRANTE.- Emprendedora debe de ser.
DON ALVAR.- Su natural fogoso y arrebatado disculpa sus acciones; su peregrina condición las autoriza.
ALMIRANTE.- Pues ¿quién es ella?
DON ALVAR.- Es nada menos que la hija de un rey.
ALMIRANTE.- ¿Os burláis?
DON ALVAR.- No, por mi vida. El rey Zagal fue su padre.
ALMIRANTE.- ¡Una mora, una hija del desdichado rey de Granada!
DON ALVAR.- Fuera yo más venturoso si nunca la hubiese conocido.
ALMIRANTE.- ¿Por qué razón?
DON ALVAR.- Quiéreme, salvó con imponderable solicitud mi existencia, y yo en breve causaré su desgracia rompiendo la cadena con que me tiene preso, y que no puedo ya soportar.
ALMIRANTE.- ¿Es bonita?
DON ALVAR.- No cabe serlo más.
ALMIRANTE.- Y entonces, ¿en qué se funda vuestro desamor?
DON ALVAR.- No acierto a deciros otra cosa sino que a una sola mujer he podido amar en toda mi vida; a una a quien sólo raras veces he visto, y de quien estuve mucho tiempo alejado; a una que ni sabe ni sabrá jamás los sentimientos que me inspira.
ALMIRANTE.- ¿Y de veras creéis estar enamorado de esa dama?
DON ALVAR.- Ignoro si es amor el que vive de sí propio, solitario dentro del alma, y no se alimenta de temor, ni de esperanza, ni deseo. Amo un recuerdo, una ilusión, una sombra; amo a un ser ideal que a todas partes me sigue, animando en la pelea mi brazo, purificando mi corazón en la paz; ser que vivirá siempre a mi lado, y recogerá piadoso mi último suspiro. No; no es éste el amor que una mujer nos inspira; es la adoración que en silencio tributamos a nuestra santa predilecta. ¿Os sorprende oír tales palabras de boca de un guerrero, propio solamente para gozarse en el tumulto y los estragos del campo de batalla? Pues ved que os digo la verdad.
ALMIRANTE.- Hombre más extraño que vos no le hay en la tierra.
Escena III
DICHOS y MARLIANO.
MARLIANO.- Deseaba veros, señor Almirante.
DON ALVAR.- Os dejo, pero no antes de suplicaros que solicitéis para mí una audiencia de Su Alteza, mi señora.
ALMIRANTE.- Dadla por conseguida.
DON ALVAR.- Regresaré a Palacio dentro de una hora. (Da la mano al ALMIRANTE y se retira.) (¡Al fin voy a volver a verla!) (Vase por el foro.)
MARLIANO.- Acabo de hablar con la Reina: inútilmente he procurado decidirla a permanecer aquí y dejar que el Rey parta sin ella a Burgos. Tratad, como yo, de convencerla.
ALMIRANTE.- Marliano, ¿vos también habéis cedido a las amenazas o a las dádivas del Rey?
MARLIANO.- Aspiro, no a complacer al Monarca, sino a salvar a mi noble enferma. Al lado del Rey tiene a cada instante nuevos motivos de angustia y desesperación; quizá la soledad fuese alivio a sus padecimientos.
ALMIRANTE.- ¿Y queréis que, en tanto que aquí permanece Doña Juana, el Rey en Burgos le usurpe su corona?
MARLIANO.- Es natural: vos habláis como hombre de Estado; yo como médico; vos pensáis en la Reina; yo en la mujer que padece.
Escena IV
DICHOS, la REINA y DOÑA ELVIRA.
REINA.- ¿Aún no ha vuelto?
MARLIANO.- Aún no, señora. Perdonadme si de nuevo os repito que el estado de vuestra salud...
REINA.- Mi salud. ¿Por qué yo no he de poder ir a Burgos? ¿Qué enfermedad es ésa de que todo el mundo me habla y cuyo nombre ignoro? ¿A qué empeñarse en buscar en el cuerpo lo que está en el corazón? ¿En qué puede parecerse el quejido del enfermo al ¡ay! del desdichado? Mira, mira, guarda tus consejos y medicinas para quien los necesite. Lo que a mí me hace falta no has de dármelo tú.
DOÑA ELVIRA.- Tranquilizaos, señora.
REINA.- Pero ¿no oyes que este insensato quiere curarme separándome de él?
MARLIANO.- No insisto; vuestro bien únicamente ambiciono.
REINA.- Lo conozco, Marliano; y espero que, en cuanto vuelva el Rey, le dirás que estoy buena, muy buena, y que mañana mismo podemos continuar el viaje. ¡Oh! ¿Vos aquí? (Reparando en el ALMIRANTE.)
ALMIRANTE.- Tengo que pedir una merced a Vuestra Alteza.
REINA.- ¿Cuál?
ALMIRANTE.- Un antiguo y leal servidor desea volver a ver a su Reina.
REINA.- ¿Quién es?
ALMIRANTE.- El capitán don Alvar de Estúñiga.
REINA.- Me acuerdo de él. ¿Dónde ha estado?
ALMIRANTE.- En Italia.
REINA.- Mi padre le estimaba mucho. Decidle que venga... Pero el Rey que no vuelve aún. ¡Hasta cuándo va a durar esta maldita caza! Id, señores, id a ver si recibís alguna noticia. (Vanse el ALMIRANTE y MARLIANO por la puerta del foro.)
Escena V
La REINA y DOÑA ELVIRA.
REINA.- Mira. ¿No distingues nada a lo lejos? (Asomándose a la ventana.)
DOÑA ELVIRA.- Nada, señora.
REINA.- Hoy tarda más que de costumbre. ¿Le habrá sucedido algo?
DOÑA ELVIRA.- ¡Infundada zozobra!
REINA.- Cinco horas ha que se fue.
DOÑA ELVIRA.- No ignoráis que el Rey es muy aficionado a la caza.
REINA.-¡La caza! ¿Crees tú que el Rey estará cazando?
DOÑA ELVIRA.- Sin duda.
REINA.- Puede ser. ¡Ojalá! No veo el instante de salir de Tudela.
DOÑA ELVIRA.- ¿Por qué motivo?
REINA.- ¡Ay, Elvira! Felipe me engaña; Felipe se ha enamorado aquí de alguna.
DOÑA ELVIRA.- ¡De alguna!
REINA.- Sí: no sé de quién; pero siento en mi corazón que ama a otra, y tal es, sin duda, la causa de nuestra detención en este pueblo.
DOÑA ELVIRA.- No parece sino que tenéis gusto en atormentaros.
REINA.- ¿A qué, para hacerme desconfiar de ti como de todos cuantos me cercan, tratas también de engañarme? Que el Rey muchas veces fue traidor conmigo, no lo ignoras. Hoy... Nada había querido decirte temiendo que, como en otras ocasiones, me reprendieses. Ya se ve: tú, que no tienes celos, no puedes comprender ciertas cosas. Pero ¿te parece justo que, habiéndome en ti deparado el cielo una amiga, ni aun el consuelo de ser participadas logren mis amarguras? ¿De qué me sirve entonces el amor que me tienes? Vamos, ofréceme no reñirme y te contaré lo que recientemente he sabido.
DOÑA ELVIRA.- Hablad, señora: desahóguese el vuestro en este corazón, que entero os pertenece.
REINA.- Gracias, mi leal, mi cariñosa compañera. Pues bien, noté que todas las tardes... ¡Ah! (Corriendo a la ventana.) ¿Oíste? (Volviendo al proscenio.) No, nada, todavía no viene.
DOÑA ELVIRA.- Continuad.
REINA.- Noté que todas las tardes salía el Rey de Palacio, y transcurrían por lo menos dos horas antes de que volviese. Ayer hice que mi buen paje Hernán siguiera sus pasos.
DOÑA ELVIRA.- ¿Con que jamás se corregirá Vuestra Alteza?
REINA.- Has ofrecido no reñirme. El Rey fue ayer tarde... ¿Adónde dirás? No es posible que lo presumas. Fue al mesón del Toledano, uno que hay en los alrededores de este pueblo.
DOÑA ELVIRA.- ¿A un mesón Don Felipe?
REINA.- ¿Y a qué puede ir él a un mesón? Supiéralo ya si Hernán no se hubiese quedado a la puerta; pero el necio paje temió que el Rey le viera y le conociese. ¡Sí, Elvira; por alguna mujer va a semejante sitio! Sólo esta conjetura me parece acertada.
DOÑA ELVIRA.- Ninguna puede serlo menos.
REINA.- ¡Ojalá que me engañe; ojalá, Elvira, ojalá! A bien que pronto saldremos de dudas. Hoy Hernán penetrará en la posada.
DOÑA ELVIRA.- ¡Cómo! ¿Tratáis de que también hoy siga a Su Alteza?
REINA.- Si fuese lo que me imagino... De pensarlo nada más, parece que se me acaba la vida.
DOÑA ELVIRA.- Considerad, señora, que en tal paraje no puede haber más que villanas.
REINA.- Y qué, ¿las villanas no son mujeres como nosotras? Si mi esposo fuera villano, ¿piensas que yo no le amaría?
DOÑA ELVIRA.- Debo evitar que cometáis tales imprudencias.
REINA.- ¿Sabes que quien no nos conociese te tomaría por la señora? Que yo lo soy recuerda.
DOÑA ELVIRA.- Perdóneme Vuestra Alteza si mi celo le enfada.
REINA.- ¿A qué me obligas a decirte estas cosas? Vamos, perdóname tú.
DOÑA ELVIRA.- ¡Oh, no me avergoncéis!
REINA.- En esta ansiedad no podría vivir. Si me equivoco, ¿qué mayor ventura que un desengaño? Si no me equivoco, si Felipe ama a otra, ya ves que no es justo que yo siga adorándole. Muchas veces le perdoné; ya no le perdonaría. Segura estoy de aborrecerle si es cierto que me engaña. La duda basta para hacérmele odioso. ¡Oh! (Corriendo otra vez a la ventana.) ¡Ahora sí que es él! Ya ha vuelto, Elvira mía, ya ha vuelto. Mira, ¡voy a recibirle! ¡Felipe de mi alma! (Sale precipitadamente por la puerta del foro.)
Escena VI
DOÑA ELVIRA.
DOÑA ELVIRA.- ¿Tendrá razón? ¿La ofenderá el Rey con algún otro vergonzoso amorío? ¿Se habrá prendado de una aldeana? De todo es capaz. ¡Desdichada señora! Ya con él se acerca llena de júbilo. (Éntrase en el cuarto de la derecha.)
Escena VII
El REY y la REINA.
REY.- Lo que te he dicho nada más: me empeñé en dar alcance a un venado, cuyo rastro habíamos perdido tres veces.
REINA.- Bien hiciste; no importaba que yo esperase.
REY.- ¡Qué infundadas reconvenciones!
REINA.- Pero supongo que ya hoy no me volverás a dejar.
REY.- A pesar mío, tendré que abandonarte muy luego.
REINA.- ¡Otra vez! ¡Ya! Para ir al mesón.
REY.- ¿Cómo? ¿Qué dices?
REINA.- No, no hay insensatez que iguale a la mía. ¡Qué bien me vendí!
REY.- Explicaos, señora.
REINA.- ¿Te parece que aún no me he explicado bastante? ¿Qué te lleva a ese bienaventurado mesón?
REY.- (Lo ignora.)
REINA.- Habla, responde; tómate siquiera el trabajo de engañarme.
REY.- Imposible es que vivamos pacíficamente. A pesar del dictamen de todos tus médicos y de los repetidos consejos de tus más fieles servidores, había determinado que juntos partiésemos a Burgos mañana mismo...
REINA.- ¿De veras? ¿Eso habíais determinado?
REY.- Pero otra cosa es la que a entrambos nos conviene: permanecerás en Tudela; partiré solo.
REINA.- No, Felipe, no; partiremos juntos.
REY.- Insistes en vano.
REINA.- No me atormentes. Dime el motivo de tus visitas a la posada; dímelo, y te creo.
REY.- Por no entristecerte lo he ocultado hasta ahora. ¡Buen pago recibo!
REINA.- ¿Acabarás de mortificarme?
REY.- Un negocio de estado es lo que me conduce allí.
REINA.- ¿Un negocio de estado?
REY.- Sí, señora, sí.
REINA.- Bien, te creo; habla.
REY.- Trato de ganarme la voluntad de uno de los más fervorosos amigos de tu padre.
REINA.- ¿Del Duque de Alba?
REY.- Justamente. Era su intención promover alborotos para arrebatarnos la corona y devolvérsela al Rey Don Fernando. Por fortuna, ya ha empezado a darse a partido; pero, temiendo que si aquí nos ven conferenciar se trasluzca la concordia y llegue a noticia del Rey, exige que nuestras entrevistas se verifiquen secretamente, donde menos pueda nadie imaginarse.
REINA.- (¿Será cierto lo que me cuenta?)
REY.- ¿Estás ya convencida de tu injusticia?
REINA.- Sí, de todo lo que quieras. ¿Partiremos juntos mañana?
REY.- ¿Quién, ingrata, más que yo lo desea? Confía en tu esposo; no le ofendas dudando de su cariño.
REINA.- ¿Sabes, Felipe, que ya están agotadas mis fuerzas, y me moriré de dolor si hoy creyese y tuviera que volver a dudar mañana? ¿Sabes que mi amor ha sido más poderoso que el tiempo y tus desdenes? Te amé cuando te vi; más cuando me llamé esposa tuya; más cuando fui madre de tus hijos. Existe el que me dio el ser, existen las prendas de mis entrañas, hay un Dios en el cielo que a todos nos redimió con su sangre. Pues bien: óyelo y duélete de esta infeliz: en mí tienen celos de la esposa, la hija, la madre, la cristiana. Sí, lo conozco, es un crimen: ofendo a la Naturaleza y a Dios; por eso el cielo me castiga; pero, ¡ay de mí!, que no lo puedo remediar.
REY.- Hasta el fondo de mi pecho penetran tus hermosas palabras. Ellas me animan a suplicarte de nuevo que en Burgos, como en Valladolid, permitas que yo solo gobierne los Estados que poseemos juntos.
REINA.- Soy Reina; ciño la corona de mi madre Isabel; mas no ignoras cuánto desdeño yo esas grandezas, que, comparadas con el sentimiento que llena todo mi corazón, me parecen mezquinas. Dame, en vez de esplendente diadema de oro, una corona de flores, tejida por tu mano; en vez de regio alcázar, en donde siempre hay turbas que nos separan, pobre choza en donde sólo nosotros y nuestros hijos quepamos; en vez de dilatados imperios, un campo con algunos frutos, y una sepultura que pueda contener abrazados nuestros cuerpos; tu amor, en vez del poder y la gloria, y creería yo entonces que pasaba del purgatorio al paraíso.
REY.- ¡Juana idolatrada!
REINA.- Oye. Muchas veces se presenta a mis ojos la veneranda sombra de mi madre Isabel, señalándome un mundo con la una mano y con la otra mano otro mundo; y veo que ambos se abrazan y que aquél ofrece a su hermano los tesoros de sus entrañas virginales, y que éste le envía en recompensa el nombre de Dios flotando sobre las aguas. Y oigo que la voz de la Reina Isabel me dice: Piensa en tus sagrados deberes, y yo pienso en ti; ama a tu pueblo, y yo a ti te adoro; conserva mi herencia, débate España nuevas glorias y dichas; y mi corazón sólo responde: amo en cada uno de sus latidos, y quiero llorar como Reina arrepentida, y lloro como mujer enamorada. ¿Qué más? Si hoy bajara un ángel del cielo y me dijese: En mi mano está remediar tu desgracia, deshaciendo lo hecho, y volviéndote a la edad feliz en que aún no eras esposa, yo, sin vacilar un punto, le respondería: No, no, y mil veces no; quiero ser esposa de Felipe; quiero amarle, aun cuando él haya de aborrecerme; quiero penar por él y morir llamándole mío.
REY.- Serénate y enjuga esas preciosas lágrimas.
REINA.- Ahora son de felicidad.
REY.- Ojalá entonces que siempre las vea yo en tu rostro. Don Juan Manuel me aguarda. Volveré para decirte adiós.
REINA.- Vuelve, Felipe, vuelve.
REY.- Se acabaron para siempre los celos, ¿verdad?
REINA.- Te lo prometo; para siempre.
REY.- (A fe que voy avergonzado.) (Entrase por la puerta de la izquierda.)
Escena VIII
La REINA; a poco, DOÑA ELVIRA; un PAJE luego; después, DON ALVAR.
REINA.- Harto lo conozco; siempre nos ponemos en lo peor. Gracias, Dios santo, gracias.
DOÑA ELVIRA.- ¿Ya os encuentro sola?
REINA.- Sí, Elvira.
DOÑA ELVIRA.- Y alegre, a lo que noto.
REINA.- Me equivocaba; mis celos eran infundados.
DOÑA ELVIRA.- Ahora debiera yo enojarme con Vuestra Alteza.
REINA.- Terminó ya lo que a ti te enojaba: he ofrecido no volver a estar celosa.
DOÑA ELVIRA.- No saldría yo por fiadora de vuestra promesa.
REINA.- Ríete; ya verás si la cumplo.
DOÑA ELVIRA.- Aguarda ese don Alvar, a quien habéis concedido una audiencia.
REINA.- Pues que venga, que venga al instante. (DOÑA ELVIRA se asoma al cuarto de la derecha, hace una seña y preséntase HERNÁN, el cual, después de oír algunas palabras que aquélla en voz baja le dice, vase por la puerta del foro.)
DOÑA ELVIRA.- Hernán va a darle aviso.
REINA.- ¡Si vieras qué mozo tan bizarro era cuando yo le conocí! Querrá pedirme alguna gracia: debo protegerle. ¡Hoy, más que otros días, siento tan grandes deseos de hacer bien! Cuando uno es feliz, ¡cómo desea la felicidad de todos!
DON ALVAR.- Si Vuestra Alteza me otorga su venia... (Presentándose en la puerta del foro. A una señal de la REINA entra y permanece a respetuosa distancia. La REINA se sienta.)
REINA.- Mucho celebro que hayáis venido, capitán.
DON ALVAR.- (¿Qué pasa por mí?)
REINA.- Sé que habéis estado en Italia.
DON ALVAR.- Sí, señora (Reponiéndose.); en Italia he guerreado contra los enemigos del nombre español.
REINA.- Gonzalo de Córdoba es el mejor capitán del mundo.
DON ALVAR.- ¿Qué no diera él por oír tal encomio de boca de Vuestra Alteza?
REINA.- ¿Se acuerda de mí?
DON ALVAR.- ¿Cómo podríamos haber olvidado a la hija queridísima de nuestra señora la Reina Isabel?
REINA.- ¿Verdad que me quería entrañablemente? ¿Recordáis con qué angelical donosura me llamaba señora suegra por la extraña semejanza que con mi abuela paterna tenía yo, al decir de cuantos la habían conocido?
DON ALVAR.- No pronunció palabra delante de mí aquella bendita mujer que para siempre no esté fija en mi memoria.
REINA.- Mucho sentiríais su muerte, capitán.
DON ALVAR.- No hubo en Italia soldado que no la llorase.
REINA.- Juzgad si yo la lloraría; yo que, ausente en apartadas tierras, ni siquiera tuve el consuelo de verla morir. Tengo, sí, el único que puede endulzar la amargura de un huérfano: el consuelo de saber que la madre que pierde se va derecha a la gloria.
DON ALVAR.- (¿Cómo no amarla?)
REINA.- El valor y la lealtad con que a mis padres habéis servido reclaman premio. Pedidme alguna merced, don Alvar.
DON ALVAR.- Consagrarme al servicio de Vuestra Alteza sería para mí gran ventura.
REINA.- Mañana partimos a Burgos, y nos alojaremos en el palacio del Condestable. No dejaréis de vernos allí. ¿Conocéis al Rey?
DON ALVAR.- No, señora.
REINA.- ¿Cómo no, habitando en Tudela?
DON ALVAR.- Habito fuera de poblado, en un mesón donde ha no pocos días me obligó a detenerme una grave dolencia.
REINA.- ¿En un mesón decís? (Levantándose.) ¿En el del Toledano quizá?
DON ALVAR.- En ese mismo.
REINA.- Habréis visto en él a dos caballeros que le visitan diariamente.
DON ALVAR.- A nadie he visto, porque hasta hoy no he podido salir de mi aposento; pero sí sé que un caballero flamenco frecuenta la posada.
REINA.- Un caballero flamenco que tiene allí entrevistas con un caballero español.
DON ALVAR.- No, señora; allí no va ningún caballero español.
REINA.- Y entonces..., entonces el otro ¿a qué va?
DOÑA ELVIRA.- (¡Y habíais prometido no volver a tener celos!) (Bajo, a la REINA.)
REINA.- (Calla.) Sepamos, ¿qué busca por allí? (Procurando disimular.)
DON ALVAR.- ¿Qué busca? (Sin saber qué debe contestar.)
REINA.- (No acierta a responderme.)
DON ALVAR.- Nada... Nada que importe a Vuestra Alteza.
REINA.- Decidme la verdad, don Alvar; también las Reinas somos curiosas.
DON ALVAR.- Aseguro a Vuestra Alteza que no sé de fijo... (Titubeando.)
REINA.- Mentís, capitán. (Sin poder reprimirse.)
DON ALVAR.- ¡Oh! (¡Qué arrebato!)
REINA.- En el tal mesón hay una beldad campesina, y ese caballero flamenco se ha prendado de ella.
DON ALVAR.- En vano será que yo niegue lo que Vuestra Alteza no ignora. Perdonad: no creí que estuvieseis tan bien informada.
REINA.- (¡Madre de Dios! ¡Mentía! ¡Mentía!)
DOÑA ELVIRA.- (Ved que os observan.) (Bajo, a la REINA.)
REINA.- ¿Con que estaba bien informada? ¿Un amorío es lo que le lleva al mesón?
DON ALVAR.- Un mero galanteo, que terminará muy en breve.
REINA.- ¿Sabéis, capitán, que si no me hubieseis dicho verdad correría grave riesgo vuestra cabeza?
DON ALVAR.- ¡Señora!
REINA.- Olvidad estas palabras y retiraos.
DON ALVAR.- (¿Qué significa esto? ¿Será verdad que está loca?) (Saluda, y vase por la puerta del foro.)
Escena IX
La REINA y DOÑA ELVIRA.
REINA.- ¡Elvira, Elvira! (Dejándose caer en un sillón desfallecida.) DOÑA ELVIRA.- Señora, volved en vos. ¿Queréis que llame? REINA.- No; detente. (Levantándose con nuevo vigor.) ¿Ves que hombre tan falso, tan inicuo? No hay palabras con que decir lo que ese hombre es. ¡Si le hubieseis escuchado!... Va a partir en busca de su amada. Yo también iré a verla.
DOÑA ELVIRA.- ¿Vos?
REINA.- Sí, yo; yo, contigo.
DOÑA ELVIRA.- ¿Qué intentáis, señora?
REINA.- Eso: lo que acabas de oír.
DOÑA ELVIRA.- Por compasión.
REINA.- Obedece y calla.
DOÑA ELVIRA.- El Rey.
REINA.- Trae mantos.
DOÑA ELVIRA.- ¿Qué va a ser de esta desventurada? (Entra en el cuarto de la derecha.)
Escena X
La REINA y el REY.
REY.- Vuelvo, como te había ofrecido, a decirte adiós.
REINA.- Por mí no te detengas. Ve y cumple con tus deberes de soberano.
REY.- Así quisiera yo verte siempre.
REINA.- Siempre me verás como ahora. Adiós.
REY.- Qué, ¿no abrazas a tu esposo?
REINA.- Con vida y alma. (Abrazándole.)
REY.- ¿Te quedas contenta, eres feliz?
REINA.- ¿Pues no estás viendo cómo me río? ¿No he de ser feliz con un esposo como tú?
REY.- Logré que al fin conocieses tu error.
REINA.- Por demás era injusta contigo.
REY.- Adiós, pues, Juana mía. (Besándole una mano.)
REINA.- Adiós, Felipe mío, adiós. (Vase el REY por la puerta del foro.)
Escena XI
La REINA, y después DOÑA ELVIRA.
REINA.- ¡Cómo se irá diciendo ahora: pobre mujer, qué bien la engaño, qué bien sé fingir! ¡Con qué alegría, exento de todo recelo, correrá a lanzarse en los brazos de su amiga! Juntos me parece ya verlos, clavados los ojos del uno en los del otro, con las manos enlazadas, exhalando tiernos suspiros de amor. ¡Oh! Pronto en mí sola se fijarán sus miradas; a mí se dirigirán sus manos pidiendo compasión; los suspiros se cambiarán en gritos de espanto. El lo quiere; sea, luchemos; en todas partes me encontrará, no tendrá un minuto de reposo, envenenaré todos sus placeres. ¡Por Dios y los santos que ese hombre ha de soñar conmigo! Vamos, ya es hora. (A DOÑA ELVIRA, que sale con mantos.)
DOÑA ELVIRA.- ¿Aún insistís?
REINA.- Sígueme.
DOÑA ELVIRA.- Aguardad a lo menos a que se disponga una litera.
REINA.- ¿Para que los espías del Rey lo noten y vayan y le avisen? Saldremos por esa puerta. (Indicando la de la derecha de segundo término.) Iremos a pie.
DOÑA ELVIRA.- ¡A pie! ¡Tan débil como estáis!
REINA.- ¿Yo débil ahora? Esta mujer no sabe lo que se dice.
DOÑA ELVIRA.- Recordad que vuestra frente ciñe una corona.
REINA.- Sí, sí, en este momento de coronas debes hablarme.
DOÑA ELVIRA.- Nunca una Reina ha de olvidarse de que lo es.
REINA.- Yo no soy más que una mujer celosa, disfrazada de Reina.
DOÑA ELVIRA.- ¡Inspiradla, Dios santo!
REINA.- Partiré sola. Quita.
DOÑA ELVIRA.- ¡Oh, no! Pronta estoy a seguiros.
REINA.- Vamos entonces a sorprender a los dichosos amantes. Ven, ven y verás cómo se apartan las palomas cuando las sorprende el milano. (Dirígese precipitadamente, seguida de ELVIRA, a la puerta de la derecha de segundo término.)